Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 26 de septiembre de 2016

31 (2016). Payasos asesinos, motosierras y pantalones de campana



Aunque estén muy alejadas de lo que suele gustarme en el cine, Rob Zombie siempre consigue que acabe viendo alguna de sus películas: o bien seguir las tropelías de la familia Firefly en La casa de los 1000 cadáveres, ponerle pegas al remake de Halloween o desconcertarme con Lords of Salem, algo de maña debe tener para que mantengan el interés unas películas que en otras circunstancias se resumirían en un grupo de gente que grita mucho a otra y la mata de la manera más violenta posible. En todo caso, su estilo muy deudor del cine de terror de los setenta, la violencia grafica, personajes extremos y desagradables, y unos guiones muy sencillos y centrados en muy pocos elementos, se han convertido en características comunes a casi todas sus películas, y de los que en su última producción no falta ninguno.



Especialmente, en lo tocante al guión, porque la historia de 31 no podría ser más sencilla: un grupo de feriantes son secuestrados y obligados a enfrentarse a una serie de asesinos durante doce horas. Este es el tiempo que dura un juego de supervivencia, ideado por sus captores, que durante ese periodo apostarán sobre las posibilidades que cada uno de ellos tiene de salir vivo. Cuestiones como la identidad de sus secuestradores, el lugar en el que han sido encerrados, o los asesinos que uno tras otro, son enviados tras ellos, no son relevantes: al igual que a los protagonistas, lo que importa es quien va a salir vivo de allí, o más exactamente, qué es lo que les espera una vez que se hayan salvado por muy poco de unos desquiciados que parecen empeñados en hacerlos picadillo de la manera más sangrienta posible.  


¿Cómo puedo quedarme colgada con una película tan centrada en la violencia y la sangre, cuando precisamente, producciones como Hostel me han parecido de lo más aburrido y fácil? Pues sigo sin tenerlo claro, pero quizá sea que Rob Zombie, aún con sus limitaciones, es capaz de crear una fascinación un tanto morbosa con lo que cuenta: que es muy simple, pero donde la importancia la tiene el aspecto externo: la ambientación en una década de los setenta que hace pensar mucho en La matanza de Texas, unos personajes que no suelen despertar simpatías, pero que captan el interés, y sobre todo, una escenificación muy barroca de esa misma violencia, donde casi se puede desviar la atención a cada uno de los detalles de los escenarios, muy propios de la idea sobre las manías que podría tener un asesino en serie, y que son una parte importante de la atmósfera de la película. 



En el caso de esta, parece que el director a optado por lo seguro: lejos de la rareza de Lords of Salem, el planteamiento es muy similar a La casa de los 1000 cadáveres. El público sabe lo que les va a pasar de antemano a los protagonistas, salvo que en este caso, hay elementos que juegan a su favor: después de varios años de nostalgia ochentera por todas partes, la estética de los setenta es una variación que se agradece. No pilla tan de sorpresa como en su primera película en 2003, pero está cuidada y supone un poco de aire fresco. Y sus protagonistas, en lugar de ser adolescentes incautos, cuentan con la ventaja de adaptarse con mayor facilidad a un escenario hostil: pasado el shock inicial, a estos les resulta relativamente más fácil buscar soluciones, escapar, o incluso encararse con sus antagonistas, bien física o verbalmente.  Una de las secuencias, donde el personaje interpretado por Sheri Moon Zombie se pone a chapurrear amenazas en español contra su oponente (nada menos que un enano pequeño. Disfrazado de nazi) hace pensar que estos no van a pasarse el resto del metraje llorando y esperando que los descuarticen. 


El montaje en algunas secuencias resulta un poco confuso, no quedando muy claro a quien persiguen, asesinan o hacia donde van, y se notan a veces los cortes que se realizaron para reducir la calificación por violencia (aunque sea un contrasentido tener que editar una película cuya principal gracia son las motosierras y el lenguaje cuartelero), pero por suerte, estos acelerones oficiales no impiden que se pueda disfrutar de uno de los mayores atractivos de esta: los escenarios y la atmósfera. Si los exteriores son casi tan simples como los que pueden salir en Z Nation, con desierto y más desierto, el complejo donde se mueven los protagonistas resulta casi barroco: naves industriales, decorados propios de una pesadilla o de un pasaje del terror muy extremo, situaciones tan paradójicas como los organizadores del juego, disfrazados de nobles del siglo XVIII porque...porque sí, y punto, y una galería de asesinos de lo más teatrales donde no faltan un clásico de la imaginación popular como son los payasos..y las motosierras. Lo cierto es que la sucesión de escenarios y personajes extremos casi hace que parezcan las pantallas de un videojueo: los protagonistas acaban con un enemigo y pasan al siguiente nivel, así hasta tres o cuatro veces, una estructura bastante básica que en realidad no supone un problema al tratarse de una historia que huye de cualquier tipo de complejidad y de giros de guión. 



Aquí un personaje de los de envejecer al lado de su foto

El reparto, aunque en principio no haya que esperar grandes interpretaciones, guarda sus sorpresas. Salvo la aparición de Sheri Moon Zombie, que es habitual en las producciones de su marido y que pese a muchas críticas, es bastante solvente para lo que se le suele pedir en los guiones. Y quizá menos cantosa de lo que suele ser Milla Jovovich en las películas de su marido. Meg Foster cuenta en cambio con uno de los personajes con más trasfondo, y sorprendentemente, con más simpatía. Se echa en falta a Sid Haig o a Bill Moseley, seguramente por lo memorable de su interpretación como los Firefly, pero el resto de actores no desmerece: Malcolm McDowell aparece como maestro de ceremonias, absurdo, fuera de lugar y caracterizado hasta el extremo. Y aunque en menor o mayor medida el elenco de asesinos tenga su momentos muy histriónicos, eso sí, el que brilla con luz propia es el Doomhead interpretado por Richard Brake. Un personaje que con unos diez minutos, una verborrea impresionante y un sadismo digno del Joker acaba llenando la pantalla y haciendo que su presencia sea lo más memorable de todo el guión. El actor que lo interpreta, Richard Brake, cuenta con muchos papeles secundarios, apenas se lo reconoce con todo el maquillaje de Night King en Juego de tronos y yo sigo recordando como el malo del videoclip de Muse, Knights of Cydonia. Pero con este papel ha debido conseguir el momento de gloria que muchos actores buscan. 

31, en cuanto al estilo de Rob Zombie, no es nada nuevo: parece simple, no faltan los elementos favoritos del director ni su señora esposa, que no falla. Ni tampoco es la novedad que supuso La casa de los 1000 cadáveres. Pero cuando menos, es lo que promete: grotesca, violenta, muy sucia y no se pierde en escenas de relleno. En cierto modo, es un tipo de cine muy parecida a la frase hecha sobre los accidentes de tráfico: lo que cuenta es desgradable, pero no puedes dejar de mirar. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Z Nation: La película. O el especial. O lo que quiera que nos cuenten (que es muy raro)



Esta semana se estrenaba la tercera temporada de Z Nation, que con el permiso de Ash vs Evil Dead, es la única comedia de zombies que puede verse en televisión. Pese a tratarse de una producción de Asylum, que se ha hecho un nicho en el mercado del presupuesto mínimo y la comedia involuntaria (o no tanto), han empezado fuerte con un especial de hora y veinte. En principio esto haría pensar que dedicarían tiempo a un comienzo espectacular, y quizás, aclarar un poco las nuevas tramas que habían ido surgiendo (o de paso, la cabeza de los guionistas): las continuas menciones a Zona de los anteriores capítulos, una especie de refugio para los más poderosos a donde intentan llevar a determinadas personas, qué habría pasado con esos personajes a los que ponían en un cliffhanger gigante al final de la temporada anterior, y sobre todo, cómo se las ingeniaron para recuperar por arte de magia a un tipo al que hace solo unos capítulos, habían tirado a un pozo lleno de zombies y que ha regresado convertido en uno de los buenos.



En realidad todas estas preguntas tienen que esperar porque, primero, tras dos años de serie, Z Nation nunca destacó por su coherencia interna ni lo necesita. Y segundo, porque el especial es en realidad una historia independiente que sucede en algún momento de la mitad de la temporada anterior. Así desaparecen algunos personajes que aún no habían sido presentados, y regresan otros: el bebé de Murphy, que solo aparecería un par de capítulos (sin duda tener que meter infografía a un bicho tan feo es un dolor) o Cassandra, uno de los supervivientes  modificada por los poderes del anterior, continúan con el resto del grupo el viaje para encontrar una cura. Como suele pasar en cualquier episodio, el viaje se ve interrumpido por un grupo de supervivientes que necesitan su ayuda, y pese a las quejas de Murphy, deciden quedarse y proteger el asentamiento de un mercenario que ha venido para cumplir una misión muy concreta: llevarse a uno de los supervivientes, un científico, por órdenes de unos jefes a los que el público todavía no conocemos.



El argumento perfectamente podría haber sido parte de un capítulo doble en la temporada anterior, e incluso habría sido mucho más entretenido que algún episodio botella de una temporada a la que aumentaron su duración. Pero sospecho que no había presupuesto suficiente para grabarlo, o que directamente, las referencias a la trama que sustituirá la del viaje para encontrar una cura se las fueron inventando sobre la marcha. El punto fuerte en todo caso es el tener ya muy claro el tono de la serie y que a nadie pille por sorpresa sus momentos de humor intempestivo. Que en este especial, han optado porque sean todos de referencia cinéfila: la primera secuencia, con uno de los personajes anunciando alegremente que esto se trata de una película de flashback, además de romper un poco la cuarta pared, va preparando el terreno para un guión donde además de los chistes referenciales propios, hay un montón de menciones cinéfilas que sueltan alegremente: los spaguetti western de Clint Eastwood, Mad Max, Espartaco, 300 e incluso un guiño a Furia de titanes que acompaña la aparición de uno de los superzombies que acabaron por hacerse habituales. Referencias que en realidad, se quedan en guiños verbales o en montajes que el público reconoce fácilmente del cine clásico. Y que no se quedan ahí, sino que son capaces de recurrir a estéticas más chocantes como una breve aparición de los próximos antagonistas, rodada como si fuera un anuncio de Martini ¡Tal es la idea de lujo tras la caída de la civilización!



El resto de los momentos siguen siendo los propios de la serie cuando esta está inspirada: la palabra apocalipsis se ha convertido en una parte habitual del vocabulario de los personajes, con la que explican  situaciones absurdas con la misma facilidad con la que un viandante mencionaría la crisis económica. Un apocalipsis que ha tomado un cariz muy cómico y muy cotidiano, y por el que circulan personajes que en principio, buscan una caracterización mucho más exagerada y de comic, aunque solo sea para una aparición episódica: una superviviente vestida de rojo, color que justifica con un diálogo no ya de serie B, sino de serie Z. Un niño criado por los cuervos y un mercenario que se pasa toda la película vestido con un traje de lo más elegante y unas chancletas (si seguimos la teoría de Z Nation, será porque tras el apocalipsis ya no hay que seguir un código de vestimenta concreto) son algunos de los secundarios que, pese a no formar parte de la continuidad de la serie, acaban ocupando más espacio que los propios protagonistas, y que seguramente, por el carácter un poco aislado de este guión respecto al resto de la serie, funcionan muy bien.



Puede que este especial no aporte, salvo algunas menciones, nada nuevo para la tercera temporada, que empezará en el tercer episodio. Pero como capítulo, o largometraje independiente, ha sido uno de los guiones más divertidos y donde han aprovechado al máximo todas las ideas que habían quedado establecidas para la serie. Aunque este enfoque tan propio de comedia de aventuras que plantearon hace que los cambios de tono cojan al público por sorpresa: los personajes no se toman nada en serio, muchos de sus diálogos dramáticos dan risa...y el desenlace de algunos es tan inesperado que corta la carcajada de seco: ese tono tan ligero hacía pensar que a ninguno de los protagonistas les iba a pasar nada, que en el fondo, todo era una broma en el que el grupo, o los personajes más divertidos, iban a salvarse en el último momento. Y que por esto, el final llegue de una forma mucho más brusca, casi cortando en seco las risas que acompañaron durante los primeros setenta minutos. No tengo claro si los guionistas de esta serie son unos genios, le toman el pelo al público o se esfuerzan lo más mínimo en mantener un tono y una coherencia uniforme. Solo se que Z Nation debe ser de las series más divertidas que he podido ver en los últimos  años.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Looney Tunes: de nuevo en acción (2003). Rompiendo la cuarta pared (marca Acme)


 
Los Looney Tunes son, junto a Disney, los personajes más duraderos en la animación…¿Qué digo Looney Tunes? Eso será ahora que somos mayorcitos y tenemos Google, pero entonces eran Bugs Bunny, el pato Lucas, Silvestre y Piolín y muchos otros. O, como mucho, los dibujos de la Warner. Dibujos que conocimos por televisión y no en el cine, que también han pasado varias décadas reinventándose para intentar adaptarse a los gustos de la chavalada actual, y que pese a todos los cortos de animación e incluso series de tv, solo tuvieron dos largometrajes estrenados en el cine. Uno fue todo un éxito de los noventa y conocido por ser la presentación de Lola Bunny, el personaje que venía para llenar el cupo femenino (y parecerse un montón a Natalie Dorner). El segundo pasó con más pena que gloria pese a tener momentos mucho más divertidos y una mayor intención cómica que la anterior.

 


De nuevo en acción comienza cuando un guardia de seguridad de los estudios Warner descubre que su padre no es solamente el actor que encarna a un famoso agente secreto, sino un espía de verdad que ha sido secuestrado y necesita la ayuda de su hijo: el presidente de la compañía Acme pretende hacerse con el Mono azul, un diamante con propiedades mágicas, más que para dominar el mundo, para aumentar su cifra de negocios. Tal es el concepto de maldad de un empresario. Todo esto sucede el mismo día en el que debe sacar al pato Lucas, recién despedido, fuera de los estudios, y que este decida que una película de espías es mucho mejor que ser perseguido por el cazador Elmer. Pero muy pronto Bugs Bunny y el resto de personajes se unirán a esta aventura, aunque solo sea para conseguir que vuelva a la productora: ¡El corto de la temporada de patos y conejos no es lo mismo sin él!



Pese a contar con la aparición de practicamente todos los personajes Warner, ninguno de ellos es el protagonista: en realidad son secundarios en su propia película, tanto, que el guión podría haberse desarrollado perfectamente sin su presencia. Un guión que consiste en una comedia para toda la familia, muy blanca y a veces muy tontorrona, con bastantes dosis de aventuras, protagonizada por Brendan Fraser, quien entonces se había especializado en este tipo de largometrajes. Pese a la sensación de añadido, la aparición de estos no desmerece: son personajes que siempre funcionaron mejor en cortos, por lo que su actuación se compone de distintos gags en los que interactúan entre sí o con los protagonistas reales, siendo más bien un apoyo a los momentos cómicos y también, todo un repaso a los personajes animados de la compañía: entre escenas, diálogos o cameos, no llega a faltar ninguno. Y eso incluye tanto los más famosos, como otros casi olvidados como la rana cantora o un científico loco directamente basado en los rasgos de Peter Lorre.

 


Además de los sketches animados, donde es un clásico que primen los martillazos, e incluso una secuencia de persecución a través de cuadros clásicos fantástica, el humor de la comedia puede resultar un tanto irregular: en general es todo muy blanco, bastante cercano a George de la jungla, donde no faltan secuencias de acción tirando a cómica, pero muy simple, con otros momentos bastante brillantes: junto a los cameos, en varias ocasiones se menciona la película que está , hay un montón de referencias a la corrección política y a un estilo de humor que hoy se consideraría ofensivo en muchos aspectos. El tartamudeo de Porky, los disfraces de mujer de Bugs Bunny, porque, como bien dice, él es el que interpreta a los personajes femeninos, son momentos bastante ingeniosos. Dentro del aspecto cómico, un elemento que sorprende bastante es el de las referencias: en el 2003 los guiños de forma mayoritaria a una cultura popular muy específica eran algo muy raro, y aquí no se han cortado a la hora de incluir a personajes como los Daleks, los ultracuerpos, un trífido, y estos ya eran para nota, a monstruos de películas de serie B de los cincuenta de los que algunos solo suenan por los posters.

 


Más que interpretaciones, hay toda una recua de cameos de actores conocidos: Ron Perlman, John Cusack, e incluso Michael Jordan como guiño a la anterior película. Muchas son muy breves pero son lo más divertido entre unos protagonistas que son de estos que, o se aman o se odian: Brendan Fraser entonces estaba especializado en hacer personajes noblotes y atléticos, pero un poco cándidos, y en él recae casi todo el peso de la película, no en los Looney Tunes, por lo que esta no sería muy recomendable si no gusta el actor. Su compañera de reparto resulta casi testimonial, un papel de interés romántico muy flojito, y Steve Martin como villano es un poco incomprensible: ¿por qué demonios está todo el rato balanceándose como si se cayera? ¿Tiene vértigos? ¿Es alguna referencia que me he perdido? Igual en versión original aclararía alguna duda, pero el doblaje es cuando menos, normalito.

 


La calidad de la animación tampoco es notable, algo bastante grave cuando la gracia de la película es que los personajes de carne y hueso convivan con los dibujos. En su mayor parte tiene un pase, aunque cuando estos interactúan se nota cierta falta de cuidado en integrar ambos, y los actores en más de una ocasión no saben a donde mirar (aunque esto sospecho que es cosa suya). No falta alguna infografía en la que también se nota su inserción posterior en el metraje, por lo que el aspecto técnico es un poco normalito. Parece que las únicas a las que les salió bien la mezcla de animación e imagen real fueron la de Roger Rabbit y La bruja novata. Y sospecho que a estas también les ayudó mucho que las teles en HD no estuvieran ni proyectadas.

 

Fuera por algún error en la promoción, o porque ese año compitieron Piratas del Caribe y Buscando a Nemo, Looney Tunes: de vuelta a la acción fue un fracaso comparado con lo que recaudó Space Jam. Y uno bastante inmerecido: no es una gran comedia, y hay que reconocer que no le llega ni de lejos a lo que hacían los personajes Warner en tiempos. Pero su estilo un poco absurdo, muy inocentón, y lleno de guiños, cameos y referencias que pillan por sorpresa me pareció muy divertido, y más respetuoso con el material que un publirreportaje de noventa minutos patrocinado por Niké y Spalding.

jueves, 15 de septiembre de 2016

¡Camarero, hay un Snorlax en mi sopa! (El book tag de los pokemon)


Nunca he llegado a ser fan de Pokemon, y eso que me han pillado todas las etapas del juego en cuestión: en la tv, en las consolas portátiles, y en cualquier calle gracias a los móviles…y por salir, hasta en un tag de libros aparecen. En principio no tiene mucho sentido que haga uno relacionado con unos bichitos a los que nunca hice caso, pero de nuevo, las preguntas tienen su gracia (aunque no tengo ni idea de los pokemons que les sirven de título) y sirven para una de las cosas en las que las entradas  me quedarían kilométricas: hablar de libros. De los que me gustan, de los que no, de los que no contaba que me gustaran, de los que me aburrieron. De todos, vamos.



1. Pokémon iniciales: el libro que despertó tu amor por la lectura.
Probablemente la colección Cuenta Cuentos de Salvat, no tanto por los libritos como por su versión en audio. Desde siempre me gustaron las historias, fuera en televisión, dibujos o tebeos. Entonces la letra impresa me daba mucha pereza pero estos fascículos me dieron el empujón necesario.
2. Pikachu: un clásico icónico que siempre adorarás.
La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. El que Ignatius Reilly sea el padrino de todos los Ni-nis, que la empresa Levi Pants haga aguas por todas partes, y que la octogenaria Miss Trixie solo quiera jubilarse de una vez hace que la historia se haya vuelto más actual de lo que imaginaba.
3. Zubat: un libro en el que perdiste interés porque está en todas partes.
Va por temporadas, según lo que quieran las editoriales, pero lo he visto en demasiados escaparates y tengo demasiadas cosas por leer como para pararme ahora con La chica del tren.
4. Ditto: un libro que te recuerda a otros libros, pero que aun así te encanta.
De este año, Un cuento oscuro, de Naomi Novik. Me parece que sus parecidos con la mitología y con los cuentos tradicionales se deben más a intención por parte de la autora a la hora de crear un entorno que a los lectores les sea familiar y no algo fortuito o repetitivo, pero precisamente esa sensación de familiaridad es su mayor ventaja.


5. Snorlax: un libro o saga que no hayas empezado debido a su longitud.
En busca del tiempo perdido sigue siendo una serie que me impone, tanto como el Ulises o Guerra y paz, y a la que le debo una lectura solo por las veces que he usado lo de la magdalena de Proust como frase hecha.

6. Gengar: un libro que no te dejó dormir.
Salvo un primer libro de relatos de Stephen King, que me provocó unas cuantas noches sin dormir en el momento justo, los libros de terror no me dan miedo. Otra cosa es que me hagan pensar o me inquieten como Crimen y Castigo de Dostoievski o Never let me go de Ishiguro. Por eso hasta el momento siempre he huido de Jack Ketchum pese a sus buenas críticas: si empiezo La chica de al lado, es muy probable que acabe retirándome a meditar en el monte con mis gatas, alejada del género humano.

7. Nidoking/Nidoqueen: tu pareja literaria favorita.
Fuchsia Groan y Steerpike, de Gormenghast. Porque en realidad no son pareja, porque no pueden ser personajes más opuestos y ni siquiera comparten unos pocos párrafos en el libro. Pero suficientes para que ambos tengan algo especial.

 8. Rapidash: una lectura rápida y delirante.
La saga de Monster Island de David Wellington. Tres libros donde atropellan sin ningún complejo la caída de la civilización, zombies, niños soldado africanos, señores de la guerra, druidas, liches…y consigue sin ninguna pretensión, ser mil veces más original que otros autores que pretendieron renovar el género zombie.

9. Eevee: una saga de la que nunca te cansaría leer spin-offs.
Ninguna, en realidad. Y en estos tiempos en los que todo libro o película de éxito tiene que tener su universo expandido, el encontrar un libro único, donde no vaya a haber continuaciones, precuelas ni spin offs, es un tesoro.

10. Magikarp: un libro o saga que fue sorprendentemente maravillosa.
Por llamarlo así, el ciclo de la tierra de los Sueños de H. P. Lovecraft, y en concreto, En busca de la Ciudad del Sol Poniente. Por su mezcla tan particular de mitología, ensueño, fantasía, unos Mitos de Cthulhu más inofensivos que nunca…y sus gatos lunares.

11. Pokémon legendarios: una saga a la que se le ha dado muchísimo bombo y que aun así tienes ganas de leer.
Algún día podría leer Memorias de Idhun de Laura Gallego, viendo las buenas referencias en su momento.

12. Mew y Mewtwo: una edición de coleccionista que te gustaría tener.
Canción de hielo y fuego, principalmente porque por su extensión, no le va muy bien el formato rústica y mucho menos, el dividirlo en dos o tres partes.

13. Pokéhuevo: una novela debut que estás deseando.
Es un contrasentido: si es una novela debut ¿Cómo voy a estarla esperando?

14. Módulo cebo: autores cuyos libros siempre compras en cuanto salen.
Thomas Ligotti. Que al paso que escribe, me da tiempo de comprarlo, releerlo dos veces y esperar pacientemente a que decida publicar algo más.


15. Servidor caído: un libro que llevas esperando toda la vida.
Una cuarta entrega de Gormenghast, al saber que se conservaban algunos textos de la continuación que Peake había pensado (iban a ser siete libros). Llegó ese cierre, y me decepcionó: era la novela que su esposa terminó como despedida hacia su marido, pero no el Titus Groan que yo había conocido.

lunes, 12 de septiembre de 2016

La maldición de las brujas (1990). Cuando el cine infantil chocó con Roald Dahl


Dahl no es un extraño a las adaptaciones cinematográficas. De hecho, cuenta con más de las que conocía, al haberse dedicado también a escribir relatos para un público adulto. Pero las más conocidas siguen siendo sus novelas para niños, siempre marcadas por un gran conocimiento del mundo infantil, no siempre idílico y a veces un poco macabro, y por una buena dosis de mala baba. A veces se capturó perfectamente en versiones como Matilda o James y el melocotón gigante, pero otras no convencieron a su autor pese al éxito de público. Es difícil estar de acuerdo con él cuando Gene Wilder siempre será nuestro Willy Wonka, pero la versión cinematográfica de Las brujas es uno de esos casos en que todo va bien hasta que aparece de lleno el motivo de disgusto de su autor.

 


Las brujas de Roald Dahl no son como las de los cuentos. No se distinguen de cualquier mujer normal, salvo por un detalle: son calvas, aunque cualquier peluca puede disimularlo fácilmente. Y también odian a los niños. Tanto, que dedican sus vidas a eliminaros de un modo u otro: las brujas están detrás de los niños que desaparecen y de los que no vuelve a saberse, cuando no buscan maneras más creativas de aniquilarlos. Muy poca gente sabe de su existencia y toma las precauciones necesarias, como la abuela del protagonista, quien procura que su nieto conozca todo lo relativo a estas y a su organización, como la existencia de la Reina de las Brujas y sus reuniones periódicas donde comparten métodos e ideas para eliminar a los niños. Lo que no imaginaban ambos es que unas aburridas vacaciones en un hotel, recomendadas por el médico de la familia, los llevaría a encontrarse con la convención que estas celebran en el mismo lugar y comprobar, de primera mano, el sistema definitivo que estas han ideado contra los niños.

 



Como adapción en general, no habría ninguna queja: la historia, destinada a un público muy joven, se mantiene dentro del rango de los 90 minutos, que entonces era habitual. Suficiente para incluir los elementos clave de la trama: una introducción sobre las brujas y su mundo, los personajes y sus aventuras. Estas transcurren con rapidez, sin alargar las escenas de acrobacias o cómicas para alardear de medios técnicos, pero sin que impidan apreciar la artesanía de sus efectos o determinadas secuencias donde se muestra el aspecto más grotesco de las brujas. No es una versión completamente literal, al quedarse fuera un capítulo introductorio mucho más largo, descripciones de pócimas tan estrafalarias como las que solía inventar Dahl e incluso las canciones de las brujas, que forman parte del libro. Pero en su mayor parte, conserva perfectamente el espíritu de la historia, su humor e incluso sus toques de terror, de una manera tan efectiva que me hace preguntarme por qué las 250 páginas de Harry Potter necesitaron un guión de dos horas y media.

 


A nivel de producción, tampoco se escatimó calidad. Solo el reparto adulto cuenta con la actriz sueca Mai Zetterling como una abuela entrañable y decidida, además haber sido elegida con bastante ingenio (la acción transcurre entre Noruega e Inglaterra). Rowan Atkinson muestra una comicidad como prototipo de inglés servil y estirado, pero el papel más memorable es el de Anjelica Huston como Reina de las brujas. Con un acento digno de una película de espías, alterna sus apariciones caracterizada de mujer fatal con la de bruja de cuento bajo capas de latex. Todo un personaje al que no le falta, como a buena bruja, un rollizo gato negro al que adora…¡Si es que estas señoras dedicarán su vida a borrar a todos los niños de la faz de la tierra, pero tienen muy buen gusto a la hora de elegir a sus mascotas!  Los actores infantiles, unicamente dos, no salen tan bien parados en comparación: si bien el papel de Bruno Jenkins es bastante más natural y divertido, el protagonista mantiene en muchos momentos una voz bastante neutra o forzada, algo más propia de un dibujo animado.

 
Lo mismo puede decirse de los efectos especiales, algo de esperar con el equipo de Jim Henson: desde la reina de las brujas hasta las transformaciones, donde no se escatiman diseños monstruosos, hasta las escenas de los dos ratones, donde la movilidad que muestran las marionetas es todo un ejercicio de artesania. Estas, combinadas con el trabajo de caracterización de las brujas, el carácter de fábula que se mantiene, e incluso las dosis de humor negro para los adultos (cortesía del gerente interpretado por Rowan Atkinson y una de sus empleadas)  la convierten no solo en una buena película para todos los públicos, sino en una buena adapción.

 
 



O la habrían convertido. Porque pese a todo lo que se muestra y establece previamente, como la maldad de los personajes  o lo irremediable de la situación, el guión opta por un final feliz completamente opuesto al original y que hace perder los matices que este tenía. Frente al protagonista convertido en ratón, y a la espera de una vida donde, como él expone, no tendrá que crecer, ni, como se intuye,  afrontar la muerte de sus seres queridos, se sustituye por un giro de último momento donde este es mágicamente devuelto a su estado inicial. Por un personaje creado específicamente con esta función y que nisiquiera tiene demasiados motivos para sufrir esa trasformación.

 

Dicen que los niños prefieren ver un final feliz, o al menos, uno que puedan comprender mejor y que no les inquiete. Seguro que algún pedagogo apoya esta teoría. Pero cuando ví La maldición de las brujas con poco más de 8 años, conociendo el libro de antes, la sensación que me produjo fue la contraria: que me estaban mintiendo, dándome otra versión porque se supone que la verdadera no era adecuada. Esto no quiere decir que sea una mala película. En realidad es fantástica, no solo una buena adapción sino que hoy podría ser un clásico del cine infantil. E incluso en ese final montado procuran aportarle los soportes necesarios para que no resulte tan forzado. Pero le queda, en los últimos minutos de metraje, esa impresión de haber podido ser una historia más auténtica.

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