Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 2 de abril de 2020

Doble Dragón (1.994). Arcades, atrezzo y mitología de saldo



Durante los noventa se vivió una pequeña fiebre por adaptar videojuegos al cine. Entonces aparecieron algunos títulos de los que las malas lenguas dirán que, más que fiebre, fue una peste bubónica, dados los malos resultados de taquilla y calidad. Y que, salvo excepciones por lo marciano de su guión y casting, como el caso de Super Mario Bros, o por las circunstancias de su producción, como Street Fighter, hoy han caído en el olvido y no es posible verlas ni como relleno en televisión. Pero sí, con suerte, haciendo bulto en el catálogo de algunas plataformas de vídeo que parecen decididas a ofrecer algo anterior al 2.005.


Estrenada el mismo año que la esperada (y después estrellada) Street Fighter, Doble Dragón adapta un videojuego de un género similar: en este caso, el beat´em up, que consistía en mover un personaje o dos a través de una pantalla en la que iban saliendo distintos enemigos, cuanto más aspecto de punk o de ninja mejor, derrotándose sucesivamente hasta la aparición del jefe final, con la excusa del secuestro y rescate de algún personaje secundario. En este caso, la película optaba más bien por adaptar el trasfondo del juego y añadir algo más que una historia de rescate: es el año 2.007, casi una década después del terremoto que convirtió a Los Ángeles en una ciudad sin ley dominada por las bandas. En medio de un escenario poblado por pandilleros con trajes temáticos, contaminación atmosférica y corporaciones malvados, los hermanos Billy y Jimmy sobreviven compitiendo por dinero en distintos torneos de artes marciales. Lo que desconocen es que su tutora, Satori, es la guardiana de una de las dos mitades de un antiguo medallón que otorga a su poseedor el poder de aumentar su fuerza física y espiritual. Por desgracia, Koga Shuko, el magnate que tiene en su mano gran parte de los recursos de Nuevo Los Ángeles, tiene también la otra mitad del medallón y no parará hasta completarlo y obtener el poder necesario para dominar toda la ciudad.





Es difícil describir una película así como buena o mala…bueno, no. Es mala como ella sola. Del mismo modo que lo son las de Van Damme repartiendo estopa, las de ninjas y muchas otras de la época del videoclub, pero eso no evita que la mayoría sean tremendamente divertidas y que más bien deba hablarse de si están peor o mejor hechas. En este caso, ha sido una de las afortunadas, porque es una producción muy resultona, que por desgracia no tuvo el favor del público (se estrelló en taquilla), pero muy consciente de sus limitaciones y capaz de tomarse con humor las situaciones de su guión. Los medios, justitos, dan para unos decorados que vistos hoy, y teniendo en cuenta su presupuesto, no han envejecido demasiado mal. No puede decirse lo mismo de unas secuencias infográficas que se empeñan en meter en determinados momentos, seguro que para recordar que en el 2.007, todo el mundo tendría ordenador, tres dimensiones y cosas de esas que en los 90 sonaban a futuro improbable. Secuencias que acentúan la cutrez de una producción que habría resultado mejor de quedarse en un estilo artesano en lugar de hacer evidente unos años en el que las películas más modestas se debatían entre los efectos prácticos y una infografía que todavía estaba en pañales. Y que en su mayoría consisten en algunos exteriores bien aprovechados y unos decorados y vestuarios muy chillones que, en cierto modo, no desentonan nada con la estética de un juego de  bits.


El argumento, un armazón bastante pillado por los pelos para justificar la licencia del videojuego, tiene a su favor una cantidad muy alta de sentido del humor en el que, pese a tratarse de una historia de artes mariales en un futuro postapocalíptico, se toma muy a broma un entorno en el que aparecen escenas donde esa catástrofe es poco menos que una broma: el informe meteorológico sobre las posibilidades de lluvia ácida, un río inflamable o un vehículo alimentado con una caldera y papeles son parte de un escenario bastante colorido por el que se mueven los personajes, caras medianamente conocidas en producciones pequeñas, como Mark Dacascos, algunas que se harían una carrera en televisión, como Alyssa Milano, e incluso Robert Patrick con un papel de villano que es una de las partes más divertidas de la película: su caracterización, sin duda con el aspecto que se creía en los ochenta que tendría un malvado ejecutivo en un futuro cyberpunk, interpreta su personaje con bastante humor  y un punto ridículo: en este caso, no es más que un trabajo más, uno divertido, por el que pagan, y que quizá, en el contexto de la película, carece por suerte del tono crepuscular que le tocó a Raul Julia.

¿Y las peleas? Porque técnicamente están adaptando un videojuego de artes marciales…Bueno, más que peleas, lo que abunda son unas cuantas persecuciones, en unos vehículos propios de una versión de cartulina de Mad Max, por unos decorados imitando callejones y edificios, y finalmente combates, los justos pero al menos correctos, al contar en su reparto con Dacascos como especialista en artes marciales. Muy poco vistosos y escasos, quizá lo esperable para una producción con bastantes limitaciones. Pero que, como muchas otras que tampoco tuvieron fortuna en las salas de cine, acaban ganando con el tiempo, y quizá con ayuda de la nostalgia, algo más de simpatía entre el público de sofá.

jueves, 26 de marzo de 2020

T.E.D. Klein. Ceremonias macabras (1.985). Pues se ha quedado buena tarde (para celebrar un ritual)



De la colección Gran Super Terror de Martinez Roca queda, además de un montón de portadas tirando a feillas, un catálogo que, más que bueno, podía considerarse como variado. Compuesta en su mayoría por antologías, contaba también con una serie de autores con los que probaban suerte y que, en el mejor de los casos, continuaban con dos o tres obras más, o se quedaban en un único intento en el peor. Klein ha sido uno de esos casos, pero no por mala suerte, sino porque el hombre tiene una producción tan escasa, que se limita a un par de novelas y a escribir relatos.



Ceremonias macabras comienza con un párrafo de Arthur Machen, advirtiendo de alguna manera lo que el lector va a encontrar: un profesor un tanto neurótico decide pasar sus vacaciones alojado en una comunidad mennonita y con un poco de suerte, iniciar tras el verano una relación con la bibliotecaria que conoce poco antes de irse. Una joven bibliotecaria ve como su vida cambia tras una serie de coincidencias que le llevan a encontrar a una posible pareja, y un nuevo trabajo a manos de un amable anciano que parece demasiado interesado en ser su benefactor. En una comunidad agrícola de Jersey, un matrimonio de granjeros espera que el dinero obtenido con el alquiler de un cuarto sea una ayuda para sacar adelante una granja llena de deudas. Una anciana sabe que hay algo en la tierra, que se aproxima, y en ella recae la responsabilidad de detenerlo. Y en la tierra, una criatura más antigua que los primeros humanos, espera pacientemente que su siervo ponga en marcha las ceremonias necesarias para desencadenar su regreso al mundo. También hay gatos. Pero para varios de ellos la cosa no va muy bien. Y es lo que peor he llevado.



Desarrollada a partir de un relato (Los hechos acaecidos en la Granja Poroth), su primera novela resulta bastante distinta de lo que uno podía esperar en las tendencias del terror popular en la década: lejos de posesiones, satanismo, o clichés sobrenaturales como los que enumeraba Grady Hendrix en Paperbacks from Hell, decide recurrir hacia una temática más primigenia, incluso más que la que estaba presente en H. P. Lovecraft: Machen, quizá Algernon Blackwood también, pero sobre todo el primero, cuyo relato El pueblo blanco sirve como hilo conductor al desarrollar una historia sobre criaturas prehumanas, la importancia de los ritos para poder comunicarse con ellas, y la permanencia de ciertos conocimientos en comunidades aisladas. No es extraño que la mayoría de sus relatos posteriores aparecieran en antologías de tema lovecraftiano.

El estilo tampoco es el que podría esperarse en una novela de la época, o en una producción más de bolsillo: muy lento, donde gran parte del texto va destinado a describir una atmósfera que va volviéndose más agobiante según avanza cada parte del libro y el verano en el el que transcurre: la progresiva aparición de insectos, de la pérdida de la visión bucólica de una granja que en ningún momento fue confortable, y la transformación física y mental de unos personajes donde hacia el final, abundan adjetivos como “blanquecino”, “hinchado”, y a modo de guiño, alguna que otra aparición súbita de gusanos y una transformación donde el entorno rural acaba convirtiéndose en uno igual de podrido que el urbano con el que lo comparaban al principio.



Klein también se toma también ese tiempo para caracterizar a unos personajes que, en la mayor parte de los casos, resultan sólidos. Especialmente en lo que se refiere a la comunidad mennonita y a la pareja de granjeros principales, que lejos de describirlos como fanáticos religiosos, presenta un grupo con sus creencias y estilo de vida separado, ni mejor ni peor que el mundo urbano, y dotados de un inesperado sentido del humor que los aleja mucho de cualquier estereotipo en el que podía caerse. Algo menos cuando se trata de la pareja protagonista, que, quizá por ser un poco las victimas propiciatorias de la trama, su actitud resulta a veces un poco perdida (especialmente en el caso del protagonista involuntario, que se pasa todo el verano comiendo, leyendo clásicos del terror para una presunta tesis y quejándose que no le gusta ninguno), y a veces, un exceso de inocencia que parece forzada: la presencia de una docella, según lo establecido en la trama, es comprensible. Pero no muy creible la panfilez que alcanza en algunos momentos. Claro que si no, sería dificil el justificar que cualquier personaje femenino no saliera huyendo despavorido ante el primer comentario jovial del antagonista. Un antagonista que desde el primer momento aparece como tal ante el lector, asistiendo a los cambios de percepción que los personajes van teniendo sobre él y que, salvo una gran capacidad para ocultar su verdadera naturaleza, va progresivamente desvelándose como una figura siniestra. Y que, de no estar en una novela de terror sobrenatural, su caracterización sería la más cercana a previa actitud jovial de un depredador infantil.

Aunque caracterizada por un ritmo muy lento, y en el que lo monstruoso va haciéndose camino de forma gradual, no deja de tratarse de una primera novela en la que los fallos de una narración narra, o quizá la mano de algún editor dirigiéndola hacia lo comercial, se hacen presente. La atmósfera establecida en los primeros cientos de páginas se despachan de forma apresurada cuando, en las últimas, acaban apareciendo un ritual macabro, una posesión, un engendro prehumano y una turba de campesinos enfurecidos ¿Pero el villano no se había pasado varios capítulos meditando sobre la necesidad de preparar todo con calma, y ahora le entra la prisa? Por no rematar, siendo lo más chocante en comparación con el tono previo de la novela, con un desenlace romántico de lo más forzado en el que, si al principio los protagonistas eran dos marionetas interpretando un enamoramiento a manos de un villano, ahora lo son a manos de un escritor en el que, no termina de quedar claro si esta habría sido su decisión, o si los hechos acaecidos en la granja Poroth hubieran sido distintos.

Ceremonias macabras no es un clásico indiscutible del terror, pero si una buena novela. Una que destaca muy por encima en una década en la que, en cuanto a volumen de oferta no era posible quejarse, pero sí, algunas veces, en cuanto a calidad y variedad.


jueves, 19 de marzo de 2020

Dean R. Koontz: Fantasmas (1.983). Parafraseando a The Specials: This town is coming like a ghost town



Durante la época en la que editoriales publicaban autores de terror fuera de colecciones específicas (estos días me estoy reconciliando con algunos ejemplares de Gran Super Terror), había tres nombres que siempre resonaban en enormes letras en cada portada, y casi podría decirse que en este orden: Stephen King, Dean R. Koontz y Anne Rice. La última, en lo de terror, es bastante discutible, pero como salían vampiros, quedaba incluída en el mismo saco. Koontz, en cambio, venía a ser el segundo dentro del ranking de popularidad, bastante similar a la hora de abarcar temática fantástica y con una producción bastante amplia entre novelas independientes, relatos, unas cuantas series y varias décadas de producción literaria a sus espaldas.



Fantasmas no es su primera novela, pero sí hoy una de las más antiguas y según varias críticas, una de las mejores. Todo comienza con la llegada de una médico y su hermana menor a un pequeño pueblo de montaña donde ejerce su actividad. Un lugar apacible pero que en ese momento, lo es demasiado: las calles se encuentran desiertas de toda presencia humana, animal, e incluso de cualquier sonido que anuncie la existencia de vida. Sus habitantes parecen haberse esfumado, salvo por unos cuantos desafortunados, muertos de manera horrible y con expresión de páníco en sus rostros deformados. Las comunicaciones, todavía activas, solo sirven para que el grupo de policías que acude quede recluido junto a ellas, en un pueblo donde una presencia desconocida, y capaz de tomar forma de los miedos más profundos de sus víctimas. Y de la que quizá solo un académico, caído en desgracia por sus particulares teorías, tenga tenga el conocimiento suficiente como para poder detenerla.



De Koontz no tenía una opinión demasiado buena. Unas tres o cuatro novelas, publicadas durante los noventa, como única alternativa disponible en una ciudad pequeña, y poco después de haber terminado la bibliografía de Lovecraft, se habían saldado con un conjunto de argumentos, tirando a rutinarios, y sobre todo, con una manera de caracterizar a los personajes que resultaba simplista: sus héroes intachables, sin un solo defecto moral ni debilidad, se oponían a unos antagonistas que eran todo lo contrario, y en cuya acumulación de rasgos negativos y caracterización “malvada” no había posibilidad, no solo de empatizar, sino de creérselos como personaje. Tras el tiempo, y la variedad editorial suficiente como para volver a recordarlo y darle una oportunidad nueva, e incluso descubrir que también había tenido su incursión en el mundo del cine: la saga de Odd Thomas había tenido una adaptación, y al menos la película, había tenido también su gracia. Y lo mismo había pasado con Fantasmas. Que, al menos, contaba con una premisa más interesante que la de un nazi viajando en el tiempo y enamorándose de una heroína sacada de un telefilme.

En este caso comienza con un título engañoso, aunque sea la traducción directa del inglés: y es que Fantasmas no hay ninguno, salvo lo que creen ver los personajes en algún momento. Lo que sí hay es una historia propia de cualquier serie B, para lo bueno y para lo malo. Aunque por suerte, el primer caso se da más: un escenario más o menos acotado como el de un pueblo, un grupo de personajes en el que destacan una serie de rasgos de personalidad (la protagonista con un pasado que debe superar, el policía heroíco, el desagradable que se muere pronto, los majos que se mueren más tarde, el científico...), un interés romántico por ahí en medio, y una criatura monstruosa con los suficientes rasgos de personalidad identificables como para que se convierta en un enemigo más cercano a algo malvado que a uno de los horrores indiferentes de H. P . Lovecraft. Pero, como en toda narración con estas características, mantener el interés es difícil, y junto a un punto de partida que promete, se añaden una serie de situaciones muy propias de la época. Secundarios, como el lider de una banda de moteros llamada Los demonios del Cromo (Los satanases del infierno lo había cogido antes Los Simpson) o un psicópata en ciernes parecen un poco perdidos y recuperados hacia el desenlace. Y sobre todo, una forma de intentar explicar la trama donde acaba mezclando como puede teorías científicas y una mitología que solo hace pensar “bueno, de acuerdo. De todas formas de algún modo tenía que resolver esto, pero no es lo más brillante”.

Fantasmas no podría calificarse como una buena novela de terror. Ni tampoco una sorpresa oculta entre libros de saldo. Pero sí como una buena forma de hacer las paces con un autor al que, puede que no tuviera unas narrativas revolucionarias, pero sí resulta más fácil apreciar su tarea y estilo cuando queda claro lo que va a ofrecer y lo que se quiere leer en ese momento.  

jueves, 12 de marzo de 2020

House on Haunted Hill (1.999). Susto, muerte o premio


Los noventa, especialmente en su tramo final, no es que brillaran mucho en cuanto a género terrorífico, fantástico u originalidad. Fue una época marcada por los remakes: de series de los sesenta, setenta o de la película que se pusiera a tiro. Pero también parecían empeñados en una cosa: compensar la falta de ideas a base de ordenador. Los efectos digitales se habían convertido en una presencia inevitable en cualquier producción que quisiera resultar atractiva. Especialmente en aquellos remakes, en los que en su día había sido imposible acompañarlos de unos efectos tan llamativos como los que se podían ofrecer actualmente ¿Y qué mejor lugar para ofrecer un desfile de efectos que una historia de casas encantadas?



La casa de la colina encantada es en realidad un antiguo manicomio, cerrado en los años treinta tras un incendio que costó la vida a pacientes y trabajadores por igual, quedando solo unos pocos supervivientes. Han pasado más de sesenta años y el edificio ha permanecido vacío hasta que un magnate de los parques de atracciones decide utilizarlo como sala de fiesta para el cumpleaños de su mujer, con la que mantiene una sana relación de odio-odio y cualquier intento de organizar una velada deriva en un intercambio de trampas: que si ahora te cambio la lista de invitados por otra, que si voy a instalar efectos especiales y convertir la fiesta en una casa del terror…Un cruce de trampas que pasa a un segundo plano cuando pequeñas anomalías empiezan a hacerse visibles: los invitados no son los previstos, pero tampoco ninguno de los elegidos por los organizadores, sino un grupo de desconocidos sin relación aparente entre sí. La maquinaria que regula los cierres de seguridad del edificio se acciona por sí sola, quedándose el grupo encerrado durante toda una noche. Y el actual propietario asegura que el lugar tiene vida propia y hará cualquier cosa por acabar con sus ocupantes.








Estrenada en una época de remakes, el guión elegido para esta nueva versión era el de una película de terror de los cincuenta del mismo nombre y dirigida por William Castle, un especialista en serie B y en montar auténticos espectáculos a la hora de atraer público: en sus pases lo mismo bajaba un esqueleto del techo de la sala, que había una ambulancia a la puerta por los posibles desmayos o hacía firmar una declaración de responsabilidad por los infartos que podrían provocar sus aterradoras películas (sorpresa: no, no daban tanto miedo. Y eran tirando a flojillas. Aunque vistas hoy, son bastante cuquis). Toda una campaña donde lo importante no era tanto la película sino la expectación que podía generar. En la década del 2.000 era difícil que algo así funcionara, pero el remake, en el que estaba implicado el hijo del director original, conservó ese sentido del exceso y del espectáculo de la original, pero de una forma distinta: lejos de pretender ser una producción seria, aterradora o atmosférica, esta es un espectáculo, todo el que podía ser posible con el presupuesto y los efectos especiales que podían permitirse en esos años, que, dadas las limitaciones y el tipo de historia que cuentan, resultan más aprovechados que los excesos del remake de The Haunting que se estrenó ese mismo año.


El guión se resume en un conjunto de clichés propios de la serie b y del suspense, como podían ser estos diez negritos (bueno, cinco) encerrados en una mansión con la promesa de un premio, sin tener claro el por qué han sido elegidos, y un escenario donde han decidido meter todas las cosas que den miedo y giros de guión posibles ¿qué es más aterrador que una mansión embrujada? Un manicomio embrujado y una historia de horribles experimentos médicos ¿Qué resulta más directo que sugerir, y le da al público aquello por lo que ha pagado? Un montón de secuencias de susto con rostros deformados, escenas en blanco y negro y espectros que griten mucho. El resto son un grupo de personajes un tanto intercambiables, salvo las dos parejas protagonistas, los primeros, como los principales inocentes que sobrevivirán a la casa del terror, y los segundos, como el matrimonio interpretado por Geoffrey Rush y Famke Janssen. Donde sorprende ver a un actor con Oscar previo y con otra película presentada a los premios en ese mismo año, olvidarse de toda seriedad interpretativa y ofrecer un registro sobreactuado, excesivo pero adecuado para una película del mismo tono y que parece elegida para pagarse las facturas, sin que eso impida que este lleve a cabo su trabajo de forma efectiva. Y que, hay que reconocerlo, entre los diálogos de serie B y el resto del reparto, es el punto más destacable.



House of Haunted Hill fue la primera de una serie de remakes, o de nuevas versiones, de varias de las películas más conocidas de William Castle. Todas caracterizadas por una duración tirando a breve, por lo vistoso, el sentido del espectáculo visual y por adaptarse a los gustos de un público más acostumbrado a los excesos y a los que ya era posible mostrar escenas más directas. Esta primera producción, en el fondo, no dejaba de ser un entretenimiento, no demasiado elaborado, pero que funcionaba. Después de todo, la casa en la colina encantada original contaba entre sus efectos especiales con un esqueleto de anatomía deambulando por ahí…Y con Vincent Price. Aunque este, en comparación, sigue resultando imbatible.
 





jueves, 5 de marzo de 2020

Laurell K. Hamilton: Placeres prohibidos. De profesión, reanimadora. Lo de matar vampiros es circunstancial


Uno de los géneros más trillados en el fantástico de los últimos años, es también uno de los más resultones: la fantasía urbana, y en concreto, sus detectives, han acabado por tener para ellos solos una sección cada vez más amplia pero muy parecida entre sí: la presencia de lo sobrenatural como algo común, sea de forma abierta o como una sociedad secreta, y un personaje principal con alguna particularidad que lo hace distinto al resto de seres humanos, y que se gana la vida entre ambos mundos trabajando como detective. Una fórmula muy sencilla que hace que prácticamente cada lector, incluso los que no sean aficionados a este tema, se haya acercado a él en algún momento y pueda tener algún favorito. En un género donde los tiempos de John Silence y Carnacki quedan muy lejos, y donde es prácticamente imposible llevar una pista actualizada de todas las sagas disponibles, sí que se puede señalar al personaje creado por Laurell K. Hamilton como uno de los más populares, y también uno de los pioneros.



Placeres prohibidos es la primera de las aventuras de, en este caso, no detective, sino reanimadora de cadáveres Anita Blake, aunque a su pesar acabe haciendo también investigadora no remunerada, el nombre del club nocturno regentado por vampiros donde comienzan sus problemas, y también una traducción libre del término "placer culpable", todo aquello que nos gusta pero avergüenza reconocer (algo así como mi afición por los zombies y las películas de tercera regional. Salvo que yo no lamento nada). Una despedida de soltera a la que acude Anita como invitada sirve para que esta sea contratada por la comunidad vampírica local como investigadora principal de los asesinatos que se están produciendo. Porque, aunque difícil cuanto más antiguo sea, es posible matarlos o dañarlos con los métodos tradicionales. Pero hay un problema: Anita no es detective, sino reanimadora profesional de cadáveres, una profesión que también le será útil en este caso. Pero también tiene licencia oficial como asesina de vampiros, algo que ha llevado a cabo en el pasado y que también significa una cosa: que los no muertos la temen, y que estos no le caen demasiado bien.

Aunque la saga de Hamilton apareciera a principio de los noventa, y se considere una de las primeras, no fue hasta finales del 2.000 cuando se publicó en España, únicamente tres entregas de una serie que supera las 20. Y de las que, según sus críticos, es hacia la mitad cuando la saga empieza a perder el norte y derivar hacia el erotismo como tema principal y la monotonía de los temas. Pero en esta primera novela esto quedaba muy lejos, y el Sant Louis donde transcurre la historia es una ciudad donde los vampiros son una parte más de la sociedad, más o menos tolerada pero no aceptada, el trabajo de reanimador de cadáveres es una actividad lucrativa, especialmente en lo que respecta a aclarar testamentos y operaciones de seguros, y Anita Blake, una protagonista que se toma su actividad con bastante pragmatismo y poco drama: su despacho, aunque por el momento aparece poco, no se distingue de cualquier otra oficina comercial, y ella, como protagonista, no parece un personaje trágico ni demasiado intenso: su primer encuentro con un vampiro, del que conserva cicatrices, se trata con la misma naturalidad que el accidente que podría haber tenido un agente de la ley. Se toma su trabajo con naturalidad y compensa su escaso tamaño con ingenio y teniendo un arma a mano. Aunque su forma de lidiar con las secuelas que pueda provocar su trabajo sea el dormir con un pingüino de peluche, además de coleccionarlos. Un personaje que cuenta con bastantes de los tópicos del género, como la escritura en primera persona, o su descripción menuda (¿por qué gran parte de las heroínas de este género tienen que ser minúsculas?), o que, durante la mayor parte de la trama, su trabajo como reanimadora poco tenga que ver salvo el resultar pintoresco. Pero que tiene la naturalidad necesaria para irse ganando la simpatía del lector, en una novela en el peor de los casos, o interés para continuar la serie en el mejor.






El libro cumple todo lo necesario para funcionar como lectura ligera: rápido, una mitología fácil de comprender en pocas páginas y que puede describirse todavía en menos, y la aparición de una serie de personajes con posibilidades de convertirse en secundarios recurrentes o, en el caso de alguno de ellos, en posibles intereses románticos para secuelas posteriores. No es una lectura para buscar nada original, y en realidad el misterio que resuelve acaba siendo un poco lo de menos: la trama del asesinato acaba teniendo validez únicamente para que el desenlace sea más o menos sonado, para hacer que la protagonista se vaya moviendo por distintos escenarios y describiendo lo que es nuevo para el lector. Sorprende, en todo caso, que tras casi treinta años de su aparición, su escritura resulta bastante intemporal, algo difícil en un género tan marcado por los tiempos, y que la diferencia de década solo se note, de forma inesperada, por la aparición de un busca.

Placeres prohibidos puede resumirse en una lectura breve, divertida y que funciona cuando se sabe lo que se iba buscando: en este caso, a uno de los primeros personajes de la fantasía urbana y una trama donde no falten vampiros ni cambiaformas deambulando a sus anchas por una ciudad cualquiera. En cuanto al interés necesario para continuar, dado que en un momento su protagonista suelta una frase lapidaria como "soy la ejecutora. Mato vampiros, no salgo con ellos", es bastante probable que este se quede en los tres únicos volúmenes editados por Gigamesh hace ya algún tiempo.



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