Soy inteligente cuando conviene, pero eso no gusta a los hombres
Lorelei Lee
Cada periodo de tiempo, especialmente desde el siglo XX, en el que fue posible conservar las formas de expresión audiovisual, cuenta con personajes que permanecen durante años en el imaginario y la cultura popular, convirtiéndolos en símbolos reconocibles durante décadas y en cierto modo, en enlace entre generaciones, figuras que los más jóvenes y los más viejos conocen por igual. El bombín y andar patizambo de Chaplin, el cigarro y la lengua afilada de Groucho, Scarlett O´Hara poniendo a Dios por testigo que no volvería a pasar hambre o Íngrid Bergman prometiendo a Humprey Bogart que siempre les quedaría París son algunas de las imágenes reconocibles por todos aquellos que nacieron a lo largo del siglo XX…y entre las cuales no podría faltar aquella rubia de un lunar en la comisura de la boca, voz seductora y expresiva pretendidamente bobalicona apodada entre otros sobrenombres, como la Venus Rubia. Norma Jean, Marilyn Monroe, más explosiva que la bomba atómica y merecedora de su propio espacio entre ese pasado difuso que ha pasado ser “lo clásico” y forma parte de un trasfondo cultural cada vez más lejano en el tiempo, en un mundo donde lo icónico tiene una permanencia cada vez más breve. Y que en 1953 protagonizó una comedia musical que también provocaría ese curioso fenómeno que es reconocer una obra sin haberla visto previamente: todos sabemos que los diamantes son los mejores amigos de una chica.
Lorelei y Dorothy son dos artistas de variedades, amigas pese a las diferencias de su carácter: una alegre, despreocupada y siempre fascinado por el dinero, sus propietarios y todo lo que brille, especialmente si son joyas. Dorothy, la de los pies den la tierra, se preocupa poco por esto último y más porque sus pretendientes sean atractivos. Ambas se embarca en un viaje marítimo hacia Francia, sufragado por Gus, el prometido de la primera, para desgracia del padre de este, quien no esté dispuesto a que su heredero se case con una cazafortunas. Aunque para ello tenga que contratar a un detective que consiga las pruebas necesarias para demostrarlo. Una situación de la que Dorothy tendrá que estar pendiente en todo momento, y que resulta mucho más complicado cuando uno de los pasajeros es nada menos que el propietario de una mina de diamantes, y lo bastante prendado de la inconsciente Lorelei como para desprenderse de alguna de sus piezas de joyería.
Adaptando la novela de Anita Loos del mismo nombre, que se convertiría en un musical de Broadway, la película de Howard Hawks es una de las producciones estrenadas en el año en que Monroe consolidaría su fama. De su papel de mujer fatal en Niagara pasaba a un personaje también destinado a explotar su atractivo físico, pero desde un ángulo distinto: el arquetipo de rubia tonta, casi inofensivo salvo por su capacidad de enloquecer a los hombres y acompañada por una actitud inocentona, encontraste con el papel de su compañera de reparto Jane Russell. Y que se convertiría en un arquetipo que llegaría a encasillarla. Pero que en esta producción es el personaje central de los enredos de una comedia aderezada con números musicales que han llegado a ser más recordados que los gags cómicos. Esta cuenta con una premisa simple, esas dos protagonistas opuestas, frívolas cada una a su manera pero con buen corazón y cuya ambición no es muy distinta de la de cualquier hombre de negocios que busque sus atenciones: conseguir lo que quieren y salir adelante. La diferencia entre ambas se lleva hasta la exageración, con una heroína que no parece saber ni donde tiene la cabeza (ni donde está Francia, si nos ponemos) y cuya simpleza recuerda a veces a una niña. Dorothy, el personaje de Jane Russell, es el sentido común de ambas, pragmática y al igual que su amiga, su aparente frivolidad esconde un corazón y una genuina amistad entre ambas, haciendo todo lo necesario para poder sacarla de cualquier apuro y acompañarla hasta donde sea. Una caracterización que hace que ambas protagonistas, pese a la simpleza que parece exigir una comedia, tengan una profundidad emocional que hace que las situaciones de enredo funcionen: el espectador va a sentir simpatía por ambas y los personajes secundarios, tanto jóvenes como millonarios, se han buscado el enredo en el que se ven metidos…Además, ¿para qué negarlo? ¡A nadie le gustan los millonarios, ni ahora ni en 1953!. Por no decir que Charles Coburn como oligarca es grotesco y cómico a partes iguales.
El reparto de los papeles entre ambas actores hace que la Dorothy Shaw de Russell tenga mayor peso, y se convierte junto al detective Malone, interpretado por Elliott Reid, se convierten en los personajes principales y los que desarrollan una trama romántica con más tiempo, frente al romance cómico y un tanto pesetero de Monroe y Tommy Noonan.
Al tratarse de una comedia musical, no solo los números, sino el aspecto visual, tiene una gran importancia. La película vibra con colores muy vivos que ya nos recuerdan al Hollywood del pasado, irreal, pero también más luminoso que el que llegaría después. El vestuario, algo importante al contar con unas protagonistas que se mueven en un mundo de apariencia y elegancia, se convierten en el centro de la escena cada vez que Marilyn Monroe o Jane Russell aparecen con algún atuendo de velada vespertina. Y pro su puesto, el montaje del número central de la película, orquestado como un escenario de variedades donde cada uno de los elementos destaca...e incluso su remedo final, ejecutado de una forma mucho más sencilla y cómica, de modo que el foco recae por igual entre ambas protagonistas.




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