Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de agosto de 2017

The Blackcoat´s Daughter (2015). Vacaciones infernales


De algunas ficciones podría decirse que con su título se venden solas. Es algo que jugaba a favor de La semilla del diablo, que hacía preguntarse contra quien conjuraban los necios, o en el caso de comenzar a leer Scaramouche, interesarse por alguien que nació con el don de la risa.

The Blackcoat´s Daughter es uno de esos casos. Aunque su título alternativo era February, el anterior resultaba mucho más sugerente. Este, en realidad, no tiene mucho que ver con la historia que cuenta: si bien aparece un clérigo (el significado peyorativo de Blackcoat), no tiene ninguna hija. En cambio, febrero, o el comienzo de la semana de vacaciones escolares, es el momento donde esta empieza: con dos alumnas que por distintos motivos, deben quedarse solas en un internado hasta que sean recogidas por sus respectivas familias. Una de ellas cree, o intuye, que sus padres han muerto en un accidente durante el camino, y su comportamiento va volviéndose cada vez más extraño. Mientras, una chica que parece haber escapado de un centro psiquiátrico intenta llegar a la escuela donde estas se encuentran.


Planteada como una película de suspense sobrenatural, esta queda muy lejos de cualquier intención de ofrecer una sensación de miedo más directa, y todavía más de cualquier atisbo de sustos: esta se centra en los escenarios, y sobre todo, de las atmósferas recreadas mediante escenas que transcurren en silencio, y que enrarecen de forma muy efectiva un entorno que de otro modo, sería de lo menos amenazador. En este caso, el contar con un punto de partida como el de dos estudiantes quedándose solas en su internado resulta muy útil, al reflejar un poco el miedo que todo escolar pudo tener en algún momento de su vida. Son estos silencios, y que en realidad, el guión tiene muy poco diálogo, los que también sirven para desarrollar el trasfondo de los personajes de una manera muy peculiar. Sin explicaciones, poco más que alguna conversación ocasional, y sobre todo, con muchos lugares reconocibles y la expresión corporal de los actores, es posible intuir que una de las protagonistas teme estar embarazada, o que algo extraño sucede con el personaje principal. Aunque para esto último tenga que echar mano de los elementos que el público reconocerá enseguida como aquellos que sentaron cátedra en El exorcista.



Si esta forma de rodar consigue funcionar es gracias al reparto, que no son caras demasiado conocidas pero que, teniendo en cuenta su edad y las características de sus papeles, cumplen de sobra, especialmente Kiernan Shipka, la más joven del reparto. También ayuda que sus personajes hayan sido escritos para una historia más adulta, lejos de los clichés que suele ofrecer el cine de terror sobre los adolesentes y su comportamiento.



El depender exclusivamente de lo que el espectador saque en conclusión, y en la atmósfera del guión, es también, en cierto modo, uno de los lastres de la película: en este caso la “atmósfera” no implica nada macabro ni sobrenatural, sino un lugar normal y corriente donde parece que va a pasar algo raro. Esto implica que no va a haber escenarios deliberadamente macabros, pero tampoco nada especialmente creativo: unicamente los planos de lugares concretos, filmados con la habilidad de la que dispone el equipo de grabación. Y si bien se trata de una película donde no se puede esperar una narración dinámica, a veces esa parsimonia hace que los 90 minutos que dura se hagan un poco eternos, como si esta hubiera sido montada de forma que se justificara su calificación de largometraje. De hecho, algunas situaciones, como la trama del embarazo, no parecen tener demasiado lugar en un guión que pretende contarse por si solo, o donde lo que quieren es que sea interpretado por el público. Pero también supone un rasgo distintivo muy positivo: frente a la dificultad que supone en determinados momentos el entrar en una historia tan pausada, el tratamiento de las dos tramas que plantea se resuelve de una forma muy interesante, convirtiéndose no en un giro sorpresa que sustente el guión, sino en un rasgo distintivo que lo convierte en algo diferente.



The Blackcoat´s Daughter es en cierto modo, una revisión de determinadas situaciones que se pudieron ver en el personaje principal de El exorcista, aunque tratados aquí de una forma que queda muy lejos de la espectacularidad de la película de Friedkin: su protagonista aquí se transforma de una forma mucho más sutil y menos ruidosa, pero también, mucho más desesperanzadora. Pese a que su director, Osgood Perkins, había empezado en el mundo del cine como actor, ha sido en los dos últimos cuando ha demostrado un interés por la dirección en el cine de terror. Especialmente, en esos guiones que se alejan mucho de los estereotipos habituales.


jueves, 10 de agosto de 2017

La momia (2017). El origen de una franquicia. Tercer intento


La Universal lleva un tiempo queriendo sacar una serie de películas basadas en los monstruos que la hicieron famosa durante la década de los treinta. Y con "tiempo", sería bastante más de diez años: Van Helsing no pasó de ser una reunión de bichos infográficos con muchos saltos y momentos ridículos (Los huevos de Drácula. Nunca me cansaré de ese chiste involuntario). Drácula Untold fue una película de aventuras y fantasía oscura muy curiosa, que fue descartada como origen de la saga. En cambio, en su momento La momia llegó a funcionar bien como franquicia, aunque sus efectos especiales, y su guión a veces, no envejecieron demasiado bien. Y también fue esta última la elegida para intentar, por enésima vez, lanzar a los monstruos como parte de una saga con el título común de Dark Universe. Salvo que esta vez la aproximación era un tanto diferente: esta volvía a estar más cerca del terror que de la comedia de aventuras para todos los públicos, y por una vez, el sumo sacerdote Imhotep no buscaba a la rencarnación de su amada..vamos, directamente ni salía.



La momia de esta versión es efectivamente, una momia. Así, en género femenino singular, porque se trata de Ahmanet, una princesa egipcia no contenta con querer ser faraona en lugar del faraón, que tras asesinarlo vende su alma a Seth a cambio de poderes sobrenaturales y de conseguirle una encarnación humana. Detenida antes de completar el sacrificio, es momificada en vida y enterrada en un lugar muy lejano...el que hoy es conocido como Irak, donde es descubierta, en pleno conflicto armado, por Chris, un soldado americano. Con el sarcófago camino de occidente, este comienza a experimentar visiones donde Ahmanet le revela sus planes: el se convertirá en la encarnación de Seth, si una organización consagrada a detener el mal en cualquiera de sus formas, no lo impide. Lo que principalmente consiste en diseccionar a la momia y asesinar a su interés no romántico ante de que complete el ritual. Un poco bestia, pero ¿qué se podría esperar de una sociedad dirigida por Henry Jekyll?

 

Una de las ventajas de esta Momia ha sido alejarse de sus predecesoras en argumento y tono: todavía tengo una espinita clavada por la película de terror que pudo ser y no fue, y esta, aunque tenga muchas dosis de acción ofrece una visión más cercana a este género: los escenarios en su gran parte se trasladan a Londres, pero a uno muy similar  al que podría verse en la Momia de la Hammer. Además de unos planos rodados en pantanos, callejones oscuros y túneles, la paleta de colores elegida es muy curiosa, compuesta principalmente de  gris verdoso que lo cierto es que va muy bien para secuencias donde los cadáveres momificados campan a sus anchas. Mantiene también el equilibrio entre el aspecto más gótico y el moderno en cuanto a la trama donde se introduce a la sociedad que servirá de hilo común a la serie: las pantallas led conviven con los hierros y las tuberías, porque al menos aquí parecen saber que el villano no se de4tiene con una prisión de cristal blindado. Además de servir para aportar algún guiño  a la historia de la Universal: si se mira con cuidado, es posible encontrar en sus pasillos no solo restos de algún vampiros, sino también de la criatura de la Laguna Negra.



También queda lejos la historia inicial (quizá por lo limitado del presupuesto original, así como los gustos del público de la época): hoy, como mínimo tienes que intentar dominar el mundo para que te tomen en serio, salvo que esta vez los roles se invierten y el objetivo de la antagonista sea utilizar al protagonista para unos fines menos románticos. Esto supone que al menos habrá un mayor conflicto entre ambos, que el monstruo resulte más amenazador, o al menos, que lo intente: este se queda un poco en un "villano" sin más, y parece que no termina de conseguir el carisma adecuado para convertirse en uno memorable. Y aunque el guion cuenta con unas dosis de humor bastante inesperadas, pero muy bien traídas que se basan en lo improbable de las situaciones que afrontan sus personajes, Tom Cruise como protagonista tampoco resulta muy hábil a la hora de transmitirlo. Le falta gracia cuando hace falta y carece de dramatismo cuando es necesario. Russell Crowe, con un papel más breve, acaba aportando mucho más que el actor principal. E incluso uno de los secundarios, con unas apariciones muy deudoras del espectro que salía en Un hombre lobo americano en Londres, aporta más carisma a un papel que resultaría menor.



Uno de los problemas de La momia es querer tirar demasiado de una fórmula que funciona: la primera parte se esfuerza en aportar algo propio, la estética es llamativa e identificable, y la segunda, en cambio, cae en los tópicos del blockbuster. Planos de explosiones mientras los protagonistas corren y el paquete típico de las películas de acción (me pregunto cómo justificará  el ayuntamiento de Londres los desperfectos provocados por una no muerta milenaria), como si quisieran separarse lo justito de una presunta fórmula que le gustará al público. algo que este acepta con resignación: es un estreno de alto presupuesto, vendrá cortado por un patrón conocido. Lo tomas o lo dejas.

Aunque las críticas no la apoyaran demasiado, sin llegar a ponerla por los suelos, La momia no es un mal intento: tiene  una buena estética, han hecho un remake o reboot bien adaptado a los tiempos de un guión escrito en los años treinta y parece que han acertado a la hora de encontrar la película que abriera una franquicia de forma adecuada. Aunque para ello tuvieran que recurrir a giros un poco trillados.  

jueves, 3 de agosto de 2017

Lecturas de la semana. Raros, más raros y recomendados


 
Hace un par de meses empecé a escuchar Todo tranquilo en Dunwich, un podcast de literatura del que me acabé haciendo seguidora por tres motivos: primero, por tratar principalmente de género fantástico, terrorífico, o que sea cercano a estos. Segundo, porque tienen una devoción por Lovecraft parecida a la mía, además de hablar sobre sus lecturas con una pasión que resulta contagiosa y también bastante similar a ese momento en el que terminas un libro y dan ganas de salir a la calle al grito de “¡¡Thomas Ligotti es fabulosooooo!!”. Y finalmente, porque dos de las últimas novelas que he terminado las descubrí gracias a sus reseñas.



Harry Kressing. The Cook. Poco más disponible del que un autor que, además, muy poco se sabe. Salvo que se trata de un seudónimo y esta es practicamente su única novela. La historia de un desconocido, que llega a una pequeña ciudad, imaginaria, pero de la que por su descripción podría ser cualquier villa en Nueva Inglaterra, y que ofrece sus servicios como cocinero a los Hill, la principal familia de la zona y propietarios del mayor negocio local. Sin más recursos que su labia, un carisma extraño, y sus habilidades culinarias (bueno, además de bastante mala virgen en algunos casos. Y un cuchillo de cocina que debe estar hecho de acero hirkanio), va ganándose el respeto y el cariño de la familia, así como, a medida que avanza, una completa devoción y dependencia hacia su persona. La figura de Conrad es lo último que nadie esperaría de un cocinero: exageradamente alto, cadavérico, y con unos conocimientos sobre su oficio que le permiten controlar las dietas, y quizá el carácter de sus jefes de una manera que casi raya lo sobrenatural, siendo capaz de la forma más inesperada de alterar por completo el orden y la jerarquía de la casa en la que fue empleado.

El planteamiento de la historia es bastante extraño: no es suspense, porque en realidad el protagonista no tiene ningún motivo concreto para actuar como actúa. Ni la codicia o la venganza son mencionados, y ni siquiera se sabe nada de su pasado salvo sus referencias como cocinero y algunos conocidos que conserva de la ciudad. Tampoco sería género fantástico porque tecnicamente, no pasa nada sobrenatural...Más bien sería lo kafkiano, la comedia negra e incluso el cuento oscuro, el referente más cercano a la novela.

Precisamente lo indefinido de su situación, con el pueblo imaginario de Cobb y sin más referencias a otros lugares que “la gran ciudad”, además del carácter de Conrad, quien por su presentación, no es un héroe, ni un villano, sino un elemento discordante en la historia, le da un mayor carácter de fábula. En este caso, lo importante es la historia, su carácter extraño e incluso la evolución física del personaje principal, que va modificándose al mismo tiempo que el resto de secundarios. Pero no lo es el detallismo o los datos concretos. Porque para ser un libro sobre un cocinero y lo que hace en la cocina, de su protagonista solo se acaban conociendo tipos de platos: muffins, tostadas, faisán, comida que hace engordar y comida que hace adelgazar. Estas dos últimas, así, tal cual como salen en el libro. Bueno, y también comida especial para gatos, con lo que ya hizo que se ganar mis simpatías desde el primer momento.



Mariana Enriquez. Las cosas que perdimos en el fuego. El titulo del libro corresponde al último de los relatos de una colección de doce, donde la autora cuenta diversas historias de terror de una forma muy particular: sus relatos están muy lejos de los escenarios clásicos, los monstruos y lo abiertamente sobrenatural (salvo algunas excepciones a las que se les podría dar una explicación ambigua), y más cerca del terror cotidiano. El que puede estar a la vuelta de la esquina, en las noticias de un periódico, en un barrio marginal o en la propia mente de sus protagonistas.

Todos los relatos tienen un elemento en común: sus protagonistas son mujeres que de un modo u otro se ven afectadas por la culpa, el miedo o un evento traumático que bien sirve como punto de partida para desarrollar la historia, o bien constituye la narración en sí. Además de utilizar un lenguaje muy cercano, sin florituras, y con el que describe con total frialdad el lado más sórdido de los entornos que se han vuelto habituales en las ciudades, el pasado de Argentina, haciendo referencia con mucha sencillez, como una parte más de la historia de un país, a la dictadura, o aceptando con total serenidad una situación tan anómala como la que se describe en el último relato.

Aunque el nivel de la colección es muy alto, y las historias tan variadas como podían serlo las de Nocturnos de John Connolly, el orden de la presentación ha sido muy acertado: el libro comienza con El chico sucio, donde se describe sin concesiones uno de los barrios más peligrosos de la ciudad donde conviven los edificios más ajados con las antiguas casas señoriales, y donde se presentan, sin avisar, las caras más violentas de la ciudad e incluso la referencia a la Santa Muerte. El cierre, las cosas que perdimos en el fuego, describe una epidemia, por describirlo de alguna forma que comienza a extenderse entre las mujeres del país: las mujeres ardientes, quienes queman su cuerpo voluntariamente sin que acabe quedando claro que se trata de una forma de protesta extrema o el crear un nuevo canon de normalidad. Puede ser por su cercanía algunas veces al realismo sucio, o por tratar el terror de una forma muy poco tópica, pero el libro de Enrique acaba siendo más inquietante que cualquier relato de fantasmas en una rectoría.

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