Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 22 de junio de 2017

Bedeviled (2017). Samsung patrocina esta película


A menudo un salto teconlógico trae consigo nuevos miedos. A lo desconocido, a los peligros que puede conllevar, o simplemente, una desconfianza irracional. Bueno, En realidad esto se aplica más a las innovaciones recientes, porque no es que haya por ahí ninguna ficción sobre lavadoras diabólicas ni microondas sentientes (aunque sí una película bastante divertida sobre cortinas de ducha). Las últimas han sido las redes sociales, que, con más de diez años de presencia, comienzan a acumular sus propias ficciones y leyendas. Los creepypastas, o incluso el hecho de que muchas cuentas de facebook inactivas pertenezcan a gente fallecida hacen que estas también tengan su hueco en lo sobrenatural. Solo hace falta echarle un poco de imaginación al asunto para que hasta una aplicación de móvil sirva también como punto de partida para un guión de terror. O que al menos, lo intente.



Bedeviled comienza con un grupo de amigos reunidos tras el funeral de uno de ellos. Una chica joven, sana, que inesperadamente ha fallecido de un infarto. Poco después comienzan a recibir notificaciones desde su movil para instalar una nueva aplicación, que movidos por la nostalgia, o quizá por una curiosidad malsana, descargan. Esta no parece ser otra cosa que un sistema similar a Siri, capaz de efectuar llamadas, encender electrodomésticos e incluso darles un rato de conversación...hasta que esta va tomando un cariz siniestro: Mr. Bedevil, poco más que una voz en sus teléfonos, parece conocer todo sobre ellos, especialmente, sus mayores fobias, ser capaz de convertirlos en algo real y quizá al igual que su amiga, matarlos de miedo.



Salvo por el recurso de emplear una tecnología tan cotidiana como un teléfono y una aplicación, el desarrollo no resulta demasiado original. Es más, la película es tremendamente predecible y el tema de la aplicación malvada es solo un macguffin. Uno que podría haber sido sustituído por cualquier otro acto anodino, como ver un determinado canal o asistir a un sitio concreto. Y que se desarrolla de forma igualmente tópica: un grupo con las características típicas de toda cinta de terror (el deportista, el empollón, la guapa y la protagonista), una progresión de sustos donde se alternan la aparición de monstruos de verdad y los sobresaltos falsos, y una revelación sobre la naturaleza de lo que los persigue. Que también es bastante general, mezclando un poco de galimatías científico sobre las comunicaciones digitales, un demonio sacado de la manga, o de otra dimensión, y unas apariciones que hacen sospechar que la idea es convertir al tal Mr Bedevil en el protagonista de alguna franquicia, como su carácter indestructible y un poco cojonero, y un rasgo distinttivo, que sería una pajarita roja. Que no le llega ni a la suela del zapato al jersey a rayas de Freddy Krueger, vamos. Espero que solo fuera una coincidencia, porque el bicho no termina de funcionar: si el tema de su aparición está llevado de una forma bastante torpe, el aspecto de este tampoco. Los otros monstruos que aparecen en pantalla acaban teniendo mejor potencial que él, pero no es dificil: un fantoche que parece un cruce entre el Joker clásico y el malo de Quien engañó a Roger Rabbit queda bastante lejos de las creaciones más interesantes de los últimos años.


 
¿Por qué tendría que dar miedo Linda Blair bailando breakdance?

Además del exceso de tópicos, el guión cae a menudo en situaciones ridículas. Que la supuesta aplicación empiece haciendo funcionar electrodomésticos y hablando con los protagonistas como si nada (y lo que es peor, que estos le den palique aún cuando todavía creen que es un programa informático), que los temores que toman forma física vayan de lo interesante a lo torpe, como la figura de un familiar muerto, o un oso de peluche feo, y sobre todo, que estos se limiten a tratarse de una manera muy básica, como una forma de sacar unos cuantos maquillajes y asegurar el mínimo de sustos en hora y media. O que la forma de mostrar que el monstruo es indestructible es haciendo que este repare magicamente una pantalla de móvil ¿Eso da miedo? ¡Pero si es fantástico! ¡Es el mejor invento desde los protectores de cristal templado!. No hay al final ningún matiz a nivel narrativo en el concepto de miedo, salvo esa aproximación infantil que hace que la película acabe siendo un recuento de escenas de terror típicas.


Listos, listos, no son. Pero sí una monada

Al menos, hay una cosa a favor: los protagonistas, pese a lo tópico, no molestan. Se intentó en la medida de lo posible que estos parecieran, dentro de los clichés, estudiantes normales, que no cayeran en el ridículo ni con rasgos irritantes que hicieran esperar el próximo asesinato. Poco más hay, porque los encargados de interpretarlos, además de pasarse al menos siete años de la edad de unos personajes que van al instituto, son de lo más soso y desganado que puede verse. Tampoco es que el nivel de la producción necesitara un registro amplio, pero estos resultan bastante desganados y poco más hacen que ponerle una cara bonita a los protagonistas.


Lo mejor que se puede decir de Bedeviled es que sirve para pasar el rato. Y que se salva mucho por no caer en el cliché de hacer protagonistas desagradables, aunque esto sería ya el último tópico que les faltaría por hacer aparecer. Lo peor, es que he tenido que darme un poco de prisa a la hora de escribir sobre ella, porque esta es poco más que un pasarratos, algo para ver una tarde donde el calor aprieta y da pereza hasta coger el mando a distancia.






jueves, 15 de junio de 2017

Regreso al laberinto. Segundas partes nunca fueron buenas. Y a veces son incluso peores.


Muchas veces nos encontramos con una buena historia, perfectamente cerrada y cuyo autor ha contado en ella todo lo que quería. Algo que, como lectores o espectadores, aceptamos aunque más de una vez tengamos la tentación de querer saber qué pasa después. Con los protagonistas, con lo que les ha pasado, o con el mundo en el que viven. A veces esa secuela llega, para bien o para mal, y no siempre es lo que se esperaba. El autor ha evolucionado y no ve las cosas de la misma forma que entonces. O peor: este ha fallecido y de la tarea se encarga un equipo distinto, cuyas ideas poco o nada tienen que ver con la original o que vienen pautadas por los actuales propietarios de los derechos. Algo que desgraciadamente sucedió con los dos largometrajes de Jim Henson, que vieron una continuación en cómic que por suerte no tuvo demasiada repercusión fuera del formato gráfico.



Regreso al laberinto continúa una década después de que Sarah salvase a su hermano pequeño del laberinto creado por Jareth, el rey de los goblins. Esta ha cambiado mucho desde entonces, siendo una adulta que ha olvidado sus fantasías infantiles mientras que Toby, ahora un adolescente, es vigilado de cerca por Jareth, quien tiene a Toby como su protegido vigilándolo muy de cerca en el mundo de los humanos. Pero ahora el rey de los goblins ha desaparecido, y Toby es reclamado para tomar el lugar del anterior soberano en un momento muy complicado: tras años de ser protegido por los goblins, este se ha vuelto un adolescente egoísta. Y en el mundo de los goblins hay otros personajes, como la reina Mizumi, que pretende hacerse con el trono vacante. Además de una joven goblin que oculta su rostro tras una máscara y que parece esconder un importante secreto sobre el laberinto.


El planteamiento de la película de Henson no daba mucha cancha a ninguna continuación. Al menos, en lo que era su principal trama, el paso de su protagonista hacia la madurez y la responsabilidad. Pero, al igual que en el final de esta, los goblins, el laberinto y los amigos de Sarah, permanecen. Podría haber ahí una posible continuación, al menos quedándose solo con la parte fantástica, las aventuras, y no la metafórica. Algo que decidieron explotar para un guión y un comic que en conjunto, da la impresión de ser un sacacuartos repartido en tres tomos.



La elección del dibujo resulta muy arbitraria: los diseños de Henson, y los dibujos de Brian Froud, nada tienen que ver con la estética manga que se ha elegido como soporte gráfico. El haber escogido un estilo tan concreto y a la vez, tan alejado del material original, huele un poco a chamusquina. Parece que la idea proviene del estudio de mercado previo, donde la estadística demostró que un porcentaje de los fans de la película que comprarían una continuación son también aficionados al anime (algo así como la versión manga de Pesadilla antes de Navidad). Pero también esa elección resulta un tanto engañosa: si bien el primer tomo se anuncia con una cuidada ilustración donde aparecen Toby y Jareth con un aspecto bastante lánguido y melancólico, el resto nada tiene que ver con la portada: las cubiertas y el comic se encargaron a personas distintas, y en el caso del último, a un tipo cuyas habilidades artísticas son bastante flojas. Si ya es un estilo donde a los personajes se les reconoce a veces por cuestión de fe y por mencionar mucho sus nombres, el dibujo de Chris Lie no alcanza los estándares profesionales minimos ofreciendo unas lineas muy simples, a veces patosas, unos rasgos que no pasan de ser lo que podría dibujar cualquier aficionado al manga en sus primeros pasos, y emborronando el resto con tramas grises para aparentar algo de profundidad. Hay dibujantes aficionados con bastante más talento y recursos que el que pueden verse en estas páginas.



La impresión de ser un trabajo de aficionados también se hace muy evidente en el guión: los personajes principales están ahí, o al menos, en su mayoría. Porque a las pocas páginas el guionista decide sacar de escena a los creados por Henson, apenas viendo nada de Ludo, Sir Didymus, Ludo o Hoggle, para darle protagonismo a los creados por el: un hada minúscula con un traje de dominatrix, y un bichejo peludo que en realidad es una copia de Ludo en miniatura. Aunque tal y como avanza la narración, casi se agradece que los originales se quedaran fuera de este. Porque el resto, al igual que el dibujo, no pasa de ser un poco un fanfic. Uno con muchos capítulos y una trama enrevesada, pero que se separa completamente de las normas y el universo que había sido el Laberinto que conocieron sus espectadores. Donde cada vez aparecen más elementos fuera de lugar, como esa antagonista llamada Mizumi o sus hijas, disfrazadas un poco de lolitas góticas. O, donde se intenta dar coherencia y expandir el mundo de Henson, algo que este no necesitaba...Aunque esto último no es culpa del guión, sino que es un mal típico de las secuelas prefabricadas. Por lo que no es muy adecuado ponerlo como una queja, porque el lector sabe que se arriesga a algo así.



Regreso al Laberinto parece el resultado de un estudio de mercado hecho a medias y donde el presupuesto disponible se fue en los responsables de llevarlo a cabo en lugar de a los artistas encargados de hacer el comic. Con un estilo de dibujo cuya única excusa parece ser que “a los jóvenes de hoy les gusta el manga” y una historia enrevesada para justificar cuatro tomos, no llega ni a ser algo anecdótico o una lectura entrañable, sino una sin la cual podría haberse pasado perfectamente. Y tras la que dan ganas de revisar el final de la película para quedarse con mejor sabor de boca.

miércoles, 7 de junio de 2017

Aitor Solar: La fuente de las tinieblas. Algo huele a podrido en Fontenebra


Además de haber una cantidad asombrosa de obras derivadas de Lovecraft, desde hace algún tiempo tambiéne s mucho más fácil acceder a ellas. No solo por las facilidades de compra o, ejem, "acceso completamente legal a través de vías de descarga autorizadas", ejem, sino porque los mitos ya no son patrimonio exclusivo del idioma inglés y muchos autores se han lanzado a hacer su propia versión, my lejos de las calles y puertos de Nueva Inglaterra. La idea es muy de agradecer en un género donde, igual que los zombies, tiende a estancarse  en tópicos y escenarios muy concretos. A Aitor Solar se le pasó lo mismo por la cabeza, y decidió que sus relatos también versarían sobre los Mitos de Cthulhu, pero en una ambientación tan cercana y conocida para el lector como lo pudo ser Providence para Lovecraft.

La fuente de las tinieblas es un conjunto de cuentos  cuyo subtítulo de "relatos suburbanos de los Mitos de Cthulhu" establece el punto de partida común de todos ellos: historias independientes entre sí, pero que comparten universo y probablemente, el momento en que suceden, caracterizadas por tener lugar en Fontenebra, una ciudad cualquiera donde suceden cosas muy extrañas. Pero que por su escasa repercusión en el exterior no pasan de ser noticias en el periódico local con una explicación racional. Dnde un artista local pretende emular a Pickman, el pintor de Boston, o un incendio en una discoteca causado por una invocación accidental de una criatura primordial. TAmbién es un lugar donde los profundos sobreviven a un entorno contaminado como pueden (pero no nos engañemos, siguen siendo igual de fastidiados que los de H. P. L. ), donde el fin del mundo es una custión de percepción y donde, tal vez algunas de las cosas que suceden sean solo contadas desde el punto de vista de alguien que ha leído demasiados cuentos de terror.



EN el prólogo el autor establece su idea de modernizar estas historias, hacerlas más cercanas a sus lectores y alejarlas de los escenarios que se han visto mil veces en Arkham Horror. Algo bastante ambicioso pero que consigue en su mayor parte gracias a la sencillez con la que lo afronta, el cariño y conocimiento que tiene de la obra de Lovecraft, y sobre todo, porque su escenario y el planteamiento de los relatos son todo un acierto.

En un momento dado describe Fontenebra como "un antiguo pueblo turístico reconvertido a aborto de ciudad dormitorio", un lugar que con esos datos, podría ser cualquiera: desde una ciudad dormitorio como tal, hasta una capital de provincia. Y esta amplitud hace que los escenarios sean muy próximos: han pasado casi diez años desde el comienzo de la crísis y en todos los núcleos urbanos son visibles sus consecuencias. Zonas que no han llegado a urbanizarse, áreas recreativas abandonadas, urbanizaciones sin servicios mínimos y polígonos industriales en desuso, que se convierten en un entorno adecuado para ocultar cualquier trama sobrenatural.

La aproximación que hace en cada relato también es muy curiosa: opta por no dar más nombre qu eel de la ciudad, y los protagonista en todos los casos permanecen anónimos. Ninguno de ellos tiene nombre y se limitan a vivir en primera persona cada uno de los episodios aislados que componen en libro, aunque en algún momento se hagan referencias a los eventos que se han narrado con anterioridad. Estos, en conjunto, más que originales, son una aproximación moderna a temas conocidos, pero realizados con bastante ingenio y en algunos casos, con muy mala idea, siendo más que terror, un humor negro muy sutil. El mejor ejemplo es el emplear el tema de las adopciones internacionales para hacer una referencia a los tcho-tcho, una de las razas malvadas por excelencia de los Mitos, sin concesiones a la corrección política y sin más intención que convertir lo familiar en terrorífico.

En algunos casos, los Mitos pesan demasiado. Es un poco raro considerarlos un defecto tratándose de una antoloía lovecraftiana, pero los cuentos funcionaban al hacer menciona a monstruos que el lector conoce, sin decir lo que estos son, en lugar de acercarse demasiado a las normas propias del pastiche. Los más sutiles son mucho más efectivos y creíbles que aquellos donde esta coherencia se rompe por situaciones un poco de manual, o que se hacen muy forzadas: como una pareja con el síndrome de Diógenes  que se declara adoradora de un dios con más consonantes que vocales (y al que mencionan sin pasar ningún apuro) o donde un personaje dice que encontró un ejemplar del Cultes des Goules en la biblioteca municipal. Seguramente estaría al lado de los temarios de oposiciones. Es un lugar tan bueno como cualquier otro.

La fuente de las tinieblas no va a revolucionar el género. Son relatos un tanto anecdótico que circulan por caminos conocidos, pero tampoco era su intención aportar algo novedoso, sino el modernizar un poco  un tipo de horror que hoy es un clásico y a veces, como le pasa a estos clásicos, un poco trillado y necesitado de nuevas aproximaciones. .Algo que en este caso consigue, con un estilo muy fluido, muy cercano y que no pretende emular a Lovecraft. Donde es curioso ver lo sobrenatural deambulando (o más bie, escondiéndose) en una ciudad de lo más normalito: Fontenebra puede ser cualquier sitio.

martes, 30 de mayo de 2017

Ghost in the Shell (2017). Manga, cyberpunk y androides conflictuados


Aunque los setenta fueron el primer contacto de España con el mundo del anime, no fue hasta los noventa cuando se volvió algo grande. El estreno anterior de Akira, y sobre todo, los pases en las televisiones autonómicas de Dragon Ball abrieron un campo nuevo que las editoriales y las distribuidoras de vídeo aprovecharon. Y que, según algunos alarmados padres, llenaron las estanterías de sus hijos con chicas de ojos y tetas grandes. Masamune Shirow fue entonces el autor del manga en que se basó uno de los animes más populares dentro del género cyberpunk. Pero pese a la popularidad que el anime adquiriría posteriormente, es un estilo que siempre se caracterizó por parecer bastante inaccesible a los no aficionados, pero también por ofrecer cierto atractivo en cuanto a temas y oportunidades de adapción: un remake, o una versión cinematográfica hecha en Hollywood, que ofreciera una aproximación más sencilla para atraer a un mayor público...aunque a los estudios les diera por adquirir los derechos de las obras más complejas. Y, si mientras la idea de una película sobre el manga de Akira sigue un poco en el limbo, fue Shirow el que acabó contando con una producción de imagen real.



Ghost in the Shell explora un tema muy popular dentro de la ciencia ficción y el cyberpunk como es un futuro donde los implantes cibernéticos y las mejoras son una realidad, y donde una corporación ha conseguido dar el siguiente paso: crear una entidad robótica a partir de un cerebro humano. O lo que es lo mismo, dotar de alma, o espíritu, a un cascarón creado artificialmente. Mira Killian, gravemente herida en un ataque terrorista, es salvada por la corporación Hanka, o al menos, lo que quedó de ella: su cuerpo ha sido fabricado por ellos y como tal, su funcionamiento es similar al de un ordenador o una máquina. Capaz de recargarse, reparar las piezas dañadas de su cuerpo e incluso de introducir su mente en el programa de otros robots, Mira dirige un grupo especial dedicado a detener a criminales informáticos a la vez que, sin apenas recuerdos de su vida anterior, se plantea la realidad de su condición humana y comienza a experimentar distintos fallos en su sistema: imágenes y sonidos que no deberían estar ahí y que parecen ecos de su pasado o de algo que no existió. Y que suponen todavía más dudas durante su misión más compleja: encontrar a un criminal que uno por uno, ha ido eliminando a los científicos que participaron en su creación.



Antes de su estreno se habló mucho de la elección del reparto y la controversia que supuso un elenco occidental, especialmente su protagonista, en un guión con personajes originalmente orientales. Pero también de la fidelidad que la película pudiera tener con el anime original. Sin entrar demasiado en ese conflicto, la solución que dan al personaje de Scarlett Johansson resulta muy ingenioso y le da un matiz interesante a la idea del científico que juega a ser dios y a crear un ser humano a la carta. En el caso de la segunda, al no haber leído el comic ni visto la versión animada, me quedo unicamente con lo que supone la de imagen real.



Lo más reseñable en este caso es la estética. Con un colorido en muchos casos sorprendente para lo que era la tendencia en los últimos años, y sobre todo, un tanto retro. Porque en ese sentido, el futuro cyberpunk que se presenta es el que se ilustraba en la fecha de salida del guión original, de los ochenta y noventa, donde la norma eran ciudades de alturas imposibles, de autopistas que las rodean, y sobre todo, de neón y hologramas que ocupan cada espacio libre (citando a la frase de los abuelos cabreados en esas fechas: en el futuro deben ser todos de FENOSA), pero también de los distritos más pobres, con una arquitectura más sucia pero igual de caótica. Incluso la protagonista muestra un par de veces una cazadora bomber que bien pudo ser fortuita, pero que también es muy propia de esos años. La idea general hace recordar a la ambientación que podría haber ofrecido una película de hace un par de décadas, de haber contado con los medios suficientes. Seguramente, Johhny Mnemonic habría contado con unos escenarios parecidos.



A esa ambientación también se ha evitado darle una localización concreta: si originariamente era en Japón, aquí no se llega a mencionar explicitamente, y esa impresión de que podría ser cualquier lugar cosmopolita, o que las fronteras se han convertido en algo difuso, se potencia con un reparto de lo más variado: desde Scarlett Johansson hasta Juliette Binoche en el papel de doctora Ouelet, pasando por el actor danés que interpreta a Batou, su compañero de equipo, e incluso a Takeshi Kitano quien aparece hablando en japonés durante toda la película y que en general, no consigue transmitir nada de su personaje salvo recitar diálogos. Algo que también se achaca al resto: si bien la protagonista tiene su disculpa por ser en principio un personaje caracterizado por una actitud neutra, los demás no parecen tener demasiado carácter salvo las frases y explicaciones que aportan en los momentos puntuales. Se salva, de nuevo, por la caracterización exterior y el diseño de vestuarios, ya que en su mayoría consiguen ser similares a sus versiones animadas, y en algunos casos, tener una estética un tanto de cómic, sin que esta resulte exagerada ni de la impresión de ser un cosplay caro.



En la película acaba ganando la parte visual, bien por los escenarios o bien por el diseño de sus protagonistas, porque el guión acaba quedándose en una reducción un tanto simple: un grupo de personajes que resuelven una trama que se veía venir desde el principio, esto es, que la corporación de turno no era trigo limpio y que a la protagonista solo le habían contado lo que les interesaba. Y que finalmente se resuelve con el mismo simplismo, a base de que nadie piense las consecuencias de lo planteado: todo el mundo se pone en marcha para salvar a la protagonista en el último momento, disparar al malo, y no volver a mencionar cualquiera de los elementos que habían ido apareciendo en la trama. De golpe, las complicaciones sobre el hombre y la máquina se olvidan para terminar rápido y bien antes de los créditos.

Ghost in the Shell no ha resultado una mala película: se defiende perfectamente en una duración razonable sin aturullar con las escenas de acción, ofrece una estética un poco más novedosa respecto de lo que solía verse y consigue cerrar bien la historia. Pero también a costa de simplificarse mucho a partir de su segunda mitad. Funciona, pero tampoco va a ser la producción definitiva sobre la robótica y sus consecuencias.

lunes, 22 de mayo de 2017

Kong: Skull Island (2017). La isla de los monstruos


Si hay un guión que resulte difícil trasladar a la época actual sería el de King Kong: ya el remake en 2005 optaba por servirse del mismo escenario que el original, quizá porque cada vez cuesta más el creerse que haya una isla que no se pueda localizar por Google Earth, y que, por desgracia, hoy el monete no tendría un asalto. Y, habiéndose filmado uno hace tan poco tiempo, la idea de volver a hacer otra versión de la misma historia no parecía demasiado llamativa. Y menos cuando esta parece funcionar solo con un estilo muy añejo y una aproximación tan inocente como la que podría realizarse en los años treinta. Un enfoque distinto fue lo que hizo que la premisa pareciera más atractiva que los guiones vistos antes: si los escenarios exóticos y el viaje a un entorno extraño habían sido solo una pequeña parte de la trama, ahora se convierten en la principal. O lo que es lo mismo: si el mono no va a Nueva York, Nueva York se va a ver al mono.



Pero en La isla de la Calavera tampoco puede esperarse un entorno moderno, sino que se retrocede unas décadas atrás, durante los años setenta en pleno final de la guerra de Vietnam. Donde un grupo de científicos son acompañados por un comando militar hacia una expedición en la que descubrir un nuevo ecosistema. Este, oculto hasta entonces por una nube de tormentas eléctricas, es realmente un lugar lleno de seres desconocidos, pero también peligroso. En el que la mayor amenaza parece ser un gigantesco simio que ha atacado a los soldados y contra el que el jefe de estos comienza a desarrollar una enemistad casi obsesiva, pero donde también hay criaturas más peligrosas que este e incluso algún aliado.



La idea de olvidarse de los escenarios más recordados, y tópicos del King Kong original, acaba funcionando muy bien: en lugar de una película de estilo pulp dedicada a recrear la estética y el vestuario de los años treinta, esta deriva hacia una producción de aventuras en un entorno desconocido para los personajes, trama que en realidad es muy cercano al género durante esa época. Giros como el recurrir a islas remotas, especies desconocidas y tribus perdidas en el medio de la nada, donde un grupo de investigadores o soldados de fortuna deben sobrevivir, tiene en realidad muchos elementos en común con el pulp. Aunque el entorno temporal escogido para el guión sea muy posterior,



En cierto modo, el plantearlo en una época más asociada al cine bélico o los dramas sociales aporta cierta novedad, al no estar tan trillado, y sobre todo, es todo un alivio a la hora de evitar problemas de credibilidad que podrían darse de haber elegido una ambientación contemporánea: retirado cualquier sistema de localización y comunicación moderno, es mucho más sencillo el hacer que el público vaya aceptando el sentido de lo desconocido en el que se basa un poco el guión. Esta idea de “los setenta” se mantiene bastante bien no solo en lo más visible como los vestuarios o el atrezzo, sino en la paleta de colores que se emplea: todos ellos son muy apagados, en tonos terrosos que recuerdan un poco a las producciones bélicas y donde ni si quiera las tomas de la isla deslumbran por brillo, sino que resultan muy oscuras, con el tono un poco amenazador que realmente debería tener un entorno hostil. Y donde, por suerte, los efectos especiales son algo necesario y no un alarde: si hay que sacar un mono gigante y unos bichos no catalogados por la ciencia, la infografía es una parte más. Como también lo son las secuencias de acción, las de pelea o las de huida, teniendo en realidad las que cuentan con presencia humana mucho más peso que los meros efectos. Por una vez, la impresión que produce es que la duración es la adecuada y a las peleas entre dos efectos infográficos se les ha dedicado el tiempo justo.



Teniendo en cuenta que gran parte del guión transcurre en un escenario muy alejado de cualquier referencia temporal, esa misma idea de mostrar una década concreta resulta algo machacona al comienzo: los primeros momentos son en gran parte imágenes de archivo, de menciones a Vietnam, a Nixon, clips de música y cierta fijación en enfocar todo lo que sea tecnología analógica. De modo que la presentación de la narración y los personajes se ve acompañada por un montón de tomas de teléfonos de horquilla, transistores y cámaras reflex que resultan un poco incomprensibles. O más bien, que parecen pensadas para mostrar a los espectadores nacidos en los noventa que hubo una época en la que los teléfonos tenían cable y no había internet.



Esta tendencia en mostrar las cosas de forma demasiado evidente también se nota demasiado en los personajes, especialmente en los antagonistas: desde el primer momento se les muestra con ganas de disparar a todo lo que se mueva, empeñándose en acabar con lo que les ha atacado para defenderse y en general, recurriendo a trucos bastante simples para que no se les tenga la más mínima simpatía en cuanto estos empiecen a caer como moscas. Que quede claro que no solo son malos, sino que lo disfrutan. Se salva un poco en este caso el papel interpretado por Samuel L. Jackson, pero solo por comparación respecto a los anteriores, ya que este acaba siendo una mezcla un poco extraña entre militar de película sobre Vietnam pasado de vueltas y el capitán Ahab. John Goodman, como científico, acaba teniendo muy poco peso, y de los protagonistas, Tom Hiddleston y Brie Larson, lo mejor que se puede decir es que al menos esta vez se han ahorrado cualquier subtrama romántica, y que si funcionan es por el buen hacer de los actores, porque acaban resultando bastante neutros. Mejor suerte corre el secundario que sirve como enlace entre la isla y los protagonistas, un personaje a medio camino entre el necesario para aportar explicaciones y el cómico que en realidad, resulta muy efectivo: de todos los que aparecen, acaba resultando el más cercano y aquel que se gana más el afecto del público.

Kong: la isla de la Calavera, consigue ser lo que pretendía: una película de aventuras, con un poco de historia, menos estandarizada que otras producciones y donde la duración y los efectos especiales no aturullan. Pero que tampoco se escapa al afán por serializar todo lo que se estrene en un cine: las escenas post-créditos acaban anunciando que, si todo va bien, King Kong no va a ser el único gigante que aparezca en las pantallas sino que va a ser parte de una nueva serie de blockbusters. El poder escapar de universos comunes, expandidos y franquicias varias cada vez es más difícil.

jueves, 11 de mayo de 2017

Laird Barron: El rito. Tradición oral, horrores cósmicos y pérdidas de memoria a corto plazo


Laird Barron fue posiblemente el mejor descubrimiento con el que cerré el año pasado. Un libro fue suficiente para que su particular mezcla de pulp, género negro y terror sobrenatural me convenciera para continuar con quien se le puede considerar como un autor lovecraftiano de pleno derecho. Y al que por el momento, es difícil encontrar en un idioma distinto al inglés, porque en España solo se tradujo su segunda novela. Que por otro lado, es una muestra de su hacer tan buena, e incluso más redonda, de lo que supuso su primera novela.



El rito es una relato fragmentado. Algo que el lector casi tiene que hilar a partir de un prólogo, donde se revela la verdad sobre el cuento de Rumpelstinskin, de las historias que traen consigo cada uno de los conocidos de la familia Miller, un matrimonio formado por un geólogo y una antropóloga, y sobre todo, por lo que el propio Donald Miller ha olvidado a lo largo de su vida o le han hecho olvidar. Concretamente lo que sucedió durante un viaje a México con su esposa en los años sesenta, cuando esta desapareció sin dejar rastro durante varias horas. A partir de entonces, determinados momentos de su vida lo pondrán en contacto con una realidad insospechada: una conspiración iniciada hace milenios por criaturas desconocidas que su entorno insinúa conocer desde hace tiempo. A la que algunos de sus antepasados se enfrentaron y le advirtieron, y que parece estar estrechamente relacionada la familia de su esposa. Y que, en algún momento determinado, llegó a presenciar sin que en su mente quedara más rastro que la de una pesadilla y, quizá a modo de advertencia, el miedo a acercarse a determinados lugares.



Barron llevaba varios años escribiendo relatos antes de comenzar con las novelas, pero sigue notándose que el formato más breve es donde se encuentra más comodo. Ninguna de las dos escritas son especialmente extensas, lo que es un acierto porque solo serviría para hacer más evidentes algunos de sus defectos: y es que es bastante difícil que llegue a narrar una trama de forma lineal sin irse por las ramas con un flashback o explicando los antecedentes de determinados personajes. Algo que se hace muy presente en esta novela, donde más que una linea principal, existe una trama deslabazada, casi compuesta por retazos que, en algunos casos, sirven para componer un mosaico completo y hacer que el lector, junto al protagonista, que se pasa medio libro con su memoria hecha unos zorros, tenga una visión de conjunto de lo que ha sucedido..y de a donde quería llegar la histora. Al menos, es para lo que sirven una parte de estas. Porque el resto en realidad casi son historias independientes sobre personajes que van y vienen, de los que podría saberse meno o nada sin que la narración se resintiera. Pero, que por su brevedad, se acaban disfrutando esos incisos donde se conocen a personajes tan particulares como un tipo con la nariz de cobre, o donde apenas se llegan a intuir las posibles aventuras que el abuelo del protagonista vivió y que no llegó a contarle. En cierto modo, es una forma de narrar muy errática, donde la salva principalmente la brevedad del libro y que, salvo por tratarse de una historia escrita, es muy similar a cómo podría contarla alguien en una taberna: con unas situaciones que casi parecen imposibles, y muchas divagaciones que no van a ninguna parte hasta que el narrador decide volver a su relato inicial.


La tradición habla de la serpiente Uróboros. En España tenemos la pescadilla que se muerde la cola y Laird Barron, la Hermandad de la vieja sanguijuela

Sería injusto decir que Barron es un escritor lovecraftiano como único aspecto positivo. Él tiene su propio estilo, y en muchos aspectos, muy alejado de los protagonistas pasivos y angustiados de Lovecraft. Tiene en común con él una visión del horror donde el ser humano apenas está de paso en un universo poblado de seres para los que estos no son nada. Pero mientras el primero insistía en que Cthulhu apenas se enteraba de la presencia de los humanos, los Hijos de la Vieja Sanguijuela creados por Barron disfrutan de lo lindo atormentando a aquellos que tienen la desgracia de encontrarlos. En cierto modo, son la versión en matón de los Primigenios, y no dudan en marear a los protagonistas, e incluso explicar su presencia de una forma mucho más sencilla. Lejos de adjetivos y términos vagos, se recurre a una explicación un poco más de campo, pero tan evocadora como “esconderse en las profundidades de la tierra y en los confines de la realidad” y en la que se sirve de manera muy hábil de la tradición oral y la mitología para explicar su presencia a lo largo de los siglos.



El rito es una novela con los pies un poco más en la tierra, y mejor ejecutada, de lo que lo fue la primera (que sigue pareciéndome la mar de excesiva y divertida), donde a veces la estructura de la narración hace que sea un poco difícil seguir el hilo, convirtiéndose esto bien en un defecto propio, o en una característica típica de su autor. Pero sin que esto impida que Barron se muestre como un narrador muy válido y con una visión del fantástico que no se encuentra a menudo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Catwoman (2004). Cualquier parecido con el original es pura coincidencia


Aunque ahora cualquier película de superhéroes (bueno, parece que los de DC lo están teniendo un poquito más crudo) tenga papeletas para salir bien y recaudar, es una tendencia reciente. No hace falta irse hasta los noventa donde algunas adapciones se hicieron como buenamente pudieron, sino hace solo una década una película acabó siendo, medio en broma medio en serio, el ejemplo de lo que no debe hacerse con un personaje de comic. Ya entonces tuve bastante con algún estreno un poco decepcionante, y entonces el tema de los superhéroes no me interesaba mucho. Por lo que no llegué a ver la película de Hale Berry que habían recibido bastantes críticas. Tampoco esperaba quedarme a verla en un pase de televisión, pero antes de poder coger el mando, dos gatas se me habían sentado en el regazo impidiendo todo movimiento. Aún ahora sospecho que esa semana la película del sábado la eligieron Sabela y Narnia...



La Catwoman que vimos en cine no es Selina Kyle, sino Patience, una apocada ilustradora publicitaria que trabaja para una firma de cosméticos. Tan apocada, que es un poco extraño que su jefe llegue a darse cuenta de su existencia para dedicarse a echarle broncas monumentales. En realidad esto es más bien porque él es el malo oficial de la película: no contento con gestionar a su plantilla de una forma bastante arbitraria, pretende lanzar al mercado un cosmético provoca graves lesiones cutáneas y una completa dependencia de su uso para evitarlo. Tras descubrir accidentalmente lo que el producto estrella de la empresa oculta, Patience es atacada por orden de sus jefes y dada por muerta. Es a partir de entonces cuando su vida sufrirá una trasformación: despierta, sin recordar lo sucedido, rodeada de gatos, comprobando que sus sentidos y su agilidad han se han agudizado como los de un felino. A partir de entonces empleará sus nuevas habilidades para actividades tan dispares como descubrir que es lo que pasó esa noche, vengarse de sus asesinos...y cambiar totalmente su estilismo.



Pese a tener los derechos del personaje de DC, la adaptación es muy libre. Tanto, que en realidad se trata del origen del personaje en cuestión, del que solo tiene en común el nombre, y donde no aparece Gotham, Batman ni una sola mención a cualquier otro elemento de los comics. Algo que en realidad no es negativo, sino una aproximación distinta, y bastante arriesgada, a una supervillana o heroína con mucha historia a sus espaldas. En realidad, el problema viene de ser una producción donde parece que el equipo puso todo su esfuerzo en que esta fuera lo peor que pudiera estrenarse.



Vista hoy, la película cuenta con todos los defectos típicos del cine de esa década: un montaje de secuencias de acción demasiado acelerado y un poco de videoclip, una banda sonora que machaca a base de piezas de rythm and blues electrónico, unos estilismos que pretenden ser modernos y que hoy desentonan tanto como las hombreras y la laca de los años ochenta, y un total abuso de los efectos digitales. Tan presentes que llegan a generar con ellos secuencias que podrían haberse filmado de forma artesanal, y es que ver a unos gaticos generados por ordenador hace que se me caiga el alma a los pies. O, donde directamente, las acrobacias de la protagonista son sustituidas por infografías que saltan, rebotan y hacen piruetas en lugar de esta o de su doble. Y que, como muchas películas de presupuesto alto de esa década que cometieron el mismo error, hoy chirrían o dan un poco de vergüenza ajena.


 
No sé si estoy viendo una de superhéroes o una comedia romántica

El guión tampoco ayuda. No es tanto por la premisa, que perfectamente podría haber sido una empresa de chocolates malvada, y habría funcionado igual, sino por la ejecución. Esta consiste un montón de tópicos y lugares comunes hilados para contar una historia que no aporta mucho, de los que se van echando mano cuando hace falta: no llega a quedar claro si es una historia de venganza, porque la protagonista parece bastante feliz con su nueva condición superheróica, ni de villanos, porque solo es en el último momento en el que se inventan propiedades inverosímiles para justificar que el antagonista final dure más de lo que debería (en este caso, la crema mutante del principio genera piel de acero e insensibilidad al dolor. O que se te derrita la cara. Lo que necesite el guionista en cada caso) ni de evolución de la protagonista, porque en realidad, no existe.

 
Vamos a poner gatetes que es a lo que vinimos

Hale Berry estaba en un buen momento durante esa época, después de haber interpretado a Tormenta en dos entregas de X- Men, y su elección como protagonista parecía prometedora o una apuesta segura. Pero tal y como la conciben, esta pasa de ser una mosquita muerta a moverse literalmente como una gata, que es practicamente a lo que destinan sus apariciones como Catwoman. Una heroína a la que en este caso le dan un origen sobrenatural, directamente vinculado al arquetipo del felino, y cuya trasformación tratan en algunos momentos de manera cómica, con una protagonista colocándose con nébeda o bufando a un perro, y lo ridículo. Que más o menos es el resto: poses pretendidamente sexys, secuencias destinadas a verla caminar, un par de maullidos y juegos de palabras con “purr” que dan vergüenza ajena y uno de los trajes más absurdos e injustificados que se pudieron conseguir para cualquier héroe basado en un comic. Porque no hay nada más confortable para moverse por los tejados que un sujetador con correas de cuero y unos pantalones de campana con tacones. Mientras tanto, Sharon Stone probablemente se pregunta como ha podido pasar de su carrera en los noventa a acabar ahí, y el resto de secundarios, se limita a aparecer y cumplir su parte del guión.



El desastre que supuso Catwoman acaba por no serlo tanto por su alejamiento del original del comic sino por tratarse de una película muy floja. Un enfoque donde aparentemente nada podía salir mal hasta que acabó por verse en pantalla el resultado, como también pasó con Van Helsing ese mismo año. Aunque al menos en la primera salían un montón de gaticos.




jueves, 27 de abril de 2017

Lecturas de la semana. Qué raro es todo...


"Ahí estás de nuevo leyendo cosas raras" es una de las frases que más a menudo he escuchado. Y que más me costaba entender porque el nivel de extrañeza no es un baremo objetivo: Ni M. R. James, ni Lovecraft, ni Terry Pratchett tienen por qué ser raros, ni la trilogía Millenium la norma (me voy a este ejemplo porque desde entonces no he vuelto a saber lo que se está vendiendo), ni al contrario. En cambio, si hay escritores que se salen de de la norma o de las lecturas habituales. Las historias de Thomas Ligotti son extrañas. La forma que tiene Jean Ray de entender el pulp también es extraña. El mundo de Gormenghast es de lo más desconcertante y el multiverso de Michael Moorcock también tiene sus momentos. Y los dos libros de esta semana también van sobrados de rareza...pero también los hace todo un descubrimiento.



Laird Barron. The Beautiful Thing that awaits us All. Con una primera novela donde se mezcla la narrativa pulp con las peleas ilegales, los agentes del gobierno y los Primigenios, Barron hacía quedar claro su estilo, y que un poco como Robert E. Howard, era lo que había: un tipo de terror muy visual y directo, pero también un tanto increíble y en el que se mezclaban influencias muy variadas. En esta colección de relatos abarca unos cuantos escenarios más y aunque las criaturas y situaciones que aparecen no son nuevas, este las adapta a su propio estilo, que en este caso, resultan bastante exóticas por lo concreto de cada ambientación. No hay un nexo común entre los cuentos, ni por temática ni por universo compartido, sino que estos pueden ir desde un caso de magia negra en la America rural de los años 20, hasta su propia versión de la licantropía, muy basada en los mitos de los nativos, pasando por una revisión muy sangrienta a los cuentos de hadas tradicionales e incluso una parodia sobre los escritores de terror modernos.

La recopilación termina mostrando una visión un poco más amplia de sus intereses de lo que podían hacer una novela, y estableciendo también los puntos fios y preferenias del autor. Pero también sus defectos: su tendencia a las tramas deslabazadas y  perderse demasiado narrando los antecedentes de personajes secundarios, que, aunque sean fascinantes, hace difícil volver a coger el hilo de la trama principal una vez se ha interrumpido para explicar a dos, tres o cinco personajes. En cierto modo, estas no son otras que sus características como el narrador de un tipo de historias donde a menudo, lo importante no es lo que iba a contar según el texto de contraportada, sino el cómo se detiene en cada una de los escenarios, y en cada uno de los personajes, que componen sus libros.



Stefan Grabinski. El demonio del movimiento. Un desconocido para mí hasta que Valdemar anunció que publicaría sus relatos. A partir de ahí resultó que además de considerarlo el Poe polaco, Thomas Ligotti era admirador suyo y que  sus relatos tenían en común con él la atmósfera de pesadilla y los personajes aislados de la sociedad. Pero, si los de Ligotti se caracterizan por la presencia de marionetas (como elemento terrorífico, y sobre todo como metáfora), los de Grabinski, al menos en esta colección, lo hacen por tener como elemento en común los trenes.

Estos están presentes a lo largo del libro, en unas historias que transcurren en estaciones, en máquinas o en vagones de tren y donde sus personajes principales son maquinistas, jefes de estación, pasajeros. Todos ellos afectados de una manera u otra por lo que el tren representa en cada caso: la necesidad de permanecer en movimiento, la huída, y también lo sobrenatural presentado de las formas más variadas. De las cuales, la más común es la presencia contínua del movimiento: un maquinista obsesionado con la necesidad de evitar las rutas circulares, un pasajero poseído por el "demonio del movimiento" que le obliga a emprender viajes hacia cualquier lugar, o las historias de terror, ciertas o no, que los empleados de la compañía ferroviaria cuentan entre ellos durante sus guardias.

Al menos este primera recopilación ha sido todo un descubrimiento: por lo poco visto de sus escenarios, por el estilo tan propio de entreguerras que emplea el autor (el libro se publicó en 1919), y por la sorpresa de haber encontrado a un autor nuevo, aunque hubieran pasado casi 100 años desde que sus textos vieran la luz.

jueves, 20 de abril de 2017

Golpe en la Pequeña China (1986). Como dice Jack Burton en ocasiones como estas...



Los ochenta fueron una buena época para el fantástico y la serie B, y gran parte de ello se debe al trabajo que desempeñó entonces John Carpenter. Durante esa década su producción fue de lo más variada, desde el terror gracias a La cosa y La niebla, la ciencia ficción y el cine de acción...e incluso a las películas “de chinos” de toda la vida. O más bien, a las de Fu Manchú y las de artes marciales con los mismos medios, pero más ingenio, de las que estas disponían.



Golpe en la Pequeña China transcurre en la Chinatown de San Francisco (me quedo con el nombre en inglés porque en castellano barrio chino es otra cosa, y no es plan de que me de la risa floja mientras escribo), donde Jack Burton, un camionero deslenguado, chuleta y de buen corazón, como todo héroe de acción que se precie, acompaña a su amigo a recoger a su prometida al aeropuerto. A partir de ese momento, con la irrupción de una de las muchas bandas que controlan la zona, y el secuestro de la joven, comienza una sucesión de situaciones enloquecidas: guerras de mafias a golpe de machete y artes marciales, magia negra y un malvado hechicero que ansía cumplir una profecía según la cual, casarse con una chica de ojos verdes lo librará de una maldición milenaria y le permitirá alcanzar el poder necesario para dominar el mundo.





Pese a no ser una comedia, la película no se toma en serio en ningún momento. El guión casi sirve para hilar secuencias de acción entre una explicación y otra, que sirvan al menos para saber quien es cada personaje o qué planes tiene el villano. Y tampoco es que dediquen demasiado tiempo a explicar las motivaciones de cada uno, ni cómo funciona la sociedad en Chinatown, sino que son las imágenes que hablan por si solas, a través de luchas de las tríadas en plena calle, burdeles, y magos que surgen de la nada, sorprendiendo tanto a un protagonista que se pasa la primera mitad del guión igual de desconcertado que espectador. Tampoco es que se eche demasiado en falta el trasfondo porque ese ritmo tan acelerado es muy adecuado para una historia que precisamente funciona por esa sensación de situaciones atropelladas, que no dan tiempo a pensar. Pero esa consciencia de lo alocado de cada una de las situaciones también proporciona una sensación muy marcada de ser un homenaje a la nostalgia que despertaba un género también marcado a menudo por la falta de coherencia, de ser un humor en realidad muy matizado por este factor, y no de tratarse de una verdadera falta de seriedad.



Es también la nostalgia la que hace que hoy, lo que más se recuerde de la historia sean también los personajes y algunos de sus diálogos. En especial, el Jack Burton interpretado por Kurt Russell, quien en esa época apareció en gran parte de la filmografía de Carpenter y que aquí encaja a la perfección el papel de caradura no muy brillante, pero también entrañable. Y también el que aporta la visión más pragmática a una historia donde mientras el resto de personajes hablan de magia, demonios y profecías, él se preocupa de los aspectos más mundanos, como el repartir estopa y sobre todo, recuperar su camión, un elemento muy secundario al principio de la película pero que también es un rasgo que define al personaje. Este contrasta con el de Lo Pan, quien reúne las características y manías propias de un villano desde los tiempos del Emperador Ming: ante todo, casarse con la chica. Y un poco sacado de la manga, dominar el mundo. Así, sin que quede muy claro, y porque lo dice un secundario. Lo que no supone un punto de coherencia en el guión pero sí irónico y referencial sobre este tipo de antagonistas. Haya sido intencionado o no.



Acostumbrado a trabajar con muy pocos medios, los escenarios pasan de ser unos planos generales en exteriores y en Chinatown a unos decorados aprovechados al máximo: casi toda la acción transcurre en restaurantes, almacenes, sótanos y una cámara donde abundan la decoración propia de un restaurante chino e incluso una enorme calavera de corchopán que se derrumba entre un despliegue de rayos y efectos de sonido de lo más simples. Tampoco faltan los maquillajes y los monstruos manejados de forma mecánica, de los que precisamente su carácter artesanal hace que estos efectos envejezcan mucho mejor que los CGI empleados en la década del 2000. Aunque, en este caso, tratándose de Carpenter y de esa década, es un poco difícil ser imparcial respecto a estos y cualquier monstruo hecho de plástico resulta memorable.



Golpe en la Pequeña China está lejos en cuanto a calidad de 1997 Rescate en Nueva York, por no hablar de La Cosa o La niebla. Pero es imposible no sentir simpatía por un héroe como el Jack Burton de Russell, por lo disparado y disparatado de sus situaciones, y por un guión que, sin nacer con vocación de comedia de las de soltar carcajadas, hace un homenaje al género muy particular.




miércoles, 12 de abril de 2017

Star Wars: Rogue One (2016). La secuela de las prec....¡¡Dios mío!! ¿¡Qué han hecho con Peter Cushing!?



Pudimos tardar treinta años en ver las continuaciones, o el prólogo, de La guerra de las galaxias original. Pero con Disney adquiriendo los derechos, una cosa estaba clara: la franquicia volvería al cine con más regularidad que en las últimas décadas. Primero, con una séptima entrega más que correcta, pero con la sensación de ser un reboot de la serie, y con una serie de historias intermedias para los años en los que estas no se estrenan. Entre los distintos proyectos, el más reciente ha sido uno tan concreto como los hechos anteriores a la primera Guerra de las galaxias, la construcción de la Estrella de la muerte, y sobre todo, cómo demonios un armatroste tan caro pudo tener un defecto estructural tan evidente.




En Rogue One no se utiliza la Fuerza, pero sí se la menciona como una consigna entre los antiguos creyentes y los primeros rebeldes. Tampoco hay jedis, ni héroes predestinados, aunque es precisamente la hija de alguien importante para los planes del imperio la que puede llevar a cabo los primeros pasos de una misión que será clave un tiempo después. Es el caso de  Galen Erso, el diseñador del arma imperial quien poco después quiso abandonar el proyecto y que escondió a su familia para evitar que esta fuera utilizada en su contra. Unos años después, en una Alianza rebelde fragmentada entre moderados y extremistas, Jin, su hija, parece ser la clave para poder detener los planes del imperio y la colaboración de Erso. Esta, lejos de estar comprometida con ninguna causa, solo quiere alejarse tanto de un gobierno para el que es una fugitiva, como para unos rebeldes para los que solo es una herramienta más. Pero en plan concebido por los rebeldes dista mucho de ser una misión de rescate, y el responsable del arma más poderosa del imperio tampoco se limita a guardar una lealtad ciega.





El aspecto más interesante de la película es el mostrar una parte del universo Star Wars que hasta entonces era habitual para los seguidores en comic o en videojuegos, pero no explotado a nivel cinematográfico: la historia de unos personajes independientes, alejados de las tramas sobre jedis y la Fuerza, centrándose en algo tan concreto como una de las misiones que llevan a cabo los rebeldes, aunque esta esté directamente vinculada a la historia principal. En este sentido, la narración es más cercana a un space opera bélico, donde se intenta dar una visión menos unidimensional de ambos bandos: frente a la lucha tradicional de las anteriores entregas, donde el imperio es malvado y recto, y los rebeldes buenos y valientes, estos últimos aparecen ahora retratados como ideologías dispares, algunos más fanáticos y despiadados, otros más prudentes y donde sus decisiones pueden suponer la muerte de inocentes. Una forma  de actuar menos heroica y más cercana a las historias de guerra modernas, que marca también la actitud de los personajes principales: bastante más desesperanzados y ambiguos que los que se presentaban en la trilogía original. Incluso los decorados, colores y vestuarios, siendo los propios de la serie y mostrando una gran diversidad de lugares y criaturas, se hacen eco del tono de la historia y muestran  una tonalidad más gris que sus predecesoras.




Esto no implica que se obvien las menciones al resto de elementos conocidos de la serie: no hay jedis, pero uno de los personajes cuenta con habilidades que pueden ser, o no, propios . de estos. Y siendo la historia previa a Star Wars, tampoco podían faltar  aunque sea breve, la aparición de los protagonistas de esta: Darth Vader, Leia rejuvenecida digitalmente o el almirante Tarkin resucitado para una secuencia tan corta que podrían haberse ahorrado una nigromancia digital que, entre actores reales sigue notándose y la convierte en un cameo incómodo.


Frente a la aparición de estos personajes, los protagonistas de la narración quedan en desventaja. Están bien construidos, se empatiza con ellos  e incluso los que tienen un carácter más cómico, como el creyente en la Fuerza y el androide, funcionan y  se ganan las simpatías del público. Pero pesa sobre ellos la sensación de ser una anécdota, que solo están ahí de paso. En otras palabras, muere hasta el apuntador. También es cierto que ahora no recuerdo si en La guerra de las galaxias original mencionasen que no hubiera supervivientes en esta misión, o si modificaron posteriormente ese diálogo. Y en una industria donde priman los finales felices y las secuelas, la decisión podría parecer arriesgada. En este caso, en cambio, hace sospechar que se debe a la intención de evitar que estos interfieran con los de la continuidad principal.




También se hace evidente que ante todo se ha ido a lo seguro: el guión cubre en apariencia un aspecto  del universo de las películas, pero los arquetipos que emplean son muy similares. Pilotos, rebeldes, androides respondones y un jedi que no es jedi. La estructura también es la propia de un blockbuster, donde queda reservado para el final una secuencia épica llena de altibajos y amenazas para los protagonistas que acaba haciéndose excesivamente larga, como pasó con el desenlace de El hobbit o el señor de los anillos.

Rogue One es, como su título indica, una historia de Star Wars. Una independiente, muy bien narrada y cuando menos, entretenida, pero donde parecen querer a toda costa cortar lazos con cualquier continuación y donde lo peor sigue siendo ese intento  de traer de vuelta a Peter Cushing. La infografía podrá hacer muchas cosas, pero recrear el talento, no.


jueves, 6 de abril de 2017

La cura del bienestar (2017). El balneario de los horrores


 
Gran parte del cine de terror que veo suele ser en casa. Con esto no me refiero a comprobar aterrorizada algún estropicio causado por Sabela y Narnia mientras estaba fuera (que son muy tranquilas, pero cuando la arman, ponen todo su corazón gatuno en ello), sino a que este es más habitual en la tele o en la pantalla del ordenador que en un cine. En parte porque para las salas grandes se quedan los estrenos importantes, y por otro lado porque en una localidad tirando a pequeña, es raro que lleguen producciones de terror aunque se distribuyan en España, si no son algo que ya hayan funcionado muy bien el extranjero, como pueden ser las de James Wan. Por suerte hace un par de semanas una producción, con un trailer lleno de anguilas, señores con batas blancas y gente que no ha tomado el sol en mucho tiempo se coló en las carteleras. No se si gracias a venir dirigida por Gore Verbinski, el mismo de la trilogía de Piratas del Caribe..y el que se estrelló con El llanero solitario. Quizá extrañe un poco viéndolo al frente de una de terror, pero ya se había encargado del remake americano de Ring hace varios años.
 

La cura del bienestar queda bastante lejos de aquel remake. En temática, estilo y atmósfera, que se traslada a un aislado balneario en los alpes suizos al que Lockhart, un ejecutivo, acude para sacar de allí como sea a uno de los responsables de su empresa y que se haga cargo de una arriesgada operación financiera. Lejos del ejecutivo agresivo que esperaba encontrar, este ve a un hombre apagado, obsesionado con la enfermedad y que se niega a abandonar el lugar. Algo que el protagonista tampoco podrá hacer cuando, tras sufrir un accidente, despierta en una de las habitaciones del centro en la que el director del balneario le informa que se harán cargo de tratar sus lesiones y ayudarle a recuperarse. Aunque la actitud demasiado apacible de los pacientes, lo extraño de los tratamientos y la presencia de una joven que asegura no haber salido nunca de ese lugar hacen sospechar a Lockhart que algo está sucediendo.



Lo primero que choca, antes incluso de comenzar la película, es la duración: casi dos horas y veinte, lo que para un género que funciona mejor con tiempos más cortos y siendo más conciso, parece un poco chocante. Una vez empezada, parece que la elección se debe al tiempo que destinan a crear atmósfera. Hay muchos planos destinados a generar una sensación determinada, sea el ambiente frío y despiadado de un entorno empresarial, o el aislamiento y aspecto un tanto intemporal del balneario y el pueblo que lo rodea. Una parte importante de la historia acaba siendo la intención de recrearse en el aspecto visual, que unas veces se aprecia el esfuerzo de crear algo original, de no quedarse en los cánones típicos de cualquier película de sustos prefabricados, pero que otras veces acaba resultando artificioso entre tantos planos de agua y escenas melancólicas. A pesar de esto, el desarrollar una historia con unos colores muy marcados (grises, azules y verde muy claro), o el no cortarse a la hora de incluir planos muy rebuscados y poco corrientes, como el que anuncia la llegada del protagonista al escenario principal, le aporta también la impresión de estar viendo algo distinto.



Esta escenografía se basa también en desarrollar unos escenarios, más que atemporales, muy anacrónicos, y que a veces no tendrían demasiada lógica para la historia: las habitaciones del balneario parecen más un sanatorio para tísicos que un hotel de lujo (incluso en un momento hacen un guiño a La montaña mágica de Thomas Mann), pero procuran compensarlo incidiendo mucho en el tema de la obsesión por la salud y haciendo aparecer en pantalla todo tipo de herramientas médicas de hace un siglo. El pueblo más cercano está lleno de aldeanos que recelan del balneario y donde los habitantes más jóvenes van vestidos como punks de los ochenta. Otra mezcla bastante curiosa pero que también recuerda mucho a la imagen clásica de los lugareños asediando el castillo del científico loco. Y una gran parte del metraje, quizá excesiva, también se dedica a cortar al protagonista con cualquier enlace que pudiera tener con el mundo moderno, a mostrar la actitud de los huéspedes, y sobre todo, hasta el último recoveco del escenario.



El planteamiento de la historia y los personajes también bebe mucho de las fuentes clásicas. Si el primer elemento, como el castillo y sus alrededores, aportaba esta impresión, esta se completa con los personajes: un joven extranjero llega a un entorno cerrado, marcado por una historia macabra que abarca varios siglos. Hay una mujer misteriosa y un lugar que esconde un secreto esperando ser descubierto por el protagonista. Todos estos son giros y estereotipos reconocibles, que recuerdan al terror clásico o al gótico. Y que, como pasa a menudo por eso, a menudo se sacrifica la lógica en favor de la atmósfera y lo fantasmagórico. Una aproximación que contrasta en determinados momentos con la crudeza de algunas situaciones más realistas, donde se rompe por completo el ritmo pausado que se mantenía de la forma más violenta: es el caso de un accidente donde no se esconde la agonía de un ciervo atropellado (y que da más pena que un tiburón financiero accidentado, todo sea dicho), una tortura dental con todo lujo de detalles o el incendio que marca el desenlace del guión, rodado de una manera más realista y opuesta a las secuencias anteriores



Es esta mezcla de terror gótico, escenarios extraños y una historia donde la atmósfera tiene tanto peso como la historia (también muy clásica, y lejos de lo que funciona seguro en taquilla), lo que hace que La cura del bienestar se convierta en una película muy distinta y a menudo, fascinante. Pero también hace que a medida que el guión avanza, este esté bastante perdido: en su contra una duración excesiva, demasiadas ganas de recrearse en los escenarios, y un argumento que en la segunda mitad, más que avanzar, parece que en la segunda mitad va hacia delante y hacia atrás con un protagonista que acaba pasando más tiempo dando vueltas por un pasillo que encontrando una solución más directa a la trama.

jueves, 30 de marzo de 2017

The Good Neighbor (2016). Cámaras ocultas y una serie de catastróficas coincidencias



Las cintas de metraje encontrado, o sin que haga falta encontrarlo (porque ahora ya no se usa el recurso de hacerlas pasar por reales), sino las que se han filmado desde el punto de vista de los protagonistas han encontrado una forma muy particular de adaptarse a los nuevos tiempos: la tendencia marcada por los vídeos virales y el éxito que pueden alcanzar, unido a  la disponibilidad de una cámara en cualquier momento y el abaratamiento de la tecnología hacen que muchos argumentos giren entorno al interés  de los personajes, y sobre todo, de recuperar el enfoque un tanto obsesivo, y ahora, también, ambicioso, que se había establecido en El proyecto de la bruja de Blair y que con la masificación de este formato fue perdiéndose. De nuevo, sigue siendo un género marcado por el aspecto barato de su rodaje y una forma rápida de sacar un estreno, pero por el momento la aproximación reciente sirve para frenar el agotamiento que caracteriza este formato.



The Good Neighbor es una mezcla de estas dos características: algo tan propio como unos adolescentes dotados de cámaras que no despiertan ninguna simpatía, y la intención de estos de obtener, en principio, un vídeo viral, algo que no queda bastante claro porque se va volviendo más confusa: obtener un éxito, realizar un experimento sociológico a costa de alguien, o como se sospecha también,  una broma pesada muy cara que un adolescente y su amigo gastan a su vecino. El primero aporta la víctima o sujeto experimental, un anciano huraño y de trato desagradable que vive solo y a quien atribuye todo tipo de actitud y maldades que puedan llevarse a cabo en una urbanización. El segundo, el dinero para adquirir las cámaras y la electrónica necesaria con la que a lo largo de varias semanas, filmarán a su vecino mientras le hacen creer, mediante distintos trucos, que su casa está embrujada. Pero si las intenciones que tenían  a la hora de llevar a cabo no son lo que parecen en un principio, tampoco lo será la reacción que su víctima tendrá una vez empiece a ver cómo en su casa se producen todos los fenómenos típicos de cualquier película de fantasmas. 


La intención de la película es bastante engañosa: en un principio todo apunta al lío en que dos personajes pueden meterse cuando intentan gastarle una broma a alguien que esconde un secreto. Cosa que en cierto modo es verdad, pero que dicho secreto es muy distinto al típico que podía esperar el público. Desde un principio también se descarta todo giro sobrenatural a favor de una resolución no fantástica, y que utiliza los trucos del suspense para llegar al giro final. No solo en la actitud sospechosa del anciano al que graban, quien muestra una actitud desagradable y parece empeñado en que nadie entre en su casa, sino también en los protagonistas. El carácter del autor de la broma, obsesionado por seguir con ella ante todo, su insistencia en caracterizar a su objetivo como poco menos que un mal bicho (aunque no podía serlo tanto: tiene un gatico la mar de rollizo. Y esa forma de ser gruñona era bastante más simpática que dos mocosos con una WebCam, vaya), se complementa con el de su amigo, quien se deja arrastrar por la idea y responde bastante bien al retrato de alguien un poco desesperado por mantener una amistad y no sentirse excluido: adquiere el dinero sin rechistar y sus protestas ante la situación son cada vez más débiles.



El desarrollo de esta trama y de los personaje intenta apoyarse en la propia filmación: la idea es presentar la historia en tres tiempos, a través de las cámaras que filman todo el proceso, las que posteriormente van reflejando entre distintos momentos de la historia lo que sucede después, e incluso lo que sucede en el pasado, mediante flashbacks que emplean el rodaje tradicional. En principio la idea funciona, al menos en los dos primeros, pero es al combinar los tres cuando se hace más confusa. El cambio brusco de formato en una película rodada de una manera muy específica, que no resulta adecuado y hace que el cambio de línea temporal no quede claro.


Los protagonistas, también conocidos como Gilipollas y Gilipollas y Medio 


The Good Neighbor es una muestra más, no solo del género de metraje encontrado, sino de cómo las características de este se han ido adaptando a los cambios de público y tecnología. Tampoco es una película destacable, y de hecho, el énfasis que hacen en la parte lacrimógena para potenciar lo opuesto del giro final respecto a lo que esperaba el público hace que resulte un poco traicionera. Pero al menos, sí ha resultado una historia de suspense un tanto curiosa, y al menos, como parte de la Muestra Syfy, tuvo mejor fortuna que Worry Dolls: sin aplausos ni voces, pero también sin pitidos y con más atención por parte del público. O lo mismo alguno aprovechó también para echarse una siesta. 

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