Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 21 de noviembre de 2019

Zombieland 2: mata y remata (2019). Hogar es donde están tus amigos. Y donde haya un arsenal

Si películas de zombies clásicas, o buenas, pero con mayúsculas, hay relativamente muy pocas (aunque para qué engañarnos, ¡las flojitas también me gustan!), comedias hay todavía menos. En un género donde es muy fácil derivar al humor grueso, Shaun of the Dead sigue siendo la primera comedia romántica, con zombies, y en el caso de una producción de 2.009, una road movie donde aportan una serie de normas con las que sobrevivir a un apocalipsis zombie.


Tendrían que pasar diez años para volver a ver a Tallahashee, Columbus, Wichita y Little Rock, el mismo tiempo que ha pasado para los protagonistas: asentados en la Casa Blanca como residencia permanente, llevan una vida tranquila sin más problemas que los derivados de la convivencia: Columbus quiere formalizar su relación con Wichita y Little Rock ya no es una niña, sino que ha alcanzado la mayoría de edad y empieza a preocuparle el no haber encontrado más gente que la de su entorno. Bueno, y en el exterior los zombies han evolucionado en distintas clases, siendo algunos de ellos más astutos o tremendamente difíciles de matar. Pero eso es algo de lo que tendrán que preocuparse cuando Wichita decida fugarse aterrorizada ante una inesperada pedida de mano y Little Rock se marche junto a un hípster hacia una comuna pacifista, teniendo que volver a la carretera una vez más. 


Zombieland es una de esas películas  de las que transcurren varios años, muchos para la tendencia actual, antes de poder ver una secuela. En su caso, fue una década, muchos rumores y un piloto de tv para Amazon que no terminó de cuajar. Quizá en parte por la ausencia de sus personajes principales, o en su caso, por los interpretados por Woody Harrelson y Jeese Eisenberg, que siguen formando equipo principal y en el caso de este último, su voz en off resumen lo sucedido en los últimos años, recuerda las reglas, marca de la casa, para sobrevivir y los cambios que también han sufrido los zombies. Al menos, los que él conoce, porque los muertos vivientes también cuentan con alguna sorpresa.
Antes de Z Nation, la primera entrega presentó una versión de las epidemias zombie muy poco serias: las normas, los personajes propios de una road movie y algunos secundarios a los que esto del fin de la civilización les importa tan poco como a los protagonistas, sino que es una parte más de un entorno que ha cambiado. Y sobre todo, un humor bastante negro (normal, habiendo cadáveres descompuestos por ahí), donde no se duda en romper la cuarta pared haciendo referencia al cameo de Bill Murray de 2.009, convertido para los personajes en un incidente y en una leyenda popular para el resto.

Aunque al pasar tanto tiempo entre ambas películas se corría el riesgo de perder mucho por el camino, ya fuera el enfoque de la original, el tono, o la frescura, aquí han sabido mantenerlo, y sobre todo, integrar los años que han transcurrido como parte del trasfondo y como varios guiños al espectador: los personajes pueden mencionar que tal comentario o actitud es “muy del 2.009”, y en la última parte hacen toda una parodia a base de los tópicos ligados a los millenials.




El tono sigue siendo similar a la anterior: para ser una historia de zombies, no se muere nadie. Y si se muere, se trata de cameos donde no da el tiempo suficiente como para que estos resulten dramáticos. Durante la mayor parte del tiempo, se mantiene la impresión de seguridad y que todos los protagonistas van a llegar al desenlace ilesos, habiendo, únicamente, unos pocos momentos de tensión hacia el final y que también resulta menos dramático que las secuencias similares en la primera parte. En el fondo, los personajes han desarrollado ya tanta simpatía que se esperaba algo así.

Zombieland 2 es de esas secuelas que se ha hecho esperar, pero que ha conseguido que el tiempo transcurrido juegue en su favor e incluso tener la ventaja de poder contar con todo su reparto, especialmente de la pareja protagonista. Y, viendo los resultados, sería interesante que esta llegara a ser una trilogía…incluso con otra década en medio. 

jueves, 14 de noviembre de 2019

Are you Afraid of the Dark? (2019). Reviviendo el Club de Medianoche

Una de mis series preferidas durante los noventa era, como no, de terror. Entonces, una producción de esa temática destinada al público juvenil, en una cadena tan minoritaria como podían serlo las escasas franjas horarias de emisión libre de Canal + era todavía menos conocida y muy difícil que alguien coincidiera conmigo como espectador. Lo que no sabía es que se trataba de una de las más populares de Nickelodeon y que, aprovechando la ola nostálgica de los noventa (¿¡Cómo!? ¡Pero si ayer por la tarde estábamos echando de menos los cardados y las hombreras!) ha tenido su remake emitido, convenientemente, durante las últimas semanas de octubre.



El Club de Medianoche era el título, muy libre de “¿Tienes miedo a la oscuridad?”, una serie antológica donde un grupo de chicos de no más de 14 años se reunían cada noche para contar historias de terror. Estos solo actuaban como narradores y enlace con el público para unos relatos caracterizados, como era habitual entonces, por unos efectos especiales muy escasos, un presupuesto limitado, y unos giros finales que, aunque eran marca de la casa, a menudo me parecían mejor traídos que los de los libros y serie de R. L. Stine. Casi treinta años después, un grupo de chicos continúa con la tradición, a la que se les une como nuevo miembro Rachel, una chica recién llegada a la ciudad y con una gran capacidad para fabular historias aterradoras. Como la que narra en su entrada al club, sobre una siniestra feria ambulante que recorre las ciudades llevándose a los niños y haciendo que todos olviden su paso por el lugar. Salvo que, unos días después, ese mismo festival hace su aparición en la localidad, y Rachel teme que las pesadillas que inspiran sus dibujos y relatos puedan tener una base real, y que solo ella, y quizá sus amigos, puedan detenerlas.




Aunque el formato anterior funcionaba perfectamente, y más tratándose de una serie (hace unas semanas Creepshow lo demostró, sin más enlace que el muñecote que unía los dos guiones de cada episodio) para la nueva versión han optado por convertir a los protagonistas en los verdaderos héroes de la historia: en la serie original, estos, pese a su papel de narradores, eran bastante queridos por el público, y si contaban con unos personajes con el suficiente carisma, la idea podría funcionar. El cambio no es algo nuevo y se utilizó previamente en la adaptación cinematográfica de Historias de miedo para contar en la oscuridad, aunque es en esta miniserie donde parece haber funcionado mucho mejor. Limitándose a un único arco argumental, se sirven para contar la misma historia dos veces: el relato original, que sería un homenaje a los capítulos de la primera serie, es en realidad muy simple, pero también presentado de forma muy ingeniosa como la historia de terror que podría haber ideado alguien muy joven. Y a partir de esta se desarrolla la trama principal que también es todo un homenaje a los estereotipos de muchas series de la época: las bicicletas, el club secreto y con un acceso nocturno que, a todas luces, sería imposible que cualquier crio pudiera acceder, el tópico de los carnavales siniestros y un grupo de chicos dispuestos a detener una amenaza sobrenatural que solo ellos han descubierto. Los nombres de estos, donde se encuentran apellidos como Carpenter, Coscarelli o Raimi, son también un guiño a los espectadores adultos que crecieron con la serie y que serían después aficionados al cine de terror.



Pese a todos estos factores que apelan al pasado, está pensada para ser disfrutada por el público que la conocía y los espectadores nuevos, sin que resulte un paseo continuo por la nostalgia (lo siento pero ¡Stranger Things siempre me pareció un catálogo de tópicos idealizados de los ochenta!) y los clichés habituales, que en muchos casos evitan con agilidad: se evitan las tramas sobre matones de instituto, despachándose con poco más de un guiño, los protagonistas cuentan con unos entornos más variados que los habituales de “marginados”  y aunque algunas de sus aficiones parezcan un poco pensadas para ser reconocidas por los espectadores más mayores, tales como las referencias a ciertos grupos de los ochenta y a escritores clásicos, resultarían perfectamente posibles para cualquier chico con hobbies un poco distintos y en un momento donde es mucho más sencillo acceder a toda esa información.

El regreso de Are you Afraid of the Dark, además de una miniserie divertida y que funciona para su público anterior y las generaciones nuevas, parece, con su brevedad, un tanteo sobre sus posibilidades de volver a la pantalla, aunque solo fuera como evento durante las semanas previas a Halloween. Visto el resultado, no estaría mal una siguiente entrega en el 2.020. Y ya puestos, quizás un regreso de Eerie Indiana, serie que en su momento nunca pude ver: poco después de los créditos de El Club de Medianoche, la llegada de unas rayitas grises y un susurro anunciaban que la programación en abierto se había terminado.



jueves, 7 de noviembre de 2019

Creepshow (2019). Viñetas desde la cripta

Las películas antológicas siempre han mantenido un hueco en el cine de terror, sin terminar de desaparecer nunca, e incluso contando con un par de producciones bastante conocidas ya a principios de 2010. Desde la época de este formato explotado por la Amicus hasta las entregas de V/H/S después del 2010, siempre ha habido alguna colección de guiones cortos, que no darían para un largometraje pero sí encontraban su sitio como segmento de una película. Y, entre las cuales, seguramente la más recordada sea la versión no oficial, en forma de homenaje, a los comics de terror de la EC, que George Romero dirigió a principios de los 80.


Desde aquella primera entrega de Creepshow (junto a una secuela en la misma década y otra en la del 2000 que ni sabía que existía y de la que todos echan pestes), tendrían que pasar más de 35 años para poder tener una continuidad. Salvo que esta vez, el formato elegido era la televisión, lo que daba para poder ofrecer más historias cortas y centrarse muchísimo más en el estilo del comic: en cada capítulo, el guardián de la cripta, por llamarlo así, hace su aparición y da lugar a los dos relatos que componen cada episodio, sin ninguna conexión entre sí y, como pretendían, de una forma muy parecida a la de los comics de terror a los que emulan. 


Esta nueva versión se caracteriza por dos cosas, que la hacen muy reconocible: la primera, es el uso de los efectos especiales artesanos, en los que el que se noten los efectos visuales, los juegos de luces, la mecánica, los maquillajes, y sobre todo, las marionetas monstruosas, parece ser un factor muy importante. Aquí no es importante el despliegue de medios ni lo realista, sino que todo tenga un aspecto más irreal y clásico: a fin de cuentas, el espectador es muy consciente que está viendo una historia de terror y el realismo no es tan importante como el que los monstruos le recuerden, quizá, a alguna imagen de televisión o de comic medio olvidada de su infancia. El trabajo de Tom Savini, en este caso, se combina en los guiones que dependerían más de los efectos monstruosos con iluminaciones muy irreales, donde a menudo se busca que las figuras queden en sombra. Destaca, sobre todo, la figura del Guardián de la cripta (creo que todos debemos referirnos a él de esa forma), un diseño caricacturesco, mucho menos expresivo que la marioneta que presentaba los segmentos de Cuentos de la cripta en la serie de los 90, pero que recuerda mucho más a su homónimo de comic.


La segunda sería, precisamente, el comic: una parte de la serie se combina con el formato de imagen, y a menudo las secuencias intermedias se sustituyen con páginas, viñetas y cuadros de diálogo. Incluso con la animación, de una manera muy similar a la que lo hicieron en la primera Creepshow, aunque el resulta ha sido bastante flojo: seguramente intenten recordar directamente a las secuencias animadas de la película, donde el detalle del dibujo y el movimiento no destacaba por lo elaborado. Aquí, en cambio, la línea, más que a los dibujos originales, acaba pareciéndose demasiado a las animaciones flash de principios del 2.000.


Como en toda antología, la calidad de los guiones varía de un episodio a otro. En este caso, todos se caracterizan por ser relatos breves, muy deudores del terror clásico con mutaciones inesperadas, venganzas sobrenaturales, hombres lobo e incluso algún que otro relato moral sobre los peligros de la ambición. Casi todos, basados en relatos de autores con nombres conocidos desde los ochenta: Stephen King, David J. Schow, John Skipp (estos sonarán mucho de las antologías de relatos más sangrientas de la década) e incluso Joe Hill, con el episodio que, muy en su estilo, sea el menos pensado para producir miedo. Algunas muy buenas, otras clásicas, alguna que otra tirando a normalita, un par de giros a los tópicos del género e incluso alguna historia realmente original con muy pocos medios, como la que cierra el primer episodio. Y es que, historias de casas encantadas hay muchas. De casas de muñecas siniestras, alguna que otra. Ahora, el mezclar ambas todavía da para alguna sorpresa.

Creepshow ha sido una vuelta más que digna de una producción muy querida por el público, donde han aprovechado muy bien la nostalgia e incluso las fechas de estreno. Después de todo, ¿qué otra cosa sería mejor para haber estrenado durante el mes de octubre que una miniserie con seis historias de terror?

jueves, 24 de octubre de 2019

Blood Drive (2017). La carrera de la muerte del año 1999


Syfy no se caracteriza por sacar adelante series especialmente cuidadas o de un presupuesto holgado. Los logros de Battlestar Galactica quedan ya muy lejos y lo habitual en su producción suelen ser emisiones tirando a modestas, a menudo, muy conscientes de sus limitaciones y que cuando menos, cuentan con un público fiel gracias a esta falta de pretensiones. Aunque en este campo es posible encontrar cosas bastante originales, capaces de sacar partido a su falta de medios, o directamente, donde son capaces de contar lo que sea de forma improvisada como si no temieran a las cancelaciones. Channel Zero consiguió tres temporadas de terror, modesto y efectivo. Cinco años con Z Nation oscilando entre el terror de serie Z, la comedia y el desvarío…y si esta última no fuera poco, todavía son capaces de atreverse a producir una con más vocación de parodia y comedia salvaje que de continuar episodios en el tiempo.





Es el año 1.999. Las actividades de fracking en el corazón de Estados Unidos han desembocado en un movimiento sísmico que ha provocado la apertura de una gigantesca falla conocida como La Gieta. La población se ve obligada a desplazarse a las costas, la economía se desploma, las calles se ven inundadas por nuevas drogas de diseño e índices de criminalidad nunca vistos. Algunos oportunistas, como los directivos de Heart Enterprises, aprovechan la situación para hacerse con el mercado y poco a poco, con el gobierno del país disponiendo de una tecnología que incluye desde el desarrollo de la robótica hasta los portales espaciales...Naturalmente, esto, ni tiene mucho sentido, ni tiene mucho que ver con lo importante: en un mundo donde los combustibles fósiles se han convertido en un bien inaccesible, el principal entretenimiento es una carrera a través de unos Estados Unidos fracturados, donde el ganador se llevará un importante premio en metálico y donde solo los más desesperados se atreven a participar. Entre ellos, una joven que intenta conseguir el dinero para salvar a su hermana, un agente de policía con la integridad y optimismo suficiente como para intentar acabar con la corporación Heart y muchos otros, movidos por la codicia o el sadismo. Una carrera donde los coches funcionan no con gasolina, sino con sangre humana:¡¡Blood Drive!!


(Y sí, reconozco que he escrito la última frase unicamente para emular al enloquecido maestro de ceremonias del espectáculo)





La serie, concebida como una comedia negra, es un homenaje al grindhouse, un estilo de cine muy específico caracterizado por las producciones de serie B, Z, argumentos un tanto extraños, o cuando menos, poco cuidados, se explotan los éxitos cinematográficos del momento (sean asesinos en serie, ciencia ficción o post apocalíptico) y no se escatima en violencia y situaciones escabrosas. Algo que ya hicieron hace diez años Tarantino y Robert Rodriguez con Planet Terror y Death Proof, y que aquí desarrollan durante trece capítulos que, con el transfondo de una violenta carrera por etapas, aprovechan para recorrer todo tipo de escenarios propios de este género y con tan pocos escrúpulos como estos: una carrera donde a los perdedores se les hace explotar sin miramientos, una ciudad tomada por mutantes con ojos luminosos (los brillos verdes, siempre necesarios en las películas de quinta regional), un restaurante regentado por caníbales, un manicomio asaltado por los propios internos o una civilizacion integrada por amazonas son solo algunos de los lugares por los que los protagonistas transitan. Mientras que en las tramas secundarias es posible encontrar una corporación malvada, todo tipo de experimentos, implantes cibernéticos e incluso algún androide. Una auténtica locura que no duda en recurrir a todos los clichés del género con intención cómica, empleándolos como argumento o utilizándolos como parte del humor de la serie, como sucede con el sistema para censurar los desnudos que pueden aparecer en los capítulos y que son presentados unicamente para explotar las situaciones más torpes que podían verse en aquellas producciones de principios de los ochenta.



Aunque hubo otras comedias que recurrieron a tendencias audiovisuales obsoletas como fuente de un humor muy referencial y un tanto complicado, Blood Drive opta por usarlo como punto de partida para crear una comedia negra llena de guiños y donde el género al que parodia también sirve de excusa para no poner limites a los guiones, a la calidad de las interpretaciones, al buen gusto o incluso la coherencia....más o menos, como pasaba a menudo con el auténtico grindhouse. Mientras Garth Marenghi´s Darkplace se mimetizaba por completo con el estilo de realización de las series de los ochenta, y se apoyaba en el trabajo de cómicos muy capaces, la serie de Syfy no se corta a la hora de retorcer al máximo el material con el que trabaja: actuaciones irregulares, donde lo mejor que se puede decir de su protagonista es que se le nota que fue modelo, pero es probable que no gane ningún Emmy este año y que contrasta con su antagonista, histriónico y carismático hasta lo indecible. Y unos argumentos donde a veces, el número de capítulos se hace excesivo para lo que quieren parodiar. Esto resulta en algunas situaciones donde parecen haber decidido tirar para adelante, poner la primera burrada que les venga a la cabeza, y seguir así hasta que lleguen los créditos. Algo así como pasaba a veces con Z Nation, pero con más ganas y quizá, con mayor presupuesto.


Blood Drive, como pasa a veces con las comedias que parodian algo tan expecífico, se quedó en una sola temporada. Suficiente, en realidad, cuando son capaces de meter en pantalla una cantidad de tripas como no se había visto desde que se canceló Ash vs Evil Dead, coches carnívoros, raves post apocalípticas y empresas malvadas. Y cuando, algunos de los capítulos más flojos hacen pensar que quizá esta broma no habría dado para seguir un año más en pantalla.




jueves, 17 de octubre de 2019

Robert Marasco: Holocausto. La casa se vende con todo y con duende

Hay una serie de lugares de los que un lector ha sacado una conclusión: es mejor mantenerse alejados. Hill House, la mansión Belasco, Malpertuis (no, espera, esa última era un poco rara pero estaba muy bien). El cine también se ha encargado de recordarlo, llevando todas estas casas y a sus desafortunados habitantes a la gran pantalla. Pero pese a lo revisitado de este tema, siempre parece quedar alguna que no es tan conocida en comparación con las anteriores, y que incluso es capaz de modernizarse con los tiempos y, en lugar de limitarse a ser un caserón siniestro, es capaz de atraer nuevas víctimas no con la promesa de un hogar, sino con algo mucho más breve: ¿quién no querría pasar unas vacaciones en una casa de ensueño a precio irrisorio?


Holocausto, el título en castellano vendría a ser ofrenda o sacrificio, y aunque hoy la acepción haya variado mucho, sigue siendo la más adecuada de Burnt Offerings, y también una suerte que hubiera sido este, y que no se hubiera terminado llamando “Vacaciones infernales” o cualquier otra traducción libre de las que se hacían. Es, también, cómo podría considerarse la condición bajo la cual la familia Rolfe consigue alquilar durante las vacaciones una mansión de ensueño por una cantidad nimia: como inquilinos, en las semanas que dure su estancia, deben encargarse de subir tres comidas diarias a la señora Allardyce, la anciana propietaria de la vivienda y que, según explican sus hijos, se niega a abandonar la casa. Con varias plantas, habitaciones, jardines, piscina y un lago, el compartir espacio con una mujer a la que no verán durante todo ese tiempo no parece un problema cuando pueden abandonar la ciudad e instalarse temporalmente en un entorno privilegiado. La oferta, demasiado buena para ser cierta, parece levantar sospechas a causa de la actitud de los hermanos Allardyce, cuyos cuchicheos, medias sonrisas e insistencia en que la casa debe ser alquilada a la gente correcta hace pensar, al menos, que estos no están muy en sus cabales. Y, cuando tras unos días en los que la rutina de la familia, especialmente de Marian, se convierte en recorrer  los pasillos de la mansión, limpiando, ordenando, y en cierto modo, en consumir energía devolviendo un ápice de vida a un caserón vacío, es probable que las sospechas fueran ciertas.


El libro, muy breve, recoge gran parte de lo que hoy se han convertido en clichés del género de casas encantadas: entre ellos, la oferta tentadora. No para adquirir una casa sino como alojamiento temporal. Un detalle que, teniendo en cuenta la tendencia en los arrendamientos de temporada en los últimos años, supone que en este momento la historia resulte más cercana de lo que podía ser en otra situación. Es lo único, y de forma involuntaria, porque el resto de elementos cotidianos que se mencionan en la historia resultan chocantes en la manera de ser presentados como algo molesto, o que pone de manifiesto los escasos recursos disponibles de los protagonistas: la esposa, para poder pagar lo que el autor da a entender como caprichos, consigue trabajos temporales con la misma facilidad con la que los abandona una vez conseguido el dinero que necesita, lo que visto hoy hace que…bueno, más que terror, por desgracia, todo parezca ciencia ficción.
El recorrido por el aspecto más anodino de la vida de los protagonistas puede hacerse un poco tedioso, pero se nota que Marasco insiste en este como manera de desarrollar una característica del personaje principal que después será de importancia en su relación con la casa, y que enseguida supone un choque frontal con su primer encuentro con la mansión y lo que sucederá después. Los Rolfe, tan normales y con problemas de día a día, encuentran un caserón propiedad de dos ancianitos que harían saltar las alarmas de cualquiera, a veces de forma demasiado evidente. Y a partir de ahí, se desarrolla un ambiente opresivo, donde se termina de desarrollar la obsesión de su protagonista con admirar todo aquello que no puede tener, y, en cierto modo, su relación con la casa se convierte en algo parecido a la adoración a una divinidad a la que, de forma mecánica, y después obsesiva, los almuerzos que se le presentan a la invisible dueña de la casa se convierten en algo parecido a ofrendas.

Holocausto es una interesante visión del tema de las casas encantadas. O no exactamente. Quizá de las casas “malvadas”, si aceptamos ese concepto para lo que no puede comprenderse, “hambrientas” también podría ser más adecuado. Una visión un tanto distinta a la que podía encontrarse en otras historias más famosas, pero igual de interesante y capaz de conseguir lo mismo que estas: la casa, lo amenazador que hay en ella, o lo extraño, solo es una forma de sacar a la luz los miedos y las obsesiones de sus habitantes.

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