Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de septiembre de 2015

Maggie (2015). Cuando el resultado de juntar zombies y Schwarzenegger es inesperado


 

Los zombies, como todo monstruo, empezaron sin otra intención que la de dar miedo. Después, como tantas cosas que asustan, fueron recurso en muchas parodias del cine de terror. Y de ahí, saltaron a otros géneros: a la comedia, a la ciencia ficción y hasta se atrevieron con la comedia romántica, que ya tiene mérito. El drama, en cambio, siempre se mantuvo aparte. En parte porque muchas producciones primaba la acción, y en parte porque en obras que se toman más en serio, como Los muertos vivientes de Robert Kirkman, donde la tragedia y la muerte de los personajes está tan a la orden del día como los disparos. Por eso el hacer una película centrada únicamente en el drama de ver como un ser querido es infectado era toda una novedad. Y el que contara con Arnold Schwarzenegger como protagonista, hacía que la propuesta fuera bastante desconcertante.

 


Maggie es una chica que ha sido infectada por un virus incurable que, como muchos otros afectados, espera en una zona de cuarentena el desenlace de su enfermedad. Sin más esperanza que la de la  eutanasia antes de convertirse en un ser irracional y devorador de carne, su padre regresa con ella a su hogar donde transcurren las últimas semanas. Durante estas convivirá con los últimos días de su enfermedad, su familia, sus amigos, algunos de los cuales han sido infectados, pero también con el recelo de sus vecinos quienes creen que alguien infectado es un peligro para la comunidad.
 



De todo lo que se ha visto últimamente en el cine de zombies, esta es una de las propuestas más originales. No solo por ofrecer una visión intimista y muy alejada de los elementos típicos como los tiroteos y las multitudes de zombies, sino también por el propio planteamiento del escenario. Porque aquí zombies hay, y alguno aparece, pero Apocalipsis y caída de la civilización, ninguna. La historia comienza en realidad con una epidemia que empieza a ser controlada por las autoridades, sin que esta llegara a alcanzar las proporciones catastróficas habituales en el género. Esta queda muy bien representada al recurrir a los medios de comunicación donde los personajes y el público escucha todas las noticias relativas a las características del virus, la situación de la epidemia, cuarentenas y toques de queda. Algo que en realidad, es poco más que un trasfondo, porque la trama transcurre en una comunidad agrícola, por lo que cualquier situación violenta propia de un entorno urbano queda obviada a favor del drama entre los personajes principales.

 


El ritmo es muy lento, algo que no es extraño en un drama, pero sí puede exasperar a quien esperara una de zombies al uso. Más parecido a lo que fue Extinction en cuanto a la cercanía de los personajes, y con un trasfondo en el que en realidad, el tema del virus y los infectados no es más que un punto de partida fantástico que se usa para contar una historia realista, como tantas veces ha pasado en la ciencia ficción y la fantasía. Obviando los efectos de la enfermedad, la trama en realidad es la de enfrentar la enfermedad de un ser querido, aceptar lo inevitable, los finales dignos, e incluso el miedo al contagio: en algunos momentos, muy efectivos, da la impresión que si esta película se hubiera filmado hace 25 años, perfectamente podría ser una metáfora sobre el SIDA. Algo que el guión cuenta de una forma muy concisa, centrándose mucho en las escenas cotidianas de la protagonista y en unas secuencias con escenarios en tonos muy grises y mustios, que en cierto modo, reflejan el estado de ánimo de los personajes y de la situación en general. Pero precisamente el querer recurrir al planteamiento fantástico hace que intente mantener la brevedad de estas en todo momento, sin explayarse en planos fijos interminables como los que pude ver en muchas proyecciones similares, pero destinadas a cineclub.

 


El mayor giro que ofrece la película es la presencia de Arnold Schwarzenegger. Alguien de quien en realidad muchos esperábamos que se subiera al carro de los zombies como estrella de acción, entre explosiones, frases lapidarias y quizá algo de comedia, pero que en realidad, ofrece un papel completamente distinto: el de un padre, muy taciturno, e incluso mucho más breve de lo que se esperaría al contar con su nombre entre los créditos principales. Gran parte del metraje, centrado en la vida cotidiana de la protagonista, recae sobre Abigail Breslin. La presencia del actor es algo más secundaria, pero muy correcta y que sorprende para bien. No es que de golpe se haya convertido en un actorazo, pero resulta mucho más satisfactoria y demuestra que no tiene que seguir encasillado como actor de películas de tiros muchísimo más de lo que lo hicieron las comedias que protagonizó en los noventa.

 

Maggie no es lo que muchos esperaban como película de zombies. Pero tampoco ha sido un desastre, sino al contrario: es una película pequeña, poco ambiciosa, emotiva, y sobre todo, uno de esos casos en los que todos los clichés sobre epidemias e infectados pueden ofrecer algo distinto.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Cassadaga (2011). Fantasmas vengativos, mediums y crímenes no resueltos.


En el cine de terror, los fantasmas pueden ser buenos o malos. O en algunos casos, pedir ayuda. Por desgracia para ellos, no son especialmente buenos a la hora de comunicarse, y antes de que cualquier personaje pueda enterarse qué demonios le está pasando, se ha llevado previamente el susto de su vida. En general siempre he preferido las películas de casas encantadas al uso, donde el fantasma tiene más claro lo que quiere hacer, que suele ser amargar a sus habitantes, pero los que buscan que los vivos resuelvan sus asuntos pendientes, quieran o no, también ha sido un recurso habitual.

Cassadaga es una ciudad de Florida, donde hay una importante comunidad de psíquicos y mediums. Es ahí donde una joven que acaba de perder a su hermana intenta rehacer su vida. Tras conseguir alojamiento en una antigua residencia universitaria, retoma sus clases, su trabajo como profesora de pintura e incluso hace nuevos amigos. Es en una velada cuando estos deciden acudir a una médium y comprobar de primera mano la existencia de lo paranormal. Y Lily, al intentar contactar con su hermana fallecida, acaba siendo acosada por un espectro desconocido, pero que parece tener una conexión con su nueva vivienda y con un asesino obsesionado con las marionetas.




Una de las mayores ventajas de la película es su protagonista, y cómo ha sido caracterizada. En esta, su minusvalía (una sordera adquirida) le supone además de un elemento de tensión añadido, un extra a la hora de marcar los elementos fantásticos: no puede oír los pasos que la siguen o incluso el tono del teléfono, algo clave en un momento de la película. Pero en cambio, puede escuchar todos los sonidos sobrenaturales, como las voces de un fantasma…aunque, por desgracia, este está muy cabreado y poco más hace que pegarle unos gritos estremecedores. Es un factor con el que han jugado muy bien y practicamente es el elemento distintivo de la película: no lo mencionan continuamente, sino que es una parte de la vida de la protagonista, y que de vez en cuando se recuerda al espectador mediante secuencias en las que no hay sonido, o en las que lo único que puede oírse es la banda sonora en lugar de los ruidos de ambiente. Además, la pérdida de algún sentido físico es algo que relacionan mucho con los poderes psíquicos: comienza a intuirse en lo relativo a la protagonista, pero se hace una alusión más evidente en cuanto aparece la comunidad de mediums, quienes todos parecen tener alguna minusvalía adquirida de forma violenta. Es una lástima que se quede más en una referencia que en algo más extenso, aunque, a favor de la ambientación, la presencia de estos, aunque breve, es muy inquietante y poco amigable.

 


Precisamente la ambientación no es algo que destaque especialmente. En realidad gran parte de los escenarios son bastante comunes, lo que contrasta precisamente con la aparición de lo sobrenatural en lugares cotidianos. Pero en cambio, se sirven mucho de los colores de Florida, de parte de su arquitectura clásica, y especialmente, de la historia de la propia ciudad. Junto a las secuencias donde aparecen los mediums, la llegada de la protagonista a la ciudad, en plena noche, y con unos personajes que parecen sacados de Dunwich es un buen ejemplo para ir introduciendo lo inquietante en la trama sin que esta tenga que tener en todo momento escenas nocturnas ni caserones siniestros. No han tenido tanta suerte con la trama del asesino, que resulta algo más corriente: decorados feístas, material de ferretería, que parece imprescindible desde que se estrenó Saw, y una motivación muy relacionada con las muñecas por aquello de que estas son un valor seguro a la hora de dar miedo y para hacer que el crimen en cuestión sea un poco más truculento, en lo que, en el fondo, es una de las partes más flojas.

 


Con una trama que en el fondo, no es otra que la de un personaje que debe resolver un crimen para que un alma en pena pueda descansar en paz, hay que contar con un guión muy bueno para que no se haga aburrida o se quede como un telefilme. Y el guión de esta se queda en correcto, más que en bueno: la hermana de la protagonista se queda en un Macguffin que se nota mucho, y tarda bastante en tener su importancia para la trama. La sesión de espiritismo que sirve como detonante, no habría resultado más forzada si uno de los secundarios dijera “vámonos a ver una médium porque lo pone el guión”, y las motivaciones del asesino, por mucho que de golpe intenten ponerle un apodo, y explotar lo macabro de su escenografía, resulta bastante superflua: perfectamente habría funcionado con algo más clásico y menos escabroso, sin que la película se resintiera. Además, es bastante sencillo sospechar quien es el asesino cuando no hay más que un par de secundarios dando vueltas por ahí.

 


Aunque en algunos momentos estos defectos se hagan muy visibles, acaba funcionando bien. En cierto modo me recordó a Gothika, una película del estilo que tenía a Hale Berry antes de Catwoman y a Penélope Cruz intentando hacer carrera en Estados Unidos, y cuya trama era muy parecida. Pero en cambio,  Cassadaga resulta mucho mejor al contar con una protagonista muy bien caracterizada, por la que el espectador simpatiza gracias a esto y al trabajo de su actriz principal, una actriz casi desconocida y de aspecto muy corriente. Y además, resulta una película muy poco ambiciosa: se limita a contar una historia, que puede funcionar mejor o peor (en general, mejor), y que en lugar de abusar de los sustos y apariciones de golpe, opta por el suspense y por todos los elementos que puedan mantenerlo.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Cuentos de terror de mi tío. Historias (para no dormir a) los niños


 
Aunque desde siempre me hubieran gustado las historias de terror, no fue hasta bastante después de empezar como lectora habitual cuando pude encontrar libros que realmente me parecieran terroríficos, o que al menos, lo intentaran de verdad. Hasta entonces, lo que había encontrado dentro de la literatura infantil y juvenil me parecía que los autores se cortaban mucho de escribir algo que realmente pudiera asustar a sus lectores de verdad. Era lo que pasaba con Pesadillas de R. L. Stine, que en el fondo, eran un poco la serie B de los libros: portadas llamativas, escenarios típicos pero miedo, no demasiado. Por suerte, contaba con algunos libros de Concha López Narváez, e incluso alguna antología escondida en colecciones infantiles, pero exceptuando estos, y quizá Edward Gorey, lo relativo a los sustos era un área que siempre parecía quedar coja. Bueno, y porque en realidad Gorey es más bien un escritor para adultos…o para adultos con su punto de niño siniestro.

 


Chris Priestley es un escritor inglés que, como tantos otros, ha publicado desde principios del 2000 varias series infantiles y juveniles. Unas cuantas consisten en colecciones de relatos terroríficos, de las que forma parte Cuentos de terror de mi tío. Quizá un poco tarde para volver a este tipo de historias, pero la portada española es de esas que captan la atención a la primera, sobre todo si al lector le queda nostalgia por el mundo de los terrores infantiles. Algo que, desde el planteamiento, consigue reflejar bastante bien: Montague, el tío del protagonista, además de ser un guiñó al nombre de pila del escritor de relatos de fantasmas M. R. James, es el narrador que cuenta las historias relacionadas con los objetos que guarda en su casa. Un grabado, una gárgola de madera, un marco vacío o un catalejo, que de una forma u otra, hacen que los protagonistas de cada uno de los relatos tengan un encuentro con lo sobrenatural del que no salen bien parados. El propio narrador es también parte de su historia: un personaje recluido en una mansión anticuada, perpetuamente en niebla, sin más compañía que un sirviente al que su sobrino, quien acude regularmente a visitarlo y escuchar sus relatos, jamás ha visto.

 


Estos cuentos son muy breves, de esos casos en los que no se puede esperar ninguna caracterización de los protagonistas más allá de la de ser niños, cerrados en su mayoría con un desenlace impactante, que además de ser algo típico de narraciones que buscan un poco la sorpresa (especialmente las de tradición oral), también hace que sean prácticamente lo que más se recuerda al terminar la lectura. Pero los temas en torno a los que giran: maldiciones, brujas, genios, la locura o incluso la figura del doppelgänger, se utilizan más bien como un elemento para reforzar el estilo clásico y y tirando a arcaico de los relatos, y no como cliché.

 

En el fondo, esto es lo que el autor buscaba y que al final, consigue: sus relatos están pensados para dar miedo, y en ninguno de ellos hay moraleja ni final feliz para sus personajes. En lugar de limitarse a situaciones en la que los protagonistas negativos reciben un castigo moral, todos ellos sufren un desenlace terrible: bien un niño que se limita a jugar en el lugar equivocado, u otro que actúe con mala intención, ninguno de ellos parece estar a salvo. Y esa sensación de inseguridad que mantiene en cada cuento es también la que hace que estos mantengan una atmósfera más siniestra, sin la seguridad que puede ofrecer que la historia en cuestión se quede en un mero susto.

 


Además de la estructura de los relatos, los temas y el tono, también contribuye a esta idea de cuento de terror clásico la ambientación: esta es muy intemporal, y las referencias a internados, mansiones y jardines hace pensar en esa especie de época postvictoriana a la que suele recurrirse como escenario sobrenatural.

 


Otro de los elementos más llamativos, y que también sirvió para que el libro me llamara tanto la atención, fueron las ilustraciones que además de la portada, acompañan alguno de los relatos. Los dibujos de David Roberts, mostrando árboles retorcidos y figuras vestidas con ropas anticuadas, recuerdan bastante a los de Edward Gorey, además de acentuar bastante la atmósfera tirando a antigua, y el único defecto que tienen es que se habría agradecido alguno más para acompañar el libro.

Los Cuentos de terror de mi tío es uno de esos libros que sí me habría gustado leer mucho antes. Realmente estaba pensado para asustar a sus lectores, y no para ofrecerles una sensación de seguridad, aunque por suerte, la ambientación y sus ilustraciones es algo que los que sean algo más mayores apreciarán mucho más que los anteriores.   

lunes, 7 de septiembre de 2015

Oculus (2013). Para tener mala suerte, no hace falta romper un espejo



Aunque el cine de fantasmas en los últimos años cuenta con ejemplos bastante notables, hay un derivado que suele aparecer menos: los objetos malditos. En los últimos años han aparecido muchas producciones sobre casas encantadas, pero pocas o ninguna sobre estos últimos. Algo incomprensible, porque además de ser un motivo argumental algo más dinámico que una casa embrujada al uso, también sale más económico recurrir a algo más pequeño que tener que llenar de espectros un inmueble. También es cierto que cuando se usa, suele ser un recurso muy cutre, y que las últimas películas de la saga de Amityville tiraban directamente de los cacharros malvados que habían salido de la malvada casa. Pero en Oculus pasa precisamente lo contrario: han encontrado algo lo suficientemente sugestivo como para que sirva de motivo a la película, y que esta pueda ofrecer algo distinto.

 


Han pasado diez años desde que dos hermanos sobrevivieran a un atroz crimen cometido por el padre de ambos. Kaylie, la mayor, ha rehecho su vida, pero Tim ha estado hasta entonces bajo tutela psiquiátrica. Tras reunirse, vuelven a su antigua casa, donde su hermana pretende limpiar el nombre de su padre. Ella recuerda que la locura de este fue causada por un espejo, una antigüedad que a lo largo de los años ha llevado a sus dueños a la locura y a acabar con sus vidas y las de sus familiares. Con varios monitores vigilando constantemente el espejo, y un sistema de alarmas que le impide perder la noción del tiempo, Kaylie, pese a las dudas de su hermano, está convencida de poder acabar con un objeto cuya influencia hace que sus víctimas sean incapaces de distinguir la realidad de lo imaginado.



Aunque el tema no sea nuevo, la película cuenta con la ventaja de haber elegido un elemento que tradicionalmente, cuenta con mucho potencial: los espejos siempre han dado mucho juego en las historias sobrenaturales, desde servir como puertas a otros mundos, a otras situaciones más ambiguas. En muchos casos, el espejo representa un engaño, que no refleja la realidad como tal. En otras, es el objeto que sirve para mostrarla tal cual es en tanto hay algo que altera la visión de un personaje. En realidad, esto se queda un poco como idea, como un objeto con más potencial para una historia de terror del que podría tener una silla, un armario o un microondas, de modo que si no se piensa mucho en la idea que puede representar el espejo en cuestión, se queda un poco como un macguffin: hacía falta algo embrujado, y nada mejor que un espejo con un marco horrible. Pero esto también lo han tenido muy en cuenta en el guión, porque uno de los protagonistas expresa sus dudas sobre la naturaleza de este comentando lo aleatorio que resulta establecer una conexión entre los crímenes y un objeto cualquiera.

Este es también otro de los elementos claves de la historia: la ambigüedad sobre lo que sucede. Aunque no escatiman en secuencias abiertamente fantásticas, y en unas cuantas apariciones fantasmales, en todo momento mantienen la posibilidad de que haya una explicación racional para lo sucedido, y que los recuerdos de la protagonista sean ficciones para superar un trauma. Por lo que en este caso, ha sido bastante útil el caracterizar a uno de los personajes con una actitud muy racional y muy vinculada a las explicaciones que puede dar la psicología.
 
 

En caso de quedarse con la trama sobrenatural, la forma de desarrollar su trasfondo ha sido un verdadero acierto. Si lo del objeto maldito en cuestión parece un poco elegido por las connotaciones que tiene un espejo, sin más, su planteamiento es completamente distinto. Es uno de esos casos en los que el público sabe tan poco como los personajes: su origen es desconocido, solo los crímenes vinculados a su historia, caracterizados estos por la locura que todos sus propietarios sufrieron en algún momento. En cierto modo, no hay monstruo con una cara visible, ni un arma concreta, sino que la amenaza para los personajes viene provocada por la alteración en su percepción de la realidad y del tiempo.
 
Como decían en Las doce prueba de Astérix: bonitos ojos. Deben ser muy útiles para leer en cama por las noches.

Esto último sirve de justificación para la narrativa de la película, que es en dos períodos distintos, pero contada al mismo tiempo: lo que le sucedió a los protagonistas siendo niños, y sus intentos de acabar con el espejo diez años después. No se trata de flashbacks, sino que estas se solapan en distintos momentos de una forma muy sutil. Al haber presentado previamente la idea de que estos puedan estar viviendo algo que no es real, es fácil saltar en un mismo escenario de un momento a otro en el tiempo, e incluso hacer que los protagonistas puedan encontrarse con otros en el pasado e incluso, con apariciones breves de quienes podrían considerarse fantasmas. Pero este sistema también es muy difícil de mantener, y al final hace que, si bien es fácil comprender lo que ha sucedido en esos lapsos de tiempo, acabe resultando muy confuso lo que les pasa a los personajes…aunque en una historia en la que la gracia consiste en que estos no sepan lo que es real y lo que no, que el público acabe igual de desorientado es casi una ventaja.

 


El reparto está a la altura de la historia, al menos, de lo que les exige, que es en su mayor parte, acabar volviéndose locos o estar al borde del colapso. La mayor curiosidad de estos es vengan todos de la televisión: Rory Cochrane, de CSI Miami, Katee Sackhoff de Battlestar Galactica, a quien sorprende un poco verla haciendo de madre de familia tras pasarse media carrera como actriz de acción, y Karen Gillan en uno de sus primeros papeles después de Doctor Who. No es la suya una actuación sobresaliente tampoco, y gran parte de sus gestos todavía los reconocía de su papel de Amy Pond, pero resulta bastante eficiente.

Pese a haber optado por un tipo de narración que a veces se hace muy confusa, lo mejor que se puede decir de Oculus es que es una película de terror de verdad. De las que se arriesgan, no dependen de un monstruo identificable y explotable, ni mucho menos, de un final feliz. Porque su desenlace es uno de los  más cortantes y cerrados que he podido ver en mucho tiempo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Operación U.N.C.L.E. (2015). Los sesenta, la película



Cuando a finales de los noventa se anunciaba una película “basada en una popular serie de los sesenta”, aquello era para echarse a temblar. De lo que se hizo en esos últimos cinco o seis años, las comedias querían ser tan irónicas y tomarse tan poco en serio, que acababan por no hacer gracia a nadie. Las de acción, parecían una excusa para empaquetar un blockbuster lleno de escenas de acción y de mostrar a tutiplén unas infografías que vistas hoy cuando las pasan en la tele, llevan peor el paso del tiempo que cualquier efecto especial tradicional. Hay excepciones, como las cinco entregas de Misión imposible, pero solo hace falta recordar aquella versión de Los vengadores con Uma Thurman como ejemplo de lo que puede pasar. Por eso tras aquella fiebre de versiones, el trailer de Operación U.N.C.L.E., con su estilo de acción más seria, me hacía dudar bastante. Pero, por un lado, no sabía nada de la serie, solo que en mi casa la conocían como El agente de CIPOL y su temática de agentes secretos. Por otro, el director era Guy Ritchie, cuyo estilo de dirección, desde Snatch a Sherlock Holmes, me había gustado mucho (más la primera que su secuela. Y vamos a fingir que Barridos por la marea nunca ha sido filmada). Al menos, las expectativas eran algo mejores esta vez. Y en el peor de los casos, todo podría quedarse en una película de acción similar a Misión imposible.





En realidad ahí estuvo el primer error, porque el guión recurre a mantener la época original de la serie: son los años sesenta, y Napoleón Solo, un antiguo ladrón de guante blanco metido a espía, debe sacar de Berlín oriental a la hija de un científico desaparecido, del que se sospecha que ha sido secuestrado. Como la posibilidad de un físico nuclear fabricando armas para una organización terrorista es mucho peor para el orden establecido que el quítame allá ese telón de acero, ambos bloques deciden trabajar juntos y Solo tendrá como compañero a Ylya Kuryakin, un agente del KGB, y a Gabi, la hija del científico y experta mecánica. El objetivo es descubrir lo que sucede en unos conocidos astilleros italianos, de los que se sospecha que están ligados a la organización terrorista y donde puede estar llevándose a cabo la construcción de una bomba nuclear.

 



El primer acierto de esta versión ha sido precisamente mantener la época original. En lugar de tirar por lo fácil y enseñarle al público lo que conoce, optan en cierto modo por una película de época. De la guerra fría, que a fin de cuentas, es una época determinada. Esto implica un mayor esfuerzo a la hora de establecer los escenarios, personajes e incluso forma de pensar, pero también supone el contar con una situación mucho más concreta y reconocible, como es la guerra fría, en lugar de la organización y misiones más genéricas que salen en muchas producciones posteriores al 2000. Los diálogos y las actitudes, especialmente las de los jefes de los protagonistas, cuentan así con una mayor carga, más ideas y también más mala leche. Pero también el mantener este escenario hace que visualmente, se disfrute mucho más. Porque este está cuidadísimo, explotado al máximo pero también lleno de detalles. Desde los escenarios más desvencijados de Berlín occidental, hasta los excesos de un hotel de lujo en Roma, pasando por cosas tan nimias como el mobiliario funcional en un apartamento franco, en una escena que, apenas durando dos minutos, no se han olvidado de incluir hasta el más mínimo elemento…Y es que cuando es posible reconocer los muebles de contrachapado y las butacas de skay, se lo han currado a base de bien.

 


A partir de esta estética y la atmósfera es cuando se empieza a notar también la intención de la película. Porque, frente a los escenarios más grises y secos de Berlín, que hacen pensar en las producciones de espías tradicionales, todas las secuencias de Roma son una verdadera locura: excesos en los interiores, en los decorados, donde no falta lo más moderno de lo que era moderno en los años sesenta…y hasta en los vestuarios. Porque algunas secuencias, como una fiesta para la alta sociedad, son un desfile de interpretaciones histriónicas, atrezzo pasado, y unos modelos que parecen sacados de un anuncio de Ferrero Rocher o de los que echaban en los cines hace más de veinticinco años. Al princpio resulta chocante comparado con la sobriedad anterior, después se le pilla el truco, y es imposible no apreciar todo ese trabajo y exceso y tomárselo a broma, que era lo que pretendían. Al igual que el retrato que hacen de los italianos, donde, también con bastante humor, la mayoría de figurantes quedan reducidos a caricaturas con bigote y actitudes prepotentes. Todo también muy de entonces y planteado con muy mala baba.

 

Si con determinadas secuencias se nota que la historia, en cierto modo, no va muy en serio, se confirma a partir del tratamiento de la trama y de determinadas situaciones. Todo el mundo de los espías se plantea de forma muy irónica, explotando mucho la paranoia, y con eso también, las bromas a costa de la tecnología de la que se disponía en los sesenta: hay micrófonos hasta en la sopa, agentes hasta en el parque, y en general, nadie se fia de nadie. Un poco con el tono Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, pero mucho más ligero. Incluso las secuencias de acción se plantean de forma similar y bastante brillante: si ya a la hora de presentar esa Roma de anuncio de televisión se notaba que no iba en serio, a estas se acercan en el mismo estilo: gran parte de las persecuciones y explosiones se solucionan con la técnica de la pantalla partida en varios planos, haciendo que la duración de estas se reduzca muchísimo. O directamente, optan por presentarlas en un segundo plano, en uno de los mejores momentos de la película, donde se ve a Solo haciendo algo completamente anodino (y chocante) mientras su compañero es perseguido dramáticamente una y otra vez. Porque, seguramente hemos visto muchas películas donde vemos al héroe huyendo de los malos. Pero ninguna donde enseñan lo que hace su compañero mientras.

 
 
La estética y el humor son una de las mejores bazas de la película, donde sorprendentemente, consigue mantener el equilibrio con los momentos dramáticos. Pero el guión en comparación, ha quedado a ratos muy simple, y a ratos muy poco cuidado. La trama de la hija del científico secuestrado es algo que debe componer el 30% de las historias pulp y un 60% de las de los años sesenta, por lo que lo importante aquí no sería el qué cuentan, sino como (o directamente, verlo un poco como un guiño irónico). Pero pese a cuidar tan bien todo lo relativo a la guerra fría, se han olvidado de los antagonistas. Que sean una organización terrorista, de acuerdo, pero en un momento de la película, se sacan a los nazis de la manga para mencionarlos en un momento, y olvidarse por completo del asunto. Porque, parece que exceptuando lo de incluir a un villano que todavía podía estar reciente en los sesenta, ni es relevante para la trama ni hacía falta. Y mucho menos, con un antagonista principal como el que tienen, igual de exagerado y tremendo que la estética, pero que le pega muy bien que todo eso de los nazis. Los personajes, a ratos, tampoco funcionan demasiado bien: aunque la química y los piques entre Solo e Ylya sea lo más cuidado, y estos cuenten con la mayor simpatía del público (especialmente el segundo), la aparición de Gabbi se queda en una inclusión un poco forzada de “chica de la película”, donde los intentos de introducir una trama romántica con uno de los personajes resultan artificiales y carecen de frescura. No sé si llegara a haber una segunda película, pero espero que en ese caso pulan un poco esto último, o si no resulta, eliminen esa trama.

 

Operación U.N.C.L.E. es una de esas películas que, en cierto modo, hay que pensar un poco antes de decidir si han gustado o no. Su forma de narrar un poco chocante hace que al principio de la impresión de no estar claro si es una broma, en serio, o si les ha salido mal. Algo que también provoca en algunos momentos, la manía del director por seguir utilizando un montaje acelerado e incluir flasbacks donde no hacían falta, solo por una especie de manía de mantener una estética moderna. Pero una vez superado el desconcierto, funciona: los personajes principales, el contraste entre lo serio y lo exagerado, e incluso la música de fondo, hacen que sea una de esas veces en las que un intento de filmar algo con un punto de ironía pero respetando el material original, funcione.

 

 

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