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jueves, 2 de abril de 2026

La marcha de los soldados de madera (1934). Cuando todo era más sencillo

 


El cine infantil con el tiempo, ha quedado reescrito por la presencia  ubicua de Disney. Es difícil pensar en cualquier producción de los años treinta sin que vengan a la cabeza sus adaptaciones animadas. Un curioso borrado de memoria que hoy, establecida ya como una de las corporaciones  con máscara falsamente amable por excelencia, da un poco que pensar…aunque esto, al menos esta vez,  solo tenga que ver con la permanencia de las obras más populares en la memoria colectiva. Del mismo modo, una pareja de cómicos especializados en la comedia gestual, serían  conocidos años después en nuestro país  por unos apodos que ni siquiera se adaptaban tan bien a la fisionomía de estos: Stan Laurel y Oliver Hardy, el Gordo y el Flaco, recordados más por este apodo que por su nombre oficial. Y en mi caso,  más por su carrera cinematográfica, por la serie de dibujos.  Fue en 1934 cuando el dúo,  con  la producción de un estudio distintito al del ratón con calzones rojos (aunque tan poderoso como la Metro),  participó en una muestra de ese cine que, pese a  su popularidad entonces, se convirtió en uno de esos clásicos   menos  rescatados en comparación al resto, pero que conseguiría permanecer por su carácter pionero y por la presencia de los remakes posteriores.



El país de los juguetes  es un lugar donde viven los personajes de los cuentos. Los tres cerditos, la Madre Ganso y la viuda Peep con sus hijos en una  enorme bota y  la pastora Bo Peep. Incluso   Stannie Dum y Ollie Dee, quienes trabajan en el taller donde se fabrican los juguetes que cada año repartirá  Papá  Noel.  Pero también  Silas Barnaby, el hombre más malvado del Reino y que  pretende casarse con  Bo Pee  por  todos los medios, incluso amenazando  con ejecutar  la hipoteca que recae sobre la casa de la viuda Peep. Pero  Stannie y Ollie, quienes  se alojan en el hogar d esta, no están dispuestos a permitir que esto pase.



La película está  basada en una opereta de Victor  Herbert. Esta, conocida como Babes in Toyland o Había una vez  dos héroes,  cuenta  también  con un par de versiones coloreadas, que aunque no suponen fidelidad al metraje sepia original, si que  la convierten en una cinta con una textura muy peculiar,  de colores muy saturados e irreales que complementan muy bien  una historia llena de simpleza donde lo importante es el entorno: el País de los juguetes  habitado por algunos personajes  reconocibles  por todos, además de otros, como la Madre Ganso o la viuda de familia números a y su bota reconvertida a vivienda, que resultan familiares por conocimiento de la cultura popular anglosajona que por tradición local.  Pero también, un escenario hostil, el lugar de pesadillas  que rodea al país de los juguetes al que los criminales son exiliados y habitado por seres monstruosos.  Monstruos, por su puesto, más propios de las pesadillas infantiles  de una época más inocente, donde unos colmillos falsos y un  traje de  peluche, junto a unos figurantes moviéndose como espantajos en un decorado sombrío  eran suficientes  para  romper la sensación de inocencia  que se mantiene en la trama ¡Como si no lo hiciera ya el hecho que  los adorables residentes del país de los cuentos no dudaran en exiliar a sus criminales para ser devorados!


La contrapartida a los héroes es representada por el personaje de Silas Barnaby, el villano que Henry Brandon (quien  desarrollaría después una carrera como actor de carácter) interpreta como arquetipo de  prestamista de levita maltrecha, movimientos   propios de un buitre y  gestos llevados hasta la exageración que son el opuesto perfecto  para una película  caracterizada por su simpleza  e intención de acercarse a los cuentos populares. Los héroes serán precisamente, una pareja de trabajadores, no especialmente brillantes pero de buen corazón y a los que, incluso   esos planes que fracasan se convierten de forma  inesperada en una solución. Como precisamente, el  ejército de soldados de madera que construidos por error a tamaño real, se convierten en la salvación de los habitantes del reino frente a los monstruos. La pareja de Oliver y Hardy  en uno de sus primeros largometrajes son héroes secundarios, combinando ideas de ultimo momento con su dinámica de simplón e inteligente en sketches  tan simples como un plan arruinado por le despiste y  la falta de  malicia del personaje de Stan Laurel. Estos se convierten en  no en protagonistas, pero si  en la cara más reconocible de una película  cuyos personajes  principales se mantienen el equilibrio con su soporte cómico y donde conviven el tono infantil  con los números musicales y sobre todo, con un sorprendente giro macabro  hacia el tramo final.  Es este donde la drama deriva hacia una batalla entre  seres similares a goblins (en el original, boogeymen) contra  unos soldados de madrera que continúan luchando incluso  tras perder la cabeza…De nuevo, el país de los juguetes no es un lugar tan inofensivo como parece. Y los más inesperado, la aparición autorizada, no solo de los tres cerditos y la melodía de estos concebida para el corto de Disney, sino del propio Raton Mickey, que en su imagen real  es nada menos que un  mono convenientemente disfrazado. Una aparición no solo desconcertante,  sino que se convierte involuntariamente en una secuencia un tanto perturbadora. Además de, para los aficionados al creepypasta, ser reconocible por uno de esos gifs sacados de contexto que no hace sino acentuar esta cualidad extraña.


Hoy convertida en una de esas películas  difíciles de recordar por el paso de los años, algo inevitable por  la mera acción del tiempo y el cambio de gustos,  esta serviría también para dos remakes  de 1961 y 1986.  Este último, con nada menos que nuestro mesías cyberpunk y  mercenario defensor de los perritos preferido, Keanu Reeves.  Vista hoy, funciona perfectamente  como lo hizo en 1934:  una comedia musical infantil que produce una nostalgia extraña, de esa   que no recordamos  pero en la que nos parece estar viviendo algo  muy lejano y perdido hace mucho. Y en la que,  queda demostrado que sea una opereta de los años 30 o el 2026 viviendo al mundo del colapso: u n especulador inmobiliario siempre será el peor enemigo posible.

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