Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de septiembre de 2020

Los archivos de Van Helsing de Xavier B. Fernandez. Un vampiro suelto en Sant Adriá

 


Drácula será el vampiro por antonomasia, además de un personaje de dominio público que puede permitirse pasear por cualquier página. Pero su presencia no sería la misma sin la de su némesis: el doctor Abraham van Helsing ha sido la otra cara de la moneda y el arquetipo de como el mal puede ser vencido. Su figura, no tan explotada, es la del arquetipo del cazador, a veces tan obsesivo como su presa. Un cazador que también ha tenido algún que otro rostro memorable y muchos lo asociamos a la figura huesuda de Peter Cushing (entre otras cosas, porque todavía estamos intentando olvidar la película de Hugh Jackman). Alguien tan presente en la ficción y con un currículo de estudioso tan amplio siempre es de agradecer que cuente con su propia novela. Aunque en el caso de la narración de Xavier B. Fernández, esta siga profundamente ligada a la del vampiro que lo complementa.




Los archivos de van Helsing no es tanto una historia del jesuita  metido a cazador de vampiros y su descendencia como la de sus archivos, literalmente: el padre van Helsing, retirado actualmente en el monasterio de sant Cugat del Vallés y desencantado con una iglesia codiciosa y alejada de toda idea de bien y misericordia se dedica al estudio de los papeles que han estado en su familia durante siglos. Y que, entre textos redactados por sus antecesores se encuentran también los diarios de un noble válaco en los que narra su muerte, regreso como criatura nocturna y aprendizaje de la magia negra a lo largo de los siglos. Cientos de años donde este comprueba cómo para el una segunda o tercera muerte no es más que una pausa y que mientras, los seres humanos han ido mostrando formas más creativas y sangrientas de obtener el poder. Ahora, el anciano sacerdote, sin más conocimientos que los heredados de su familia y su tenacidad, escucha la noticia sobre la llegada al puerto de Barcelona del Demeter II, un navío que aparece misteriosamente vacío.




El libro, más que una historia del cazador, acaba siendo un relato indirecto del Drácula previo a la novela de Stoker y a las apariciones posteriores de un personaje  al que prácticamente es imposible matar. A través de este pasan por las páginas del libro la condesa Bathory, las guerras napoleónicas, la segunda guerra mundial y el Holocausto e incluso el régimen de Ceaucescu. Con un tono que, pese al título y estilo de la portada, resulta mucho más oscuro y pesimista de lo que podía esperarse: la historia de Drácula como parte del Mal presente en la historia de la humanidad, inevitable, y según la visión de su narrador, a veces invencible.Como suele pasar en muchas novelas en las que se emplea un personaje de dominio público, los lugares comunes y referencias son algo habitual. En su mayoría son adecuadas al tono de la narración, bastante pesimista y donde una personalidad como la del dictador rumano resulta interesante. Otras son predecibles, como la vampira Erzebeth Bathory. Y alguna pese a no pasar de guiño, resultan un poco chocantes en un texto tan poco lúdico: Dracula representa una parte del mal. No es que haga una cosa buena en seiscientas páginas, pero…¿También tiene que tener una copia del Necronomicón como plus? Vale que igual que Drácula sea uno de los elementos de la cultura popular literaria, pero parece que todo personaje que se precie tiene su propia copia ¿Habrá ejemplares en el Ministerio de Hacienda?.

Su estructura de crónica hace que la extensión sea mayor que la esperada  y que la narración principal sea algo secundario frente a los transfondos de los personajes, aunque cumple perfectamente el objetivo que Fernández parecía tener en mente: el de hacer un relato sobre el mal a través de los siglos, del que el vampiro es solo una pequeña parte, y en menor medida, sobre aquellos que se esfuerzan en oponerse.

A Xavier B. Fernandez, en las últimas Celsius, se le preguntaba sobre la posibilidad de una secuela dado que su desenlace era lo suficientemente abierto como para continuarlo. Aunque este, inesperado y un tanto desolador, podría quedarse perfectamente como conclusión a los archivos de van Helsing.  

jueves, 27 de agosto de 2020

La habitación de Fermat (2.007). Diez negritos. Ahora con números primos

 

Como punto de partida, una habitación cerrada siempre es un escenario atractivo. Independientemente de cómo se resuelva posteriormente, cuenta con una serie de interrogantes que facilitan el captar la atención del público. Y cuando a la habitación cerrada se le suma el desconocer por qué los personajes están allí, quien está detrás de todo, o peor, que el recinto intente matarlos y que solo algo tan retorcido como las matemáticas pueda salvarlos, hace que esta pueda mantener el interés durante más tiempo. El resto depende ya de la inventiva de los guionistas, aunque esta, a menudo, difiere mucho de lo que el espectador espera.


A La habitación de Fermat se le calificó más de una vez como el Cube español, un parecido que, se limita contar con un cuarto potencialmente asesino y vinculado a la resolución de enigmas aritméticos. En este caso, son un grupo de matemáticos invitados a una reunión donde podrán poner en común sus ideas y en la que deben seguir una serie de reglas: acudir a un lugar apartado, no dar información personal e identificarse unicamente por el seudónimo, correspondiente a figuras de la historia de la ciencia. Así, Galois, Oliva, Hilbert, Pascal y Fermat, quien abandona la reunión antes de empezar, comienzan a recibir, una serie de enigmas matemáticos, que deberán resolver si quieren mantenerse con vida en una habitación que va encogiéndose con la recepción de cada nuevo problema que deben resolver.



En los créditos de la película sorprende ver a Luis Piedrahita, entonces especializado en comedia y monólogos, como escritor y director. Y en un guión primerizo con unos cuantos aciertos y bastantes fallos, muchos de ellos, posiblemente determinados por las tendencias y preferencias en el cine de esa década: era la época de Rec, pero también cuando todavía resultaba un poco extraño encontrar un thriller con una premisa un tanto fantástica y un reparto que, quizá intentando ganarse el interés del público con caras conocidas de la televisión pero con las que, dado el tipo de personaje y registro de los actores, es un poco difícil tomarse en serio: en los prometedores matemáticos que luchan por su vida se reconocen a los protagonistas de Los Serrano, de Siete vida y de Cuéntame y que tienen que lidiar con una caracterización de personajes bastante floja. Estos, más que mentes analíticas, se comportan de forma errática y su forma de relacionarse recuerda más a la trama en una serie de adolescentes que un thriller. A estos, intentando mantener una tensión propia del thriller, los meten a desempeñar una serie de trucos que hacen que su actitud resulte poco creíble, como el jugar a no conocerse, el ponerse eléctrico ante enigmas que no dejan de ser juegos matemáticos, o directamente, incluyendo un interés romántico que poco aporta y que solo puede definirse como una de las lacras propias de la época y los gustos.


Tampoco salen muy bien parados los giros de guión utilizados: sospechosos que no lo son, asesinatos ingeniosos y alguna que otra forma de ganar tiempo que resulta bastante torpe y que unicamente se deja pasar por tratarse de un primer largometraje, y uno al que al menos, en el apartado técnico, le han puesto ganas y que a día de hoy, gana un poco más de gracia al adelantarse una década a los trucos empleados en las escape rooms.


La comparación de La habitación de Fermat con Cube queda demasiado grande. No solo por enfocar un par de elementos comunes de forma muy distinta, sino porque la última, con todos sus fallos, resultaba mucho más inquietante e ingeniosa que una producción que, aunque le pone ganas, no deja de ser una idea entretenida con un guión resuelto a base de trucos simples.


jueves, 20 de agosto de 2020

Lecturas de la semana. Reinventando la península

 

Debo reconocer que los autores españoles tienen por aquí una presencia inmerecidamente escasa. Ahora esta ausencia no es tan grave, ya que poco a poco sí que van apareciendo y ya queda muy lejos esa especie de reparo a todo lo que no viniera traducido o que supusiera tomarse en serio la posibilidad de algo extraño sucediendo en cualquier calle de la geografía española. Algunos, los más recientes, se han ganado un hueco gracias a una saga de una detective sobrenatural con los pies en la tierra, y otros, casi un clásico, resulta un poco vergonzoso reconocer que no le había prestado atención hasta ahora.


Sergio S. Morán. El lingotazo (Mil novecientos y algo, I). El autor de Veronica Guerra, alias Parabellum empieza una serie nueva serie de corte fantástico ambientada en una Península Ibérica alternativa, donde la magia es real y la corona española sigue contando con colonias en ultramar...aunque el imperio donde no se ponía el sol esté muy venido a menos. A principios de un imaginario siglo XX, el Birreinato de Hispania y Lusitania viven, entre deudas, del oro enviado de unas Indias cada vez más revueltas y del que las riquezas comienzan a hacerse más escasas. Tanto, que es un lingote, o más bien, un lingotazo de 8 kilos de oro, el que se cruza en la vida de los protagonistas. Lo que parecía un golpe de suerte fortuito para una joven aztéxica, un periodista y un mecánico del Norte, acaba desvelando una trama de corrupción donde no faltan traiciones, persecuciones en varios medios de transporte (¿quién dijo que el autobús no podía ser un escenario de pasajes llenos de acción?) y unas cuantas pistas de cara al siguiente volumen.

Porque la idea tras el primer tomo de Mil novecientos y algo es desde el principio, crear una serie con continuidad y ofrecer como trasfondo un mundo creado entre sergio Moran y James Stapleton. Y del que puede decirse que es uno de los mejores aciertos dado que este parece estar desarrollado con mucho detalle, bastante como para que el autor cuente con los datos necesarios a la hora de trabajar con escenarios y situaciones, pero no como para que al lector se le haga excesiva la información por encima de la trama o los personajes. Dependen, en muchos casos, de que en todo momento sea fácil reconocer cada punto alternativo de la geografía española, desde Extremadura hasta la cuenca minera, pareciendo a veces un poco una guía en la que cada enclave tiene su versión real. Aunque, desde un principio, parecía que la intención era esta y la mezcla de magia y fantasía que han hecho es bastante efectiva e incluso tiene sus momentos graciosos, pero sin pretender que esto sea un chiste ni un entorno hecho a modo de risa, sino algo complejo y que funciona dentro del libro o de los próximos. Aunque sigue sin parecerme una elección muy acertada que una pirata haya decidido abandonar el barco para seguir una carrera como funcionaria de Hacienda, y no al contrario.


Pilar Pedraza. Mystic Topaz. Pedraza cuenta con una carrera bastante larga ya como escritora de relatos cortos, novelista e incluso ensayo, aunque para muchos lectores puedan ser los primeros los que más suenen o los que sirvieran para conocer a la autora. A partir de las brujas de Mater Tenebrarum, me quedé con su mezcla de fantástico, su visión muy poco amable y mística del mundo de la brujería, y un particular sentido del humor que está muy presente en los relatos que describen el día a día de Mystic Topaz, una tienda de artículos ocultistas donde pueden encontrarse los objetos más extraños y dotados de poderes, donde la dueña es una experta exorcista...y también las piezas de joyería más coquetas. A través de los relatos de Geles, una empleada que no duda en reconocer que curró mucho, cobró poco, y aprendió un montón, hace un recorrido por los incidentes que pueden tener lugar en la tienda regentada por Delirio Presencia pero también en los alrededores de una ciudad que podría estar situada en algún casco histórico de cualquier país mediterráneo y donde la mezcla de nombres y lugares españoles e italianos hace que este sea un lugar inidentificable, donde lo irreal es algo habitual para las protagonistas pero también para el entorno: en sus páginas se describe como algo normal la patrulla del ayuntamiento que recoge animales extraviados y cadáveres escapados de los subterráneos, los vampiros que se pliegan de forma geométrica desplazándose en las paredes de la catedral, exorcismos...pero también algo tan corriente como un mal corte de pelo, una clase de yoga impartida en el local o una propietaria que a ratos parece ocultar todo tipo de secretos ocultistas, y a otros, parece tan negociante como la encargada de una mercería. Y donde muchas veces, lo más macabro y extraño se ve cortado de golpe con una afirmación completamente mundana.

Los casi treinta relatos, muy breves e independientes entre sí, forman un mosaico en el que a veces se nota que han sido escritos a vuelapluma, y en donde más de una ocasión, se contradicen las referencias entre unos y otros, algo que acaba encajando bien con un tipo de narración anecdótica y muy personal, y en el que el último relato, con la despedida de su narradora, se cierra de forma melancólica junto a las puertas de la tienda.

jueves, 6 de agosto de 2020

No respires (2.016). Todos los gatos son pardos

El cine ha aportado buenos ejemplos de allanamientos de morada (aunque el nombre habitual del género suele ser home invasion, más moderno y suena menos a Código Penal). Hay pocas situaciones más cercanas y aterradoras que la posibilidad de la entrada de un extraño en los metros cuadrados que se consideran un lugar seguro. Además de ser, cuando tienen éxito, un relato efectivo de horror claustrofóbico. Pero, ¿qué pasa cuando sucede lo contrario? ¿Y si la historia es la de la potencial víctima sino de los responsables del delito? En ese caso, lo que se considera un lugar seguro podría convertirse también en uno que esconda secretos desagradables.




Detroit, en cambio, parece ser un sitio así a tiempo completo. Los protagonistas de No respires son un trío de ladrones que se mueven por la ciudad dando golpes de escasa cuantía con la esperanza de marcharse algún día a un sitio mejor. La ambición de estos, limitada por las consecuencias que podrían tener el ser detenidos en un robo de mayor cuantía, se ve tentada cuando descubren la existencia de una casa, en uno de los barrios más desfavorecidos, en la que su propietario guarda una cuantiosa suma de dinero. La historia detrás de este hará que se replanteen el límite de lo que no pueden hacer: un veterano de guerra ciego, que vive recluido con el dinero con el que ha sido indemnizado por la muerte de su hija en un accidente de tráfico, en el que la culpable fue declarada inocente gracias a los contactos de su familia. Aunque la situación de estos, y quizá la codicia, también hace que lo vean de una forma distinta: que sea un veterano de guerra ciego no quiere decir que sea inocente o una buena persona. Y es muy probable que esto sea cierto.


La película recuerda mucho al formato con el que han tenido éxito productoras como Blumhouse, aunque quien esté detrás sean los responsables del remake de Posesión infernal y el propio Sam Raimi: duración reducida, grupo de personajes escaso y unos escenarios sencillos y reconocibles. En este caso, una ciudad como Detroit (desde los tiempos de Robocop hasta los maratones de Empeños a lo bestia no recuerdo un momento en que ese sitio haya levantado algo la cabeza), donde sea relativamente sencillo desarrollar un grupo de personajes que generen la simpatía necesaria pese a dedicarse al crimen y que transmita la sensación de ser un lugar sin ley y a punto de derrumbarse social y económicamente. Aunque poco puede verse de este, ya que enseguida el entorno se ve reducido a una casa un tanto ruinosa, con una escasa iluminación que supone que los protagonistas sean perseguidos por alguien tan implacable como podría serlo cualquier monstruo o asesino en serie, pero peligrosamente humano: el guión contiene unos cuantos giros en los que, a partir de las primeras palabras desmitificadoras de uno de ellos, la víctima se va desvelando como una figura cuya minusvalía se acaba convirtiendo en la principal debilidad de sus ladrones, al ser alguien que no necesita de la luz para desplazarse, y que se convierte en un personaje completamente oscuro, capaz de ocultar secretos en su casa que recogen a la perfección la figura del monstruo de la puerta de al lado.



Esto también viene dado por la caracterización del trío protagonista: de una primera aparición donde parecen buscar las antipatías del público, llevando a cabo todo lo que nadie querría encontrar en una vivienda desvalijada, van mostrando motivaciones más cercanas y sobre todo, se libran a la primera de cambio del más desagradable del grupo, uno de esos secundarios que parece estar ahí para poner en marcha la trama cargándose a alguien que no vaya a echarse demasiado de menos. El resto lo constituye una historia de suspense efectiva, donde lo sobrenatural y lo fantástico se ve sustituido por un personaje realista y donde las amenazas también lo son: no hay trampas complejas ni lugares imposibles, solo las armas que podría tener alguien en su domicilio y la ventaja de conocer su hogar perfectamente. Aunque, como suele pasar, la pareja protagonista en más de una ocasión parece salvarse de situaciones que no corresponderían a causa de su condición física y o falta de sentido común, pero, ¿qué gracia tendría esto si estuvieran perdidos desde el primer momento?




No respires es una interesante vuelta al tema de la invasión doméstica y un guiño a la posibilidad de que nada sea lo que parezca. Aunque lastrada a veces por situaciones demasiado forzadas, un final que contradice todo lo que se había establecido previamente (como el evitar todo el tiempo la llegada de la policía para que esta finalmente, no parezca enterarse de gran cosa), y el asegurarse la aparición de una secuela si la cosa funciona, sabe jugar con recursos tan simples como lo que puede haber en una casa cualquiera. O al menos, en la de un veterano de guerra.

jueves, 30 de julio de 2020

Gretel y Hansel (2.020). Reinventando el mito



De los cuentos tradicionales se sabe que en su mayoría, las narraciones actuales son versiones muy suavizadas del material original que los hermanos Grimm, en su labor de recopiladores, tenían parte de una responsabilidad que años después continuaría Disney en sus producciones animadas. Pero siempre es posible volver a los orígenes de estas, que para los estándares de hoy muchas podrían considerarse verdaderas historias de terror, e incluso reimaginarlas desde una perspectiva adulta o un enfoque distinto al cuento moral que fue en sus comienzos, pero conservando una visión del mundo amenazadora.


Si Hansel y Gretel fue uno de los cuentos adaptados por los Grimm, Gretel y Hansel es la historia de la hermana mayor, obligada a cuidar del pequeño  durante una terrible hamruna que asola su aldea. Obligados a abandonar la casa por su madre, incapaz de mantenerlos, los únicos lugares a los que pueden acudir en busca de sustento son un convento o una colonia de leñadores. Opciones que en todo caso siempre supondrán la peor parte para Gretel. Pero para ello, deberán atravesar primero el bosque. Donde esta vez no habrá una casa hecha de pastel, pero sí una acogedora cabaña cuya propietaria les invita a quedarse indefinidamente sin esperar nada a cambio. Algo muy extraño dado que esta parece capaz de hacer aparecer los mejores manjares sin necesitar acudir a ningún lugar a buscarlos, y que parece muy interesada en que ambos niños se alimenten bien y recuperen fuerzas.


Dirigida por el responsable de The Blackcoat´s Daughter y Soy la bonita criatura que vive en esta casa, quien ha demostrado ser muy hábil rodando historias que incluyan a un elenco de no más de tres o cuatro actores, no es tanto una recreación del cuento de hadas original sino una visión que toma como protagonista a la que hasta ahora había sido una secundaria (después de todo, la bruja parecía empeñada en comerse solo a uno de los dos hermanos y el trato dado a la otra era bastante indiferente, según las versiones), y a la que se presenta en un escenario desolador. Desde el primer momento, a base de monólogos, se la caracteriza como cuidadora principal de su hermano, menor que ella, a quien quiere pero que no deja de ser un niño con todas las consecuencias negativas:  es egoísta, demandante y pese a que ambos se quieren, la protagonista manifiesta más de una vez que su hermano le arrebata demasiado. Sus alternativas de supervivencia también suponen un sacrificio, desde la primera entrevista con el siniestro (e igualmente venido a menos) terrateniente local hasta la alternativa sugerida por uno de los personajes cuando mencionan la existencia de un asentamiento de leñadores, convirtiéndola en el personaje más desprotegido pese a ser el que lleve la voz cantante.  Quizá por eso la caracterización de la bruja, y de la magia por extensión, sea mucho más ambigua y una alternativa menos amenazadora. Esta se plantea desde una perspectiva más abierta, como algo amoral que dependerá del uso dado por su poseedor, además de una caracterización de la bruja como algo más profundo que “una mujer que vive sola es calificada como bruja o hereje” y que todavía alberga algún giro hacia el desenlace.


Pese a algún giro, no es una película dinámica: más centrada en la atmósfera, esta acaba por centrarse en la ambientación proporcionada mediante monólogos, amplios planos de bosques y mansiones desvencijadas, y un vestuario y secundarios intemporales, en los que parecen mezclarse épocas, lugares y razas de una forma en la que solo podría definirse como el lugar en el que transcurren las historias, y que, si bien hacen que la estética sea uno de sus mejores valores, también la convierten en una historia sorprendemente lenta. Una primera impresión haría pensar en La bruja, pero mientras que esta se agarra a la precisión histórica incluso en los díalogos, esta opta por la fantasía. Y por lo que parece, por gestionar un poco peor su duración: con noventa minutos escasos, esta se hace tremendamente lenta, y en más de una ocasión parece que la intención es que el público mire sus bonitos planos que en que la historia pueda contarse a través de silencios y atmósfera.


Gretel y Hansel no resulta una película redonda. Más que terror atmosférico, a veces parecen ser secuencias de algún videoclip artístico, aunque en su mayor parte, lo acertado de su atmósfera se debe también al trabajo llevado a cabo por Sophia Lillis en el papel de Gretel. 

jueves, 23 de julio de 2020

Lecturas de la semana. Los ochenta y sus clásicos



Pese a dedicarle mucho tiempo a la literatura de terror, hubo muchos libros que en su día gozaron de cierta popularidad, o en su defecto, de publicación en España, que acabé ignorando. Por no haberlos encontrado ni de saldo, por no interesarme mucho el argumento, o porque en su momento, estaba un poco saturada de su autor. Tampoco tenía muchos motivos para recordarlos ahora, salvo el haberlos visto mencionados (o sus portadas) en Paperbacks from Hell, el tener tiempo y que estuvieran disponibles, o quizá también un poco de nostalgia inventada a media de la época de Martinez Roca y de las cubiertas con el nombre de Stephen King en grande



El ejecutivo. Thomas M. Disch. Más conocido en el campo de la ciencia ficción con Campo de concentración, su novela sobre asesinos, apariciones sobrenaturales, el cielo, y sus salas de espera forma parte de una trilogía de narraciones independientes llamada Minnesota Sobrenatural. Un adjetivo que sí le va mucho mejor que el calificarla de terror. Porque el asesinato cometido por Bob Glandier, un despiadado ejecutivo que despacha a su esposa brutalmente, y el deambular de esta entre el purgatorio y la tierra, es más una comedia negra donde se dan cita una visión muy paródica de las entradas al cielo, los espíritus con tareas pendientes en el mundo, e incluso de las posesiones demoniacas y de otras creencias como la reencarnación, haciendo que el más allá que describe el autor sea muy difícil de tomárselo en serio y su tono, sin ser deliberadamente humorístico, hoy recuerda mucho al que podría encontrarse en muchas de las temporadas de American Horror Story.

Este es uno de esos casos en los que la contraportada resulta muy engañosa, planteando desde el primer momento una narración como algo de terror cuando esta, desde las dos primeras líneas, no pretende serlo. Cuanto menos, extraña, con un tipo de comicidad que no resulta tampoco para todos los gustos pero que resulta toda una curiosidad. Además Disch es uno de esos autores que ha tenido la suerte de ver al menos una de sus obras adaptadas al cine…aunque en este caso se tratara de La Tostadora Valiente.



El misterio de Salem´s Lot. Stephen King. Sí, hemos llegado hasta el 2.020 sin leer el que se considera uno de los más populares de su primera época (y Cementerio de animales, tampoco) y en el que se puede apreciar por qué empezó a apodárselo “rey del terror” en esa década. Este se aproximó a muchos elementos propios del género, como lo fueron la locura, los fantasmas y los hombres lobo, correspondiéndole a Salem´s Lot los vampiros. Porque lo que hay en el pueblo, pese al título en castellano, de misterio no tiene mucho: los personajes, al menos los más avispados, se dan cuenta que la llegada del señor Barlow a la ciudad coincide con las desapariciones y muertes de varios de sus habitantes. La historia, con sus personajes siendo perseguidos o persiguiendo, según la hora del día, no muertos, podría ser un tópico en manos de otro, pero es en la descripción del pueblo y de sus personajes, donde se nota su talento como escritor: este destina más tiempo a dotar de vida una localidad que describe como cualquier otra, con sus cotidianeidades, su gente normal y también sus pequeñas miserias con las que se han acostumbrado a convivir, y su tratamiento del vampirismo recuerda un poco al que se describía en Drácula: unas criaturas con la inteligencia suficiente como para engañar a sus allegados y seres queridos, pero dominados por el instinto animal y cuya única idea es la de continuar extendiendo su especie. Incluso la descripción de la progresiva desaparición del pueblo guarda cierto parecido con lo que podría pasar en cualquier lugar a causa de una crisis: las tienda cierran. La gente se va, o simplemente, desparece, y al final no queda nada.


La narración, al menos en su prólogo, mantiene un tono crepuscular, donde los dos personajes principales deambulan de un lugar a otro hasta descubrir que este no es otro que el epílogo (un recurso que también se había utilizado en Fantasmas de Peter Straub) y a partir del cual, se desarrolla la narración con un estilo muy distinto, casi costumbrista, en el que lo sobrenatural va apareciendo paulatinamente. Breve, comparada con lo que vendría después, muy clásica, dado que el antagonista no es otro que un vampiro, es fácil comprender por qué esta fue una de las más populares de King y casi una lectura obligatoria para conocer al autor.

jueves, 9 de julio de 2020

El señor de las bestias (1.982). Espada y brujería. Con animalitos

El estreno en 1.982  de Conan el bárbaro supuso el nacimiento de un nuevo género en el cine: la espada y brujería. Con pocos medios y a menudo, menos guion, surgieron decenas de Ator, Krotar y unos cuantos bárbaros genéricos en taparrabos, dispuestos a enfrentarse a todo tipo de brujos malvados y hechiceras secundarias ligeras de ropa. Alguno de estos conseguía estar a la altura del imitado y convertirse en serie B más que digna de ser recordada. Y en algún que otro caso, no quedaba claro donde terminaba la imitación y empezaba la coincidencia afortunada.


El señor de las bestias es una de esas situaciones. Estrenada dos meses después de la película de Millius, esta sería la historia de espada y brujería estándar:  en algún lugar de la imaginación, o cuando la tierra aún era joven, o si se quiere, en algún mundo distinto al nuestro (porque a fin de cuentas nunca está claro), el hijo del rey Zed es arrebatado del vientre de su madre para ser ofrecido en sacrificio a una oscura deidad. Salvado en el último momento por un granjero, se cría como uno más hasta descubrir que cuenta con un extraño don: la facultad de comunicarse con los animales. Poco después de ver como su pueblo es arrasado por una banda de mercenarios, comienza un viaje que lo llevará a conocer a sus compañeros, que lo ayudarán con sus cualidades: la fuerza de una pantera, la vista de un águila y la agilidad de dos hurones que, además de robar llaves y objetos de valor, son muy monos. Pero también se reencontrará con el reino que un día perteneció a su padre, ahora gobernado implacablemente por un malvado hechicero.



Con un presupuesto más limitado que la épica del cimerio, la película a veces hace ll que puede, otras se defiende de la misma forma y en algunos casos, sorprende con lo que puede conseguir con tan pocos medios. No en vano el director es Don Coscarelli, que unos años antes y un importe de risa había conseguido rodar Phantasma. La diferencia es que entonces contaba con un entorno real y sobre todo, con la presencia de Angus Scrimm, capaz de convertir en un mal sueño cualquier escena solo con mirar fijamente a la pantalla. En esta versión de marca blanca de la era hiboria  tenemos a Mark Singer en taparrabos. Y a una chica con unos ojos azules muy bonitos. Y a Rip Thorn con una caracterización un tanto penosa a base de un par de trencitas con calaveras colgadas y una nariz postiza  que lo dota con inesperado parecido con Gargamel.  Además de unas interpretaciones sobreactuadas que a veces rozan lo ridículo y a veces son capaces de parecer buenas comparadas con las de la mayoría de secundarios, que parecen consistir en  poner caras de asombro ante cualquier situación y desorbitar mucho los ojos.

El apartado técnico tampoco destaca por su brillantez. Con algún efecto de iluminación que es mejor no mirarlo, resulta especialmente flagrante el tratamiento dado a los animales en la película. La pantera, en realidad un tigre pintado de negro para hacerlo pasar como tal, falleció a causa de la toxicidad del tinte y resulta especialmente angustioso  el ver como en distintas secuencias el tono de su pelaje parece desteñir por momentos. La acción parece transcurrir en un desierto y el reino de Zed debe ser la civilización más desangelada y cartón piedra jamás filmada. Sin embargo, y pese a muchas situaciones que no han conseguido aguantar el paso de los años, pasada la primera media hora, la película consigue funcionar mejor a base de aprovechar el potencial estético de los paisajes desérticos, una consciencia de lo que pueden y no pueden mostrar, y seguramente, el contar con un público que también sabía lo que podía esperarse de una serie B. además, pese a la cantidad de tópicos  del fantástico de los que se compone el guión, estos son utilizados de forma bastante hábil para ofrecer una historia entretenida. Me atrevería a decir que, en algunos casos, resulta más coherente que muchas situaciones que podían verse en la película del cimerio estrenada el mismo año.


El señor de las bestias podría definirse como un clásico del videoclub: no tan memorable como Conan, pero mucho mejor que cualquiera de las imitaciones de esta, con un toque muy particular y, dentro de sus limitaciones, más cuidada a nivel de guión. También, con una aproximación más para todos los públicos, esta supuso que muchos niños nos quedáramos asombrados  con los trucos de una pareja de hurones y aterrorizados con aquellos extras que ataviados con una parca coraza de pinchos, braceaban a través de un pasillo de atrezzo bajo la descacharrante denominación de “guardia de la muerte”.

jueves, 2 de julio de 2020



No falta ningún año una película de terror ambientada en un elemento propio de Halloween. O bien todo lo relacionado con el 31 de octubre, o bien todo lo que puede suceder en la recogida de caramelos puerta a puerta. Y por qué no, lo que puede llegar a ser un pasaje del terror donde nada es lo que parece. Lo llamativo de estos casos serían esas producciones que dentro de lo limitado de los argumentos, pueden desarrollarlos bien y hacer que el público se interese por lo que le han contado mil veces. Y, en este caso, también lo es el qué demonios hago escribiendo sobre oscuridad y disfraces cuando todavía estamos terminando los restos de coca de Sant Joan. La respuesta, es tan sencilla como ser la primera novedad nada más abrir una plataforma de streaming, ofrecer un metraje corto, un argumento digerible, y quizá un poco la publicidad en la que la anunciaban como obra de los guionistas de Un lugar tranquilo.



La casa del terror empieza con una situación mil veces vista: un grupo de universitarios se prepara para salir de fiesta la noche de Halloween, que deciden terminar visitando uno de los muchos pasajes del terror que aparecen de forma casi amateur en distintos puntos de la ciudad. Esta, casi oculta en una carretera secundaria, parece ser una de esas atracciones extremas donde se lleva al límite los temores y la seguridad de sus visitantes. En ella, la decoración mediocre se mezcla con escenas de un inquietante realismo, y donde empieza a quedar poco claro quien está detrás de una atracción que ha dejado de ser un simulacro, qué es lo que pretende, o si sus visitantes podrán salir de allí.




En un momento donde la temática de las atracciones estacionales ofrecía espectáculos vistosos pero muy limitados en cuanto a lo que podía hacerse para aterrorizar a su público, las casas del terror extremas se saltaban las normas y, previa autorización firmada, traspasaban los límites en cuanto a contacto con los asistentes, repugnancia y a la sensación de seguridad que estos podían tener. Una vertiente que también supuso una variación en sus equivalentes de la ficción, donde lo ambiguo de estas servía para dar una nueva vuelta al cliché de los personajes atrapados en una atracción que resulta ser una trampa. En este caso, partiendo de cierta suspensión de la credibilidad, donde los espectadores ponen algo de su parte y aceptan que una situación así puede ser tan creíble como las cuchillas escondidas en los caramelos o los asesinos que rondan por las calles, desarrollan un guión que se caracteriza por lo directo: a los protagonistas se los presenta rápido, con unos pocos rasgos exceptuando a la principal, a la que se le da un trasfondo con el que intentan justificar su condición de heroína final (en este caso, un pasado de maltrato aportando un poco de fábula moral a la trama), y un grupo de personajes desconocidos, sin más motivaciones que los de crear un escenario y convertirse en el monstruo. Porque, en muchos casos, y especialmente cuando se recurre bien a otros recursos, como la tensión o el entorno, este no necesita más justificación que ser lo que puede suceder a la vuelta de la esquina.


Uno de los aspectos que más se agradecen es el de los protagonistas: el cine reciente ha abandonado la tendencia de crear víctimas planas o de las que se desea que sean eliminadas cuanto antes, y en este caso, salvo el escaso tiempo que dedican en caracterizarlos, constituyen un grupo que, si bien no genera ninguna simpatía, tampoco despierta lo contrario: personajes que se comportan como lo harían sus equivalentes una noche de fiesta, sin cruzar al ridículo ni lo desagradable, y a los cuando menos, no se les desea lo que les acaba sucediendo. Que, tras ver a Eli Roth en los créditos, no sorprende que no sea agradable, pero sí lo hace el que las víctimas, esta vez, no sean un grupo de jóvenes insoportables.



El nivel de violencia también está por debajo de lo que podría esperarse. Gráfico, pero sin entrar de lleno en el gore, optan por centrarse más en la impresión que puede producir un corte inesperado, o un primer plano de un pie acercándose a un suelo de clavos, que en recrearse mostrando torturas escabrosas. Gran parte de los noventa minutos están más centrados en mostrar los esfuerzos de los protagonistas en escapar, o en mostrar algún detalle de sus perseguidores, que en ofrecer efectos especiales detallando lo más sórdido.

La casa del terror puede no ofrecer nada nuevo, pero sí sabe trabajar con aquello que le han dado. Es breve, cuenta con todos los escenarios comunes de la época y ofrece los momentos de terror gráfico justos como para incomodar pero sin resultar desagradable a un parte de su público. Seguramente, habría sido una película de lo más disfrutable de verla en la época para la que se pensó. Aunque para una tarde de verano en sábado también lo ha sido.

jueves, 25 de junio de 2020

Blade (1998). Vampiros, cazavampiros, y fiestas en locales industriales



Con Marvel repasando los últimos personajes que le quedan por adaptar al cine, y anunciada la intención de hacer una nueva versión del cazador de vampiros de la editorial, es fácil olvidar un poco esa época en la que sus versiones cinematográficas eran escasas, en algunos casos, imposibles de llevar al cine, y más de una vez, muy distintas de lo que se había visto en los comics. Bueno, por eso y porque algunas tienen ya la friolera de 22 años, como es el caso del cazador aparecido por primera vez en La tumba de Drácula y llevado al cine en 1998. Y que en su momento, con todas sus libertades respecto a original, fue todo un éxito en los cines además de una muestra de muchas de las tendencias visuales de la época.



Blade, además de un cazador de vampiros, es un híbrido entre ambas especies. Afectado por la mordedura de la que su madre es víctima estando embarazada, ha desarrollado la fuerza y la velocidad de estos, pero no su debilidad a la luz solar, lo que le permite moverse libremente entre ambos mundos dedicándose a eliminar a todo no muerto que se cruce en su camino. Pero también tiene la misma sed de sangre que estos, siendo cada vez más difícil el poder mantenerla a raya. Es una de sus cacerías, tras el sicario de Deacon Frost, un poderoso vampiro local, la que le lleva a descubrir una profecía que puede desencadenar la llegada de la más poderosa de esas criaturas, pero también a conocer a una hematóloga, víctima en su momento de una mordedura, capaz de desarrollar una forma de ralentizar su naturaleza vampírica.




Pese a ser un estreno anterior al más conocido de esa década, como fue Matrix, la película parece muy deudora de su estética, montaje y efectos sonoros. Muy alejada del personaje de comic original, en cuanto a colorido, vestuario y características, en esta abundan los escenarios en blanco y negro, los abrigos de cuero, la música techno, los duelos a katana (arma a la que le ha tocado llevar el sambenito de ser extremadamente molona), con capaces de meter una referencia o copia de Vampiro la Mascarada (por lo de los vampiros ocultos en la sociedad y los doce clanes) e incluso un par de secuencias bullet time con los personajes esquivando balas mediante unos efectos que en su mayoría, se han quedado bastante pobres. Porque aunque en su día costara con un presupuesto holgado,es uno de esos casos en los que la infografía ha envejecido muy mal y la mayoría de lo recreado mediante este sistema, especialmente los movimientos de las gotas de sangre, resulta muy pobre y artificial, pareciendo esta un pegote flotante renderizado en lugar de un líquido que se mueve de forma sobrenatural.



Las escenas de acción, que serían en realidad lo más importante tal y como se ha concebido el guión, aguantan mucho mejor: dinámicas, bien orquestadas y con buenos especialistas, salvo por el exceso de katanas, gabardinas y gafas de sol que no se caen ni con las piruetas más increíbles. De nuevo, una estética popularizada gracias a la trilogía de los Wachowski pero que ha resultado tan imitada, reciclada y parodiada que hoy tiene un punto ridículo. Un punto que también aflora en su argumento, a menudo cogido con pinzas en favor de incluir escenas de acción y en el que es fácil encontrar momentos carentes de sentido, como el sicario cómico al que el protagonista deja escapar una vez sí y otra también (Tras un rato pensando en que este me sonaba mucho, me di cuenta que Donal Logue encarnó, casi veinte años después, a Harvey Bullock en Gotham), la facilidad con la que el villano, del que insisten en su naturaleza mestiza frente a los vampiros de pura sangre, se mueve por bibliotecas y archivos...en las que Blade también entra con una facilidad pasmosa para hacerlas explotar por los aires. Para ser la historia de los no muertos a lo largo de milenios, no es que se hayan trabajado mucho la vigilancia...



Con un grupo de secundarios reconocibles, como Kris Kristofferson o Udo Kier, en un breve pero interesante papel, Wesley Snipes cuenta con el papel protagonista haciendo lo que sabe hacer. No me refiero a defraudar a Hacienda, que eso vendría después, sino a prestar una interpretación inexpresiva en la que la presencia continua de las gafas de sol le ayuda a ocultar un poco la ausencia de cualquier tipo de cambio facial. Lo que podría ser lo peor de la película se convierte en lo que esta necesitaba: un héroe frío, capaz de hacer posturas llamativas en cualquier situación y donde mantiene cara de poker frente a una sociedad de vampiros, dirigida por Stephen Dorf, que se caracteriza por una actitud más histriónica, llamativa, un poco exagerada, y que parece sacada de la rave contínua en la que estos parecen vivir.



Blade, un poco ridícula vista hoy, con un argumento cuyos fallos saltan a la vista, y con un estilo visual que se hizo caduco bastante pronto, supuso también el ser uno de los primeros éxitos de Marvel, la posibilidad de que estos se pudieran llevar a cabo, y sobre todo, el contar con una secuela, muy superior a la primera parte, en la que Guillermo del Toro iba dando sus primeros pasos como director de estrenos importtantes. No estoy demasiado a favor de los reboots en lugar de buscar ideas nuevas, pero después de veinte años, no estaría mal el ver esa nueva versión ya dentro del universo Marvel, que se ha anunciado. Al menos no ha pasado como con Spiderman y sus tres remakes por año.





jueves, 18 de junio de 2020

El ataque de los tomates asesinos (1976). Las frutas de la ira


Hoy vamos a hablar de humor idiota. Por aquí ha pasado la comedia involuntaria, el humor negro, el absurdo e incluso alguno bastante grueso, pero faltaban aquellos chistes que de tan simples, elementales y llevados de una forma tan aleatoria, entran en la categoría de lo tonto. Una que también tiene su arte el llevarla a cabo, y sobre todo, encontrar con el público la sintonía necesaria para pasar de ser un fracaso de crítica a una pieza de culto y una pequeña franquicia. En este caso, solo hizo falta una parodia de las películas de ciencia ficción de los cincuenta y....unas verduras. O frutas, que todavía no está claro.



El ataque de los tomates asesinos cuenta, además de con una canción introductoria de lo más pegadiza, con un punto de partida en el que los lagartos, hormigas y cualquier otro ser vivo susceptible de alcanzar una altura desproporcionada respecto a su naturaleza, son sustituidos por algo tan anodino como un vegetal. Sin motivo aparente, los tomates empiezan a volverse agresivos, móviles y a atacar a los humanos de forma inesperada mientras van aumentando su tamaño hasta dimensiones, que, como intenta excusar el gabinete de prensa del gobierno, solo pueden significar unas pizzas mucho más grandes. Solo un equipo liderado por Mason Dixon del e, e integrado por un experto submarinista (aunque no haya ni una sola playa en toda la pelicula), un maestro del disfraz aunque estos no sean los adecuados según el momento, una nadadora olímpica de Europa del Este y un valiente paracaídista, que no se separa de su sable y equipo de supervivencia, son los únicos capaces de detener una amenaza que poco a poco, va asolando las principales ciudades de Estados Unidos. Todo ello aderezado con entretenidos números musicales y con el hit musical del momento, Puberty Love, del jovencísimo debutante Ronny Desmond.




Concebida como una parodia del cine de animales gigantes, en gran parte esta se desarrolla, como tal, imitando varios de los clichés de ese género: las primeras escenas de la amenaza, reuniones de politicos y militares, la presentación de los protagonistas y la resolución de una trama romántica que aparece de la nada de forma igual de absurda que muchas de sus situaciones. El aspecto paródico se resuelve la mayor parte de las veces con un humor gestual tan simple que funciona: desde la comedia gestual de la primera reunión de expertos, en un diminuto cuarto digno del camarote de los hermanos Marx, al comité nacional que no tiene muy claro sobre qué se está discutiendo. A estos se le suman algunas referencias comprensibles dentro del contexto temporal de la película, como el dotar de siglas a todo tipo de planes de contingencia, o la presencia de un gabinete de prensa para suavizar el impacto del problema que, entre lo tontorrón del resto de chistes, sorprende que se les ocurriera meter algo de humor crítico, aunque a su manera un poco torpe.



Pero, en realidad, para tratarse de una parodia de la ciencia ficción, choca la evidente falta de medios, incluso de los más básicos. Ya algo como un tomate no es que dé para mucho más que rodar y para sacar el lado cómico, pero la producción contó con un presupuesto ínfimo, un reparto con habilidades artísticas tan limitadas que roza lo amateur (el que varios de ellos no volvieran a hacer una película da la impresión que esto fue poco más que una anécdota en sus vidas) y sobre todo, con una estructura de escenas aisladas en las que cada una podía ser el sketch de una situación concreta. La aparición de cada personaje, las persecuciones, los planos de distintas ciudades en las que deambulan minúsculos tomatitos rodando, viene acompañada con un estilo de humor que en la mayor parte de los casos, es tan blanco que roza lo inocente, y en otros, sería difícil que hoy pasara un corte: lo mismo en una escena un buzo se sumerge en una fuente pública, que se marcan un chiste sobre el consumo de esteroides y los deportistas del bloque soviético.



El humor, entre ridículo, inocente y a veces descarado, acaba recordando a algunos de los gags más extraños de la hora chanante y a otros, a un chiste de los que da vergüenza ajena. No es de extrañar que se considerara una de las peores películas de la historia, junto con Plan 9 del espacio exterior, y que la crítica la machacara en su día. Sin embargo, algo tuvo. Quizá fue suerte o esa conexión con el público para que acabara disfrutando de sus efectos inexistentes e interpretaciones pobres, pero también de momentos más cuidados como el componer sus propias canciones o que su desenlace fuera tomado prestado por Tim Burton en Marte ataca. Y que quizá hiciera que no solo se convirtiera en una producción de culto, sino también que contara con tres secuelas y una serie de dibujos animados. Formato al que su estilo de humor le sentaba muy bien, aunque si se llegaron a hacer versiones animadas de Rambo y Robocop, cualquier cosa es posible.

Como todas las películas malas, no tanto de forma deliberada, sino porque parece que les acabó saliendo así, o se aman o se odian. Pero los tomates asesinos parece contar con una cualidad entrañable, quizá por optar por parodiar un género de los cincuenta en el momento en que esa década podía despertar nostalgia. O por ese estilo de humor tonto en su mayoría, un poco crítico en algunas ocasiones, pero que parece resultar más auténtico que muchas producciones deliberadamente mal hechas como forma de parodia. Además, su secuela, titulada adecuadamente El regreso de los tomates asesinos, cuenta con un joven George Clooney en uno de sus primeros papeles, que, seguramente, desearía que nadie lo reconociera. Aunque este, y Abierto hasta el amanecer, siguen pareciéndome sus mejores películas.

jueves, 11 de junio de 2020

Lecturas de la semana. Fantasmas y cazadores de fantasmas




Esta entrada va de relatos sobrenaturales, aunque con algo más de un siglo de diferencia entre ellos. Unos, corresponden a una de las pioneras del cuento sobrenatural y la psicología de los personajes en el ámbito anglosajón. La otra, con sus dos libros posteriores, se ha convertido en mi detective paranormal favorita y de momento, la única representante del gremio en tierra patria.



Edith Wharton. Relatos de fantasmas. Más conocida por su carrera como novelista (destacando especialmente por La edad de la inocencia), su nombre no puede faltar en ni ninguna antología de fantasmas. Pero siempre, como una sola muestra entre otros autores, con lo que esta se quedaba en un mero ejemplo y hacía difícil apreciar su producción en conjunto. La colección de Alianza Tres, algo así como la hermana mayor de sus Libros de Bolsillo se encarga de recoger sus cuentos siendo posible percibirlos de una forma muy distinta. Porque, los fantasmas de Wharton, en la mayoría de los sentidos, no existen. No es posible verlos, ni escucharlos, ni brinda ni siquiera una aparición fina. Pero sus protagonistas son capaces de sentirlos, como algo que forma parte del ambiente enrarecido de na mansión, o de la visión irreal que puede presenciar uno de sus personajes a modo de advertencia o tormento. Más importante que la sensación de haber algo que no debería estar allí, lo es el entorno de estos: matrimonios ficticios, convenciones sociales, la soledad, acaban siendo más importantes en la atmósfera que ningún espectro que no vaya a verse, pero que en cierto modo, saben que está ahí. Una percepción de lo fantasmagórico, acuñada como ghost feeling, que en el blog de En la lista negra dedican una entrada mucho más amplia e interesante.



Sergio S. Moran. Misterios Rutinarios (saga de Parabellum). Una colección muy breve de cuentos protagonizada por la detective paranormal Verónica Guerra, alias Parabellum. Como regalo promocional del crowdfunding y hoy disponible mediante pago social (descarga gratuita previa mención en redes sociales), son seis historias que recogen de manera muy breve, casi acelerada, diversos casos de su protagonista. Un nigromante en Castilla, un muñeco que la atormentó durante su infancia, una sirena o un fantasma de la mitología argentina, la narración suele tener lugar en mitad del caso, sin preámbulos, y caracterizarse por una acción y desenlace muy rápido.

Estos son divertidos, y dado que en las novelas previas se relataba un único caso, dan mucha más variedad al día a día de un personaje que, como ella misma dice, teme más a la Agencia Tributaria al final de cada trimestre que a un cíclope. Y también, a diferencia de las novelas, estas tienen un carácter más lúdico: es un libro ya para los fans que conocen a la protagonista, y para los que no necesitan ninguna introducción ni referencia a su entorno, por lo que la lectura para alguien que no conozca la serie, resultaría un poco acelerada y sin ninguna referencia que poder tener en cuenta. Una situación muy curiosa dada la facilidad con la que era posible acceder a esta sin tener que seguir ningún orden en concreto en los primeros dos tomos, aunque no le resta entretenimiento, dado el carácter un poco anecdótico respecto de la saga principal.

jueves, 4 de junio de 2020

Entrevista con el vampiro (1.994). La reinvención de un mito y unos colmillos postizos



Puede que gozaran de una gran popularidad, una saga y un par de adaptaciones al cine, ,pero nunca llegaron a gustarme los vampiros de Anne Rice. Su visión del mito, donde aborda temas como la inmortalidad, la pérdida y las relaciones, sentimentales o de poder, me habían resultado, en el momento de su principal salto a la fama gracias a la película, demasiado pastelosos, llorones y orientados a los gustos de un público gótico. Poco tenían que ver con el depredador al que Christopher Lee me tenía acostumbrada y a la figura escuálida del conde Orlok al que mantenía como referente en cuanto a imagen de lo que debía ser un vampiro. La opinión de su versión cinematográfica era similar: una pareja de guapos en una historia de vampiros que sufrían mucho porque vivían para siempre. Pasó el tiempo suficiente como para que los vampiros tuvieran varias reimaginaciones más, desde las más atractivas a otras más violentas, para que estos fueran relegados en la ficción en favor de los zombies y para que esa primera impresión diera paso a una segunda, menos marcada por la visión general de una preadolescente contreras.



Entrevista con el vampiro es la confesión realizada a un periodista por Louis de Pointe du Lac, un vampiro de más de dos siglos, sobre su historia como no muerto. Desde 1791, atormentado por la pérdida de su esposa e hijo, es convertido en vampiro por Lestat, quien encuentra en él un compañero adecuado y ofrece una existencia lejos de la muerte y el dolor. Pero esta conlleva también la soledad y la necesidad de alimentarse de vidas humanas, algo que atormentará a Louis durante toda su existencia y que le llevará, al intentar salvar una de esas vidas, a romper uno de los códigos no escritos de la comunidad vampírica.



Esta segunda impresión ha sido muy distinta a la que produjo años atrás. Los vampiros de Rice siguen sin ser mi estilo, opinión que no ha cambiado pero se ha suavizado: es, simplemente, una aproximación que aporta temas distintos y plantea la figura del vampiro como algo deseable y condenada al mismo tiempo, centrándose a menudo en el aspecto estético de Nueva Orleans a través de los siglos y una estética que aprovecha al máximo los últimos años del siglo XVIII y gran parte del XIX, que es donde se centra la mayor parte de la trama. Esta, marcada por un tóno entre melancólico y trágico, muestra principalmente la oposición entre la actitud hedonista de Lestat y la atormentada de Louis, sin que en ningún momento exista ningún héroe o villano sino que entre ambos se trate de manera sutil, el desarrollo y final de una relación de pareja.



En los papeles principales aparecen actores cuya carrera estelar comenzó por esa época: Brad Pitt, y Antonio Banderas, en un papel muy breve y también muy lejos de su versión original en el libro, pero interesante como arquetipo de vampiro continental. Y, lo que entonces pareció como decisión más chocante, Tom Cruise como el seductor e histriónico Lestat. El actor, cuya complexión física no parecía ser la adecuada, y con una carrera previa más orientada al cine de acción, recrea un no muerto satisfecho con su situación y dispuesto a disfrutar de su existencia. Además de histriónica y con un punto un tanto perverso que lo convierte a ratos en un personaje negativo, pero no un villano.

Aunque la película cuente con actores de la talla de Brad Pitt, Tom Cruise o incluso el recién llegado a Hollywood Antonio Banderas, la presencia más recordada, tanto a nivel de interpretación como de guión, es la de Kirsten Dunst como Claudia, una vampira a la que se le conoce como niña al borde de la muerte y se desarrolla como adulta, atrapada en el cuerpo de una niña con las consecuencias que esto supone en su relación con los protagonistas, y reflejando así una situación llena de matices cuya trama llega a superar en profundidad y posibilidades el drama relatado hasta entonces por el narrador.



Uno de los aspectos que peor ha envejecido han sido los efectos especiales. Si bien el vestuario, la estética, el enfoque, y sobre todo, los actores principales han convertido a la película en un clásico, la caracterización a base de colmillos postizos, y especialmente, la inolvidable peluca rubia que luce Tom Cruise como el aristócrata Lestat ,es uno de los elementos más chocantes y que desentona, vista hoy, en una producción brillante en el aspecto técnico.

26 años después, Entrevista con el vampiro muestra algunos signos de haber envejecido mal en su caracterización vampirica, pero se sigue manteniendo como una de las películas fantásticas más interesantes de los noventa. Dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio, y la versión cinematográfica de la novela de Rice, sigue conservando el puesto que se ganó en su momento. En cuanto a la pastelosidad o los vampiros que no dan miedo....también dicen que Detrás de mi vendrá quien bueno me hará, y de eso se encargó Crepúsculo una década después.

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