Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 20 de noviembre de 2014

Lecturas de la semana. De aventuras va el tema


Esta vez cambiamos de tercio. Después de unas cuatro semanas dedicando entradas a libros sobre fantasmas, primigenios, investigadores de lo paranormal e incluso a cómo sobrevivir a todos ellos, vuelvo al género de aventuras. Algo que no es muy habitual, excepto cuando se trata de los dos protagonistas de series literarias muy largas, y muy conocidas en Francia y Bélgica.



 Henri Vernes. La griffe de feu. Bob Morane, el ingeniero y antiguo piloto de combate creado por Vernes, ha recorrido medio mundo en solo cuatro aventuras…¡Y lo que le falta! En este caso, el propietario de una concesión minera en África pide su ayuda ante los presuntos sabotajes que su empresa está sufriendo, y que por la proximidad a un volcán, pueden provocar una catástrofe en un pequeño país africano. El héroe deberá utilizar todos sus conocimientos para poder salvar a sus habitantes de una inminente erupción, y a su vez, descubrir quien es el responsable de los sabotajes.
El estilo de Morane es el de las aventuras más clásicas, al menos en los primeros tomos: algunos lugares y situaciones todavía son deudores de la entonces reciente II Guerra Mundial, pero gran parte de los escenarios son tan exóticos, atractivos y relativamente cercanos para sus lectores como selvas perdidas, barcos hundidos en el Mediterráneo, o un país todavía poblado por tribus sin contacto con la civilización. Posteriormente vendría La Sombra Amarilla, el que sería su archienemigo, pero para este todavía quedan unos tomos, por lo que, en la mayoría de los casos, y el de la Griffe de feu también, sus antagonistas son personajes a los que su codicia les convierte directamente en villanos.

En este caso, se nota demasiado la época en la que fue escrito, donde la explotación de determinados recursos naturales se plantea como algo habitual, y donde no faltan los “buenos salvajes” que suelen aparecer en casi todas sus aventuras. Morane también suele ser un héroe de miles de recursos, pero esta vez se lleva al extremo: lo mismo sabe de vulcanología, que de química, que de ingeniería de caminos…¡es increíble lo que da de sí su presentación como “ingeniero”! (aunque sospecho que a día de hoy, incluso tendría problemas para encontrar trabajo en cualquier empresa de Alemania). 

Quizá por el tema y la ambientación ha sido el que menos me ha entretenido de los que he leído, porque esperaba algo más en la línea anterior. Aunque el anexo que incluyen al final, como en cada libro, explicando a la chavalada unos cuantos conceptos de vulcanología, me sigue pareciendo entretenido y entrañable. Y es que en esta edición se tomaban mucho en serio lo de instruir deleitando. 


Jean Ray. Le monstre blanc. Otro de mis favoritos, si no el que más. El detective creado por Ray, quien presumía que entre vaso y vaso de ginebra, era capaz de escribir una aventura por noche (en más de una vez me he preguntado si el alcohol tendría algo que ver con alguna de las descacharrantes situaciones que incluye), empieza sus aventuras visitando el manicomio de Bedlam. Allí, entre locos que se creen Napoleón, se encuentra un hombre que asegura haber visitado el infierno donde todavía permanecen varias personas desaparecidas recientemente. La pista del demente se mezcla con la desaparición de un conocido explorador, unas notas acerca de la existencia de una feroz criatura de pelo blanco, y una veta de oro en los subterráneos de Londres.

Y todo esto, así, sin anestesia ni nada. Porque con un argumento así queda claro que lo que sucede, no va a tener mucha lógica ¿Por qué va un detective a una convención de psiquiatras en un manicomio? Por el mismo motivo por el que una historia sobre exploradores y monstruos subterráneos se mete de por medio: porque sus historias no siguen la norma habitual de detectives. Lo mismo empieza perdido en un pueblecito inglés, que descubre a los últimos seguidores de un dios sumerio. Le monstre blanc no es una excepción, y cada elemento, más enloquecido que el anterior, va apareciendo de la misma forma un poco aleatoria y estrafalaria. Tanto, que al igual que otros personajes de principios de siglo, como Rocambole o Fantômas, o se ama o se odia. Y en el último caso es muchísimo más sencillo ver los defectos de la narración. Pero lo cierto es que en muchas ocasiones estos elementos se han planteado desde un punto de vista humorístico.  De un humor que se adelantó varias décadas al término autorreferencial, y del que años después serían deudor, entre otros, las aventuras de AdèleBlanc-Sec.

lunes, 17 de noviembre de 2014

VHS Viral (2014). Entre video y vídeo, alguno bueno


La franquicia de V/H/S ha funcionado inesperadamente bien: historias muy breves, a menudo con poco sentido y menos personajes, y un planteamiento y estética muy deudor de las leyendas urbanas y el creepypasta. Quizá también ayude que esto implique un presupuesto y realización muy poco costoso, pero el caso es que el convertirse en trilogía demuestra que este sistema sigue dando resultado.



Esta vez han sustituído el número por el título de V/H/S Viral, haciendo referencia a determinados vídeos que se hacen conocidos a través de las redes sociales. La idea sobre un vídeo muy amateur, extraño y a veces absurdo, queda bastante bien con la idea general de estas antologías de relatos, y de hecho el segmento que sirve de hilo conductor a estos está basado directamente en esta idea de sucesos “virales”.





Las películas anteriores se caracterizaban por tener una calidad irregular: algunas partes resultaban redondas y adecuadas a este formato. Otras eran más flojas y alguna, directamente, una tomadura de pelo. La segunda parte, aún con un par de segmentos que andaban entre lo absurdo y lo infumable, era bastante mejor y parecía que había encontrado un equilibrio adecuado. Ahora, manteniendo el mismo formato, la calidad se ha quedado un poco estancada, y el resultado es demasiado parecido a los dos anteriores. O eso, o quizá este formato sucio y un tanto desordenado puede tener tirón solo un par de veces.



Hasta el momento, las tres películas se caracterizan también por contar con una historia arco, que va completamente a su aire, y dos o tres que se van presentando a continuación. La de esta entrega es hasta la fecha la más aleatoria y alejada de cualquier intención de servir de hilo conductor. Simplemente es una explotación del concepto de “video viral”, donde el personaje principal (es un decir), sigue cámara en mano una persecución policial junto a varios chavales que al igual que él, intentan conseguir un vídeo increíble que subir a la red. Cualquier esfuerzo por explicar la sucesión de relatos, que anteriormente se hacía a través de cintas que estos personajes encontraban en algún sitio determinado, desaparece. Simplemente las historias van pasando entre los ratos en los que se ve cómo un montón de gente corre detrás de una furgoneta como pollos sin cabeza. Se nota demasiado la falta de esfuerzo a la hora de darle una intención clara: solo consiste en ofrecer el shock por el shock, con accidentes de tráfico gráficos y personajes que acaban gritando y moqueando mucho por un motivo igual de pillado por los pelos que el punto de partida.



Los dos primeros relatos, en cambio, son de lo que mejor mantiene el nivel de la película: olvidándose un poco de los mareos de la cámara, y especialmente, el de las interferencias y las pantallas rotas (cosa que les encanta), recurren a otros formatos como el del reportaje documental, o una grabación un tanto científica para plantear situaciones más interesantes. La primera, una vuelta de tuerca muy divertida al tema de la magia y los objetos malditos, con un planteamiento muy de película de serie B que la convertía en una narración simple, pero muy divertida, y a lo mejor un poco lastrada por el propio formato y requisitos de la cinta. El mejor corto viene de mano de Nacho Vigalondo, donde se marca una historieta llena de humor negro, experimentos científicos, dimensiones paralelas, satanismo…y zeppelines. Con tanta aglomeración de todo, parecía difícil que el conjunto fuera tan redondo, pero precisamente por ir presentando cada elemento de una forma tan casual y progresiva, hasta sacarle todas las ventajas posibles a las oportunidades, e incluso limitaciones, que supone el presentar un guión así en un espacio de tiempo tan limitado.


Atención a los skaters repartiendo candela al fondo

En otros casos, el truco de recurrir a poner cualquier cosa e intentar salvarlo con todo eso de “eh, es una historia de terror breve, no tiene por qué tener sentido”, les sale lo peor que podía pasar. El segmento con personajes hostiables y sin lógica aparente es habitual en esta franquicia, y esta vez, el componente absurdo lo elevan al máximo. Todo empieza a pasar porque sí. Y por eso un grupo de skaters se va a Mexico a buscar una pista donde poder grabar un vídeo. Y a partir de ahí, el que se les aparezcan un grupo de zombies sectarios, que invoquen a un monstruo de una alcantarilla, y que los personajes acaben a hostia limpia a base de monopatín, es todo en uno. Quizá la intención era ofrecer algo que fuera por el humor surrealista o donde no se cortaran a la hora de ofrecer excesos, pero el resultado es bastante pobre…aunque quizá debería reconocerle, que si la intención era darle un planteamiento más de pesadilla, y no de narración lineal, si que lo han conseguido.


Después de tres películas, V/H/S mantiene un interés variable gracias a la distinta calidad que ofrece cada corto. Y que en muchos de los casos es bastante desigual. Pero si llega a recopilarse una cuarta entrega, no estaría mal que intentaran variar a mejor los guiones de algunos de los segmentos centrales. Porque si vuelvo a encontrarme con un montón de secuencias borrosas y que suceden porque sí entre vídeo y vídeo, no va a sorprenderme gran cosa. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Lecturas de la semana. Con unos cuantos aparecidos.


Con esto de haberlos terminado un poco más tarde de lo que pensaba, la primera semana de noviembre también la he pasado con historias de fantasmas…por decirlo de algún modo. Porque en el primer caso, más que historias serían casos verídicos, según dicen sus autores, y en el segundo, el clásico de noviembre que me faltaba por leer.


Gerald Brittle. The Demonologist: The Extraordinary Career of Ed and Lorraine Warren. A los Warren los volvió a conocer el público a lo grande a partir del año pasado, gracias a The Conjuring, donde se adaptaba uno de sus casos más conocidos. Pero lo cierto es que décadas antes ellos tenían su renombre, sus apariciones en televisión, e incluso una media docena de libros donde relataban sus investigaciones, y especialmente, su visión de lo sobrenatural. Porque lejos del enfoque científico, e incluso de la parapsicología, ellos creían firmemente en la existencia de demonios que podían poseer objetos e incluso atormentar a los habitantes de una casa.

The Demonologist recoge a grandes rasgos parte de la biografía del matrimonio Warren, aunque en detalles muy puntuales, como su matrimonio y sus primeros años antes de dedicarse a la investigación paranormal a tiempo completo. El resto corresponde, además de pequeñas anécdotas sobre determinadas situaciones, a sus casos más importantes: aquí figuran algunos de sus casos más conocidos, como el de Amityville o Annabelle, y otros menores que al igual que los anteriores, suelen pasar por apariciones espectrales y embrujos bastante violentos…bueno, bastante no. Porque como te pille un fantasma o demonio de estos que se encuentran los Warren, te destroza el inmueble.
Lo cierto es que el libro es muy complaciente con sus principales personajes. Al  igual que en The Conjuring, estos siempre se presentan como nobles, desinteresados, sin mácula, profundamente creyentes y respetuosos, pero a la vez un poco desconfiados de otras explicaciones racionales, que son demasiado científicas y descreídas. Pero teniendo en cuenta que ha sido escrito en colaboración con ellos, era de esperar que no fuera nada crítico ni objetivo.

En realidad es una de esas cosas que se lee una vez que se conoce a los Warren, cuando se tiene simpatía por su particular forma de actuar y esos casos suyos donde se encuentran con todo tipo de demonios y fenómenos paranormales, porque se sabe que va a ser una lectura que al menos, va a ser entretenida. Los capítulos dedicados a sus casos famosos son conocidos hasta la saciedad, y en el de Annabelle es tal cual lo que sale en el prólogo de The Conjuring. Pero lo que no me esperaba es que fuera una lectura tan amena y sobre todo, tan correcta. Había leído hace algún tiempo otro volumen suyo, Graveyard, pero exceptuando los momentos de comedia involuntaria y las historietas de segunda y tercera mano que contaban los testigos, era muy flojo. Este, en cambio, cuenta con un recopilador bastante más eficiente. Y para cualquiera que quiera saber algo más de estos dos investigadores, sabiendo muy bien de qué palo va el libro, claro, es de lo más recomendable. 


José Zorrilla. Don Juan Tenorio. Lo prometido es deuda. Hace semana y media me planteaba que el Tenorio era una obra que tenía pendiente. Llegó el 1 de noviembre y pensé “¿y por qué no, si ya me ronda en la cabeza?”
La obra de Zorrilla recoge de nuevo al personaje de Don Juan, unos siglos después de la versión de Tirso de Molina. Es un drama romántico sobre conquista y redención, donde el personaje de Don Juan gana la vida eterna gracias al sacrificio llevado a cabo por el alma de Doña Inés…bueno, poco más hay que decir porque, o bien se ve la obra en algún momento dado, o se acaba leyendo, o incluso es parte del conjunto de lecturas obligatorias en algún plan educativo.

Sin duda la segunda parte, donde el aspecto sobrenatural es el más evidente, es la más interesante (o la que más le picará el gusanillo a los estudiantes aburridos). Las escenas del cementerio, la cena del “convidado de piedra”, y la escena final, con la referencia a las sombras que rodean al personaje, también son las que hacen evidente el enfoque romántico de la obra. Además, aún estando en verso, es una lectura relativamente sencilla, como puede serla El estudiante de Salamanca, y lejos de piezas de teatro que sí pueden hacerse más cuesta arriba.

La principal dificultad viene más bien de estar acostumbrada a la narrativa, porque acabé echando de menos en no verla representada, o al menos, disfrutar de la versión de Estudio Uno, que haberla tenido como lectura. Además, puedo asegurar que, si en lugar de impresa, se lee en versión digital, una maquetación correcta es mucho más importante que en una novela, porque lo contrario puede hacer la lectura bastante confusa.

Y de postre, un vídeo...de teatro. La versión de Estudio Uno que mencionaba antes: 




lunes, 10 de noviembre de 2014

Doctor Who y la llegada de Peter Capaldi



Este sábado terminó la octava temporada de Doctor Who. Octava si contamos la serie desde su vuelta en 2005, claro. Y esta vez es cuando han planteado la mayor cantidad de cambios en la serie: no solo un nuevo doctor, sino una situación completamente nueva donde las claves anteriores, como las Guerras del Tiempo y la desaparición de Gallifrey, su planeta, habían sido resueltas. Por no decir de todo lo relativo a Amy Pond y River Song. En principio, se trata de un doctor renovado que no arrastraría la carga de los conflictos que lo definieron hasta el especial del año anterior…Pero eso no quiere decir que el doctor número Doce vaya a ser un tipo simpático.



El mayor cambio que ha dado la serie, al menos en estas ocho temporadas, es tanto el actor como el carácter de su personaje. Peter Capaldi ha sido el más mayor en interpretarlo desde el 2005, lo que para algunos podía resultar chocante. Igual hay por ahí alguna fangirl despistada quejándose de la decisión, pero este no ha sido ni de lejos el más mayor, teniendo en cuenta a los once anteriores. Y ha sido una buena opción el recordarnos que el Doctor puede ser cualquiera, en cualquier momento, y más teniendo en cuenta que en los últimos años, el incluir algo de flirteo entre el protagonista y sus acompañantes empezaba a ser la norma.

El cambio de generación no ha sido lo único que ha aportado Capaldi. Porque su Doctor es el más abrupto que se ha visto en años. Todavía conserva a veces la actitud un poco marciana de Matt Smith, pero su carácter seco y poco amable recuerda mucho al que William Hartnell presentó en los años sesenta. Eccleston había sido un poco cortante, pero solo a veces. David Tennant fue entrañable de principio a fin y Matt Smith acabó consiguiendo el punto entre su actitud un poco estrafalaria y una ternura bastante auténtica tanto con sus seres queridos como con la humanidad en general. Capaldi, en cambio, recuerda más a un viejo excéntrico, gruñón, y especialista en levantamiento de cejas, cosa que hace durante doce episodios a base de mantener el ceño fruncido en distintas medidas. También se le ha visto ser aparentemente indiferente con lo que pudiera pasarle a la humanidad, desagradable con quienes estuvieran en peligro, y bastante ácido con Clara, su acompañante, con quien acaba construyendo una rutina de respuestas ingeniosas a lo largo de la temporada. Por el momento, ha conseguido que este cambio me pareciera desconcertante: iban ya siete años de unos Doctores con una actitud similar, y aunque tenía muchas ganas de ver al nuevo, este en los primeros episodios me parecía bastante chocante hasta que conseguí acostumbrarme. Pero a partir de situaciones como sus cómicas discusiones con Robin Hood, o el plantear a la humanidad el dilema de destruir o no la Luna, acabó gustándome este giro, en el que si el Doctor salva la humanidad no quiere decir que esta le caiga especialmente bien.



La parte más floja se la ha quedado su acompañante, Clara Oswald. En los últimos años parecía la norma que, además de incluir tensión entre el doctor y amigas, estas tuvieran un secreto clave para cada temporada, y una salida de la serie dramática. Clara fue la que más pagó el pato, porque desde que terminó la trama de la Chica Imposible con la que ayudó a Matt Smith en el especial del 50 aniversario, no quedaba muy claro qué podía hacer. En principio, viajar con el Doctor, viajar con los codos, y tener un par de habilidades aleatorias cada vez que hace falta algo específico. La intención parecía ser plantear que su trabajo como maestra la convertía en una buena psicóloga, y que su habilidad de mentir bien podía salvarla en más de una ocasión, pero esto solo funciona a veces y ahora la Chica imposible se ha quedado en una acompañante bastante estándar: mona, ingeniosa y no va a ser un lastre para el Doctor. Además, lo de ir entremezclando su vida personal con los viajes del doctor tampoco ha funcionado: la aparición de su clase en uno de los episodios constituye uno de los más flojos de la temporada, y demuestra que por algún motivo, los críos no terminan de funcionar en esta serie.

Al menos esta vez ha conseguido librarse de parte del gafe de las anteriores: la salida dramática por siempre jamás. El incluirle una pareja acabó resultando un acierto, tanto por los piques con el Doctor como el incluir una constante para la temporada, que ha sido las referencias a los soldados y a los ejércitos. Además, la despedida final de Clara demuestra que una acompañante no tiene que acabar perdida en una dimensión, ni quedarse sin memoria, para no volver a ver al Doctor jamás. Solo basta una frase que no se pronuncia y un Doctor que, además de ser menos amable que antes, cuenta con una nueva esperanza de encontrar su planeta.



Para el final de temporada han optado por una solución clásica, en este caso, recurrir a enemigos de los de toda la vida. Lo cierto es que tras los finales anteriores era muy difícil rizar el rizo, y ahora no me esperaba volver a ver a The Master o a los Cybermen sembrando el pánico por el mundo. Ni a UNIT, que desde hace un par de años vuelve a ser la organización secreta oficial que conoce al doctor. Una suerte, la verdad. Porque menos en la miniserie de Children of Earth, me parecía que nunca supieron muy bien qué hacer con Torchwood. Comparado con los anteriores, es cierto que se queda un poco en un final de temporada bastante básico, aunque con buenos momentos como las secuencias en el cementerio y los Cybermen un tanto zombies (Steve Moffat es especialista en hacer que el Doctor Who de miedo, y lo demuestra en cuanto puede). Pero en realidad lo más llamativo de este es, tanto la despedida entre el Doctor y Clara como el desenlace, que de no ser por el adelanto de cara al especial de Navidad, perfectamente podría ser un cierre definitivo para la serie.


La octava temporada ha sido un cambio de principio a fin. A lo largo de los doce episodios hubo que amoldarse a un nuevo doctor, irse planteando que Clara tenía que irse sí o sí, y abriendo un nuevo camino de cara a la siguiente, que, pese a ese final un tanto desengañado, sí va a rodarse. Y por lo pronto, me he divertido con ellos como no me había imaginado (bueno, el final me dio algo de bajón). Tanto por las ganas de ver cómo continuará, como por esos primeros episodios en los que me costaba acostumbrarme a Capaldi. Porque parte de la gracia de Doctor Who consistía en el ciclo de irse adaptando a cada nuevo personaje. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Extraños eones. Los Mitos de Cthulhu vistos desde un cementerio.


La literatura hecha en España  no es ajena a los pastiches lovecraftianos. Desde el enfrentamiento entre Sherlock y los primigenios, gracias a Rodolfo Martinez, hasta otras más posmodernas (y bastante fallidas) como El club Lovecraft de Antonio Lázaro. Casi todas ellas cuentan con un elemento en común: la capacidad de los humanos puede, en un momento dado, enfrentarse a unas criaturas que no tienen ningún sentido. Pero, ¿y si esta vez no hubiera investigadores que valga, y todo el mundo fuese ajeno a los intentos de estos por acabar con la tierra? ¿Y si el mundo fuera ya un lugar bastante malo sin tener que ver por ahí bichos con tentáculos?



El escritor Emilio Bueso decidió dar una nueva visión a los Mitos de Cthulhu con su novela. Solo toma como elemento común Egipto, un lugar que muchos aventureros de otros libros visitaron en algún momento dado. Pero el Egipto moderno, donde los planes de desarrollo urbanístico y las políticas de bienestar social se saltan a la torera, y donde un mausoleo abandonado es un lugar tan bueno como cualquier otro para tener un domicilio. Es ahí donde viven los protagonistas: una banda de niños sin hogar, de otros tantos miles que recorren las calles del Cairo viviendo del robo y de la mendicidad, y que no cuentan más que con la comida que pueden conseguir durante el día y el pegamento con el que se colocan durante la noche. Es una de esas noches cuando ven algo que en principio, atribuyen a haber inhalado demasiada cola de carpintero: un mercedes sin motor se aproxima a uno de los mausoleos más antiguos. En él entran un orondo sacerdote negro y dos figuras aparentemente normales…excepto por las trompas que se enroscan en su boca. A partir de entonces, empiezan a pasar cosas raras en el Cairo. Cientos de niños desaparecen de sus calles, como hipnotizados por el sonido de una flauta. Pero la policía no va a preocuparse por unos problemas de menos. Mientras, en España, un hombre descubre que todo lo que ha quedado en herencia de su abuelo es el título de propiedad de un mausoleo en Egipto.

Las ideas principales de esta novela quedan muy claras desde un principio. Primero, la intención de plantear un relato lovecraftiano desde un punto de vista distinto y desde una perspectiva moderna. Pero moderna, en su versión más negra: el Egipto de los faraones se plantea como un decorado para los turistas, que no interesa en absoluto. La verdadera acción se encuentra en el corazón de la ciudad, ese que apenas se conoce por los documentales y que implica una realidad mucho más cruda. De hecho, los protagonistas no llegan a hacer más cosas que seguir con su vida, deambular de un lado a otro, chocarse por puro azar con lo sobrenatural, y darse cuenta de que algo malo está pasando cuando esto les afecta de cerca. En este caso, que varios de sus amigos comiencen a desaparecer. Gran parte de la novela se dedica más bien a describir la crudeza de la vida de estos personajes: Benipé, el cabeza de familia involuntario, y ahora aterrado por su próxima paternidad. Tata, su novia embarazada, y con ellos, un niño que sobrevive prostituyéndose en una casa de baños y el más pequeño, un niño copto perdido cuyos padres no pudieron encontrar. Lo sobrenatural en la mayoría de los casos está muy poco presente, solo en determinadas situaciones donde sí se hace referencia a todas las ideas sobre física extraña que en su día planteó H. P. L. No es hasta el final cuando se hacen más presentes, y estas, de una forma tan cruda como la vida de los protagonistas, y muy extraña.

La otra intención, y que quizá es la que más falla, es la de oponerse completamente a los estereotipos propios del género, que son los investigadores. Y especialmente, a los típicos personajes que, tras heredar papeles varios, acaban luchando aguerridamente contra la amenaza primigenia de turno. En este caso, salen, pero su aparición es tan anecdótica y condenada a sufrir una muerte rápida que se nota enseguida que esta se debe más al humor negro que al avance de la trama. En un principio llegan a funcionar, aunque estos personajes son tan pateables que la parodia dura muy poco y pasan a ser unos secundarios irritantes. La sensación de impotencia y desesperación que deberían haber transmitido no es demasiado amplia.

En cambio, funciona mucho mejor su recreación de los Mitos. Planteados de una forma caótica, ajena a los asuntos humanos, y a la vez con una maldad muy distinta a la que puede verse en la vida cotidiana de los protagonistas. Si en este caso no hay investigadores que valgan, tal y como se han caracterizado, lo único que les ha impedido hacer nada es azar en cualquiera de las actuaciones que llevan a cabo.

Como variación del tema lovecraftiano, Extraños eones ha sido un intento bastante acertado. Es mucho más inquietante y desolador que cualquier pastiche que leí en los últimos años, y su brevedad hace que escape de cualquier tipo de relleno y se centre lo justo en cada uno de los aspectos. Aunque, en algunos casos, la trama realista y cierta intención documental absorbe demasiada atención: tras páginas y páginas describiendo la vida cotidiana de los niños sin techo, llega un punto, hacia la mitad del libro, en que podría haberse sustituido la amenaza de los primigenios por cualquier otra más mundana, y que ese Nyarlatothep encarnado en sacerdote, como en tantas otras novelas, ha llegado ahí de casualidad. 

Este es un blog cat-friendly

Este es un blog cat-friendly
...Por si quedaba alguna duda