La carrera de Paul Anderson quedó ligada a las adaptaciones de videojuegos desde que en 1995 se encargó de la primera versión de Mortal Kombat, y cuando, después de esta, realizaría una saga, más por cuenta a propia que por influencia del videojuego de Capcom, de Residen Evil. Fue a partir de esta cuando su carrera se caracterizaría por dos cosas: montajes propios de cinemática de videojuego, infografía a raudales, y Milla Jovovich como protagonista absoluta repartiendo leña en todas y cada una de sus producciones. Con la saga terminada (e irónicamente, sin que ni el reboot cinematográfico de hace unos años ni la serie de Netflix funcionaran bien), intentaría algo similar con otro juego, pero la adaptación de Monster Hunter de 2020 con todas las secuencias vistas en su Resident Evil y el mismo montaje, quedaría olvidada junto a la posibilidad de que se convirtiera en franquicia. Su regreso vendría esta vez no del mundo de las consolas, sino de un relato corto que poco tenía que ver con sus películas de los últimos diez años, pero que serviría de idea para…bueno, para hacer lo que Anderson y Jovovich llevan media vida haciendo.
En un futuro muy lejano, muchos años después de que la tierra se convirtiera en un páramo y la humanidad regresara a una edad oscura, la bruja Alys la Gris escapa de la Inquisición regresando a su hogar, donde escucha a todos aquellos que acuden a pedir lo que desean. Obligada a no rechazar a nadie si el pago es el adecuado, uno de los visitantes no es otro que la Reina, quien reclama el poder de convertirse en un lobo. Alys, con la ayuda de Boyce el cazador, se dirige a las tierras perdidas, donde los restos de la civilización aparecen desperdigadas en un vasto desierto poblado por monstruos y por el licántropo que Alys pretende cazar. Mientras, en la ciudad, la reina planea deshacerse de su consorte anciano y verdadero monarca, pero la Iglesia planea derrocarla obteniendo la confesión de la bruja con la que esta ha pactado para conseguir el poder del licántropo.
La película adapta un cuento corto de George R. R. Martin. A quien quizá deberíamos dejar de dar la tabarra con Juego de Tronos y volver a disfrutar de El sueño del Fevre, Los viajes de Tuf y de relatos como este. La adaptación es bastante fiel a l texto original pese a tratarse de una historia muy breve, llegando a reproducir los diálogos de este. A su vez, se trataba de una historia de fantasía lo bastante ambigua como para que el escenario pudiera ser interpretado de forma libre, cosa que hacen en el guion, y que junto con el cambio del desenlace es algo que han hecho rematadamente mal.
El entorno de nobles, cambiaformas y magia del relato es transformado en la película en un futuro lejano, un escenario postapocalíptico donde la civilización se ha adaptado a vivir entre restos y mutantes causados por la radiación,a sí como con la existencia de una magia que ni explican, ni llega a tener sentido dentro de la trama. Algo que se había hecho en 1999 con una enloquecida adaptación de Beowulf protagonizada por Christopher Lambert y que era igual de absurda y chapucera que estas Tierras perdidas. .los personajes, salvo la protagonista Alys y Boyce, carecen de nombres, limitándose a ser La reina, el Patriarca y la Inquisidora. Estos últimos, creado para el guion y convirtiéndose en uno antagonistas que son eliminados convenientemente a mitad de metraje. La trama protagonizada por estos, sobre traiciones políticas y una revuelta de campesinos (o de mineros. O trabajadores. O yo que se, solo están picando piedra al fondo y van embarrados), parece un extra que poco tiene que ver con la de unos protagonistas, Milla Jovovich poniendo la misma cara que hace quince años y Dave Battista muy lejos de los papeles pequeños pero efectivos en los que se había labrado una carrera, se limitan a repetir una y otra vez sus propósitos en la historia: Alys, que no puede rechazar una petición, que esta maldita, a saber por qué. Boyce, un cazador, con un giro sorpresa que, sin en el texto original funcionaba por su estilo de cuento de hadas, aquí parece cogido con pinzas. Resulta difícil explicar los conceptos de magia y licantropía en un escenario posnuclear cuando estos son tan vagos que consisten en tener las habilidades adecuadas cuando el guion lo exige. Un guion que además de enrevesar innecesariamente la historia, traiciona ese material para ofrecer un final feliz tan sacado de ninguna parte como el resto de elementos.
Nobody expects the Wastelands Inquisition!
A nivel estético, los escenarios resultan un desastre: la película parece filmada íntegramente ante una pantalla verde donde todo son escenarios digitales. Tremendamente exagerados, los tamaños proporciones y elementos que aparecen integrados no concuerdan entre si y todo consiste en poner restos de construcciones y maquinaria ruinosas en un desierto, tan fuera de lugar entre sí que hacen sospechar si no habrán recurrido a la IA para generar varios de estos: edificios que no concuerdan entre sí, complementos tan absurdos como una farola encima de una chimenea nuclear completan un paisaje informático filmado junto a una fotografía demasiado saturada, unas escenas de lucha con saltos y armas a dos manos vistas mil veces y primeros planos de los altores que parece mal encuadrados…y cuando un espectador sin formación audiovisual se fija en cosas como esta es que algo se ha hecho rematadamente mal.
La película ,en conjunto, recuerda a todo lo que Anderson lleva filmando desde 2004. Pero mientras que a mediados de los dos mil este podría haber sido una producción mediocre pero resultona a nivel visual, pero que ni siquiera entonces se hubiera salvado a causa de ese guion desastroso. Si Monster Hunter, su anterior intento de hacer saga, era lo bastante floja como para apenas recordar nada tres o cuatro años después de haberla visto, Las tierras perdidas es el caso contrario. Va a ser difícil de olvidar solo por la cantidad de incoherencias, infografías excesivas y fallos de guion que consigue acumular en la hora y cuarenta que dura. Y aunque en taquilla resultara un desastre que se está recuperando medianamente bien en las plataformas, también parece difícil que puedan sacar de aquí una secuela.
Hay tecnologías, que pese a la pérdida de interés que generan en muy poco tiempo y su escasa utilidad más allá de lo vistoso, acaban regresando de forma cíclica. Una de ellas fue el cine en tres dimensiones, que llenó salas con películas de serie B en los cincuenta y en la primera década del 2.000 hizo un regreso, olvidado rápido, intentando aprovechar unos efectos digitales más vistosos, atraer al público y de paso, intentar justificar con las gafas 3d el precio de unas entradas ya de por sí caras. La otra fue la realidad virtual, esa simulación del entorno que en el futuro podría ser indistinguible del mundo real, afectando incluso a las reacciones físicas de sus usuarios. Y que de nuevo con todas las limitaciones, ha ido metiéndose en las casas como entretenimiento anecdótico médiate unas gafas que además de marear mucho, garantizan que hagamos el ridículo lo bastante en la vida real como para echarse unas risas. Como en eso último soy bastante experta (y para meter la pata no necesito Metaverso), me quedo con la realidad virtual cinematográfica, que apareció varias veces en los noventa mostrando los peligros y posibilidades de esa tecnología que, por mucho que se empeñen los gurús tecnológicos, ni de lejos es lo que ellos pretenden.
En algún momento del futuro, el nuestro, según las fechas en las que se desarrolla Virtuosity, las herramientas de realidad virtual pueden convertirse en un medio de formación de las fuerzas del orden, ayudando a entrenarlos en cuanto a la investigación de asesinos en serie y terroristas. La tecno0logía, todavía en fase de pruebas, es utilizada por reclusos que se presentan como voluntarios a cambio de una reducción en su condena. Pero la inestabilidad de esta provoca la cancelación del proyecto pese a las protestas de su desarrollador. Este, antes que destruir su creación, la inteligencia artificial Sid 6.7, un programa que amalgama personalidades des distintos asesinos en serie, transfiere esta a un androide, permitiéndole salir al mundo real. Con un delincuente formado por las mentes criminales más despiadadas, y creado mediante una tecnología que le permite regenerarse, el único capaz de acabar con él es Parker Barnes, uno de los voluntarios del proyecto, antiguo policía quien hace años, se había enfrentado a una de las múltiples personalidades integradas en la mente de este asesino virtual.
Brett Leonard, quien tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia), retoma la temática de esta en una historia con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en la anterior, estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo, a alcanzar un equilibro con los efectos tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro envejeció rápido y mal, quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP. Los logros de Matrix en cuanto efectos, aunque del bullet time también abusaron lo suyo, estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica para incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.
Brett Leonard, quien tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia), retoma la temática de esta en una historia con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en la anterior, estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo, a alcanzar un equilibro con los efectos tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro envejeció rápido y mal, quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP. Los logros de Matrix en cuanto efectos, aunque del bullet time también abusaron lo suyo, estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica para incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.
Esta personalidad compuesta tampoco supone una fuente de conflicto para el villano, interpretado por un Russell Crowe muy joven, pero también muy soso y muy lechuguino. Su contrapartida, un policía encarcelado injustamente que Denzel Washington interpreta de forma convincente, al menos con el material que tiene para trabajar, es el tipo de protagonista que también aparecería en serie B como Escape de Absolon, o producciones de más éxito como Demolition Man, y que responde a ese esquema de error institucional, y arco de venganza esperable en una película de alción de esos años. El resto de secundarios, desde la psicóloga especializada en asesinos en serie como elemento emocional o el desarrollador del programa informático,, están un poco por ocupar supuesto en el guion. Un detalle especialmente desaprovechado en el caso de este último: Lindenmeyer, el creador de una inteligencia artificial malvada, podría ofrecer un desarrollo interesante sobre la relación e entre creador y máquina o los motivos por los que este decide dotar de vida física a su programa. Pero en su lugar se limita a convertirlo en un androide nanotecnolótico (la nanotecnología entonces, también parecía muy del futuro) con la misma desgana con la que podría haberse guardado una copia o buscado otro trabajo.
Uno de los aspectos más interesantes es la representación de la cultura dela información antes de las redes sociales: taras establecer su trayectoria como asesino serial muy poco discreto, su comportamiento se consolida como el de un villano que busca atención, reflejada mediante el uso de la televisión y los contadores de audiencia. Una forma de representar la fascinación mayoritaria por la violencia que se queda en otro elemento más que han incluido, añadido a la retahíla anterior y solo aparece un momento, como parte de esa trama formada por piezas separadas y encajadas forzosamente.
La estética resulta igual de poco destacable: un futuro probable, en el que salvo los uniformes de policía (o de chofer de limusina, tampoco andaban muy inspirados) y unos escenarios de materiales informáticos intentan ofrecer algo distinto. Quizá para intentar emular un escenario cercano, los exteriores son entornos luminosos, bastante limpios, con un par de variaciones intentando acercarse a una estética más sucia en algún escenario pero que se queda en algo neutro. De nuevo, el mundo obligatoriamente feliz y de Demolition Man sería más recordado. El de Virtuosity, en cambio, se quedará en una película que podríamos recordar a medias durante los últimos años del videoclub. Y quizá, ahora que la IA ha demostrado ser un problema, pero no por recrear a Charles Manson, sino por inventar a Capuccino Assassino, recuperarla para pasar una tarde.
Hemos llegado a un año más, 17 en el blog y cinco desde la nueva normalidad que sustituyó a esos nuevos años Veinte y que ha salido un poco rana. Dos guerras que se han quedado estancadas, la sensación de que todo va mal…¿todo? ¡no! este año contamos con un nuevo temor razonable y fundado: la IA va a cavar con los puestos de trabajo y toda la creatividad, además de fundir los casquetes polares, seguramente. En realidad, después de conocer a los Brainrots italianos, y que un tiburón con zapatillas de deporte se hiciera viral, creo que podremos seguir más preocupados por el colapso económico: la inteligencia artificial está más cerca de un vejestorio gagá que del dios indiferente del que nos prevenía la ciencia ficción.
La mejor bahía del mundo
Un año más en el que el no-apocalipsis lo vamos llevando, la playa sigue en su sitio y mis gatas son oficialmente senior. Ocho y once años muy bien llevados, y espero que lo sean una par de décadas más.
Apunta y dispara. Siendo todavía un hobby en el que mi capacidad de reacción ese ve puesta en evidencia, este 2025 he saltado de Telltale y los juegos de conversación a algo más dinámico: los de Remedy, empezando por Allan Wake 2 y Control. Si el primero me ha sorprendido por su complejidad y sentido de lo extraño, algo así como un Twin Peaks pasado por el horro cósmico y la cultura popular, la versión pulida del creepypasta de la SCP me ha costado un poco más…pero no hay nada que no se solucione reduciendo la dificultad y siguiendo los consejos de un conserje. Ojalá la vida también viniera en modo fácil.
El siglo XXi: algo bueno tendrá. Aunque los ochenta siguen siendo la década recurrente en cuanto a cine, durante el año he podido ver películas como la Inglaterra rota de Danny Boyle en 28 años después, con la promesa de secuela. El Nosferatu de Eggers, aunque no me convenciera su tendencia hacia una de las tramas de Penny Dreadful, es todo lo que podemos esperar de él y ese brujo vampiro interpretado por Bill Skarsgard tiene tanta a presencia como la sombra de Schreck y o el patético Kinski. Weapons demuestra que Zach Cregger mantiene una buena línea de terror moderno con mucho humor negro, y pese al bombo que se le dio, La sustancia me pareció y me sigue pareciendo, lo que podría pasar si a Moderna de Pueblo le dijeran “haz una película de terror feminista”.
La posguerra, los sesenta y el grano setentero. He saltado de década, gracias a referencias y recomendaciones. Consejos que además de animarme con un cine que me parecía demasiado lejano o del que no me consideraba con suficiente cultura cinematográfica como para hablar de él, me descubrieron la faceta más oscura de Chaplin en Monsieur Verdoux, lejos de ese gran dictador esperanzador que hoy hen día no podemos creernos. La posguerra traería cine negro como El cebo un Ojos sin rostro, más cercano al fantástique que al policiaco, y unos sesenta entre la Europa del Este de El incinerador de cadáveres o El barón fantástico. Si 2024 fue un poco Walter Mitty, en 2025 la luna es de los poetas y los soñadores. Tras la rareza de Spider Baby llegaría el grano setentero. Desde Contra el imperio de la droga, como homenaje póstumo a Gene Hackman a El puente de Casandra ¿es que no podemos estar ni una década sin virus raros? Hubo muchas películas este año que han merecido la pena, pero me quedo en cuanto a extrañeza con Trompe-l´oeil y Le seuil du vide. Fantastique setentero de casas anómalas y paranoias. Aquí somos de señores europeos de entreguerras, pero Jean Ray fue uno de mis primeros autores favoritos ras H. P Lovecraft.
Las señoras pulp. Terminé el año leyendo Shambleau de C. L. Moore. Si la castellana Jirel de Joiry me había gustado, también lo hizo su mercenario espacial Northwest Smith. Moore es solo una de unas cuantas autoras que en parte gracias a Gótico botánico pude descubrir y que una afortunada combinación de regalo de reyes y planificación editora de Impedimenta, con Hermanas Raras, hicieron que para el 2026 pueda seguir leyendo algo más de esas señoras de los años veinte.
Me quieren meter en una secta ayuda. tras siete años asistiendo a las Celsius sin falta, incluido el 2020 de aforos limitados y mascarillas, 2025 fue el año más decepcionante: colas interminables, no poder asistir ni a la mitad de charlas que tenía previstas y cientos de personas cargadas con libros voluminosos y disfrazados de personajes que ni me sonaban ¿pero quién ese ese Brandon Sanderson que los tienen locos? Esta sensación de desconcierto, de encontrarse por primera vez con un fenómeno de la literatura fantástica que me era ajeno y un poco el fastidio de hacer colas durante horas hizo que mi primer contacto con este señor fuer a el de cierta ojeriza. No contaba con que sus fans estuvieran infiltrados por todas partes (incluida mi familia) y tras un muy poco sutil “oye, ¿te has leído algo de Sanderson? Acabara con un ejemplar de Nacidos de la bruma envuelto en papel de regalo. Y aquí estoy a enero de 2026, leyendo a un autor que no hay inventado nada y que me atrevo a calificar de más simple que el mecanismo de un chupete, pero que conoce su oficio y lo desempeña bien. Al menos he conseguido enterarme de qué era la capa de flecos que llevaban sus fans en Avilés.
Un año más, en un mundo cada vez más raro. Un cyberpunk cutre que se va llevando como se puede mientras el señor naranja de la Casa Blanca decide emular a las películas de la Canon. Como lo de empezar el año tranquilo parece que no es lo nuestro, nos queda seguir adelante, agarrarse a lo que nos hace feliz y procurar hacer todo lo posible para que los gatos puedan tener una buena vida. Somos la única especie capaz de abrir latas de mousse y sobres de comida. Mantengamos trabajando esos pulgares prensiles.
El aislamiento de cualquier grupo de individuos nunca es la mejor idea. Como especie, no estamos hechos para la soledad, ni cuando esta recae sobre un grupo muy reducido de personas. Las consecuencias de esto, tanto mentales como físicas, han sido reflejadas en la ficción como muchos otros temores reales: la leyenda de Sawney Bean adaptada en Las colinas tienen ojos, los lugareños de Deliverance, cualquier descripción de Dunwich o sus aledaños o ese opositor que un día se encerró para estudiar sin distracciones y no hemos vuelto a saber de él (en realidad, a este último, nadie lo echa en falta). Pero esta separación del resto no tiene por qué ser la consecuencia de entornos remotos y desfavorecidos, sino también (y quizá, mucho más retorcido), por la negativa a mezclarse con quien no sea lo suficientemente p uro. Un estigma que puede recordar tanto a los Usher como a cierto linaje real conocido por su prognatismo. Esta idea de degradación no se ha quedado solo en la literatura de terror sino que también sirvió como punto de partida para una película que, en la misma época en la que el ciclo de Poe de Roger Corman daba sus últimos coletazos y los muertos vivientes de Romero deambulaban en busca de carne fresca, desarrollaba una idea tan macabra como llena de humor negro.
El síndrome de Merrye es una rara enfermedad genética que afecta exclusivamente a los miembros de la familia que han tenido la mala suerte de darle nombre: una afección que provoca, llegada la primera edad adulta, una degradación mental, tendencias violentas, y una progresiva degeneración física. Los últimos miembros de la familia, Elizabeth, Virginia y Ralph, comienza a mostrar los primeros síntomas. Estos, al cuidado de Bruno,el chofer que ha servido a la familia durante generaciones, se mantienes aislados de la sociedad salvo por la desaparición de algún incauto a manos de Virginia. La aparición de unos primos lejanos, preocupados por su bienestar y por la cuantiosa fortuna a nombre de los últimos Merrye, acuden a visitarlos antes de decidir sobre su internamiento. Aunque los hermanos Peter y Emily desconocen que sus tres primos no son los únicos Merrye que todavía se encuentran en la mansión. Pero sí los que todavía tienen un aspecto humano.
Rodada en unos pocos días, y estrenada con un retraso de cuatro años a causa de la quiebra de la productora, al película pasaría de ser una cinta para ser proyectada en autocines a un clásico de culto dotado de un humor negro y una atmósfera que logra resultar malsana sin mostrar a penas nada. La crudeza gráfica y el grano setentero todavía quedaban lejos y Jack Hill, responsable de El terror, Demencia 13 y posteriormente, de unos cuantos guiones exploitation, ofrecía una historia sobre degeneración familiar, canibalismo, incesto, codicia y horror en forma de comedia negra donde el humor siniestro iría dando paso a una creciente sensación de malestar. Con toda la sordidez que podía transmitir el blanco y negro, sin más ayuda de un caserón ,y sobre todo, del trabajo de unos actores cuyos papeles oscilaban entre la caracterización grotesca y la de villanos con ambiciones ridículamente evidentes. Y entre los que destacaba el canto del cisne de una de las estrellas más recordadas del terror clásico, junto a los comienzos de un interprete con una carrera muy extensa tanto en serie B como en cine de culto.
Prefiero mil veces a una familia victima del aislamiento y la endogamia que a un abogado
Lon chaney encarna a Bruno el chofer, casi tan patético como los últimos Merrye al que dota de una peculiar calidez y desesperación por los tres jóvenes a su cargo. Este, ya en sus últimos años, consigue reflejar esa sensación de estar acabado y pese a ello, resultar creíble como uno de los pocos personajes con mayor simpatía de la película. Y Sid Haigh, con poco menos de treinta años, interpreta a ese miembro del clan familiar en el que la degeneración ha empezado a hacerse visible y profundamente incómoda par sus familiares lejanos. Si pensábamos que el Capitán Spaulding daba mal rollo, es porque no habíamos conocido a Ralph Merrye.
En el papel de Virginia y Elizabeth, tanto Jill Banner como Beberly Washburn encarnan personajes de mentalidad infantil y perversidad mezcladas: en esta última, la que da titula a la película, tanto con su obsesión con las arañas como el juego, similar a una danza, en el que simula interpretar a una de ellas. Personajes que chocan con sus antagonistas, los Merrye “normales” o el abogado Schlock, que reflejan una perversidad más pragmática y mundana, haciendo que el final de estos se mantenga dentro de la comedia y la falsa, no en el terror realista.
Además de las interpretaciones, al falta de medios hace que cada elemento consiga funcionar. No hay escenas gráficas en pantalla, ni el público podrá ver a los demás Merryes pero con un escenario tan simple como una casa desvencijada, unas cuantas piezas de ropa apolillada e incluso un par de camisones (en una secuencia más perturbadora que sugerente), consiguen caracterizar ese linaje que vive en el pasado, reproduciéndose entre sí y del que el guion muestra sus últimas consecuencias. Es la escena de la cena familiar, con los protagonistas ataviados con trajes de hace década y sirviendo unos platos donde los insectos campan a sus anchas entre hierbajos (y que funciona muy bien en blanco y negro) el momento a partir del cual el humor negro va reduciéndose para dar paso a una segunda parte más extraña. No terrorífica, pero si incómoda y que recuerda mucho al humor de Edward Gorey. Incluso los créditos, animado y con un texto leído por Chaney, refuerza el tono de comedia negra, muy poco inocente, pero que invita a no tomarse en serio esta historia sobre degeneración y codicia.
Spider Baby se convertiría con el tiempo, y merecidamente, en una película de culto. Donde coincide el humor incómodo, la falta de prejuicios a la hora de tratar una historia macabra, y en cierto modo, la presencia de dos representantes de un tipo de cine muy distinto entre sí: Chaney, como el reflejo de un cine menos gráfico, de una época quizá más inocente, y la inquietante presencia de Haigh como anuncio de lo que estaba por venir.
Si el bosque es el escenario que permanece en nuestro subconsciente como lo primigenio, el entorno a veces hostil, siempre enigmático y ligado a lo antiguo, su parte individual resulta igualmente extraña. Las plantas, seres vivos que forman la naturaleza, sin la cual no existiría la vida en la tierra pero a medio camino en tre lo vivo y lo inanimado, capaces de aportar sustento pero también de producir los venenos más peligrosos e incluso de asumir formas de vida tan extrañas como vegetales carnívoros. Las plantas, que en apariencia , que ni sienten ni padecen, que han sido también en cierto modo domesticadas por los humanos, convertidas en cultivo u ornamento. Pero incluso en su versión más doméstica puede ser algo amenazador: esa planta de origen exótico en un invernadero, ese roble centenario en el jardín, la hiedra que no para de crecer. Pueden representar lo monstruoso, pero también una fuerza protectora.
Gótico botánico, la antología dedicada por Patricia Esteban Erlés para Impedimenta, recoger varios relatos donde el mundo vegetal aparece en distintas facetas, relacionadas en su mayoría con el fantástico. A lo largo de dieciocho cuentos, estas serán el resultado de un experimento científico, una variación del cuento de fantasmas tradicional o un ser vivo que se limita a reclamar el terreno arrebatado por los hombres, o como una suerte de entidad protectora o vengativa similar a lasas ideas de las antiguas religiones. Los relatos seleccionados fueron ordenador por orden cronológico, comenzando con un texto de Nathaniel Hawthorne de 1837 y finalizando con uno de Zenna Henderson de 1959.
Este entraría un poco en el terreno de lo clásico, dentro de las dos mitades de los siglos xIX y XX, aunque su temática varía centrándose en distintos aspectos: El experimento del Doctor Heidegger de Hawthorne sería el uso de lo vegetal por parte de la ciencia, mientras que La glicinia gigante de Charlotte Perkins Gilman o La rosaleda de M. R. James utilizará la vegetación como una manifestación del mundo sobrenatural. Estos, como como seres que reclaman su terreno ante la acción humana aparecen en Woodstown de Alhponse Daudet o La guerra de la hiedra de David H. Keller. Aunque el estilo de ambos es muy distinto: mientras que Daudet representa a la naturaleza como una fuerza inexorable, consecuencia de las acciones de unos series humanos que han tomado más de los que les corresponde, el de Keller es mucho más pulp y resume un conflicto entre la humanidad y una hiedra invasora resuelto a cañonazos.
Es precisamente el pulp el género que tiene más presencia en esta colección. No solo una colaboración entre Lovecraft y Duane Rimel o un relato del ciclo de Zothique de Clark Ashton Smith, sino que incluye a varias autoras que hicieron su carrera en las páginas de Weird Tales o Astounding Stories, como es Eli Colter, Mariav Morevski, Margaret St Clair (en uno de los relatos más cercanos a la ciencia ficción del libro) o Marie Elizabeth Counselman, con lo que las señoras pulperas de los años treinta se unen a mi grupo de intereses literarios junto a las señoras victorianas y a los señores europeos de entreguerras.
No faltan tampoco la representación fantástica un poco más humorística, aunque en este caso, en su versión más negra, con Pensamientos verdes, de John Collier, una historia muy peculiar acerca de la alimentación de una planta exótica que recuerda mucho a al Audrey de la tienda de los horrores, y La máquina del sonido de Roald Dahl, donde se plantea qué descubriríamos si una máquina pudiera amplificar los sonidos que emiten las plantas…Me pregunto que diría mi bromelia, después de dos años conviviendo conmigo a base de agua del grifo y podcast de true crime.
El cuento realista tiene una presencia casi anecdótica por comparación: en una antología de este estilo, sus lectores esperan más lo extraño y los temas más mundanos aparecen únicamente en La amanita mortal de Eli Colter (pese a ser pulp) y Una cortina de follaje de Eudora Welty.
Con una selección centrada en un contenido más antiguo, un acierto de la editora ha sido su variedad: salvo los de Roald Dahl y M. R. James no he encontrado ninguno “repe” de otras colecciones ni que hubiera leído antes. Incluso comenzando por Hawthorne, opta por una narración cuya temática no es tan evidentemente vegetal y vista tantas veces como sería La hija de Rapaccini. Quizá podría señalarse que el contenido está muy centrado en narrativa anglosajona: salvo Daudet, no hay ni un solo relato que no estuviera escrito originariamente en inglés, y el fantástico continental tiene mucho que ofrecer a una antología de esta temática.
Salvo esta pser4esencia mayoritaria de lo anglosajón, Gótico botánico es una buena colección de una temática un tanto específica, muy lejos del tópico y de los más trillados, donde han recurrido a autoras menos conocidas. Ahora, si de después de conocer a unas cuantos nombres de los años veinte, no sería mala idea una selección o varias sobre señoras pulp.