Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 8 de mayo de 2014

The Borderlands (2013). Grabaciones domésticas y exorcismos

El metraje encontrado es como el calzado de color negro y la mayonesa: en realidad pega con todo. Empezó con una criatura que no llegaba aaparecer en la película, se consolidó con el género de los fantasmas y lasinvestigaciones paranormales, y también ha encontrado un hueco en el tema de las posesiones. 

The Bordelands mezcla un poco de todo esto, al contar con una pareja de investigadores a sueldo de la Iglesia que se dedican a estudiar milagros y sucesos paranormales que se proclaman en iglesias de todo el mundo. En realidad su trabajo consiste en desmentirlos, porque gran parte de estos solo se tratan de fraudes por afán de notoriedad y que en muchos casos pueden poner en peligro la vida de los afectados. Esto hace que uno de los investigadores desempeñe su labor con cada vez más desengaño y menos fe, y que responda a su último encargo pensando en cómo han podido llevar a cabo el fraude. Este se encuentra en una pequeña parroquia de Inglaterra, donde se pudieron grabarse fenómenos extraños durante un bautizo. Los parroquianos parecen ser bastante hostiles a los investigadores, y el sacerdote, bastante empeñado en recuperar una iglesia que permaneció más de un siglo cerrada. Pero junto a unas grabaciones que podrían ser un montaje, cuentan también con la documentación sobre la historia de la iglesia, que parece ir mostrando un pasado bastante oscuro. 


Frente a otras películas del tema, esta cuenta con una ventaja que no esperaba: hay personajes. Y ambiente, y un trasfondo bastante interesante, aunque después no se desarrolle tanto como me hubiera gustado. Pero los primeros, a base de irlos presentando mediante planos bastante anodinos previos a la investigación, consiguen parecer algo más sólidos que en otros casos. Y aunque uno de los elementos, que es el del suceso pasado que afecta a un protagonista, sea habitual en otras obras sobre investigadores o casas encantadas, no lo es tanto en una película filmada a mano (porque en la mayor parte de los casos, no tienen tiempo). Los dos principales presentan actitudes bastante opuestas, tratándose de un no creyente bastante optimista con su trabajo, frente a alguien que pierde su fe tras el encuentro con fanáticos y casos francamente desagradables. Se le unen después un tercer personaje, que por tener menos tiempo se queda un poco en el típico personaje gruñón, e incluso un exorcista en el tramo final que me parece un poco un guiño al padre Merrin de El exorcista.

Este sitio necesita desesperadamente una limpieza y una mano de pintura

La ambientación tampoco tiene que envidiar a otras producciones que cuentan con escenarios desolados y paisanos hostiles. Las primeras secuencias sirven no solo para dar una imagen global del escenario donde se desarrolla la historia, sino para ir dando paso a conversaciones y encontronazos con habitantes del pueblo, que, sin tener nada de sobrenatural, aportan una atmósfera agobiante y recuerdan a los que podían aparecer en películas clásicas. Aunque en una versión más moderna y hooligan (es que esa gente se gasta unas bromas muy bestias). A esto se le suma la historia del lugar que, de vez en cuando, van mencionando en la investigación, mediante la lectura de un diario, que, por su contenido, implica una situación un poco lovecraftiana: no llegan a contar nada directamente, pero sí a dar a entender lo que puede existir.


 Es una lástima que la parte más interesante, respecto a la historia de la iglesia, no la aprovechen tanto: a partir de la segunda mitad, pierden demasiado tiempo yendo de un lado a otro y filmando cocinas, paredes y viajes en coche. No solo se llega a hacer pesada sino que da la impresión de que se quedaron sin guión a mitad de camino. El desenlace, aunque interesante y muy deudor de La devoradora de almas, de Robert Alexander, resulta un poco atropellado al haber escatimado en detalles acerca del trasfondo de la iglesia, quedándose en el corte de cámara habitual en estos casos.

Lo que empezó como una película muy atmosférica, acaba perdiendo un poco el rumbo con un exceso de metraje que no llega a aportar gran cosa. Y que estropea un buen final que podría haber sido redondo, de haber contado con un guión mejor estructurado. Además, tendré que ir parando una temporada con este tipo de películas. O eso, o me compro yo una cámara. 

lunes, 5 de mayo de 2014

Lecturas de mayo


De nuevo, ha pasado otro mes desde la última entrada sobre libros. Y al igual que la última vez, estos han sido cada uno de su padre y de su madre, por decirlo de algún modo: desde ciencia ficción hasta el lejano Oeste.

Thierry Rollo. La profondeur des tombes. No conocía a este autor, y hasta donde sé, no se ha traducido al castellano. Solo, por la información en general, que sus primeros libros se caracterizaban por estar ambientados en ambientes sórdidos y llenos de desesperación. En un futuro cercano, la escasez de los combustibles fósiles y la falta de previsión a la hora de encontrar otras fuentes de energía, hace que la sociedad deba volver a la minería del carbón a una escala que la revolución industrial no pudo imaginar. Las consecuencias son brutales para el medio ambiente, convirtiéndose el agua en un lujo, los coches en algo muy escaso y la humanidad se ve obligada a vivir bajo un cielo oscuro a causa del humo. El protagonista es un capataz de mina atormentado por una visión que tuvo cuando era niño: una criatura similar al cadáver de su madre le dice que debe conocer la profundidad de las tumbas. Este decide partir hacia una colonia penal en busca de su mujer y su hija, a quienes perdió hace mucho tiempo, sin más ayuda que los restos de una replicante y una hiena, resultado de la clonación de animales extintos.

La ambientación de la novela, y practicamente su primera mitad, es lo más interesante y la narración mejor conseguida: se trata de esos casos donde con unas pinceladas breves, haciendo referencia a cosas habituales para los personajes y ajenas al lector, se consigue que este se haga una idea global del mundo en que ellos viven. Además, detalles como el evidente empobrecimiento de la sociedad, el que el Euro sea la moneda corriente, y que el precio de la electricidad se haya disparado por tener que recurrir a una fuente menos eficiente, hace que a día de hoy la historia resulte mucho más inquietante que cuando se publicó en 2003.
Hay otros elementos que resultan mucho más chocantes, al entrar dentro de la parte que no se llega a aprovechar bien: temas, como los replicantes (humanoides robóticas previos al desarrollo de la clonación), o los clones de animales extintos que se utilizan en las minas, quedan, o mal aprovechados en la narración, o dan lugar a situaciones más cercanas al humor involuntario, como los primeros párrafos donde los mineros trabajan con un hipopótamo en los túneles. 

Además, la narración en general sale perdiendo: se vuelve progresivamente más absurda, como si de repente el autor se diera cuenta que no sabe cómo continuar la historia y empezara a meter todo tipo de deus ex machinas y personajes que se ponen a hablar y resuelven la trama como mejor les conviene. Igual quería reflejar la locura y desesperación en la que el protagonista se sumía, pero el resultado final fue el de que el pobre hombre acabe dando vueltas como un pollo sin cabeza.
Como historia se queda en un libro muy fallido, pero del que no puedo decir que no me haya gustado: su brevedad, y la eficiencia a la hora de describir un mundo en las últimas, es lo que lo convierte en fascinante, pese a acabar en un desenlace bastante enloquecido.


 Jim Fergus. The Last Apache Girl. Mi primera novela del oeste...relativamente. Y digo relativamente porque esta recoge, en los años treinta, los últimos enfrentamientos entre los estadounidenses y las bandas de apaches que se dedicaban al pillaje en la frontera de Mexico…no es que vaya a haber muchos sheriffs ni pistoleros rápidos. El protagonista, un adolescente huérfano, decide probar fortuna en una expedición que pretende encontrar al hijo de un hacendado, secuestrado hace unos años por los indios. En una partida formada por todo tipo de millonarios ociosos y personajes clasistas, este encontrará su sitio entre un grupo de lo más variopinto: un antiguo mayordomo, una estudiante de antropología de vuelta de todo, un anciano guerrero apache y un chico gay, completamente despreocupado acerca de su condición y encantado de escandalizar con ella a las mentes bienpensantes. El último miembro, y el decisivo para su viaje, será una chica apache a la que encuentran moribunda, encerrada en una cárcel. Pese a la dificultad para comunicarse, ella puede tener la clave para poder encontrar al niño perdido.

La primera impresión que da el libro es de tratarse de uno de esos adecuado para un club de lectura (de hecho, en muchas reseñas mencionan que lo eligieron para eso, o como lectura de verano): la ambientación es lo suficientemente llamativa para atraer a todo tipo de público, y en realidad, el tratamiento de los personajes, más bien simples, y de la cultura india, es muy superficial y pensado unicamente a favor de la narración. No se trata de algo negativo porque en realidad, esta es muy fluida y hacía tiempo que no tardaba tan poco en terminar una novela. Las descripciones son breves, hay muchos diálogos y en general, lo más importante es el mantener cierto nivel de dinamismo y llegar a un desenlace sin aburrir al lector. Conmigo ha funcionado, y ha conseguido que me interese una ambientación por la que hasta entonces, no había buscado por cuenta propia.

Esta forma de escribir también tiene una desventaja, y aquí se nota a las primeras páginas: su simpleza y su intención de alcanzar al mayor público posible se extiende hacia los personajes y su desarrollo. Muchas aspectos están contados desde un punto de vista demasiado moderno, por lo que enseguida toma partido, quejándose de una sociedad clasista en plena Depresión que, entonces, era algo relativamente aceptado. Además, algunos personajes llegan al extremo de la caricatura: Tolley, gay y orgulloso de serlo, con su armario interminable, su interés por la moda y su capacidad para llevarse bien con todos los personajes femeninos, parece sacado de una telecomedia de los noventa, y no el rebelde de los años treinta que debería ser. En menor medida, al tratarse de un secundario, el mayordomo se queda un poco en la caricatura que todos tienen en mente cuando se piensa en el servicio doméstico británico.

En cambio, el conflicto entre los blancos y apaches sale mucho mejor parado. Ahí consigue no tomar partido por nadie, y sin explayarse demasiado en la cultura indígena, consigue reflejar de una forma bastante imparcial la situación: lejos de tomar partido por los indios, o presentar un retrato idealizado, refleja una sociedad con sus propias normas, capaz de ser sanguinaria y de cometer todo tipo de atrocidades que, a su vez, son respondidas con otras por parte de las autoridades. El que un pacífico y anciano guerrero reconozca, y lamente, haber violado y asesinado, o que exista una recompensa por las cabelleras indias que se presentaran ante la policía, describe bastante bien la violencia de aquellos últimos momentos del enfrentamiento. No ha sido de lo más excesivo que he podido leer en un libro, y más teniendo reciente Juego de Tronos, pero la cercanía en el tiempo, y la buena maña que demuestra el autor en el relato, hace que resulte bastante emotivo. 

jueves, 1 de mayo de 2014

The Black Door (2001). Grabaciones domésticas, satanismo y los años treinta


A partir del estreno de El proyecto de la Bruja de Blair, el metrajeencontrado empezó a ser un género en toda regla. La una o dos películas por año que se estrenaron después del boom de 1999 dio paso a contar con un número mucho mayor en cualquier plataforma de vídeo. Por esto, y por lo olvidable que eran algunas de las que se estrenaron inmediatamente después a su inspiradora, muchas de ellas hoy son muy poco conocidas o poco interesantes, como The Saint Francisville Experiment. En otros casos, como The Black Door, tuvieron una distribución tan limitada que parece que solo hay disponibles copias dobladas o con subtítulos al castellano. 

Grabada con cámaras semiprofesionales y mezclando metrajes de distintos orígenes (desde filmaciones de los años treinta hasta vídeos domésticos), La puerta negra recoge los últimos días de un chico, ingresado en el hospital con extraños cortes en su cuerpo, y reconstruye los acontecimientos que lo llevaron hasta esa situación. No parecía que una tesis doctoral sobre el comercio fronterizo a principios de siglo fuera algo especialmente peligroso. Pero sus datos sobre un próspero empresario mexicano y su desaparición lo conducen a una grabación donde se filma el asesinato de este en un extraño ritual. Cada vez más obsesionado con la cinta, su investigación acaba girando en torno a la figura de Balsameda, la víctima del sacrificio, y sus colaboradores. Ahora, a su novia solo le queda encontrar una forma de salvarlo con la ayuda de un sacerdote y la información que conoce el último superviviente de aquella sociedad ocultista.



A diferencia de otras películas de esos años, la filmación está muy lejos de los movimientos frenéticos de cámara que caracterizaban a La bruja de Blair por motivos lógicos y que serían una característica típica del género. en su mayor parte, recurren a la filmación con un equipo para documentales y tomas fijas destinadas a los monólogos de los personajes. Incluso parte de las grabaciones domésticas, las relacionadas con el trabajo de su protagonista, se realiza de una forma parecida. El objetivo de la historia, según establecen al principio, es el registrar todo lo que sucede y sucederá a su protagonista, por lo que recurren en la medida de lo posible a un formato muy de documental. La única concesión a las secuencias más habituales son aquellas donde  se produce alguna revelación sobre el argumento o un desenlace. En estas no falta el paseo cámara en mano en alguna mansión abandonada donde puede verse alguna silueta de refilón, pero es en realidad su intención de parecer un documental la que le da verdadera atmósfera a la historia.



El mayor aporte a esta atmósfera son las grabaciones correspondientes al ritual que reproducen durante la investigación. Sin sonido original, se acompañan unicamente por la voz en off que describe lo que van llevando a cabo en la pantalla. En ellas se han invertido la mayor parte de trabajo a la hora de envejecerlas y darles un verdadero aspecto de película antigua (he visto otras más recientes donde no les salía tan bien el efecto), y donde se recoge el mayor número de referencias cinematográficas y culturales, desde el cine snuff hasta El perro andaluz de Buñuel. Puede decirse que es el plato fuerte de la película, hasta el extremo de ser lo más memorable y de poder encontrarse como pieza suelta en youtube.



Todo esto la convierte en una película muy sobria, y a la vez, muy alejada del referente que fue El proyecto de la Bruja de Blair. Si recurre al formato documental es para contar una historia con su propia entidad, desarrollando a los personajes que aparecen en la medida de lo posible. No llega a ser redondo del todo, porque en este género es muy difícil: en cierto modo, la trama principal parece que se queda en las ganas de lucirse con la filmación antigua, y las secuencias de cámara en mano resultan algo atropelladas por comparación. Pero se trata de toda una curiosidad dentro del metraje encontrado, y mucho más creativo que la media de entonces. Eso sí, no sé en qué estaban pensando cuando eligieron la música de los créditos: pocas veces he visto una canción que pegue tan poco con el tono de su película.

lunes, 28 de abril de 2014

47 Ronin (2013). Samurais para todos los públicos.


Las tradiciones orientales no son un tema muy habitual en el cine occidental, y menos de consumo. Aunque los últimos años, sí se han recogido en muchas películas los giros y características de su cine, a modo de homenaje a las “películas de chinos” de toda la vida, como El hombre delos puños de acero, o a las formas de teatro tradicional, como Bunraku. El retomar una leyenda japonesa, es una opción menos conocida. Y teniendo en cuenta los giros y particularidades de su narrativa y filosofía, mucho más arriesgado. 



47 Ronin se ha basado precisamente en una de las leyendas más populares de Japón, la de los 47 samurai que habiendo adquirido el estatus de ronin (un samurai sin amo al que servir), deciden vengar la muerte de su señor a manos de un noble rival, pese a la prohibición expresa del shogun y la pena de suicidio ritual que este, y su código de honor, les impondría. Sin embargo, la versión en cine añade no solo elementos fantásticos y una subtrama romántica, sino también a una cara conocida incluyendo como protagonista a Keanu Reeves, que interpreta a Kai, un mestizo salvado de los demonios Tengu por el señor de Ako y enamorado de la hija de este, que pese al desprecio de los samurais, aportará la ayuda y conocimientos mágicos necesarios para vengar a su amo y salvar a la chica.

 

De todos los fallos que tiene la película, el principal es no ser capaz de narrar correctamente la historia que pretende contar. Con las leyendas orientales hay un problema muy concreto, y es que estas se han planteado desde una forma de pensar muy concreta y que a menudo resulta chocante para el público ajeno a esa cultura. No es difícil superarlo si se trata de una producción oriental, con sus propios valores, y donde formas de pensar como el bushido o su sentido del honor pueden resultar mucho más comprensibles. Pero cuando del material original se conserva solo la historia y sus giros, recurriendo a la forma de filmar propia de una superproducción de las de siempre, no da buen resultado. Y todo se queda en una primera parte llena de secuencias mostrando la cultura japonesa que se hace muy lenta, una segunda algo más dinámica por ser una historieta de fantasía y lucha con una ambientación algo más exótica de lo habitual, y un desenlace, que tras haber sido narrado lo anterior de una forma muy tópica, recuerda más al Escuadrón Suicida de La vida de Brian que a un final trágico propio de la leyenda original.


Voy a hacer yo lo mismo y poner la foto de un perseonaje que casi no sale, porque era lo que más molaba de la película. 

Los elementos fantásticos también parece que salen para justificar las 3D en la que se estrenó la película. En concreto, la persecución inicial de una bestia mitológica no tiene mucho sentido más que el de recordar que esto no es Japón de verdad, sino un país fantástico con señores vestidos con kimono. Otro tanto para los orígenes de su protagonista, que sirven para justificar las secuencias en el bosque de los Tengu, o su enfrentamiento con una malvada hechicera capaz de convertirse en zorro, dragón y trapo (aunque esto último me parece un truco muy útil a la hora de limpiar). Aunque me guste el género fantástico, y vea con mucho más interés una película de este tipo que una ambientada en el Japón feudal sin más, dan demasiado la impresión de ser añadidos, y que esta funcionaría igualmente sin todas esas tramas ni efectos especiales. Además, la intención de hacerla más fantástica se nota hasta en el poster promocional: el tipo con el tatuaje de esqueletos no es ni un secundario, sino un figurante muy molón que aparece un par de minutos en una localización poco importante.

Deshonrados por las críticas, los 47 samurai deciden hacerse el harakiri con un cuchillo de postre


47 Ronin no ha sido precisamente el trabajo más lucido de Keanu Reeves. Este se limita a estar correctito y aprovechar su aspecto para justificar su presencia para como protagonista, para el público general, entre un reparto sin caras conocidas. Sus dos horas, que tampoco ha sido lo más extenso de lo que se estrena en los cines, se hacen demasiado lentas con tanto cambio de narrativa. Y sobre todo, se queda esa impresión de haber querido contar una historia ajena que no han sabido hacer suya. 

jueves, 24 de abril de 2014

Wasting Away/Zombie Town (2007). Mis amigos son unos zombies. Y no se han dado cuenta.


Zombies he visto en muchas películas, algunas bastante malas. En plena epidemia, en el futuro, en la Guerra de Secesión  y hasta en plena comedia romántica. Pero lo que nunca llegó a interesarme fue ese género en el que la historia se cuenta desde el punto de vista de los propios muertos vivientes. Puede ser interesante desde el punto de vista dramático y de dobles lecturas, como pude comprobar en el comic Pariah. O en el peor de los casos, una cosa tan aburrida y pretenciosa como la cinta de Dead Creatures. En cambio, no conocía ninguna comedia que aprovechara esta situación para darle una vuelta de tuerca al género.


En Wasting Away, la epidemia zombie empieza como cualquier otra: un experimento fallido para crear supersoldados hace que estos, en vez de rana, les salgan zombies. Pero un vertido de esta sustancia se mezcla accidentalmente con las bebidas que sirven unos chicos en un bar. Un poco después, estos empiezan a notar que la gente que les rodea se comporta de forma extraña: se mueve y habla a una velocidad vertiginosa, y los que no huyen al verlos, intentan matarlos. Un soldado les informa de lo que ha pasado, y que por algún motivo, ellos se han inmunizado a la epidemia. Claramente, hay gente afectada por el vertido, pero todavía no está muy claro. Aunque el que a ellos se les caigan los miembros según caminan, tal vez sea una pista.



Lejos de otros intentos más serios, la intención de la película es la de ser una comedia, sin más. El humor queda muy lejos de la comedia negra y más cercano al de la parodia del género, contando con todos los elementos que hoy son clásicos del género: experimentos fallidos, militares recorriendo las calles y supervivientes intentando librarse de los zombies. La diferencia es que todo esto se ve desde el punto de vista de estos últimos, que además de el no saber lo que está pasando, no son especialmente brillantes. En algunos casos, el humor es bastante grueso, y determinados protagonistas a los que han caracterizado como excesivamente cándidos, no ayudan. Hacen que las situaciones cómicas queden muy poco pulidas, o que se note que están ahí para promover una secuencia absurda. En cambio, es el protagonista militar, o que al menos se esfuerza en serlo, el más divertido de la película: no solo provoca que los personajes estén cada vez más confundidos con su situación, sino que protagoniza escenas realmente delirantes como disfrazarse de camarero mexicano en un restaurante, o sacar explicaciones de lo más peregrinas para las situaciones más obvias.



La filmación también es un homenaje al cine de zombies, desde La noche de los muertos vivientes a El regreso de los muertos vivientes. De la primera, el guiño más evidente es el utilizar el blanco y negro en todas las secuencias protagonizadas por los personajes vivos, y la trama de los militares y el vertido químico, a la segunda. Bueno, a esta y a infinidad de series B, videojuegos y algún que otro cómic, porque estas son premisas que no pueden faltar en la mayoría de historias. Incluso hay algún chiste más directo a costa de George Romero y en concreto, a costa de La tierra de los Muertos.…¡Con lo que a mí me gustó esa película! Y eso que un par de detalles también los sacaron de ahí.




La realización es lo más chocante, principalmente por lo amateur que esta resulta: las interpretaciones, en realidad, son normalitas tirando a flojas. Menos el personaje del soldado, que es el que se ocupa de la mejor parte cómica. Aunque esto tampoco es tan grave porque he visto películas donde los actores era para tirarlos a un pozo. Las cámaras y los filtros que utilizan hacen que esta quede como si fuera un corto de aficionados o como si hubieran rodado con un Iphone. Comparada con esta, producciones hechas vía crowdfunding como Iron Sky cuentan con un resultado más profesional. Claro que esta última era mucho más floja.  No debería quejarme de detalles como estos, teniendo en cuenta que las películas que más me han gustado son series B de hace treinta años con muy poquitos medios. Pero el ver una película de bajo presupuesto en plena época digital resulta un poco extraño, y cuesta acostumbrarse. Pero en el fondo, Wasting Away viene a ser lo mismo que ellas: una película muy de serie B, que sin llegar al nivel de Shaun of the Dead, resulta una comedia muy simpática. Y que fue capaz, siete años de antelación, de parodiar un género que entonces no se pensaba que llegara a alcanzar el estatus de moda cinematográfica. 

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