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jueves, 24 de julio de 2025

Lecturas de la semana ¿Qué está pasando?

 



Pocas cosas llaman más  la atención a un lector  con preferencia por lo insólito que un comienzo inesperado.  Bien porque  Gregorio Samsa se despertó tras un sueño agitado  convertido en un horrible insecto, porque están tomando la casa, o porque, (en muchos casos,  en novelas  a las que  les cuesta mantener un desarrollo a la altura),  los protagonistas  no saben como han llegado allí ni qué hacen en ese lugar.  Una situación suficiente para  poner en marcha una historia que después podrá defenderse bien, caer en lo absurdo o tirar de Deus ex Machina, pero  que  han dado los primeros pasos para que el lector  avance la página. 

En este caso, es un recuro empleado tanto en un policiaco francés de los años treinta como en una novela de terror de hace muy pocos años. Y tanto un señor francés  del siglo pasado como uno de la Irlanda contemporánea aplican a un escenario que en ambos casos, es muy cercano al misterio de la habitación cerrada. 



Pierre Vèry. El testamento de Basil Crookes. Durante la parada de un tren  que recorre los pueblos de Inglaterra, un extraño personaje lanza, sin miramientos, un libro y una carta al interior de los vagones, un poco antes de quitarse de en medio...tanto de su propia existencia como de la historia. Una  llena de lugares que poco tienen que ver con ese incidente del tren, donde un matrimonio a punto de separarse, el capitán de un barco permanentemente atracado en puerto, un médico y el dueño de una casa de empeños se verán  implicados en un misterio inexplicable, donde cada sospecha provocará un nuevo asesinato y donde, para disgusto de  las desconcertadas  fuerzas del orden, un  personaje, detective por aburrimiento, parece tener la clave de todo lo que sucede. 

Véry, además de vivir por las librerías de segunda mano en la sección de ejemplares a un euro o en las estanterías de policiaco, se caracteriza  por su preferencia por los crímenes en apariencia imposibles de resolver,  las situaciones extrañas y las resoluciones  enrevesadas donde la máxima de Holmes, sobre  quedarse  con lo que reste, una vez descartada toda solución imposible, se retuerce hasta lo insospechado.  Una forma de tratar el género policiaco que  mantuvo a lo largo de los casi treinta años de su carrera literaria, y de la que este Testamento de Basil Crookes es una de las primeras obras. 



Esta, escrita en 1930, recurre a un escenario  del país que inventó  un subgénero policiaco propio:  una aldea en la costa británica, aislado y  rodeado de bosque y pueblos pequeños, donde la sensación de inmovilidad  supone que un asesinato  sacuda a toda  la comunidad donde los personajes residen.  Este evolucionaría con los años al cozy crime (el equivalente literario de hacernos bolita bajo una manta y esperar a que todo pase de una vez),  pero  que en manos de Véry toma un matiz casi irreal, donde los personajes, más que peculiares, son extraños, sus decisiones  más anodinas pueden conducir a  la complicación del misterio  y donde ese detective protagonista con sus deducciones y conocimientos  surgidos de la nada, es tanto o más sospechoso que el resto.

Este escenario, lejos de los entornos rurales y urbanos de la Francia  natal de Véry, recuerda hoy por su extrañeza a esa Inglaterra deliberadamente irreal  y  de decorados que acompañaba los guiones de John Steed y Emma Peel en Los Vengadores: sabemos que  la solución va a ser tan simple como enrevesado va a ser el camino hasta ella. Un recurso habitual  en el autor, ( y que, o te gusta este tipo de misterio surrealista, o lo odias), en el que  esa complicación artificiosa para llegar a un desenlace solucionado a base de deducciones  razonadas en el último momento responde, seguramente, a la necesidad  de  mantener al lector en vilo en una lectura muy sencilla, de la de kiosko,  pero que también utilizará a  menudo, y superaría con creces a Pierre Véry,  Jean Ray en sus novelitas de Harry Dickson: lo que importa en este caso no es  la complicada trama ni  la lectura psicológica de los personajes, sino ese microcosmos que el autor desarrolla, donde el crimen más extraño y la solución  más inesperada, pueden ser posibles. 



A. M. Shine. Los vigilantes. Cuando una noche Mina conduce su coche, una avería lo detiene en medio de  algún lugar perdido  de Irlanda. esta, sin más orientación que  una luz que brilla entre los árboles,  se dirige hacia una construcción donde  tres figuras la apremian  para entrar en su refugio poco antes de que este sea asediado por unas  criaturas de aspecto humano  que parecen, en todo momento, mantenerse alejadas de la luz que cada anochecer, se enciende en el interior de ese bunker convertido en hogar y prisión de sus habitantes. Esa será  la primera de muchas noches en las que Mina, Danny, Ciara y Madeleine, quien ha tomado el mando del lugar, se refugian de unos series  que  se ocultan bajo tierra durante el día  e incansablemente, cada oscurecer, atacan esa extraña construcción, en medio del bosque,  que oculta  las respuesta a lo que sucede. Una respuesta que  Mina y sus compañeros deberán encontrar  antes de que el hambre, o el cristal que los separa de sus perseguidores,  ceda y acabe con ellos. 

Con este punto de partida Shine  presenta  en su primera novela una historia de terror con elementos tan simples como un escenario fuera de lugar, el enigma que lo rodea, y la supervivencia de sus protagonista en  peligro  por fuerzas desconocidas La novela,  aprovecha su brevedad (no llega a novela corta pero es escasa para los estándares actuales) para  establecer  la rutina de sus protagonistas,  haciendo avanzar el tiempo de forma que esta no se haga tediosa, y reflejando así otra de las amenazas que  supone un problema a largo plazo: sin  medios para sobrevivir al invierno en Irlanda,  ni conocimientos para cazar o conseguir agua, la desnutrición se convierte en un factor  tan peligroso como la progresiva  fragilidad del refugio. Este se mantendrá el tiempo necesario  de la trama para que puedan descubrir el origen de lo que sucede y llegar, al menos,  los que puedan, a un desenlace que no solo supone la salvación y relativa seguridad, sino la  puerta abierta a una  continuación que de momento no ha sido publicada en España. 

Estos vigilantes no es una novela demasiado compleja:  aprovechando el golpe inicial del misterio planteado, y recurriendo a la  tradición de las criaturas feericas en Irlanda (de las chungas, de las de preguntarse "¿pero donde estaban cuando Oliver Cromwell hacía de las suyas?"), desarrolla una narración  que adecua bien los tiempos: no se explaya en las partes más monótonas,  mantendrá un ritmo acelerado en la última parte, y se centra lo necesario en su epílogo.  La sencillez de la idea,  además del número limitado de personajes, hace que recuerde mucho a las producciones de terror británicas de principios del 2000,  desde El bunker, Deathwatch o Dog Soldiers que narraban historias un poco claustrofobicas, la acción estaba dosificada  e iban al grano. Algo que no se si habrá conseguido Shyamalan en su adaptación cinematográfica, pero al menos, esta  novela ha sido lo bastante interesante  como para continuar leyendo su segunda parte. 

jueves, 25 de agosto de 2022

Lecturas de la semana. Había una vez un circo

 


Será que están las fiestas locales y todas las calles cortadas con atracciones de feria, o porque hace poco me he leído un par de novelas sobre ferias ambulantes. Pero hoy la cosa viene circense. Más que circense, sobre atracciones itinerantes, aquellos espectáculos en los que lo diferente era expuesto como un fenómeno, o directamente, magnificado como uno, y donde toda aquella cultura ajena y móvil se configuraba como un mundo que transcurría de forma paralela a la vida ordinaria de sus visitantes. En ambos casos, los dos libros transcurren en una época tan necesitada de aire fresco como lo fue la Gran Depresión, y el enfoque de ambas es una visión acida de las personas. Aunque el desarrollo de cada una es muy distinto.


Charles G. Finney. El circo del Doctor Lao. En la pequeña localidad de Abalone, Texas, se anuncia la llegada de un circo ambulante. Este, presentado por el enigmático Doctor Lao, promete  mostrar prodigios como sirenas, medusas, un fauno, e incluso un perro verde (que, aunque hoy todo lo somos un poco, no se refiere a lo raro, sino a un fenómeno botánico). Y tambi-en la presencia del mago Apolonio de Tiana , capaz de resucitar a los muertos, y de un espectáculo solo para adultos, donde se mostrarán las ceremonias más salvajes del corazón de África. Pero solo con intención didáctica, obviamente. Los habitantes de Abalone acudirán al espectáculo. Una maestra de escuela, una solterona, un empleado de banca aquejado por todo tipo de achaques, un periodista, familias numerosa e incluso un par de  miembros de la Yvy League que no están dispuestos a perderse el espectáculo didáctico. Todo ellos se enfrentan a lo maravilloso con distintas actitudes. Desde el encuentro con un fauo salvaje, una  entrevista con una serpiente  marina de tiempos prehistóricos, o tener la oportunidad de ser resucitado por un mago, y tras un breve agradecimiento, salir disparado a atender asuntos urgentes.

El libro, más que una novela con un hilo narrativo, de una colección de situaciones en las que lo fantástico es puesto frente a las actitudes más anodina, que pueden ir desde  comentarios pedantes hasta contemplarlo todo con inocencia. No hay un nexo más allá de la presentación de cada una de las quimeras del circo y la reacción de quienes lo ven. Ninguna conclusión, ni resultado o lección moral, más allá de lo anecdótico y de una observación irónica de ese público que deambula por las pistas del espectáculo llevando la contraria al doctor Lao o sin tener claro, como sucede a menudo, si lo que hay en una de las jaulas es un oso o un ruso.

Este, tras la presentación del espectáculo que pone final a la historia, termina sin más explicaciones con un anexo donde se describe a modo de bestiario todas las criaturas que forman parte del circo…pero también de los habitantes de Abalone que han acudido a visitarla, y en cierto modo, forman parte de otro circo más grande, pero quizá más aburrido.


William Lindsay Gresham. El callejón de las almas perdidas. El argumento de esta novela resultará familiar, por la película de 1947 o la versión de Guillermo del Toro: un hombre se incorpora a una feria ambulante, en los peores años de la Depresión, como chico par todo. En una época en la que lo grotesco, los números con bailarinas ligeras de ropa, e incluso un hombre devorando una gallina viva son espectáculos tan aplaudidos por el público como criticados por las autoridades morales, Stanton Carlisle, sin más habilidades que su ambición , irá sustituyendo sus pequeños trabajos en la feria por el número que Zeena y Peter, la adivina y el mago que han conocido tiempos mejores durante los años del vodevil, deslumbraba al público mediante un ingenioso truco de mentalismo. Con Molly, una de las artistas de la feria como amante y asistente, Stan cambia la pista de serrín por los escenarios, haciendo suyo el espectáculo de mentalismo, pero a la vez, cayendo presa de  la codicia: es muy fácil obtener más beneficios cuando se hace que creer al público que ese número es una conexión con el más allá, aunque ello suponga improvisar una nueva identidad como reverendo, estafar a los más afligidos, e incluso aliarse con una psiquiatra poco escrupulosa que le proporcionará al cliente que podrá hacerlo rico, su juega bien sus cartas.

La novela de Gresham constituye la historia de todo un villano:  un personaje abiertamente amoral cuyo objetivo en la vida es obtener la mayor fortuna posible, sin importar a quien se lleva por delante. Amigos, amantes o víctimas de su engaño. El estilo es mucho más realista y sórdido que la visión planteada por Guillermo del toro, en la que se dotaba de cierto sense of wonder al mundo del carnaval  itinerante que aquí hace realmente justicia  a las almas perdidas del título.
 
El Stan Carlisle de Gresham es desde su primer momento, un personaje ambicioso, sin una sola cualidad que lo redima y movido por el deseo de progresar pese a todo. No hace falta inventarle  un crimen con el que cargar a sus espaldas, ni un magnate irredimible al que engañar arriesgando todo, porque  la codicia más simple es suficiente para que alguien sea capaz de dar ese paso del que no es posible recular.

El estilo empleado es muy directo, sin adornos, y muy noir: las cosas se cuentan como son, sin eufemismos, y no hay más lugar para la fantasía que la tramada por su protagonista para obtener lo que quiere. Y donde finalmente, todos sus actos llevan a una consecuencia esperada: la historia empieza y termina con la explicación de cómo una feria ambulante puede conseguir un geek para su espectáculo, y es lo que parece profetizado para su protagonista. Un final, que por otro lado, no tiene ninguna lectura moral, ni siquiera parece satisfactorio: solo es una exposición de cómo, en el mundo, algunas personas ganan y otras pierden. Y Carlisle, en este caso, no ha sido tan astuto como la doctora Ritter.

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