Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de agosto de 2017

The Blackcoat´s Daughter (2015). Vacaciones infernales


De algunas ficciones podría decirse que con su título se venden solas. Es algo que jugaba a favor de La semilla del diablo, que hacía preguntarse contra quien conjuraban los necios, o en el caso de comenzar a leer Scaramouche, interesarse por alguien que nació con el don de la risa.

The Blackcoat´s Daughter es uno de esos casos. Aunque su título alternativo era February, el anterior resultaba mucho más sugerente. Este, en realidad, no tiene mucho que ver con la historia que cuenta: si bien aparece un clérigo (el significado peyorativo de Blackcoat), no tiene ninguna hija. En cambio, febrero, o el comienzo de la semana de vacaciones escolares, es el momento donde esta empieza: con dos alumnas que por distintos motivos, deben quedarse solas en un internado hasta que sean recogidas por sus respectivas familias. Una de ellas cree, o intuye, que sus padres han muerto en un accidente durante el camino, y su comportamiento va volviéndose cada vez más extraño. Mientras, una chica que parece haber escapado de un centro psiquiátrico intenta llegar a la escuela donde estas se encuentran.


Planteada como una película de suspense sobrenatural, esta queda muy lejos de cualquier intención de ofrecer una sensación de miedo más directa, y todavía más de cualquier atisbo de sustos: esta se centra en los escenarios, y sobre todo, de las atmósferas recreadas mediante escenas que transcurren en silencio, y que enrarecen de forma muy efectiva un entorno que de otro modo, sería de lo menos amenazador. En este caso, el contar con un punto de partida como el de dos estudiantes quedándose solas en su internado resulta muy útil, al reflejar un poco el miedo que todo escolar pudo tener en algún momento de su vida. Son estos silencios, y que en realidad, el guión tiene muy poco diálogo, los que también sirven para desarrollar el trasfondo de los personajes de una manera muy peculiar. Sin explicaciones, poco más que alguna conversación ocasional, y sobre todo, con muchos lugares reconocibles y la expresión corporal de los actores, es posible intuir que una de las protagonistas teme estar embarazada, o que algo extraño sucede con el personaje principal. Aunque para esto último tenga que echar mano de los elementos que el público reconocerá enseguida como aquellos que sentaron cátedra en El exorcista.



Si esta forma de rodar consigue funcionar es gracias al reparto, que no son caras demasiado conocidas pero que, teniendo en cuenta su edad y las características de sus papeles, cumplen de sobra, especialmente Kiernan Shipka, la más joven del reparto. También ayuda que sus personajes hayan sido escritos para una historia más adulta, lejos de los clichés que suele ofrecer el cine de terror sobre los adolesentes y su comportamiento.



El depender exclusivamente de lo que el espectador saque en conclusión, y en la atmósfera del guión, es también, en cierto modo, uno de los lastres de la película: en este caso la “atmósfera” no implica nada macabro ni sobrenatural, sino un lugar normal y corriente donde parece que va a pasar algo raro. Esto implica que no va a haber escenarios deliberadamente macabros, pero tampoco nada especialmente creativo: unicamente los planos de lugares concretos, filmados con la habilidad de la que dispone el equipo de grabación. Y si bien se trata de una película donde no se puede esperar una narración dinámica, a veces esa parsimonia hace que los 90 minutos que dura se hagan un poco eternos, como si esta hubiera sido montada de forma que se justificara su calificación de largometraje. De hecho, algunas situaciones, como la trama del embarazo, no parecen tener demasiado lugar en un guión que pretende contarse por si solo, o donde lo que quieren es que sea interpretado por el público. Pero también supone un rasgo distintivo muy positivo: frente a la dificultad que supone en determinados momentos el entrar en una historia tan pausada, el tratamiento de las dos tramas que plantea se resuelve de una forma muy interesante, convirtiéndose no en un giro sorpresa que sustente el guión, sino en un rasgo distintivo que lo convierte en algo diferente.



The Blackcoat´s Daughter es en cierto modo, una revisión de determinadas situaciones que se pudieron ver en el personaje principal de El exorcista, aunque tratados aquí de una forma que queda muy lejos de la espectacularidad de la película de Friedkin: su protagonista aquí se transforma de una forma mucho más sutil y menos ruidosa, pero también, mucho más desesperanzadora. Pese a que su director, Osgood Perkins, había empezado en el mundo del cine como actor, ha sido en los dos últimos cuando ha demostrado un interés por la dirección en el cine de terror. Especialmente, en esos guiones que se alejan mucho de los estereotipos habituales.


jueves, 10 de agosto de 2017

La momia (2017). El origen de una franquicia. Tercer intento


La Universal lleva un tiempo queriendo sacar una serie de películas basadas en los monstruos que la hicieron famosa durante la década de los treinta. Y con "tiempo", sería bastante más de diez años: Van Helsing no pasó de ser una reunión de bichos infográficos con muchos saltos y momentos ridículos (Los huevos de Drácula. Nunca me cansaré de ese chiste involuntario). Drácula Untold fue una película de aventuras y fantasía oscura muy curiosa, que fue descartada como origen de la saga. En cambio, en su momento La momia llegó a funcionar bien como franquicia, aunque sus efectos especiales, y su guión a veces, no envejecieron demasiado bien. Y también fue esta última la elegida para intentar, por enésima vez, lanzar a los monstruos como parte de una saga con el título común de Dark Universe. Salvo que esta vez la aproximación era un tanto diferente: esta volvía a estar más cerca del terror que de la comedia de aventuras para todos los públicos, y por una vez, el sumo sacerdote Imhotep no buscaba a la rencarnación de su amada..vamos, directamente ni salía.



La momia de esta versión es efectivamente, una momia. Así, en género femenino singular, porque se trata de Ahmanet, una princesa egipcia no contenta con querer ser faraona en lugar del faraón, que tras asesinarlo vende su alma a Seth a cambio de poderes sobrenaturales y de conseguirle una encarnación humana. Detenida antes de completar el sacrificio, es momificada en vida y enterrada en un lugar muy lejano...el que hoy es conocido como Irak, donde es descubierta, en pleno conflicto armado, por Chris, un soldado americano. Con el sarcófago camino de occidente, este comienza a experimentar visiones donde Ahmanet le revela sus planes: el se convertirá en la encarnación de Seth, si una organización consagrada a detener el mal en cualquiera de sus formas, no lo impide. Lo que principalmente consiste en diseccionar a la momia y asesinar a su interés no romántico ante de que complete el ritual. Un poco bestia, pero ¿qué se podría esperar de una sociedad dirigida por Henry Jekyll?

 

Una de las ventajas de esta Momia ha sido alejarse de sus predecesoras en argumento y tono: todavía tengo una espinita clavada por la película de terror que pudo ser y no fue, y esta, aunque tenga muchas dosis de acción ofrece una visión más cercana a este género: los escenarios en su gran parte se trasladan a Londres, pero a uno muy similar  al que podría verse en la Momia de la Hammer. Además de unos planos rodados en pantanos, callejones oscuros y túneles, la paleta de colores elegida es muy curiosa, compuesta principalmente de  gris verdoso que lo cierto es que va muy bien para secuencias donde los cadáveres momificados campan a sus anchas. Mantiene también el equilibrio entre el aspecto más gótico y el moderno en cuanto a la trama donde se introduce a la sociedad que servirá de hilo común a la serie: las pantallas led conviven con los hierros y las tuberías, porque al menos aquí parecen saber que el villano no se de4tiene con una prisión de cristal blindado. Además de servir para aportar algún guiño  a la historia de la Universal: si se mira con cuidado, es posible encontrar en sus pasillos no solo restos de algún vampiros, sino también de la criatura de la Laguna Negra.



También queda lejos la historia inicial (quizá por lo limitado del presupuesto original, así como los gustos del público de la época): hoy, como mínimo tienes que intentar dominar el mundo para que te tomen en serio, salvo que esta vez los roles se invierten y el objetivo de la antagonista sea utilizar al protagonista para unos fines menos románticos. Esto supone que al menos habrá un mayor conflicto entre ambos, que el monstruo resulte más amenazador, o al menos, que lo intente: este se queda un poco en un "villano" sin más, y parece que no termina de conseguir el carisma adecuado para convertirse en uno memorable. Y aunque el guion cuenta con unas dosis de humor bastante inesperadas, pero muy bien traídas que se basan en lo improbable de las situaciones que afrontan sus personajes, Tom Cruise como protagonista tampoco resulta muy hábil a la hora de transmitirlo. Le falta gracia cuando hace falta y carece de dramatismo cuando es necesario. Russell Crowe, con un papel más breve, acaba aportando mucho más que el actor principal. E incluso uno de los secundarios, con unas apariciones muy deudoras del espectro que salía en Un hombre lobo americano en Londres, aporta más carisma a un papel que resultaría menor.



Uno de los problemas de La momia es querer tirar demasiado de una fórmula que funciona: la primera parte se esfuerza en aportar algo propio, la estética es llamativa e identificable, y la segunda, en cambio, cae en los tópicos del blockbuster. Planos de explosiones mientras los protagonistas corren y el paquete típico de las películas de acción (me pregunto cómo justificará  el ayuntamiento de Londres los desperfectos provocados por una no muerta milenaria), como si quisieran separarse lo justito de una presunta fórmula que le gustará al público. algo que este acepta con resignación: es un estreno de alto presupuesto, vendrá cortado por un patrón conocido. Lo tomas o lo dejas.

Aunque las críticas no la apoyaran demasiado, sin llegar a ponerla por los suelos, La momia no es un mal intento: tiene  una buena estética, han hecho un remake o reboot bien adaptado a los tiempos de un guión escrito en los años treinta y parece que han acertado a la hora de encontrar la película que abriera una franquicia de forma adecuada. Aunque para ello tuvieran que recurrir a giros un poco trillados.  

jueves, 3 de agosto de 2017

Lecturas de la semana. Raros, más raros y recomendados


 
Hace un par de meses empecé a escuchar Todo tranquilo en Dunwich, un podcast de literatura del que me acabé haciendo seguidora por tres motivos: primero, por tratar principalmente de género fantástico, terrorífico, o que sea cercano a estos. Segundo, porque tienen una devoción por Lovecraft parecida a la mía, además de hablar sobre sus lecturas con una pasión que resulta contagiosa y también bastante similar a ese momento en el que terminas un libro y dan ganas de salir a la calle al grito de “¡¡Thomas Ligotti es fabulosooooo!!”. Y finalmente, porque dos de las últimas novelas que he terminado las descubrí gracias a sus reseñas.



Harry Kressing. The Cook. Poco más disponible del que un autor que, además, muy poco se sabe. Salvo que se trata de un seudónimo y esta es practicamente su única novela. La historia de un desconocido, que llega a una pequeña ciudad, imaginaria, pero de la que por su descripción podría ser cualquier villa en Nueva Inglaterra, y que ofrece sus servicios como cocinero a los Hill, la principal familia de la zona y propietarios del mayor negocio local. Sin más recursos que su labia, un carisma extraño, y sus habilidades culinarias (bueno, además de bastante mala virgen en algunos casos. Y un cuchillo de cocina que debe estar hecho de acero hirkanio), va ganándose el respeto y el cariño de la familia, así como, a medida que avanza, una completa devoción y dependencia hacia su persona. La figura de Conrad es lo último que nadie esperaría de un cocinero: exageradamente alto, cadavérico, y con unos conocimientos sobre su oficio que le permiten controlar las dietas, y quizá el carácter de sus jefes de una manera que casi raya lo sobrenatural, siendo capaz de la forma más inesperada de alterar por completo el orden y la jerarquía de la casa en la que fue empleado.

El planteamiento de la historia es bastante extraño: no es suspense, porque en realidad el protagonista no tiene ningún motivo concreto para actuar como actúa. Ni la codicia o la venganza son mencionados, y ni siquiera se sabe nada de su pasado salvo sus referencias como cocinero y algunos conocidos que conserva de la ciudad. Tampoco sería género fantástico porque tecnicamente, no pasa nada sobrenatural...Más bien sería lo kafkiano, la comedia negra e incluso el cuento oscuro, el referente más cercano a la novela.

Precisamente lo indefinido de su situación, con el pueblo imaginario de Cobb y sin más referencias a otros lugares que “la gran ciudad”, además del carácter de Conrad, quien por su presentación, no es un héroe, ni un villano, sino un elemento discordante en la historia, le da un mayor carácter de fábula. En este caso, lo importante es la historia, su carácter extraño e incluso la evolución física del personaje principal, que va modificándose al mismo tiempo que el resto de secundarios. Pero no lo es el detallismo o los datos concretos. Porque para ser un libro sobre un cocinero y lo que hace en la cocina, de su protagonista solo se acaban conociendo tipos de platos: muffins, tostadas, faisán, comida que hace engordar y comida que hace adelgazar. Estas dos últimas, así, tal cual como salen en el libro. Bueno, y también comida especial para gatos, con lo que ya hizo que se ganar mis simpatías desde el primer momento.



Mariana Enriquez. Las cosas que perdimos en el fuego. El titulo del libro corresponde al último de los relatos de una colección de doce, donde la autora cuenta diversas historias de terror de una forma muy particular: sus relatos están muy lejos de los escenarios clásicos, los monstruos y lo abiertamente sobrenatural (salvo algunas excepciones a las que se les podría dar una explicación ambigua), y más cerca del terror cotidiano. El que puede estar a la vuelta de la esquina, en las noticias de un periódico, en un barrio marginal o en la propia mente de sus protagonistas.

Todos los relatos tienen un elemento en común: sus protagonistas son mujeres que de un modo u otro se ven afectadas por la culpa, el miedo o un evento traumático que bien sirve como punto de partida para desarrollar la historia, o bien constituye la narración en sí. Además de utilizar un lenguaje muy cercano, sin florituras, y con el que describe con total frialdad el lado más sórdido de los entornos que se han vuelto habituales en las ciudades, el pasado de Argentina, haciendo referencia con mucha sencillez, como una parte más de la historia de un país, a la dictadura, o aceptando con total serenidad una situación tan anómala como la que se describe en el último relato.

Aunque el nivel de la colección es muy alto, y las historias tan variadas como podían serlo las de Nocturnos de John Connolly, el orden de la presentación ha sido muy acertado: el libro comienza con El chico sucio, donde se describe sin concesiones uno de los barrios más peligrosos de la ciudad donde conviven los edificios más ajados con las antiguas casas señoriales, y donde se presentan, sin avisar, las caras más violentas de la ciudad e incluso la referencia a la Santa Muerte. El cierre, las cosas que perdimos en el fuego, describe una epidemia, por describirlo de alguna forma que comienza a extenderse entre las mujeres del país: las mujeres ardientes, quienes queman su cuerpo voluntariamente sin que acabe quedando claro que se trata de una forma de protesta extrema o el crear un nuevo canon de normalidad. Puede ser por su cercanía algunas veces al realismo sucio, o por tratar el terror de una forma muy poco tópica, pero el libro de Enrique acaba siendo más inquietante que cualquier relato de fantasmas en una rectoría.

jueves, 27 de julio de 2017

Una serie de catastróficas desdichas (2017). Las novelas por entregas actualizadas y parodiadas


Si hay algo que se le puede agradecer a Netflix es que se atreva a sacar cualquier tipo de serie, desde lo más específico (y anda que no están machacando con los anuncios de la serie de luchadoras de Westrling...digo yo, ¿para cuando una sobre funcionarios de Hacienda en los noventa?) hasta lo más geek (y lo bien que me lo pasé con la vuelta de Mystery Science Theater 3000) e incluso recurriendo a adaptar material escrito, donde también tiene un par de ejemplos.



En el caso de Una serie de catastróficas desdichas, los libros no eran ajenos a la pantalla. En 2004 se estrenó una película donde se aprovechaba el histrionismo de Jim Carrey, y su habilidad para ir rebozado en maquillaje, que no llegó a convertirse en franquicia como le pasó a las más afortunadas. Una década después Netflix recuperaba el testigo siendo mucho más ambiciosa: si todo va bien, se guionizarán los doce libros donde se cuentan las desventuras de los hermanos Baudelaire. Una familia formada por Violet, inventora aficionada, Klaus, bibliófilo, y Sunny que...bueno, que es un bebé todavía y su hobby es morder cosas. Quienes pierden a sus padres en un incendio y, tras ser adoptados por el conde Olaf, un siniestro personaje que junto a sus secuaces, pretendía hacerse con la fortuna familiar, pasan por distintos tutores ante la evidente inutilidad de los adultos: desde científicos aficionados a las serpientes pasándo por ex agentes secretas agorafóbidas, e incluso despiadados empresarios. Quienes por algún motivo, son incapaces de ser conscientes de lo que los hermanos Baudelaire descubren desde el primer momento: que el conde Olaf los persigue, oculto tras los disfraces más peregrinos, intentando deshacerse de ellos y de paso conseguir su herencia. Y por si no fuera poco tener que huir de un villano de opereta, sus padres, e incluso su principal enemigo, parecían formar parte de una trama secreta que ellos irán descubriendo.



En el momento de su primera versión, los libros en los que se basaban eran toda una rareza: la historia de estos quedaba muy lejos de lo que podía ofrecer un Harry Potter o una Narnia (la de C. S. Lewis, no mi gata), contando desde el primer momento con una gran vocación paródica y la capacidad de romper la cuarta pared a través de un narrador, Lemony Snicket, que dedicaba su tiempo a explicar lo sucedido y relacionarlo con sus vivencias, convirtiéndose en un personaje más. De hecho, el humor de los libros era bastante sorprendente teniendo en cuenta que en principio estaba dirigido a unos lectores muy jóvenes. Quienes parece un poco difícil que fueran capaces de pillar referencias como muchos de los apellidos y descripciones que había en los libros, y sobre todo, el estilo de estos. Porque las desventuras de sus protagonistas en cierto modo eran un poco una versión cómica de las novelas por entregas donde se seguía a unos personajes que encadenaban desdicha tras desdicha, y donde era imposible que la huérfana, la viuda o el niño perdido pudiera tener tan mala suerte.



La serie adapta a la perfección la idea de los libros, siendo capaces también de añadir al propio Snicket como un personaje más, quien aparece en determinados momentos hablando a la cámara, citando directamente sus párrafos originales. A un planteamiento tan curioso le corresponde, acertadamente, una estética similar: muy marcada por lo anacrónico, donde el mundo parece haberse detenido en una especie de años cincuenta ficticios, y donde los escenarios conservan un aspecto un tanto gótico que, pese a alguna comparación, no tiene nada que ver con Tim Burton. Quizá, por buscarle un parecido, podrían ser más similares a lo que pudo verse en Pushing Daisies, aunque con una visión más oscura y con un humor mucho más negro.



 

La adapción es muy fiel al material original, tanto, que en muchos casos ha conservado para mal su principal defecto: los libros, pasada la sorpresa inicial, caían un tanto en la repetición, consistiendo estos en la llegada de los protagonistas junto a un nuevo tutor, la aparición del villano disfrazado, el desenlace, y vuelta a empezar al siguiente. Donde, también a la tercera o cuarta vez, la aparición del autor explicando términos evidentes a sus lectores pasa de ser graciosa a un tanto tediosa. Y que en la primera temporada, que adapta los cuatro primeros libros, hace muy patente este agotamiento al cuarto capítulo donde el público ha visto repetirse este esquema unas tres veces. En este caso es una suerte que hayan optado por un formato no superior a ocho, porque si llegan a incluir un libro más, sería bastante repetitivo.



En cambio, al trabajar con una serie cerrada, han solucionado de forma bastante hábil un elemento de la trama que, aunque aparecía de forma posterior, era un elemento decisivo. En este caso, en lugar de dedicarse unicamente a repetir el esquema principal de los primeros libros, han ido presentando un argumento secundario, sobre sociedades secretas, agentes y contraespías, que aparece en momentos muy contados, pero que ayuda a sobrellevar en muchos casos lo monótono de algunas situaciones además de aportar una motivación de mayor importancia a los personajes. Dentro de lo que cabe, claro, porque lo cierto es que esta última también está tratada de una forma muy singular, y hace pensar que a saber lo que se encuentran los protagonistas en la segunda temporada.



Una serie de catastróficas desdichas es todo lo que se esperaba de una adapción televisiva: pese a no saber resolver algunos de los defectos del material original, es muy fiel, refleja perfectamente el estilo de los libros, y cuenta, además de con una estética muy adecuada, con un reparto que sorprende para bien: si los protagonistas infantiles son lo que se espera de ellos, o lo que es lo mismo, que sepan actuar y no resulten repelentes, el que brilla en cada aparición es Neil Patrick Harris como Conde Olaf, donde no duda en ofrecer una interpretación de lo más estrafalaria, donde incluso hay guiños bastante inesperados (como presentarse en una escena de una manera tan envarada que recuerda al conde Orlok), hace honor al término “villano de opereta” e incluso se arranca a cantar en más de una ocasión. Un papel que, para quienes sus casi diez años interpretando a Barney Stinson nos daban un poco igual, supone una aparición de lo más divertida.




lunes, 17 de julio de 2017

Obituario: George A. Romero


La misma tarde en la que nos estábamos reponiendo de la noticia sobre el próximo doctor Who (o no. Con tantas pistas sobre una Doctora tampoco era para sorprenderse), se anunciaba, en este caso, un fallecimiento. Que en realidad no tiene nada que ver con televisión, británica o no, sino con el mundo del cine, de la serie b y del terror gracias al cual muchos descubrimos a los zombies modernos.

George A. Romero, según las noticias, fallecía a los 77 años. Una edad no demasiado avanzada según qué estándares (idea que me vino a la cabeza al descubrir que tenía parientes gallegos), pero que a su público nos hace pensar cómo y a qué velocidad han volado los últimos treinta años.  Y que quizá explicara por qué su última película fechara ya de 2009, disfrutando de un merecido retiro.

Sería imposible pensar en el cine de los setenta y los ochenta sin George Romero, del mismo modo que también lo sería sin Wes Craven o John Carpenter. Y aunque su carrera contó con películas memorables, desde adaptar a King con La mitad oscura, adelantarse un poco al cine “de infectados” con The Crazies u homenajear a los comics de la EC con Creepshow, esta estará ligada a la figura del zombie. Fue a partir de La noche de los muertos vivientes cuando este término se separó de su origen mitológico y configuró al que después sería un habitual en el cine posterior, pero también en la cultura popular. Porque, aunque él echara pestes de Guerra Mundial Z y Walking Dead, él era un poco culpable de que hoy pudiéramos disfrutar con ellas. Como también lo era de haber desarrollado, a lo largo de cuatro películas (sé que son seis, pero las dos últimas son tan flojas que vamos a hacernos el avión a su favor), una saga donde se mezclaba esta figura con la de cierta crítica, muy de serie B, a la sociedad y al consumismo. Aunque esto comenzara de forma casi accidental: el protagonista de La noche de los muertos vivientes original, fue elegido simplemente por superar un cásting, sin pretender que hubiera segundas lecturas. Era, como serían después Rick Grimes y compañía, un superviviente. También fue el responsable de darle a sus zombies, porque en el fondo, no podemos pensar en ellos de otra forma, una característica que los definiría posteriormente: lo ambiguo de su origen. Si bien es en esa primera entrega donde jugaba un poco con una explicación de ciencia ficción, posteriormente la descartaría para hacer que estos fueran la amenaza en sí, sin que el motivo de su aparición importara. Algo que resumió perfectamente cuando, en El amanecer de los muertos, un personaje dice “Cuando no quede más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”.
 


Solo por eso, bueno, y por las noches de sus películas emitidas a horas intempestivas en la televisión todavía analógica, por la expectación de poder ver, veinte años después, el estreno en cine de La tierra de los muertos, porque me encantan los zombies, y por haber hecho feliz a sus espectadores, muchas gracias. A él y a Martin Landau, un actor bastante menor (y quizá para los que veíamos la tele en el 2000, conocido por sus doblajes en el Informal), de quien mientras escribía esto, me enteré también de su fallecimiento.

jueves, 13 de julio de 2017

La bella y la bestia (2017). El clásico Disney, versión extendida


A principios de los noventa, Disney tuvo algo parecido a una segunda edad de oro: en realidad muchas productoras querrían estar en sus mejores tiempos como lo estaba esta en los peores, pero durante varias Navidades el estreno de La Sirenita, Aladdin o El rey león eran todo un evento para los más pequeños. Las producciones de esa década son sin duda las más recordadas, y también las más rentables, recurriendo a reestrenos conmemorativos o incluso versiones musicales. Y, con unos medios que hoy consiguen lo que antes era impensable (y para qué negarlo, los que ayer fuimos al estreno andamos hoy con la morriña subida. Cosas de vivir en la Gran Depresión), las versiones en imagen real de los guiones animados también es una fuente de ingresos.



La Bella y la Bestia ha sido una apuesta segura en este caso: se trata de una traslación punto por punto del original en dibujos, al que además de alguna canción a mayores, se le añaden un par de tramas extra que en principio, darían algo más de trasfondo al cuento en que se basó. Bella sigue siendo una joven aldeada amante de los libros, algo muy raro en un pueblo donde toda chica aspira a casarse y donde alguien como Gastón, el cazador más fanfarrón y descerebrado, les parece el mejor partido. Salvo a Bella, que para disgusto de este último, ni el matrimonio ni sus fanfarronadas le atraen lo más mínimo. Su vida cambia cuando, para salvar a su padre, se ofrece como prisionera en el castillo habitado por una horrenda bestia que...y ahora es cuando me pregunto por qué estoy malgastando un párrafo en resumir una historia, que, bien por la propia Disney, bien por el propio cuento, todos conocemos. Y si no, la versión de Cocteau (que también sirvió de inspiración para los dibujos) es una buena forma de descubrirla.



Nunca terminaron de convencerme estos intentos de convertir clásicos de animación en imagen real, principalmente, porque el original funcionaba, lo conocía de sobra, y estas no aportaban más que contar lo mismo en otro formato. Pero al menos para la productora es una apuesta más segura que la de contar la historia desde otra perspectiva, como hacían con Maleficent. Y, si el 101 dálmatas de los noventa acabé viéndolo en casa, lo mismo ha pasado con La Bella y la Bestia. Es un trasvase punto por punto de lo que vimos en los cines en el 91. Uno muy correcto, bien ejecutado y que entretiene tanto como lo hizo la anterior. Pero que no tiene más novedad, salvo el contar con personajes que antes solo habrían sido posibles mediante la animación, como Lumière, Dindon, Chip, que hoy aparecen como un candelabro, un reloj y una taza digitales, entre otros, que conviven con los actores reales en el mismo escenario. Cosa que pueden llevar a cabo sin problemas a nivel infográfico, pero en los que parece que se ha perdido algo: la expresividad de algunos de estos objetos queda muy lejos de la que podía dar, por ejemplo, la animación tradicional a una familia formada por una tetera y una tacita, que aquí resultan algo más planos.

 


El cambio de formato, y también de la forma de producir blockbusters, se nota aquí en un aumento en el metraje: los noventa minutos que entonces eran habituales se estiran ahora a una media hora más, que se cubre con algunos números musicales nuevos (de los que no hay queja, porque actores como Ewan McGregor han demostrado ya defenderse muy bien en este género) o algunas tramas que se incluyen para darle un toque más oscuro en algunos casos, o más cercano a un público adulto que conoce la historia, en algunos momentos. El primer caso no funciona demasiado bien: el trasfondo sobre la infancia de la protagonista no aporta nada novedoso al guión, salvo alargarlo un poco y añadir efectos especiales. El segundo, en cambio, aporta un poco de chispa ofreciendo unos diálogos entre una Bella y Bestia menos ñoños, con más puntos en común con el desarrollo de una pareja en una comedia romántica que la que sería en un cuento de hadas.



Aunque la estética ofrece todo lo que se esperaba, y la mezcla entre los colores más luminososo propios de la animación, y las secuencias más oscuras es efectiva, el reparto se queda como mucho, en cumplidor: aquellos que interpretan a los sirvientes del castillo se limitan a poner su voz como podrían haberlo hecho en la versión de dibujos, y la pareja principal acaba resultando un tanto sosa: es un poco difícil transmitir algo cuando la bestia se pasa toda la película bajo una capa de infografía, y hace añorar aquella peculiar versión en la que Ron Perlman se las apañaba más que bien con un montón de prótesis y maquillaje encima. A Emma Watson, como Bella, no consigo terminar de verla: sus gestos, su actitud y la forma en que lleva al personaje parecen más adecuados para una comedia romántica moderna que para una fábula de fantasía. Sus levantamientos de ceja quedarían bien en la adapción cinematográfica de una novela de Rainbow Rowell, pero el intento de alejarse de la ñoñería de la Bella de los noventa no funciona bien. Se salva en cambio Luke Evans como Gastón el cazador, que sin sobreactuar ni aportar nada especial, sí que hace un personaje más creibe y con más presencia física que el resto.



Para bien o para mal, La bella y la bestia funciona. Algo que se esperaba cuando se cuenta con un guión de eficacia probada, las adapciones necesarias para atraer al público moderno y un reparto que va a gustarle. Se ve, entretiene, pero permanece esa sensación de que esta versión no era necesaria.




jueves, 6 de julio de 2017

Doctor Who (2017). Un comienzo, un final y una renovación


El pasado sábado se emitió el final de la décima temporada del Doctor Who. Décima, si tenemos solo en cuenta su regreso en el 2005, claro. Una temporada que marcaba también dos despedidas: la de Peter Capaldi como duodécimo Doctor y la de Steve Moffat como responsable de la serie. A quienes echaré en falta dado que el primero ha sido mi doctor preferido de toda la etapa nueva, superando a Christopher Eccleston, y el segundo, le ha dado a la serie un estilo que me gustó muchísimo más que el planteado por Russell T. Davies: quizá menos capaz de cerrar todas y cada una de las tramas y detalles minúsculos que aparecen en cada capítulo, pero también más dada al fantástico, a mostrar lo imposible, y por qué no, a lo macabro. Una parte del mundo del Doctor visto por Moffat daba miedo, y ahí estaban los Ángeles, los Silence y los Monjes para demostrarlo.



Esta temporada ha venido marcada por la impresión de ser un comienzo, casi un reboot de las anteriores. Si el especial de Navidad se presentaba a un Doctor en el que Clara Oswald había quedado atrás, y que ahora estaba presente su condición de viudo de River Song (bastante curioso que la relación entre ambos quede fuera de pantalla. David Tennant la conoció por primera vez, Matt Smith se pasó media temporada huyendo de ella y Capaldi parece haber sido su verdadero cónyuge), entre la emisión del 25 de diciembre y el primer capítulo de la temporada parecían haber tenido lugar sucesos bastante importantes. Lo bastante como para que el doctor se haya recluido durante décadas en la tierra, como profesor de una universidad, acompañado por Nardole, el antiguo empleado de River, quien ahora le hace las veces de asistente, acompañante sin viajes y de vigilante en la tarea que ahora el doctor se ha encomendado: guardar una cámara, de la que solo se sabe que parece haber algo peligroso, pero por lo que él siente un profundo respeto. Es Bill Potts, la trabajadora de la cafetería universitaria, quien lo anima, una vez más y para disgusto de Nardole, a retomar desde cero sus viajes. Sin ningún objetivo en concreto, sin ninguna trama pendiente y sin ningún enigma más allá del que ambos encuentran en cada viaje que realizan. Que serán suficientes como para encontrar todo tipo de criaturas, desde alienígenas en el Londres victoriano, hasta una raza capaz de alterar la memoria de toda la humanidad e incluso desvelar qué es lo que se esconde en la cámara que el Doctor guarda.



Es curioso que para ser el final de una etapa, la impresión que de el primer capítulo de la temporada sea la de comenzar una historia: con un Doctor asentado en un escenario concreto, y la presentación de la acompañante nueva, se repasan una vez más los giros y características de la serie y personajes, de forma que al público que los conoce no molesta, aunque quizá lo desconcierte un poco, y sirva para que los espectadores nuevos vayan familiarizándose con una serie que, a fin de cuentas, en su etapa nueva lleva ya doce años en emisión. Y que probablemente también sirva para hacerles llegar en menos tiempo uno de los eventos más propios del personaje, como es la idea de la regeneración de este y la aparición de un nuevo doctor. La intención se nota ya desde que aparece en pantalla el título de ese episodio, nada menos que “piloto”, en referencia tanto a la trama como al estreno de una serie nueva. Esta presentación se hace también con bastantes guiños y bromas a los tópicos de la historia, que el personaje de Bill se encarga de desmontar: la referencia al título de “Doctor Who”, al funcionamiento de la Tardis, a la aparición de determinados enemigos, se plantean con ella de una forma que el público seguramente ha pensado muchas veces.



La nueva acompañante supone también separarse de las características de las anteriores: Amy Pond fue la Chica que Esperó, Clara Oswald la Chica Imposible, todas ellas con un objetivo concreto en la trama que, una vez resuelto, hacía un poco difícil ubicarlas. Bill, simplemente, es un personaje cualquiera, bastante más cercano a Rose Tyler, y que se acerca al Doctor también de una forma muy parecida. Y aunque esta sea la compañera principal, Nardole también tiene un papel importante: si bien durante los primeros capítulos tiene mucha menos presencia, limitándose a ser una especie de nexo entre el escenario principal y la Tardis, acaba convirtiéndose en un habitual en la segunda mitad de la temporada, y aportando un elemento mucho más divertido que el perfil habitual de compañeros: muy lejos del estereotipo de “joven atractiva” de los últimos doce años, cuenta con un conocimiento del Doctor y su entorno que supone una ventaja respecto a otros personajes, además de una vis cómica muy adecuada. Nunca me había convencido Matt Lucas como comediante, quizá porque Little Britain tenía mucha sal gruesa, pero su Nardole es un protagonista de lo más gruñón y entrañable.



También se ha notado la evolución que el Doctor de Capaldi ha sufrido en estos años: frente al personaje más distante, sin apenas empatía de su primera aparición, pasando por alguien que intentaba separarse ante todo de sus versiones anteriores, caracterizado por su guitarra y sus gafas de sol (a veces casi parecía que estaba sufriendo una crisis de madurez) a convertirse en un Doctor como tal, alguien que ante todo, es capaz de sacrificarse por un bien común, sea cual sea, y mucho más compasívo que el de sus primeras apariciones. Pese a haber tenido menos tiempo que los actores anteriores, en el duodécimo doctor ha sido mucho más evidente su evolución como personaje.



Ahora dan risa, pero en el capítulo  es otra cosa.

Los guiones, en cambio, esta temporada han sido un poco irregulares: generalmente con Doctor Who soy muy poco objetiva porque es una serie que me ha acompañado durante muchos años, a la que le tengo un gran cariño, y a la que incluso el capítulo más pasarratos o más flojo me entretiene. Pero en este caso, a menudo se hace evidente que dependen demasiado de ciertos estereotipos: los enemigos más peligrosos se borran de un plumazo mediante una solución que resulta un poco deus ex machina, donde es el carácter o la fortaleza mental de los compañeros del doctor los que salvan el día de una forma que resulta un poco increible. Sobre todo, cuando dedican tiempo a crear unos enemigos con cierta complejidad y que en apariencia, eran lo peor que el Doctor se había encontrado: el caso de los Monjes, salvo una apariencia que seguramente le provoque pesadillas a la próxima generación de niños, se ha quedado en una anécdota. Al final parece que hay que volver a los clásicos, y es en este caso cuando aciertan de pleno. Porque si enemigos como los cybermen habían tenido ya su actualización hace algunos años, ahora Moffat ha sido capaz de rizar el rizo y recuperar a los originales, en aspecto y características: nada menos que los cybermen de los primeros años, con un disfraz tan simple como un pasamontañas y un colador en la cabeza (lo que venía a ser el Doctor Who que conocíamos antes de 2005) se convierten aquí en un material de pesadilla, donde a lo cutre de su aspecto se le da una explicación viable, convirtiéndolos en algo aterrador, y donde se desarrolla el final de temporada que el Doctor merecía.


El final llega retrasando lo que se ha especulado desde la noticia de la despedida de Capaldi: el próximo Doctor sigue siendo un misterio hasta el próximo especial de navidad y despedida definitiva de este y Moffat. Donde ha habido un montón de referencias a la hipótesis regenerarse en una mujer (desde Missy, la nueva versión del Master, hasta que el propio doctor comente que fue vestal en la antigua Roma) y que en realidad, más que un final, es un cliffhanger de cara al cierre de la etapa, que, al menos, promete ser una vuelta de tuerca a un tema que si bien en la etapa clásica era un evento habitual, en la nueva se quedó unicamente como parte del especial del 50 aniversario: el encontrarse dos o más encarnaciones distintas del doctor en un mismo momento. Y, si bien estas no solían funcionar todo lo bien que deberían, siendo más un evento para los fans que otra cosa, en este caso resulta más prometedora: el Doctor, rebelándose una vez más contra su condición, contra el hecho de regenerarse y contra lo que es, se encuentra a sí mismo. Pero literalmente.

jueves, 29 de junio de 2017

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016). Años veinte, cazas de brujas y un zoólogo despistado


Harry Potter fue una de las sagas con más éxito de las que disfrutó el cine el la última década. Con siete libros, y ocho películas gracias a la costumbre pionera de dividir el último en dos partes, fue posible seguir una historia donde el mundo que describía fue aumentando y evolucionando, de forma que una imaginería tan tradicional como magos con varitas y sombreros se transformó en un entorno más oscuro y complejo, creciendo junto a sus protagonistas y sus lectores. Además, el estilo de los libros eran tan sencillo que no me fue difícil ir leyéndolos en muy poco tiempo, o ver las películas a falta de algo mejor en la cartelera. El mundo de Harry Potter, en cambio, no llegó a despertarme demasiado interés, más allá de la curiosidad y por no tener sagas sin terminar (salvo que sean muy aburridas): es una saga que me pilló mayor, y me pareció que el estilo de la narración se había quedado demasiado básico en comparación con el tono de los últimos libros. Por eso tampoco me fascinaba demasiado el mundo que describía la saga, una vez terminada. Y el hacer una película sobre un volumen que consistía en una enciclopedia sobre los animales que viven en él, me hacía sospechar que la idea se quedaría en muchos efectos especiales y poco más para justificar la nueva entrega de una saga más que terminada. El trailer, en cambio, ofrecía algo mucho más atractivo: una estética muy llamativa y un argumento más enrevesado de lo que esperaba.



Animales fantásticos y donde encontrarlos es unicamente el título del libro que Newt Scamander, un zoólogo de criaturas mágicas, escribirá en un futuro. Son los años veinte, y el mundo, de magos y muggles, está muy lejos del que conocería Harry Potter: con una Gran Guerra, en la que participaron ambos, todavía recientes, y una sociedad para la que el respeto a los seres fantásticos es un concepto comprensible todavía, Newt llega a Nueva York en el peor momento posible. Las normas de convivencia entre ambos mundos son muy distintas a las que existen en Inglaterra: separados, y ajenos a la existencia de la magia, salvo por un grupo que se hace llamar Nuevo Salem, y que al igual que sus antepasados, cree que la mejor forma de tratar con la brujería es con fuego. Y en grandes cantidades. Algo que solo puede empeorar cuando, varios de los animales que Newt cuida se escapan, provocando destrozos e incluso alguna muerte. Newt asegura que es algo imposible, dado que estos son inofensivos. Pero también sospecha que el causante se encontraba en la ciudad desde hace tiempo, y que él no es más que un chivo expiatorio para ocultar algo más peligroso.



sta es una película que entra por los ojos. Pero que está también muy lejos de la estética de las primeras de Harry Potter: mucho más sobria, su atractivo recae en plantear el guión en una época pasada, y de momento, no muy explotada en este género, como serían los años veinte, y con todas las posibilidades que ofrece. En su mayor parte, hay menos despliegue de efectos especiales y magia gratuita que en Hogwarts, y la magia se presenta como algo menos artificioso y más integrado en la vida diaria de quienes la emplean. Es curioso que el aspecto tirando a atemporal de las otras entregas, también se mantenga, haciendo que sea evidente que la acción se desarrolla en el siglo pasado, pero que los vestuarios resulten también menos estridentes y menos centrados en la moda que lo que podría haberse visto en una película de época. Pero tanto las secuencias en entornos exteriores como las relacionadas con el mundo de los magos son de lo más apreciable, sin que lleguen a recrearse tanto con ellas como se había hecho hasta entonces. Aparecen lo justo, y son una parte más de la ambientación, aunque eso no impida que situaciones, como un garito ilegal en el que se mueven gangster y duendes sea de los momentos más cuidados de todo el metraje.



Una de las cosas que podría echar para atrás sería el formar parte de una franquicia en concreta, y que en principio parecería difícil el entrar en una historia cuyo trasfondo se desconoce, o que incluso, no interesa. Lo cierto es que esto lo han solucionado muy bien, porque la historia puede seguirse perfectamente sin conocer nada de la serie, haciendo también guiños a cómo el protagonista se pierde al encontrarse con unas referencias y convenciones culturales distintas a la suya. O más bien, lo justito: hoy términos como muggle, o el uso de las varitas, forman parte de la cultura popular como los sables láser de La guerra de las galaxias, de modo que es bastante sencillo entrar en una historia que transcurre en el universo de Harry Potter, pero no es Harry Potter. Hay algunos momentos en los que se descansa en el conocimiento del espectador de determinadas referencias, pero curiosamente, esto sirve para evitar situaciones destinadas a explicar qué es tal o cual cosa que puede comprenderse, o intuirse, perfectamente, haciendo que el guión gane mucho más dinamismo, al no tener que destinarle tiempo a estas exposiciones. Toda una ventaja unida a un reparto ya formado unicamente por adultos, que además de servir de apoyo a la idea de hacer una producción independiente a la franquicia principal, es más que solvente, tanto por el talento de los actores como por cómo han sido escrito sus personajes: la elección de Eddie Redmayne es muy curiosa como protagonista, pero aporta un aspecto despistado y a la vez muy tierno, capaz de aguantar el tipo cuando interactua con efectos digitales e incluso de trasmitir la empatía que su personaje siente por los animales. Y especialmente, el de Jacob Kowalski en su papel de muggle que, si en principio parecía que le iba a tocar hacer de alivio cómico, acaba convirtiéndose en alguien que sirve para aportar cierta empatía con los espectadores que quizá no conozcan la serie y a quien en todo momento, se le caracteriza con bastante sentido común y no con chistes tontos.



Es el guión el que acaba teniendo los fallos propios de una producción que a fin de cuentas, se ha estrenado para extender una franquicia. Este trabaja con dos tramas, por un lado, la situación que viven los personajes en nueva york, un enfoque bastante adulto sobre la intolerancia y el miedo a lo desconocido,y la presentación del que será el antagonista de esta nueva saga. Por otro, la de los animales que se escapan por Nueva York, que sirve para justificar la inclusión de unas cuantas secuencias con efectos digitales y que se ejecuta de una manera bastante torpe: parece un poco difícil que un tipo acostumbrado a moverse entre animales los pierda como si fueran un paraguas, y la insistencia en destinar tiempo a mostrar las persecuciones con efectos especiales hace que detalles más importantes, como nuevo Salem, o la importancia de las habilidades de un personaje, acaben quedándose en una anécdota que unicamente aporta un desenlace.

Animales fantásticos y donde encontrarlos ha sido una buena sorpresa: aunque la idea sea comenzar una nueva saga, esta no cae en la costumbre de ofrecer un final abierto de cara a consolidar las continuaciones, sino que funciona perfectamente como una película independiente. Además, su planteamiento, pese a compartir universo, queda ya muy lejos de Harry Potter. Quizá esté pensada como una nueva saga para unos fans que ya han crecido, pero la idea al menos ha funcionado.

jueves, 22 de junio de 2017

Bedeviled (2017). Samsung patrocina esta película


A menudo un salto teconlógico trae consigo nuevos miedos. A lo desconocido, a los peligros que puede conllevar, o simplemente, una desconfianza irracional. Bueno, En realidad esto se aplica más a las innovaciones recientes, porque no es que haya por ahí ninguna ficción sobre lavadoras diabólicas ni microondas sentientes (aunque sí una película bastante divertida sobre cortinas de ducha). Las últimas han sido las redes sociales, que, con más de diez años de presencia, comienzan a acumular sus propias ficciones y leyendas. Los creepypastas, o incluso el hecho de que muchas cuentas de facebook inactivas pertenezcan a gente fallecida hacen que estas también tengan su hueco en lo sobrenatural. Solo hace falta echarle un poco de imaginación al asunto para que hasta una aplicación de móvil sirva también como punto de partida para un guión de terror. O que al menos, lo intente.



Bedeviled comienza con un grupo de amigos reunidos tras el funeral de uno de ellos. Una chica joven, sana, que inesperadamente ha fallecido de un infarto. Poco después comienzan a recibir notificaciones desde su movil para instalar una nueva aplicación, que movidos por la nostalgia, o quizá por una curiosidad malsana, descargan. Esta no parece ser otra cosa que un sistema similar a Siri, capaz de efectuar llamadas, encender electrodomésticos e incluso darles un rato de conversación...hasta que esta va tomando un cariz siniestro: Mr. Bedevil, poco más que una voz en sus teléfonos, parece conocer todo sobre ellos, especialmente, sus mayores fobias, ser capaz de convertirlos en algo real y quizá al igual que su amiga, matarlos de miedo.



Salvo por el recurso de emplear una tecnología tan cotidiana como un teléfono y una aplicación, el desarrollo no resulta demasiado original. Es más, la película es tremendamente predecible y el tema de la aplicación malvada es solo un macguffin. Uno que podría haber sido sustituído por cualquier otro acto anodino, como ver un determinado canal o asistir a un sitio concreto. Y que se desarrolla de forma igualmente tópica: un grupo con las características típicas de toda cinta de terror (el deportista, el empollón, la guapa y la protagonista), una progresión de sustos donde se alternan la aparición de monstruos de verdad y los sobresaltos falsos, y una revelación sobre la naturaleza de lo que los persigue. Que también es bastante general, mezclando un poco de galimatías científico sobre las comunicaciones digitales, un demonio sacado de la manga, o de otra dimensión, y unas apariciones que hacen sospechar que la idea es convertir al tal Mr Bedevil en el protagonista de alguna franquicia, como su carácter indestructible y un poco cojonero, y un rasgo distinttivo, que sería una pajarita roja. Que no le llega ni a la suela del zapato al jersey a rayas de Freddy Krueger, vamos. Espero que solo fuera una coincidencia, porque el bicho no termina de funcionar: si el tema de su aparición está llevado de una forma bastante torpe, el aspecto de este tampoco. Los otros monstruos que aparecen en pantalla acaban teniendo mejor potencial que él, pero no es dificil: un fantoche que parece un cruce entre el Joker clásico y el malo de Quien engañó a Roger Rabbit queda bastante lejos de las creaciones más interesantes de los últimos años.


 
¿Por qué tendría que dar miedo Linda Blair bailando breakdance?

Además del exceso de tópicos, el guión cae a menudo en situaciones ridículas. Que la supuesta aplicación empiece haciendo funcionar electrodomésticos y hablando con los protagonistas como si nada (y lo que es peor, que estos le den palique aún cuando todavía creen que es un programa informático), que los temores que toman forma física vayan de lo interesante a lo torpe, como la figura de un familiar muerto, o un oso de peluche feo, y sobre todo, que estos se limiten a tratarse de una manera muy básica, como una forma de sacar unos cuantos maquillajes y asegurar el mínimo de sustos en hora y media. O que la forma de mostrar que el monstruo es indestructible es haciendo que este repare magicamente una pantalla de móvil ¿Eso da miedo? ¡Pero si es fantástico! ¡Es el mejor invento desde los protectores de cristal templado!. No hay al final ningún matiz a nivel narrativo en el concepto de miedo, salvo esa aproximación infantil que hace que la película acabe siendo un recuento de escenas de terror típicas.


Listos, listos, no son. Pero sí una monada

Al menos, hay una cosa a favor: los protagonistas, pese a lo tópico, no molestan. Se intentó en la medida de lo posible que estos parecieran, dentro de los clichés, estudiantes normales, que no cayeran en el ridículo ni con rasgos irritantes que hicieran esperar el próximo asesinato. Poco más hay, porque los encargados de interpretarlos, además de pasarse al menos siete años de la edad de unos personajes que van al instituto, son de lo más soso y desganado que puede verse. Tampoco es que el nivel de la producción necesitara un registro amplio, pero estos resultan bastante desganados y poco más hacen que ponerle una cara bonita a los protagonistas.


Lo mejor que se puede decir de Bedeviled es que sirve para pasar el rato. Y que se salva mucho por no caer en el cliché de hacer protagonistas desagradables, aunque esto sería ya el último tópico que les faltaría por hacer aparecer. Lo peor, es que he tenido que darme un poco de prisa a la hora de escribir sobre ella, porque esta es poco más que un pasarratos, algo para ver una tarde donde el calor aprieta y da pereza hasta coger el mando a distancia.






jueves, 15 de junio de 2017

Regreso al laberinto. Segundas partes nunca fueron buenas. Y a veces son incluso peores.


Muchas veces nos encontramos con una buena historia, perfectamente cerrada y cuyo autor ha contado en ella todo lo que quería. Algo que, como lectores o espectadores, aceptamos aunque más de una vez tengamos la tentación de querer saber qué pasa después. Con los protagonistas, con lo que les ha pasado, o con el mundo en el que viven. A veces esa secuela llega, para bien o para mal, y no siempre es lo que se esperaba. El autor ha evolucionado y no ve las cosas de la misma forma que entonces. O peor: este ha fallecido y de la tarea se encarga un equipo distinto, cuyas ideas poco o nada tienen que ver con la original o que vienen pautadas por los actuales propietarios de los derechos. Algo que desgraciadamente sucedió con los dos largometrajes de Jim Henson, que vieron una continuación en cómic que por suerte no tuvo demasiada repercusión fuera del formato gráfico.



Regreso al laberinto continúa una década después de que Sarah salvase a su hermano pequeño del laberinto creado por Jareth, el rey de los goblins. Esta ha cambiado mucho desde entonces, siendo una adulta que ha olvidado sus fantasías infantiles mientras que Toby, ahora un adolescente, es vigilado de cerca por Jareth, quien tiene a Toby como su protegido vigilándolo muy de cerca en el mundo de los humanos. Pero ahora el rey de los goblins ha desaparecido, y Toby es reclamado para tomar el lugar del anterior soberano en un momento muy complicado: tras años de ser protegido por los goblins, este se ha vuelto un adolescente egoísta. Y en el mundo de los goblins hay otros personajes, como la reina Mizumi, que pretende hacerse con el trono vacante. Además de una joven goblin que oculta su rostro tras una máscara y que parece esconder un importante secreto sobre el laberinto.


El planteamiento de la película de Henson no daba mucha cancha a ninguna continuación. Al menos, en lo que era su principal trama, el paso de su protagonista hacia la madurez y la responsabilidad. Pero, al igual que en el final de esta, los goblins, el laberinto y los amigos de Sarah, permanecen. Podría haber ahí una posible continuación, al menos quedándose solo con la parte fantástica, las aventuras, y no la metafórica. Algo que decidieron explotar para un guión y un comic que en conjunto, da la impresión de ser un sacacuartos repartido en tres tomos.



La elección del dibujo resulta muy arbitraria: los diseños de Henson, y los dibujos de Brian Froud, nada tienen que ver con la estética manga que se ha elegido como soporte gráfico. El haber escogido un estilo tan concreto y a la vez, tan alejado del material original, huele un poco a chamusquina. Parece que la idea proviene del estudio de mercado previo, donde la estadística demostró que un porcentaje de los fans de la película que comprarían una continuación son también aficionados al anime (algo así como la versión manga de Pesadilla antes de Navidad). Pero también esa elección resulta un tanto engañosa: si bien el primer tomo se anuncia con una cuidada ilustración donde aparecen Toby y Jareth con un aspecto bastante lánguido y melancólico, el resto nada tiene que ver con la portada: las cubiertas y el comic se encargaron a personas distintas, y en el caso del último, a un tipo cuyas habilidades artísticas son bastante flojas. Si ya es un estilo donde a los personajes se les reconoce a veces por cuestión de fe y por mencionar mucho sus nombres, el dibujo de Chris Lie no alcanza los estándares profesionales minimos ofreciendo unas lineas muy simples, a veces patosas, unos rasgos que no pasan de ser lo que podría dibujar cualquier aficionado al manga en sus primeros pasos, y emborronando el resto con tramas grises para aparentar algo de profundidad. Hay dibujantes aficionados con bastante más talento y recursos que el que pueden verse en estas páginas.



La impresión de ser un trabajo de aficionados también se hace muy evidente en el guión: los personajes principales están ahí, o al menos, en su mayoría. Porque a las pocas páginas el guionista decide sacar de escena a los creados por Henson, apenas viendo nada de Ludo, Sir Didymus, Ludo o Hoggle, para darle protagonismo a los creados por el: un hada minúscula con un traje de dominatrix, y un bichejo peludo que en realidad es una copia de Ludo en miniatura. Aunque tal y como avanza la narración, casi se agradece que los originales se quedaran fuera de este. Porque el resto, al igual que el dibujo, no pasa de ser un poco un fanfic. Uno con muchos capítulos y una trama enrevesada, pero que se separa completamente de las normas y el universo que había sido el Laberinto que conocieron sus espectadores. Donde cada vez aparecen más elementos fuera de lugar, como esa antagonista llamada Mizumi o sus hijas, disfrazadas un poco de lolitas góticas. O, donde se intenta dar coherencia y expandir el mundo de Henson, algo que este no necesitaba...Aunque esto último no es culpa del guión, sino que es un mal típico de las secuelas prefabricadas. Por lo que no es muy adecuado ponerlo como una queja, porque el lector sabe que se arriesga a algo así.



Regreso al Laberinto parece el resultado de un estudio de mercado hecho a medias y donde el presupuesto disponible se fue en los responsables de llevarlo a cabo en lugar de a los artistas encargados de hacer el comic. Con un estilo de dibujo cuya única excusa parece ser que “a los jóvenes de hoy les gusta el manga” y una historia enrevesada para justificar cuatro tomos, no llega ni a ser algo anecdótico o una lectura entrañable, sino una sin la cual podría haberse pasado perfectamente. Y tras la que dan ganas de revisar el final de la película para quedarse con mejor sabor de boca.

miércoles, 7 de junio de 2017

Aitor Solar: La fuente de las tinieblas. Algo huele a podrido en Fontenebra


Además de haber una cantidad asombrosa de obras derivadas de Lovecraft, desde hace algún tiempo tambiéne s mucho más fácil acceder a ellas. No solo por las facilidades de compra o, ejem, "acceso completamente legal a través de vías de descarga autorizadas", ejem, sino porque los mitos ya no son patrimonio exclusivo del idioma inglés y muchos autores se han lanzado a hacer su propia versión, my lejos de las calles y puertos de Nueva Inglaterra. La idea es muy de agradecer en un género donde, igual que los zombies, tiende a estancarse  en tópicos y escenarios muy concretos. A Aitor Solar se le pasó lo mismo por la cabeza, y decidió que sus relatos también versarían sobre los Mitos de Cthulhu, pero en una ambientación tan cercana y conocida para el lector como lo pudo ser Providence para Lovecraft.

La fuente de las tinieblas es un conjunto de cuentos  cuyo subtítulo de "relatos suburbanos de los Mitos de Cthulhu" establece el punto de partida común de todos ellos: historias independientes entre sí, pero que comparten universo y probablemente, el momento en que suceden, caracterizadas por tener lugar en Fontenebra, una ciudad cualquiera donde suceden cosas muy extrañas. Pero que por su escasa repercusión en el exterior no pasan de ser noticias en el periódico local con una explicación racional. Dnde un artista local pretende emular a Pickman, el pintor de Boston, o un incendio en una discoteca causado por una invocación accidental de una criatura primordial. TAmbién es un lugar donde los profundos sobreviven a un entorno contaminado como pueden (pero no nos engañemos, siguen siendo igual de fastidiados que los de H. P. L. ), donde el fin del mundo es una custión de percepción y donde, tal vez algunas de las cosas que suceden sean solo contadas desde el punto de vista de alguien que ha leído demasiados cuentos de terror.



EN el prólogo el autor establece su idea de modernizar estas historias, hacerlas más cercanas a sus lectores y alejarlas de los escenarios que se han visto mil veces en Arkham Horror. Algo bastante ambicioso pero que consigue en su mayor parte gracias a la sencillez con la que lo afronta, el cariño y conocimiento que tiene de la obra de Lovecraft, y sobre todo, porque su escenario y el planteamiento de los relatos son todo un acierto.

En un momento dado describe Fontenebra como "un antiguo pueblo turístico reconvertido a aborto de ciudad dormitorio", un lugar que con esos datos, podría ser cualquiera: desde una ciudad dormitorio como tal, hasta una capital de provincia. Y esta amplitud hace que los escenarios sean muy próximos: han pasado casi diez años desde el comienzo de la crísis y en todos los núcleos urbanos son visibles sus consecuencias. Zonas que no han llegado a urbanizarse, áreas recreativas abandonadas, urbanizaciones sin servicios mínimos y polígonos industriales en desuso, que se convierten en un entorno adecuado para ocultar cualquier trama sobrenatural.

La aproximación que hace en cada relato también es muy curiosa: opta por no dar más nombre qu eel de la ciudad, y los protagonista en todos los casos permanecen anónimos. Ninguno de ellos tiene nombre y se limitan a vivir en primera persona cada uno de los episodios aislados que componen en libro, aunque en algún momento se hagan referencias a los eventos que se han narrado con anterioridad. Estos, en conjunto, más que originales, son una aproximación moderna a temas conocidos, pero realizados con bastante ingenio y en algunos casos, con muy mala idea, siendo más que terror, un humor negro muy sutil. El mejor ejemplo es el emplear el tema de las adopciones internacionales para hacer una referencia a los tcho-tcho, una de las razas malvadas por excelencia de los Mitos, sin concesiones a la corrección política y sin más intención que convertir lo familiar en terrorífico.

En algunos casos, los Mitos pesan demasiado. Es un poco raro considerarlos un defecto tratándose de una antoloía lovecraftiana, pero los cuentos funcionaban al hacer menciona a monstruos que el lector conoce, sin decir lo que estos son, en lugar de acercarse demasiado a las normas propias del pastiche. Los más sutiles son mucho más efectivos y creíbles que aquellos donde esta coherencia se rompe por situaciones un poco de manual, o que se hacen muy forzadas: como una pareja con el síndrome de Diógenes  que se declara adoradora de un dios con más consonantes que vocales (y al que mencionan sin pasar ningún apuro) o donde un personaje dice que encontró un ejemplar del Cultes des Goules en la biblioteca municipal. Seguramente estaría al lado de los temarios de oposiciones. Es un lugar tan bueno como cualquier otro.

La fuente de las tinieblas no va a revolucionar el género. Son relatos un tanto anecdótico que circulan por caminos conocidos, pero tampoco era su intención aportar algo novedoso, sino el modernizar un poco  un tipo de horror que hoy es un clásico y a veces, como le pasa a estos clásicos, un poco trillado y necesitado de nuevas aproximaciones. .Algo que en este caso consigue, con un estilo muy fluido, muy cercano y que no pretende emular a Lovecraft. Donde es curioso ver lo sobrenatural deambulando (o más bie, escondiéndose) en una ciudad de lo más normalito: Fontenebra puede ser cualquier sitio.

martes, 30 de mayo de 2017

Ghost in the Shell (2017). Manga, cyberpunk y androides conflictuados


Aunque los setenta fueron el primer contacto de España con el mundo del anime, no fue hasta los noventa cuando se volvió algo grande. El estreno anterior de Akira, y sobre todo, los pases en las televisiones autonómicas de Dragon Ball abrieron un campo nuevo que las editoriales y las distribuidoras de vídeo aprovecharon. Y que, según algunos alarmados padres, llenaron las estanterías de sus hijos con chicas de ojos y tetas grandes. Masamune Shirow fue entonces el autor del manga en que se basó uno de los animes más populares dentro del género cyberpunk. Pero pese a la popularidad que el anime adquiriría posteriormente, es un estilo que siempre se caracterizó por parecer bastante inaccesible a los no aficionados, pero también por ofrecer cierto atractivo en cuanto a temas y oportunidades de adapción: un remake, o una versión cinematográfica hecha en Hollywood, que ofreciera una aproximación más sencilla para atraer a un mayor público...aunque a los estudios les diera por adquirir los derechos de las obras más complejas. Y, si mientras la idea de una película sobre el manga de Akira sigue un poco en el limbo, fue Shirow el que acabó contando con una producción de imagen real.



Ghost in the Shell explora un tema muy popular dentro de la ciencia ficción y el cyberpunk como es un futuro donde los implantes cibernéticos y las mejoras son una realidad, y donde una corporación ha conseguido dar el siguiente paso: crear una entidad robótica a partir de un cerebro humano. O lo que es lo mismo, dotar de alma, o espíritu, a un cascarón creado artificialmente. Mira Killian, gravemente herida en un ataque terrorista, es salvada por la corporación Hanka, o al menos, lo que quedó de ella: su cuerpo ha sido fabricado por ellos y como tal, su funcionamiento es similar al de un ordenador o una máquina. Capaz de recargarse, reparar las piezas dañadas de su cuerpo e incluso de introducir su mente en el programa de otros robots, Mira dirige un grupo especial dedicado a detener a criminales informáticos a la vez que, sin apenas recuerdos de su vida anterior, se plantea la realidad de su condición humana y comienza a experimentar distintos fallos en su sistema: imágenes y sonidos que no deberían estar ahí y que parecen ecos de su pasado o de algo que no existió. Y que suponen todavía más dudas durante su misión más compleja: encontrar a un criminal que uno por uno, ha ido eliminando a los científicos que participaron en su creación.



Antes de su estreno se habló mucho de la elección del reparto y la controversia que supuso un elenco occidental, especialmente su protagonista, en un guión con personajes originalmente orientales. Pero también de la fidelidad que la película pudiera tener con el anime original. Sin entrar demasiado en ese conflicto, la solución que dan al personaje de Scarlett Johansson resulta muy ingenioso y le da un matiz interesante a la idea del científico que juega a ser dios y a crear un ser humano a la carta. En el caso de la segunda, al no haber leído el comic ni visto la versión animada, me quedo unicamente con lo que supone la de imagen real.



Lo más reseñable en este caso es la estética. Con un colorido en muchos casos sorprendente para lo que era la tendencia en los últimos años, y sobre todo, un tanto retro. Porque en ese sentido, el futuro cyberpunk que se presenta es el que se ilustraba en la fecha de salida del guión original, de los ochenta y noventa, donde la norma eran ciudades de alturas imposibles, de autopistas que las rodean, y sobre todo, de neón y hologramas que ocupan cada espacio libre (citando a la frase de los abuelos cabreados en esas fechas: en el futuro deben ser todos de FENOSA), pero también de los distritos más pobres, con una arquitectura más sucia pero igual de caótica. Incluso la protagonista muestra un par de veces una cazadora bomber que bien pudo ser fortuita, pero que también es muy propia de esos años. La idea general hace recordar a la ambientación que podría haber ofrecido una película de hace un par de décadas, de haber contado con los medios suficientes. Seguramente, Johhny Mnemonic habría contado con unos escenarios parecidos.



A esa ambientación también se ha evitado darle una localización concreta: si originariamente era en Japón, aquí no se llega a mencionar explicitamente, y esa impresión de que podría ser cualquier lugar cosmopolita, o que las fronteras se han convertido en algo difuso, se potencia con un reparto de lo más variado: desde Scarlett Johansson hasta Juliette Binoche en el papel de doctora Ouelet, pasando por el actor danés que interpreta a Batou, su compañero de equipo, e incluso a Takeshi Kitano quien aparece hablando en japonés durante toda la película y que en general, no consigue transmitir nada de su personaje salvo recitar diálogos. Algo que también se achaca al resto: si bien la protagonista tiene su disculpa por ser en principio un personaje caracterizado por una actitud neutra, los demás no parecen tener demasiado carácter salvo las frases y explicaciones que aportan en los momentos puntuales. Se salva, de nuevo, por la caracterización exterior y el diseño de vestuarios, ya que en su mayoría consiguen ser similares a sus versiones animadas, y en algunos casos, tener una estética un tanto de cómic, sin que esta resulte exagerada ni de la impresión de ser un cosplay caro.



En la película acaba ganando la parte visual, bien por los escenarios o bien por el diseño de sus protagonistas, porque el guión acaba quedándose en una reducción un tanto simple: un grupo de personajes que resuelven una trama que se veía venir desde el principio, esto es, que la corporación de turno no era trigo limpio y que a la protagonista solo le habían contado lo que les interesaba. Y que finalmente se resuelve con el mismo simplismo, a base de que nadie piense las consecuencias de lo planteado: todo el mundo se pone en marcha para salvar a la protagonista en el último momento, disparar al malo, y no volver a mencionar cualquiera de los elementos que habían ido apareciendo en la trama. De golpe, las complicaciones sobre el hombre y la máquina se olvidan para terminar rápido y bien antes de los créditos.

Ghost in the Shell no ha resultado una mala película: se defiende perfectamente en una duración razonable sin aturullar con las escenas de acción, ofrece una estética un poco más novedosa respecto de lo que solía verse y consigue cerrar bien la historia. Pero también a costa de simplificarse mucho a partir de su segunda mitad. Funciona, pero tampoco va a ser la producción definitiva sobre la robótica y sus consecuencias.

Este es un blog cat-friendly

Este es un blog cat-friendly
...Por si quedaba alguna duda