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jueves, 11 de febrero de 2021

Indiana Jones en busca del arca perdida (1981). De cómo empezó la aventura



Hay una serie de películas de las que es inevitable hablar cuando se menciona el cine clásico. Una gran parte, hoy objeto de estudio en cualquier curso de formación audiovisual, presentes en todo cineclub y sujetas a cientos de análisis y lectura. Aunque hoy parezca difícil verlas desde ese punto, todas ellas se consideraron en su momento cine de entretenimiento. Como el mismo, que en forma de trilogías cinematográficas, supuso, desde finales de los setenta, el comienzo de una forma de ocio audiovisual, y de un imaginario, que acompañaría al público desde entonces. Una es una saga sobre cómo los rebeldes y una antigua orden de caballeros derrotaron a un malvado imperio galáctico. La otra, como habremos imaginado, es la de un arqueólogo que encontró algunos de los objetos más misteriosos de la historia humana.



En busca del arca perdida supone la presentación del personaje de Spielberg, quien dominó el campo de los blockbusters durante toda una década. En este caso se atrevió con el género de aventuras. O más bien, con uno tan concreto como el pulp: a principio de los años 30, un departamento gubernamental de los Estados Unidos encarga a un profesor la búsqueda de un objeto del que se duda de su existencia: nada menos que el Arca de la Alianza. Aunque parezca extraño que un gobierno contrate a un arqueólogo para buscar quimeras, el nuevo gobierno alemán también ha mostrado interés por lo oculto y la ayuda más indicada para adelantarse en esa carrera de tiempo es el doctor Henry Jones, quien ha demostrado ser capaz de recuperar todo tipo de objetos de los entornos más remotos y salvajes. Indiana, como lo apodan sus amigos, deberá viajar por todo el globo adelantándose a las intenciones de los nazis, quienes también cuentan con la ayuda de un arquitecto igual de hábil pero más despiadado, evitar trampas, descubrir enigmas, y por desgracias para él, enfrentarse a lo que más teme: las serpientes, y a Marion, una antigua novia quien cuenta con la pista clave para poder encontrar el Arca.


La mejor forma de describir el comienzo de esta trilogía sería el de memorable: hoy se ha convertido en una de esas películas que se han visto miles de veces, que han formado parte de videoclubs, de cualquier sesión de tarde de relleno (cuando en televisión se echaban películas y no telefilmes alemanes ni Sharknados) y de la que se conozca de memoria algunas escenas, la música y la icónica figura de su protagonista. Aunque la idea, en su momento, parecía de lo más enloquecida y abocada al fracaso como también lo había parecido erróneamente La guerra de las galaxias. El planteamiento y diseño de su personaje venía de los viejos seriales por entregas que tanto Lucas y Spielberg conocían de su infancia, muy marcados por la cultura pulp, por la aventura y por cierto sentido de la maravilla que aquí captaron añadiendo un trasfondo sobrenatural a la trama. El ritmo de la historia demuestra ser igual de dinámico que en estos formatos: unos pocos minutos bastan para conocer a su protagonista, saber a qué se dedica, y sobre todo, a qué puede temerle un tipo capaz de enfrentarse a tribus indígenas y a templos plagados de trampas. Para saber cual fue su pasado romántico y cual es su mayor rival en este momento. Y para introducir a una serie de secundarios, como Marcus Brody o Shallah, que servirían para dar continuidad y trasfondo a su protagonista en el resto de la trilogía. Pero también los villanos, dado que en esta primera entrega tienen su aparición antagonistas que, aunque por desgracia no se convirtieran en recurrentes, como todo héroe pulp necesita, suponen una contrapartida sólida y que ofrecen un rostro con más matices que los soldados alemanes a los que Indiana se dedica a esquivar y vapulear durante dos horas: Paul Freeman como Belloq, quien en un momento dado se define como el lado oscuro del protagonista, y Ronald Lacey como Toht, cuya caracterización se acabaría convirtiendo en un referente para cualquier oficial de la Gestapo que se preciara…y que llegó a ser objeto de parodia en la serie Alló, Alló.




Al igual que en un serial, el guión ofrece distintos escenarios, hilados mediante un truco tan sencillo pero icónico de un mapa con una ruta marcada, que resume el carácter de película de aventuras de la producción: la trama lleva a sus personajes por todo el mundo, desde una selva amazónica hasta una isla perdida, pasando por el Cairo e incluso un barucho del Nepal, y unas secuencias donde se aprecia ya el uso de los efectos especiales y de la acción como espectáculo, pero sin que la narración fuera devorada por estas: las trampas ingeniosamente diseñadas de un templo en ruinas, una persecución por la selva, una accidentada carrera de camiones, por no hablar de las peleas a puñetazos (o de un duelo a espada resuelto pragmáticamente de un disparo), resultan vistosas, hasta espectaculares, pero no excesivas ni cansinas. Casi artesanales, si se las compara con los artificios que pueden verse en los blockbusters actuales. Un ritmo y montaje acertado que hace que sea fácil olvidar que la película cuenta con recursos y giros que son resoluciones bastante simples, o que con el tiempo, cambiarían muchas de las formas de ver la narrativa: el desenlace, si bien aprovecha la idea de espectáculo y sacarle partido a los efectos prácticos, no deja de ser un deus ex machina. Y el personaje de Marion Crawford, pese a su caracterización como algo más que una dama en peligro, dedica bastante tiempo a ser un rehén.

En busca del arca perdida es hoy la muestra de muchas cosas: de cómo una idea se convierte en un clásico del cine de aventuras, de cómo este marca a una generación de espectadores y se convierte en un referente de la cultura popular moderna: el personaje, la narración el ritmo y sobre todo, una banda sonora de John Williams que se ha convertido en la marca de un género.

4 comentarios:

Rocío G. Tizón dijo...

De pequeña me encantaban estas películas. Tal vez esta y la tercera sean mis favoritas, aunque con el tiempo también aprendí a apreciar la del Templo Maldito, con su atmósfera pulp.
Un abrazo.

Renaissance dijo...

A mi también: La primera y la última fueron mis favoritas de la serie, y las vi varias veces desde muy pequeña. Es probable que El templo maldito, ahora, y con lo que me gusta el pulp, gane un plus en comparación al resto.

Liliana Fuchs dijo...

Qué bien dicho todo, qué gusto da leerte siempre :).
Poco más que añadir, es una película de las que pocas veces suceden, que creó todo un icono inmortal que pocas veces podrá repetirse. Es que joer, mola todísimo xD.
Y el maravilloso juego The Fate of the Atlantis, uf. Me acaban de entrar unas ganazas de volver a ver la trilogía y rejugar la aventura gráfica, que ojalá no tuviera que dormir para vivir.

Un abrazo!

Renaissance dijo...

Gracias :). La verdad es que cuando me enfrento a películas como Indiana Jones, o Cazafantasmas, con las que crecimos y que han tenido miles de estudios y reseñas, me cuesta un poco escribir algo que no se haya dicho ya, si no es un poco lo que a mí me pareció y significó en su momento. Con Indiana fueron capaces de darnos un héroe pulp en plenos años ochenta, y que lo aceptáramos como una parte más de la cultura popular.
Y sí, mola un montón y las aventuras graficas que salieron, todavía más XD.

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