Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

viernes, 16 de octubre de 2020

Libros de sangre (2020). La antología escasa

 


Una de las piezas más recordadas que dejaron los ochenta en el género de terror fueron las cinco antologías, recogidas bajo el título de Libros de sangre, escritas por Clive Barker. En ellas, un joven escritor británico plasmaba en una serie de relatos donde temas como las casas encantadas, la locura o los monstruos eran dotadas de una visión nueva, mucho más retorcida y gráfica que las que se podían haber leído anteriormente, pero también dotadas de una sorprendente creatividad. Una narrativa escabrosa que tuvo un par de adaptaciones cinematográficas con poca fortuna durante esa década, y con algo más con el cambio de siglo, cuando en 2008 El tren de la carne de medianoche, Miedo, o Los muertos tienen autopistas fueron trasladadas a la pantalla. En los libros seguía habiendo suficiente material como para poder hacer una nueva película antológica, e incluso más, aunque la decisión tomada en la producción que Hulu decidió sacar en octubre (lo bueno de este mes es que siempre salen cosas de este tipo. A porrillo) era tomar únicamente el título, el arco argumental en el que se englobaban las historias de Barker, y filmar guiones originales en su totalidad.




Más que una antología, estos libros de sangre comienzan con distintas historias separadas en las que no hay un hilo conductor común: una pareja de ladrones se dirige a una de las peores zonas de la ciudad en busca de un libro de incalculable valor. Una joven, atormentada por la hipersensibilidad a determinados sonidos, se refugia en una casa de huéspedes cuyas paredes esconden un secreto. Y un médium asegura poder comunicarse con los muertos y reflejar por escrito los mensajes que estos intentan dejar en el mundo de los vivos. Tres situaciones muy dispares cuyo nexo de unión acaba siendo la ciudad en la que tienen lugar, y unas pocas horas de diferencia entre ellas.




La idea parecía querer cubrir varios campos: el ofrecer un nombre conocido, como adaptación a televisión o como reclamo, el ser una película antológica, que suelen funcionar muy bien durante el mes de octubre en el mercado anglosajón (y en el resto también, ahora que la idea de Halloween como entretenimiento no genera tanto rechazo) y el poder sacar una serie de guiones cuya extensión no sería suficiente para una película. El resultado, aunque visualmente correcto, acaba resultando decepcionante en cuanto a los segmentos que lo componen y su coordinación.

La primera parte viene a ocupar una hora de una producción que no llega a las dos, resultando demasiado lenta y caracterizando a unos personajes que no termina de quedar claro qué es lo que les pasa. La condición psicológica de una protagonista tirando a adolescente insoportable, utilizada como deus ex machina de un guión que parece reunir una serie de ideas cogidas por los pelos pero visualmente interesantes, hace pensar si este guión había estado esperando para poder encontrar su sitio en alguna otra antología, donde podría haber funcionado de haber reducido su longitud.



El mismo problema sufre la adaptación del relato de Barker, donde la trama del falso médium se vuelve tan rebuscada que parecer resultar imposible que esta hubiera podido mantenerse en pie si no es para el giro final, al igual que la última historia que no puede ofrecer nada más que la que sería una de las secuencias más interesantes de la película: un barrio sumido en la oscuridad, devastado por los espectros. El resto, se limita a ofrecer algún que otro giro de guión e intentar encadenar de forma arbitraria tres segmentos que poco tienen que ver entre sí.



A esta versión de los libros de sangre no se le puede criticar el aspecto visual. Una buena factura y estética, interpretaciones más que correctas…aunque acaba resultando escaso para un film antológico, con una primera parte aumentada de forma excesiva y donde una versión más breve habría dado para una cuarta historia. Aunque, dado que todas las creadas para esta antología parecen un poco erráticas, quizá no se haya perdido mucho.








jueves, 8 de octubre de 2020

Temblores (1.990). Monstruos subterráneos para todos los públicos

 

Los noventa no destacan especialmente por el terror o el fantástico en su vertiente más simple. En la época de En la boca del miedo, Horizonte final o Cube, parecía que las producciones más sencillas, la serie B, efectos artesanos y sin complicaciones era algo que se había quedado en los ochenta. Sin embargo, una película estrenada a caballo entre ambas décadas, ofrecía, aunque fuera una de las últimas veces que pudiera verse en los cines, una auténtica historia de aventuras y monstruos gigantes en la que un poco de inventiva y buen hacer sustituía las limitaciones monetarias, que hacían que estos no aparecieran todo lo necesario para impresionar al público.





Temblores traslada la acción a Perfection, un pueblo perdido en el desierto de Nevada. Aunque pueblo es una definición muy generosa para las ocho personas que habitan en un lugar cuyo único atractivo parecen ser las pequeñas reparaciones con las que dos manitas se ganan la vida, el aislamiento, para dos de sus vecinos obsesionados con la supervivencia, y las peculiaridades sismográficas que una de los estudiantes de geología que acuden a la zona acaba de descubrir. En un pueblo donde nunca parece pasa nada, unas pocas horas bastan para tener lugar desapariciones de ganado y varios de sus habitantes, la destrucción de la única carretera que conectaba con la civilización y la aparición de los restos de una criatura monstruosa, que parece tener origen subterráneo. Y que es probable que no sea la única que se desplaza por el subsuelo de Perfection.




Aunque cuente con unos cuantos monstruos, alguna que otra muerte, y un entorno aislado que debería derivar en una atmósfera opresiva, el guion opta por un enfoque cómico y un tono muy ligero. Las escenas más violentas se quedan relegadas a los primeros minutos, en los que se va sugiriendo la presencia de los que, posteriormente, serían bautizados por el avispado propietario del negocio local como Agarroides (la traducción al castellano es mucho más divertida que los graboids originales), consistiendo la trama en gran parte, en los intentos de los protagonistas por escapar o alcanzar un lugar geológicamente seguro. A menudo de forma bastante absurda pero efectiva. Y en menor medida, por unos enfrentamientos entre secundarios derivados de unas personalidades a veces cómicas, a veces irritantes. Pese a que las últimas parecieran estar pensadas para que estos fueran los primeros en desaparecer de la historia, esta es bastante blanca, convirtiéndose en una de las pocas películas de monstruos en las que el reparto llega al desenlace prácticamente intacto. Y que funciona dada la buena química entre los personajes, donde los secundarios se convierten en personalidades lo bastante cercanas como para ganarse la simpatía del público, y destaca la pareja principal, interpretada por Kevin Bacon y Fred Ward, como dos vaqueros sin demasiada suerte pero sobrados de recursos y astucia. Al menos, en gran parte, porque el matrimonio de especialistas en supervivencia y acumuladores de armamento acaban convirtiéndose en los secundarios más divertidos, unos de los más recordados, y al menos en el caso de Michael Gross, el protagonista habitual de las cinco o seis secuelas que aparecerían durante los años siguientes.




Son precisamente el conjunto de personajes y el sentido del humor de estos los que hacen que la película funcione, porque el apartado técnico es minoritario: se nota, con la escasa aparición de efectos visuales, que los recursos eran limitados, y estos se sustituyen aprovechando al máximo los exteriores, la luz que ofrece un lugar tan concreto como un desierto en un rodaje diurno en su mayoría, y trucos tan simples como bultos en la arena o mostrar lo justito de un monstruo de latex y movimientos mecánicos. Unas criaturas que, para estar pensadas para aparecer poco, o acabar explotando entre pástico y blandiblub en el momento clave, se han diseñado con mucho cuidado, haciendo que su morfología monstruosa tenga un verdadero aspecto de criatura subterránea pero que a muchos aficionados al fantástico le recuerde a otras creaciones previas (un gusano de arena o un cthonian, dependiendo si nos va más Herbert o Lovecraft).



A Temblores se la recuerda como una de las últimas películas de videoclub como tales: un cartel vistoso, un reparto de caras conocidas pero no demasiado famosas, y un tono optimista. A veces demasiado, intentando mantenerse dentro de la franja para todos los públicos, mucho sentido del humor y una atmósfera muy ligera, por lo que no desentonaría en cualquier pase de sobremesa, por mucho que hoy esa franja tenga una acepción despectiva. Y también su correspondiente continuación, con una cantidad de secuelas, directas a vídeo, que han salido de forma regular en las últimas décadas e incluso una serie de televisión. Dos, si se cuenta el intento de producir una nueva con Kevin Bacon como protagonista de nuevo. Una franquicia a la que, con la desaparición de los videoclubs, se le acabó perdiendo la pista a unos agarroides que, con el tiempo, acabaron siendo capaces de andar, volar e incluso trasladarse de continente.




jueves, 1 de octubre de 2020

Se vende alma (Por no poder atender) de Sergio S. Moran. Pactos con el demonio, especulación inmobiliaria, y una detective en crisis



Poder continuar más de dos veces la historia de un personaje de ficción, puede considerarse un éxito. La primera solo es una presentación, la segunda es un tanteo a partir de una idea que ha tenido éxito, pero la tercera es que realmente ha funcionado. Todo un logro cuando el sistema de publicación y distribución se basa en el interés de su público y una financiación mediante crowdfunding que se ha convertido en lo habitual en dos tercios de la serie escrita por Sergio S. Moran, que acaba de tener su tercera entrega. 





Se vende alma por no poder atender presenta de nuevo, más que a la detective sobrenatural Parabellum, a una Verónica Guerra a la que sus anteriores casos han pasado factura psicológica. Recuperada de una fuerte adicción a la ambrosía, una droga sobrenatural, obsesionada con un delincuente con contactos en el inframundo que se hace llamar el Negociante, y con crisis de ansiedad que se manifiestan en los peores momentos de su trabajo (por suerte, las consultas de psicología astral disponen de acceso en cualquier momento). Pero también reconciliada con su madre, la comisaria Fontenegro, y apoyándose en su amiga Arancha, una competente médium, continúa con su trabajo donde lo habitual es recuperar un fantasma huido de una mansión o investigar las propiedades de un producto deportivo cuyas ventas rozan lo imposible. Pero, como le ha sucedido antes, cualquier caso en apariencia rutinario puede esconder algo mucho peor…desde su mayor enemigo hasta un exnovio salido del infierno. Y, tratándose de Parabellum, esto puede tratarse de algo literal. 


A diferencia de lo anteriores, en esta tercera entrega se aprecia una mayor continuidad: se toma mucho menos tiempo en describir a personajes que han aparecido previamente y que forman parte del transfondo de la protagonista, así como a tramas ya cerradas que conviene conocer para comprender mejor las referencias previas y sobre todo, la actitud de un personaje mucho más marcado por lo que le ha sucedido previamente. Hay una evolución entre la primera, o segunda aparición de Verónica Guerra, como detective conocedora de todas las criaturas fantásticas de Barcelona y Madrid, frente a la de esta tercera aparición, donde ella misma se describe menos en forma (aunque la resistencia física nunca fue uno de sus rasgos), con los restos de una adicción todavía presentes y preocupada por lo que pueda pasarle a la única amiga que, hasta la fecha, parece quedarle en la serie. Pero también un tanto obsesionada con un antagonista al que el lector conoció previamente y que, aunque aquí también tiene su aparición, lo hace de una forma distinta y menos vinculada a las actuaciones de Parabellum de lo que esta hubiera esperado. Un cambio al que acompaña una evolución adecuada del personaje, con menos sarcasmo que en sus apariciones anteriores, algo más paranoico y menos sentido del humor. 


Salvo por la mayor importancia de la continuidad, el desarrollo de la trama es similar a las entregas anteriores: un caso de presentación, que sirve de forma anecdótica para dar una idea de la situación de la protagonista, un año después de Los muertos no pagan IVA, un gancho, en apariencia simple, que irá desvelando algo mucho más complejo y peligroso, y esta vez, un desenlace que podría considerarse el final de una etapa así como el cierre a lo que empezó en los dos libros anteriores. Pero no por mucho tiempo, porque en este se dan indicios para posibles tramas nuevas: las menciones al padre de la propia Parabellum, perdido (voluntariamente) por Bilbao, Daniel, un exnovio infernal (de nuevo, literalmente) del que ni la protagonista quiere hablar, y todo un sistema de rencillas y oposiciones entre distintos demonios que no tiene nada que envidiar a cualquier lucha entre políticos de baja estofa. Porque lo mejor de Parabellum sigue siendo su cercanía. No tiene que tener los poderes de Harry Dresden, ni el atractivo de Anita Blake, y a menudo, es mucho más pupas que el personaje de fantasía urbana medio. Pero con ella se ha desarrollado un mapa del país poblado por criaturas de la mitología local, pero también por las consecuencias de la corrupción, de la especulación inmobiliaria y empresarial y donde casi se agradece un enfoque fantástico al escenario. 





Tras Se vende alma, la detective de Sergio S. Moran se toma un descanso laboral. Por suerte, no por mucho tiempo, como el autor ha asegurado. Mientras, con esta entrega viene, además de un cambio de escenario e imaginar qué es lo que espera a Veronica Guerra tras su descanso, una novela corta, escrita al estilo de Elige tu propia aventura, en el que el lector puede guiar a su protagonista a través de un montón de malas decisiones. 

jueves, 24 de septiembre de 2020

Historias del bucle de Simon Stalenhag (2015). Cualquier tiempo inventado fue mejor


 

Hace casi una década que la nostalgia de los ochenta se instaló en la cultura popular. Que una generación echara en falta sus años mozos no era tan extraño, y de vez en cuando asomaban revivals de los sesenta y los setenta. Pero los años de las nuevas formas de entretenimiento, de televisión y cine de presupuesto tal y como los conocemos ahora se han acabado convirtiendo en una parte de la ficción con un peso muchísimo mayor del que tuvieron los anteriores. Tanto, que casi se han convertido, en el mejor de los casos, en una forma más de narración, y en el peor, si ya no es posible otra manera de vivir que el tirar de un pasado a veces idealizado.



El ilustrador Simon Stalenhag probablemente también echa de menos los ochenta. En concreto, la época en la que el acelerador de partículas conocido popularmente como el Bucle y  situado en Malaroarna, una zona rural de Suecia funcionaba a pleno rendimiento. Cerrado definitivamente en 1994, los niños de su generación crecieron acostumbrados a la presencia de enormes maquinarias instaladas al lado de las viviendas unifamilares, los vehículos de la compañía desplazándose por la carretera y a los barcos movidos por un sistema de imanes que (cada vez con menos frecuencia) se desplazaban por el entorno.  Y también a los problemas derivados de una maquinaria capaz de alterar las normas de la física. A algún repentino corte de suministro eléctrico o cambio en la presión atmosférica se le sumaban las alteraciones en el espacio tiempo y que varios niños afirmaran la presencia de dinosaurios en el profundo del bosque, cyborgs abandonados en un almacén e incluso portales a la otra punta del globo. Aunque, como todas las historias infantiles, es difícil saber donde terminaba la realidad y empezaba lo inventado.




El libro, concebido primero como ilustraciones de carácter retrofuturista y posteriormente publicado mediante kickstarter, es una colección de estampas a las que se le da un trasfondo, en este caso, algo tan improbable como un acelerador de partículas en la Suecia de los ochenta, acompañadas por un texto muy breve en forma de microrrelato, en el que se describen aspectos de la vida cotidiana del narrador durante esos años. Los paseos en el bosque, las excursiones con amigos y los conflictos familiares se ven acompañados por la presencia de enormes maquinarias, la mayoría semienterradas en paisajes helados o envueltos en niebla, de vehículos propios de la ciencia ficción, plenamente funcionales, información técnica e histórica sobre estos, e incluso de elementos fuera de lugar como animales prehistóricos o la sugerencia de portales a distintos puntos del tiempo y el espacio.
Las ilustraciones han sido realizadas digitalmente de una forma muy curiosa: intentando imitar una pintura tradicional que a la vez imitara una fotografía, de modo que se ha detallado incluso los trazos de un pincel y unos tonos que serían propios de una ilustración manual. Los paisajes, cercanos a la idea de lo que el lector podría tener de un área rural en Suecia, aparecen en colores muy apagados y suaves, a menudo envueltos en niebla y las siluetas de las construcciones y maquinarias, 
desdibujadas, o marcadas por tonos de luz muy cálido, imitando al de la luz artificial de los focos. 




Escenarios de esferas huecas cerca de cabañas, de niños caminando entre estanques irreales e incluso encontrando maquinarias y objetos todavía más inesperados en un entorno irreal de por sí.
La parte gráfica acaba teniendo el mayor peso en un libro donde los textos solo son un apoyo y más que microrrelatos, acaban convirtiéndose en aspectos muy puntuales de la vida de los personajes. Aunque técnicamente, no llegue a haberlos, sino que el protagonista sea el Bucle y el paisaje, y tanto el narrador como sus amigos solo sirvan para aportar algo de cercanía, a veces un poco forzada a las ilustraciones. El conjunto ha sido comparado a menudo como un cruce entre Picnic junto al camino y Cuenta conmigo, pero al trabajo de Stalenhag hay que reconocerle, además del apartado visual, es que su idea de memorias ficticias funcionan  también de una manera inesperada: es fácil encontrar una similitud entre sus paisajes y los existentes en cualquier área que haya convivido con una empresa estatal de grandes infraestructuras (salvando las distancias, me hizo pensar en los “Saltos” del sur de Lugo y los pueblos construidos por Iberdrola), y como el desarrollo de esta se vincula al auge y cierre de un escenario, en este caso, imaginario, pero que por algún motivo, se hace extrañamente familiar.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Los archivos de Van Helsing de Xavier B. Fernandez. Un vampiro suelto en Sant Adriá

 


Drácula será el vampiro por antonomasia, además de un personaje de dominio público que puede permitirse pasear por cualquier página. Pero su presencia no sería la misma sin la de su némesis: el doctor Abraham van Helsing ha sido la otra cara de la moneda y el arquetipo de como el mal puede ser vencido. Su figura, no tan explotada, es la del arquetipo del cazador, a veces tan obsesivo como su presa. Un cazador que también ha tenido algún que otro rostro memorable y muchos lo asociamos a la figura huesuda de Peter Cushing (entre otras cosas, porque todavía estamos intentando olvidar la película de Hugh Jackman). Alguien tan presente en la ficción y con un currículo de estudioso tan amplio siempre es de agradecer que cuente con su propia novela. Aunque en el caso de la narración de Xavier B. Fernández, esta siga profundamente ligada a la del vampiro que lo complementa.




Los archivos de van Helsing no es tanto una historia del jesuita  metido a cazador de vampiros y su descendencia como la de sus archivos, literalmente: el padre van Helsing, retirado actualmente en el monasterio de sant Cugat del Vallés y desencantado con una iglesia codiciosa y alejada de toda idea de bien y misericordia se dedica al estudio de los papeles que han estado en su familia durante siglos. Y que, entre textos redactados por sus antecesores se encuentran también los diarios de un noble válaco en los que narra su muerte, regreso como criatura nocturna y aprendizaje de la magia negra a lo largo de los siglos. Cientos de años donde este comprueba cómo para el una segunda o tercera muerte no es más que una pausa y que mientras, los seres humanos han ido mostrando formas más creativas y sangrientas de obtener el poder. Ahora, el anciano sacerdote, sin más conocimientos que los heredados de su familia y su tenacidad, escucha la noticia sobre la llegada al puerto de Barcelona del Demeter II, un navío que aparece misteriosamente vacío.




El libro, más que una historia del cazador, acaba siendo un relato indirecto del Drácula previo a la novela de Stoker y a las apariciones posteriores de un personaje  al que prácticamente es imposible matar. A través de este pasan por las páginas del libro la condesa Bathory, las guerras napoleónicas, la segunda guerra mundial y el Holocausto e incluso el régimen de Ceaucescu. Con un tono que, pese al título y estilo de la portada, resulta mucho más oscuro y pesimista de lo que podía esperarse: la historia de Drácula como parte del Mal presente en la historia de la humanidad, inevitable, y según la visión de su narrador, a veces invencible.Como suele pasar en muchas novelas en las que se emplea un personaje de dominio público, los lugares comunes y referencias son algo habitual. En su mayoría son adecuadas al tono de la narración, bastante pesimista y donde una personalidad como la del dictador rumano resulta interesante. Otras son predecibles, como la vampira Erzebeth Bathory. Y alguna pese a no pasar de guiño, resultan un poco chocantes en un texto tan poco lúdico: Dracula representa una parte del mal. No es que haga una cosa buena en seiscientas páginas, pero…¿También tiene que tener una copia del Necronomicón como plus? Vale que igual que Drácula sea uno de los elementos de la cultura popular literaria, pero parece que todo personaje que se precie tiene su propia copia ¿Habrá ejemplares en el Ministerio de Hacienda?.

Su estructura de crónica hace que la extensión sea mayor que la esperada  y que la narración principal sea algo secundario frente a los transfondos de los personajes, aunque cumple perfectamente el objetivo que Fernández parecía tener en mente: el de hacer un relato sobre el mal a través de los siglos, del que el vampiro es solo una pequeña parte, y en menor medida, sobre aquellos que se esfuerzan en oponerse.

A Xavier B. Fernandez, en las últimas Celsius, se le preguntaba sobre la posibilidad de una secuela dado que su desenlace era lo suficientemente abierto como para continuarlo. Aunque este, inesperado y un tanto desolador, podría quedarse perfectamente como conclusión a los archivos de van Helsing.  

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