Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 24 de septiembre de 2026

Pom Poko (1994). Más huevos que el mapache de Espartero

 

El perro mapache, tanuki o mapache japonés es un  mamífero carnívoro de la familia de los cánidos, de aspecto similar  al mapache, originario de Japón, Corea y China oriental. 
- Wikipedia
Muy pocos lo saben, pero  cuando no hay humanos cerca, los tanuki pueden caminar sobre dos patas, hablar y transformar su aspecto. 
- Conocimiento popular. 


Cualquiera, aunque no sea aficionado al anime, puede reconocer enseguida una película del Studio Ghibli. Su estilo de dibujo, su animación, a menudo alejada de las imágenes que  tenemos del anime más genérico (especialmente para los que en los noventa, torcían el morro calificando  un estilo de animación distinto como “todos son iguales y tienen los ojos grandes”) y sobre todo,  por la carga emocional de cada una de sus producciones. En todas ellas, con enfoque distinto o alguna variación, tiene una gran importancia el difícil equilibrio entre el progreso y el cuidado de la naturaleza, las consecuencias  de este como fruto de la ambición desmedida,  principalmente  en el uso de la guerra como forma de control y negocio, la necesidad de convivir y adaptarse a los cambios así como un mensaje  pacifista  en muchas ocasiones. Fue Porco Rosso el que dijo que prefería ser un cerdo a un fascista,  Mononoke quien reflejo el conflicto entre mundos y  Totoro quien  recordó que siempre hay lugar para la magia.  Temas universales, que hacen que el público de todo el mundo  sienta una mayor cercanía con sus historias  independientemente dela simpatía que se pueda tener  por el anime como género y estilo. Una vocación universal que sin embargo a veces vuelve la mirada hacia s u lugar de origen  narrando historias  a partir de  sucesos hi tradiciones locales. La tumba de las luciérnagas mostraba la cara humana y las consecuencias del final de la guerra en el Pacífico. Pom Poko, unos años después,  empleaba la tradición popular  para reflejar el cambio que  Japón vivió a partir de entonces.



El país ha cambiado durante los últimos años. La guerra queda lejos y  la prosperidad y el desarrollo trae consigo  la necesidad de más espacio para las ciudades. Estas comienzan a extenderse hacia el exterior,  ganando terreno a los bosques  donde muchas criaturas tienen su hogar. No solo los animales salvajes han sido desplazados, sino también los tanuki,  a quienes sus poderes les permiten hablar y transformarse en cualquier oca o ser vivo. Bueno, y utilizar  sus testículos como parte de esa transformación o como arma.  Los distintos clanes, obligados a desplazarse  por  el  avance de los humanos, son conscientes de la  invasión de su territorio o y la falta de comida.  Unos cuantos, capaces todavía de transformarse, deciden utilizar sus poderes  para conseguir comida de los humanos, además  de  poder enterarse de lo que está sucediendo.  Este medio de vida no es suficiente para mantener a una población  de mapaches   que crece cada año, mientras muchos de ellos caen a causa del tráfico  y las trampas de los humanos.  Estos empiezan a tomar acciones   contra  quienes invaden su terreno, aunque los conflictos a la hora de elegir estrategia  no tardan en llegar:  unos optan por  mantenerse  en secreto, utilizando sus poderes para hacer creer que sus bosques están poblados por yokais y mantener alejados a los extraños. Otros prefieren enfrentarse a ellos directamente  declarándoles la guerra. Mientras, las grúas y los trabajadores  continúan haciendo su trabajo  cada vez más cerca del asentamiento de los tanuki.



Dirigida por Isao Takahata, responsable  de  La tumba de las luciérnagas y Recuerdos del ayer, la película refleja el cambio entre una sociedad vinculada a los ciclos de la naturaleza, que explica esta a través de mitos y la llegada del progreso  y la expansión  de las ciudades a costa de ganar terreno al entorno que una vez fue un medio de vida.  Los tanuki son testigos y víctimas de ese cambio, buscando distintas formas de sobrevivir,  desde el control de la población (algo difícil cuando llega la época del celo) hasta la infiltración  pasando por el enfrentamiento directo,  bien por el empleo de fuerzas sobrenaturales o el uso de la violencia. Siendo también las opciones más agresivas las que están  condenadas a fracasar desde el principio: nadie cree ya en los yokai y además, ¿qué pueden hacer unos mapaches contra una red de carreteras y el paso de los camiones?



La película  mantiene el equilibrio entre el humor y el drama, aunque progresivamente  avanza hacia este último (o sería  más adecuado calificarlo de tristeza), y marca en momentos determinados un contraste entre ambos: el mundo real,  al que se enfrentan los protagonista, se verá reflejado en las secuencias en las que estos son retratados como animales realistas, mostrando las consecuencias de las trampas, la caza o los accidentes. Y la naturaleza de estos se verá reflejada a través de los distintos estilos  en los que estos aparecen dibujados: el realismo,  siendo percibidos como animales corrientes, los rasgos de animales antropomórficos,  con el estilo reconocible de Ghibli, y uno ocasional, más caricaturesco, para los momentos cómicos o cuando estos se ven derrotados. Una forma de reflejar la naturaleza de unas criaturas propias de la mitología japonesa, donde los extraño y lo grosero conviven con naturalidad tratándose de unos seres que pueden hacer todo tipo de trucos con sus testículos, y que seguramente  resultará chocante para el público occidental (salvo los que caemos en el humor básico, que cualquier chiste sobre huevitos ya nos hace felices). 



Una tradición que aparece también  reflejada en el resto de la trama: durante el enfrentamiento  de los tanukis contra el progreso, estos se encuentran con otros yokai similares (los kitsune, también de naturaleza burlona), referencias a las historias de terror populares como la kuchisake Ona, la mujer sin cara  en medio de la noche, o en una de las secuencias que condensan perfectamente el tono de la película, el desfile nocturno de los cien demonios, donde pueden reconocerse todo tipo de yokai e incluso  referencias a la pintura clásica como el esqueleto gigante de Takiyasha la bruja. Y  sí, también hay un yokai que tiene un ojo en el medio del trasero, ¿pero no habíamos quedado que estamos de acuerdo con el humor básico?





El apartado técnico  es  también otro rasgo del estudio: aunque  emplean ya algo de infografía, la animación sigue teniendo ese estilo artesanal, muy cuidado, donde la animación fluida convive  con planos fijos detallados, de paisajes que parecen pintados a mano. También  es una de las películas más adultas del estudio: aunque  en todas esllas convive el tratamiento de una producción  que puede ser disfrutada por todos lo públicos junto a cuestiones más complejas, es este caso cuando se abordan directamente temas como la superpoblación, la guerra, la desaparición del mundo tradicional y la necesidad de encontrar una convivencia, por precaria que sea, para sobrevivir. Esta última, trata de una forma más melancólica que pesimista, mostrando el camino tomado por los tanuki y otros yokai para esconderse entre los humanos y a menudo, adquirir los rasgos negativos de estos. Si La tumba de alas luciérnagas reflejaba con dureza las consecuencias del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, ese final de Japón como  fuerza bélica, Pom Poko a través del fantástico, muestra lo que sucedió después: la transformación de la sociedad (la japonesa por extensión, el resto del mundo. No somos tan distintos), olvidando al mismo tiempo, una parte de lo que fuimos.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Lecturas de la semana. El final del verano

 


Se acabó el verano, y no por tener que sacar una chaqueta por la mañana (y desde el cambio climático, menos) ni  por saber que al día siguiente toca reincorporarse al trabajo. Más bien, es ese click que se activa en cuanto  termina el 31 de agosto y somos conscientes de que todo  empieza de nuevo. Como  se ha demostrado  con los  libros que me han acompañado  estos meses, mi concepto de nostalgia es muy relativo (y que a estas alturas, prefiero mil veces mi peor día como adulto funcional que mi mejor día como jovenzuela despreocupada) y dependiente de lo que haya encontrado en la librería de segunda mano, las últimas semanas de agosto vinieron acompañadas  por  libros algo más recientes. Algunos, con menos de quince años de antigüedad ¡la modernidad aparece!


Terry Pratchett. Un sombrero de cielo. Tiffany Dolorido es aprendiz de bruja y keldra temporal de los Nac Mac Feegle, una variedad de hadas de piel azulada, mal carácter, pero tremendamente leales y muy poco feéricos.  Ahora,  con la llegada de la nueva keldra del clan,  según sus tradiciones, y la pérdida de la abuela Dolorido,  la cuidadora de ovejas y bruja no oficial del valle, Tiffany se instala como aprendiz de la señorita Lento.  Las tareas diarias no parecen lo esperado para una mujer que convive al mismo tiempo en dos cuerpos separados y una niña capaz de abandonar  temporalmente el suyo propio, y que previamente ha derrotado a la reina de las hadas con una sartén. Pero ayudar a los demás, o hacer que seayuden, es también una parte del trabajo. No todos piensan así, y Anagramma, una de las aprendices d la comaca, tiene una visión  de la brujería mucho más elegante y autoritaria, y no tardará en chocar con el carácter de Tiffany. Pero también otra criatura, carente de cuerpo, antigua e incormprensible, se ha fijado en sus poderes y  la ve como un potencial huésped para su naturaleza incorpórea.
Esta es la segunda entrega de las aventuras de Tiffaany Dolorido, el personaje que Pratchett creó para una serie destinada aun público más joven. Aunque esta también esta ambientada en el Mundodisco, y aparecen personaje conocidos como Yaya Ceravieja, la bruja con más capacidades de cabezología de todo el Mundodisco, y la misma Muerte. Y tratándose de la serie “juvenil” del autor,  es en ella donde  una vez más  fue capaz de demostrar su talento y buen hacer con un libro  que pese al tono un poco distinto, puede disfrutarse cualquiera que sea la edad de sus lectores.
La principal diferencia con su saga más conocida  es una reducción  en el número de explicaciones y notas al pie irónicas que Pratchett incluía en sus libros, que  no solo servían para  conocer más el mundo y sus personajes sino también  la visión de estos, llena de ironía  pero no falta de ternura. Esta ironía aparee aquí con mucha menos frecuencia y mas limada,  centrándose mucho más en las descripciones de la vida cotidiana de su protagonista y la narración del mundo tal y como  lo vería esta niña de once  años: aprendiendo,  preguntándose por qué las cosas son de una manera y no de otra pero también  planteándose quien es y  cual es su lugar en el mundo. Aunque los personaje  más obtusos también serán descritos con cierta cantidad de malLecturas de la semana. El final del veranoa idea.
Es curioso que sea la novela juvenil  la que resulta más melancólica en comparación  a lo que había  leído hasta hora de Mundosdisco: pese a los momentos ligeros, una parte de la trama habla sobre el cambio, la adaptación, el conocerse a uno mismo y el temor a desconocerlo (precisamente el antagonista es una mente colmena que se alimenta de los individuos brillantes, potenciando su  ambición hasta consumirlos), y también  la muerte como parte de la vida. Algo que no es extraño  en el autor teniendo en cuenta que uno de sus personajes habituales es la Personificación  Antropomórfica de la Muerte,  pero que desde la perspectiva  de Tiffany, cuya abuela ha fallecido, se torna en una reflexión sobre  aceptar esta y recordar a quienes ya no están.
Los personajes que acompañan a la protagonista,  a modo de protectores y también origen de sus problemas, son los Nac Mac Feegle, esos pequeños hombrecillos azules cuyo comportamiento oscila entre un duende marrullero, un clan escoces igualmente marrullero (acento incluido) y  que esta vez tienen menos presencia la tratarse de un libro más dedicado a la formación de Tiffany. Y que en la traducción  castellana han optado por trasladar su forma de hablar original a una versión muy peculiar del asturiano, que resulta una decisión muy ingenios a la hora de mantener el carácter de estos hombrecillos.
Mirando hacia tras, después de casi 15 años sin haber leído  nada de Pratchett, y recordando lo que supuso la noticia de su alzheimer y posterior fallecimiento, solo puedo dar gracias a la capacidad creativa de sir Pterry y que su velocidad de escritura (como Sanderson, pero sin publicar topes para puerta) haya dejado suficiente libros como para poder  visitar el Mundodisco de nuevo.



Carl Sherrell. Raum, duque del Infierno. Cuando un mago invoca a Astaroth para que cumpla sus órdenes, un demonio distinto acude a su llamada. Raum, Duque de los infiernos, precedido por una bandada de cuervos,  encarnado en un gigantesco caballero de piel oscura y ojos rocos,  accede a entregar a la reina de Finlandia a su  conjurador a cambio de  poder deambular por la tierra y encontrara Merlín, de quien cree que puede obtener las respuestas que busca.  Su viaje en pos del mago lo llevará a encontrar su propia mortalidad, pero también   a tener que rendir cuentas de loas primeras acciones que como demonio, cometió en la tierra.

Esta es la primera entrega de la trilogía de Sherrel, que fue la única que se publicó en castellano de este autor, llegando el último  libro a publicarse de forma póstuma en España antes  que en su país de origen. Esta es una versión del viaje del antihéroe, con un caballero demoniaco en busca de respuestas  a su naturaleza  en un escenario donde conviven los mitos artúricos, los vikingos, unos cuantos anacronismos y una intención de profundidad existencial que en realidad,  en 180  paginas que ocupa la narración, no da para mucho más que para justificar las idas y venida de Raum hasta la última parte, donde se produce una transformación bastante inesperada, y atropellada, a partir del momento en que entra en escena Viviane, la doncella de Morgana,  de quien este se enamora (y que por algún motivo, también es mala. Pero después se le pasa, igual que a Raum).

La intención del libro es demasiado ambiciosa para su brevedad, por lo que todas las dudas existenciales de su protagonista parecen servir para que este se embarque con los vikingos, se pelee con los caballeros de la tabla redonda y encuentre su redención a prisa y corriendo.  Un poco difícil  encontrar así la profundidad que pretendería tener esta trama pero que en realidad la acerca a  antihéroes anteriores como Elric, a quien su búsqueda de algo por lo que quejarse y lo enloquecido de sus  aventura lo convierte en un referente directo de Raum. Y esa mezcla entre ciclo artúrico, vikingos y  demonios de la tradición cristiana  da una  novela de las que ya no se hacen:  sin extensión sobredimenisonada, ni tendencia a acomodarse en los cánones trillados que funcionan. La lectura es breve, ágil, original  y  con un final abierto en el que su protagonista,  ya redimido, debe partir a Vinland  para salvar a la mujer que ama: el caballero infernal contra los pieles rojas ¿pero qué más podemos pedirle a la vida?

La trilogía de Sherrell, además, fue una de las rarezas que se publicó en los noventa  en última Thule, de Anaya.  Una colección  preciosa donde  Javier Martin Lalanda seleccionaba desde relatos de  William Hope Hogdson, novelas de fantasía Pulp,  narraciones  poco conocidas de ciencia ficción o  obras de fantasía menores como estas.  Si la colección Tus Libros ofrecía  una selección de clásicos de edición cuidada y un montón de notas al pie para sus lectores, Última Thule  es algo así como la versión para todos lo públicos de Valdemar Gótica.


jueves, 27 de agosto de 2026

The Messengers (20007). La casa descafeinada,

 


La década de los dos mil no es una de las más recordadas en cuanto a cine de terror. Tampoco el páramo del que no se pueda rescatar nada como  nos haría creer la memoria cuando se pone cabezona, pero gran parte de las  que han permanecido   venían de Reino Unido, países no anglosajones o producciones muy pequeñas. Hoy quedan   28 días después y sus zombies que no son zombies, sino infectados,  la Trilogía del Cornetto  de Edgar Wright, los licántropos que  acechan en un bosque de Escocia de Neil Marshall o las películas de terror japonesas, muchas de finales de los noventa,  que  comenzaban a llegar  y sobre todo a ser fagocitadas  por los grandes estudios,  suponen un terror de la década más sólido que el mayoritario.  Este, tras la fiebre e los slashers de  las década anterior, se apoyaba en su mayoría en el montaje de videoclip, el traslado de los rodajes a Eruopa del este y una serie de premisas entre lo tradicional y el uso de las nuevas tecnologías que comenzaban a asomarse. La influencia del imaginario proveniente de otros países, especialmente  los espectros asiáticos, ominosos, implacables y nada complaciente, se convertirían en una presencia  en producciones que intentaban a provechar ese atractivo visual y  esa innovación que no tardarían en agotar.


Esta es la referencia sobrenatural, al menos a nivel visual,  empleada en The Messenters. Una producción donde una familia se muda a una graja de Dakota con el objetivo de empezar de cero, lejos de la ciudad y  regresando a la seguridad del campo y  una comunidad rural.  Esta, compuesta por un matrimonio y sus dos hijos,  una adolescente no muy conforme con el cambio y un niño del que mencionan que no ha hablado desde un accidente de tráfico provocado por su hermana, se adaptan a la vida en una casa antigua, donde  unos arañazos en el suelo captan la atención de la aburrida hija mayor. Mientras, el pequeño Ben señala y sonríe hacia algo que  solo el puede ver.  Siluetas y pasos  que hacen crujir los tablones de madera pero que pronto dan paso a algo mucho peor: un violentó poltergeist destroza la casa ante la aterrorizada mirada de su hermana, mientras una figura cadavérica, surgida de la puerta del sótano, intenta arrastrarla a la oscuridad.



La película fue dirigida por los hermanos Pang,  responsables de Bangkok Dangerous y sobre todo, The Eye, una de las cintas de terror asiático más conocidas de la época, pero salvo la influencia de este tipo de seres sobrenaturales a la hora de mostrar los espectros en la pantalla, poco hacen con un guion muy rutinario que por lo esquemático y poco desarrollado de sus personajes, y la sensación d e de aleatoriedad de la trama,  hace  pensar más en un telefilm de suspense  al que han añadido  unos cuantos aparecidos convincentes y una cantidad de jump scares que rozan lo irritante.


La premisa es la justita para  poner a los personajes en al escena: una familia con un poco de trauma que ha provocado el camio de aires, interpretado por Dylan McDermott a quien le iría un poco mejor, o peor según se mire, en la Murder House de American Horror Story.  Penelope Ann Miller en el papel de madre sufridora y  Kristen Stewart poniendo cara de adolescente inexpresiva, pero  no nos vamos  meter mucho con ella, que bastante tuvo  ya después con cuatro entregas de crepúsculo. Aparece  William B. Davis,  quien se reconoce a la legua como el Fumador de Expediente X, como empleado del banco  que ofrece una  jugosa recompra de la granja por…ni idea. Se menciona una vez y no vuelve a salir más que  como drama añadido para una familia de la que el guion intenta convencer que tiene un tremendo trauma pasado. Y a la que pese a todas las señales ominosas, en concreto, esos cuervos que merodean la casa y lo mismo vigila o lo mismo se marcan un Los Pájaros, las peripecias dramáticas y el giro final donde esta se encuentra con una amenaza real ajena a ellos (quizá por no copiar también El resplandor) acaba  superando el trauma y saliendo unida de este.  Una trama a la  que  lo simple no impide que esta   sea ejecutada a base de tópicos  sin explicación, sin más motivo que hacer avanzar esta, pero cuya mediocridad se hace  más evidente con unos protagonista muy poco trabajados más allá de esos cuatro rasgos que los definen.


 Lo que  en los trailers se  promocionaba como el principal atractivo de la película, esos fantasmas con aspecto de cadáveres reanimados que aparecían sin ser advertidos por los personajes, también acaban siendo un desastre más.  Un espectro  de apariciones esporádicas, pero aspecto corpóreo,   y movimientos erráticos que lo llevan a  arrastrarse por el suelo,  trepar por las paredes de manera antinatural y  asemejarse con esos movimiento pero sin el pelo por delante de l cara, a los espectros asiáticos que  parecían  ganar terreno entre el público. El motivo de esta caracterización no parece ser ninguno en concreto salvo imitar ese estilo visual, por que el comportamiento y normas  que deberían seguir los seres de toda casa embrujada  para que la historia tuviera su lógica no existe. Se comportan como el monstruo   oficial de la película, como poltergeist o como fantasma agresivo para  tener después un papel  muy distinto y bastante incoherente con lo mostrado previamente, pasando a convertirse en almas en pena que buscan venganza…y a la que  dar indicios de lo sucedido a los residentes vivos de la casa no se les da precisamente bien. Unas apariciones aderezadas con lo peor del terror dosmilero: jumpscares hasta para sacar un juguete de un armario, con subidas de volumen de la música, primeros planos de los actores y apariciones por sorpresa de los fantasma que por recordar algo más de la época, acaban haciendo  pensar en la imitación que Raul Cimas hizo de Bob para Muchachada Nui.


Con noventa minutos, una trama entre lo esquemático, lo predecible, y reciclando lo que podían de estéticas  del momento, no es de extrañar que  The Messengers sea una de esas películas que ha quedado olvidada por completo.  Ese mismo año, Trick ´r Treat   recupera el humor negro y el formato antológico, The Mist ofrecía un desenlace desolador y  Rec iniciaba una franquicia trayendo el found footage a un escenario dentro de las frontera nacionales. Poco podían hacer salvo subir el volumen de golpe y esperar que con eso se justificaran los seis euros que en su día  pague por ver esta película en el cine. Menos mal que esta segunda  vez ha sido con la tranquilidad (y el amago de siesta intermedia9 que aportan el sofá y una Tablet.

jueves, 20 de agosto de 2026

Lecturas de la semana. Antologías remix II

 


El verano se ha ido convirtiendo en un reducto  de un par de meses en el que rebuscar entre colecciones de editoriales olvidadas,  novelas de extensión muy limitada y portadas  a base de fotomontajes con paisajes y fantasmón recortado. Pero también para  recuperar las colecciones de relatos  con menos intención temática que podríamos encontrar. La selección de Bruguera ofrecía desde  las antologías de Kurt Singer troceadas, redistribuidas y con nuevos añadidos, y  algunas con nombre y apellido donde la idea parecía ser “cuantos más cuentos  quepan en un libro de bolsillo, mejor”.  Estas, tituladas por la editorial como “las mejores historias de..”,  podían respetar el material o aumentar su contenido, como pasó con Las mejores historias siniestras. En este caso,  estos dos tomos parecen haberse mantenido como el original e incluso   reconocer en su portada a sus editores,  quedado el carácter un tanto caótico de estas ediciones, ya es mucho para  quienes años después, intentamos rastrear la fuente original.



Forrest J. Ackerman. Las mejores historias de horror.  Una selección  del considerado padre del fandom moderno, fanático de los monstruos, del primer frikismo  y cienciólogo a nuestro pesar, que recopila treinta cuentos   sin más hilo que el  ser recientes, sin recurrir (salvo el caso de Stoker)  a clásicos.  Lo de reciente se traduce hoy como “cosas publicadas entre los años 20 y 1968 como máximo),. Estos abarcan temas muy variados, pro la falta de ese hilo conductor: encontramos tanto relatos  publicados en revistas Pulp, uno de la serie de Marte escrito por Clark Ashton Smith que sobresale entre el resto como siempre,  y  varios  en esta rama  sobre civilizaciones perdidas.  Los cincuenta (de nuevo, no hay orden cronológico, aportando esa sensación divertidísima de “a ver que sale ahora) se caracterizan  en su mayoría por su tono de advertencia y a menudo, un giro final en el que ese planeta destruido, primitivo o con seres salvajes no es otro que la Tierra siglos después de la temida guerra nuclear.  En cambio,  estos mantienen cierto carácter de fábula moral,  no exenta de optimismo, en el que  ese final  puede ser una posibilidad si no hacemos caso al sentido común.  Una atmósfera de “esto podría ser”  que resulta sorprendentemente esperanzador  para unos lectores  que en el siglo XXI nos limitamos  a esperar el meteorito en nuestro día más optimista.

Los giros finales  son también un rasgo común  en parte de los cuentos seleccionados de los cincuenta y sesenta: el invitado que resulta ser un vampiro, el anfitrión que es un asesino…e incluso  una historia, tan breve como loca, en la que el conde  Drácula se confunde de barco, escrito por W. S. Coburn. Textos muy breves y que dependen únicamente de esa sorpresa final. Y la presencia del rey de los vampiros no es una casualidad, porque tanto en el relato de  Stoker como en la secuela no oficial de  Stephen Vertlieb este vuelve a aparecer de nuevo.

El conjunto  es tan variopinto  como  vintage,  siendo  habituales los vampiros y espectros, y las aproximaciones más originales son las de  la época Pulp, apareciendo incluso un relato de  Tennesse Williams ambientado en Egipto. Y también, cierto carácter único: aunque  falten autores no anglosajones, siendo los únicos John Falnders y Walter Eckers (no es coincidencia que la antología se la dedique al editor belga Van Hageland), hay textos completamente inéditos, nunca publicados a posteriores o de  autores que parecen seudónimos ¿Quién será esa Tigrina o  Sathanas  Rehan?  Porque  al menos dos relatos, uno  con su nombre y el otro con seudónimo, son obra del propio Ackerman.

Además, esta  no tiene su equivalente en inglés: fue  recopilada por bruguera,  lo que lo convierte en un pequeño incunable de cuentos perdidos y un prólogo donde Ackerman invita al lector  a proponer ideas para antologías y a escribirle en esperanto si hace falta, idioma que admitía conocer. Ay, Forrest, si te hubieras quedado  en los idiomas inventado en vez de las sectas magufas.


A. Van Hageland.  Las mejores historias de ultratumba. Una selección de veintitrés relatos  donde el hilo conductor es la presencia de los sobrenatural. La meno del muerto, los espectoros victorianos navideños, las historias de fantasmas más antiguas e incluso  el Pulp y el fantastique se incluyen, de nuevo, en una antología sin criterio de fechas o todo, caracterizada por la presencia de muchos autores clásicos.

Van Hageland fue  publicado varias veces por la editorial, con recopilaciones de cuentos por temas y bastante extensos: las mejores historias diabólicas, de fantasmas o de hechicería, siendo esta última la más breve, o antologías de ciencia ficción  formaban parte de la sección fantástica de Libro Amigo de Bruguera.

En esta colección, recurre a los clásicos: Maupassant aparece un par de veces, un cuento muy extenso de Dickens, no falta  Ambrose Bierce, Le Fanu, Poe e incluso Shakespeare, siendo evidente que la intención no era buscar la modernidad.  En cambio, hay una mayor presencia de  europeos, como John Flanders (Jean Ray, a quien todavía le sobraban días para escribir), Walter Beckers o Claude Seignolle,  pudiendo asomarnos un poco a  ese fantastique de entreguerras que aquí  apenas hemos podido ver traducido.

Esta antología  es mucho más breve que la recopilada por Ackerman,  unas doscientas páginas menos donde se centra más en la literatura conocida y por suerte, en el fantastique continental aunque es posible  leer algún cuento  Pulp gracias a Seabury Quinn.  Y  aunque los autores más socorridos  no sorprendan, ha pasado el suficiente tiempo  (para que mentir, treinta años) desde que leyera, también  en una de esas antologías al peso, La casa del juez de Stoker.

Aunque esta selección tenga un tono más tradicional, sigue manteniendo ese interés casi nostálgico y un poco caótico de relatos reunidos sin motivo aparente en un solo tomo, y cuanto más gordo mejor. Estoy segura que con estas colecciones sobrevivías al tren nocturno  Coruña-Madrid y a los trasbordos que hicieran falta.

jueves, 13 de agosto de 2026

Monkey´s Magic Merry go Round (2025). La tele que daba miedo

 


No recordamos todo lo que ha pasado, ni todo lo que recordamos ha sucedido realmente.  Esa poca fiabilidad de la memoria  que se pone de manifiesto a la hora de  sacar a colación anécdotas embarazosas, que a cada uno le vienen a la cabeza de funa forma distinta, no es un tema ajeno al fantástico y sobre todo al terror.  Pero también la memoria, los recuerdos confusos de la primera infancia, especialmente en una generación ya familiarizada con la televisión, se convirtió en una fuente de inspiración  para  narrar historia de terror en formatos nuevos.  El creepypasta era el medio perfecto para relatar historia de programas de televisión olvidados, donde había algo extraño, el terror analógico recuperaría la imagen propia de las cintas  magnéticas, quemada hasta la extenuación, como una  estética de ese pasado poco fiable y en el que se  cuela algo extraño…y que  ha pasado a convertirse también en el símbolo de una época, de una forma distinta de filmar, como lo fue el grano setentero.  Estos recursos, ajenos al largometraje, serían  reclamados por este medio en busca de una forma  de adaptar ideas nuevas a uno  más tradicional.  Unas veces no funciona (vamos a olvidarnos de las versiones de Slenderman o el juego del ascensor), otras veces si (¡la que nos viene encima tras el éxito de las Backrooms!) y sin tener que convertirse en un éxito mayoritario ni recurrir a la narración  tradicional, en alguna ocasión  consiguen  recrear, sin excesos, ese punto de extrañeza entre los miedos infantiles, la memoria como elemento no fiable, y la estética  analógica que se ha convertido en un vestigio del pasado.



Monkey´s Magic Merry Go Round  es un programa infantil como tantos otros: un pequeño  escenario, música simple,  marionetas  reconocibles y un presentador humano, James, que se dirige a su público hablando de los distintos momentos típicos de estos programas, como sus compañero del patio de juegos, consejos de seguridad (nunca utilicéis tijeras sin la supervisión de un adulto), manualidades y  un pequeño hilo argumental que guía el programa.  Es  este a partir del cual empiezan a suceder cosas extrañas: James ha perdido la memoria, y sus compañeros, León,  Castor, Pájaro y Mono, su mejor amigo, prometen ayudarle a recuperarla.  Esta comenzará a volver, de forma violenta y fragmentada, a medida que  James  se da cuenta que algo extraño  sucede en el programa. Tras pedir varias veces que  paren la grabación,  sus amigos del patio de juegos le preguntan que a  qué se refiere. Después de todo, James y ellos siempre han estado allí. Y como Mono le asegura, solo necesita olvidar lo que ha pasado, y las cosas volverán a ser como antes.



La película dirigida por Aidan leary se inspira  directamente en la estética del terror analógico y los rasgos comunes de la mayoría de programas infantiles de los setenta y ochenta para desarrollar una historia claustrofóbica,  que transcurre únicamente en esos dos escenarios, las dos partes de ese plató del que nunca  se ven los entresijos y con un único protagonista visible,  Michael Gillio como James,  que  lleva  él solo el peso de la historia  al ser la única cara humana en todo el metraje, alternando este su papel de presentador, casi inquietante  en la inexpresividad y  serenidad de su comportamiento, y e en de una persona aterrorizada  cuyo mundo ficticio se desmorona. Su contrapartida, o antagonista es Mono, un disfraz o marioneta  a la que pone  voz Frank Cesario. Su primera aparición, dotada de unas manos humanas femeninas de uñas sucias parecen anunciar que algo no va bien en ese  entorno,  siendo la contrapartida entre el escenario del programa infantil y la pesadilla en la que deriva.



Este uso de las marionetas como material de miedos y clara referencia  los programas  que por algún motivo, provocaban terror en su público, se consolida  con la aparición de Huron, un disfraz de cuerpo entero de dientes grotescamente humanos y que anuncia ese punto de inflexión que tendrá lugar hacia  la media hora de metraje.  Es precisamente este “sentido de la pesadilla” de los programas infantiles semi olvidados en el que  se mantiene en todo el largometraje. Este se desarrolla íntegramente  como si fuera ese programa en el que el protagonista está atrapado, sin que en ningún momento haya una ruptura  con este entorno, averiguando  el público la poca  información que se sabe a partir de  referencias, sus momentos de lucidez y un desenlace en el que este toma consciencia de su situación, pero que en ningún momento   aporta más información que el motivo  por el que ha quedado atrapado en ese espacio antinatural. Lo que sucede fuera, o después de que este  tome consciencia,  queda a la imaginación del público, sin dar más de lo que podemos teorizar.


Quizá por esto  es por lo que esta funciona tan bien como producción para streaming. A fin de cuentas,  la produjo  Shudder,  pero su nivel de creatividad  sobrepasa  la de l cualquier film de relleno de Netflix.  Es precisamente el verla en formato televisivo 8y en cierto modo, la  premisa no desentonaría en una versión moderna de twilight  zone) la que, al igual que  Late Night  with the Devil, le confiere esa sensación de veracidad,  de  narración que solo podría  contarse en se formato y no en la gran pantalla. Esta, sin embargo, resulta irregular en la segunda mitad. Una  vez establecido  el tono, deciden pasarse al terror más  físico con la excusa del  paralelismo entre el dolor físico y el emocional,  con las marionetas convertidas ya en seres monstruosos y unas cuantas secuencia gore olvidado  el tono de terror surrealista que habían mantenido hasta ese momento. Una parte  que no desmerece el conjunto de la película, pero resulta un poco disonante en comparación a lo que habían ido construyendo.






Monkey´s Magic Merry go Round es  un ejemplo menor, pero efectivo, de como adaptar el terror analógico al medio audiovisual tradicional,  antes de que este se vea saturado por la cantidad de películas que se inspiraran en creepypastas que se nos vienen encima.  Además de utilizar  hábilmente  conceptos como la memoria, la fiabilidad de los recuerdos infantiles, o el terror involuntario que muchos programas provocaban, hace también patente el apoyo  que esta forma de  terror  tienen en  el pasado, especialmente  en un tipo de formato televisivo que ha desaparecido.  Los espectadores de 50 y 40 años  recordamos ese lenguaje audiovisual y sus códigos (salvo que hayas crecido con La bola de cristal, Planeta Imaginario, cualquier cosa hecha en Europa en los 80 y  el Xabarin club, que entonces salías punkarra de serie) pero, ¿Qué es lo que provocará esto mismo a las siguientes generaciones?  ¿los youtubers chillones, los brainrot, las frutinovelas? ¿las influencers de moda y skincare? Esas, entre los rellenos faciales y los filtros de Instagram, ya me dan cosa hasta a mí..






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