Los veranos acabo leyendo la mayoría de antologías bruguera y libros de kiosko que voy encontrando en las tiendas de segunda mano. Por lo simple de estas recopilaciones al peso, por ser una lectura variada o por eso que llaman falsa nostalgia por libros que m e quedan tan lejos como puede estarlo la colección Timun Más de los lectores actuales de Sanderson. Geasa fue una de esas rarezas que encontré hace un par de años. La edición española de Fleuve Noir Angoisse publicó unos pocos números que sirvieron para conocer algo más el fantastique muy similar a los bolsilibros patrios, pero acompañados por unos rasgos propios, donde ya no era obligatorio el uso de seudónimos anglosajones ni trasladar las historias lejos de las fronteras. Lo extraño, a veces brillante, a veces torpe, un tanto absurdo en más de una ocasión, estaba en esa puerta que no debía estar ahí de las novelas de Kurt Steiner, de ese personaje que nos recibe en el cementerio de Alphonse Brutsche… o también en lo ridículo y en las situaciones más caóticas como en algunos de los que pudieron verse traducidos.
Marc Agapit. El desfile de los muertos vivientes. Un escritor esa acusado y encarcelado por la muerte de su hermano. La situación, así como las circunstancias del crimen, no son lo que parecen. Porque el novelista de éxito es en realidad un vividor, que se ha limitado a poner su cara en los libros que su hermano, recluido en la mansión familiar, se dedica a escribir. La muerte de este, según asegura el acusado, tienen lugar la misma noche que , tras acudir a la llamada de su hermano, es recibido por tres extraños personajes que aseguran ser víctimas de unos torturadores sobrenaturales. La historia, imposible de creer, es lo único que puede ofrecer a un detective aficionado a casos imposibles, quien intrigado por un testimonio acerca de sillas gigantes y esqueletos luminiscentes, decide acudir a investigar el lugar del crimen.
La novela de Agapit es una de las más locas que ha aparecido en la colección, muy breve por otro lado, y también la más deudora de las novelas de Harry Dickson. Ese infalible detective Gilles parece un trasunto del personaje de Jean Ray y los saltos que este da entre conclusión y conclusión tienen la misma lógica que los misterios investigados por el rey de los detectives y los disfraces rocambolescos.
La diferencia es que seguramente Ray hubiera titulado esta novelita “El misterio de los tres asientos” o algo igual de discreto y seguramente, la resolución del enigma sería el colmo del realismo en comparación a la trama del señor Agapit.
Por resumirlo de algún modo: en este libro pasan cosas. Muchas, y ninguna relacionada con la anterior. Los sucesos saltan de una situación a otra, donde poco importa la caracterización de ambos hermanos en una trama que empieza como una novela de terror, pasa al policiaco, se resuelve como un relato de ciencia ficción sacia del bolsillo (o del fondo de una botella de ginebra sin Agapit seguía las mismas técnicas literarias que Jean Ray) para cerrar el enigma policiaco y acabar con un epílogo filosófico sobre el futuro de la humanidad y los enigmas del universo. Un autentico locurón a lo largo de 250 páginas en las que, como suele pasar con estos libros, o te encuentras con una historia atmosférica que funcione con sus rarezas (sin ir más lejos, Le Seuil du Vide de Kurt Steiner acabó siendo adaptada al cine) o bien con unos niveles de absurdo que solo hacen pensar “bueno, seguimos adelante que al menos quiero saber qué pasa”.
Este desfile de los muertos vivientes es el segundo caso. Una novela de las flojas, con un montón de ocurrencias enlazadas entre sí de cualquier manera, pero dotada de esa honradez que mantenían las novelas de kiosko. No pretende ser nada más, solo una historia que seguramente haya pagado alguna factura.
Maurice Limat. La Maleficio. Un viaje de negocios a Venecia. Un joven encuentra a un gondolero moribundo que le previenen acerca de una mujer en peligro. Una familia condenada por el crimen cometido hace siglos y una mujer que desde hace cientos de años, busca a su amado muerto. Y en el medo de la noche la Maleficio, la campana reservada para las ejecuciones, destruida hace mucho, vuelve a hacer sonar su tañido.
Esta novela retoma el tema de la muerta enamorada, aquí lejos de ser un fantasma pero convertido en un ser sobrenatural, ambientándolo en una Venecia como escenario de amores condenados a la tragedia pero donde podían convivir el arte y la magia.
De nuevo, no se puede exigir demasiada caracterización a unos personaje que caen rendido ante la visión de una mujer misteriosa cuyo comportamiento errático es muy similar al de un espectro condenado a repetir los mismos actos una y otra vez. Solo pueden seguir el enigma que esta va desgranando a través de joyas misteriosas, personajes siniestros y una Venecia de fondo que como pasa a menudo en estos libros caracterizados por la economía de página y su carácter de narrativa de evasión, no es la de verdad sino la que nos imaginamos (y que siempre será mejor que la real). Y que durante esos capítulos, esta se vuelve tan real como los elementos anómalos que el protagonista encuentra, como esa puerta al pasado en el sótano de una mansión, un escenario tan improbable por las características de la ciudad como todo lo que va sucediendo en ella (y que Alex de la Iglesia desaprovecharía en Veneciafrenia al no tener muy claro lo que quería hacer).
La trama, a partir de esa muerta enamorada y mezclando como trasfondo las maldiciones familiares, la magia negra y lo extraño, recurre también a los arquetipos de los espectros sin descanso y a la ruptura de aquello que los ata a la tierra, como liberación pero también privando a su protagonista de un final feliz que por el momento, no hay llegado a encontrarse en ninguno de los libros que he podido encontrar en la colección. Una compuesta en su mayoría por autores franceses de calidad un tanto irregular, pero a los que hay que reconocerles una cosa: de originalidad y falta de prejuicios van sobrados. Y tienen muy claro que una verdadera historia macabra no puede terminar con un final feliz.








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