Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 22 de mayo de 2017

Kong: Skull Island (2017). La isla de los monstruos


Si hay un guión que resulte difícil trasladar a la época actual sería el de King Kong: ya el remake en 2005 optaba por servirse del mismo escenario que el original, quizá porque cada vez cuesta más el creerse que haya una isla que no se pueda localizar por Google Earth, y que, por desgracia, hoy el monete no tendría un asalto. Y, habiéndose filmado uno hace tan poco tiempo, la idea de volver a hacer otra versión de la misma historia no parecía demasiado llamativa. Y menos cuando esta parece funcionar solo con un estilo muy añejo y una aproximación tan inocente como la que podría realizarse en los años treinta. Un enfoque distinto fue lo que hizo que la premisa pareciera más atractiva que los guiones vistos antes: si los escenarios exóticos y el viaje a un entorno extraño habían sido solo una pequeña parte de la trama, ahora se convierten en la principal. O lo que es lo mismo: si el mono no va a Nueva York, Nueva York se va a ver al mono.



Pero en La isla de la Calavera tampoco puede esperarse un entorno moderno, sino que se retrocede unas décadas atrás, durante los años setenta en pleno final de la guerra de Vietnam. Donde un grupo de científicos son acompañados por un comando militar hacia una expedición en la que descubrir un nuevo ecosistema. Este, oculto hasta entonces por una nube de tormentas eléctricas, es realmente un lugar lleno de seres desconocidos, pero también peligroso. En el que la mayor amenaza parece ser un gigantesco simio que ha atacado a los soldados y contra el que el jefe de estos comienza a desarrollar una enemistad casi obsesiva, pero donde también hay criaturas más peligrosas que este e incluso algún aliado.



La idea de olvidarse de los escenarios más recordados, y tópicos del King Kong original, acaba funcionando muy bien: en lugar de una película de estilo pulp dedicada a recrear la estética y el vestuario de los años treinta, esta deriva hacia una producción de aventuras en un entorno desconocido para los personajes, trama que en realidad es muy cercano al género durante esa época. Giros como el recurrir a islas remotas, especies desconocidas y tribus perdidas en el medio de la nada, donde un grupo de investigadores o soldados de fortuna deben sobrevivir, tiene en realidad muchos elementos en común con el pulp. Aunque el entorno temporal escogido para el guión sea muy posterior,



En cierto modo, el plantearlo en una época más asociada al cine bélico o los dramas sociales aporta cierta novedad, al no estar tan trillado, y sobre todo, es todo un alivio a la hora de evitar problemas de credibilidad que podrían darse de haber elegido una ambientación contemporánea: retirado cualquier sistema de localización y comunicación moderno, es mucho más sencillo el hacer que el público vaya aceptando el sentido de lo desconocido en el que se basa un poco el guión. Esta idea de “los setenta” se mantiene bastante bien no solo en lo más visible como los vestuarios o el atrezzo, sino en la paleta de colores que se emplea: todos ellos son muy apagados, en tonos terrosos que recuerdan un poco a las producciones bélicas y donde ni si quiera las tomas de la isla deslumbran por brillo, sino que resultan muy oscuras, con el tono un poco amenazador que realmente debería tener un entorno hostil. Y donde, por suerte, los efectos especiales son algo necesario y no un alarde: si hay que sacar un mono gigante y unos bichos no catalogados por la ciencia, la infografía es una parte más. Como también lo son las secuencias de acción, las de pelea o las de huida, teniendo en realidad las que cuentan con presencia humana mucho más peso que los meros efectos. Por una vez, la impresión que produce es que la duración es la adecuada y a las peleas entre dos efectos infográficos se les ha dedicado el tiempo justo.



Teniendo en cuenta que gran parte del guión transcurre en un escenario muy alejado de cualquier referencia temporal, esa misma idea de mostrar una década concreta resulta algo machacona al comienzo: los primeros momentos son en gran parte imágenes de archivo, de menciones a Vietnam, a Nixon, clips de música y cierta fijación en enfocar todo lo que sea tecnología analógica. De modo que la presentación de la narración y los personajes se ve acompañada por un montón de tomas de teléfonos de horquilla, transistores y cámaras reflex que resultan un poco incomprensibles. O más bien, que parecen pensadas para mostrar a los espectadores nacidos en los noventa que hubo una época en la que los teléfonos tenían cable y no había internet.



Esta tendencia en mostrar las cosas de forma demasiado evidente también se nota demasiado en los personajes, especialmente en los antagonistas: desde el primer momento se les muestra con ganas de disparar a todo lo que se mueva, empeñándose en acabar con lo que les ha atacado para defenderse y en general, recurriendo a trucos bastante simples para que no se les tenga la más mínima simpatía en cuanto estos empiecen a caer como moscas. Que quede claro que no solo son malos, sino que lo disfrutan. Se salva un poco en este caso el papel interpretado por Samuel L. Jackson, pero solo por comparación respecto a los anteriores, ya que este acaba siendo una mezcla un poco extraña entre militar de película sobre Vietnam pasado de vueltas y el capitán Ahab. John Goodman, como científico, acaba teniendo muy poco peso, y de los protagonistas, Tom Hiddleston y Brie Larson, lo mejor que se puede decir es que al menos esta vez se han ahorrado cualquier subtrama romántica, y que si funcionan es por el buen hacer de los actores, porque acaban resultando bastante neutros. Mejor suerte corre el secundario que sirve como enlace entre la isla y los protagonistas, un personaje a medio camino entre el necesario para aportar explicaciones y el cómico que en realidad, resulta muy efectivo: de todos los que aparecen, acaba resultando el más cercano y aquel que se gana más el afecto del público.

Kong: la isla de la Calavera, consigue ser lo que pretendía: una película de aventuras, con un poco de historia, menos estandarizada que otras producciones y donde la duración y los efectos especiales no aturullan. Pero que tampoco se escapa al afán por serializar todo lo que se estrene en un cine: las escenas post-créditos acaban anunciando que, si todo va bien, King Kong no va a ser el único gigante que aparezca en las pantallas sino que va a ser parte de una nueva serie de blockbusters. El poder escapar de universos comunes, expandidos y franquicias varias cada vez es más difícil.

jueves, 11 de mayo de 2017

Laird Barron: El rito. Tradición oral, horrores cósmicos y pérdidas de memoria a corto plazo


Laird Barron fue posiblemente el mejor descubrimiento con el que cerré el año pasado. Un libro fue suficiente para que su particular mezcla de pulp, género negro y terror sobrenatural me convenciera para continuar con quien se le puede considerar como un autor lovecraftiano de pleno derecho. Y al que por el momento, es difícil encontrar en un idioma distinto al inglés, porque en España solo se tradujo su segunda novela. Que por otro lado, es una muestra de su hacer tan buena, e incluso más redonda, de lo que supuso su primera novela.



El rito es una relato fragmentado. Algo que el lector casi tiene que hilar a partir de un prólogo, donde se revela la verdad sobre el cuento de Rumpelstinskin, de las historias que traen consigo cada uno de los conocidos de la familia Miller, un matrimonio formado por un geólogo y una antropóloga, y sobre todo, por lo que el propio Donald Miller ha olvidado a lo largo de su vida o le han hecho olvidar. Concretamente lo que sucedió durante un viaje a México con su esposa en los años sesenta, cuando esta desapareció sin dejar rastro durante varias horas. A partir de entonces, determinados momentos de su vida lo pondrán en contacto con una realidad insospechada: una conspiración iniciada hace milenios por criaturas desconocidas que su entorno insinúa conocer desde hace tiempo. A la que algunos de sus antepasados se enfrentaron y le advirtieron, y que parece estar estrechamente relacionada la familia de su esposa. Y que, en algún momento determinado, llegó a presenciar sin que en su mente quedara más rastro que la de una pesadilla y, quizá a modo de advertencia, el miedo a acercarse a determinados lugares.



Barron llevaba varios años escribiendo relatos antes de comenzar con las novelas, pero sigue notándose que el formato más breve es donde se encuentra más comodo. Ninguna de las dos escritas son especialmente extensas, lo que es un acierto porque solo serviría para hacer más evidentes algunos de sus defectos: y es que es bastante difícil que llegue a narrar una trama de forma lineal sin irse por las ramas con un flashback o explicando los antecedentes de determinados personajes. Algo que se hace muy presente en esta novela, donde más que una linea principal, existe una trama deslabazada, casi compuesta por retazos que, en algunos casos, sirven para componer un mosaico completo y hacer que el lector, junto al protagonista, que se pasa medio libro con su memoria hecha unos zorros, tenga una visión de conjunto de lo que ha sucedido..y de a donde quería llegar la histora. Al menos, es para lo que sirven una parte de estas. Porque el resto en realidad casi son historias independientes sobre personajes que van y vienen, de los que podría saberse meno o nada sin que la narración se resintiera. Pero, que por su brevedad, se acaban disfrutando esos incisos donde se conocen a personajes tan particulares como un tipo con la nariz de cobre, o donde apenas se llegan a intuir las posibles aventuras que el abuelo del protagonista vivió y que no llegó a contarle. En cierto modo, es una forma de narrar muy errática, donde la salva principalmente la brevedad del libro y que, salvo por tratarse de una historia escrita, es muy similar a cómo podría contarla alguien en una taberna: con unas situaciones que casi parecen imposibles, y muchas divagaciones que no van a ninguna parte hasta que el narrador decide volver a su relato inicial.


La tradición habla de la serpiente Uróboros. En España tenemos la pescadilla que se muerde la cola y Laird Barron, la Hermandad de la vieja sanguijuela

Sería injusto decir que Barron es un escritor lovecraftiano como único aspecto positivo. Él tiene su propio estilo, y en muchos aspectos, muy alejado de los protagonistas pasivos y angustiados de Lovecraft. Tiene en común con él una visión del horror donde el ser humano apenas está de paso en un universo poblado de seres para los que estos no son nada. Pero mientras el primero insistía en que Cthulhu apenas se enteraba de la presencia de los humanos, los Hijos de la Vieja Sanguijuela creados por Barron disfrutan de lo lindo atormentando a aquellos que tienen la desgracia de encontrarlos. En cierto modo, son la versión en matón de los Primigenios, y no dudan en marear a los protagonistas, e incluso explicar su presencia de una forma mucho más sencilla. Lejos de adjetivos y términos vagos, se recurre a una explicación un poco más de campo, pero tan evocadora como “esconderse en las profundidades de la tierra y en los confines de la realidad” y en la que se sirve de manera muy hábil de la tradición oral y la mitología para explicar su presencia a lo largo de los siglos.



El rito es una novela con los pies un poco más en la tierra, y mejor ejecutada, de lo que lo fue la primera (que sigue pareciéndome la mar de excesiva y divertida), donde a veces la estructura de la narración hace que sea un poco difícil seguir el hilo, convirtiéndose esto bien en un defecto propio, o en una característica típica de su autor. Pero sin que esto impida que Barron se muestre como un narrador muy válido y con una visión del fantástico que no se encuentra a menudo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Catwoman (2004). Cualquier parecido con el original es pura coincidencia


Aunque ahora cualquier película de superhéroes (bueno, parece que los de DC lo están teniendo un poquito más crudo) tenga papeletas para salir bien y recaudar, es una tendencia reciente. No hace falta irse hasta los noventa donde algunas adapciones se hicieron como buenamente pudieron, sino hace solo una década una película acabó siendo, medio en broma medio en serio, el ejemplo de lo que no debe hacerse con un personaje de comic. Ya entonces tuve bastante con algún estreno un poco decepcionante, y entonces el tema de los superhéroes no me interesaba mucho. Por lo que no llegué a ver la película de Hale Berry que habían recibido bastantes críticas. Tampoco esperaba quedarme a verla en un pase de televisión, pero antes de poder coger el mando, dos gatas se me habían sentado en el regazo impidiendo todo movimiento. Aún ahora sospecho que esa semana la película del sábado la eligieron Sabela y Narnia...



La Catwoman que vimos en cine no es Selina Kyle, sino Patience, una apocada ilustradora publicitaria que trabaja para una firma de cosméticos. Tan apocada, que es un poco extraño que su jefe llegue a darse cuenta de su existencia para dedicarse a echarle broncas monumentales. En realidad esto es más bien porque él es el malo oficial de la película: no contento con gestionar a su plantilla de una forma bastante arbitraria, pretende lanzar al mercado un cosmético provoca graves lesiones cutáneas y una completa dependencia de su uso para evitarlo. Tras descubrir accidentalmente lo que el producto estrella de la empresa oculta, Patience es atacada por orden de sus jefes y dada por muerta. Es a partir de entonces cuando su vida sufrirá una trasformación: despierta, sin recordar lo sucedido, rodeada de gatos, comprobando que sus sentidos y su agilidad han se han agudizado como los de un felino. A partir de entonces empleará sus nuevas habilidades para actividades tan dispares como descubrir que es lo que pasó esa noche, vengarse de sus asesinos...y cambiar totalmente su estilismo.



Pese a tener los derechos del personaje de DC, la adaptación es muy libre. Tanto, que en realidad se trata del origen del personaje en cuestión, del que solo tiene en común el nombre, y donde no aparece Gotham, Batman ni una sola mención a cualquier otro elemento de los comics. Algo que en realidad no es negativo, sino una aproximación distinta, y bastante arriesgada, a una supervillana o heroína con mucha historia a sus espaldas. En realidad, el problema viene de ser una producción donde parece que el equipo puso todo su esfuerzo en que esta fuera lo peor que pudiera estrenarse.



Vista hoy, la película cuenta con todos los defectos típicos del cine de esa década: un montaje de secuencias de acción demasiado acelerado y un poco de videoclip, una banda sonora que machaca a base de piezas de rythm and blues electrónico, unos estilismos que pretenden ser modernos y que hoy desentonan tanto como las hombreras y la laca de los años ochenta, y un total abuso de los efectos digitales. Tan presentes que llegan a generar con ellos secuencias que podrían haberse filmado de forma artesanal, y es que ver a unos gaticos generados por ordenador hace que se me caiga el alma a los pies. O, donde directamente, las acrobacias de la protagonista son sustituidas por infografías que saltan, rebotan y hacen piruetas en lugar de esta o de su doble. Y que, como muchas películas de presupuesto alto de esa década que cometieron el mismo error, hoy chirrían o dan un poco de vergüenza ajena.


 
No sé si estoy viendo una de superhéroes o una comedia romántica

El guión tampoco ayuda. No es tanto por la premisa, que perfectamente podría haber sido una empresa de chocolates malvada, y habría funcionado igual, sino por la ejecución. Esta consiste un montón de tópicos y lugares comunes hilados para contar una historia que no aporta mucho, de los que se van echando mano cuando hace falta: no llega a quedar claro si es una historia de venganza, porque la protagonista parece bastante feliz con su nueva condición superheróica, ni de villanos, porque solo es en el último momento en el que se inventan propiedades inverosímiles para justificar que el antagonista final dure más de lo que debería (en este caso, la crema mutante del principio genera piel de acero e insensibilidad al dolor. O que se te derrita la cara. Lo que necesite el guionista en cada caso) ni de evolución de la protagonista, porque en realidad, no existe.

 
Vamos a poner gatetes que es a lo que vinimos

Hale Berry estaba en un buen momento durante esa época, después de haber interpretado a Tormenta en dos entregas de X- Men, y su elección como protagonista parecía prometedora o una apuesta segura. Pero tal y como la conciben, esta pasa de ser una mosquita muerta a moverse literalmente como una gata, que es practicamente a lo que destinan sus apariciones como Catwoman. Una heroína a la que en este caso le dan un origen sobrenatural, directamente vinculado al arquetipo del felino, y cuya trasformación tratan en algunos momentos de manera cómica, con una protagonista colocándose con nébeda o bufando a un perro, y lo ridículo. Que más o menos es el resto: poses pretendidamente sexys, secuencias destinadas a verla caminar, un par de maullidos y juegos de palabras con “purr” que dan vergüenza ajena y uno de los trajes más absurdos e injustificados que se pudieron conseguir para cualquier héroe basado en un comic. Porque no hay nada más confortable para moverse por los tejados que un sujetador con correas de cuero y unos pantalones de campana con tacones. Mientras tanto, Sharon Stone probablemente se pregunta como ha podido pasar de su carrera en los noventa a acabar ahí, y el resto de secundarios, se limita a aparecer y cumplir su parte del guión.



El desastre que supuso Catwoman acaba por no serlo tanto por su alejamiento del original del comic sino por tratarse de una película muy floja. Un enfoque donde aparentemente nada podía salir mal hasta que acabó por verse en pantalla el resultado, como también pasó con Van Helsing ese mismo año. Aunque al menos en la primera salían un montón de gaticos.




jueves, 27 de abril de 2017

Lecturas de la semana. Qué raro es todo...


"Ahí estás de nuevo leyendo cosas raras" es una de las frases que más a menudo he escuchado. Y que más me costaba entender porque el nivel de extrañeza no es un baremo objetivo: Ni M. R. James, ni Lovecraft, ni Terry Pratchett tienen por qué ser raros, ni la trilogía Millenium la norma (me voy a este ejemplo porque desde entonces no he vuelto a saber lo que se está vendiendo), ni al contrario. En cambio, si hay escritores que se salen de de la norma o de las lecturas habituales. Las historias de Thomas Ligotti son extrañas. La forma que tiene Jean Ray de entender el pulp también es extraña. El mundo de Gormenghast es de lo más desconcertante y el multiverso de Michael Moorcock también tiene sus momentos. Y los dos libros de esta semana también van sobrados de rareza...pero también los hace todo un descubrimiento.



Laird Barron. The Beautiful Thing that awaits us All. Con una primera novela donde se mezcla la narrativa pulp con las peleas ilegales, los agentes del gobierno y los Primigenios, Barron hacía quedar claro su estilo, y que un poco como Robert E. Howard, era lo que había: un tipo de terror muy visual y directo, pero también un tanto increíble y en el que se mezclaban influencias muy variadas. En esta colección de relatos abarca unos cuantos escenarios más y aunque las criaturas y situaciones que aparecen no son nuevas, este las adapta a su propio estilo, que en este caso, resultan bastante exóticas por lo concreto de cada ambientación. No hay un nexo común entre los cuentos, ni por temática ni por universo compartido, sino que estos pueden ir desde un caso de magia negra en la America rural de los años 20, hasta su propia versión de la licantropía, muy basada en los mitos de los nativos, pasando por una revisión muy sangrienta a los cuentos de hadas tradicionales e incluso una parodia sobre los escritores de terror modernos.

La recopilación termina mostrando una visión un poco más amplia de sus intereses de lo que podían hacer una novela, y estableciendo también los puntos fios y preferenias del autor. Pero también sus defectos: su tendencia a las tramas deslabazadas y  perderse demasiado narrando los antecedentes de personajes secundarios, que, aunque sean fascinantes, hace difícil volver a coger el hilo de la trama principal una vez se ha interrumpido para explicar a dos, tres o cinco personajes. En cierto modo, estas no son otras que sus características como el narrador de un tipo de historias donde a menudo, lo importante no es lo que iba a contar según el texto de contraportada, sino el cómo se detiene en cada una de los escenarios, y en cada uno de los personajes, que componen sus libros.



Stefan Grabinski. El demonio del movimiento. Un desconocido para mí hasta que Valdemar anunció que publicaría sus relatos. A partir de ahí resultó que además de considerarlo el Poe polaco, Thomas Ligotti era admirador suyo y que  sus relatos tenían en común con él la atmósfera de pesadilla y los personajes aislados de la sociedad. Pero, si los de Ligotti se caracterizan por la presencia de marionetas (como elemento terrorífico, y sobre todo como metáfora), los de Grabinski, al menos en esta colección, lo hacen por tener como elemento en común los trenes.

Estos están presentes a lo largo del libro, en unas historias que transcurren en estaciones, en máquinas o en vagones de tren y donde sus personajes principales son maquinistas, jefes de estación, pasajeros. Todos ellos afectados de una manera u otra por lo que el tren representa en cada caso: la necesidad de permanecer en movimiento, la huída, y también lo sobrenatural presentado de las formas más variadas. De las cuales, la más común es la presencia contínua del movimiento: un maquinista obsesionado con la necesidad de evitar las rutas circulares, un pasajero poseído por el "demonio del movimiento" que le obliga a emprender viajes hacia cualquier lugar, o las historias de terror, ciertas o no, que los empleados de la compañía ferroviaria cuentan entre ellos durante sus guardias.

Al menos este primera recopilación ha sido todo un descubrimiento: por lo poco visto de sus escenarios, por el estilo tan propio de entreguerras que emplea el autor (el libro se publicó en 1919), y por la sorpresa de haber encontrado a un autor nuevo, aunque hubieran pasado casi 100 años desde que sus textos vieran la luz.

jueves, 20 de abril de 2017

Golpe en la Pequeña China (1986). Como dice Jack Burton en ocasiones como estas...



Los ochenta fueron una buena época para el fantástico y la serie B, y gran parte de ello se debe al trabajo que desempeñó entonces John Carpenter. Durante esa década su producción fue de lo más variada, desde el terror gracias a La cosa y La niebla, la ciencia ficción y el cine de acción...e incluso a las películas “de chinos” de toda la vida. O más bien, a las de Fu Manchú y las de artes marciales con los mismos medios, pero más ingenio, de las que estas disponían.



Golpe en la Pequeña China transcurre en la Chinatown de San Francisco (me quedo con el nombre en inglés porque en castellano barrio chino es otra cosa, y no es plan de que me de la risa floja mientras escribo), donde Jack Burton, un camionero deslenguado, chuleta y de buen corazón, como todo héroe de acción que se precie, acompaña a su amigo a recoger a su prometida al aeropuerto. A partir de ese momento, con la irrupción de una de las muchas bandas que controlan la zona, y el secuestro de la joven, comienza una sucesión de situaciones enloquecidas: guerras de mafias a golpe de machete y artes marciales, magia negra y un malvado hechicero que ansía cumplir una profecía según la cual, casarse con una chica de ojos verdes lo librará de una maldición milenaria y le permitirá alcanzar el poder necesario para dominar el mundo.





Pese a no ser una comedia, la película no se toma en serio en ningún momento. El guión casi sirve para hilar secuencias de acción entre una explicación y otra, que sirvan al menos para saber quien es cada personaje o qué planes tiene el villano. Y tampoco es que dediquen demasiado tiempo a explicar las motivaciones de cada uno, ni cómo funciona la sociedad en Chinatown, sino que son las imágenes que hablan por si solas, a través de luchas de las tríadas en plena calle, burdeles, y magos que surgen de la nada, sorprendiendo tanto a un protagonista que se pasa la primera mitad del guión igual de desconcertado que espectador. Tampoco es que se eche demasiado en falta el trasfondo porque ese ritmo tan acelerado es muy adecuado para una historia que precisamente funciona por esa sensación de situaciones atropelladas, que no dan tiempo a pensar. Pero esa consciencia de lo alocado de cada una de las situaciones también proporciona una sensación muy marcada de ser un homenaje a la nostalgia que despertaba un género también marcado a menudo por la falta de coherencia, de ser un humor en realidad muy matizado por este factor, y no de tratarse de una verdadera falta de seriedad.



Es también la nostalgia la que hace que hoy, lo que más se recuerde de la historia sean también los personajes y algunos de sus diálogos. En especial, el Jack Burton interpretado por Kurt Russell, quien en esa época apareció en gran parte de la filmografía de Carpenter y que aquí encaja a la perfección el papel de caradura no muy brillante, pero también entrañable. Y también el que aporta la visión más pragmática a una historia donde mientras el resto de personajes hablan de magia, demonios y profecías, él se preocupa de los aspectos más mundanos, como el repartir estopa y sobre todo, recuperar su camión, un elemento muy secundario al principio de la película pero que también es un rasgo que define al personaje. Este contrasta con el de Lo Pan, quien reúne las características y manías propias de un villano desde los tiempos del Emperador Ming: ante todo, casarse con la chica. Y un poco sacado de la manga, dominar el mundo. Así, sin que quede muy claro, y porque lo dice un secundario. Lo que no supone un punto de coherencia en el guión pero sí irónico y referencial sobre este tipo de antagonistas. Haya sido intencionado o no.



Acostumbrado a trabajar con muy pocos medios, los escenarios pasan de ser unos planos generales en exteriores y en Chinatown a unos decorados aprovechados al máximo: casi toda la acción transcurre en restaurantes, almacenes, sótanos y una cámara donde abundan la decoración propia de un restaurante chino e incluso una enorme calavera de corchopán que se derrumba entre un despliegue de rayos y efectos de sonido de lo más simples. Tampoco faltan los maquillajes y los monstruos manejados de forma mecánica, de los que precisamente su carácter artesanal hace que estos efectos envejezcan mucho mejor que los CGI empleados en la década del 2000. Aunque, en este caso, tratándose de Carpenter y de esa década, es un poco difícil ser imparcial respecto a estos y cualquier monstruo hecho de plástico resulta memorable.



Golpe en la Pequeña China está lejos en cuanto a calidad de 1997 Rescate en Nueva York, por no hablar de La Cosa o La niebla. Pero es imposible no sentir simpatía por un héroe como el Jack Burton de Russell, por lo disparado y disparatado de sus situaciones, y por un guión que, sin nacer con vocación de comedia de las de soltar carcajadas, hace un homenaje al género muy particular.




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