Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 30 de abril de 2026

Kpop Demon Hunters (2025). Y ahora, algo completamente diferente

 


Aunque pasara mis buenos años viendo dibujos animados, estos se fueron quedando un poco atrás. Gravity Falls o como mucho, el regreso de Gumball, han debido ser las más recientes.  El anime también se ha quedado muy lejos, en la primera época del kamehameha, de las cacas de Arale, los jarros de agua fría que recibía  Ranma y las trasformaciones entre purpurina de Sailor Moon.  El K-pop fue un fenómeno que  me pilló todavía más fuera de onda, edad e intereses. Y de repente, una película estrenada en Netflix, sin más ambición que  la de funcionar en streaming,  mezclaba todos estos elementos convirtiéndose en uno de los éxitos más inesperados del año pasado.  Ahora,  con un Oscar a mejor película animada y tras  haber descubierto  que  varias de las canciones que había escuchado por ahí  en los últimos meses venían, precisamente, de su banda sonora, y muchísimas referencias positivas,  fueron suficientes para  salir de momento,  de la zona de confort de los ochenta, del grano setentero y del stop motion  para comprobar que estaba pasando  con ese grupo de cantantes pop y cazadoras de demonios.


Rumi, Mira y Zoey, además de las integrantes e Huntrix, el grupo musical más popular de corea, son también  las cazadoras de demonios que  con el poder de su voz, se encargan de  proteger el umbral que separa el mundo de los humanos y el reino de Gwi-Ma, señor de los demonios.  Su próxima actuación en los premios musicales del año supondrá el cierre definitivo de  la frontera entre ambos mundos. Pero algo empieza a pasar con la voz de Rumi, y  mientras esta falla, sospecha que puede estar relacionado con el secreto que ha ocultado toda su vida. Y en el inframundo, uno de los siervos de Gwi-Ma  prepara un plan para  acabar con la energía que  protege a las Huntrix: hacerse con ella  mediante una boy band formada por demonios.



El argumento, muy deudor del género de las magical girls y muy centrado en un icho como es el kpop,  no resulta muy prometedor sobre el papel (y quizá por eso,  después de una película sobre los emojis de Wahatsapp, Sony prefiriera sacarla por streaming).  Pero en este caso,  no es la premisa, sino como se ejecuta. Y  una trama centrada en temas tan manidos como el poder de la amistad,  ser uno mismo y superar las adversidades, se integra perfectamente, una película de fantasía urbana, comedia musical y muy deudora del anime.


 En el guion se integran  varios de los tópicos de este género,  pero puliendo varios  de estos  y haciendo que lo que podía ser  personalidades tan esquemáticas como las líder, la  malencarada y la entusiasta  estén mucho más suavizadas, se complementen y ninguna sobresalga  por encima del resto. En este caso, el preso de la trama recaerá sobre la líder de grupo como hilo  vinculado a la trama principal, y que servirá de punto de ruptura, pero también de renovación,  en el grupo de  protagonistas.  El vestuario, el diseño y las armas, sacadas estas últimas de la cultura coreana, son una parte, de las más llamativas,  de una película que  destaca también por su aspecto visual. No es solo el uso del lenguaje humorístico propio del anime, con los cambios bruscos de expresión,  las caras con gestos caricaturescos o los movimientos y el montaje de las secuencias de acción. Sino también su integración con recursos propios del cartoon (esas lenguas cayendo al suelo y esos ojos  convertidos en mazorcas propios de  Chuck Jones) . y sobre todo, el diseño y aspecto visual de unos personajes y escenarios  donde conviven sin problema las texturas 2d y 3d, muy fluidas,  recurriendo a tonos pastel,  púrpuras y juegos con la luz. Y donde los diseños resultan tan llamativos que hace pensar que  las críticas eran ciertas y la animación a occidental mayoritaria lleva años estancada  en el estilo que había marcado Frozen y las más recientes de Pixar.


Aunque a nivel visual la primera referencia sea el anime, el guion  utiliza en su trasfondo la mitología  y  estética coreana.  Esta se traslada mediante el trasfondo que justifica la tarea musical de sus protagonista, y si el mundo de los humanos destaca por su luminosidad, el reino de los demonios con tonos más oscuros, a parece poblado por diseños propios de  estos mitos, así como el uso de  los vestuarios tradicionales. Y el tigre. Porque  es imposible no fijarse en ese tigre sobrenatural que como buen gatico, acaba tumbando con la pata todos los objetos que encuentra.


Los números musicales  son la parte principal teniendo en cuenta la importancia de las canciones y sus significado dentro de la historia.  Estas  van apareciendo a lo largo del metraje asimilándose a la acción, por lo que  las piezas musicales podrán interrumpirse , cambiarse  o reanudarse según  lo que  suceda. Estas, muy pegadizas,  consiguen funcionar  como esos hits que un grupo podría sacar. Aunque salvo “suenan bien”,  es difícil poder decir algo más siendo un género musical  del que poco sabía hasta  haber visto la película.

K-Pop Demon Hunters  no solo consigue  mezclar muy bien el lenguaje anime con una cultura musical  que muchos desconocemos y una historia  “para todos los públicos” en el buen sentido de la frase, sino que aporta algo más: en un sector  de entretenimiento anquilosado en franquicias donde la más nueva anda ya por la veintena,  de explotación hasta la saciedad de estas y de repetición de formulas que funcionan, esta ofrece algo distinto. No nuevo, pero si original y una idea que el público más joven puede considerar como suyo, y no heredado, pero que todos pueden disfrutar.  Desde  la niña que, como hace unos meses, pude ver como explicaba a un familiar quien era  su muñeca de pelo violeta  hasta la funcionaria que una tarde decidió ver que pasaba con esos dibujitos que habían tenido tanto éxito, y que al día siguiente se fue a trabajar  tarareando Takedown.

jueves, 23 de abril de 2026

La centinela (1977). Abandonad toda esperanza

 


Early this morning
When you knocked upon my door
And I said Hello, Satan,
I believe it´s time to go
Me & the Devil – Skin and Soap

Los setenta pueden considerarse una de las mejores décadas en cuanto a cine de terror. El final del sueño americano, la ´perdida del temor a  mostrar escenas más viscerales, de violencia directa, pero no tan gráficas  como las que podrían verse años después pero sí mucho más desasosegantes por su  intensidad y ese aspecto sucio provocado por el grano del metraje. Una forma de reflejarlo  no solo en cuanto al mar como algo propio de la naturaleza humana sino espiritual: es imposible  repasar los setenta sin contar con el diablo, y por extensión, la religión,  como trasfondo de varias películas. El exorcista y La profecía  siempre serán los primeros títulos que vienen a la cabeza, junto a otros, derivados del éxito de los anteriores. Pero una producción de Michael Winner, ya  a finales de los setenta,  trataba, quizá de forma no tan brillante como las anteriores, pero con un carácter muy propio, la presencia del diablo.


La centinela comienza con Alison, una  joven modelo, que busca apartamento. A pesar de una vida exitosa tanto en lo laboral como en lo personal,  esta manifiesta en varias ocasiones la necesidad de un espacio propio. Su carrera y futuro  prometedor son en realidad un momento de paz  en una vida marcada por dos intentos de suicidio  y el escándalo de su relación con un hombre casado cuya mujer fallecería en extrañas circunstancias.  En uno d ellos barrios de Nueva York, encuentra un apartamento en un edificio antiguo, donde pronto conocerá a un vecindario un tanto extraño. Desde su llegada, esta empezará a notar  que algo sucede, su salud se deteriora e incluso  empieza a dudar de su cordura: los hechos de su pasado vuelven a manifestarse en forma de flashbacks vívidos. Y el edificio, antes lleno de gente, aparece ahora vacío.


Michael Winner, responsable de Scorpio, y sobre todo, de El justiciero de la ciudad con Charles Bronson, filma una película de terror en la que su intención era, según él, conseguir  que los espectadores se revolvieran en sus asientos. No se si lo lograría  pero su Centinela, aún siendo  una  producción mucho más torpe  que  no puede compararse a nivel formal con La profecía, consiguió  revalorizarse con el tiempo y que  muchos des sus defectos se convirtieran en algo que la vuelve en una  producción tan visceral como única.


Oportunidad: precioso ático con vistas a la ría de Bilbao

Partiendo de una novel a de Jeffrey Konvitz, la trama acerca de una puerta al infierno, el  pecado capital, especialmente el suicidio y la redención, mostrada como algo  retorcido y manejado por la iglesia  a su favor. La película  busca reflejar estos elementos de una manera muy directa,  pero se lleva a cabo de forma bastante torpe.  Las primeras secuencias, con el flashback de la protagonista, muestran ya  una grotesca escena de desnudo y comida (es curioso que   para reflejar ese infierno recurran ante todo a la gula y la lujuria) que  servirán para caracterizar   de esa forma demasiado  obvia,  el carácter de la protagonista y como marca su vida posterior. Del resto  de personajes se recurre a soltar de forma brusca este pasado, como añadido rápido al trasfondo necesario para  perfilar la historia. Así, la policía parece aparecer únicamente para mencionar la acusación de  asesinato que recae sobre el novio de la protagonista y para revelar en un momento  determinado, el secreto de los inquilinos del edificio. Una trama que se desarrolla así, a golpes de revelación rápida donde se   coordinan rápidamente el trasfondo de trauma, lo sobrenatural e incluso la actuación de una rama secreta de la iglesia, un elemento  al que años después se recurriría muchas veces cuando  los guiones buscaban ese punto entre la conspiración y la idea de elegir el menor entre dos males.


Esta trama, por lo simple, lo rápido de su ejecución y por ir al grano, especialmente en cuanto a escenas de impacto, es lo que hace que sorprendentemente  funcione. Una simpleza y determinación unidas a un tono atmosférico, una fotografía típica de los setenta y el contraste entre  las secuencias de glamour neoyorkino un tanto vacío, con las más grotescas,  de terror físico en ese lugar entre ambos mundos que es el edificio donde se desarrolla la historia. Donde no solo recurren a planos contrapicados, expresiones deformadas y el uso del desnudo como elemento repulsivo, sino también a algo tan drástico como  la contratación de figurantes con deformidades reales, muy similar  al Freaks de Browning y que hace que la secuencia final, con los condenados acosando a la protagonista, resulte e una representación del más allá más mundana, real y  aterradora que  cualquier evocación del infierno realizada con medios digitales.

Hay colas para alquilar este piso, es un chollo 

Es este tono de la película, entre lo directo, lo torpe y lo onírico, lo que hace que  lo que  solo pretendía ser shock, tenga  un mayor  valor  narrativo. Pero también, el reparto de secundarios.  Si  Christina Raines cumple con una interpretación neutra y correcta, sin estridencias (además de a portar un aspecto físico donde su papel de modelo resulta creíble, y lejos de la artificiosidad  de los cánones de belleza actuales), en la película, como sucedía en otras producciones de los setenta, aparecen actores clásicos ya semirretirados en papeles menores donde aportan  cierto atractivo crepuscular. En este caso,  desde  Ava Gardner como agente inmobiliaria, John Carradine hasta caras recientes como Chris Sarandon y primeros papeles muy breves, de quienes serían famosos más tarde: Jeff Goldblum o Christopher Walken aparecen junto a  Burgess Meredith, nuestro Pingüino  del primer Batman, uno de los propietarios de la mansión de Burnt Offerings y ahora, como  uno de los inquilinos, ese anciano estrafalario, adorable e inquietante a partes iguales capaz de ofrecer una enloquecida fiesta de cumpleaños a su gata  o una posibilidad  de liberación a la protagonista, frente a la redención instrumentalizada  a su favor, que los representantes de la iglesia, esa fuerza contraria, pero ausente durante toda la trama, le ofrecen como último recurso.

La centinela es en comparación a  las dos grandes apariciones del Mal  en los setenta, una película menor, quizá más torpe, pero brillante  en su atmósfera y  en la ejecución de la sencillez de su trama. De esas películas que ganan con el tiempo tanto  por como este suaviza sus defectos formales  como por mostrar una realidad que no ha cambiado tanto: y es que la secuencia de la agente inmobiliaria justificando  precios abusivos con la coletilla de “hay cola para alquilar este piso”  resulta hoy entre familiar y deprimente. ..

Bueno, y que  por mucho que nos adviertan citando  a la Divina Comedia y lo de Abandonad toda esperanza, si en el Infierno me dejan estar con mis gatas, que me guarde un sitio Pedro Botero.

jueves, 16 de abril de 2026

Horror in the High Desert Firewatch (2024) y Majesty (2025). Siguiendo el hilo

 


Hace seis años una película seguía de una manera muy similar a los reportajes de true crime, las desaparición en extrañas circunstancias de un excursionista en el desierto de Nevada,. Esta, abriendo más enigmas que resolviéndolos, indicaba la posibilidad e algo acechando en aquella extensión de terreno para la que la persona desaparecida a la que seguían el rastro  solo era una de varias que habían sucedido durante los años previos. Esta investigación era en realidad un found footage dirigido por Dutch Marich  quien en ese primer Horror en el Alto Desierto comenzaba una franquicia  que discretamente, había ido asegurándose un grupo de seguidores mediante una premisa sencilla, enigmática y una distribución a través de plataformas de streaming.  Desde entonces, casi cada año, se estrena una nueva entrega donde  poco a poco, van desentrañando el misterio y añadiendo  nuevas líneas.


Tras los hechos narrados en Minerva,  uno de los muchos investigadores aficionados  que siguió el caso de  Gary Hinge, aprovechando la distracción provocada por el incendio forestal que arrasa un lado del estado,  se mueve libremente por el desierto para descubrir que ha sucedido mediante la información que este asegura tener en su poder. Esta la llevará a los terrenos adquiridos por la compañía minera Mantis,  que  Oscar, ese investigador obsesionado con lo que esconde un lugar a miles de kilómetros de su hogar, no dudará en atravesar infringiendo la ley y arriesgando su vida.



Esta entrega continua el anuncio con el que se cerraba  Minerva: esta vez, la investigación principal sigue los pasos de ese aficionado de una forma muy similar a la primera parte: diversas entrevistas  a familiares y amigos que dan una caracterización con un tono periodístico.  Este no es desarrollado por sus propios actos sino por lo que su entorno cuenta de el. En este caso, presentado como  un tipo de perfil que se aferra a una investigación  que no tienen nada que ver con su vida  como  una manera  de mantenerse a flote psicológicamente.  Detalles que van a pareciendo en cada entrevista (y de paso, que sirven para  jugar al despiste sobre si ha conseguido llegar al final  para contarlo o no, como había apostado hace un par de años tras ver Minerva). Y con  los que aportan un componente más humano a la trama. Esta, por esa misma causa, también  afecta al ritmo de la película, que sigue intentando mantener el tono de crónica periodística destallando todo y  que  pese a su brevedad, no sea uno de los found footage más dinámicos que hay disponibles.


Pero, tras tres películas, queda claro que este  es el tono elegido para la franquicia, y que no va a cambiar. Es también el momento en el que  se aporta más información nueva a la trama con elementos como la incorporación de ese nuevo escenario, un pueblo expropiado por la empresa minera en la que los trabajadores entrevistado aseguran haber visto algo durante la noche, y al que  el protagonista se dirige. Esta segunda mitad es la más interesante, metiéndose por fin en lo que aparentemente es una respuesta al misterio y donde se dedican, de forma similar a las anteriores entregas,  a secuencias más largas mediante las cintas grabadas por su protagonista, en la que  el publico, solo puede esperar a atisbar algo, y si no se está acostumbrado al ritmo de esta serie,  desesperarse un poco con las secuencias nocturnas.




Majesty supone un cambio drástico  en la franquicia. Esta comienza con la entrevista a Dolly Broadbent, dueña del rancho Majesty quien tras perder su hogar en un incendio,  descubre que una de las pocas cosas que se han salvado  del fuego es una caja oculta en el sótano de la casa familiar,  perdida hace décadas y cuya desaparición obsesionó a su padre hasta la locura.  El contenido de esta son una serie de notas y grabaciones que Beau Broadbent registró durante años, convencido de que algo merodeaba  por su rancho y que la  compañía  minera dueña de los terrenos adyacentes, y empeñada en comprar sus tierras, conocía.  


Las grabaciones, onde se llegan a captar siluetas humanoides, sonidos e incluso en enfrentamiento directo, son completadas con notas, un tanto erráticas, para desgracia del equipo de periodistas , menciones a un abogado y a  un misterioso informador  al que Beau se refiere como El hombre extraño, que bien quedan como pista muerta, o bien abren posibilidades.


Esta entrega funciona casi como una precuela, pero también como una película independiente.  Tras un prólogo  haciendo referencia de forma genérica a las desapariciones, este reconstruye la historia d ellos Broadbent, expandiendo las pistas descubiertas  en las películas anteriores, abriendo una trama nueva alrededor de la empresa minera y aportando más información, aunque vaga, acerca de los seres del desierto. Se habla de su aspecto humanoide en algunos casos, de su aversión a la luz y el sonido que emiten.  Es también donde  se podrá ver a algunos de ellos de forma más explicita, aunque siempre, con la vaguedad que caracteriza a la franquicia. En este caso,  el equilibrio entre la historia d ellos personajes de la trama está mucho más conseguido. El único que aparecerá será  Dolly, una ranchera de carácter recio que se encarga de narrar  los hechos mientras que la figura de su padre se muestra a través de los elementos obtenido de la caja.

La historia toma aquí un carácter  casi propio de los terrores forestales de Algernon Blackwood con algo desconocido que esta vez se acerca más a sus víctimas, y un escenario, el desierto, que acaba convertido en un personaje más, una extensión interminable con la que hay que tomarse su tiempo para apreciarla y comprenderla  como procura hacer el guion. Y que, para espectadores ajenos a esa geografía  le resultará un terreno enigmático y fascinante.

Majesty se cierra  una vez más, con un adelanto para el siguiente capítulo de la investigación: un trabajador de Mantis los contacta y les ofrece una visita e información. Esta, cuyo rodaje ha comenzado ya,  llegará seguramente este año, y sin más información de momento acerca de una sexta película, habrá que esperar en todo caso, a saber que se esconde en el interior de las minas  del desierto de Nevada como mínimo, hasta 2027.

jueves, 9 de abril de 2026

Dear David (2023). No lo sé, Rick, parece falso

 


En 2017, un redactor de Buzzfeed narraba en Twitter los fenómenos inexplicables que habían comenzado  a suceder en su casa. Desde  ruidos, una mecedora que se movía sola e incluso la silueta que  este aseguraba haber viso. Su testimonio continuaba con una ilustración que este había  hecho del supuesto fantasma que deambulaba por su casa: la figura de un niño, con la  cabeza deformada y  la sospecha del carácter hostil de este.  Lo que el  historietista Adam Ellis  fue narrando se hizo viral y sus  lectores se preguntaban  cuanto de verdad  o de maniobra de visibilidad habría en ello.  Dear David, el apodo del  espectro, fue  entonces un fenómeno   que,  como  algunos    de los mitos nacidos en la era de internet, llamaría la atención de un estudio   para convertirlo en  largometraje. Pero,  como sucede  con la mitología online y su transmisión,  la  permanencia  de este en el interés del público   era demasiado breve y su adaptación  cinematográfica llegaría tarde y mal.



Esta  adapta el momento en que   la vida diaria de Ellis  transcurre entre sus viñetas para Buzzfeed,  las reuniones sobre  productividad y número de visitas, lidiar con los trolls que  aprovechando el anonimato de la red  solo buscan provocar y su miedo a establecer un compromiso más serio con su pareja.  Es durante una discusión con uno de esos trolls cuando un nuevo seguidor, cuyo  Nick es Dear David,  comienza a seguirlo con una advertencia  muy extraña. Solo puede hacer dos preguntas.  A partir de  entonces,  comenzará a sufrir pesadillas donde  una silueta con la cabeza destrozada intenta  matarlo.  Este no tardará en manifestarse  durante la vigilia  y a afectar la vida de Adam, quien  ha empezado a documentar   en su red social  los fenómenos de su apartamento. O que  sus compañero toman como una historia inventada para  ganar visibilidad se convierte para el en la pérdida de sus amigos y pareja, cuando estos  comienzan a recibir  mensajes suyos muy distintos a los que había escrito. En este punto, Adam  empieza a dudar si hay algo   que realmente ha embrujado su apartamento  o si  es su cordura la que empieza a resquebrajarse.


La historia  original se adapta seis años después de su aparición en Twitter y  de esta, llega a ser más interesante como se refleja ese pasado tan cercano  que la trama sobrenatural. Hoy ese 2017   que muestran parece muy lejano,  casi  nostálgico y muy distinto a  como se percibe la realidad  en la época post Covid. También acaba cayendo en una idealización de ese pasado muy extraño por la cercanía: la música empelada  en la banda sonora recuerda mucho al pop de alrededor de 2015, pero resulta olvidable,  que aporta muy poco salvo para formar  esa imagen un tanto vacía del pasado.  La realización  se lleva a cabo de forma similar: montajes rutinarios, un cuantos sustos propios del cine de terror menos original y un desarrollo entre aburrido y desubicado, con  un guion  que en un momento  dado  no sabe  por donde  tirar en cuanto a ese espectro.   Que a a ratos  es una metáfora del bullying en internet, a ratos una maldición viral y cuando quieren ponerse más  profundos, un intento de reflexión sobe la salud mental. Toan todos los palos posibles, par salir  corriendo al por el siguiente a ver si funciona.  Incluso  la integración del interfaz informático en la narrativa,  mostrando  en las secuencias de la vida del protagonista mensajes y notificaciones de sus redes sociales, tampoco es nuevo: Moffat  lo usó  con éxito em en Sherlock de 2010, pero el truco se agota rápido y tiene que estar  sustentado por algo más.

Intenneee...


La propia Buzzfeed produjo la película,  por la  que no es de extrañar la presencia de la empresa como escenario de los personajes y que esta se presente de manera autoparódica:  el espacio  abierto y de aspecto falsamente amigable, las referencias a las listas de lectura fácil, a las visualizaciones y al entorno de trabajo de buen rollo parecen una broma un tanto  floja de la que solo se salva  la aparición de Justin Long como  jefe,  quien se ha especializado  en interpretar, y muy bien, a personajes francamente  capullos.  Este es o más destacable en un grupo que, como había pasado en  El juego del ascensor, más que  personajes creíbles, responden a la idea c corporativa del estereotipo millenial de 2015: que s i trabajo como centro  social, que si la ansiedad, que s i el miedo al compromiso y que si la salud mental,  elementos   a los que varias veces el guion echa mano para intentar dar profundidad a un trama que hace aguas desde la mitad del metraje. Si ya es chocante que la historia salte del relato de fantasmas  tradicional a la mitología de internet,  incluyendo personajes estereotípicos de la cultura online, como una “detective de internet” o una médium que tras una única aparición de la nada, no vuelve a saberse de ellos, es todavía más fuera de lugar el desenlace. En este, el protagonista se enfrenta al fantasma, temores nocturnos o traumas (a esas alturas, sigue sin quedar claro), con…el poder de la amistad.  

Un discurso final  un tanto descolocado para una película que  pretendía  ser terror y que acaba  siendo tan arbitraria como el resto de decisiones argumentales que han estado tomando.  Para, de nuevo, volver a intentar recuperar el tono inicial  de terror informático en un epílogo que parece confirmar una cosa: a estas alturas,  da un poco igual lo que salga.  


Dear David demuestra una vez más que trasladar un relato online a medios cinematográficos es muy difícil si se carece de los conocimientos de un lenguaje tan especifico como es el de ese tipo de narrativas.  Sin llegar a  ser tan mala como El juego del ascensor,  donde decidieron tirar  del relato de fantasmas para salir del paso, esta es, de todos modos, una película muy floja, donde lo más interesante es encontrarse con esa percepción tan nostálgica de como eran las cosas hace menos de diez años, y  como  las empresas que entonces producían contendido para la red han reducido hoy su presencia para caer también en la tentación de los textos escritos por IA.  Bueno, y que  da muchísimo más miedo las oficinas  guays y el teambuilding que cualquier aparecido con una brecha en la cabeza.

jueves, 2 de abril de 2026

La marcha de los soldados de madera (1934). Cuando todo era más sencillo

 


El cine infantil con el tiempo, ha quedado reescrito por la presencia  ubicua de Disney. Es difícil pensar en cualquier producción de los años treinta sin que vengan a la cabeza sus adaptaciones animadas. Un curioso borrado de memoria que hoy, establecida ya como una de las corporaciones  con máscara falsamente amable por excelencia, da un poco que pensar…aunque esto, al menos esta vez,  solo tenga que ver con la permanencia de las obras más populares en la memoria colectiva. Del mismo modo, una pareja de cómicos especializados en la comedia gestual, serían  conocidos años después en nuestro país  por unos apodos que ni siquiera se adaptaban tan bien a la fisionomía de estos: Stan Laurel y Oliver Hardy, el Gordo y el Flaco, recordados más por este apodo que por su nombre oficial. Y en mi caso,  más por su carrera cinematográfica, por la serie de dibujos.  Fue en 1934 cuando el dúo,  con  la producción de un estudio distintito al del ratón con calzones rojos (aunque tan poderoso como la Metro),  participó en una muestra de ese cine que, pese a  su popularidad entonces, se convirtió en uno de esos clásicos   menos  rescatados en comparación al resto, pero que conseguiría permanecer por su carácter pionero y por la presencia de los remakes posteriores.



El país de los juguetes  es un lugar donde viven los personajes de los cuentos. Los tres cerditos, la Madre Ganso y la viuda Peep con sus hijos en una  enorme bota y  la pastora Bo Peep. Incluso   Stannie Dum y Ollie Dee, quienes trabajan en el taller donde se fabrican los juguetes que cada año repartirá  Papá  Noel.  Pero también  Silas Barnaby, el hombre más malvado del Reino y que  pretende casarse con  Bo Pee  por  todos los medios, incluso amenazando  con ejecutar  la hipoteca que recae sobre la casa de la viuda Peep. Pero  Stannie y Ollie, quienes  se alojan en el hogar d esta, no están dispuestos a permitir que esto pase.



La película está  basada en una opereta de Victor  Herbert. Esta, conocida como Babes in Toyland o Había una vez  dos héroes,  cuenta  también  con un par de versiones coloreadas, que aunque no suponen fidelidad al metraje sepia original, si que  la convierten en una cinta con una textura muy peculiar,  de colores muy saturados e irreales que complementan muy bien  una historia llena de simpleza donde lo importante es el entorno: el País de los juguetes  habitado por algunos personajes  reconocibles  por todos, además de otros, como la Madre Ganso o la viuda de familia números a y su bota reconvertida a vivienda, que resultan familiares por conocimiento de la cultura popular anglosajona que por tradición local.  Pero también, un escenario hostil, el lugar de pesadillas  que rodea al país de los juguetes al que los criminales son exiliados y habitado por seres monstruosos.  Monstruos, por su puesto, más propios de las pesadillas infantiles  de una época más inocente, donde unos colmillos falsos y un  traje de  peluche, junto a unos figurantes moviéndose como espantajos en un decorado sombrío  eran suficientes  para  romper la sensación de inocencia  que se mantiene en la trama ¡Como si no lo hiciera ya el hecho que  los adorables residentes del país de los cuentos no dudaran en exiliar a sus criminales para ser devorados!


La contrapartida a los héroes es representada por el personaje de Silas Barnaby, el villano que Henry Brandon (quien  desarrollaría después una carrera como actor de carácter) interpreta como arquetipo de  prestamista de levita maltrecha, movimientos   propios de un buitre y  gestos llevados hasta la exageración que son el opuesto perfecto  para una película  caracterizada por su simpleza  e intención de acercarse a los cuentos populares. Los héroes serán precisamente, una pareja de trabajadores, no especialmente brillantes pero de buen corazón y a los que, incluso   esos planes que fracasan se convierten de forma  inesperada en una solución. Como precisamente, el  ejército de soldados de madera que construidos por error a tamaño real, se convierten en la salvación de los habitantes del reino frente a los monstruos. La pareja de Oliver y Hardy  en uno de sus primeros largometrajes son héroes secundarios, combinando ideas de ultimo momento con su dinámica de simplón e inteligente en sketches  tan simples como un plan arruinado por le despiste y  la falta de  malicia del personaje de Stan Laurel. Estos se convierten en  no en protagonistas, pero si  en la cara más reconocible de una película  cuyos personajes  principales se mantienen el equilibrio con su soporte cómico y donde conviven el tono infantil  con los números musicales y sobre todo, con un sorprendente giro macabro  hacia el tramo final.  Es este donde la drama deriva hacia una batalla entre  seres similares a goblins (en el original, boogeymen) contra  unos soldados de madrera que continúan luchando incluso  tras perder la cabeza…De nuevo, el país de los juguetes no es un lugar tan inofensivo como parece. Y los más inesperado, la aparición autorizada, no solo de los tres cerditos y la melodía de estos concebida para el corto de Disney, sino del propio Raton Mickey, que en su imagen real  es nada menos que un  mono convenientemente disfrazado. Una aparición no solo desconcertante,  sino que se convierte involuntariamente en una secuencia un tanto perturbadora. Además de, para los aficionados al creepypasta, ser reconocible por uno de esos gifs sacados de contexto que no hace sino acentuar esta cualidad extraña.


Hoy convertida en una de esas películas  difíciles de recordar por el paso de los años, algo inevitable por  la mera acción del tiempo y el cambio de gustos,  esta serviría también para dos remakes  de 1961 y 1986.  Este último, con nada menos que nuestro mesías cyberpunk y  mercenario defensor de los perritos preferido, Keanu Reeves.  Vista hoy, funciona perfectamente  como lo hizo en 1934:  una comedia musical infantil que produce una nostalgia extraña, de esa   que no recordamos  pero en la que nos parece estar viviendo algo  muy lejano y perdido hace mucho. Y en la que,  queda demostrado que sea una opereta de los años 30 o el 2026 viviendo al mundo del colapso: u n especulador inmobiliario siempre será el peor enemigo posible.

Este es un blog cat-friendly

Este es un blog cat-friendly
...Por si quedaba alguna duda