Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 13 de diciembre de 2018

Lecturas de la semana. Breve y variado

 
 
En este momento estoy entre libros. Bueno, técnicamente lo estoy siempre, sea entre formato digital o kilos de papel (esto último no se como lo hago. Me trasladé hace un año y tengo un par de baldas llenas), pero también con un tomo de 700 páginas que no es precisamente una de las lecturas más rápidas que he encontrado. Y, aunque no suela simultanear libros, la longitud de este ha hecho que entre medias, me pusiera con cosas más breves que, como mucho, me acababan durando una tarde. También es cierto que hacía tiempo que no disfrutaba de leer por leer, sin la obligación de terminar un libro para empezar el siguientes.
 
 
J. K. Rowling. Harry Potter y el legado maldito. Lo mío con la saga del niño mago podría resumirse en Hogwarts leído por un no fan. Terminada la serie, sin ser seguidora de la saga, sino porque me pareció entretenida, se leía rápido y me había interesado lo suficiente como para querer saber que pasaba con la historia, quedaba pendiente algo así como el epílogo: la obra de teatro donde Harry Potter volvía a aparecer, veinte años después, ya casado, padre, y con algo parecido a la crisis de los cuarenta. El argumento, en principio, parecía bastante alejado del de la saga principal y sonaba más a drama, con el hijo del mago más famoso acudiendo a Slytherin, la casa con mala fama por excelencia, y conviviendo con el miedo a no ser tan bueno como su padre.
En realidad la descripción de la contraportada engaña un poco, porque la trama sí que está muy ligada a los hechos de la primera serie, siendo el villano, o sus herederos, una presencia constante, aunque la idea parece ser más bien el darle un enfoque más adulto, centrándose en la vida después de la fama, la culpa de los padres, o sus éxitos, en algunos casos, que pesan sobre los hijos…aunque el resultado acaba produciendo una sensación rara: por un lado, resulta difícil leer al personaje al que los lectores vieron crecer convertido en un adulto y pronunciando frases que parecen no corresponderle, como si se hubiera perdido algo por el camino y que los autores no saben explicar. No ayuda, en este caso, que el texto se hubiera escrito directamente como obra de teatro, dependiendo únicamente de los diálogos y de la caracterización que los actores den a su personaje, perdiéndose un poco de profundidad. Y por supuesto, un argumento que en el fondo, no termina de aportar nada: parece más bien una vuelta a los protagonistas, continuando el epílogo que cerraba Las reliquias de la muerte, metidos en una situación que no llega a parecer un desenlace, ni una continuación, sino un fanfic utilizando los elementos del mundo que los lectores conocen muy bien.
 
 
Rachel Gray. Conociendo a Cthulhu. Ahora sí que hablamos de lecturas por ser fan…y es que no puede pasar mucho tiempo sin que acabe cogiendo algún libro donde salgan homenajes a Lovecraft, a los Mitos de Cthulhu o algún que otro pulpo en la portada.
En este caso, el libro pretende, con bastante humor, ser una guía sobre las criaturas creadas por H. P. L. y aportar una descripción rápida sobre los relatos del autor (todos. Porque, en el fondo, y aunque nos pese, el hombre escribió cuatro cosas). En la practica, es un retelling de sus cuentos. O lo que es lo mismo, resumir lo que sucede en ellos, narrado de nuevo con bastante humor, además de ofrecer una descripción del mismo estilo del resto de monstruos y ciudades.
No puede decirse que aporte nada como lectura. Se limita a contar, con un humor bastante friki, lo que los lectores veteranos ya sabían, aunque seguramente a los que acaben de descubrir a H. P. L. les haga mucha más gracia. Al resto, al menos, disfrutamos de las ilustraciones y de un momento nostálgico.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Malos tiempos en el Royale (2018). Todo el mundo esconde algo


Una de las cosas que más echo de menos con el cine es ver trailers. A veces es lo más divertido de entrar a ver una película, y antes de las campañas masivas donde todos habíamos visto ya el avance de los Vengadores o la  nueva de Star Wars, era un acontecimiento y al público le iba poniendo los dientes largos. Hoy quedan muy poquitos y lo normal es que antes de la película acabe viendo anuncios sobre varios negocios locales en el Vallés o como mucho, algún avance. Pero, pese a todo, un tráiler funciona. Como puede funcionar un poster sugerente o el boca a boca. Y el que me haya enrollado como una persiana contando que añoro los tiempos de la musiquita de Movierecords y los anuncios acartonados viene a decir que Malos tiempos en el Royale es una película que acabé conociendo, ni más ni menos, por un anuncio en el cine.
 
El Royale es un hotel que ha vivido mejores épocas. Situado en la frontera entre California y Nevada, capital del juego, perdió su licencia de casino y con ella, su atractivo, quedando convertido en un apeadero donde los viajeros van cuando no quieren ser encontrados. Es allí donde se encuentran cuatro personajes: una joven que se niega a hablar de su profesión, un sacerdote anciano, una hippie malencarada y un vendedor de aspiradoras deslenguado. Pero en la época de Nixon, del espionaje y de los veteranos destrozados por Vietnam, nada es lo que parece. Ni siquiera en un hotel, en un lugar perdido de la frontera, donde incluso el recepcionista puede ser alguien diferente a quien asegura.
 
 


El anuncio, en un primer momento, recuerda al cine de Tarantino. O al menos, lo hace un primer montaje donde se anuncia una colección de personajes improbables y escenas de violencia inesperadas. Lo cierto es que se nota cierta influencia en la forma de narrar, donde no se escatiman el poner en situación la historia mediante diálogos y recurrir a saltos temporales de forma inesperada. En realidad la película se separa en muy poco tiempo de la idea de Tarantino y este se queda no en una imitación, sino en algo que ha influido a la hora de rodar. Y que, seguramente, se ha utilizado bastante a la hora de promocionar una película casi desconocida.
La historia encuentra enseguida su propio tono, o más bien, lo hacen las cuatro tramas que coinciden en esa misma noche, y que cada una produce un efecto un tanto extraño: en una sola película, aunque bastante larga, acaban coincidiendo tramas de espionaje, de golpes que salen mal, de asesinatos en serie y de las consecuencias de la guerra. Cada una, con un género distinto, convirtiéndose en una mezcla de comedia negra, suspense e incluso, con sitio para el terror. El resultado en un principio sorprende, pero después, no tanto, al notar que quien está detrás del guión es el mismo que Cabin in the Woods, donde fue capaz de resumir las películas de terror de los últimos cincuenta años en una sola. Y que aquí, en cierto modo, también acaba siendo capaz de reunir los giros de varios géneros en un solo largometraje y que la jugada salga más o menos bien.
 
 
La mezcla de situaciones funciona también gracias a la construcción de los personajes. Una vez eliminado aquel que solo sirve para poner en marcha la trama común, estos, dentro del tiempo que disponen para presentarse, funcionan. O especialmente, los hacen los dos primeros, un supuesto sacerdote y una mujer que, en realidad, no esconde otra cosa que la profesión de cantante fracasada y una profunda desconfianza hacia su alrededor. Unos protagonistas que no podían ser más opuestos, caracterizados como un culpable redimido por el tiempo, y alguien a quien podría considerársele el más inocente de la historia. El resto, ha llegado ahí como víctima de las consecuencias o como antagonista.
 
Los abdominales de Chris Hemsworth también son un personaje relevante
 
Si bien la historia en conjunto resulta siempre un poco improbable, con un grupo de personajes que arrastra una historia extraña, coincidiendo en el mismo lugar, al mismo tiempo, y que todo explote en un momento dado, la atmósfera hace que si resulte creíble. El hotel se convierte en un entorno irreal, en medio de la nada, donde solo aparecen los  cinco personajes principales y donde cualquier atisbo de normalidad, bien mediante figurantes, o bien mediante otros escenarios, brilla por su ausencia. Este, decorado en tonos pardos, se presenta como un lugar un tanto chabacano, hortera, y en cierto modo, siniestro. Casi atemporal, porque si bien es posible hacerse una idea de la época en la que transcurre la historia, nunca dan fechas directas sino indicios: las imágenes de Nixon, la moda, las referencias a la guerra y una bastante ingeniosa a los asesinatos de Manson se limitan a dar una idea, sin que en ningún momento den fechas concretas o le pongan fácil a los espectadores más jóvenes saber cuando está pasando.
Malos tiempos en el Royale resulta una películas inesperada. Como lo fue Cabin in The Woods en su momento: apareció en los cines sin avisar, con caras conocidas en su cartel pero sin un nombre famoso que pudiera avalar la dirección o el guión de una historia que no sería para todos los gustos.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Uzumaki y Junji Ito. La espiral que cayó del cielo


El terror japonés ha resultado siempre peculiar y fascinante a partes iguales. Aunque tras su momento de gloria en el cine a finales de los noventa, solo quedara en la memoria unos cuantos remakes  estadounidenses y todo lo que podía aportar, reducido a un fantasmón con el pelo delante de la cara. Gracias a eso, al menos, fue posible ir abriendo un pequeño campo en el sector gráfico, cuando alguna editorial se animó a publicar manga de esta temática y  las páginas de Junji Ito pudieran verse en los estantes de las librerías junto con series más populares.

 
Parece imposible que Uzumaki, uno de esos primeros mangas publicados en España, cumpla ya 20 años desde su primera aparición por capítulos. Y es que este formato serializado está muy ligado a la narración por capítulos casi independientes entre sí, cuyo nexo en común es el testimonio contado por Kirie, una joven habitante de un pueblo japonés, llamado irónicamente Remolino Negro, en el que un día cualquiera comienzan a aparecer espirales. Sin más, una forma geométrica inocente que se manifiesta en forma de un comportamiento obsesivo que afecta a determinados habitantes, transformándolos física y mentalmente hasta extremos horrendos. Pero también en cualquier aspecto de la vida diaria: la espiral de la concha de un caracol, el giro de un torno de alfarería, los remolinos de un cabello humano o en algo tan vinculado a la climatología japonesa como un tornado. Elementos anodinos que se convierten en algo retorcido que, o bien son sucesos de los que su protagonista es testigo directo, o bien afectan a ella y a su familia, y amigos, precisamente formada por su novio, el hijo de uno de los afectados por lo que él llama la maldición de las espirales, su padre, un alfarero, su madre y hermano menor. Los acontecimientos, a veces aterradores, otros extraños, y en algún momento, absurdos pero peligrosos, no tienen más explicación aparente que la que el novio de Kirie da en las primeras páginas: el pueblo se ha llenado de espirales.
 
 
Durante gran parte de la historia no es posible buscar una explicación, ni una trama, sobre lo que afecta al pueblo o como solucionarlo: es algo que, como en muchos relatos de terror, sucede. Y que, en cierto modo, podría recordar un poco a una versión retorcida (aunque el adjetivo en este caso tiene su gracia) de El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft: algo que aparece sin más, ajeno a toda lógica, y que afecta física y mentalmente a los personajes. Las historias, casi independientes, ofrecen relatos aislados que, pese a tener en común esa idea de una espiral, narran situaciones de lo más variopintas, que, de forma muy aislada, acaban afectando a la trama principal para hacerla avanzar. El guión, de este modo, juega al despiste:  los primeros capítulos acaban por conformar una atmósfera y un preludio de lo que sucederá, para formar parte de la trama y desembocar, en el último tomo, en un escenario apocalíptico muy distinto al tipo de narración aislada que había aparecido al príncipio.
 
 
El terror, tal y como se plantea, tiene una vertiente un tanto fatalista, quizá también relacionada con la forma de ver lo sobrenatural en la cultura japonesa: algo incomprensible, imposible de solucionar y del que, como mucho, los personajes pueden considerarse afortunados si son testigos y no protagonistas directos. Los sucesos, en este caso, vienen y se van, y es muy raro que, salvo los dos personajes principales, alguien pueda salvarse. En algunos momentos supone un fallo porque al querer mantenerlos como hilo conductor, acaban perdiendo todo factor sorpresa: al tercer capítulo se sabe que a Kirie y su familia, pese a lo que pueda pasarles, acabarán la última página salvándose sin demasiadas secuelas y esperando pacientemente lo próximo que pueda suceder en el pueblo. En cambio, en las últimas páginas, la impresión es muy distinta, y el lector acaba pensando que los afortunados fueron esos secundarios que desaparecieron al poco de comenzar.
El segundo aspecto de la historia, y que también es común al resto de guiones de Ito, es la presencia del horror físico y la transformación corporal, mostrado aquí en todas sus consecuencias. Lo que comienza con diseñar un exterior donde se dibujan espirales hasta el extremo de convertirse en algo mareante o repulsivo, se convierte en deformaciones físicas, involuntarias o autoinflingidas, en las que no duda en recrearse en cada viñeta.
 
Ito es capaz de convertir un dibujo geométrico en algo repulsivo, reflejar las transformaciones más horribles e incluso convertir lo cotidiano en monstruoso, ero, en cambio, la forma de enfocar el fantástico se mantiene dentro de unos límites asequibles para todos los públicos: es terror japonés, por nacionalidad y temas, pero no eroguro, y los personajes obsesivos o monstruosos que aparecen lo son en el marco de la historia, nunca se plasma el grotesco por el mero hecho de averiguar hasta donde se puede llegar.
Con un dibujo a la altura, es más sencillo disfrutar de las escenas y el horror que plasman que apreciar los rasgos de los personajes, que son muy limitados: rostros ovalados para los femeninos, picudos para los masculinos, y los peinados y vestuario hacen el resto. Solo parece acordarse de ofrecer una mayor variedad cuando estos sufren alguna transformación de carácter, y hacia la mitad del cómic es saber quien es quien.
Uzumaki es seguramente una de las obras por la que más se conoce a Junji Ito, y probablemente, uno de los más extensos que ha hecho en su carrera. Al menos, hacia su desenlace: su estructura, durante la primera parte, mantiene una distribución episódica, que recuerda a sus antologías de relatos, y cada capítulo de Uzumaki es igual de inquietante que estos.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Overlord (2018). El día Z (de zombies)

 
Uno de los villanos infalibles durante muchos años han sido los nazis, y no solo en el género bélico: añadimos unos cuantos experimentos macabros, zombies e incluso Mitos de Cthulhu y tenemos una historia. Pensándolo bien, estos son como las patatas fritas de la ficción: pegan con todo y arreglan un plato, si bien en exceso pueden ser poco sanas. Aunque el plato en cuestión siempre acaba limitado un poco a situaciones muy concretas: el pulp y sus herederos, los comics, los videojuegos, y el cine, de serie B o Z en el peor de los casos. Salvo alguna excepción, ver este tipo de trama en una pantalla de grande y con medios propios de un estreno de cine en condiciones es algo que no había tenido lugar, que recuerde, desde Hellboy. Y mucho menos, que esta idea viniera de alguien especializado en adaptar y actualizar franquicias e ideas como J. J. Abrams.

 

Overlord es la operación que dio comienzo al desenlace de la segunda guerra mundial y de la que los protagonistas son una pequeña parte: un pequeño equipo de soldados americanos, diezmados nada más iniciar el aterrizaje, que deben volar el puesto de comunicaciones situado en la iglesia de un pueblo francés, con el fin de facilitar el desembarco. Pero el encuentro con una joven de la aldea ocupada les descubre que el puesto alemán oculta algo muy distinto: los habitantes han ido desapareciendo en el interior de la iglesia, secuestrados por los soldados alemanes, para escapar, en algunos casos, convertidos en criaturas monstruosas. Y, aunque esta no sea parte de la misión encomendada, no queda más remedio que adentrarse en su interior y acabar con lo que sucede allí para poder cumplirla.


El guión acabó cogiendo un poco por sorpresa por tomarlo, en un principio, como una entrega de la saga Cloverfield (de las que por cierto, no he llegado a ver ninguna), algo que podría haber sido posible teniendo en cuenta que estas películas no compartían argumento sino universo. Y también por tratarse un punto de partida que no solía ser habitual en una película de presupuesto. En realidad, hay series B que desarrollan el tema de forma muy competente a lo largo de los años, como demostraron El bunker, Blood Creek o la saga de Outpost (los videojuegos de Wolfestein quizá no entrarían en esta categoría, pero al paso que van, casi parecen películas hechas por ordenador), pero compitiendo siempre en el mercado del video y quizá ahora, de Netflix. Un tipo de películas que en realidad solo quedan como referencia tangencial, y de paso, de testigo de que este punto de partida está más que explotado y que no es nuevo. Porque en realidad, las influencias más visibles de Overlord vendrían a ser más bien Wolfestein y el Malditos Bastardos de Tarantino.
 
 

Del primer formato, toma el componente más gráfico de la historia: siendo en el fondo un guión bélico, las escenas de guerra son muy dinámicas y aceleradas, produciendo una sensación de desconcierto y de no saber de dónde vienen los disparos. Algo que también se nota en el desarrollo de la trama fantástica, que casi aparece de sopetón: un laboratorio improvisado, donde no se escatiman los escenarios más escabrosos y la sangre, además de unas cuantas víctimas que bien sirven como presencia atmosférica, o como amenaza inesperada…Un poco, como podría pasar en cualquier videojuego de disparos.

Aunque antes de entrar de lleno en esta parte, la secuencia inicial del avión y aterrizaje han sido rodadas de forma muy creativa, quizá más cercana al cine bélico más artístico y cuidado. Y que resulta una mezcla curiosa con la tendencia a parecerse a la película bélica de Tarantino, donde, se opta finalmente por una visión del cine bélico un tanto más sucia y violenta, y sobre todo, el utilizar la lengua materna de los personajes como la opción más lógica a la hora de ofrecer un entorno un tanto más creíble. Aunque después, en función de ofrecer algo más asequible, acaba recurriéndose al truco de que todos ellos sepan el idioma común.
 
La idea aunque bien ejecutada, acaba quedándose a medio camino. Es divertida, no da descanso y se sigue con atención, pero no hay nada que resulte memorable ni termine  de hacerla distinta:  no se molestan en buscar una explicación, por pulp que esta pudiera ser, más que quedarse en un neutro “hay algo en el suelo y ponemos a un científico a hacer experimentos poco rentables porque para eso somos los malos”, una excusa para poder mostrar unos escenarios, muy cuidados, eso sí, y justificar la presencia de diversos seres que en un momento dado, servirán de enemigos a batir. Tampoco, dentro de lo correcto de sus personajes y secundarios, hay nada novedoso: los protagonistas son héroes un tanto desengañados, con defectos muy pequeños pero sin el menor atisbo de cobardía o de defectos que los haga menos unidimensionales. Y los nazis son la cosa más mala y genérica que se ha filmado en mucho tiempo: un pelotón de secundarios malencarados que se limitan a hacer todo lo posible por convertirse en un enemigo disparable sin más trasfondo. Se salva únicamente el principal antagonista, que, si bien es igual de plano, Pilou Asbaek le aporta bastante más carisma y lo convierte al menos, en un rostro identificable y amenazador.

Overlord es casi una serie B con presupuesto: el argumento podría funcionar perfectamente con un presupuesto limitado, debido a su simpleza y su falta de complicaciones. Es divertida, aunque se olvida con facilidad. Pero en este caso, nos quedamos con lo primero.

jueves, 15 de noviembre de 2018

El corazón del guerrero (2000). Érase un héroe bárbaro a una comedia gruesa pegado

 
 
Hoy no es nada raro para un aficionado al fantástico el ir a ver una película española. Co el tiempo, y más o menos maña, hemos podido ver como Rec se convertía en una franquicia, disfrutar del terror sobrenatural de Verónica, e incluso ver algunas producciones menos valoradas pero igual de buenas como Musa. Hasta La herencia Valdemar, con sus fallos, resultó valiente y bien ejecutada. Pero para llegar a esta lista hubo también que arriesgar mucho y hacer propuestas que, por el tipo de cine que se hacía entonces y por la falta de medios, parecían un suicidio. O, buscando un símil menos ambicioso, y más adecuado al tono de la película, tirarse a la piscina sin comprobar que había agua.
 

El corazón del guerrero es la joya que Beldar y Sonya, dos ladrones de una época similar a la era Hiboria, roban de una cripta. Pero esta joya, literalmente el corazón de un guerrero muerto y momificado, tiene una maldición: su poseedor quedará vinculado a la Secta de los Mil Ojos, si no consigue deshacerla matando al mago más joven de la orden. En el escaso tiempo del que dispone, Beldar comienza a notar los efectos de la maldición: visiones de otro mundo, uno muy distinto en el que no es más que un niño, y la orden también existe pero de una forma muy distinta y mundana. Pero en el mundo del héroe Beldar también hay algo extraño: este parece irreal y acartonado en comparación con el de Ramón, el chico que imagina ser el héroe que interpreta regularmente en un juego de rol. Y quizá la maldición del corazón del guerrero  sea solo la fantasía de un adolescente que está perdiendo la capacidad de distinguir entre el sueño y realidad.


Si la idea de la película fue en su momento arriesgada, se debe a dos motivos: el primero, lo que suponía sacar una producción de fantasía, o más bien, de espada y brujería con un público todavía receloso al tema y co unos medios que podrían no ser suficientes para plasmarla. En su momento, los efectos dieron el pego: no se había visto un despliegue así, las caracterizaciones eran adecuadas y la infografía era la que estaba en boga. Visto hoy, los años  se le notan, y a los decorados donde se nota el corchopán a ratos se añaden unos efectos que han quedado desfasados (en su defensa diré que como todas las películas de esa década), y unos actores que en su faceta de personajes épicos se les ve perdidos en comparación con unas actuaciones más creíbles de sus contrapartidas realistas. Joel Joan cumple como Beldar, pero a Neus Asensi se la ve perdida como Sonya, y adecuada como la prostituta Sonia. Y el mago interpretado por Santiago Segura produce vergüenza ajena a causa de los diálogos impuestos.
El otro no es otro que el recelo que ciertas formas de ocio producían desde hacía años tras lo que la prensa llamaría “el crimen del rol” y con el que se cebó en un aspecto tangencial pero llamativo para los titulares, que hizo que cualquier actividad que supusiera un mínimo de imaginación fuera mal vista. Como curiosidad, el mismo año del estreno también tuvo lugar el “asesinato de la Katana”, aunque por suerte esta vez un poco más de información e internet evitó que se hiciera una carnaza similar.
 
 
Este, quizás, es un aspecto con el que el director juega, haciendo que la trama esté muy ligada a la ambigüedad sobre la realidad de la historia o el que fuera solo una fantasía, y que desarrolla de forma efectiva, sorprendentemente, muy respetuosa y sin más intención que la de narrar y ofrecer una interpretación abierta. Monzón, cuando menos, conoce el campo en que se mueve, y la trama fantástica recuerda directamente al Conan de Robert E. Howard, donde los personajes mencionan sin complejos conceptos como la era hiboria, el acero hyrkanio o Estigia.
Pero las buenas intenciones chocan con una ejecución fallida y que no tiene claro lo que quiere ser: la fantasía, o la fantasía urbana, queda descolocada con unos momentos de comedia cutre, basada en chistes de adolescentes pajilleros, personajes esperpénticos y en regodearse de forma excesiva en un escenario que se empeña en mostrar el lado más grotesco de la realidad. La idea sería buena, las prostitutas de la Casa de Campo, los borrachos y los ejecutivos en su aspecto más crudo, frente al mundo de fantasía del protagonista, habría funcionado de no ser por la tendencia a tomarse todo a broma, como si hubiera miedo a hacer una producción seria, e insistir en que todos los secundarios sean repulsivos e irredimibles.
 
Algunos aspectos no han envejecido bien. Hay momentos como la falta de medios o el acartonamiento de algunos actores, que funcionan enfocándose como algo intencionadamente irreal. E incluso la trama de la multinacional financiando a un partido liderado por un político joven y carismático resulta muy lúcida a día de hoy (no digo a qué me recuerda porque como aconsejaban en Enano Rojo, no se debe hablar de política, religión ni de tostadas). Las otras, en cambio, ofrecen al público de la década posterior un product placement descarado, donde las latas de Pepsi y las Deviot, el grupo que la marca patrocinaba ese año, campar a sus anchas, así como algunos chistes referenciales a los late shows de la época y a sus personajes que quedan demasiado anclados a esos años y que…bueno, por lo menos sirve para que se quiten cualquier intención de añorar los noventa en España.
Se quedan fuera, en cambio, aspectos con muchísimo potencial como podría ser la secta y su contrapartida contemporánea, en lugar de un protagonista perdido entre fantoches, y algunos aciertos, no muchos, como la guarida del vagabundo o el final abierto.
El corazón del guerrero fue una apuesta arriesgada y fallida. No termina de ser una película de fantasía coherente, no consigue el punto necesario entre la trama y no tomársela en serio, y desde luego, la comedia gruesa era lo peor que podían añadirle. Pero al menos, lo intentaron.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Channel Zero: Dream Door (2018). Cuidado con lo que visualizas porque puede cumplirse


No es raro empezar y terminar un año con dos temporadas de una misma serie, teniendo en cuenta la distribución de los episodios y planes de emisión. Pero sí es una novedad el que estas se emitan de forma completa en ese mismo año. Raro, sí, pero no tan difícil de llevar a cabo cuando cada temporada no sobrepasa los seis episodios. En todo caso, no podría estar más contenta después de disfrutar con frecuencia bimestral de una de mis series de terror favoritas..Y encima esta vez, en una sola semana al hacer coincidir la emisión con el 31 de octubre.



La puerta del sueño adapta, como es norma de la antología, un creepypasta de forma muy libre del que toma determinados elementos para construir una historia. En este caso, es la aparición de una puerta en el sótano de una casa, el punto de partida para que una pareja de recién casados descubra aspectos muy inquietantes de su pasado y que afectan a la confianza y convivencia entre estos. Tom y Jillian comienzan su matrimonio como una pareja que empezó a formarse como amigos de la infancia. Pero el trauma no superado del abandono del padre, y la posible existencia de un hijo de una relación anterior, parecen tener un vínculo con una puerta aparecida de ningún lugar en el sótano de la casa, y la presencia de un personaje de aspecto siniestro, al que Jillian identifica como un amigo imaginario de sus primeros años, capaz de asesinar a todo aquel que suponga una amenaza para ella. Un vínculo que también podría estar relacionado con el estado de ánimo de Jillian, y su capacidad de manifestar sus temores de forma física, aunque quizá ella no sea la única con ese don.



En general, esta temporada ha estado a la altura de las anteriores. La calidad de los guiones ha ido en aumento desde la primera temporada, y si bien con cuatro es posible elegir ya la historia que más le guste al público en comparación con las otras (en mi caso, Butcher´s Block ha sido la mejor con diferencia), han seguido manteniendo un nivel estable y desarollado una estética y lenguaje propio que es fácil identificar: Channel Zero se ha hecho especialista en hacer virguerias con cuatro perras, y en aprovechar el aspecto siniestro que puede proporcionar un personaje con un maquillaje pobre, o una calle anormalmente desierta. Porque, después de cuatro entregas, también es fácil fijarse en unos exteriores vacíos de figurantes y que siempre explican de una manera entre peregrina y coherente: al área rural de Candle Cove, la dimensión fantasma de No End House y al barrio en decadencia de Butcher´s Blockd se le une ahora un vecindario recién construido, abandonado en parte y a cuyas viviendas unifamiliares vacías es fácil encontrarle una explicación al otro lado del charco en la crisis imobiliaria que todavía pasa factura.



A una atmósfera un tanto irreal (o de no tener un chavo para exteriores, depende de como queramos verlo), se le une el personaje principal de estos episodios: una criatura irreal, identificada por la protagonista como el payaso contorsionista que inventó en su infancia y que se mueve de una manera pesadillesca en el escenario constituyendo un monstruo en toda regla, o siendo capaz de cambiar por completo de registro en uno de esos giros argumentales que también son habituales en la serie. Y donde no falta tampoco un punto sangriento que ya empezaba a asomar en la temporada anterior: sin llegar al exceso, los asesinatos son un tanto truculentos donde no faltan aquellas agresiones que pueden resultar más grimosas...y en este caso, no van a faltar unos cuantos destornilladores, cuchillos mecánicos y algunas tripas de más, aunque estas sigan conservando un aspecto plasticoso un poco raro, y que las aleja de una visión más realista.



Esta vez, el número de episodios sí ha estado ajustado a lo que querían contar y a los personajes que querían desarrollar. Estos han sido suficientes para presentar a unos protagonistas y resolver, sin atropellos, tanto la trama más realista, despachándola cuanto antes, como la sobrenatural, a la que le dedican más tiempo pero que quizá acaba chocando demasiado con el enfoque realista que le intentan dar al principio, en forma de una pareja de policías que, además de no enterarse de mucho y desaparecer pronto, parecen dedicados a poner cara de sospecha a todo el mundo. Bastante mejor suerte corren los personajes principales, donde aciertan a la hora de definir sus características y cómo estas acaban afectando a la trama.

Dream Door es una entrega más de una serie que, entre su brevedad, lo sencillo de su aproximación al fantástico, y quizá poca ambición a la hora de contar una historia, ha acabado por hacerse un hueco cada vez que se estrena. Lo del creepypasta en el que se base cada vez, solo es un aspecto más.


jueves, 25 de octubre de 2018

Darkman (1990). El fantasma de la oper....laboratorio



Hubo un tiempo en el que ver películas de superhéroes era una quimera. La saga de Superman había sido enterrada hacía años, Marvel tenía muy poco futuro con algún que otro intento y gracias al Batman de Tim Burton, DC parecía que iba a llevar la voz cantante. Era una época en la que parecía imposible trasladar a la pantalla los efectos visuales necesarios para un Spiderman, y llevar a cabo un proyecto como Los vengadores, impensable, pero también suponía la oportunidad de hacer algo distinto ¿Y si a partir de la estructura y del lenguaje del comic se pudiera crear un personaje con esas carcterísticas, pero sin más trasfondo que el cinematográfico? La idea se le ocurrió a Sam Raimi, quien hacía unos años, había tenido una ocurrencia igual de marciana: guionizar la sangrienta historia de un grupo de jóvenes atrapados por fuerzas diabólicas en una cabaña. No contento con ser el padre de Ash Williams, Raimi decidió dar el salto y crear su propio superhéroe.



Darkman no es otro que Peyton Westlake, un desafortunado científico ue se cruza en el caminoi de un empresario corrupto y una banda de mafiosos. Es un poco difícil imaginar que enlace hay entre una trama de corrupción urbanística y un proyecto para desarrollar una piel sintética que ayudaría a las víctimas de quemaduras, pero en la ficción los científicos apocados, los accidentes mortales y los malvados tienden a acabar juntos y revueltos. Dado por muerto, horriblemente desfigurado y alterado por un tratamiento experimental, en el que su capacidad sensorial fue eliminada para poder soportar el dolor de las lesiones, Peyton regresa a las ruinas de su laboratorio tras experimentar un cambio más allá del daño físico: la falta de sensibilidad viene acompañada de una sobreproducción de adrenalina, que le proporciona mayor velocidad y fuerza que a una persona corriente. Pero también una escasa estabilidad mental. La justa para poder recuperar sus estudios en el laboratorio y aprovechar la posibilidad de recrear el rostro de cualquier persona para vengarse de sus asesinos y proteger a su prometida.






El intento de Sam Raimi por crear su propio superhéroe funcionó, incluso con un reparto tan inverosimil como un Liam Neeson cubierto hasta arriba de maquillaje y vendas, y Frances McDormand en el papel de su prometida. Unos actores que ni dan el pego a nivel de preparación física en el tipo de cine que se haría con posterioridad, ni tampoco encajarían demasiado en los cánones de atractivo posterior, pero que defienden sus papeles con un talento y una escritura sólida en un guión que todavía conserva mucho del estilo que mostró en la trilogía de Posesión infernal: primeros planos llenos de giros y expresiones desquiciadas, escenas de acción cuya violencia se acerca más al dibujo animado que al realismo, y momentos de humor negro inesperados acompañados de un montaje vertiginoso en algunos momentos, pero también más calmado y pensado para ofrecer una producción a un público más amplio y una distribución mayor.



La historia y el personaje como tal, tenían vocación de cómic. Pero esta estaba todavía lejos de los superhéroes al uso y más cerca de un estilo más oscuro, quizá más similar a los personajes pulp, y un poco a los tebeos de terror. Su protagonista tiene menos que ver con poderes inverosímiles y más con algunas nociones científicas, tomadas un poco con pinzas, que lo convierten en alguien por encima de la media, pero también con unas limitaciones al mismo nivel: si bien la incapacidad de sentir dolor le hace actuar de forma más temeraria, eso último también lo convierte en un personaje inestable, con menos autocontrol y que a causa de su aspecto físico, se ve obligado a vivir al margen de la sociedad. No es una situación nueva, después de conocer a Hulk o, por buscar una referencia más parecida, a La criatura del pantano, pero este está bien construido, es carismático y da pie a posibles historias posteriores. Aunque en algún momento, sea precisamente esa intención de crear un personaje de comic la que juega en su contra: el punto de partida, entre científico, mafiosos y trama que los vincula está tan traida por los pelos que uno no puede evitar pensar que es toda una coincidencia que, en una ciudad tan grande acabaran todos estos personajes coincidiendo con las mismas personas.



Pese a los medios de los que dispone, la realización todavía conserva un estilo muy artesano visible en la caracterización de su protagonista, que si bien durante la mayor parte del tiempo se oculta mediante un vestuario que acabará convirtiéndose en algo así como en una seña de identidad (un sombrero, vendas y el abrigo con capa. Para haber salido corriendo de un hospital ha tenido bastante suerte a la hora de encontrarse prendas desperdigadas), acaba siendo revelado mostrando un trabajo de maquillaje que recuerda un poco a personajes marcados como El fantasma de la ópera, y directamente, al Doctor Phibes de Vincent Price. Con el maquillaje, efectos prácticos muy eficientes y algún chroma que es inevitable que se acabe notando, conviven también con los primeros efectos digitales que, bueno, es una suerte que se limiten a mostrar unas imágenes en 3d bastante visibles cuando el msdos en los ordenadores era algo habitual.


Con el estreno de Darkman quedaban muy lejos todavía las películas de superhéroes, y sobre todo, las que después se denominarían historias de origen y que se convertirían en algo habitual a la hora de crear una franquicia. Pero a fin de cuentas, Raimi, unos doce años antes de ponerse a dirigir Spiderman, es lo que consiguió llevar a cabo: contar algo que recordara a, sin tirar unicamente de guiños e influencias, e incluso abrir una puerta de cara a la continuación de un personaje que, en cambio, se quedó unicamente en dos secuelas directas a vídeo.




jueves, 18 de octubre de 2018

Venom (2018). Una comedia romántica. Con simbiontes


Aunque tras la última entrega de los Vengadores parezca que a Marvel no le queda ningún superhéroe por sacar, lo cierto es que el fondo editorial tiene personajes para rato y, lo que es más interesante, la posibilidad de variar un poco el tono de las adaptaciones más allá de la comedia para todos los públicos que, hay que reconocer, la división de Disney domina a la perfección. Logan, alejado en el futuro de la Patrulla X, fue una curiosa mezcla de acción y atmósfera crepuscular, y Deadpool no tenía ningún problema con el humor grueso y la ruptura de la cuarta pared (y del resto de tabiques o lo que hiciera falta). Pero, teniendo en cuenta también la variedad de héroes y villanos que todavía quedaban pendientes, era posible plantear si el enfocar a un nuevo superhéroe de forma más seria, o más bien, terrorífica. En pantalla tampoco era una novedad, aunque desde las tres entregas de Blade llovió bastante. Y las viñetas escondían monstruos distintos a los vampiros.



Venom podría entrar en esa categoría: un simbionte, o raza alienígena que necesita un huesped humano para sobrevivir en la Tierra y que se manifiesta con un aspecto monstruoso. A cambio, puede ofrecer a este una capacidad de regeneración y longevidad fuera de lo común, y que el director de la fundación Vida pretende utilizar para cumplir su objetivo de llegar al espacio, aunque eso implique varios experimentos fallidos con humanos. Pero es uno de estos especímenes el que acaba unido a Eddie Brock, un periodista caído en desgracia tras intentar destapar los trapos sucios de la fundación y que se ve obligado a combatir a la voluntad alienígena que ahora intenta dominarlo. Aunque en realidad, puede que esa criatura gigantesca, con una lengua similar a la de un xenomorfo y más dientes que una lamprea, quizá no sea tan malo y pueda ayudarlo para detener a la Fundación Vida. O a recuperar a su ex-novia, quien acaba jugando un papel importante en la misión de Brock y Venom.





Antes de hablar de la película en sí, habría que hablar del trailer. Y es que, para un público sin más información añadida que el que ofrecen sus imágenes promocionales, el tono de la producción iba a ser muy distinto: de superhéroes, sí, pero mucho más oscura y con una trama bastante prometedora acerca de una relación muy desigual y violenta entre protagonista y simbionte. La película, en cambio, acaba alejándose demasiado de lo que ofrecía. Si bien la estética, en los escenarios urbanos, se separa del aspecto más limpio de otras producciones, mostrando callejones abarrotados, tiendas de barrio, delincuentes y el peculiar paisaje de San Francisco (y las cuestas, que también les hacen mucha gracia. Aunque si se ha vivido en Orense tampoco son mucha novedad), el aspecto amenazante que se anunciaba brilla por su ausencia. Tras los primeros minutos, la naturaleza mortífera de la criatura que da nombre al guión desaparece: la necesidad de un huesped compatible y la mortalidad de aquellos que lo han alojado se convierte de repente en una capacidad de saltar de un ser humano a otro sin que esto tenga ninguna de las consecuencias explicadas previamente.



La relación entre ambos protagonistas sería en principio el punto más interesante, y que parecía ser una alianza incómoda para ambos. No sé como sería en el comic, ya que de Venom solo sabía por su aparición en los dibujos de Spiderman de los noventa, por lo que me limito solo a la que se plantea en la película. Si bien la dinámica que se forma entre ambos posteriorente es interesante, y hay que reconocer que lo mejor de toda la película es el trabajo de Tom Hardy, esta actitud un tanto burlona de Venom sale un poco de la nada, y cuesta acostumbrarse por lo súbito del cambio. Al resto hay que añadirle un antagonista de lo más soso que podía haberse desarrollado, secundarios que son despachados en cuanto la trama no los necesita, y sobre todo, la extraña decisión de incidir ante todo en la historia de amor entre Brock y su ex, que acaba teniendo más peso que los difusos planes de un villano que parece querer hacer experimentos porque se lo exige el guión y unos alienígenas que se pasan el resto de la película en un bote de cristal. La aparición de esta cada dos por tres, sea aportando datos esenciales, llamando por teléfono o saliendo por ahí, y un desenlace entre ambos que más parece sacado de un drama romántico que de una película de superhéroes acentúa la sensación de ser una película fallida, donde efectos especiales, escenas de acción y presentación del superhéroe son correctos como podia esperarse, pero que al guión le falta algo importante.



La impresión final de Venom es la de haber tenido un montaje o una edición distinta a la que necesitaba, o a la que se prometía, que no hay por ningún lado la película de acción oscura que se anunciaba y en su lugar hay un tipo con un alienígena intentando recuperar a su novia y acabar con el villano de turno. Algo que a ni a Tom Hardy pareció gustarle. Aunque, después de verla, debería estar orgulloso de haber llevado una película él solo.

jueves, 11 de octubre de 2018

Lecturas de la semana. De escritoras y hechiceras

 
 
Durante el último año no me han faltado colecciones de relatos. Bueno, en realidad, nunca faltaron, aunque muchas de ellas, como las antologías que sacaba Martinez Roca acabaron intercambiadas o donadas a la biblioteca (aunque conservo su contenido y sobre todo, horrendas portadas, en soporte digital). Son las más recientes las que acaban haciéndose un hueco, llamando mi atención, y, una vez superada la época en la que cada colección acababa incluyendo el mismo cuento de M. R. James o Polidori, acaban siendo una lectura de lo más variada …y donde las posibilidades de idear una colección son infinitas. En este caso, las antologías de corte femenino casi son un subgénero por derecho propio, y en casos como estos, una forma de descubrir enfoques muy distintos: por un lado, lo femenino en su vertiente más sobrenatural como puede serlo la brujería, y por otro, la presencia de las mujeres en el mundo literario en un entorno que siempre imaginamos cerrado como pudo serlo la época victoriana.
 
 

Damas oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes. Esta colección de Impedimenta recoge unos cincuenta años de cuentos de fantasmas caracterizados por su autoría femenina. Y en el prólogo, de forma muy concisa, expone la idea principal de la antología: en un entorno marcado por la presencia masculina como ejemplo de raciocinio, estas ponen a su personajes frente a lo irracional, lo inexplicable, y a algo tan marcado por la tragedia y lo emotivo como puede ser un espectro ligado a un lugar por lo que sucedió en el pasado. Esto sería solo una parte del libro y no la norma, porque en realidad la antología es muy variada y recoge tanto personajes masculinos, como testigos de sucesos extraños o cabezas de familia amenazados por lo sobrenatural, como mujeres, también en el papel de madres o narradoras de algo que les fue referido hace tiempo. Porque, dentro de este género, el recurrir a la narración dentro de la narración, es también algo habitual y que hace que las historias tengan una atmósfera mucho más íntima y cercana.

La segunda idea ha sido la de reunir los relatos en orden cronológico. Una decisión muy simple pero que sirve para percibir la evolución en el estilo, de forma general, y en los intereses y preocupaciones, así como la apertura de temas y posibilidades en los casi setenta años que abarcan los relatos, que van ganando en profundidad y haciendo que los personajes sean mucho más complejos dentro de lo que permitían unas normas bastante rígidas.

Como curiosidad, la edición incluye de regalo una criaturita fantasmal…o lo que es lo mismo, un recortable con el que el lector puede fabricarse una marioneta de aspecto victoriano y un poco inquietante, que todavía tengo pendiente. Solo es cuestión de hacerle una buena copia en color (¡Estamos en 2018! ¡Como para destrozar cualquier suplemento que nos incluya una edición tan cuidada!) y practicar un poco los recortes, porque creo que desde el parvulario no he vuelto a hacer ninguna manualidad con punzones.
 

Bienvenidos al Sabbath. Antología de relatos de relatos de satanismo y brujería. Además de algunas antologías traducidas y otras propias donde son capaces de salirse de los relatos más repetidos, de vez en cuando sacan algún cajón desastre con piezas publicadas previamente en libros anteriores. En estas colecciones, de formato más pequeño, se han repasado desde el mito del vampiro hasta lo sobrenatural en el mar, pasando por los científicos locos y sus invenciones. Ahora era el turno de la brujería y los aquelarres, algo que inevitablemente está ligado a las mujeres (y en menor medida, a los gatos). En este caso, dividida en cuatro bloques, sobre brujas, aquelarres, pactos demoniacos y otras formas de brujería, donde pueden aparecer clásicos como Robert L. Stevenson, la visión más cínica de Hawthorne, rarezas un tanto perversas como Huysmans e incluso H. P. Lovecraft donde no podemos evitar pensar que quizá Los sueños de la casa de la bruja es uno de los relatos más flojos en lo que a Mitos de Cthulhu se refiere.

Lo mejor de la colección es la variedad de visiones. Y es que aún separada por bloques, es posible dar una visión muy distinta  según la época y el estilo de cada uno. Los casos más llamativos son los apartados del diablo, donde Madame Lucifer recuerda mucho al relato popular y Un acontecimiento en el infierno es puro Barker. Y sobre todo, en “Otros ritos”, la sección más pequeña que actúa de cajón desastre y donde no podía faltar la brujería africana.
Y de remate, un vídeo. Era difícil no pensar en él tras 500 páginas de brujería.
 
 

jueves, 4 de octubre de 2018

Predator (2018). No sabemos quien caza a quien


Con la saga Depredaor, he acabado por hacerme un lío (bueno, con Alien, desde lo que hicieron con Prometheus, también): me quedé con la primera entrega, sé que existe una segunda, y toda una serie de historietas y crossovers con los xenomorfos en formato comic que han acabado por saltar a la pantalla. A ninguna de las cuales les hice caso más allá de encontrarlas en televisión algún domingo por la tarde, aunque la idea de una raza de alienígenas que se deciden a cazar por deportes tiene bastante gracia y da, como ha demostrado, para unas cuantas series B. O lo que es lo mismo, una buena idea para hacer tiempo una tarde mientras no se estrenaba la siguiente película de extraterrestres.
 

Esta entrega de Depredadores (vamos, que estos se complican menos la vida con los títulos que los de Resident Evil) comienza, una vez más, en una selva, donde un grupo de operaciones especiales presencia el aterrizaje de una nave alienígena y es víctima de la criatura que viaja en ella. El único superviviente de este encuentro, tras ocultar los objetos que portaba el ser al que se enfrentó, es enviado junto con otros soldados no aptos para el servicio, a un psiquiátrico militar del que acabarán huyendo cuando un nuevo visitante llega a la tierra con intenciones no muy claras, aunque algo parece seguro: su hijo, quien encontró por error las armas que su padre ocultó tras su enfrentamiento con el alienígena, corre peligro.
 
 








Para tratarse de una película sobre un grupo de humanos perseguidos por un alienígena mortífero, el tono resulta bastante ligero, e incluso familiar, si se la compara con las anteriores. Esta tiene mucho más humor, proporcionado por el grupo de secundarios que acompañan al protagonista, y que además de ser los soldados con las neurosis de guerra más inofensivas de la historia, parecen pensados para ser el soporte cómico del guión.

Además de este aspecto cómico, pilla un poco por sorpresa el tono familiar del que han dotado al guión, incluyendo el personaje de un niño que acompaña a los personajes principales el resto de la película. Y que, junto al humor, hace que el resultado sea mucho menos amenazador, menos de acción y más festivo de lo que pudo ser aquella vez en la que Schwarzenegger se enfrentó a la raza de cazadores en una selva asiática.


 

En principio, no era lo que se esperaba con indicios como el cartel promocional o, bueno, una entrega sobre esta saga, aunque la parte de acción está bastante correcta y es la que ayuda a que el resultado sea entretenido. Porque en realidad, el mayor fallo es la cantidad de tópicos y momentos absurdos que llega a acumular. Las intenciones de los depredadores varían mucho de una entrega a otra, y lo mismo se dedican unicamente a disparar a los personajes, que a cazar aliens, que en este caso, a buscar adn o algún macguffin. El niño protagonista, como era de esperar, es un asperger. Pero de los del cine de acción de siempre, que resuelve códigos, comprende comportamientos extraterrestres, y sobre el que recae un giro hacia el final que empezaba a verse venir con diez minutos de antelación. Además de recurrir a unas situaciones para hacer avanzar la trama que se saltan toda credibilidad. Y es que, hay que poner muchas ganas para pasar por alto que alguien pueda enviar por correo internacional un paquete con un arma alienígena, que llegue perfectamente a su destino, y que no salte ni un escáner, o que a los personajes los acabe acompañando un perro. Un perro gigante alienígena que se ha vuelto dócil de un disparo no letal. Y que aparece para pegar mordiscos cuando estos están en un apuro. Y cuando este acaba saliendo en el momento oportuno por enésima vez, se acaba pensando, “bueno, ¿por qué no?”.


 
A los xenomorfos, en cambio, les gustan más los gatetes


Aunque se pueda decir que a una saga como Depredador no se le pueda exigir demasiado, esta entrega ha acabado por ser más alocada de lo que debería. Con un tono ligero que no termina de pegarle y un final abierto donde literalmente caen del cielo unas armas que parecen prometer que la próxima película va a contar con unas armaduras que ni los Power Ranger. Salvo que el siguiente guionista cambie de opinión y decida otra cosa.



jueves, 27 de septiembre de 2018

La monja (2018). Hay que reconocer que el título no engaña


Aunque la saga protagonizada de los Warren no es la más larga ni se da demasiada prisa a la hora de sacar entregas, sí lo ha hecho con los spin offs: cada película cuenta al menos con uno protagonizado por los espectros que, en mayor o menor medida, aparecían en estas. Y si algo tan poco animado como la muñeca Annabelle tiene su propia serie, era de esperar que a una criatura tan inquietante como el demonio con aspecto de religiosa de El caso Enfield le correspondiera una producción para él solo.



La monja narra los orígenes de la criatura que acecha el segundo caso de los Warren, cuyo origen se remonta a un convento en Rumanía durante los años cincuenta. El suicidio de una monja hace que el Vaticano envíe a un especialista en casos extraños, junto a una novicia que desconoce el por qué ha sido convocada como ayudante en un caso que, en principio, poco tiene que ver con su apacible vida en Inglaterra. Lo que encuentran allí es una construcción desvencijada, habitada únicamente por un escaso grupo de religiosas que deben mantenerse en vigilia perpetua como parte de sus votos y una extraña presencia que recorre los pasillos del convento y parece conocer los miedos de los protagonistas.



Una de las ventajas de la película es contar con un antagonista con mucho más potencial del que podía tenerlo, o más bien, mejor desarrollado que el de una muñeca que, a fin de cuentas, no puede hacer otra cosa que estar quieta y tener una permanente expresión de extreñimiento malvado. Y es que, la gigantesca silueta de una religiosa de aspecto cadavérico, y un tanto irreal, que puede acechar en cualquier lugar oscuro, garantizaba el éxito de una saga muy capaz de gestionar la tensión y las escenas terroríficas. A esta le proporcionan ahora un entorno adecuado: los escenarios de un convento ruinoso, donde la iconografía cristiana aparece reducida al mínimo pero sí hay abundancia de imágenes y crucifijos destrozados por el paso del tiempo, y donde, más que un lugar de oración, este hace recordar a un castillo embrujado como los que hace tiempo que no se ven. Y en el que no falta de nada: los pasillos, el trono, la cripta poblada de cruces e incluso un camposanto donde los personajes tienen su primer encuentro con lo sobrenatural. Unos espectros, que, como es habitual en las series iniciadas por James Wan, suele ser muy físico y supone que estos, además del temor a lo desconocido, acaben siendo golpeados, vapuleados, poseídos y enterrados vivos.





A su favor también tiene el saber dosificar muy bien la tensión y pararse lo justo en escenas accesorias. A los personajes se los presenta de forma muy breve, con el tiempo suficiente para conocer un poco su trasfondo…al menos, en el caso de la Hermana Irene, la novicia protagonista, quien cuenta con una de las escenas más divertidas e inesperadas en una producción de terror que se podían haber esperado para caracterizarla. Sus acompañantes, por comparación, no pasan de secundarios efectivos, lo suficiente como para aprovechar lo que la película pretendía ofrecer desde el principio: sustos. Y escenas siniestras, y todas las variaciones que el concepto de "monja espectral" pueda ofrecer: monjas demonio, monjas fantasmas y hasta monjas zombie en un momento dado, que, aunque en el fondo produzca la sensación de no ofrecer nada nuevo, se le reconoce que el resultado está muy bien montado, especialmente a nivel estético.



La Monja acaba sufriendo lo que se pudo ver ya con la primera entrega de los spin offs de los Warren: en el fondo, no aporta nada nuevo. Trabajan con un personaje creado especialmente para unas apariciones limitadas, al que posteriormente tienen que crear un trasfondo y guión que justifique su aparición posterior, y que siempre está muy limitado a la intención de ofrecer el mayor número de sustos posibles en pantalla, además de presentar el correspondiente guiño a su posterior historia con Ed y Lorraine Warren. Y que en este caso, pese a haber contratado a Taissa Farmiga, no se trata, como se pensaba al principio, que su protagonista sería una joven Lorraine.

Muy superior a las dos partes de Annabelle, cumple lo que prometía: es efectiva, su antagonista funciona, y su transfondo, recuerda mucho a las explicaciones que podían verse en películas de serie B. Pero también se olvida fácil, y desde luego preferiría ver una tercera parte de Expediente Warren a una película basada en el monstruo que solo aparecía dos o tres minutos.


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