Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 2 de abril de 2026

La marcha de los soldados de madera (1934). Cuando todo era más sencillo

 


El cine infantil con el tiempo, ha quedado reescrito por la presencia  ubicua de Disney. Es difícil pensar en cualquier producción de los años treinta sin que vengan a la cabeza sus adaptaciones animadas. Un curioso borrado de memoria que hoy, establecida ya como una de las corporaciones  con máscara falsamente amable por excelencia, da un poco que pensar…aunque esto, al menos esta vez,  solo tenga que ver con la permanencia de las obras más populares en la memoria colectiva. Del mismo modo, una pareja de cómicos especializados en la comedia gestual, serían  conocidos años después en nuestro país  por unos apodos que ni siquiera se adaptaban tan bien a la fisionomía de estos: Stan Laurel y Oliver Hardy, el Gordo y el Flaco, recordados más por este apodo que por su nombre oficial. Y en mi caso,  más por su carrera cinematográfica, por la serie de dibujos.  Fue en 1934 cuando el dúo,  con  la producción de un estudio distintito al del ratón con calzones rojos (aunque tan poderoso como la Metro),  participó en una muestra de ese cine que, pese a  su popularidad entonces, se convirtió en uno de esos clásicos   menos  rescatados en comparación al resto, pero que conseguiría permanecer por su carácter pionero y por la presencia de los remakes posteriores.



El país de los juguetes  es un lugar donde viven los personajes de los cuentos. Los tres cerditos, la Madre Ganso y la viuda Peep con sus hijos en una  enorme bota y  la pastora Bo Peep. Incluso   Stannie Dum y Ollie Dee, quienes trabajan en el taller donde se fabrican los juguetes que cada año repartirá  Papá  Noel.  Pero también  Silas Barnaby, el hombre más malvado del Reino y que  pretende casarse con  Bo Pee  por  todos los medios, incluso amenazando  con ejecutar  la hipoteca que recae sobre la casa de la viuda Peep. Pero  Stannie y Ollie, quienes  se alojan en el hogar d esta, no están dispuestos a permitir que esto pase.



La película está  basada en una opereta de Victor  Herbert. Esta, conocida como Babes in Toyland o Había una vez  dos héroes,  cuenta  también  con un par de versiones coloreadas, que aunque no suponen fidelidad al metraje sepia original, si que  la convierten en una cinta con una textura muy peculiar,  de colores muy saturados e irreales que complementan muy bien  una historia llena de simpleza donde lo importante es el entorno: el País de los juguetes  habitado por algunos personajes  reconocibles  por todos, además de otros, como la Madre Ganso o la viuda de familia números a y su bota reconvertida a vivienda, que resultan familiares por conocimiento de la cultura popular anglosajona que por tradición local.  Pero también, un escenario hostil, el lugar de pesadillas  que rodea al país de los juguetes al que los criminales son exiliados y habitado por seres monstruosos.  Monstruos, por su puesto, más propios de las pesadillas infantiles  de una época más inocente, donde unos colmillos falsos y un  traje de  peluche, junto a unos figurantes moviéndose como espantajos en un decorado sombrío  eran suficientes  para  romper la sensación de inocencia  que se mantiene en la trama ¡Como si no lo hiciera ya el hecho que  los adorables residentes del país de los cuentos no dudaran en exiliar a sus criminales para ser devorados!


La contrapartida a los héroes es representada por el personaje de Silas Barnaby, el villano que Henry Brandon (quien  desarrollaría después una carrera como actor de carácter) interpreta como arquetipo de  prestamista de levita maltrecha, movimientos   propios de un buitre y  gestos llevados hasta la exageración que son el opuesto perfecto  para una película  caracterizada por su simpleza  e intención de acercarse a los cuentos populares. Los héroes serán precisamente, una pareja de trabajadores, no especialmente brillantes pero de buen corazón y a los que, incluso   esos planes que fracasan se convierten de forma  inesperada en una solución. Como precisamente, el  ejército de soldados de madera que construidos por error a tamaño real, se convierten en la salvación de los habitantes del reino frente a los monstruos. La pareja de Oliver y Hardy  en uno de sus primeros largometrajes son héroes secundarios, combinando ideas de ultimo momento con su dinámica de simplón e inteligente en sketches  tan simples como un plan arruinado por le despiste y  la falta de  malicia del personaje de Stan Laurel. Estos se convierten en  no en protagonistas, pero si  en la cara más reconocible de una película  cuyos personajes  principales se mantienen el equilibrio con su soporte cómico y donde conviven el tono infantil  con los números musicales y sobre todo, con un sorprendente giro macabro  hacia el tramo final.  Es este donde la drama deriva hacia una batalla entre  seres similares a goblins (en el original, boogeymen) contra  unos soldados de madrera que continúan luchando incluso  tras perder la cabeza…De nuevo, el país de los juguetes no es un lugar tan inofensivo como parece. Y los más inesperado, la aparición autorizada, no solo de los tres cerditos y la melodía de estos concebida para el corto de Disney, sino del propio Raton Mickey, que en su imagen real  es nada menos que un  mono convenientemente disfrazado. Una aparición no solo desconcertante,  sino que se convierte involuntariamente en una secuencia un tanto perturbadora. Además de, para los aficionados al creepypasta, ser reconocible por uno de esos gifs sacados de contexto que no hace sino acentuar esta cualidad extraña.


Hoy convertida en una de esas películas  difíciles de recordar por el paso de los años, algo inevitable por  la mera acción del tiempo y el cambio de gustos,  esta serviría también para dos remakes  de 1961 y 1986.  Este último, con nada menos que nuestro mesías cyberpunk y  mercenario defensor de los perritos preferido, Keanu Reeves.  Vista hoy, funciona perfectamente  como lo hizo en 1934:  una comedia musical infantil que produce una nostalgia extraña, de esa   que no recordamos  pero en la que nos parece estar viviendo algo  muy lejano y perdido hace mucho. Y en la que,  queda demostrado que sea una opereta de los años 30 o el 2026 viviendo al mundo del colapso: u n especulador inmobiliario siempre será el peor enemigo posible.

jueves, 26 de marzo de 2026

Noche de brujas. Me casé con una bruja (1942) y Me enamoré de una bruja (1958)

 


                                                                                                                When  I look out my window
                                                                                                                What do you think  you see
                                                                                                                And when I look in my window
                                                                                                                So many different people  to be
                                                                                                                It´s strange
                                                                                                                Sure it´s strange
                                                                                                                   Donovan- Season of the Witch


La figura de la bruja, desde la anciana con sombrero puntiagudo,  escoba y gato de la tradición, hasta la tía Gladys de Weapons, ha tenido presencia  en el audiovisual de muchas formas. Siniestra, amable, cómica o abiertamente positiva,  también refleja esa dualidad,  quizá más evidente en el pasado , de cierto temor  a lo que podría esconder la devota esposa y cuidadora del hogar.  Si  Esposa Hechicera de Fritz Leiber, además de  representar esta dualidad, inspiraba  varios guiones con esta idea,  también  muchos se enfocarían desde una perspectiva más amable, dentro de la comedia romántica, y en muchos casos,  centrándose  en el amor y la renuncia a la naturaleza  no humana  propia de estos personajes.

En 1942, Me casé con una bruja, no engañaba con su título. Durante la época de los puritanos,  una hechicera y su padre son  quemados en la hoguera por el  juez Wooley, quien es maldecido por ella y condenado a que este y su descendencia, vivan matrimonios desgraciados.  Ya en el siglo XX, cuando  una tormenta libera a los espíritus de ambos brujos,  deciden seguir atormentando a Wallace, el último de su linaje, un político en ascenso  que todavía sufre   la maldición en forma de una futura esposa insufrible. Cuando  Jennifer, la bruja que condenó a su antepasado, decide divertirse atormentándolo un poco más,  una serie de equivocaciones  la llevan a la situación contraria: perdidamente enamorada de Wallace, no dudará en ayudarlo en su carrera y a renunciar a su condición de hechicera.


La película del francés  René Clair es una comedia romántica muy sencilla, propia de una época donde el entretenimiento ligero era muy bien recibido y necesario (más o menos como ahora, pero con más clase y menos Tiktoks), pero también ingeniosa y con cierta elegancia a la hora de presentar  determinados momentos cómicos. Situaciones  como los espíritus de los protagonistas, dos columnas de humo parlanchinas, y que el padre de esta, se pase la mitad del tiempo dentro de una  botella de espirituoso,  muestra ese ingenio que convive con chistes más simples, y alguno ya olvidados, como  el arquetipo de novia mandona y  los matrimonios vistos como cárcel.

Esta, basada  su vez en una novela de  Thorne Smith,  es una comedia de enredos donde la presenta mujer fatal acaba cayendo, por suerte para ella, en sus  propias tramas, y donde todo se desarrolla  con una completa falta de prejuicios: poco importan sus  malas artes cuando estas llevan a la felicidad de ambos,  poco importan  unas elecciones amañadas mágicamente   y tampoco importa  el personaje de Susa Wayward, encarnando  la maldición  lanzada por la bruja Jennifer tres siglos atrás, sino  lo que va a suceder con esa pareja  unida por accidente como son  Verónica Lake y Fredric March, unos personajes imperfectos, lejos de ser intachables, pero con los que el espectador simpatiza.


De esta producción destaca también el equilibro ente esa comedia ligera y el fantástico.  Con la primera aparición de esta familia de brujos  cuyo comportamiento es  demasiado  burlón como para resultar digno de ser temido, todo un contrapunto al entorno  puritano, y a la vez, el político, en el que  se mueve  el linaje de los Wooley.  Un tono que cambia, en el desenlace,  con la participación del brujo de aspecto borrachín interpretado por  Cecil Kellawey, convertido en alguien más amenazador, en una secuencia con vehículos  voladores carcajadas siniestras y un final  feliz  donde el sentido del humor y de la fantasía aportada por  esos dos protagonistas brujos,  irrumpe en la escena hogareña que da cierre a la película.


Si  Me casé con una bruja  hacía  honor al título, me enamoré de una bruja también, aunque esta sea en realidad,  Bell, Book and Candle,  adaptación  en esta caos, de una obra de Broadway.  Vuelven a aparecer aquí una bruja feliz de serlo, un caballero que cae  involuntariamente rendido a sus pies, y el romance entre ambos, además de ese componente de sacrificio y renuncia voluntaria en favor de algo  más grande.  Esta vez,  quince años después,  es Nueva York donde  Kim Novak y James Stewart asumen los papeles principales y donde Jack  Lemon y Elsa Lanchester acompañan al elenco protagonista.  Gillian, la dueña de una galería de arte tribal y practicante de la hechicería, se encapricha de su vecino, un editor  y prometido de una antigua compañera de estudios.  Gillian, ante la posibilidad d e conseguir lo que quiere y de paso, chinchar todavía más a su antigua rival, no duda en recurrir a la magia y hacer que Shep  olvide su compromiso,  iniciando un romance con ella.  Pero este, como le advierten su tía y su hermano,  no durará: una bruja, por su condición, no se enamora, ni tampoco puede derramar lágrimas. Aunque quizá en el caso de Gillian y Shep sea distinto.


Ambientada en su comienzo durante la época navideña,   esta se convierte de forma indirecta  en una película muy adecuada para ver en esa época,  además de muy poco trillada entre  estos clásicos. Esta combina una estética luminosa, un tanto teatral, de ese Nueva York lleno de vida y  de estilo encarnado en la comunidad de hechiceros  que se reúne en uno de los clubes de la ciudad (la sorpresa fue mayor tras descubrir  que entonces sí que existió una comunidad de presuntos brujos en Grenwich Village). La secuencia de ese local frecuentado por bohemios, el despreocupado personaje de Jack Lemmon tocando los bongos con los músicos del club, además del número de Phillippe Clay, frente a la presencia más mundana de  Shep y su encorsetada novia, establece el tono de una historia donde la trama de brujería se desarrolla de forma muy similar a la de  la humanización de esa mujer independiente, pero fría y despegada, caracterizada p orlos juegos de miradas de Kim Novak. Esta,  con su condición de comedia,  cuenta con una trama secundaria con la investigación de esa sociedad aparte, donde tendrán más presencia Lemon y Elsa Lanchester.

Esta seguirá la estructura de encuentros y desencuentros de toda trama romántica, con la redención final de su protagonista  pero también con el descubrimiento de su compañero   de que  en la historia de ambos,  la magia  ha tenido que ver muy poco. Un desenlace presentado a través de un curioso simbolismo: Novak,  en su primera aparición,  descalza por su tienda de objetos tribales.  Meses después,  en su reencuentro, esta, consciente de lo que ha perdido, aparece ante  Shep  en una tienda de flores de mar,  con un sencillo vestido blanco  muy alejada de su primera caracterización. Un cambio que se produce en ambos, pero que será  en esta  femme fatale mucho más visible.

En ambas películas, prese a la diferencia de enfoque, existen elementos muy similares: la hechicera seductora que cae enamorada, el sacrificio de ese mundo sobrenatural  en favor de la felicidad  de algo más sencillo y la existencia de la magia y una sociedad aparte como algo que convive con lo mundano. Ideas que también influirían en  obras posteriores muy populares, como Bewitched, o  para la generación de los noventa,  Embrujadas,  Sabrina la bruja adolescente, o el  reboot siniestro  y tremendamente  enrevesado que sacaría Netflix  ya hacia 2020.




jueves, 19 de marzo de 2026

Me encontrarás en lo profundo del abismo (2022). De este Apocalipsis no saldremos mejores

 


Si el cine es un reflejo de la forma de pensar de cada época, esto también se muestra en la forma  en la que  abordan determinados temas.  De los setenta, la época del final del sueño americano, conservamos  aproximaciones  al Final como  las distopías de Charlton Heston,  donde la sobra de la guerra nuclear, la escasez y las enfermedades  eran un tema recurrente.  En los ochenta llegarían  historias   tan  aterradoras como pesimistas y  reales como  Threads y  El día después. El siglo XXI, en esta segunda  década prevalece la idea de que nuestra seguridad se mantiene sobre pilares muy frágiles,  sumado a esa sensación general de que todo se está desmoronando, y  de vivir a crédito de los recursos  futuros. Y eso, si es  que hay alguno. Un entorno también propicio para explorar  cualquier hipótesis sobre el fin del mundo. La diferencia en este caso, es la de un cine mucho más pesimista, donde la tónica general   es más cercana ala resignación y borrado total de melancolía que  a la esperanza que albergaba The Omega Man. Una idea que  Matias Ripau tomaría en un guion donde ese Final es visto  desde una  perspectiva  más  reducida e intimista.


Varios días después de que algo sucediera, un hombre solo se refugia en su coche de una lluvia que no  ha parado de caer desde entonces.  terminada su última reserva de agua, escucha de nuevo en su teléfono los mensajes de audio de una mujer,  desde  su aviso de evacuación a los anteriores, donde todo parecía normal.  La necesidad de supervivencia le lleva a entrar en uno de los edificios abandonados, en busca de comida y  quizá  una batería para hacer funcionar su vehículo. A lo lejos,  entre las luces del cielo, unas gigantes cas criaturas deambulan en el horizonte. En el interior del edificio, unos seres capaces de imitar el sonido humano atraen y matan a todos los que se acercan engañados por ellos.  Es ese lugar donde Bannon encuentra una radio, las indicaciones para sintonizar una frecuencia y al otro lado de esta, una voz que le ofrece su ayuda y quizá , la posibilidad de escapar.


La película recurre a una hipótesis ambigua  en la que el final llega por un motivo externo. De este, representado mediante  las criaturas, muy parecidas a los alienígenas de  Cloverfield,  los  colores anómalos del cielo y una lluvia  concebida como algo  anormal, juega a no  decir nada pero utiliza elementos reconocibles para el público:  tanto una invasión alienígena como esa llegada de loso primigenios imaginados por Lovecraft.  Esa explicación es algo secundario, siendo suficiente el uso de  un imaginario  moderno   o las hipótesis de los personajes,  quienes en un momento dado,  hacen referencia a la tradición cristiana.


Esta atmósfera a es uno de los principales atractivos de la película: las secuencias nocturnas de la primera parte, los eres que aparecen  de manera puntual y muy dosificados, así como los interiores destruidos en los que  se adivina que fue un lapso de tiempo muy breve, sirven de marco al periplo de un protagonista aferrado  a unos o pocos objetos que hacen sospechar que hay algo que no concuerda con él.


Junto al uso de escenarios reconocibles, también es un acierto el empleo de la tecnología moderna. En este caso, el teléfono móvil se utiliza como una forma de  reproducir esos últimos momentos de normalidad y aportar algo más de trasfondo al personaje principal (aunque es  curioso que tras  más de quince años  de smartphones, la mejor forma de integrarlos en una narrativa sea despojándolos de capacidad conectiva). Un objeto recurrente en toda la trama  que acompaña al protagonista y se convierte en un indicio real  de la pesadilla y visiones que este vive a lo largo de la historia: el apartado  onírico, orquestado de forma que tenga un carácter premonitorio en el desenlace, es quizá  lo que resulta menos integrado en una historia  marcada por lo personal y la ambigüedad. No llega a quedar claro si es  un indicio que algo falla en la cabeza del personaje principal o solo un intento de acentuar las consecuencias personales de despojar a un ser humano de todo lo que creía real.


Al margen del intento de combinar el escenario con las secuencia oníricas, las caracterización de Bannon, este personaje identificado únicamente por el apodo con el que se presenta, se lleva  acabo de forma más efectiva  paralelamente a la trama.  Esta opta por un escenario  muy pesimista,  donde la falta de información va acompañada de la sospecha de lo que sucede es a nivel global,  pero donde no hay esperanza: las interactuaciones de Bannon son únicamente para obtener algo a cambio, se a con su interlocutor de radio, peleando con otro superviviente  con el que no es capaz de entablar ni una colaboración o aprovechándose de las provisiones y delirios de quien ha enloquecido.  Un escenario que opta por  el hecho de que el hombre sea un lobo para el hombre con todas sus consecuencias, y que resulta inquietantemente  creíble.

La trama se divide en dos partes, siendo la primera la más efectiva en cuanto a ritmo y escenario, y una segunda en la que se da un descanso a ese entorno  urbano de lluvia para centrarse en los dos personajes y en el aspecto más  personal de la historia, pero también en la ambigüedad que intentar  mantener en todo omento  con respecto a la naturaleza de su protagonista.  Y donde se hace patente uno de los defectos del guion: mientras los momentos de  soledad  funcionan mucho mejor, los diálogos  son artificiales, más cercanos a los de un intento de ser una producción internacional que a una historia de supervivencia y desolación que pretende ser.

Con todo, y quizá  con la referencia  a ese abismo que devuelve la mirada en el título, l a película de Rispau es una propuesta de cine apocalíptico tan  prometedora como irregular , pero también diferente a las habituales.



jueves, 12 de marzo de 2026

Lecturas de la semana. Pulp fiction

 


Aunque una parte de los libros que acabo leyendo durante el año son señores d entreguerras y señoras victorianas, más de una vez, y cuando el componente aleatorio de la librería de segunda mano  lo permite, me paso por la época intermedia entre ambas. Porque  a los señoras y señores  pulp también se les hace un  hueco  y más en estos Años 20 mal, donde  se acaba echando en falta la inventiva,  ausencia de prejuicios y  cierto optimismo, casi inocencia, con el que reflejaban un mundo en el que todavía había lugares ignotos.


Catherine L. Moore.  Shambleau.  Una extraña criatura,  de aspecto humano  y comportamiento cercano al de un felino dotado de inteligencia, es salvada por  Northwest Smith  durante uno de sus viajes. El ser, a quien los locales llaman Shambleau, esconde un secreto que lo acerca a los seres mitológicos de los que  las leyendas de la tierra advirtieron a los primeros humanos. Esta es solo una de  las aventuras del contrabandista y su socio, el venusiano  Yarol. Un tapiz que traslada a su poseedor a otro mundo donde este queda atrapado, civilizaciones olvidadas en planetas remotos e incluso  misterios ocultos en el planeta tierra son una parte de la vida de este forajido, contrabandista y mercenario que  Catherine L. Moore dio a conocer en las páginas de Weird Tales durante los años 30.


Moore comenzó su carrera como autora en revistas pulp, y si Jirel de Joiry, la castellana  era un personaje propio de la espada y brujería (además de  ser una de las mejores heroínas que he podido leer), Northwest Smith lo es de la ciencia ficción,  pero tal y como se concebía e los relatos de este género: muy cercana  a la fantasía,  donde  el hombre había conquistado el espacio  sin que  fuera necesario que se explicara  el como, y donde convive con  razas alienígenas muy parecidas   a los humanos.  Pero donde se mantiene  cierto trasfondo histórico, presentando lugares remotos en los  que es posible descubrir civilizaciones  desaparecidas hace mucho en forma de ruinas y reliquias.  La imaginación de la época está muy presente,  representando a Venus como  un planeta gemelo cuyos habitantes,  como  Yarol, el socio y amigo de Northwesth,  tienen rasgos similares a los que tomarían  por norma los elfos de la ficción posterior. Marte, escenario recurrente de las aventuras del protagonista,  se convierte, con los distintos lugares que menciona Moore, e desde desiertos a canales, en una suerte de tierra de contrabandistas, mezcla del salvaje oeste y  de un puerto de piratas donde es posible adquirir cualquier objeto y también los  servicios de un mercenario como  West.


Northwest Smith   es en este caso un antihéroe, descrito por Moore con unos penetrantes ojos grises  y el cuerpo surcado de cicatrices de  una vida al margen de la ley. Un buscavidas que en ningún caso es un héroe pero que mantiene cierto código de honor, que lo lleva  a encontrarse  con la criatura de Shambleau,  pero a mantener compañeros y aliados en el  mundo de forajidos en el que se mueve. Sus  aventuras no comienzan movidas  por la  heroicidad sino por el interés,  en su mayoría siendo resultado del  encargo de un tercero o  un encuentro fortuito derivado de  una aventura in media res.  A lo largo de los cuentos protagonizados por Smith, es fácil encontrarlo  siendo contratado por  alguien con bastante dinero (y que acaba cayendo por su codicia) o en medio de algún lugar de Marte, huyendo o en un descanso muy breve. La caracterización de este, un personaje un tanto amoral  pero con ese fondo de nobleza, hace pensar que  puede ser uno de los referente a la hora de crear  héroes posteriores  como  serían Han Solo, quien  guarda muchas similitudes con el.


El ciclo de cuentos de Northwest Smith,  entre planetas muy similares a la tierra  ciudades sin ley,  civilizaciones perdidas y criaturas desconocidas,  constituyen algunos de los mejores relatos escritos por Moore en su etapa  pulp,  ya un poco lejos de esos felices veinte pero todavía durante  los años dorados de la narrativa fantástica popular. Sigo siendo mucho más devota de la espadachina con carácter y dueña del castillo de Joiry, pero los viajes de Northest en el espacio  se han  hecho también un hueco entre  mis pulps favoritos.


Fritz Leiber. Espectros de la noche.  Una colección de relatos de terror donde lo extraño y  los temores antiguos no han desaparecido sino que se han adaptado al cambio de la civilización humana. Un fantasma creado por el humo de las fábricas, un revolver embrujado por l deseo de venganza de su propietario, un juego de ajedrez a distancia  contra   seres más allá del espacio o el fin del universo narrado por su último testigo…Los relatos de la colección, titulada originalmente  Agentes de la noche, en referencia al diálogo de Macbeth,  fueron en su mayoría publicados  durante los años cuarenta,  un detalle que se filtra en algunos de ellos cuando se mencionan las noticias de la entrada en la guerra o el comienzo de esta, como parte de la cotidianeidad que se ve rota por lo sobrenatural. Estos se desarrollan  en entornos urbanos, siendo sus protagonista en su mayoría oficinistas,  ociosos  o incluso trabajadores   al aire libre que bien perciben algo anómalo  en lo         que los rodea, o se encuentran con esto de manera fortuita.  

La forma de  introducir  estas criaturas e  a través de la adaptación al entorno  que refleja  cada  cuento: monstruos tradicionales, como los fantasmas o los licántropos,  se mueven ahora por las ciudades habiendo modificado sus características para poder sobrevivir como mitos, pero  son reconocidos por los personajes. En algunos lugares apartados quedan restos de  seres que son descubiertos de forma accidental, como sucede en  La colina y el agujero, donde  un túmulo viene a comparado por la descripción de esa América aislada de  personajes desconfiados… pero sin duda, mucho menos siniestros  que los vecinos de Dunwich. Lo sobrenatural no está solo en la tierra sino en los cuentos donde  los alienígenas se comunican con los personajes de algún modo, que acaban haciendo  pensar al lector en las teorías sobre el éter y las ondas mentales que servían  para justificar muchos relatos de ficción con un poco de ciencia.

En la colección, estas ocho narraciones se caracterizan por  su  intención:  ir directos al grano, sin necesidad de giro final y  dedicando el tiempo necesario para crear una ambientación que se perciba  como  distinta a los escenarios clásicos. Algo que  Leiber en sus textos pulp  sabe hacer bien: aunque sea  más conocido por el  ciclo de Fafhrd y el Ratonero Gris, el responsable de  Nuestra señora de las Tinieblas e s igual de capaz de defenderse en el género de terror.

jueves, 5 de marzo de 2026

El séptimo sello (1957). El caballero y la Muerte

 


                                            Y cuando el cordero rompió el séptimo sello, se hizo el silencio en el Cielo
                                                                                                                                               -Apocalipsis
                                                                                    El fin del mundo ya llega para los que se mueren
                                                                                                                                                  -La abuela

La muerte, cuya representación como  cadáver envuelto en un sudario se ha convertido en una figura reconocible en la cultura popular,  y hoy, en el enemigo a batir,  representa también lo inevitable.  El punto de no retorno que   nos recuerda lo fútil de la existencia, lo arbitrario, pero también algo anónimamente justo: un final que  alcanza a todos por igual (y aquí da lo mismo lo que haga Elon Musk y y los muchimillonarios, que se irán al hoyo tarde o temprano). Incierto,  trágico e injusto, pero también un final esperado a cuando el tiempo se ha agotado.  Y  lo que se haga con este mientras tando, depende de cada uno. Bergman tomaría esa figura  para un drama, por definir de algún modo una película donde conviven la tragedia y el drama con la comedia y con lo fantástico.  En  el que, parafraseando a Terry Pratchett, la Personificación Antropomórfica de la Muerte se convierte en una parte  más de una Edad Media donde  esta participa de lo cotidiano, de la manera de pensar, y en una compañera de viaje.


Tras su regreso de las Cruzadas,  la Muerte aguarda al caballero Antonius Block. Este, quien no la teme pero todavía no se cree preparado para acompañarla,  la desafía a una partida de ajedrez: su vida  se prolongará en tanto esta  continúe.  En su camino hacia el hogar, Antonius y  su escudero Jöns encuentran pueblos arrasados pro las peste, fanáticos que deambulan  entre las aldeas flagelándose para suplicar el perdón divino  y quienes no dudan en señalar  como culpables de brujería y  responsables de la peste negra a cualquier inocente. Pero también,  encuentran un lugar  para la esperanza: una familia de cómicos ambulantes,  junto a  los que continuarán  su camino  hasta que la partida contra la Muerte termine.



La película se basa en una obra teatral, un material  patente en su estructura dividida en varios actos y  la distribución  de la posición de cada  actor  de forma muy estática en muchas de las secuencias, así como el uso de los monólogos como apoyo para la carga filosófica del guion. Este constituye una reflexión  sobre la vida, la búsqueda de un sentido pero también  el anhelo de conocer que hay  más allá. Algo que su protagonista  intenta averiguar en cada ocasión que se le presenta: desde  la trascendencia de una actividad tan simple como  compartir una comida con sus compañeros de viaje, o  con una víctima de la caza de brujas que, al borde de la muerte, cree estar acompañada por el diablo. La travesía de block supone esa búsqueda  de un sentido, un deseo de  trascendencia que lo lleva no solo a perder  diez años en las Cruzadas sino también a moverse  con cierta indiferencia  en su vida.  Para él, el ajedrez (además de estar inspirado en el cuadro de Albertus Pictor) sirve de hilo conductor mediante un juego de estrategia,  que puede alargarse según la habilidad de sus participantes pero que en este caso, saber quien será el ganador es inevitable…una elección muy diferente, pensándolo bien, si el adversario hubiera sido el diablo,  que es mucho más jugantín y parece estar más relacionado con las partidas de cartas.
Ante este, se opone el pragmatismo  de su escudero,  quien tiene una actitud más vital  pese  a ser uno de los personajes con un discurso más desengañado.  Para este,  el escenario arrasado por la violencia es una parte  más de la vida, que se limita a vivirla y hacer lo correcto en la medida de lo posible.


La contrapartida  de ambos será la familia de cómicos, quienes no solo  reflejan esa esperanza en un entorno  que parece aguardar y desear el Fin del mundo, algo que acabe con una situación insostenible (en este caso, las plagas y continuas guerras), y que participa en la parte más cómica de la película. Esta cambia de forma  brusca de secuencias costumbristas, como una canción en un teatro improvisado  o una escena que representa el tema tradicional entre marido cornudo y esposa fugada, con momentos que rompen por completo estas situaciones mas alegres: el grupo de penitentes  interrumpe la actuación en el pueblo,  ganando la atención de sus habitantes y reflejando  como  el fanatismo religioso y la violencia  los atrae más que los aspectos más pacíficos de la vida.


En una historia  acerca  de la muerte y el valor de la vida, la ambientación en la Edad  Media refleja este tema  doblemente. Por un lado,  la inevitabilidad de la muerte,  la idea de memento mori y las imágenes de las Danzas de la Muerte  van un idas a esa idea de la Edad Media que ha permanecido a lo largo de los siglos, en algún momento de las Cruzadas y la peste negra. Por otro, el escenario  recuerda, de forma  muy vaga, a esa Europa de los cincuenta que todavía no se había recuperado de la segunda guerra mundial (y todavía estaba lejos el boom económico y de bienestar de Suecia),  pero sobre la que planeaba  la sombra de otro posible conflicto y una amenaza nuclear: el apocalipsis  como trasfondo solo ha cambiado un poco de forma.

El blanco y negro, y la fotografía con un contraste muy marcado, resalta unos exteriores  caracterizado por la naturaleza, especialmente el mar, el bosque y la tormenta.  Estos se convierten en una parte  más de la historia, donde lo principal es el viaje de sus protagonista y  no hacia donde se dirigen: después de todo,  estos son un caballero en continua búsqueda y unos artistas ambulantes.

Han pasado años desde que El séptimo sello   fuera  una proyección habitual en cineclubs y un referente  en cuanto al cine europeo de mayor  complejidad  frente a las producciones de evasión. Sin embargo, resulta  chocante que una película entre el drama, lo costumbrista y el fantástico, como también sería al año siguiente, El mago,  se convertiría en un referente  de la cultura popular: Monty Python sería capaz hasta de parodiar sus títulos de crédito en Los caballeros de la mesa cuadrada y  la caracterización de la Muerte interpretada por  Berg Ekerot servía de referencia para el mismo personaje en El alucinante viaje de Bill y Ted…y sí, mi generación es muy pesada con el cine de los ochenta, pero los guiños que manejaban eran mil veces mejores que todo Scary Movie.



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