Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 27 de febrero de 2020

Seoul Station (2.016). Recordando a George Romero: “Nosotros somos ellos”


Tras los últimos Oscars el público quedó fascinado por Parásitos una de las películas premiadas y en la que se refleja una retorcida historia sobre la lucha de clases y el estrato económico en la sociedad surcoreana. Hoy vamos a hablar de algo parecido, pero con zombies. Entre otras cosas, porque la película de Bong Jong Hoo todavía no la he visto (aunque su versión libre del comic Le Transperceneige sea muy recomendable) , porque esta precuela de una de las producciones asiáticas del tema más conocidas había quedado pendiente, y porque aquí no puede pasar mucho tiempo sin que aparezcan cadáveres ambulantes, no muertos e infectados de un modo u otro.



Seoul Station transcurre unas horas antes de la epidemia que se desató en la capital de Corea, y por extensión, entre los pasajeros de uno de los multiples trenes que surcan el país. La estación, que durante la noche sirve de refugio a diversas personas sin hogar, comienza siendo el primer foco conocido de una epidemia que se extenderá a toda la ciudad y que afecta especialmente a una joven, que deambula por los alrededores del lugar poco después de romper con su novio. Mientras, este y su padre la buscan por una ciudad en la que una extraña enfermedad, de contagio rápido y que convierte a sus afectados en seres sin consciencia hambrientos de carne humana, empieza a extenderse como la pólvora. Tres personajes que, al igual que los que viajaban a Busan, no tienen nada en especial, salvo el ser los elegidos, entre muchos otros que sobreviven como pueden en medio del caos, para contar una historia que podría haber sido la de cualquier otro, pero que no por ello es menos importante.





Frente a su secuela, por llamarla de algún modo, la película puede sorprender por tratarse de una producción animada, pero no tanto si se tiene en cuenta que es un formato muy habitual en su director. Y sobre todo, por una carga de crítica social muchísimo mayor que la vista en Tren a Busan, que, aunque también era bastante notable, estaba mucho más dirigida hacia lo espectacular y la acción. En este guión, los infectados son solo un detonante, como podría haberlo sido uno menos fantástico, desde un atentado hasta una epidemia realista (aunque esta semana, con cierto virus de Asia, es mejor no hacer comentarios), para reflejar una situación que por cotidiana no deja de ser desoladora: los efectos de un sistema económico despiadado, donde la presencia de personas sin hogar es algo habitual en los espacios públicos y donde, durante una primera parte, la norma parece ser la de "el hombre es un lobo para el hombre": no hay un atisbo de solidaridad entre los distintos secundarios, y los protagonistas son incapaces de generar la menor simpatía. Un poco difícil, cuando uno de ellos no tiene ningún reparo en prostituir a su novia para pagar los gastos y esta parece haberse escapado de casa por algún capricho, para desgracia de un padre preocupado que no duda en recorrer una ciudad devastada para encontrarlas. O al menos, eso es lo que parece durante los primeros minutos, donde esta situación es capaz de dar la vuelta completamente para presentarle al público unos actos de bondad inesperados: el mendigo que durante gran parte de la huida acompaña a su protagonista, llegando a preocuparse por su seguridad, o incluso un desconocido que no duda en arriesgar su vida por salvarla. Unas secuencias donde se juega mucho con la esperanza del público, donde hacen que los sentimientos hacia los personajes cambien durante los noventa minutos de la película pero que también sirven para dar la vuelta, una vez más, y ofrecer un panorama tan desolador como el de los infectados que terminan por arrasar la ciudad sin posibilidad de detenerlos. No es raro que el cine de zombies vaya de la mano de cierta crítica social, dado que Romero fue el primero en emplearla en su trilogía, pero por comparación a cómo se utilizaría de forma posterior, esta resulta pionera, pero mucho más torpe de lo que se refleja en los pasillos de esta estación coreana.



Aunque el aspecto crítico sea lo más destacable de la película, esta también es una buena producción de acción y terror. Tratándose de animación puede resultar algo chocante si no se está acostumbrado a este formato, que resulta menos espectacular que lo que se rodó en imagen real en Tren a Busan en cuanto a la caracterización de los infectados, pero sí resulta interesante un estilo de dibujo, que, no hace falta decirlo, no es anime: buscando más el realismo que el dibujo animado, feista en alguno de los casos, y muy poco espectacular, más centrada en ofrecer con detalles distintos escenarios que reflejan muy bien el tono de la historia: una casa de huéspedes sórdida, las calles vacías una vez cerrada la estación, esas mismas calles, en pleno estallido de violencia para terminar en un complejo de apartamentos de lujo, un lugar casi irreal comparado con los lugares en los que los personajes se han movido previamente y que parece reflejar lo que estos, de un modo u otro, aspiraban a alcanzar en un entorno en el que resulta imposible alcanzar ese estatus, o más bien, esa seguridad.



La estación de Seul es una de esas películas de zombies que puede entrar dentro de la categoría de las buenas, pero no de las divertidas: un buen guión, con ritmo y que solo hacia la parte central se hace un tanto lento, quizá por el exceso de cambio de escenarios y el tiempo que los personajes llevan siguiéndose unos a otros, pero que mantiene el interés y consigue lo que su director parecía haberse propuesto: hacer pensar, provocar desasosiego, y seguramente, negar al espectador ese atisbo de esperanza con el que había finalizado Tren a Busan.


jueves, 20 de febrero de 2020

Las alucinantes aventuras de Bill y Ted (1.989) A todos los tontos se les aparece una máquina del tiempo


Durante la década de los ochenta fue posible ver toda una variedad de comedias. Memorables en su mayoría, y cuando menos, con una oferta bastante variada: desde las estudiantiles, bastante descerebradas, el fantástico, la comedia gestual…y casi como un subgénero en sí mismo, el humor idiota. No solo en lo que se pudo ver La loca historia de las galaxias, ni en toda la saga de Agárralo como puedas, sino en la falta de complejos a la hora de plasmar un guión sin más recurso que situaciones imposibles, momentos ridículos y sin la menor pretensión de venderlo como humor inteligente. Y, ¿qué menos inteligente que dos protagonistas sin muchas luces, pero ganas de triunfar y un optimismo que roza la inocencia?




En el año 2.600 aproximadamente, la humanidad vive un periodo de paz y prosperidad donde la comunicación con otras formas de vida, los viajes en el tiempo y en el espacio son una realidad gracias a la música, y la filosofía de vida creada por dos jóvenes de finales del siglo XX. Pero para mantener esta línea temporal es necesario que estos permanezcan juntos y consigan desarrollar una carrera musical. Algo que parece difícil cuando Bill y Ted, dado su escaso interés por sus estudios están a punto de suspender historia y ser expulsados del instituto. Y cuando ambos, pese a su ilusión de convertirse en reyes del rock, no son capaces de tocar ni una nota. Lo primero solo podrá solucionarse con ayuda de Rufus, un habitante del futuro enviado, junto a una máquina del tiempo, para ayudarles a conocer de primera mano que le pondrán más fácil conseguir un aprobado. Por lo segundo, no hay que preocuparse: con el tiempo mejoran.









El argumento y la quiebra de la primera productora (no puedo ver en tv el logo de Dino de Laurentiis sin echar una lagrimilla nostálgica) hizo que la cinta diera unas cuantas vueltas antes de su estreno, temiendo que esta fuera demasiado alocada y no del gusto del público en una década, donde, sorprendentemente, llegaron a estrenarse cosas bastante raras. En realidad, pese al estatus actual de culto, no es tan estrafalaria: esta es más una comedia enfocada al público adolescente, con un humor muy blanco y basado en lugares comunes para estos. El instituto, el estilo de vida, la música, la cultura de los centros comerciales y una gran mayoría de gags basados en situaciones con personajes fuera de lugar. Lo más memorable, hacia la segunda parte, puede ser la colección de personajes históricos deambulando por un centro comercial y haciendo cosas tan anacrónicos como dar clases de aerobic o tomarse un helado gigante. Y sobre todo, una actitud despreocupadamente optimista que vista hoy, choca con el arquetipo de adolescente depresivo que sería mayoritaria en la década posterior.



Gran parte de los momentos cómicos, incluso el desarrollo de la trama, no es tan destacable como el estatus que ha ganado con el tiempo: esta se resume en dos chavales muy tontorrones recogiendo figuras históricas a través del tiempo, sin desviarse en ningún momento de una situación lineal que se sabe que terminará bien. Parece difícil ver el motivo por el que hoy sea tan recordada, contando con una secuela y una tercera parte en producción. Pero esta funciona por lo ligero de su argumento, su optimismo contagioso y sobre todo por el carisma de sus protagonistas, Alex Winter y Keanu Reeves (nunca un actor con registro tan limitado ha llegado ha despertar tanta simpatía. Hasta yo me declaro culpable): sus Bill y Ted, incapaces de recordar un solo dato académico pueden hablar como caballeros, de forma muy opuesta s su aspecto y personalidad, y pese a su evidente falta de luces, es imposible que una pareja tan inofensiva y con tantas ganas de conseguir lo que se proponen, no despierten simpatía. Además, si gracias a ellos el futuro de la humanidad es brillante, no deben ser tan malos chicos. Pese a tratarse de una comedia de ciencia ficción, lo más destacable del apartado técnico, y para mal, son los efectos digitales que pueden verse en muchas escenas y que, dado lo básico de la animación, chirría ante unos efectos artesanales mucho más conseguidos. Eso, y la máquina del tiempo de la que disponen, sacada evidentemente de cierto viajero, aunque oficialmente se diga que se recurrió a ese diseño para evitar similitudes con el Delorean, que todavía estaba muy cerca, y que era mucho más familiar para los espectadores que una serie británica desconocida. Además, visto lo apretado del viaje de los protagonistas, esta no era más grande por dentro que por fuera.

Las alucinantes aventuras de Bill y Ted pueden ser una película de culto, pero no tanto por sus cualidades sino por lo que supuso. Humor sin complejos, un poco de absurdo, y sobre todo, la influencia para una generación que se dedicaría al audiovisual años después. O, al menos, es difícil no reconocer, por poner un ejemplo, un poco de Bill y Ted en las historias corrientes de Mordecai y Rigby.


jueves, 13 de febrero de 2020

Horizonte final (1.997). Hasta el quinto infierno y más allá


Cuando se piensa en terror en el espacio, es imposible no recordar a los xenomorfos ni a la teniente Ripley. Décadas después, y ya en un medio distinto, Dead Space se convertiría en un referente para ficciones posteriores. Y en medio, una película, olvidada por la taquilla durante bastante tiempo, intentó ofrecer, quizá con menos éxito del que merecería, una historia que adelantaría varios años a alguno de los conceptos del videojuego y que acabaría convirtiéndose en un clásico a pequeña escala.


Horizonte final es el nombre de una nave cuya tecnología le permite, en un futuro lejano (ahora ya no tanto. Ha pasado 2.015 y no tenemos colonias mineras en la Luna), atravesar distancias impensables para la civilización humana. Aunque esta, en 2.047, ya haya empezado a ocupar otros planetas. Tras desaparecer en el espacio durante su primer viaje, años después se reciben señales de su regreso. El grupo encargado de su recuperación, formado por un equipo de rescate y el diseñador original de la aeronave, encuentran un cascarón vacío y congelado, donde flotan los restos mutilados de sus tripulantes y donde el motor, un gigantesco artefacto con la energía suficiente para crear un agujero negro, continúa activo. Lo único de lo que disponen para descubrir lo que ha pasado son las grabaciones donde se registraron los momentos previos al primer viaje, y una presencia, en forma de alucinaciones relacionadas con el pasado de los personajes, que hace temer que algo ha regresado con la nave.





La película contaba a su favor con un presupuesto bastante holgado para la época, y sobre todo, con un reparto que, aunque no tuvieran la categoría de estrellas de Hollywood, eran actores sólidos capaces de defender unos personajes a los que quizá les podría faltar un poco de trasfondo, pero que contaban con la caracterización necesaria para la trama. Y entre un grupo de secundarios donde hoy se reconoce perfectamente a Jason Isaacs, aparecen como protagonistas Lawrence Fishburne y Sam Neill. Y cuando tienes en el espacio al futuro Morfeo y a un tipo que se ha enfrentado con éxito a los dinosaurios y no con tanto éxito a engendros lovecraftianos (aquí siempre hemos sido más de En la boca del miedo que de Parque Jurásico), se sabe, al menos, que la parte interpretativa no va a decepcionar. No fue el caso del resto de los personajes, ya que la producción contó con demasiados cortes y ediciones respecto de las dos horas y pico originales, por lo que muchos aspectos de estos se quedaron fuera del montaje final. Además de contar con algunas tendencias de los noventa que afecta negativamente al tono de una producción que debería haber sido más oscuro que el resultado final: frases lapidarias dichas a cámara, más propias del cine de acción de los noventa, uno de los secundarios, que, aunque bastante útil, le toca el papel de alivio cómico, haciendo que en muchos casos esté fuera de lugar, y sobre todo, el exceso de recortes de ciertas escenas que podrían resultar demasiado macabras, sangrientas y todos esos factores que supondrían problemas con la calificación de la película y su distribución, pero que resultarían necesarias para la producción oscura y llena de referencias a parajes infernales, e incluso a la primera narrativa de Clive Barker, que podría haber sido en un primer momento.




El presupuesto fue el motivo principal por el que se tratara de un fracaso en taquilla: más que suficiente para poder desarrollar la idea, no contó con el favor del público y fue imposible recuperarlo. Y aunque la limitación monetaria no ha sido un problema para recrear la nave, el uso de los efectos digitales ha envejecido tremendamente mal: los objetos flotando en gravedad cero tienen aspecto de infografía de videojuego, pero, de esa década, hasta los efectos especiales de La amenaza fantasma (antes de la enésima remasterización) sufrían la fiebre de lo informático. Por suerte, estos tienen un carácter más accesorio y el resto, más que envejecer mejor, sigue estando a la altura y aporta una serie de escenarios con una carga interesante: la nave perdida, diseñada como una enorme catedral, como puede verse en los planos generales, y sobre todo, el núcleo de esta, cuyo diseño geométrico y movimientos recuerda inevitablemente a una enorme Configuración del Lamento y donde, a cada momento, evoca las dimensiones y el horror sugerido en Hellraiser. Algo inevitable, pero también uno de los aspectos más memorables del guión son las referencias a conceptos como la apertura de una puerta al caos, o como se menciona en varios momentos, el viaje y transformación de la nave en un universo del que se sugiere que pueda ser el Infierno.



Horizonte final parecía en su momento, una película fallida: estrenada en una época no demasiado memorable para el cine de terror, limitada precisamente por lo que entonces se consideraban gustos de público, tendencias cinematográficas y seguramente, temor a que la calificación por edades limitara a la distribución, hacen que la película de Paul Anderson, antes de meterse de lleno en el mundo de Resident Evil y de las escenas de acción de videojuego, produzca una impresión de estar limitada: por la edición, por el humor forzado, por un desenlace que por desgracia, desluce lo sugerido durante todo el metraje. Y que a pesar de todo, tiene la capacidad de resultar una buena película, de seguir aprovechando al máximo los aspectos más potentes de los que dispone, como pueden ser su transfondo y su reparto, y sobre todo, haber sobrevivido como una de esas pequeñas joyas ocultas de los noventa.





jueves, 6 de febrero de 2020

La gran juerga (1.966). Salvar al piloto inglés (bueno, a varios)

Después de once años escribiendo sobre películas de terror de distintas décadas, comedias de los ochenta más o menos conocidas, una cantidad abundante de zombies y alguna que otra producción taquillera, tengo que confesar algo: en mis primeros años, varias de las que seguía con avidez en televisión eran las de Paco Martinez Soria y Louis de Funes. Al primero, además de tenerlo como patrón (de forma irónica o no, eso me lo guardo) cuando me mudé a una capital, todavía me quedo a revisar cualquiera de sus cintas cada vez que las vuelvo a encontrar en televisión (de forma no irónica. A la abuela y a una Renaissance en edad prescolar, les encantaban. Y algo de nostalgia queda). Con de Funes es más difícil: por la misma fecha conocí a ese actor minúsculo, de gestos malencarados y expresión corporal cómica que hacía, entre otros, de gendarme en un ciclo con el que televisión española decidió rellenar parrilla hace muchos años. Y del que probablemente entonces no entendería la mitad de los chistes, pero disfrutaba igual del humor gestual y con el que tuve conocimiento, en unas versiones muy libres y en clave de comedia de un tal Fantômas, en una época en la que las novelas de Marcel Allain y otros personajes de folletín todavía quedaban muy lejos. Hoy, poder recuperar esas películas, bastante numerosas, del mismo modo que podía hacer con Soria, resulta complicado por su disponibilidad, salvo por unas cuantas consideradas las mejores de su producción. Y una de ellas llegó a ser una de las comedias francesas más taquilleras hasta la llegada de Los visitantes.



La gran juerga es una traducción libre de un título que podría traducirse como "el gran garbeo" y que podría verse como una broma hacia la película de título similar de Steve McQueen. Porque aquí, más que escaparse, lo que tienen que hacer tres pilotos británicos, extraviados en el París de la ocupación durante una misión, es conseguir llegar a la zona libre. En una ciudad llena hasta la bandera de soldados alemanes alertados por su llegada, solo podrán llevarlo a cabo gracias a unos personajes que acabarán prestando su ayuda tras verse apartados de su vida cotidiana con la interrupción de los aviadores: Agustin, un humilde pintor, que accede a acompañarlos en el viaje convencido por la joven que le gusta, y Stanislas, un director de orquesta al que no le queda más remedio que sumarse a la aventura cuando la aparición de uno de los pilotos en su teatro lo convierte en un prófugo a su pesar.
 






El guión podría considerarse todo lo que debe ser una película de aventuras: muy dinámica, con una gran variedad de escenarios que casi pueden verse como capítulos de un libro (el teatro, la huida del teatro, la posada, el rescate…) y con una acción muy rápida, basada en su mayoría, como es habitual en muchas comedias clásicas, en las persecuciones, los disfraces, y sobre todo, en las confusiones. Si una parte de la trama consiste en llevar a los personajes de un lado a otro y que estos encuentren una forma de pasar al siguiente, que en la mayoría de los casos, es asumiendo temporalmente una nueva caracterización, la parte cómica, consiste en su mayoría, en estos mismos aspectos. Los sketches consisten en engaños, disfraces, confusiones a la hora de encontrar a un determinado personaje y la contraposición entre la interpretación, más estoica, de los actores encargados de los pilotos británicos, frente a la más vivaz de de Funes, que recurre a su estilo cómico de gestos y muecas y que constituye durante gran parte del metraje un dúo cómico con Bourvil, en el papel de Agustin, donde se dedican a todo tipo de discusiones, desde las quejas del protagonista hasta la diferencia de clases, todo el tiempo en que no están siendo perseguidos. Aunque, a diferencia de otras películas donde él actuaba como protagonista, este parece no tener tanto peso ya que el conjunto general da más la sensación de que la importancia de cada papel recae en todos como grupo, sin que los actores, salvo determinados momentos, tengan un protagonismo demasiado evidente o que parezca un reclamo.



El estilo de humor, visto hoy, podría describirse como amable. Algo curioso, teniendo en cuenta que se trata de una comedia con nazis, y del que hoy es toda una rareza: no hay mala idea, ni segundas lecturas…ni humor negro, ni el menor atisbo de escatología. Pero eso no quiere decir que no funcione, porque lo hace a la perfección como comedia de persecuciones donde los sketchs recaen sobre la vis comica de sus actores, algo tan básico como las confusiones, un porrazo bien dado o directamente, que siempre funciona, disfrazando de chica al personaje con rasgos más suaves. Y donde, esta vez para bien, todo es muy blanco: pese a contar con unos antagonistas con mayúsculas, estos se limitan a hacer su trabajo, sin el menor atisbo de maldad o sadismo, sino como unos pobres diablos que se ven en el lado contrario de una situación similar a la de los protagonistas. Estos soldados están más cerca de los policías de los primeros clips del cine mudo que de unos personajes abiertamente negativos. El argumento, el tratamiento de estos personajes, e incluso el tipo de color e iluminación de la película, propio de las técnicas disponibles entonces, hacen que la impresión que produzca esta sea de una historia luminosa, una aventura cómica, aunque aparentemente filmada de forma seria, donde son los personajes los que ponen de manifiesto lo ridículo de su situación.



La gran juerga, salvo un éxito de taquilla en su momento y una de las películas más conocidas de su actor, no pretendía más que ser una comedia. Con el paso del tiempo, una memorable y, mientras no sea posible ver de nuevo las aventuras del gendarme y del inspector Juve, lo más representativo que podemos ver de este cómico.


jueves, 30 de enero de 2020

Malasaña 32 (2.020). Magnífico piso situado en el centro de Madrid, ideal para familias (disfuncionales)


Después de los casos de los Warren, y en más en este caso, de Verónica, se confirmaba que la cercanía puede ser algo aterrador. Especialmente en el de la película basada en el expediente Vallecas, donde las calles de un barrio, un colegio, un piso cualquiera, pasaban de ser un lugar seguro y familiar a un entorno amenazador. No había que irse a una casa con ventanas un poco extrañas en Connecticut, ni a la de un barrio de Londres amenazada por un poltergeist, cuando una céntrica calle española escondía historias que poco tenían que envidiar a esos guiones. Sobre todo, si se añadían miedos e inquietudes más reales y presentes todavía en la memoria del público. Y no, no me refiero a la hipoteca que, al principio de la película, mencionan los protagonistas, sino al éxodo de las zonas rurales y el entorno hostil que sirve de punto de partida para estos.



Así es como comienza Malasaña 32, cuando la familia Olmedo se traslada, a finales del caluroso verano de Madrid, al piso que han adquirido a costa de vender todo y contraer una hipoteca que los ata de por vida a una ciudad donde, en apariencia, las cosas serán mejor que en el pueblo que abandonan: con un puesto de trabajo en Galerías Preciados y en la Pegaso, los cabezas de familia disponen de muy poco tiempo en la casa como para saber que algo sucede allí. Algo que Amparo, la hija mayor, comienza a presenciar de primera mano: una sombra que se mueve a través de los pasillos y parece perseguir incansablemente a su hermano menor, la fotografía de una joven que podría haber vivido en la casa, un número de teléfono y un terminal, desconectado, que suena incesantemente. Así como la sensación de que no están solos, no son bienvenidos y que la anterior propietaria de la vivienda desea algo que ellos tienen.







La película cuenta con un estilo que últimamente está funcionando muy bien, y que consiguen emplear de forma hábil: un pasado cercano, lo bastante remoto para una parte importante del público pero no demasiado como para que este pueda reconocerlo por referencias familiares y todavía bastantes puedan sentirse identificados con él (en este caso, los traslados hacia centros urbanos que muchas familias llevaron a cabo durante finales de los setenta). Y una estética donde no se hace concesión a la nostalgia ni a la visión idealizada de la década: el Madrid representado no es un entorno especialmente hostil, pero sí uno desconocido para los protagonistas, donde carecen de lugares de referencia y de entornos seguros. El escenario parece congelado en el color sepia de los últimos días del verano madrileño y el pasado más oscuro de la casa, congelada en algún momento entre los 40 y los 50. Una atmósfera que solo puede describirse como agobiante y que sirve para reflejar también la situación de la familia protagonista: esta habla continuamente de la vida mejor que los espera, pero también, mediante referencias veladas, a algo sucedido en su antigua residencia, que supuso un estigma, que todavía arrastran con ellos, y que se convierte en una marca de no pertenencia al entorno que también estará muy relacionado con el secreto que esconde la casa y su anterior propietaria.


Esta atmósfera, un tanto claustrofóbica sin ser sórdida, es quizá lo que mejor funciona en un guión que acaba resultando excesivo en otros aspectos. El primero sería el factor terrorífico: la película se esfuerza demasiado en más que dar miedo, provocar sustos que mantengan al espectador al borde de la butaca y que le garanticen la etiqueta de "película española más aterradora". Y que se acaba traduciendo en una sucesión brusca de golpes de sonido, timbrazos de teléfono que…chan chan chan.. ¡¡está desconectado!! Y portazos, una interminable sucesión de portazos acompañados por la presencia súbita del espectro (no sorprende que este sea Javier Botet. Aunque por suerte también tiene un cameo como agente inmobiliario y sinceramente, no sé cual de los dos papeles debería dar más miedo), donde no hay tensión, solo una incomodidad esperando a que haya algún otro ruido o que el espectro aparezca de una vez entre aspavientos.

El segundo sería el aspecto social que empieza a asomar de forma cada vez más insistente: lo que sucedió en el pueblo, lo que no es socialmente aceptado, lo que entonces se consideraba salirse de unas estrictas normas establecidas, se manifiesta de una forma un tanto machacona dando la impresión de que el guion habría funcionado igual sin que todo tuviera que venir de la mano de un drama social en potencia: la sensación de los protagonistas de estar fuera de lugar, de intentar pertenecer a un entorno nuevo, podría haber sido suficiente sin tener que recurrir a una serie de catastróficas desdichas.



Malasaña 32 es una película de terror efectiva: el escenario es interesante, los momentos de suspense pueden gustar más o menos (en mi caso, los portazos y manotazos espectrales, muy poco) y sobre todo, los protagonistas están bien caracterizados, de manera que es fácil sentir simpatía por ellos y meterse de lleno en la historia que los rodea. Pero se esfuerza demasiado en imitar modelos y en aportar demasiado trasfondo social: los motivos dramáticos detrás de cada personaje, el estilo demasiado vistoso queriendo emular el éxito de James Wan, que hacen que, aunque quiera serlo, no estemos ante esa "película de terror memorable" que intentan.



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