Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

martes, 17 de abril de 2012

Lecturas de la semana y de todo un poco.



El gato no está leyendo. Solo está pasando vergüenza ajena tras ver los últimos libros


Como Hewl está pensando en volver a escribir, y temo que la entrada sea profundamente sarcástica con mi persona (o hablará de series, que era como habíamos empezado), voy a empezar la semana con los últimos libros que han pasado por mis manos.



André Gide. Les faux monnayeurs. Aunque esta debería ir en el apartado de lecturas gabachas varias, como no me daba para la siguiente recopilación, va aquí suelta. Y aunque se trate de una de las novelas de entreguerras más importante (el ejemplar que me prestaron venía con anotaciones de algún sufrido estudiante), tampoco me ha gustado mucho..Y es que, entre el argumento, que es bastante enrevesado y tiene algunos puntos entre lo perverso (para la época) y lo absurdo, tiene una forma muy particular de escribir, que puede dar la impresión de ser un poco pagado de si mismo y no ser plato de todos los gustos, especialmente cuando incluye párrafos opinando sobre las decisiones que han tomado sus propios personajes, o el tema de “novela dentro de una novela” con el trabaja durante todo el libro.



Sarban. The sound of his horn. Con esta novela corta entramos de lleno en la ciencia ficción de entretenimiento, y en uno de los campos más explotados en los últimos cincuenta años: ¿Qué pasaría si los nazis hubieran ganado la guerra? De la respuesta no estoy muy segura, pero lo que sí es cierto es que muchos escritores se habrían quedado sin ideas manidas. En el caso de este libro, lejos de plantearse cómo sería el mundo tras cincuenta años de régimen nacionalsocialista, tira por otro de los clichés típicos del género pulp: la cacería de hombres. Porque el protagonista acaba en los dominios de un malvado alemán que en sus ratos libres se dedica a organizar partidas de caza ayudado por sus perros y una bandada de chicas-gato ligeras de ropa…sí, habéis leído bien. Está visto que uno de las imágenes más recurrentes para los otaku fue inventada hace cincuenta años. Por lo demás, hay que reconocerle que está bastante mejor que muchos pastiches del estilo escritos recientemente, y que, para que negarlo, es de esas novelitas cortas que se disfrutan cuando no se toman en serio para nada.



Martin H. Greenberg. If I were an Overlord. Todos los que hemos leído fantasía, ciencia ficción o cualquier género de evasión reconocemos al personaje de Malvado Señor del Mal, al que, por malo que sea en los correspondientes libros, ha sido explotado hasta la saciedad: desde Sauron hasta el Doctor No, pasando por el Doctor Infierno y la lista de “Cosas que no haría si fuera un Malvado señor del Mal”. Era de esperar que saliera una antología con relatos basados en este tipo de personajes. El conjunto es bastante irregular, porque entre algunos que buscan el chascarrillo (sin gracia. No todo el mundo puede ser Pratchett) hay algunos que sí mantienen bastante el tipo, e incluso alguno de los autores se atreve a escribir un relato más serio sobre el tema, aunque son los menos. Porque, a estas alturas, y con la cantidad de libros y películas, es bastante difícil que alguien se tome en serio a cualquier Señor del Mal. A menos que te llames Kim Jong Un y vivas en Corea del Norte, claro.

viernes, 13 de abril de 2012

La biblioteca municipal y las sorpresas de los expurgos



Un felino, algo menos posesivo que yo con el papel impreso

La biblioteca a la que voy es un sitio que suele sorprenderme bastante con el fondo de catálogo que se están montando, y aunque después de un tiempo ya no me llamaba la atención cualquier frikada que aparecieran en las novedades, hoy han vuelto a superarse.

Aunque por lo que sabía, es habitual que muchas bibliotecas se deshagan de libros regalándolos, y esta también tenía una mesa donde ponían sus restos, estos no eran muy interesantes: guías del sistema universitario gallego, estudios de estadística o algún libro editado por la Diputación…al menos hasta que esta mañana me encontré con una enorme pila de novelas de ciencia ficción clásica.



Bueno, no es el original, pero a estas horas no me iba a poner a hacerles fotos

Sí, habéis leído bien. Novelas de ciencia ficción clásica ¡y gratis! ¡y en tapa dura! La selección no estaba nada mal pese a que las sobrecubiertas se habían ido al cielo del papel hacía mucho, y entre algunos policiacos y uno de Graham Greene (que aunque me guste mucho, El fin de la aventura parecía bastante plomo), me acabé llevando El Hombre ilustrado de Ray Bradbury, La isla de cemento de J. G. Ballard y un mundo devastado de Brian Aldiss. Había bastante más, especialmente de este último, pero no hay que ser avaricioso y por eso se quedaron por ahí para los lectores rezagados….Bueno, en realidad no. Había más que hubiera querido llevarme, pero entre la cartera, esos tres y unos comics gordos que acababa de sacar de allí, empezaba a escorarme peligrosamente cual Costa Concordia. En situaciones como estas es cuando una agradece el tema de los ebooks, pero por si acaso, la próxima semana volveré a visitar la mesa, visto que no todo van a ser recopilaciones estadísticas.

jueves, 5 de abril de 2012

Biggles Adventures in Time (1986). Algo pasa con los británicos y los viajes en el tiempo...





Siempre digo que desde Internet, es difícil encontrarse con una película divertida por casualidad, sin tener varias toneladas de información previa…pero a veces pasa: hace unos días estaba buscando algún archivo con los libros de Biggles, una serie de aventuras sobre un aviador muy popular en Inglaterra hace la tira de años, cuando me encontré, además de las novelas, una película sobre el personaje. El título, Las aventuras de Biggles a Través del Tiempo, era un poco chocante porque hasta donde sé, el tema de los viajes temporales poco tiene que ver con él. Pero el ver que en el reparto se encontraba Peter Cushing y guardarme la película en el disco duro, fue todo lo mismo.



Sin meterse mucho en detalles, Biggles es uno de esos personajes que acaban pasando varias décadas y épocas envejeciendo muy poco, debido al carácter autoconclusivo de sus aventuras. Esto no quiere decir que sea malo: ahí tenemos a Tintin para demostrarlo. Por lo que, de sus primeras novelas de principios de siglo, como piloto en la primera guerra mundial, llegó a extenderse hasta los sesenta, y aunque seguramente hoy haya envejecido bastante mal, fue lo bastante famoso como para que tuviera su propia película en 1986, aunque enfocada de una forma muy particular: en vez de limitarse a hacer una de pilotos, hicieron una remezcla de ciencia ficción de esas que las ves y piensas que algo así solo pudo hacerse en los ochenta. Tanto por el argumento, como por el estilo de la película.



El protagonista es un yuppie americano, que, en plena campaña publicitaria de su empresa de comidas precocinadas (tal cual), empieza a viajar hacia atrás en el tiempo, viajes en los que, sin pretenderlo al principio, ayuda a un piloto inglés a escapar de sus enemigos y a conseguir unas fotos de un arma secreta alemana. Poco después, un anciano (Peter Cushing) le explica lo que está pasando…o más bien no. Porque en realidad ni los personajes, ni los espectadores, y creo que ni los propios guionistas, sabían muy bien qué demonios pasa en la película, y todo eso de los saltos temporales se queda en un mcguffin para actualizar un poco al personaje principal, y seguramente, por cuestiones de presupuesto: sale mucho más barato rodar en unos exteriores cualquiera, que ponerse a cavar trincheras y meter a unos figurantes dentro.

Aunque el punto de partida sea un sinsentido, lo más sorprendente es que la película funciona muy bien: es una historia de aventuras sin más, en la que no hacen falta personajes especialmente complejos, demasiada lógica y ni siquiera, grandes efectos especiales: con un descampado y unas lucecitas, se improvisan un escenario de la Primera Guerra Mundial que da gusto. Tampoco se complican mucho la vida a nivel de drama ni de argumento: hay héroes, hay un arma secreta, hay un villano, y todo termina en final feliz como era de esperar.



El malo de la película. Nueve de cada diez aficionados al pulp adoramos este fotograma

La sensación que dan estas Aventuras de Biggles es la de homenaje, tanto al personaje que da nombre a la película, como a las novelas de aventuras de la época: el malo es un calco del Barón Rojo y el arma secreta que aparece recuerda mucho a la tecnología un tanto absurda que se imaginaban a principios de siglo. También, vista hoy, se nota que es una película 100% de los ochenta: la banda sonora son canciones pop, y salen cosas tan propias de la época como los yuppies, las empresas de publicidad o las primeras apariciones de los platos precocinados.

En resumen, sin saber nada ni del personaje, ni de que esta película existía, me ha gustado un montón: puede que me haya dado en el punto débil de la nostalgia, pero hay que reconocerle el mérito de haber conseguido una historia muy entretenida sin necesidad de tener a treinta tíos en un ordenador generando un escenario infográfico. Y eso también tiene mérito.

miércoles, 4 de abril de 2012

Más lecturas (y más franceses) de la semana



Diseño inicial de la Torre, según Gustave Eiffel

Esta semana, vuelvo más francesa de lo habitual, y con la firme promesa de no pedir prestados más libros de los que pueda leer en un mes, y mucho menos si son dramas o biografías. Aunque reconozco que, cuando huele mínimamente a ciencia ficción, como ha sido el caso de Bernard Werber, me costó lo suyo rechazar los siguientes libros hasta terminar unos cuantos.



Yo sigo siendo más de Trífidos...


Bernard Werber. Les fourmis. Se trata de la primera novela de lo que después se convertiría en una serie. Aún no tengo muy claro si es ciencia ficción, pero es bastante probable, porque cuenta dos historias paralelas: por un lado, el descubrimiento de las investigaciones de un científico, por parte de una familia, y por otro, las aventuras que viven varias hormigas en relación a su colonia y a otros insectos. Se nota que el autor ha hecho los deberes, porque la comunicación entre las hormigas y su particular civilización está muy detalla, y al menos, intenta que estas se comporten y tengan reacciones que le corresponderían a un insecto con inteligencia y no a un humano con antenas. El final queda abierto a un posible enfrentamiento/entendimiento entre los humanos y las hormigas, y aunque la diferencia de tamaño sea considerable, estas tienen dos palabras a su favor: ácido fórmico. Y eso pica.



La portada no anuncia nada bueno

Michel del Castillo. Tanguy. A grandes rasgos, la historia de un niño exiliado a Francia durante la Guerra Civil española y su paso por lo peor de la Europa de los años cuarenta: desde un campo de concentración hasta un orfanato del Auxilio Social de vuelta a España, pasando, una vez alcanzada la mayoría de edad, por una insalubre fábrica de cementos. Aunque esta comienza con el protagonista perdiendo a su madre mientras intenta huir de la Francia Ocupada, lo último que debemos esperar del libro es otro Marco, porque al cabo de un tiempo, acaba más preocupado por sobrevivir que por buscar a ningún progenitor…y mal no hace, el chaval. Porque como libro, es bastante desesperanzador: en 180 páginas muestran cómo en época de guerra y hambre no se tiene piedad ni con los niños, y que por desgracia, los padres de la criatura también dejan bastante que desear como personas. Sin duda la peor parte se la lleva España: si el protagonista llega a reconocer que puede comprender la actitud de los guardianes en un campo de concentración, la de los curas encargados del orfanato español, bastante sádicos ellos, le resulta incomprensible. Una novela muy recomendable para esos días en los que se odia un poco más al género humano.



Cuando te encuentras a tu profesor de mayor, te da morriña. Viva la memoria selectiva

Georges Lopez. Les petits cailloux (Memorias de un profesor). Bastante más agradable que la anterior, y desde luego, todo un descanso tras la acumulación de miserias varias, son las memorias del profesor Lopez, conocido gracias al documental Être et avoir, sobre un curso escolar en una escuela unitaria de Auvernia. En realidad no es otra cosa que la vida del profesor contada por él mismo, desde la llegada de su padre a Francia (desciende de españoles. Por si el apellido llevaba a engaño), sus estudios de magisterio y sus primeros pasos como profesor suplente hasta llegar a la escuela unitaria que lo haría famoso, el rodaje del documental y su jubilación. Aunque no escatima ninguno de los problemas que hubo tras la película, como el tener que pelear por los derechos de imagen tanto para él como para los alumnos, está escrito con bastante discreción, procurando quedarse con las memorias positivas, como vacaciones o buenos maestros, y pasando de puntillas por las peores, como algún que otro profesor de su infancia o la referencia a ciertos chanchullos y enchufes a la hora de conseguir plaza en los concursos-oposición. Se vé que en todas partes cuecen habas y Francia tampoco iba a ser menos.

domingo, 1 de abril de 2012

Dylan Dog. Una de tebeos



El gato italiano solo los usa para afilarse las uñas

Algunas de las cosas buenas (pocas, con las que está cayendo) que debe tener Italia es su cantidad de comida rica en carbohidratos, algunos de los directores de cine más divertidos de los setenta y su variedad de tebeos.



Como en botica, hay de todo: desde el clásico ladrón de guante blanco sesentero, Diabolik, hasta las recientes W.I.T.C.H., que se hicieron famosas gracias a la serie de dibujos, y especialmente, la editorial Bonelli, que debe ser el equivalente al Bruguera que tuvimos en su día.

En concreto, estos últimos tienen alguna de las ofertas más grandes, centradas casi siempre en el género de aventuras y misterio, de las que llegaron a publicarse unas cuantas series en España. De ellas, la más famosa es Dylan Dog, que lleva dando vueltas desde el 85 y hasta ha tenido su propia película y todo, aunque dicen que no es muy buena. Para mi sorpresa, está hecha en Estados Unidos, y es que estos comics se venden allí bastante bien, hasta el extremo de tener portada de Mike Mignola.



El tal Dylan Dog es un investigador de lo paranormal, que debe ser la profesión más rentable a la hora de diseñar cualquier personaje: sirve para que las historias sean autoconclusivas, mantener unos pocos secundarios recurrentes, y que la gente pueda empezar la serie en cualquier número. De hecho, salvo en que aparecen los protagonistas por primera vez, y explican un poco de qué va el tema, poca diferencia hay entre El amanecer de los muertos vivientes, el primer número, y por poner un ejemplo, su vigésimo octava aventura. En cuanto a Dylan, como buen detective, se sabe que ha sido alcohólico, le gusta hacer maquetas de barcos y es vegetariano. Y que su camisa roja y americana negra es un clásico como puede serlo el sombrero de Sherlock Holmes. El resto de personajes serían Groucho, su ayudante, un imitador de los Marx que acabó creyéndose el verdadero por una amnesia, el Inspector Bloch y el ayudante de este. Como buen personaje principal, también tiene un archienemigo, el profesor Abraxas, que aparte de tener algo que ver con los zombies e ir vestido como Mortadelo, sale muy poquito y algunas veces, de refilón.



O más bien, a un cruce entre Mortadelo y Recio, el mayorista de pescados y mariscos.

Hay también otros secundarios que aparecen de vez en cuando, como la misma muerte, que en este caso, se parece un montón a la de El Séptimo sello de Bergman. Y es que una de las mayores gracias de Dylan Dog es la cantidad de referencias a actores: el protagonista es un calco de Rupert Everett, el parecido de su ayudante está bien claro, y en muchas de sus páginas han aparecido retratos de gente como Sean Connery, incluso en papeles pequeños. Tampoco faltan los guiños a la música o la literatura: muchos de los nombres de sus personajes se refieren a escritores, como Robert Bloch, y no suelen faltar las estrofas de alguna canción de heavy metal. Y aunque de momento no haya aparecido, el día en que encuentre algún personaje llamado Lovecraft o Ligotti, seré la persona más feliz del mundo.



Consiga pillar la referencia y gane una piruleta.

Pese a ser un personaje italiano, tanto Dylan Dog como sus aventuras transcurren en Londres, por aquello de la ambientación exótica y que al lector no se le hiciera raro el que el protagonista persiguiera fantasmas por las calles de Roma. O eso, o es que en el país no debe quedar ni un bicho de esos porque los ha espantado todos Berlusconi (reconozcámoslo, era un chiste demasiado bueno para dejarlo pasar). Por lo que la mayoría de sus investigaciones transcurrirán en Inglaterra, Escocia, aunque a otros países europeos no les hace asco, y los nombres de los personajes serán en su mayoría anglófonos, si bien un tanto extraños: en muchos de los cómics ha habido gente llamada Lullaby, Phoenix o Lamby, cosa que encuentro bastante divertida y le queda muy bien al cómic en cuestión.

De las investigaciones que el protagonista lleva a cabo, hay de todo, como buen detective de lo sobrenatural: zombies, fantasmas, alienígenas y hasta un pulpo gigante, aunque también es capaz de meterse en cosas más complicadas como portales dimensionales o casos de doble personalidad. Aunque la estructura en conjunto es muy simple, con la presentación del secundario que propone el caso, investigación y desenlace, esta da para mucho y las historietas son de lo más variadas: el personaje no es infalible ni tiene ningún poder especial, por lo que no cuenta más que con su inteligencia y sus colaboradores. Y aunque los monstruos tiendan a ser más o menos recientes o típicos del cine, no faltan algunos sacados de la mitología clásica, como las Gorgonas. Y también, pese a su intención de entretener, hay historias bastante buenas y que alcanzan sus buenas dosis de tensión y dramatismo: al protagonista se le ha muerto una cantidad de gente mayor de lo recomendable a lo largo de la serie, y aunque en los siguientes números nadie hace mención, en su momento, resulta bastante trágico.



Portada de Mignola y protagonista de la película americana. Creo que prefería a Rupert Everett..

El dibujo varía de un número a otro, porque excepto el guionista, Tiziano Sclavi (aunque en los últimos números trabaja otra gente), no tienen autor fijo. En la mayoría de los casos es correcta, en algunos es muy buena y consigue detalle no solo en los personajes sino en los escenarios, y en contadas ocasiones, es floja de narices, pero trabajando con unos rasgos tan esenciales, como son los parecidos de los protagonistas a actores conocidos, es fácil que los dibujantes se adapten, y el resto queda en su habilidad con el lápiz.

Para los que les guste el género fantástico y los comics, Dylan Dog tiene una ventaja añadida: entender el italiano, y con ilustraciones, es sencillo. Por no decir que las 100 páginas de cada ejemplar andan sobre 2.70 €, por lo que para cualquiera que viaje, o necesite cumplir con el regalo correspondiente, estos tebeos hacen un souvenir barato y bastante más apañado que la camiseta hortera con el coliseo dibujado.

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