La persecución que durante una parte de los ochenta sufrieron la música heavy, los juegos de rol, y todo lo que pareciera remotamente divertido, si bien se ha hecho más conocido entre el público a partir de la última temporada de Stranger Things, va mucho más allá del juicio a la cultura popular alternativa. Y en muchos casos haría que Q Anon, las teorías negacionistas o nuestro Bar España parecieran hipótesis inofensivas en comparación a muchas acusaciones que surgieron a partir del descubrimiento de las sectas satánicas que operaban con impunidad en las ciudades y barrios residenciales de Estados Unidos. O al menos, eso era lo que algunos medios de comunicación y ciudadanos preocupados aseguraban. Pero esta caza de brujas moderna no empezó en el país de Reagan, sino en su vecino del norte, con la publicación de un escandaloso testimonio en el que gracias a las técnicas de regresión hipnótica , una mujer recordaba su ordalía a manos de un culto satánico en Victoria. Este, firmado por Michelle Smith y Lawrence Pazder, sería desmentido y desprestigiado años después pero también sería el punto de partida para que el equipo de un documental intentara, recopilando datos e intentando contactar con los implicados, descubrir qué sucedió realmente y como esta extraña fabulación afectaría a sus protagonistas, pero también se extendería por todo el continente.
Dirigida por Sean Harlor y Steve J. Adams, Satan Wants You recorre, a través de los implicados, de profesionales coetáneos y de investigadores actuales, la historia de este best seller presuntamente verídico y como este afectaría no solo a las vidas de sus autores y allegados, sino a la de muchos otros inocentes acusados de los crímenes más improbables. Desde el trasfondo biográfico de ambos, pasando por su participación en diversos programas de actualidad, y como estos fueron progresivamente desprestigiados por policías y profesionales médicos, la historia de Michelle es definida por uno de los entrevistados como La Paciente Cero del pánico satánico.
El documental se centra principalmente en el caso identificado como comienzo de este fenómeno social, siendo un reportaje sobre Michelle Remembers y no tanto sobre sus consecuencias. Se hará referencia, de forma somera a los cientos de testimonios que surgieron a partir de las terapias de regresión, a acusaciones como las los trabajadores de la guardería McMartin y a bulos de estructura similar que surgirían décadas después. Y que son comentados con una expresión de ironía y disgusto , casi un “ya empezamos otra vez” por parte de los testigos de esos años ochenta que se encuentran de nuevo con las conspiraciones del siglo XXI.
Sin posibilidad de contactar con la principal responsable, habiendo fallecido el doctor Pazder y su paciente y posterior esposa, Michelle, negándose a volver a la vida pública, los realizadores han contado con los testimonios más cercanos a estos: sus hermanas y la anterior familia de Pazder, quienes irán aportando datos cuyo contenido coincide en ambas versiones: los antecedentes familiares de Michelle, con la presencia de un padre alcohólico y maltratador, son posiblemente un problema más al trauma de un borto no superado, que la llevarían a buscar ayuda psicológica con la persona menos indicada, un profesional profundamente influido por sus creencias católicas y decidido a ser famoso. Las discrepancias más evidentes, y que el documental refleja dando voz a ambas partes, son las vividas por cada una. Michelle será descrita como una acosadora, mentalmente inestable, o una persona amable y creativa, pero demasiado imaginativa y ansiosa por mantener la cercanía con el prorfesional al que ha recurrido en busca de ayuda. Aunque en todo momento se mantiene este objetivo de dar voz a ambas versiones, sí que tiene mayor peso la participación de la familia Pazder, cuya ex exmujer llevaría a cabo una labor de investigación acerca de las incongruencias entre el supuesto pasado recién descubierto de Michelle y los registros oficiales.
La crónica se completa con la presencia de personas no implicadas directamente: un agente de policía y un psiquiatra quienes no solo confirman la magnitud de la paranoia social alcanzada sino la falta de profesionalidad, a nivel ético y terapéutico, de los responsables. El efecto bola de nieve se completa también con la participación de Sarah Marshall, podcaster que dedicaría un reportaje hace cuatro años al libro y al fenómeno. La aportación de estos también sirve para reflejar ese cambio en los medios de comunicación a lo largo de este tiempo: la época de los talk shows sensacionalistas frente al acceso a la información y labor de investigadores independientes…pero también la mayor facilidad para la creación y transmisión de nuevos bulos a través de estos mismos medios.
La estructura del documental se compone en su mayor parte de los testimonios de los participantes, vídeos e imágenes de archivo así cómo alguna secuencia de reconstrucción figurada de situaciones como esas posibles consultas que sirven en realidad como elemento de transición entre temas. Pero sobre todo, como trasfondo para una de las fuentes de información más importantes que el equipo pudo conseguir: las cintas de las sesiones originales que darían lugar al material para el libro. En los extractos la voz de Michelle, sollozando al borde de la histeria, sirve para confirmar las conclusiones de una producción que se ha propuesto investigar sobre qué es lo que había detrás de una fabulación que se convirtió en parte del imaginario colectivo. La voz de la paciente, así como las declaraciones de sus hermanos, abren la posibilidad de un verdadero trauma, uno ya imposible de tratar perdido entre reconstrucciones fantasiosas y el deseo de contar con la atención de su médico. Las palabras grabadas, donde se pregunta que “cómo puede ser algo parte de su memoria si esto no encaja con el resto”, sirven de cierre a un reportaje que consigue acercarse de forma muy respetuosa, a todo lo que rodeaba a esa Paciente Cero del diablo.
Volviendo a los ochenta, que es un poco mi Día de la Marmota particular, y sobre todo, a los videoclubs y películas memorables pero no tan buenas, uno de los tópicos más populares era el de las buddy movies. Una pareja de policías de lo más dispar en cuanto a métodos y actitud que debían trabajar juntos para detener al mafioso, terrorista, narcotraficante, o si habían pasado por ahí también, a los alienígenas. Porque lo de hacer mezcla de ideas un poco imposibles de y que con un poco de suerte, salieran bien tras caminar en esa fina línea entre lo que funciona y el absurdo, también era una cosa muy habitual en lo que podía estrenarse en un cine o verse entre las estanterías para alquilar. En este caso, la película de policías no solo se cruza con la ciencia ficción sino con uno de los cachas más conocidos de la década. Uno que de nuevo, sin estar en la misma línea que Schwarzenegger o Stallone, conseguiría cierta notoriedad con un par de estrenos para seguir con una carrera en la serie B bastante estable: Dolph Lundgren. Que, como era de esperar, es el policía de métodos cuestionables pero dispuesto a todo para cumplir su deber. Sin importar de qué galaxia vengan los delincuentes.
Los problemas del agente Jack Caine empiezan cuando una operación antidroga sale mal: tras perder a su compañero, el cargamento de heroína desaparece sin dejar rastro. Esta coincide con una ola de crímenes que empieza a asolar la ciudad: los cadáveres, con marcas de pinchazos, parecen haber sido víctimas de una sobredosis de heroína y de la extracción de fluido cerebral. Con la amenaza de ser definitivamente apartado del caso, a Caine le asignan un nuevo compañero: Arwood, un miembro del FBI dispuesto a acatar las normas en todo momento. Peso e a lo opuesto de sus métodos, la colaboración entre ambos los llevará a descubrir que la droga desaparecida y los crímenes perpetrados por la gigantesca figura que se mueve por las calles de Houston provocando la destrucción a su paso, están relacionados. Y que otro desconocido, cuya as armas y capacidad destructiva son muy similares a los del sospechoso, parece estar siguiendo su rastro, pero… ¿es aliado o enemigo? ¿Vendrá también en son de paz, como asegura el asesino, antes de acabar con sus víctimas?
Aunque estrenada en 1990, la película puede considerarse todavía una locura, un tanto absurda, propia de la década anterior. La trama es nada menos que una guerra de drogas a nivel espacial…¿el motivo? Ni lo exponen, ni parece importar mucho entre el desfile de premisas improbables, armas imposibles…y explosiones. Porque uno de los elementos imprescindibles de toda película de acción poco creíble son las explosiones: esta se abre con el aterrizaje del alienígena, que tras pronunciar su frase lapidaria (y a la vez, título del original de la película: I Come in Peace), comete su primer asesinato para, a continuación, emplear una de sus armas que provocará una gigantesca explosión y un incendio. Uno de esos que más as allá de ser vistoso, no tiene consecuencias, como solía pasar a todas las explosc9iones localizadas a las que recurría el cine entonces.
La trama principal, correspondientes a los personajes interpr4etados por Lundgren y Brian Benben, se mueve por el camino rutinario del cine de policías obligados a trabajar junto: héroe de acción individualista junto a un burócrata enclenque, y el interés romántico del protagonista encarnado por en una forense (Betsy Brantley), que poco más hace que quejarse de que este no le hace caso y limitarse a esperarle. Se le añaden los exteriores de la ciudad, a provechando bien el paisaje industrial y una secuencia final rodada en una factoría abandonada, sin duda unos elementos a favor para dar atmósfera a una producción que de otro modo, tendría muy pocos medios para poder reflejar ese entorno de ciudad peligrosa y asolada por el crimen que el público debería creerse.
La resolución de esta trama, en la que ambos coprotagonista consiguen detener a la amenaza saltándose las normas, es tan rutinaria como podía esperarse. No tiene mucho humor, los personajes no son especialmente carismáticos (a Lundgren por simpático no le pagan, no) y esta se limita a la sucesión de muertes, pistas, traiciones dentro del cuerpo de policía típicas, sin que estén especialmente bien narradas. En apariencia, una película no muy buena.
U no lo es, en realidad. Pero es, paradójicamente, su mezcla de ciencia ficción lo que la hace funcionar. Una premisa en la que poco más se molestan en explicar, en boca de ese otro alienígena adversario del villano, que los objetivos de este no son muy distintos a los de cualquier grupo de narcotraficantes de la tierra. Por qué este se lleva alegremente un alijo de heroína, es algo que no aparece ni planteado: solo necesitaban una justificación para que la película fuera de ciencia ficción, y ya la tienen. La presencia del villano, interpretad o por Matthias Hue, ataviado con un armamento imposible y un guardapolvo propio de un cazarrecompensas espacial, es suficiente para tener ese antagonista en la que su falta de diálogo se compensa con lo llamativo de su caracterización.
Esta mezcla entre lo policiaco y la ciencia ficción no muy trabajada no son los únicos elementos con los que cuenta la cinta. Además de armas como una pistola incendiaria o un lanzador de cds con los que el villano cuenta como arsenal extraterrestre, el guion intenta establecer una serie de pistas previa para la trama, y un paralelismo con el caso que investiga el protagonista en la primera parte del guion. La idea no sería mala, con la manda de narcotraficantes “realista” siendo eliminada por uno más peligroso. Pero esta, llamada “Los Chicos blancos” no es otra que…un grupo de ejecutivos trajeados que desarrolla sus operaciones entre reuniones empresariales y llamadas de negocios. Y el público conoce bastante de los ochenta y la cultura yuppie como para comprender lo poco creíble de la idea. Es probable que se esnifaran el alijo entero ante de que pudieran ponerlo a la venta.
Un título reconvertido al inglés, un punto de partida curioso, pero llevado de forma entre absurda, cómica y como muchas de estas producciones, un tanto entrañable: Dark Angel es una de esas buenas malas películas de los ochenta. Dloph Lundgren, en plena época de Ivan Drago y Red Scorpion, repartiendo tiros contra ejecutivos narcotraficantes y un camello del espacio. Algo tan improbable como divertido, te lo que es imposible no caer un poco en la nostalgia del cine de los ochenta. Pero no mucho. Era 1990 ya, y también es inevitable plantearse que ese alienígena, de haber aterrizado en Galicia en esos años, no hubiera durado un asalto.
Si todas las grandes capitales de Europa están en horas bajas, París es sin duda la que refleja mejor esa situación. La ciudad de la luz es hoy, si escuchamos a sus habitantes y no a la alcaldía, una megalópolis donde las ratas son un vecino más, la inseguridad es una constante diaria e n la urbe y cuyo centro sufre el mismo destino que el resto de ciudades históricas: haber quedado reducida a un parque temático para turistas que deben vigilar sus carteras, tanto por los índices de delincuencia p como por los locales donde un café au lait puede costar siete euros. La vida en el extrarradio tampoco es mucho mejor, y el paisaje de las banlieues con sus gigantescos edificios, cada vez más deteriorados (gracias Le Corbusier por tu contribución al brutalismo arquitectónico. Espero que estés cociendo ladrillos con Pedro Botero) se ha convertido en un escenario para el cine, especialmente el fantástico. Un enfoque más incómodo, pero más real, que las secuencias amables que ofrecen las comedias francesas del verano o que esas avenidas del París cuqui que nunca existió. Esos mismos edificios, esos barrios que no saldrían en ningún vídeo promocional del ayuntamiento de París, son el escenario de brotes de virus zombie, de brutales crímenes, o irónicamente, después de que la ciudad fuera vapuleada por una oleada de chinches, una plaga de arañas.
La traducción al español de Vermines adelanta lo que sucederá en el edificio de Kaleb, un joven que vive de pequeños trapicheos mientras asimila la muerte de su madre y se vuelca en su mayor obsesión desde que era niño: los terrarios. Tras descubrir que en una tienda de objetos de dudosa procedencia han comenzado a vender animales exóticos, no duda en adquirir una araña que añade a la colección de su cuarto, donde cría en distintos vivarios un tanto precarios una variedad de insectos y anfibios. Esta, tras escapar, demuestra una capacidad de supervivencia y adaptación insólita para un animal proveniente el desierto. La primera víctima de su picadura mortal es descubierta pronto, y las autoridades, temiendo la aparición de una nueva enfermedad contagiosa, declaran la cuarentena en el edificio. Kaleb, consciente de lo que ha sucedido y su responsabilidad, decide sacar a sus amigos de un inmueble en que los arácnidos des han reproducido con una facilidad pasmosa, y en el que las nuevas crías se han adaptado a este entorno desarrollando una mayor toxicidad y tamaño.
Esta es una película que podría encuadrarse dentro del cine posterior a la pandemia. Tanto en fechas como a la hora de adaptar recursos y expresiones adquiridos durante los tres años anteriores a la trama. El descubrimiento del primer cadáver es llevado a cabo por un policía que lleva una mascarilla FFP2 como parte de su atuendo, y que es señalada por los vecinos como indicios de que algo pasa. La primera reacción ante el desconocimiento de lo que sucede es establecer una cuarentena, y que pese a la indignación es acatada por los residentes, pero todas las medidas oficiales llevadas a cabo no son sino palos de ciego mientras buscan solucionar el problema. Así como el origen de la plaga que se extiende a toda velocidad, que tiene un origen externo: en este caso, el tráfico ilegal de especies desconocidas.
Este punto de partida, aparentemente anodino, se aleja mucho de recursos abiertamente fantásticos como los virus zombie o cualquier cosa que pueda deambular por las catacumbas de París. Un animal venenoso, de gran capacidad reproductiva puede convertirse en un a amenaza igual de inquietante, pero más cercana. Del mismo modo, el escenario resulta también más familiar, o al menos, no tan hostil. Lejos del edificio ruinoso habitado por delincuentes e infectados de La horde, la vivienda de los protagonista es un bloque de extrarradio más poblado, pero en vías de abandono (en la primera parte del metraje asistimos a la fiesta de despedida de una vecina) donde los trapicheos conviven con los residentes más honrados y la prevalece la conciencia de unidad entre sus habitantes ante un exterior compuesto por autoridades n las que no confía o respecto de las que se sienten abandonados. Una percepción de solidaridad que se ve pronto rota cuando la plaga se extiende, quedando el p grupo protagonista ha reducido a Kaleb, su hermana, su mejor amigo, la novia de este y uno de los vecinos, quienes en aras de la supervivencia deben abandonar a todos aquellos que pretendían salvar, y muchos de los cuales han fallecido por la picadura o están a punto de hacerlo.
A partir de este punto, la película evita con buen criterio gran parte de los tópicos del cine de invasiones: ninguno de los protagonistas descubre un ingenioso sistema para acabar con la plaga, sino que la trama principal de estos consiste en salir con vida. Del mismo modo, las referencias a las redes sociales se ven minimizadas comentando la escasa repercusión que su situación ha tenido en el exterior e incluso despacha con rapidez el tópico del secundario violento o traidor que impide la huida de estos, sacándolo de la escena en apenas unos minutos. Este plant4emiento hace que la historia resulte más original, con cierta atmósfera de cercanía, y que no se queden un “aracnofobia con franceses” al menos, lo consigue hasta su desenlace.
No sé si echarle ZZPAF o ponerlo a cocer
Si hasta entonces esta procuraba mantener cierto minimalismo, entre lo probable y lo exagera do de unos pasillo tapizados con telarañas monstruosas, en su última parte cede a las convenciones del cine de terror con invertebrados, retorciendo la excusa de la capacidad de adaptación evolutiva y acabando con esa suspensión de la credibilidad que habían podido mantener hasta entonces. El público puede creerse que una especie invasora pueda reproducirse como la plaga del título, pero cuando esta empieza a crecer en el plazo de unas pocas horas hasta alcanzar el tamaño de un centollo adulto, ya es pedir mucho..y tampoco ayuda que esta última venga acompañada por una secuencia de acción final que parece la reinterpretación francófona del dicho “matar moscas a cañonazos”.
Un desenlace bastante fuera de lugar en esos últimos minutos, y que se intenta corregir con un epílogo, más comedido en el que de nuevo, juega con la elipsis y hace referencia a esas soluciones a los que los protagonistas, salvo huir, no tienen acceso_: destruir, reconstruir, una breve referencia a una tragedia controlada, y seguir adelante.
Sin ser la película de terror del año, como parece que debe ser cada estreno, Vermines es una propuesta interesante al cine de plagas y contagios, alejándose un podo de los escenarios fantásticos más trillados y ofreciendo una visión un tanto cínica de ese París tan poco luminoso. Aunque las chinches y a no sean el problema más reciente, no es mala idea revisarla ahora que uno de los miembros del gobierno ha tenido la feliz idea de nadar en las transparentes aguas de ese Sena olímpico. Solo espero que haya tenido la prudencia de haberse vacunado.
Hubo tiempo en que la gente vigilaba el cielo con atención. El avistamiento de OVNIS, la posibilidad de contactar con visitantes de otros planetas, se mezclaban con todo tipo de teorías sobre viajes astrales, civilizaciones ancestrales incluso vida más allá de la muerte. Un conjunto de creencias que pasaría a ser una parte de más de la España de los setenta y principios de los ochenta, a veces ridículas, a veces estrafalarias, y a menudo ingenuas. Y sobre todo, una parte más , con sus luces y sombras, de la cultura popular, quizá una algo más minoritaria, de los últimos cuarenta años. Un conjunto de teorías y sobre todo, de personalidad, que aunque hoy parezcan lejanas y seguramente extintas (sustituidas por otro tipo de frikis en televisión a lo largo de los años) que Chema García Ibarra trasladaría a la actualidad, en una película que mezcla de una forma muy peculiar la creencia en lo paranormal, lo insólito. Y una serie de personajes tan extraños que cualquier a podría cruzárselos en el descansillo del edificio.
Una reportera de la televisión local de Elche acude a casa de Charo y Verónica, hija y hermana gemela de estas, y desaparecida hace más de un mes. José Manuel, hermano de Charo, pasa sus días entre el bar que regenta, cuidando de su madre aquejada de Alzheimer, ayudando a su hermana o reuniéndose en la asociación OVNI Levante, a la que pertenece junto a otros vecinos. La muerte repentina de Julio, el presidente, no solo deja a estos sin un lugar donde reunirse sino también con un vacío en sus vidas, en la que , en el caso de José Manuel, , empezará a suceder cosas extrañas. Su madre, una antigua médium, ahora carente de consciencia por su enfermedad, le previene, una y otra vez, acerca de unos ojos que la vigilan y un león que entrará en su casa. y un extraño personaje, que asegura ser la encarnación de Julio, su mentor, aparece para anunciar que su sobrina debe cump.ir un papel crucial en el destino de la humanidad.
Esta película es una de esas producciones inclasificables. Quizá misterio, quizá ciencia ficción con esa trama sobre ufología, y sobre todo, de búsqueda de algo en lo que creer, e esta está marcada por un fuerte carácter costumbrista. Aunque con un reflejo de lo cotidiano y un tipoi de personajes que casi podrían ser considerados descendientes directos del esperpento. José Manuel, su hermana, su sobrina, sus compañeros de la asociación o esas vecinas que deambulan por su bar, a veces recomendando remedios caseros, a veces haciéndose eco de noticias alarmistas, como ese pánico a “los delincuentes de Europa del Este”, son, además de extraños, tanto o más reales que los que podrían reflejarse en una película realista. Estos parecen moverse por el escenario sin saber muy bien como comportarse, sin los estallidos de emotividad que podrían esperarse de una mujer cuya hija ha desaparecido (esta se limita a aparecer en la televisión local, estoicamente, y a manifestar que “mientras trabaja, no le da vueltas a la cabeza”). Que parecen envarados y recitan, en vez de hablar, en entornos sociales como esa asociación de aficionados a la ufología formada por gente de todo tipo, cada cual más extraña. Y de la que pese a ello, es imposible reírse porque puede apreciarse la presencia de la soledad, mitigada por esos cursos del ayuntamiento y actividades vecinales que una de ellos enumera de forma mecánica.
Estos van conformando un retrato en el que esa trama sobre una niña desaparecida y la existencia de los ovnis es solo una parte más, una muy extraña, en la vida de una ciudad que se ve reflejad a través de esos anuncios y noticias que retransmite la televisión, y los planos, casi estáticos, mediante los que se refleja un entorno que parece congelado en el tiempo entre esas tomas fijas, a menudo enfocadas en personajes que aparentan no pensar en nada, con ese ruido propio del ambiente a veces, y otras, con una música de sintetizador deliberadamente anacrónica, la película parece buscar, y consigue, una atmósfera un tanto intemporal. Pero ya lejos de esa intemporalidad machacada hasta el exceso de los ochenta y noventa. Esta parece perdida en algún punto de la década del dosmil, donde la presencia de los smartphones es el único elemento moderno en un lugar que parece haber quedado congelado hace diez años, en un barrio que convive con la crisis /y a loa que recuerda esa noticia sobre las protestas sobre las trabajadoras del calzado), pero que todavía mantiene elementos que han quedado atrás. El piso, decorado con motivos egipcios, un cd de música nativa a o esa radio de diseño hortera que el protagonista utiliza en un intento de c comunicarse con el más allá.
Todo ello junto a un a fotografía muy luminosa, casi quemada, donde la iluminación refleja la luz de la zona levantina, así como los escenarios, entre edificios de barrio y tomas de exterior donde la pobreza de la vegetación sirve como excusa para, desde hacer excursiones comunales, hasta para encontrar lugares donde esconderse (reconozco que esa cantidad de luz y esos descampados con cuatro hierbajos mal contados me han recordado un poco al Vallés Occidental. El fartón de Proust).
Estos elementos hacen que sea una película muy atmosférica…pero no en el sentido al que estamos acostumbrados. Esta, a con su sensación de extrañeza y familiaridad, con unos personajes que se mueven entre lo real, lo patético, y cierto punto de comedia involuntaria deliberadamente buscada, hace que su desenlace se mantenga, pese a los giros, dentro de es realismo que por momentos roza con los límites de lo fantástico. Aunque, al igual que La mesita del comedor, es preferible no saber nada más allá de la desaparición de una niña y como afecta a la vida de sus protagonistas. Pero es posible también recordar la frase de Conan Doyle: una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.
La semana pasada con el fallecimiento de Donald Sutherland, los medios ilustraban la noticia para disgusto de muchos, con un papel tan reciente y poco representativo de su carrera como el de Coriolanus Snow en Los juegos del hambre. Un ejemplo que hace muy poca justicia al villano de Novecento, al padre atormentado de Dont´ Look Now, a uno de los últimos supervivientes de la invasión de los ultracuerpos…pero también al doctor Hawkeye en MASH, Vernon en Doce del Patíbulo…una carrera tan amplia en el tiempo como en variedad. Y aunque sus papeles en el cine fantástico fueran suficientes como para recuperar alguna de sus películas a modo de homenaje, decidí elegir algo distinto y quedarme con una bélica que si bien ese sale un poco del tono épico o dramático habitual en estas producciones, su planteamiento y reparto son suficientes como para quedarse con esta entre todas.
Los Aliados han desembarcado en Normandía, y la guerra parece a punto de terminar. Aunque la victoria no interese a los hombres del teniente Kelly, que solo quieren llegar a cualquier ciudad donde poder disfrutar de un baño, una comida caliente, y algo de diversión. Cuando tras capturar a un coronel alemán, y comprobar el poder del alcohol a la hora de extraer información del enemigo, este les revela la existencia de más de quince mil lingotes de oro almacenados en un banco de Clermont, tras las líneas enemigas, Kelly, tan cansado de la guerra como el sargento Big Joe y los solados de su pelotón, planean aprovechar los recursos de esta para llegar hasta la ciudad y hacerse con el oro. Aunque para llevarlo a cabo sea necesario contar con la ayuda, además de repartir el botín, de Crapgame, el sargento de aprovisionamiento, y Oddball, el excéntrico comándate de un tanque Sherman que dará el apoyo necesario para atravesar la barrera alemana. Aunque el enemigo no es el único problema que los hombres de Kelly deberán evitar: los altos mandos estadounidenses, creyendo que la maniobra se trata de un valeroso avance de sus tropas, organizan también su llegada a la misma ciudad.
La película desarrolla de forma simultánea una trama bélica bastante simple (como todas las guerras, vaya. Que por mucha estrategia que planeen los generales, todo se reduce a “si el enemigo se mueve, le disparas”), y una sobre “heist” que gira en torno al planteamiento y ejecución del golpe. Apara ello, cualquier pretensión épica se ve anulada, haciendo que sus protagonistas sean un grupo de soldados y oficiales de rango medio, cansados de la guerra e indiferentes a esta. De ahí el irónico “héroes” de Kelly en el título original, frente a un grupo de generales más preocupados por las entradas triunfales y la simulación de liberar un país que por el bienestar de sus solados o por la propia naturaleza del conflicto. De esta forma, con la que consiguen suavizar también un tema controvertido como los expolios de guerra, hacen que el grupo protagonista genere una mayor simpatía, planteando cierta oposición entre esos altos mandos, que no pisarían jamás una zona de guerra hasta que esta haya sido debidamente desmilitarizada, y los solados de a pie, con preocupaciones mucho más cotidianas a quien les es más sencillo llegar a un acuerdo con otro soldado enemigo que con un capitán de su propio ejército.
Junto a varios de los temas comunes del cine bélico, esta sigue la estructura habitual en el cine sobre robos, donde cualquier obstáculo en la ejecución del plan se verá superado para finalmente, llevarlo a cabo con éxito. En este caso, los problemas que encontrarán los protagonista serán el ser confundidos con una unidad enemiga y atacados, cruzar un campo de minas o tener que ser más rápidos en llegar que sus propios generales.
El éxito, no solo de este atraco sui generis, sino de sus protagonistas, se debe también al reparto elegido. El trío protagonista, interpretado por Clint Eastwood, Telly Savalas y Donald Sutherland, se complementa con caras igualmente conocidas como Harry Dean Stanton o para los que vimos mucha tele en los noventa, Len Lasser (el tío de Jerry Seinfeld, para ser más exactos). Si los dos primeros interpretan a sus personajes con cierto estoicismo, entre el pragmatismo y el desengaño, el Oddball de Sutherland y su equipo es un contrapunto, más que cómico, estrafalario, donde la personalidad de este, un tanto lunática pero no carente de astucia y sus hombres, asentados en un improvisado campamento, recuerda más a la de una comuna hippy que a la de un batallón de soldados veteranos, y contrasta con la actitud más cercana al cine bélico clásico de la pareja formada por Eastwood y Savalas.
El tono aportado por Sutherland sirve también para mantener el estilo ligeramente cómico de la cinta, donde determinados momentos el retrato que hace de los solados es más una reinterpretación de la época en la que se filmó que un reflejo pretendidamente histórico: la película se estrenó en pleno conflicto con Vietnam, y aunque este evite posicionarse sobre la guerra, , transmite esa sensación de absurdo y adaptación a un medio hostil. Pero manteniendo siempre una atmósfera ligera y consciente de no ser una producción dramática. En la que incluso hay espacio para las referencias cinematográficas, como la negociación entre el trío protagonista y el soldado enemigo, que no duda en homenajear directamente al spaguetti western en el que Eastwood había actuado previamente.
Con un grupo de protagonista entre los pragmático, lo buscavidas y lo estrafalario, es inevitable, no pensar, salvando las distancia de estilo e incluso de ejército protagonista, en el batallón penitenciario sobre el que Sven hassel había escrito más de una docena de libros. Aunque Porta, Hermanito y el Legionario también fueran adaptados al cine durante los ochenta, es posible ver a estos héroes de Kelly como una versión, del otro lado, de esas batallón que también recorrió Europa en las líneas enemigas. Y que, pese a todo, también inspiraría de forma bastante evidente la última novela del escritor danés: en El comisario, los personajes abandonan toda pretensión de narrativa bélica para lanzarse, esta vez en el frente oriental, a una trama muy similar sobre un cargamento de oro almacenado en una cámara acorazada.