Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de octubre de 2019

Robert Marasco: Holocausto. La casa se vende con todo y con duende

Hay una serie de lugares de los que un lector ha sacado una conclusión: es mejor mantenerse alejados. Hill House, la mansión Belasco, Malpertuis (no, espera, esa última era un poco rara pero estaba muy bien). El cine también se ha encargado de recordarlo, llevando todas estas casas y a sus desafortunados habitantes a la gran pantalla. Pero pese a lo revisitado de este tema, siempre parece quedar alguna que no es tan conocida en comparación con las anteriores, y que incluso es capaz de modernizarse con los tiempos y, en lugar de limitarse a ser un caserón siniestro, es capaz de atraer nuevas víctimas no con la promesa de un hogar, sino con algo mucho más breve: ¿quién no querría pasar unas vacaciones en una casa de ensueño a precio irrisorio?


Holocausto, el título en castellano vendría a ser ofrenda o sacrificio, y aunque hoy la acepción haya variado mucho, sigue siendo la más adecuada de Burnt Offerings, y también una suerte que hubiera sido este, y que no se hubiera terminado llamando “Vacaciones infernales” o cualquier otra traducción libre de las que se hacían. Es, también, cómo podría considerarse la condición bajo la cual la familia Rolfe consigue alquilar durante las vacaciones una mansión de ensueño por una cantidad nimia: como inquilinos, en las semanas que dure su estancia, deben encargarse de subir tres comidas diarias a la señora Allardyce, la anciana propietaria de la vivienda y que, según explican sus hijos, se niega a abandonar la casa. Con varias plantas, habitaciones, jardines, piscina y un lago, el compartir espacio con una mujer a la que no verán durante todo ese tiempo no parece un problema cuando pueden abandonar la ciudad e instalarse temporalmente en un entorno privilegiado. La oferta, demasiado buena para ser cierta, parece levantar sospechas a causa de la actitud de los hermanos Allardyce, cuyos cuchicheos, medias sonrisas e insistencia en que la casa debe ser alquilada a la gente correcta hace pensar, al menos, que estos no están muy en sus cabales. Y, cuando tras unos días en los que la rutina de la familia, especialmente de Marian, se convierte en recorrer  los pasillos de la mansión, limpiando, ordenando, y en cierto modo, en consumir energía devolviendo un ápice de vida a un caserón vacío, es probable que las sospechas fueran ciertas.


El libro, muy breve, recoge gran parte de lo que hoy se han convertido en clichés del género de casas encantadas: entre ellos, la oferta tentadora. No para adquirir una casa sino como alojamiento temporal. Un detalle que, teniendo en cuenta la tendencia en los arrendamientos de temporada en los últimos años, supone que en este momento la historia resulte más cercana de lo que podía ser en otra situación. Es lo único, y de forma involuntaria, porque el resto de elementos cotidianos que se mencionan en la historia resultan chocantes en la manera de ser presentados como algo molesto, o que pone de manifiesto los escasos recursos disponibles de los protagonistas: la esposa, para poder pagar lo que el autor da a entender como caprichos, consigue trabajos temporales con la misma facilidad con la que los abandona una vez conseguido el dinero que necesita, lo que visto hoy hace que…bueno, más que terror, por desgracia, todo parezca ciencia ficción.
El recorrido por el aspecto más anodino de la vida de los protagonistas puede hacerse un poco tedioso, pero se nota que Marasco insiste en este como manera de desarrollar una característica del personaje principal que después será de importancia en su relación con la casa, y que enseguida supone un choque frontal con su primer encuentro con la mansión y lo que sucederá después. Los Rolfe, tan normales y con problemas de día a día, encuentran un caserón propiedad de dos ancianitos que harían saltar las alarmas de cualquiera, a veces de forma demasiado evidente. Y a partir de ahí, se desarrolla un ambiente opresivo, donde se termina de desarrollar la obsesión de su protagonista con admirar todo aquello que no puede tener, y, en cierto modo, su relación con la casa se convierte en algo parecido a la adoración a una divinidad a la que, de forma mecánica, y después obsesiva, los almuerzos que se le presentan a la invisible dueña de la casa se convierten en algo parecido a ofrendas.

Holocausto es una interesante visión del tema de las casas encantadas. O no exactamente. Quizá de las casas “malvadas”, si aceptamos ese concepto para lo que no puede comprenderse, “hambrientas” también podría ser más adecuado. Una visión un tanto distinta a la que podía encontrarse en otras historias más famosas, pero igual de interesante y capaz de conseguir lo mismo que estas: la casa, lo amenazador que hay en ella, o lo extraño, solo es una forma de sacar a la luz los miedos y las obsesiones de sus habitantes.

jueves, 10 de octubre de 2019

Agentes de Dreamland y Black Helicopters. Los mitos de Kiernan


Cuando alguien decide escribir una historia sobre los Mitos de Cthulhu, puede haber dos resultados: el pastiche, que se limita a transitar por lugares conocidos (cuando deciden recurrir a Arkham o a Dunwich, literalmente) y a enumerar la serie de consonantes impronunciables que componen los nombres de los primigenios. O bien, conservar únicamente la idea y crear algo nuevo, que le haga justicia al adjetivo lovecraftiano. No voy a quejarme del primer caso, porque cada lectura tiene su momento y reconozco que las novelitas sacadas a raíz de los juegos de Arkham Horror me han entretenido e incluso recordado a mis tiempos de lectora despreocupada, donde lo mismo era feliz con los cuentos de Edgar Allan Poe que con los de Brian Lumley. El segundo suele ser un campo en el que la creatividad de sus autores, las influencias literarias posteriores y el cambio de sensibilidad e intereses de las últimas décadas ofrece piezas realmente interesantes.



Caitlín R. Kiernan estaría en el segundo grupo. Una autora que cuenta con una carrera bastante amplia, pero para la que Lovecraft es una influencia muy patente y no desdeña acercarse de cuando en cuando al mundo de los Mitos. A veces, de una forma más directa y cercana al pastiche, como pudo ser El otro modelo de Pickman. Otras, mediante una historia mucho menos lineal, y por qué no, donde la irrealidad está presente en todo momento.

Los casos en los que se ha visto envuelto el Guardavías podrían perfectamente responder la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si David Lynch dirigiera un capítulo de expediente X cuyo guión estuviera basado en una historia de Lovecraft? Este agente ha presenciado, que no protagonizado ni resuelto, situaciones en las que las paredes de la realidad se han agrietado, dejando entrever lo que hay al otro lado: la transformación sufrida por los miembros de una secta instalada en Salton Sea, el papel que dos hermanas, sometidas a extraños experimentos, pueden jugar en el fin del mundo o lo que ha sido de un pueblo costero en el que esa barrera se ha roto y ha tenido lugar aquello que en La llamada de Cthulhu solo fue sugerido. La organización para la que trabaja el Guardavías parece ser un grupo anónimo, apátrida, que a veces es testigo, otras evita, y a veces corrige, de manera poco ética, lo que podría haber sucedido o sucedió.



 A favor de ambas novelas cortas hay que decir que precisamente, son breves: sería muy difícil poder mantener el interés de una historia cuya clave es la atmósfera y la falta de linealidad en algo más de las cien páginas que ocupan. Seguramente, la historia no sería la misma si el lector no pudiera visualizar los lugares anónimos de cualquier ciudad, los paisajes que pueden verse en las áreas del Lago Salton e imaginar el tipo de gente que puede atraer un lugar así.  Por esas páginas deambulan personajes un tanto fantasmagóricos, que apenas tienen caracterización y parecen contar con ciertas habilidades inexplicables, a menudo relacionadas con prever un futuro que se adelanta en las líneas de la novela y que puede no corresponderse con el hilo principal. Estos cuentan con diálogos escasos, donde cada frase deja entrever un universo vacío, y un mundo donde los humanos carecen de empatía.

El juego que se propone Kiernan es peligroso: un experimento que funciona en Agentes de Dreamland, pero que se pasa  de ambicioso en Black Helicopters donde a las distintas líneas temporales se les juntan una serie de personajes un tanto extremos, a un nivel que roza la gratuidad, y excesos como incluir capítulos escritos en francés (por suerte, la edición incluye un apéndice donde traduce la broma).

Los casos del Guardavías, por llamarlos de algún modo, quedan muy lejos de la ficción lovecraftiana o de acción que podría encontrarse en otras series. Breve, sin apenas personajes, irreal, a veces fallida pero fascinante, dudo mucho que la idea de Kiernan fuera la de establecer una continuidad o una nueva saga. Aunque a veces me imagino lo que podría ser una tercera novela corta. Otras, no.

jueves, 3 de octubre de 2019

Marianne (2019). Pesadillas, brujería y un caso de exoftalmos bastante grave


Empezar algunas series es tan difícil como no encontrar todo un revuelo alrededor de ella. Tanto, que a menudo acabo esperando a verla cuando este se ha calmado un poco, siendo imposible seguir un ritmo en el que cuando la gente se está pasando el susto de Hill House, se acelera con el estreno de Cristal oscuro, y empieza a emocionarse con la segunda temporada de Desencanto. Pero fue en un margen de horas cuando de nuevo, en un titular aparecía…¡La serie de la que todo el mundo está hablando! ¡Ha aterrorizado a miles de espectadores! ¡No la veas solo! También parecía bastante exagerado, aunque era imposible no quedar intrigado por  los fotogramas que acompañaban la noticia, y por tratarse de una producción francesa: desde Au-delà des murs no había vuelto a ver ninguna serie fantastique, y por desgracia, esta había pasado sin pena ni gloria por los primeros días del canal Dark. 




Marianne es el nombre de la bruja titular de dos historias: primero, la antagonista de la serie escrita por Emma Larsimon, quien la convirtió en la enemiga principal de la heroína Lizzie Lark como una forma de enfrentarse a las pesadillas recurrentes que la atormentaban desde su adolescencia, además de asegurarse una exitosa carrera como autora de novelas Young adult. Y también, la entidad, posiblemente real, que parece estar detrás del suicidio de una de las amigas de juventud de Emma. Es a partir de este suceso cuando decide regresar a Elden, su pueblo natal, e investigar sobre la existencia de Marianne. Lo que parecía un ente de ficción se convierte en un ser que pudo ser real y tuvo su origen en los procesos de brujería que vivió Europa durante el final de la Edad Media, y que parece mantener un vínculo con Emma que se hace más fuerte cada vez que esta escribe sobre Marianne. Algo que debe llevar a cabo si no quiere que la hechicera, espectro o quizá demonio, dañe a sus seres queridos, como hizo ya hace quince años. 


El revuelo que ha levantado la serie ha sido alabando el terror que esta es capaz de provocar y que viene recomendada por nada menos que Stephen King. Lo último no dice mucho (muchas veces este hombre recomendaba cada cosa…), y lo primero, es tan relativo como la percepción del propio miedo. Pero sí resulta novedosa en un área tan difícil como el fantástico en televisión. Concebida como una historia cerrada, aunque ya se habla de segunda temporada, se compone de un montaje muy rápido donde los cambios de plano bruscos se llevan a cabo con una serie de elementos vinculados a la trama: las páginas de un libro que se mueven velozmente, la presencia de un agujero en ellas que pasa a convertirse en uno en la tierra, a la manera, un tanto ilógica de los sueños, y planos muy breves, que se han calificado como imágenes subliminales, donde se puede atisbar la  monstruosa figura de Marianne, caracterizada por su silueta negra y ojos saltones. Y donde, como parece ser tendencia en los últimos años, también tienen cabida las referencias a obras posteriores, especialmente a It, guiño al impermeable amarillo incluido, o al videojuego de Alan Wake. Aunque de esta última no puedo estar segura al cien por cien porque me la han chivado.

Fuera de la expectación generada y de las referencias, la historia consigue ofrecer algo. No diferente, pero sí interesante. Pese a tratarse de un relato de brujería, errores del pasado y pueblos que ocultan un secreto, cuenta con una buena dosis de humor, negro a veces, y una de las protagonistas más insoportables que se han podido ver en mucho tiempo. Emma Larsimon caracterizada como alcohólica, egoísta y atrapada permanentemente en una adolescencia que no avanza, cambia radicalmente, o al menos, la percepción de esta, una vez llegada la parte final de la serie, donde su actitud se revela como algo impuesto por motivos altruistas y quizá por miedo. Esta no está hecha para caer bien a nadie, para eso están los secundarios y sobre todo, el inspector Ronan, todo un detective de manual y, como señala esta en un momento dado, aficionado a libros para adolescentes, sino para presentar una caracterización y desarrollo que acompañan a la historia. Y sobre todo, la propia Marianne, no como tal, sino en el papel de una de sus víctimas: la señora Daugeron, el personaje interpretado por Mireille Herbst Meyer ha sido capaz de ofrecer uno de los papeles de poseído más memorables de los últimos años…y unas sonrisas aterradoras que se recordarán en el fantástico durante mucho tiempo.

Marianne, sin duda, es una buena serie de terror. La historia atrapa, los personajes consiguen despertar algo en el público, sea miedo, simpatía, o en el caso de la protagonista, una irritación bastante persistente, utiliza las referencias de forma hábil y es capaz de jugar adecuadamente con las secuencias reales y las escenas oníricas que se convierten en una parte importante de la trama. Pero no es el fenómeno de horror e insomnio que anunciaron hace una semana, ni tampoco lo necesita para poder disfrutarla. 

Y como detalle curioso, el transfondo creado para  la serie incluye a un demonio cuyo sobrenombre es El rey de los Gatos. Es una suerte que se trate de mitología inventada expresamente, porque si no me estaba planteando en pedir una excedencia y dedicarme a la brujería a tiempo completo...

jueves, 26 de septiembre de 2019

Agallas, el perro cobarde. La granja de los horrores


Imaginemos por un momento una serie de dibujos destinada al público infantil donde no se cortan a la hora de hacer referencias cinéfilas, situaciones no aptas para todos los públicos y mezclar medios audiovisuales de forma que la animación tradicional se vea sustituída por un escenario un tanto extraño Hoy es fácil imaginarlo,  pero la respuesta no es Hora de aventuras.




Agallas el perro cobarde fue una de las múltiples series, emitida hacia el final de la década que, si bien no resulta tan recordada como las anteriores, sí que contaba con una temática concreta: un perrete, tremendamente miedoso, se enfrenta en cada episodio a todo tipo de espectros, muertos vivientes y criaturas que desafiaban la lógica y la cordura para proteger a sus dueños, Muriel y Eustaquio Habichuela, granjeros residentes en el medio de Aquímismo, Arkansas, de unas amenazas de las que poco o nada suelen enterarse, para desgracia de Agallas y sus preocupantes niveles de ansiedad.







La idea no era nueva, y en cuanto pensamos en un perro cobarde, personajes fijos y pautas de guión muy rígidas, es imposible no acordarse de Scooby Doo y sus miles de iteraciones. El usar monstruos en un programa infantil tampoco lo era, y hay muchas producciones donde no faltaba algún vampiro o un Frankenstein, como Groovie Ghoulies, el conde Duckula o los cazafantasmas. La diferencia, con la primera, era que los monstruos eran reales, y con las últimas, que, aunque siguieran manteniendo una perspectiva humorística, siempre tuvo un tono más macabro, más capaz de causar terrores infantiles y recrear episodios que se quedarían en la memoria de muchos niños que las anteriores.




El dibujo de Agallas no era de los más "feos", ni grotescos que podían verse en esa época. La línea, por comparación, era clara y no se detenían demasiado en crear caricaturas excesivas. No recurría al humor asqueroso de un Vaca y Pollo, y en cambio, contaba con chistes bastante adultos donde, tras los dibujitos y los monstruos, se podían entrever referencias al asesinato, transtornos mentales, violencia doméstica, las relaciones del mismo sexo (era una época en la que Steven Universe quedaba muy lejos) y miedos muy reales. Además de unas cuantas a la cultura popular, como el cine de terror de serie B, el suspense e incluso el mismísimo Tarantino.




La estructura de los capítulos era muy simple, y hoy se consideraría repetitiva: era un estilo muy clásico en el que solían ceñirse a la aparición en la granja de un nuevo monstruo, a los que los Habichuela no reconocían como tal, Agallas pese a estar aterrorizado conseguía encontrar una manera de expulsarlos, o incluso de ayudarlos, ya que había algunos que no eran malos como tales, para terminar siendo vilipendiado y asustado por Eustaquio, quien, siendo igual de poco avispado que Muriel, su rasgo principal era el tenerle verdadera inquina al perrito. Además de ser el tipo de personaje que hoy no pasaría un corte como ejemplo de personaje empático y compasivo.

Con una trama tan limitada, la serie no podía dar de sí durante mucho tiempo, y más con una competencia mucho más variada que la que pudieron tener argumentos similares en los años anteriores. Dio, al menos, para cuatro temporadas, una de ellas en la que decidían innovar y en lugar de llevar los monstruos a Aquimismo, eran los protagonistas los que solían encontrarse con ellos en distintos viajes y excursiones. Y que, quizá por contradecir un poco la premisa original, también resultaba la más floja en comparación al resto. Y, sin un argumento lineal, tampoco costó mucho darle un final en el que, en el fondo, seguía manteniendo el mismo estilo que en toda la serie, pero servía de despedida y confirmaba que, los personajes, con sus defectos, fueran cobardes, no muy avispados, o terriblemente gruñones, eran también cómicos, un poco ridículos, pero también entrañables y dignos de simpatía.



jueves, 19 de septiembre de 2019

Child´s Play (2019). Chucky ya no es diabólico


Puede que Annabelle sea hoy uno de los muñecos malvados más conocidos del cine, pero en los ochenta, junto a Freddy y Jason, hubo un juguete que pudo competir con ellos en cuanto a número de asesinatos, humor entre cutre y sarcástico, y también, en cantidad de películas de la franquicia. Chucky, el muñeco poseído por el asesino Charles Lee Ray, quien transfirió su alma a un objeto inanimado a la espera de poder conseguir un nuevo cuerpo, lo intentó durante varios años mientras dejaba por el camino unas cuantas víctimas. La saga, a lo largo de casi 30 años, pasó del terror a la comedia negra referencial, y como suele pasar con los personajes a los que se le toma demasiada familiaridad (o, en este caso, a uno que no llega al medio metro y va por ahí correteando con un cuchillo), al desbarre absoluto donde cualquier atisbo de horror o coherencia fue sustituído por chistes sobre juguetes, rupturas de la cuarta pared, y un intento, no muy exitoso, de salir del desaguisado en el que se habían metido. Un reboot, a estas alturas, se convertía, sino en una buena idea, en la posibilidad de eliminar fallos previos y darle una visión nueva a un tema donde lo más evidente era el cambio de intereses y forma de percibir la idea de un juguete capaz de moverse por sí solo.



En Child´s Play, que dudo que vuelva a ser Muñeco diabólico, Chucky no es un ejemplar de la línea de muñecos Goodguy, sino de Buddi, una serie de juguetes dotados de un sistema de inteligencia artificial sincronizado con los teléfonos móviles de su propietario. Algo así como un Siri o un Alexa en el cuerpo de una muñeca repollo (espero que a ningún fabricante se le ocurra esta idea) y que, como toda novedad tecnológica, está a punto de ser sustituida por su segunda generación…y ha sido fabricada en algún oscuro taller de Asia. Donde un operario, harto de su trabajo, introduce en uno de ellos un software defectuoso. Poco se sabe de lo que pudo haber programado alguien como venganza antes de suicidarse, pero cuando este Buddi defectuoso se convierte en el regalo de cumpleaños de Andy, Chucky se convierte en su mejor amigo. Y estará dispuesto a acabar con todo el que se interponga entre ambos.





Si el primer Muñeco diabólico jugaba con el consumismo y las inseguridades potenciales de la producción en masa, su reboot cuenta con una posibilidad mucho más amplia y mejor aprovechada: los sistemas de inteligencia artificial vinculados al ocio y su obsolescencia programada, así como los agresivos sistemas de producción de los que el público es consciente, pero de los que no se habla. De este modo, la trama se mezcla con el lanzamiento de una nueva gama de productos, cuya situación resultará muy familiar, y que aquí sirve para ofrecer un desenlace muy dinámico y tenso, que recuerda un poco a todas las series B sobre la rebelión de las máquinas y a referencias más recientes como pueden ser los animatronics de Five Nights at Freddy´s.


Cuando el villano principal es alguien que tiene una movilidad limitada por unas articulaciones de plástico, hay dos opciones: procurar que no se mueva mucho ante la cámara, como Annabelle, o directamente aprovechar esa cualidad y la que ofrecen, de forma involuntaria, todos los juguetes de moda que incluyen algo de tecnología: la expresión del nuevo Chucky, más que grotesca, entra en el Valle de lo desconocido, ese concepto según el cual, lo que intenta parecer demasiado humano se convierte en algo inquietante. Pero que aquí también sirve para justificar con facilidad que un juguete mecánico deambule por el escenario sin que nadie se sienta extrañado, o resulte ridículo, porque esa es la forma que tendría de actuar desde un principio.


Aunque el antagonista no deje de ser un muñeco, este es también la cara, o más bien, la voz más reconocible de todo el reparto: Mark Hammill se encarga de darle vida, y en algún momento, expresión. Y cuando alguien se encargó de ser durante varios años la voz del Joker en una de las mejores historias sobre Batman, va a hacer bien su trabajo. Aunque sigamos recordando la voz de Brad Douriff como protagonista de la franquicia anterior. El resto del reparto cumple su cometido con  unos papeles que se pueden dividir entre víctima que está pidiendo a gritos que la maten, y secundarios correctamente escritos, que al menos se comportan de forma coherente. También, sorprendentemente, es uno de esos casos en los que, contando con un reparto infantil bastante amplio, estos personajes no resultan irritantes y sí que están pensados para contar con la simpatía del público y aportar algo a la trama.

Child´s Play consigue ser, igual que su predecesora, una buena película de terror de serie B. Actualiza la idea del muñeco con vida propia, añade un tanto de crítica de andar por casa a la tecnología y sobre todo, consigue reiniciar de forma muy digna una franquicia que se había echado a perder de las formas más inesperadas. Y, al igual que esta, procura que la historia quede cerrada de forma bastante satisfactoria. Pero siempre hay sitio para sugerir una secuela.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Innatural (1985). El yogur de la locura



Hay alimentos que son un peligro. No me refiero al colesterol, al mercurio ni al aceite de palma, sino a aquellos que, pese a saber que son el equivalente a inyectarse la grasa de una churrería en vena, una porción “tira” de la otra. Sean patatas fritas, o el peor de todos ¡la nocilla! La única explicación viable es que haya  una inteligencia exterior anulando la voluntad de su consumidor. Podría dar al menos para una comedia de ciencia ficción pero a Larry Cohen se le ocurrió la idea hace unos treinta años.

 
 

The Stuff pasó por el mercado de habla española por un par de títulos: Innatural en España, y Sustancia maldita para Hispanoamérica. En su idioma original, hace referencia a material, de forma genérica, cosa, de manera informal, y quizá, por similitud con “stuffed”, relleno. En todo caso, es el nombre que dan a una misteriosa sustancia, de buen sabor, y que sin conocer poco más deciden ponerla a la venta con un éxito arrollador: llamada sin más Stuff, se vende como rosquillas debido a su sabor y quizá a cierto punto adictivo que hace que sus consumidores pidan cada vez más. Pero esta tiene un efecto secundario peor que el colesterol o el aceite de palma: convierte a sus usuarios en zombies, rellenos de una sustancia blanquecina, que harán lo que sea por seguir consumiéndola.





Concebida como una serie B de ciencia ficción, con comedia negra y mucha crítica social, gran parte de la comedia parece involuntaria. El punto de partida, con una adictiva sustancia intraterrenal (John Scalzi habría escrito un guión sobre un yogur megalómano para Love, Death and Robots, pero no inventó nada nuevo) y un protagonista a sueldo del cártel repostero intentando descubrir el orígen de la sustancia, hace que la cosa parezca que no la han tomado en serio desde un principio. Pero los diálogos pretendidamente ingeniosos resultan lo contrario, los personajes rozan un absurdo propio de El ataque de los tomates asesinos, y en general, el guión acaba más cerca de esta que del Están vivos de Carpenter.
 

Aunque la limitación presupuestaria está presente desde el principio, la película no se defiende precisamente bien con sus medios:un montaje brusco, donde casi parece que las escenas han sido editadas a cuchilla, y ochenta minutos que dan para presentar a un espía industrial muy sobrado, una especialista en marketing, un niño y hasta una milicia que se desplaza en taxi, por citar solo algunos de los momentos más destacables que no incluyan toneladas de yogur en chroma persiguiendo a los protagonistas. Lo más recordado, y quizá rodado con más arte (comparado con los efectos especiales, al menos), son los spots publicitarios sobre el stuff que aparecen durante el metraje. A estos consiguen cogerle el punto del estilo publicitario de la década, chillón y excesivo,  donde la invitación al consumo brillaba por todas partes. Tan clavado, que más que como una crítica, es más sencillo entenderlo como una parodia muy acertada, parte de un guión en el que no queda claro  si querían ser este tipo de comedia o si les salió así.

 

Es difícil decir que Innatural sea una mala película…bueno, es mala como ella sola. Pero también es breve, divertida y enloquecida como solo consiguieron algunas producciones de esa época y que los de Asylum intentan, pero ya no es lo mismo. Es un guión para hacer doblete con el bebé mutante de Estoy vivo, también de Larry Cohen, que no contento con los infantes monstruosos, se metió con la repostería industrial, con los alienígenas de Night of the Creeps o, si ya lo que queremos es ver algo sin pies ni cabeza, con el monstruazo viscoso de Terrorvisión. Un tipo de películas que se ven por pura diversión, por pasar el rato, y por qué no, por un poco de nostalgia menos matizada que la que ofrecen producciones recientes.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Daniel O' Malley: La Torre. Al amnésico servicio de Su Majestad


Como todo género, el espionaje y las agencias del gobierno siempre tienen un sitio para su vertiente sobrenatural. Especialmente en Reino Unido, siendo la cuna de James Bond, Le Carre o de  la Lavandería de Charles Stross. Aunque, bueno, este último ya entra en el terreno de lo fantástico.




Myfawny Thomas ha muerto, y ahora hay otra persona por ahí paseándose con su cuerpo. O al menos, esto es de lo que le informa una nota que una joven amnésica encuentra en su bolsillo, poco después de despertar magullada y rodeada de cadáveres de los que ella parece ser la responsable. Quizá amnésica no sea lo más adecuado, ya que toda memoria de su vida anterior ha desaparecido por completo y ahora no cuenta más que con las notas que la propia Myfawny ha dejado para ella. Es a partir de estas con las que reconstruye su historia: es una Torre, uno de los miembros dotados de poderes del Checquy, organización dedicada a proteger a Inglaterra de todo tipo de amenazas sobrenaturales y donde conviven agentes comunes con otros capacitados con habilidades un tanto extrañas. Desde formar parte de una entidad colectiva de cinco cuerpos, transformar los metales, o poder controlar las reacciones corporales de los demás, como la propia Myfawny. Excepto que, lejos de ser una espía, su carácter le ha garantizado un puesto en la administración donde puede pasar desapercibida, salvo por los enemigos que pueda haber hecho en el Checquy y se hayan propuesto hacerla desaparecer. Sin más ayuda que un montón de notas donde irá conociendo su pasado, su trabajo y a sus compañeros de oficina, ahora deberá encargarse de llevar a cabo su trabajo diario sin que nadie note diferencia con su antigua identidad, descubrir al traidor, y por si fuera poco detener una conspiración de alquimistas capaces de modificar el tejido orgánico y que se han empeñado en acabar con el Checquy desede hace siglos.


Dentro del género, sobresaturado como la mayoría, de espías y organizaciones fantásticas, hay millares de series, sagas y opciones. Para pillarle el truco solo es necesario tener cierto interés por las historias de espionaje y organizaciones, y buscar lo suficiente como para encontrar algo que se adapte a los gustos del lector. En este caso, O´Malley opta por un enfoque un tanto humorístico, no abiertamente cómico pero sí manteniendo un punto de no tomarse todo en serio y que, por la forma de describir el mundo burocrático puede recordar un poco a la serie de Thursday Next: funciona, muchas de las cosas que le suceden a los personajes son aterradoras y peligrosas pero lo que cuenta, y la ironía de la protagonista hace que sea difícil tomárselas en serio al cien por cien. El mundo del Checquy convive con traiciones, peligros reales y una estructura un tanto deshumanizada con situaciones en las que la organización pierde un activo tan valioso como a un pato adivino, o dedica su tiempo a buscar animales con habilidades precognitivas (sin mucho éxito. El conejito mascota de la protagonista fue uno de los investigados).
Aunque cuente con una trama principal concreta, el libro incluye capítulos de carácter episódico, que sirven para darse una idea general del entorno de la protagonista y conocer una organización que ya desde el principio, se sospecha que va a formar parte de una serie. Estas sirven tanto como para conocer su historia y funcionamiento, como para ofrecer situaciones aisladas donde las notas hablan de casos anteriores, algunos siniestros, algunos con un punto un tanto absurdo. Además de servir para evitar de una forma muy curiosa uno de los tópicos habituales: el uso de la primera persona. La novela, en general, está narrada en tercera, que sería el tono general, salvo por las notas escritas donde se conoce de primera mano su carácter y forma de expresarse. Al menos, la de la anterior Myfawny, porque lo más interesante ha sido el tratamiento de una protagonista sin recuerdos previos: en ningún momento esta se considera como tal si no como alguien completamente distinto, dado que el enfoque que se le da no es la amnesia sino la eliminación total de la memoria y la manera de ser de esta, una “muerte” al uso y quien toma su lugar es alguien completamente distinto, o que, como dicen en un momento dado, ha nacido hace muy pocas horas.
La torre, por el momento, cuenta con una segunda entrega, donde, como suele pasar en las tramas de espías, la frontera entre enemigos y aliados es muy difusa, el peso de los personajes varía de una entrega a otra y puede que las nuevas protagonistas, o el cambio de rumbo, hagan que Stiletto pueda no gustar tanto. Además de una adaptación televisiva que por su aspecto, parece ser un poco distinta del material original. O por lo menos, a ese trailer parecía que le faltaban alquimistas belgas.

jueves, 29 de agosto de 2019

Philémon. Fred y el surrealismo para toda la familia

El cómic francófono siempre ha tenido presencia y buena salud en su país vecino. Muchas páginas de la revista Mortadelo compartieron episodios con páginas de Asterix, Iznogud, alguna reedición de los Pitufos y con Spirou, que en el fondo era una de las influencias más directas que tendría el personaje de Ibañez. En cambio, algunos se quedaron dentro de las páginas de la revista Pilote, con muy poca presencia en España durante varias décadas hasta poder ser objeto de publicación, pero ya como un clásico en tapa dura, y no como una sección más en una revista de historietas. 

Philémon, el personaje creado por Fred y protagonista de una serie de álbumes bastante amplia, ha tenido la suerte de ser publicado en este formato, y con bastantes años de retraso. Pese a ser tocayo del jefe de Mortadelo, sus aventuras poco tienen que ver con ese estilo de historieta, aunque la temática sea también fundamentalmente humorística: Fred es un chico de quince años que vive en el campo con sus padres y su asno Anatole. Dotado de una gran imaginación, es por ella por la que la mayoría de sus aventuras pasan desapercibidas en su entorno al considerarlas invenciones del chico. Y no es para menos, porque la aldea y los alrededores en los que él suele llevar a cabo pequeñas tareas o pasear con Anatole pueden esconder la guarida subterránea  de un hipnotizador que ha secuestrado a toda la aldea para convertirlos en artistas de circo, un pozo que desemboca a la primera A del océano Atlántico (si alguien se lo pregunta, la T es una isla muy popular entre los turistas y al punto de la I llega cada anochecer un búho que hace las veces de faro para los barcos) e incluso un par de viajeros del tiempo despistados.

A menudo las presentaciones resumen las aventuras de Philémon como surrealismo para todos los públicos. La definición, aunque suene cómica, es muy acertada, porque en las viñetas dibujadas por Fred no hay otra cosa que un humor muy blanco, que todavía recurre al estilo de los cuentos clásicos en los que la trama se limita a un personaje que va por el bosque y encuentra algo, pero también lleno de fantasía y donde no hay límite a lo que pueda suceder. Ni tampoco lógica, y muchos de sus personajes, anecdóticos o recurrentes, se comportan y expresan con la extraña coherencia de los sueños. Los guiones, en muchos casos, recuerdan a las aventuras de Little Nemo, a la atmósfera de Alicia en el País de las Maravillas, pero también a Los Monty Python, donde en más de una ocasión, no se corta a la hora de jugar con los collages y con la ruptura de la cuarta pared, y, quizá a posteriori, a las marionetas y las situaciones protagonizadas por estas en los sketchs de Telegato. Cada aventura, de carácter autoconclusivo, salvo alguna referencia a personajes o historias previas, sigue un poco esa estructura, donde un día corriente se transforma en una situación fantástica, y donde los secundarios, o bien descartan la aventura de Philémon como un exceso imaginativo, o se encuentran con lo inesperado de frente, recurriendo a menudo al cliché humorístico del desmayo en la viñeta final.

El dibujo queda lejos de los personajes y escenarios pulidos y detallados. Muy básico, con colores muy planos (algo habitual antes de la época de las opciones de relleno digital), a menudo consistían viñetas donde los personajes, de ojos enormes, aspecto muy caricaturesco y a menudo dotado de enormes barbas para facilitar el trabajo de finalizarlos, se movían por un entorno donde no había poco más que un par de árboles. Y que con otras donde se detallaban todo tipo de construcciones y animales estrafalarios.
Philémon es una aparición inesperada después de tantos años permaneciendo inédita. Quizá sea de agradecer que la espera suponga una edición cuidada, cronológica e integral de todos los comics publicados, pero una vez encontrado el particular mundo creado por Fred, es imposible no haber pensar que la isla de la letra A, el catalejo de cambiar tamaño y las lametanciones del pocero Barthelémy han sido un tesoro muy bien escondido. 


jueves, 22 de agosto de 2019

Historias de miedo para contar en la oscuridad (2019). Susto o desaparición del mapa


Sigue resultando un poco extraño que la fecha elegida para una película de terror sea durante el mes de agosto. O más bien lo es si el guion está destinado a un público más joven y cuando se estrenan todo tipo de películas para todos los públicos aprovechando la época estival. En todo caso, además de ser una forma de asegurarse más público que durante el año lectivo, también sirve para que a muchos adultos les tire un poco la nostalgia y se animen a ver una película que también puedan disfrutar como niños. Y más si el material que adaptan es una serie de libros de terror muy populares en los ochenta y noventa, y quien está detrás de la producción no es otro que Guillermo del Toro. 



Historias de miedo para contar en la oscuridad es el título de una serie de libros que recogían historias cortas, basadas en relatos populares algunas, en leyendas urbanas otras, y unas pocas inventadas para la ocasión y que, en este caso, son el entorno que rodea a una premisa escrita especialmente para la película: todas ellas fueron escritas Sarah Bellows, una especie de hombre del saco local en la pequeña ciudad de Mill Valley. Cuando, una noche de Halloween un grupo de chicos encuentran en cuaderno que usó para escribirlas, descubren que la leyenda acerca de los relatos contados por ella puede ser cierta: las páginas en blanco se llenan de nuevas historias, donde se relata cómo diversas criaturas vienen a llevarse a cada uno de ellos. La única forma de detener un libro indestructible animado por una imaginación sobrenatural y morbosa, es descubrir cuál es la historia que dio origen a todas ellas: lo que ocultaba en realidad la mansión Bellows y quien fue Sarah. 




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.

El resultado, a veces, depende demasiado de la estética de las ilustraciones y de no saber cómo enfocar algunas escenas terroríficas, que se saldan de la forma más simple mediante apariciones súbitas acompañadas de un grito. No queda muy claro si es una solución de lo más cutre, o si en realidad es adecuada al tratarse de una producción de terror enfocada al público más joven, y en ese sentido, bastante fiel a los libros, cuyos relatos también dependían mucho de una revelación final.

Historias de miedo para contar en la oscuridad es una producción muy curiosa ¿Es una película juvenil o infantil? En ese caso, es una decisión inesperada, al centrarse más en contar una historia en un escenario que a muchos niños les parecerá muy lejano ¿Es una película para adultos nostálgicos? En ese caso, el conjunto se quedaría un poco escaso para lo que podría esperarse, pero resulta mucho más disfrutable que muchas producciones juveniles recientes.



jueves, 15 de agosto de 2019

El rey León (2019). El ciclo de los live action



De todas las películas que Disney estrenó durante los noventa, sin duda El rey León ha sido el éxito más recordado, hasta el punto de contar con algún reestreno en salas de la animación original y un musical que, además de un éxito, es una de las actividades principales para todos los que pasan un par de días en una ciudad grande. El paso más evidente es que esta también tuviera su versión en imagen real. Aunque esto último, al tratarse de animación por ordenador, no estaría muy claro.


Esta también sigue paso por paso el guión original: la historia de Simba, el león que huye siendo un cachorro tras la muerte de su padre y que debe enfrentarse a la responsabilidad de recuperar el trono de Scar, su tío, el responsable de la muerte de su hermano y de haber desterrado a su sobrino. Una historia que podría resumirse como Shakespeare en África protagonizados por leones, hienas…junto a un jabalí y un suricato que se toman la vida con mucha calma. 


La mayoría de estas adaptaciones pasan por ciertos cambios, muchas derivadas del cambio de mentalidad y actitud como pudo ser el caso de Dumbo, y especialmente, de las variaciones en los personajes femeninos que tienen lugar en cualquier película que incluya “princesas Disney”. Este, quizá por no tratarse de un guión adaptado de un cuento clásico, o por la intemporalidad de sus temas, ha resultado el más parecido, por no decir igual, a la película original. La principal diferencia sería la media hora extra de metraje añadido, repartido entre secuencias de acción y de atmósfera, además de añadir algunos escenarios o dar una mayor profundidad a determinadas situaciones. La segunda, sería un tono mucho más adulto en comparación con los dibujos estrenados en 1.994 (y eso que, la muerte de Mufasa, junto a la madre de Bambi, es uno de los mayores logros de Disney en cuanto a acercar el concepto a los niños). Algo muy estudiado en relación a su público: los niños que fueron a ver los dibujos las navidades de ese año, son los adultos que este verano acuden al cine a encontrarse con la misma historia. Y a esta es a la que hay que agradecer el que pueda adaptarse con la misma facilidad a un musical para niños, que el completar el Hakuna Matata de Timon y Pumba con una particular filosofía nihilista. O, especialmente, el dotar a las hienas, antes poco menos que secundarios grotescos, de una jerarquía convirtiéndose en unos rivales a la altura y no en los secuaces del antagonista.

En este caso, esta versión no se trataría tanto de imagen real, imposible habiendo conservado a los protagonistas y el entorno, sino de una de las infografías más perfeccionadas que han podido verse. Tanto, que han sido capaces de recrear la selva, el desierto, los barrancos y el agua con un nivel de detalle que hace que ya no parezca un alarde de medios técnicos para asombrar al público, sino un reflejo de la realidad. Sin duda, el mayor logro han sido los personajes: lejos de conservar el diseño un tanto irreal de los dibujos animados, optan por seguir la idea de realidad y reproducir, punto por punto, un animal vivo, que se mueve como tal…pero que vocaliza para pronunciar sus frases. Y que, pese a recurrir a un estilo hiperrealista, han conseguido evitar el efecto “uncanny valley” que se da incluso en producciones grandes como pudo ser el caso de los personajes humanos de Shrek o incluso algunas secuencias de Will Smith caracterizado como Genio de la lámpara.


Pese a llevar los últimos años estrenando dos y hasta tres remakes, porque lo de live action no deja de ser una forma de llamarle a lo mismo, esta vez Disney lo ha conseguido: El rey León se ha vuelto a convertir en uno de los mayores éxitos de la productora. Sigue permaneciendo la misma sensación, propia de todas estas versiones realizadas en los últimos años, de si realmente era necesario, y más en este caso, cuando un guión tan redondo y unos números musicales hacen que los dibujos originales sigan siendo igual de válidos. Aunque esta vez, el resultado ha sido suficiente como para, durante dos horas, olvidar esa parte del sentido común y disfrutar de la película. 

jueves, 8 de agosto de 2019

Lo que hacemos en las sombras (Primera temporada, 2019). Callejeros edición vampírica

Antes de atreverse con la tercera entrega de Thor, Taika Waititi sorprendió con una comedia documental sobre vampiros donde aplicaba a las criaturas de la noche un particular sentido del humor y de lo cotidiano, enfrentando a unos personajes centenarios a las cosas más irritantes de la vida diaria. La comedia, filmada como documental, contaba con una estructura episódica que hacía muy fácil el poder continuar la historia, incluso prescindiendo de sus protagonistas y moviéndose a otro escenario.

Esta es la opción que ha tomado la serie del mismo nombre, trasladándose a una mansión en Staten Island donde un nuevo grupo de vampiros convive desde hace un par de siglos. Nandor, soldado turco, Nadia y Lazlo, los vampiros arquetípicos de Europa del Este, y Colin…un vampiro psíquico que trabaja en una oficina, a quien no le falta el sustento robando la energía de sus compañeros de planta mientras siembra el aburrimiento allá por donde pasa. La vida de un vampiro no estaría completa sin la presencia de un familiar que lo custodie durante las horas diurnas, que es el trabajo de Guillermo, que espera algún día ser una versión de Antonio Banderas en Entrevista con el Vampiro pero a quien le esperan muchos años de hacer la compra y pasar la aspiradora. Y para los que intentar hacerse con el control de la sociedad asistiendo a las reuniones del ayuntamiento, organizar la orgía vampírica bianual, descubrir que conservan algún pariente vivo a través de los años, o ser juzgados por una corte vampírica formada por algunos personajes cinematográficos reconocibles son una parte más de su vida diaria. O nocturna, en este caso. 


La serie conserva el carácter de falso documental de la película que la inspira, y que en este caso, funciona mucho mejor dada la distribución episódica. Los capítulos de unos veinte minutos, sirven para centrarse en una sola trama en cada ocasión, o para ser retomadas posteriormente y son acompañados por unos efectos especiales hilarantemente pobres donde los vampiros lucen unos atuendos igual de desfasados que los de su contrapartida original, se convierten en murciélago en contadas ocasiones, y de una manera propia de una serie b de hace setenta años, y donde la capacidad cómica de la serie reside en su elenco de actores entre los que la cara más conocida es la de Matt Berry,  donde la figura de Harvey Guillén hace un guiño muy curioso a la de Guillermo del Toro.  Y donde, a modo de sorpresa, aparecen retomando sus papeles ocasionales de vampiro Tilda Swinton, Danny Trejo e incluso el propio Waititi en un cameo bastante inesperado.


Pese a su carácter de spin off televisivo, la serie no produce la impresión de repetir esquemas o de ir a rebufo de un éxito. La falta de medios en los efectos especiales resulta deliberada y es evidente que los esfuerzos se han depositado en los guiones y en el reparto, y la sustitución de los personajes y actores no supone una continuación de caracteres y gags sino de unos protagonistas nuevos, entre los que se establecen dinámicas y relaciones distintas entre sí, y donde se aprovecha al máximo las oportunidades que ya se perfilaban en la película: el explotar la existencia de vampiros, hombres lobo y criaturas sobrenaturales donde resulta muy sencillo referenciar y parodiar entornos como el desarrollado por Anne Rice, la saga de Blade, los clichés de fantasía urbana e incluso Crepúsculo (aunque para hacer mofa de este último no hace falta estar muy sembrado).



Lo que hacemos en las sombras se convierte en una comedia breve, pero prometedora. Diez episodios con una renovación para segunda temporada, y algunas nuevas tramas abiertas de cara a la siguiente entrega, la duración y el estilo de humor recuerda un poco a lo que suponía poder ver cada año cosas como Black Books o IT Crowd, aunque quizá el parecido más reconocible en este caso sea el de “Entrevista con el vampiro rodado como si fuera un capítulo de The Office”. 

jueves, 1 de agosto de 2019

Obituario: Rutger Hauer

 
 
El 24 de julio de 2019 se retiró (al procedimiento nunca se le llamó ejecución) el último de los replicantes de la serie Nexus. Rutger Hauer tuvo una vida más longeva que la que les fue otorgada a los androides de la corporación Tyrell, y también una carrera más allá de su papel como replicante prófugo en unas calles de Los Ángeles distintas, pero por muy poco, al de nuestro 2019.
 
 
 
Hauer fue uno de esos actores todoterreno, como puede serlo Udo Kier y donde era capaz de alternar clásicos de las últimas décadas con producciones realmente atroces. Pero vamos a quedarnos con lo bueno, lo memorable, y hacer como que filmes como la versión de Drácula de Darío Argento (¡otro que se debió llevar un golpe en la cabeza!) no tuvieron lugar. Para muchos espectadores que descubrieron el cine fue Navarre, el héroe condenado a convertirse en lobo durante la noche mientras que su amada permanecía siendo Lady Halcón durante el día, el prófugo de Peligrosamente juntos, el veterano de Vietnam, en una época en la que era habitual encontrarlos en las estanterías de los videoclubs, de Furia ciega, e incluso, aunque llegáramos a apreciarlo a posteriori como un guiño a la serie que vendría, el vampiro de amenazaba a la cazavampiros más sosa de la historia en la primera versión cinematográfica de Buffy. Hasta su presencia, ya hace un par de años, como antagonista principal en una de las temporadas de Channel Zero. Un papel breve, pero digno y efectivo, y cuya interpretación, sumada a la edad del actor nos sorprendió a muchos, que a veces olvidamos que el tiempo pasa igual para los que están al otro lado de la pantalla, y nos hizo pensar “¿¡Como!? ¿¡Tan mayor está!?”.
 
 
Quedarían, para un público más adulto, su aparición en El autoestopista, el mercenario de Los señores del acero, donde su paisano Verhoeven no se cortaba un pelo a la hora de mostrar una edad media brutal y despiadada, más de la que esperábamos ver en las tiras de un vhs…y Roy Batty. Y es que el rostro de Hauer parecía marcado por una intemporalidad que le permitía moverse con la misma facilidad por un sangriento campo de batalla en la europa medieval que por un futuro que en 1982 todavía parecía muy lejano. Ni el test Voight Kampf llevado a cabo por Rick Deckard, ni la inexpresividad de Rachael ni el desconcertante traje de Pris en un 2019 donde convivían el noir y la moda de los ochenta, el Blade Runner que recordamos es la silueta del último replicante rememorando las puertas de Tanhäuser.
 


Dicen que el monólogo final tuvo una cierta reescritura propuesta por el propio Hauer, pero hoy no podemos decir que este haya sido perfecto: se equivocaba. Todo esto, en realidad, es muy diferente a las lágrimas bajo la lluvia de Roy Batty.

jueves, 25 de julio de 2019

Annabelle vuelve a casa (2019). La ausencia de los Warren y el trastero de los horrores


Desde 2013, la saga titulada Expediente Warren (título que me gusta mil veces más que The Conjuring) ha aportado como legado dos cosas. La primera es unas entregas de cine de terror muy competente y donde gracias a los hechos reales contamos como protagonista a unos investigadores de lo paranormal cuyos testimonios y entorno supera a la ficción. La segunda es una tanda de spin offs que empezó con la famosa muñeca Anabelle y continúa con cualquier espectro que haya aparecido en la saga, sea muñeca, monja o leyenda urbana. La que ha tenido más presencia ha sido la primera, que, después de guionizar sus orígenes, y quizá después de una temporada sin la presencia del matrimonio Warren en las pantallas, deciden llevarla a donde empezó todo: al museo, almacén o cámara donde los investigadores guardan todos aquellos objetos que han tenido algo que ver con sus casos.



Un poco después de que Ed y Lorraine investigaran una muñeca de aspecto grotesco, cuyos propietarios creían que se encontraba vinculada al fantasma de una niña, esta descansa ahora en su sótano encerrada en una urna, siendo probablemente, uno de los objetos más peligrosos que se encuentran allí. Pese a las medidas de  protección tomadas por ellos, la influencia de la criatura que se esconde en la muñeca sigue notándose en el exterior, y durante uno de sus viajes (seguramente, donde resuelven un caso más interesante que el que nos cuentan en esta película) en el que Judy, la hija de ambos se queda sola con su canguro y una amiga de esta, consigue valerse de los temores de una de las jóvenes para ser liberada de su prisión y mostrar por qué esta era seguramente el objeto más peligroso que custodiaban: Annabelle es capaz de actuar como foco para todas las entidades que se encuentran allí encerradas, liberándolas y amenazando la vida de quienes se encuentran en la casa.




En principio, esta parecía la que sería mejor de las tres entregas de una de las muñecas más inmóviles y más persistentes dentro del cine de terror. Contaba, sobre todo, con la presencia de los protagonistas de la saga principal y un entorno más cercano a estos y a sus caso. Aunque ya avisaban que su presencia se reducía a un cameo, podría ser lo más parecido de momento a una tercera entrega de Expediente Warren y ofrecía también más variedad en cuanto a fantasmas que la muñeca titular. Y efectivamente, puede que sea la mejor de las tres, pero tampoco era muy difícil porque no es una serie que se distinga por ser muy brillante.

En realidad, el resultado es una mezcla de personajes que por lo menos, se esfuerzan en no resultar demasiado irritantes. O si lo son, intentan darles una motivación posterior por la que llevan a cabo decisiones francamente estúpidas. Porque el motivo por el que se desencadena la historia hará pensar al público que hace falta ser muy tonto y, entre su actitud durante el primer tercio, junto a los momentos cómicos fuera de lugar, hace que estos no generen más interés más allá de esperar a que empiece la trama sobrenatural.



Esta, aunque satisfaga un poco la curiosidad que pudiera generar ese garaje/trastero lleno de objetos, siendo bastante creativos a la hora de darles un trasfondo macabro, acaba resultando más una especie de reunión de monstruos donde la impresión que da es que podemos ver a todos aquellos que no van a tener spin off. Estos van de lo cantoso, como un vestido de novia diabólico o un juego de mesa poseído, a lo macabro y con bastante potencial, como la secuencia donde tienen cabida un teléfono y un televisor que salvan un par de momentos de la parte central de la película. El resto, entre la sobreexposición de objetos de un escenario que no deja de parecer el cuarto de los trastos que todos tenemos por casa, y las secuencias en exterior con el secundario cómico siendo perseguido por el fantasma de un hombre lobo recuerda más a la versión cinematográfica de Pesadillas que a una producción de terror que, como lo fue el primer Expediente Warren, podía tirar a pequeña, pero sabía manejar bien sus bazas y se tomaba un poco más en serio.



Pese al desfile de fantasmas más o menos variado, la película parece irse salvando a ratos: el comienzo, prometedor con la presencia de los protagonistas, recuerda mucho a la primera entrega a o al mundo sobrenatural que James Wan fue perfilando en Insidious. Del mismo modo que hay secuencias terroríficas muy bien llevadas en momentos concretos, y donde se inventa de forma ingeniosa la maldición que puede albergar un objeto de lo más cotidiano. En conjunto, esta hace que se vaya salvando, pero no lo suficiente, y aunque tampoco se esperaba algo a la altura de una tercera parte de la serie original, esta se queda en un desfile de escenas cotidianas bastante aburridas, momentos cómicos fuera de lugar y una colección de fantasmas variados apareciendo por los pasillos. Seguramente seguirá habiendo spin offs relacionados con cualquier cosa que haya tenido presencia en las películas, pero sería preferible que después de esta vez, Annabelle se quedara definitivamente en la urna.



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