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jueves, 27 de agosto de 2026

The Messengers (20007). La casa descafeinada,

 


La década de los dos mil no es una de las más recordadas en cuanto a cine de terror. Tampoco el páramo del que no se pueda rescatar nada como  nos haría creer la memoria cuando se pone cabezona, pero gran parte de las  que han permanecido   venían de Reino Unido, países no anglosajones o producciones muy pequeñas. Hoy quedan   28 días después y sus zombies que no son zombies, sino infectados,  la Trilogía del Cornetto  de Edgar Wright, los licántropos que  acechan en un bosque de Escocia de Neil Marshall o las películas de terror japonesas, muchas de finales de los noventa,  que  comenzaban a llegar  y sobre todo a ser fagocitadas  por los grandes estudios,  suponen un terror de la década más sólido que el mayoritario.  Este, tras la fiebre e los slashers de  las década anterior, se apoyaba en su mayoría en el montaje de videoclip, el traslado de los rodajes a Eruopa del este y una serie de premisas entre lo tradicional y el uso de las nuevas tecnologías que comenzaban a asomarse. La influencia del imaginario proveniente de otros países, especialmente  los espectros asiáticos, ominosos, implacables y nada complaciente, se convertirían en una presencia  en producciones que intentaban a provechar ese atractivo visual y  esa innovación que no tardarían en agotar.


Esta es la referencia sobrenatural, al menos a nivel visual,  empleada en The Messenters. Una producción donde una familia se muda a una graja de Dakota con el objetivo de empezar de cero, lejos de la ciudad y  regresando a la seguridad del campo y  una comunidad rural.  Esta, compuesta por un matrimonio y sus dos hijos,  una adolescente no muy conforme con el cambio y un niño del que mencionan que no ha hablado desde un accidente de tráfico provocado por su hermana, se adaptan a la vida en una casa antigua, donde  unos arañazos en el suelo captan la atención de la aburrida hija mayor. Mientras, el pequeño Ben señala y sonríe hacia algo que  solo el puede ver.  Siluetas y pasos  que hacen crujir los tablones de madera pero que pronto dan paso a algo mucho peor: un violentó poltergeist destroza la casa ante la aterrorizada mirada de su hermana, mientras una figura cadavérica, surgida de la puerta del sótano, intenta arrastrarla a la oscuridad.



La película fue dirigida por los hermanos Pang,  responsables de Bangkok Dangerous y sobre todo, The Eye, una de las cintas de terror asiático más conocidas de la época, pero salvo la influencia de este tipo de seres sobrenaturales a la hora de mostrar los espectros en la pantalla, poco hacen con un guion muy rutinario que por lo esquemático y poco desarrollado de sus personajes, y la sensación d e de aleatoriedad de la trama,  hace  pensar más en un telefilm de suspense  al que han añadido  unos cuantos aparecidos convincentes y una cantidad de jump scares que rozan lo irritante.


La premisa es la justita para  poner a los personajes en al escena: una familia con un poco de trauma que ha provocado el camio de aires, interpretado por Dylan McDermott a quien le iría un poco mejor, o peor según se mire, en la Murder House de American Horror Story.  Penelope Ann Miller en el papel de madre sufridora y  Kristen Stewart poniendo cara de adolescente inexpresiva, pero  no nos vamos  meter mucho con ella, que bastante tuvo  ya después con cuatro entregas de crepúsculo. Aparece  William B. Davis,  quien se reconoce a la legua como el Fumador de Expediente X, como empleado del banco  que ofrece una  jugosa recompra de la granja por…ni idea. Se menciona una vez y no vuelve a salir más que  como drama añadido para una familia de la que el guion intenta convencer que tiene un tremendo trauma pasado. Y a la que pese a todas las señales ominosas, en concreto, esos cuervos que merodean la casa y lo mismo vigila o lo mismo se marcan un Los Pájaros, las peripecias dramáticas y el giro final donde esta se encuentra con una amenaza real ajena a ellos (quizá por no copiar también El resplandor) acaba  superando el trauma y saliendo unida de este.  Una trama a la  que  lo simple no impide que esta   sea ejecutada a base de tópicos  sin explicación, sin más motivo que hacer avanzar esta, pero cuya mediocridad se hace  más evidente con unos protagonista muy poco trabajados más allá de esos cuatro rasgos que los definen.


 Lo que  en los trailers se  promocionaba como el principal atractivo de la película, esos fantasmas con aspecto de cadáveres reanimados que aparecían sin ser advertidos por los personajes, también acaban siendo un desastre más.  Un espectro  de apariciones esporádicas, pero aspecto corpóreo,   y movimientos erráticos que lo llevan a  arrastrarse por el suelo,  trepar por las paredes de manera antinatural y  asemejarse con esos movimiento pero sin el pelo por delante de l cara, a los espectros asiáticos que  parecían  ganar terreno entre el público. El motivo de esta caracterización no parece ser ninguno en concreto salvo imitar ese estilo visual, por que el comportamiento y normas  que deberían seguir los seres de toda casa embrujada  para que la historia tuviera su lógica no existe. Se comportan como el monstruo   oficial de la película, como poltergeist o como fantasma agresivo para  tener después un papel  muy distinto y bastante incoherente con lo mostrado previamente, pasando a convertirse en almas en pena que buscan venganza…y a la que  dar indicios de lo sucedido a los residentes vivos de la casa no se les da precisamente bien. Unas apariciones aderezadas con lo peor del terror dosmilero: jumpscares hasta para sacar un juguete de un armario, con subidas de volumen de la música, primeros planos de los actores y apariciones por sorpresa de los fantasma que por recordar algo más de la época, acaban haciendo  pensar en la imitación que Raul Cimas hizo de Bob para Muchachada Nui.


Con noventa minutos, una trama entre lo esquemático, lo predecible, y reciclando lo que podían de estéticas  del momento, no es de extrañar que  The Messengers sea una de esas películas que ha quedado olvidada por completo.  Ese mismo año, Trick ´r Treat   recupera el humor negro y el formato antológico, The Mist ofrecía un desenlace desolador y  Rec iniciaba una franquicia trayendo el found footage a un escenario dentro de las frontera nacionales. Poco podían hacer salvo subir el volumen de golpe y esperar que con eso se justificaran los seis euros que en su día  pague por ver esta película en el cine. Menos mal que esta segunda  vez ha sido con la tranquilidad (y el amago de siesta intermedia9 que aportan el sofá y una Tablet.

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