Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 20 de mayo de 2013

Historias de Radio Nacional. Escuchar podcast en tiempos revueltos



Nunca he sido muy aficionada a los audiolibros, o al menos, desde que me acostumbré a leer yo misma sin que me fueran contando nada. Alguna vez he probado con alguno, en inglés, por aquello del idioma, y porque me es imposible coger un libro en un vehículo en movimiento sin marearme como un pato. Pero no había forma: ni escogiendo el más sencillo, ni aunque el narrador fuera algún actor conocido, conseguía terminar de gustarme esta forma de lectura…quizá porque esto de tener a la misma persona recitando un texto, al pie de la letra, al lado de las orejas, me parecía bastante soso.



Había en cambio, un programa de radio, extinto a estas alturas, del que mucha gente hablaba con cariño y que técnicamente, se dedicaba lo mismo que los audiolibros: reproducir narraciones, pero lejos de limitarse a una simple lectura, este lo representaba con todos los recursos que da de si la radio: había tantos actores declamando su papel como personajes en la obra, un narrador, y distintos efectos de sonido que acompañaban a la acción. Historias, de Radio Nacional, se emitió por primera vez en 1997, y hoy se considera uno de los últimos radioteatros realizados. En él, Juan José Plans, su presentador, además de anunciar el relato que iba a dramatizarse, y que, según la extensión del texto, podía ocupar solo una emisión o hasta cuatro programas. La temática del programa estaba orientada principalmente a la narrativa clásica y el género de evasión. Y aunque en la cabecera anunciaban el programa como “historias de aventuras, misterio, suspense”, se notaba que la preferencia era por el género terrorífico. Cosa que venía muy bien para la hora en la que se emitía, nada menos que los domingos de una a dos de la madrugada.



La estructura del programa era unicamente la de radioteatro: exceptuando el comienzo de algún relato nuevo, cuando Plans presentaba un poco al autor y hacía referencia al cuento o novela en cuestión, empezaba la dramatización. Tratándose de un medio sin imagen como es la radio, y con la dificultad de tener a parte del público habiéndose criado ya en una cultura audiovisual, no quedaba otra que recurrir a la voz de los actores, los efectos de sonido y cuando hiciera falta, a la presencia de un narrador que describiera lo que los protagonistas veían o hacían en un determinado momento. El registro de los actores tenía que ser necesariamente teatral para poder transmitir correctamente lo que sucedía en la narración, lo que, para muchos de sus oyentes, de los de entonces, y de los que lo descubrimos después, acabó siendo parte del encanto de un programa y de un formato que algunos teníamos asociados con los años anteriores a la tele y especialmente a los capítulos de Ama Rosa. También contó con unos cuantos programas especiales, como el 150 aniversario de Poe, en el que se retransmitieron un par de relatos del autor desde un teatro.

Casi todos los autores que tuvieron su versión en Historias son de la época clásica, y me da la impresión, de estar también libres de derechos de autor: empezaron con La calavera que gritaba, de Francis Marion Crawford, a la que le siguieron adapciones de M. R. James, Sheridan Le Fanu, e incluso versiones de cuentos tradicionales como La Cenicienta o La Bella y la Bestia. También hubo un par de piezas escritas por Juan José Plans, como el relato El velador o la serie Los misterios del castillo, que me divirtieron muchísimo por su mezcla, bastante entrañable, de elementos típicos del género como pueden ser los castillos, los mad doctors…y sobre todo, el protagonista de turno que se acaba metiendo en un sitio muy complicado. En una época anterior a las redes sociales, también hubo sitio para la participación de los oyentes, ofreciéndoles la posibilidad de escribir finales para determinados relatos inconclusos, emitiéndose los dos o tres finales premiados en los programas especiales.

 

Tardé bastante en enterarme de la existencia de Historias, o al menos, de prestarle la suficiente atención. Cuando se emitía, pensaba que las emisoras de radio no musicales solo hacían programas de fútbol, y a las horas en las que empezaba, yo estaba durmiendo o al menos intentándolo, que ya tenía bastantes horrores con la idea de tener que ir a clase el día siguiente. Y aunque después tuve más referencias, buenas todas ellas, la narrativa la tenía completamente asociada al papel impreso y no a algo que pudiera ir escuchando. Pero todo es cuestión de adaptarse, y tras haber escuchado unos cuantos programas, creo que pocas formas mejores hay de descansar que quedarse traspuesta escuchando la estupenda versión que Historias hizo de Los Embrujadores, de Bulwer Lytton, o cualquier otra.

jueves, 16 de mayo de 2013

Hansel y Gretel. Cazadores de brujas (2013). Si Lincoln cazaba vampiros, los niños perdidos no iban a ser menos



De las versiones modernas y peleonas de personajes conocidos quedé escarmentada en su día. Había esperado con bastante interés Van Helsing, aquella película de Hugh Jackman y Kate Beckinsale donde salían monstruos de la Universal a puntapala, para encontrarme con una especie de película de saltos variados, efectos digitales, y argumento tirando a ridículo. Caí una vez, y por mucho aspecto cañero que tuviera una versión de Hansel y Gretel reconvertidos a cazadores de brujas profesionales, no me iba a fiar de buenas a primeras. Parece que la industria también aprendió del descalabro del momento, y sin llegar a ser una buena película, Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, sale bastante airoso.



La película empieza con sus dos protagonistas abandonados en el bosque, su encuentro con la bruja de la casa de chocolate, y cómo se deshacen de esta. Esto es solo el principio, porque durante el tiempo que estuvieron prisioneros de esta, aprendieron unas cuantas mañas sobre cómo deshacerse de las brujas y de paso, convertir esto en una profesión lucrativa. Gracias a su fama, son contratados por el alcalde de un pueblo donde han empezado a secuestrar varios niños. La investigación, en la que les ayuda un chaval admirador de su trabajo (sí, en el siglo XIX también había fanboys, pero en vez de tumblr coleccionaban recortes de periódicos) indica que las brujas pretenden utilizar a los niños para fabricar una poción que las hará inmune al fuego, que es la única forma de destruirlas, y que esta solo puede llevarse a cabo una vez cada diez años. Además, estas parecen estar muy interesadas en Gretel como parte de la poción. La misión no sale como ellos esperaban, y tendrán que enfrentarse a un akelarre sin más ayuda que sus propias armas, un chico y una mujer a la que salvan en un principio de acabar quemada en la hoguera.



Hansel y Gretel está muy pensada como cine en 3 Dimensiones, que es como se estrenó: muchas peleas y coreografías imposibles, primeros planos de armas y sobre todo, cosas que saltan a la pantalla sin más motivo que el que justificar el suplemento que se cobra por estos efectos especiales. Lo cierto es que solo ver el anagrama de MTV Films me hizo que estuviera a punto de apagar la tele, que este no es precisamente sinónimo de calidad. Además, para qué engañarnos, no pretende ser otra cosa que una película de acción con una estética muy puntual, deudora de las ilustraciones góticas y el cine de terror y protagonizada por un actor que está despuntando. Más o menos, como Van Helsing en el 2004, la diferencia es que esta vez sí les ha salido bien. De entrada, no solo se trata de un guión sobre dos personajes reconocibles matando brujas, sino que también sirve para que estos puedan conocer la situación que los llevó a acabar perdidos en un bosque, y de paso, añadir a un par de personajes que acabarán haciendo equipo con ellos (de cara a una posible secuela). Hay que reconocer que todo el desarrollo de este descubrimiento es bastante atropellado, pero también se debe tener en mente el tipo de película que se trata.



También aparecen unos cuantos chistes sobre el mundo en el que sucede la historia, como el que las botellas de leche lleven atadas grabados con los retratos de los niños desaparecidos, y otros detalles mucho más originales como el que Hansel haya contraído diabetes después de la dieta intensiva de azúcar a la que lo sometió la bruja. La cara más reconocible en el reparto es Jeremy Renner, que además de parecerse cada día más al Grumpy Cat, está en racha desde que interpretó a Ojo de Halcón en Los vengadores, y se está especializando en papeles de acción. Famke Janssen aparece como siempre, en papel de bruja/mujer fatal, lo que le va bastante bien y Gemma Arterton, en el papel de Gretel, está muy mona y poco más. El diseño de las brujas es bastante más divertido, y en la última parte de la película se pueden ver desde las típicas narices ganchudas hasta un akelarre en el que aparecen todo tipo de personajes amenazadores. Y un poco góticos en exceso, también.

Al final nos quedamos con lo que indica el título, con una historieta de acción y disparos bastante competente aún dentro de sus limitaciones, como cierta falta de originalidad a la hora de diseñar la estética de la película, y sobre todo, el no haberse arriesgado ni un pelo con una historia que vaya más allá del entretenimiento y las peleas en tres dimensiones, pero aún así, cumple su objetivo y da para un rato sin complicarse la vida.

lunes, 13 de mayo de 2013

Lecturas de la semana. Los años mozos III

 
 
 
Internet. Circa 1989

Voy a empezar la semana confesando algo: a mí no me gustaba leer. No tenía ningún problema con la lectura como tarea en clase, pero eso de dedicarme a juntar una letra detrás de otra no me motivaba nada de nada. Me gustaba ver los dibujos en la tele, emborronar papeles con rotuladores de colores chillones y que me contaran historias. Seguramente por esto último fue por lo que, al ir avanzando la EGB, la lectura se convirtió en algo realmente importante. Pero cuando la palabra escrita y yo no nos llevábamos muy bien, las cassettes con narraciones de historias eran la mejor alternativa. En la época había muchas, la mayoría narrando cuentos de toda la vida como podían ser La cenicienta, el soldadito de plomo o incluso Barbazul, pero una de ellas, que formaba parte de una colección de fascículos, fue la más popular, y en mi opinión, la mejor que llegó a haber.



Cuenta Cuentos, de la editorial Salvat, se publicitaba como “Una colección para mirar, leer y escuchar” y nació en la época dorada de los fascículos, en la que semana tras se mana, lo mismo podías hacerte una colección de cinco tomos sobre el ganchillo, la Guerra Fría, historia del Arte y hasta enciclopedias completas. Entre una y otra, era posible irse leyendo cada fascículo de cabo a rabo hasta la siguiente entrega. También es cierto que entonces dichos fascículos lo que vendían era letra e información, y no recurrían al gadget de regalo (desde tanques en miniatura hasta dedales) tirado de precio para vender como churros el primer número. Cuenta Cuentos era la colección destinada a los más pequeños, y como su nombre indicaba, se trataba de unos fascículos con dos o tres relatos por número, acompañados de una cinta que equivalía a la versión en audio del fascículo.

 


Lo más desconcertante es que hoy las cassettes se utilizan como adorno hipster para las funtas de Iphone

Impresos en un papel de bastante gramaje, casi tan grueso como una cartulina (lo único capaz de resistir las relecturas de unos usuarios un poco destroyer), cada entrega era bastante breve, con unas dieciséis páginas en total de las que se aprovechaba hasta la contraportada para incluir texto e incluía las tres o cuatro relatos, un par de canciones infantiles que tenían su versión en la cassette, y un par de hojas con un par de dibujos en blanco y negro extraídos de las ilustraciones, para poder colorearlos. Cosa que nunca llegué a hacer porque yo era una niña bastante chambona (y más vaga que la chaqueta de un caminero) y esto de los libros de colorear nunca me gustó nada. El tamaño de letra era relativamente grande, más o menos un Times New Roman a tamaño 14, que era la fuente típica de las publicaciones de la época, pero teniendo en cuenta el público objetivo, era suficiente para que tuvieran bastante para leer.


El texto venía repartido entre las ilustraciones, que eran lo mejor, y más llamativo de los fascículos: el nivel de los dibujos era muy alto, y sobre todo, variado: podía ir desde un estilo más tradicional para determinados cuentos, a la caricatura casi grotesca, como la versión de El traje nuevo del Emperador, representada en plena corte del Rey Sol, hasta otros más simples para los relatos humorísticos e incluso, dibujos de aspecto más étnicos cuando recopilaban historias populares de otras partes del mundo. Porque en la colección había practicamente de todo: desde el típico cuento de toda la vida, hasta relatos africanos, asiáticos, mitología griega, nórdica, e incluso unas cuantas versiones por entregas de clásicos, como Heidi o el Mago de Oz. Naturalmente, estas estaban adaptadas para poder abarcar un libro completo en un número limitado de entregas, pero estas versiones eran bastante coherentes y gracias a ellas pude conocer libros muy poco conocidos en España, como la historia de Dot y el canguro, en la que no solo recorre el desierto del continente acompañada de de dicho marsupial sino que presentan al resto de su particular fauna…de la que, según cuentan, el ornitorrinco es el animal más sabio de todos (teniendo en cuenta todas sus prestaciones biológicas, solo puedo estar de acuerdo).



Dentro de la colección también había unas cuantas historias de las que, hasta donde sé, si eran originales de esta, y que son las más recordadas a día de hoy. Una de ellas, el Ogro Grogro, debe ser una de las primeras historietas de espada y brujería para niños pequeños, se trataba del típico relato del viaje iniciático protagonizado por un pequeño ogro que acompañado por un dragón era capaz de enfrentarse a monstruos algo más horrendos y pringosos de lo que nadie esperaría en un cuento para niños. Es curioso leer a día de hoy un relato de fantasía en el que no sale ni un humano, sino criaturas como ogros o dragones a modo de protagonistas, hoy desplazados como villanos típicos a favor de elfos y demás personajes genéricos.



En los cuentos largos también había espacio para los gatos, en concreto, la historia de Gobolino, el gato embrujado. Un gatito cuyo destino era ser un gato de bruja, pero al que no se daba bien porque no solo tenía una patita blanca y los ojos azules (cuando todos sabemos que los gatos de bruja son más negros que Legrá), sino que a él le iba mucho más perseguir ovillos y acurrucarse junto al fuego. Durante varios capítulos, que a mí en la época me parecieron un montón, Gobolino escapó de la casa de una bruja para ir conociendo a sucesivos dueños, y, con mayor o menor fortuna, irlos ayudando hasta que encontró un hogar de verdad. Personalmente a mí no me gustaba mucho esta parte porque lo de un gatito sin hogar me daba mucha pena, y es que ya entonces la cabra tiraba al monte.

Hace unos pocos años, y seguramente por el factor nostalgia, se intentó reeditar la colección, esta vez incluyendo un cd, pero como ya la tenía completa y disponible (además de haberme pasado a mp3 las cassetes, por previsión), no era algo que me hiciera falta. No sé si se llegó a terminar o a dar buen resultado, porque ya se sabe que este tipo de iniciativas no suelen funcionar bien. Pero gracias a youtube muchos de estos relatos pueden escucharse de nuevo, y de paso, ver si resisten el paso del tiempo o de nuevo, todos esos años de por medio hacen que las cosas parezcan más bonitas:

jueves, 9 de mayo de 2013

Cuentos de la cripta. El tebeo que no puede faltar



Es un milagro que esté leyendo el comic, y no sobre el comic

Todos los hemos visto en alguna película de los ochenta: el protagonista, habitualmente un adolescente, lee a ratos muertos unos cómics con portadas horripilantes titulados Tales from the Crypt, de cuyas viñetas saca las sospechas sobre si su vecino es un vampiro o un hombre lobo, y sobre todo, la solución a cómo deshacerse de él.



Aunque publicados durante los cincuenta, los cómics de terror publicados por la EC acabaron convirtiéndose en una parte de la cultura popular americana. No solo las portadas de Tales from the Crypt, Vault of Horror y Haunt of fear, con su ilustración macabra y la caricatura del narrador en un lateral, aparecen a menudo en forma de guiños, sino que la estética y su forma de narración mediante historias separadas presentadas por un personaje reconocible, sirvieron de inspiración a películas como Creepshow, que es directamente deudoras del estilo de esta editorial. Las tres publicaciones, de la que Cuentos de la Cripta es la más reconocible y popular, se basan en la presentación de unas cuantas historietas independientes entre sí por cada número, e introducidas por un personaje siniestro, bien el Guardián de la Cripta, de la Cámara o la Vieja Bruja. A medida que avanzaron los números estos fueron acercándose más al humor negro, y, al ser los tres comics de la misma editorial, a interactuar entre ellos y mantener cierto pique, lo que acabó siendo también lo más reconocible del estilo EC junto con la moraleja que contenían muchas de las historietas, especialmente el lo tocante al tema de las infidelidades matrimoniales…Por lo que tiene gracia que, funcionando en muchos sentidos como los cuentos tradicionales, mediante moraleja y advertencia, fueran presa de muchos pedagogos y asociaciones de padres que veían los cómics y lo macabro como algo pernicioso para las mentes infantiles.



¡¡Viva el Nightmare Fuel!!

Tras leerse unos cuantos números, los nombres de dibujantes como Harvey Kurtzman, Wally Wood, Graham Ingels o Al Feldstein acaban sonando, porque eran los más habituales. Según cada uno, el estilo podía variar, de lo típico que se estilaba en los cincuenta, al más caricaturesco, o al directamente macabro. Personalmente, uno de los que más me gustaba era Graham Ingels, que era el que tiraba muchísimo más hacia lo horrible y cuyos guiones solían ser relatos de terror más auténticos, sin moraleja en la mayoría de los casos…Y es que, uno de los principales defectos después de unos cuantos números, es también el exceso de historietas sobre adulterio y castigos de ultratumba morales que recaen sobre los malvados e infieles protagonistas. Uno puede tener gracia, o más de uno cuando es lo bastante retorcido, pero esta marca de la casa también se convirtió en una de sus lacras, aunque por suerte, no muy grande.


 
No será una novedad si confieso que tengo los quince tomos

Junto a los guiones originales, los comics también recogieron algunas adapciones de relatos de terror más clásicos, en muchos casos sin utilizar el título original, pero en muchos de sus números fue posbile ver en viñetas relatos, no solo de Poe, que ya es un habitual, sino de Arthur Machen, H. P. Lovecraft o Clark Ashton Smith. En Estados Unidos se han reeditado miles de veces, aunque en España, que sepa, solo está disponible la edición de Planeta de Agostini dentro de la colección Biblioteca Grandes del Comic. Edición que no estaba nada mal, porque además de un precio asequible en relación a la cantidad de páginas por tomo (unas 180), incluía las portadas originales al final de cada uno, junto a un par de artículos por entrega en los que se hablaba de los dibujantes de la EC y la historia de la editorial.

La influencia de Cuentos de la Cripta sirvió no solo para aparecer como referencia o inspiración indirecta de películas, sino que dio lugar a una serie de la HBO durante los noventa, que explotaba directamente al personaje del guardián con una marioneta completamente molona que hoy es lo más recordado. Porque los guiones, sacados directamente de los comics y en la mayoría de los casos, adaptados a la época de la serie, eran en la mayoría de los casos, pasables y tenían muchos de los defectos de la televisión de la época. En todo caso, consiguieron una de las cabeceras más divertidas de los noventa, y desde luego, la que más me gustaba cuando Telecinco dedicaba las noches del lunes a encadenar varias series seguidas. A partir de la serie salieron un par de películas, como fueron Caballero del diablo, y El club de los vampiros, siendo la primera muchísimo más original y divertida, y la segunda…bueno, quería tirar más por el humor negro y los chistes de las vampiros trabajando en un burdel.



Bueno, y también estuvo la serie de dibujos, que emitió la TVG…que por salir, salían los tres narradores, pero era muy descafeinada.

lunes, 6 de mayo de 2013

Lecturas de la semana. Los años mozos II


¡Retrospecter!

Cuando he necesitado unos veintes días para poder terminarme un libro (no por pesado, que era de los de Harry Dresden, sino por falta de tiempo), es muy difícil juntar los dos o tres libros que podía terminar en ese mismo tiempo y dedicarles una entrada. Ya la última vez empecé a acordarme de cosas que había leído antes de que esto se convirtiera en una afición fija, y que en cierto modo, es un poco extraño que se queden en la memoria libros que no llegan al nivel de “clásicos” como muchos que sí recordamos todos, o que hoy no sea posible volver a echarles un vistazo por encontrarse en sitios tan poco disponibles como la biblioteca de un colegio.


Para mi alegría y contento, he encontrado la portada del primer libro que leí


Richmal Crompton. Las aventuras de Guillermo. Hay por el mundo miles de historias protagonizadas por niños. En España tuvimos a Celia, a la posterior y un poco más domesticada Antoñita la fantástica, y hoy a Manolito Gafotas. Francia tuvo al Pequeño Nicolás y Gran Bretaña tuvo, de los que pudiéramos leer, a unos cuantos, como los Cinco y otros más creados por Enid Blyton, y, practicamente en la misma época, a William Brown. El personaje de Crompton es mucho más cercano a un Daniel el Travieso que a los Cinco o a los Siete Secretos que muchos recordamos (y seguramente, todavía tengamos por casa), y por lo que veo, un poco menos conocido. Guillermo es un chaval de once años que vive en algún pueblo de Inglaterra, lo suficientemente cerca de Londres como para poder visitar a algunos de sus familiares allí, y lo suficientemente lejos como para poder pasarse el tiempo que no está en clase haciendo trastadas en el campo o reuniéndose con su pandilla de amigos, que se hacen llamar Los proscritos, en un viejo granero.

El chaval es un poco la piel del diablo, frente a su familia y hermanos que son un poco más pijeras, y la mayoría de sus historietas consiste en hacer unas cuantas trastadas, debido a la forma de ver el mundo que solo un niño aficionado a los libros de aventuras puede tener, y unas cuantas, mucho más ácidas, en las que la autora no deja títere con cabeza respecto a algunas tendencias de la época: a través del protagonista, un poco salvaje, espontáneo y que, a sus once años, considera que los adultos son completamente incomprensibles, presenta situaciones como las sociedades de apadrinamiento de “negritos”, las vacaciones de beneficencia para las familias trabajadoras de la ciudad, e incluso las novelas pedagógicas que se escribían en la época. Se nota que Richmal Crompton escribía en muchas ocasiones pensando en los adultos, y sus libros tenían cierto humo ácido que no pasaba desapercibido.

A Guillermo lo descubrí en la biblioteca del colegio, o más bien, a la estantería con libros que había en clase y que la profesora llamaba, siendo muy generosa, biblioteca”. En realidad el funcionamiento era similar: los alumnos nos llevábamos un libro que la profesora anotaba en un cuaderno, teníamos quince días para leerlo, y después lo devolvíamos. Gracias a eso, tengo relativamente pocos libros infantiles en casa, porque por esa época practicamente me estaba llevando uno de allí por semana, y los libros de Crompton no tardaron en llamarme la atención: bastante gordos para lo que solía ser una publicación infantil (era la época pre-Harry Potter. Cualquier cosa mayor de 200 páginas nos parecía Guerra y Paz), un aspecto un tanto gastado, y sobre todo, unas portadas con un fondo color rojo muy vivo y un dibujo, bastante vintage, de un chaval de pinta desaliñada que llamaron mi atención…Se ve que ya entonces la cabra tiraba al monte, y durante esos meses me leí, uno tras otro, los siete u ocho libros que había en aquella estantería. No sé si todavía estarán por ahí, pero en ese caso, me pregunto qué pensarán los chavales de primaria de hoy de esas historias en las que un crío escapaba alegremente a los castigos y cuya autora no tenía ningún remordimiento a la hora de burlarse abiertamente de muchos personajes respetables.



Graham Dunstan Martin. Doneval. Otro libro sorprendentemente grueso para la literatura entonces (bueno, este también tenía una letra bastante grande) en el que se cuenta una historia fantástica que, recordándola a día de hoy, me parece bastante mejor que mucho de lo que se está publicando hoy en el género. Un país imaginario cualquiera, durante una terrible sequía. Un chaval llega a la capital del reino, y sin darle un respiro, unos guardias lo llevan ante el mago de la corte que explica que él es el Elegido que liberará al reino de la maldición. Para ello, solo tiene que cruzar un laberinto…pero su destino tiene trampa, y la interpretación de la profecía que él protagoniza, implica que no debe llegar vivo al otro lado del laberinto. Él escapa, y gracias a los personajes que irá encontrando, podrá salvar al reino no solo de la maldición, sino de sus supuestos salvadores.

Además de su historia, muy bien tratada y que sí es atractiva para todos los públicos, lo más atractivo es la traducción de los nombres, que además de identificar un poco a los personajes con su carácter, es algo que hoy no suele verse: el mago Falsario, el Nigromante Maldeseo o Doble, el noble idéntico al protagonista y a la vez, doble malvado de este. Y si es una novela “juvenil”, es porque no se extiende en complicados dilemas psicológicos ni en tramas más extensas (o peor, más sórdidas, típicas de las novelas para mayores), sino que los personajes, buenos o malos, se caracterizan como tal, pero estos pueden ser engañosos y a lo largo del libro se irán revelando sus intenciones. O más bien, de los libros, porque Doneval tiene una segunda parte titulada Favila, en la que se cierra la historia del reino y del destino del protagonista.

Doneval debió ser también uno de los primeros libros de saldo que conseguí, nada menos que en uno de los primeros Todo a 100 que se abrieron, cuando el término era una novedad y todavía no se les apodaba Chinos a estos negocios. En un viaje a comprar unas cuantas tarteras, habían traído una enorme pila de libros de la colección Austral Juvenil, de la que también hay que decir que debe tener uno de los mejores catálogos de narrativa infantil de autores no españoles. Y encima de ellos, estaba aquel libro que entonces me parecía enorme. También es cierto que entonces me costó un montón terminarlo, porque la fantasía no era lo que más me gustaba, pero fue una de esos libros que sí recordé con más cariño con los años y que seguramente, debería leer en algún momento. Fijo que esta vez no me parece tan largo.

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