Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 20 de agosto de 2026

Lecturas de la semana. Antologías remix II

 


El verano se ha ido convirtiendo en un reducto  de un par de meses en el que rebuscar entre colecciones de editoriales olvidadas,  novelas de extensión muy limitada y portadas  a base de fotomontajes con paisajes y fantasmón recortado. Pero también para  recuperar las colecciones de relatos  con menos intención temática que podríamos encontrar. La selección de Bruguera ofrecía desde  las antologías de Kurt Singer troceadas, redistribuidas y con nuevos añadidos, y  algunas con nombre y apellido donde la idea parecía ser “cuantos más cuentos  quepan en un libro de bolsillo, mejor”.  Estas, tituladas por la editorial como “las mejores historias de..”,  podían respetar el material o aumentar su contenido, como pasó con Las mejores historias siniestras. En este caso,  estos dos tomos parecen haberse mantenido como el original e incluso   reconocer en su portada a sus editores,  quedado el carácter un tanto caótico de estas ediciones, ya es mucho para  quienes años después, intentamos rastrear la fuente original.



Forrest J. Ackerman. Las mejores historias de horror.  Una selección  del considerado padre del fandom moderno, fanático de los monstruos, del primer frikismo  y cienciólogo a nuestro pesar, que recopila treinta cuentos   sin más hilo que el  ser recientes, sin recurrir (salvo el caso de Stoker)  a clásicos.  Lo de reciente se traduce hoy como “cosas publicadas entre los años 20 y 1968 como máximo),. Estos abarcan temas muy variados, pro la falta de ese hilo conductor: encontramos tanto relatos  publicados en revistas Pulp, uno de la serie de Marte escrito por Clark Ashton Smith que sobresale entre el resto como siempre,  y  varios  en esta rama  sobre civilizaciones perdidas.  Los cincuenta (de nuevo, no hay orden cronológico, aportando esa sensación divertidísima de “a ver que sale ahora) se caracterizan  en su mayoría por su tono de advertencia y a menudo, un giro final en el que ese planeta destruido, primitivo o con seres salvajes no es otro que la Tierra siglos después de la temida guerra nuclear.  En cambio,  estos mantienen cierto carácter de fábula moral,  no exenta de optimismo, en el que  ese final  puede ser una posibilidad si no hacemos caso al sentido común.  Una atmósfera de “esto podría ser”  que resulta sorprendentemente esperanzador  para unos lectores  que en el siglo XXI nos limitamos  a esperar el meteorito en nuestro día más optimista.

Los giros finales  son también un rasgo común  en parte de los cuentos seleccionados de los cincuenta y sesenta: el invitado que resulta ser un vampiro, el anfitrión que es un asesino…e incluso  una historia, tan breve como loca, en la que el conde  Drácula se confunde de barco, escrito por W. S. Coburn. Textos muy breves y que dependen únicamente de esa sorpresa final. Y la presencia del rey de los vampiros no es una casualidad, porque tanto en el relato de  Stoker como en la secuela no oficial de  Stephen Vertlieb este vuelve a aparecer de nuevo.

El conjunto  es tan variopinto  como  vintage,  siendo  habituales los vampiros y espectros, y las aproximaciones más originales son las de  la época Pulp, apareciendo incluso un relato de  Tennesse Williams ambientado en Egipto. Y también, cierto carácter único: aunque  falten autores no anglosajones, siendo los únicos John Falnders y Walter Eckers (no es coincidencia que la antología se la dedique al editor belga Van Hageland), hay textos completamente inéditos, nunca publicados a posteriores o de  autores que parecen seudónimos ¿Quién será esa Tigrina o  Sathanas  Rehan?  Porque  al menos dos relatos, uno  con su nombre y el otro con seudónimo, son obra del propio Ackerman.

Además, esta  no tiene su equivalente en inglés: fue  recopilada por bruguera,  lo que lo convierte en un pequeño incunable de cuentos perdidos y un prólogo donde Ackerman invita al lector  a proponer ideas para antologías y a escribirle en esperanto si hace falta, idioma que admitía conocer. Ay, Forrest, si te hubieras quedado  en los idiomas inventado en vez de las sectas magufas.


A. Van Hageland.  Las mejores historias de ultratumba. Una selección de veintitrés relatos  donde el hilo conductor es la presencia de los sobrenatural. La meno del muerto, los espectoros victorianos navideños, las historias de fantasmas más antiguas e incluso  el Pulp y el fantastique se incluyen, de nuevo, en una antología sin criterio de fechas o todo, caracterizada por la presencia de muchos autores clásicos.

Van Hageland fue  publicado varias veces por la editorial, con recopilaciones de cuentos por temas y bastante extensos: las mejores historias diabólicas, de fantasmas o de hechicería, siendo esta última la más breve, o antologías de ciencia ficción  formaban parte de la sección fantástica de Libro Amigo de Bruguera.

En esta colección, recurre a los clásicos: Maupassant aparece un par de veces, un cuento muy extenso de Dickens, no falta  Ambrose Bierce, Le Fanu, Poe e incluso Shakespeare, siendo evidente que la intención no era buscar la modernidad.  En cambio, hay una mayor presencia de  europeos, como John Flanders (Jean Ray, a quien todavía le sobraban días para escribir), Walter Beckers o Claude Seignolle,  pudiendo asomarnos un poco a  ese fantastique de entreguerras que aquí  apenas hemos podido ver traducido.

Esta antología  es mucho más breve que la recopilada por Ackerman,  unas doscientas páginas menos donde se centra más en la literatura conocida y por suerte, en el fantastique continental aunque es posible  leer algún cuento  Pulp gracias a Seabury Quinn.  Y  aunque los autores más socorridos  no sorprendan, ha pasado el suficiente tiempo  (para que mentir, treinta años) desde que leyera, también  en una de esas antologías al peso, La casa del juez de Stoker.

Aunque esta selección tenga un tono más tradicional, sigue manteniendo ese interés casi nostálgico y un poco caótico de relatos reunidos sin motivo aparente en un solo tomo, y cuanto más gordo mejor. Estoy segura que con estas colecciones sobrevivías al tren nocturno  Coruña-Madrid y a los trasbordos que hicieran falta.

jueves, 13 de agosto de 2026

Monkey´s Magic Merry go Round (2025). La tele que daba miedo

 


No recordamos todo lo que ha pasado, ni todo lo que recordamos ha sucedido realmente.  Esa poca fiabilidad de la memoria  que se pone de manifiesto a la hora de  sacar a colación anécdotas embarazosas, que a cada uno le vienen a la cabeza de funa forma distinta, no es un tema ajeno al fantástico y sobre todo al terror.  Pero también la memoria, los recuerdos confusos de la primera infancia, especialmente en una generación ya familiarizada con la televisión, se convirtió en una fuente de inspiración  para  narrar historia de terror en formatos nuevos.  El creepypasta era el medio perfecto para relatar historia de programas de televisión olvidados, donde había algo extraño, el terror analógico recuperaría la imagen propia de las cintas  magnéticas, quemada hasta la extenuación, como una  estética de ese pasado poco fiable y en el que se  cuela algo extraño…y que  ha pasado a convertirse también en el símbolo de una época, de una forma distinta de filmar, como lo fue el grano setentero.  Estos recursos, ajenos al largometraje, serían  reclamados por este medio en busca de una forma  de adaptar ideas nuevas a uno  más tradicional.  Unas veces no funciona (vamos a olvidarnos de las versiones de Slenderman o el juego del ascensor), otras veces si (¡la que nos viene encima tras el éxito de las Backrooms!) y sin tener que convertirse en un éxito mayoritario ni recurrir a la narración  tradicional, en alguna ocasión  consiguen  recrear, sin excesos, ese punto de extrañeza entre los miedos infantiles, la memoria como elemento no fiable, y la estética  analógica que se ha convertido en un vestigio del pasado.



Monkey´s Magic Merry Go Round  es un programa infantil como tantos otros: un pequeño  escenario, música simple,  marionetas  reconocibles y un presentador humano, James, que se dirige a su público hablando de los distintos momentos típicos de estos programas, como sus compañero del patio de juegos, consejos de seguridad (nunca utilicéis tijeras sin la supervisión de un adulto), manualidades y  un pequeño hilo argumental que guía el programa.  Es  este a partir del cual empiezan a suceder cosas extrañas: James ha perdido la memoria, y sus compañeros, León,  Castor, Pájaro y Mono, su mejor amigo, prometen ayudarle a recuperarla.  Esta comenzará a volver, de forma violenta y fragmentada, a medida que  James  se da cuenta que algo extraño  sucede en el programa. Tras pedir varias veces que  paren la grabación,  sus amigos del patio de juegos le preguntan que a  qué se refiere. Después de todo, James y ellos siempre han estado allí. Y como Mono le asegura, solo necesita olvidar lo que ha pasado, y las cosas volverán a ser como antes.



La película dirigida por Aidan leary se inspira  directamente en la estética del terror analógico y los rasgos comunes de la mayoría de programas infantiles de los setenta y ochenta para desarrollar una historia claustrofóbica,  que transcurre únicamente en esos dos escenarios, las dos partes de ese plató del que nunca  se ven los entresijos y con un único protagonista visible,  Michael Gillio como James,  que  lleva  él solo el peso de la historia  al ser la única cara humana en todo el metraje, alternando este su papel de presentador, casi inquietante  en la inexpresividad y  serenidad de su comportamiento, y e en de una persona aterrorizada  cuyo mundo ficticio se desmorona. Su contrapartida, o antagonista es Mono, un disfraz o marioneta  a la que pone  voz Frank Cesario. Su primera aparición, dotada de unas manos humanas femeninas de uñas sucias parecen anunciar que algo no va bien en ese  entorno,  siendo la contrapartida entre el escenario del programa infantil y la pesadilla en la que deriva.



Este uso de las marionetas como material de miedos y clara referencia  los programas  que por algún motivo, provocaban terror en su público, se consolida  con la aparición de Huron, un disfraz de cuerpo entero de dientes grotescamente humanos y que anuncia ese punto de inflexión que tendrá lugar hacia  la media hora de metraje.  Es precisamente este “sentido de la pesadilla” de los programas infantiles semi olvidados en el que  se mantiene en todo el largometraje. Este se desarrolla íntegramente  como si fuera ese programa en el que el protagonista está atrapado, sin que en ningún momento haya una ruptura  con este entorno, averiguando  el público la poca  información que se sabe a partir de  referencias, sus momentos de lucidez y un desenlace en el que este toma consciencia de su situación, pero que en ningún momento   aporta más información que el motivo  por el que ha quedado atrapado en ese espacio antinatural. Lo que sucede fuera, o después de que este  tome consciencia,  queda a la imaginación del público, sin dar más de lo que podemos teorizar.


Quizá por esto  es por lo que esta funciona tan bien como producción para streaming. A fin de cuentas,  la produjo  Shudder,  pero su nivel de creatividad  sobrepasa  la de l cualquier film de relleno de Netflix.  Es precisamente el verla en formato televisivo 8y en cierto modo, la  premisa no desentonaría en una versión moderna de twilight  zone) la que, al igual que  Late Night  with the Devil, le confiere esa sensación de veracidad,  de  narración que solo podría  contarse en se formato y no en la gran pantalla. Esta, sin embargo, resulta irregular en la segunda mitad. Una  vez establecido  el tono, deciden pasarse al terror más  físico con la excusa del  paralelismo entre el dolor físico y el emocional,  con las marionetas convertidas ya en seres monstruosos y unas cuantas secuencia gore olvidado  el tono de terror surrealista que habían mantenido hasta ese momento. Una parte  que no desmerece el conjunto de la película, pero resulta un poco disonante en comparación a lo que habían ido construyendo.






Monkey´s Magic Merry go Round es  un ejemplo menor, pero efectivo, de como adaptar el terror analógico al medio audiovisual tradicional,  antes de que este se vea saturado por la cantidad de películas que se inspiraran en creepypastas que se nos vienen encima.  Además de utilizar  hábilmente  conceptos como la memoria, la fiabilidad de los recuerdos infantiles, o el terror involuntario que muchos programas provocaban, hace también patente el apoyo  que esta forma de  terror  tienen en  el pasado, especialmente  en un tipo de formato televisivo que ha desaparecido.  Los espectadores de 50 y 40 años  recordamos ese lenguaje audiovisual y sus códigos (salvo que hayas crecido con La bola de cristal, Planeta Imaginario, cualquier cosa hecha en Europa en los 80 y  el Xabarin club, que entonces salías punkarra de serie) pero, ¿Qué es lo que provocará esto mismo a las siguientes generaciones?  ¿los youtubers chillones, los brainrot, las frutinovelas? ¿las influencers de moda y skincare? Esas, entre los rellenos faciales y los filtros de Instagram, ya me dan cosa hasta a mí..






jueves, 6 de agosto de 2026

Lecturas de la semana. Colecciones de kiosko

 


Los veranos acabo leyendo la mayoría de antologías  bruguera y libros de kiosko que voy  encontrando en las tiendas de segunda mano.  Por lo simple de estas recopilaciones al peso,  por ser una lectura variada  o  por  eso que llaman falsa nostalgia  por libros que m e quedan tan lejos como puede estarlo la colección  Timun Más de los lectores actuales de Sanderson.  Geasa fue una de esas rarezas  que encontré hace un par de años. La edición española de Fleuve Noir Angoisse  publicó unos pocos números que sirvieron para conocer algo más el fantastique  muy similar a los bolsilibros patrios,  pero acompañados por unos rasgos propios, donde ya no era obligatorio el uso  de seudónimos anglosajones  ni trasladar las historias lejos de las fronteras. Lo extraño, a veces brillante, a veces torpe, un tanto absurdo en más de una ocasión,  estaba en esa puerta que no debía estar ahí  de las novelas de Kurt Steiner, de ese personaje que  nos recibe en el cementerio de Alphonse Brutsche… o también en lo ridículo y en las situaciones más caóticas   como en algunos de los  que pudieron verse traducidos.


Marc Agapit. El desfile de los muertos vivientes.  Un escritor esa acusado y encarcelado por la muerte de su hermano. La situación, así como las circunstancias del crimen, no son lo que parecen.  Porque el novelista de éxito es en realidad un vividor, que se ha limitado a  poner  su cara en los libros que su hermano, recluido en la  mansión  familiar, se dedica a escribir.  La muerte de este, según asegura  el acusado, tienen lugar la misma noche  que , tras acudir a la llamada de su hermano, es recibido por tres extraños personajes que aseguran  ser víctimas de unos torturadores sobrenaturales. La historia, imposible de creer,  es lo único que puede ofrecer a un detective aficionado a casos imposibles,  quien intrigado por un testimonio acerca de sillas gigantes y esqueletos luminiscentes, decide acudir a investigar el lugar del crimen.

La novela de Agapit  es una de las  más locas  que ha aparecido en la colección, muy breve por otro lado, y también la más deudora de las novelas de  Harry Dickson.  Ese infalible detective Gilles  parece un trasunto del personaje de Jean Ray y  los saltos que este  da entre conclusión y conclusión tienen la misma lógica que los misterios investigados por el rey de los detectives  y los disfraces rocambolescos.  

La diferencia es que seguramente  Ray hubiera titulado esta novelita “El misterio de los  tres asientos” o algo  igual de discreto  y seguramente, la resolución del enigma sería el colmo del realismo en comparación a la trama del señor Agapit.

Por resumirlo de algún modo: en este libro pasan cosas. Muchas, y ninguna relacionada con la anterior.  Los sucesos saltan  de una situación a otra, donde  poco importa la caracterización de ambos hermanos en una trama  que empieza como una novela de terror, pasa al policiaco, se resuelve como un relato de ciencia ficción sacia del bolsillo (o del fondo de una botella de ginebra sin  Agapit seguía las mismas técnicas literarias que Jean Ray) para  cerrar el enigma policiaco y acabar  con un epílogo filosófico sobre el futuro de la humanidad y los enigmas del universo. Un autentico locurón a lo largo de 250 páginas en las que, como suele pasar con estos libros, o te encuentras con una historia  atmosférica que funcione con sus rarezas (sin ir más lejos, Le Seuil du Vide de Kurt Steiner acabó siendo adaptada al cine) o bien  con unos niveles de absurdo que solo hacen  pensar “bueno, seguimos adelante que al menos quiero saber qué pasa”.

Este desfile de los muertos vivientes es  el segundo caso. Una novela de las flojas, con un montón de ocurrencias enlazadas  entre sí  de cualquier manera, pero dotada de esa honradez que mantenían las novelas de kiosko.  No pretende ser nada más, solo una historia que seguramente haya pagado alguna factura.



Maurice Limat. La Maleficio.  Un viaje de negocios a Venecia. Un joven encuentra a un gondolero moribundo que le previenen acerca de una mujer  en peligro. Una familia condenada por el crimen cometido hace siglos y una mujer  que desde hace cientos de años, busca a su amado muerto. Y en el medo de la noche la Maleficio, la campana reservada para las ejecuciones,  destruida hace mucho, vuelve a hacer sonar su tañido.

Esta novela  retoma el tema de la muerta enamorada, aquí lejos de ser un fantasma  pero convertido en un ser sobrenatural,  ambientándolo en una Venecia   como escenario de amores condenados a la tragedia pero donde  podían convivir el arte y la magia.

De nuevo, no se puede exigir demasiada caracterización a unos personaje que  caen rendido ante la visión de una mujer misteriosa cuyo  comportamiento errático es muy similar al de un espectro condenado a repetir los mismos actos una y  otra vez. Solo pueden  seguir el enigma  que esta  va desgranando a través de joyas misteriosas, personajes siniestros y una  Venecia de fondo que  como pasa a menudo en estos libros  caracterizados por la economía de página y su carácter de narrativa de evasión, no es la de verdad sino la que nos imaginamos (y que siempre será mejor que la real).  Y que durante  esos capítulos, esta se vuelve tan real como los elementos anómalos que el protagonista encuentra, como  esa puerta al pasado en el sótano de una mansión, un escenario tan improbable por las características de la ciudad como todo lo que va sucediendo en ella (y que Alex de la Iglesia desaprovecharía en Veneciafrenia  al no tener muy claro lo que quería hacer).

La trama, a partir de esa muerta enamorada y mezclando como trasfondo las maldiciones familiares, la magia negra y lo extraño,  recurre también a los arquetipos de los espectros sin descanso y a la ruptura de aquello que los ata a la tierra, como liberación pero también privando a su protagonista de un final  feliz que por el momento, no  hay llegado a  encontrarse en ninguno de los libros  que he podido encontrar en la colección. Una compuesta en su  mayoría por autores franceses de calidad un tanto irregular, pero a los que hay que reconocerles una cosa: de originalidad y falta de prejuicios van sobrados.  Y tienen muy claro que una verdadera historia macabra no puede terminar con un final feliz.

jueves, 30 de julio de 2026

Celsius 232 2026. El año de las sillas plegables

 


Aparte de leer,  ver cine y desear que no haya un nuevo apocalipsis a la vuelta de la esquina, una parte de mis vacaciones están reservadas para irme durante cinco días a Avilés, a un festival que lleva  ya en activo unos quince años.  El  Celsius 232 se ha convertido en un evento cada veza  más concurrido, y desde que llevo asistiendo allá por el 2018,  con dos momentos decisivos. Uno fue en 2020,  cuando consiguieron sacar adelante contra viento y marea el festival, con rutas prefijadas para los asistentes, distancias de seguridad y  cienes y cienes de  sobrecitos de gel hidroalcohólico…además de conseguir   celebrar  una actividad  con  gran número de asistentes y cero contagiados en esos años  tan raros, lo que fue una forma de mantenerlo con vida y buena salud de cara al futuro.

El segundo, el año pasado, determinaría a la nueva, nueva normalidad que pasaría a formar parte de una festival que, por mucho que me desconcierte a mi parte  más rancia  y quejosa, está  ya  lejos de aquellos días en los que había sitio incluso en las charlas de autores más conocidos y tiempo suficiente para comprarse un libro más. La última visita de Sanderson supuso colas multitudinarias, esperas interminables y una afluencia de gente imposible de manejar. Además de muchos disfrazados con unas capas de flecos que no terminaba de entender. Tendría que esperar a leer Nacidos de la bruma esas navidades para pillar la referencia. Y  no, no he caído en la secta.


La horterada de Proust

Este 2026 ha mantenido  ya  ese ambiente  multitudinario, de colas esperas, madrugones y  perderse  charlas por exceso de foro, aunque en una medida más manejable que el año anterior.  Esta vez el responsable era en parte  Matt Dinniman, por lo que las capas de flecos del Cosmere (que alguna había) fueron sustituidas  por cosplays de gatos de peluches y calzoncillos estampados.  Un autor al que no fui a ver por sentido común y  pesimismo razonable, pero que  deja, además de los gatos de peluche,  unas colas con unas cotas de organización  a niveles dignos de cualquier festival de música. Toallas, sillas plegables,  asistentes acampados  con barajas de carta y tuppers de comida.

Hubo cancelaciones,  la peor, la caída  en último momento de  Christopher Lambert así como la ausencia de los autores de Kult por motivos de salud.  Me quedé fuera de  la charla de Abercrombie, siendo desde Los Diablos  imposible  entrar en el auditorio, y como diría  Balthazar, “¡me cago en la leche!”.


Testosterona en una foto

Mismo motivo por el que me quedé fuera de las participaciones de Paul Urkijo,  Paco Plaza (perdiéndome una ingente cantidad de chistes de portugueses) y gran parte de la conferencia final con Dinniman, Gynne, Buehlman y Abercrombie,  de la que solo puede ver un poquito gracias al gradual abandono de la sala la última media hora.
 Un mejor cálculo de la afluencia  supuso poder ver a Grady  Hendrix  en su segunda visita, y ya con unos cuantos libros más publicados. Este, haciendo sus pinitos ya con el castellano y lanzándose a decir alguna frase, aunque de momento le gana Christopher Buehlman, quien  se maneja perfectamente  y si llega a durar el festival un par de días más, sale con acento.  Si  su novela  Entre dos fuegos   es una visión de terror medieval, con referencia al Bosco, a la fantasía oscura y algo así como El séptimo sello con  esteroides, el autor es todo un personaje cuya conversación deja con ganas de leer algo más.  Y  a ver si Abercrombie toma nota  y  aprende algo más de castellano, que está ya medio adoptado en Asturias…

Qué bonito es Grady Hendrix
Las charlas más pequeñas, pero igual de abarrotadas, sirvieron  para poder  escuchar a Álvaro Aparicio hablar de Nuestra señora de los Caidos, una nueva visión del infierno (este año está pegando fuerte el tema, quizá porque ya nos parece un lugar no tan malo en comparación) y  a Luis Corte Real  sobre  Benjamin Tormenta y  bromeando sobre hacer la entrevista  en portuñol…¡menos mal  que  nos quedan los primigenios de Portugal!

Las actividades no relacionadas con la literatura  trajeron a Hector Cantolla, doblador de Eastwood, Brando y Schwarzenegger e incluso de personajes de Pokemon. Un veterano de la profesión,  lleno de aplomo, anécdotas y que se presentó  como  cántabro de Laredo, lo que hizo que se ganara por mi parte un aplauso especialmente fuerte  al  encontrar aun paisano de mi patria adoptiva. Otro de los puntos fuertes son las charlas sobre música de Luis  Antonio Muñoz,  con dos presentaciones sobre los Illumínati en la música clásica y popular, toda una curiosidad en estos tiempos de paranoias y gorritos de papel albal.


La mitología se ha ido convirtiendo  en una parte importante con las colaboraciones de Clara Dies y Javier  Prado,  junto con la presencia de Tomás  Hijo  como ilustrador del cartel del festival.  Tolkien  fue el tema en exposiciones sobre su relación  con la mitología celta y  su participación  en el conflicto e influencia de la Gran Guerra  por parte esta última de una profesora de la universidad de Santiago, desconcertada por la afluencia…supongo que  cuando no puede suspender al publico ya no es tan divertido exponer ¡ja!.


¡942!

Iván Ledesma sigue a la cabeza de las actividades sobre  televisión, en te caso,  recordando Hércules y  Xena, series interminables, mamarrachas y un poco Magdalena de Proust al recordar  los veranos siguiendo las andanzas de Xena y Gabrielle. Y  de paso,  una época  en la que la continuidad y seriedad nos importaba un pepino.

Un año más, Celsius confirma que su condición de frikada  minoritaria queda muy lejos,  que las legiones de chavales nuevos,  con disfraces de personajes que ni nos suenan, libros de romantasy y sagas  con cantos pintados  nos hacen ver que las cosas han cambiado. Que  la afición ha crecido,  hay tendencias y series que  nos resultan ajenos a los veteranos, que el concepto de “raro” y diferente ha cambiado mucho…Ya no serán nuestros tiempos, pero eso no quiere decir que sean peores.

jueves, 9 de julio de 2026

Rocky IV (1985). A hostia limpia contra el comunismo

 


Si los ochenta fueron la década de los héroes de acción,  Stallone fue por derecho propio uno de ellos, aunque no directamente. Desde la adaptación de  Primera Sangre, ,  convertida después en una franquicia donde el veterano con neurosis de guerra defendía  todo aquello que lo había destrozado. Y también aquel boxeador en horas bajas, cuya  andadura comenzaba a mediados d ellos setenta pero se convertirá en un  héroe más de la siguiente década en sus entregas. Bueno, y responsable   de que ahora suene  en nuestras cabezas  Eye of the Tiger  cada vez que emprendemos cualquier proyecto que implique un poco de esfuerzo, desde  ponernos en forma en el gimnasio hasta preparar oposiciones.



Rocky Balboa, aquella historia de superación (y hoy,  en la era denla que  solo nos queda sobrevivir, cada vez más interpretable como un cuento de hadas moderno se convertiría en una saga donde  este superaría cada nuevo desafío y que como muchas otras, sería recuperada durante los dos mil en esa época en la que empezaban a mirar hacia atrás  con insistencia. Pero en los ochenta, esta todavía  estaba en buena forma con tres entregas  continuando la carrera de The Italian Stallion…y una cuarta,  donde la trama sufría todos los excesos de los ochenta.


Rocky Balboa disfruta ahora de sus últimos años como boxeador, su vida en familia y  su  amistad con Apollo Creed, el anterior  campeón  ahora retirado.  Una oportunidad para este,  como último gran  combate, aparece con la llegada  del boxeador soviético Ivan Drago, en su primera confrontación profesional al otro lado del telón de acero.  Tras ceder el desafío propuesto a Balboa, ante la insistencia de su amigo,  el combate se salda   no solo con una brutal derrota, sino con la muerte de Apollo a causa de los golpes recibidos. Rocky, como algo personal, pide una revancha, aunque esta será  en los términos de los representantes de Drago: en la Unión Soviética, en un territorio desconocido y donde será recibido con la misma hostilidad que  estos sufrieron en territorio americano.


Considerada una de las más flojas, por el cambio de tono, la película, dirigida y escrita por el propio  Stallone como varias de la serie, es la más alejada a las anteriores y  quizá  la que adolece de más excesos. El montaje es más propio de un videoclip, es vistosa y contiene muchas secuencias que reflejan ese nuevo sueño americano de modernidad y consumo.  Una especie de optimismo,  manifestado a través de la estética  vistosa, en la que eligen no solo a un contrincante sino a un antagonista. Nada menos que el enemigo de los treinta años anteriores, esa amenaza comunista que entonces empezaba a flaquear y de  la que el público solo sabía lo que le habían contado.  Representada aquí  por Ivan Drago, el oponente más recordado gracias a Dolph Lundgren en uno de sus primeros papeles,  como el gigantesco y taciturno boxeador que   provocará el deseo de venganza en su protagonista.  Un rival  complementado por Brigitte Nielsen en un papel apenas testimonial y  Michael Pataki como parte del sobrio (y malvado. ¡no olvidemos que son comunistas!) comité que lo acompaña.


Esta es solo una parte de los excesos de una película que a ratos parece una comedia familiar, a ratos una de Rocky y a ratos,  quiere  sumarse a las tramas de exaltación patriótica y de buscar un enemigo que represente  todo lo contrario al héroe y su entorno. Las secuencias en familia, en entornos que parecen   alardear de los lujos de la clase media,  la aparición del hijo de Rocky, un poco niño repipi en toda regla, y sobre todo,  los momentos, no se si cómicos, pero decididamente surrealista protagonizados por Paulie, el secundario  recurrente de la saga encarnado  por Burt Young y  un robot  de servicio  que habla y realiza tareas domésticas…y fue convenientemente eliminado en el montaje del director.

Excesos que convierten esta cuarta entrega en una de las más extrañas,  por no decir floja, pero que cuenta son sus aciertos. Son esos mismo los que  se aprovechan de forma efectiva en al secuencia del primer combate,  contraponiendo un espectáculo exagerado y triunfalista frente a lo contenido de la comitiva soviética, y que se muestra  con un tono paródico  ese despliegue de confianza que  llevará al momento más dramático de la trama. Y que, también gracias a que Lundgren dotara de cierto carácter amenazador a  su personaje,  contara con uno de los adversarios más reconocibles. Pero que en su desenlace  acaba cediendo a los niveles de locura previos con, tras la esperada victoria de Rocky, un discurso sobre la paz mundial bastante simple, que viniendo de un púgil  al que les han dejado la cara como un pan, resulta un poco anticlimático, por no decir cómico.

Crossfit antes de que fuera mainstream

Rocky IV queda un poco lejos de ese héroe de clase obrera que demuestra que siempre había una oportunidad mientras  siguiéramos en pie.  Es también la que peor ha envejecido, al depender tanto de una situación política muy específica como fueron esos felices ochenta y los últimos año de la guerra fría. Aunque paradójicamente, algunas secuencias hoy resultan actuales: el entrenamiento funcional de Rocky en la estepa, frente a la disciplina científica (y con anabolizantes. Toda ocasión es buena para recordar que los comunista son malos) no desentonaría hoy en cualquier  box de crossfit. Y los momentos  cómicos, por llamarlos de algún  modo, entre Paulie y el Robot,  por mucho que intentaran hacerlo desaparecer en el montaje posterior…bueno,  las conversaciones que Siri,  Alexa y Chat gpt  tienen que aguantar con sus usuarios, por ahí andan.

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