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jueves, 10 de septiembre de 2015

Cuentos de terror de mi tío. Historias (para no dormir a) los niños


 
Aunque desde siempre me hubieran gustado las historias de terror, no fue hasta bastante después de empezar como lectora habitual cuando pude encontrar libros que realmente me parecieran terroríficos, o que al menos, lo intentaran de verdad. Hasta entonces, lo que había encontrado dentro de la literatura infantil y juvenil me parecía que los autores se cortaban mucho de escribir algo que realmente pudiera asustar a sus lectores de verdad. Era lo que pasaba con Pesadillas de R. L. Stine, que en el fondo, eran un poco la serie B de los libros: portadas llamativas, escenarios típicos pero miedo, no demasiado. Por suerte, contaba con algunos libros de Concha López Narváez, e incluso alguna antología escondida en colecciones infantiles, pero exceptuando estos, y quizá Edward Gorey, lo relativo a los sustos era un área que siempre parecía quedar coja. Bueno, y porque en realidad Gorey es más bien un escritor para adultos…o para adultos con su punto de niño siniestro.

 


Chris Priestley es un escritor inglés que, como tantos otros, ha publicado desde principios del 2000 varias series infantiles y juveniles. Unas cuantas consisten en colecciones de relatos terroríficos, de las que forma parte Cuentos de terror de mi tío. Quizá un poco tarde para volver a este tipo de historias, pero la portada española es de esas que captan la atención a la primera, sobre todo si al lector le queda nostalgia por el mundo de los terrores infantiles. Algo que, desde el planteamiento, consigue reflejar bastante bien: Montague, el tío del protagonista, además de ser un guiñó al nombre de pila del escritor de relatos de fantasmas M. R. James, es el narrador que cuenta las historias relacionadas con los objetos que guarda en su casa. Un grabado, una gárgola de madera, un marco vacío o un catalejo, que de una forma u otra, hacen que los protagonistas de cada uno de los relatos tengan un encuentro con lo sobrenatural del que no salen bien parados. El propio narrador es también parte de su historia: un personaje recluido en una mansión anticuada, perpetuamente en niebla, sin más compañía que un sirviente al que su sobrino, quien acude regularmente a visitarlo y escuchar sus relatos, jamás ha visto.

 


Estos cuentos son muy breves, de esos casos en los que no se puede esperar ninguna caracterización de los protagonistas más allá de la de ser niños, cerrados en su mayoría con un desenlace impactante, que además de ser algo típico de narraciones que buscan un poco la sorpresa (especialmente las de tradición oral), también hace que sean prácticamente lo que más se recuerda al terminar la lectura. Pero los temas en torno a los que giran: maldiciones, brujas, genios, la locura o incluso la figura del doppelgänger, se utilizan más bien como un elemento para reforzar el estilo clásico y y tirando a arcaico de los relatos, y no como cliché.

 

En el fondo, esto es lo que el autor buscaba y que al final, consigue: sus relatos están pensados para dar miedo, y en ninguno de ellos hay moraleja ni final feliz para sus personajes. En lugar de limitarse a situaciones en la que los protagonistas negativos reciben un castigo moral, todos ellos sufren un desenlace terrible: bien un niño que se limita a jugar en el lugar equivocado, u otro que actúe con mala intención, ninguno de ellos parece estar a salvo. Y esa sensación de inseguridad que mantiene en cada cuento es también la que hace que estos mantengan una atmósfera más siniestra, sin la seguridad que puede ofrecer que la historia en cuestión se quede en un mero susto.

 


Además de la estructura de los relatos, los temas y el tono, también contribuye a esta idea de cuento de terror clásico la ambientación: esta es muy intemporal, y las referencias a internados, mansiones y jardines hace pensar en esa especie de época postvictoriana a la que suele recurrirse como escenario sobrenatural.

 


Otro de los elementos más llamativos, y que también sirvió para que el libro me llamara tanto la atención, fueron las ilustraciones que además de la portada, acompañan alguno de los relatos. Los dibujos de David Roberts, mostrando árboles retorcidos y figuras vestidas con ropas anticuadas, recuerdan bastante a los de Edward Gorey, además de acentuar bastante la atmósfera tirando a antigua, y el único defecto que tienen es que se habría agradecido alguno más para acompañar el libro.

Los Cuentos de terror de mi tío es uno de esos libros que sí me habría gustado leer mucho antes. Realmente estaba pensado para asustar a sus lectores, y no para ofrecerles una sensación de seguridad, aunque por suerte, la ambientación y sus ilustraciones es algo que los que sean algo más mayores apreciarán mucho más que los anteriores.   

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