La juventud, y la belleza eterna han sido uno de los mayores anhelos del ser humano. Unido también al rechazo al paso del tiempo como esa antesala de lo inevitable, el deseo de mantenerse, al menos en aspecto, joven, se convierte en uno de los vicios que han acompañado a industrias tan centradas en lo físico como son la moda y el cine. Una exigencia que ha sido criticada a menudo, parodiada, denostada y reflejada en muchas películas que mostraban los estragos, no de la edad sino de los criterios de una sociedad que quiere volver la espalda a la visión de la vejez, condenando al olvido a todos aquellos que han pasado esa edad óptima o exigiendo una estética alcanzable únicamente mediante la cirugía. La parte más sombría de ese mundo de luces ha sido mostrada a menudo a través del drama psicológico o bien del fantástico en su forma más oscura y visceral. Si El crepúsculo de los dioses y la más reciente THe Substance so un buen ejemplo, la comedia también se una forma de mostrar, con menos agresividad, la pero la misma mala idea, lo ridículo de intentar detener el tiempo. Aunque los protagonistas de la película de Robert Zemeckis, por un momento, lo consigan.
La muerte os sienta tan bien, además de ser una de esas traducciones creativas que acaban funcionando mejor que el título original (en este caso, Death Becomes Her) adelanta lo que sucederá a los protagonistas: Madison y Helen, actriz y escritora rivales desde hace años y con tendencia a robarse las parajes una a la otra. Esto también sucederá cuando conozca a Ernest, el prometido de Helen y que pasará a ser la última de las conquistas de esta. Pero también, la gota que colma el vaso: años después, Helen vive sumida en una depresión y obsesionada por vengarse. Pero la vida tampoco ha ido bien para la nueva pareja y el que fuera un prometedor cirujano plástico se gana la vida como maquillador de muertos, y Madison está más ocupada intentando aparentar menos años que en mantener una carrera artística en horas bajas. Cuando, tras reencontrar a Helen esta contempla atónita como parece haber rejuvenecido, decide probar una formula que le asegura la juventud para siempre… con una sola advertencia: esta se mantendrá pase lo que pase durante su vida. Incluso después de un accidente o de un intento de asesinato.
Zemeckis es responsable de producciones tan variadas como recordadas. Éxitos como Forrest Gump, Naufrago, pero también Regreso al futuro, quien engaño a Roger Rabbit y esta comedia fantástica que aunque no llegar a alcanzar el éxito de las anteriores, parece imposible que sea considerada una obra menor contando con Meryl Streep ,Goldie Hawn y Bruce Willis como trio protagonista, además de Isabella Rosselini en un papel secundario. Centrada únicamente en los tres personajes principales, la trama toma distintos tópicos del thriller, como ese triángulo amoroso y un asesinato que sale mal, para después dar un giro hacia el fantástico y convertir al personaje mas apocado en el centro de las obsesiones e intereses de sus dos protagonistas
No hay en este caso demasiada comedia gestual, y las secuencias de la pelea post mortem entre Goldie Hawn y Meryl Streep se salda rápidamente en un par d eescenas para dar paso a la segunda parte de la trama: el personaje de Bruce Willis, motivo dela enemistad entre a ambas, se convierte en el objetivo a proteger por un interés común, pero también a quien mangonear por partida doble, algo que se dejaba entrever mediante la actitud de ambas y la caída hacia la mediocridad de este. Además de la rareza que supone el ver a Willis en un papel cómico no relacionado con el cine de acción. Y con un matita de pelo casi testimonial.
Los efectos e especiales, centrados especialmente en las escenas posteriores a la resurrección de las protagonistas, son un tanto puntuales pero han aguantado muy bien el paso del tiempo, algo parecido a los utilizados en La familia Addams en cuanto a uso y buen envejecer, pero son algo muy secundario en comparación al tema principal y su giro de guion en la parte central. Este ocupado principalmente en el conflicto de las protagonistas, obvia elementos tan interesantes como el personaje de Isabella Rosselini como anfitriona de un Beverly HIlls por el que pasean muertos ilustres como Warhol, Marilyn, Jim Morrison o el mismo Elvis, a modo de miembros de ese culto a la fama y juventud y como guiño a esa cultura popular de estrellas que vivieron rápido, murieron jóvenes y dejaron, o queremos creer, un bonito cadáver… como James Dean, a quien también posible reconocer en ese momento.
Es el tono de comedia amable el que hace que, ,pese a contar con momentos con un potencial tan hiriente como estos personajes condenados a acabar embalsamados para siempre, se queda en una puya, opuesto al final feliz ganado por ese protagonista un poco victima de las circunstancias que alcanza la inmortalidad de forma metafórica, mediante una buena vida y en la memoria de sus seres queridos (y , de una forma un tanto conservadora, mencionando como este fue padre de familia numerosa) frente a la representación de la vanidad con sus contrapartidas convertidas en poco menos que momias repintadas una y otra vez.
Esta comedia menor de Zemeckis lo es solo en comparación a sus producciones más vistosas y recordadas. Pero también es una película que aún retratando un entorno tan superficial desde su nacimiento como es Hollywood, se adelanta varios años a su tiempo, recurriendo a la fantasía para hacer mofa de una industria donde lo único que cambia son las tendencias en la cirugía estética.
Los setenta supusieron el fin del sueño americano que el cine se había esmerado en reflejar. El intento, salvo ciertas producciones, de mostrar una realidad más amable, obviando los conflictos que luchaban por salir a la superficie, daba paso a un público consciente de la violencia, tanto en el exterior, con la carnicería emitida en diferido desde Vietnam, como interior, donde el mundo alejado de los núcleos urbanos era mostrado como un entorno desconocido y peligroso. Una sensación de desengaño, desamparo, en la que ningún lugar era seguro y muchos cineastas reflejaban entonces. los perros de Paja de Peckimpah, los excursionistas en Deliverance de Boorman, pero también el cine de terror se adentraría en esa realidad, ya alejada de los monstruos clásicos, donde el horror estaba en una carretera desolada y hacía que el castillo de un vampiro europeo fuera un lugar re conocible y amable. La violencia, menos explícita de lo que se recuerda en La matanza de Texas, pero también La última casa a la izquierda de Wes Craven. También este último, mucho antes de volver al terror sobrenatural, ese escenario en el que la violencia se convierte en algo inherente al ser humano, tras la cual, la civilización es solo una capa muy fina.
Las colinas tienen ojos comienza con la llegada de una autocaravana a un paraje, camino de California, que solo puede definirse como en medio de la nada. En una ruinosa gasolinera el cabeza de una familia compuesta por un policía retirado, su mujer, sus tres hijos, su nieta y su yerno, preguntan como llegar a una antigua mina. Las recomendaciones del empleado acerca de los peligroso de atravesar una carretera en el desierto, cerca de un campo de pruebas del ejército aéreo, es ignorada y poco después, un accidente los saca de la carretera y les obliga a pasar la noche en el desierto mientras los hombres de la familia buscan ayuda. Pero durante la noche, estos son atacados por los habitantes del desierto: un clan de caníbales, que tras matar a los más ancianos, no dudan en saquear la caravana y llevarse al recién nacido. Destrozados, los supervivientes intentarán defenderse, con la misma brutalidad, , de los asesinos que han prometido regresar.
La historia está inspirada directamente en la leyenda de Sawney Bean, el patriarca de un linaje de caníbales que instalados en una cueva en una región de Escocia, mataron y devoraron a más de mil personas. Un relato de carácter mítico, que si bien parece alejarse del enfoque más crudo del terror, es abrazado directamente desde en el momento en que uno de los personajes explica el origen de los asesino que los persiguen. Cambiando la Europa del Siglo XVI por Estados Unidos en 1929, se acercan también al final de los locos 20 (y que parte de los nacidos en esa década andaban por la cincuentena en los setenta), acercan la sensación de abandono a u n escenario mucho más familiar, como esa carretera que conecta núcleos urbanos pero que parece ajena al territorio desconocido para los protagonistas, urbanitas e incapaces de defenderse fuera de la seguridad de las ciudades. Es precisamente la figura de autoridad más antigua, ex policía, el primero en ser asesinado por esa tribu de caníbales concebida como un reflejo oscuro de los personajes principales, mostrados como civilizados que, hasta el desenlace, parecen indefensos en un lugar donde todo es una amenaza, desde las temperaturas del desiertos, hasta las distancias, pasando por los animales que lo habitan.
Es precisamente el desierto uno de los mejores recursos disponibles. Un espacio abierto en el que alternan secuencias nocturnas y diurnas pudiéndose ver en estas últimas la extensión del terreno y la sensación de encontrarse ante un paisaje lunar, donde los únicos núcleos humanos son una ruinosa gasolinera y una cueva habitada por salvajes. Y en la que la única muestra de civilización, casi artificial, será esa caravana, el reflejo de un hogar tradicional que será pronto invadido y destrozado. Escenario donde la posibilidad de estar habitado parece tan improbable como amenazador, y que seguiría utilizando se años después en propuestas como Horror in the HIgh Desert.
La realización en algunos momento resulta un tanto torpe. ES una producción hija de su tiempo, donde se mantiene cierto tono de cine de guerrilla, ese metraje con grano tan reconocible de la década, y se aprecia atropellado de algunas situaciones, donde rozan un poco lo absurdo, y unos actores a veces un tanto limitados cuando se les pide un registro más allá de la violencia o el miedo (al parecer alguno venía del cine para adultos. Y no precisamente de las películas subtituladas del cineclub). Esto hace que la película tenga más valor en su conjunto de una forma similar a La matanza de Texas, e incluso a La noche de los muertos vivientes: por el uso, casi pionero, de la lejanía de la ciudad como algo hostil, y sobre todo, por esa parte crítica que se ve reflejada en el metraje. La oposición entre ambas familias (con un mismo numero de miembros y una misma figura de autoridad) casi como un doble, teniendo la violencia como nexo de unión, y el progresivo deterioro de su visión tradicional. En los primeros minutos, se suceden las pequeñas discusiones, desde el uso del lenguaje malsonante hasta una disputa sobre quien ha sido el culpable de haberse perdido. Y finalmente, el regreso a una reacción instintiva de defensa y ataque, muy similar a la de los antagonistas, que se plasma de forma descarnada en la pelea del desenlace. Este se convierte en un final abrupto, carente de cualquier epílogo y centrado únicamente en lo principal: la supervivencia.
Las colinas tienen ojos, además de una de las películas principales de Wes Craven ,es una de las más importantes dentro del terror de los setenta, además de uno de los primeros papeles de Michael Berryman, un actor, que al igual que Javier Botet años después, destaca por su particular apariencia y desarrollaría una carrera de lo más variada, no sola en el fantástico.
Hace algo más de diez años, los zombies se convirtieron en el monstruo estrella de la ficción. Los cadáveres reanimados, que habían sido una parte más del terror desde que George A. Romero popularizara sus rasgos modernos en La noche de los muertos vivientes, y a los que Danny Boyle había dotado de velocidad en 28 días después ç8aunque recordando a Enjuto Mojamuto, no son zombies sino infectados), se convirtieron durante 2010 en adelante en la criatura más popular del siglo xXI. Carente de identidad, de voluntad, e imposible de redimir a los ojos del público a diferencia de su pariente no muerto más cercano, el vampiro, reflejaban bien la incertidumbre e inseguridad de una sociedad que venía de sufrir una nueva crisis económica. Walking Dead, del comic a la serie de TV, demostraba que se podía hacer una historia sobre muertos vivientes duradera, lejos del público de nicho y los presupuestos ínfimos. Este interés se haría notar en el mundo editorial convirtiéndose la ficción zombie en un subgénero más dentro del terror. Esta semana, un poco porque parece que octubre se presta a ello, o por recordar esos años en los que no teníamos ni idea de lo que se nos venía encima, he recuperado aun par de novelas que recurren a los muertos vivientes de formas distintas cada una.
Craig Di Louie. Infection. Un virus desconocido provoca que gran parte de la población caiga en coma. Poco tiempo después, los infectados despiertan, carentes de consciencia y convertidos en depredadores que matan a todo ser vivo que encuentran para alimentarse de ellos. En medio del caos, la sociedad se desmorona y solo permanecen distintos grupos de supervivientes intentando llegar al día siguiente. Uno de tantos, formado por un ex militar, un agente de policía, un adolescente y un sacerdote, tiene más suerte que el resto y consigue llegar a uno de los pocos campos de refugiados que lo que queda del gobierno de Estados Unidos mantiene todavía en pie. Aunque en un espacio atestado de gente, donde malviven víctimas y depredadores, puede ser más peligroso que las ciudades abandonadas y llenas de cadáveres reanimados.
Primero de una trilogía no traducida al español, la novela de Di Louie establece los primeros pasos de una saga bastante rutinaria (al menos en teoría, porque no he pasado del primer libro), que utiliza los tópicos establecidos den un género que en 2011, eran ya bastante conocidos y explotados: el virus de origen desconocido, para no tener que explicar mucho, los tipos de zombies, siendo ya los corredores una categoría en sí misma, e intentando que el escenario sea algo más original, algunos zombies monstruosos, resultado de alguna mutación de esas que vienen tan bien en la ficción, pero que después de cuatro Resident Evil, los House of the Dead y un par de Dead Rising, tampoco es que sea tan original (salvo para hacernos reflexionar sobre la influencia delos videojuegos en la ficción popular reciente).
l resto transcurre por unos escenarios trillados, en este caso, ciudades y carreteras despobladas de Estados Unidos, una serie de protagonistas de distinta procedencia y características, del que alguno se quedará por el camino y el final a vierto de cara al siguiente libro de la serie. Que, debido al ritmo de la narración, se hace más que evidente que esta saga estaba pensada desde el principio.
La impresión general de este Infection es la de ser una de tantas. Casi, el equivalente zombis a la novela comprada en una estación de tren, sin que esta ofrezca nada que vaya a ser recordada un tiempo después de haber pasado la última página. Correctamente escrita, rápida de leer, sin sorpresas pero también sin nada que la convierta en algo especial o que pudiera destacar entre las decenas de novelas del estilo que se publicaban entonces.
Cherie Priest. Boneshaker.Durante los primeros años de la Guerra Civil Americana, los rumores de la existencia de minas de oro en la región del Klondike atrae no solo a quienes quieren hacer fortuna, sino a científicos deseosos de probar la eficacia de sus invenciones. Que muchos inversores demandan para poder extraer el oro del suelo congelado de Alaska. Es la primera prueba de una de estas máquinas, apodada Bonesaheker, la que provoca un terrible accidente, reduciendo Seattle a cenitas y provocando la fuga desde el subsuelo de un gas que provoca la muerte inmediata de quienes lo inhalan y su regreso como cadáver reanimado. Quince años después de que no solo se perdiera la ciudad sino innumerables vidas incluida la de Leviticus Blue, el diseñador de la máquina, Briar, la viuda de este saca adelante como puede a su hijo entre las miradas de los supervivientes que todavía recuerdan el papel de su marido en aquella catástrofe. Pero, cuando su hijo, intentando limpiar el nombre de su padre, escapa con intención de acudir a las ruinas de la ciudad, Briar debe adentrarse en un lugar permanentemente envuelto en gas tóxico, por el que no solo deambulan los cadáveres de las víctimas sino supervivientes acostumbrados a moverse en un entorno hostil.
Cuando los temas de un libro son steampunk y zombies, al menos este va a ser origina. También el haber comenzado con una catástrofe en un periodo tan poco explotado en este sentido como es el siglo XIX con lo hace, y la novela dedica bastante tiempo a desarrollar el trasfondo en el que se mueven los personajes. Este es una época de pioneros, donde las condiciones de los buscadores de oro se ven sustituidos por ese apocalipsis retro que genera un escenario muy particular, donde un accidente masivo no tiene mayores consecuencias fuera de sus fronteras pero da forma a la vida cotidiana de sus habitantes, subsistiendo en las fábricas que se han establecido, y con una estética muy particular entre el siglo XIX y las máscaras antiguas que son una parte para la supervivencia de los personajes. El resto de elementos que sirven de trasfondo son los propios del steampunk: el uso de naves voladoras, tecnología a vapor y laboratorios de diseño tan barroco como anacrónico, que son una parte más que se adopta como parte de un género con una estética muy característica.
En este sentido, la novela es más una narración steampunk, donde el escenario y el número de personajes con premisa interesante (la ciudad arrasada por un gas tóxico, capitanes de aeronaves, una princesa india que busca venganza y una tabernera con un brazo mecánico entre otros) se acaba comiendo a los principales que tienen en comparación muy poco tiempo. Estos, Briar, la protagonista, es quien tiene más peso, siendo sui hijo un poco es el Mcguffin por el que debe empezar una aventura. Aunque esta, caracterizada como una mujer fuerte y endurecida, se queda en un retrato un poco plano al ser necesario presenta runa cantidad de secundarios llamativos y a un antagonista que poco más va a salir, porque el libro, pese a ser el primero de una serie, es autoconclusivo y los siguientes transcurren en lugares y con protagonistas distintos.
Además, pese a que se defina como “steampunk y zombis”, de los últimos, poco hay. Salvo en el prólogo donde se los menciona, estos son uno d más de los peligros que pueden encontrarse en la ciudad donde transcurre gran parte de la trama. Pero apenas tienen presencia, y perfectamente podrían haber sido sustituida por cualquier otro elemento peligroso. Casi da la impresión que fueron un añadido para una novela escrita en un momento en que loa zombis pegaban fuertes y si era posible incluirlos en una obra de fantasía, adelante. Al menos, de esta puede decirse “Vine en parte por los zombies, me quedé por la locura steampunk con gases mortales, aeronaves, mad doctors con problemas de identidad y heroínas con mal carácter”.
I try to maintain a healthy dose of daydreaming to keep myself sane
Florence Welch
Estar en Babia, en las berzas, pensando en las musarañas y otras expresiones definen ese estado mental de abstracción total, casi ensoñación, en la que alguien es capaz de olvidarse de su entorno por compe.to para acabar perdido en un hilo de pensamientos o en un escenario imaginario. Que para que negarlo, seguramente sea bastante más interesante de lo que están intentando comunicar desde el exterior. La fantasía como vía de escape de lo cotidiano ha sido algo que ha a servido para impulsar gran parte de la ficción moderna (de otra forma, ¿ por qué íbamos a referirnos a un texto como “literatura de evasión”?) como para servir de base a esta. Desde don Quijote, el soñador por antonomasia, hasta Sam Lowry, perdido en un cubículo anónimo den el Brazil de Terry Gillian, la fantasí a se plantea como una alternativa al entorno gris y monótono que ha ofrecido el siglo XX, sin dejar de ser paradójico que sea precisamente el sistema económico que nos ha abocado a esta repetición y falta de sueños, el mismo que proporcione vía de escape. Precisamente una via de escape que se plantearía en una producción de los años cuarenta y que pasaría a ser una parte más del imaginario colectivo.
La vida de Walter Mitty transcurre entre su trabajo como corrector en una editorial de revistas pulp, cumplir recados para su madre, con la que sigue viviendo, las veladas con su novia y futura suegra e imaginarse, mientras tanto, como protagonista de todo tipo de aventuras, muy similares a las de las revistas en las que trabaja. Una forma de escapismo que a menudo ha sido criticado por su familia y jefe, debido a su tendencia a abstraerse. Pero un poco de fantasía no hace daño. Solo cuando una joven, muy parecida a la que él ha imaginado, le pide ayuda para custodiar un cuaderno que esconde la localización de los tesoros del gobierno holandés, ocultados a los nazis, su vida parece convertirse, por momentos, en una de las historias que a menudo imagina. Perseguido por matones, colgado de una azotea e incluso acusado de loco, Walter empieza a ser parte de una situación que ni el mismo hubiera imaginado. Y en la que pese a todo, sigue teniendo tiempo para soñar despierto.
Basada de forma un tanto libre en un relato de James Thurber, este es uno de los casos en los que la adaptación cinematográfica es más conocida y superior al material original. Esta es una comedia uy ligera, al servicio de Danny Kayye, en la que con el tiempo, prevalecería más la idea principal, hasta el punto de hablar medio en broma del síndrome de Walter Mitty, que el contendido en sí. Esta, concebida como comedia, con esos tonos tan chillones y hoy un poco irreales del tecnicolor, transcurre entre la comicidad gestual de Kaye, varios números musicales que se convierten casi en una fantasía dentro de la fantasía, Virginia Mayo como esa mujer de sus sueños que acaba convirtiéndose en algo real, más incluso que el entorno familiar que lo rodea, y la aparición de Boris Karloff como uno de los secundarios antagonistas. Este, en el papel de doctor al servicio de esa organización heredera de los expoliadores nazis, desaparecidos hace muy poco cuando la película se estrenó, sirve también como enlace con el mundo de las revistas pulp que aparecen como trasfondo, así como con los personajes que este había interpretado durante la época dorada de los monstruos de la Universal.
La trama transcurre a lo largo de varios días en la vida de su protagonista, en los que se alterna esa progresiva introducción de los imposible en lo cotidiano. Las secuencias de su partida diaria entren, la oficina, y la aparición de elementos anómalos finaliza cada vez con un fundido a negro y el comienzo de un nuevo día que reduce el uso de escenas intermedias pero también le da un carácter episódico, incluso en su desenlace en el que la película se cierra con un final feliz, casi garantizado desde el comienzo, en el que el protagonista, tras triunfar en una situación digna de novela, se enfrenta a ese entorno que, como declara en el desenlace, cuyas mentes son tan pequeñas y grises que son incapaces de apreciar cualquier atisbo de maravilla.
Una visión muy optimista y m muy blanca, que era algo de esperar en una comedia de la época, aunque esta cuente con elementos que hayan perdurado, como la fantasía como vía de escape o la ironía de trabajar en el departamento menos creativo de una empresa dedicada a vender ficción, en esta no se puede esperar una reflexión más profunda sobre ello, ni un enfoque complejo. Para algo así, Terry Gillian lo había reflejado mucho mejor, y de una forma menos esperanzadora, en Brazil. Lo que hay en este caso, es la primera aparición de este personaje, casi un arquetipo de la fantasía como vía de escape ante una situación en la que esta es la opción más viable. Pero en la que en lugar de reflejos o cambio este acaba acomodándose a los cánones del final feliz y del sueño americano: Mitty soluciona sus problemas reales “como un hombre de verdad”, a base de un puñetazo y un discurso que reafirma su identidad. Y que le lleva en el epílogo a conseguir no solo a la mujer de sus sueños sino un ascenso y el respeto de su jefe. Después de todo, su historia es otra ficción, y cabo preguntarse si este desenlace no sería también una ensoñación en la que este soluciona definitivamente su s problemas.
La vida secreta de Walter Mitty es una producción que más que por su reparto y escenas se han convertido en una idea que forma parte de la cultura popular. Y en una de esas películas y cuyo enfoque hace mucho más fácil el que sea posible un remake adaptándose al cambio de mentalidad y sociedad, como pasó en la versión de 2013 y en la que también contaba con un cómico, en este caso, Ben Stiller, como protagonista.
Una vez superados los intentos por adaptar los relatos de Lovecraft de forma literal, fue viéndose de forma cada vez más clara la viabilidad de hacer una película basada en los Mitos de Cthulhu que trasladar a imágenes el material original. En la boca del miedo resumía perfectamente esta mitología y la ficción a través de los libros de Sutter Cane. Muertos y enterrados, sin mencionar directamente a H. P. L, se considera una película lovecraftiana, e incluso rarezas como Messiah of Evil hacían del pueblecito de Point Dune y sus extraños habitantes un lugar que podría rivalizar con el propio Innsmouth. Conociendo los mecanismos, una historia original podría, en pantalla, ser tan fiel a Lovecraft como cualquiera de sus relatos, e incluso, separarse de los escenarios de Nueva Inglaterra donde había arraigado. Después de todo, el Viejo Continente tiene un trasfondo mucho más antiguos, tanto como para haber quedado restos de esas criaturas anteriores a la humanidad…idea que el director Mathieu Thuri tomaría en 2023 para una película claustrofóbica, oscura, pero también muy clásica y que traslada referencias ya conocidas por el público a un escenario menos habitual.
Las caras negras del título es el apodo con el que se conoce a los mineros en el norte de Francia: independientemente de su origen, francés, italiano, español o marroquí, como el recién llegado Amir, sus rostros adquieren la misma tonalidad negra por el carbón de las minas. Durante los años cincuenta, todavía lejos de la reconversión industrial pero también lejos de las medidas de seguridad más básicas, los trabajadores descienden cada turno sabiendo que este puede ser el último. Es al comenzar una de estas jornadas cuando al equipo de Roland, el más veterano, se unen no solo sus compañeros habituales y el novato Amir, sino un visitante fuera de lugar en el gigante complejo extractor de carbón: el profesor Berthier, quien ha pagado lo suficiente como para asegurarse que este pueda bajar a una profundidad más allá de los mil metros, saltándose incluso los ya de por si escasos sistemas de seguridad a la hora de abrir nuevos caminos subterráneos. Allí, sin más luz que la proyectada por las linternas de sus casos, encuentran restos de una tragedia minera sucedida ya hace un siglo, pero cuya fama todavía es recordada entre los trabajadores. Y también inscripciones, en un idioma desconocido, con el que le profesor parece estar familiarizado, y que le conduce a una cámara, repleta de restos humanos, mucho más antiguos que parecen guardar un gigante sarcófago. El profesor se niega a explicar cualquier cosa al equipo que lo acompaña, pero parece conocer bien a quien, o a quien, pertenecía ese santuario.
La película es una cinta de terror, muy claustrofóbica, donde el escenario, con referencias tan pulp como el material en el que se inspira, rodada de forma muy efectiva y concisa. Esta, con un escenario muy limitado por el espacio y la luz, funciona también como lo hizo The Descent en 2004…e incluso mejor, dado que las efectos especiales y la presencia inevitable de la criatura son reducidos al mínimo. El protagonismo se cede a ese escenario tan específico pero a la vez reconocible, y a esos protagonistas en los que la lógica no falla: son mineros, su trabajo es estar a kilómetros de la superficie, donde nadie con otra opción querría estar, si no se marchan, es porque un accidente ha taponado las vías de salida. De este modo, el grupo de protagonistas, de los que pocos se sabe salvo su trabajo, sirven para desarrollar un trasfondo que en un momento del pasado, pero que en ningún caso podría verse con nostalgia o como una idealización para una historia de terror. Lejos de recurrir a esos años veinte, ya centenarios, la mitad de siglo en la que transcurre el guion hace mención a las dos guerras anteriores, a los cambios que experimenta el país pero también a los que sufrirá. Pese a su carácter anecdótico (en este caso “algo oculto bajo la tierra”) tiene espacio para cierta crítica social. La selección, casi brutal, de los trabajadores marroquíes que s e lleva a cabo en los primeros minutos, ese equipo de mineros formado por las primeras oleadas de inmigración, en su mayoría, intraeuropea, tras la guerra, o el temor a la que mina cierre, bien por peligro, o bien por un descubrimiento que les haría perder el sustento. Un elemento de crítica que parece estar muy presente en el cine francés fantástico reciente, donde incluso escenarios tan de serie B como el edificio infestado de arañas de Vermines sirve para reflejar ese deterioro del París metropolitano, o en este caso, una historia de terror tradicional hace una referencia muy poco velada a lo poco que ha cambiado Europa en setenta años.
El guion, y su desarrollo, sigue un esquema muy clásico. El público sabe lo que va a su ceder desde el momento en que conoce el argumento, y este e s un poco como leer un relato de casas encantadas o de fantasmas: no inventa nada, pero seguramente funcionará y resulta en cierto modo reconfortante. Este, salvo los escasos exteriores en los que se aprovecha muy bien el contraste entre los espacios abiertos (el desierto en Marruecos y la monstruosa infraestructura exterior de la mina) y los túneles en los que se desarrolla gran parte de la trama. En muchos casos, no son más que una sucesión de pasillos y recodos, iluminados en tonos cálidos por linternas antiguas, y que incluso la cripta donde se oculta la criatura responde también ea ese diseño básico de espacio cavado entierra. No se cuenta, en todo caso, con mas ayuda que los planos muy cerrados de los actores, la labor de estos, especialmente Samuel le Bihan como minero veterano, Jean Huges-Anglade poniendo cara a ese profesor que parece haber perdido todos sus puntos de cordura (un símil inevitable porque el guion también guarda un gran parecido con cualquier aventura corta de La llamada de Cthulhu) y l a sorpresa de encontrar a Diego Martin como el barrenero español Miguel. Reparto, y escenarios tan precisos, que hacen pensar que el presupuesto podría haber sido un tanto exiguo o que este se destinó a lo que preocupaba verdaderamente a los realizadores.
Porque, en cuanto a los efectos especiales, estos se han mantenido a un nivel muy básico, incluso escaso: hay un plano completo de esa criatura prehumana, a la que no solo se le da un nombre y también se la acompaña a de una cantidad de referencia a los mitos de Cthulhu que hacen que ya no quede duda de cual era la intención. Pero esta es tan plásticos, o más bien, tan artesana y estática que se limita a ser una figura, muy deudora de los esqueletos multiarticulados de Besksinski, pero con una movilidad inexistente que se limita a menear un par de brazos y agarrar a alguna víctima…vamos, que el nuncio motivo por el que no se la evita corriendo es porque en una mina medio derrumbada, poco sitio hay para escapar.
Gueules noires es una producción muy sencilla, de corte muy clásico y muy lovecraftiano, donde no va a haber nada que sorprenda al público. Pero el uso de estos elementos, de un periodo histórico reciente y poco explotado, así como su punto, gracias a este último, de crítica social, hace que funcione y supla esa aparente falta de novedad con la capacidad de crear una historia claustrofóbica.