Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 17 de julio de 2017

Obituario: George A. Romero


La misma tarde en la que nos estábamos reponiendo de la noticia sobre el próximo doctor Who (o no. Con tantas pistas sobre una Doctora tampoco era para sorprenderse), se anunciaba, en este caso, un fallecimiento. Que en realidad no tiene nada que ver con televisión, británica o no, sino con el mundo del cine, de la serie b y del terror gracias al cual muchos descubrimos a los zombies modernos.

George A. Romero, según las noticias, fallecía a los 77 años. Una edad no demasiado avanzada según qué estándares (idea que me vino a la cabeza al descubrir que tenía parientes gallegos), pero que a su público nos hace pensar cómo y a qué velocidad han volado los últimos treinta años.  Y que quizá explicara por qué su última película fechara ya de 2009, disfrutando de un merecido retiro.

Sería imposible pensar en el cine de los setenta y los ochenta sin George Romero, del mismo modo que también lo sería sin Wes Craven o John Carpenter. Y aunque su carrera contó con películas memorables, desde adaptar a King con La mitad oscura, adelantarse un poco al cine “de infectados” con The Crazies u homenajear a los comics de la EC con Creepshow, esta estará ligada a la figura del zombie. Fue a partir de La noche de los muertos vivientes cuando este término se separó de su origen mitológico y configuró al que después sería un habitual en el cine posterior, pero también en la cultura popular. Porque, aunque él echara pestes de Guerra Mundial Z y Walking Dead, él era un poco culpable de que hoy pudiéramos disfrutar con ellas. Como también lo era de haber desarrollado, a lo largo de cuatro películas (sé que son seis, pero las dos últimas son tan flojas que vamos a hacernos el avión a su favor), una saga donde se mezclaba esta figura con la de cierta crítica, muy de serie B, a la sociedad y al consumismo. Aunque esto comenzara de forma casi accidental: el protagonista de La noche de los muertos vivientes original, fue elegido simplemente por superar un cásting, sin pretender que hubiera segundas lecturas. Era, como serían después Rick Grimes y compañía, un superviviente. También fue el responsable de darle a sus zombies, porque en el fondo, no podemos pensar en ellos de otra forma, una característica que los definiría posteriormente: lo ambiguo de su origen. Si bien es en esa primera entrega donde jugaba un poco con una explicación de ciencia ficción, posteriormente la descartaría para hacer que estos fueran la amenaza en sí, sin que el motivo de su aparición importara. Algo que resumió perfectamente cuando, en El amanecer de los muertos, un personaje dice “Cuando no quede más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”.
 


Solo por eso, bueno, y por las noches de sus películas emitidas a horas intempestivas en la televisión todavía analógica, por la expectación de poder ver, veinte años después, el estreno en cine de La tierra de los muertos, porque me encantan los zombies, y por haber hecho feliz a sus espectadores, muchas gracias. A él y a Martin Landau, un actor bastante menor (y quizá para los que veíamos la tele en el 2000, conocido por sus doblajes en el Informal), de quien mientras escribía esto, me enteré también de su fallecimiento.

jueves, 13 de julio de 2017

La bella y la bestia (2017). El clásico Disney, versión extendida


A principios de los noventa, Disney tuvo algo parecido a una segunda edad de oro: en realidad muchas productoras querrían estar en sus mejores tiempos como lo estaba esta en los peores, pero durante varias Navidades el estreno de La Sirenita, Aladdin o El rey león eran todo un evento para los más pequeños. Las producciones de esa década son sin duda las más recordadas, y también las más rentables, recurriendo a reestrenos conmemorativos o incluso versiones musicales. Y, con unos medios que hoy consiguen lo que antes era impensable (y para qué negarlo, los que ayer fuimos al estreno andamos hoy con la morriña subida. Cosas de vivir en la Gran Depresión), las versiones en imagen real de los guiones animados también es una fuente de ingresos.



La Bella y la Bestia ha sido una apuesta segura en este caso: se trata de una traslación punto por punto del original en dibujos, al que además de alguna canción a mayores, se le añaden un par de tramas extra que en principio, darían algo más de trasfondo al cuento en que se basó. Bella sigue siendo una joven aldeada amante de los libros, algo muy raro en un pueblo donde toda chica aspira a casarse y donde alguien como Gastón, el cazador más fanfarrón y descerebrado, les parece el mejor partido. Salvo a Bella, que para disgusto de este último, ni el matrimonio ni sus fanfarronadas le atraen lo más mínimo. Su vida cambia cuando, para salvar a su padre, se ofrece como prisionera en el castillo habitado por una horrenda bestia que...y ahora es cuando me pregunto por qué estoy malgastando un párrafo en resumir una historia, que, bien por la propia Disney, bien por el propio cuento, todos conocemos. Y si no, la versión de Cocteau (que también sirvió de inspiración para los dibujos) es una buena forma de descubrirla.



Nunca terminaron de convencerme estos intentos de convertir clásicos de animación en imagen real, principalmente, porque el original funcionaba, lo conocía de sobra, y estas no aportaban más que contar lo mismo en otro formato. Pero al menos para la productora es una apuesta más segura que la de contar la historia desde otra perspectiva, como hacían con Maleficent. Y, si el 101 dálmatas de los noventa acabé viéndolo en casa, lo mismo ha pasado con La Bella y la Bestia. Es un trasvase punto por punto de lo que vimos en los cines en el 91. Uno muy correcto, bien ejecutado y que entretiene tanto como lo hizo la anterior. Pero que no tiene más novedad, salvo el contar con personajes que antes solo habrían sido posibles mediante la animación, como Lumière, Dindon, Chip, que hoy aparecen como un candelabro, un reloj y una taza digitales, entre otros, que conviven con los actores reales en el mismo escenario. Cosa que pueden llevar a cabo sin problemas a nivel infográfico, pero en los que parece que se ha perdido algo: la expresividad de algunos de estos objetos queda muy lejos de la que podía dar, por ejemplo, la animación tradicional a una familia formada por una tetera y una tacita, que aquí resultan algo más planos.

 


El cambio de formato, y también de la forma de producir blockbusters, se nota aquí en un aumento en el metraje: los noventa minutos que entonces eran habituales se estiran ahora a una media hora más, que se cubre con algunos números musicales nuevos (de los que no hay queja, porque actores como Ewan McGregor han demostrado ya defenderse muy bien en este género) o algunas tramas que se incluyen para darle un toque más oscuro en algunos casos, o más cercano a un público adulto que conoce la historia, en algunos momentos. El primer caso no funciona demasiado bien: el trasfondo sobre la infancia de la protagonista no aporta nada novedoso al guión, salvo alargarlo un poco y añadir efectos especiales. El segundo, en cambio, aporta un poco de chispa ofreciendo unos diálogos entre una Bella y Bestia menos ñoños, con más puntos en común con el desarrollo de una pareja en una comedia romántica que la que sería en un cuento de hadas.



Aunque la estética ofrece todo lo que se esperaba, y la mezcla entre los colores más luminososo propios de la animación, y las secuencias más oscuras es efectiva, el reparto se queda como mucho, en cumplidor: aquellos que interpretan a los sirvientes del castillo se limitan a poner su voz como podrían haberlo hecho en la versión de dibujos, y la pareja principal acaba resultando un tanto sosa: es un poco difícil transmitir algo cuando la bestia se pasa toda la película bajo una capa de infografía, y hace añorar aquella peculiar versión en la que Ron Perlman se las apañaba más que bien con un montón de prótesis y maquillaje encima. A Emma Watson, como Bella, no consigo terminar de verla: sus gestos, su actitud y la forma en que lleva al personaje parecen más adecuados para una comedia romántica moderna que para una fábula de fantasía. Sus levantamientos de ceja quedarían bien en la adapción cinematográfica de una novela de Rainbow Rowell, pero el intento de alejarse de la ñoñería de la Bella de los noventa no funciona bien. Se salva en cambio Luke Evans como Gastón el cazador, que sin sobreactuar ni aportar nada especial, sí que hace un personaje más creibe y con más presencia física que el resto.



Para bien o para mal, La bella y la bestia funciona. Algo que se esperaba cuando se cuenta con un guión de eficacia probada, las adapciones necesarias para atraer al público moderno y un reparto que va a gustarle. Se ve, entretiene, pero permanece esa sensación de que esta versión no era necesaria.




jueves, 6 de julio de 2017

Doctor Who (2017). Un comienzo, un final y una renovación


El pasado sábado se emitió el final de la décima temporada del Doctor Who. Décima, si tenemos solo en cuenta su regreso en el 2005, claro. Una temporada que marcaba también dos despedidas: la de Peter Capaldi como duodécimo Doctor y la de Steve Moffat como responsable de la serie. A quienes echaré en falta dado que el primero ha sido mi doctor preferido de toda la etapa nueva, superando a Christopher Eccleston, y el segundo, le ha dado a la serie un estilo que me gustó muchísimo más que el planteado por Russell T. Davies: quizá menos capaz de cerrar todas y cada una de las tramas y detalles minúsculos que aparecen en cada capítulo, pero también más dada al fantástico, a mostrar lo imposible, y por qué no, a lo macabro. Una parte del mundo del Doctor visto por Moffat daba miedo, y ahí estaban los Ángeles, los Silence y los Monjes para demostrarlo.



Esta temporada ha venido marcada por la impresión de ser un comienzo, casi un reboot de las anteriores. Si el especial de Navidad se presentaba a un Doctor en el que Clara Oswald había quedado atrás, y que ahora estaba presente su condición de viudo de River Song (bastante curioso que la relación entre ambos quede fuera de pantalla. David Tennant la conoció por primera vez, Matt Smith se pasó media temporada huyendo de ella y Capaldi parece haber sido su verdadero cónyuge), entre la emisión del 25 de diciembre y el primer capítulo de la temporada parecían haber tenido lugar sucesos bastante importantes. Lo bastante como para que el doctor se haya recluido durante décadas en la tierra, como profesor de una universidad, acompañado por Nardole, el antiguo empleado de River, quien ahora le hace las veces de asistente, acompañante sin viajes y de vigilante en la tarea que ahora el doctor se ha encomendado: guardar una cámara, de la que solo se sabe que parece haber algo peligroso, pero por lo que él siente un profundo respeto. Es Bill Potts, la trabajadora de la cafetería universitaria, quien lo anima, una vez más y para disgusto de Nardole, a retomar desde cero sus viajes. Sin ningún objetivo en concreto, sin ninguna trama pendiente y sin ningún enigma más allá del que ambos encuentran en cada viaje que realizan. Que serán suficientes como para encontrar todo tipo de criaturas, desde alienígenas en el Londres victoriano, hasta una raza capaz de alterar la memoria de toda la humanidad e incluso desvelar qué es lo que se esconde en la cámara que el Doctor guarda.



Es curioso que para ser el final de una etapa, la impresión que de el primer capítulo de la temporada sea la de comenzar una historia: con un Doctor asentado en un escenario concreto, y la presentación de la acompañante nueva, se repasan una vez más los giros y características de la serie y personajes, de forma que al público que los conoce no molesta, aunque quizá lo desconcierte un poco, y sirva para que los espectadores nuevos vayan familiarizándose con una serie que, a fin de cuentas, en su etapa nueva lleva ya doce años en emisión. Y que probablemente también sirva para hacerles llegar en menos tiempo uno de los eventos más propios del personaje, como es la idea de la regeneración de este y la aparición de un nuevo doctor. La intención se nota ya desde que aparece en pantalla el título de ese episodio, nada menos que “piloto”, en referencia tanto a la trama como al estreno de una serie nueva. Esta presentación se hace también con bastantes guiños y bromas a los tópicos de la historia, que el personaje de Bill se encarga de desmontar: la referencia al título de “Doctor Who”, al funcionamiento de la Tardis, a la aparición de determinados enemigos, se plantean con ella de una forma que el público seguramente ha pensado muchas veces.



La nueva acompañante supone también separarse de las características de las anteriores: Amy Pond fue la Chica que Esperó, Clara Oswald la Chica Imposible, todas ellas con un objetivo concreto en la trama que, una vez resuelto, hacía un poco difícil ubicarlas. Bill, simplemente, es un personaje cualquiera, bastante más cercano a Rose Tyler, y que se acerca al Doctor también de una forma muy parecida. Y aunque esta sea la compañera principal, Nardole también tiene un papel importante: si bien durante los primeros capítulos tiene mucha menos presencia, limitándose a ser una especie de nexo entre el escenario principal y la Tardis, acaba convirtiéndose en un habitual en la segunda mitad de la temporada, y aportando un elemento mucho más divertido que el perfil habitual de compañeros: muy lejos del estereotipo de “joven atractiva” de los últimos doce años, cuenta con un conocimiento del Doctor y su entorno que supone una ventaja respecto a otros personajes, además de una vis cómica muy adecuada. Nunca me había convencido Matt Lucas como comediante, quizá porque Little Britain tenía mucha sal gruesa, pero su Nardole es un protagonista de lo más gruñón y entrañable.



También se ha notado la evolución que el Doctor de Capaldi ha sufrido en estos años: frente al personaje más distante, sin apenas empatía de su primera aparición, pasando por alguien que intentaba separarse ante todo de sus versiones anteriores, caracterizado por su guitarra y sus gafas de sol (a veces casi parecía que estaba sufriendo una crisis de madurez) a convertirse en un Doctor como tal, alguien que ante todo, es capaz de sacrificarse por un bien común, sea cual sea, y mucho más compasívo que el de sus primeras apariciones. Pese a haber tenido menos tiempo que los actores anteriores, en el duodécimo doctor ha sido mucho más evidente su evolución como personaje.



Ahora dan risa, pero en el capítulo  es otra cosa.

Los guiones, en cambio, esta temporada han sido un poco irregulares: generalmente con Doctor Who soy muy poco objetiva porque es una serie que me ha acompañado durante muchos años, a la que le tengo un gran cariño, y a la que incluso el capítulo más pasarratos o más flojo me entretiene. Pero en este caso, a menudo se hace evidente que dependen demasiado de ciertos estereotipos: los enemigos más peligrosos se borran de un plumazo mediante una solución que resulta un poco deus ex machina, donde es el carácter o la fortaleza mental de los compañeros del doctor los que salvan el día de una forma que resulta un poco increible. Sobre todo, cuando dedican tiempo a crear unos enemigos con cierta complejidad y que en apariencia, eran lo peor que el Doctor se había encontrado: el caso de los Monjes, salvo una apariencia que seguramente le provoque pesadillas a la próxima generación de niños, se ha quedado en una anécdota. Al final parece que hay que volver a los clásicos, y es en este caso cuando aciertan de pleno. Porque si enemigos como los cybermen habían tenido ya su actualización hace algunos años, ahora Moffat ha sido capaz de rizar el rizo y recuperar a los originales, en aspecto y características: nada menos que los cybermen de los primeros años, con un disfraz tan simple como un pasamontañas y un colador en la cabeza (lo que venía a ser el Doctor Who que conocíamos antes de 2005) se convierten aquí en un material de pesadilla, donde a lo cutre de su aspecto se le da una explicación viable, convirtiéndolos en algo aterrador, y donde se desarrolla el final de temporada que el Doctor merecía.


El final llega retrasando lo que se ha especulado desde la noticia de la despedida de Capaldi: el próximo Doctor sigue siendo un misterio hasta el próximo especial de navidad y despedida definitiva de este y Moffat. Donde ha habido un montón de referencias a la hipótesis regenerarse en una mujer (desde Missy, la nueva versión del Master, hasta que el propio doctor comente que fue vestal en la antigua Roma) y que en realidad, más que un final, es un cliffhanger de cara al cierre de la etapa, que, al menos, promete ser una vuelta de tuerca a un tema que si bien en la etapa clásica era un evento habitual, en la nueva se quedó unicamente como parte del especial del 50 aniversario: el encontrarse dos o más encarnaciones distintas del doctor en un mismo momento. Y, si bien estas no solían funcionar todo lo bien que deberían, siendo más un evento para los fans que otra cosa, en este caso resulta más prometedora: el Doctor, rebelándose una vez más contra su condición, contra el hecho de regenerarse y contra lo que es, se encuentra a sí mismo. Pero literalmente.

jueves, 29 de junio de 2017

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016). Años veinte, cazas de brujas y un zoólogo despistado


Harry Potter fue una de las sagas con más éxito de las que disfrutó el cine el la última década. Con siete libros, y ocho películas gracias a la costumbre pionera de dividir el último en dos partes, fue posible seguir una historia donde el mundo que describía fue aumentando y evolucionando, de forma que una imaginería tan tradicional como magos con varitas y sombreros se transformó en un entorno más oscuro y complejo, creciendo junto a sus protagonistas y sus lectores. Además, el estilo de los libros eran tan sencillo que no me fue difícil ir leyéndolos en muy poco tiempo, o ver las películas a falta de algo mejor en la cartelera. El mundo de Harry Potter, en cambio, no llegó a despertarme demasiado interés, más allá de la curiosidad y por no tener sagas sin terminar (salvo que sean muy aburridas): es una saga que me pilló mayor, y me pareció que el estilo de la narración se había quedado demasiado básico en comparación con el tono de los últimos libros. Por eso tampoco me fascinaba demasiado el mundo que describía la saga, una vez terminada. Y el hacer una película sobre un volumen que consistía en una enciclopedia sobre los animales que viven en él, me hacía sospechar que la idea se quedaría en muchos efectos especiales y poco más para justificar la nueva entrega de una saga más que terminada. El trailer, en cambio, ofrecía algo mucho más atractivo: una estética muy llamativa y un argumento más enrevesado de lo que esperaba.



Animales fantásticos y donde encontrarlos es unicamente el título del libro que Newt Scamander, un zoólogo de criaturas mágicas, escribirá en un futuro. Son los años veinte, y el mundo, de magos y muggles, está muy lejos del que conocería Harry Potter: con una Gran Guerra, en la que participaron ambos, todavía recientes, y una sociedad para la que el respeto a los seres fantásticos es un concepto comprensible todavía, Newt llega a Nueva York en el peor momento posible. Las normas de convivencia entre ambos mundos son muy distintas a las que existen en Inglaterra: separados, y ajenos a la existencia de la magia, salvo por un grupo que se hace llamar Nuevo Salem, y que al igual que sus antepasados, cree que la mejor forma de tratar con la brujería es con fuego. Y en grandes cantidades. Algo que solo puede empeorar cuando, varios de los animales que Newt cuida se escapan, provocando destrozos e incluso alguna muerte. Newt asegura que es algo imposible, dado que estos son inofensivos. Pero también sospecha que el causante se encontraba en la ciudad desde hace tiempo, y que él no es más que un chivo expiatorio para ocultar algo más peligroso.



sta es una película que entra por los ojos. Pero que está también muy lejos de la estética de las primeras de Harry Potter: mucho más sobria, su atractivo recae en plantear el guión en una época pasada, y de momento, no muy explotada en este género, como serían los años veinte, y con todas las posibilidades que ofrece. En su mayor parte, hay menos despliegue de efectos especiales y magia gratuita que en Hogwarts, y la magia se presenta como algo menos artificioso y más integrado en la vida diaria de quienes la emplean. Es curioso que el aspecto tirando a atemporal de las otras entregas, también se mantenga, haciendo que sea evidente que la acción se desarrolla en el siglo pasado, pero que los vestuarios resulten también menos estridentes y menos centrados en la moda que lo que podría haberse visto en una película de época. Pero tanto las secuencias en entornos exteriores como las relacionadas con el mundo de los magos son de lo más apreciable, sin que lleguen a recrearse tanto con ellas como se había hecho hasta entonces. Aparecen lo justo, y son una parte más de la ambientación, aunque eso no impida que situaciones, como un garito ilegal en el que se mueven gangster y duendes sea de los momentos más cuidados de todo el metraje.



Una de las cosas que podría echar para atrás sería el formar parte de una franquicia en concreta, y que en principio parecería difícil el entrar en una historia cuyo trasfondo se desconoce, o que incluso, no interesa. Lo cierto es que esto lo han solucionado muy bien, porque la historia puede seguirse perfectamente sin conocer nada de la serie, haciendo también guiños a cómo el protagonista se pierde al encontrarse con unas referencias y convenciones culturales distintas a la suya. O más bien, lo justito: hoy términos como muggle, o el uso de las varitas, forman parte de la cultura popular como los sables láser de La guerra de las galaxias, de modo que es bastante sencillo entrar en una historia que transcurre en el universo de Harry Potter, pero no es Harry Potter. Hay algunos momentos en los que se descansa en el conocimiento del espectador de determinadas referencias, pero curiosamente, esto sirve para evitar situaciones destinadas a explicar qué es tal o cual cosa que puede comprenderse, o intuirse, perfectamente, haciendo que el guión gane mucho más dinamismo, al no tener que destinarle tiempo a estas exposiciones. Toda una ventaja unida a un reparto ya formado unicamente por adultos, que además de servir de apoyo a la idea de hacer una producción independiente a la franquicia principal, es más que solvente, tanto por el talento de los actores como por cómo han sido escrito sus personajes: la elección de Eddie Redmayne es muy curiosa como protagonista, pero aporta un aspecto despistado y a la vez muy tierno, capaz de aguantar el tipo cuando interactua con efectos digitales e incluso de trasmitir la empatía que su personaje siente por los animales. Y especialmente, el de Jacob Kowalski en su papel de muggle que, si en principio parecía que le iba a tocar hacer de alivio cómico, acaba convirtiéndose en alguien que sirve para aportar cierta empatía con los espectadores que quizá no conozcan la serie y a quien en todo momento, se le caracteriza con bastante sentido común y no con chistes tontos.



Es el guión el que acaba teniendo los fallos propios de una producción que a fin de cuentas, se ha estrenado para extender una franquicia. Este trabaja con dos tramas, por un lado, la situación que viven los personajes en nueva york, un enfoque bastante adulto sobre la intolerancia y el miedo a lo desconocido,y la presentación del que será el antagonista de esta nueva saga. Por otro, la de los animales que se escapan por Nueva York, que sirve para justificar la inclusión de unas cuantas secuencias con efectos digitales y que se ejecuta de una manera bastante torpe: parece un poco difícil que un tipo acostumbrado a moverse entre animales los pierda como si fueran un paraguas, y la insistencia en destinar tiempo a mostrar las persecuciones con efectos especiales hace que detalles más importantes, como nuevo Salem, o la importancia de las habilidades de un personaje, acaben quedándose en una anécdota que unicamente aporta un desenlace.

Animales fantásticos y donde encontrarlos ha sido una buena sorpresa: aunque la idea sea comenzar una nueva saga, esta no cae en la costumbre de ofrecer un final abierto de cara a consolidar las continuaciones, sino que funciona perfectamente como una película independiente. Además, su planteamiento, pese a compartir universo, queda ya muy lejos de Harry Potter. Quizá esté pensada como una nueva saga para unos fans que ya han crecido, pero la idea al menos ha funcionado.

jueves, 22 de junio de 2017

Bedeviled (2017). Samsung patrocina esta película


A menudo un salto teconlógico trae consigo nuevos miedos. A lo desconocido, a los peligros que puede conllevar, o simplemente, una desconfianza irracional. Bueno, En realidad esto se aplica más a las innovaciones recientes, porque no es que haya por ahí ninguna ficción sobre lavadoras diabólicas ni microondas sentientes (aunque sí una película bastante divertida sobre cortinas de ducha). Las últimas han sido las redes sociales, que, con más de diez años de presencia, comienzan a acumular sus propias ficciones y leyendas. Los creepypastas, o incluso el hecho de que muchas cuentas de facebook inactivas pertenezcan a gente fallecida hacen que estas también tengan su hueco en lo sobrenatural. Solo hace falta echarle un poco de imaginación al asunto para que hasta una aplicación de móvil sirva también como punto de partida para un guión de terror. O que al menos, lo intente.



Bedeviled comienza con un grupo de amigos reunidos tras el funeral de uno de ellos. Una chica joven, sana, que inesperadamente ha fallecido de un infarto. Poco después comienzan a recibir notificaciones desde su movil para instalar una nueva aplicación, que movidos por la nostalgia, o quizá por una curiosidad malsana, descargan. Esta no parece ser otra cosa que un sistema similar a Siri, capaz de efectuar llamadas, encender electrodomésticos e incluso darles un rato de conversación...hasta que esta va tomando un cariz siniestro: Mr. Bedevil, poco más que una voz en sus teléfonos, parece conocer todo sobre ellos, especialmente, sus mayores fobias, ser capaz de convertirlos en algo real y quizá al igual que su amiga, matarlos de miedo.



Salvo por el recurso de emplear una tecnología tan cotidiana como un teléfono y una aplicación, el desarrollo no resulta demasiado original. Es más, la película es tremendamente predecible y el tema de la aplicación malvada es solo un macguffin. Uno que podría haber sido sustituído por cualquier otro acto anodino, como ver un determinado canal o asistir a un sitio concreto. Y que se desarrolla de forma igualmente tópica: un grupo con las características típicas de toda cinta de terror (el deportista, el empollón, la guapa y la protagonista), una progresión de sustos donde se alternan la aparición de monstruos de verdad y los sobresaltos falsos, y una revelación sobre la naturaleza de lo que los persigue. Que también es bastante general, mezclando un poco de galimatías científico sobre las comunicaciones digitales, un demonio sacado de la manga, o de otra dimensión, y unas apariciones que hacen sospechar que la idea es convertir al tal Mr Bedevil en el protagonista de alguna franquicia, como su carácter indestructible y un poco cojonero, y un rasgo distinttivo, que sería una pajarita roja. Que no le llega ni a la suela del zapato al jersey a rayas de Freddy Krueger, vamos. Espero que solo fuera una coincidencia, porque el bicho no termina de funcionar: si el tema de su aparición está llevado de una forma bastante torpe, el aspecto de este tampoco. Los otros monstruos que aparecen en pantalla acaban teniendo mejor potencial que él, pero no es dificil: un fantoche que parece un cruce entre el Joker clásico y el malo de Quien engañó a Roger Rabbit queda bastante lejos de las creaciones más interesantes de los últimos años.


 
¿Por qué tendría que dar miedo Linda Blair bailando breakdance?

Además del exceso de tópicos, el guión cae a menudo en situaciones ridículas. Que la supuesta aplicación empiece haciendo funcionar electrodomésticos y hablando con los protagonistas como si nada (y lo que es peor, que estos le den palique aún cuando todavía creen que es un programa informático), que los temores que toman forma física vayan de lo interesante a lo torpe, como la figura de un familiar muerto, o un oso de peluche feo, y sobre todo, que estos se limiten a tratarse de una manera muy básica, como una forma de sacar unos cuantos maquillajes y asegurar el mínimo de sustos en hora y media. O que la forma de mostrar que el monstruo es indestructible es haciendo que este repare magicamente una pantalla de móvil ¿Eso da miedo? ¡Pero si es fantástico! ¡Es el mejor invento desde los protectores de cristal templado!. No hay al final ningún matiz a nivel narrativo en el concepto de miedo, salvo esa aproximación infantil que hace que la película acabe siendo un recuento de escenas de terror típicas.


Listos, listos, no son. Pero sí una monada

Al menos, hay una cosa a favor: los protagonistas, pese a lo tópico, no molestan. Se intentó en la medida de lo posible que estos parecieran, dentro de los clichés, estudiantes normales, que no cayeran en el ridículo ni con rasgos irritantes que hicieran esperar el próximo asesinato. Poco más hay, porque los encargados de interpretarlos, además de pasarse al menos siete años de la edad de unos personajes que van al instituto, son de lo más soso y desganado que puede verse. Tampoco es que el nivel de la producción necesitara un registro amplio, pero estos resultan bastante desganados y poco más hacen que ponerle una cara bonita a los protagonistas.


Lo mejor que se puede decir de Bedeviled es que sirve para pasar el rato. Y que se salva mucho por no caer en el cliché de hacer protagonistas desagradables, aunque esto sería ya el último tópico que les faltaría por hacer aparecer. Lo peor, es que he tenido que darme un poco de prisa a la hora de escribir sobre ella, porque esta es poco más que un pasarratos, algo para ver una tarde donde el calor aprieta y da pereza hasta coger el mando a distancia.






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