En 2017, un redactor de Buzzfeed narraba en Twitter los fenómenos inexplicables que habían comenzado a suceder en su casa. Desde ruidos, una mecedora que se movía sola e incluso la silueta que este aseguraba haber viso. Su testimonio continuaba con una ilustración que este había hecho del supuesto fantasma que deambulaba por su casa: la figura de un niño, con la cabeza deformada y la sospecha del carácter hostil de este. Lo que el historietista Adam Ellis fue narrando se hizo viral y sus lectores se preguntaban cuanto de verdad o de maniobra de visibilidad habría en ello. Dear David, el apodo del espectro, fue entonces un fenómeno que, como algunos de los mitos nacidos en la era de internet, llamaría la atención de un estudio para convertirlo en largometraje. Pero, como sucede con la mitología online y su transmisión, la permanencia de este en el interés del público era demasiado breve y su adaptación cinematográfica llegaría tarde y mal.
Esta adapta el momento en que la vida diaria de Ellis transcurre entre sus viñetas para Buzzfeed, las reuniones sobre productividad y número de visitas, lidiar con los trolls que aprovechando el anonimato de la red solo buscan provocar y su miedo a establecer un compromiso más serio con su pareja. Es durante una discusión con uno de esos trolls cuando un nuevo seguidor, cuyo Nick es Dear David, comienza a seguirlo con una advertencia muy extraña. Solo puede hacer dos preguntas. A partir de entonces, comenzará a sufrir pesadillas donde una silueta con la cabeza destrozada intenta matarlo. Este no tardará en manifestarse durante la vigilia y a afectar la vida de Adam, quien ha empezado a documentar en su red social los fenómenos de su apartamento. O que sus compañero toman como una historia inventada para ganar visibilidad se convierte para el en la pérdida de sus amigos y pareja, cuando estos comienzan a recibir mensajes suyos muy distintos a los que había escrito. En este punto, Adam empieza a dudar si hay algo que realmente ha embrujado su apartamento o si es su cordura la que empieza a resquebrajarse.
La historia original se adapta seis años después de su aparición en Twitter y de esta, llega a ser más interesante como se refleja ese pasado tan cercano que la trama sobrenatural. Hoy ese 2017 que muestran parece muy lejano, casi nostálgico y muy distinto a como se percibe la realidad en la época post Covid. También acaba cayendo en una idealización de ese pasado muy extraño por la cercanía: la música empelada en la banda sonora recuerda mucho al pop de alrededor de 2015, pero resulta olvidable, que aporta muy poco salvo para formar esa imagen un tanto vacía del pasado. La realización se lleva a cabo de forma similar: montajes rutinarios, un cuantos sustos propios del cine de terror menos original y un desarrollo entre aburrido y desubicado, con un guion que en un momento dado no sabe por donde tirar en cuanto a ese espectro. Que a a ratos es una metáfora del bullying en internet, a ratos una maldición viral y cuando quieren ponerse más profundos, un intento de reflexión sobe la salud mental. Toan todos los palos posibles, par salir corriendo al por el siguiente a ver si funciona. Incluso la integración del interfaz informático en la narrativa, mostrando en las secuencias de la vida del protagonista mensajes y notificaciones de sus redes sociales, tampoco es nuevo: Moffat lo usó con éxito em en Sherlock de 2010, pero el truco se agota rápido y tiene que estar sustentado por algo más.
La propia Buzzfeed produjo la película, por la que no es de extrañar la presencia de la empresa como escenario de los personajes y que esta se presente de manera autoparódica: el espacio abierto y de aspecto falsamente amigable, las referencias a las listas de lectura fácil, a las visualizaciones y al entorno de trabajo de buen rollo parecen una broma un tanto floja de la que solo se salva la aparición de Justin Long como jefe, quien se ha especializado en interpretar, y muy bien, a personajes francamente capullos. Este es o más destacable en un grupo que, como había pasado en El juego del ascensor, más que personajes creíbles, responden a la idea c corporativa del estereotipo millenial de 2015: que s i trabajo como centro social, que si la ansiedad, que s i el miedo al compromiso y que si la salud mental, elementos a los que varias veces el guion echa mano para intentar dar profundidad a un trama que hace aguas desde la mitad del metraje. Si ya es chocante que la historia salte del relato de fantasmas tradicional a la mitología de internet, incluyendo personajes estereotípicos de la cultura online, como una “detective de internet” o una médium que tras una única aparición de la nada, no vuelve a saberse de ellos, es todavía más fuera de lugar el desenlace. En este, el protagonista se enfrenta al fantasma, temores nocturnos o traumas (a esas alturas, sigue sin quedar claro), con…el poder de la amistad.
Un discurso final un tanto descolocado para una película que pretendía ser terror y que acaba siendo tan arbitraria como el resto de decisiones argumentales que han estado tomando. Para, de nuevo, volver a intentar recuperar el tono inicial de terror informático en un epílogo que parece confirmar una cosa: a estas alturas, da un poco igual lo que salga.
Dear David demuestra una vez más que trasladar un relato online a medios cinematográficos es muy difícil si se carece de los conocimientos de un lenguaje tan especifico como es el de ese tipo de narrativas. Sin llegar a ser tan mala como El juego del ascensor, donde decidieron tirar del relato de fantasmas para salir del paso, esta es, de todos modos, una película muy floja, donde lo más interesante es encontrarse con esa percepción tan nostálgica de como eran las cosas hace menos de diez años, y como las empresas que entonces producían contendido para la red han reducido hoy su presencia para caer también en la tentación de los textos escritos por IA. Bueno, y que da muchísimo más miedo las oficinas guays y el teambuilding que cualquier aparecido con una brecha en la cabeza.




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