Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 16 de noviembre de 2017

Lecturas de la semana: el horror en lo cotidiano


Aunque en los últimos años me hice más aficionada a la novela que a los relatos (¿Y si la antología es floja? ¿y si algunos se me hacen cortos? ¿Y si el cuento más extenso no me gusta?), hay excepciones. Las recopilaciones de Valdemar son siempre un acierto en cuanto a calidad y casi siempre en cuanto a su contenido. Y en el caso de algunos autores, el cuento corto es la mejor forma de acercarse a ellos. Bien por conocer un poco su estilo, bien por ser los libros que están disponibles en ese momento, o porque el escritor en cuestión se haya especializado en este género.


 
Parecerá una tontería, pero esta ha sido de las portadas que más me ha gustado en lo que va de año

Lisa Tuttle. Nido de pesadillas. Tuttle cuenta con un libro, llamado Refugio del viento, escrito junto a George R. R. Martin (de quien fue pareja, y aquí termina el inciso Sálvame), y durante los ochenta en España se la pudo conocer gracias a su aparición en alguna que otra antología de Martinez Roca. Precisamente, esta es una recopilación de varios relatos que escribió en esa década.

Todos ellos se caracterizan por la presencia de lo femenino, las relaciones personales y familiares, y a menudo del deterioro de estas. Pero también de la presencia de lo sobrenatural, que se manifiesta de forma inexplicable.

El horror descrito por Tuttle puede ocultarse en una casa ruinosa, en unas ruinas británicas o con la presencia de un sanguinario dios azteca. Pero también en lo cotidiano: la enfermedad, la pérdida, los matrimonios rotos o memorias fragmentadas de la infancia sirven para crear atmósferas enfermizas, a menudo mucho peores que aquellas páginas donde existe un monstruo en el sentido literal de la palabra.

Los cuentos de la recopilación son muy breves, pero suficientes para describir en unas pocas páginas unos personajes que sorprenden por la profundidad de su caracterización en pocos párrafos. Y en los que en muchos casos, hay un golpe final, que quizá sean un recurso típico de la narrativa fantástica en los ochenta, pero que que sin duda funcionan: Nido de bichos, el primer relato, pude leerlo hace unos quince años en un tomo de la colección Horror de Martinez Roca. A la segunda página me dí cuenta que recordaba perfectamente su contenido.



Mariana Enriquez. Los peligros de fumar en la cama. Aunque cuenta con una novela y varios textos anteriores, esta es su primera recopilación de relatos. Que, comparada con Las cosas que perdimos en el fuego no resulte tan redonda, pero sí iba aproximándose a la temática de esta: en estos, lo sobrenatural aparece de una manera tan anodina que provoca dudas, sin saber si es real o solo la narración de un protagonista alucinado. Otras, se emplea como única explicación posible a lo que los protagonistas comienzan a sufrir. Pero el mayor peso en el libro lo tiene el horror como algo real. El descenso a la locura relatada por un personaje, el desarrollo, lento hasta la angustia, de un pensamiento suicida o una descripción meticulosa de una relación enfermiza que, parafraseando al refrán sobre los accidentes de tráfico, son desagradables, pero el lector continúa leyendo aturdido.


Para Mariana Enriquez, como escritora, es un lugar horrible. O más bien, uno donde no hay un sitio seguro en el que esconderse de lo que provoca miedo a nivel cotidiano. La autora puede describir, con total sencillez y al mismo tiempo, detalle, lo peor que puede encontrarse en cualquier barrio, sin que esto se limite a su Argentina natal. Si en cierto modo la descripción de distintas cuadras en Buenos Aires, de una posada alejada de la ciudad porteña hacía que su visión pudera resultar algo más lejana para sus lectores, en más de una ocasión acaba llevando el horror a un entorno más cercano. No solo empleando escenarios más reducidos como un domicilio o una casa, sino llegando a dar el salto y ofreciendo uno de los retratos más siniestros que podrían darse de la ciudad de Barcelona. Y que leído hoy, resulta inquietantemente acertado: un cuento escrito en 2009 habla de inmuebles ruinosos ofrecidos en alquiler como viviendas, y pintadas anti turistas. Leerlo en 2017, el año de la turismofobia y del imperio de Airbnb hace que este resulte una visión bastante clarividente de lo que podía llegar. O hacer pensar que todo puede ir a peor.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok (2017). The inmigrant song, luces de neón y lo que hacen los asgardianos cuando no posan de héroes


Thor ha sido la saga más floja en comparación al resto de las producciones de Marvel. Iron Man se salvaba gracias al carisma que Robert Downey Jr daba a Tony Stark, haciendo que sus películas giraran en torno a su personaje y el público olvidara el resto. El dios del trueno, en cambio, adolecía de una primera película que se tomaba demasiado en serio, una secuela que parecía un blockbuster de manual y unos personajes desaprovechados en su mayoría: Natalie Portman figuraba poco menos que de florero, y dudo que nadie eche de menos a Kat Dennings. Pero era también un personaje en concreto el que salvaba cada entrega, siendo el Loki de Tom Hiddleston lo más memorable que pudo aportar, además de todo un villano de opereta para Los Vengadores. Nunca quedaba muy claro qué hacer con Asgard , pero el universo Marvel tenía que seguir adelante y para la última entrega del Dios del Trueno decidieron tirar la casa por la ventana. A nivel visual y a la hora de arriesgarse y ofrecer algo muy distinto a lo anterior.  


En Ragnarok Thor no podía estar más lejos de la tierra. Tanto, que incluso a los personajes de las entregas anteriores son despachados con una mención muy breve, y siguen adelante con una propuesta distinta: este comienza evitando el Ragnarok con una batalla que resulta de todo menos épica, para regresar a Asgard encontrando de nuevo a su hermano y descubrir que el reinado de Odín era muy distinto a lo que había creido siempre: el padre de los dioses, exiliado en la Tierra, se muere, y su desaparición servirá para que Hela, la diosa de la muerte, entre en escena. Una enemiga capaz de despojar a Thor de sus poderes y exiliarlo, como se vio en su primera aparición, salvo que por azar y a un lugar muy distinto: un planeta en el confín del universo, donde encontrará a aliados tan dispares como el mismo Hulk, huido de la tierra, una valkiria e incluso su propio hermano.




El cambio de esta secuela respecto a las anteriores ha sido total e inesperado. Si en la primera se le dotaba de personalidad, un tanto grandilocuente, a través de Kenneth Branagh, algunas opiniones han definido esta como más cercana al estilo de Guardianes de la galaxia. La comparación se queda unicamente en mencionar la franquicia de Marvel que va más a su aire, porque en realidad el referente más directo viene dado por su director: Taika Waititi, quien estuvo detrás de Lo que hacemos en las sombras, y que vuelve a demostrar su buen hacer a la hora de quitarle dramatismo a unas criaturas sobrenaturales (vampiros, en el primer caso, el héroe de Asgard en este) dotándolos de humanidad. O más bien, de la patosidad y sentido del humor de un humano corriente. Los héroes tropiezan, se caen, a menudo sus posturas heroicas no salen bien y se ponen serios cuando es necesario. Este cambio de tono sirve también para reflejar la evolución de Thor, quien es muy distinto al héroe de la mitología nórdica de su primera aparición: menos dramático, con más ironía y al que se le nota su paso por Los Vengadores. Un cambio que también se hace patente en Loki, quien sigue manteniendo sus características principales pero dotado de una mayor ironía y ya completamente alejado del villano que hizo su aparición en Los vengadores. Si la aparición de Hiddleston sigue siendo una de las más celebradas, por suerte la película no se apoya integramente en la presencia de un personaje que se ha convertido en el favorito de los fans. Y, aunque en su momento se habló de filmar una película protagonizada por este, ya no es necesario: Ragnarok es tan suya como de su protagonista principal.


El tono de comedia, en su mayor parte, le sienta bien. Consigue mantener, que es difícil, un equilibrio entre esa visión desmitificadora de los héroes con las escenas de acción y las partes dramáticas. Durante la mayor parte del tiempo funciona, y hace que su primera parte, ambientada durante el exilio del protagonista, haga funcionar un estilo visual muy recargado, deudor de los ochenta y completamente opuesto a los tonos dorados y la pompa con la que se presentaba Asgard. Incluso es capaz de incluir esa comicidad en uno de los momentos claves, sin que desentone. Aunque en algunos momentos, el recurso se hace excesivo y parece que los protagonistas se caen de maduros en los momentos más inadecuados, solo porque da risa.



La estética es también muy distinta, y mucho más libre que las vistas hasta ahora. Guardianes de la Galaxia era muy space opera y Doctor Extraño tenía ya su punto de psicodelia, pero en este caso alcanza unos niveles de locura mayor: no faltan los colores chillones, unos escenarios cuya decoración bebe directamente de los peores excesos de los ochenta y una banda sonora muy inspirada en esa década, donde no faltan los sintetizadores pero tampoco el rock clásico, donde The Inmigrant Song, de Led Zeppelin, acaba por convertirse en la melodía oficial de la película.

La mayoría de decisiones tomadas en Ragnarok son arriesgadas: una estética tan marcada se aleja mucho del estilo más pensado para atraer el público en masa que emplea Marvel, y es muy probable que se convierta en esas que, o se aman, o se odian (en mi caso, lo primero. Y soy devota de los gatos, pero ¡Fenrir era amenazador y abrazable a partes iguales!). Otras, van más a lo seguro: Hela se queda un poco en la villana de la secuela, sin llegar a la falta de carisma de Malekith en En el mundo oscuro. Aparece de la nada, siembra el caos, y es la antagonista a vencer. Pero su presencia es poco menos que una excusa para un guión muy distinto: el de la evolución definitiva de Thor, de Loki, convertido en un personaje más burlón y menos malvado, y quizá, el de ofrecer un cierre más divertido a la historia de Asgard.


jueves, 2 de noviembre de 2017

Channel Zero: No End House (2017). Cuidado con los caníbales


La propuesta de Channel Zero fue cuando menos, un experimento curioso, pero muy bien pensado: crear una serie antológica a partir de distintos creepypastas. Esto garantizaba en principio una serie de terror muy efectiva, gracias al factor shock de ese tipo de narración, y los escasos medios que harían falta para desarrollar unos escenarios que podrían encontrarse en cualquier sitio. La primera temporada tuvo un resultado un tanto inesperado, al menos, comparado con lo que el público contaba ver: Candle Cove no era una miniserie sobre el misterioso programa infantil que ensombrecía la memoria de determinados adultos, sino una muy distinta sobre niños siniestros en la que el creepypasta en cuestión era poco menos que un señuelo. La realización también era muy distinta a lo que el público se había acostumbrado, con unos exteriores y colores poco saturados que hacían recordar a las producciones de televisión de hace veinte años, y sobre todo, unas interpretaciones un tanto acartonadas de las que no quedaba muy claro el motivo.

Las promos de Channel Zero: El American Horror Story de Hacendado

La propuesta, en cambio, funcionó, y el siguiente año se adaptó por las mismas fechas, pero de una forma más libre, The No End House. En este caso, los rumores de una casa donde, si se superaba una serie de habitaciones con encuentros cada vez más terroríficos, se conseguía un premio pero a costa de la cordura de quien se adentre en ella. De nuevo, en lugar de un narrador indefinido, aparecen Margot, una joven que todavía no ha superado el duelo por la muerte de su padre, y sus dos amigos. Tras recibir un extraño vídeo, el grupo decide acudir a la atracción que este anuncia: una casa del terror que cada Halloween, aparece en distintos lugares y de la que se dice que es una de las experiencias más aterradoras que pueden vivir. Lo que comienza con una serie de salas en las que estos, acompañados por un hombre que parece haber estado en la casa otras veces y un joven que hace buenas migas con Margo, contemplan situaciones demasiado cercanas a ellos como para ser una atracción de Halloween corriente, termina con una atropellada salida de la casa. Salvo que la salida es a un lugar muy distinto, donde estos se encuentran con todo lo que deseaban o habían perdido. Y que muy pronto les hará recordar la advertencia que había al comienzo de su viaje: cuidado con los caníbales.





Sin ser una versión literal del creepypasta original, esta temporada opta por una solución bastante más satisfactoria: la casa sin fin es el punto de partida. Uno, en este caso, muy libre y a partir del cual el guión desarrolla lo que pasaría después de lo que narra la historia previa. Si lo que se busca es un material más cercado a su fuente de inspiración, esta decisión ha sido una mejora. La trama principal no parece una historia distinta pegada con celofán a la de la casa, sino un poco una secuela o un guión donde se desarrolla algo distinto a partir de un bosquejo. Y por suerte, las interpretaciones esta vez resultan menos estáticas. Sin ser una maravilla, porque la serie tampoco lo necesita, pero no resultan acartonadas y se acercan más al formato al que el público está acostumbrado. Algo necesario cuando el guión incide mucho en temas dramáticos como la memoria, la culpabilidad o el miedo.



Posiblemente, uno de los aspectos por los que Channel Zero funciona (y en vista de esta temporada, espero que siga funcionando), es porque a nivel presupuestario parece una serie de lo más apañadita: con cuatro escenarios corrientes y un poco de gelatina de atrezzo se saca una historia. No hay efectos especiales, y los que hay, tiran un tanto a pobres...y esto, hasta acaba teniendo gracia. La mayor parte de los decorados son muy simples, con unos exteriores muy despoblados, y sin más horror, como tal, que lo que van contando o sintiendo sus protagonistas. La simpleza que mantienen en todo momento,y que parece convertirse en una característica principal de la antología, es todo un acierto: no pretende impresionar ni llamar la atención, sino contar una historia de terror.



Una cosa está clara: esto no es American Horror Story. Y como tal, no va a haber dramas extraños ni humor negro, ni rarezas. Sino, simple y llanamente, una historia de terror. Una que mantiene cierto aire de serie B y se agradece, sin tener pretensiones de crear un formato revolucionario ni que se hable de ella, salvo por los fans del género fantástico, que quedarán bastante satisfechos. Pero también tiene los defectos de todo creepypasta: aunque se base en ellos libremente, están muy presentes las incoherencias de estos, los momentos alargados innecesariamente e incluso situaciones poco cuidadas, donde personajes que parecían principales acaban desapareciendo sin que al resto le importe mucho, o donde el ritmo de la narración falla estrepitosamente al crear episodios de relleno consistentes en persecuciones. Algo bastante imperdonable en una miniserie con seis entregas.

La primera temproada de Channel Zero fue poner una idea a prueba, que podía gustar o no. La segunda, la idea se pule más y aprovecha bien el formato de antología: cada año es una historia distinta, tan breve como la que se podría leer en la pantalla del ordenador y en la que por suerte, en esta entrega, y pese a sus defectos, ha quedado bien. Y esperemos, que con la puerta abierta hacia una nueva temporada el año que viene.

jueves, 26 de octubre de 2017

Lecturas de la semana. Vecinos inquietantes y familias disfuncionales




Han pasado casi dos meses desde que escribí sobre más de un libro seguido. Por suerte, no es que mi velocidad de lectura se haya reducido, sino que los más recientes han sido algo más voluminosos de los que contaba. Salvo estos dos, claro. Porque parece que, salvo excepciones (de las que, por ejemplo, Mark Z. Danielewski es todo un especialista) lo extraño en la literatura funciona mucho mejor en un número de páginas escaso.



Roland Topor. El quimérico inquilino. Resumiendo: un tipo alquila un piso en París, no sin dificultades. El apartamento es feo, los vecinos y el administrador poco menos que le hacen mobbing y la fianza que tiene que pagar por él es astronómica. Lo que se parece sospechosamente a cualquier búsqueda de piso en una capital en el 2017 se va volviendo más extraño cuando Trelkovsky descubre que la anterior inquilina no ha fallecido tras intentar suicidarse, sino que aún se encuentra hospitalizada. Y que el temor a volverse una molestia para sus vecinos se convierte en una forma de vida enfermiza, no cocinando, empleando en lavabo o no bajando la basura ante el temor de que alguno de ellos pueda presentar una queja por ruido. Pero sobre todo, que la persona que habitó el apartamento va convirtiéndose en una constante en su vida, o más bien, sus hábitos y personalidad, que este intuye a través de los efectos personales que permanecen en el inmueble.

La novela se caracteriza por un humor muy negro, a ratos absurdo, y a ratos un tanto escatológico, y sobre todo, por un estilo un tanto surrealista en el que lo estrafalario, en su vertiente más oscura, va teniendo cada vez mayor presencia. Todo, sin que técnicamente, llegue a pasar nada: la historia se limita a seguir un poco el día a día de su protagonista en su nuevo apartamento, presentando cómo este va adquiriendo distintos hábitos y rasgos que enrarecen la atmósfera del libro, sin que, en cierto modo, llegue a quedar claro la veracidad de la narración o si esta es fruto de la paranoia. En todo caso, el humor negro acaba convirtiéndose en la única salida posible en el desenlace, y en cierto modo, en la manera de procesar los hechos que conducen a este.



Bruno Schulz. La calle de los cocodrilos. En las pocas entrevistas que da Thomas Ligotti, Schulz es un autor que menciona a menudo. No le había hecho mucho caso a este hecho, porque en todo caso, sus influencias resultan un poco difíciles de seguir. Gracias a La mano del extranjero descubrí que existía una traducción de sus relatos (además de una película) y que no era tan inaccesible como temía. Y fue una frase concreta la que me animó para empezar, al menos, uno de sus libros de relatos: “era un tiempo vomitado…un tiempo de segunda mano”. La vida de Schulz podría haber sido objeto de una adaptación cinematográfica. Escritor y pintor polaco, fue asesinado durante la segunda guerra mundial por un agente de la Gestapo, por algo tan mezquino como una rivalidad con el oficial que lo protegía. Se le conocería posteriormente como el Kafka polaco, aunque perfectamente podría ser el Schulz checo, y unos años después, tener al Schulz de Detroit.

La calle de los cocodrilos es una recopilación de relatos, inconexos en cuanto a situación y tiempo en un principio, pero ligados por un elemento común: la familia del narrador en distintos momentos. Pueden ser el comienzo del otoño, la enfermedad del padre o las aficiones de este, un personaje sereno pero estrafalario, permanentemente enfrentado a la asistenta de la familia como si se trataran de fuerzas opuestas y a través del cual, en muchos casos, lo extraño aparece de forma imprevista. En el entorno descrito por Schulz los personajes conviven con la colonia de pájaros exóticos mantenida por su padre, con la secta filosófica desarrollada por este o visitar un sanatorio donde sus internos han muerto y su presencia se debe únicamente a que el tiempo se ha detenido. Pero también un barrio comercial donde una tienda se transforma en un establecimiento menos respetable, sus empleados en algo distinto, y todo ello con la misma manera extraña del autor: una narración fluida, muy lírica (algunos párrafos parecen poemas en prosa) donde lo ajeno y lo imposible hace su aparición de una forma tan sencilla como la de haber sido encadenado a una narración más tradicional.

jueves, 19 de octubre de 2017

It (2017). Desconfía de los payasos en los días de lluvia


2017 ha sido un buen año para Stephen King. En un espacio de tiempo tan breve, ha conseguido ver adaptados a cine y televisión varios de sus libros. Y aunque La Torre Oscura no fuera el éxito de crítico y público que esperaban (aunque a mí me gustó horrores) y la nueva serie de la Niebla acabara siendo cancelada (se lo merecía por prometernos criaturas de otra dimensión y darnos el cambiazo por un telefilme), quedaba todavía la más difícil de sus obras y la que podría considerarse la joya de la corona de todo lo estrenado.



It, pese a lo controvertido de su contenido, donde el horror cósmico se mezclaba con el más crudo y cotidiano, consiguió ver en 1990 una versión en miniserie más que digna, donde en parte por los medios, y en parte por las normas televisivas, muchos aspectos se quedaban fuera. Pero que a pesar de esto, consiguió ser una de las producciones de terror más memorables de la década, en parte gracias a la presencia de Tim Curry como Pennywise, el payaso cuya apariencia ocultaba una criatura que cada 27 años se llevaba a varios niños de Derry, una pequeña ciudad que ya sin la presencia de un ser así era un lugar de lo menos recomendable: llena de violencia oculta, secretos y silencio, es un grupo de chiquillos al margen, por distintos motivos, de la sociedad infantil, quienes tras la desaparición del hermano de uno de ellos, son conscientes de su presencia y deciden enfrentarse a ella. Y si la idea de enfrentarse con doce años a un ser prehumano parece difícil, lo es más cuando este es capaz de convertirse en todo lo que ellos temen.




Esta nueva versión no se trata de un remake, sino de otra versión de la obra de King, y aunque el contenido será similar, la forma de enfocarlo es muy distinta. Especialmente porque el presupuesto y el carácter del público ha cambiado, por lo que la película tiene muchos factores a su favor. En cambio, era difícil olvidar algo tan simple como la capacidad con la que Tim Curry podía infundir temor sin apenas efectos especiales, y sin más caracterización que un traje de payaso tirando a simple, como el que podría verse en cualquier fiesta infantil. El nuevo Pennywise toma un aspecto muy distinto, remitiendo a los payasos del siglo XIX con un traje y un aspecto de arlequín mucho más detallado, pero también mucho más ajado y de colores más opacos. Y en el que el encargado de darle vida, Bill Skarsgard, opta por interpretarlo de forma que su presencia sea una amenaza mucho más abierta, y donde ya en sus primeras apariciones su actitud transmite una mayor sensación de demencia y de ocultar lo que es verdaderamente.


 
En persona vs. foto de Tinder (atención: chiste mainstream)

Si bien el libro estaba ambientado a caballo entre finales de los cincuenta y finales de los ochenta, el guión da un salto para narrar unicamente la primera parte, centrándose en unos protagonistas infantiles hace treinta años: un salto de generación pensado, del mismo modo, para el público adulto que reconozca los escenarios de la película como parte de su infancia. Y aunque los ochenta que presenta están muy bien reflejados, estos carecen de la nostalgia con la que se pudo potenciar Stranger Things. O al menos, no demasiado: siempre conserva cierto punto donde se explota un poco la imagen de infancia idílica que hace pensar en esos años, como los paseos en bici, la impresión de las vacaciones que duran siempre o unas canciones que suenan en los momentos acertados. En cambio, procuran mantener ante todo la época en la que viven los protagonistas, con todos los aspectos negativos y neutrales que conllevaban: las comunicaciones limitadas, o el que todo lo que puedan descubrir los protagonistas se encuentre mediante bibliotecas.



Dentro de los matices más oscuros que se muestran, es la propia ciudad de los personajes: ciertas situaciones que ya en el libro eran muy controvertidas, y algunas que dudo mucho que se lleguen a ver nunca en pantalla, pero que aquí se trasladan con mucha sutileza: en la ciudad de Derry se entreven habitantes mucho peores que Pennywise, y si bien no se regodean en ella, un lugar marcado por la violencia, el secretismo, y donde cualquiera puede ser un psicópata, resulta más inquietante.



Por este motivo el desarrollo del guión se convierte en una mezcla de elementos sobrenaturales y horror real, de modo que en algunos momentos la película es una sucesión de sustos y escenas costumbristas. Un estilo que se hace un poco repetitivo,en el que el montaje hace que estas se alternen de una forma que parece puesta en orden. Pero que por separado son muy efectivas: al guión se le suman unos actores principales muy competentes pese a su edad (y uno de ellos reconocible por Stranger Things), mientras que las escenas macabras se desarrollan con un imaginario muy cuidado y donde detallan al milímetro lo grotesco de los miedos de los miedos de los protagonistas y lo que oculta verdaderamente el personaje de Pennywise.

Aunque esta versión de It se limite a rodar la primera parte de la historia, sin hacer referencia a su continuación treinta años después, la idea no ha sido mala: por un lado, han creado una historia independiente, aunque haga un poco que el resto de la narración pueda verse un poco como una secuela y no como un todo. Por otro, se aseguraban al menos poder cerrar esa primera parte en caso de no poder continuarse. Que, vistos los resultados esta vez, no va a ser el caso.




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