Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 12 de septiembre de 2019

Innatural (1985). El yogur de la locura



Hay alimentos que son un peligro. No me refiero al colesterol, al mercurio ni al aceite de palma, sino a aquellos que, pese a saber que son el equivalente a inyectarse la grasa de una churrería en vena, una porción “tira” de la otra. Sean patatas fritas, o el peor de todos ¡la nocilla! La única explicación viable es que haya  una inteligencia exterior anulando la voluntad de su consumidor. Podría dar al menos para una comedia de ciencia ficción pero a Larry Cohen se le ocurrió la idea hace unos treinta años.

 
 

The Stuff pasó por el mercado de habla española por un par de títulos: Innatural en España, y Sustancia maldita para Hispanoamérica. En su idioma original, hace referencia a material, de forma genérica, cosa, de manera informal, y quizá, por similitud con “stuffed”, relleno. En todo caso, es el nombre que dan a una misteriosa sustancia, de buen sabor, y que sin conocer poco más deciden ponerla a la venta con un éxito arrollador: llamada sin más Stuff, se vende como rosquillas debido a su sabor y quizá a cierto punto adictivo que hace que sus consumidores pidan cada vez más. Pero esta tiene un efecto secundario peor que el colesterol o el aceite de palma: convierte a sus usuarios en zombies, rellenos de una sustancia blanquecina, que harán lo que sea por seguir consumiéndola.





Concebida como una serie B de ciencia ficción, con comedia negra y mucha crítica social, gran parte de la comedia parece involuntaria. El punto de partida, con una adictiva sustancia intraterrenal (John Scalzi habría escrito un guión sobre un yogur megalómano para Love, Death and Robots, pero no inventó nada nuevo) y un protagonista a sueldo del cártel repostero intentando descubrir el orígen de la sustancia, hace que la cosa parezca que no la han tomado en serio desde un principio. Pero los diálogos pretendidamente ingeniosos resultan lo contrario, los personajes rozan un absurdo propio de El ataque de los tomates asesinos, y en general, el guión acaba más cerca de esta que del Están vivos de Carpenter.
 

Aunque la limitación presupuestaria está presente desde el principio, la película no se defiende precisamente bien con sus medios:un montaje brusco, donde casi parece que las escenas han sido editadas a cuchilla, y ochenta minutos que dan para presentar a un espía industrial muy sobrado, una especialista en marketing, un niño y hasta una milicia que se desplaza en taxi, por citar solo algunos de los momentos más destacables que no incluyan toneladas de yogur en chroma persiguiendo a los protagonistas. Lo más recordado, y quizá rodado con más arte (comparado con los efectos especiales, al menos), son los spots publicitarios sobre el stuff que aparecen durante el metraje. A estos consiguen cogerle el punto del estilo publicitario de la década, chillón y excesivo,  donde la invitación al consumo brillaba por todas partes. Tan clavado, que más que como una crítica, es más sencillo entenderlo como una parodia muy acertada, parte de un guión en el que no queda claro  si querían ser este tipo de comedia o si les salió así.

 

Es difícil decir que Innatural sea una mala película…bueno, es mala como ella sola. Pero también es breve, divertida y enloquecida como solo consiguieron algunas producciones de esa época y que los de Asylum intentan, pero ya no es lo mismo. Es un guión para hacer doblete con el bebé mutante de Estoy vivo, también de Larry Cohen, que no contento con los infantes monstruosos, se metió con la repostería industrial, con los alienígenas de Night of the Creeps o, si ya lo que queremos es ver algo sin pies ni cabeza, con el monstruazo viscoso de Terrorvisión. Un tipo de películas que se ven por pura diversión, por pasar el rato, y por qué no, por un poco de nostalgia menos matizada que la que ofrecen producciones recientes.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Daniel O' Malley: La Torre. Al amnésico servicio de Su Majestad


Como todo género, el espionaje y las agencias del gobierno siempre tienen un sitio para su vertiente sobrenatural. Especialmente en Reino Unido, siendo la cuna de James Bond, Le Carre o de  la Lavandería de Charles Stross. Aunque, bueno, este último ya entra en el terreno de lo fantástico.




Myfawny Thomas ha muerto, y ahora hay otra persona por ahí paseándose con su cuerpo. O al menos, esto es de lo que le informa una nota que una joven amnésica encuentra en su bolsillo, poco después de despertar magullada y rodeada de cadáveres de los que ella parece ser la responsable. Quizá amnésica no sea lo más adecuado, ya que toda memoria de su vida anterior ha desaparecido por completo y ahora no cuenta más que con las notas que la propia Myfawny ha dejado para ella. Es a partir de estas con las que reconstruye su historia: es una Torre, uno de los miembros dotados de poderes del Checquy, organización dedicada a proteger a Inglaterra de todo tipo de amenazas sobrenaturales y donde conviven agentes comunes con otros capacitados con habilidades un tanto extrañas. Desde formar parte de una entidad colectiva de cinco cuerpos, transformar los metales, o poder controlar las reacciones corporales de los demás, como la propia Myfawny. Excepto que, lejos de ser una espía, su carácter le ha garantizado un puesto en la administración donde puede pasar desapercibida, salvo por los enemigos que pueda haber hecho en el Checquy y se hayan propuesto hacerla desaparecer. Sin más ayuda que un montón de notas donde irá conociendo su pasado, su trabajo y a sus compañeros de oficina, ahora deberá encargarse de llevar a cabo su trabajo diario sin que nadie note diferencia con su antigua identidad, descubrir al traidor, y por si fuera poco detener una conspiración de alquimistas capaces de modificar el tejido orgánico y que se han empeñado en acabar con el Checquy desede hace siglos.


Dentro del género, sobresaturado como la mayoría, de espías y organizaciones fantásticas, hay millares de series, sagas y opciones. Para pillarle el truco solo es necesario tener cierto interés por las historias de espionaje y organizaciones, y buscar lo suficiente como para encontrar algo que se adapte a los gustos del lector. En este caso, O´Malley opta por un enfoque un tanto humorístico, no abiertamente cómico pero sí manteniendo un punto de no tomarse todo en serio y que, por la forma de describir el mundo burocrático puede recordar un poco a la serie de Thursday Next: funciona, muchas de las cosas que le suceden a los personajes son aterradoras y peligrosas pero lo que cuenta, y la ironía de la protagonista hace que sea difícil tomárselas en serio al cien por cien. El mundo del Checquy convive con traiciones, peligros reales y una estructura un tanto deshumanizada con situaciones en las que la organización pierde un activo tan valioso como a un pato adivino, o dedica su tiempo a buscar animales con habilidades precognitivas (sin mucho éxito. El conejito mascota de la protagonista fue uno de los investigados).
Aunque cuente con una trama principal concreta, el libro incluye capítulos de carácter episódico, que sirven para darse una idea general del entorno de la protagonista y conocer una organización que ya desde el principio, se sospecha que va a formar parte de una serie. Estas sirven tanto como para conocer su historia y funcionamiento, como para ofrecer situaciones aisladas donde las notas hablan de casos anteriores, algunos siniestros, algunos con un punto un tanto absurdo. Además de servir para evitar de una forma muy curiosa uno de los tópicos habituales: el uso de la primera persona. La novela, en general, está narrada en tercera, que sería el tono general, salvo por las notas escritas donde se conoce de primera mano su carácter y forma de expresarse. Al menos, la de la anterior Myfawny, porque lo más interesante ha sido el tratamiento de una protagonista sin recuerdos previos: en ningún momento esta se considera como tal si no como alguien completamente distinto, dado que el enfoque que se le da no es la amnesia sino la eliminación total de la memoria y la manera de ser de esta, una “muerte” al uso y quien toma su lugar es alguien completamente distinto, o que, como dicen en un momento dado, ha nacido hace muy pocas horas.
La torre, por el momento, cuenta con una segunda entrega, donde, como suele pasar en las tramas de espías, la frontera entre enemigos y aliados es muy difusa, el peso de los personajes varía de una entrega a otra y puede que las nuevas protagonistas, o el cambio de rumbo, hagan que Stiletto pueda no gustar tanto. Además de una adaptación televisiva que por su aspecto, parece ser un poco distinta del material original. O por lo menos, a ese trailer parecía que le faltaban alquimistas belgas.

jueves, 29 de agosto de 2019

Philémon. Fred y el surrealismo para toda la familia

El cómic francófono siempre ha tenido presencia y buena salud en su país vecino. Muchas páginas de la revista Mortadelo compartieron episodios con páginas de Asterix, Iznogud, alguna reedición de los Pitufos y con Spirou, que en el fondo era una de las influencias más directas que tendría el personaje de Ibañez. En cambio, algunos se quedaron dentro de las páginas de la revista Pilote, con muy poca presencia en España durante varias décadas hasta poder ser objeto de publicación, pero ya como un clásico en tapa dura, y no como una sección más en una revista de historietas. 

Philémon, el personaje creado por Fred y protagonista de una serie de álbumes bastante amplia, ha tenido la suerte de ser publicado en este formato, y con bastantes años de retraso. Pese a ser tocayo del jefe de Mortadelo, sus aventuras poco tienen que ver con ese estilo de historieta, aunque la temática sea también fundamentalmente humorística: Fred es un chico de quince años que vive en el campo con sus padres y su asno Anatole. Dotado de una gran imaginación, es por ella por la que la mayoría de sus aventuras pasan desapercibidas en su entorno al considerarlas invenciones del chico. Y no es para menos, porque la aldea y los alrededores en los que él suele llevar a cabo pequeñas tareas o pasear con Anatole pueden esconder la guarida subterránea  de un hipnotizador que ha secuestrado a toda la aldea para convertirlos en artistas de circo, un pozo que desemboca a la primera A del océano Atlántico (si alguien se lo pregunta, la T es una isla muy popular entre los turistas y al punto de la I llega cada anochecer un búho que hace las veces de faro para los barcos) e incluso un par de viajeros del tiempo despistados.

A menudo las presentaciones resumen las aventuras de Philémon como surrealismo para todos los públicos. La definición, aunque suene cómica, es muy acertada, porque en las viñetas dibujadas por Fred no hay otra cosa que un humor muy blanco, que todavía recurre al estilo de los cuentos clásicos en los que la trama se limita a un personaje que va por el bosque y encuentra algo, pero también lleno de fantasía y donde no hay límite a lo que pueda suceder. Ni tampoco lógica, y muchos de sus personajes, anecdóticos o recurrentes, se comportan y expresan con la extraña coherencia de los sueños. Los guiones, en muchos casos, recuerdan a las aventuras de Little Nemo, a la atmósfera de Alicia en el País de las Maravillas, pero también a Los Monty Python, donde en más de una ocasión, no se corta a la hora de jugar con los collages y con la ruptura de la cuarta pared, y, quizá a posteriori, a las marionetas y las situaciones protagonizadas por estas en los sketchs de Telegato. Cada aventura, de carácter autoconclusivo, salvo alguna referencia a personajes o historias previas, sigue un poco esa estructura, donde un día corriente se transforma en una situación fantástica, y donde los secundarios, o bien descartan la aventura de Philémon como un exceso imaginativo, o se encuentran con lo inesperado de frente, recurriendo a menudo al cliché humorístico del desmayo en la viñeta final.

El dibujo queda lejos de los personajes y escenarios pulidos y detallados. Muy básico, con colores muy planos (algo habitual antes de la época de las opciones de relleno digital), a menudo consistían viñetas donde los personajes, de ojos enormes, aspecto muy caricaturesco y a menudo dotado de enormes barbas para facilitar el trabajo de finalizarlos, se movían por un entorno donde no había poco más que un par de árboles. Y que con otras donde se detallaban todo tipo de construcciones y animales estrafalarios.
Philémon es una aparición inesperada después de tantos años permaneciendo inédita. Quizá sea de agradecer que la espera suponga una edición cuidada, cronológica e integral de todos los comics publicados, pero una vez encontrado el particular mundo creado por Fred, es imposible no haber pensar que la isla de la letra A, el catalejo de cambiar tamaño y las lametanciones del pocero Barthelémy han sido un tesoro muy bien escondido. 


jueves, 22 de agosto de 2019

Historias de miedo para contar en la oscuridad (2019). Susto o desaparición del mapa


Sigue resultando un poco extraño que la fecha elegida para una película de terror sea durante el mes de agosto. O más bien lo es si el guion está destinado a un público más joven y cuando se estrenan todo tipo de películas para todos los públicos aprovechando la época estival. En todo caso, además de ser una forma de asegurarse más público que durante el año lectivo, también sirve para que a muchos adultos les tire un poco la nostalgia y se animen a ver una película que también puedan disfrutar como niños. Y más si el material que adaptan es una serie de libros de terror muy populares en los ochenta y noventa, y quien está detrás de la producción no es otro que Guillermo del Toro. 



Historias de miedo para contar en la oscuridad es el título de una serie de libros que recogían historias cortas, basadas en relatos populares algunas, en leyendas urbanas otras, y unas pocas inventadas para la ocasión y que, en este caso, son el entorno que rodea a una premisa escrita especialmente para la película: todas ellas fueron escritas Sarah Bellows, una especie de hombre del saco local en la pequeña ciudad de Mill Valley. Cuando, una noche de Halloween un grupo de chicos encuentran en cuaderno que usó para escribirlas, descubren que la leyenda acerca de los relatos contados por ella puede ser cierta: las páginas en blanco se llenan de nuevas historias, donde se relata cómo diversas criaturas vienen a llevarse a cada uno de ellos. La única forma de detener un libro indestructible animado por una imaginación sobrenatural y morbosa, es descubrir cuál es la historia que dio origen a todas ellas: lo que ocultaba en realidad la mansión Bellows y quien fue Sarah. 




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.

El resultado, a veces, depende demasiado de la estética de las ilustraciones y de no saber cómo enfocar algunas escenas terroríficas, que se saldan de la forma más simple mediante apariciones súbitas acompañadas de un grito. No queda muy claro si es una solución de lo más cutre, o si en realidad es adecuada al tratarse de una producción de terror enfocada al público más joven, y en ese sentido, bastante fiel a los libros, cuyos relatos también dependían mucho de una revelación final.

Historias de miedo para contar en la oscuridad es una producción muy curiosa ¿Es una película juvenil o infantil? En ese caso, es una decisión inesperada, al centrarse más en contar una historia en un escenario que a muchos niños les parecerá muy lejano ¿Es una película para adultos nostálgicos? En ese caso, el conjunto se quedaría un poco escaso para lo que podría esperarse, pero resulta mucho más disfrutable que muchas producciones juveniles recientes.



jueves, 15 de agosto de 2019

El rey León (2019). El ciclo de los live action



De todas las películas que Disney estrenó durante los noventa, sin duda El rey León ha sido el éxito más recordado, hasta el punto de contar con algún reestreno en salas de la animación original y un musical que, además de un éxito, es una de las actividades principales para todos los que pasan un par de días en una ciudad grande. El paso más evidente es que esta también tuviera su versión en imagen real. Aunque esto último, al tratarse de animación por ordenador, no estaría muy claro.


Esta también sigue paso por paso el guión original: la historia de Simba, el león que huye siendo un cachorro tras la muerte de su padre y que debe enfrentarse a la responsabilidad de recuperar el trono de Scar, su tío, el responsable de la muerte de su hermano y de haber desterrado a su sobrino. Una historia que podría resumirse como Shakespeare en África protagonizados por leones, hienas…junto a un jabalí y un suricato que se toman la vida con mucha calma. 


La mayoría de estas adaptaciones pasan por ciertos cambios, muchas derivadas del cambio de mentalidad y actitud como pudo ser el caso de Dumbo, y especialmente, de las variaciones en los personajes femeninos que tienen lugar en cualquier película que incluya “princesas Disney”. Este, quizá por no tratarse de un guión adaptado de un cuento clásico, o por la intemporalidad de sus temas, ha resultado el más parecido, por no decir igual, a la película original. La principal diferencia sería la media hora extra de metraje añadido, repartido entre secuencias de acción y de atmósfera, además de añadir algunos escenarios o dar una mayor profundidad a determinadas situaciones. La segunda, sería un tono mucho más adulto en comparación con los dibujos estrenados en 1.994 (y eso que, la muerte de Mufasa, junto a la madre de Bambi, es uno de los mayores logros de Disney en cuanto a acercar el concepto a los niños). Algo muy estudiado en relación a su público: los niños que fueron a ver los dibujos las navidades de ese año, son los adultos que este verano acuden al cine a encontrarse con la misma historia. Y a esta es a la que hay que agradecer el que pueda adaptarse con la misma facilidad a un musical para niños, que el completar el Hakuna Matata de Timon y Pumba con una particular filosofía nihilista. O, especialmente, el dotar a las hienas, antes poco menos que secundarios grotescos, de una jerarquía convirtiéndose en unos rivales a la altura y no en los secuaces del antagonista.

En este caso, esta versión no se trataría tanto de imagen real, imposible habiendo conservado a los protagonistas y el entorno, sino de una de las infografías más perfeccionadas que han podido verse. Tanto, que han sido capaces de recrear la selva, el desierto, los barrancos y el agua con un nivel de detalle que hace que ya no parezca un alarde de medios técnicos para asombrar al público, sino un reflejo de la realidad. Sin duda, el mayor logro han sido los personajes: lejos de conservar el diseño un tanto irreal de los dibujos animados, optan por seguir la idea de realidad y reproducir, punto por punto, un animal vivo, que se mueve como tal…pero que vocaliza para pronunciar sus frases. Y que, pese a recurrir a un estilo hiperrealista, han conseguido evitar el efecto “uncanny valley” que se da incluso en producciones grandes como pudo ser el caso de los personajes humanos de Shrek o incluso algunas secuencias de Will Smith caracterizado como Genio de la lámpara.


Pese a llevar los últimos años estrenando dos y hasta tres remakes, porque lo de live action no deja de ser una forma de llamarle a lo mismo, esta vez Disney lo ha conseguido: El rey León se ha vuelto a convertir en uno de los mayores éxitos de la productora. Sigue permaneciendo la misma sensación, propia de todas estas versiones realizadas en los últimos años, de si realmente era necesario, y más en este caso, cuando un guión tan redondo y unos números musicales hacen que los dibujos originales sigan siendo igual de válidos. Aunque esta vez, el resultado ha sido suficiente como para, durante dos horas, olvidar esa parte del sentido común y disfrutar de la película. 

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