Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 27 de septiembre de 2012

Lecturas de la semana IV



Hoy tocan libros poco complicados, y de los que me gustan: horrores varios, casas encantadas, y una novela rusa de ciencia ficción que por lo visto, ha sido muy popular gracias a su videojuego.



Otro caso de portada engañosa: aquí no salen esqueletos envueltos en sudarios

Richard Matheson. La casa infernal. Esta novela sirvió de base para la película del mismo nombre, de la que incluso Matheson se encargó del guión, y se nota, porque quedó bastante bien. La historia sigue siendo la misma, con los tres parapsicólogos que investigan una casa embrujada por encargo de un millonario moribundo, y la principal diferencia con la película es que el libro se extiende un poco más a la hora de detallar a los personajes, sobre todo sus inquietudes y neuras, y sobre todo, se corta mucho menos a la hora de describir las barrabasadas del malvado Emeric Belasco y todo lo que pasó en su casa. Bueno, y esta última, también aparece mucho más detallada, llegando a transcurrir algún capítulo en dependencias como la sauna, la piscina o incluso un teatro. Pero creo que esto si no apareció fue más bien por cuestión de presupuesto. Por lo demás, el ritmo es muy ágil, lo que hace que enganche a las pocas páginas, aunque lo que seguramente haya envejecido peor es toda esa jerga de parapsicología setentera que por desgracia, se come unas cuantas páginas. Seguramente Iker Jiménez disfrutó mucho esos capítulos.

 
Dmitry Glukhovsky. Metro 2033. He tenido que copiar del google el nombre del autor, porque semejante acumulación de consonantes no estaban hechas para manos occidentales. Pero, a diferencia de su nombre, este tipo ha hecho una novela tremendamente original y entretenida. Y que para qué negarlo, le ha dado para poder vivir de rentas el resto de su vida.

En Metro 2033 se cuenta, a grandes rasgos, cómo los supervivientes de Moscú viven, tras un par de décadas, en las estaciones de metro, los únicos lugares en los que se pudieron proteger de la radiación de una guerra atómica a la que se refieren de pasada (seguramente, las cucarachas se lo estarán pasando ahí arriba). Y es que esta última no es lo más importante, porque para los habitantes del metro, lo más importante es el día a día: , es difícil sobrevivir y alimentarse bien bajo tierra, y cada estación es un estado independiente con su propia ideología, más o menos lógica o extraña, y que sospechosamente se parecen un montón a las distintas ideologías de la rusia de los últimos años: desde soviéticos trasnochados hasta neonazis, e incluso sectas de distintos tipos. No es de extrañar, porque el autor fue periodista y se nota, visto que parte de la historia se centra en las distintas teorías que cada personaje tiene sobre lo que sucede en el metro, y que el conseguir información verídica es muy difícil: los viajes de una estación a otra son peligrosos, tanto por los bandidos como por peligros desconocidos (y de paso, alguna que otra rata gigante) y mucho de lo que pasa en los lugares más lejanos se cuenta según le ha ido a los viajeros o por como les funcione la memoria.

Con todo esto, la novela está planteada con una trama de las de viaje iniciático, porque el protagonista debe abandonar su estación y entregar un mensaje acerca de unas criaturas conocidas como Negros, un tipo de mutante que ha empezado a atacar distintas estaciones. A través de los túneles irá conociendo a distintos personajes, y sobre todo, encontrándose en muchos casos, con lo peor de las teorías políticas que se han implantado en algunas estaciones. El mundo que describe el libro es bastante desolador, no habiendo más que túneles poco iluminados y peligrosos por los que desplazarse, y que los nacidos en el metro tienen los problemas de esa vida de morlock, palabra que no se cortan en utilizar en varias ocasiones: la sensibilidad a la luz y las dietas a base de hongos están a la orden del día. Además, muchos de los supervivientes empiezan a plantearse si los humanos están a punto de desaparecer, y algunos, los más místicos, creen que la fuerza de las explosiones llegó a acabar con el cielo y el infierno, por lo que no queda más que deambular por el metro cual alma en pena, literalmente.

La historia tiene un ritmo muy rápido, sin apenas descripciones más allá de contar un poco lo que puede haber por los túneles, y desde luego, es muy recomendable para cualquier aficionado al tema postapocalíptico que esté aburrido de los despliegues de armamentos y de centros comerciales típicos del género. Y aunque el escenario no sea el más optimista, sobre todo por la completa ausencia de animales exceptuando a los de cría, aparece un gato. Y todos sabemos que donde hay gatos, hay esperanza. Y generalmente, también varios juguetes tirados por el suelo y croquetas con sabor a buey y zanahoria.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Resident Evil Venganza (2012). Venganza contra el guionista es lo que clama el público


No sé si la pistola es para defenderse de los zombies, o para matar al director

Lo reconozco: las películas de Resident Evil entran en la categoría de placer culpable. Son atroces y muchas veces no tienen el más mínimo sentido, pero son tan simples que no se puede hacer otra cosa que disfrutarlas sin problemas. Además, sigo creyendo que la primera película estuvo francamente bien para lo que esperaba, y ni siquiera me pareció tan mal que pasaran de los personajes oficiales del videojuego para el guión.



Siendo una saga con cinco películas, hay algunas más flojas que otras. Pero esta quinta parte ha sido mala con avaricia, y tratándose del Resident Evil de Paul Anderson, esto ya tiene delito. Después de las dos últimas entregas donde Milla Jovovich en el papel de Alice se dedica a repartir leña y enseñar modelito por una tierra postapocalíptica, deciden darle la vuelta y volverla a encerrar en un complejo subterráneo (y de paso, que vuelva a mostrar algo de cacha, que también es todo un clásico).



El motivo es más o menos un batiburrillo de conceptos que fueron apareciendo en las anteriores entregas: el programa informático que aparecía en el primer Resident Evil ha decidido acabar con toda la vida en la tierra, ahora Albert Wesker, el antagonista de las anteriores, está de parte de los supervivientes a los que antes se dedicó a destripar o almacenar en tubos de ensayo, y la protagonista, junto a otro personaje del juego, Ada Wong en este caso, tendrán que abandonar la base submarina de Umbrella en la que se recrean continuamente distintas ciudades y distintos ataques zombie a base de clones, que también sirve para recuperar a personajes de las entregas anteriores, y de monstruos aparecidos en los correspondientes videojuegos.

Las dos tendrán que atravesar los laboratorios gigantes que representan ciudades como Moscú o Tokio (los científicos pensaron en hacer una de España, pero descubrieron que eran los políticos los que se comían a los zombies), otro equipo intentará encontrarlas para sacarlas de ahí y de paso, dejar un final abierto a la siguiente secuela. Pero el programa informático dispone de un montón de zombies y monstruos distintos que no dudará en hacer salir para acabar con ellos.

Por tener tiene un poco de todo: hay acción, muchas secuencias a cámara lenta y, debido a las escenas en las ciudades, hasta persecuciones y explosiones de coches, pero, pese a lo poco que se le pide, toda la historia es un completo sinsentido. No solo a estas alturas es ridículo que intenten presentar a un personaje con su traje de fiesta rojo con el que aparecía en el videojuego, si se supone que hace varios años que no se celebra ninguna gala. Sino que, aún haciendo un esfuerzo y pensando “es solo una película y no tiene por qué tener sentido”, resulta imposible: que haya gigantescas bases supersecretas, vale. Pero si estas no tienen otro objetivo que repetir una y otra vez escenarios pregrabados y generar clones a los que masacran de cada vez, una acaba por plantearse quien se encarga del mantenimiento y la limpieza. Además, ¿es que no han oído hablar de los recursos escasos? ¿Quién se encarga ahora de conseguir gasolina y sobre todo, confeccionar trajes?


Estarán en una base submarina, pero hay que seguir yendo divina de la muerte. Y con una abertura en la falda hasta la garganta.

El montaje de la película produce bastante sensación de ser un enorme timo: empieza con una secuencia de acción marcha atrás, para poder resumir, como suelen hacer, lo sucedido hasta entonces. Pero poco después, repiten la misma escena hacia delante, y con ello se comen más de cinco minutos de metraje. Las escenas entre un laboratorio y otro se resumen a base de montajes en los que se muestra el programa de ordenador recreando las simulaciones, lo que una vez tiene un pase, pero a la tercera, se empieza a pensar si esto no era una forma astuta de ahorrarse presupuesto. Del argumento, mejor no hablar, porque no es que se pasen por el forro lo sucedido anteriormente, sino que directamente les importa un pepino lo que les hubiera pasado a los supervivientes de la última película. Y, ¿Qué el malvado Wesker pasa de ser una alteración genética devoradora de seres humanos y ahora es el lider de la resistencia? Pues vale ¡qué facil es olvidar tras la caída de la civilización!


Esto a una película italiana de los ochenta se lo pasaba, pero hagan el favor, que hoy el cine va caro.

Pero lo peor, sin duda, han sido los zombies. Cuando se siguen estas películas por el tema que me interesa más, que son estos, se espera al menos que aparezcan unos cuantos, o que al menos, aparezcan en condiciones. De las anteriores no hubo queja, porque salían a puntapala. Pero en Resident Evil Venganza han sido sustituídos por un montón de monstruos hechos por ordenador y sacados de los videojuegos, que aparecen por ahí sacando tentáculos y similares. Los pocos que aparecen parecen directamente sacados de una película de serie Z: calvos y con traje de cortaba genérico, cosa que a Lucio Fulci se lo pasaba, pero al señor marido de Milla Jovovich, no. E incluso unas tales Plagas, también del videojuego, están pésimamente caracterizadas: no son maquillajes, son directamente máscaras planas. Pero como la cámara se mueve tanto y hay tantas cosas que explotan, seguramente los de efectos especiales contaban con que nadie se fijara. Cuanto daño han hecho los efectos digitales…

A día de hoy, con la entrada de cine cotizándose a 8.50 €, Resident Evil Venganza es una de esas películas en las que debería considerarse un robo pedir semejante cifra para entrar a verla. Menos mal que mi gata encontró una copia decente para poder pasar la tarde y matar el gusanillo hasta la siguiente entrega (que acabaré viendo, para qué engañarse). Hoy más que nunca, Dalek se ha ganado una lata de mousse de las de lujo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Y cuando Barrilete Cósmico se despertó esa mañana, descubrió que le había tocado un premio


Llevaba tiempo sin encontrarme con ningún premio qué poner en la estantería, o en este caso, en la parte inferior derecha del blog, pero Kaoru Himura-Takarai, de House of the Silent, se ha acordado de mí y me ha enviado esta notita:


Como todo premio, viene con sus correspondientes instrucciones:

1. Agradece el premio al bloguero que te lo ha entregado.
2. Pásales este premio a cinco blogueros y notifícaselo en sus blogs.
3. Copia la imagen.
4. Sé feliz con tu premio y cruza los dedos por que aquellos a los que se lo has dado lo compartan.

Y los próximos ganadores son…
Truthkills, con su sección de noticias diarias.
Vermin in the Attic, que aunque lleven tiempo sin escribir, sus reseñas de cine de serie B y Z son imprescindibles.
Imprudencia Temeraria, que debe tener una velocidad de lectura superior a la mía.
La Minomalice, por sus creaciones artísticas y su gato.
El diario de Mr. McGuffin, que también es fan del Doctor Who.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Mirror, Mirror (2012). La segunda Blancanieves del año.



Si ahora están de moda los cuentos de hadas, la palma se la ha llevado Blancanieves. Cuando la historia de la que parten, por modificaciones que se incluyan, es tan simple, dos estrenos en el mismo año y con tan poca diferencia de tiempo hacen que el tema sature bastante. Y si se es seguidor de Once Upon a Time, ni te cuento…digamos que no volveré a comer manzanas en una buena temporada.




Como suele pasar con dos películas tan parecidas en argumento, la forma de tratarlas es completamente distinta: si en Blancanieves y la Leyenda del Cazador ofrecían una historia más de fantasía, más oscura, y sobre todo, más enfocada a secuencias épicas, Mirror Mirror es la versión más cercana al cuento de hadas completamente inocente y sobre todo, a la comedia romántica. Desde un principio se nota la diferencia en el reparto, mucho más especializado en películas más bien ligeras o románticas como puede ser Julia Roberts, o una Lily Evans completamente pastelosa pero que, sinceramente, da muy bien el pego en el estilo de película y tiene más registro que la Stewart. Otro tanto para los escenarios y vestuarios, muy luminosos, llenos de bosques nevados encantadores y de castillos que parecen sacados de Disney o de una ilustración para tartas. Incluso la forma de rodar está pensada para que los escenarios realmente parezcan pequeños y mucho más irreales y de teatro que los exteriores que aparecieron en Blancanieves.


Ante la falta de liquidez, el Vaticano decide alquilar el Baldaquino de San Pedro por horas

El argumento, a grandes rasgos, viene a ser el mismo: la malvada reina usa sus malas artes para hacerse con el reino, tiene a la pobre Blancanieves encerrada hasta que decide matarla y…la principal diferencia es que esta bruja es un mucho más zorripaina y mucho menos amenazadora que la de la otra versión: el reino está completamente arruinado debido a sus fiestas y gastos en vestidos, y la única solución con la que cuenta es pillar un marido rico como hizo ya con el padre de Blancanieves...que en un principio, va a ser el principito enamorado de esta última. Si se comentaba que era imposible que Julia Roberts hiciera un papel de mala tal cual, aquí si que lo ha conseguido, pero porque se trata de una malvada muy suavizada, que machaca al resto de personajes a base de sarcasmos y berrinches, y de la que incluso sus trucos mágicos son completamente inofensivos: desde convertir a un mayordomo en cucaracha hasta confundirse de poción amorosa.


Otro tanto para los Enanitos, que pese a volver a aparecer como bandidos, son personajes completamente inofensivos y entrañables más allá de su mal humor, y cuyo trato con blancanieves es prácticamente idéntico al de la versión de Disney en los años 30 ¡Solo les falta el número musical! En general son bastante divertidos y con ellos queda muy clara la intención de este cuento: ser una comedia muy simple que adapta de una forma distinta, y un poco más moderna en cuanto a diálogos, el cuento de Blancanieves, sin siniestreces ni luchas impresionantes, que como todo, también tendrá su público que la disfruta. Pero lo más sorprendente del reparto fue, además de un príncipe un tanto soso, la aparición de Sean Bean, que poco hace, pero estoy segura que solo aceptó el papel para poder salir en una película sin tener que morirse, como le ha pasado en los últimos seis años.


Mirror Mirror es una película inocentona, edulcorada, muy simple y a veces, con unos anacronismos que chirrían demasiado incluso para ser un cuento de hadas. Pero a su favor tiene unas cuantas cosas: la estética es muy apropiada, tiene sentido del humor y basándose en un cuento, consigue atraer a un tipo de público que, si hubiera sido una comedia romántica al uso, no la habríamos visto ni borrachos (otra cosa que después de verla, nos haya gustado o no). Y sobre todo, que pese a esa tontorronería, consigue hacer un guiño a todo el tema de la manzana bastante original que, tras el tono que mantenía la película, no me había esperado. Lo peor, sin duda, es el montaje musical que aparece al final. Vale que su director sea hindú, que el público no se tome la película en serio, pero el estilo que mantiene durante la hora y media larga no daba lugar a que apareciera un baile de Bollywood salido de la nada.

 

Como dijo Sara Montiel: "¿¡Pero qué invento es este!?"

lunes, 17 de septiembre de 2012

Dredd (2012). Como dijeron los Monty Python, “¡¡Venid a ver la violencia inherente al sistema!!”


Los gatos no son muy buenos con el cosplay, pero al menos se esfuerzan

Aunque los superhéroes están funcionando muy bien en el cine, hay una parte de ellos a los que no les ha ido muy bien, al menos hasta ahora. Vengadores, Hombres Araña y Patrullas X han tenido suerte con sus versiones llenas de acción y orientadas para todos los públicos. En cambio, otros menos conocidos, o más bien, conocidos en los cómics por su carácter más violento, o no se han acordado de ellos o los primeros intentos de llevarlos al cine (de hacer una película sobre ellos, no de pagarles una entrada y comprarles palomitas, explico) fueron un verdadero desastre. Por ejemplo, Spawn todavía me da la risa cuando veo sus efectos digitales de playstation y el Juez Dredd de Stallone fue uno de los mayores desastres de la carrera del actor. Y es que, por mucho que se empeñen, es un poco difícil intentar hacer una película para todos los públicos partiendo de un personaje que es poco menos que una bestia parda.


Por suerte para este magistrado, han decidido darle otra oportunidad, con una película que se ciñe mucho más a los comics, con toda la violencia, tiros y sangre que eso implica. A grandes rasgos, el futuro de Dredd es el de una ciudad gigantesca rodeada de un desierto radiactivo (en el que según informan en el prólogo, hay hasta mutantes), y en el que las cosas no van mucho mejor dentro de la urbe: con ochocientos millones de personas, el crimen se dispara, y el cuerpo de policía se ha reconvertido en el de Jueces: agentes de la ley con las facultades de actuar como policías, jueces, jurados y sobre todo, verdugos. Uno de los más conocidos, el juez Dredd, debe acompañar a una agente novata, dotada de poderes psíquicos, en una jornada rutinaria (que suele implicar asesinatos, narcotráfico y tiroteos varios). Lo que empezó como un examen de evaluación para este personaje se convierte en algo mucho peor cuando arrestan a uno de los camellos de Ma-Ma, una de los narcotraficantes más peligrosos de la ciudad, que no dudará en sitiar el edificio hasta acabar con los protagonistas.

 

El argumento es muy autoconclusivo, porque en realidad no pasa de ser una jornada de trabajo para los protagonistas, que se acaba complicando. Más o menos, lo mismo que pudo ser en Asalto a la Comisaría del Distrito 13. No se trata de una historia ambiciosa, sino lo justito para presentar al personaje, del que no sé si habrá secuela o no, y resolver un caso en concreto como sería el del narcotráfico en un determinado bloque de edificios. Tampoco hay más información acerca del mundo en el que se mueven, y sobre todo, del personaje principal, de la que explican en el prólogo y la que proporciona la agente novata. Y precisamente esa es parte de la gracia de la película: si en los cómics Dredd es un personaje con unos rasgos muy básicos, sin un carácter conocido, su versión en cine es muy parecida: es inexpresivo, inflexible, y sobre todo, nunca se le ve sin el casco. Algo normal para el mundo de los personajes, que es un sitio violento y no solo no se sabe cuando le llega la hora a cualquiera, sino que seguramente implique un tiroteo impresionante y bastante sangre. Para la película no se han cortado mucho, han decidido pasar de una calificación para más público, y ofrecer los mismos excesos que en el comic. No es que llegue al nivel que alcanzó en su día Robocop, pero tal y como suele ser el cine de acción de los últimos años, con demasiado espectáculo de disparos y cosas que explotan, me sorprendió que decidieran por algo más drástico y en cierto modo, realista: si a alguien le disparan, o le sacuden, le duele. Y según donde le disparen, puede ser bastante desagradable a la vista.
 

Y cuando Dredd se quitó el casco y se puso el traje de salir..¡Descubrimos que era Eomer!

Cuando el protagonista es un tío que se pasa toda la película con la cabeza dentro de un casco, y más de la mitad poniendo cara de asco, es un poco difícil que la interpretación sea de Oscar, pero de nuevo, con un personaje tan peculiar, no se podía esperar otra cosa que el que realmente se parezca a su original. Además, el que decidieran conservarle el casco de marras puesto fue un punto a favor para los seguidores del comic, a los que no le hizo mucha gracia que Stallone se pasara la mitad de película anterior enseñando la jeta. Lo mejor, sin duda, ha sido ver a Lena Headey como narcotraficante, en un papel y una caracterización completamente pasado de rosca: no solo es una mala bestia que no duda en torturar al que sea, sino que en algunos momentos parece darle un poco igual lo que le pueda pasar a ella o a su banda, cosa que el guión termina por aprovechar bastante.

Con 90 minutos de metraje, ha sido una película asombrosamente corta para lo que suele ser hoy el cine de estreno en salas, pero, con la historia que cuentan, no necesitaban ni uno a mayores. Es más, alguno lo aprovecharon para hacer secuencias a cámara lenta que acaban resultando un poco cansinas, pero por suerte no se explayan mucho y el resto del guión lo compensa con creces. Puede que no sea una película de acción para todos los gustos, sino para un público muy determinado, y sobre todo, para los fans del comic, que seguramente han quedado más que contentos con esta nueva versión del Juez.

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