Los setenta pueden considerarse una de las mejores décadas en cuanto a cine de terror. El final del sueño americano, la ´perdida del temor a mostrar escenas más viscerales, de violencia directa, pero no tan gráficas como las que podrían verse años después pero sí mucho más desasosegantes por su intensidad y ese aspecto sucio provocado por el grano del metraje. Una forma de reflejarlo no solo en cuanto al mar como algo propio de la naturaleza humana sino espiritual: es imposible repasar los setenta sin contar con el diablo, y por extensión, la religión, como trasfondo de varias películas. El exorcista y La profecía siempre serán los primeros títulos que vienen a la cabeza, junto a otros, derivados del éxito de los anteriores. Pero una producción de Michael Winner, ya a finales de los setenta, trataba, quizá de forma no tan brillante como las anteriores, pero con un carácter muy propio, la presencia del diablo.
La centinela comienza con Alison, una joven modelo, que busca apartamento. A pesar de una vida exitosa tanto en lo laboral como en lo personal, esta manifiesta en varias ocasiones la necesidad de un espacio propio. Su carrera y futuro prometedor son en realidad un momento de paz en una vida marcada por dos intentos de suicidio y el escándalo de su relación con un hombre casado cuya mujer fallecería en extrañas circunstancias. En uno d ellos barrios de Nueva York, encuentra un apartamento en un edificio antiguo, donde pronto conocerá a un vecindario un tanto extraño. Desde su llegada, esta empezará a notar que algo sucede, su salud se deteriora e incluso empieza a dudar de su cordura: los hechos de su pasado vuelven a manifestarse en forma de flashbacks vívidos. Y el edificio, antes lleno de gente, aparece ahora vacío.
Michael Winner, responsable de Scorpio, y sobre todo, de El justiciero de la ciudad con Charles Bronson, filma una película de terror en la que su intención era, según él, conseguir que los espectadores se revolvieran en sus asientos. No se si lo lograría pero su Centinela, aún siendo una producción mucho más torpe que no puede compararse a nivel formal con La profecía, consiguió revalorizarse con el tiempo y que muchos des sus defectos se convirtieran en algo que la vuelve en una producción tan visceral como única.
Oportunidad: precioso ático con vistas a la ría de Bilbao
Partiendo de una novel a de Jeffrey Konvitz, la trama acerca de una puerta al infierno, el pecado capital, especialmente el suicidio y la redención, mostrada como algo retorcido y manejado por la iglesia a su favor. La película busca reflejar estos elementos de una manera muy directa, pero se lleva a cabo de forma bastante torpe. Las primeras secuencias, con el flashback de la protagonista, muestran ya una grotesca escena de desnudo y comida (es curioso que para reflejar ese infierno recurran ante todo a la gula y la lujuria) que servirán para caracterizar de esa forma demasiado obvia, el carácter de la protagonista y como marca su vida posterior. Del resto de personajes se recurre a soltar de forma brusca este pasado, como añadido rápido al trasfondo necesario para perfilar la historia. Así, la policía parece aparecer únicamente para mencionar la acusación de asesinato que recae sobre el novio de la protagonista y para revelar en un momento determinado, el secreto de los inquilinos del edificio. Una trama que se desarrolla así, a golpes de revelación rápida donde se coordinan rápidamente el trasfondo de trauma, lo sobrenatural e incluso la actuación de una rama secreta de la iglesia, un elemento al que años después se recurriría muchas veces cuando los guiones buscaban ese punto entre la conspiración y la idea de elegir el menor entre dos males.
Esta trama, por lo simple, lo rápido de su ejecución y por ir al grano, especialmente en cuanto a escenas de impacto, es lo que hace que sorprendentemente funcione. Una simpleza y determinación unidas a un tono atmosférico, una fotografía típica de los setenta y el contraste entre las secuencias de glamour neoyorkino un tanto vacío, con las más grotescas, de terror físico en ese lugar entre ambos mundos que es el edificio donde se desarrolla la historia. Donde no solo recurren a planos contrapicados, expresiones deformadas y el uso del desnudo como elemento repulsivo, sino también a algo tan drástico como la contratación de figurantes con deformidades reales, muy similar al Freaks de Browning y que hace que la secuencia final, con los condenados acosando a la protagonista, resulte e una representación del más allá más mundana, real y aterradora que cualquier evocación del infierno realizada con medios digitales.
Hay colas para alquilar este piso, es un chollo
Es este tono de la película, entre lo directo, lo torpe y lo onírico, lo que hace que lo que solo pretendía ser shock, tenga un mayor valor narrativo. Pero también, el reparto de secundarios. Si Christina Raines cumple con una interpretación neutra y correcta, sin estridencias (además de a portar un aspecto físico donde su papel de modelo resulta creíble, y lejos de la artificiosidad de los cánones de belleza actuales), en la película, como sucedía en otras producciones de los setenta, aparecen actores clásicos ya semirretirados en papeles menores donde aportan cierto atractivo crepuscular. En este caso, desde Ava Gardner como agente inmobiliaria, John Carradine hasta caras recientes como Chris Sarandon y primeros papeles muy breves, de quienes serían famosos más tarde: Jeff Goldblum o Christopher Walken aparecen junto a Burgess Meredith, nuestro Pingüino del primer Batman, uno de los propietarios de la mansión de Burnt Offerings y ahora, como uno de los inquilinos, ese anciano estrafalario, adorable e inquietante a partes iguales capaz de ofrecer una enloquecida fiesta de cumpleaños a su gata o una posibilidad de liberación a la protagonista, frente a la redención instrumentalizada a su favor, que los representantes de la iglesia, esa fuerza contraria, pero ausente durante toda la trama, le ofrecen como último recurso.
La centinela es en comparación a las dos grandes apariciones del Mal en los setenta, una película menor, quizá más torpe, pero brillante en su atmósfera y en la ejecución de la sencillez de su trama. De esas películas que ganan con el tiempo tanto por como este suaviza sus defectos formales como por mostrar una realidad que no ha cambiado tanto: y es que la secuencia de la agente inmobiliaria justificando precios abusivos con la coletilla de “hay cola para alquilar este piso” resulta hoy entre familiar y deprimente. ..
Bueno, y que por mucho que nos adviertan citando a la Divina Comedia y lo de Abandonad toda esperanza, si en el Infierno me dejan estar con mis gatas, que me guarde un sitio Pedro Botero.
El diablo, o más concretamente, la
idea de una posesión, es uno de esos temas a los que no he puesto
demasiada atención dentro del fantástico. El exorcista, por su
condición de clásico, o alguna aproximación en formatos como el
metraje encontrado en The taking of Deborah Logan, o por mencionar
algo más reciente, la versión cinematográfica de la novela de
Grady Hendrix El exorcismo de mi mejor amiga, , son algunas de las
pocas que podría incluir en esta lista de un género donde es
habitual desde hace tiempo plantearse cierta ambigüedad en cuanto a
la idea de una entidad demoniaca controlando un cuerpo ajeno:
después de todo, incluso la iglesia reconoce que gran parte de
estos casos tienen un a explicación racional. Esta situación se
plantea también en la cinta de Jacobo Martinez, donde partiendo de
un caso donde lo religioso parecía superar a la lógica por un
momento, realiza su aportación al tema.
13 exorcismos es, según explicará
más adelante el sacerdote responsable, el número máximo de
rituales que puede soportar un cuerpo poseído por el demonio antes
de desfallecer y perder su alma. También serán a los que se verá
sometida Laura, una joven que tras celebrar con sus amigos un
absurdo ritual espiritista en un caserón abandonado de la ciudad,
comienza a sufrir visiones y ataques físicos. Una sombra parece
perseguirla en todo momento acusándola de impura, agrediéndola
hasta que acaba hospitalizada y ante lo que sus padres desesperados,
acceden a que el sacerdote de la parroquia lleve a cabo el exorcismo
que, según este, es lo único que puede salvar el alma de su hija. O
al menos, esta es solo na de las versiones: la psicóloga del colegio
de Laura conoce su historial psiquiátrico, así como el fanatismo
religioso que impregna su entorno familiar y teme que si esa chica
necesita ayuda, la que le proporcionará su familia solo servirá
para dañarla.
Basada en el último exorcismo
documentado en España, esta se inspira de forma muy libre en lo
sucedido, de forma similar a a como el caso Vallecas sirvió de
origen a Verónica. Hay varias similitudes con la película de Paco
Plaza, algo inevitable teniendo en cuenta el estilo, muy marcado y
también exitoso, de esta, y que también es el adecuado para el
guión de 13 exorcismos: un entorno en el que la protagonista se
encuentra aislada de la gente de su edad, un importante alejamiento
de las figuras paternas, escenarios claustrofóbicos en los que la
vivienda se convierte en un escenario de pasillos interminables, la
aparición de lo sobrenatural irrumpiendo de forma inesperada ,pero
por acción de su protagonista, y la tendencia a describir un entorno
un tanto intemporal, casi buscando que ese 2014 donde transcurre la
película parezca al menos de la década anterior, traicionado esto
unicamente por la necesaria presencia de los smartphones.
Con semejante familia y viviendo en Orense estar poseída por el demonio es la opción menos mala
El guion cuenta con dos partes diferenciadas, donde la primera recuerda a ese estilo y va estableciendo la presencia de lo sobrenatural, y una segunda, que se inspira directamente en el cine de exorcismos más clásico pero también quiere plantear la duda acerca del origen de lo que se muestra. Es a partir de entonces donde se combinan situaciones muy reconocibles del género, como la lucha de voluntades entre el sacerdote interpretado por José Sacristán y la joven, a la que Maria Romanilos dota de una actitud entre perdida y aterrorizada muy acertada y también los lugares comunes más vistosos: una vez iniciado el ritual, la protagonista victima de la posesión descoyunta sus miembros, trepa por una pared, pone voces y lleva a cabo situaciones que si bien podrían esperarse en una película de esta temática, chocan con la trama que quieren desarrollar en esta: jugar con la posibilidad que esto no sea un caso de posesión sino uno de histeria colectiva que la psicóloga del centro educativo intenta detener a toda cosa. Esto, a raiz de lo excesivamente espectacular que se vuelve el exorcismo, se descarta rapidamente. Pero también aporta un matiz más interesante: la ambigüedad moral que supone que los personajes que están haciendo “lo correcto” sean los más negativos. Una madre marcada por la religión y la muerte de uno de sus hijos, un padre superado por la situación que solo puede dejarse llevar y la profesora interpretada por Cristina Castaño, que, aunque más conocida por sus papeles cómicos, la actitud de su personaje resulta bastante perturbador.
Este planteamiento final es la mejor aportación de una película efectiva, pero que se mueve mucho por lugares conocidos del cine de terror español reciente, y al que se le escapan ciertos detalles del guión (como la brutal agresión a un compañero que la protagonista, ya poseida, lleva a cabo sin que nadie hable del tema posteriormente), dando la impresión de querer apresurarse para llegar cuanto antes al tema central.
Una producción que no supone una novedad, pero sí una buena cinta de terror sin depender del factor susto, donde el suspense va ganando terreno al fantástico y juega con la dicotomía entre los actos de sus personajes y su ética (ademas de tener su gracia el que la mitad de los exteriores se grabaran en el barrio donde crecí..aunque eso le quite factor siniestro).