Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 18 de abril de 2019

Z Nation: Black Summer (2019). Quitándole la z a la serie.


Cuando el pasado año se anunció la cancelación de Z Nation, la noticia vino acompañada poco después por el anuncio de su precuela en Netflix, que a ratos parece especializada en recuperar series canceladas por el resto de televisiones pero que cuentan con una base de seguidores amplia. La historia esta vez giraría entorno al “verano negro”, del que hablaban los protagonistas de Z Nation durante la última temporada, con el inicio de la epidemia y del fin del mundo tal y como lo conocían. También se avisaba que tampoco aparecerían Doc, Murphy, 10k, Addie ni el resto de secundarios que aparecían, desaparecían o resucitaban según necesitaran los guionistas. Pero, al menos, sería una forma de poder continuar con la comedia de zombies por excelencia, ahora que Ash vs Evil Dead se había despedido para siempre.



Si y no. Black Summer sigue los pasos de un grupo de personajes durante las que parecen ser las primeras semanas de una epidemia que tres años después, se convertiría en el entorno postapocalíptico en el que los protagonistas de Z Nation viven y sobreviven. Pero ahora la situación es muy distinta, apenas hay información sobre un virus que, una vez contagiado, convierte a sus víctimas en series agresivos, muy veloces, y a los que únicamente una bala en el cerebro puede detenerlos. El ejército evacúa  diariamente las zonas donde la población civil se aloja, revisando cuidadosamente a aquellos que puedan presentar mordeduras o síntomas de la enfermedad y muchos civiles intentan, como pueden, llegar a las áreas seguras. Una mujer que intenta encontrar a su hija, un hombre que quiere hacer lo correcto en un mundo que se ha desmoronado, una joven coreana, incapaz de comunicarse en inglés y un delincuente común, que asume la personalidad de uno de los soldados, son algunas de esas personas que intentan mantenerse a salvo de los infectados, pero también de otros supervivientes que están dispuestos a hacer lo que sea para conseguir gasolina, víveres o seguir vivos.


De Z Nation se heredó un decorado muy particular, seguramente motivado por la falta de medios de la producción: el apocalipsis vacío. Esta quedaba muy lejos de las hordas de zombies que se tambaleaban en las secuencias de Walking Dead, para ser sustituidos por unos escenarios de descampados, desguaces y vertederos donde aparecían de vez en cuando unos zombies a los que se los veía venir desde muy lejos. El escenario, con Netflix, es muy parecido, aunque los desguaces y todo lo que intentaba aparentar un entorno postapocalíptico es sustituido por una serie de urbanizaciones y carreteras locales de aspecto desolado que, en realidad, quedan muy lejos de lo atestado que podían tener los primeros episodios de Fear the Walking Dead, para recordar más a las calles vacías que se veían en Channel Zero: Dream Door (donde tampoco se gastaban ni un duro en figurantes y la despoblación acabó convirtiéndose en marca de la casa). Pero, si Z Nation desde el principio supo que estaba muy lejos de Walking Dead, Black Summer también lo está de Fear, y en realidad ese aspecto vacío de los exteriores, muy parco, es solo una parte más del estilo que había acabado por establecer la serie original: figurantes escasos, escenarios amplios, y una caracterización de los zombies muy parca, limitándose a untarlos un poco con sangre de color negro y a utilizar a la versión corredora de estos: si se mueven rápido, ¡no tenemos que fijarnos en si están bien maquillados o no!

A su favor también tiene el conservar un ritmo muy rápido, que funciona  muy bien a la hora de mantener tensión en las persecuciones y en las huidas de los protagonistas. Han conseguido una serie de zombies al uso, si lo que se busca es acción y tensión. No es lenta ni va a hacerse aburrida en ningún momento, pero tampoco va a dar tiempo para desarrollar a los personajes y estos, lejos de unos cuantos rasgos característicos, son un poco el superviviente intercambiable estándar: si uno se va, saldrá otro con distintas motivaciones y habilidades. Quedan muy lejos de aquellos, un tanto estrafalarios, de los que al final de cada temporada el público acababa diciendo “si Doc se muere, abandono la serie”.

También queda muy lejos el tono de la Z Nation original. Esto es lo más chocante, ya que si bien esta empezó como la versión Asylum (esto es, eminentemente cutre y con la impresión de estar copiando otro material) de una producción de zombies, se convirtió, ante todo, en una comedia. Donde el apocalipsis parecía una cosa muy poco seria, y que tanto protagonistas como secundarios llevaban muy bien, atreviéndose a bromear y utilizar esa palabra de forma habitual. Donde a menudo los guiones eran conscientes de sus limitaciones, de la falta de medios, y que suplían teniendo muy en cuenta esta situación y sin tomarse nunca demasiado en serio unos guiones que, a veces contaban con un humor muy bien traido, y otras veces parecían haber sido escritos en medio de un colocón. Y que, en algún momento, eran capaces de provocar un disgusto al público matando a algún personaje de la forma más dramática posible, y también inesperada después de un tono tan ligero. Porque en el fondo, era imposible no encontrarle la gracia a aquel grupo de personajes desquiciados.

Black Summer, salvo el anunciarse como precuela de Z Nation, nada tiene que ver con esto: no hay sitio para un tono cómico, y el guión lo evita en todo momento. Tanto, que la serie en realidad recuerda más a 28 días después, a Dawn of the Dead o a Dead Set que a la  que continúa. No es una mala serie, sin embargo: da lo que promete, que es acción, tensión y zombies. Pero en el fondo, no tiene mucho sentido ampararse en el título de la original y ofrecer una producción de zombies genérica, donde no existe ni el más mínimo ápice de comicidad y poca seriedad del material cuyos derechos han adquirido.

jueves, 11 de abril de 2019

Cube (1997). El horror de Rubik



Recuerdo los noventa como una época bastante aburrida y sin buenas películas de terror…Después me acuerdo también que en esos años se estrenaron El ejército de las tinieblas, En la boca del miedo o El proyecto de la bruja de Blair y se me pasa. La idea se debía más bien a vivir en una ciudad pequeña, donde la distribución cinematográfica se limitaba a las comedias románticas y a los thrillers de mayor éxito, y donde el resto de estrenos tenían que esperar a su aparición en unos videoclubs cuyo catálogo también se estaba reduciendo a varias copias repetidas de los blockbusters recién pasados a vhs. Algunas de las que después serían mis películas favoritas las acabé viendo en el sofá de casa, y cuando una de ellas era un estreno que ni siquiera venía de Estados Unidos, la espera, desde que se anunció su salida hasta que pude encontrar una copia en vhs, fue desesperantemente larga.


Se trataba de Cube, una modesta producción canadiense cuyo argumento estaba muy alejado de las sagas slasher que se habían repetido hasta la saciedad, pero también de los argumentos sobrenaturales clásicos: un grupo de desconocidos se despiertan en una cámara, sin ninguna memoria de cómo han aparecido allí, ni por qué. La estancia, una gigantesca sala metálica dotada con seis escotillas, no parece tener más pistas que un código numérico que podría servir para distinguir las habitaciones seguras de aquellas donde se activa una trampa mortal en cuanto es ocupada. El avance de los protagonistas hacia una salida se ve dificultada por la movilidad de cada una de las estancias, que se desplazan periódicamente como si de un macabro cubo de Rubik se tratara, y de las horas que transcurren en un entorno donde la falta de comida, la deshidratación y los peores instintos de cada uno salen a la luz.
El guión, en todo momento, obvia cualquier explicación acerca del entorno y el motivo del encierro para centrarse en el interior del escenario. Los protagonistas, determinados por una serie de características, tales como un policía, una médico, un arquitecto, una matemática, un especialista en fugas y un autista, parecen haber sido elegidos por las habilidades que estos pueden aportar de cara a la superviviencia en el grupo, aunque en algún momento estas acaben volviéndose en su contra y lleven a un enfrentamiento. Lo importante, en este caso, no es descubrir por qué los protagonistas están ahí, quien los ha elegido o quien ha ordenado la construcción, sino el salir de un lugar en el que todos los factores están en contra. Aunque en un momento dado, se hable de la construcción completa, o de una pequeña parte: uno de los personajes, arquitecto, fue contratado para su diseño, aunque, ocupado por un trabajo bien remunerado, nunca llegó a plantearse quien, ni por qué, lo había encargado, y con eso se confirma que no habrá una explicación satisfactoria. La imposibilidad de poder saber por qué sucede todo, o lo que sucederá después, aporta una mayor impresión de vacío y desasosiego. Los protagonistas están ahí por el mismo motivo por el que Gregor Samsa se despertó convertido en un insecto, por el que los vagabundos esperaban a Godot o por el que Drogo vigilaba día tras día, en una fortaleza, el desierto de los tártaros.





Con una trama un tanto abstracta, centrada en el suspense y los conflictos entre personajes, sorprende que las trampas diseñadas opten por lo más sangriento. Sin entrar dentro del gore gratuito, los protagonistas deben evitar duchas de ácido, cuchillas o terminar convertidos en cubitos (lo de los poliedros regulares, en esta película, alcanza cotas de muy mala idea) por cuerdas invisibles. En un escenario, que, en realidad, siempre es el mismo: no hay, a nivel de realización, sino un único decorado completo, representando una estancia, que parece variar mediante los cambios de plano con los que los protagonistas llegan desde otra habitación, y por el cambio de iluminación, creando una serie de cuartos de distintos colores. Entre ellos, rojo, amarillo, azul o una iluminación más neutra. Este juego de luces hace que, en un golpe de humor negro, el misterioso edificio de partes móviles no sea otra cosa que un gigantesco cubo de Rubik.


En un guión basado en lo enigmático, en el diseño de un escenario, y del conflicto entre personajes, era inevitable que acabara cayendo en el giro final correspondiente: no tiene mucho sentido juntar a un grupo con una serie de habilidades determinadas, más uno incapaz de comunicarse si no es porque, sorpresa, este resulta ser el genio matemático que todos necesitaban. Revelación que llega, por desgracia para los protagonistas, demasiado tarde, y que al espectador le puede producir la impresión de tratarse de un truco bastante simple para finalizar un guión que, si bien funciona en su mayoría, el poder llegar a un desenlace satisfactorio resultaba complicado.

Los meses que transcurrieron desde la primera noticia de Cube (como para echar de menos la época anterior a internet) hasta que pude encontrar en un estante, entre una docena de copias de La amenaza fantasma, mereció la pena. En cambio, el poco tiempo que necesité para poder ver las dos secuelas que se estrenarían años después, donde intentaban a ratos, diseñar una nueva idea acerca del misterioso cubo, y a ratos, intentar dotar de una explicación a la historia a través de una secuela, no lo fue tanto.




jueves, 4 de abril de 2019

Carlos Sisi: Nigromante. Cuando los zombies te pisan el sembrado.


Hacía bastante tiempo que no encontraba, o más bien, no me acercaba a una novela con temática zombies. También es cierto que la presencia de estas se ha ido reduciendo en las novedades editoriales y que es un poco difícil seguir ofreciendo argumentos en los que muchos escritores se limitan a una formula muy escueta de “epidemia-ciudad-supervivientes”. Pero no tienen por qué desaparecer, sino adaptarse, convertirse en una presencia tangencial e incluso regresar a sus orígenes, como sería el del aparecido o resucitado. Algo que Carlos Sisi, después de una saga literaria bastante amplia de zombies, y una carrera posterior más variada, ha decidido utilizar.

El nigromante del título apenas tiene presencia si no es como una amenaza en la pequeña aldea de Entrerríos. La tierra ha empezado a morir, las cosechas escasean y el cadáver de uno de sus habitantes ha sido visto deambular por las inmediaciones de las casas. Miles Steur, el jefe, sabe que los cuchillos y las herramientas del campo poco pueden hacer contra una magia que desconocen y que proviene de una época antigua donde esta, llegó a alcanzar prodigios imposibles. Poco se conserva de entonces, si no es en boca de uno de los escasos herederos de ese conocimiento, y a quien acuden buscando una solución para salvar su hogar. Las posibilidades de lograrlo parecen muy escasas: el causante de los males es un nigromante, un hechicero capaz de resucitar a todo tipo de criaturas muertas y usarlas para su provecho. Con los no muertos avanzando hacia la aldea, un pequeño grupo de hombres decide adentrarse en las montañas e intentar detenerlo.
La historia, a grandes rasgos, se caracteriza por un argumento que, a día de hoy, no podía considerarse más simple: un hechicero, en un entorno hostil o de difícil acceso, al que los protagonistas deben encontrar, bien para solicitar su ayuda, bien para detenerlo. En este caso, sería el último, pero el desarrollo sería muy similar independientemente de las opciones narrativas: la novela es en realidad sobre el viaje de los protagonistas, siendo la situación, su entorno o incluso el villano, aspectos secundarios. En este sentido, una vez la trama principal se pone en marcha, recuerda muchísimo a El Hobbit, siendo incluso la composición del grupo protagonista muy similar: el reparto es bastante coral, teniendo más peso el personaje del jefe del aldea, aunque su presencia no llega a destacar demasiado entre el resto si no es como líder de la expedición, y siendo el resto un grupo con un par de rasgos característicos: la esposa del jefe, también como líder y aportando sentido común y prudencia, el más joven,  fascinado por la magia, el más gordo y con mejor humor, el más anciano o el viajero de profesión. Es imposible que, hacia la segunda mitad del libro estos no recuerden a cierto grupo de enanos que se dirigían a una montaña…¿Poco innovador? Puede ¿Copia? De ningún modo: estos tienen su propio mundo y su propia historia que contar, y si esta recuerda a otras previas, es por el bagaje del lector o por las influencias del escritor.

Aunque el peso de la trama recaiga sobre el viaje de los protagonistas, destaca el trabajo que se ha hecho sobre el entorno y escenario de estos. Un trabajo que podría resumirse en no detallar nada, y que funciona por eso: se habla de una aldea, de un bosque y de montañas, podría ser cualquier escenario en la literatura fantástica, pero que en realidad, es el que los protagonistas conocen, del único que se habla durante muchas páginas y que acaba convirtiéndose en el único mundo que se da a conocer al lector. El trabajo que se hace no en describir un mundo, sino en reducirlo al punto de vista que tienen los protagonistas, supone una caracterización muy interesante para estos como grupo, y que provoca un contraste bienvenido cuando uno de los secundarios introduce en su narración la existencia de otras aldeas, ciudades, o que existan idiomas distintos, recibido todo ello con asombro por parte de los personajes principales. Y que, si bien el escenario donde transcurre todo se mantiene tan reducido, y quizá genérico, sí que se le dota en conjunto de una característica propia: la historia, en principio, habla de magia, pero en las referencias a la historia del mundo en que transcurre, donde los personajes hablan de los antiguos, sus conocimientos perdidos, o las estructuras y accidentes geográficos que se conservan de esa época, es fácil que el lector reconozca un trasfondo más cercano a la ciencia ficción, o que lo vea venir desde la tercera página.

Para tratarse de una novela sobre un viaje, el mayor problema con el que cuenta Nigromante es el ritmo. El comienzo es bastante lento, es difícil tomarle el pulso a los primeros capítulos donde los personajes se dedican a reunirse, discutir e ir de un lado a otro, y necesita su tiempo, quizá más del que le correspondería, hasta que esta comience avanzar y pueda decirse que mejora, o que engancha. Podría haber uno más, no relacionado con el estilo ni la narración, sino con la decisión que el autor ha tomado para caracterizar a sus personajes: algunas criticas acentúan de forma negativa la presencia eminentemente masculina y el vocabulario que estos emplean. Personalmente, el que una aldea aislada en un mundo muy distinto, sus habitantes utilicen a menudo expresiones como “hembra” o “quejarse como una mujer” me parece, únicamente, un buen trabajo de caracterización en el que se hace evidente el pequeño mundo en que estos viven, que se va ampliado, transformado por la presencia de la amenaza que deben vencer, y de una forma de pensar que, precisamente, si se hace tan evidente durante muchos diálogos, no es sino para hacer evolucionar a los protagonistas hacia una actitud muy distinta.

jueves, 28 de marzo de 2019

Sergio S. Moran. El dios asesinado en el servicio de caballeros. Qué difícil es ser dios


Es un poco difícil entrar a una serie de novelas una vez empezadas. Bueno, al menos lo es tratándose de una saga con continuidad y creo que a nadie se le ocurriría empezar Canción de hielo y fuego desde Tormenta de Espadas. Pero sí es algo más sencillo cuando, más que una historia, lo que existe en común en cada tomo es un personaje, o el mundo en que se desarrolla. Con estas últimas, además de aportar cierta independencia entre libros, es posible encontrar un punto en el que el argumento, los protagonistas o el estilo se han pulido mucho más que en los primeros tomos.


Este ha sido también el caso de la detective Parabellum, la detective a la que conocí por su segundo libro, Los muertos no pagan IVA (hay que reconocer que, aunque solo sea por deformación profesional, el título prometía) y cuya presentación es El dios asesinado en el servicio de caballeros. Con nombres así, no es difícil suponer que su trabajo es el de investigadora de casos paranormales, pero que, como toda autónoma, un trimestre de IVA le produce más inquietud que cualquier licántropo. Un trabajo más anodino de lo que nadie podría esperar y cuya mayor dificultad, a menudo, es el mantener la naturaleza de su negocio a escondidas de su pareja. O lo era, hasta que, sin recordar como, descubre el cadáver de un dios griego se encuentra en el maletero de su coche, y que, en un mundo donde los panteones mitológicos son tan reales como los hombres lobo, los centauros, las medusas y las valkiryas, es posible que muy pronto estalle una guerra entre facciones mitológicas.

De Verónica Guerra, alias Parabellum, puede decirse a su favor que se trata de una detective muy cercana, pese a su profesión. A menudo los autores de fantasía urbana intentan crear protagonistas con los pies en la tierra, como contrapunto a su entorno, pero acaban cayendo en el cliché de los secretos ocultos y convertir a sus personajes en series únicos, con destinos y misiones que estos desconocían. La detective de Sergio S. Moran, de momento, evita esta situación con éxito, siendo más o menos una persona normal y corriente que cuenta con una familia, amigos y pareja normales, tirando a anodinos y donde solo su trabajo resulta extraordinario. Recopilar información sobre un caso, pagar a tiempo su seguro de autónomos o intentar hacer creer a su pareja que un coche destrozado ha sido cosa de un accidente en carretera y no por la embestida de un minotauro (esto último es bastante sencillo, porque el chico tiene la capacidad de atención de una polilla) son una parte de su vida tan importante como el tener las balas de plata necesarias en su arma. Verónica no es especialmente deslumbrante, ni ágil o fuerte, pero tiene la constancia y la intuición necesaria para alguien que quiera dedicarse a su trabajo. Y mucha sorna a la hora de describir su entorno, despojando a las criaturas sobrenaturales de cualquier halo de misterio o amenaza excesiva que pudieran tener.
Si el segundo libro puede ser bastante como para dar a conocer a un lector nuevo el personaje, y seguramente, para convencerlo a seguir con las aventuras de Parabellum, el primero sí adolece de algunos defectos típicos de una primera novela larga, y sobre todo, del exceso de clichés típicos de la fantasía urbana. El estilo en primera persona no sería uno, ya que precisamente la voz de la protagonista y sus apreciaciones son lo que le aportan tono y carácter a la historia, pero sí da la sensación inicial de querer transitar por caminos muy trillados. No falta un detective paranormal sin un bar habitual, y en este caso, el Rainbow´s Arse es el pub irlandés donde se reúnen todas las criaturas sobrenaturales de Barcelona. Medusas, centauros o minotauros ocultos por hechizos que los hacen pasar por humanos en cualquier entorno, y que quizá por eso, recuerda demasiado al local, un tanto trillado, donde se reunían los secundarios y habituales de la serie Lost Girl. No es un entorno que se extrañe en demasía en comparación con el bar Raimundita que la protagonista frecuentó en su segunda aventura, donde un local de barrio en el que la santa compaña y una xana se pueden tomar un café y un pincho de tortilla resulta mucho más cercano y más propio de los casos que seguirá investigando Parabellum. En cambio, resulta más convincente la trama que desarrolla posteriormente, relacionada con la mitología, la condición temporal de los dioses, y sobre todo, una vinculación bastante ingeniosa con los futbolistas y personajes televisivos que, como reflexiona Verónica, reciben una veneración que no tendría nada que envidiar a cualquier habitante del Olimpo.

El dios asesinado en el servicio de caballeros es en principio la primera de las aventuras de una detective de lo sobrenatural. Una novela con más aciertos que fallos, y a la que, si se ha conocido el personaje con posterioridad, es posible leer a modo de precuela y con la misma cantidad de diversión que sus aventuras siguientes.

jueves, 21 de marzo de 2019

Jon Padgett: El secreto de la ventriloquia. El miedo existencial en veinte sencillos pasos


Thomas Ligotti se ha tomado demasiado en serio su fama de recluso. Hace más de dos años que una búsqueda de resultados ofrece más artículos sobre él que noticias sobre su próximo, no libro, sino al menos, relato. Pero a efectos prácticos se ha ganado el puesto de autor referente y con su propia escuela de seguidores. Probablemente True Detective no habría sido lo mismo sin la sombra del autor de Detroit pululando por las esquinas.


Jon Padgett es uno de ellos. En concreto, editor de una revista dedicada a la obra del primero y además, ventrílocuo profesional. Que aunque en España  la actividad nos haga pensar en cosas tan anticlimáticas como Doña Rogelia y las galas de Noche de fiesta, esta siempre se ha percibido como algo anacrónico, de cabaret en vías de extinción, y ciertamente inquietante. Además de muy vinculado a la obsesión de Ligotti con los maniquíes y lo inanimado. Aunque, pensándolo bien, también hay algo estremecedor en aquellos interminables números de cómicos presentados por Jose Luis Moreno, pero ¡Por otros motivos!


La ventriloquia es lo que da título a la primera antología de Padgett. A partir de una afición un tanto extraña desarrolla un grupo de relatos  que, salvo por la existencia de un nexo común que anuncian en la contraportada, es difícil encontrarlo si no es avanzando entre las páginas: la ciudad de Dunnstown, El Pantano Cubierto, Kroth el estudioso y el accidente de avión sucedido hace algunos años son el transfondo de una serie de historias independientes donde las ciudades se transforman en algo irreal, los sueños en una realidad paralela de la que es difícil salir, o discernir cual es la que corresponde, y la ventriloquía, en una extraña nigromancia donde el desarrollo de la voz necesaria para animar un muñeco sirve como una herramienta para alterar el entorno. Una mezcla tan variada, y sin intención de coherencia, que se completa con textos, más que relatos, escritos como guías de meditación inspiradas directamente en Eckhart Tolle, cuyo estilo, monótono y casi hipnótico hace que un simple ejercicio de respiración se convierta en una parodia macabra.
El prólogo, donde se presenta brevemente al autor, insiste curiosamente en la ventriloquía pero no como curiosidad, sino su relación con el encontrar una voz, la propia de cada autor y que los hace únicos. Sea voz o tono, aunque también podría considerarse la falta de definición de esta como uno de los problemas de Padgett: su labor como seguidor de Ligotti todavía es muy evidente, y algunos de los relatos parecen demasiado miméticos con los de este. Apreciables, fascinantes para todos aquellos que puedan tener un interés morboso en la descripción de un paisaje extraño, pero que acaba produciendo la impresión de haber leído una imitación bien llevada, casi un fan fiction de un relato existente, y no algo propio. No es demasiado grave teniendo en cuenta que es su primera antología, y que incluso Ramsey Campbell empezó describiendo el valle del Severn e inventando sus propios primigenios antes de lanzarse a escribir por su cuenta.


Breve, quizá demasiado incluso para ser una antología, El secreto de la ventriloquía es un ejercicio interesante. Uno primerizo, pero prometedor y donde es necesaria cierta indulgencia a la hora de comenzar sus primeros relatos. Pero suficiente como para esperar con curiosidad su novela corta, todavía inédita en castellano, y con un título tan prometedor como The Broker of Nightmares.


jueves, 7 de marzo de 2019

Están vivos (1988). El hombre con gafas de rayos X en los ojos



A John Carpenter le debemos algunas d elas mejroes películas de loso ochenta. Y de las mas variadas. Desde el cine de acción, hasta el cuento de fantasmas, pasando por el horror cósmico. Pero incluso en una filmografía marcada por los presupuestos y la limitación de la serie B, hay algunas producciones que se consideran menores. Algo relativ, porque Golpe en la pequeña China es una de las comedias de acción más divertidas y…bueno, en este blog, lo que hay es auténtica devoción por Carpenter.



Están vivos sería uno de los estrenos menos considerados en comparación al resto. Una ciudad cualquiera, de Estados Unidos, en un futuro cercano donde el país vive sumido en una recesión económica. Uno de los desafortunados, en durante una búsqueda de trabajo poco exitosa, encuentra algo muy distinto: un simple par de gafas, que le permiten ver una realidad amuy perturbadora: carteles publicitarios que ocultan mensajes como “obedece”, “compra” o “no pienses” y que bajo la máscara de ciudadanos normales se esconden unas criaturas con aspecto de esqueletos descarnados. Pese a temer estar volviéndose loco, este descubre que no es el único, y un grupo de gente corriente también conoce lo que el resto no puede ver. Y, aunque las posibilidades de éxito sean escasas, intentan desvelarlo al mundo.


l guión es una mezcla muy particular de ciencia ficción de los cincuenta, distopía de acción y mensaje social muy evidente. Las referencias a El hombre con rayos X en los ojos o La invasión de los ultracuerpos están muy presentes y reconocibles en esa trama acerca de la posibilidad de ver otra realidad y de criaturas infiltradas en la sociedad. Estas últimas aparecen caracterizadas de una forma, en apariencia, muy poco coherente con una trama de ciencia ficción: unos esqueletos azules de ojos saltones, que a ratos recuerdan a las ilustraciones de Marte ataca, y a ratos, a un cadáver, aunque en realidad, la intención parecía ser resaltar lo extraño y lo ajeno a la normalidad.

Estos no salen demasiado a menudo, salvo para golpes de efecto, y los escenarios poco se diferencian de una ciudad cualquiera en los ochenta. Unos exteriores urbanos, y unos decorados simulando sótanos y pasillos no es precisamente la distopía más vistosa de la historia, pero funciona en una época en la que la recesión económica aún estaba muy reciente.
Esta no se esconde en una película que hace gala de una crítica social que resulta un poco chocante en una producción de entretenimiento…y que por la forma de tratarla, muy directa, recuerda a la que podía verse en la trilogía de los muertos vivientes de Romero. Sin parecer una protesta, va a lo que le interesa de forma simple, sin complicarse con sutilezas.


Quizá Están vivos sea una producción menor de Carpenter. Es difícil no ver al actor protagonista, Roddy Piper, y pensar que quien debería estar ahí es Kurt Russell. También puede hacerse cuesta arriba el encontrar una crítica social muy sencilla, en una película tan de serie B. Después, tras unos cuantos minutos de ciencia ficción paranoica y el ritmo ágil propio de su director, hace que esta se disfrute igual. E incluso treinta años después, con la enésima crisis económica a espaldas del público y con la sospecha acerca de todo y de todos, no es una mala idea volver a encontrarse con este guión.

jueves, 28 de febrero de 2019

Aterrados (2017). Por si no fuera poco las voces en el fregadero, encima hay un espectro desnudo en mi armario.


Con Netflix he comprobado unas cuantas cosas: primero, que parece no haber vida antes de 1999, y la falta de cine para un público nacido antes de esa década se echa mucho en falta. Lo segundo, que realmente ha conseguido sustituir a un videoclub de los de siempre a la hora de distribuir películas que en muchos casos, no han tenido presencia en todos los cines, o directamente, no han podido verse en una sala. Y sí, de estas cosas me he enterado tirando a tarde porque he debido ser de las últimas que se han subido al carro de las plataformas de vídeo…



Aterrados es una de esas películas que han podido verse gracias a plataforma digital, y que, entre una selección que aturulla por su volumen de oferta, ha conseguido hacerse un hueco como producción de terror. Una muy directa y aparentemente poco ambiciosa: todo comienza cuando un grupo de parapsicólogos piden la autorización, a un hombre acusado de asesinar a su esposa, para investigar una serie de sucesos extraños que comenzaron a tener lugar no solo en su domicilio, sino en todo un pequeño barrio bonaerense. Los ruidos, similares a susurros que se escuchan en las tuberías de una casa. Los golpes en la pared durante la noche, y la aparición del cadáver de un niño dan paso a una noche en la que tres expertos, acompañados por un policía, amigo de estos y con suficientes dudas respecto de lo que ha visto en los últimos días, se proponen investigar lo que sucede en tres de las casas de la zona, lo que probablemente esté intentando traspasar al otro lado, y quizá, con un poco de suerte, comprender el por qué.


Como muchas de las producciones que pueden verse en este formato, la duración es muy breve, no llegando a los noventa minutos para contar una historia que puede resumirse como un guión muy directo, centrado en el terror sobrenatural y donde no va a entretenerse con diálogos para caracterizar personajes o planos para describir el entorno, en el mejor de los casos, o para rellenar video, en el peor. La duración se maneja de forma efectiva, no resultando ni atropellada, ni un corto alargado, sino que destina el tiempo justo a describir un entorno que se haga familiar al público, para a continuación, despojarlo de cualquier posibilidad de ofrecer un lugar seguro a los personajes: desde el primer minuto, lo sobrenatural parece extenderse de una forma muy curiosa, desde algo tan simple como el ruido de una tubería, para manifestarse en forma de la clásica casa embrujada, y terminando como algo que envuelve todo un barrio. Un lugar, que como punto de partida anodino y en apariencia tranquilo, queda despojado de cualquier atisbo de seguridad que pudiera proporcionar a los protagonistas.
Pero qué barrio embrujado ni qué niño muerto

Desde los primeros minutos, la referencia más directa que se aprecia es la del cine de James Wan. Por el poco tiempo que pierde en escenas accesorias, por centrarse en la historia de fantasmas que pretendían desde un principio, y sobre todo, por el enfoque de esta: salvo los primeros minutos, los espectros que deambulan por las casas, no son nada sutiles. Tienen una presencia física y tangible importante, resultando paradójico que estos puedan ocultarse en una sombra del escenario, y sobre todo, su presencia es tremendamente violenta, añadiendo una sensación de amenaza física a la de la ausencia de seguridad que provoca la aparición de lo irreal en el entorno. Pero también por la similitud con los sustos más bruscos y con una banda sonora a base de violines estridentes que agota en muy poco tiempo. En esos momentos, la limitación de medios se nota, y los fantasmas resultan más parecidos a un monstruo de goma que a algo adecuado al resto del tono de la película. Acaba produciendo más desasosiego los ruidos de una tubería, o la presencia del cadáver de un niño, inmóvil en una cocina iluminada, que un supuesto fantasma desnudo que entra y sale de un armario como un inquilino no deseado.

Aterrados parece, en conjunto, una película menor, pero interesante: por un lado, algún abuso de clichés de cine de terror y sustos gratuitos, además de algunas secuencias que parecen sacadas de una recreación de Cuarto Milenio. Por otro, una historia breve, que no desentonaría como relato de fantasmas, unos protagonistas e interpretaciones adecuadas, y un escenario que realmente aprovecha su capacidad para generar inquietud.


jueves, 21 de febrero de 2019

Matemos al tío (Rohan O´Grady) ¿Quién puede matar a un niño?



Los mejores libros infantiles ofrecen la posibilidad de segundas lecturas para los adultos. No es lo mismo la primera lectura de un Peter Pan, La isla del tesoro o Pinocho (bueno, este último, ni Collodi se lo tomaba en serio). Otros, sin ser demasiado complejos, suponen también un momento de entretenimiento para alguien que supere el rango de edad al que iban destinados, y ahí esta Una serie de catastróficas desdichas como ejemplo, además de aportar algunas referencias que se le escaparían a los lectores más jóvenes. Y después están esos cuyo argumento, tono o personajes resultan desconcertantes ¿Por qué nos estamos interesando por las aventuras de un niño? Estos personajes ¿no resultan demasiado sutiles para una novela de aventuras? O directamente, ¿cómo demonios ha podido colarse esto en un libro infantil?

Matemos al tío podría ser el caso de la última pregunta, si no fuera porque, fijándose detenidamente, no tiene demasiado de libro infantil. Barnaby, un niño de diez años, llega a una isla canadiense a pasar las vacaciones. Allí conoce a Chrissie, una niña de su edad con la que, pese a las peleas iniciales, acaba entablando amistad y formando parte del resto de habitantes de la isla, ganándose en mayor o menor medida, el cariño de estos. Al menos, eso sería una parte. Porque Barnaby también es un niño difícil: huérfano y bajo la tutela de su tío, es poco menos que un pequeño salvaje, mentiroso y que no duda en presumir de los millones que heredará al cumplir los 21. Su amiga tampoco se queda rezagada en mentir, causar destrozos y pelearse. La isla, pese a su aspecto apacible, ha sufrido las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial: ninguno de los jóvenes ha regresado vivo, salvo el sargento Coulter, el policía, quien siente la vergüenza de no haber caído en el campo de batalla. Sumémosle a esto el que Murchinson-Gaunt, tío de Barnaby, pretende asesinarlo y quedarse con su fortuna, aunque su comportamiento en público es muy distinto al del sádico que Barnaby asegura. Ah, y también hay un puma. Que pese a ser un peligroso depredador, soporta como puede la compañía de ambos niños.


La novela ha estado hasta ahora inédita en España, llevando a cabo un buen trabajo de traducción, y conservando la portada de Edward Gorey, un ilustrador que, por su humor negro y tratamiento muy macabro del mundo infantil, no podía ser más adecuado. El tono, desde un principio, no es demasiado luminoso, y ya en las primeras páginas se establece el carácter de los protagonistas, marcando una forma de ser muy asilvestrada, lejos de los de un niño modelo, y que se define muy bien desde las apreciaciones de los secundarios, pero que se hace comprensible una vez se establece su trasfondo y forma de ser. A lo largo de los capítulos estos evolucionan, estableciéndose una complicidad entre ambos y suavizando su carácter. Pero manteniendo, en el fondo, cierta amoralidad, egoísmo y crueldad inherente que la autora no duda en seguir mostrando como una parte más de sus protagonistas, pero que, dentro de sus diálogos y forma de ver el mundo, perciben como lógica.
Ese mismo tono, pese a mantener desde el principio cierta gravedad, va oscureciéndose gradualmente. La primera mitad podría ser muy parecida a una novela infantil, describiendo, en cierto modo, el verano de unos niños,  pero también con una parte costumbrista, donde se describe con detalle a muchos de los habitantes de la isla, a menudo con ironía y parodiando muchas de las actitudes de posguerra. Esto hace que el escenario sea mucho más vivo, pero en algunos casos hay tantos secundarios que parecen querer tener su parte, que se quedan en tramas que no avanzan: el matrimonio que acoge a Barnaby ha quedado marcado por la muerte de su hijo en la guerra, y su intención parece ser sustituir a este, de algún modo. Se menciona a menudo en las primeras páginas, pero poco después este aspecto desaparece de la trama a favor de otros secundarios, y a partir de la mitad, de la aparición del tío.
Este, en comparación con su entorno, se convierte en un personaje de novela gótica, donde su descripción resulta imposible: presentado como un depredador, con unas habilidades de hipnotismo improbable, y sobre todo, ciertas implicaciones sobre su sadismo que hacen que, lejos de convertirse en un villano poco creíble, sea más bien una versión literaria, quizá demasiado más fantasiosa, de una probabilidad más real: el monstruo que vive en la casa de al lado, del que nadie sospecharía.

Matemos al tío es una curiosa obra que podría calificarse para todos los públicos…en el sentido menos amable: por un lado, las aventuras de dos niños durante un verano, unas aventuras que desembocan en una situación peligrosa. Por otro, una historia con mucho humor negro que no desentonaría como una película de Tim Burton.

jueves, 14 de febrero de 2019

Los muertos no pagan IVA, de Sergio S. Morán. Corrupción, nigromancia y un saco de gamusinos





He perdido la cuenta de los detectives de lo extraño que he encontrado. Algunos de los casos de John Silence como precursor de los Mitos de Cthulhu. El desvarío de Harry Dickson, de quien debí leer de corrido decenas de las novelitas de Jucar antes de pasarme a su idioma original. Harry Dresden, como mucho, para pasar el rato, y apenas conocido en España, John Taylor, el investigador oficial de Nocturnia, la saga que quedó colgada en La Factoría de Ideas. Quedan muchos pendientes, casi todos anglosajones o investigando en ciudades de habla inglesa (aunque Dylan Dog sea una creación italiana), pero entre ellos, faltaba algo: ¿qué pasa en el resto del mundo? Es que en otros países no hay trasgos, vampiros, ni hay casos imposibles de resolver sin una explicación sobrenatural? Al menos, en España, los hay. Y también hay una persona que se gana la vida con ese tipo de sucesos.



Los muertos no pagan Iva es el segundo caso publicado de la detective Parabellum, una detective acostumbrada a lidiar con entidades sobrenaturales y alguna que otra divinidad...aunque su nombre en el Registro Civil sea Verónica Guerra, sea la hija de la severa comisaria de un barrio de Madrid y ahora, tras terminar con un cíclope que amenazaba un convento en Ávila, debe lidiar con su adicción a la ambrosía, renovar su licencia de detective, y si puede, conseguir unas vacaciones. Aunque, cuando empiezan a aparecer espectros en las líneas de metro de la ciudad, esto último parece complicado.

                           

Las aventuras de Parabellum no son muy distintas a las que podría tener un Harry Dresden o uno de los múltiples detectives que aparecen en la sección de “fantasía urbana”. El estilo en todos ellos es muy similar, donde la protagonista narra la historia en primera persona (pocos detectives hay que no lo hagan), hay un mundo sobrenatural que solo unos pocos tienen la suerte o desgracia de conocer, y sobre todo, aunque hay un hilo conductor en forma de escenario, personajes fijos, trama de fondo o antagonistas, se mantiene la individualidad de lectura de cada entrega, siendo posible empezar en el segundo caso de la serie aportando la información necesaria sobre los personajes. Una manera de narrar que favorece un poco la intercambiabilidad entre cada libro, pudiendo acercarse al personaje sin ser necesario buscar la primera entrega como algo necesario.

La mayor particularidad del libro es contar con una heroina de estas características situada en España. Moviéndose en sitios tan reconocibles como las calles de Madrid o Barcelona, por un convento en ávila o teniendo un sitio para mencionar lugares que nunca se hubieran pensado en este tipo de ficción, pero el Bierzo también tiene aquí su hueco. Y, donde los monstruos o los espectros se manifiestan de forma tan natural como podrían hacerlo en las calles de Chicago, adaptándose estos a la mitología popular de la península, algo que sorprende a las pocas páginas cuando la protagonista utiliza una bolsa de gamusinos como cebo (que, como todo el mundo sabe, cuando se les saca de ahi, se convierten en piedras), y donde después aparecerán xanas e incluso una bruja. Estos se mueven también por escenarios cotidianos y que normalmente se asociarían a situaciones más prosaicas o en su defecto, a la comedia. Algo que Morán decide evitar para ofrecer un escenario distinto y que procura tomarse en serio: en ningún momento se hace mofa de lo sobrenatural ni se utiliza como elemento de comedia torpe, sino que es un entorno que procura hacerlo tan real y creíble como podría ser una investigación en las calles de Londres. Esto tampoco implica el extremo opuesto donde se peque de seriedad, sino que la narración viene acompañado de un razonable sentido del humor derivado de lo cercano del escenario y sobre todo, de la sorna con la que su protagonista relata los hechos. Con sorna, en la mayoría de los casos, como herramienta para lidiar con lo que la rodea, pero también a menudo con impotencia, ternura, desesperación o tristeza. Porque el entorno que presenta, pese a ofrecer una fascinante población de seres mágicos, también trata con las consecuencias de su condición: una de las tramas de Los muertos no pagan IVA consiste en la vuelta de la protagonista a su ciudad y barrio natales, y quizá, de una forma muy sui géneris, la crisis y dudas de una persona que ha abandonado el hogar hace tiempo y ahora se ve obligada a volver. Para encontrarse con amistades de su pasado y sus mejores años, que no han cambiado. Ni lo harán en mucho tiempo.

La saga de Parabellum, en principio, no parece muy distinta a la de otros detectives. Pero también lo hace para bien: es muy sencillo aproximarse al personaje y la serie, se lee rápido y tiene la frescura necesaria dentro de un género demasiado homogéneo. Aunque el título engaña. Mas que no pagar IVA, lo que hacen los muertos es no cotizar a la Seguridad Social.

jueves, 7 de febrero de 2019

Nightworld (2017). Tenemos un edificio chulo. El guión ya lo escribiremos

Europa del Este ha encontrado un hueco a la hora de hacer cine de bajo presupuesto. Algo derivado de poder aportar localizaciones y escenarios vistosos, pero sobre todo, unos precios más que competitivos en cuanto a rodaje y alojamiento. A menudo lo único que aprovechan es esto último, y la mayoría de producciones realizadas en ese país suele implicar una realización barata hasta límites irrisorios, un guión de terror mal contado con unos actores noveles dispuestos a enseñar cacho, o alguna antigua estrella de acción en horas bajísimas  (bueno, de esto último no me voy a quejar porque las últimas apariciones de Steven Seagal me han hecho mucha compañía en las tardes de colada y plancha). Lo sorprendente acaba siendo que realmente se valgan de lo primero que pueden ofrecer esos países, aunque implique valerse únicamente de una localización alrededor de la cual van preparando el resto.



En Nightworld ese escenario se encuentra en Bulgaria, en una mansión a la que acude un antiguo agente de policía estadounidense para trabajar como guardia de seguridad. El puesto, en principio, parece algo sencillo: un inmueble de más de cien años dedicado a viviendas en el que su tarea es vigilar mediante una cámara una sala oculta en el sótano. Ante cualquier anomalía, sin que sus misteriosos jefes le indiquen cual, debe avisar a un contacto. Es poco después cuando la visión de una sombra en uno de los vídeos desvela el secreto que se oculta en esa sala: un espacio vacío, al que todos parecen temer, incluso los encargados de guardarla, y que esconde una de las puertas al reino de los muertos que se encuentran dispersas en varios puntos del planeta. Pero ahora, esa puerta parece estarse debilitando y los habitantes del otro lado quieren traspasarla.


El guión, en conjunto, es pura serie B: hay una mansión misteriosa que esconde una puerta al otro mundo, un escenario limitado a dos calles, la casa en cuestión, y el bar de la esquina, y con ellos, cinco personajes contados, desarrollados de forma esquemática: el policía americano (probablemente para justificar el rodaje en inglés de cara al mercado) marcado por el suicidio de su esposa, un amigo que va a durar lo justito, el nuevo interés romántico y el secundario clave para poder explicar lo que sucede en la trama de forma rápida. Que en este caso, le corresponde a Robert Englund, a quien siempre es un detalle poder ver en alguna película. El argumento es breve y va al grano, sin esforzarse demasiado en dar un aspecto realista…tanto que da lugar a situaciones tan absurdas como ponerse a explicar a un guardia de seguridad recién contratado que los símbolos de una puerta son lenguaje enochiano imposible de traducir ¡Lo típico que te explican en tu primer día de trabajo!


La realización muestra una completa falta de efectos especiales que, en realidad, defiende bastante bien gracias a su escenario: ahí lo importante es la mansión sus habitaciones, y el poder evocar un escenario sobrenatural sin más medios que una sala oscura y unos extras maquillados de forma simple, que demuestra bastante ingenio, y quizá, bastantes ganas de meterse en la historia por parte del espectador. Una historia que, salvo el contar con un escenario interesante, y cuatro pinceladas, se queda en algo muy poco trabajado y que se ha visto en historias anteriores mucho mejores. El edificio en el que se desarrolla bien podría ser el de La centinela, y el resto de la producción tampoco se esfuerza demasiado: los diálogos son planos, el resto de personajes están por cumplir, e incluso factores técnicos como la iluminación y el sonido se quedan en la categoría de telefilme. Parece, en el fondo, que lo que tenían a mano era el permiso para rodar en esa localización y el resto decidieron irlo juntando por el camino.

Nightworld se queda en una especie de telefilme de corte fantástico. Desde luego, bastante mejor que las producciones de terror baratas que empezaron a inundar los estantes de dvds los últimos días de los videoclubs, pero tampoco llega ni de broma a la categoría de serie B que se recuerde después de verla.

jueves, 31 de enero de 2019

Philip Fracassi. Contemplad el vacío. Cualquier sitio es un peligro

 
Es más fácil crear mala fama que buena, y el mundo editorial no es una excepción: suele ser más habitual escuchar acerca de los desastres de publicación que llevaban a cabo algunas empresas, en lugar de los aciertos de otras, y una muestra fueron las traducciones que hicieron famosa a la difunta Factoría de Ideas o los tejemanejes de Pulp ediciones a principios del 2.000. Queda, en cambio, la labor de hormiguita de Alianza, gracias a la cual muchos tuvimos nuestros primeros clásicos de terror, los lujos de Valdemar….y recientemente, una situación muy particular: que una editorial sea capaz de mejorar la presentación y diseño del material original que se plantean en publicar.
 
Desde que empezaron a aparecer una serie de autores nuevos en España, es imposible hablar de ellos sin fijarse en el trabajo de la editorial responsable, Dilatando Mentes. Cada nueva publicación viene acompañada por ilustraciones, un texto posterior con referencias empleadas por el autor, e incluso con una playlist de youtube a modo de banda sonora. Una mezcla bastante curiosa de labor de edición y trabajo de fans (la banda sonora en cuestión no es original, sino piezas existentes que serían adecuadas para cada texto) que en muchos casos hace palidecer las publicaciones en su lengua original. A ello se le suma la voluntad de publicar autores relativamente nuevos  de terror o weird, que a menudo se presentan mediante antologías.
Contemplad el vacío es la antología más reciente de Philip Fracassi, también inédito en España hasta entonces y cuyo libro debo reconocer que me llevó a engaño: con ese título, me esperaba como mínimo una recopilación de corte lovecraftiano, pero tal vez sea normal cuando en un título aparecen palabras como “vacío” o “innombrable”. El contenido, en cambio, era más bien distinto: dentro del género terrorífico, sí, pero con unas influencias que nada tenían que ver con  H. P. L. y sí con registros más recientes, quizá. Lo que narra en sus páginas recuerda más a los cuentos de King clásicos, a Bradbury, y en algunos casos, a un guión de Twilight Zone muy directo y sin las limitaciones que la época y el formato televisivo podía ofrecer.
 
Si el relato corto permite concentrar de forma más eficiente la atmósfera y los golpes de efecto, Fracassi aprovecha esto para crear un entorno despiadado para sus personajes. Como se advierte en el prólogo, nadie está a salvo, y en cada nueva historia parece amenazar con un desenlace desgarrador para entornos de lo más anodinos: el hogar de un matrimonio en crisis, una piscina comunitaria, un velatorio, o, yéndose a un entorno más exótico, el extraño encargo que recibe un ladrón de caballos. En estos, el terror del mundo real acaba derivando en el sobrenatural, y no es extraño que antes de enfrentarse a estos, sus personajes se vean de frente con lo que el lector puede temer en la vida diaria.  Una atmósfera bastante siniestra en la que el orden de los relatos juega a su favor: después de un paseo por unos escenarios en los que lo peor puede pasar de la forma más inesperada, la despedida la conforma una novela corta en la que, después de hacer sufrir al lector y personajes con una trama que casi roza el drama (un niño atrapado en una cueva donde sube la marea), ofrece un final cargado de redención para sus protagonistas.
 
Contemplad el vacío ha sido una antología muy distinta a lo que esperaba. En parte, por no informarme demasiado de su autor y contenido, y quedarme con el título, cosa que a veces funciona, y en parte por encontrar un estilo de terror que, desde los noventa, no me había convencido demasiado. Uno más directo, más lejos de lo abstracto, y que hace pensar en gente como King, Lisa Tuttle o Robert McCammon, solo a modo de referencia y sin que esto se convierta en una presencia constante. Porque Fracassi, por suerte, ha demostrado tener su propia voy y un estilo muy característico. Además de una versatilidad bastante desconcertante: su trabajo de escritor lo completa con tareas de guionista, entre los que aparece una producción de temática navideña. Después de contemplar el vacío durante una docena de relatos, lo último que esperaba era que una película de perritos que ayudan a santa Claus le había ayudado a pagar facturas.

jueves, 24 de enero de 2019

The Raven (1963). Y dijo el cuervo: “¿¡Por qué demonios debería saberlo!?”

 
Cuando se menciona “El cuervo”, en castellano, lo primero que viene a la mente de muchos es el poema de Poe y el “Nunca más” pronunciado por aquel ave posada en el busto de Palas. Y a algunos, especialmente la generación de los noventa, les hace pensar en la película de Brandon Lee (al haber usado la misma traducción para Raven y Crow). En cambio, la idea de “duelo de magos” recuerda, en casi todos los casos, al enfrentamiento entre Harry Potter y Voldemort. A unos cuantos todas estas referencias nos llevan a algo muy distinto: a una película, una producción muy modesta, donde tres actores clásicos participan nada menos que en una versión del poema de Poe muy libre. Y sí, también hay un duelo de magos.

 
El cuervo forma parte del ciclo de películas basadas en los relatos de Edgar Allan Poe que Roger Corman llevó a cabo durante la década de los sesenta. Estas se caracterizaban por contar con un actor más o menos fijo, en la mayoría, Vincent Price, el adaptar la obra del escritor de manera a veces tangencial (en muchos casos, la palabra “Poe” era solo una excusa para guiones que nada tenían que ver, aunque su calidad los defendiera por sí solos) y una gestión de los recursos que nada tenía que envidiar a los reyes de los negocios low cost del siglo XXI: decorados y vestuarios de otras películas, guionistas y directores que firmaban sus primeros trabajos en tiempo record y la política de no desperdiciar ni un céntimo. Esta adaptación del poema del mismo nombre es un ejemplo típico, y posiblemente, uno de los mejores: el guión, firmado por Richard Matheson, toma la historia del ave de mal agüero y al protagonista doliente por la pérdida de su amada para contar algo muy distinto: el Doctor Erasmus Craven, un hechicero de renombre, se encuentra una noche con un cuervo a quien, al igual que en el poema, pregunta si tiene noticias de Leonor, su difunta esposa. Pero el cuervo, además de no tener ni idea de lo que le están preguntando, como hace saber al poco de aparecer, no es otro que el doctor Bedloe, un mago que ha sido transformado después de un duelo poco afortunado. Y que le comunica que en el castillo del doctor Scarabus, su rival, ha visto una mujer idéntica a la esposa de este. Si se trata de un engaño o de un verdadero actor de magia, es algo que ambos, acompañados también por sus hijos, tendrán que descubrir acudiendo al hogar del hechicero.


La película se caracteriza por una duración muy escasa, propia entonces de las producciones de bajo presupuesto, al igual que una estética muy teatral donde los colores de los vestuarios y la iluminación resulta un tanto chillona, además de hacer evidente la utilización de decorados. Pero también, por su originalidad, donde la falta de medios es lo de menos al contar con un guion marcado por el humor y unos diálogos con mucha sorna, donde el aspecto sobrenatural y el tratamiento de la magia queda limado por el del engaño y enfocarlo, en algunos aspectos, como una comedia de enredos. Y también, en algunos casos, limitado por aspectos impuestos de cara al público: la historia podría resolverse perfectamente con los tres personajes principales, pero con ellos vienen una pareja de secundarios, los hijos de los protagonistas, que justifican una trama romántica añadida que poco hace. Salvo, quizá, el ver a un Jack Nicholson jovencísimo, vestido con ropa de época y poniendo de vez en cuando unas expresiones de demencia bastante desconcertantes.
 
Lo más memorable, sin duda, es su reparto principal. Vincent Price fue un habitual durante casi todas las películas filmadas en esa época, pero en esta comparte pantalla con Peter Lorre y Boris Karloff, ya muy anciano, donde la interpretación de estos sostiene, por si sola, una producción que se recuerda por unos diálogos donde lo sobrenatural se toma un poco a broma, donde el adjetivo “teatral” acaba haciendo referencia a la capacidad de los actores para defender un guión en un escenario muy magro, y donde no dudan, cuando es necesario, en aprovechar su capacidad histriónica. Pocas veces se ha podido hacer un duelo entre magos sin más medios que unos cuantos focos de colores, unos efectos de sonido, y Boris Karloff y Vincent Price gesticulando sentados en unas sillas.
El cuervo, en su cartel original, lo anuncian como una obra maestra del terror. En este caso, podría considerarse una mentira piadosa: el terror brilla por su ausencia, pero sí es una buena comedia fantástica que recuerda al público que no es necesario un ordenador potente ni unos exteriores para rodar un guión. Obra maestra…bueno, a mi siempre me pareció una gran película.

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