Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 20 de abril de 2017

Golpe en la Pequeña China (1986). Como dice Jack Burton en ocasiones como estas...



Los ochenta fueron una buena época para el fantástico y la serie B, y gran parte de ello se debe al trabajo que desempeñó entonces John Carpenter. Durante esa década su producción fue de lo más variada, desde el terror gracias a La cosa y La niebla, la ciencia ficción y el cine de acción...e incluso a las películas “de chinos” de toda la vida. O más bien, a las de Fu Manchú y las de artes marciales con los mismos medios, pero más ingenio, de las que estas disponían.



Golpe en la Pequeña China transcurre en la Chinatown de San Francisco (me quedo con el nombre en inglés porque en castellano barrio chino es otra cosa, y no es plan de que me de la risa floja mientras escribo), donde Jack Burton, un camionero deslenguado, chuleta y de buen corazón, como todo héroe de acción que se precie, acompaña a su amigo a recoger a su prometida al aeropuerto. A partir de ese momento, con la irrupción de una de las muchas bandas que controlan la zona, y el secuestro de la joven, comienza una sucesión de situaciones enloquecidas: guerras de mafias a golpe de machete y artes marciales, magia negra y un malvado hechicero que ansía cumplir una profecía según la cual, casarse con una chica de ojos verdes lo librará de una maldición milenaria y le permitirá alcanzar el poder necesario para dominar el mundo.





Pese a no ser una comedia, la película no se toma en serio en ningún momento. El guión casi sirve para hilar secuencias de acción entre una explicación y otra, que sirvan al menos para saber quien es cada personaje o qué planes tiene el villano. Y tampoco es que dediquen demasiado tiempo a explicar las motivaciones de cada uno, ni cómo funciona la sociedad en Chinatown, sino que son las imágenes que hablan por si solas, a través de luchas de las tríadas en plena calle, burdeles, y magos que surgen de la nada, sorprendiendo tanto a un protagonista que se pasa la primera mitad del guión igual de desconcertado que espectador. Tampoco es que se eche demasiado en falta el trasfondo porque ese ritmo tan acelerado es muy adecuado para una historia que precisamente funciona por esa sensación de situaciones atropelladas, que no dan tiempo a pensar. Pero esa consciencia de lo alocado de cada una de las situaciones también proporciona una sensación muy marcada de ser un homenaje a la nostalgia que despertaba un género también marcado a menudo por la falta de coherencia, de ser un humor en realidad muy matizado por este factor, y no de tratarse de una verdadera falta de seriedad.



Es también la nostalgia la que hace que hoy, lo que más se recuerde de la historia sean también los personajes y algunos de sus diálogos. En especial, el Jack Burton interpretado por Kurt Russell, quien en esa época apareció en gran parte de la filmografía de Carpenter y que aquí encaja a la perfección el papel de caradura no muy brillante, pero también entrañable. Y también el que aporta la visión más pragmática a una historia donde mientras el resto de personajes hablan de magia, demonios y profecías, él se preocupa de los aspectos más mundanos, como el repartir estopa y sobre todo, recuperar su camión, un elemento muy secundario al principio de la película pero que también es un rasgo que define al personaje. Este contrasta con el de Lo Pan, quien reúne las características y manías propias de un villano desde los tiempos del Emperador Ming: ante todo, casarse con la chica. Y un poco sacado de la manga, dominar el mundo. Así, sin que quede muy claro, y porque lo dice un secundario. Lo que no supone un punto de coherencia en el guión pero sí irónico y referencial sobre este tipo de antagonistas. Haya sido intencionado o no.



Acostumbrado a trabajar con muy pocos medios, los escenarios pasan de ser unos planos generales en exteriores y en Chinatown a unos decorados aprovechados al máximo: casi toda la acción transcurre en restaurantes, almacenes, sótanos y una cámara donde abundan la decoración propia de un restaurante chino e incluso una enorme calavera de corchopán que se derrumba entre un despliegue de rayos y efectos de sonido de lo más simples. Tampoco faltan los maquillajes y los monstruos manejados de forma mecánica, de los que precisamente su carácter artesanal hace que estos efectos envejezcan mucho mejor que los CGI empleados en la década del 2000. Aunque, en este caso, tratándose de Carpenter y de esa década, es un poco difícil ser imparcial respecto a estos y cualquier monstruo hecho de plástico resulta memorable.



Golpe en la Pequeña China está lejos en cuanto a calidad de 1997 Rescate en Nueva York, por no hablar de La Cosa o La niebla. Pero es imposible no sentir simpatía por un héroe como el Jack Burton de Russell, por lo disparado y disparatado de sus situaciones, y por un guión que, sin nacer con vocación de comedia de las de soltar carcajadas, hace un homenaje al género muy particular.




miércoles, 12 de abril de 2017

Star Wars: Rogue One (2016). La secuela de las prec....¡¡Dios mío!! ¿¡Qué han hecho con Peter Cushing!?



Pudimos tardar treinta años en ver las continuaciones, o el prólogo, de La guerra de las galaxias original. Pero con Disney adquiriendo los derechos, una cosa estaba clara: la franquicia volvería al cine con más regularidad que en las últimas décadas. Primero, con una séptima entrega más que correcta, pero con la sensación de ser un reboot de la serie, y con una serie de historias intermedias para los años en los que estas no se estrenan. Entre los distintos proyectos, el más reciente ha sido uno tan concreto como los hechos anteriores a la primera Guerra de las galaxias, la construcción de la Estrella de la muerte, y sobre todo, cómo demonios un armatroste tan caro pudo tener un defecto estructural tan evidente.




En Rogue One no se utiliza la Fuerza, pero sí se la menciona como una consigna entre los antiguos creyentes y los primeros rebeldes. Tampoco hay jedis, ni héroes predestinados, aunque es precisamente la hija de alguien importante para los planes del imperio la que puede llevar a cabo los primeros pasos de una misión que será clave un tiempo después. Es el caso de  Galen Erso, el diseñador del arma imperial quien poco después quiso abandonar el proyecto y que escondió a su familia para evitar que esta fuera utilizada en su contra. Unos años después, en una Alianza rebelde fragmentada entre moderados y extremistas, Jin, su hija, parece ser la clave para poder detener los planes del imperio y la colaboración de Erso. Esta, lejos de estar comprometida con ninguna causa, solo quiere alejarse tanto de un gobierno para el que es una fugitiva, como para unos rebeldes para los que solo es una herramienta más. Pero en plan concebido por los rebeldes dista mucho de ser una misión de rescate, y el responsable del arma más poderosa del imperio tampoco se limita a guardar una lealtad ciega.





El aspecto más interesante de la película es el mostrar una parte del universo Star Wars que hasta entonces era habitual para los seguidores en comic o en videojuegos, pero no explotado a nivel cinematográfico: la historia de unos personajes independientes, alejados de las tramas sobre jedis y la Fuerza, centrándose en algo tan concreto como una de las misiones que llevan a cabo los rebeldes, aunque esta esté directamente vinculada a la historia principal. En este sentido, la narración es más cercana a un space opera bélico, donde se intenta dar una visión menos unidimensional de ambos bandos: frente a la lucha tradicional de las anteriores entregas, donde el imperio es malvado y recto, y los rebeldes buenos y valientes, estos últimos aparecen ahora retratados como ideologías dispares, algunos más fanáticos y despiadados, otros más prudentes y donde sus decisiones pueden suponer la muerte de inocentes. Una forma  de actuar menos heroica y más cercana a las historias de guerra modernas, que marca también la actitud de los personajes principales: bastante más desesperanzados y ambiguos que los que se presentaban en la trilogía original. Incluso los decorados, colores y vestuarios, siendo los propios de la serie y mostrando una gran diversidad de lugares y criaturas, se hacen eco del tono de la historia y muestran  una tonalidad más gris que sus predecesoras.




Esto no implica que se obvien las menciones al resto de elementos conocidos de la serie: no hay jedis, pero uno de los personajes cuenta con habilidades que pueden ser, o no, propios . de estos. Y siendo la historia previa a Star Wars, tampoco podían faltar  aunque sea breve, la aparición de los protagonistas de esta: Darth Vader, Leia rejuvenecida digitalmente o el almirante Tarkin resucitado para una secuencia tan corta que podrían haberse ahorrado una nigromancia digital que, entre actores reales sigue notándose y la convierte en un cameo incómodo.


Frente a la aparición de estos personajes, los protagonistas de la narración quedan en desventaja. Están bien construidos, se empatiza con ellos  e incluso los que tienen un carácter más cómico, como el creyente en la Fuerza y el androide, funcionan y  se ganan las simpatías del público. Pero pesa sobre ellos la sensación de ser una anécdota, que solo están ahí de paso. En otras palabras, muere hasta el apuntador. También es cierto que ahora no recuerdo si en La guerra de las galaxias original mencionasen que no hubiera supervivientes en esta misión, o si modificaron posteriormente ese diálogo. Y en una industria donde priman los finales felices y las secuelas, la decisión podría parecer arriesgada. En este caso, en cambio, hace sospechar que se debe a la intención de evitar que estos interfieran con los de la continuidad principal.




También se hace evidente que ante todo se ha ido a lo seguro: el guión cubre en apariencia un aspecto  del universo de las películas, pero los arquetipos que emplean son muy similares. Pilotos, rebeldes, androides respondones y un jedi que no es jedi. La estructura también es la propia de un blockbuster, donde queda reservado para el final una secuencia épica llena de altibajos y amenazas para los protagonistas que acaba haciéndose excesivamente larga, como pasó con el desenlace de El hobbit o el señor de los anillos.

Rogue One es, como su título indica, una historia de Star Wars. Una independiente, muy bien narrada y cuando menos, entretenida, pero donde parecen querer a toda costa cortar lazos con cualquier continuación y donde lo peor sigue siendo ese intento  de traer de vuelta a Peter Cushing. La infografía podrá hacer muchas cosas, pero recrear el talento, no.


jueves, 6 de abril de 2017

La cura del bienestar (2017). El balneario de los horrores


 
Gran parte del cine de terror que veo suele ser en casa. Con esto no me refiero a comprobar aterrorizada algún estropicio causado por Sabela y Narnia mientras estaba fuera (que son muy tranquilas, pero cuando la arman, ponen todo su corazón gatuno en ello), sino a que este es más habitual en la tele o en la pantalla del ordenador que en un cine. En parte porque para las salas grandes se quedan los estrenos importantes, y por otro lado porque en una localidad tirando a pequeña, es raro que lleguen producciones de terror aunque se distribuyan en España, si no son algo que ya hayan funcionado muy bien el extranjero, como pueden ser las de James Wan. Por suerte hace un par de semanas una producción, con un trailer lleno de anguilas, señores con batas blancas y gente que no ha tomado el sol en mucho tiempo se coló en las carteleras. No se si gracias a venir dirigida por Gore Verbinski, el mismo de la trilogía de Piratas del Caribe..y el que se estrelló con El llanero solitario. Quizá extrañe un poco viéndolo al frente de una de terror, pero ya se había encargado del remake americano de Ring hace varios años.
 

La cura del bienestar queda bastante lejos de aquel remake. En temática, estilo y atmósfera, que se traslada a un aislado balneario en los alpes suizos al que Lockhart, un ejecutivo, acude para sacar de allí como sea a uno de los responsables de su empresa y que se haga cargo de una arriesgada operación financiera. Lejos del ejecutivo agresivo que esperaba encontrar, este ve a un hombre apagado, obsesionado con la enfermedad y que se niega a abandonar el lugar. Algo que el protagonista tampoco podrá hacer cuando, tras sufrir un accidente, despierta en una de las habitaciones del centro en la que el director del balneario le informa que se harán cargo de tratar sus lesiones y ayudarle a recuperarse. Aunque la actitud demasiado apacible de los pacientes, lo extraño de los tratamientos y la presencia de una joven que asegura no haber salido nunca de ese lugar hacen sospechar a Lockhart que algo está sucediendo.



Lo primero que choca, antes incluso de comenzar la película, es la duración: casi dos horas y veinte, lo que para un género que funciona mejor con tiempos más cortos y siendo más conciso, parece un poco chocante. Una vez empezada, parece que la elección se debe al tiempo que destinan a crear atmósfera. Hay muchos planos destinados a generar una sensación determinada, sea el ambiente frío y despiadado de un entorno empresarial, o el aislamiento y aspecto un tanto intemporal del balneario y el pueblo que lo rodea. Una parte importante de la historia acaba siendo la intención de recrearse en el aspecto visual, que unas veces se aprecia el esfuerzo de crear algo original, de no quedarse en los cánones típicos de cualquier película de sustos prefabricados, pero que otras veces acaba resultando artificioso entre tantos planos de agua y escenas melancólicas. A pesar de esto, el desarrollar una historia con unos colores muy marcados (grises, azules y verde muy claro), o el no cortarse a la hora de incluir planos muy rebuscados y poco corrientes, como el que anuncia la llegada del protagonista al escenario principal, le aporta también la impresión de estar viendo algo distinto.



Esta escenografía se basa también en desarrollar unos escenarios, más que atemporales, muy anacrónicos, y que a veces no tendrían demasiada lógica para la historia: las habitaciones del balneario parecen más un sanatorio para tísicos que un hotel de lujo (incluso en un momento hacen un guiño a La montaña mágica de Thomas Mann), pero procuran compensarlo incidiendo mucho en el tema de la obsesión por la salud y haciendo aparecer en pantalla todo tipo de herramientas médicas de hace un siglo. El pueblo más cercano está lleno de aldeanos que recelan del balneario y donde los habitantes más jóvenes van vestidos como punks de los ochenta. Otra mezcla bastante curiosa pero que también recuerda mucho a la imagen clásica de los lugareños asediando el castillo del científico loco. Y una gran parte del metraje, quizá excesiva, también se dedica a cortar al protagonista con cualquier enlace que pudiera tener con el mundo moderno, a mostrar la actitud de los huéspedes, y sobre todo, hasta el último recoveco del escenario.



El planteamiento de la historia y los personajes también bebe mucho de las fuentes clásicas. Si el primer elemento, como el castillo y sus alrededores, aportaba esta impresión, esta se completa con los personajes: un joven extranjero llega a un entorno cerrado, marcado por una historia macabra que abarca varios siglos. Hay una mujer misteriosa y un lugar que esconde un secreto esperando ser descubierto por el protagonista. Todos estos son giros y estereotipos reconocibles, que recuerdan al terror clásico o al gótico. Y que, como pasa a menudo por eso, a menudo se sacrifica la lógica en favor de la atmósfera y lo fantasmagórico. Una aproximación que contrasta en determinados momentos con la crudeza de algunas situaciones más realistas, donde se rompe por completo el ritmo pausado que se mantenía de la forma más violenta: es el caso de un accidente donde no se esconde la agonía de un ciervo atropellado (y que da más pena que un tiburón financiero accidentado, todo sea dicho), una tortura dental con todo lujo de detalles o el incendio que marca el desenlace del guión, rodado de una manera más realista y opuesta a las secuencias anteriores



Es esta mezcla de terror gótico, escenarios extraños y una historia donde la atmósfera tiene tanto peso como la historia (también muy clásica, y lejos de lo que funciona seguro en taquilla), lo que hace que La cura del bienestar se convierta en una película muy distinta y a menudo, fascinante. Pero también hace que a medida que el guión avanza, este esté bastante perdido: en su contra una duración excesiva, demasiadas ganas de recrearse en los escenarios, y un argumento que en la segunda mitad, más que avanzar, parece que en la segunda mitad va hacia delante y hacia atrás con un protagonista que acaba pasando más tiempo dando vueltas por un pasillo que encontrando una solución más directa a la trama.

jueves, 30 de marzo de 2017

The Good Neighbor (2016). Cámaras ocultas y una serie de catastróficas coincidencias



Las cintas de metraje encontrado, o sin que haga falta encontrarlo (porque ahora ya no se usa el recurso de hacerlas pasar por reales), sino las que se han filmado desde el punto de vista de los protagonistas han encontrado una forma muy particular de adaptarse a los nuevos tiempos: la tendencia marcada por los vídeos virales y el éxito que pueden alcanzar, unido a  la disponibilidad de una cámara en cualquier momento y el abaratamiento de la tecnología hacen que muchos argumentos giren entorno al interés  de los personajes, y sobre todo, de recuperar el enfoque un tanto obsesivo, y ahora, también, ambicioso, que se había establecido en El proyecto de la bruja de Blair y que con la masificación de este formato fue perdiéndose. De nuevo, sigue siendo un género marcado por el aspecto barato de su rodaje y una forma rápida de sacar un estreno, pero por el momento la aproximación reciente sirve para frenar el agotamiento que caracteriza este formato.



The Good Neighbor es una mezcla de estas dos características: algo tan propio como unos adolescentes dotados de cámaras que no despiertan ninguna simpatía, y la intención de estos de obtener, en principio, un vídeo viral, algo que no queda bastante claro porque se va volviendo más confusa: obtener un éxito, realizar un experimento sociológico a costa de alguien, o como se sospecha también,  una broma pesada muy cara que un adolescente y su amigo gastan a su vecino. El primero aporta la víctima o sujeto experimental, un anciano huraño y de trato desagradable que vive solo y a quien atribuye todo tipo de actitud y maldades que puedan llevarse a cabo en una urbanización. El segundo, el dinero para adquirir las cámaras y la electrónica necesaria con la que a lo largo de varias semanas, filmarán a su vecino mientras le hacen creer, mediante distintos trucos, que su casa está embrujada. Pero si las intenciones que tenían  a la hora de llevar a cabo no son lo que parecen en un principio, tampoco lo será la reacción que su víctima tendrá una vez empiece a ver cómo en su casa se producen todos los fenómenos típicos de cualquier película de fantasmas. 


La intención de la película es bastante engañosa: en un principio todo apunta al lío en que dos personajes pueden meterse cuando intentan gastarle una broma a alguien que esconde un secreto. Cosa que en cierto modo es verdad, pero que dicho secreto es muy distinto al típico que podía esperar el público. Desde un principio también se descarta todo giro sobrenatural a favor de una resolución no fantástica, y que utiliza los trucos del suspense para llegar al giro final. No solo en la actitud sospechosa del anciano al que graban, quien muestra una actitud desagradable y parece empeñado en que nadie entre en su casa, sino también en los protagonistas. El carácter del autor de la broma, obsesionado por seguir con ella ante todo, su insistencia en caracterizar a su objetivo como poco menos que un mal bicho (aunque no podía serlo tanto: tiene un gatico la mar de rollizo. Y esa forma de ser gruñona era bastante más simpática que dos mocosos con una WebCam, vaya), se complementa con el de su amigo, quien se deja arrastrar por la idea y responde bastante bien al retrato de alguien un poco desesperado por mantener una amistad y no sentirse excluido: adquiere el dinero sin rechistar y sus protestas ante la situación son cada vez más débiles.



El desarrollo de esta trama y de los personaje intenta apoyarse en la propia filmación: la idea es presentar la historia en tres tiempos, a través de las cámaras que filman todo el proceso, las que posteriormente van reflejando entre distintos momentos de la historia lo que sucede después, e incluso lo que sucede en el pasado, mediante flashbacks que emplean el rodaje tradicional. En principio la idea funciona, al menos en los dos primeros, pero es al combinar los tres cuando se hace más confusa. El cambio brusco de formato en una película rodada de una manera muy específica, que no resulta adecuado y hace que el cambio de línea temporal no quede claro.


Los protagonistas, también conocidos como Gilipollas y Gilipollas y Medio 


The Good Neighbor es una muestra más, no solo del género de metraje encontrado, sino de cómo las características de este se han ido adaptando a los cambios de público y tecnología. Tampoco es una película destacable, y de hecho, el énfasis que hacen en la parte lacrimógena para potenciar lo opuesto del giro final respecto a lo que esperaba el público hace que resulte un poco traicionera. Pero al menos, sí ha resultado una historia de suspense un tanto curiosa, y al menos, como parte de la Muestra Syfy, tuvo mejor fortuna que Worry Dolls: sin aplausos ni voces, pero también sin pitidos y con más atención por parte del público. O lo mismo alguno aprovechó también para echarse una siesta. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Lecturas de la semana. Humor, los noventa y las principales capitales españolas


 
De todo lo que suelo leer, lo menos habitual son autores españoles. En los últimos años esto ha cambiado bastante y ahora asoman más de lo que lo hacían al principio. Lo segundo sería narrativa humorística…bueno, técnicamente el puesto se lo llevaría el género romántico, con una novela (Cumbres borrascosas, para más señas) en ocho años del blog. Pero el humor tampoco es que salga mucho. Quizá porque este va mezclado con otros temas, o porque las comedias al uso no terminaban de hacerme gracia, pero lo más cerca que estaba de un texto cómico era gracias a Terry Pratchett. Otra costumbre que va cambiando muy poco a poco, y que esta vez se debe precisamente a dos escritores españoles que  abordan el género de forma muy distinta: uno desde el puro absurdo y otro, desde una aproximación mucho más ácida.

 


Eduardo Mendoza. Sin noticias de Gurb. Mendoza perfectamente podía sonar gracias a La verdad sobre el caso Savolta (o sufrir sudores fríos recordando su bachillerato según el plan de lecturas que le tocara), aunque Gurb abandona el género policiaco e incluso la narración más complicada a favor de una muy particular: el diario de un extraterrestre, recién llegado a la tierra, que en un intento de contactar con los terrícolas pierde a Gurb, su compañero. A partir de ese momento, tendrá que salir a buscarlo, cruzando todos los lugares que solo podían encontrarse en la Barcelona previa a la celebración de los Juegos Olímpicos: obras interminables, alquileres disparados, tascas de toda la vida que conviven con discotecas de lo más moderno…y unos habitantes entre los que el protagonista intentará camuflarse gracias a su avanzada tecnología y bastante desconocimiento del concepto del concepto de discreción. O quizá no. Porque la gente de una ciudad grande está demasiado enfrascada en sus asuntos como para fijarse en que acaban de cruzarse con el Conde Duque de Olivares.

La novela comenzó casi como una broma, un experimento de ciencia ficción escrita por entregas para un periódico, por lo que la estructura de diario es bastante útil: no hay separación específica de capítulos, sino que cada pasaje se numera por días u horas, sirviendo para delimitar el tiempo transcurrido en la historia y haciendo que la lectura, como columna o incluso recopilada en libro, sea muy sencilla y muy rápida. Y que también case muy bien con el tipo de humor que mantiene, que además de tirar hacia el total absurdo, recuerda mucho a los sketches de Faemino y Cansado o a las viñetas de Mortadelo y Filemón: los momentos en los que el protagonista recurre a los disfraces, completamente fuera de lugar e inútiles, son muy deudores de los trucos a los que el personaje de Ibáñez utilizaba en sus historietas. Además de cierto punto ácido donde se hace mención a la picaresca y a la chapuza que aparecen en toda la ciudad.

Pero el que más abunda es el toque absurdo, el de jugar con las palabras y buscar lo más chocante y fuera de lugar que pueda conseguirse en un párrafo: Los primeros momentos disfrazado de Conde Duque de Olivares, el convertirse en un momento dado, y porque sí, en Gilbert Becaud disfrazado de ninja  o el describir con la mayor naturalidad como un alienígena realiza tareas tan anodinas como ponerse el pijama se apoyan mucho en el surrealismo de esas situaciones para conseguir la comicidad, que funciona para cualquiera que tenga debilidad por este tipo de humor y que ha aguantado muy bien el paso del tiempo. No ha sido el caso de las referencias temporales, que son muy concretas y, con dos décadas de diferencia, habrá un público más joven que se quede un poco perdido al hablarle de Marta Sanchez, de la locura que supusieron las olimpiadas en Barcelona o de los locales que entonces se consideraban modernos. Aunque en cierto modo, el paso del tiempo también hace que estas se vean hoy de una forma mucho más irónica y con una perspectiva distinta.

 

 
Antonio Muñoz Molina. Los misterios de Madrid. Al igual que Mendoza, Molina suena principalmente por El jinete polaco. Y, del mismo modo que Sin noticias de Gurb, Los misterios de Madrid también fue publicado por entregas en El País. Las similitudes terminan ahí porque aunque la trama de este último también emplee un género muy popular, es el del misterio y más en concreto, el de los folletines antiguos. Estilo que está muy presente en toda la novela, aún a modo de parodia, para narrar las aventuras de Lorencito Quesada, un reportero aficionado a quien se le encarga descubrir el paradero del Santo Cristo de la Greña, una imagen muy querida en la Semana Santa de su localidad y que ha sido presuntamente robada y trasladada a Madrid. Sin preguntarse mucho por qué el dependiente de un comercio y periodista a ratos debe resolver un delito, Lorencito se traslada a un Madrid propio de película de quinquis y donde irá desgranando un misterio protagonizado por personajes tan rancios y variopintos como cantaores de tablao, trepas, modernos y famosos de medio pelo.

El estilo que usa la narración es muy anticuado, recordando mucho al de las novelas populares de misterio y del que Molina se sirve para caracterizar a unos personajes muy anacrónicos y que, en el caso del protagonista, parecen fuera de lugar respecto del escenario en el que se mueven: Quesada, un solterón que vive con su madre en Magina, parece sacado directamente de un pueblo de los años cincuenta, con la intención de que este no sea consciente del cambio de década (ni de sistema político en más de una ocasión). Su actitud en Madrid es casi una parodia de la de Paco Martinez Soria en La ciudad no es para mí, pero una muy ácida, cambiando el lado más amable por el aspecto más amenazador y siniestro de la ciudad. Su candidez también lo convierte en un personaje muy entrañable, alguien muy perdido y del que se hace muy evidente su posterior evolución. La caracterización de los secundarios es mucho más crítica, estos son más ambiciosos, hipócritas, e incluso hace alguna referencia muy bien traída a determinadas figuras intocables: sus guiños a personajes que no pueden nombrarse por afectar a determinados estratos sociales sigue siendo hoy perfectamente válido.

La descripción de estas situaciones, desde el punto de vista más sarcástico, se complementa con algunos momentos y antagonistas sacados directamente de una película de espías o de un folletín: peligrosos asesinos asiáticos, secuestros, el robo de una reliquia que roza lo ridículo e incluso un villano con un afán de coleccionismo que hace que el trasfondo se convierta, de forma intencionada, en una farsa, en una situación demasiado novelesca para ser cierta y tratada con cierta comicidad, que acaba sirviendo para rebajar un poco el cinismo  con el que se retrata al resto de personajes.

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