Chaplin, como una de las más influyentes desde los inicios del cine, fue partícipe de las etapas más decisivas de este. Del silencio al sonido, evolucionó desde su personaje más famoso, el entrañable vagabundo representación de la comedia gestual, a otro más oscuro, donde el humor se convertía en una herramienta de defensa contra una realidad hostil. Una personalidad tan decisiva como cuestionable en lo que se refiere a su vida personal. Una dualidad que de forma involuntaria se reflejaría en una de su últimas películas, planteada, rodada y considerada como una comedia, pero que se sustentaba en un humor mucho más oscuro que el de las aventuras de vagabundo que lo dio a conocer.
Henri Verdoux es un próspero hombre de negocios en la Francia de la gran Depresión. Tras ser despedido del banco en el que trabajó durante treinta años, decide convertirse en emprendedor, asumiendo el riesgo de llevar a cabo diversas inversiones…un ejemplo de como adaptarse a un entorno de crisis, sino fuera porque la fuente de financiación de Verdoux no es otra que la bigamia y el asesinato. A provechando su encanto, este ha dedicado los últimos años a encandilar y casarse con distintas viudas y solteronas acaudaladas de cierta edad, a las que no duda en eliminar en el momento adecuado. Una actividad que este considera en todo momento como un negocio necesario, que le ha permitido mantener durante todo ese tiempo a su primera esposa enferma, y al hijo de ambos, en una posición de seguridad económica ajenos a la verdadera naturaleza de su negocio. Aunque, tras más de una docena de muertes sospechosas, la policía ha dado con el principal sospechoso y comenzado su búsqueda y captura.
Inspirado en una idea de Orson Welles y llevada a cabo por Chaplin, la película adapta el caso de Henri Landru. Este, aprovechando la falta de efectivos policiales durante la primera guerra mundial, asesinaría al mismo número de mujeres que su homónimo ficticio, siendo conocido como el moderno Barba Azul. Un apodo al que también se hace referencia en el prólogo, aunque la primera aparición de este no será inmediata: Verdoux será presentado mediante un monólogo inicial, adelantando el destino que lo espera, y por referencia a sus actos previos, mediante la indignación de una familia que desconoce el paradero de una pariente que presunta mente, ha huido para sacarse, las discusiones y enfrentamientos entre estos personajes, quienes no volverán a aparecer, contrastan n en ese escenario costumbrista con la primera aparición de Verdoux, en su faceta de caballero apacible, amante de las plantas, incapaz de hacer daño a un ser vivo. Y que ha mantenido durante días el horno del jardín encendido, dando cuenta de esa mujer desaparecida, encargándose de liquidar su última inversión mediante la venta de la casa de ambos. Una secuencia que en muy pocos minutos, da a conocer al púbico el impacto de su carrera delictiva, la personalidad del protagonista, y el modus operandi de este, quien no duda en intentar seducir a una viuda a la que considera una nueva víctima. Así como la presencia de la policía, quienes conociendo ya la identidad del sospechoso, sirve como advertencia que lo que se narrará serán los últimos pasos del asesino.
Estas primeras escenas han sido concebidas con un tono cómico, en las que Chaplin desarrolla un personaje muy gestual, de modales impecables y cortesía un tanto falsa. Un retrato caricaturesco que ayuda a mantener todavía ese tono de comedia física aunque se trate de la historia de un asesino metódico. La personalidad de Verdoux se irá desarrollando progresivamente en las siguientes escenas, caracterizándolo como alguien con una gran capacidad de improvisación, dotado para el engaño, y extrañamente encantador para sus víctimas. Estas también han sido caracterizadas, en principio, desde eh humor: todas ellas responden al arquetipo de solterona, como mujeres poco agraciadas, de carácter avinagrado e inconscientes de haber sido engañadas. Un retrato propio d la época que sin embargo no impide que estas sean dotadas de una personalidad y profundidad distintas entre sí, pudiendo comprobar las distintas situaciones de cada una: la primera, ya harta de un marido ausente, del que emplea a sospechar. Una segunda, todavía enamorada, crédula y víctima de estafas paralelas a las que sufre en manos de Verdoux, y una tercera víctima potencial, con la que apela a una pasión reprimida como método de conquista. Serán precisamente estas dos las que dispondrán de un mayor tiempo para ser caracterizadas más allá del estereotipo, suponiendo también el final de su carrera delictiva.
El elenco femenino se contrapone al personaje más joven, quien también representa esa caída en desgracia cuando la economía falla, de la que también ha sido Verdoux una víctima. La actitud de esta servirá no solo para salvarse de su papel de víctima sino también a la hora de sobrevivir, de una forma similar a la que su protagonista ha elegido, pero sin cruzar la línea moral de este.
El elenco femenino se contrapone al personaje más joven, quien también representa esa caída en desgracia cuando la economía falla, de la que también ha sido Verdoux una víctima. La actitud de esta servirá no solo para salvarse de su papel de víctima sino también a la hora de sobrevivir, de una forma similar a la que su protagonista ha elegido, pero sin cruzar la línea moral de este.
Frente a las personalidades falsas elegidas por el protagonista, se encuentra la familia de este. La seguridad de estos constituye el motor que lo conducen a una carrera delictiva ejecutada con la eficiencia de un director de empresa (el mismo considera su actividad como un negocio lucrativo y no algo reprobable) a la que procura mantener en la inocencia de una manera que hará más evidente su naturaleza criminal oculta, pero que sirve como motor de sus acciones hasta el desenlace, donde una vez desaparecido el motivo por el que continuar, Verdoux asume el destino que ha estado eludiendo.
Una gran parte del metraje mantiene el tono de comedia ligera, ayudándose en la expresividad corporal y en los sketches de equívocos cuyo tono, sorprendentemente alegre y acompañado por lo luminoso de los escenarios, resalta todavía más lo siniestro de su trasfondo. La velocidad a la que Verdoux cuenta los billetes, con la práctica de un empleado de banca, el intento de seducción de una de sus víctimas, entre escandalizada y desconcertada, el duelo de bofetadas que mantiene con el estafador de una de sus esposas (demostrando que él no es el único en esta actividad comercial) o los aparatosos intentos de asesinato de esta última, el único que veremos en pantalla y que muestran consecuencias más hilarantes que catastróficas, suponen una gran parte de un metraje que irá derivando hacia un tono más desengañado, arcado por la primera aparición de la joven a la que Verdoux ofrece refugio, y que tras una secuencia final de enredos y persecuciones, verdadera conclusión de la parte cómica, dará paso al final de su protagonista, victima junto con su familia de una nueva crisis económica y al que solo le queda asumir su derrota y las consecuencias de sus actos.
Las últimas palabras de Verdoux puede que no sean tan recordadas como El gran dictador, pero su concepción de si mismo como hombre de negocios cuyo plan ha fallado, del valor de la vida como algo relativo en términos económicos y la referencia a una situación política que solo ha beneficiado a algunos afortunados, resulta mucho más realista e hiriente que el mensaje esperanzador de su personaje de 1940.
Una gran parte del metraje mantiene el tono de comedia ligera, ayudándose en la expresividad corporal y en los sketches de equívocos cuyo tono, sorprendentemente alegre y acompañado por lo luminoso de los escenarios, resalta todavía más lo siniestro de su trasfondo. La velocidad a la que Verdoux cuenta los billetes, con la práctica de un empleado de banca, el intento de seducción de una de sus víctimas, entre escandalizada y desconcertada, el duelo de bofetadas que mantiene con el estafador de una de sus esposas (demostrando que él no es el único en esta actividad comercial) o los aparatosos intentos de asesinato de esta última, el único que veremos en pantalla y que muestran consecuencias más hilarantes que catastróficas, suponen una gran parte de un metraje que irá derivando hacia un tono más desengañado, arcado por la primera aparición de la joven a la que Verdoux ofrece refugio, y que tras una secuencia final de enredos y persecuciones, verdadera conclusión de la parte cómica, dará paso al final de su protagonista, victima junto con su familia de una nueva crisis económica y al que solo le queda asumir su derrota y las consecuencias de sus actos.
Las últimas palabras de Verdoux puede que no sean tan recordadas como El gran dictador, pero su concepción de si mismo como hombre de negocios cuyo plan ha fallado, del valor de la vida como algo relativo en términos económicos y la referencia a una situación política que solo ha beneficiado a algunos afortunados, resulta mucho más realista e hiriente que el mensaje esperanzador de su personaje de 1940.
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