La década de los dos mil no es una de las más recordadas en cuanto a cine de terror. Tampoco el páramo del que no se pueda rescatar nada como nos haría creer la memoria cuando se pone cabezona, pero gran parte de las que han permanecido venían de Reino Unido, países no anglosajones o producciones muy pequeñas. Hoy quedan 28 días después y sus zombies que no son zombies, sino infectados, la Trilogía del Cornetto de Edgar Wright, los licántropos que acechan en un bosque de Escocia de Neil Marshall o las películas de terror japonesas, muchas de finales de los noventa, que comenzaban a llegar y sobre todo a ser fagocitadas por los grandes estudios, suponen un terror de la década más sólido que el mayoritario. Este, tras la fiebre e los slashers de las década anterior, se apoyaba en su mayoría en el montaje de videoclip, el traslado de los rodajes a Eruopa del este y una serie de premisas entre lo tradicional y el uso de las nuevas tecnologías que comenzaban a asomarse. La influencia del imaginario proveniente de otros países, especialmente los espectros asiáticos, ominosos, implacables y nada complaciente, se convertirían en una presencia en producciones que intentaban a provechar ese atractivo visual y esa innovación que no tardarían en agotar.
Esta es la referencia sobrenatural, al menos a nivel visual, empleada en The Messenters. Una producción donde una familia se muda a una graja de Dakota con el objetivo de empezar de cero, lejos de la ciudad y regresando a la seguridad del campo y una comunidad rural. Esta, compuesta por un matrimonio y sus dos hijos, una adolescente no muy conforme con el cambio y un niño del que mencionan que no ha hablado desde un accidente de tráfico provocado por su hermana, se adaptan a la vida en una casa antigua, donde unos arañazos en el suelo captan la atención de la aburrida hija mayor. Mientras, el pequeño Ben señala y sonríe hacia algo que solo el puede ver. Siluetas y pasos que hacen crujir los tablones de madera pero que pronto dan paso a algo mucho peor: un violentó poltergeist destroza la casa ante la aterrorizada mirada de su hermana, mientras una figura cadavérica, surgida de la puerta del sótano, intenta arrastrarla a la oscuridad.
La premisa es la justita para poner a los personajes en al escena: una familia con un poco de trauma que ha provocado el camio de aires, interpretado por Dylan McDermott a quien le iría un poco mejor, o peor según se mire, en la Murder House de American Horror Story. Penelope Ann Miller en el papel de madre sufridora y Kristen Stewart poniendo cara de adolescente inexpresiva, pero no nos vamos meter mucho con ella, que bastante tuvo ya después con cuatro entregas de crepúsculo. Aparece William B. Davis, quien se reconoce a la legua como el Fumador de Expediente X, como empleado del banco que ofrece una jugosa recompra de la granja por…ni idea. Se menciona una vez y no vuelve a salir más que como drama añadido para una familia de la que el guion intenta convencer que tiene un tremendo trauma pasado. Y a la que pese a todas las señales ominosas, en concreto, esos cuervos que merodean la casa y lo mismo vigila o lo mismo se marcan un Los Pájaros, las peripecias dramáticas y el giro final donde esta se encuentra con una amenaza real ajena a ellos (quizá por no copiar también El resplandor) acaba superando el trauma y saliendo unida de este. Una trama a la que lo simple no impide que esta sea ejecutada a base de tópicos sin explicación, sin más motivo que hacer avanzar esta, pero cuya mediocridad se hace más evidente con unos protagonista muy poco trabajados más allá de esos cuatro rasgos que los definen.
Con noventa minutos, una trama entre lo esquemático, lo predecible, y reciclando lo que podían de estéticas del momento, no es de extrañar que The Messengers sea una de esas películas que ha quedado olvidada por completo. Ese mismo año, Trick ´r Treat recupera el humor negro y el formato antológico, The Mist ofrecía un desenlace desolador y Rec iniciaba una franquicia trayendo el found footage a un escenario dentro de las frontera nacionales. Poco podían hacer salvo subir el volumen de golpe y esperar que con eso se justificaran los seis euros que en su día pague por ver esta película en el cine. Menos mal que esta segunda vez ha sido con la tranquilidad (y el amago de siesta intermedia9 que aportan el sofá y una Tablet.





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