Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 20 de abril de 2017

Golpe en la Pequeña China (1986). Como dice Jack Burton en ocasiones como estas...



Los ochenta fueron una buena época para el fantástico y la serie B, y gran parte de ello se debe al trabajo que desempeñó entonces John Carpenter. Durante esa década su producción fue de lo más variada, desde el terror gracias a La cosa y La niebla, la ciencia ficción y el cine de acción...e incluso a las películas “de chinos” de toda la vida. O más bien, a las de Fu Manchú y las de artes marciales con los mismos medios, pero más ingenio, de las que estas disponían.



Golpe en la Pequeña China transcurre en la Chinatown de San Francisco (me quedo con el nombre en inglés porque en castellano barrio chino es otra cosa, y no es plan de que me de la risa floja mientras escribo), donde Jack Burton, un camionero deslenguado, chuleta y de buen corazón, como todo héroe de acción que se precie, acompaña a su amigo a recoger a su prometida al aeropuerto. A partir de ese momento, con la irrupción de una de las muchas bandas que controlan la zona, y el secuestro de la joven, comienza una sucesión de situaciones enloquecidas: guerras de mafias a golpe de machete y artes marciales, magia negra y un malvado hechicero que ansía cumplir una profecía según la cual, casarse con una chica de ojos verdes lo librará de una maldición milenaria y le permitirá alcanzar el poder necesario para dominar el mundo.





Pese a no ser una comedia, la película no se toma en serio en ningún momento. El guión casi sirve para hilar secuencias de acción entre una explicación y otra, que sirvan al menos para saber quien es cada personaje o qué planes tiene el villano. Y tampoco es que dediquen demasiado tiempo a explicar las motivaciones de cada uno, ni cómo funciona la sociedad en Chinatown, sino que son las imágenes que hablan por si solas, a través de luchas de las tríadas en plena calle, burdeles, y magos que surgen de la nada, sorprendiendo tanto a un protagonista que se pasa la primera mitad del guión igual de desconcertado que espectador. Tampoco es que se eche demasiado en falta el trasfondo porque ese ritmo tan acelerado es muy adecuado para una historia que precisamente funciona por esa sensación de situaciones atropelladas, que no dan tiempo a pensar. Pero esa consciencia de lo alocado de cada una de las situaciones también proporciona una sensación muy marcada de ser un homenaje a la nostalgia que despertaba un género también marcado a menudo por la falta de coherencia, de ser un humor en realidad muy matizado por este factor, y no de tratarse de una verdadera falta de seriedad.



Es también la nostalgia la que hace que hoy, lo que más se recuerde de la historia sean también los personajes y algunos de sus diálogos. En especial, el Jack Burton interpretado por Kurt Russell, quien en esa época apareció en gran parte de la filmografía de Carpenter y que aquí encaja a la perfección el papel de caradura no muy brillante, pero también entrañable. Y también el que aporta la visión más pragmática a una historia donde mientras el resto de personajes hablan de magia, demonios y profecías, él se preocupa de los aspectos más mundanos, como el repartir estopa y sobre todo, recuperar su camión, un elemento muy secundario al principio de la película pero que también es un rasgo que define al personaje. Este contrasta con el de Lo Pan, quien reúne las características y manías propias de un villano desde los tiempos del Emperador Ming: ante todo, casarse con la chica. Y un poco sacado de la manga, dominar el mundo. Así, sin que quede muy claro, y porque lo dice un secundario. Lo que no supone un punto de coherencia en el guión pero sí irónico y referencial sobre este tipo de antagonistas. Haya sido intencionado o no.



Acostumbrado a trabajar con muy pocos medios, los escenarios pasan de ser unos planos generales en exteriores y en Chinatown a unos decorados aprovechados al máximo: casi toda la acción transcurre en restaurantes, almacenes, sótanos y una cámara donde abundan la decoración propia de un restaurante chino e incluso una enorme calavera de corchopán que se derrumba entre un despliegue de rayos y efectos de sonido de lo más simples. Tampoco faltan los maquillajes y los monstruos manejados de forma mecánica, de los que precisamente su carácter artesanal hace que estos efectos envejezcan mucho mejor que los CGI empleados en la década del 2000. Aunque, en este caso, tratándose de Carpenter y de esa década, es un poco difícil ser imparcial respecto a estos y cualquier monstruo hecho de plástico resulta memorable.



Golpe en la Pequeña China está lejos en cuanto a calidad de 1997 Rescate en Nueva York, por no hablar de La Cosa o La niebla. Pero es imposible no sentir simpatía por un héroe como el Jack Burton de Russell, por lo disparado y disparatado de sus situaciones, y por un guión que, sin nacer con vocación de comedia de las de soltar carcajadas, hace un homenaje al género muy particular.




miércoles, 12 de abril de 2017

Star Wars: Rogue One (2016). La secuela de las prec....¡¡Dios mío!! ¿¡Qué han hecho con Peter Cushing!?



Pudimos tardar treinta años en ver las continuaciones, o el prólogo, de La guerra de las galaxias original. Pero con Disney adquiriendo los derechos, una cosa estaba clara: la franquicia volvería al cine con más regularidad que en las últimas décadas. Primero, con una séptima entrega más que correcta, pero con la sensación de ser un reboot de la serie, y con una serie de historias intermedias para los años en los que estas no se estrenan. Entre los distintos proyectos, el más reciente ha sido uno tan concreto como los hechos anteriores a la primera Guerra de las galaxias, la construcción de la Estrella de la muerte, y sobre todo, cómo demonios un armatroste tan caro pudo tener un defecto estructural tan evidente.




En Rogue One no se utiliza la Fuerza, pero sí se la menciona como una consigna entre los antiguos creyentes y los primeros rebeldes. Tampoco hay jedis, ni héroes predestinados, aunque es precisamente la hija de alguien importante para los planes del imperio la que puede llevar a cabo los primeros pasos de una misión que será clave un tiempo después. Es el caso de  Galen Erso, el diseñador del arma imperial quien poco después quiso abandonar el proyecto y que escondió a su familia para evitar que esta fuera utilizada en su contra. Unos años después, en una Alianza rebelde fragmentada entre moderados y extremistas, Jin, su hija, parece ser la clave para poder detener los planes del imperio y la colaboración de Erso. Esta, lejos de estar comprometida con ninguna causa, solo quiere alejarse tanto de un gobierno para el que es una fugitiva, como para unos rebeldes para los que solo es una herramienta más. Pero en plan concebido por los rebeldes dista mucho de ser una misión de rescate, y el responsable del arma más poderosa del imperio tampoco se limita a guardar una lealtad ciega.





El aspecto más interesante de la película es el mostrar una parte del universo Star Wars que hasta entonces era habitual para los seguidores en comic o en videojuegos, pero no explotado a nivel cinematográfico: la historia de unos personajes independientes, alejados de las tramas sobre jedis y la Fuerza, centrándose en algo tan concreto como una de las misiones que llevan a cabo los rebeldes, aunque esta esté directamente vinculada a la historia principal. En este sentido, la narración es más cercana a un space opera bélico, donde se intenta dar una visión menos unidimensional de ambos bandos: frente a la lucha tradicional de las anteriores entregas, donde el imperio es malvado y recto, y los rebeldes buenos y valientes, estos últimos aparecen ahora retratados como ideologías dispares, algunos más fanáticos y despiadados, otros más prudentes y donde sus decisiones pueden suponer la muerte de inocentes. Una forma  de actuar menos heroica y más cercana a las historias de guerra modernas, que marca también la actitud de los personajes principales: bastante más desesperanzados y ambiguos que los que se presentaban en la trilogía original. Incluso los decorados, colores y vestuarios, siendo los propios de la serie y mostrando una gran diversidad de lugares y criaturas, se hacen eco del tono de la historia y muestran  una tonalidad más gris que sus predecesoras.




Esto no implica que se obvien las menciones al resto de elementos conocidos de la serie: no hay jedis, pero uno de los personajes cuenta con habilidades que pueden ser, o no, propios . de estos. Y siendo la historia previa a Star Wars, tampoco podían faltar  aunque sea breve, la aparición de los protagonistas de esta: Darth Vader, Leia rejuvenecida digitalmente o el almirante Tarkin resucitado para una secuencia tan corta que podrían haberse ahorrado una nigromancia digital que, entre actores reales sigue notándose y la convierte en un cameo incómodo.


Frente a la aparición de estos personajes, los protagonistas de la narración quedan en desventaja. Están bien construidos, se empatiza con ellos  e incluso los que tienen un carácter más cómico, como el creyente en la Fuerza y el androide, funcionan y  se ganan las simpatías del público. Pero pesa sobre ellos la sensación de ser una anécdota, que solo están ahí de paso. En otras palabras, muere hasta el apuntador. También es cierto que ahora no recuerdo si en La guerra de las galaxias original mencionasen que no hubiera supervivientes en esta misión, o si modificaron posteriormente ese diálogo. Y en una industria donde priman los finales felices y las secuelas, la decisión podría parecer arriesgada. En este caso, en cambio, hace sospechar que se debe a la intención de evitar que estos interfieran con los de la continuidad principal.




También se hace evidente que ante todo se ha ido a lo seguro: el guión cubre en apariencia un aspecto  del universo de las películas, pero los arquetipos que emplean son muy similares. Pilotos, rebeldes, androides respondones y un jedi que no es jedi. La estructura también es la propia de un blockbuster, donde queda reservado para el final una secuencia épica llena de altibajos y amenazas para los protagonistas que acaba haciéndose excesivamente larga, como pasó con el desenlace de El hobbit o el señor de los anillos.

Rogue One es, como su título indica, una historia de Star Wars. Una independiente, muy bien narrada y cuando menos, entretenida, pero donde parecen querer a toda costa cortar lazos con cualquier continuación y donde lo peor sigue siendo ese intento  de traer de vuelta a Peter Cushing. La infografía podrá hacer muchas cosas, pero recrear el talento, no.


jueves, 6 de abril de 2017

La cura del bienestar (2017). El balneario de los horrores


 
Gran parte del cine de terror que veo suele ser en casa. Con esto no me refiero a comprobar aterrorizada algún estropicio causado por Sabela y Narnia mientras estaba fuera (que son muy tranquilas, pero cuando la arman, ponen todo su corazón gatuno en ello), sino a que este es más habitual en la tele o en la pantalla del ordenador que en un cine. En parte porque para las salas grandes se quedan los estrenos importantes, y por otro lado porque en una localidad tirando a pequeña, es raro que lleguen producciones de terror aunque se distribuyan en España, si no son algo que ya hayan funcionado muy bien el extranjero, como pueden ser las de James Wan. Por suerte hace un par de semanas una producción, con un trailer lleno de anguilas, señores con batas blancas y gente que no ha tomado el sol en mucho tiempo se coló en las carteleras. No se si gracias a venir dirigida por Gore Verbinski, el mismo de la trilogía de Piratas del Caribe..y el que se estrelló con El llanero solitario. Quizá extrañe un poco viéndolo al frente de una de terror, pero ya se había encargado del remake americano de Ring hace varios años.
 

La cura del bienestar queda bastante lejos de aquel remake. En temática, estilo y atmósfera, que se traslada a un aislado balneario en los alpes suizos al que Lockhart, un ejecutivo, acude para sacar de allí como sea a uno de los responsables de su empresa y que se haga cargo de una arriesgada operación financiera. Lejos del ejecutivo agresivo que esperaba encontrar, este ve a un hombre apagado, obsesionado con la enfermedad y que se niega a abandonar el lugar. Algo que el protagonista tampoco podrá hacer cuando, tras sufrir un accidente, despierta en una de las habitaciones del centro en la que el director del balneario le informa que se harán cargo de tratar sus lesiones y ayudarle a recuperarse. Aunque la actitud demasiado apacible de los pacientes, lo extraño de los tratamientos y la presencia de una joven que asegura no haber salido nunca de ese lugar hacen sospechar a Lockhart que algo está sucediendo.



Lo primero que choca, antes incluso de comenzar la película, es la duración: casi dos horas y veinte, lo que para un género que funciona mejor con tiempos más cortos y siendo más conciso, parece un poco chocante. Una vez empezada, parece que la elección se debe al tiempo que destinan a crear atmósfera. Hay muchos planos destinados a generar una sensación determinada, sea el ambiente frío y despiadado de un entorno empresarial, o el aislamiento y aspecto un tanto intemporal del balneario y el pueblo que lo rodea. Una parte importante de la historia acaba siendo la intención de recrearse en el aspecto visual, que unas veces se aprecia el esfuerzo de crear algo original, de no quedarse en los cánones típicos de cualquier película de sustos prefabricados, pero que otras veces acaba resultando artificioso entre tantos planos de agua y escenas melancólicas. A pesar de esto, el desarrollar una historia con unos colores muy marcados (grises, azules y verde muy claro), o el no cortarse a la hora de incluir planos muy rebuscados y poco corrientes, como el que anuncia la llegada del protagonista al escenario principal, le aporta también la impresión de estar viendo algo distinto.



Esta escenografía se basa también en desarrollar unos escenarios, más que atemporales, muy anacrónicos, y que a veces no tendrían demasiada lógica para la historia: las habitaciones del balneario parecen más un sanatorio para tísicos que un hotel de lujo (incluso en un momento hacen un guiño a La montaña mágica de Thomas Mann), pero procuran compensarlo incidiendo mucho en el tema de la obsesión por la salud y haciendo aparecer en pantalla todo tipo de herramientas médicas de hace un siglo. El pueblo más cercano está lleno de aldeanos que recelan del balneario y donde los habitantes más jóvenes van vestidos como punks de los ochenta. Otra mezcla bastante curiosa pero que también recuerda mucho a la imagen clásica de los lugareños asediando el castillo del científico loco. Y una gran parte del metraje, quizá excesiva, también se dedica a cortar al protagonista con cualquier enlace que pudiera tener con el mundo moderno, a mostrar la actitud de los huéspedes, y sobre todo, hasta el último recoveco del escenario.



El planteamiento de la historia y los personajes también bebe mucho de las fuentes clásicas. Si el primer elemento, como el castillo y sus alrededores, aportaba esta impresión, esta se completa con los personajes: un joven extranjero llega a un entorno cerrado, marcado por una historia macabra que abarca varios siglos. Hay una mujer misteriosa y un lugar que esconde un secreto esperando ser descubierto por el protagonista. Todos estos son giros y estereotipos reconocibles, que recuerdan al terror clásico o al gótico. Y que, como pasa a menudo por eso, a menudo se sacrifica la lógica en favor de la atmósfera y lo fantasmagórico. Una aproximación que contrasta en determinados momentos con la crudeza de algunas situaciones más realistas, donde se rompe por completo el ritmo pausado que se mantenía de la forma más violenta: es el caso de un accidente donde no se esconde la agonía de un ciervo atropellado (y que da más pena que un tiburón financiero accidentado, todo sea dicho), una tortura dental con todo lujo de detalles o el incendio que marca el desenlace del guión, rodado de una manera más realista y opuesta a las secuencias anteriores



Es esta mezcla de terror gótico, escenarios extraños y una historia donde la atmósfera tiene tanto peso como la historia (también muy clásica, y lejos de lo que funciona seguro en taquilla), lo que hace que La cura del bienestar se convierta en una película muy distinta y a menudo, fascinante. Pero también hace que a medida que el guión avanza, este esté bastante perdido: en su contra una duración excesiva, demasiadas ganas de recrearse en los escenarios, y un argumento que en la segunda mitad, más que avanzar, parece que en la segunda mitad va hacia delante y hacia atrás con un protagonista que acaba pasando más tiempo dando vueltas por un pasillo que encontrando una solución más directa a la trama.

jueves, 30 de marzo de 2017

The Good Neighbor (2016). Cámaras ocultas y una serie de catastróficas coincidencias



Las cintas de metraje encontrado, o sin que haga falta encontrarlo (porque ahora ya no se usa el recurso de hacerlas pasar por reales), sino las que se han filmado desde el punto de vista de los protagonistas han encontrado una forma muy particular de adaptarse a los nuevos tiempos: la tendencia marcada por los vídeos virales y el éxito que pueden alcanzar, unido a  la disponibilidad de una cámara en cualquier momento y el abaratamiento de la tecnología hacen que muchos argumentos giren entorno al interés  de los personajes, y sobre todo, de recuperar el enfoque un tanto obsesivo, y ahora, también, ambicioso, que se había establecido en El proyecto de la bruja de Blair y que con la masificación de este formato fue perdiéndose. De nuevo, sigue siendo un género marcado por el aspecto barato de su rodaje y una forma rápida de sacar un estreno, pero por el momento la aproximación reciente sirve para frenar el agotamiento que caracteriza este formato.



The Good Neighbor es una mezcla de estas dos características: algo tan propio como unos adolescentes dotados de cámaras que no despiertan ninguna simpatía, y la intención de estos de obtener, en principio, un vídeo viral, algo que no queda bastante claro porque se va volviendo más confusa: obtener un éxito, realizar un experimento sociológico a costa de alguien, o como se sospecha también,  una broma pesada muy cara que un adolescente y su amigo gastan a su vecino. El primero aporta la víctima o sujeto experimental, un anciano huraño y de trato desagradable que vive solo y a quien atribuye todo tipo de actitud y maldades que puedan llevarse a cabo en una urbanización. El segundo, el dinero para adquirir las cámaras y la electrónica necesaria con la que a lo largo de varias semanas, filmarán a su vecino mientras le hacen creer, mediante distintos trucos, que su casa está embrujada. Pero si las intenciones que tenían  a la hora de llevar a cabo no son lo que parecen en un principio, tampoco lo será la reacción que su víctima tendrá una vez empiece a ver cómo en su casa se producen todos los fenómenos típicos de cualquier película de fantasmas. 


La intención de la película es bastante engañosa: en un principio todo apunta al lío en que dos personajes pueden meterse cuando intentan gastarle una broma a alguien que esconde un secreto. Cosa que en cierto modo es verdad, pero que dicho secreto es muy distinto al típico que podía esperar el público. Desde un principio también se descarta todo giro sobrenatural a favor de una resolución no fantástica, y que utiliza los trucos del suspense para llegar al giro final. No solo en la actitud sospechosa del anciano al que graban, quien muestra una actitud desagradable y parece empeñado en que nadie entre en su casa, sino también en los protagonistas. El carácter del autor de la broma, obsesionado por seguir con ella ante todo, su insistencia en caracterizar a su objetivo como poco menos que un mal bicho (aunque no podía serlo tanto: tiene un gatico la mar de rollizo. Y esa forma de ser gruñona era bastante más simpática que dos mocosos con una WebCam, vaya), se complementa con el de su amigo, quien se deja arrastrar por la idea y responde bastante bien al retrato de alguien un poco desesperado por mantener una amistad y no sentirse excluido: adquiere el dinero sin rechistar y sus protestas ante la situación son cada vez más débiles.



El desarrollo de esta trama y de los personaje intenta apoyarse en la propia filmación: la idea es presentar la historia en tres tiempos, a través de las cámaras que filman todo el proceso, las que posteriormente van reflejando entre distintos momentos de la historia lo que sucede después, e incluso lo que sucede en el pasado, mediante flashbacks que emplean el rodaje tradicional. En principio la idea funciona, al menos en los dos primeros, pero es al combinar los tres cuando se hace más confusa. El cambio brusco de formato en una película rodada de una manera muy específica, que no resulta adecuado y hace que el cambio de línea temporal no quede claro.


Los protagonistas, también conocidos como Gilipollas y Gilipollas y Medio 


The Good Neighbor es una muestra más, no solo del género de metraje encontrado, sino de cómo las características de este se han ido adaptando a los cambios de público y tecnología. Tampoco es una película destacable, y de hecho, el énfasis que hacen en la parte lacrimógena para potenciar lo opuesto del giro final respecto a lo que esperaba el público hace que resulte un poco traicionera. Pero al menos, sí ha resultado una historia de suspense un tanto curiosa, y al menos, como parte de la Muestra Syfy, tuvo mejor fortuna que Worry Dolls: sin aplausos ni voces, pero también sin pitidos y con más atención por parte del público. O lo mismo alguno aprovechó también para echarse una siesta. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Lecturas de la semana. Humor, los noventa y las principales capitales españolas


 
De todo lo que suelo leer, lo menos habitual son autores españoles. En los últimos años esto ha cambiado bastante y ahora asoman más de lo que lo hacían al principio. Lo segundo sería narrativa humorística…bueno, técnicamente el puesto se lo llevaría el género romántico, con una novela (Cumbres borrascosas, para más señas) en ocho años del blog. Pero el humor tampoco es que salga mucho. Quizá porque este va mezclado con otros temas, o porque las comedias al uso no terminaban de hacerme gracia, pero lo más cerca que estaba de un texto cómico era gracias a Terry Pratchett. Otra costumbre que va cambiando muy poco a poco, y que esta vez se debe precisamente a dos escritores españoles que  abordan el género de forma muy distinta: uno desde el puro absurdo y otro, desde una aproximación mucho más ácida.

 


Eduardo Mendoza. Sin noticias de Gurb. Mendoza perfectamente podía sonar gracias a La verdad sobre el caso Savolta (o sufrir sudores fríos recordando su bachillerato según el plan de lecturas que le tocara), aunque Gurb abandona el género policiaco e incluso la narración más complicada a favor de una muy particular: el diario de un extraterrestre, recién llegado a la tierra, que en un intento de contactar con los terrícolas pierde a Gurb, su compañero. A partir de ese momento, tendrá que salir a buscarlo, cruzando todos los lugares que solo podían encontrarse en la Barcelona previa a la celebración de los Juegos Olímpicos: obras interminables, alquileres disparados, tascas de toda la vida que conviven con discotecas de lo más moderno…y unos habitantes entre los que el protagonista intentará camuflarse gracias a su avanzada tecnología y bastante desconocimiento del concepto del concepto de discreción. O quizá no. Porque la gente de una ciudad grande está demasiado enfrascada en sus asuntos como para fijarse en que acaban de cruzarse con el Conde Duque de Olivares.

La novela comenzó casi como una broma, un experimento de ciencia ficción escrita por entregas para un periódico, por lo que la estructura de diario es bastante útil: no hay separación específica de capítulos, sino que cada pasaje se numera por días u horas, sirviendo para delimitar el tiempo transcurrido en la historia y haciendo que la lectura, como columna o incluso recopilada en libro, sea muy sencilla y muy rápida. Y que también case muy bien con el tipo de humor que mantiene, que además de tirar hacia el total absurdo, recuerda mucho a los sketches de Faemino y Cansado o a las viñetas de Mortadelo y Filemón: los momentos en los que el protagonista recurre a los disfraces, completamente fuera de lugar e inútiles, son muy deudores de los trucos a los que el personaje de Ibáñez utilizaba en sus historietas. Además de cierto punto ácido donde se hace mención a la picaresca y a la chapuza que aparecen en toda la ciudad.

Pero el que más abunda es el toque absurdo, el de jugar con las palabras y buscar lo más chocante y fuera de lugar que pueda conseguirse en un párrafo: Los primeros momentos disfrazado de Conde Duque de Olivares, el convertirse en un momento dado, y porque sí, en Gilbert Becaud disfrazado de ninja  o el describir con la mayor naturalidad como un alienígena realiza tareas tan anodinas como ponerse el pijama se apoyan mucho en el surrealismo de esas situaciones para conseguir la comicidad, que funciona para cualquiera que tenga debilidad por este tipo de humor y que ha aguantado muy bien el paso del tiempo. No ha sido el caso de las referencias temporales, que son muy concretas y, con dos décadas de diferencia, habrá un público más joven que se quede un poco perdido al hablarle de Marta Sanchez, de la locura que supusieron las olimpiadas en Barcelona o de los locales que entonces se consideraban modernos. Aunque en cierto modo, el paso del tiempo también hace que estas se vean hoy de una forma mucho más irónica y con una perspectiva distinta.

 

 
Antonio Muñoz Molina. Los misterios de Madrid. Al igual que Mendoza, Molina suena principalmente por El jinete polaco. Y, del mismo modo que Sin noticias de Gurb, Los misterios de Madrid también fue publicado por entregas en El País. Las similitudes terminan ahí porque aunque la trama de este último también emplee un género muy popular, es el del misterio y más en concreto, el de los folletines antiguos. Estilo que está muy presente en toda la novela, aún a modo de parodia, para narrar las aventuras de Lorencito Quesada, un reportero aficionado a quien se le encarga descubrir el paradero del Santo Cristo de la Greña, una imagen muy querida en la Semana Santa de su localidad y que ha sido presuntamente robada y trasladada a Madrid. Sin preguntarse mucho por qué el dependiente de un comercio y periodista a ratos debe resolver un delito, Lorencito se traslada a un Madrid propio de película de quinquis y donde irá desgranando un misterio protagonizado por personajes tan rancios y variopintos como cantaores de tablao, trepas, modernos y famosos de medio pelo.

El estilo que usa la narración es muy anticuado, recordando mucho al de las novelas populares de misterio y del que Molina se sirve para caracterizar a unos personajes muy anacrónicos y que, en el caso del protagonista, parecen fuera de lugar respecto del escenario en el que se mueven: Quesada, un solterón que vive con su madre en Magina, parece sacado directamente de un pueblo de los años cincuenta, con la intención de que este no sea consciente del cambio de década (ni de sistema político en más de una ocasión). Su actitud en Madrid es casi una parodia de la de Paco Martinez Soria en La ciudad no es para mí, pero una muy ácida, cambiando el lado más amable por el aspecto más amenazador y siniestro de la ciudad. Su candidez también lo convierte en un personaje muy entrañable, alguien muy perdido y del que se hace muy evidente su posterior evolución. La caracterización de los secundarios es mucho más crítica, estos son más ambiciosos, hipócritas, e incluso hace alguna referencia muy bien traída a determinadas figuras intocables: sus guiños a personajes que no pueden nombrarse por afectar a determinados estratos sociales sigue siendo hoy perfectamente válido.

La descripción de estas situaciones, desde el punto de vista más sarcástico, se complementa con algunos momentos y antagonistas sacados directamente de una película de espías o de un folletín: peligrosos asesinos asiáticos, secuestros, el robo de una reliquia que roza lo ridículo e incluso un villano con un afán de coleccionismo que hace que el trasfondo se convierta, de forma intencionada, en una farsa, en una situación demasiado novelesca para ser cierta y tratada con cierta comicidad, que acaba sirviendo para rebajar un poco el cinismo  con el que se retrata al resto de personajes.

jueves, 16 de marzo de 2017

Worry Dolls (2016). Los muñecos de la discordia



De todos los objetos malditos que podemos encontrar en una película, los muñecos son los más socorridos. Se puede incluir no solo a una de porcelana siniestra como Annabelle (aunque su contrapartida real sea una pepona de aspecto inofensivo), sino incluso a a los hombres de ramas que anunciaban la presencia de la bruja de Blair...o también, parecido a estos, algo tan diminuto que puede caber en una caja, como las muñecas quitapenas. Unos bichitos que no recordaba desde los noventa, cuando aparecieron en broches, prendedores y adornos parecidos (era una época muy rara. Hasta unos redondeles de plástico que venían en las bolsas de patatas hacían furor) y de los que desde lueo, su ridículo tamaño e hilos de bonitos colore hacían pensar en todo salvo en horrores. Pero si un guionista hace una historia hasta con la cortina de una ducha ¿qué no va a hacer con cuatro miniaturas?



Worry Dolls  comienza pocoi después de que un asesino en serie haya sido abatido por un atrublado policía, quien durante años investigó el caso. Entre las pruebas se encuentra una caja con unas pequeñas figuras hechas de  palos y cuerda, que el policía olvida y poco después son encontradas por su hija. A partir de entonces, los asesinatos  volverán a producirse, cometidos esta vez por personajs muy dispares e incljuso llegando a convertirse en un peligro par su hija. Solo hay un nexo en común entre esos nuevas muertes: en todas ellas aparece el símbolo que el anterior asesino dibujaba obsesivamente.

Resumiendo un poco, la película es una especie de refrito entre los planos fijos de la primera temporada de True Detective, el típicio de los objetos con poderes y las posesiones, y un guión con tan pocas ganas de esforzarse que parece sacado  de un telefilme de media tarde. Los personajes son una colección de tópicos: policía obsesivo y con matrimonio fracasado, ex mujer, niña que no se entera de mucho, y una trama sobrenatural metida con calzador para justificar situaciones bastante ilógicas.



El caso más lamentable es el del protagonista, que no para de cometer fallos garrafales que sirven abiertamente para hacer avanzar la trama: esta comienza con algo tan absurdo  como olvidar la prueba de un crimen en el coche y que sea recoido por una niña...vamos, a mitad de pelicula este tipo tendría que estar  más que expedientado por mala praxis. TAmbién es bastante improbable qeu a una cría le hagan gracia unas muñecas bastante polvorientas y tirando a horribles, o que directamente, le parezca una buena idea hacerse un colgante con semejantes bichos. La trama sobrenatural  viene introducida por un secundario, caracterizada como bruja vudú de manual, que sale de no se sabe donde y comienza a hablar sobre maldiciones y leyendas varias. En conjunto, el guión y los personajes se limitan a ir de un paso al siguiente, recitar frases trilladas en el mejor de los casos, y absurdas en el peor, y terminar en una escena post créditos de esas pensadas para ver si suena la flauta y hay secuela.

Tampoco hay mucho que aportar en cuanto a la filmación. Entre correcta y normalita, con unas cuantas secuencia muy deudoras del policiaco tirando a siniestro que siempre aseguran un poco más de interés pero que malamente salvan una producción floja. El resto se limita a escenariois comunes, bien casas, hospitales o la cabaña de la bruja, y uas cuantas subidas de volumen para asegurarse los sustos.



Lo mejor  que puede decirse de Worry Dolls ha sido en realidad las circunstancias de la proyección: ha sido una de las primeras películas emitidas en la Muestra Syfy, donde además de pagar una entrada más que razonable, el pase fue todo un espectáculo:  comentarios caráctiso sobre la mala cabeza de los personajes, ovaciones ei ncluso un aplauso de lo más sentido a un plano de la luna lena que no terminé de pillar, pero que al parecer es una tradición en este ciclo. Un estreno  donde lo divertido no era lo que pasaba en pantalla sino el buen humor con el que el público se lo tomaba. Porque, lo que es la película, mala mente hubiera dado para una siesta.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lecturas de la semana. Volviendo a los clásicos II. De capa y espada




A menudo lo que hoy llamamos clásicos, y no solo de la literatura más seria, sino dentro del género de evasión, se han quedado más como títulos de referencia que como unos habituales entre los lectores (sobre todo en mi caso, que suelo andar perdida entre folletines, pulps y novelas de terror). Es más fácil acordarse de ellas cuando se las encuentra de frente, o más bien, en un estante, al igual que estaban los primeros libros que pude empezar después de trasladarme. Esta vez, más que variedad, ambos tenían una temática similar, la de aventuras más típica como podían ser los espadachines, las traiciones y las doncellas en apuros.



Anthony Hope. El prisionero de Zenda. El prisionero del título hace referencia al rey de Ruritania, un pequeño país en Centroeuropa que ha sido secuestrado por otro de los aspirantes al trono y a quien el protagonista, debido a su extraordinario parecido, debe suplantar hasta que este sea liberado. El doble, un inglés, guarda por ironías de la genética un gran parecido con el monarca debido a la indiscrección de uno de sus antepasados hace algunas generaciones. Y junto a sus labores como rey deberá también salvar al verdadero, así como no cometer el error de enamorarse de la futura reina.

La historia, narrada de forma bastante breve, es una mezcla muy curiosa entre el género de aventuras típico, donde no faltan traiciones, villanos y duelos, con el de la comedia de enredos. Porque Rudolf, el protagonista, es en apariencia la oveja negra de su familia, sin oficio conocido ni ganas de honrar un apellido que se toma con bastante sorna e indiferencia. Y donde sorprende que se trate el tema de la infidelidad y de los descendientes ilegítimos de una forma bastante abierta y enfocada a sus resultados más cómicos. Debido también a lo corto de la novela, esta es muy dinámica, todo sucede de forma rápida para poder llegar al desenlace y el enfrentamiento final, haciendo que en cierto modo, las partes más pausadas o las más melosas sean algo más anecdótico frente a la importancia del personaje principal, planteado como alguien cuya indolencia no es lo que parecía. Y a quien, teniendo en cuenta el tono de la historia anterior, sorprende un poco el encontrarlo con un final un tanto agridulce, pero que hace pensar que no podía ser de otro modo y que, en cierta manera, cierra el ciclo que el lector conoció cuando se le narran los orígenes de su personaje principal.



Rafael Sabatini. Scaramouche. El nombre que da título al libro es solo el de uno de los personajes que en un momento dado interpreta André Louis Moreau, el protagonista e hijo ilegítimo de un noble que debe huir de Bretaña tras presenciar como uno de ellos asesina a sangre fría a su mejor amigo. A partir de entonces vivirá todo tipo de peripecias como comediante y actor, a lo que le ayudará su carácter un poco cínico y un tanto calculador, y durante la cual interpretará al personaje de Scaramouche, como maestro de esgrima e incluso como político, siendo testigo de los primeros pasos de la Revolución Francesa y a menudo, atrapado entre los dos mundos representados por el Antiguo Régimen y el Tercer Estado.

Es fácil entender por qué se la considera como una de las novelas de capa y espada por excelencia, al aportar uno de los escenarios más reconocibles,y donde abundan las referencias históricas, y por suponer la caracterización de un tipo de personaje que sería reconocible en obras posteriores. Este se caracteriza por su astucia, cierta picaresca, casi, y por un carácter con el que casi se le podría considerar un antihéroe: desconfiado, sarcástico, cuyas acciones a menudo no tienen la nobleza ni altruismo que interpreta su entorno y que su desarrollo con la trama implica un mayor conflicto entre sus orígenes y sus creencias. Scaramouche no es tanto un héroe como alguien que se mueve en dos mundos opuestos, sin pertenecer a ninguno. Esta caracterización hace también que tenga uno de los defectos que posteriormente serían habituales en muchos héroes: su asombrosa capacidad para que todo le salga a la primera, sea arengar a las masas a la revuelta, escribir comedias de éxito y convertirse en el mejor espadachín de toda Francia..¿Hay algo que este tipo no sepa hacer bien? Un carácter tan infalible y con tanto exceso de carisma que hace pensar que el Kvothe de Patrick Rothfuss tiene aquí a su antepasado. Tampoco salen muy bien parados los personajes femeninos, de los que algunos están muy bien caracterizados y sus rasgos negativos los hacen muy humanos, pero el resto se limita a los papeles que le corresponden por lógica debido a la ambientación histórica, en el mejor de los casos, o a ser un componente romántico de lo más caprichoso y estereotipado en el peor. Y es que es un poco difícil comprender por qué un personaje como es Scaramouche puede acabar mostrando interés por uno cuyo hobby es enfurruñarse o desmayarse (actividad habitual en las féminas de entonces, parece. Debía ser cosa de los corsés). Una de las tramas menos satisfactorias pero que por suerte, no afecta a la calidad del resto y que, ante cualquier duda, hay que reconocerle que cuenta con uno de los mejores comienzos que pueden encontrarse en una novela de aventuras: “Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio”.

jueves, 2 de marzo de 2017

Resident Evil: Capítulo final (2017). Despedida y cierre

 
Sí, se que el traje es de Fallout y no de Resident Evil, pero es una monada

Cuando hace quince años se estrenó una película basada en Resident Evil, era impensable que los zombies se fueran a poner de moda y que una adapción más que correcta de un videojuego acabara convirtiéndose en una franquicia tan duradera. Aunque esta consistiera en pasarse por el forro cualquier similitud con el argumento original para convertirlo en una saga de ciencia ficción apocalíptica donde una agente, espía o categoría profesional no determinada lucha contra los zombies, contra una corporación malvada y se dedica entre una entrega y otra a ser clonada o a adquirir o perder los poderes más descacharrantes. Con una secuela cada dos o tres años, demostró tener una buena salud y aprovechar muy bien a nivel de recaudación los huecos que quedaban entre el estreno de un blockbuster y otro. Pero seis entregas repartidas en una década y media eran más que suficientes para terminarla.



Capítulo final demuestra que el poner títulos sugestivos no es uno de los fuertes de la saga: después de apocalipsis, extinción, venganza, este debe haber sido el único que anuncia un poco lo que se espera del guión. El cierre, definitivo, en principio, en el que Alice, la protagonista, debe volver a la colmena, el laboratorio subterráneo aparecido en la primera entrega y recuperar una cura para el virus que ha devastado la tierra. Pero dispone de un tiempo muy limitado, solamente 48 horas tras las cuales el sistema de inteligencia artificial que dirige el complejo eliminará a los supervivientes de la tierra. Y todavía quedan algunos miembros de Umbrella, la corporación causante del desastre, dispuestos a impedir que Alice encuentre el antídoto.




En esta serie es una costumbre el terminar cada secuela con un cliffhanger de cara a la siguiente. Como también lo es saltarse a la torera ese mismo final abierto, contar lo que se les ocurra, y rematar de una forma similar. Por eso no sorprende que el anterior desenlace haya desaparecido de un plumazo, junto con los pocos secundarios que pudieron llegar, para volver a presentar a Milla Jovovich como protagonista absoluta hasta bien entrada la mitad de la trama. Esto también había quedado establecido desde la segunda secuela, pero resulta mucho más excesivo, al limitarse a mostrar a la protagonista recibiendo la información necesaria sobre la historia de esta entrega, desplazándose y figurando en distintas escenas de acción donde también se presenta al que será el antagonista en el cierre. La falta de personajes, secundarios o no, se hace tan evidente que cuando aparecen estos, se limitan a ser un grupo de supervivientes genéricos a los que ni se molestan en dar un nombre o más de un par de líneas de diálogos: para qué, si van a morir uno detrás de otro en las siguientes secuencias. Incluso la referencia a los personajes del juego original es casi una broma, saliendo unicamente Claire Redfield de manera testimonial y casi como el único vestigio de una saga donde los secundarios van, vienen, son mencionados y olvidados rapidamente en unos guiones que prefieren los tiros a la coherencia a largo plazo. Un fallo bastante gordo cuando se pretende hacer una franquicia duradera, pero a estas alturas...¡Esta es la última! ¡Poco importa!



Comparada con la anterior, también aporta bastante más a la historia, o al menos, se la ve algo más cuidada que el llevar al cine los zombies y disparos de rigor cada tres años. Intentan, al menos, darle un cierre a la historia de su protagonista, de la que precisamente por culpa del guión, nunca queda claro qué demonios pintaba ahí desde el principio, salvo el tratarse de una espía, o algo igual de ambiguo. Las tramas sobre clones, mutaciones genéticas y poderes todavía lo volvían más confuso, y es ahora cuando intentan aportarle un trasfondo donde se le da todavía más importancia a una heroina que practicamente se come las películas ella sola. También intentan aportar un poco más de coordinación entre cada una recuperando al personaje del doctor Isaacs como villano, que, salvo hacer que Ian Glen salga más en pantalla que en las cinco películas anteriores (y de paso cobre, que solo quedan dos temporadas de Juego de Tronos y hay que pensar en el porvenir), no sirve de mucho el intentar darle ahora una caracterización de malvado apresurada y destinada a resolver algunas tramas sueltas.





El montaje también demuestra cierto agotamiento en la serie y que esta conclusión era bienvenida: practicamente se limita a ser una serie de secuencias de acción variadas de las que se van saltando una a otra. Luchas contra un monstruo, peleas contra los soldados de Umbrella (me pregunto, con esto del apocalipsis, como les pagan ¿tendrán planes de jubilación?), persecuciones en moto y un desenlace en unos escenarios conocidos que remiten directamente a la primera película. Esta sucesión no parece fluida, sino que va de una escena movida a otra sin más hilo que el llevar a la protagonista a su parada final. Aunque si bien poco innovadoras y repetitivas, son más que correctas. Un aspecto positivo de la serie es que siempre conoció sus limitaciones y se las arreglaban bien para aprovechar al máximo la aparición de criaturas hechas con cgi sin que cantaran demasiado, unos zombies resultones y un aspecto en general de no ser una peli de las de mover millones, pero tampoco una de dos pesetas. Salvo en la anterior, donde se veía que andaban más justos de tiempo y dinero, todas han cumplido. Esta no ha sido una excepción, aprovechando muy bien los medios, las secuencias e incluso los zombies, que no podían faltar y que aquí los hay en número más que suficiente, e incluso con una caracterización bastante mejor que la que se podría ver en un Z Nation. Bueno, aunque decir que algo está mejor hecho que los zombies de Z nation tampoco puede considerarse un cumplido.

 
 
Todo villano que se precie debe tener varios jerseys de cuello vuelto en su fondo de armario

Lo bueno que se puede decir del Capítulo final de Resident Evil es que era lo que se esperaba: el cierre de una saga que poco tenía que ver con el videojuego que la inspiró, donde Milla Jovovich se convirtió en la estrella absoluta y donde el conjunto, si se contaba con algo más, es flojo. Nunca fueron buenas películas, pero al menos tenían la intención de ofrecer más calidad y entretenimiento de lo que puede verse en algo que dirige Uwe Boll (de nuevo, creo que comparar para bien a alguien con Uwe Boll tampoco es positivo) y que en todo este tiempo cubrieron más que bien un nicho dentro de la serie B con medios. Después de todo, nos hemos divertido.


jueves, 23 de febrero de 2017

Lecturas de la semana. Pastiches y tentáculos


 
Sospecho que en caso de advenimiento de los mitos de Cthulhu los gatos iban a ser los mejor parados
 
Como lectora fiel de H. P. Lovecraft, hay alún momento en el que se echan en falta los Mitos de Cthulhu. Y como a estas alturas parece muy poco probable que aparezca por ahí el gran texto inédito del autor, muchos acabamos leyendo aluna recopilación de relatos de esta temática: homenajes al escritor, a los propios mitos, o directamente, antologías que que han escogido a unos bichos con muchos tentáculos como punto de partida común. Esta ha sido una de esas temporadas, pero esta vez encontrar un libro que pudiera ser interesante no ha sido un problema: las colecciones sobre este tema han salido como setas y lo difícil no es encontrarlos, sino elegir uno dentro de un género que cada vez se vuelve más específico.



Silvia García Moreno. She walks in Shadows. Con una premisa tan genérica como “relatos lovecraftianos escritos por mujeres”, la idea parece ser más bien la aproximación del punto de vista femenino a un género donde donde el papel de esta es muy minoritario (y personajes como Lavinia Whateley o Asenath Waite se llevaban la peor parte).

Esta antología se financió vía crowdfunding, y las autoras participantes provienen en su mayoría de países no anglosajones. Con una procedencia muy dispar, y siendo amateurs en su gran mayoría, o que todavía no han llegado a hacerse un nombre, al menos el libro ofrece una mayor variedad que la que podría encontrarse en una colección tradicional. La calidad también es muy variable. No llea a haber (al menos que recuerde. Eran muchos textos) ningún relato que parezca fuera de lugar en la antología. Hay algunos que funcionan sin resultar novedosos, y otros olvidables. Pero tampoco faltan dos o tres retellings, o como se les llama a las piezas en las que se cuenta la historia de un personaje ficticio desde su punto de vista. Estas no pasan de tener una gracia anecdótica en el mejor de los casos, o el intento de darle carácter y mucho drama a algún secundario creado por H. P. L., en el peor de ellos.



Darrell Schwzeiter. Cthulhu´s Reign. En la mayoría de relatos sobre los mitos, la humanidad se salva de la condenación y los pulpos gigantes de chiripa. Los protagonistas pueden salvarse para pagar sus impuestos un año más o sacrificarse heroicamente, pero los primigenios se vuelven a retirar hasta el próximo libro. A un editor se le ocurrió proponer qué podría pasar si sucediera lo contrario: que las estrellas estén en posición correcta, que alguien lea el pasaje adecuado del Necronomicon o que el colisionador de hadrones suizo abra una puerta hacia un sitio poco recomendable.

Esta recopilación recoge precisamente el qué pasaría después, y en su mayoría se caracteriza porque los autores han optado por la vertiente más negativa: salvo alguna excepción, los relatos se centran en los últimos momentos de la tierra o de algún personaje presenciando ese fin, lo que no la convierte en una lectura muy alegre pero sí en una aproximación bastante original. Los autores que colaboran también son un aspecto a favor: nombres más o menos conocidos fuera de Inglaterra y EEUU pero en su mayoría con una carrera consolidada: a Richard A. Lupoff se le debe El libro de Lovecraft, aquella novela de aventuras protagonizada por H. P. L. (y que también aporta el desenlace más optimista que se puede encontrar en la colección). Ian Watson abre la antología haciendo un homenaje muy extraño a las inquietudes que generó la puesta en marcha del acelerador de partículas suizo, donde no faltan tentáculos...y muchos. Y Laird Barron se sale un poco de la norma con un relato tan raro como ya se había previsto desde la lectura de su primera novela.
 
A todo esto, no se puede escribir sobre el fin del mundo sin ponerle banda sonora:
 
 

jueves, 16 de febrero de 2017

Doctor Extraño (2016). Magos contra supervillanos



Marvel ha llegado a una fase en la que se encuentra con dos problemas: empieza a ser difícil seguir todas las películas del universo cinemático y dos por año (tres en alún caso), se hacen excesivas Además, se han presentado ya a los superhéroes princiaples, aquellos que el público, por cultura popular, conocía de antemano. Quedan los secundarios, como Pantera negra, a los que les toca enfrentarse también con esta saturación del género. Pero también supone una portunidad para poder ver en pantalla a otros personajes que suponen una vertiente menos explotada de Marvel: hemos visto superhéroes, mutantes e incluso guardianes de la galaxia. Pero también hay sitio para los magos.



Doctor Extraño es la presentación oficial del hechicero del universo Marvel, quien se encargará de enfrentarse a las amenazas de caraácter místico, mientras que los Vengadores  hacen los mismo con las más comunes (que, entre supervillanos, alienígenas y demonios de otra dimensión, vivir en ese mundo debe ser un peligro. Pero también muy divertido, vaya). Pero eso será más adelante, porque ahora a quien se presenta es a Stephen Strange, un brillante cirujano cuyas manos resultan dañadas en un accidente y que acabará buscando una cura en el terreno de la magia, creencia que hasta entonces había despreciado. Este emprenderá que, además de suponer una cura de humildad para alguien acostumbrado al éxito, lo descubrirá sus aptitudes par la hechicería, que deberá poner a prueba cuando Kaecilius, un mago que ha traicionado a la Orden de hechiceros, intenta abrir un portal a otra dimensión  e invocar a un demonio. Una idea a estas alturas un poco trillada. Pero un supervillano al uso no se convorma con hacerse millonario y retirarse: o se siembra el caos y la devastación, o no hay película.


El problema principal del guión es el de ser, una vez más, el origen de un personaje principal de la franquicia. Este va por un camino trillado, como el del protagonista pagado de si mismo que supera una serie de pruebas y acepta su papel como héroe. Al igual que con Iron Man, el personaje es interesante, pero lo que lo rodea, no. Strange muestra potencial para una secuela o una aparición posterior, como alguien más calmado pero con un buen punto sarcástico, al que todavía le falta por aprender. Y, al igual que Tony Stark con Robert Downey Jr, es Benedict Cumberbatch el que lo dota de carisma y matices...si bien en más de una ocasión  la actitud de Strange y sus habilidades  mentales recuerdan demasiado al Sherlock de Moffat. En cambio, es el personaje de Mordo el que  ofrece más matices: frente al papel inicial de amigo y mentor, este sufre una evolución en la que se aprovechan mejor las luces y sombras que la película podría transmitir. Es su fe ciega en las normas y el presenciar la ruptura de estas lo ue lo desmoraona y lo hace convertirse comprensiblemente en un potencial antagonista. No es el caso de el Antigo o Kaecilius, quienes se limitan a figurar coo arquetipos de maestro y villano vengativo de cara a terminar la estructura del guión y facilitar la llegada de las secuencias de acción y explosiones. Desde luego, la presencia de Mads Mikkelsen está tan desaprovechada coo la de Christopher Ecceston  en Thor: el mundo oscuro.



Si en las anteriores producciones los efectos especiales se destinaban a hacer que la gente vuele y las cosas leviten o exploten de forma espectacular, aquí  el departamento ha tenido  un poco más de libertad. El aspecto visual principal es el de la magia, y esta sirve para poder dedicar la inforafía a conseguir escenarios más irreales y en principio, creativos. Una tarea lograda solo a ratos: hay secuencias donde realmente aprovechan el sentido de lo fantástico y la idea de romper las reglas, recurriendo a imágenes frangmentadas similaes a las de un caleidoscopio, o el despliegue de colores que supone el primer viaje astral de Strange. En otras, se limitan a seguir un camino más seguro, pero que garantiza  la espectacularidad de estos efectos: las escenas donde los edificios  se separan y repliegan sobre si mismos  cumple esta función, pero es imposible no verlo sin recordar Inception y pensar que han abusado un poco de este recurso. Parece, en general, que a este aspecto creativo se le ha dado libertd, pero no demasiada para no espantar a un público al que  han estudiado al milímetro y conocen lo que quieren, o más bien, lo que se le quiere ofrecer y va a garantizar un éxito de taquilla.



Doctor Extraño cuenta con la mayría de defectos y aciertos de todas las historias de orígenes ue ha ofrecido Marvel hasta ahora:  no se va a alejar de los caminos pautados previamente pero el personaje al menos, supone una aportación menos conocida y más variada que los supehéroes anteriores. También ha supuesto un reto al aportar un nuevo héroe  en una fase en la que Marvel parece enfrentarse a un agotamiento lógico de la franquicia. Pero por otro lado, el estreno de una tercera entrega de Thor donde tendremos una aparición del mago interpretado por Benedict Cumberbatch es muy prometedor. Espero al menos que no nos decepcione.

jueves, 9 de febrero de 2017

Lecturas de la semana. Volviendo a los clásicos.



Una de las peores cosas de haberse mudado es la falta de pelitos de gato en los muebles de la casa (aunque por el momento, Sabela y Narnia siguen muy felices repartiendo pelusa y felicidad felina en su hogar temporal). Una de las mejores es que además de muebles, venía con libros. En concreto, con bastantes ejemplares de las colecciones de novelas de aventuras y policíacas que El País había sacado hace varios años. Una parte de los que publicaron son todavía muy populares. Otros suenan, pero más por las adapciones cinematográficas de los años cuarenta y cincuenta. . En toco caso, en conjunto siguen considerándose verdaderos clásicos, aunque muchos de ellos no se me hubiera ocurrido empezarlos. Estando disponibles en un estante, era un buen momento.



L. Frank Baum. El mago de Oz. Judy Garland haría famosa la versión musical de un libro muy cortito que, al igual que Alicia o Peter Pan, daría lugar a multitud de aproximaciones, y de lo más variopinto. Pero que, como estos, acabaría muchas veces siendo eclipsado por el cine. No hace falta resumir la historia de Dorothy, que perdida tras un tornado en un país extraño, intenta encontrar al mago que la devolverá a casa, acompañada por un león cobarde, un hombre de lata y un espantapájaros.

En el texto se reconocen los rasgos típicos de la narración de un viaje iniciático para sus protagonistas, que posteriormente se retomaría en muchos otros libros: la búsqueda del hogar, de cualidades como la valentía, o la inteligencia que todos tenían desde el primer momento se refleja de una forma muy sencilla. El lenguaje no es complejo, sino el necesario para un cuento destinado a ser leído por niños. Pero no impide que la historia desborde fantasía e incluso juegue a veces con escenarios muy poéticos: el hogar de Dorothy, la protagonista, es gris. Un gris que lo inunda todo, frente a la viveza de los lugares que visitará posteriormente, detalle que la película capta perfectamente.

Además, la edición conserva el postfacio escrito por Baum, donde explica que su intención era entretener a los niños, ofreciéndoles fantasía sin tener que incluir ninguna enseñanza moral. Hay que reconocerle que, al menos en el primer viaje de Dorothy a Oz, lo consiguió.



Agatha Christie. Asesinato en el Orient Express. Junto a Diez negritos, el caso resuelto por Hercule Poirot a bordo del popular ferrocarril es la obra más famosa de Christie y al menos, dos de las más recomendables de la autora.
El escenario de la habitación cerrada y los múltiples sospechosos se traslada aquí a un lugar que entonces supuso una novedad: un viajero del Orient Express es asesinado, no hay más potenciales asesinos que los demás pasajeros y ninguno de ellos tiene en apariencia motivo para haber cometido el crimen.
La novela no está pensada para ofrecer pistas al lector sino para que estas sean descubiertas y analizadas por su protagonista. Cada capítulo plantea un nuevo enlace entre los sospechosos y más información sobre el motivo del asesinato. Que en realidad parece un poco arbitrario que la explicación desemboque en un lugar tan exótico como improbable. Y, al igual que la mayoría de crímenes planteados en la narrativa de esa década, esta se queda bastante nimia para unos lectores acostumbrados a policiacos más duros y desengañados. Pero es precisamente esta ambientación tan clásica, casi nostálgica, y cómo se orquesta su planteamiento, lo que convierte el Asesinato en el Orient Express en un referente para las siguientes décadas.

jueves, 2 de febrero de 2017

Curtain (2015). Bañera al pasado. O a otro sitio


Las cortinas de la ducha son uno de los peores inventos que puede haber en un cuarto de bajo. No como las mamparas, que al menos cumplen su objetivo honestamente, las otras hacen justamente lo contrario. Estarán pensadas para evitar que el agua salpique, pero parece que no tienen muy claro como llevarlo a cabo: si se quedan fuera de la bañera, esta se va fuera. Y si se quedan dentro, son capaces de crear la peor sensación que puede soportar un ser humano: acabar envuelto en una especie de alga nori semihelada y empeñada en pegarse a la anatomía del sufrido usuario. No se si algún guionista tenía esto en mente cuando se sentó a escribir, pero es una premisa tan peregrina como cualquier otra para la película que resultó.



The Gateway era el título anterior de Curtain, uno un poco más ambiguo y menos directo que el que se eligió finalmente. Aunque este último no engañaba: es gracia una sucesión de cortinas de ducha desaparecidas por las que la protagonista descubre que algo sucede en su cuarto de baño. Un portal, por llamarlo de algún modo, a través del que desaparecen determinados objetos y que es celosamente protegido por un grupo de personajes, que no dudan en recurrir a la violencia para silenciar a todos los que descubren su existencia. Pese a las amenazas, y al peligro que corre su vida y la de sus seres cercanos, ella decide, junto a su compañero de trabajo, descubrir que es lo que sucede al otro lado de la puerta.



La película cuenta con muy pocos medios, gran parte de los cuales se debieron dedicar a que esta tuviera una realización de aspecto más profesional de lo que podría esperarse al principio. Pero esta falta de recursos también ha sido muy bien aprovechada convirtiéndola en una ventaja: lo absurdo de la premisa, los escenarios reducidos y anodinos y la practica ausencia de efectos especiales se emplea en este caso para rodar de una manera muy similar a la que se hacía en muchas series B de los ochenta. Esto lo usan unicamente como recurso, y de manera más puntual, como referencia, en casos tan específicos como el componer una banda sonora a base de sintetizadores y unos efectos especiales hechos con animaciones o maquillajes de látex que no desentonarían en un vhs de hace treinta años. El resultado es muy curioso, y también satisfactorio: por un lado, aprovechan todo el factor nostalgia para poder ocultar las limitaciones de presupuesto, y por otro, estas referencias a un tipo de cine fantástico propio de hace varias décadas es muy sutil, solo un medio y no un fin como podía haber sido el caso de Stranger Things. Y esos tenían más dinero a mano..



A este tipo de producciones con unas limitaciones tan marcadas, solo les pido dos cosas: que al menos lo compensen con la capacidad de los actores y con la calidad de la filmación. Lo último es más bien por no estar acostumbrada al cine independiente, y me cuesta más entrar en una historia cuando parece haber sido filmada con una cámara doméstica. Los dos requisitos los cumplen perfectamente: No hay grandes efectos especiales, pero la realización resulta muy profesional. Y el reparto es más que correcto: no hay caras conocidas, pero todos resultan creíbles, desde el secundarios anecdótico hasta los protagonistas, e incluso cada uno de ellos cuenta con una particularidad que los hace llamativos: viandantes con cualquier opinión particular, unos antagonistas que aparecen poco, pero cuyo aspecto no desentonaría en Dunwich, y sobre todo, unos protagonistas que por su caracterización, se ganan las simpatías del público desde el primer momento. No se sabe mucho de los motivos por los que el personaje principal ha abandonado su anterior trabajo, pero ese enigma, sin ser parte de una trama, la hace mucho más cercana. Al igual que su compañero, que con una caracterización tan corriente como el de ser mal dibujante (aunque le apasione el hobby) o consciente de su cobardía, no se convierte en un alivio cómico, sino en uno más, y muy entrañable, de una historia un poco extraña.

 
No tengo claro si es un vórtice dimensional o el fondo de un cesto de mimbre


Este trabajo con los personajes ayuda a compensar en parte el principal problema del guión: la historia, superado un gancho tan estrambótico como el de una cortina de ducha, se queda en algo muy pequeño y lleno de cabos sueltos: sectarios que no se sabe muy bien qué es lo que veneran, galimatías sobre magia que se quedan en poco más que dar una explicación pobre y algún que otro intento de darle un poco de cohesión a la trama que no funciona. Esta, con las menciones a sectas y libros de magia, se apoya más en el conocimiento previo que tuviera el espectador de la versión en la cultura popular de lo sobrenatural que lo que aporta el guión, que en ese sentido es más bien poco.


Con un comienzo tan extraño como es el mezclar vórtices dimensionales con cuartos de baño, y unos personajes bastante particulares, Curtain acaba funcionando: es una película menor, pero con un planteamiento de serie B muy inesperado y divertido. Aunque, también ha sido una suerte que la idea del guionista se fuera hacia una bañera y no a otras piezas del lavabo. No termino de imaginarme algo titulado “La sombra sobre la cisterna”.



miércoles, 25 de enero de 2017

Lecturas de la semana. Segundo idioma, terror y ciencia ficción en la escuela


Las lecturas, obligatorias, o recomendadas durante la época escolar parecen ir por dos sitios: o los clásicos literarios establecidos en el plan de estudio (alerta: pueden contener comentarios de texto, análisis sintácticos y datos históricos sobre la época del autor), o bien libros contemporáneos, más ligeros, y orientados hacia el público juvenil, con los que completar el tiempo o quizá, promover el hábito lector entre los alumnos. Estos últimos eran los que peor llevaba durante esos años: muchos profesores optan por temas que sus alumnos puedan encontrar interesantes o cercanos. Y a mí esas selecciones sobre los problemas de un adolescente en su primer año de instituto, dramas personales y amistades de quinceañeros varios me producían el efecto contrario. Alguno había un poco más astuto y optaba por buscar una novela de humor o un policiaco (la serie de Flanagan llegó a ser muy popular e incluso contar con el cariño de sus lectores), pese a que siempre es muy difícil que nadie se motive cuando el objetivo de estos es realizar un trabajo, una lista con el vocabulario que se desconocía, o memorizar su argumento de cara a demostrar que se ha leído. Después están verdaderas rarezas, como que aparezcan en estas listas alguna obra de terror o ciencia ficción...cosa que me pasó, nada menos que dos veces. Y si algo bueno tienen estos libros es que, pasados unos años, no se ven con tanta tirria, y que debido a su brevedad, perfectamente pueden leerse dos en una tarde, como ha acabado por pasar con esos dos libros que fueron los más desconcertantes en esas listas obligatorias.



Suso de Toro. A sombra cazadora. De Toro cuenta con varias novelas de intriga, de las cuales Trece campanadas fue llevada al cine. La sombra cazadora es de unos años antes, y sin estar especificamente destinada al publico juvenil, sí fue relativamente habitual en los institutos. Y su argumento, toda una sorpresa viniendo de ese campo: narrada en primera persona, cuenta la historia de dos hermanos, quienes viven junto a su padre aislados del mundo exterior. Tras la muerte de este, no les quedará más remedio que salir a la ciudad y descubrir que esta es todo un escenario desolador, poblado por pantallas, situaciones violentas, y donde se convierten en fugitivos. A partir de aquí se crea una historia donde se mezcla de forma muy efectiva el cyberpunk y referencias mitológicas que acaban siendo un elemento de mayor interés que la trama de ciencia ficción: las menciones a Fausto, la atribución de poder a los nombres de cada persona, al minotauro, y, un poco más reciente, a 1984 tienen un resultado muy adecuado. Le da  un trasfondo mucho más amplio al libro, y quizá, sorprende unos años después, cuando, con unos libros más encima, es mucho más sencillo reconocerlas y apreciarlas.

En conjunto, la historia resulta muy concisa, resolviéndose la trama en un período de tiempo muy corto y que se ve apoyado de forma positiva por la brevedad del libro. Algo que hoy también es toda una rareza: si se hubiera escrito hoy (y probablemente, por alguien que no se dedicara a escribir novelas independientes como de Toro), esa misma situación se alargaría durante al menos un año, contaría con tres libros al menos, uno de los cuales destinado a ser mero relleno, y a la protagonista la habrían puesto a decidir entre dos intereses románticos. Creo que me quedo con La sombra cazadora de verdad..



Agustín Fernández Paz. Cartas de Inverno. Cuando la contraportada de un libro informa cómo un escritor llega a una mansión antigua, se encuentra un cuadro de aspecto siniestro, y comienza a desvelar un misterio de corte sobrenatural que puede amenazar su vida, uno se imagina que la cosa no va por el drama juvenil. Y cuando, al abrirlo el prefacio incluye una cita de H. P. Lovecraft, la reacción es de sorpresa absoluta. Porque la idea de Cartas de invierno es la de ser una novela corta (muy corta) de tintes lovecraftianos, influencia que no pretende esconder sino que lo mencionan abiertamente como uno de los escritores favoritos del protagonista. En ese sentido, tampoco pretende innovar, porque practicamente utiliza todos los clichés de H. P. L.: las cartas escritas por un protagonista convertido en víctima de un horror inevitable, la atmósfera de aislamiento y una trama sobrenatural de la que desde un principio se sospecha que va a acabar con la condenación de los personajes. Una historia que, hoy en cualquier antología se consideraría normalita o poco novedosa. Y que quizá es excesivamente consciente del público para el que está escrita, empeñándose en incluir todo tipo de aclaraciones asumiendo que el lector no las conoce, y que no va a buscarlas. Que, en una novela epistolar, resulta bastante absurda: no tiene mucho sentido que dos personajes se pongan a explicar qué era el Revolution Number Nine de los Beatles, o a enumerar en un momento dado las editoriales más importantes en la historia de la literatura gallega (que, por cierto, era una parte del contenido de las asignaturas de gallego entonces). Salvo esos momentos puntuales, que le restan mucha atmósfera, la idea acaba funcionando y concluye como una buena historia de terror cósmico, no innovadora, pero una muy bien escrita.

Este conjunto fue toda una sorpresa para los aficionados al fantástico, pero también en mi caso, una prueba de que el sistema para promover la lectura a los estudiantes no era el más adecuado: entre la tarde en la que la leí y se hicieron las preguntas del libro transcurrieron unos dos meses, haciendo que no tuviera la historia demasiado fresca, y que me encontrara para mi indignación con un cero en el examen. En su momento, algo bastante dramático como solo lo son las notas de una estudiante. Ahora, el que obtuviera en una novela lovecraftiana la calificación más baja de mi vida, resulta hasta cómico. Y por suerte, no supuso el perder la afición por la lectura.

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