Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 18 de abril de 2019

Z Nation: Black Summer (2019). Quitándole la z a la serie.


Cuando el pasado año se anunció la cancelación de Z Nation, la noticia vino acompañada poco después por el anuncio de su precuela en Netflix, que a ratos parece especializada en recuperar series canceladas por el resto de televisiones pero que cuentan con una base de seguidores amplia. La historia esta vez giraría entorno al “verano negro”, del que hablaban los protagonistas de Z Nation durante la última temporada, con el inicio de la epidemia y del fin del mundo tal y como lo conocían. También se avisaba que tampoco aparecerían Doc, Murphy, 10k, Addie ni el resto de secundarios que aparecían, desaparecían o resucitaban según necesitaran los guionistas. Pero, al menos, sería una forma de poder continuar con la comedia de zombies por excelencia, ahora que Ash vs Evil Dead se había despedido para siempre.



Si y no. Black Summer sigue los pasos de un grupo de personajes durante las que parecen ser las primeras semanas de una epidemia que tres años después, se convertiría en el entorno postapocalíptico en el que los protagonistas de Z Nation viven y sobreviven. Pero ahora la situación es muy distinta, apenas hay información sobre un virus que, una vez contagiado, convierte a sus víctimas en series agresivos, muy veloces, y a los que únicamente una bala en el cerebro puede detenerlos. El ejército evacúa  diariamente las zonas donde la población civil se aloja, revisando cuidadosamente a aquellos que puedan presentar mordeduras o síntomas de la enfermedad y muchos civiles intentan, como pueden, llegar a las áreas seguras. Una mujer que intenta encontrar a su hija, un hombre que quiere hacer lo correcto en un mundo que se ha desmoronado, una joven coreana, incapaz de comunicarse en inglés y un delincuente común, que asume la personalidad de uno de los soldados, son algunas de esas personas que intentan mantenerse a salvo de los infectados, pero también de otros supervivientes que están dispuestos a hacer lo que sea para conseguir gasolina, víveres o seguir vivos.


De Z Nation se heredó un decorado muy particular, seguramente motivado por la falta de medios de la producción: el apocalipsis vacío. Esta quedaba muy lejos de las hordas de zombies que se tambaleaban en las secuencias de Walking Dead, para ser sustituidos por unos escenarios de descampados, desguaces y vertederos donde aparecían de vez en cuando unos zombies a los que se los veía venir desde muy lejos. El escenario, con Netflix, es muy parecido, aunque los desguaces y todo lo que intentaba aparentar un entorno postapocalíptico es sustituido por una serie de urbanizaciones y carreteras locales de aspecto desolado que, en realidad, quedan muy lejos de lo atestado que podían tener los primeros episodios de Fear the Walking Dead, para recordar más a las calles vacías que se veían en Channel Zero: Dream Door (donde tampoco se gastaban ni un duro en figurantes y la despoblación acabó convirtiéndose en marca de la casa). Pero, si Z Nation desde el principio supo que estaba muy lejos de Walking Dead, Black Summer también lo está de Fear, y en realidad ese aspecto vacío de los exteriores, muy parco, es solo una parte más del estilo que había acabado por establecer la serie original: figurantes escasos, escenarios amplios, y una caracterización de los zombies muy parca, limitándose a untarlos un poco con sangre de color negro y a utilizar a la versión corredora de estos: si se mueven rápido, ¡no tenemos que fijarnos en si están bien maquillados o no!

A su favor también tiene el conservar un ritmo muy rápido, que funciona  muy bien a la hora de mantener tensión en las persecuciones y en las huidas de los protagonistas. Han conseguido una serie de zombies al uso, si lo que se busca es acción y tensión. No es lenta ni va a hacerse aburrida en ningún momento, pero tampoco va a dar tiempo para desarrollar a los personajes y estos, lejos de unos cuantos rasgos característicos, son un poco el superviviente intercambiable estándar: si uno se va, saldrá otro con distintas motivaciones y habilidades. Quedan muy lejos de aquellos, un tanto estrafalarios, de los que al final de cada temporada el público acababa diciendo “si Doc se muere, abandono la serie”.

También queda muy lejos el tono de la Z Nation original. Esto es lo más chocante, ya que si bien esta empezó como la versión Asylum (esto es, eminentemente cutre y con la impresión de estar copiando otro material) de una producción de zombies, se convirtió, ante todo, en una comedia. Donde el apocalipsis parecía una cosa muy poco seria, y que tanto protagonistas como secundarios llevaban muy bien, atreviéndose a bromear y utilizar esa palabra de forma habitual. Donde a menudo los guiones eran conscientes de sus limitaciones, de la falta de medios, y que suplían teniendo muy en cuenta esta situación y sin tomarse nunca demasiado en serio unos guiones que, a veces contaban con un humor muy bien traido, y otras veces parecían haber sido escritos en medio de un colocón. Y que, en algún momento, eran capaces de provocar un disgusto al público matando a algún personaje de la forma más dramática posible, y también inesperada después de un tono tan ligero. Porque en el fondo, era imposible no encontrarle la gracia a aquel grupo de personajes desquiciados.

Black Summer, salvo el anunciarse como precuela de Z Nation, nada tiene que ver con esto: no hay sitio para un tono cómico, y el guión lo evita en todo momento. Tanto, que la serie en realidad recuerda más a 28 días después, a Dawn of the Dead o a Dead Set que a la  que continúa. No es una mala serie, sin embargo: da lo que promete, que es acción, tensión y zombies. Pero en el fondo, no tiene mucho sentido ampararse en el título de la original y ofrecer una producción de zombies genérica, donde no existe ni el más mínimo ápice de comicidad y poca seriedad del material cuyos derechos han adquirido.

jueves, 11 de abril de 2019

Cube (1997). El horror de Rubik



Recuerdo los noventa como una época bastante aburrida y sin buenas películas de terror…Después me acuerdo también que en esos años se estrenaron El ejército de las tinieblas, En la boca del miedo o El proyecto de la bruja de Blair y se me pasa. La idea se debía más bien a vivir en una ciudad pequeña, donde la distribución cinematográfica se limitaba a las comedias románticas y a los thrillers de mayor éxito, y donde el resto de estrenos tenían que esperar a su aparición en unos videoclubs cuyo catálogo también se estaba reduciendo a varias copias repetidas de los blockbusters recién pasados a vhs. Algunas de las que después serían mis películas favoritas las acabé viendo en el sofá de casa, y cuando una de ellas era un estreno que ni siquiera venía de Estados Unidos, la espera, desde que se anunció su salida hasta que pude encontrar una copia en vhs, fue desesperantemente larga.


Se trataba de Cube, una modesta producción canadiense cuyo argumento estaba muy alejado de las sagas slasher que se habían repetido hasta la saciedad, pero también de los argumentos sobrenaturales clásicos: un grupo de desconocidos se despiertan en una cámara, sin ninguna memoria de cómo han aparecido allí, ni por qué. La estancia, una gigantesca sala metálica dotada con seis escotillas, no parece tener más pistas que un código numérico que podría servir para distinguir las habitaciones seguras de aquellas donde se activa una trampa mortal en cuanto es ocupada. El avance de los protagonistas hacia una salida se ve dificultada por la movilidad de cada una de las estancias, que se desplazan periódicamente como si de un macabro cubo de Rubik se tratara, y de las horas que transcurren en un entorno donde la falta de comida, la deshidratación y los peores instintos de cada uno salen a la luz.
El guión, en todo momento, obvia cualquier explicación acerca del entorno y el motivo del encierro para centrarse en el interior del escenario. Los protagonistas, determinados por una serie de características, tales como un policía, una médico, un arquitecto, una matemática, un especialista en fugas y un autista, parecen haber sido elegidos por las habilidades que estos pueden aportar de cara a la superviviencia en el grupo, aunque en algún momento estas acaben volviéndose en su contra y lleven a un enfrentamiento. Lo importante, en este caso, no es descubrir por qué los protagonistas están ahí, quien los ha elegido o quien ha ordenado la construcción, sino el salir de un lugar en el que todos los factores están en contra. Aunque en un momento dado, se hable de la construcción completa, o de una pequeña parte: uno de los personajes, arquitecto, fue contratado para su diseño, aunque, ocupado por un trabajo bien remunerado, nunca llegó a plantearse quien, ni por qué, lo había encargado, y con eso se confirma que no habrá una explicación satisfactoria. La imposibilidad de poder saber por qué sucede todo, o lo que sucederá después, aporta una mayor impresión de vacío y desasosiego. Los protagonistas están ahí por el mismo motivo por el que Gregor Samsa se despertó convertido en un insecto, por el que los vagabundos esperaban a Godot o por el que Drogo vigilaba día tras día, en una fortaleza, el desierto de los tártaros.





Con una trama un tanto abstracta, centrada en el suspense y los conflictos entre personajes, sorprende que las trampas diseñadas opten por lo más sangriento. Sin entrar dentro del gore gratuito, los protagonistas deben evitar duchas de ácido, cuchillas o terminar convertidos en cubitos (lo de los poliedros regulares, en esta película, alcanza cotas de muy mala idea) por cuerdas invisibles. En un escenario, que, en realidad, siempre es el mismo: no hay, a nivel de realización, sino un único decorado completo, representando una estancia, que parece variar mediante los cambios de plano con los que los protagonistas llegan desde otra habitación, y por el cambio de iluminación, creando una serie de cuartos de distintos colores. Entre ellos, rojo, amarillo, azul o una iluminación más neutra. Este juego de luces hace que, en un golpe de humor negro, el misterioso edificio de partes móviles no sea otra cosa que un gigantesco cubo de Rubik.


En un guión basado en lo enigmático, en el diseño de un escenario, y del conflicto entre personajes, era inevitable que acabara cayendo en el giro final correspondiente: no tiene mucho sentido juntar a un grupo con una serie de habilidades determinadas, más uno incapaz de comunicarse si no es porque, sorpresa, este resulta ser el genio matemático que todos necesitaban. Revelación que llega, por desgracia para los protagonistas, demasiado tarde, y que al espectador le puede producir la impresión de tratarse de un truco bastante simple para finalizar un guión que, si bien funciona en su mayoría, el poder llegar a un desenlace satisfactorio resultaba complicado.

Los meses que transcurrieron desde la primera noticia de Cube (como para echar de menos la época anterior a internet) hasta que pude encontrar en un estante, entre una docena de copias de La amenaza fantasma, mereció la pena. En cambio, el poco tiempo que necesité para poder ver las dos secuelas que se estrenarían años después, donde intentaban a ratos, diseñar una nueva idea acerca del misterioso cubo, y a ratos, intentar dotar de una explicación a la historia a través de una secuela, no lo fue tanto.




jueves, 4 de abril de 2019

Carlos Sisi: Nigromante. Cuando los zombies te pisan el sembrado.


Hacía bastante tiempo que no encontraba, o más bien, no me acercaba a una novela con temática zombies. También es cierto que la presencia de estas se ha ido reduciendo en las novedades editoriales y que es un poco difícil seguir ofreciendo argumentos en los que muchos escritores se limitan a una formula muy escueta de “epidemia-ciudad-supervivientes”. Pero no tienen por qué desaparecer, sino adaptarse, convertirse en una presencia tangencial e incluso regresar a sus orígenes, como sería el del aparecido o resucitado. Algo que Carlos Sisi, después de una saga literaria bastante amplia de zombies, y una carrera posterior más variada, ha decidido utilizar.

El nigromante del título apenas tiene presencia si no es como una amenaza en la pequeña aldea de Entrerríos. La tierra ha empezado a morir, las cosechas escasean y el cadáver de uno de sus habitantes ha sido visto deambular por las inmediaciones de las casas. Miles Steur, el jefe, sabe que los cuchillos y las herramientas del campo poco pueden hacer contra una magia que desconocen y que proviene de una época antigua donde esta, llegó a alcanzar prodigios imposibles. Poco se conserva de entonces, si no es en boca de uno de los escasos herederos de ese conocimiento, y a quien acuden buscando una solución para salvar su hogar. Las posibilidades de lograrlo parecen muy escasas: el causante de los males es un nigromante, un hechicero capaz de resucitar a todo tipo de criaturas muertas y usarlas para su provecho. Con los no muertos avanzando hacia la aldea, un pequeño grupo de hombres decide adentrarse en las montañas e intentar detenerlo.
La historia, a grandes rasgos, se caracteriza por un argumento que, a día de hoy, no podía considerarse más simple: un hechicero, en un entorno hostil o de difícil acceso, al que los protagonistas deben encontrar, bien para solicitar su ayuda, bien para detenerlo. En este caso, sería el último, pero el desarrollo sería muy similar independientemente de las opciones narrativas: la novela es en realidad sobre el viaje de los protagonistas, siendo la situación, su entorno o incluso el villano, aspectos secundarios. En este sentido, una vez la trama principal se pone en marcha, recuerda muchísimo a El Hobbit, siendo incluso la composición del grupo protagonista muy similar: el reparto es bastante coral, teniendo más peso el personaje del jefe del aldea, aunque su presencia no llega a destacar demasiado entre el resto si no es como líder de la expedición, y siendo el resto un grupo con un par de rasgos característicos: la esposa del jefe, también como líder y aportando sentido común y prudencia, el más joven,  fascinado por la magia, el más gordo y con mejor humor, el más anciano o el viajero de profesión. Es imposible que, hacia la segunda mitad del libro estos no recuerden a cierto grupo de enanos que se dirigían a una montaña…¿Poco innovador? Puede ¿Copia? De ningún modo: estos tienen su propio mundo y su propia historia que contar, y si esta recuerda a otras previas, es por el bagaje del lector o por las influencias del escritor.

Aunque el peso de la trama recaiga sobre el viaje de los protagonistas, destaca el trabajo que se ha hecho sobre el entorno y escenario de estos. Un trabajo que podría resumirse en no detallar nada, y que funciona por eso: se habla de una aldea, de un bosque y de montañas, podría ser cualquier escenario en la literatura fantástica, pero que en realidad, es el que los protagonistas conocen, del único que se habla durante muchas páginas y que acaba convirtiéndose en el único mundo que se da a conocer al lector. El trabajo que se hace no en describir un mundo, sino en reducirlo al punto de vista que tienen los protagonistas, supone una caracterización muy interesante para estos como grupo, y que provoca un contraste bienvenido cuando uno de los secundarios introduce en su narración la existencia de otras aldeas, ciudades, o que existan idiomas distintos, recibido todo ello con asombro por parte de los personajes principales. Y que, si bien el escenario donde transcurre todo se mantiene tan reducido, y quizá genérico, sí que se le dota en conjunto de una característica propia: la historia, en principio, habla de magia, pero en las referencias a la historia del mundo en que transcurre, donde los personajes hablan de los antiguos, sus conocimientos perdidos, o las estructuras y accidentes geográficos que se conservan de esa época, es fácil que el lector reconozca un trasfondo más cercano a la ciencia ficción, o que lo vea venir desde la tercera página.

Para tratarse de una novela sobre un viaje, el mayor problema con el que cuenta Nigromante es el ritmo. El comienzo es bastante lento, es difícil tomarle el pulso a los primeros capítulos donde los personajes se dedican a reunirse, discutir e ir de un lado a otro, y necesita su tiempo, quizá más del que le correspondería, hasta que esta comience avanzar y pueda decirse que mejora, o que engancha. Podría haber uno más, no relacionado con el estilo ni la narración, sino con la decisión que el autor ha tomado para caracterizar a sus personajes: algunas criticas acentúan de forma negativa la presencia eminentemente masculina y el vocabulario que estos emplean. Personalmente, el que una aldea aislada en un mundo muy distinto, sus habitantes utilicen a menudo expresiones como “hembra” o “quejarse como una mujer” me parece, únicamente, un buen trabajo de caracterización en el que se hace evidente el pequeño mundo en que estos viven, que se va ampliado, transformado por la presencia de la amenaza que deben vencer, y de una forma de pensar que, precisamente, si se hace tan evidente durante muchos diálogos, no es sino para hacer evolucionar a los protagonistas hacia una actitud muy distinta.

jueves, 28 de marzo de 2019

Sergio S. Moran. El dios asesinado en el servicio de caballeros. Qué difícil es ser dios


Es un poco difícil entrar a una serie de novelas una vez empezadas. Bueno, al menos lo es tratándose de una saga con continuidad y creo que a nadie se le ocurriría empezar Canción de hielo y fuego desde Tormenta de Espadas. Pero sí es algo más sencillo cuando, más que una historia, lo que existe en común en cada tomo es un personaje, o el mundo en que se desarrolla. Con estas últimas, además de aportar cierta independencia entre libros, es posible encontrar un punto en el que el argumento, los protagonistas o el estilo se han pulido mucho más que en los primeros tomos.


Este ha sido también el caso de la detective Parabellum, la detective a la que conocí por su segundo libro, Los muertos no pagan IVA (hay que reconocer que, aunque solo sea por deformación profesional, el título prometía) y cuya presentación es El dios asesinado en el servicio de caballeros. Con nombres así, no es difícil suponer que su trabajo es el de investigadora de casos paranormales, pero que, como toda autónoma, un trimestre de IVA le produce más inquietud que cualquier licántropo. Un trabajo más anodino de lo que nadie podría esperar y cuya mayor dificultad, a menudo, es el mantener la naturaleza de su negocio a escondidas de su pareja. O lo era, hasta que, sin recordar como, descubre el cadáver de un dios griego se encuentra en el maletero de su coche, y que, en un mundo donde los panteones mitológicos son tan reales como los hombres lobo, los centauros, las medusas y las valkiryas, es posible que muy pronto estalle una guerra entre facciones mitológicas.

De Verónica Guerra, alias Parabellum, puede decirse a su favor que se trata de una detective muy cercana, pese a su profesión. A menudo los autores de fantasía urbana intentan crear protagonistas con los pies en la tierra, como contrapunto a su entorno, pero acaban cayendo en el cliché de los secretos ocultos y convertir a sus personajes en series únicos, con destinos y misiones que estos desconocían. La detective de Sergio S. Moran, de momento, evita esta situación con éxito, siendo más o menos una persona normal y corriente que cuenta con una familia, amigos y pareja normales, tirando a anodinos y donde solo su trabajo resulta extraordinario. Recopilar información sobre un caso, pagar a tiempo su seguro de autónomos o intentar hacer creer a su pareja que un coche destrozado ha sido cosa de un accidente en carretera y no por la embestida de un minotauro (esto último es bastante sencillo, porque el chico tiene la capacidad de atención de una polilla) son una parte de su vida tan importante como el tener las balas de plata necesarias en su arma. Verónica no es especialmente deslumbrante, ni ágil o fuerte, pero tiene la constancia y la intuición necesaria para alguien que quiera dedicarse a su trabajo. Y mucha sorna a la hora de describir su entorno, despojando a las criaturas sobrenaturales de cualquier halo de misterio o amenaza excesiva que pudieran tener.
Si el segundo libro puede ser bastante como para dar a conocer a un lector nuevo el personaje, y seguramente, para convencerlo a seguir con las aventuras de Parabellum, el primero sí adolece de algunos defectos típicos de una primera novela larga, y sobre todo, del exceso de clichés típicos de la fantasía urbana. El estilo en primera persona no sería uno, ya que precisamente la voz de la protagonista y sus apreciaciones son lo que le aportan tono y carácter a la historia, pero sí da la sensación inicial de querer transitar por caminos muy trillados. No falta un detective paranormal sin un bar habitual, y en este caso, el Rainbow´s Arse es el pub irlandés donde se reúnen todas las criaturas sobrenaturales de Barcelona. Medusas, centauros o minotauros ocultos por hechizos que los hacen pasar por humanos en cualquier entorno, y que quizá por eso, recuerda demasiado al local, un tanto trillado, donde se reunían los secundarios y habituales de la serie Lost Girl. No es un entorno que se extrañe en demasía en comparación con el bar Raimundita que la protagonista frecuentó en su segunda aventura, donde un local de barrio en el que la santa compaña y una xana se pueden tomar un café y un pincho de tortilla resulta mucho más cercano y más propio de los casos que seguirá investigando Parabellum. En cambio, resulta más convincente la trama que desarrolla posteriormente, relacionada con la mitología, la condición temporal de los dioses, y sobre todo, una vinculación bastante ingeniosa con los futbolistas y personajes televisivos que, como reflexiona Verónica, reciben una veneración que no tendría nada que envidiar a cualquier habitante del Olimpo.

El dios asesinado en el servicio de caballeros es en principio la primera de las aventuras de una detective de lo sobrenatural. Una novela con más aciertos que fallos, y a la que, si se ha conocido el personaje con posterioridad, es posible leer a modo de precuela y con la misma cantidad de diversión que sus aventuras siguientes.

jueves, 21 de marzo de 2019

Jon Padgett: El secreto de la ventriloquia. El miedo existencial en veinte sencillos pasos


Thomas Ligotti se ha tomado demasiado en serio su fama de recluso. Hace más de dos años que una búsqueda de resultados ofrece más artículos sobre él que noticias sobre su próximo, no libro, sino al menos, relato. Pero a efectos prácticos se ha ganado el puesto de autor referente y con su propia escuela de seguidores. Probablemente True Detective no habría sido lo mismo sin la sombra del autor de Detroit pululando por las esquinas.


Jon Padgett es uno de ellos. En concreto, editor de una revista dedicada a la obra del primero y además, ventrílocuo profesional. Que aunque en España  la actividad nos haga pensar en cosas tan anticlimáticas como Doña Rogelia y las galas de Noche de fiesta, esta siempre se ha percibido como algo anacrónico, de cabaret en vías de extinción, y ciertamente inquietante. Además de muy vinculado a la obsesión de Ligotti con los maniquíes y lo inanimado. Aunque, pensándolo bien, también hay algo estremecedor en aquellos interminables números de cómicos presentados por Jose Luis Moreno, pero ¡Por otros motivos!


La ventriloquia es lo que da título a la primera antología de Padgett. A partir de una afición un tanto extraña desarrolla un grupo de relatos  que, salvo por la existencia de un nexo común que anuncian en la contraportada, es difícil encontrarlo si no es avanzando entre las páginas: la ciudad de Dunnstown, El Pantano Cubierto, Kroth el estudioso y el accidente de avión sucedido hace algunos años son el transfondo de una serie de historias independientes donde las ciudades se transforman en algo irreal, los sueños en una realidad paralela de la que es difícil salir, o discernir cual es la que corresponde, y la ventriloquía, en una extraña nigromancia donde el desarrollo de la voz necesaria para animar un muñeco sirve como una herramienta para alterar el entorno. Una mezcla tan variada, y sin intención de coherencia, que se completa con textos, más que relatos, escritos como guías de meditación inspiradas directamente en Eckhart Tolle, cuyo estilo, monótono y casi hipnótico hace que un simple ejercicio de respiración se convierta en una parodia macabra.
El prólogo, donde se presenta brevemente al autor, insiste curiosamente en la ventriloquía pero no como curiosidad, sino su relación con el encontrar una voz, la propia de cada autor y que los hace únicos. Sea voz o tono, aunque también podría considerarse la falta de definición de esta como uno de los problemas de Padgett: su labor como seguidor de Ligotti todavía es muy evidente, y algunos de los relatos parecen demasiado miméticos con los de este. Apreciables, fascinantes para todos aquellos que puedan tener un interés morboso en la descripción de un paisaje extraño, pero que acaba produciendo la impresión de haber leído una imitación bien llevada, casi un fan fiction de un relato existente, y no algo propio. No es demasiado grave teniendo en cuenta que es su primera antología, y que incluso Ramsey Campbell empezó describiendo el valle del Severn e inventando sus propios primigenios antes de lanzarse a escribir por su cuenta.


Breve, quizá demasiado incluso para ser una antología, El secreto de la ventriloquía es un ejercicio interesante. Uno primerizo, pero prometedor y donde es necesaria cierta indulgencia a la hora de comenzar sus primeros relatos. Pero suficiente como para esperar con curiosidad su novela corta, todavía inédita en castellano, y con un título tan prometedor como The Broker of Nightmares.


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