Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 14 de febrero de 2019

Los muertos no pagan IVA, de Sergio S. Morán. Corrupción, nigromancia y un saco de gamusinos





He perdido la cuenta de los detectives de lo extraño que he encontrado. Algunos de los casos de John Silence como precursor de los Mitos de Cthulhu. El desvarío de Harry Dickson, de quien debí leer de corrido decenas de las novelitas de Jucar antes de pasarme a su idioma original. Harry Dresden, como mucho, para pasar el rato, y apenas conocido en España, John Taylor, el investigador oficial de Nocturnia, la saga que quedó colgada en La Factoría de Ideas. Quedan muchos pendientes, casi todos anglosajones o investigando en ciudades de habla inglesa (aunque Dylan Dog sea una creación italiana), pero entre ellos, faltaba algo: ¿qué pasa en el resto del mundo? Es que en otros países no hay trasgos, vampiros, ni hay casos imposibles de resolver sin una explicación sobrenatural? Al menos, en España, los hay. Y también hay una persona que se gana la vida con ese tipo de sucesos.



Los muertos no pagan Iva es el segundo caso publicado de la detective Parabellum, una detective acostumbrada a lidiar con entidades sobrenaturales y alguna que otra divinidad...aunque su nombre en el Registro Civil sea Verónica Guerra, sea la hija de la severa comisaria de un barrio de Madrid y ahora, tras terminar con un cíclope que amenazaba un convento en Ávila, debe lidiar con su adicción a la ambrosía, renovar su licencia de detective, y si puede, conseguir unas vacaciones. Aunque, cuando empiezan a aparecer espectros en las líneas de metro de la ciudad, esto último parece complicado.

                           

Las aventuras de Parabellum no son muy distintas a las que podría tener un Harry Dresden o uno de los múltiples detectives que aparecen en la sección de “fantasía urbana”. El estilo en todos ellos es muy similar, donde la protagonista narra la historia en primera persona (pocos detectives hay que no lo hagan), hay un mundo sobrenatural que solo unos pocos tienen la suerte o desgracia de conocer, y sobre todo, aunque hay un hilo conductor en forma de escenario, personajes fijos, trama de fondo o antagonistas, se mantiene la individualidad de lectura de cada entrega, siendo posible empezar en el segundo caso de la serie aportando la información necesaria sobre los personajes. Una manera de narrar que favorece un poco la intercambiabilidad entre cada libro, pudiendo acercarse al personaje sin ser necesario buscar la primera entrega como algo necesario.

La mayor particularidad del libro es contar con una heroina de estas características situada en España. Moviéndose en sitios tan reconocibles como las calles de Madrid o Barcelona, por un convento en ávila o teniendo un sitio para mencionar lugares que nunca se hubieran pensado en este tipo de ficción, pero el Bierzo también tiene aquí su hueco. Y, donde los monstruos o los espectros se manifiestan de forma tan natural como podrían hacerlo en las calles de Chicago, adaptándose estos a la mitología popular de la península, algo que sorprende a las pocas páginas cuando la protagonista utiliza una bolsa de gamusinos como cebo (que, como todo el mundo sabe, cuando se les saca de ahi, se convierten en piedras), y donde después aparecerán xanas e incluso una bruja. Estos se mueven también por escenarios cotidianos y que normalmente se asociarían a situaciones más prosaicas o en su defecto, a la comedia. Algo que Morán decide evitar para ofrecer un escenario distinto y que procura tomarse en serio: en ningún momento se hace mofa de lo sobrenatural ni se utiliza como elemento de comedia torpe, sino que es un entorno que procura hacerlo tan real y creíble como podría ser una investigación en las calles de Londres. Esto tampoco implica el extremo opuesto donde se peque de seriedad, sino que la narración viene acompañado de un razonable sentido del humor derivado de lo cercano del escenario y sobre todo, de la sorna con la que su protagonista relata los hechos. Con sorna, en la mayoría de los casos, como herramienta para lidiar con lo que la rodea, pero también a menudo con impotencia, ternura, desesperación o tristeza. Porque el entorno que presenta, pese a ofrecer una fascinante población de seres mágicos, también trata con las consecuencias de su condición: una de las tramas de Los muertos no pagan IVA consiste en la vuelta de la protagonista a su ciudad y barrio natales, y quizá, de una forma muy sui géneris, la crisis y dudas de una persona que ha abandonado el hogar hace tiempo y ahora se ve obligada a volver. Para encontrarse con amistades de su pasado y sus mejores años, que no han cambiado. Ni lo harán en mucho tiempo.

La saga de Parabellum, en principio, no parece muy distinta a la de otros detectives. Pero también lo hace para bien: es muy sencillo aproximarse al personaje y la serie, se lee rápido y tiene la frescura necesaria dentro de un género demasiado homogéneo. Aunque el título engaña. Mas que no pagar IVA, lo que hacen los muertos es no cotizar a la Seguridad Social.

jueves, 7 de febrero de 2019

Nightworld (2017). Tenemos un edificio chulo. El guión ya lo escribiremos

Europa del Este ha encontrado un hueco a la hora de hacer cine de bajo presupuesto. Algo derivado de poder aportar localizaciones y escenarios vistosos, pero sobre todo, unos precios más que competitivos en cuanto a rodaje y alojamiento. A menudo lo único que aprovechan es esto último, y la mayoría de producciones realizadas en ese país suele implicar una realización barata hasta límites irrisorios, un guión de terror mal contado con unos actores noveles dispuestos a enseñar cacho, o alguna antigua estrella de acción en horas bajísimas  (bueno, de esto último no me voy a quejar porque las últimas apariciones de Steven Seagal me han hecho mucha compañía en las tardes de colada y plancha). Lo sorprendente acaba siendo que realmente se valgan de lo primero que pueden ofrecer esos países, aunque implique valerse únicamente de una localización alrededor de la cual van preparando el resto.



En Nightworld ese escenario se encuentra en Bulgaria, en una mansión a la que acude un antiguo agente de policía estadounidense para trabajar como guardia de seguridad. El puesto, en principio, parece algo sencillo: un inmueble de más de cien años dedicado a viviendas en el que su tarea es vigilar mediante una cámara una sala oculta en el sótano. Ante cualquier anomalía, sin que sus misteriosos jefes le indiquen cual, debe avisar a un contacto. Es poco después cuando la visión de una sombra en uno de los vídeos desvela el secreto que se oculta en esa sala: un espacio vacío, al que todos parecen temer, incluso los encargados de guardarla, y que esconde una de las puertas al reino de los muertos que se encuentran dispersas en varios puntos del planeta. Pero ahora, esa puerta parece estarse debilitando y los habitantes del otro lado quieren traspasarla.


El guión, en conjunto, es pura serie B: hay una mansión misteriosa que esconde una puerta al otro mundo, un escenario limitado a dos calles, la casa en cuestión, y el bar de la esquina, y con ellos, cinco personajes contados, desarrollados de forma esquemática: el policía americano (probablemente para justificar el rodaje en inglés de cara al mercado) marcado por el suicidio de su esposa, un amigo que va a durar lo justito, el nuevo interés romántico y el secundario clave para poder explicar lo que sucede en la trama de forma rápida. Que en este caso, le corresponde a Robert Englund, a quien siempre es un detalle poder ver en alguna película. El argumento es breve y va al grano, sin esforzarse demasiado en dar un aspecto realista…tanto que da lugar a situaciones tan absurdas como ponerse a explicar a un guardia de seguridad recién contratado que los símbolos de una puerta son lenguaje enochiano imposible de traducir ¡Lo típico que te explican en tu primer día de trabajo!


La realización muestra una completa falta de efectos especiales que, en realidad, defiende bastante bien gracias a su escenario: ahí lo importante es la mansión sus habitaciones, y el poder evocar un escenario sobrenatural sin más medios que una sala oscura y unos extras maquillados de forma simple, que demuestra bastante ingenio, y quizá, bastantes ganas de meterse en la historia por parte del espectador. Una historia que, salvo el contar con un escenario interesante, y cuatro pinceladas, se queda en algo muy poco trabajado y que se ha visto en historias anteriores mucho mejores. El edificio en el que se desarrolla bien podría ser el de La centinela, y el resto de la producción tampoco se esfuerza demasiado: los diálogos son planos, el resto de personajes están por cumplir, e incluso factores técnicos como la iluminación y el sonido se quedan en la categoría de telefilme. Parece, en el fondo, que lo que tenían a mano era el permiso para rodar en esa localización y el resto decidieron irlo juntando por el camino.

Nightworld se queda en una especie de telefilme de corte fantástico. Desde luego, bastante mejor que las producciones de terror baratas que empezaron a inundar los estantes de dvds los últimos días de los videoclubs, pero tampoco llega ni de broma a la categoría de serie B que se recuerde después de verla.

jueves, 31 de enero de 2019

Philip Fracassi. Contemplad el vacío. Cualquier sitio es un peligro

 
Es más fácil crear mala fama que buena, y el mundo editorial no es una excepción: suele ser más habitual escuchar acerca de los desastres de publicación que llevaban a cabo algunas empresas, en lugar de los aciertos de otras, y una muestra fueron las traducciones que hicieron famosa a la difunta Factoría de Ideas o los tejemanejes de Pulp ediciones a principios del 2.000. Queda, en cambio, la labor de hormiguita de Alianza, gracias a la cual muchos tuvimos nuestros primeros clásicos de terror, los lujos de Valdemar….y recientemente, una situación muy particular: que una editorial sea capaz de mejorar la presentación y diseño del material original que se plantean en publicar.
 
Desde que empezaron a aparecer una serie de autores nuevos en España, es imposible hablar de ellos sin fijarse en el trabajo de la editorial responsable, Dilatando Mentes. Cada nueva publicación viene acompañada por ilustraciones, un texto posterior con referencias empleadas por el autor, e incluso con una playlist de youtube a modo de banda sonora. Una mezcla bastante curiosa de labor de edición y trabajo de fans (la banda sonora en cuestión no es original, sino piezas existentes que serían adecuadas para cada texto) que en muchos casos hace palidecer las publicaciones en su lengua original. A ello se le suma la voluntad de publicar autores relativamente nuevos  de terror o weird, que a menudo se presentan mediante antologías.
Contemplad el vacío es la antología más reciente de Philip Fracassi, también inédito en España hasta entonces y cuyo libro debo reconocer que me llevó a engaño: con ese título, me esperaba como mínimo una recopilación de corte lovecraftiano, pero tal vez sea normal cuando en un título aparecen palabras como “vacío” o “innombrable”. El contenido, en cambio, era más bien distinto: dentro del género terrorífico, sí, pero con unas influencias que nada tenían que ver con  H. P. L. y sí con registros más recientes, quizá. Lo que narra en sus páginas recuerda más a los cuentos de King clásicos, a Bradbury, y en algunos casos, a un guión de Twilight Zone muy directo y sin las limitaciones que la época y el formato televisivo podía ofrecer.
 
Si el relato corto permite concentrar de forma más eficiente la atmósfera y los golpes de efecto, Fracassi aprovecha esto para crear un entorno despiadado para sus personajes. Como se advierte en el prólogo, nadie está a salvo, y en cada nueva historia parece amenazar con un desenlace desgarrador para entornos de lo más anodinos: el hogar de un matrimonio en crisis, una piscina comunitaria, un velatorio, o, yéndose a un entorno más exótico, el extraño encargo que recibe un ladrón de caballos. En estos, el terror del mundo real acaba derivando en el sobrenatural, y no es extraño que antes de enfrentarse a estos, sus personajes se vean de frente con lo que el lector puede temer en la vida diaria.  Una atmósfera bastante siniestra en la que el orden de los relatos juega a su favor: después de un paseo por unos escenarios en los que lo peor puede pasar de la forma más inesperada, la despedida la conforma una novela corta en la que, después de hacer sufrir al lector y personajes con una trama que casi roza el drama (un niño atrapado en una cueva donde sube la marea), ofrece un final cargado de redención para sus protagonistas.
 
Contemplad el vacío ha sido una antología muy distinta a lo que esperaba. En parte, por no informarme demasiado de su autor y contenido, y quedarme con el título, cosa que a veces funciona, y en parte por encontrar un estilo de terror que, desde los noventa, no me había convencido demasiado. Uno más directo, más lejos de lo abstracto, y que hace pensar en gente como King, Lisa Tuttle o Robert McCammon, solo a modo de referencia y sin que esto se convierta en una presencia constante. Porque Fracassi, por suerte, ha demostrado tener su propia voy y un estilo muy característico. Además de una versatilidad bastante desconcertante: su trabajo de escritor lo completa con tareas de guionista, entre los que aparece una producción de temática navideña. Después de contemplar el vacío durante una docena de relatos, lo último que esperaba era que una película de perritos que ayudan a santa Claus le había ayudado a pagar facturas.

jueves, 24 de enero de 2019

The Raven (1963). Y dijo el cuervo: “¿¡Por qué demonios debería saberlo!?”

 
Cuando se menciona “El cuervo”, en castellano, lo primero que viene a la mente de muchos es el poema de Poe y el “Nunca más” pronunciado por aquel ave posada en el busto de Palas. Y a algunos, especialmente la generación de los noventa, les hace pensar en la película de Brandon Lee (al haber usado la misma traducción para Raven y Crow). En cambio, la idea de “duelo de magos” recuerda, en casi todos los casos, al enfrentamiento entre Harry Potter y Voldemort. A unos cuantos todas estas referencias nos llevan a algo muy distinto: a una película, una producción muy modesta, donde tres actores clásicos participan nada menos que en una versión del poema de Poe muy libre. Y sí, también hay un duelo de magos.

 
El cuervo forma parte del ciclo de películas basadas en los relatos de Edgar Allan Poe que Roger Corman llevó a cabo durante la década de los sesenta. Estas se caracterizaban por contar con un actor más o menos fijo, en la mayoría, Vincent Price, el adaptar la obra del escritor de manera a veces tangencial (en muchos casos, la palabra “Poe” era solo una excusa para guiones que nada tenían que ver, aunque su calidad los defendiera por sí solos) y una gestión de los recursos que nada tenía que envidiar a los reyes de los negocios low cost del siglo XXI: decorados y vestuarios de otras películas, guionistas y directores que firmaban sus primeros trabajos en tiempo record y la política de no desperdiciar ni un céntimo. Esta adaptación del poema del mismo nombre es un ejemplo típico, y posiblemente, uno de los mejores: el guión, firmado por Richard Matheson, toma la historia del ave de mal agüero y al protagonista doliente por la pérdida de su amada para contar algo muy distinto: el Doctor Erasmus Craven, un hechicero de renombre, se encuentra una noche con un cuervo a quien, al igual que en el poema, pregunta si tiene noticias de Leonor, su difunta esposa. Pero el cuervo, además de no tener ni idea de lo que le están preguntando, como hace saber al poco de aparecer, no es otro que el doctor Bedloe, un mago que ha sido transformado después de un duelo poco afortunado. Y que le comunica que en el castillo del doctor Scarabus, su rival, ha visto una mujer idéntica a la esposa de este. Si se trata de un engaño o de un verdadero actor de magia, es algo que ambos, acompañados también por sus hijos, tendrán que descubrir acudiendo al hogar del hechicero.


La película se caracteriza por una duración muy escasa, propia entonces de las producciones de bajo presupuesto, al igual que una estética muy teatral donde los colores de los vestuarios y la iluminación resulta un tanto chillona, además de hacer evidente la utilización de decorados. Pero también, por su originalidad, donde la falta de medios es lo de menos al contar con un guion marcado por el humor y unos diálogos con mucha sorna, donde el aspecto sobrenatural y el tratamiento de la magia queda limado por el del engaño y enfocarlo, en algunos aspectos, como una comedia de enredos. Y también, en algunos casos, limitado por aspectos impuestos de cara al público: la historia podría resolverse perfectamente con los tres personajes principales, pero con ellos vienen una pareja de secundarios, los hijos de los protagonistas, que justifican una trama romántica añadida que poco hace. Salvo, quizá, el ver a un Jack Nicholson jovencísimo, vestido con ropa de época y poniendo de vez en cuando unas expresiones de demencia bastante desconcertantes.
 
Lo más memorable, sin duda, es su reparto principal. Vincent Price fue un habitual durante casi todas las películas filmadas en esa época, pero en esta comparte pantalla con Peter Lorre y Boris Karloff, ya muy anciano, donde la interpretación de estos sostiene, por si sola, una producción que se recuerda por unos diálogos donde lo sobrenatural se toma un poco a broma, donde el adjetivo “teatral” acaba haciendo referencia a la capacidad de los actores para defender un guión en un escenario muy magro, y donde no dudan, cuando es necesario, en aprovechar su capacidad histriónica. Pocas veces se ha podido hacer un duelo entre magos sin más medios que unos cuantos focos de colores, unos efectos de sonido, y Boris Karloff y Vincent Price gesticulando sentados en unas sillas.
El cuervo, en su cartel original, lo anuncian como una obra maestra del terror. En este caso, podría considerarse una mentira piadosa: el terror brilla por su ausencia, pero sí es una buena comedia fantástica que recuerda al público que no es necesario un ordenador potente ni unos exteriores para rodar un guión. Obra maestra…bueno, a mi siempre me pareció una gran película.

jueves, 17 de enero de 2019

Z Nation (2016-2018). Tú improvisa, que nosotros ponemos las temporadas


En diciembre llegó finalmente la cancelación de Z Nation, la apuesta por el género Zombie que lanzó el canal Syfy hace unos años. Teniendo en cuenta que ha llegado hasta ahora con cinco temporadas, más que una cancelación, podría considerársele una duración muy digna, y también muy inesperada.

Cuando comenzó su emisión, sobre 2014, las estimaciones más optimistas no le daban ni una temporada. La producción de Syfy con Asylum (marcas de calidad donde las haya) parecía un batiburrillo de argumentos de serie Z, mala infografía y personajes un tanto caricaturescos. Contaba, en cambio, con algo que a los pocos episodios consiguieron explotar y se convirtió en la baza de la serie: su sentido del humor y una falta de prejuicios mediante los cuales, se tomaban muy a broma aquel viaje a través de unos Estados Unidos apocalípticos en el que debían acompañar al único sujeto inmune al virus zombie a un laboratorio que, oportunamente, estaba en la otra punta del país. Al menos, este fue el hilo conductor de las dos primeras temporadas, donde aprovecharon para convertir su falta de medios en una virtud y convertir el paisaje en una herramienta de comedia. Los estereotipos de cada estado mezclados con unos zombies caracterizados con una cutrez propia de la película más pobre, y multiplicados con un tampón de clonar que se notaba a la legua, y un humor donde se mezclaba lo cutre, lo involuntario a veces, y unos cuantos chistes de porros, que no pueden faltar, definieron finalmente la serie a modo de comedia, quizá la que podría haber sido el proyecto televisivo de zombieland que no salió adelante, y donde había algo que estaba claro: aquello no había que tomárselo demasiado en serio. Y para muestra, sus protagonistas, que con unos rasgos muy de comic (Warren, la líder del grupo, Doc el médico hippie, Murphy el insufrible inmune al virus y una versión de saldo del bate Lucille acompañado por su propietaria), entraban y salían de la serie sin más duración que una temporada. No parecía haber un motivo narrativo concreto, salvo el cubrir a algún actor que no pudiera participar en ese momento o eliminarlo una vez terminada, o descartada, una trama.


Es un poco difícil hablar de “mejores temporadas” o “calidad de los argumentos” en una serie como Z Nation, salvo teniendo en cuenta sus características y que, probablemente al tercer capítulo, solo nos quedamos los cuatro frikis que conseguimos cogerle el punto. Pero si hubiera que elegir el mejor momento, sería esa segunda temporada donde quedaron más claras las intenciones de la producción y se establecieron los personajes favoritos del público: comedia, tono de broma, cliffhangers solucionados de forma arbitraria en la temporada siguiente y tres protagonistas que consiguieron sobrevivir hasta ese último episodio. Pero también, a partir de entonces, la serie se hizo un poco más errática. Quizá ni los guionistas contaban con poder continuar más de dos años, y empezó a notarse cierto tono de improvisación donde se olvidaban de las normas establecidas de una temporada a otra e incluso de la escritura de personajes. Murphy pasa de ser un antihéroe a una especie de dictador, Warren pasa a comportarse como una asesina despiadada, y el resto de protagonistas acaba separado en distintos escenarios por un motivo que huele a falta de presupuesto para contratarlos en todos los capítulos. Aparecen indicios de tramas que se olvidan al segundo episodio, los escenarios acaban convirtiéndose en descampados y desguaces, y comienzan a aparecer todo tipo de zombies propios de un videojuego para ser posteriormente olvidados ¿Qué llevamos dos episodios hablando del fin de la humanidad?  Bueno, ahora hay un cliffhanger donde aparece una comunidad floreciente ¿Qué aparecen unos zombies veloces e indestructibles? Vale, ahora no volveremos a verlos pero…¡oh, mira! ¡zombies que hablan!
 
 
La serie, conseguía más o menos, mantenerse, gracias a esa impresión de ser una comedia y no algo serio. Pero llegó un momento en que no era suficiente, y la falta de continuidad entre temporadas se hacía muy patente hasta la última entrega, donde mal que bien, consiguieron hacer una trama un poco extraña donde se mezclan las referencias políticas al mandato de Trump, las conspiraciones, un nuevo y brusco cambio en la actitud y personalidad de sus protagonistas y un personaje nuevo del que ahora quedarán las dudas sobre si hubiera sobrevivido a una sexta temporada. Y para el absurdo, porque en el fondo, esta última decena de episodios podría resumirse en “Roberta Warren y sus amigos buscan un suministro de galletas para evitar que los zombies parlantes se conviertan en asesinos sin alma”.
Z nation se despidió como apareció: de forma inesperada, a base de improvisaciones, y con un final feliz que se nota rodado en el último momento en que esta no fue renovada. Se despide también con cinco inesperados años de argumentos y comedia, a ratos rara y a ratos gruesa…De momento, más entretenimiento del que ha proporcionado Walking Dead en el último lustro.

miércoles, 9 de enero de 2019

La década prodigiosa




Cuando el 9 de enero de 2009 empezó, todavía durante el boom de las series, y casi como una broma, Barrilete cosmico (o barrilete cosmicooo porque el otro estaba ocupado), no era capaz de imaginarme una cosa: que diez años después seguiría escribiendo. Con menos frecuencia que entonces pero con la misma constancia, porque sin darme cuenta, a lo largo de una década, acabó convirtiéndose en una parte más. De la rutina, del ocio, y de compartir cosas. Algo así como las fotos de gatos, de las que sinceramente, no tengo ni idea de cómo ni cuando decidí instaurar el lema de “ninguna entrada sin gatico”.


Es un poco difícil resumir diez años cuando practicamente, se ha ido celebrando cada aniversario con la misma regularidad, porque, aunque no sea especialmente fiestera, en una afición como la de escribir también es todo un logro el ir acumulando años y que la idea no se quede en una ocurrencia del momento. Quizá el cambio, cuando empezamos hablando de series principalmente, para irlas desplazando a una parte más pequeña ,y sobre todo, el aficionarme, y que se fueran estableciendo, temporadas más cortas de los 22 episodios. Pero el ver también el desarrollo de la moda de los zombies, como empezaron a convertirse en uno de los monstruos de moda que, como fan de George Romero, estuve encantada (aunque tampoco era demasiado complicado su éxito...¡Si los otros bichos contra los que competían eran los vampiros de Crepúsculo!) y seguí regularmente en cada temporada de Walking Dead para...bueno, digamos que ahora suelo verla mientras cocino o leo un tebeo. Bastante mejor, y más sorprendente fortuna acabó teniendo Z Nation, que empezó como una producción muy cutre de Syfy y Asylum para seguir siendo una producción muy cutre, pero con nada menos que cinco temporadas donde decidían convertirse en una comedia de zombies con muy pocos medios, mucho desparpajo, y a veces la permanente sensación de que los guionistas han fumado algo. Y las inesperadas tres temporadas de Ash Vs. Evil Dead, que pese a su cancelación, supusieron el regreso del necronomicón y de su protagonista, triunfantes y con una despedida, parece que definitiva, muy merecida y cuidada. Sumémosle a esto ocho temporadas de DoctorWho, más la posterior encarnación femenina del Time Lord y.., bueno, sí. Juego de Tronos. En unos meses veremos el cierre de la historia antes de que George R. R. Martin termine los libros.



Diez años en los que, con la broma de “descanse en paz” acabé dedicándole entradas a quienes no hubiera querido ver en esa lista. Algunos, demasiado pronto, y otros, por suerte, después de una carrera donde pudieron ofrecer mucho. El mundodisco de Terry Pratchett, la trilogia de los muertos vivientes de Romero, Angus Scrimm, el hombre alto de Phantasma, los miles de personajes interpretados por Christopher Lee, David Bowie...y quizá, especialmente, a Daniel Rabinovich sin quien a Les Luthiers, pese a su talento, les falta un trocito importante. Y a mis gatas. Durante una década pude comprobar que, como decían mis abuelos (otros que también faltan), “aquí no se queda nadie”, y menos esas criaturas peludas, indiferentes, un tanto caóticas y que parecen funcionar por sus propias reglas. Dalek y Sabela estuvieron presentes durante muchas tardes en las que escribía, del mismo modo que hoy continúan Narnia y A´Tuin. Quienes por cierto, están comprobando ahora si escribo algo sobre ellas. O en realidad solo lo hacen por el placer de pasearse sobre el teclado.



Tardaría mucho en seguir repasando lo que dan de sí diez años. Cientos de libros, de autores descubiertos, redescubiertos, y del tiempo necesario para aprender un segundo idioma y seguir con la afición que me ha acompañado toda mi vida, de llegar a mudame no una sino dos veces, algo que entonces no hubiera imaginado, conseguir el trabajo que me había propuesto desde un principio y con él, la tranquilidad necesaria para llevarlo a cabo y en mis ratos libres, seguir haciendo lo que me gusta. Y sí, para seguir encontrando fotos de gaticos. Continuaremos encontrándolas.


jueves, 3 de enero de 2019

Lecturas de la semana. Del reportaje al cine. O a la tele

 
 
Cuando se pasa del formato escrito al audiovisual, lo habitual es que este se trate de narrativa. Sea novela, relato o comic, es posible con los medios adecuados, ver en pantalla la saga de George R. R. Martin o la distopía de Margaret Atwood. Un ensayo, en cambio, parece más difícil y es necesario que se lleve a cabo una labor de guión más profunda si lo que se quiere pasar es de un artículo a una historia. Además de que el público lo tendrá más difícil para tener un interés en la lectura del material original. El caso es que,  a menudo este material, con la diferencia de estilo, ofrece también una lectura con muchas más posibilidades de información, trasfondo y material desconocido que el que podría esperarse.
 
Greg Sestero. The Disaster Artist. La película del mismo nombre adaptaba en clave de comedia, el rodaje de la que hoy se considera una de las peores producciones de la historia. Lo de clave de comedia es un decir, porque la situación debía ser hilarante y desesperante a partes iguales. Un rodaje sometido a los caprichos de Tommy Wiseau, un guión que parecía escrito por un alienígena y una producción que pasó de convertirse en un agujero negro monetario a un fenómeno de culto.
Este relata, de forma casi autobiográfica, los años de Sestero como modelo y aspirante a actor, conociendo durante esa época, a un curioso personaje llamado Tommy Wiseau con el que mantendría una amistad un poco incómoda a los ojos de su familia: un chaval de poco más de 19 años, asombrado por la ilusión que muestra por el arte dramático un hombre, de nacionalidad indeterminada cuya edad oscila entre los 45 y los 55 (aunque el jura que tiene 28) y que ante todo, se niega a hablar de sus aparentemente inagotables ingresos financieros.
Wiseau, un tipo que tendría todas las papeletas de ser un personaje siniestro, se convierte en el mejor amigo de un chaval con los mismos sueños de triunfar en Hollywood, y con quien, tras varios fracasos, decide que si los estudios no reconocen su talento, él mismo producirá, guionizará, dirigirá y protagonizará su propia película. A partir de entonces, la carrera personal y profesional de ambos se entrelaza con los detalles sobre los primeros pasos  y el rodaje de su película soñada. Donde no faltan los cambios de actores, los retrasos, las rabietas, y una continua sensación de no saber qué está pasando.
El libro abarca varios años de la historia entre ambos, centrándose no tanto en la carrera de Sestero, que se queda con el papel de narrador en este caso, como en la figura de Wiseau, a quien perfila como alguien un tanto incomprensible y del que es imposible saber donde termina lo real y donde empieza la parte inventada. Con un acento marcadamente europeo, una actitud un tanto alienígena ante la vida, también bastante infantil, y más dinero del que podría manejar cualquiera, este se perfila como alguien definitivamente raro, a veces carente de empatía y otras veces, con una profundidad sorprendente, y que quizá por esa rareza, acaba recordando a la frase del Joker en La broma asesina: si ha de tener un pasado, al menos que sea de elección múltiple.
Al igual que en la película, el carácter cómico del texto no viene tanto de cómo está escrito, sino por lo que cuenta,  aportando una visión más amplia y donde no faltan las luces y sombras: la lectura, a veces, es hilarante, pero muchas veces transmite la sensación de unas jornadas de trabajo pesadillescas. Un buen complemento con la película…la que la adapta, claro. Porque The Room podrá tener su gracia como clips sueltos en youtube y James Franco interpretando a Tommy Wiseau  es todo un espectáculo. Ahora, para aguantar 1 hora y 40 de actuaciones sin sentido, diez de los cuales se corresponden con planos del culo del señor Wiseau, hay que tener mucho estómago.
 
Nacho Carretero. Fariña. Cuando Netflix estrenó su serie sobre narcotraficantes se decía en broma que si querías ver Narcos en Galicia, te ibas a Vilagarcía en lugar de contratar una plataforma de streaming. Parece que tomaron nota, porque unos años después se estrenaba una serie donde se adaptaba la historia del narcotráfico en la costa, el paso de los clanes de contrabandistas de tabaco hacia el tráfico de drogas y los efectos de la Operación Nécora y los juicios posteriores. El libro en que se basaba la serie, un ensayo donde se detallaba la situación, no pudo disfrutar del aumento de ventas que habría supuesto su adaptación al medio audiovisual, ya que estuvo secuestrado al mencionar a distintos políticos y personalidades que aparecían vinculados a nombres que en algún momento habían cumplido condena. Una situación que en otro momento se calificaría digna de Sicilia, pero que sirvió para mover el libro por otros medios y darle a posteriori una mayor publicidad.
De un tema como la historia del narcotráfico y la lucha contra este, sorprende que el estilo sea muy llevadero. El registro periodístico aporta una importante cantidad de información tras otra, reseñando de forma muy exhaustiva los primeros años del contrabando, su vinculación con Portugal y la visión benévola que se mantuvo en Galicia sobre el contrabando de tabaco, visto hasta entonces como una fuente de riqueza hasta su posterior evolución y los efectos que este tendría. En los capítulos se mezcla una panorámica, muy amplia y también muy rápida (quizá porque estos se plantean como divulgación y no como material de estudio) de  esta progresión en el mundo del contrabando, su conversión, su transformación a partir de las políticas comunitarias sobre los géneros estancos y una aproximación a la forma de actuar y el carácter de los distintos narcos. Puede que la parte anterior no parezca el colmo del entretenimiento, pero el libro también está redactado en algunos momentos con mucha sorna y no duda en reflejar la relación entre muchas personalidades políticas con quienes se presentaban hasta entonces como “empresarios”, quienes no dudaban en hacer despliegues de riquezas rozando lo chabacano pero que también eran capaces de hacerse pasar por aldeanos analbabetos en un juicio y arrancar carcajadas durante el proceso. Y que termina, de forma rápida, con una visión muy breve de los años posteriores a la operación que terminaría dando fama al fenómeno que tuvo lugar: los efectos de la droga, los ajustes de cuentas, las luces y sombras de las asociaciones que se enfrentaron a sus propios vecinos y una comarca donde, como dice el autor, es posible encontrarse al patriarca de los charlines leyendo un periódico en un bar.  

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