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jueves, 17 de octubre de 2019

Robert Marasco: Holocausto. La casa se vende con todo y con duende

Hay una serie de lugares de los que un lector ha sacado una conclusión: es mejor mantenerse alejados. Hill House, la mansión Belasco, Malpertuis (no, espera, esa última era un poco rara pero estaba muy bien). El cine también se ha encargado de recordarlo, llevando todas estas casas y a sus desafortunados habitantes a la gran pantalla. Pero pese a lo revisitado de este tema, siempre parece quedar alguna que no es tan conocida en comparación con las anteriores, y que incluso es capaz de modernizarse con los tiempos y, en lugar de limitarse a ser un caserón siniestro, es capaz de atraer nuevas víctimas no con la promesa de un hogar, sino con algo mucho más breve: ¿quién no querría pasar unas vacaciones en una casa de ensueño a precio irrisorio?


Holocausto, el título en castellano vendría a ser ofrenda o sacrificio, y aunque hoy la acepción haya variado mucho, sigue siendo la más adecuada de Burnt Offerings, y también una suerte que hubiera sido este, y que no se hubiera terminado llamando “Vacaciones infernales” o cualquier otra traducción libre de las que se hacían. Es, también, cómo podría considerarse la condición bajo la cual la familia Rolfe consigue alquilar durante las vacaciones una mansión de ensueño por una cantidad nimia: como inquilinos, en las semanas que dure su estancia, deben encargarse de subir tres comidas diarias a la señora Allardyce, la anciana propietaria de la vivienda y que, según explican sus hijos, se niega a abandonar la casa. Con varias plantas, habitaciones, jardines, piscina y un lago, el compartir espacio con una mujer a la que no verán durante todo ese tiempo no parece un problema cuando pueden abandonar la ciudad e instalarse temporalmente en un entorno privilegiado. La oferta, demasiado buena para ser cierta, parece levantar sospechas a causa de la actitud de los hermanos Allardyce, cuyos cuchicheos, medias sonrisas e insistencia en que la casa debe ser alquilada a la gente correcta hace pensar, al menos, que estos no están muy en sus cabales. Y, cuando tras unos días en los que la rutina de la familia, especialmente de Marian, se convierte en recorrer  los pasillos de la mansión, limpiando, ordenando, y en cierto modo, en consumir energía devolviendo un ápice de vida a un caserón vacío, es probable que las sospechas fueran ciertas.


El libro, muy breve, recoge gran parte de lo que hoy se han convertido en clichés del género de casas encantadas: entre ellos, la oferta tentadora. No para adquirir una casa sino como alojamiento temporal. Un detalle que, teniendo en cuenta la tendencia en los arrendamientos de temporada en los últimos años, supone que en este momento la historia resulte más cercana de lo que podía ser en otra situación. Es lo único, y de forma involuntaria, porque el resto de elementos cotidianos que se mencionan en la historia resultan chocantes en la manera de ser presentados como algo molesto, o que pone de manifiesto los escasos recursos disponibles de los protagonistas: la esposa, para poder pagar lo que el autor da a entender como caprichos, consigue trabajos temporales con la misma facilidad con la que los abandona una vez conseguido el dinero que necesita, lo que visto hoy hace que…bueno, más que terror, por desgracia, todo parezca ciencia ficción.
El recorrido por el aspecto más anodino de la vida de los protagonistas puede hacerse un poco tedioso, pero se nota que Marasco insiste en este como manera de desarrollar una característica del personaje principal que después será de importancia en su relación con la casa, y que enseguida supone un choque frontal con su primer encuentro con la mansión y lo que sucederá después. Los Rolfe, tan normales y con problemas de día a día, encuentran un caserón propiedad de dos ancianitos que harían saltar las alarmas de cualquiera, a veces de forma demasiado evidente. Y a partir de ahí, se desarrolla un ambiente opresivo, donde se termina de desarrollar la obsesión de su protagonista con admirar todo aquello que no puede tener, y, en cierto modo, su relación con la casa se convierte en algo parecido a la adoración a una divinidad a la que, de forma mecánica, y después obsesiva, los almuerzos que se le presentan a la invisible dueña de la casa se convierten en algo parecido a ofrendas.

Holocausto es una interesante visión del tema de las casas encantadas. O no exactamente. Quizá de las casas “malvadas”, si aceptamos ese concepto para lo que no puede comprenderse, “hambrientas” también podría ser más adecuado. Una visión un tanto distinta a la que podía encontrarse en otras historias más famosas, pero igual de interesante y capaz de conseguir lo mismo que estas: la casa, lo amenazador que hay en ella, o lo extraño, solo es una forma de sacar a la luz los miedos y las obsesiones de sus habitantes.

2 comentarios:

José Miguel García dijo...

No sabía que estuviera traducida al español, pero de "Burnt Offerings" hay una película, que no está nada mal. Se tituló en nuestro país "Pesadilla diabólica" y es de 1976, no muy posterior a "La leyenda de la mansión del infierno" y "Malpertuis", con Oliver Reed como protagonista. La dirigió además Dan Curtis, un nombre famoso del terror de los años 70, aunque más por televisión que por cine. Hace mucho que no la veo, pero en su día me gustó bastante.

Renaissance dijo...

Lo estuvo, por lo visto, pero en una edición de los setenta, y que sepa, no se ha vuelto a reeditar. Sabía que existía una película, y que pese a tomarse sus licencias, el resultado es bastante bueno (tiene a favor que en realidad el libro nunca contó con un despliegue de medios espectrales como pudo tenerlo La leyenda de la mansión del infierno). El libro me ha gustado lo bastante como para animarme a ver su versión cinematográfica, y más si la producción es de una época cercana a esas dos películas. Serían las limitaciones, el estilo cinematográfico o la época, pero entonces fueron capaces de sacar unas cuantas aproximaciones al tema de las casas encantadas muy interesantes.

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