Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 19 de febrero de 2026

Pippi Calzaslargas (1969). Anarquismo para todos los públicos

 


La nostalgia del cine, la televisión, y lo que nos recuerde a un tiempo mejor, no es un invento de Stranger Things ni de este siglo.  Los que fueron niños durante los setenta tuvieron en España su propia cultura popular, no tan explotada, reciclada y adaptada como la de la década anterior, pero sí lo bastante memorable como para que  cualquier adulto sepa  reaccionar si le gritas “¡Puños fuera!”.

Entre este robot que combatía monstruos y las adaptaciones de obras clásicas por parte de Mizayaki, otra adaptación, en este caso, de un popular personaje sueco, sería emitida durante esos años convirtiéndose en uno del os referentes de esa época en la que la televisión  infantil empezaba a ser un poco menos gris.



Pippi Calzaslargas,  diminutivo de  Pippilota  Viktualia  Rullgardina  Krumsmynta Efraimdotter Längstrumpf,  es una niña que vive sola en Villa Kunterbunt, un caserón cerca de la casa de Tommy y Annika, quienes  pronto conocen a esa chiquilla que asegura ser hija de un pirata y que su madre es un ángel que vive en el cielo, que solo ella misma  se dice lo que tiene que hacer y que no tiene por qué ir a la escuela.  Las historias que  cuenta de sus viajes, de países lejanos, parecen demasiado fantásticas para ser ciertas. Pero  entre sus fabulaciones, hay algo de verdad: Pippi no solo tiene un maletín lleno de monedas de oro que parecen sacadas de un tesoro pirata, sino que está dotada de una fuerza extraordinaria y como ella demuestra en más de una ocasión, es capaz de cuidar de si misma.  Y no, no necesita ir al colegio a aprender a pultificar.  Con ella, un día  cualquier de Tommy y Annika desde hacer un recado o acudir a una feria, se convierte en una  aventura fuera de lo común.


La serie adapta los libros escritos por Astrid Lindgren sobre su personaje, creado poco después de la segunda guerra mundial, para entretener a su hija.  Al o largo de trece capítulos narra situaciones donde la llegada de su protagonista, acompañada por un caballo y un mono llamado Mr Nilsson, tienen carácter episódico y casi costumbrista:  ir de compras al pueblo, salir de excursión,  visitar una feria, celebrar un cumpleaños o encontrase con su padre,  un auténtico pirata como ella aseguraba. No hay  en apariencia, grandes aventuras ni situaciones extraordinarias, sino esa disrupción de un personaje caótico que  encarna todo lo que un niño querría hacer en un mundo dirigido por adultos, en un escenario donde impera la tranquilidad y   una jerarquía muy clara:  los niños obedecen, van a la escuela y piden permiso antes de hablar. Pero no es el caso de Pippi, quien es capaz de  escandalizar a cualquier adulto por su descaro, pero también de defender a quien lo necesite.

Un escenario muy sencillo, compuesto de casas y un entorno  tan tranquilo como ese pueblo, sin más  fuerzas del orden que dos policías de aspecto cómico, y que  permanece, salvo algún momento para justificar  capítulos en el interior del hogar,  congelado en un verano permanente. No es  raro  por esto último que las reposiciones (fue una de las series de los setenta que  más veces re recuperó, especialmente en los noventa  en la televisión privada), fueran habituales durante los veranos.


Los exteriores, la iluminación natural, sumada a unos efectos muy sencillos de pantalla azul y secuencias rodadas al revés cuando era necesario, hacen que hoy la serie tenga ese aspecto antiguo, pero no anticuado. Una producción que  junto a  su banda sonora  parece hacer recordar esos años,  aunque no se hayan vivido. Y del que también, su éxito se debió al carisma de su protagonista, Inger Nilsson, quien frente  sus compañeros de reparto,  que interpretan papeles más serios, más naturales en contraste con la espontaneidad de su protagonista, es el más recordado: ha habido  varias adaptaciones de la obra de Lindgren, pero solo recordamos a una Pippi Calzaslargas.

La serie, coproducida entre Suecia y Alemania Occidental,  aunque termina con la adaptación de la mayoría de las historias y cuenta con un desenlace similar a su original,  sería continuada  con dos películas divididas de forma que pasarían a formar parte de la serie en su emisión en España.  Pippi y los piratas adapta libremente la trama de  Pippi en los Mares del Sur, y el viaje de Pippi, Tommy y Annika fue creado expresamente para  televisión.  Aunque  este añadido hace que la serie   no tenga un final tan claro como su formato de trece episodios, haciendo que nuestra memoria, como pasa con todo lo que recordamos en la época anterior a lo digital y la nube, la convirtiera  en una serie mucho más larga de lo que fue y sin un final en concreto. Una vez más, la nostalgia y la subjetividad de esta   hace que  lo que está en nuestra memoria sea muy distinto, pero no por ello peor que lo original.


Es difícil saber si hoy Pippi podría funcionar. Las últimas ediciones de los libros  parecen más pensadas para los adultos que la conocieron de niños, y esta niña  anárquica, deslenguada, de fuerza extraordinaria y  capaz de convertir lo cotidiano en algo maravillosos, parece un poco fuera de lugar en una época que se ha vuelto más respetuosa con el mundo y el espacio de los niños. Un personaje que por su carácter, tuvo sus problemas desde su primera aparición:  demasiado revolucionaria  en sus inicios, criticada a menudo por poco pedagógica y  mala influencia…hasta el punto que en España, la serie  tardaría unos cuantos años en estrenarse.  Hoy, también un personaje fuera de lugar,  perteneciente a un mundo hoy imposible de comprender, donde lo habitual  era representar a los niños jugando fuera, pero también uno donde ser refleja ese pasado menos idílico: Pippi nació en la posguerra de Europa, donde la escasez era algo habitual y que se reflejaba (algo menos en la serie, pero sigue estando presente en muchos episodios), en la importancia de la comida, donde  los caramelos o las tartas eran algo muy especial y reservado a ocasiones contadas…algo que, por supuesto, nuestra protagonista se saltaba a la torera  junto al resto de normas.

Ya lejos de la televisión, recuperada en Filmin como una curiosidad nostálgica,  Pippi Calzaslargas  es un persona que, al igual que Guillermo Brown, Celia, los cinco de Enid Blyton, se ha quedado en ese limbo de un pasado  que hoy resulta irreconocible. Salvo por una diferencia: Pippi es un personaje pensado para ser comprendido por los niños y no los adultos, mucho más libre y original que  muchos creados en el siglo XXI y más cercanos a los niños de la Generación Alpha. Y por ello,  por su rebeldía  y ruptura con lo establecido, mucho más difícil de olvidar.

jueves, 12 de febrero de 2026

Groucho y yo. La autobiografía poco ejemplar

 


                                                                                                        “Ningún gran  hombre vive en vano.                                                                                                          La historia no es más que la                                                                                                                     biografía de los grandes hombres”.
                                                                                                        Thomas Carlyle

                                                                                                    “Dinero y santidad, la mitad de la mitad”

                                                                                                       La abuela

No suelo prestar mucha atención a las biografías, en parte, por aquello de  nunca conozcas a tus héroes. Se salvan, en esta caso, la de H. P Lovecraft porque  queremos saber con pelos y señales cualquier cosa de la vida del señor más aburrido del planeta, y todo lo que puedan contarme  de ese tendero con  increíble capacidad fabulatoria que fue  Jean Ray.  El resto, o bien pueden resultar  un tanto sesgadas (ahí, la biografía de Lovecraft de Sprague de Camp y responsable de haberlo convertido en poco menos que un friki asocial) o textos  redactados por un negro literario y aprobados por el biografiado.  Si es una autobiografía, el tema es todavía más difícil: nosotros somos nuestros  críticos menos imparciales y la propia memoria es algo muy poco fiable. Sin embargo, después de una sesión intensiva de cine de los hermanos Marx, más las referencias de que esta no se trataba de la típica autobiografía, decidí comprobar qué era lo que tenía que contar el propio Groucho sobre su vida.


El mismo año de esa última aparición de los hermanos Marx, ya en televisión,  casi una anécdota o una despedida que pasa desapercibida, Groucho, quien ya  llevaba unos años como presentador de radio y televisión, publicaba su autobiografía.  Esta, lejos de ser una narración de su vida y obra ordenada y pulida por un negro literario,  venía de la mano de Groucho, con la advertencia que esta no se ceñiría al formato tradicional.

Una advertencia expuesta con mucha sorna, que servía de prologo para la historia de los primeros años de Julius Henry, antes de ganarse su apodo artístico, pero también de sus padres y hermanos en un apartamento de Nueva York. Un hogar lleno de bullicio, familiares, pero también de música la venir estos de un entorno  de artistas alemanes  emigrados  a Estados Unidos años atrás.  Durante esta época comenzará su interés por el mundo de las variedades, así como la formación audiovisual de sus hermanos y sus primeros pasos en  circuitos artísticos  poco relevantes hasta que estos formarían  los Hermanos  Marx tal y como los conocería el público. A partir de entonces, referirá de forma muy rápida, saltando  entre situaciones y contexto,  su carrera cinematográfica, anécdotas del mundo del espectáculo, su participación  en el programa I bet your life en el tramo final de su andadura. Y paradójicamente, muy poco de la vida de Julius Henry Marx.


Como autobiografía, esta resulta bastante particular: no es una andadura vital llena de  momentos personales y reflexiones, sino más  bien una colección de anécdotas de  distintas épocas de su vida, donde s i bien  no esconde los aspectos poco agradables pero que eran conocidos de sobra, como los problemas de Chico con el juego, su vida  personal ese limita mucho a su época de infancia y como máximo (y seguramente,  el propio Groucho se quejaría de que su editor habría insistido) alguna anécdota sobre su hija menor, nacida en su matrimonio con Eden. El resto  de aspectos oficiales , o más propio s de prensa rosa  quedan fuera, e incluso las referencia a su vida privada  son mostradas mediante un par de primeras citas desastrosas,  pero cómicas, durante su adolescencia.

El humor, propio de su personaje, está presente  en los primeros capítulos donde incluso la historia de su familia  casi puede leerse como si fuera el guion de una de sus películas. En las escenas sobre su padre, el peor sastre de la ciudad y sus traslados en busca de clientes que no conocieran sus trajes mal cortados, o su vida con sus dos hermanos y compañeros de comedia, casi es posible imaginarse al  Harpo niño  sin hablar,  haciendo sonar  los primeros acordes de  arpa, y a Chico con su falso acento intentando estafar a todo lo que se mueva.  Queda la duda de si muchas de estas  vivencia narradas son una invención, por lo cercano muchas veces a la comedia gestual (incluido un coche que despide a una de sus  citas oro los aires a causa de un muelle defectuoso) pero  estas  son tan absurdas que conservan ese aire de veracidad.

Groucho, en todos caso, nos cuenta de su vida lo que quiere. Y esto incluye también momentos tan interesantes como el crack del 29, donde  describe con mucha precisión los momentos de locura previos  en los que todo el mundo podía hacerse rico en un mercado  que parecía no tener techo. Como curiosidad,  el pasaje  donde su asesor  resume la caída de bolsa con “Marx, el baile se ha acabado” aparecía incluido en uno  de los textos de literatura  histórica en uno de mis libros de texto.

jueves, 5 de febrero de 2026

Los cuatro cocos (1929). Los comienzos del marxismo

 


                                                                                            “ no olvidéis que no hay nada como la                                                                                                         libertad (excepto una buena caña de                                                                                                        cerveza un día de calor) sed libres, amigos                                                                                               míos, una para todos y todo para mí, yo para                                                                                            vosotros y  tres para cinco y seis para veinte”.
                                                                                                                                            Groucho Marx


Una mirada estrábica, un bigote pintado y un cigarro, una peluca de rizos y un sombrero son las señas de identidad inconfundibles de unos personajes  cuya carrera formaría parte de la cultura popular del siglo XX. En concreto, de ese concepto donde  prácticamente cabe cualquier idea como es el humor absurdo. Juegos de palabras in sentido que se convierten en diálogos enrevesados, junto a la comedia gestual más pura y números musicales heredados del teatro de variedades caracterizarían la carrera cinematográfica de cuatro hermanos, curtidos en el mundo de espectáculo. Una filmografía que antes de la libertad, el amor a un precio razonable y dos huevos duros, comenzaría casi al mismo tiempo que el cine sonoro, con una comedia musical adaptada del teatro en vivo.


Los cuatro cocos presenta a Hammer, el director del hotel Los cocoteros, en Florida, que intenta obtener  algo de liquidez mediante al subasta de sus terrenos, a Chico y Harpo, dos buscavidas  que tras llegar al hotel ayudan, sin mucho éxito, a  llevar a cabo la subasta. Pero también   la de una pareja de enamorados, un emprendedor sin mucha suerte, su rival a la hora de conseguir la mano de una heredera, y los planes para robar un valioso collar sin esto falla. Y algo sobre un viaducto. O un pato. Pero todavía no tenemos claro  por qué tiene que ser un pato.



Al igual que  pasaría con Amor en conserva, la película que  veinte años después finalizaría la andadura cinematográfica de los  Marx como grupo cómico, esta no es una de las mejores, pero sí destaca  como el comienzo oficial (a falta de un corto mudo hoy perdido) y  con la curiosidad añadida de ser una deseas producciones donde  el contar con sonido era una novedad…y algo necesario teniendo en cuenta la  verborrea que caracteriza al personaje de Groucho.  La primera aparición de este, tras el consabido número musical en un hotel más parecido a un escenario de Broadway que a  la reproducción realista de uno,   viene acompañado de un diálogo acelerado y lleno de la palabrería absurda que  caracterizaría a sus personajes. Este sería  solo un gag menor al lado  del más recordado  de Los cuatro cocos, compartido con Chico, donde  mediante  un juego de palabras   pasan a transformar  un viaducto   en un pato de una manera completamente caótica, confusa y que se convertiría en una referencia en producciones posteriores. Harpo se encarga de aportar la comedia gestual,   propia de un mimo, y muy  basada en la expresividad y los juegos de manos, pero también los números musicales: sus piezas al arpa, junto a las melodías  al piano de Chico, son también un número donde la ejecución musical de estas es casi una interpretación teatral. Y sin duda, mucho más recordados que el resto de  bailes de la película.


Estos últimos son los esperable en una comedia musical donde el principal atractivo es el sonido:  coreografías y melodías que acompañan a la trama principal,  casi parece una historia tangencial a las locuras de los Marx, y cuya mayor curiosidad actualmente ees poder  ver  de primera mano  la estética y gustos de los felices veinte.


La trama romántica, con una pareja de enamorados, sus obstáculos y antagonistas, es muy sencilla, ñoña en comparación al humor absurdo de los Marx, y al menos el añadido del collar robado sirve de marco para una divertida  secuencia de entradas y salidas entre  habitaciones de hotel contiguas que  sirve de precedente a ese camarote atestado de gente que se convertiría  en una referencia incluso para quien no hubiera visto la película.


Los cuatro cocos es todavía un ensayo, ese primer salto al cine con una obra todavía pensada para el formato musical, pero que se ve hoy con esa frescura de las primeras piezas, sabiendo ya que solo son la antesala de algo mejor.

jueves, 22 de enero de 2026

Las tierras perdidas (2025). Alargando los dos mil

 


La carrera de Paul Anderson  quedó ligada a las adaptaciones de videojuegos desde que en 1995 se encargó de la primera versión de Mortal Kombat, y cuando, después de esta,  realizaría una saga,  más por cuenta a propia que por  influencia del videojuego de Capcom, de Residen Evil. Fue a partir de esta   cuando  su carrera se caracterizaría por dos cosas: montajes propios de cinemática de videojuego, infografía a raudales, y Milla Jovovich como protagonista absoluta  repartiendo leña  en todas y cada una de sus producciones.  Con la saga terminada (e irónicamente, sin que  ni el reboot  cinematográfico de hace unos años ni la serie de Netflix funcionaran bien),  intentaría algo similar con otro juego, pero la adaptación de Monster Hunter de 2020  con todas las secuencias vistas en su Resident Evil y el mismo montaje, quedaría olvidada junto a la posibilidad de que se convirtiera en franquicia. Su regreso vendría esta vez no del mundo de las consolas, sino  de un relato corto  que poco tenía que ver con sus películas de los últimos diez años, pero que serviría de idea para…bueno, para hacer lo que Anderson  y Jovovich llevan media vida haciendo.



En un futuro muy lejano,  muchos años después de que la tierra se convirtiera en un páramo y la humanidad regresara a una edad oscura, la bruja Alys la Gris  escapa de la Inquisición regresando a su hogar, donde  escucha a todos aquellos que acuden a  pedir lo que desean. Obligada a no rechazar a nadie si el pago es el adecuado, uno de los visitantes no es otro que la Reina, quien  reclama el poder de convertirse en un lobo. Alys, con la ayuda de Boyce el cazador, se dirige a las tierras perdidas, donde los restos de la civilización aparecen desperdigadas en un vasto desierto poblado por monstruos y  por el licántropo  que Alys  pretende cazar. Mientras, en la ciudad,  la reina planea deshacerse de su consorte  anciano y verdadero monarca, pero la  Iglesia  planea derrocarla obteniendo  la confesión de la bruja con la que esta ha pactado para  conseguir el poder del licántropo.



La película adapta  un cuento corto de George R. R. Martin. A quien quizá deberíamos dejar de dar la tabarra con  Juego de Tronos y  volver a disfrutar de El sueño del Fevre, Los viajes de Tuf y de relatos como este.  La adaptación es bastante fiel a l texto original pese a tratarse de una historia  muy breve, llegando a reproducir los diálogos de este.  A su vez,  se trataba de una historia de fantasía lo bastante ambigua como para que el escenario pudiera ser interpretado de forma libre, cosa que hacen en el guion, y que  junto con el cambio del desenlace es algo que han hecho rematadamente mal.


El entorno de nobles, cambiaformas y magia del relato  es transformado en la película en un futuro lejano, un escenario postapocalíptico donde la civilización se ha adaptado  a vivir  entre restos y mutantes causados por la radiación,a sí como  con la existencia de una magia que ni explican, ni llega a tener sentido dentro de la trama. Algo que  se había hecho en 1999 con una enloquecida adaptación de Beowulf protagonizada por Christopher Lambert y que  era igual de absurda y chapucera que estas Tierras  perdidas. .los personajes, salvo la protagonista Alys y Boyce, carecen de nombres, limitándose a ser La reina, el Patriarca y la Inquisidora. Estos últimos, creado para el guion y convirtiéndose en uno antagonistas que son eliminados convenientemente a mitad de  metraje. La trama protagonizada  por estos, sobre traiciones políticas y una revuelta de campesinos (o de mineros. O trabajadores. O yo que se, solo están picando piedra al fondo y van embarrados), parece un extra que poco tiene que ver con la de unos protagonistas, Milla Jovovich  poniendo la misma cara que hace quince años y Dave Battista muy lejos de los papeles pequeños  pero efectivos en los que se había labrado una carrera, se limitan a repetir una y otra vez sus propósitos en la historia: Alys,  que no puede rechazar una petición, que esta maldita, a saber por qué. Boyce, un cazador,  con un giro sorpresa que, sin en el texto original funcionaba por su estilo de cuento de hadas, aquí parece cogido con pinzas. Resulta difícil explicar los conceptos de magia y  licantropía en un escenario posnuclear cuando  estos son tan vagos que consisten en tener las habilidades adecuadas  cuando el guion lo exige. Un guion que  además de enrevesar innecesariamente la historia, traiciona ese material para ofrecer un final feliz tan sacado de ninguna parte como el resto de elementos.

Nobody expects the Wastelands Inquisition!

A nivel estético, los escenarios resultan un desastre: la película parece filmada íntegramente  ante una pantalla verde donde todo son escenarios digitales.  Tremendamente exagerados, los tamaños proporciones y elementos que aparecen  integrados no concuerdan entre si y todo consiste en  poner restos de construcciones y maquinaria ruinosas en un desierto, tan fuera de lugar entre sí que hacen sospechar si no habrán recurrido a la IA para generar varios de estos: edificios que  no concuerdan entre sí,  complementos tan absurdos como una farola encima de una chimenea nuclear  completan un paisaje informático filmado junto a una fotografía demasiado saturada, unas escenas de lucha con saltos y armas a dos manos vistas mil veces y primeros planos de los altores que parece mal encuadrados…y cuando un espectador sin formación audiovisual se fija en cosas como esta es que algo se ha  hecho rematadamente mal.


La película ,en conjunto, recuerda a todo lo que Anderson  lleva filmando desde 2004.  Pero mientras que a mediados de  los dos mil este podría haber sido una producción mediocre pero resultona a nivel visual, pero que ni siquiera entonces se hubiera salvado a causa de ese guion desastroso.  Si Monster Hunter, su  anterior intento de hacer  saga, era lo bastante  floja como para  apenas  recordar nada tres o cuatro años después de haberla visto, Las tierras perdidas es el caso contrario. Va a ser difícil de olvidar solo por la cantidad de incoherencias, infografías excesivas y fallos de guion que consigue acumular en la hora y cuarenta que dura. Y aunque en taquilla resultara un desastre que se está recuperando medianamente  bien en las plataformas, también parece difícil que puedan sacar de aquí una secuela.  

jueves, 15 de enero de 2026

Virtuosity (1995). El futuro de la IA era ayer

 

Hay tecnologías, que pese a la pérdida de interés que generan en muy poco tiempo y su escasa utilidad más allá de lo vistoso, acaban regresando de forma cíclica. Una de ellas fue el cine en tres dimensiones,  que  llenó salas  con películas de serie B en los cincuenta y en la primera década del 2.000 hizo  un regreso, olvidado rápido, intentando aprovechar unos efectos digitales más vistosos, atraer al público y de paso, intentar justificar con las gafas 3d el precio de unas entradas ya de por sí caras.    La otra   fue la realidad virtual, esa simulación del entorno que en el futuro podría ser indistinguible del mundo real, afectando incluso a las reacciones físicas de sus usuarios. Y que de nuevo con todas las limitaciones, ha ido  metiéndose en las casas  como entretenimiento anecdótico médiate unas gafas que además de marear mucho, garantizan que hagamos el ridículo lo bastante en la vida real como para echarse unas risas.  Como en eso último soy bastante experta (y para meter la pata no necesito Metaverso), me quedo con la realidad virtual cinematográfica, que apareció  varias veces  en los noventa  mostrando los peligros y posibilidades de esa tecnología que, por mucho que se empeñen los gurús tecnológicos, ni de lejos es lo que ellos pretenden.


En algún momento del futuro, el nuestro, según las fechas en las que se desarrolla Virtuosity,  las herramientas de realidad virtual   pueden convertirse en un medio de formación de las fuerzas del orden, ayudando a entrenarlos  en cuanto a la investigación de asesinos en serie y terroristas.  La tecno0logía, todavía en fase de pruebas,  es utilizada por reclusos que se presentan como  voluntarios a cambio de una reducción  en su condena. Pero la inestabilidad de esta provoca la cancelación del proyecto pese a las protestas de su desarrollador. Este, antes que destruir su creación, la inteligencia artificial Sid 6.7, un programa que amalgama personalidades des distintos asesinos en serie, transfiere esta a un androide, permitiéndole salir   al mundo real.  Con un delincuente formado por las mentes criminales más  despiadadas, y creado mediante una tecnología que le permite regenerarse,  el único capaz de acabar con él es Parker Barnes, uno de los voluntarios del proyecto, antiguo policía quien hace años, se había  enfrentado a una de las múltiples personalidades  integradas en la mente de este asesino virtual.



Brett Leonard, quien  tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier  parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia),  retoma la temática de esta  en una historia  con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en  la anterior,  estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo,  a alcanzar un equilibro  con   los efectos  tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro  envejeció rápido y mal,  quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP.  Los logros de Matrix en cuanto  efectos, aunque  del bullet  time también abusaron lo suyo,  estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia   estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica  para  incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno  tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.


Brett Leonard, quien  tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier  parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia),  retoma la temática de esta  en una historia  con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en  la anterior,  estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo,  a alcanzar un equilibro  con   los efectos  tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro  envejeció rápido y mal,  quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP.  Los logros de Matrix en cuanto  efectos, aunque  del bullet  time también abusaron lo suyo,  estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia   estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica  para  incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno  tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.

Esta personalidad compuesta tampoco supone una fuente de conflicto para  el villano, interpretado por un Russell Crowe muy  joven, pero también muy soso y muy lechuguino. Su contrapartida, un policía encarcelado injustamente que Denzel Washington  interpreta de forma convincente, al menos con el material que tiene para trabajar, es el tipo de protagonista que también aparecería en serie B como Escape de Absolon, o producciones de más éxito como Demolition Man, y que responde a ese esquema de error  institucional,  y arco de venganza  esperable en una película de alción de esos años.  El resto de secundarios, desde la psicóloga especializada en asesinos en serie como elemento  emocional o el desarrollador del programa informático,, están un poco por ocupar  supuesto en el guion. Un detalle especialmente   desaprovechado en el caso de este último: Lindenmeyer, el creador de una inteligencia artificial malvada, podría ofrecer un desarrollo interesante sobre la relación e entre creador y máquina o los motivos por los que este decide dotar de vida física a su programa. Pero en su lugar se limita a convertirlo en un androide nanotecnolótico (la nanotecnología entonces, también parecía muy del futuro) con la misma desgana con la que podría haberse guardado una  copia o buscado otro trabajo.


Uno de los aspectos más interesantes es la representación de la cultura dela información antes de las redes sociales: taras establecer su trayectoria como asesino serial muy poco discreto, su comportamiento se consolida como el de un villano que busca atención, reflejada mediante el uso de la televisión y los contadores de audiencia. Una forma de representar la fascinación mayoritaria por la violencia que se queda en otro elemento más que han incluido, añadido a la retahíla anterior y solo aparece un momento, como parte de esa trama formada  por  piezas  separadas y encajadas forzosamente.

La estética resulta igual de poco destacable: un futuro probable, en el que salvo los uniformes de policía (o  de chofer de  limusina, tampoco  andaban muy inspirados) y unos escenarios de  materiales informáticos intentan ofrecer algo distinto.  Quizá para intentar emular un escenario cercano, los exteriores son entornos luminosos, bastante limpios, con un par de variaciones intentando acercarse a una estética más sucia en algún  escenario pero que  se queda en algo neutro. De nuevo, el  mundo obligatoriamente feliz y de Demolition Man sería más recordado. El de Virtuosity, en cambio, se quedará en una película que podríamos recordar a medias  durante los últimos años del videoclub. Y quizá, ahora que la IA  ha demostrado ser un problema, pero no por recrear a Charles Manson,  sino  por inventar a Capuccino Assassino, recuperarla para pasar una tarde.

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