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jueves, 23 de abril de 2026

La centinela (1977). Abandonad toda esperanza

 


Early this morning
When you knocked upon my door
And I said Hello, Satan,
I believe it´s time to go
Me & the Devil – Skin and Soap

Los setenta pueden considerarse una de las mejores décadas en cuanto a cine de terror. El final del sueño americano, la ´perdida del temor a  mostrar escenas más viscerales, de violencia directa, pero no tan gráficas  como las que podrían verse años después pero sí mucho más desasosegantes por su  intensidad y ese aspecto sucio provocado por el grano del metraje. Una forma de reflejarlo  no solo en cuanto al mar como algo propio de la naturaleza humana sino espiritual: es imposible  repasar los setenta sin contar con el diablo, y por extensión, la religión,  como trasfondo de varias películas. El exorcista y La profecía  siempre serán los primeros títulos que vienen a la cabeza, junto a otros, derivados del éxito de los anteriores. Pero una producción de Michael Winner, ya  a finales de los setenta,  trataba, quizá de forma no tan brillante como las anteriores, pero con un carácter muy propio, la presencia del diablo.


La centinela comienza con Alison, una  joven modelo, que busca apartamento. A pesar de una vida exitosa tanto en lo laboral como en lo personal,  esta manifiesta en varias ocasiones la necesidad de un espacio propio. Su carrera y futuro  prometedor son en realidad un momento de paz  en una vida marcada por dos intentos de suicidio  y el escándalo de su relación con un hombre casado cuya mujer fallecería en extrañas circunstancias.  En uno d ellos barrios de Nueva York, encuentra un apartamento en un edificio antiguo, donde pronto conocerá a un vecindario un tanto extraño. Desde su llegada, esta empezará a notar  que algo sucede, su salud se deteriora e incluso  empieza a dudar de su cordura: los hechos de su pasado vuelven a manifestarse en forma de flashbacks vívidos. Y el edificio, antes lleno de gente, aparece ahora vacío.


Michael Winner, responsable de Scorpio, y sobre todo, de El justiciero de la ciudad con Charles Bronson, filma una película de terror en la que su intención era, según él, conseguir  que los espectadores se revolvieran en sus asientos. No se si lo lograría  pero su Centinela, aún siendo  una  producción mucho más torpe  que  no puede compararse a nivel formal con La profecía, consiguió  revalorizarse con el tiempo y que  muchos des sus defectos se convirtieran en algo que la vuelve en una  producción tan visceral como única.


Oportunidad: precioso ático con vistas a la ría de Bilbao

Partiendo de una novel a de Jeffrey Konvitz, la trama acerca de una puerta al infierno, el  pecado capital, especialmente el suicidio y la redención, mostrada como algo  retorcido y manejado por la iglesia  a su favor. La película  busca reflejar estos elementos de una manera muy directa,  pero se lleva a cabo de forma bastante torpe.  Las primeras secuencias, con el flashback de la protagonista, muestran ya  una grotesca escena de desnudo y comida (es curioso que   para reflejar ese infierno recurran ante todo a la gula y la lujuria) que  servirán para caracterizar   de esa forma demasiado  obvia,  el carácter de la protagonista y como marca su vida posterior. Del resto  de personajes se recurre a soltar de forma brusca este pasado, como añadido rápido al trasfondo necesario para  perfilar la historia. Así, la policía parece aparecer únicamente para mencionar la acusación de  asesinato que recae sobre el novio de la protagonista y para revelar en un momento  determinado, el secreto de los inquilinos del edificio. Una trama que se desarrolla así, a golpes de revelación rápida donde se   coordinan rápidamente el trasfondo de trauma, lo sobrenatural e incluso la actuación de una rama secreta de la iglesia, un elemento  al que años después se recurriría muchas veces cuando  los guiones buscaban ese punto entre la conspiración y la idea de elegir el menor entre dos males.


Esta trama, por lo simple, lo rápido de su ejecución y por ir al grano, especialmente en cuanto a escenas de impacto, es lo que hace que sorprendentemente  funcione. Una simpleza y determinación unidas a un tono atmosférico, una fotografía típica de los setenta y el contraste entre  las secuencias de glamour neoyorkino un tanto vacío, con las más grotescas,  de terror físico en ese lugar entre ambos mundos que es el edificio donde se desarrolla la historia. Donde no solo recurren a planos contrapicados, expresiones deformadas y el uso del desnudo como elemento repulsivo, sino también a algo tan drástico como  la contratación de figurantes con deformidades reales, muy similar  al Freaks de Browning y que hace que la secuencia final, con los condenados acosando a la protagonista, resulte e una representación del más allá más mundana, real y  aterradora que  cualquier evocación del infierno realizada con medios digitales.

Hay colas para alquilar este piso, es un chollo 

Es este tono de la película, entre lo directo, lo torpe y lo onírico, lo que hace que  lo que  solo pretendía ser shock, tenga  un mayor  valor  narrativo. Pero también, el reparto de secundarios.  Si  Christina Raines cumple con una interpretación neutra y correcta, sin estridencias (además de a portar un aspecto físico donde su papel de modelo resulta creíble, y lejos de la artificiosidad  de los cánones de belleza actuales), en la película, como sucedía en otras producciones de los setenta, aparecen actores clásicos ya semirretirados en papeles menores donde aportan  cierto atractivo crepuscular. En este caso,  desde  Ava Gardner como agente inmobiliaria, John Carradine hasta caras recientes como Chris Sarandon y primeros papeles muy breves, de quienes serían famosos más tarde: Jeff Goldblum o Christopher Walken aparecen junto a  Burgess Meredith, nuestro Pingüino  del primer Batman, uno de los propietarios de la mansión de Burnt Offerings y ahora, como  uno de los inquilinos, ese anciano estrafalario, adorable e inquietante a partes iguales capaz de ofrecer una enloquecida fiesta de cumpleaños a su gata  o una posibilidad  de liberación a la protagonista, frente a la redención instrumentalizada  a su favor, que los representantes de la iglesia, esa fuerza contraria, pero ausente durante toda la trama, le ofrecen como último recurso.

La centinela es en comparación a  las dos grandes apariciones del Mal  en los setenta, una película menor, quizá más torpe, pero brillante  en su atmósfera y  en la ejecución de la sencillez de su trama. De esas películas que ganan con el tiempo tanto  por como este suaviza sus defectos formales  como por mostrar una realidad que no ha cambiado tanto: y es que la secuencia de la agente inmobiliaria justificando  precios abusivos con la coletilla de “hay cola para alquilar este piso”  resulta hoy entre familiar y deprimente. ..

Bueno, y que  por mucho que nos adviertan citando  a la Divina Comedia y lo de Abandonad toda esperanza, si en el Infierno me dejan estar con mis gatas, que me guarde un sitio Pedro Botero.

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