El cine de catástrofes fue una de las tendencias más populares durante los setenta. Visualmente impactante, con un importante componente emotivo derivado del concepto del hombre contra los elementos, y de su componente potencialmente trágico, lo bastante real como para que le público se sintiera identificado con el drama humano. Aeropuerto, La aventura del Poseidon, El coloso en llamas son los primeros en venir a la cabeza del espectador, aunque los años posteriores también tuvieran un pequeño regreso quizá con menor permanencia que n su época dorada. Los noventa contaron con tornados, un volcán y un par de asteroides…Hasta Bayona recrearía la tragedia del tsunami de 2004. Los grandes desastres llevados al cine se caracterizaban por esa premisa de lo individual frente a lo global. Y sobre todo, del hombre estadounidense contra esos elementos que podían borrar de un plumazo su modo de vida. Un estilo dramático y épico que Europa intentó emular en una producción que con un reparto internacional de caras muy conocidas, , planteaba una potencial catástrofe desde un punto de vista distinto: ¿y si este fuera provocado únicamente por decisiones humanas?
Tras un intento de sabotear las instalaciones de la Organización Mundial de la Salud por parte de un grupo terrorista, estos quedan expuestos a un virus que la misión estadounidense ocultaba en uno de los laboratorios. Capturados rápidamente, son las primeras víctimas de la enfermedad respiratoria de la que se habían contagiado. Solo uno, infectado y sufriendo los primeros síntomas, consigue huir y ocultarse en un ferrocarril que recorre Europa desde Ginebra hasta Estocolmo. Los pasajeros, en contacto con él, comenzarán a mostrar los mismos síntomas que no tardaran en cobrarse las primeras víctimas. El doctor Chamberlain, uno de los viajeros, se da cuenta que algo está sucediendo en los vagones, y su actuación puede ser crucial para evitar la pérdida de más vidas. Mientras, en los despachos de la OMS, el coronel Mckenczie da las últimas órdenes para desviar el tren de su ruta inicial y conducirlo a una localidad de Polonia, donde un campo de aislamiento espera a los pasajeros. Pero la ruta ferroviaria supone atravesar el puente de Casandra, una desvencijada estructura abandonada tras la segunda guerra mundial y cuyo uso podría suponer el colapso de esta y la muerte de todos los pasajeros. Enfrentados por la misma decisión salomónica, el doctor y el coronel deciden, por sus propios medios, salvar el mayor número de vidas o evitar la muerte de muchos otros. Aunque esto significa un importante sacrificio humano.
Dirigida por Pan Cosmatos, responsable posteriormente de Rambo II y Cobra (no confundir con Panos Cosmatos el de Beyond the Black Rainbow y las lucecitas setenteras), la película fue realizada de forma muy similar a sus contrapartidas estadounidenses: un suceso dramático, y el componente humano aportado por las distintas historias de los personajes. En ese ferrocarril, que sirve de escondite a ese involuntario agente infeccioso, viaja todo tipo de personas: familias con niños, miembros de la iglesia, empleados del tren, e incluso secundarios con historias tan variopintas como un superviviente de Auschwitz, la mujer de un fabricantes de armas y su joven amante, un agente del orden de incógnito y el médico protagonista, quien coincidirá en este viaje con su exesposa y sobre quien recaerá la trama romántica que no puede faltar en ninguna superproducción que se precie.
En este escenario, repleto de personajes con mayor o menor importancia, pero dotados de su historia se desarrollar la trama principal de forma paralela a la de los otros protagonistas: el militar y una médico de la OMS, encerrados, en una sala prácticamente vacía, de espacios amplio cuyo aspecto aséptico, completado con la presencia de unas cuantas máquinas con lucecitas y ruidos propios de cualquier entorno científico de los setenta, contrasta con lo limitado y casi claustrofóbico de unos vagones de tren donde tanto el espacio con la movilidad de los pasajeros se verá limitada. Ambas situaciones sirven para contraponer las decisiones tomadas por cada uno: el objetivo de salvar vidas que rige la actuación del lado médico, frente al sacrificio por un bien mayor, y el secretismo que rodea la operación, establecido por su antagonista. Esta vocación de película taquillera se nota tanto en su realización como en el reparto. Una producción de Alemania (occidental), Reino unido e Italia presenta, además de cuantos planos aéreos de edificios y escenarios clave, a actores como Burt Lancaster en el papel de coronel, Richard Harris y Sofia Loren como médico y sus esposa…pero también a Ava Gardner, Martin Sheen e incluso al mismísimo O. J. Simspon antes de ser famoso por motivos muy distintos a su carrera cinematográfica. Un reparto que pone de manifiesto la intención en cuanto a los valores de producción, aunque estos en algunos momentos chocan con efectos especial bastante flojos incluso para la época.
Tanto la realización como el desarrollo de la película está dentro de lo esperado en el cine de catástrofes. Mucho drama humano, historias personales y la solución del problema gracias a la actuación de un individuo independiente frente a las decisiones tomadas por el poder establecido. Una resolución dentro de lo rutinario que no resultaría memorable con esa sucesión de situaciones que van a peor para ser rápidamente olvidadas ante cada nuevo problema. El virus mortal del principio se convierte en la versión pulmonar de una gastroenteritis, durando unas pocas horas y el dramatismo donde se nota que cargaron las tintas, de sugerir que la ruta de ese tren conduce a un antiguo campo de concentración, pasa a ser un problema menor ante un inminente accidente ferroviario.
Una intención de querer abarcar todo, que haría que la película se pueda quedar en una propuesta curiosa, pero rutinaria, un calco de aquello a lo que quieren parecerse. Sin embargo, lo anacrónico en muchos casos del escenario, del enfoque del guion y de la forma de plasmar la época en la que se rodó, hace que actualmente pueda apreciarse de una forma distinta. Se encuentran elementos que se convertirían años después, en un problema real, frente a aspectos cotidianos de una época no muy lejana, pero que por el cambio tecnológico y de mentalidad, suponen un mayor distanciamiento de estas. Un espectador actual interpretará de forma muy distinta, y seguramente, con más aprensión, ese tren sometido a cuarentena. La sintomatología de ese virus respiratorio resuena de otro modo al que lo hizo en los setenta, de la misma manera en la que la escena en la que Sofía Loren se lava las manos para evitar contagiarse, resulta hoy involuntariamente bien traída.
La idea de una línea ferroviaria recorriendo Europa, casi más un hotel con ruedas que un medio de transporte, parece hoy tan irreal como el tren postapocalípitco de Snowpiercer. La presencia de un superviviente del holocausto, y ese mensaje de no olvidar del pasado queda también muy lejos, pese a lo habitual en el cine de entonces. Y la actuación del personal militar, en suelo europeo, conserva ecos de la guerra fría. Quizá ese grupo terrorista que desaparece en los diez primeros minutos, con el resto de catástrofes de la trama, fueran también una referencia velada a las operaciones del Baden Meinhof.
El puente de Casandra, una de esas películas rodadas “a la manera de los americanos”, gana hoy más valor como testimonio de una década cada vez más lejana en el tiempo y en mentalidad, que como película de catástrofes.
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