No recordamos todo lo que ha pasado, ni todo lo que recordamos ha sucedido realmente. Esa poca fiabilidad de la memoria que se pone de manifiesto a la hora de sacar a colación anécdotas embarazosas, que a cada uno le vienen a la cabeza de funa forma distinta, no es un tema ajeno al fantástico y sobre todo al terror. Pero también la memoria, los recuerdos confusos de la primera infancia, especialmente en una generación ya familiarizada con la televisión, se convirtió en una fuente de inspiración para narrar historia de terror en formatos nuevos. El creepypasta era el medio perfecto para relatar historia de programas de televisión olvidados, donde había algo extraño, el terror analógico recuperaría la imagen propia de las cintas magnéticas, quemada hasta la extenuación, como una estética de ese pasado poco fiable y en el que se cuela algo extraño…y que ha pasado a convertirse también en el símbolo de una época, de una forma distinta de filmar, como lo fue el grano setentero. Estos recursos, ajenos al largometraje, serían reclamados por este medio en busca de una forma de adaptar ideas nuevas a uno más tradicional. Unas veces no funciona (vamos a olvidarnos de las versiones de Slenderman o el juego del ascensor), otras veces si (¡la que nos viene encima tras el éxito de las Backrooms!) y sin tener que convertirse en un éxito mayoritario ni recurrir a la narración tradicional, en alguna ocasión consiguen recrear, sin excesos, ese punto de extrañeza entre los miedos infantiles, la memoria como elemento no fiable, y la estética analógica que se ha convertido en un vestigio del pasado.
La película dirigida por Aidan leary se inspira directamente en la estética del terror analógico y los rasgos comunes de la mayoría de programas infantiles de los setenta y ochenta para desarrollar una historia claustrofóbica, que transcurre únicamente en esos dos escenarios, las dos partes de ese plató del que nunca se ven los entresijos y con un único protagonista visible, Michael Gillio como James, que lleva él solo el peso de la historia al ser la única cara humana en todo el metraje, alternando este su papel de presentador, casi inquietante en la inexpresividad y serenidad de su comportamiento, y e en de una persona aterrorizada cuyo mundo ficticio se desmorona. Su contrapartida, o antagonista es Mono, un disfraz o marioneta a la que pone voz Frank Cesario. Su primera aparición, dotada de unas manos humanas femeninas de uñas sucias parecen anunciar que algo no va bien en ese entorno, siendo la contrapartida entre el escenario del programa infantil y la pesadilla en la que deriva.
Este uso de las marionetas como material de miedos y clara referencia los programas que por algún motivo, provocaban terror en su público, se consolida con la aparición de Huron, un disfraz de cuerpo entero de dientes grotescamente humanos y que anuncia ese punto de inflexión que tendrá lugar hacia la media hora de metraje. Es precisamente este “sentido de la pesadilla” de los programas infantiles semi olvidados en el que se mantiene en todo el largometraje. Este se desarrolla íntegramente como si fuera ese programa en el que el protagonista está atrapado, sin que en ningún momento haya una ruptura con este entorno, averiguando el público la poca información que se sabe a partir de referencias, sus momentos de lucidez y un desenlace en el que este toma consciencia de su situación, pero que en ningún momento aporta más información que el motivo por el que ha quedado atrapado en ese espacio antinatural. Lo que sucede fuera, o después de que este tome consciencia, queda a la imaginación del público, sin dar más de lo que podemos teorizar.
Quizá por esto es por lo que esta funciona tan bien como producción para streaming. A fin de cuentas, la produjo Shudder, pero su nivel de creatividad sobrepasa la de l cualquier film de relleno de Netflix. Es precisamente el verla en formato televisivo 8y en cierto modo, la premisa no desentonaría en una versión moderna de twilight zone) la que, al igual que Late Night with the Devil, le confiere esa sensación de veracidad, de narración que solo podría contarse en se formato y no en la gran pantalla. Esta, sin embargo, resulta irregular en la segunda mitad. Una vez establecido el tono, deciden pasarse al terror más físico con la excusa del paralelismo entre el dolor físico y el emocional, con las marionetas convertidas ya en seres monstruosos y unas cuantas secuencia gore olvidado el tono de terror surrealista que habían mantenido hasta ese momento. Una parte que no desmerece el conjunto de la película, pero resulta un poco disonante en comparación a lo que habían ido construyendo.
Monkey´s Magic Merry go Round es un ejemplo menor, pero efectivo, de como adaptar el terror analógico al medio audiovisual tradicional, antes de que este se vea saturado por la cantidad de películas que se inspiraran en creepypastas que se nos vienen encima. Además de utilizar hábilmente conceptos como la memoria, la fiabilidad de los recuerdos infantiles, o el terror involuntario que muchos programas provocaban, hace también patente el apoyo que esta forma de terror tienen en el pasado, especialmente en un tipo de formato televisivo que ha desaparecido. Los espectadores de 50 y 40 años recordamos ese lenguaje audiovisual y sus códigos (salvo que hayas crecido con La bola de cristal, Planeta Imaginario, cualquier cosa hecha en Europa en los 80 y el Xabarin club, que entonces salías punkarra de serie) pero, ¿Qué es lo que provocará esto mismo a las siguientes generaciones? ¿los youtubers chillones, los brainrot, las frutinovelas? ¿las influencers de moda y skincare? Esas, entre los rellenos faciales y los filtros de Instagram, ya me dan cosa hasta a mí..





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