Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 13 de diciembre de 2018

Lecturas de la semana. Breve y variado

 
 
En este momento estoy entre libros. Bueno, técnicamente lo estoy siempre, sea entre formato digital o kilos de papel (esto último no se como lo hago. Me trasladé hace un año y tengo un par de baldas llenas), pero también con un tomo de 700 páginas que no es precisamente una de las lecturas más rápidas que he encontrado. Y, aunque no suela simultanear libros, la longitud de este ha hecho que entre medias, me pusiera con cosas más breves que, como mucho, me acababan durando una tarde. También es cierto que hacía tiempo que no disfrutaba de leer por leer, sin la obligación de terminar un libro para empezar el siguientes.
 
 
J. K. Rowling. Harry Potter y el legado maldito. Lo mío con la saga del niño mago podría resumirse en Hogwarts leído por un no fan. Terminada la serie, sin ser seguidora de la saga, sino porque me pareció entretenida, se leía rápido y me había interesado lo suficiente como para querer saber que pasaba con la historia, quedaba pendiente algo así como el epílogo: la obra de teatro donde Harry Potter volvía a aparecer, veinte años después, ya casado, padre, y con algo parecido a la crisis de los cuarenta. El argumento, en principio, parecía bastante alejado del de la saga principal y sonaba más a drama, con el hijo del mago más famoso acudiendo a Slytherin, la casa con mala fama por excelencia, y conviviendo con el miedo a no ser tan bueno como su padre.
En realidad la descripción de la contraportada engaña un poco, porque la trama sí que está muy ligada a los hechos de la primera serie, siendo el villano, o sus herederos, una presencia constante, aunque la idea parece ser más bien el darle un enfoque más adulto, centrándose en la vida después de la fama, la culpa de los padres, o sus éxitos, en algunos casos, que pesan sobre los hijos…aunque el resultado acaba produciendo una sensación rara: por un lado, resulta difícil leer al personaje al que los lectores vieron crecer convertido en un adulto y pronunciando frases que parecen no corresponderle, como si se hubiera perdido algo por el camino y que los autores no saben explicar. No ayuda, en este caso, que el texto se hubiera escrito directamente como obra de teatro, dependiendo únicamente de los diálogos y de la caracterización que los actores den a su personaje, perdiéndose un poco de profundidad. Y por supuesto, un argumento que en el fondo, no termina de aportar nada: parece más bien una vuelta a los protagonistas, continuando el epílogo que cerraba Las reliquias de la muerte, metidos en una situación que no llega a parecer un desenlace, ni una continuación, sino un fanfic utilizando los elementos del mundo que los lectores conocen muy bien.
 
 
Rachel Gray. Conociendo a Cthulhu. Ahora sí que hablamos de lecturas por ser fan…y es que no puede pasar mucho tiempo sin que acabe cogiendo algún libro donde salgan homenajes a Lovecraft, a los Mitos de Cthulhu o algún que otro pulpo en la portada.
En este caso, el libro pretende, con bastante humor, ser una guía sobre las criaturas creadas por H. P. L. y aportar una descripción rápida sobre los relatos del autor (todos. Porque, en el fondo, y aunque nos pese, el hombre escribió cuatro cosas). En la practica, es un retelling de sus cuentos. O lo que es lo mismo, resumir lo que sucede en ellos, narrado de nuevo con bastante humor, además de ofrecer una descripción del mismo estilo del resto de monstruos y ciudades.
No puede decirse que aporte nada como lectura. Se limita a contar, con un humor bastante friki, lo que los lectores veteranos ya sabían, aunque seguramente a los que acaben de descubrir a H. P. L. les haga mucha más gracia. Al resto, al menos, disfrutamos de las ilustraciones y de un momento nostálgico.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Malos tiempos en el Royale (2018). Todo el mundo esconde algo


Una de las cosas que más echo de menos con el cine es ver trailers. A veces es lo más divertido de entrar a ver una película, y antes de las campañas masivas donde todos habíamos visto ya el avance de los Vengadores o la  nueva de Star Wars, era un acontecimiento y al público le iba poniendo los dientes largos. Hoy quedan muy poquitos y lo normal es que antes de la película acabe viendo anuncios sobre varios negocios locales en el Vallés o como mucho, algún avance. Pero, pese a todo, un tráiler funciona. Como puede funcionar un poster sugerente o el boca a boca. Y el que me haya enrollado como una persiana contando que añoro los tiempos de la musiquita de Movierecords y los anuncios acartonados viene a decir que Malos tiempos en el Royale es una película que acabé conociendo, ni más ni menos, por un anuncio en el cine.
 
El Royale es un hotel que ha vivido mejores épocas. Situado en la frontera entre California y Nevada, capital del juego, perdió su licencia de casino y con ella, su atractivo, quedando convertido en un apeadero donde los viajeros van cuando no quieren ser encontrados. Es allí donde se encuentran cuatro personajes: una joven que se niega a hablar de su profesión, un sacerdote anciano, una hippie malencarada y un vendedor de aspiradoras deslenguado. Pero en la época de Nixon, del espionaje y de los veteranos destrozados por Vietnam, nada es lo que parece. Ni siquiera en un hotel, en un lugar perdido de la frontera, donde incluso el recepcionista puede ser alguien diferente a quien asegura.
 
 


El anuncio, en un primer momento, recuerda al cine de Tarantino. O al menos, lo hace un primer montaje donde se anuncia una colección de personajes improbables y escenas de violencia inesperadas. Lo cierto es que se nota cierta influencia en la forma de narrar, donde no se escatiman el poner en situación la historia mediante diálogos y recurrir a saltos temporales de forma inesperada. En realidad la película se separa en muy poco tiempo de la idea de Tarantino y este se queda no en una imitación, sino en algo que ha influido a la hora de rodar. Y que, seguramente, se ha utilizado bastante a la hora de promocionar una película casi desconocida.
La historia encuentra enseguida su propio tono, o más bien, lo hacen las cuatro tramas que coinciden en esa misma noche, y que cada una produce un efecto un tanto extraño: en una sola película, aunque bastante larga, acaban coincidiendo tramas de espionaje, de golpes que salen mal, de asesinatos en serie y de las consecuencias de la guerra. Cada una, con un género distinto, convirtiéndose en una mezcla de comedia negra, suspense e incluso, con sitio para el terror. El resultado en un principio sorprende, pero después, no tanto, al notar que quien está detrás del guión es el mismo que Cabin in the Woods, donde fue capaz de resumir las películas de terror de los últimos cincuenta años en una sola. Y que aquí, en cierto modo, también acaba siendo capaz de reunir los giros de varios géneros en un solo largometraje y que la jugada salga más o menos bien.
 
 
La mezcla de situaciones funciona también gracias a la construcción de los personajes. Una vez eliminado aquel que solo sirve para poner en marcha la trama común, estos, dentro del tiempo que disponen para presentarse, funcionan. O especialmente, los hacen los dos primeros, un supuesto sacerdote y una mujer que, en realidad, no esconde otra cosa que la profesión de cantante fracasada y una profunda desconfianza hacia su alrededor. Unos protagonistas que no podían ser más opuestos, caracterizados como un culpable redimido por el tiempo, y alguien a quien podría considerársele el más inocente de la historia. El resto, ha llegado ahí como víctima de las consecuencias o como antagonista.
 
Los abdominales de Chris Hemsworth también son un personaje relevante
 
Si bien la historia en conjunto resulta siempre un poco improbable, con un grupo de personajes que arrastra una historia extraña, coincidiendo en el mismo lugar, al mismo tiempo, y que todo explote en un momento dado, la atmósfera hace que si resulte creíble. El hotel se convierte en un entorno irreal, en medio de la nada, donde solo aparecen los  cinco personajes principales y donde cualquier atisbo de normalidad, bien mediante figurantes, o bien mediante otros escenarios, brilla por su ausencia. Este, decorado en tonos pardos, se presenta como un lugar un tanto chabacano, hortera, y en cierto modo, siniestro. Casi atemporal, porque si bien es posible hacerse una idea de la época en la que transcurre la historia, nunca dan fechas directas sino indicios: las imágenes de Nixon, la moda, las referencias a la guerra y una bastante ingeniosa a los asesinatos de Manson se limitan a dar una idea, sin que en ningún momento den fechas concretas o le pongan fácil a los espectadores más jóvenes saber cuando está pasando.
Malos tiempos en el Royale resulta una películas inesperada. Como lo fue Cabin in The Woods en su momento: apareció en los cines sin avisar, con caras conocidas en su cartel pero sin un nombre famoso que pudiera avalar la dirección o el guión de una historia que no sería para todos los gustos.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Uzumaki y Junji Ito. La espiral que cayó del cielo


El terror japonés ha resultado siempre peculiar y fascinante a partes iguales. Aunque tras su momento de gloria en el cine a finales de los noventa, solo quedara en la memoria unos cuantos remakes  estadounidenses y todo lo que podía aportar, reducido a un fantasmón con el pelo delante de la cara. Gracias a eso, al menos, fue posible ir abriendo un pequeño campo en el sector gráfico, cuando alguna editorial se animó a publicar manga de esta temática y  las páginas de Junji Ito pudieran verse en los estantes de las librerías junto con series más populares.

 
Parece imposible que Uzumaki, uno de esos primeros mangas publicados en España, cumpla ya 20 años desde su primera aparición por capítulos. Y es que este formato serializado está muy ligado a la narración por capítulos casi independientes entre sí, cuyo nexo en común es el testimonio contado por Kirie, una joven habitante de un pueblo japonés, llamado irónicamente Remolino Negro, en el que un día cualquiera comienzan a aparecer espirales. Sin más, una forma geométrica inocente que se manifiesta en forma de un comportamiento obsesivo que afecta a determinados habitantes, transformándolos física y mentalmente hasta extremos horrendos. Pero también en cualquier aspecto de la vida diaria: la espiral de la concha de un caracol, el giro de un torno de alfarería, los remolinos de un cabello humano o en algo tan vinculado a la climatología japonesa como un tornado. Elementos anodinos que se convierten en algo retorcido que, o bien son sucesos de los que su protagonista es testigo directo, o bien afectan a ella y a su familia, y amigos, precisamente formada por su novio, el hijo de uno de los afectados por lo que él llama la maldición de las espirales, su padre, un alfarero, su madre y hermano menor. Los acontecimientos, a veces aterradores, otros extraños, y en algún momento, absurdos pero peligrosos, no tienen más explicación aparente que la que el novio de Kirie da en las primeras páginas: el pueblo se ha llenado de espirales.
 
 
Durante gran parte de la historia no es posible buscar una explicación, ni una trama, sobre lo que afecta al pueblo o como solucionarlo: es algo que, como en muchos relatos de terror, sucede. Y que, en cierto modo, podría recordar un poco a una versión retorcida (aunque el adjetivo en este caso tiene su gracia) de El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft: algo que aparece sin más, ajeno a toda lógica, y que afecta física y mentalmente a los personajes. Las historias, casi independientes, ofrecen relatos aislados que, pese a tener en común esa idea de una espiral, narran situaciones de lo más variopintas, que, de forma muy aislada, acaban afectando a la trama principal para hacerla avanzar. El guión, de este modo, juega al despiste:  los primeros capítulos acaban por conformar una atmósfera y un preludio de lo que sucederá, para formar parte de la trama y desembocar, en el último tomo, en un escenario apocalíptico muy distinto al tipo de narración aislada que había aparecido al príncipio.
 
 
El terror, tal y como se plantea, tiene una vertiente un tanto fatalista, quizá también relacionada con la forma de ver lo sobrenatural en la cultura japonesa: algo incomprensible, imposible de solucionar y del que, como mucho, los personajes pueden considerarse afortunados si son testigos y no protagonistas directos. Los sucesos, en este caso, vienen y se van, y es muy raro que, salvo los dos personajes principales, alguien pueda salvarse. En algunos momentos supone un fallo porque al querer mantenerlos como hilo conductor, acaban perdiendo todo factor sorpresa: al tercer capítulo se sabe que a Kirie y su familia, pese a lo que pueda pasarles, acabarán la última página salvándose sin demasiadas secuelas y esperando pacientemente lo próximo que pueda suceder en el pueblo. En cambio, en las últimas páginas, la impresión es muy distinta, y el lector acaba pensando que los afortunados fueron esos secundarios que desaparecieron al poco de comenzar.
El segundo aspecto de la historia, y que también es común al resto de guiones de Ito, es la presencia del horror físico y la transformación corporal, mostrado aquí en todas sus consecuencias. Lo que comienza con diseñar un exterior donde se dibujan espirales hasta el extremo de convertirse en algo mareante o repulsivo, se convierte en deformaciones físicas, involuntarias o autoinflingidas, en las que no duda en recrearse en cada viñeta.
 
Ito es capaz de convertir un dibujo geométrico en algo repulsivo, reflejar las transformaciones más horribles e incluso convertir lo cotidiano en monstruoso, ero, en cambio, la forma de enfocar el fantástico se mantiene dentro de unos límites asequibles para todos los públicos: es terror japonés, por nacionalidad y temas, pero no eroguro, y los personajes obsesivos o monstruosos que aparecen lo son en el marco de la historia, nunca se plasma el grotesco por el mero hecho de averiguar hasta donde se puede llegar.
Con un dibujo a la altura, es más sencillo disfrutar de las escenas y el horror que plasman que apreciar los rasgos de los personajes, que son muy limitados: rostros ovalados para los femeninos, picudos para los masculinos, y los peinados y vestuario hacen el resto. Solo parece acordarse de ofrecer una mayor variedad cuando estos sufren alguna transformación de carácter, y hacia la mitad del cómic es saber quien es quien.
Uzumaki es seguramente una de las obras por la que más se conoce a Junji Ito, y probablemente, uno de los más extensos que ha hecho en su carrera. Al menos, hacia su desenlace: su estructura, durante la primera parte, mantiene una distribución episódica, que recuerda a sus antologías de relatos, y cada capítulo de Uzumaki es igual de inquietante que estos.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Overlord (2018). El día Z (de zombies)

 
Uno de los villanos infalibles durante muchos años han sido los nazis, y no solo en el género bélico: añadimos unos cuantos experimentos macabros, zombies e incluso Mitos de Cthulhu y tenemos una historia. Pensándolo bien, estos son como las patatas fritas de la ficción: pegan con todo y arreglan un plato, si bien en exceso pueden ser poco sanas. Aunque el plato en cuestión siempre acaba limitado un poco a situaciones muy concretas: el pulp y sus herederos, los comics, los videojuegos, y el cine, de serie B o Z en el peor de los casos. Salvo alguna excepción, ver este tipo de trama en una pantalla de grande y con medios propios de un estreno de cine en condiciones es algo que no había tenido lugar, que recuerde, desde Hellboy. Y mucho menos, que esta idea viniera de alguien especializado en adaptar y actualizar franquicias e ideas como J. J. Abrams.

 

Overlord es la operación que dio comienzo al desenlace de la segunda guerra mundial y de la que los protagonistas son una pequeña parte: un pequeño equipo de soldados americanos, diezmados nada más iniciar el aterrizaje, que deben volar el puesto de comunicaciones situado en la iglesia de un pueblo francés, con el fin de facilitar el desembarco. Pero el encuentro con una joven de la aldea ocupada les descubre que el puesto alemán oculta algo muy distinto: los habitantes han ido desapareciendo en el interior de la iglesia, secuestrados por los soldados alemanes, para escapar, en algunos casos, convertidos en criaturas monstruosas. Y, aunque esta no sea parte de la misión encomendada, no queda más remedio que adentrarse en su interior y acabar con lo que sucede allí para poder cumplirla.


El guión acabó cogiendo un poco por sorpresa por tomarlo, en un principio, como una entrega de la saga Cloverfield (de las que por cierto, no he llegado a ver ninguna), algo que podría haber sido posible teniendo en cuenta que estas películas no compartían argumento sino universo. Y también por tratarse un punto de partida que no solía ser habitual en una película de presupuesto. En realidad, hay series B que desarrollan el tema de forma muy competente a lo largo de los años, como demostraron El bunker, Blood Creek o la saga de Outpost (los videojuegos de Wolfestein quizá no entrarían en esta categoría, pero al paso que van, casi parecen películas hechas por ordenador), pero compitiendo siempre en el mercado del video y quizá ahora, de Netflix. Un tipo de películas que en realidad solo quedan como referencia tangencial, y de paso, de testigo de que este punto de partida está más que explotado y que no es nuevo. Porque en realidad, las influencias más visibles de Overlord vendrían a ser más bien Wolfestein y el Malditos Bastardos de Tarantino.
 
 

Del primer formato, toma el componente más gráfico de la historia: siendo en el fondo un guión bélico, las escenas de guerra son muy dinámicas y aceleradas, produciendo una sensación de desconcierto y de no saber de dónde vienen los disparos. Algo que también se nota en el desarrollo de la trama fantástica, que casi aparece de sopetón: un laboratorio improvisado, donde no se escatiman los escenarios más escabrosos y la sangre, además de unas cuantas víctimas que bien sirven como presencia atmosférica, o como amenaza inesperada…Un poco, como podría pasar en cualquier videojuego de disparos.

Aunque antes de entrar de lleno en esta parte, la secuencia inicial del avión y aterrizaje han sido rodadas de forma muy creativa, quizá más cercana al cine bélico más artístico y cuidado. Y que resulta una mezcla curiosa con la tendencia a parecerse a la película bélica de Tarantino, donde, se opta finalmente por una visión del cine bélico un tanto más sucia y violenta, y sobre todo, el utilizar la lengua materna de los personajes como la opción más lógica a la hora de ofrecer un entorno un tanto más creíble. Aunque después, en función de ofrecer algo más asequible, acaba recurriéndose al truco de que todos ellos sepan el idioma común.
 
La idea aunque bien ejecutada, acaba quedándose a medio camino. Es divertida, no da descanso y se sigue con atención, pero no hay nada que resulte memorable ni termine  de hacerla distinta:  no se molestan en buscar una explicación, por pulp que esta pudiera ser, más que quedarse en un neutro “hay algo en el suelo y ponemos a un científico a hacer experimentos poco rentables porque para eso somos los malos”, una excusa para poder mostrar unos escenarios, muy cuidados, eso sí, y justificar la presencia de diversos seres que en un momento dado, servirán de enemigos a batir. Tampoco, dentro de lo correcto de sus personajes y secundarios, hay nada novedoso: los protagonistas son héroes un tanto desengañados, con defectos muy pequeños pero sin el menor atisbo de cobardía o de defectos que los haga menos unidimensionales. Y los nazis son la cosa más mala y genérica que se ha filmado en mucho tiempo: un pelotón de secundarios malencarados que se limitan a hacer todo lo posible por convertirse en un enemigo disparable sin más trasfondo. Se salva únicamente el principal antagonista, que, si bien es igual de plano, Pilou Asbaek le aporta bastante más carisma y lo convierte al menos, en un rostro identificable y amenazador.

Overlord es casi una serie B con presupuesto: el argumento podría funcionar perfectamente con un presupuesto limitado, debido a su simpleza y su falta de complicaciones. Es divertida, aunque se olvida con facilidad. Pero en este caso, nos quedamos con lo primero.

jueves, 15 de noviembre de 2018

El corazón del guerrero (2000). Érase un héroe bárbaro a una comedia gruesa pegado

 
 
Hoy no es nada raro para un aficionado al fantástico el ir a ver una película española. Co el tiempo, y más o menos maña, hemos podido ver como Rec se convertía en una franquicia, disfrutar del terror sobrenatural de Verónica, e incluso ver algunas producciones menos valoradas pero igual de buenas como Musa. Hasta La herencia Valdemar, con sus fallos, resultó valiente y bien ejecutada. Pero para llegar a esta lista hubo también que arriesgar mucho y hacer propuestas que, por el tipo de cine que se hacía entonces y por la falta de medios, parecían un suicidio. O, buscando un símil menos ambicioso, y más adecuado al tono de la película, tirarse a la piscina sin comprobar que había agua.
 

El corazón del guerrero es la joya que Beldar y Sonya, dos ladrones de una época similar a la era Hiboria, roban de una cripta. Pero esta joya, literalmente el corazón de un guerrero muerto y momificado, tiene una maldición: su poseedor quedará vinculado a la Secta de los Mil Ojos, si no consigue deshacerla matando al mago más joven de la orden. En el escaso tiempo del que dispone, Beldar comienza a notar los efectos de la maldición: visiones de otro mundo, uno muy distinto en el que no es más que un niño, y la orden también existe pero de una forma muy distinta y mundana. Pero en el mundo del héroe Beldar también hay algo extraño: este parece irreal y acartonado en comparación con el de Ramón, el chico que imagina ser el héroe que interpreta regularmente en un juego de rol. Y quizá la maldición del corazón del guerrero  sea solo la fantasía de un adolescente que está perdiendo la capacidad de distinguir entre el sueño y realidad.


Si la idea de la película fue en su momento arriesgada, se debe a dos motivos: el primero, lo que suponía sacar una producción de fantasía, o más bien, de espada y brujería con un público todavía receloso al tema y co unos medios que podrían no ser suficientes para plasmarla. En su momento, los efectos dieron el pego: no se había visto un despliegue así, las caracterizaciones eran adecuadas y la infografía era la que estaba en boga. Visto hoy, los años  se le notan, y a los decorados donde se nota el corchopán a ratos se añaden unos efectos que han quedado desfasados (en su defensa diré que como todas las películas de esa década), y unos actores que en su faceta de personajes épicos se les ve perdidos en comparación con unas actuaciones más creíbles de sus contrapartidas realistas. Joel Joan cumple como Beldar, pero a Neus Asensi se la ve perdida como Sonya, y adecuada como la prostituta Sonia. Y el mago interpretado por Santiago Segura produce vergüenza ajena a causa de los diálogos impuestos.
El otro no es otro que el recelo que ciertas formas de ocio producían desde hacía años tras lo que la prensa llamaría “el crimen del rol” y con el que se cebó en un aspecto tangencial pero llamativo para los titulares, que hizo que cualquier actividad que supusiera un mínimo de imaginación fuera mal vista. Como curiosidad, el mismo año del estreno también tuvo lugar el “asesinato de la Katana”, aunque por suerte esta vez un poco más de información e internet evitó que se hiciera una carnaza similar.
 
 
Este, quizás, es un aspecto con el que el director juega, haciendo que la trama esté muy ligada a la ambigüedad sobre la realidad de la historia o el que fuera solo una fantasía, y que desarrolla de forma efectiva, sorprendentemente, muy respetuosa y sin más intención que la de narrar y ofrecer una interpretación abierta. Monzón, cuando menos, conoce el campo en que se mueve, y la trama fantástica recuerda directamente al Conan de Robert E. Howard, donde los personajes mencionan sin complejos conceptos como la era hiboria, el acero hyrkanio o Estigia.
Pero las buenas intenciones chocan con una ejecución fallida y que no tiene claro lo que quiere ser: la fantasía, o la fantasía urbana, queda descolocada con unos momentos de comedia cutre, basada en chistes de adolescentes pajilleros, personajes esperpénticos y en regodearse de forma excesiva en un escenario que se empeña en mostrar el lado más grotesco de la realidad. La idea sería buena, las prostitutas de la Casa de Campo, los borrachos y los ejecutivos en su aspecto más crudo, frente al mundo de fantasía del protagonista, habría funcionado de no ser por la tendencia a tomarse todo a broma, como si hubiera miedo a hacer una producción seria, e insistir en que todos los secundarios sean repulsivos e irredimibles.
 
Algunos aspectos no han envejecido bien. Hay momentos como la falta de medios o el acartonamiento de algunos actores, que funcionan enfocándose como algo intencionadamente irreal. E incluso la trama de la multinacional financiando a un partido liderado por un político joven y carismático resulta muy lúcida a día de hoy (no digo a qué me recuerda porque como aconsejaban en Enano Rojo, no se debe hablar de política, religión ni de tostadas). Las otras, en cambio, ofrecen al público de la década posterior un product placement descarado, donde las latas de Pepsi y las Deviot, el grupo que la marca patrocinaba ese año, campar a sus anchas, así como algunos chistes referenciales a los late shows de la época y a sus personajes que quedan demasiado anclados a esos años y que…bueno, por lo menos sirve para que se quiten cualquier intención de añorar los noventa en España.
Se quedan fuera, en cambio, aspectos con muchísimo potencial como podría ser la secta y su contrapartida contemporánea, en lugar de un protagonista perdido entre fantoches, y algunos aciertos, no muchos, como la guarida del vagabundo o el final abierto.
El corazón del guerrero fue una apuesta arriesgada y fallida. No termina de ser una película de fantasía coherente, no consigue el punto necesario entre la trama y no tomársela en serio, y desde luego, la comedia gruesa era lo peor que podían añadirle. Pero al menos, lo intentaron.

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