
El policiaco, crímenes y thriller en general no me ha atraído demasiado. Ni el sueco (Lisbeth Salander, me aburres tú, tu autismo hacker y tus malos rollos familiares) ni el polar, ni el procedimental. Puede caer de vez en cuando algo de Agatha Christie o de Simenon, pero en cuanto a asesinatos, la realidad ofrece bastantes y con el true crime voy servida .salvo una excepción, un señor francés que a lo largo de más de treinta años escribió novelas policiacas, además de incursiones en otros géneros. Un autor de novelas de misterio mezcladas con lo costumbrista, lo extraño, el absurdo, cierta ensoñación y una resolución del caso de habitación cerrada completamente rebuscado, donde lo importante no era el qué, sino las vueltas que hemos dado llegando hasta aquí. Desde que hace años encontrara en cas un ejemplar de Goupi Manos rojas en París, aquel charentino aparentemente siniestro escrito por Pierre Véry mostraba un mundo donde lo anodino y lo extraño convivían. Desde entonces, volver a casa con toda novela de este señor que me encontrara se convirtió en la norma. Y como bruguera ser encargó de incluirlo en el catálogo de su colección de policiaco, no me han faltado.

Mambrú ha muerto. Durante un paseo, un hombre e como un repartidor extravía un paquete. Sin más señas que las de una casa cercana, y movido por la curiosidad, este decide hacer la entrega para descubrir que su contenido, una prenda femenina, poco tiene que ver con el carácter de los habitantes de la casa, a quienes el remitente desconocido parece inquietarles ¿es una broma, una advertencia, un chantaje? Durante los días siguientes, este extraño se instalará como profesor del hijo menor de la familia de una forma tan inesperada como el camino que lo llevó a traspasar las puertas de ese hogar y convivir con los habitantes de este. Una solterona que dirige el clan familiar, un hermano con pocas luces, una viuda carcomida por el remordimiento, el primogénito mujeriego y una hija menor, silenciosa e introvertida. En medio de este ambiente enrarecido, y con las sospechas de aquel misterioso envío, que condujo al protagonista a ese lugar, cayendo en el olvido, cada noche, unas luces se desplazan por el jardín. Un ritual nocturno interrumpido por un disparo de fusil que al amanecer, descubre como resultado el cadáver de un joven cuya identidad todos aseguran desconocer.

Las novelas de Véry se caracterizan por transcurrir en entornos acotados y marcados por lo extraño. Bien un pueblo, en la mayoría de casos, que puede caracterizarse por lo excéntrico y pintoresco, como en sus novelas ambientadas en Inglaterra, o bien más cerrado y claustrofóbico, donde el estado de ánimo de sus personajes juega un papel principal como en El traje de los domingos o este Mambrú ha muerto ( como curiosidad, ha sido gracias a él por lo que descubrí que el Mambrú que se fue a la guerra era la transcripción fonética de Malbrough). Un factor que está presente en mayor o menor medida en todos los personajes, incluso e n ese protagonista melancólico, acompañado en su cabeza por los diálogo imaginarios que mantienen con la mujer que ama, y cuyo estado mental aún pareciendo el más cuerdo de su entorno, es el que lo lleva a introducirse sin plantearse nada más a ese lugar: simplemente, es algo que puede hacer, y no tiene ningún motivo par ano llevarlo a cabo.
Es también este aspecto del romance en su versión más pesimista, lo que tiene un peso importante en la trama. La “mujer ideal” con la que dialoga el protagonista, las relaciones puramente físicas, el amor platónico desde una percepción de la realidad errónea y el remordimiento acompaña a todos los personajes y se entrelazan en el punto de partida que plantea enigmáticamente cómo puede cometerse un crimen en el que no se participa. Y que más que desarrollarse, aparecerá de forma súbita, rompiendo la rutina y la atmósfera enrarecida que Véry ha construido, para ser resuelto como suele hacer él, de la forma más sencilla, casi propia de un deus ex machina y que se convierte en el punto final de un drama familiar marcado por ese ambiente fantasmal.
Este, comparte con El traje de los domingos algunas características-. La visión del romance y de desamor como algo no trágico, pero que no aporta nada positivo, su acercamiento al fantastique mediante la irrupción de lo absurdo y el comportamiento de los personajes, el uso exagerado de un mcguffin y las referencias al momento histórico. Ambas están separaos entre sí unos veinte años, pero parte de la acción se determina, respectivamente, por la Guerra Civil española y el final de la Segunda Guerra Mundial. El resultado lo convierte en una de sus novelas más oscuras, donde algo global afecta, de forma tangencial e inesperada, a los sucesos de la historia.

Las cuatro víboras. A veces, de camino a su trabajo en la compañía de seguros, un oficinista fantasea con otras vidas. Sus ensoñaciones se convierten en realidad cuando una misteriosa mujer a bordo de un vehículo, confundiéndolo con un miembro de su banda, le obliga a subir al coche. Su destino, una casa donde hay una anciana secuestrada y una botellita de vidrio, con forma de serpiente, que contiene un potente veneno. Este se convertirá en testigo y narrador, a su regreso de la aventura, de una oleada de robos, incluso de un asesinato, marcados por la aparición de esos frascos de aspecto exótico. Mientras, dos jóvenes, intentando hacerse un chueco en el mundo de los detectives, comienza un a investigación por su cuenta que los llevará a descubrir que el caso, relatado por la prensa, no es lo que parece.
Esta es una de las novelas más cercanas al fantástico de Véry. Anterior a Mambrú a ha muerto, y ambas escritas a mediados de los treinta, esta es anterior a los conflictos que llegarían. Mucho más juguetona, recreándose con los tópicos del folletín, y se adelanta por varios años a Walter Mitty (ese mal llamado síndrome, cuando todos sabemos que es una herramienta para mantenernos cuerdos), con un protagonista perdido entre la fantasía y la realidad , situación que arrastra al lector durante toda la narración mediante una trama muy engañosa, que funciona porque el autor miente deliberadamente y la convierte en una historia que no podría tomarse como policiaca de ningún modo. No queda otra que dejarse llevar por ese juego de crímenes novelescos, de periódicos sensacionalista y de pistas falsas en un Paris que parece tan lejano e irreal como el ilustrado por Tardi en las aventuras de Adèle Blanc-Sec.
La trama policial es lo menos importante y quizá una de las más flojas, a diferencia del desfile de personajes que se mueven entre oficinas, redacciones y buhardillas subarrendadas (porque otra cosa no, pero en Europa se nos da muy bien amargar a la gente con la vivienda desde hace siglos) y que homenajea al folletín más exagerado, el de crímenes imposibles de resolver, bandas criminales y pasadizos subterráneos transitados por todo tipo de sociedades secretas. El desenlace, precisamente por esta decisión, desluce el recorrido con un deus ex máchina que hace un borrón y cuenta nueva, pero consigue mantener una sensación final de desconcierto: Véry, después de todo, nos ha engañado tanto como la banda criminal que dejaba, como firma de sus crímenes, una decorada botellita de veneno.