Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 9 de febrero de 2023

Venus (2022). Aquí no hay quien viva

 


Aunque ya no sea algo moderno, el terror como escenario no se ha quedado limitado a los caserones vacíos y los lugares aislados. Un bloque de edificios, un piso de alquiler o un hotel pueden ser un lugar igual de amenazador, bien por lo que puede encontrarse entre sus cuatro paredes, por la dificultad que supone salir de allí, o porque no sabe quien puede ser el vecino de al lado. La presencia que amenazaba a Verónica en el  piso de su familia, los  infectados que arrasaban el edificio de extrarradio en la horda o  como mencionan siempre los testigos en las crónicas de sucesos: el asesino  era ese señor tan amable que siempre saludaba en la escalera. Este escenario, cercano pero anónimo,  más habitual en el entorno  que una mansión histórica, es el elegido en la  nueva película de Jaume Balaguero que, de entrada, podría definirse como horror cósmico de extrarradio.




Venus es el nombre de un maltrecho edificio de viviendas en Villaverde Sur, en el que Rocío y su hija alba viven, aterrorizadas, los fenómenos que cada noche tienen lugar en su piso. Cuando los crujidos, susurros y pesadillas que la atormentan llegan al punto en que la única opción para  ambas  es marcharse en plena noche, su intento de fuga  es interrumpido por la aparición a la puerta de su hermana Lucía. Esta ,herida mientras intentaba escapar de la discoteca en el que trabaja como bailarina con un alijo de anfetaminas robadas, busca en casa de su herma aun refugio mientras  piensa sus próximos pasos. Pero la desaparición  de Rocío, dejándola sola con una sobrina a la que acaba de conocer, una vecinas que parecen vigilarlas en todo momento, y el dueño del club y sus matones en su búsqueda, hace que su situación se complique. Pronto, comenzará a tener  pesadillas y recibir los regalos que La Sirvienta, la criatura de la que habla su sobrina, trae con cada mal sueño. Mientras, los medios de comunicación informan, desconcertados, del eclipse que un cuerpo celeste surgido de la nada provocará en pocos días.


Esta sería la segunda película de Fear Collection, que había empezado su  producción  con Veneciafrenia, que tuvo críticas bastante dispares. Con Venus plantea una historia que, aunque reconoce haberse inspirado en Los sueños de la casa de la bruja de H. P. Lovecraft, esta  es una aproximación muy libre al relato de H. P. L (sigue gustándome más que  esa reimaginación  cuqui que hicieron para  el Gabinete de Curiosidades de Netflix). Esta es una mezcla entre terror ocultista, paisajes urbanos, violencia y la importancia de la presencia femenina en todo el guion. No solo la protagonista, interpretada por Esther Expósito, que encarna una final girl a distintos niveles, tanto enfrenándose a una banda de matones como a un cónclave de hechiceras, sino en un entorno  en que la presencia masculina es casi inexistente. No hay rastro de la pareja de Rocío o del padre de Alba, ni se mencionan. Los sicarios  al servicio del dueño de la discoteca son un grupo anónimo, empleado únicamente como fuerza bruta, aquellos personajes que tienen alguna relevancia lo son por su carácter violento o traidor…e incluso entres  los residentes en el edificio aparecen únicamente mujeres. Del mismo modo, se refieren a la criatura que habita en el ático como  un ente femenino, y los primigenios de nombre impronunciable son sustituidos por un demonio de similar naturaleza. Los personajes masculinos se ven relegados a lo secundario, como el propietario de la discoteca  y sus empleados o esas enigmáticas figuras  que aparecen como sacerdotes en un ritual.


Se alquila amplio apartamento con vistas al horror cósmico. Se requiere seguro de impago y la presencia de un exorcista


La trama, que comienza con una estruendosa secuencia en una discoteca, desarrolla de forma  paralela una historia de terror en la que  el apartado lovecraftiano viene sugerido por las  menciones al eclipse o el uso de los sueños como vía de comunicación con otros mundos. Por comparación, el “horror cósmico” tiene mucha menos presencia a favor de lo físico: la protagonista comienza sufriendo una herida de arma blanca que se ocupará de limpiar a duras penas, y que sirve como indicio de lo que supondrá su evolución posteriormente las pesadillas, pobladas por insectos y cortes, tienen una cualidad muy vívida, y el desenlace, por un momento, olvida todo componente terrorífico para volverse en una serie de secuencias donde prima el exceso. La  protagonista, renacida y empastillada, dispuesta a hacer lo que sea para salvar a su sobrina de lo que puede hacerle daño. Sea de este mundo o de otro.


Madurar es preferir tener como vecinos a unos nigromantes antes de a unos chavales que hagan botellon por las noches

El entorno en que se mueven los personaje está marcado por una atmósfera anodina, desvencijada, donde  las vecinas de un solitario edificio derivan de lo irritante a lo siniestro y que mantienen la sensación de que el horror puede ser algo que esté al lado. Un horror que convive con momentos esperpénticos que recuerdan a las comunidades de vecinos caricaturizadas en La que se avecina. Pero que también adelanta uno de los problemas de la película: esta, durante la mayor parte del tiempo,  da la impresión de ser  una “mezcla de”, y no una narración con su propia identidad. Una mezcla de La centinela, de La semilla del diablo, de la Suspiria de Luca Guadagnino, de Hereditary. De Aquí no hay quien viva y de Rec Genesis. De todo un poco. Que sorprende, a ratos divierte, tiene interés a nivel visual pero que no se espera de un director  con una carrera a su s espaldas como Balagueró. Podría ser una buena primera película  pero no una buen atrás haber dirigido Rec o Los sin nombre, con la que comparte cierta estética y elementos narrativos, pero  que en todo momento produce la impresión de  haber visto antes  lo que ahora se muestra.




El resultado final de Venus ha sido irregular:   pesa mucho más esa sensación de que todo resulta  familiar, el desenlace cae en un exceso de  explosiones y disparos que distraen mucho de la trama sobrenatural que se está desarrollando al mismo tiempo y que debería ser lo importante en ese momento.. y parece que su andadura por los cines no ha ido todo lo bien que se esperaba. Al menos, lo bastante como para plantearse el futuro o de la Fear Collection. Del que espero que al menos, puedan ofrecer alguna producción más. Estas pueden gustar o no,  ser lo que se esperaba o no, pero de momento, sus dos primeras cintas han dado de que hablar.

jueves, 2 de febrero de 2023

Relatos japoneses de lo macabro. Cuando la animación no hace justicia.

 


Aunque el anime no me haya atraído mucho, hay alguna excepción, como Doctor Slump (la caja rosa de goma en mi mesa lo certifica) los manga de Junji Ito. Historias cortas, donde lo grotesco y el body  horror se dan de la mano, o series como Uzumaki, donde desarrollaba  los temas anteriores para  derivar hacia el terror cósmico. Sus guiones, junto a un dibujo que reflejaba con todo detalle aquellas situaciones pesadillescas y que se alejaban de la habitual línea clara a la que tenía asociada este estilo, fueron haciéndose más conocidos entre el público con el tiempo, aunque este  hubiera quedado  fuera  de las adaptaciones a otros medios. Salvo por las versiones en imagen real de Tomie o Uzumaki, no fue hasta finales de la pasada década cuando se empezaron a trasladar varias de sus historias cortas al anime. Y este último año, Netflix s e ha encargado de traer una nueva serie.




Relatos japoneses de lo macabro es el título en español de Maniac, una antología que  a lo  largo de doce capítulos adapta veinte relatos del autor escritos a lo largo de varias décadas. Sin más  hilo conductor que la voz en off que, al final de cada capítulo, hacen referencia a las situaciones que aparecerán en el siguiente, estos recopilan durante veinte minutos una, o dos historias  breves en su caso que, ante todo, se caracterizan por la alteración de lo cotidiano, la transformación corporal, lo absurdo…pero también el terror cósmico, el humor negro e incluso un par de aproximaciones a lo psicológico, que, por la menor presencia  que tiene, y por s u contenido, son algunos de  los más memorables. Anécdotas de familias disfuncionales  como los hermanos Hikizuri y las maldiciones de Soichi, abren y cierran con bastante  humor una recopilación en la que también aparecerá Tomie, la femme fatale inmortal escrita por Ito, un túnel poblado por espectros, maldiciones ancestrales, pesadillas, apocalipsis tan extraños como los globos que aparecen  de ninguna parte para ahorcar a determinadas personas, una nueva y peligrosa especie fúngica o una enorme criatura de las profundidades marinas que oculta una secreto en su interior.


Todos su relatos, salvo los primeros o los de sus personajes recurrentes, que tienen un tono más ligero, están marcados por una visión del terror muy oscura: ningún personaje que tenga la mala fortuna de aparecer en un capítulo va a sobrevivir o salir cuerdo. Y tratándose de Ito, la primera opción es el final más compasivo al que pueden optar. Aunque su narrativa  está bastante occcidentalizada (hasta el punto en que los Hikizuri parecen una versión libre y menos  elegante de los Addams), muchos elementos de sus historias están marcados por una interpretación de lo sobrenatural muy  tradicional: la imposibilidad de salvarse de lo anómalo, lo ancestral como algo que no debe ser perturbado, bien sea una comunidad de monjes o un antiguo enterramiento, los espectros concebidos como seres implacables que  permanecen en la tierra sin posibilidad de encontrar la paz o esa sensación, que experimentan los personajes, de encontrarse desvalidos ante fuerzas dela naturaleza que pueden barrerlos de un plumazo.


Los monster marca blanca

La transformación corporal también es uno de sus temas recurrentes. Muchos de sus personajes se ven  deformados bien como  castigo por haber roto una regla, por la acción de la naturaleza como en Moho o la Cosa que naufragó, o el puro absurdo, como en el autobús de los helados. Pero esta tendencia a desarrollar la alteración física puede considerarse una de las características de la obra de Ito y algo  que está  muy ligado a su apartado gráfico: las viñetas  de cualquier de sus comics se recrean en lo monstruoso y la pérdida de la humanidad como rasgo físico. Un elemento, muy importante para el éxito de sus comics, que el anime no ha podido captar.




Esta, aunque en cuanto a las caras de los personajes (al menos, en los primeros momentos o en las situaciones normales), resulta correcta, no llega ni de lejos a lo que necesitaría para representar las viñetas más oscuras, donde las paredes cubiertas de moho, los tentáculos de una criatura marina o las distintas capas  de piel que recubren a un ser humano, eran representadas con sumo detalle mediante líneas retorcidas y un miedo a mostrar un espacio vacío que en su versión animada, no existe. Estas se han visto sustituidas por animaciones cgi no muy cuidadas que se utilizan hasta para situaciones tan simples como un vehículo en movimiento y que hacen sospechar que la animación no ha sido en lo que se han gastado el presupuesto. La pobreza de esta llega al punto   en que en uno de los capítulos utilizan un fotograma sacado directamente de una viñeta, y que por lo lejos que queda en cuanto a detalle, parece fuera de lugar. Estos recursos icnográficos, que son algo habitual, parecen aquí bastante limitados y afean el resultado de una serie en la que el aspecto visual es tan , o más importante que lo narrativo.

A los relatos japoneses de lo macabro no les ha salido precisamente bien lo que debería ser lo más destacable de la serie: una animación normal tirando a pobre, diseños estándar que de cuando en cuando intentan imitar al original y fotogramas que apenas reflejan  las situaciones gráficas  de su equivalente en papel. Y que hace que la serie desluzca  aun cuando muchas de las historias  sean realmente buenas, y una prueba de ello es que La abusona es tan inquietante como su original. Hoy es difícil saber  si esta serie sobrevivirá más de una temporada, pero  además de servir para dar a conocer algunas de las historias más populares de Ito, es también un aviso para la posible adaptación de Uzumaki de la que se venía hablando hace algún tiempo: las espirales, o se dibujan bien, o mejor no intentarlo.

jueves, 26 de enero de 2023

Lecturas de la semana. Selección de horrores

 



Esta semana, con lo de terminar algunos libros que había ido comprando a lo largo del año (las librerías de segunda mano son como el Ikea o la droga: es difícil salir de ellas), acabé y empecé el año con dos antologías que compartían colección, editor...y una tendencia hacia los fotomontajes horribles. bajo el título Selección horror, Bruguera publica una serie de colecciones de relatos tirando a breves, no más de doscientas páginas con aquel papel de estraza indestructible que caracterizaba a los LIbro Amigo, y en su mayoría recopilada por Kurt Singer, o en alguno de los números, por Forrest J. Ackerman. En el caso de estos dos, ambas de Singer, no tienen en cómún más que su editor, y como mucho, cierta temática en cada tomo, manteniéndose estos muy variados. 



Horror 8. Bajo el título de Kurt Singer Ghost Omnibus, se incluyen siete relatos de los que solo hay fantasmas en la mitad de ellos: comienza con El guardián de la llave, de August Derleth, uno de los capítulos de El rastro de Cthulhu, y termina con La máscara  de Robert W Chambers, uno de los pocos cuentos  conocidos del autor que no está relacionado con El rey Amarillo. El resto de la selección se corresponde con un cuento de Bloch, ligeramente relacionado con los Mitos de Cthulhu (en este caso, los ghouls), dos relatos de fantasmas que desconocía, un texto de Jospeh  Conrad y La caja oblonga de POe, quizá para llegar al número mínimo de página y porque POe siempre puede cubrir un hueco en cualquier seleccion terrorífica. 


Al resultado, hoy estando más acostumbrada a unas colecciones  orientadas hacia lo temático, hay que reconocerle que es una lectura muy divertida. Hacia años que no había vuelto a releer a Derleth (es de esas cosas que se quedan en la adolescencia, y bien escondidas), siendo lo mas parecido a una partida novelada de La llamada de Cthulhu. Y a una un poco tópica, hay que reconocerlo, pero con su punto de placer culpable. Bloch tiene  un regusto a comic d ela EC  de los más divertidos, los relato de Lawler  Mildred Johnson narran venganzas sobrenaturales que nos recuerdan que la codicia nunca queda impune, al menos si hay un espectro implicado, y el relato de Conrad, pese a ser abiertamente realista, cuenta con una cualidad macabra como solo pueden tenerlo esas historias en las que se reflejan lugares poco conocidos y la parte más oscura de los humanos. 



Horror 4. Kurt Singer repite como editor esta vez con unos cuentos en los que  es más fácil encontrar algo en común: el pulp. desde las civilizaciones perdidas en las profundidad de la selva de Hamilton,  los no muertos ocultos en el medio oeste de Greye la Spina, los zombies pioneros de Hyatt Verryll, una canción que embruja una emisora de radio hasta una aventura de Jules de Grandin, donde los cultos asesinos de la India amenazan  las calles de Occidente, en el libro, como podía haber pasado en un número de Astounding Stories, hay de todo. si el relato de Hamilton es el más típico, con ese explorador convertido a gran salvador blanco en medio de una lukcha de series extradimensionales, Greye la Spina es de esas escritoras de las que una se pregunta por qué no la están recuperando , como pasó con C. L. Moore. El relato de Calder, con esa maldición transmitida a través de la ondas de radio, se adelanta varias décadas a la sugerida en Ringu, y La plaga de a muerte viviente es un clásico del género zombie sorprendentemente moderno, y con un punto gore que no desentonaría en ninguna de las entregas de Re Animator (aunque  el mad doctor ya podía parar de experimentar con gatos y conejitos ¿es que en esa isla no había promotores inmobiliarios a los que trocear?). 

la historia que cierra la colección, un caso de Jules de Grandin, además de ser una buena conclusión, me recuerda una vez más mi tarea pendiente de leer algo más de Seabury Quinn y por qué el pulp es un género capaz de despertar esa curiosa nostalgia de lo que el lector no ha vivido: de cuando el mundo  era un lugar peligroso, pero lleno de cosas por descubrir, y la ciencia servía para imaginar lo imposible. 

jueves, 19 de enero de 2023

Willow (2022). No es serie para viejos


Cuando en 2020 Disney lanzó su plataforma de streaming, tenía a su favor el contar con los derechos de dos de las licencias de entretenimiento más populares (bueno, y el que todos estuvieran metidos en casa sin más que hacer que hornear bizcochos y ver la tele). Tres años más tarde, mientras continúan sacando rentabilidad a Marvel y Star Wars, amplían la oferta, quizá tirando de la nostalgia, y estrenan una serie que continuaba lo narrado en una película de Ron Howard, no tan exitosa e en su momento pero que con el tiempo se convertiría en parte de la memoria colectiva de los niños de los ochenta. La historia de cómo Willow, el aprendiz de hechicero que, junto a un ladrón ambicioso, pero de buen corazón, conseguían salvar el reino y al bebé que, según la profecía, provocaría la caída de la reina bruja Bavmorda, volvía, treinta y cuatro años después, para contar qué había sido de Willow Ufgood, de Madmartigan y Sorsha, quienes habían asumido el papel de reyes de Tir Asleen y padres adoptivos de Elora Danan. Y, sobre todo, cuál sería el futuro de una niña cuyo destino estaba marcado por la magia.

Han pasado más de 15 años   desde entonces. Tir Asleen vive en un periodo de paz, si bien aislado de otros reinos, pero el tiempo ha cambiado muchas cosas: Sorsha, la que fuera hija de la reina Bavmorda, gobierna sola en ausencia de su esposo, desaparecido hace años.  Sus hijos, los mellizos Kit y Airk, son unos jóvenes cuyo comportamiento le provoca más de un quebradero de cabeza. Y Elora Danan, la niña de la profecía, ha desaparecido sin que nadie sepa nada más allá de su posible regreso. Pero la paz se ve alterado cuando, la noche en la que debe acordarse el matrimonio entre Kit y el príncipe Graydon, unas criaturas monstruosas irrumpen en el castillo secuestrando al príncipe Airk. Sorsha decide enviar en su búsqueda a un grupo formado por su hija, Jade, una joven espadachina, Graydon, el cazador de tesoros Boorman, que asegura haber conocido a Madmartigan y, sin que estos lo sepan al comienzo de su viaje, junto a Broomhilda, una moza de cocinas que se ha propuesto rescatar al príncipe. Aunque, como les descubre Willow, poco después de pedir su ayuda, esta joven puede no ser quien ellos creen.



Teniendo el soporte de una plataforma como Disney, no es ninguna sorpresa que el apartado técnico cumpla de sobra. Tampoco es difícil reproducir o superar los efectos que Willow, mezclando los tradicionales  con los inicios de la infografía, había logrado en el ochenta y ocho. Además supone la vuelta de los protagonistas originales, por lo que el público  se encontrará de nuevo con el personaje de Warwick Davis, ahora convertido en Hechicero, y Joanne Whelley, quien había interpretado a Sorsha, descubriendo qué ha sido de ellos tras su primera aventura…aunque por motivos obvios, no ha  habido en esta temporada rastro de Madmartigan sino es como referencia a su desaparición hace años. El cambio  de década que trae consigo la historia supone también la a parición de personajes nuevos que  serán los protagonistas junto a un Elora Danan ya convertida en adolescente. Pero también su pone que la serie no haya resultado lo que se esperaba de ella.


En este caso, el mayor cambio, más que los personajes principales y el hacer pasar a Willow a un papel secundario, es el tono de la serie. Esta  es un producto abiertamente juvenil, que incorpora una gran cantidad  de clichés del género Young adult y que lo convierte en un producto muy de nicho, orientado  en su totalidad a un público menor de veinticinco y apelando a este  con un lenguaje audiovisual y recursos propios de su generación , pero que lo aísla de otros espectadores potenciales. Sobre todo, los que fueran  su público en el momento del estreno. No se trata en este caso de haberles arrebatado su película sino que  la serie parece excluirlos: el Willow original  era una producción  para todos los públicos, y como tal, su historia podía ser disfrutada tanto por niños como por jóvenes o adultos. La serie opta por utilizar un estilo tan específico que lo aleja de cualquier otro grupo, pero que poco o nada  tiene que ver con el material que continúa.


Este ha sido quizá el principal error: Willow era una cinta de fantasía, que se valía de las convenciones de este género para funcionar. La serie del mismo nombre parece querer reírse de estas normas, ser más autoconsciente y moderna, haciendo que todo el rato, incluso  en los momentos menos adecuados, los personajes se  comporten como si se dieran cuenta de estar en un escenario fantástico que no se toman en serio. La aparición de cualquier monstruo se trata como broma, las batallas se vuelven situaciones  secundarias durante las discusiones de unos personajes que en todo momento representan  el cliché de adolescentes egocéntricos, e incluso la banda sonora convive con piezas de pop que, además de no tener nada que ver con el estilo del escenario, recuerdan más a una de esas listas de reproducción tituladas “canciones para sentirse como un villano poderoso” que a una melodía que reflejara el dramatismo o lo épico de una situación.

General Kael, baja y llévatelo

El tono juvenil, un tanto forzado, y esa tendencia a desdramatizar cualquier situación, viene acompañado por unos diálogos que, en la versión original, no desentonarían en una cafetería pero sí lo hacen en un reino imaginario: el abuso de las coletilla “like”, “guys”, “whatever” en cada conversación (si me hubiera tomado un chupito por cada vez que alguien dice “uhm..like..”, habría escrito esto con una resaca monumental) solo parecen adecuados para  el tipo de protagonistas que han utilizado:  adolescentes que se consideran incomprendidos, más listos que nadie, y que  ven a los adultos como poco más que idiotas o vejestorios gruñones, como es el papel de los que secundarios que los acompañan. Boorman, el guerrero que por cuya caracterización  parece ser el sustituto de Madmartigan, es poco más que un chiste con patas, una especie de alivio cómico llevado al extremo incapaz de transmitir algo más que  vergüenza ajena  por cada bravata que el actor que lo interpreta se ve obligado a declamar. Willow, lejos de ser el hechicero  en que se había convertido hace años, se dedica a mangonear a una Elora Danan que poco tiene que ver  con la heroína en que debería haberse convertido (y cuyo  trasfondo, donde sus padres adoptivos la ocultan como cocinera del castillo para protegerla, resulta bastante incoherente respecto del desenlace de la película). Un supuesto viaje de la heroína que tiene tan poco desarrollo como sus acompañantes, que no hacen más que enfurruñarse y creerse más listos que el resto. Es una suerte que la trama opte por desarrollar una historia y un enemigo nuevo, porque si la reina Bavmorda viera a los nietos que le han salido, se estaría revolviendo en su tumba.




Aunque el episodio final se asegura una posible continuación, Willow ha resultado  una serie decepcionante y confusa. La historia, una trama de fantasía que en el mejor de los casos podría considerarse correcta, no tiene nada que ver en cuanto atmósfera y  diálogos con la original. La decisión de utilizar clichés actuales es cuando menos, extraña: a los que conocieron  la película siendo niños, los confundirá y les producirá rechazo. Los jóvenes que se acerquen a la serie, de  poco les sonarán esos personajes que usan tangencialmente. Lo que pretendían con estos ocho episodios queda tan poco claro  como las leñadoras que, sin saber como, aparecen en el capítulo tres, o como esas referencias los Mitos de Cthulhu que de cuando en cuando, van  remezclando la mitología que intentan desarrollar.

lunes, 9 de enero de 2023

14º Aniversario de Barrilete. Qué pasara, qué misterio habrá, puede ser otro año

 

La sobrepoblación, explicada con gaticos

Hoy cumplimos catorce años. Una entrada que desde hace un par de temporadas ya, escribo pensando “ay dios, a ver con que nos encontramos esta vez”. Una pandemia, una crisis de suministros, escasez de papel, un conato de guerra nuclear y una recesión económica. La maldición dice “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Yo me limito a decir que estos locos años veinte están siendo conflictivos a la par que cutres.


Soy el de delante, pero sin bigote

No han habido demasiados cambios. Lo que , a la vista de lo anterior, es una suerte. La mía es, como decía Brindavoine, la apasionante vida del chupatintas, y lo mas llamativo ha sido que a la afición de Narnia por tirar libros se le une la de su hermana A´Tuin a subirse encima de mis hombros como si fuera un loro pirata.

He leído mucho, visto mucho cine y algo más que el anterior, en pantalla grande, alguna serie y aunque pocos comics, cosa que, gracias a los últimos Reyes Magos, seguramente se solucione dentro de poco.




Los libros de 2022 han sido los de la casa interminable de Piranesi, habitada por el y esa familia de albatros que planea sobre un mar lleno de estatuas destruida. Del Ikea (perdón, Orsk) embrujado descrito por Grady Hendrix, del mundo de entreguerra que, entre lo terrorífico y el humor negro narra Ewers en La araña y otros cuentos (también conocidos como “los años veinte menos malos”). Pero también los de la saga de Le Commandeur y el final de los doce libros de Nightside, que había empezado ya hacía seis años, a ratos muertos. A ver si hago alguna reseña si consigo dejar la vergüenza ajena que provocan esos libritos de lado.



Madurar es pa la fruta

Empecé 2022 con Day of the Dead, otro intento de Syfy de hacer una serie de zombies, actualmente sin noticias de renovación y aunque aunque no llega a al nivel de locura de Z Nation, el punto humorístico y de serie B se le acerca mucho. No le ha ido tan bien a Residen Evil, otra de las cancelaciones de Netflix pero que, en este caso, esta versión del videojuego mitad young adult, mitad futurista, nadie echará de menos. Los fines de semana han sido para ir viendo en algún momento Seinfield, Las chicas de oro ( después de verla de niña hace muchos años junto a la abuela, hoy al menos pillo los chistes) e incluso Gárgolas. Estas han envejecido más que bien, aunque Betty White fuera, junto con Angela Lansbury, uno de los obituarios del año que termina.




No se si se podría considerar comic, o más bien, libro ilustrado, a las reediciones de la Biblioteca de lo desconocido que Diabolo ha sacado, en concreto, los dos primeros números. Pero si puedo decir que fue una sorpresa el reencontrarme con mi época de cazadora de fantasmas preescolar.




Y el cine. Porque ha habido cine a montones y muy variado. Bueno, variado en años, porque si no hay algo dando sustos, es difícil que lo viera salvo que tuviera su punto extraño (el dia que suba una entrada sobre una comedia romántica, llamad a la guardia civil, he sido secuestrada). Ha habido clásicos de los cuarenta, spaguetti western con Franco Nero arrastrando un ataud por el desierto, algún blockbuster, algo de marvel, ya muy poco, los ochenta no han faltado y el grano setentero va abriéndose camino en la tele. También el fantástico español. Desde la torpeza de los profundos gallegos de la Fantastic Factory hasta éxitos exportables como Rec, las ancianas malvadas de La abuela, los trece exorcismos o los venecianos cabreados de Alex de la Iglesia. Porque aunque no lo reconozcamos, todos hemos sido turistas.


Ha sido un año más, por suerte, ni mejor ni peor que los anteriores. Los virus evolucionan más que un pokemon, la inflación sube, nos amenazan con una guerra nuclear que se eterniza y el cambio climático es una realidad. Nos hemos acostumbrado a una permanente sensación de que todo va mal. Pero, una vez más, Billy Joel ya lo dijo: We didn´t start the fire.  

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