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jueves, 8 de febrero de 2024

Cuando acecha la maldad (2022). Que el fin del mundo nos coja en las Antípodas

 


Hay algo que los guiones de ficción casi nunca han reflejado bien: el fin del mundo no va a ser para hoy. Ni para mañana. Cualquier alteración en lo cotidiano de la sociedad (llamémoslo virus respiratorio, guerra en el confín de Europa o crisis económica periódica) se convierte en algo que trastoca primero ese día a día, preocupa, y pasa a ser una parte más de una vida cada vez más desmejorada. El fin del mundo, según la tradición religiosa, tampoco tendría que ser algo distinto, y es probable que la llegada del diablo y sus huestes se convirtiera también en un problema de salud pública, para el que se determinan una serie  de protocolos de actuación y al que la gente no le prestaría la mayor atención. Al menos, hasta que les tocara de cerca. Algo que una producción argentina (justo en el momento en que viven la situación política más absurdamente convulsa que podríamos imaginar) refleja de una forma muy precisa, y también muy desesperanzadora.


En una zona aislada de Argentina, Pedro y Jaime, dos hermanos, descubren que en una de las casas de sus vecinos hay un embichado. Un joven, poseído por un demonio, se encuentra, monstruosamente hinchado y putrefacto, al cuidado de su familia. Las instrucciones del gobierno para estos casos son claras: evitar que la víctima muera, no asesinarlo bajo ningún concepto, y aguardar a la llegada de un especialista que se encargará de expulsar al demonio de forma segura. Salvo que esta vez la ayuda no ha aparecido. Un cadáver mutilado es todo lo que queda de ese enviado, que habría llegado, de dotas formas, demasiado tarde. Temiendo lo que pueda pasar si uno de estos posesos se encue3ntra cerca del pueblo, ambos hermanos, con ayuda de uno de los vecinos, decide deshacerse de la criatura y de todo lo que ha estado en contacto con ellos. Pero cuando Pedro intenta alertar a su exmujer y sus hijos de lo que ha pasado, intentando convencerlos de que abandonen el pueblo, parte del mal que  quiere evitar le ha acompaña, extendiéndose  como la pólvora. Sin otra alternativa que llevarse a lo que queda de su familia e intentar huir lo más lejos posible, solo el cansancio y el consejo de Mirtha, una antigua exorcista, le hace volver: es necesario deshacerse del embichado al que abandonaron en un intento de salvarse, o Pedro acabará también  perdiendo a sus hijos, tocados ya por el mal que empieza a extenderse en la comarca.



Demian Rugna había tanteado el género de casas encantadas previamente en Aterrados, una producción caracterizada pro lo a presencia de lo inquietante en una comunidad cerrada, la ausencia de explicaciones y un enfoque de lo sobrenatural marcado por la amenaza y lo inevitable. Elementos que se mantienen en esta aproximación  a las posesiones diabólicas y al cine apocalíptico. La trama, en este caso, transcurre en una zona rural aislada, no exento de crítica social mediante esos agentes del orden que niegan lo sucedido y al abandono que esta población sufren debido a un enfoque centralista de los problemas, ya que como mencionan esto, 2solo hay embichados en las ciudades”. Un matiz crítico que sin formar parte del tema principal, ni  sin que sea la intención del guion, aporta un poco más de trasfondo de una idea de lo que sucede, junto con las menciones que los personajes dejan caer en algunos diálogos.  Pero que aquí se queda en una parte más de la vida diaria de los personajes, y donde lo importante es lo que sucede cuando ese problema toca sus vidas de cerca. La única alternativa que tienen los protagonistas es la huida, y no ceder al pánico…aunque esto último no sale precisamente bien. Un comportamiento que recuerda ciertamente a las estampidas que vieron las ciudades en marzo del 2020: no era lo correcto, pero una persona asustada solo pensará en sí mismo y los suyos.


Black Philip se va a Argentina 

Aunque este no sea el tema principal del guion, uno de los aspectos más interesantes es el desarrollo de ese posible apocalipsis como trasfondo:  algo con el que conviven, convirtiéndose en un problema  más que intenta solucionarse a duras penas y para el que la gente ha desarrollado su propio vocabulario. Se habla de embichados, de la escasez de especialistas en tratar con ellos, pero planteado como un tema tabú. El público solo sabrá algo más a través de las explicaciones que el hijo menor del protagonista ha pedido, o a través de la desesperación del personaje principal cuando pone de manifiesto que las iglesias han cerrado, y que “dios los ha abandonado” . y que se queda muy corto en lo que respecta al personaje de Mirtha, que en su papel de exorcista aporta mucha más información. Se hubiera agradecido una mayor presencia de esta, lastrada por el desenlace en el que la tensión inicial se diluye en secuencias un tanto confusas, y con tópicos prestados de otras películas, con niños siniestros y otros elementos del terror satánico.

Su mayor acierto es también la at5mósfera opresiva que mantiene desde el primer momento en que el aislamiento de los personajes se muestra a través de esos espacios vacíos y ola ausencia de núcleos de población, hasta que lo sobrenatural empieza a hacerse sentir en  escenas puntuales, cargadas de desasosiego y violencia. La aparición de ese cadáver en vida,  del primer embichado. El perro que ataca violentamente a una niña que aparece ilesa, de una manera un tanto irreal pero amenazadora, o la silueta tambaleante de una madre devorando los restos de su hijo confirman aquello de lo que el protagonista intentaba huir: no hay esperanza, cualquier paso en falso supone perder a todos los que intentaba  proteger. La mortalidad infantil es un tema muy presente en la película, como también lo fue en Aterrados, donde no dudaba en mostrar la violencia y lo repentino de la pérdida accidental de un hijo, que aquí se refleja desde un enfoque más orientado a lo sobrenatural, pero igual de devastador.


Al igual que en la anterior, Cuando acecha la maldad es una película que n o duda en recurrir al terror sin concesiones: olvidando toda posibilidad de salvación para sus protagonistas, en un entorno abandonado por el gobierno, quizá este también desbordado por lo que sucede fuera de cámara, y que el espectador puede llegar a intuir, este funciona como una historia de terror sobre posesiones, pero también como un posible apocalipsis que solo podemos imaginar. Y en el que quizá los protagonistas deberían haber recordado la inscripción que anunciaba la entrada al infierno: abandonad toda esperanza.


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