Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

lunes, 22 de mayo de 2017

Kong: Skull Island (2017). La isla de los monstruos


Si hay un guión que resulte difícil trasladar a la época actual sería el de King Kong: ya el remake en 2005 optaba por servirse del mismo escenario que el original, quizá porque cada vez cuesta más el creerse que haya una isla que no se pueda localizar por Google Earth, y que, por desgracia, hoy el monete no tendría un asalto. Y, habiéndose filmado uno hace tan poco tiempo, la idea de volver a hacer otra versión de la misma historia no parecía demasiado llamativa. Y menos cuando esta parece funcionar solo con un estilo muy añejo y una aproximación tan inocente como la que podría realizarse en los años treinta. Un enfoque distinto fue lo que hizo que la premisa pareciera más atractiva que los guiones vistos antes: si los escenarios exóticos y el viaje a un entorno extraño habían sido solo una pequeña parte de la trama, ahora se convierten en la principal. O lo que es lo mismo: si el mono no va a Nueva York, Nueva York se va a ver al mono.



Pero en La isla de la Calavera tampoco puede esperarse un entorno moderno, sino que se retrocede unas décadas atrás, durante los años setenta en pleno final de la guerra de Vietnam. Donde un grupo de científicos son acompañados por un comando militar hacia una expedición en la que descubrir un nuevo ecosistema. Este, oculto hasta entonces por una nube de tormentas eléctricas, es realmente un lugar lleno de seres desconocidos, pero también peligroso. En el que la mayor amenaza parece ser un gigantesco simio que ha atacado a los soldados y contra el que el jefe de estos comienza a desarrollar una enemistad casi obsesiva, pero donde también hay criaturas más peligrosas que este e incluso algún aliado.



La idea de olvidarse de los escenarios más recordados, y tópicos del King Kong original, acaba funcionando muy bien: en lugar de una película de estilo pulp dedicada a recrear la estética y el vestuario de los años treinta, esta deriva hacia una producción de aventuras en un entorno desconocido para los personajes, trama que en realidad es muy cercano al género durante esa época. Giros como el recurrir a islas remotas, especies desconocidas y tribus perdidas en el medio de la nada, donde un grupo de investigadores o soldados de fortuna deben sobrevivir, tiene en realidad muchos elementos en común con el pulp. Aunque el entorno temporal escogido para el guión sea muy posterior,



En cierto modo, el plantearlo en una época más asociada al cine bélico o los dramas sociales aporta cierta novedad, al no estar tan trillado, y sobre todo, es todo un alivio a la hora de evitar problemas de credibilidad que podrían darse de haber elegido una ambientación contemporánea: retirado cualquier sistema de localización y comunicación moderno, es mucho más sencillo el hacer que el público vaya aceptando el sentido de lo desconocido en el que se basa un poco el guión. Esta idea de “los setenta” se mantiene bastante bien no solo en lo más visible como los vestuarios o el atrezzo, sino en la paleta de colores que se emplea: todos ellos son muy apagados, en tonos terrosos que recuerdan un poco a las producciones bélicas y donde ni si quiera las tomas de la isla deslumbran por brillo, sino que resultan muy oscuras, con el tono un poco amenazador que realmente debería tener un entorno hostil. Y donde, por suerte, los efectos especiales son algo necesario y no un alarde: si hay que sacar un mono gigante y unos bichos no catalogados por la ciencia, la infografía es una parte más. Como también lo son las secuencias de acción, las de pelea o las de huida, teniendo en realidad las que cuentan con presencia humana mucho más peso que los meros efectos. Por una vez, la impresión que produce es que la duración es la adecuada y a las peleas entre dos efectos infográficos se les ha dedicado el tiempo justo.



Teniendo en cuenta que gran parte del guión transcurre en un escenario muy alejado de cualquier referencia temporal, esa misma idea de mostrar una década concreta resulta algo machacona al comienzo: los primeros momentos son en gran parte imágenes de archivo, de menciones a Vietnam, a Nixon, clips de música y cierta fijación en enfocar todo lo que sea tecnología analógica. De modo que la presentación de la narración y los personajes se ve acompañada por un montón de tomas de teléfonos de horquilla, transistores y cámaras reflex que resultan un poco incomprensibles. O más bien, que parecen pensadas para mostrar a los espectadores nacidos en los noventa que hubo una época en la que los teléfonos tenían cable y no había internet.



Esta tendencia en mostrar las cosas de forma demasiado evidente también se nota demasiado en los personajes, especialmente en los antagonistas: desde el primer momento se les muestra con ganas de disparar a todo lo que se mueva, empeñándose en acabar con lo que les ha atacado para defenderse y en general, recurriendo a trucos bastante simples para que no se les tenga la más mínima simpatía en cuanto estos empiecen a caer como moscas. Que quede claro que no solo son malos, sino que lo disfrutan. Se salva un poco en este caso el papel interpretado por Samuel L. Jackson, pero solo por comparación respecto a los anteriores, ya que este acaba siendo una mezcla un poco extraña entre militar de película sobre Vietnam pasado de vueltas y el capitán Ahab. John Goodman, como científico, acaba teniendo muy poco peso, y de los protagonistas, Tom Hiddleston y Brie Larson, lo mejor que se puede decir es que al menos esta vez se han ahorrado cualquier subtrama romántica, y que si funcionan es por el buen hacer de los actores, porque acaban resultando bastante neutros. Mejor suerte corre el secundario que sirve como enlace entre la isla y los protagonistas, un personaje a medio camino entre el necesario para aportar explicaciones y el cómico que en realidad, resulta muy efectivo: de todos los que aparecen, acaba resultando el más cercano y aquel que se gana más el afecto del público.

Kong: la isla de la Calavera, consigue ser lo que pretendía: una película de aventuras, con un poco de historia, menos estandarizada que otras producciones y donde la duración y los efectos especiales no aturullan. Pero que tampoco se escapa al afán por serializar todo lo que se estrene en un cine: las escenas post-créditos acaban anunciando que, si todo va bien, King Kong no va a ser el único gigante que aparezca en las pantallas sino que va a ser parte de una nueva serie de blockbusters. El poder escapar de universos comunes, expandidos y franquicias varias cada vez es más difícil.

jueves, 11 de mayo de 2017

Laird Barron: El rito. Tradición oral, horrores cósmicos y pérdidas de memoria a corto plazo


Laird Barron fue posiblemente el mejor descubrimiento con el que cerré el año pasado. Un libro fue suficiente para que su particular mezcla de pulp, género negro y terror sobrenatural me convenciera para continuar con quien se le puede considerar como un autor lovecraftiano de pleno derecho. Y al que por el momento, es difícil encontrar en un idioma distinto al inglés, porque en España solo se tradujo su segunda novela. Que por otro lado, es una muestra de su hacer tan buena, e incluso más redonda, de lo que supuso su primera novela.



El rito es una relato fragmentado. Algo que el lector casi tiene que hilar a partir de un prólogo, donde se revela la verdad sobre el cuento de Rumpelstinskin, de las historias que traen consigo cada uno de los conocidos de la familia Miller, un matrimonio formado por un geólogo y una antropóloga, y sobre todo, por lo que el propio Donald Miller ha olvidado a lo largo de su vida o le han hecho olvidar. Concretamente lo que sucedió durante un viaje a México con su esposa en los años sesenta, cuando esta desapareció sin dejar rastro durante varias horas. A partir de entonces, determinados momentos de su vida lo pondrán en contacto con una realidad insospechada: una conspiración iniciada hace milenios por criaturas desconocidas que su entorno insinúa conocer desde hace tiempo. A la que algunos de sus antepasados se enfrentaron y le advirtieron, y que parece estar estrechamente relacionada la familia de su esposa. Y que, en algún momento determinado, llegó a presenciar sin que en su mente quedara más rastro que la de una pesadilla y, quizá a modo de advertencia, el miedo a acercarse a determinados lugares.



Barron llevaba varios años escribiendo relatos antes de comenzar con las novelas, pero sigue notándose que el formato más breve es donde se encuentra más comodo. Ninguna de las dos escritas son especialmente extensas, lo que es un acierto porque solo serviría para hacer más evidentes algunos de sus defectos: y es que es bastante difícil que llegue a narrar una trama de forma lineal sin irse por las ramas con un flashback o explicando los antecedentes de determinados personajes. Algo que se hace muy presente en esta novela, donde más que una linea principal, existe una trama deslabazada, casi compuesta por retazos que, en algunos casos, sirven para componer un mosaico completo y hacer que el lector, junto al protagonista, que se pasa medio libro con su memoria hecha unos zorros, tenga una visión de conjunto de lo que ha sucedido..y de a donde quería llegar la histora. Al menos, es para lo que sirven una parte de estas. Porque el resto en realidad casi son historias independientes sobre personajes que van y vienen, de los que podría saberse meno o nada sin que la narración se resintiera. Pero, que por su brevedad, se acaban disfrutando esos incisos donde se conocen a personajes tan particulares como un tipo con la nariz de cobre, o donde apenas se llegan a intuir las posibles aventuras que el abuelo del protagonista vivió y que no llegó a contarle. En cierto modo, es una forma de narrar muy errática, donde la salva principalmente la brevedad del libro y que, salvo por tratarse de una historia escrita, es muy similar a cómo podría contarla alguien en una taberna: con unas situaciones que casi parecen imposibles, y muchas divagaciones que no van a ninguna parte hasta que el narrador decide volver a su relato inicial.


La tradición habla de la serpiente Uróboros. En España tenemos la pescadilla que se muerde la cola y Laird Barron, la Hermandad de la vieja sanguijuela

Sería injusto decir que Barron es un escritor lovecraftiano como único aspecto positivo. Él tiene su propio estilo, y en muchos aspectos, muy alejado de los protagonistas pasivos y angustiados de Lovecraft. Tiene en común con él una visión del horror donde el ser humano apenas está de paso en un universo poblado de seres para los que estos no son nada. Pero mientras el primero insistía en que Cthulhu apenas se enteraba de la presencia de los humanos, los Hijos de la Vieja Sanguijuela creados por Barron disfrutan de lo lindo atormentando a aquellos que tienen la desgracia de encontrarlos. En cierto modo, son la versión en matón de los Primigenios, y no dudan en marear a los protagonistas, e incluso explicar su presencia de una forma mucho más sencilla. Lejos de adjetivos y términos vagos, se recurre a una explicación un poco más de campo, pero tan evocadora como “esconderse en las profundidades de la tierra y en los confines de la realidad” y en la que se sirve de manera muy hábil de la tradición oral y la mitología para explicar su presencia a lo largo de los siglos.



El rito es una novela con los pies un poco más en la tierra, y mejor ejecutada, de lo que lo fue la primera (que sigue pareciéndome la mar de excesiva y divertida), donde a veces la estructura de la narración hace que sea un poco difícil seguir el hilo, convirtiéndose esto bien en un defecto propio, o en una característica típica de su autor. Pero sin que esto impida que Barron se muestre como un narrador muy válido y con una visión del fantástico que no se encuentra a menudo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Catwoman (2004). Cualquier parecido con el original es pura coincidencia


Aunque ahora cualquier película de superhéroes (bueno, parece que los de DC lo están teniendo un poquito más crudo) tenga papeletas para salir bien y recaudar, es una tendencia reciente. No hace falta irse hasta los noventa donde algunas adapciones se hicieron como buenamente pudieron, sino hace solo una década una película acabó siendo, medio en broma medio en serio, el ejemplo de lo que no debe hacerse con un personaje de comic. Ya entonces tuve bastante con algún estreno un poco decepcionante, y entonces el tema de los superhéroes no me interesaba mucho. Por lo que no llegué a ver la película de Hale Berry que habían recibido bastantes críticas. Tampoco esperaba quedarme a verla en un pase de televisión, pero antes de poder coger el mando, dos gatas se me habían sentado en el regazo impidiendo todo movimiento. Aún ahora sospecho que esa semana la película del sábado la eligieron Sabela y Narnia...



La Catwoman que vimos en cine no es Selina Kyle, sino Patience, una apocada ilustradora publicitaria que trabaja para una firma de cosméticos. Tan apocada, que es un poco extraño que su jefe llegue a darse cuenta de su existencia para dedicarse a echarle broncas monumentales. En realidad esto es más bien porque él es el malo oficial de la película: no contento con gestionar a su plantilla de una forma bastante arbitraria, pretende lanzar al mercado un cosmético provoca graves lesiones cutáneas y una completa dependencia de su uso para evitarlo. Tras descubrir accidentalmente lo que el producto estrella de la empresa oculta, Patience es atacada por orden de sus jefes y dada por muerta. Es a partir de entonces cuando su vida sufrirá una trasformación: despierta, sin recordar lo sucedido, rodeada de gatos, comprobando que sus sentidos y su agilidad han se han agudizado como los de un felino. A partir de entonces empleará sus nuevas habilidades para actividades tan dispares como descubrir que es lo que pasó esa noche, vengarse de sus asesinos...y cambiar totalmente su estilismo.



Pese a tener los derechos del personaje de DC, la adaptación es muy libre. Tanto, que en realidad se trata del origen del personaje en cuestión, del que solo tiene en común el nombre, y donde no aparece Gotham, Batman ni una sola mención a cualquier otro elemento de los comics. Algo que en realidad no es negativo, sino una aproximación distinta, y bastante arriesgada, a una supervillana o heroína con mucha historia a sus espaldas. En realidad, el problema viene de ser una producción donde parece que el equipo puso todo su esfuerzo en que esta fuera lo peor que pudiera estrenarse.



Vista hoy, la película cuenta con todos los defectos típicos del cine de esa década: un montaje de secuencias de acción demasiado acelerado y un poco de videoclip, una banda sonora que machaca a base de piezas de rythm and blues electrónico, unos estilismos que pretenden ser modernos y que hoy desentonan tanto como las hombreras y la laca de los años ochenta, y un total abuso de los efectos digitales. Tan presentes que llegan a generar con ellos secuencias que podrían haberse filmado de forma artesanal, y es que ver a unos gaticos generados por ordenador hace que se me caiga el alma a los pies. O, donde directamente, las acrobacias de la protagonista son sustituidas por infografías que saltan, rebotan y hacen piruetas en lugar de esta o de su doble. Y que, como muchas películas de presupuesto alto de esa década que cometieron el mismo error, hoy chirrían o dan un poco de vergüenza ajena.


 
No sé si estoy viendo una de superhéroes o una comedia romántica

El guión tampoco ayuda. No es tanto por la premisa, que perfectamente podría haber sido una empresa de chocolates malvada, y habría funcionado igual, sino por la ejecución. Esta consiste un montón de tópicos y lugares comunes hilados para contar una historia que no aporta mucho, de los que se van echando mano cuando hace falta: no llega a quedar claro si es una historia de venganza, porque la protagonista parece bastante feliz con su nueva condición superheróica, ni de villanos, porque solo es en el último momento en el que se inventan propiedades inverosímiles para justificar que el antagonista final dure más de lo que debería (en este caso, la crema mutante del principio genera piel de acero e insensibilidad al dolor. O que se te derrita la cara. Lo que necesite el guionista en cada caso) ni de evolución de la protagonista, porque en realidad, no existe.

 
Vamos a poner gatetes que es a lo que vinimos

Hale Berry estaba en un buen momento durante esa época, después de haber interpretado a Tormenta en dos entregas de X- Men, y su elección como protagonista parecía prometedora o una apuesta segura. Pero tal y como la conciben, esta pasa de ser una mosquita muerta a moverse literalmente como una gata, que es practicamente a lo que destinan sus apariciones como Catwoman. Una heroína a la que en este caso le dan un origen sobrenatural, directamente vinculado al arquetipo del felino, y cuya trasformación tratan en algunos momentos de manera cómica, con una protagonista colocándose con nébeda o bufando a un perro, y lo ridículo. Que más o menos es el resto: poses pretendidamente sexys, secuencias destinadas a verla caminar, un par de maullidos y juegos de palabras con “purr” que dan vergüenza ajena y uno de los trajes más absurdos e injustificados que se pudieron conseguir para cualquier héroe basado en un comic. Porque no hay nada más confortable para moverse por los tejados que un sujetador con correas de cuero y unos pantalones de campana con tacones. Mientras tanto, Sharon Stone probablemente se pregunta como ha podido pasar de su carrera en los noventa a acabar ahí, y el resto de secundarios, se limita a aparecer y cumplir su parte del guión.



El desastre que supuso Catwoman acaba por no serlo tanto por su alejamiento del original del comic sino por tratarse de una película muy floja. Un enfoque donde aparentemente nada podía salir mal hasta que acabó por verse en pantalla el resultado, como también pasó con Van Helsing ese mismo año. Aunque al menos en la primera salían un montón de gaticos.




jueves, 27 de abril de 2017

Lecturas de la semana. Qué raro es todo...


"Ahí estás de nuevo leyendo cosas raras" es una de las frases que más a menudo he escuchado. Y que más me costaba entender porque el nivel de extrañeza no es un baremo objetivo: Ni M. R. James, ni Lovecraft, ni Terry Pratchett tienen por qué ser raros, ni la trilogía Millenium la norma (me voy a este ejemplo porque desde entonces no he vuelto a saber lo que se está vendiendo), ni al contrario. En cambio, si hay escritores que se salen de de la norma o de las lecturas habituales. Las historias de Thomas Ligotti son extrañas. La forma que tiene Jean Ray de entender el pulp también es extraña. El mundo de Gormenghast es de lo más desconcertante y el multiverso de Michael Moorcock también tiene sus momentos. Y los dos libros de esta semana también van sobrados de rareza...pero también los hace todo un descubrimiento.



Laird Barron. The Beautiful Thing that awaits us All. Con una primera novela donde se mezcla la narrativa pulp con las peleas ilegales, los agentes del gobierno y los Primigenios, Barron hacía quedar claro su estilo, y que un poco como Robert E. Howard, era lo que había: un tipo de terror muy visual y directo, pero también un tanto increíble y en el que se mezclaban influencias muy variadas. En esta colección de relatos abarca unos cuantos escenarios más y aunque las criaturas y situaciones que aparecen no son nuevas, este las adapta a su propio estilo, que en este caso, resultan bastante exóticas por lo concreto de cada ambientación. No hay un nexo común entre los cuentos, ni por temática ni por universo compartido, sino que estos pueden ir desde un caso de magia negra en la America rural de los años 20, hasta su propia versión de la licantropía, muy basada en los mitos de los nativos, pasando por una revisión muy sangrienta a los cuentos de hadas tradicionales e incluso una parodia sobre los escritores de terror modernos.

La recopilación termina mostrando una visión un poco más amplia de sus intereses de lo que podían hacer una novela, y estableciendo también los puntos fios y preferenias del autor. Pero también sus defectos: su tendencia a las tramas deslabazadas y  perderse demasiado narrando los antecedentes de personajes secundarios, que, aunque sean fascinantes, hace difícil volver a coger el hilo de la trama principal una vez se ha interrumpido para explicar a dos, tres o cinco personajes. En cierto modo, estas no son otras que sus características como el narrador de un tipo de historias donde a menudo, lo importante no es lo que iba a contar según el texto de contraportada, sino el cómo se detiene en cada una de los escenarios, y en cada uno de los personajes, que componen sus libros.



Stefan Grabinski. El demonio del movimiento. Un desconocido para mí hasta que Valdemar anunció que publicaría sus relatos. A partir de ahí resultó que además de considerarlo el Poe polaco, Thomas Ligotti era admirador suyo y que  sus relatos tenían en común con él la atmósfera de pesadilla y los personajes aislados de la sociedad. Pero, si los de Ligotti se caracterizan por la presencia de marionetas (como elemento terrorífico, y sobre todo como metáfora), los de Grabinski, al menos en esta colección, lo hacen por tener como elemento en común los trenes.

Estos están presentes a lo largo del libro, en unas historias que transcurren en estaciones, en máquinas o en vagones de tren y donde sus personajes principales son maquinistas, jefes de estación, pasajeros. Todos ellos afectados de una manera u otra por lo que el tren representa en cada caso: la necesidad de permanecer en movimiento, la huída, y también lo sobrenatural presentado de las formas más variadas. De las cuales, la más común es la presencia contínua del movimiento: un maquinista obsesionado con la necesidad de evitar las rutas circulares, un pasajero poseído por el "demonio del movimiento" que le obliga a emprender viajes hacia cualquier lugar, o las historias de terror, ciertas o no, que los empleados de la compañía ferroviaria cuentan entre ellos durante sus guardias.

Al menos este primera recopilación ha sido todo un descubrimiento: por lo poco visto de sus escenarios, por el estilo tan propio de entreguerras que emplea el autor (el libro se publicó en 1919), y por la sorpresa de haber encontrado a un autor nuevo, aunque hubieran pasado casi 100 años desde que sus textos vieran la luz.

jueves, 20 de abril de 2017

Golpe en la Pequeña China (1986). Como dice Jack Burton en ocasiones como estas...



Los ochenta fueron una buena época para el fantástico y la serie B, y gran parte de ello se debe al trabajo que desempeñó entonces John Carpenter. Durante esa década su producción fue de lo más variada, desde el terror gracias a La cosa y La niebla, la ciencia ficción y el cine de acción...e incluso a las películas “de chinos” de toda la vida. O más bien, a las de Fu Manchú y las de artes marciales con los mismos medios, pero más ingenio, de las que estas disponían.



Golpe en la Pequeña China transcurre en la Chinatown de San Francisco (me quedo con el nombre en inglés porque en castellano barrio chino es otra cosa, y no es plan de que me de la risa floja mientras escribo), donde Jack Burton, un camionero deslenguado, chuleta y de buen corazón, como todo héroe de acción que se precie, acompaña a su amigo a recoger a su prometida al aeropuerto. A partir de ese momento, con la irrupción de una de las muchas bandas que controlan la zona, y el secuestro de la joven, comienza una sucesión de situaciones enloquecidas: guerras de mafias a golpe de machete y artes marciales, magia negra y un malvado hechicero que ansía cumplir una profecía según la cual, casarse con una chica de ojos verdes lo librará de una maldición milenaria y le permitirá alcanzar el poder necesario para dominar el mundo.





Pese a no ser una comedia, la película no se toma en serio en ningún momento. El guión casi sirve para hilar secuencias de acción entre una explicación y otra, que sirvan al menos para saber quien es cada personaje o qué planes tiene el villano. Y tampoco es que dediquen demasiado tiempo a explicar las motivaciones de cada uno, ni cómo funciona la sociedad en Chinatown, sino que son las imágenes que hablan por si solas, a través de luchas de las tríadas en plena calle, burdeles, y magos que surgen de la nada, sorprendiendo tanto a un protagonista que se pasa la primera mitad del guión igual de desconcertado que espectador. Tampoco es que se eche demasiado en falta el trasfondo porque ese ritmo tan acelerado es muy adecuado para una historia que precisamente funciona por esa sensación de situaciones atropelladas, que no dan tiempo a pensar. Pero esa consciencia de lo alocado de cada una de las situaciones también proporciona una sensación muy marcada de ser un homenaje a la nostalgia que despertaba un género también marcado a menudo por la falta de coherencia, de ser un humor en realidad muy matizado por este factor, y no de tratarse de una verdadera falta de seriedad.



Es también la nostalgia la que hace que hoy, lo que más se recuerde de la historia sean también los personajes y algunos de sus diálogos. En especial, el Jack Burton interpretado por Kurt Russell, quien en esa época apareció en gran parte de la filmografía de Carpenter y que aquí encaja a la perfección el papel de caradura no muy brillante, pero también entrañable. Y también el que aporta la visión más pragmática a una historia donde mientras el resto de personajes hablan de magia, demonios y profecías, él se preocupa de los aspectos más mundanos, como el repartir estopa y sobre todo, recuperar su camión, un elemento muy secundario al principio de la película pero que también es un rasgo que define al personaje. Este contrasta con el de Lo Pan, quien reúne las características y manías propias de un villano desde los tiempos del Emperador Ming: ante todo, casarse con la chica. Y un poco sacado de la manga, dominar el mundo. Así, sin que quede muy claro, y porque lo dice un secundario. Lo que no supone un punto de coherencia en el guión pero sí irónico y referencial sobre este tipo de antagonistas. Haya sido intencionado o no.



Acostumbrado a trabajar con muy pocos medios, los escenarios pasan de ser unos planos generales en exteriores y en Chinatown a unos decorados aprovechados al máximo: casi toda la acción transcurre en restaurantes, almacenes, sótanos y una cámara donde abundan la decoración propia de un restaurante chino e incluso una enorme calavera de corchopán que se derrumba entre un despliegue de rayos y efectos de sonido de lo más simples. Tampoco faltan los maquillajes y los monstruos manejados de forma mecánica, de los que precisamente su carácter artesanal hace que estos efectos envejezcan mucho mejor que los CGI empleados en la década del 2000. Aunque, en este caso, tratándose de Carpenter y de esa década, es un poco difícil ser imparcial respecto a estos y cualquier monstruo hecho de plástico resulta memorable.



Golpe en la Pequeña China está lejos en cuanto a calidad de 1997 Rescate en Nueva York, por no hablar de La Cosa o La niebla. Pero es imposible no sentir simpatía por un héroe como el Jack Burton de Russell, por lo disparado y disparatado de sus situaciones, y por un guión que, sin nacer con vocación de comedia de las de soltar carcajadas, hace un homenaje al género muy particular.




miércoles, 12 de abril de 2017

Star Wars: Rogue One (2016). La secuela de las prec....¡¡Dios mío!! ¿¡Qué han hecho con Peter Cushing!?



Pudimos tardar treinta años en ver las continuaciones, o el prólogo, de La guerra de las galaxias original. Pero con Disney adquiriendo los derechos, una cosa estaba clara: la franquicia volvería al cine con más regularidad que en las últimas décadas. Primero, con una séptima entrega más que correcta, pero con la sensación de ser un reboot de la serie, y con una serie de historias intermedias para los años en los que estas no se estrenan. Entre los distintos proyectos, el más reciente ha sido uno tan concreto como los hechos anteriores a la primera Guerra de las galaxias, la construcción de la Estrella de la muerte, y sobre todo, cómo demonios un armatroste tan caro pudo tener un defecto estructural tan evidente.




En Rogue One no se utiliza la Fuerza, pero sí se la menciona como una consigna entre los antiguos creyentes y los primeros rebeldes. Tampoco hay jedis, ni héroes predestinados, aunque es precisamente la hija de alguien importante para los planes del imperio la que puede llevar a cabo los primeros pasos de una misión que será clave un tiempo después. Es el caso de  Galen Erso, el diseñador del arma imperial quien poco después quiso abandonar el proyecto y que escondió a su familia para evitar que esta fuera utilizada en su contra. Unos años después, en una Alianza rebelde fragmentada entre moderados y extremistas, Jin, su hija, parece ser la clave para poder detener los planes del imperio y la colaboración de Erso. Esta, lejos de estar comprometida con ninguna causa, solo quiere alejarse tanto de un gobierno para el que es una fugitiva, como para unos rebeldes para los que solo es una herramienta más. Pero en plan concebido por los rebeldes dista mucho de ser una misión de rescate, y el responsable del arma más poderosa del imperio tampoco se limita a guardar una lealtad ciega.





El aspecto más interesante de la película es el mostrar una parte del universo Star Wars que hasta entonces era habitual para los seguidores en comic o en videojuegos, pero no explotado a nivel cinematográfico: la historia de unos personajes independientes, alejados de las tramas sobre jedis y la Fuerza, centrándose en algo tan concreto como una de las misiones que llevan a cabo los rebeldes, aunque esta esté directamente vinculada a la historia principal. En este sentido, la narración es más cercana a un space opera bélico, donde se intenta dar una visión menos unidimensional de ambos bandos: frente a la lucha tradicional de las anteriores entregas, donde el imperio es malvado y recto, y los rebeldes buenos y valientes, estos últimos aparecen ahora retratados como ideologías dispares, algunos más fanáticos y despiadados, otros más prudentes y donde sus decisiones pueden suponer la muerte de inocentes. Una forma  de actuar menos heroica y más cercana a las historias de guerra modernas, que marca también la actitud de los personajes principales: bastante más desesperanzados y ambiguos que los que se presentaban en la trilogía original. Incluso los decorados, colores y vestuarios, siendo los propios de la serie y mostrando una gran diversidad de lugares y criaturas, se hacen eco del tono de la historia y muestran  una tonalidad más gris que sus predecesoras.




Esto no implica que se obvien las menciones al resto de elementos conocidos de la serie: no hay jedis, pero uno de los personajes cuenta con habilidades que pueden ser, o no, propios . de estos. Y siendo la historia previa a Star Wars, tampoco podían faltar  aunque sea breve, la aparición de los protagonistas de esta: Darth Vader, Leia rejuvenecida digitalmente o el almirante Tarkin resucitado para una secuencia tan corta que podrían haberse ahorrado una nigromancia digital que, entre actores reales sigue notándose y la convierte en un cameo incómodo.


Frente a la aparición de estos personajes, los protagonistas de la narración quedan en desventaja. Están bien construidos, se empatiza con ellos  e incluso los que tienen un carácter más cómico, como el creyente en la Fuerza y el androide, funcionan y  se ganan las simpatías del público. Pero pesa sobre ellos la sensación de ser una anécdota, que solo están ahí de paso. En otras palabras, muere hasta el apuntador. También es cierto que ahora no recuerdo si en La guerra de las galaxias original mencionasen que no hubiera supervivientes en esta misión, o si modificaron posteriormente ese diálogo. Y en una industria donde priman los finales felices y las secuelas, la decisión podría parecer arriesgada. En este caso, en cambio, hace sospechar que se debe a la intención de evitar que estos interfieran con los de la continuidad principal.




También se hace evidente que ante todo se ha ido a lo seguro: el guión cubre en apariencia un aspecto  del universo de las películas, pero los arquetipos que emplean son muy similares. Pilotos, rebeldes, androides respondones y un jedi que no es jedi. La estructura también es la propia de un blockbuster, donde queda reservado para el final una secuencia épica llena de altibajos y amenazas para los protagonistas que acaba haciéndose excesivamente larga, como pasó con el desenlace de El hobbit o el señor de los anillos.

Rogue One es, como su título indica, una historia de Star Wars. Una independiente, muy bien narrada y cuando menos, entretenida, pero donde parecen querer a toda costa cortar lazos con cualquier continuación y donde lo peor sigue siendo ese intento  de traer de vuelta a Peter Cushing. La infografía podrá hacer muchas cosas, pero recrear el talento, no.


jueves, 6 de abril de 2017

La cura del bienestar (2017). El balneario de los horrores


 
Gran parte del cine de terror que veo suele ser en casa. Con esto no me refiero a comprobar aterrorizada algún estropicio causado por Sabela y Narnia mientras estaba fuera (que son muy tranquilas, pero cuando la arman, ponen todo su corazón gatuno en ello), sino a que este es más habitual en la tele o en la pantalla del ordenador que en un cine. En parte porque para las salas grandes se quedan los estrenos importantes, y por otro lado porque en una localidad tirando a pequeña, es raro que lleguen producciones de terror aunque se distribuyan en España, si no son algo que ya hayan funcionado muy bien el extranjero, como pueden ser las de James Wan. Por suerte hace un par de semanas una producción, con un trailer lleno de anguilas, señores con batas blancas y gente que no ha tomado el sol en mucho tiempo se coló en las carteleras. No se si gracias a venir dirigida por Gore Verbinski, el mismo de la trilogía de Piratas del Caribe..y el que se estrelló con El llanero solitario. Quizá extrañe un poco viéndolo al frente de una de terror, pero ya se había encargado del remake americano de Ring hace varios años.
 

La cura del bienestar queda bastante lejos de aquel remake. En temática, estilo y atmósfera, que se traslada a un aislado balneario en los alpes suizos al que Lockhart, un ejecutivo, acude para sacar de allí como sea a uno de los responsables de su empresa y que se haga cargo de una arriesgada operación financiera. Lejos del ejecutivo agresivo que esperaba encontrar, este ve a un hombre apagado, obsesionado con la enfermedad y que se niega a abandonar el lugar. Algo que el protagonista tampoco podrá hacer cuando, tras sufrir un accidente, despierta en una de las habitaciones del centro en la que el director del balneario le informa que se harán cargo de tratar sus lesiones y ayudarle a recuperarse. Aunque la actitud demasiado apacible de los pacientes, lo extraño de los tratamientos y la presencia de una joven que asegura no haber salido nunca de ese lugar hacen sospechar a Lockhart que algo está sucediendo.



Lo primero que choca, antes incluso de comenzar la película, es la duración: casi dos horas y veinte, lo que para un género que funciona mejor con tiempos más cortos y siendo más conciso, parece un poco chocante. Una vez empezada, parece que la elección se debe al tiempo que destinan a crear atmósfera. Hay muchos planos destinados a generar una sensación determinada, sea el ambiente frío y despiadado de un entorno empresarial, o el aislamiento y aspecto un tanto intemporal del balneario y el pueblo que lo rodea. Una parte importante de la historia acaba siendo la intención de recrearse en el aspecto visual, que unas veces se aprecia el esfuerzo de crear algo original, de no quedarse en los cánones típicos de cualquier película de sustos prefabricados, pero que otras veces acaba resultando artificioso entre tantos planos de agua y escenas melancólicas. A pesar de esto, el desarrollar una historia con unos colores muy marcados (grises, azules y verde muy claro), o el no cortarse a la hora de incluir planos muy rebuscados y poco corrientes, como el que anuncia la llegada del protagonista al escenario principal, le aporta también la impresión de estar viendo algo distinto.



Esta escenografía se basa también en desarrollar unos escenarios, más que atemporales, muy anacrónicos, y que a veces no tendrían demasiada lógica para la historia: las habitaciones del balneario parecen más un sanatorio para tísicos que un hotel de lujo (incluso en un momento hacen un guiño a La montaña mágica de Thomas Mann), pero procuran compensarlo incidiendo mucho en el tema de la obsesión por la salud y haciendo aparecer en pantalla todo tipo de herramientas médicas de hace un siglo. El pueblo más cercano está lleno de aldeanos que recelan del balneario y donde los habitantes más jóvenes van vestidos como punks de los ochenta. Otra mezcla bastante curiosa pero que también recuerda mucho a la imagen clásica de los lugareños asediando el castillo del científico loco. Y una gran parte del metraje, quizá excesiva, también se dedica a cortar al protagonista con cualquier enlace que pudiera tener con el mundo moderno, a mostrar la actitud de los huéspedes, y sobre todo, hasta el último recoveco del escenario.



El planteamiento de la historia y los personajes también bebe mucho de las fuentes clásicas. Si el primer elemento, como el castillo y sus alrededores, aportaba esta impresión, esta se completa con los personajes: un joven extranjero llega a un entorno cerrado, marcado por una historia macabra que abarca varios siglos. Hay una mujer misteriosa y un lugar que esconde un secreto esperando ser descubierto por el protagonista. Todos estos son giros y estereotipos reconocibles, que recuerdan al terror clásico o al gótico. Y que, como pasa a menudo por eso, a menudo se sacrifica la lógica en favor de la atmósfera y lo fantasmagórico. Una aproximación que contrasta en determinados momentos con la crudeza de algunas situaciones más realistas, donde se rompe por completo el ritmo pausado que se mantenía de la forma más violenta: es el caso de un accidente donde no se esconde la agonía de un ciervo atropellado (y que da más pena que un tiburón financiero accidentado, todo sea dicho), una tortura dental con todo lujo de detalles o el incendio que marca el desenlace del guión, rodado de una manera más realista y opuesta a las secuencias anteriores



Es esta mezcla de terror gótico, escenarios extraños y una historia donde la atmósfera tiene tanto peso como la historia (también muy clásica, y lejos de lo que funciona seguro en taquilla), lo que hace que La cura del bienestar se convierta en una película muy distinta y a menudo, fascinante. Pero también hace que a medida que el guión avanza, este esté bastante perdido: en su contra una duración excesiva, demasiadas ganas de recrearse en los escenarios, y un argumento que en la segunda mitad, más que avanzar, parece que en la segunda mitad va hacia delante y hacia atrás con un protagonista que acaba pasando más tiempo dando vueltas por un pasillo que encontrando una solución más directa a la trama.

jueves, 30 de marzo de 2017

The Good Neighbor (2016). Cámaras ocultas y una serie de catastróficas coincidencias



Las cintas de metraje encontrado, o sin que haga falta encontrarlo (porque ahora ya no se usa el recurso de hacerlas pasar por reales), sino las que se han filmado desde el punto de vista de los protagonistas han encontrado una forma muy particular de adaptarse a los nuevos tiempos: la tendencia marcada por los vídeos virales y el éxito que pueden alcanzar, unido a  la disponibilidad de una cámara en cualquier momento y el abaratamiento de la tecnología hacen que muchos argumentos giren entorno al interés  de los personajes, y sobre todo, de recuperar el enfoque un tanto obsesivo, y ahora, también, ambicioso, que se había establecido en El proyecto de la bruja de Blair y que con la masificación de este formato fue perdiéndose. De nuevo, sigue siendo un género marcado por el aspecto barato de su rodaje y una forma rápida de sacar un estreno, pero por el momento la aproximación reciente sirve para frenar el agotamiento que caracteriza este formato.



The Good Neighbor es una mezcla de estas dos características: algo tan propio como unos adolescentes dotados de cámaras que no despiertan ninguna simpatía, y la intención de estos de obtener, en principio, un vídeo viral, algo que no queda bastante claro porque se va volviendo más confusa: obtener un éxito, realizar un experimento sociológico a costa de alguien, o como se sospecha también,  una broma pesada muy cara que un adolescente y su amigo gastan a su vecino. El primero aporta la víctima o sujeto experimental, un anciano huraño y de trato desagradable que vive solo y a quien atribuye todo tipo de actitud y maldades que puedan llevarse a cabo en una urbanización. El segundo, el dinero para adquirir las cámaras y la electrónica necesaria con la que a lo largo de varias semanas, filmarán a su vecino mientras le hacen creer, mediante distintos trucos, que su casa está embrujada. Pero si las intenciones que tenían  a la hora de llevar a cabo no son lo que parecen en un principio, tampoco lo será la reacción que su víctima tendrá una vez empiece a ver cómo en su casa se producen todos los fenómenos típicos de cualquier película de fantasmas. 


La intención de la película es bastante engañosa: en un principio todo apunta al lío en que dos personajes pueden meterse cuando intentan gastarle una broma a alguien que esconde un secreto. Cosa que en cierto modo es verdad, pero que dicho secreto es muy distinto al típico que podía esperar el público. Desde un principio también se descarta todo giro sobrenatural a favor de una resolución no fantástica, y que utiliza los trucos del suspense para llegar al giro final. No solo en la actitud sospechosa del anciano al que graban, quien muestra una actitud desagradable y parece empeñado en que nadie entre en su casa, sino también en los protagonistas. El carácter del autor de la broma, obsesionado por seguir con ella ante todo, su insistencia en caracterizar a su objetivo como poco menos que un mal bicho (aunque no podía serlo tanto: tiene un gatico la mar de rollizo. Y esa forma de ser gruñona era bastante más simpática que dos mocosos con una WebCam, vaya), se complementa con el de su amigo, quien se deja arrastrar por la idea y responde bastante bien al retrato de alguien un poco desesperado por mantener una amistad y no sentirse excluido: adquiere el dinero sin rechistar y sus protestas ante la situación son cada vez más débiles.



El desarrollo de esta trama y de los personaje intenta apoyarse en la propia filmación: la idea es presentar la historia en tres tiempos, a través de las cámaras que filman todo el proceso, las que posteriormente van reflejando entre distintos momentos de la historia lo que sucede después, e incluso lo que sucede en el pasado, mediante flashbacks que emplean el rodaje tradicional. En principio la idea funciona, al menos en los dos primeros, pero es al combinar los tres cuando se hace más confusa. El cambio brusco de formato en una película rodada de una manera muy específica, que no resulta adecuado y hace que el cambio de línea temporal no quede claro.


Los protagonistas, también conocidos como Gilipollas y Gilipollas y Medio 


The Good Neighbor es una muestra más, no solo del género de metraje encontrado, sino de cómo las características de este se han ido adaptando a los cambios de público y tecnología. Tampoco es una película destacable, y de hecho, el énfasis que hacen en la parte lacrimógena para potenciar lo opuesto del giro final respecto a lo que esperaba el público hace que resulte un poco traicionera. Pero al menos, sí ha resultado una historia de suspense un tanto curiosa, y al menos, como parte de la Muestra Syfy, tuvo mejor fortuna que Worry Dolls: sin aplausos ni voces, pero también sin pitidos y con más atención por parte del público. O lo mismo alguno aprovechó también para echarse una siesta. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Lecturas de la semana. Humor, los noventa y las principales capitales españolas


 
De todo lo que suelo leer, lo menos habitual son autores españoles. En los últimos años esto ha cambiado bastante y ahora asoman más de lo que lo hacían al principio. Lo segundo sería narrativa humorística…bueno, técnicamente el puesto se lo llevaría el género romántico, con una novela (Cumbres borrascosas, para más señas) en ocho años del blog. Pero el humor tampoco es que salga mucho. Quizá porque este va mezclado con otros temas, o porque las comedias al uso no terminaban de hacerme gracia, pero lo más cerca que estaba de un texto cómico era gracias a Terry Pratchett. Otra costumbre que va cambiando muy poco a poco, y que esta vez se debe precisamente a dos escritores españoles que  abordan el género de forma muy distinta: uno desde el puro absurdo y otro, desde una aproximación mucho más ácida.

 


Eduardo Mendoza. Sin noticias de Gurb. Mendoza perfectamente podía sonar gracias a La verdad sobre el caso Savolta (o sufrir sudores fríos recordando su bachillerato según el plan de lecturas que le tocara), aunque Gurb abandona el género policiaco e incluso la narración más complicada a favor de una muy particular: el diario de un extraterrestre, recién llegado a la tierra, que en un intento de contactar con los terrícolas pierde a Gurb, su compañero. A partir de ese momento, tendrá que salir a buscarlo, cruzando todos los lugares que solo podían encontrarse en la Barcelona previa a la celebración de los Juegos Olímpicos: obras interminables, alquileres disparados, tascas de toda la vida que conviven con discotecas de lo más moderno…y unos habitantes entre los que el protagonista intentará camuflarse gracias a su avanzada tecnología y bastante desconocimiento del concepto del concepto de discreción. O quizá no. Porque la gente de una ciudad grande está demasiado enfrascada en sus asuntos como para fijarse en que acaban de cruzarse con el Conde Duque de Olivares.

La novela comenzó casi como una broma, un experimento de ciencia ficción escrita por entregas para un periódico, por lo que la estructura de diario es bastante útil: no hay separación específica de capítulos, sino que cada pasaje se numera por días u horas, sirviendo para delimitar el tiempo transcurrido en la historia y haciendo que la lectura, como columna o incluso recopilada en libro, sea muy sencilla y muy rápida. Y que también case muy bien con el tipo de humor que mantiene, que además de tirar hacia el total absurdo, recuerda mucho a los sketches de Faemino y Cansado o a las viñetas de Mortadelo y Filemón: los momentos en los que el protagonista recurre a los disfraces, completamente fuera de lugar e inútiles, son muy deudores de los trucos a los que el personaje de Ibáñez utilizaba en sus historietas. Además de cierto punto ácido donde se hace mención a la picaresca y a la chapuza que aparecen en toda la ciudad.

Pero el que más abunda es el toque absurdo, el de jugar con las palabras y buscar lo más chocante y fuera de lugar que pueda conseguirse en un párrafo: Los primeros momentos disfrazado de Conde Duque de Olivares, el convertirse en un momento dado, y porque sí, en Gilbert Becaud disfrazado de ninja  o el describir con la mayor naturalidad como un alienígena realiza tareas tan anodinas como ponerse el pijama se apoyan mucho en el surrealismo de esas situaciones para conseguir la comicidad, que funciona para cualquiera que tenga debilidad por este tipo de humor y que ha aguantado muy bien el paso del tiempo. No ha sido el caso de las referencias temporales, que son muy concretas y, con dos décadas de diferencia, habrá un público más joven que se quede un poco perdido al hablarle de Marta Sanchez, de la locura que supusieron las olimpiadas en Barcelona o de los locales que entonces se consideraban modernos. Aunque en cierto modo, el paso del tiempo también hace que estas se vean hoy de una forma mucho más irónica y con una perspectiva distinta.

 

 
Antonio Muñoz Molina. Los misterios de Madrid. Al igual que Mendoza, Molina suena principalmente por El jinete polaco. Y, del mismo modo que Sin noticias de Gurb, Los misterios de Madrid también fue publicado por entregas en El País. Las similitudes terminan ahí porque aunque la trama de este último también emplee un género muy popular, es el del misterio y más en concreto, el de los folletines antiguos. Estilo que está muy presente en toda la novela, aún a modo de parodia, para narrar las aventuras de Lorencito Quesada, un reportero aficionado a quien se le encarga descubrir el paradero del Santo Cristo de la Greña, una imagen muy querida en la Semana Santa de su localidad y que ha sido presuntamente robada y trasladada a Madrid. Sin preguntarse mucho por qué el dependiente de un comercio y periodista a ratos debe resolver un delito, Lorencito se traslada a un Madrid propio de película de quinquis y donde irá desgranando un misterio protagonizado por personajes tan rancios y variopintos como cantaores de tablao, trepas, modernos y famosos de medio pelo.

El estilo que usa la narración es muy anticuado, recordando mucho al de las novelas populares de misterio y del que Molina se sirve para caracterizar a unos personajes muy anacrónicos y que, en el caso del protagonista, parecen fuera de lugar respecto del escenario en el que se mueven: Quesada, un solterón que vive con su madre en Magina, parece sacado directamente de un pueblo de los años cincuenta, con la intención de que este no sea consciente del cambio de década (ni de sistema político en más de una ocasión). Su actitud en Madrid es casi una parodia de la de Paco Martinez Soria en La ciudad no es para mí, pero una muy ácida, cambiando el lado más amable por el aspecto más amenazador y siniestro de la ciudad. Su candidez también lo convierte en un personaje muy entrañable, alguien muy perdido y del que se hace muy evidente su posterior evolución. La caracterización de los secundarios es mucho más crítica, estos son más ambiciosos, hipócritas, e incluso hace alguna referencia muy bien traída a determinadas figuras intocables: sus guiños a personajes que no pueden nombrarse por afectar a determinados estratos sociales sigue siendo hoy perfectamente válido.

La descripción de estas situaciones, desde el punto de vista más sarcástico, se complementa con algunos momentos y antagonistas sacados directamente de una película de espías o de un folletín: peligrosos asesinos asiáticos, secuestros, el robo de una reliquia que roza lo ridículo e incluso un villano con un afán de coleccionismo que hace que el trasfondo se convierta, de forma intencionada, en una farsa, en una situación demasiado novelesca para ser cierta y tratada con cierta comicidad, que acaba sirviendo para rebajar un poco el cinismo  con el que se retrata al resto de personajes.

jueves, 16 de marzo de 2017

Worry Dolls (2016). Los muñecos de la discordia



De todos los objetos malditos que podemos encontrar en una película, los muñecos son los más socorridos. Se puede incluir no solo a una de porcelana siniestra como Annabelle (aunque su contrapartida real sea una pepona de aspecto inofensivo), sino incluso a a los hombres de ramas que anunciaban la presencia de la bruja de Blair...o también, parecido a estos, algo tan diminuto que puede caber en una caja, como las muñecas quitapenas. Unos bichitos que no recordaba desde los noventa, cuando aparecieron en broches, prendedores y adornos parecidos (era una época muy rara. Hasta unos redondeles de plástico que venían en las bolsas de patatas hacían furor) y de los que desde lueo, su ridículo tamaño e hilos de bonitos colore hacían pensar en todo salvo en horrores. Pero si un guionista hace una historia hasta con la cortina de una ducha ¿qué no va a hacer con cuatro miniaturas?



Worry Dolls  comienza pocoi después de que un asesino en serie haya sido abatido por un atrublado policía, quien durante años investigó el caso. Entre las pruebas se encuentra una caja con unas pequeñas figuras hechas de  palos y cuerda, que el policía olvida y poco después son encontradas por su hija. A partir de entonces, los asesinatos  volverán a producirse, cometidos esta vez por personajs muy dispares e incljuso llegando a convertirse en un peligro par su hija. Solo hay un nexo en común entre esos nuevas muertes: en todas ellas aparece el símbolo que el anterior asesino dibujaba obsesivamente.

Resumiendo un poco, la película es una especie de refrito entre los planos fijos de la primera temporada de True Detective, el típicio de los objetos con poderes y las posesiones, y un guión con tan pocas ganas de esforzarse que parece sacado  de un telefilme de media tarde. Los personajes son una colección de tópicos: policía obsesivo y con matrimonio fracasado, ex mujer, niña que no se entera de mucho, y una trama sobrenatural metida con calzador para justificar situaciones bastante ilógicas.



El caso más lamentable es el del protagonista, que no para de cometer fallos garrafales que sirven abiertamente para hacer avanzar la trama: esta comienza con algo tan absurdo  como olvidar la prueba de un crimen en el coche y que sea recoido por una niña...vamos, a mitad de pelicula este tipo tendría que estar  más que expedientado por mala praxis. TAmbién es bastante improbable qeu a una cría le hagan gracia unas muñecas bastante polvorientas y tirando a horribles, o que directamente, le parezca una buena idea hacerse un colgante con semejantes bichos. La trama sobrenatural  viene introducida por un secundario, caracterizada como bruja vudú de manual, que sale de no se sabe donde y comienza a hablar sobre maldiciones y leyendas varias. En conjunto, el guión y los personajes se limitan a ir de un paso al siguiente, recitar frases trilladas en el mejor de los casos, y absurdas en el peor, y terminar en una escena post créditos de esas pensadas para ver si suena la flauta y hay secuela.

Tampoco hay mucho que aportar en cuanto a la filmación. Entre correcta y normalita, con unas cuantas secuencia muy deudoras del policiaco tirando a siniestro que siempre aseguran un poco más de interés pero que malamente salvan una producción floja. El resto se limita a escenariois comunes, bien casas, hospitales o la cabaña de la bruja, y uas cuantas subidas de volumen para asegurarse los sustos.



Lo mejor  que puede decirse de Worry Dolls ha sido en realidad las circunstancias de la proyección: ha sido una de las primeras películas emitidas en la Muestra Syfy, donde además de pagar una entrada más que razonable, el pase fue todo un espectáculo:  comentarios caráctiso sobre la mala cabeza de los personajes, ovaciones ei ncluso un aplauso de lo más sentido a un plano de la luna lena que no terminé de pillar, pero que al parecer es una tradición en este ciclo. Un estreno  donde lo divertido no era lo que pasaba en pantalla sino el buen humor con el que el público se lo tomaba. Porque, lo que es la película, mala mente hubiera dado para una siesta.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lecturas de la semana. Volviendo a los clásicos II. De capa y espada




A menudo lo que hoy llamamos clásicos, y no solo de la literatura más seria, sino dentro del género de evasión, se han quedado más como títulos de referencia que como unos habituales entre los lectores (sobre todo en mi caso, que suelo andar perdida entre folletines, pulps y novelas de terror). Es más fácil acordarse de ellas cuando se las encuentra de frente, o más bien, en un estante, al igual que estaban los primeros libros que pude empezar después de trasladarme. Esta vez, más que variedad, ambos tenían una temática similar, la de aventuras más típica como podían ser los espadachines, las traiciones y las doncellas en apuros.



Anthony Hope. El prisionero de Zenda. El prisionero del título hace referencia al rey de Ruritania, un pequeño país en Centroeuropa que ha sido secuestrado por otro de los aspirantes al trono y a quien el protagonista, debido a su extraordinario parecido, debe suplantar hasta que este sea liberado. El doble, un inglés, guarda por ironías de la genética un gran parecido con el monarca debido a la indiscrección de uno de sus antepasados hace algunas generaciones. Y junto a sus labores como rey deberá también salvar al verdadero, así como no cometer el error de enamorarse de la futura reina.

La historia, narrada de forma bastante breve, es una mezcla muy curiosa entre el género de aventuras típico, donde no faltan traiciones, villanos y duelos, con el de la comedia de enredos. Porque Rudolf, el protagonista, es en apariencia la oveja negra de su familia, sin oficio conocido ni ganas de honrar un apellido que se toma con bastante sorna e indiferencia. Y donde sorprende que se trate el tema de la infidelidad y de los descendientes ilegítimos de una forma bastante abierta y enfocada a sus resultados más cómicos. Debido también a lo corto de la novela, esta es muy dinámica, todo sucede de forma rápida para poder llegar al desenlace y el enfrentamiento final, haciendo que en cierto modo, las partes más pausadas o las más melosas sean algo más anecdótico frente a la importancia del personaje principal, planteado como alguien cuya indolencia no es lo que parecía. Y a quien, teniendo en cuenta el tono de la historia anterior, sorprende un poco el encontrarlo con un final un tanto agridulce, pero que hace pensar que no podía ser de otro modo y que, en cierta manera, cierra el ciclo que el lector conoció cuando se le narran los orígenes de su personaje principal.



Rafael Sabatini. Scaramouche. El nombre que da título al libro es solo el de uno de los personajes que en un momento dado interpreta André Louis Moreau, el protagonista e hijo ilegítimo de un noble que debe huir de Bretaña tras presenciar como uno de ellos asesina a sangre fría a su mejor amigo. A partir de entonces vivirá todo tipo de peripecias como comediante y actor, a lo que le ayudará su carácter un poco cínico y un tanto calculador, y durante la cual interpretará al personaje de Scaramouche, como maestro de esgrima e incluso como político, siendo testigo de los primeros pasos de la Revolución Francesa y a menudo, atrapado entre los dos mundos representados por el Antiguo Régimen y el Tercer Estado.

Es fácil entender por qué se la considera como una de las novelas de capa y espada por excelencia, al aportar uno de los escenarios más reconocibles,y donde abundan las referencias históricas, y por suponer la caracterización de un tipo de personaje que sería reconocible en obras posteriores. Este se caracteriza por su astucia, cierta picaresca, casi, y por un carácter con el que casi se le podría considerar un antihéroe: desconfiado, sarcástico, cuyas acciones a menudo no tienen la nobleza ni altruismo que interpreta su entorno y que su desarrollo con la trama implica un mayor conflicto entre sus orígenes y sus creencias. Scaramouche no es tanto un héroe como alguien que se mueve en dos mundos opuestos, sin pertenecer a ninguno. Esta caracterización hace también que tenga uno de los defectos que posteriormente serían habituales en muchos héroes: su asombrosa capacidad para que todo le salga a la primera, sea arengar a las masas a la revuelta, escribir comedias de éxito y convertirse en el mejor espadachín de toda Francia..¿Hay algo que este tipo no sepa hacer bien? Un carácter tan infalible y con tanto exceso de carisma que hace pensar que el Kvothe de Patrick Rothfuss tiene aquí a su antepasado. Tampoco salen muy bien parados los personajes femeninos, de los que algunos están muy bien caracterizados y sus rasgos negativos los hacen muy humanos, pero el resto se limita a los papeles que le corresponden por lógica debido a la ambientación histórica, en el mejor de los casos, o a ser un componente romántico de lo más caprichoso y estereotipado en el peor. Y es que es un poco difícil comprender por qué un personaje como es Scaramouche puede acabar mostrando interés por uno cuyo hobby es enfurruñarse o desmayarse (actividad habitual en las féminas de entonces, parece. Debía ser cosa de los corsés). Una de las tramas menos satisfactorias pero que por suerte, no afecta a la calidad del resto y que, ante cualquier duda, hay que reconocerle que cuenta con uno de los mejores comienzos que pueden encontrarse en una novela de aventuras: “Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio”.

jueves, 2 de marzo de 2017

Resident Evil: Capítulo final (2017). Despedida y cierre

 
Sí, se que el traje es de Fallout y no de Resident Evil, pero es una monada

Cuando hace quince años se estrenó una película basada en Resident Evil, era impensable que los zombies se fueran a poner de moda y que una adapción más que correcta de un videojuego acabara convirtiéndose en una franquicia tan duradera. Aunque esta consistiera en pasarse por el forro cualquier similitud con el argumento original para convertirlo en una saga de ciencia ficción apocalíptica donde una agente, espía o categoría profesional no determinada lucha contra los zombies, contra una corporación malvada y se dedica entre una entrega y otra a ser clonada o a adquirir o perder los poderes más descacharrantes. Con una secuela cada dos o tres años, demostró tener una buena salud y aprovechar muy bien a nivel de recaudación los huecos que quedaban entre el estreno de un blockbuster y otro. Pero seis entregas repartidas en una década y media eran más que suficientes para terminarla.



Capítulo final demuestra que el poner títulos sugestivos no es uno de los fuertes de la saga: después de apocalipsis, extinción, venganza, este debe haber sido el único que anuncia un poco lo que se espera del guión. El cierre, definitivo, en principio, en el que Alice, la protagonista, debe volver a la colmena, el laboratorio subterráneo aparecido en la primera entrega y recuperar una cura para el virus que ha devastado la tierra. Pero dispone de un tiempo muy limitado, solamente 48 horas tras las cuales el sistema de inteligencia artificial que dirige el complejo eliminará a los supervivientes de la tierra. Y todavía quedan algunos miembros de Umbrella, la corporación causante del desastre, dispuestos a impedir que Alice encuentre el antídoto.




En esta serie es una costumbre el terminar cada secuela con un cliffhanger de cara a la siguiente. Como también lo es saltarse a la torera ese mismo final abierto, contar lo que se les ocurra, y rematar de una forma similar. Por eso no sorprende que el anterior desenlace haya desaparecido de un plumazo, junto con los pocos secundarios que pudieron llegar, para volver a presentar a Milla Jovovich como protagonista absoluta hasta bien entrada la mitad de la trama. Esto también había quedado establecido desde la segunda secuela, pero resulta mucho más excesivo, al limitarse a mostrar a la protagonista recibiendo la información necesaria sobre la historia de esta entrega, desplazándose y figurando en distintas escenas de acción donde también se presenta al que será el antagonista en el cierre. La falta de personajes, secundarios o no, se hace tan evidente que cuando aparecen estos, se limitan a ser un grupo de supervivientes genéricos a los que ni se molestan en dar un nombre o más de un par de líneas de diálogos: para qué, si van a morir uno detrás de otro en las siguientes secuencias. Incluso la referencia a los personajes del juego original es casi una broma, saliendo unicamente Claire Redfield de manera testimonial y casi como el único vestigio de una saga donde los secundarios van, vienen, son mencionados y olvidados rapidamente en unos guiones que prefieren los tiros a la coherencia a largo plazo. Un fallo bastante gordo cuando se pretende hacer una franquicia duradera, pero a estas alturas...¡Esta es la última! ¡Poco importa!



Comparada con la anterior, también aporta bastante más a la historia, o al menos, se la ve algo más cuidada que el llevar al cine los zombies y disparos de rigor cada tres años. Intentan, al menos, darle un cierre a la historia de su protagonista, de la que precisamente por culpa del guión, nunca queda claro qué demonios pintaba ahí desde el principio, salvo el tratarse de una espía, o algo igual de ambiguo. Las tramas sobre clones, mutaciones genéticas y poderes todavía lo volvían más confuso, y es ahora cuando intentan aportarle un trasfondo donde se le da todavía más importancia a una heroina que practicamente se come las películas ella sola. También intentan aportar un poco más de coordinación entre cada una recuperando al personaje del doctor Isaacs como villano, que, salvo hacer que Ian Glen salga más en pantalla que en las cinco películas anteriores (y de paso cobre, que solo quedan dos temporadas de Juego de Tronos y hay que pensar en el porvenir), no sirve de mucho el intentar darle ahora una caracterización de malvado apresurada y destinada a resolver algunas tramas sueltas.





El montaje también demuestra cierto agotamiento en la serie y que esta conclusión era bienvenida: practicamente se limita a ser una serie de secuencias de acción variadas de las que se van saltando una a otra. Luchas contra un monstruo, peleas contra los soldados de Umbrella (me pregunto, con esto del apocalipsis, como les pagan ¿tendrán planes de jubilación?), persecuciones en moto y un desenlace en unos escenarios conocidos que remiten directamente a la primera película. Esta sucesión no parece fluida, sino que va de una escena movida a otra sin más hilo que el llevar a la protagonista a su parada final. Aunque si bien poco innovadoras y repetitivas, son más que correctas. Un aspecto positivo de la serie es que siempre conoció sus limitaciones y se las arreglaban bien para aprovechar al máximo la aparición de criaturas hechas con cgi sin que cantaran demasiado, unos zombies resultones y un aspecto en general de no ser una peli de las de mover millones, pero tampoco una de dos pesetas. Salvo en la anterior, donde se veía que andaban más justos de tiempo y dinero, todas han cumplido. Esta no ha sido una excepción, aprovechando muy bien los medios, las secuencias e incluso los zombies, que no podían faltar y que aquí los hay en número más que suficiente, e incluso con una caracterización bastante mejor que la que se podría ver en un Z Nation. Bueno, aunque decir que algo está mejor hecho que los zombies de Z nation tampoco puede considerarse un cumplido.

 
 
Todo villano que se precie debe tener varios jerseys de cuello vuelto en su fondo de armario

Lo bueno que se puede decir del Capítulo final de Resident Evil es que era lo que se esperaba: el cierre de una saga que poco tenía que ver con el videojuego que la inspiró, donde Milla Jovovich se convirtió en la estrella absoluta y donde el conjunto, si se contaba con algo más, es flojo. Nunca fueron buenas películas, pero al menos tenían la intención de ofrecer más calidad y entretenimiento de lo que puede verse en algo que dirige Uwe Boll (de nuevo, creo que comparar para bien a alguien con Uwe Boll tampoco es positivo) y que en todo este tiempo cubrieron más que bien un nicho dentro de la serie B con medios. Después de todo, nos hemos divertido.


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