Entre este robot que combatía monstruos y las adaptaciones de obras clásicas por parte de Mizayaki, otra adaptación, en este caso, de un popular personaje sueco, sería emitida durante esos años convirtiéndose en uno del os referentes de esa época en la que la televisión infantil empezaba a ser un poco menos gris.
Pippi Calzaslargas, diminutivo de Pippilota Viktualia Rullgardina Krumsmynta Efraimdotter Längstrumpf, es una niña que vive sola en Villa Kunterbunt, un caserón cerca de la casa de Tommy y Annika, quienes pronto conocen a esa chiquilla que asegura ser hija de un pirata y que su madre es un ángel que vive en el cielo, que solo ella misma se dice lo que tiene que hacer y que no tiene por qué ir a la escuela. Las historias que cuenta de sus viajes, de países lejanos, parecen demasiado fantásticas para ser ciertas. Pero entre sus fabulaciones, hay algo de verdad: Pippi no solo tiene un maletín lleno de monedas de oro que parecen sacadas de un tesoro pirata, sino que está dotada de una fuerza extraordinaria y como ella demuestra en más de una ocasión, es capaz de cuidar de si misma. Y no, no necesita ir al colegio a aprender a pultificar. Con ella, un día cualquier de Tommy y Annika desde hacer un recado o acudir a una feria, se convierte en una aventura fuera de lo común.
Un escenario muy sencillo, compuesto de casas y un entorno tan tranquilo como ese pueblo, sin más fuerzas del orden que dos policías de aspecto cómico, y que permanece, salvo algún momento para justificar capítulos en el interior del hogar, congelado en un verano permanente. No es raro por esto último que las reposiciones (fue una de las series de los setenta que más veces re recuperó, especialmente en los noventa en la televisión privada), fueran habituales durante los veranos.
La serie, coproducida entre Suecia y Alemania Occidental, aunque termina con la adaptación de la mayoría de las historias y cuenta con un desenlace similar a su original, sería continuada con dos películas divididas de forma que pasarían a formar parte de la serie en su emisión en España. Pippi y los piratas adapta libremente la trama de Pippi en los Mares del Sur, y el viaje de Pippi, Tommy y Annika fue creado expresamente para televisión. Aunque este añadido hace que la serie no tenga un final tan claro como su formato de trece episodios, haciendo que nuestra memoria, como pasa con todo lo que recordamos en la época anterior a lo digital y la nube, la convirtiera en una serie mucho más larga de lo que fue y sin un final en concreto. Una vez más, la nostalgia y la subjetividad de esta hace que lo que está en nuestra memoria sea muy distinto, pero no por ello peor que lo original.
Ya lejos de la televisión, recuperada en Filmin como una curiosidad nostálgica, Pippi Calzaslargas es un persona que, al igual que Guillermo Brown, Celia, los cinco de Enid Blyton, se ha quedado en ese limbo de un pasado que hoy resulta irreconocible. Salvo por una diferencia: Pippi es un personaje pensado para ser comprendido por los niños y no los adultos, mucho más libre y original que muchos creados en el siglo XXI y más cercanos a los niños de la Generación Alpha. Y por ello, por su rebeldía y ruptura con lo establecido, mucho más difícil de olvidar.





















