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jueves, 9 de abril de 2026

Dear David (2023). No lo sé, Rick, parece falso

 


En 2017, un redactor de Buzzfeed narraba en Twitter los fenómenos inexplicables que habían comenzado  a suceder en su casa. Desde  ruidos, una mecedora que se movía sola e incluso la silueta que  este aseguraba haber viso. Su testimonio continuaba con una ilustración que este había  hecho del supuesto fantasma que deambulaba por su casa: la figura de un niño, con la  cabeza deformada y  la sospecha del carácter hostil de este.  Lo que el  historietista Adam Ellis  fue narrando se hizo viral y sus  lectores se preguntaban  cuanto de verdad  o de maniobra de visibilidad habría en ello.  Dear David, el apodo del  espectro, fue  entonces un fenómeno   que,  como  algunos    de los mitos nacidos en la era de internet, llamaría la atención de un estudio   para convertirlo en  largometraje. Pero,  como sucede  con la mitología online y su transmisión,  la  permanencia  de este en el interés del público   era demasiado breve y su adaptación  cinematográfica llegaría tarde y mal.



Esta  adapta el momento en que   la vida diaria de Ellis  transcurre entre sus viñetas para Buzzfeed,  las reuniones sobre  productividad y número de visitas, lidiar con los trolls que  aprovechando el anonimato de la red  solo buscan provocar y su miedo a establecer un compromiso más serio con su pareja.  Es durante una discusión con uno de esos trolls cuando un nuevo seguidor, cuyo  Nick es Dear David,  comienza a seguirlo con una advertencia  muy extraña. Solo puede hacer dos preguntas.  A partir de  entonces,  comenzará a sufrir pesadillas donde  una silueta con la cabeza destrozada intenta  matarlo.  Este no tardará en manifestarse  durante la vigilia  y a afectar la vida de Adam, quien  ha empezado a documentar   en su red social  los fenómenos de su apartamento. O que  sus compañero toman como una historia inventada para  ganar visibilidad se convierte para el en la pérdida de sus amigos y pareja, cuando estos  comienzan a recibir  mensajes suyos muy distintos a los que había escrito. En este punto, Adam  empieza a dudar si hay algo   que realmente ha embrujado su apartamento  o si  es su cordura la que empieza a resquebrajarse.


La historia  original se adapta seis años después de su aparición en Twitter y  de esta, llega a ser más interesante como se refleja ese pasado tan cercano  que la trama sobrenatural. Hoy ese 2017   que muestran parece muy lejano,  casi  nostálgico y muy distinto a  como se percibe la realidad  en la época post Covid. También acaba cayendo en una idealización de ese pasado muy extraño por la cercanía: la música empelada  en la banda sonora recuerda mucho al pop de alrededor de 2015, pero resulta olvidable,  que aporta muy poco salvo para formar  esa imagen un tanto vacía del pasado.  La realización  se lleva a cabo de forma similar: montajes rutinarios, un cuantos sustos propios del cine de terror menos original y un desarrollo entre aburrido y desubicado, con  un guion  que en un momento  dado  no sabe  por donde  tirar en cuanto a ese espectro.   Que a a ratos  es una metáfora del bullying en internet, a ratos una maldición viral y cuando quieren ponerse más  profundos, un intento de reflexión sobe la salud mental. Toan todos los palos posibles, par salir  corriendo al por el siguiente a ver si funciona.  Incluso  la integración del interfaz informático en la narrativa,  mostrando  en las secuencias de la vida del protagonista mensajes y notificaciones de sus redes sociales, tampoco es nuevo: Moffat  lo usó  con éxito em en Sherlock de 2010, pero el truco se agota rápido y tiene que estar  sustentado por algo más.

Intenneee...


La propia Buzzfeed produjo la película,  por la  que no es de extrañar la presencia de la empresa como escenario de los personajes y que esta se presente de manera autoparódica:  el espacio  abierto y de aspecto falsamente amigable, las referencias a las listas de lectura fácil, a las visualizaciones y al entorno de trabajo de buen rollo parecen una broma un tanto  floja de la que solo se salva  la aparición de Justin Long como  jefe,  quien se ha especializado  en interpretar, y muy bien, a personajes francamente  capullos.  Este es o más destacable en un grupo que, como había pasado en  El juego del ascensor, más que  personajes creíbles, responden a la idea c corporativa del estereotipo millenial de 2015: que s i trabajo como centro  social, que si la ansiedad, que s i el miedo al compromiso y que si la salud mental,  elementos   a los que varias veces el guion echa mano para intentar dar profundidad a un trama que hace aguas desde la mitad del metraje. Si ya es chocante que la historia salte del relato de fantasmas  tradicional a la mitología de internet,  incluyendo personajes estereotípicos de la cultura online, como una “detective de internet” o una médium que tras una única aparición de la nada, no vuelve a saberse de ellos, es todavía más fuera de lugar el desenlace. En este, el protagonista se enfrenta al fantasma, temores nocturnos o traumas (a esas alturas, sigue sin quedar claro), con…el poder de la amistad.  

Un discurso final  un tanto descolocado para una película que  pretendía  ser terror y que acaba  siendo tan arbitraria como el resto de decisiones argumentales que han estado tomando.  Para, de nuevo, volver a intentar recuperar el tono inicial  de terror informático en un epílogo que parece confirmar una cosa: a estas alturas,  da un poco igual lo que salga.  


Dear David demuestra una vez más que trasladar un relato online a medios cinematográficos es muy difícil si se carece de los conocimientos de un lenguaje tan especifico como es el de ese tipo de narrativas.  Sin llegar a  ser tan mala como El juego del ascensor,  donde decidieron tirar  del relato de fantasmas para salir del paso, esta es, de todos modos, una película muy floja, donde lo más interesante es encontrarse con esa percepción tan nostálgica de como eran las cosas hace menos de diez años, y  como  las empresas que entonces producían contendido para la red han reducido hoy su presencia para caer también en la tentación de los textos escritos por IA.  Bueno, y que  da muchísimo más miedo las oficinas  guays y el teambuilding que cualquier aparecido con una brecha en la cabeza.

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