Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 11 de julio de 2019

Miguel Matesanz: Estefanía, Merlín y el pavoroso Chulu. El fin del mundo puede ser este fin de semana




Cuando a alguien se le ocurre adaptar los mitos de Cthulhu para los niños, se enfrenta a un problema difícil de resolver. No me refiero a trasladar el horror materialista a un entorno más simple, ni el encontrar un personaje algo más cercano que los estudiosos reclusos de sus relatos. Ni siquiera lo que supondría atemorizar a un niño con los inquietantes residentes de una villa costera en declive. En realidad el tema sería ¿cómo hacemos para que puedan pronunciar Cthulhu, si ni siquiera hemos alcanzado un consenso? Tulu en mi casa, Cetulu y hasta Cetuljú según mis amistades, Kazulu los más puristas o Chulchu en la familia. Aunque al final acabamos quedando en que no es un nombre hecho para ser pronunciado por garganta humana.



Vamos, que maneras de nombrar al primigenio, como interpretaciones de Lovecraft, hay muchas. Chulu, para el caso del señor Matesanz, y para los protagonistas de su novela.


Estefanía va en cuarto. De primaria, de EGB o cualquiera de los innumerables planes educativos que hemos sufrido. Poco importa para una niña que, como intenta explicar a su profesora, es hechicera, aunque su madre sea bruja, y que ahora está profundamente preocupada por el fin del mundo que tendrá lugar este fin de semana. Al menos, según el Micronomicon, el volumen que anuncia la llegada del terrible Chulu, y que tanto Estefanía como su amigo Merlín intentan evitar.


2019: Alisteir Crowley y H. P. L. salen en un libro infantil ¡Qué grandes tiempos para vivir! 

Pensada como un libro para niños, y como un guiño para los adultos, la redacción es muy particular: escrita íntegramente mediante diálogos, y apoyada en algunos casos por las ilustraciones, muy coloridas y con varios guiños a personajes y ficción lovecraftiana que aquí tienen una presentación muy poco amenazadora y más entrañable.


La mejor forma de afrontar una historia sobre el fin del mundo es a través del humor. Muy cercano al mundo de los protagonistas y sobre todo, carente de cualquier tipo de didactismo que provoca la sonrisa además de agradecerse: Estefanía no duda en descalificar a sus compañeros de clase, que poca presencia tienen salvo como lanzadores de objetos de papelería hacia el que se sale de la norma. Y el fin del mundo tiene lugar en el colegio. Pero literalmente, y puede que el profesorado tenga algo que ver, pero…¡A los diez años siempre sospechamos que el claustro estaba en contra de nosotros!

Lo peor sobre un libro en el que podemos encontrarnos la versión reducida del Necronomicon y un ritual para conseguir que el Rayo Vallecano gane un partido es, que, tratándose de una lectura para primerizos, es muy cortita.

Estefanía, Merlín y el pavoroso Chulu acaba siendo uno de esos libros que captan la atención de los adultos con un desconcierto inicial, poco más puede hacerse cuando uno se encuentra con un colorido primigenio en la portada.  Con unas ilustraciones de las que echábamos en falta, pero se lee en menos de lo que podría terminarse un capitulo o un relato corto. Contra eso no hay mucho que se pueda hacer, porque, a diferencia de Estefanía, no tenemos hechizos para retroceder el tiempo.


jueves, 4 de julio de 2019

Shazam (2019). Una vez superhéroe, dos veces niño


Entre todas las películas de superhéroes, las de DC son las que menos caso les he acabado haciendo. Por agotamiento del tema tras verme el 99 por cien de las estrenadas por Marvel, por no tener claro lo que quieren hacer como pasó con Escuadrón suicida, o porque, directamente, las tres horas de Batman vs Superman me tiraban para atrás, pero acabé quedándome en El hombre de acero, por pura curiosidad, y con Wonderwoman por la ambientación histórica. Entre la liga de la justicia y unos superhéroes más serios a los que al final, no les hice caso (algún día, ¡lo prometo! ¡Pero no puedo pasarme todo el día viendo a señores con capa en el cine!), se estrenaba la aparición de uno completamente opuesto al tono de los anteriores, y quizá menos conocido por el público. Uno cuya mejor identidad oculta resulta ser el convertirse en una persona completamente distinta a su alter ego heróico.



Shazam es el héroe en el que se convierte Billy Patson, un chico de 14 años que ha pasado gran parte de su vida huyendo de distintos hogares de acogida. Aunque no es en realidad conflictivo, sus escapadas solo se deben a querer encontrar a su madre, a quien perdió hace más de diez años. Pese a parecer alguien tramposo y desconfiado, este es elegido por el último de una orden de magos para recibir sus poderes y proteger al mundo de los Siete Pecados Capitales, unas criaturas demoniacas que lo amenazan desde hace siglos. Pero esta búsqueda no ha sido fácil, ha llevado muchos años, y cuando el elegido es un chico como Billy, es más probable que este pierda el tiempo haciéndose fotos con la gente, cargando los móviles con sus poderes o usándolos para sacarse algo de dinero. Aunque esto tenga que cambiar cuando el doctor Sivana, rechazado en su día para ser el elegido, cuente con los poderes de los Siete Pecados y esté dispuesto, además de a convertirse en el villano, a obtener los poderes de Shazam a toda costa.







El personaje principal, para los no lectores habituales de comic, es uno muy desconocido: creado en los años cuarenta, mantiene su presencia en las distintas etapas de DC pero cuenta con un trasfondo que hoy resulta un tanto anacrónico: el de un niño que se convierte en todo un Hércules al pronunciar la palabra mágica. Parecía un poco difícil hacer una adaptación moderna y tirando oscura de una premisa así, pero la decisión tomada ha sido justo lo contrario: abrazar ese estilo fuera de época, mucho más inocente, y rodar una película de comedia y acción con un tono más para todos los públicos y muy familiar. Sin molestarse en adaptar el traje a cánones más modernos, sin dotar de transfondos dramáticos…Una decisión que acaba funcionando, y no solo por lo inesperada.








La película es mucho más luminosa, en todos los sentidos, que los anteriores estrenos: los escenarios diurnos, las secuencias en ferias y parques de atracciones, así como la ambientación en vísperas de navidad (un poco chocante y sin explotar demasiado la fecha, porque el estreno oficial fue en marzo), y sobre todo, los colores del traje, completamente simples sin más tonalidades que el rojo, amarillo, y un Shazam interpretado por Zachary Levi, caracterizado aquí con un aspecto un tanto artificial y plasticoso que pega bastante bien con el superhéroe, que no deja de ser alguien que no es real. Unos colores también adecuados para la historia, que podría considerarse una comedia de carácter familiar más centrada en los lazos entre los personajes, y en la búsqueda del protagonista de su lugar, que en los enfrentamientos superheróicos. Es más, el protagonista, su obtención de los poderes, los secundarios, el tono entre cómico y emotivo y sobre todo, la incidencia en el tema de la familia, recuerda mucho a las comedias fantásticas de los ochenta, un estilo que recrea a la perfección sin resultar machacón con el aspecto nostálgico.



El enfoque más familiar hace que la película tenga una apariencia de producción menor: en realidad sigue siendo un estreno de presupuesto, es vistosa y no escatima en efectos especiales, pero estos no están tanto tiempo en pantalla como lo hacen el desarrollo del protagonista y la trama de cómo este busca a su familia real. Esto hace que secuencias como los monstruos que representan a los Siete Pecados tengan una presencia mucho más escasa (y casi mejor, porque aunque bien diseñados, no dejan de ser infografía de manual) y que el antagonista, el Doctor Sivana, salga hacia la mitad para enfrentarse en el desenlace. Una lástima, porque contaba con Mark Strong dándole vida y podría haberse aprovechado más al actor. Aunque en realidad, ambos aspectos del guión están muy equilibrados y se nota que en este caso, la intención era dar una mayor importancia a la comedia y a lo familiar.

Shazam tenía por delante una prueba difícil: ¿Es posible adaptar tal cual un superhéroe de los años cuarenta sin caer en lo ridículo? La respuesta, en su caso, fue sí. Y el abrazar ese aspecto pasado de fecha y enfocado a todos los públicos ha sido un acierto.



jueves, 27 de junio de 2019

Aladdin (2019). Tu pon la película, que las canciones nos las sabemos


Hace más de veinte años, los niños hacían cola cada Navidad para ver la última película de dibujos de Disney. Dos décadas después, los mismos niños, ya crecidos, hacen lo mismo. Para ver las mismas películas, en imagen real y sin tener que esperar a las vacaciones. Porque este año se han estrenado nada menos que tres remakes de algunos de los clásicos animados de la productora.


Aladdin es el segundo de estos estrenos, del que no hace falta decir mucho porque es también uno de los cuentos más conocidos de las mil y una noches: en un reino imaginario del lejano oriente, existe un joven ladrón, enamorado de una princesa, que encuentra una vieja lámpara de aceite, y con ella, un genio que le concederá tres deseos. Hasta ahí, todo es bastante parecido al cuento que hemos leído mil y una veces. Disney aportaría después a un genio más moderno y divertido del que podría esperarse encontrar en una lámpara, a Jafar, el malvado visir que quiere ser sultán en lugar del sultán, y, en esta nueva versión de imagen real, e infografía, unas cuantas novedades respecto de la animación de los noventa.





Todos los remakes de Disney cuentan con los mismos problemas: el trasladar unos guiones claramente destinados al público infantil, y sobre todo, el intentar que los personajes creados con infografía resulten igual de expresivos que sus contrapartidas animadas. Pasó en La bella y la bestia con los objetos del castillo, demasiado extraños frente a sus contrapartidas anteriores, y pasó cuando aparecieron las primeras imágenes de "ill Smith convertido en genio. El actor, renderizado e infográfico, seguía sin hacer justicia a lo que debería ser su personaje, salvo por la decisión tomada posteriormente: hacer que tome aspecto humano para moverse entre el resto de actores, evitando el exceso de efectos digitales que todavía quedan muy lejos de reflejar la textura y expresión real.






Al igual que en La bella y la bestia, la historia, más que un reboot es un remake de la original, o más bien, el mismo guión rodado de nuevo: la trama principal es la misma, del mismo modo que unas canciones que el público todavía recuerda y que suenan en los mismos momentos d ela historia. Hay algunas variaciones, algunas propias del cambio de década y mentalidad, como el de dar un papel más importante y mayor independencia a la princesa Yasmin, ahora con una función más amplia que la de casarse con un príncipe (aunque al final el fondo sea el mismo), o el tener un sultán de mayor peso que un vejete un tanto bufón. Otra, propia del cambio de formato y registro, como el reducir el papel de los animales inteligentes. Entre otras cosas, porque el Abú digital todavía chirría un poco, y porque el villano Jafar es adecuado en su papel amenazador sin la necesidad de un loro parlanchín como alivio cómico.



El Aladdin original también está muy presente en cuanto a comparaciones. Especialmente con el genio, doblado entonces por Robin Williams a quien parecía difícil de superar. Y, en este caso, por Will Smith, que consigue estar a la altura con su propio estilo, sin tener que imitar otros registros. No importan mucho los papeles de Aladdin y Yasmin, que acaban siendo casi secundarios frente a los números del genio y la presencia del antagonista.

Pese a que es una producción de alto presupuesto, los escenarios interiores producen una impresión muy curiosa: las calles y los colores abigarrados de los figurantes parecen decorados y atrezzo, muy poco reales y menos grandiosos frente a los efectos digitales, y en lugar de resultar llamativos, dan más la sensación de ser un espectáculo de Disneylandia. Uno bueno y cuidado, pero poco integrado en el resto de escenarios y demasiado chillón en comparación con la versión animada, que aportó secuencias realmente bonitas jugando únicamente con tonos dorados y azul marino.

Aladdin, al igual que el resto, se queda en un remake más de los clásicos Disney: no es otra cosa que la misma historia con otro formato. En este caso, con algunos aciertos nuevos, como el interés romántico del genio que, sorprendentemente, no molesta. Otros, algo más chocantes, como el seguir manteniendo aspectos de cuento en una historia que han modernizado (¿a estas alturas aún se sigue usando el matrimonio obligado del malo como giro argumental?). Tenemos también los originales muy cerca en el tiempo, estos son lo bastante memorables como para recordarlas todavía…aunque resulta un poco inevitable que nos acerquemos a ver, una vez más, el mismo cuento con distinto entorno.


jueves, 20 de junio de 2019

Paperbacks from Hell. Grady Hendrix y un cajón de novelas de saldo




Hubo un tiempo en la que fui una gran observadora de cubiertas. De cubiertas, sobrecubiertas y carátulas de todos aquellos libros y películas para las que todavía era demasiado joven, pero cuyas ilustraciones resultaban fascinantes y facilitaban el que una niña se imaginara qué tipo de historias ocultaban aquellos dibujos de mansiones decrépitas, espectros y cadáveres revenidos. Después me hice mayor, tuve la comprensión lectora suficiente para poder encadenar frases en letra minúscula y libros sin ilustraciones, para alquilar películas, y comprobé que en muchos casos, la calidad o el interés poco tenía que ver con los dibujos que lo anunciaban. Pero algo estaba claro: que aquella labor de ilustrar obras de ficción con dibujos sugerentes y colores chillones como reclamo funcionaba, y probablemente habría muchos lectores cuyos primeros libros de terror hubieran sido adquiridos gracias a estos.



Grady Hendrix era uno de ellos, y decidió llevar a cabo un ensayo sobre la edición de literatura terrorífica durante los setenta y ochenta, en el mercado anglosajón donde cada ilustración de portada destacaba por ser la más sugerente, la más terrorífica o la más chillona, y también la más elaborada, empleándose el trabajo de sus dibujantes para acompañar a autores cuya calidad no llegaría a la de un bolsilibro, o cuyo momento de superventas ha pasado hoy al olvido, pero también para escritores de renombre: donde Graham Masterton o los testimonios de los horrores de Amitivylle compartían edición económica con Richard Matheson y Shirley Jackson. Más de veinte años de historia donde su recopilador habla de publicaciones, clasifica en subgéneros como casas embrujadas, pueblos malvados, mutaciones, experimentos médicos, la posterior derivación hacia los asesinos en serie, y también bastante humor, algo necesario a la hora de enfrentar una tarea que implica recopilar un montón de portadas a veces recargadas, a veces grotescas, un poco hilarantes…y una cantidad de novelas que hacen pensar cómo es posible que existan tantas formas de adorar al maligno y tantas sectas satánicas por metro cuadrado.




El libro, en conjunto, no es tanto un análisis de las tendencias artísticas en el mundo de la ilustración popular como un repaso al de la narrativa que podíamos calificar como Serie B. Autores que, sin llegar al nivel de superventas como King, desarrollaron una carrera estable en el mundo de la literatura de bolsillo. James Herbert, TED Klein y nombres que posteriormente se harían tan conocidos como la saga vampírica de Anne Rice. Y otros, que en España tuvieron una publicación de relleno, como Shaun Hutson, o inexistente, como el caso de William F. Johnstone. Que hasta entonces no tenía ni idea de su existencia pero tras el resumen proporcionado por Grady Hendrix, me limité a pensar que a alguna gente la publicaban porque el papel iba barato y su editor estaba de resaca.



El trabajo realizado por Grady es muy conciso, ciñéndose exclusivamente a esa edad de oro de la narrativa de bolsillo, aportando información muy curiosa sobre las tendencias editoriales, su agotamiento, y su sustitución posterior por los thrillers a raíz de El silencio de los corderos, así como la renovación del terror y la llegada del weird. Pese a su limitación al mundo anglosajón, es una lectura aprovechable para cualquier lector, especialmente aquellos que conocimos muchas novelas y antologías que aquí mencionan de la mano de Martinez Roca y Timun Mas. Además de descubrir un poco una tendencia editorial que aquí era menos conocida: la ilustración artesana y un poco chillona de esos "paperbacks" aquí se vio prácticamente representada por las cubiertas de los bolsilibros, porque en su mayoría, el resto de editoriales parecían fascinadas con los fotomontajes que podían verse en las colecciones de Selección Horror de Bruguera o las portadas de Harry Dickson de Júcar.



Paperbacks from Hell, por desgracia, no cuenta de momento con traducción al castellano. Y, a menudo hace referencia a tendencias y subgéneros que tampoco tuvieron demasiada repercusión en España, si no era por las miguitas que alguna editorial más pequeña podía raspar en cuanto a publicar nombres anglosajones que no jugaban en la misma división que un King o un Koontz en cuanto a ventas. En cambio, con un objetivo tan claro como el de hacer un recorrido por la literatura de kiosko de dos o tres décadas clave para la ficción fantástica popular, el libro resulta un ensayo divertidísimo, además de todo un éxito: además de ediciones especiales recuperando las portadas de los ochenta de algunos libros que se habían quedado en un fondo editorial hasta ahora, Hendrix prepara un segundo volumen, dedicado, en este caso, a la literatura juvenil. Que, por el adelanto, promete ser un ensayo tanto o más desconcertante que el dedicado a sus hermanos mayores.



jueves, 13 de junio de 2019

Obituario: Chicho Ibáñez Serrador


El pasado viernes se anunciaba el fallecimiento de Narciso Ibañez Serrador. Aunque retirado desde hacía varios años del mundo de la televisión y de las apariciones públicas por motivos de salud, fue uno de los nombres más memorables dentro de la televisión en España. El interminable Un, dos, tres, las tardes con Waku Waku, la severidad de Hablemos de sexo y la más olvidada El semáforo, salvo por el descubrimiento de Cañíta Brava. Pero, sobre todo, y para los aficionados al fantástico, Historias para no dormir.






Para alguien posterior a los setenta, conocer a Chicho Ibañez era hacerlo a través de referencias. Es imposible no haber visto, en algún momento, una de las distintas temporadas de Un, dos, tres. Pero en alguna conversación, cuando todavía era imposible hablar de manera informal e incluso con pasión sobre series de televisión, era probable que alguien dijera "hace mucho había un programa de terror…se llamaba Historias para no dormir. Te hubiera gustado…"era probable que sí, en las escasas ocasiones en que esta, o Mis terrores favoritos tenían un segundo pase en la televisión o en algún canal secundario de TVE (todavía echo en falta el canal Nostalgia en su época de emisión por satélite). A menudo, más que las historias que se retransmitían en el programa, era más recordada la introducción de Chicho, dotada siempre con un gran sentido del humor negro. y de nuevo, gracias a los paseos por librerías de segunda mano, era posible encontrar la revista editada con la misma cabecera, y que contenía relatos cortos de terror, desde clásicos anglosajones hasta algún guión adaptado, y tiras cómicas protagonizadas por enterradores o vampiros. Junto a una curiosa decisión de incluir únicamente publicidad de medicamentos, por lo que entre relato de Clark Ashton Smith e ilustración, era posible encontrar anuncios de vasodilatadores, ansiolíticos y antieméticos.










Hablar de Narciso Ibañez es hablar de una parte de la televisión española, e incluso del cine fantástico nacional, habiendo dirigido La residencia o Quien puede matar a un niño. Pero sobre todo, por su afición al terror, al fantástico, su imaginación y esa capacidad de reírse un poco de lo que al principio nos asustaba.




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