La nostalgia del cine, la televisión, y lo que nos recuerde a un tiempo mejor, no es un invento de Stranger Things ni de este siglo. Los que fueron niños durante los setenta tuvieron en España su propia cultura popular, no tan explotada, reciclada y adaptada como la de la década anterior, pero sí lo bastante memorable como para que cualquier adulto sepa reaccionar si le gritas “¡Puños fuera!”.
Entre este robot que combatía monstruos y las adaptaciones de obras clásicas por parte de Mizayaki, otra adaptación, en este caso, de un popular personaje sueco, sería emitida durante esos años convirtiéndose en uno del os referentes de esa época en la que la televisión infantil empezaba a ser un poco menos gris.

Pippi Calzaslargas, diminutivo de Pippilota Viktualia Rullgardina Krumsmynta Efraimdotter Längstrumpf, es una niña que vive sola en Villa Kunterbunt, un caserón cerca de la casa de Tommy y Annika, quienes pronto conocen a esa chiquilla que asegura ser hija de un pirata y que su madre es un ángel que vive en el cielo, que solo ella misma se dice lo que tiene que hacer y que no tiene por qué ir a la escuela. Las historias que cuenta de sus viajes, de países lejanos, parecen demasiado fantásticas para ser ciertas. Pero entre sus fabulaciones, hay algo de verdad: Pippi no solo tiene un maletín lleno de monedas de oro que parecen sacadas de un tesoro pirata, sino que está dotada de una fuerza extraordinaria y como ella demuestra en más de una ocasión, es capaz de cuidar de si misma. Y no, no necesita ir al colegio a aprender a pultificar. Con ella, un día cualquier de Tommy y Annika desde hacer un recado o acudir a una feria, se convierte en una aventura fuera de lo común.

La serie adapta los libros escritos por Astrid Lindgren sobre su personaje, creado poco después de la segunda guerra mundial, para entretener a su hija. Al o largo de trece capítulos narra situaciones donde la llegada de su protagonista, acompañada por un caballo y un mono llamado Mr Nilsson, tienen carácter episódico y casi costumbrista: ir de compras al pueblo, salir de excursión, visitar una feria, celebrar un cumpleaños o encontrase con su padre, un auténtico pirata como ella aseguraba. No hay en apariencia, grandes aventuras ni situaciones extraordinarias, sino esa disrupción de un personaje caótico que encarna todo lo que un niño querría hacer en un mundo dirigido por adultos, en un escenario donde impera la tranquilidad y una jerarquía muy clara: los niños obedecen, van a la escuela y piden permiso antes de hablar. Pero no es el caso de Pippi, quien es capaz de escandalizar a cualquier adulto por su descaro, pero también de defender a quien lo necesite.
Un escenario muy sencillo, compuesto de casas y un entorno tan tranquilo como ese pueblo, sin más fuerzas del orden que dos policías de aspecto cómico, y que permanece, salvo algún momento para justificar capítulos en el interior del hogar, congelado en un verano permanente. No es raro por esto último que las reposiciones (fue una de las series de los setenta que más veces re recuperó, especialmente en los noventa en la televisión privada), fueran habituales durante los veranos.

Los exteriores, la iluminación natural, sumada a unos efectos muy sencillos de pantalla azul y secuencias rodadas al revés cuando era necesario, hacen que hoy la serie tenga ese aspecto antiguo, pero no anticuado. Una producción que junto a su banda sonora parece hacer recordar esos años, aunque no se hayan vivido. Y del que también, su éxito se debió al carisma de su protagonista, Inger Nilsson, quien frente sus compañeros de reparto, que interpretan papeles más serios, más naturales en contraste con la espontaneidad de su protagonista, es el más recordado: ha habido varias adaptaciones de la obra de Lindgren, pero solo recordamos a una Pippi Calzaslargas.
La serie, coproducida entre Suecia y Alemania Occidental, aunque termina con la adaptación de la mayoría de las historias y cuenta con un desenlace similar a su original, sería continuada con dos películas divididas de forma que pasarían a formar parte de la serie en su emisión en España. Pippi y los piratas adapta libremente la trama de Pippi en los Mares del Sur, y el viaje de Pippi, Tommy y Annika fue creado expresamente para televisión. Aunque este añadido hace que la serie no tenga un final tan claro como su formato de trece episodios, haciendo que nuestra memoria, como pasa con todo lo que recordamos en la época anterior a lo digital y la nube, la convirtiera en una serie mucho más larga de lo que fue y sin un final en concreto. Una vez más, la nostalgia y la subjetividad de esta hace que lo que está en nuestra memoria sea muy distinto, pero no por ello peor que lo original.

Es difícil saber si hoy Pippi podría funcionar. Las últimas ediciones de los libros parecen más pensadas para los adultos que la conocieron de niños, y esta niña anárquica, deslenguada, de fuerza extraordinaria y capaz de convertir lo cotidiano en algo maravillosos, parece un poco fuera de lugar en una época que se ha vuelto más respetuosa con el mundo y el espacio de los niños. Un personaje que por su carácter, tuvo sus problemas desde su primera aparición: demasiado revolucionaria en sus inicios, criticada a menudo por poco pedagógica y mala influencia…hasta el punto que en España, la serie tardaría unos cuantos años en estrenarse. Hoy, también un personaje fuera de lugar, perteneciente a un mundo hoy imposible de comprender, donde lo habitual era representar a los niños jugando fuera, pero también uno donde ser refleja ese pasado menos idílico: Pippi nació en la posguerra de Europa, donde la escasez era algo habitual y que se reflejaba (algo menos en la serie, pero sigue estando presente en muchos episodios), en la importancia de la comida, donde los caramelos o las tartas eran algo muy especial y reservado a ocasiones contadas…algo que, por supuesto, nuestra protagonista se saltaba a la torera junto al resto de normas.
Ya lejos de la televisión, recuperada en Filmin como una curiosidad nostálgica, Pippi Calzaslargas es un persona que, al igual que Guillermo Brown, Celia, los cinco de Enid Blyton, se ha quedado en ese limbo de un pasado que hoy resulta irreconocible. Salvo por una diferencia: Pippi es un personaje pensado para ser comprendido por los niños y no los adultos, mucho más libre y original que muchos creados en el siglo XXI y más cercanos a los niños de la Generación Alpha. Y por ello, por su rebeldía y ruptura con lo establecido, mucho más difícil de olvidar.