Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 13 de junio de 2019

Obituario: Chicho Ibáñez Serrador


El pasado viernes se anunciaba el fallecimiento de Narciso Ibañez Serrador. Aunque retirado desde hacía varios años del mundo de la televisión y de las apariciones públicas por motivos de salud, fue uno de los nombres más memorables dentro de la televisión en España. El interminable Un, dos, tres, las tardes con Waku Waku, la severidad de Hablemos de sexo y la más olvidada El semáforo, salvo por el descubrimiento de Cañíta Brava. Pero, sobre todo, y para los aficionados al fantástico, Historias para no dormir.






Para alguien posterior a los setenta, conocer a Chicho Ibañez era hacerlo a través de referencias. Es imposible no haber visto, en algún momento, una de las distintas temporadas de Un, dos, tres. Pero en alguna conversación, cuando todavía era imposible hablar de manera informal e incluso con pasión sobre series de televisión, era probable que alguien dijera "hace mucho había un programa de terror…se llamaba Historias para no dormir. Te hubiera gustado…"era probable que sí, en las escasas ocasiones en que esta, o Mis terrores favoritos tenían un segundo pase en la televisión o en algún canal secundario de TVE (todavía echo en falta el canal Nostalgia en su época de emisión por satélite). A menudo, más que las historias que se retransmitían en el programa, era más recordada la introducción de Chicho, dotada siempre con un gran sentido del humor negro. y de nuevo, gracias a los paseos por librerías de segunda mano, era posible encontrar la revista editada con la misma cabecera, y que contenía relatos cortos de terror, desde clásicos anglosajones hasta algún guión adaptado, y tiras cómicas protagonizadas por enterradores o vampiros. Junto a una curiosa decisión de incluir únicamente publicidad de medicamentos, por lo que entre relato de Clark Ashton Smith e ilustración, era posible encontrar anuncios de vasodilatadores, ansiolíticos y antieméticos.










Hablar de Narciso Ibañez es hablar de una parte de la televisión española, e incluso del cine fantástico nacional, habiendo dirigido La residencia o Quien puede matar a un niño. Pero sobre todo, por su afición al terror, al fantástico, su imaginación y esa capacidad de reírse un poco de lo que al principio nos asustaba.




jueves, 6 de junio de 2019

Las mejores historias cortas de Mortadelo y Filemon. Lo bueno si breve..

Muchos lectores empezamos como tal gracias a los tebeos. O, si el adulto que los mencionaba tenía más de setenta años, los “cuentos”. Entonces términos como comics, manga o novela gráfica quedaban muy lejos, pero la sucesión de viñetas con dibujos caricaturescos (¡lo del estilo realista todavía nos resultaba muy difícil!) fueron a menudo las primeras letras que pudimos juntar, con bastante dificultad y ayuda de las imágenes, y a menudo, sin comprender los chistes más allá de los porrazos.



Mortadelo, con sus disfraces inacabables, sus persecuciones finales, y su estructura serializada en las aventuras largas, fue no solo uno de los primeros responsables si no un personaje al que sí podría considerarse que nos acompaña toda una vida. Desde una copia casi indestructible, arrugada hasta extremos imposibles, de Los invasores, que comparte estantería con otra igualmente maltrecha de un tomo de los Especial Disney, pasando por los ejemplares, que recopilaban aventuras de forma aleatoria, de Super Humor, hasta la edición, más lujosa y cuidada, de Lo mejor de las historias cortas de Mortadelo y Filemón.




La mayoría conocimos a Mortadelo en su etapa de álbumes de 48 páginas, bien publicados de forma independiente, o por episodios, junto a otras tiras, de Super Mortadelo y Mortadelo Especial. Las aventuras independientes, de una o cuatro páginas a lo sumo, se quedaban para rellenar los álbumes largos o recopiladas en tebeos independientes bajo títulos genéricos como “los reyes de la risa” o “porrazos a mogollón”. Grijalbo, aprovechando el catálogo de Bruguera y tras la recopilación de 13 Rue del Percebe y Rompetechos, publica una antología donde se recogen estas historietas cortas, por una vez, en orden cronológico. Pero las más de mil planchas publicadas hace que la labor completa supusiera varios tomos, por lo que la decisión, por el momento, es la de hacer una selección con las más destacadas de cada época, y, si funciona, quizá poder disponer de entregas posteriores completando la labor. La decisión, además de responder a criterios de sentido común en cuanto a edición y costes, es también bastante adecuada de cara a los lectores: los primeros números, en blanco y negro, presentan a un Mortadelo muy distinto del que una gran mayoría de su público conoció en los kioskos: El Filemón de 1957, ataviado con un gorro de Sherlock, y su ayudante Mortadelo, que ocultaba sus disfraces en una chistera. Estas, reducidas a una sola página, dan paso a la evolución del personaje que se va acercando al que se haría famoso. Se aprecia, en el tomo, el cambio del blanco y negro al color, del número de páginas por aventura, la evolución del dibujo, de las características de los personajes y la aparición de los secundarios, porque en las primeras aventuras, La TIA, el Superintendente Vicente, el Profesor Bacterio y la Señorita Ofelia todavía quedaban muy lejos.


Las primeras páginas, en blanco y negro o bicolor como portada de Pulgarcito, también pueden resultar ajenas al lector que esperaba encontrar las viñetas que recordaba de la colección Olé. Estas llegarán un  poco después, hacia los setenta,  y la lectura de estas aventuras previas da la impresión de encontrarse con un “clásico”, y también con un personaje anterior al de la lectura nostálgica. Es, en cambio, uno de los aspectos más interesantes de la recopilación, ya que pese a existir muchísimos tomos con varios álbumes, la selección de estos era aleatoria en la mayoría de los casos, por temática (especialmente mundiales y olimpiadas) en las últimas, y el recurrir al orden cronológico era algo que todavía quedaba muy lejos, pero que muchos queríamos poder ver en papel.

Lo mejor de las aventuras Cortas de Mortadelo y Filemón acaba convirtiéndose en una compra que, al igual que los integrales de Rompetechos y 13 Rue del Percebe, los lectores del personaje acabamos viendo como necesaria: quizá esas primeras aventuras resulten desconocidas, pero las siguientes sí que cuentan con esa familiaridad que se buscaba, y quizá, con el personaje que se recordaba, mucho más centrado en el humor, en el golpe final que puede aportar una historieta de cuatro o cinco páginas, y sobre todo, mucho más intemporales, sin buscar las referencias a la situación actual que, en los álbumes de los últimos años, se han convertido en norma.


jueves, 30 de mayo de 2019

Hellboy (2019). Mitología, escenas eliminadas y una playlist muy variada


Es un milagro que a estas alturas el público no se haya cansado de superhéroes. O por suerte, el filón de los héroes para un público adulto todavía no está lo suficientemente explotado, aunque la diferencia de resultados entre un Deadpool y Venom demuestre algo: que pese a funcionar bien en taquilla, todavía hay cierto miedo a producir una película donde un tono más oscuro, o a separarse de la fantasía para meterse en el terror. Estos reparos son un poco absurdos cuando el protagonista es nada menos que un demonio que caza monstruos, y, cuando este tuvo su primera aparición en cines, con bastante éxito, hace 15 años. En cambio, es al personaje de Mike Mignola que, en su reboot, ha tenido que pelearse además de con demasiados enemigos, con la decisión de ofrecer en su estreno una versión editada posteriormente respecto del montaje original.




Hellboy es un agente de la AIDP, una organización dedicada a eliminar aquellas criaturas sobrenaturales que se ocultan en el mundo y a veces, amenazan a los humanos. Un trabajo extraño para un demonio, adoptado poco después de su nacimiento, o de su llegada a la Tierra, por uno de los dirigentes de la Agencia, y que se toma su condición y trabajo con muy poco dramatismo. Incluso cuando, en una misión rutinaria en los bosques de Inglaterra, descubre que su llegada a este mundo no fue un ritual mágico fracasado, sino parte de una profecía donde él se encargará de desencadenar el apocalipsis. O lo hará, si Nimue, la bruja derrotada hace milenios por Arturo y resucitada por una criatura féerica que busca venganza, no se encarga antes de acabar con la humanidad en un intento de recuperar la Tierra para su especie. Todo ello, mientras se encuentra con vampiros mexicanos, gigantes devoradores de hombres, médiums y la mismísima Baba Yaga. Una cantidad sorprendente de monstruos para cualquier humano, pero solo un día de trabajo un poco ajetreado para Hellboy.







La película contaba con dos bazas importantes: la primera, pese a tratarse de un reboot, o de una versión nueva, había pasado el suficiente tiempo desde la primera como para que resultara interesante contar de nuevo los orígenes de un personaje, que además, no es todavía tan conocido como los presentados por Marvel. La segunda era el disponer de una mayor permisividad a la hora de ofrecer escenas violentas, donde en las peleas no se escatimaría la sangre derramada ni las muertes de los monstruos. Al público que acudiría a verla poco le importaba la calificación por edades, si el héroe estaba a la altura de lo que se había prometido. Ambas fueron, por desgracia, desaprovechadas.




Con la historia de Hellboy cerrada en los comics, parecía más sencillo ofrecer un arco completo sobre los orígenes del personaje y su destino. Que en este caso, jugaban un papel casi secundario frente a la antagonista que aparecía en la película, relacionada con el mundo de las hadas, muy presente en el cómic, y los orígenes humanos de su protagonista, que se revelan posteriormente. Pero, al igual que muchos superhéroes, su historia, villanos y secundarios es demasiado amplia como para que todos tengan presencia en una primera entrega. Si la idea era presentar a varios de estos como una parte de dar a conocer el universo de la AIDP y mostrar el mundo en que se mueven los protagonistas, la ejecución resulta atropellada y da la impresión de estar saltando de un monstruo a otro, el siguiente más grotesco que el anterior, donde Hellboy jura en arameo mientras es vapuleado por ellos para vencerlos finalmente. Y donde la información al público es proporcionada a base de diálogos entre los personajes, que se dedican a hacerse preguntas y a responderlas de una forma bastante forzada.



El problema más sonado vino a posteriori, cuando se decidió estrenar, y sorprendentemente en España (donde la verdad, la calificación por edades nos la pasamos por el forro y cada uno que vea lo que quiera), una versión "censurada" donde no saldrían las escenas más sangrientas. Si resulta un poco absurdo cuando la película se anunció como algo violento y para adultos, el montaje final sufre esta edición: si ya las escenas de acción, con el exceso de personajes e información que tienen que meter con calzador, resultan atropelladas, en muchas de ellas se notan cortes muy bruscos donde es evidente que falta parte de una secuencia. Que podría ser solo una escena, sin importancia narrativa ni diálogo, pero que provoca la sensación de haber solucionado algo a tijeretazos.

Lo más salvable son los efectos especiales y la caracterización, que sí es lo que se queda a la altura: el Hellboy de David Harbour poco tiene que envidiar a Ron Perlman y su caracterización está mucho más detallada, más real, igual que muchos de los monstruos a los que sí que se nota que las mejoras en los efectos les han sentado bien. Lástima que poco tiempo haya para apreciarlos, con lo apresurado de sus apariciones y unos cambios de escenario acompañados, en lugar de por una banda sonora, por una serie de canciones conocidas, empleando este recurso todo el rato y que hace que el guión parezca venir acompañado por la playlist que podría haber creado cualquier fan.

Es imposible no comparar el Hellboy de Neil Marshall con la versión de Guillermo del Toro. Si bien la última poco tenía que ver con los cómics, y era más una reinterpretación de los personajes por parte de su director, esta era capaz de presentar a los personajes principales del mundo de Hellboy, a sus criaturas, y de contar los orígenes del personaje de una forma que estos quedaban zanjados de cara a narrar algo distinto en la secuela. Algo que aquí también hacen, pero de una forma más torpe, y de manera que hace pensar que va a ser difícil poder ver un Hellboy 2 en los próximos años.


jueves, 23 de mayo de 2019

Cazafantasmas (1984) ¿A quién vas a llamar?



Nada menos que 35 años se cumplen de una de as sagas más memorables y más breves de los ochenta. Tres décadas, rumores desmentidos sobre una tercera parte y un reboot que quizá tuvo peor recibimiento del que merecía, al que ahora hay que sumar  un nuevo anuncio de esa secuela. Suficiente tiempo como para creérmelo cuando lo vea y de momento, seguir disfrutando con la pirmera.

Los cazafantasmas son un grupo de científicos, interesados en la parapsicología, que tras ser despedidos de la universidad, encuentran la oportunidad que habían estado esperando: la prueba definitiva de la existencia de los espectros, la posibilidad de capturarlos y de paso, el poder empezar un lucrativo negocio dedicándose a la expulsión de entidades sobrenaturales. Pero la actividad paranormal que se manifiesta sobre Nueva York parece ser el preludio de algo mucho peor: manifestaciones demoniacas, la proximidad del fin del mundo…y un funcionario del ayuntamiento muy cabreado además de competente.




De la película lo más recordado es su grupo protagonista: las personalidades de Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis y Ernie Hudson que desarrollan unos personajes cínicos, asombrados, sesudamente científicos y el que podría ser el ciudadano de a pie. Quizá este último es el que menos destaque, pero también es el que fue concebido como representación del público que asistía a la película y participaba de las aventuras de estos. Los tres primeros, conocidos previamente por su papel de cómicos, se adueñan de sus personajes, sin resultar histriónicos ni limitarse a repetir gags. Es curioso que en una comedia haya un alivio cómico, pero en este caso existe y es el contable interpretado por Rick Moranis, que en una serie de apariciones secundarias aporta varios momentos humorísticos a costa de todos los clichés habidos y por haber sobre los contables (la mayor parte de ellos, infundados. Conozco a varios y son una gente francamente simpática)….y de las posesiones. Un repertorio humorístico que comparte patalla con Sigourney Weaver, cuyo personaje, más comedido y cabal resulta un contraste con el resto.

La película fue un blockbuster de su época y hoy, una de las más recordadas de los ochenta. También, una de las que resume mejor la actitud, gustos y forma de pensar de entonces. No tanto por la estética, que en realidad es un poco más neutra, y los vestuarios, muy clásicos, como correspondería a un reparto adulto y unos escenarios donde lo que tiene que brillar son los efectos especiales artesanos. Pero sí lo son los cambios iniciales de guión, a menudo motivados por razones presupuestarias muy lógicas (la infografía todavía era ciencia ficción), la actitud profundamente optimista y también rebelde y defensora del individualismo hasta el absurdo. Pocas cosas la representan tan bien como la personalidad sinvergüenza de Peter Venkman, y la caracterización de su antagonista, un funcionario empeñado en cumplir las normas y del que siempre se recordarán dos cosas: su presentación caricaturesca del burócrata enfadado, y que el público, unos años después, se da cuenta que su personaje solo se limita a hacer bien su trabajo en un entorno donde todos parecen estar divirtiendo sin pensar en las consecuencias.

Los efectos especiales, hoy más que superados, consisten en su mayoría en actores disfrazados, superposiciones en pantalla, decorados a escala y un croma que ha soportado bastante bien los años. No son, ni de lejos, impresionantes ni realistas, pero si cuidados y llenos de inventiva. A fin de cuentas, este fue el guión al que se le ocurrió utilizar un muñeco gigante como villano final.
Hoy los Cazafantasmas es, al igual que Legend, La princesa prometida y muchas otras, una de esas películas que tarde o temprano vuelven a emitirse en los canales dedicados al cine. Y que tarde o temprano, a punto de comenzar o ya por la mitad, acabamos viendo de nuevo.

jueves, 16 de mayo de 2019

La Llorona (2019). Mitología popular y un fantasma escandaloso

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Lo reconozco: la primera vez que oí hablar de La llorona fue en un capítulo del Chavo del Ocho. Lo que mencionaban sobre ella era suficiente para hacerse una idea, más o menos aproximada, de una figura cuyas versiones y orígenes eran tan variables como la historia de la chica de la curva. Después llegó internet y fue posible conocer, de forma más concreta, esa figura que sorprendentemente no había tenido presencia en el cine mayoritario. Al menos, hasta que se decidió que su primera aparición en este campo tuviera lugar como parte del universo de Expediente Warren. No era una mala idea, en principio, el recurrir a una leyenda en lugar de dedicarle un largometraje a cada bicho que se cruzara tangencialmente  con Ed y Lorraine.

Estos no tienen ninguna aparición junto a La Llorona, una criatura sobrenatural que amenaza la vida de los niños en la comunidad latina de Los Ángeles durante los setenta. Una asistente social observa como una pareja de hermanos a su cargo aparecen ahogados. Pese a que las sospechas recaen sobre la madre de estos y sobre su historial de alcoholismo, la verdad es muy distinta: ella no intentaba sino protegerlos, y ahora que La Llorona se los ha llevado, la maldición se transmite hacia los hijos de la asistente.



En principio, poca relación tiene el guion con el resto de elementos y lugares comunes a los Warren: la referencia más cercana es la aparición del sacerdote al que se pudo ver en la primera entrega de Annabelle, y que en este caso, también sirve como enlace para presentar a un investigadora paranormal muy distinto: un santero, con un carácter bastante parsimonioso y un punto un tanto ácido que lo convierte en uno de los elementos más aprovechados de la película. Y, según vaya la cosa, quizá en un personaje recurrente para entregas posteriores.

El segundo es el marco temporal de la historia: la década de los setenta parece haber sido elegida únicamente por la cercanía con la de los protagonistas de la saga principal. Pero de ser así, este lo ha sido muy bien empleado: la estética resulta intemporal, el único indicio de que la historia tienen lugar en el pasado es la ausencia de tecnología como algo habitual (bueno, además de la ingente cantidad de pantalones de campana y el mobiliario hortera) y que sea más sencilla la transmisión oral de la leyenda que sirve de trasfondo. El escenario, de esta forma, produce la impresión que la historia podría tener lugar en cualquier momento. El tono gris en la mayor parte del metraje, amenazando lluvia o tormentas, también es muy distinto al que se esperaba de la localización.

Pese a contar con un escenario y una premisa interesante, como película de terror entra dentro de lo fallido. Se queda en un desarrollo rutinario, amparándose únicamente en los sustos a base de apariciones inesperadas y los bocinazos que profiere la Llorona una vez que atrapa a sus víctimas. Una vez presentada, su modus operandi suele ser aparecer quieta en una esquina, subir el volumen de la banda sonora y acompañar un movimiento repentino con un grito digno de una banshee. El sistema, más propio de un screamer de los que se enviaban como broma, pilla por sorpresa a la primera, levanta inquietud a la segunda y deja indiferente a la tercera, cuando el público sospecha que en un momento aparecerá un fantasmón con intención  de dejarlo sordo. Solo la última media hora resulta un poco más interesante, cuando la llorona toma un carácter más corpóreo y persistente, aunque el desenlace y puntos débiles de este consisten en el uso de una parafernalia muy de serie B y que recuerda un poco al ocultismo setentero.
La Llorona, en conjunto se queda en una entrega más de los spin offs de los Warren: mucho susto, un guión en función de un monstruo y  no al contrario. Al menos, este resulta más interesante (y con más movilidad) que los de ese muñeco que va ya por su cuarta entrega.

jueves, 9 de mayo de 2019

La espía roja (2019). La espía que me robó el abrigo


Esta es la historia de cómo quise ir al cine y acabé viendo una película distinta, no una, sino dos veces en el mismo día. Shazam llevaba ya demasiado tiempo en la cartelera y en la última semana fue relegada al pase nocturno. La siguiente opción era, como era de esperar, las tres horas de Los Vengadores, esperando que la sesión de cuatro garantizara el tener plaza, pero muchas personas habían tenido la misma idea y las entradas se agotaron pronto. Plantada delante de la taquilla, y sin intención de esperar al siguiente pase, decidí tirarme a la piscina y meterme al cartel que aparecía al lado, y que no podía ser más distinto del que anunciaba el enfrentamiento de Thanos contra el grupo de superhéroes: Judy Dench, sobre fondo negro, haciendo adivinar que lo que esperaba al otro lado tenía que ser una película muy seria, o por lo menos, un drama.




Ahora sí, esta es la historia de cómo una ancianita de ochenta años fue detenida e interrogada por los servicios de inteligencia británicos como una de las últimas espías para los soviéticos durante la guerra fría. Joan Stanley, una prometedora física, filtró secretos que permitieron al bando soviético ponerse casi a la par en la carrera nuclear. Cincuenta años después, confiesa, ante los agentes del MI5 y ante la atónita mirada de su hijo, como fue contactada en los círculos socialistas de la universidad y su posterior conversión en espía. Pero sus motivos, como esta revela, eran muy distintos a un mero interés monetario o simpatías políticas.






La premisa está basada en el caso real de Melita Norwood, quedándose únicamente con ese punto de partida a favor de articular una obra de ficción. También opta por la brevedad, porque aunque esta podría alargase para dar un drama más sólido y más propio de los que participan en distintos premios, se queda en una hora y cuarenta donde abarca las dos líneas temporales de una forma muy rápida y muy concisa. Casi aséptica: no hay demasiada emotividad, ni desarrollo, ni siquiera acción como se esperaría en un argumento de espías al uso, sino mucha discreción y rapidez, como la que necesitan los personajes para poder sacar la documentación, moverse y compartir información.



Quizá lo más curioso ha sido el tratamiento de la protagonista, en concreto, su actitud y motivos. Si bien esta se presenta en un principio como un personaje tirando a inocente, no llegan a plantear en la trama la pérdida de esa inocencia sino la evolución de su protagonista, siendo muy consciente esta de las decisiones que toma y por qué, aunque es interesante como en todo momento parece quedar la sensación de haber sido manejada por aquellos para los que trabajaba. A veces, de una forma muy sutil y con bastante humor: Sonia, uno de los primeros integrantes de esta red, se comporta como ella desde el principio como una amiga, quizá demasiado cercana y manipuladora…aunque Joan acabe preguntándole, tiempo después, donde está el abrigo que le prestó. Se ve que espiar para los rusos no da para ropa cara ni exime de ser un poco jetas.




Al quedarse únicamente con el caso real como inspiración, la trama se separa de este, aportando un enfoque distinto, pero también adecuado para un público al que la guerra le queda lejos, y el concepto de traidores a la nación solo provoca un levantamiento de cejas: su protagonista no manifiesta afinidad política, sino que su labor como espía viene determinada por lo que ella cree que será una forma de igualar fuerzas entre ambos bloques y evitar una nueva guerra. La interpretación resulta difícil de creer si no es a partir de una protagonista caracterizada como alguien más idealista de su entorno, y con una trama secundaria centrada en torno a la fidelidad entre los personajes. Uno, presentado como alguien que antepone su ideología a sus seres queridos, y otro, a quien como contrapunto se le atribuye una mayor integridad y será el elemento decisivo para el desenlace.

La impresión general de La espía roja es la de eficiencia y discreción. La aparición de Judy Dench, breve en el papel de narradora, es la más emotiva frente a la historia que se va presenciando con ella, y la mezcla acaba siendo un cruce muy curioso entre el género de espías, despojados de todo encanto, y el drama con tintes románticos.



jueves, 2 de mayo de 2019

Pet Sematary (2019). Se vende finca con pantano y cementerio indio


Los dos últimos años hemos pdido ver unas cuantas adaptaciones al cine o a Netflix, de las novelas más clásicas de Stephen King. Si bien generalmente sus piezas menos terroríficas eran las que daban mejores películas, las más famosas se quedaban un poco en el terreno de la serie B. el cambio más conado fue con el estreno en dos partes de It, donde aún evitando os temas más controvertidos, resultaba una película de terror adulta e inquietante.


Cementerio de animales sigue ese camin. A partir de una de las novelas que consideran la más terrorífica, y un clásico de King, cuenta la mudanza de una familia a una casa, aportada de un pequeño pueblo, donde se proponen llevar una vida tranquila y lejos de los peligros de la ciudad. Pero un lugar tan tranquilo como ese no está exento de riesgos: los terrenos lindan con un bosque y con una parcela de tierra que la gente del lugar ha utilizado como cementerio de mascotas. Y la carretera que los comunica con el pueblo es una zona de paso de camiones que circulan de forma bastante imprudente. Cuando el gato de la familia es atropellado, y Louis, el padre, se ve obligado a enterrarlo antes de que su  hija pequeña lo descubra, le es ofrecida una posibilidad que se encuentra oculta en los terrenos que ha adquirido: ¿y si aquello que ha muerto no tuviera por qué estarlo? Pero quizás quien regresa de esa manera sea alguien muy distinto.



Tengo que reconocer que no he leído Cementerio de animales por lo que no puedo hablar de su fidelidad como adaptación cinematográfica. Poro es curioso que, más que el material original, se hable de los parecidos y diferencias con la película que se hizo en los ochenta, de modo que podría considerarse más un remake que una nueva versión de un libro. La mascota resucitada, qué miembro de la familia sería el primero en volver, y sobre todo, la presencia de Zelda, la hermana deforme de la protagonista cuya muerta la atormenta en su vida adulta (y cuya caracterización provocó más pesadillas entre los jóvenes que cualquier zombie), eran algunas hipótesis que se barajaban.

Tanto las diferencias como las similitud3es y aportaciones nuevas resultan satisfactorias. Salvo la trama sobrenatural, el horror planteado en la historia se presenta como algo real y cercano al mundo adulto: la muerte como algo próximo, la exposición a la enfermedad a una  edad demasiado temprana como para comprenderla o la imposibilidad de superar la pérdida de un ser querido son los aspectos más inquietantes. La bocina de un camión, escuchada de improviso y anunciando lo que podría haber pasado, asusta en este caso más que un cementerio envuelto en niebla o una leyenda sobre el wendigo.


Uno de los cambios más interesantes ha sido el de la variación de personajes. No tanto por el factor sorpresa sino por los matices que esta supone. En su versión anterior, aún recordada, quien regresaba no dejaba de ser otra cosa que un bebé zombie. La nueva elección, con un personaje que puede comunicarse verbalmente, supone ofrecer un matiz mucho más interesante al poder ofrecer un atisbo de lo que supone el volver de un lugar que no deberían: la consciencia de estar muerto, ciertas referencias al deseo de volver a ese lugar y el odio hacia lo que lo rodea suponen una aproximación desoladora e inquietante.
Cementerio de animales era una película prometedora, y que cumplió las expectativas. Lo que hace años aterró al público lo sigue haciendo. Las diferencias suponen mejoras y quizá los aspectos ampliados acaban quedando sin explotar (¿qué pasa con los niños que celebran el entierro de su mascota? ¿qué hace el wendigo y por qué se lo oye en el bosque?) pero, igual que la original, asusta a su manera. Bueno, y el gato. Llevé fatal el destino de Church, y su versión rediviva, despeluchada y mal encarada me sigue pareciendo tan adorable y digna como cualquier felino.

jueves, 25 de abril de 2019

La sombra del asesino (Los mejores relatos de crimen y misterio aparecidos en Valdemar). Confesiones, habitaciones cerradas, asesinatos en el campo y mucho más.



A los tomos de la editorial Valdemar acabo acudiendo cada vez que se les ocurre sacar un libro de algún autor desconocido de la época de entreguerras, o por antologías orquestadas entorno a un tema concreto. Generalmente brujería, vampirismo, selecciones de lo peor del pulp e incluso momias. Si algo hay que reconocer a su favor es, además de la calidad, la capacidad que tienen para no repetir prácticamente ninguno de los relatos y ofrecer selecciones de lo más variado, incluso tirando de fondo editorial. La tarea, saliéndose del fantástico, es un poco más sencilla, especialmente para aquellos que solemos limitarnos un poco a esa parte de la ficción.



La sombra del asesino es una colección de relatos escogidos entre su catálogo, que como indica su título, se centran en torno al suspense y el misterio, sin que estos estén obligatoriamente ligados al policiaco. La elección, de esta forma, sirve para abarcar más de treinta relatos que tratan lo misterioso de la forma más variada: desde la confesión de un asesinato, pasando por la intriga detectivesca, los clásicos enigmas de la habitación cerrada pero también sus vertientes más cercanas al terror e incluso al humor negro. Los cuentos de cada autor han sido repartidos en distintos bloques, según su consideración de precursores del género o su acercamiento a este, repartiendo el tomo entre instigadores, acusados, letrados y condenados.

La selección, en cierto modo, es parecida a la realizada para las entregas de Felices pesadillas, donde no iría tanto por tema concreto sino que escogen lo más destacado publicado por la editorial, y donde no se cortan a la hora de sacar una colección de 900 páginas admitiendo que se han quedado algunos fuera (aunque con un poco de suerte, podrían tener su sitio en un segundo tomo). Y donde, como es inevitable en determinados casos, acaba apareciendo algún cuento que el lector ha encontrado repetido hasta la saciedad: era de esperar el releer La carta robada de Poe por quinta o sexta vez, pero si se quiere tener en cuenta a uno de los precursores del policiaco moderno, no queda otra que el hacerlo formar parte de sus primeras páginas. El resto es lo bastante variado, atreviéndose también a incluir autores que solo han escrito una o dos piezas de suspense, como para que la selección ofrezca de todo. Y también para todos los gustos: nunca he sido demasiado aficionada al “misterio” como tal, salvando algunas cosas de Leroux, los más clásicos o un par de novelas de los detectives más conocidos (es más, de John Connolly solo llegué a leer Nocturnos por tratarse de cuentos de terror), y en cambio, me ha sido posible reencontrar uno de los cuentos menos sobrenaturales del inspector Grandin de Seabury Quinn (pero también de los más retorcidos), a Gilbert K. Chesterton, de quien fui una lectora fiel, e incluso leer relatos de Melville, Kipling o Joseph Conrad, quienes están invariablemente ligados a sus novelas más conocidas o a la temática de aventuras.

La sombra del asesino es un acierto más como antología. Muy extensa, publicada en su colección de bolsillo y recurriendo en su mayor parte, a textos menos conocidos de autores que hoy son de dominio público, funciona por lo variado, quizá por lo ambicioso de realizar una colección tan amplia, y sobre todo, por poder acercar un género tan concreto a muchos que, sin ser lectores habituales, podrían manifestar interés por este.


jueves, 18 de abril de 2019

Z Nation: Black Summer (2019). Quitándole la z a la serie.


Cuando el pasado año se anunció la cancelación de Z Nation, la noticia vino acompañada poco después por el anuncio de su precuela en Netflix, que a ratos parece especializada en recuperar series canceladas por el resto de televisiones pero que cuentan con una base de seguidores amplia. La historia esta vez giraría entorno al “verano negro”, del que hablaban los protagonistas de Z Nation durante la última temporada, con el inicio de la epidemia y del fin del mundo tal y como lo conocían. También se avisaba que tampoco aparecerían Doc, Murphy, 10k, Addie ni el resto de secundarios que aparecían, desaparecían o resucitaban según necesitaran los guionistas. Pero, al menos, sería una forma de poder continuar con la comedia de zombies por excelencia, ahora que Ash vs Evil Dead se había despedido para siempre.



Si y no. Black Summer sigue los pasos de un grupo de personajes durante las que parecen ser las primeras semanas de una epidemia que tres años después, se convertiría en el entorno postapocalíptico en el que los protagonistas de Z Nation viven y sobreviven. Pero ahora la situación es muy distinta, apenas hay información sobre un virus que, una vez contagiado, convierte a sus víctimas en series agresivos, muy veloces, y a los que únicamente una bala en el cerebro puede detenerlos. El ejército evacúa  diariamente las zonas donde la población civil se aloja, revisando cuidadosamente a aquellos que puedan presentar mordeduras o síntomas de la enfermedad y muchos civiles intentan, como pueden, llegar a las áreas seguras. Una mujer que intenta encontrar a su hija, un hombre que quiere hacer lo correcto en un mundo que se ha desmoronado, una joven coreana, incapaz de comunicarse en inglés y un delincuente común, que asume la personalidad de uno de los soldados, son algunas de esas personas que intentan mantenerse a salvo de los infectados, pero también de otros supervivientes que están dispuestos a hacer lo que sea para conseguir gasolina, víveres o seguir vivos.


De Z Nation se heredó un decorado muy particular, seguramente motivado por la falta de medios de la producción: el apocalipsis vacío. Esta quedaba muy lejos de las hordas de zombies que se tambaleaban en las secuencias de Walking Dead, para ser sustituidos por unos escenarios de descampados, desguaces y vertederos donde aparecían de vez en cuando unos zombies a los que se los veía venir desde muy lejos. El escenario, con Netflix, es muy parecido, aunque los desguaces y todo lo que intentaba aparentar un entorno postapocalíptico es sustituido por una serie de urbanizaciones y carreteras locales de aspecto desolado que, en realidad, quedan muy lejos de lo atestado que podían tener los primeros episodios de Fear the Walking Dead, para recordar más a las calles vacías que se veían en Channel Zero: Dream Door (donde tampoco se gastaban ni un duro en figurantes y la despoblación acabó convirtiéndose en marca de la casa). Pero, si Z Nation desde el principio supo que estaba muy lejos de Walking Dead, Black Summer también lo está de Fear, y en realidad ese aspecto vacío de los exteriores, muy parco, es solo una parte más del estilo que había acabado por establecer la serie original: figurantes escasos, escenarios amplios, y una caracterización de los zombies muy parca, limitándose a untarlos un poco con sangre de color negro y a utilizar a la versión corredora de estos: si se mueven rápido, ¡no tenemos que fijarnos en si están bien maquillados o no!

A su favor también tiene el conservar un ritmo muy rápido, que funciona  muy bien a la hora de mantener tensión en las persecuciones y en las huidas de los protagonistas. Han conseguido una serie de zombies al uso, si lo que se busca es acción y tensión. No es lenta ni va a hacerse aburrida en ningún momento, pero tampoco va a dar tiempo para desarrollar a los personajes y estos, lejos de unos cuantos rasgos característicos, son un poco el superviviente intercambiable estándar: si uno se va, saldrá otro con distintas motivaciones y habilidades. Quedan muy lejos de aquellos, un tanto estrafalarios, de los que al final de cada temporada el público acababa diciendo “si Doc se muere, abandono la serie”.

También queda muy lejos el tono de la Z Nation original. Esto es lo más chocante, ya que si bien esta empezó como la versión Asylum (esto es, eminentemente cutre y con la impresión de estar copiando otro material) de una producción de zombies, se convirtió, ante todo, en una comedia. Donde el apocalipsis parecía una cosa muy poco seria, y que tanto protagonistas como secundarios llevaban muy bien, atreviéndose a bromear y utilizar esa palabra de forma habitual. Donde a menudo los guiones eran conscientes de sus limitaciones, de la falta de medios, y que suplían teniendo muy en cuenta esta situación y sin tomarse nunca demasiado en serio unos guiones que, a veces contaban con un humor muy bien traido, y otras veces parecían haber sido escritos en medio de un colocón. Y que, en algún momento, eran capaces de provocar un disgusto al público matando a algún personaje de la forma más dramática posible, y también inesperada después de un tono tan ligero. Porque en el fondo, era imposible no encontrarle la gracia a aquel grupo de personajes desquiciados.

Black Summer, salvo el anunciarse como precuela de Z Nation, nada tiene que ver con esto: no hay sitio para un tono cómico, y el guión lo evita en todo momento. Tanto, que la serie en realidad recuerda más a 28 días después, a Dawn of the Dead o a Dead Set que a la  que continúa. No es una mala serie, sin embargo: da lo que promete, que es acción, tensión y zombies. Pero en el fondo, no tiene mucho sentido ampararse en el título de la original y ofrecer una producción de zombies genérica, donde no existe ni el más mínimo ápice de comicidad y poca seriedad del material cuyos derechos han adquirido.

jueves, 11 de abril de 2019

Cube (1997). El horror de Rubik



Recuerdo los noventa como una época bastante aburrida y sin buenas películas de terror…Después me acuerdo también que en esos años se estrenaron El ejército de las tinieblas, En la boca del miedo o El proyecto de la bruja de Blair y se me pasa. La idea se debía más bien a vivir en una ciudad pequeña, donde la distribución cinematográfica se limitaba a las comedias románticas y a los thrillers de mayor éxito, y donde el resto de estrenos tenían que esperar a su aparición en unos videoclubs cuyo catálogo también se estaba reduciendo a varias copias repetidas de los blockbusters recién pasados a vhs. Algunas de las que después serían mis películas favoritas las acabé viendo en el sofá de casa, y cuando una de ellas era un estreno que ni siquiera venía de Estados Unidos, la espera, desde que se anunció su salida hasta que pude encontrar una copia en vhs, fue desesperantemente larga.


Se trataba de Cube, una modesta producción canadiense cuyo argumento estaba muy alejado de las sagas slasher que se habían repetido hasta la saciedad, pero también de los argumentos sobrenaturales clásicos: un grupo de desconocidos se despiertan en una cámara, sin ninguna memoria de cómo han aparecido allí, ni por qué. La estancia, una gigantesca sala metálica dotada con seis escotillas, no parece tener más pistas que un código numérico que podría servir para distinguir las habitaciones seguras de aquellas donde se activa una trampa mortal en cuanto es ocupada. El avance de los protagonistas hacia una salida se ve dificultada por la movilidad de cada una de las estancias, que se desplazan periódicamente como si de un macabro cubo de Rubik se tratara, y de las horas que transcurren en un entorno donde la falta de comida, la deshidratación y los peores instintos de cada uno salen a la luz.
El guión, en todo momento, obvia cualquier explicación acerca del entorno y el motivo del encierro para centrarse en el interior del escenario. Los protagonistas, determinados por una serie de características, tales como un policía, una médico, un arquitecto, una matemática, un especialista en fugas y un autista, parecen haber sido elegidos por las habilidades que estos pueden aportar de cara a la superviviencia en el grupo, aunque en algún momento estas acaben volviéndose en su contra y lleven a un enfrentamiento. Lo importante, en este caso, no es descubrir por qué los protagonistas están ahí, quien los ha elegido o quien ha ordenado la construcción, sino el salir de un lugar en el que todos los factores están en contra. Aunque en un momento dado, se hable de la construcción completa, o de una pequeña parte: uno de los personajes, arquitecto, fue contratado para su diseño, aunque, ocupado por un trabajo bien remunerado, nunca llegó a plantearse quien, ni por qué, lo había encargado, y con eso se confirma que no habrá una explicación satisfactoria. La imposibilidad de poder saber por qué sucede todo, o lo que sucederá después, aporta una mayor impresión de vacío y desasosiego. Los protagonistas están ahí por el mismo motivo por el que Gregor Samsa se despertó convertido en un insecto, por el que los vagabundos esperaban a Godot o por el que Drogo vigilaba día tras día, en una fortaleza, el desierto de los tártaros.





Con una trama un tanto abstracta, centrada en el suspense y los conflictos entre personajes, sorprende que las trampas diseñadas opten por lo más sangriento. Sin entrar dentro del gore gratuito, los protagonistas deben evitar duchas de ácido, cuchillas o terminar convertidos en cubitos (lo de los poliedros regulares, en esta película, alcanza cotas de muy mala idea) por cuerdas invisibles. En un escenario, que, en realidad, siempre es el mismo: no hay, a nivel de realización, sino un único decorado completo, representando una estancia, que parece variar mediante los cambios de plano con los que los protagonistas llegan desde otra habitación, y por el cambio de iluminación, creando una serie de cuartos de distintos colores. Entre ellos, rojo, amarillo, azul o una iluminación más neutra. Este juego de luces hace que, en un golpe de humor negro, el misterioso edificio de partes móviles no sea otra cosa que un gigantesco cubo de Rubik.


En un guión basado en lo enigmático, en el diseño de un escenario, y del conflicto entre personajes, era inevitable que acabara cayendo en el giro final correspondiente: no tiene mucho sentido juntar a un grupo con una serie de habilidades determinadas, más uno incapaz de comunicarse si no es porque, sorpresa, este resulta ser el genio matemático que todos necesitaban. Revelación que llega, por desgracia para los protagonistas, demasiado tarde, y que al espectador le puede producir la impresión de tratarse de un truco bastante simple para finalizar un guión que, si bien funciona en su mayoría, el poder llegar a un desenlace satisfactorio resultaba complicado.

Los meses que transcurrieron desde la primera noticia de Cube (como para echar de menos la época anterior a internet) hasta que pude encontrar en un estante, entre una docena de copias de La amenaza fantasma, mereció la pena. En cambio, el poco tiempo que necesité para poder ver las dos secuelas que se estrenarían años después, donde intentaban a ratos, diseñar una nueva idea acerca del misterioso cubo, y a ratos, intentar dotar de una explicación a la historia a través de una secuela, no lo fue tanto.




jueves, 4 de abril de 2019

Carlos Sisi: Nigromante. Cuando los zombies te pisan el sembrado.


Hacía bastante tiempo que no encontraba, o más bien, no me acercaba a una novela con temática zombies. También es cierto que la presencia de estas se ha ido reduciendo en las novedades editoriales y que es un poco difícil seguir ofreciendo argumentos en los que muchos escritores se limitan a una formula muy escueta de “epidemia-ciudad-supervivientes”. Pero no tienen por qué desaparecer, sino adaptarse, convertirse en una presencia tangencial e incluso regresar a sus orígenes, como sería el del aparecido o resucitado. Algo que Carlos Sisi, después de una saga literaria bastante amplia de zombies, y una carrera posterior más variada, ha decidido utilizar.

El nigromante del título apenas tiene presencia si no es como una amenaza en la pequeña aldea de Entrerríos. La tierra ha empezado a morir, las cosechas escasean y el cadáver de uno de sus habitantes ha sido visto deambular por las inmediaciones de las casas. Miles Steur, el jefe, sabe que los cuchillos y las herramientas del campo poco pueden hacer contra una magia que desconocen y que proviene de una época antigua donde esta, llegó a alcanzar prodigios imposibles. Poco se conserva de entonces, si no es en boca de uno de los escasos herederos de ese conocimiento, y a quien acuden buscando una solución para salvar su hogar. Las posibilidades de lograrlo parecen muy escasas: el causante de los males es un nigromante, un hechicero capaz de resucitar a todo tipo de criaturas muertas y usarlas para su provecho. Con los no muertos avanzando hacia la aldea, un pequeño grupo de hombres decide adentrarse en las montañas e intentar detenerlo.
La historia, a grandes rasgos, se caracteriza por un argumento que, a día de hoy, no podía considerarse más simple: un hechicero, en un entorno hostil o de difícil acceso, al que los protagonistas deben encontrar, bien para solicitar su ayuda, bien para detenerlo. En este caso, sería el último, pero el desarrollo sería muy similar independientemente de las opciones narrativas: la novela es en realidad sobre el viaje de los protagonistas, siendo la situación, su entorno o incluso el villano, aspectos secundarios. En este sentido, una vez la trama principal se pone en marcha, recuerda muchísimo a El Hobbit, siendo incluso la composición del grupo protagonista muy similar: el reparto es bastante coral, teniendo más peso el personaje del jefe del aldea, aunque su presencia no llega a destacar demasiado entre el resto si no es como líder de la expedición, y siendo el resto un grupo con un par de rasgos característicos: la esposa del jefe, también como líder y aportando sentido común y prudencia, el más joven,  fascinado por la magia, el más gordo y con mejor humor, el más anciano o el viajero de profesión. Es imposible que, hacia la segunda mitad del libro estos no recuerden a cierto grupo de enanos que se dirigían a una montaña…¿Poco innovador? Puede ¿Copia? De ningún modo: estos tienen su propio mundo y su propia historia que contar, y si esta recuerda a otras previas, es por el bagaje del lector o por las influencias del escritor.

Aunque el peso de la trama recaiga sobre el viaje de los protagonistas, destaca el trabajo que se ha hecho sobre el entorno y escenario de estos. Un trabajo que podría resumirse en no detallar nada, y que funciona por eso: se habla de una aldea, de un bosque y de montañas, podría ser cualquier escenario en la literatura fantástica, pero que en realidad, es el que los protagonistas conocen, del único que se habla durante muchas páginas y que acaba convirtiéndose en el único mundo que se da a conocer al lector. El trabajo que se hace no en describir un mundo, sino en reducirlo al punto de vista que tienen los protagonistas, supone una caracterización muy interesante para estos como grupo, y que provoca un contraste bienvenido cuando uno de los secundarios introduce en su narración la existencia de otras aldeas, ciudades, o que existan idiomas distintos, recibido todo ello con asombro por parte de los personajes principales. Y que, si bien el escenario donde transcurre todo se mantiene tan reducido, y quizá genérico, sí que se le dota en conjunto de una característica propia: la historia, en principio, habla de magia, pero en las referencias a la historia del mundo en que transcurre, donde los personajes hablan de los antiguos, sus conocimientos perdidos, o las estructuras y accidentes geográficos que se conservan de esa época, es fácil que el lector reconozca un trasfondo más cercano a la ciencia ficción, o que lo vea venir desde la tercera página.

Para tratarse de una novela sobre un viaje, el mayor problema con el que cuenta Nigromante es el ritmo. El comienzo es bastante lento, es difícil tomarle el pulso a los primeros capítulos donde los personajes se dedican a reunirse, discutir e ir de un lado a otro, y necesita su tiempo, quizá más del que le correspondería, hasta que esta comience avanzar y pueda decirse que mejora, o que engancha. Podría haber uno más, no relacionado con el estilo ni la narración, sino con la decisión que el autor ha tomado para caracterizar a sus personajes: algunas criticas acentúan de forma negativa la presencia eminentemente masculina y el vocabulario que estos emplean. Personalmente, el que una aldea aislada en un mundo muy distinto, sus habitantes utilicen a menudo expresiones como “hembra” o “quejarse como una mujer” me parece, únicamente, un buen trabajo de caracterización en el que se hace evidente el pequeño mundo en que estos viven, que se va ampliado, transformado por la presencia de la amenaza que deben vencer, y de una forma de pensar que, precisamente, si se hace tan evidente durante muchos diálogos, no es sino para hacer evolucionar a los protagonistas hacia una actitud muy distinta.

jueves, 28 de marzo de 2019

Sergio S. Moran. El dios asesinado en el servicio de caballeros. Qué difícil es ser dios


Es un poco difícil entrar a una serie de novelas una vez empezadas. Bueno, al menos lo es tratándose de una saga con continuidad y creo que a nadie se le ocurriría empezar Canción de hielo y fuego desde Tormenta de Espadas. Pero sí es algo más sencillo cuando, más que una historia, lo que existe en común en cada tomo es un personaje, o el mundo en que se desarrolla. Con estas últimas, además de aportar cierta independencia entre libros, es posible encontrar un punto en el que el argumento, los protagonistas o el estilo se han pulido mucho más que en los primeros tomos.


Este ha sido también el caso de la detective Parabellum, la detective a la que conocí por su segundo libro, Los muertos no pagan IVA (hay que reconocer que, aunque solo sea por deformación profesional, el título prometía) y cuya presentación es El dios asesinado en el servicio de caballeros. Con nombres así, no es difícil suponer que su trabajo es el de investigadora de casos paranormales, pero que, como toda autónoma, un trimestre de IVA le produce más inquietud que cualquier licántropo. Un trabajo más anodino de lo que nadie podría esperar y cuya mayor dificultad, a menudo, es el mantener la naturaleza de su negocio a escondidas de su pareja. O lo era, hasta que, sin recordar como, descubre el cadáver de un dios griego se encuentra en el maletero de su coche, y que, en un mundo donde los panteones mitológicos son tan reales como los hombres lobo, los centauros, las medusas y las valkiryas, es posible que muy pronto estalle una guerra entre facciones mitológicas.

De Verónica Guerra, alias Parabellum, puede decirse a su favor que se trata de una detective muy cercana, pese a su profesión. A menudo los autores de fantasía urbana intentan crear protagonistas con los pies en la tierra, como contrapunto a su entorno, pero acaban cayendo en el cliché de los secretos ocultos y convertir a sus personajes en series únicos, con destinos y misiones que estos desconocían. La detective de Sergio S. Moran, de momento, evita esta situación con éxito, siendo más o menos una persona normal y corriente que cuenta con una familia, amigos y pareja normales, tirando a anodinos y donde solo su trabajo resulta extraordinario. Recopilar información sobre un caso, pagar a tiempo su seguro de autónomos o intentar hacer creer a su pareja que un coche destrozado ha sido cosa de un accidente en carretera y no por la embestida de un minotauro (esto último es bastante sencillo, porque el chico tiene la capacidad de atención de una polilla) son una parte de su vida tan importante como el tener las balas de plata necesarias en su arma. Verónica no es especialmente deslumbrante, ni ágil o fuerte, pero tiene la constancia y la intuición necesaria para alguien que quiera dedicarse a su trabajo. Y mucha sorna a la hora de describir su entorno, despojando a las criaturas sobrenaturales de cualquier halo de misterio o amenaza excesiva que pudieran tener.
Si el segundo libro puede ser bastante como para dar a conocer a un lector nuevo el personaje, y seguramente, para convencerlo a seguir con las aventuras de Parabellum, el primero sí adolece de algunos defectos típicos de una primera novela larga, y sobre todo, del exceso de clichés típicos de la fantasía urbana. El estilo en primera persona no sería uno, ya que precisamente la voz de la protagonista y sus apreciaciones son lo que le aportan tono y carácter a la historia, pero sí da la sensación inicial de querer transitar por caminos muy trillados. No falta un detective paranormal sin un bar habitual, y en este caso, el Rainbow´s Arse es el pub irlandés donde se reúnen todas las criaturas sobrenaturales de Barcelona. Medusas, centauros o minotauros ocultos por hechizos que los hacen pasar por humanos en cualquier entorno, y que quizá por eso, recuerda demasiado al local, un tanto trillado, donde se reunían los secundarios y habituales de la serie Lost Girl. No es un entorno que se extrañe en demasía en comparación con el bar Raimundita que la protagonista frecuentó en su segunda aventura, donde un local de barrio en el que la santa compaña y una xana se pueden tomar un café y un pincho de tortilla resulta mucho más cercano y más propio de los casos que seguirá investigando Parabellum. En cambio, resulta más convincente la trama que desarrolla posteriormente, relacionada con la mitología, la condición temporal de los dioses, y sobre todo, una vinculación bastante ingeniosa con los futbolistas y personajes televisivos que, como reflexiona Verónica, reciben una veneración que no tendría nada que envidiar a cualquier habitante del Olimpo.

El dios asesinado en el servicio de caballeros es en principio la primera de las aventuras de una detective de lo sobrenatural. Una novela con más aciertos que fallos, y a la que, si se ha conocido el personaje con posterioridad, es posible leer a modo de precuela y con la misma cantidad de diversión que sus aventuras siguientes.

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