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lunes, 2 de diciembre de 2013

Las Increíbles aventuras de H. P. Lovecraft II. Jesús Cañadas y Los nombres muertos


 
H. P. Lovecraft es un escritor que se ha convertido en personaje de sus propias obras. O no exactamente de las suyas, sino de las que se escribieron posteriormente utilizando el mundo creado por él. Aunque esto no es tan novedoso como parece, y H. P. L ha sido protagonista en más de una ocasión, Jesús Cañadas ha sido uno de los últimos autores en utilizar al escritor de Providence y a varios de sus colegas como protagonista en una historia muy relacionada con los Mitos de Cthulhu.

 


Los Nombres Muertos presenta a estos personajes en una situación muy similar a la de los protagonistas de los relatos pulp que escribían: una millonaria moribunda contacta con Frank Belknap Long solicitándole que encuentre el Necronomicon. Pero hay un problema: ese libro de hechizos no existe, sino que es una invención de su amigo H. P. Lovecraft, y la ficha de biblioteca que le presentan como prueba no es suficiente. Lovecraft no se toma la oferta en serio, hasta que esta se convierte en la posibilidad de un viaje a Londres donde supuestamente se subastará un ejemplar. Junto a Long y Robert E. Howard, la visita a Londres implicará secuestros, el reencuentro con Sonia Greene, exmujer de H. P. L, e incluso una expedición a Damasco, donde según la historia, Abdul Alhazred escribió el Necronomicon. Y si personajes como Arthur Machen, Aleister Crowley o miembros del mismísimo partido nacionalsocialista alemán intentan conseguir el libro, las dudas sobre su invención se hacen cada vez mayores.

 


Este hombre es el culpable de que olvidara poner la lavadora y se me enfriara el té durante toda una semana

Si hubiera que escoger lo mejor de toda la narración, sería el propio H. P. Lovecraft. Se ha escrito mucho sobre él, y con él de protagonista, pero nunca había encontrado una caracterización que se pareciera no solo a lo que se sabe de él, sino a la idea que muchos teníamos sobre el escritor. Especialmente en sus diálogos, en los que también se hace algo de mofa a su afición por los adjetivos y las palabras tremebundas. El Lovecraft de Cañadas se presenta como un personaje que parece vivir en su mundo de fantasía: habla y se comporta de modo anacrónico, y con cada una de sus reacciones intenta negar el entorno real que lo rodea. En muchos de sus diálogos me dio la impresión que su estereotipo en el siglo XXI sería el típico friki que vive en el sótano  de sus padres y se pasa la vida en Internet…y precisamente es esto lo que lo hace tan divertido. Además evita un defecto bastante habitual cuando se toma a este escritor como protagonista: cualquier acto heroico brilla por su ausencia, se pasa la mitad del libro siendo arrastrado de un lado para otro (o protegido por su mujer) y a medida que el peligro aumenta, dan ganas de darle un par de collejas para que espabile. El avance de forma tan fluida de la adoración del lector a la tirria y al respeto final  demuestra que su caracterización funciona, y que no se limita a ser el escritor favorito de los fanboys como protagonista de una aventura imposible.



H. P. L y Sonia Greene
 
El desarrollo de la narración, al menos hasta la segunda parte, también es fluido: el comienzo es casi un homenaje a los lectores, con un grupo de escritores pulp buscando un libro que no existe, siendo secuestrado por un grupo de sectarios e incluso estrellando un coche en una subasta de Londres. Esta diversión va diluyéndose a medida que su aventura se vuelve más peligrosa: en más de una ocasión estos escritores se dan cuenta de la diferencia entre cómo reaccionan ante la violencia y cómo lo harían los personajes de sus relatos, y a partir de la muerte de uno de ellos, junto a la evidente inutilidad de Lovecraft en cuestiones prácticas, hace que la historia pase de la diversión a un tono mucho más oscuro, incluido un cierre que, aunque me desconcertó para mal en un principio, me pareció un poco después una forma de concluir la historia muy novedosa. La mención a los Mitos de Cthulhu es bastante ambigua, exceptuando toda la búsqueda del Necronomicón que los protagonistas consideran cosa de fanáticos. Y de todo lo que sucede, no llega a quedar claro si tiene una explicación lógica o realmente hay un componente sobrenatural.  

 
Toda la acción que en un principio, parecía el colmo del dinamismo y  la diversión, acaba volviéndose en contra de la narración a partir de la segunda mitad del libro. simplemente, pasan demasiadas cosas, los viajes que hacen los protagonistas buscando pistas sobre el libro empiezan a hacerse excesivos (o peor, parecen jugadores de La llamada de Cthulhu desorientados) y, con unos personajes perdidos en Damasco, otros en Portugal, más unos cuantos que no se sabe muy bien qué pretenden, la historia se va de las manos y se acaba pidiendo un poco de calma, o al menos, que los protagonistas y el lector tengan un respiro para asimilar lo que ha pasado. Esto también se extiende a la aparición de personajes secundarios, donde practicamente todos los que hacen aparición tienen  que ser famosos de la época: Crowley, Arthur Machen, Charles Fort e incluso el propio Hitler buscando el Necronomicón…¡si es que no falta un nazi en ninguna merienda!  Por suerte, la mayor reunión de caras conocidas se queda para un capítulo concreto, donde las apariciones de Dalí, Hitchcock o el propio Tolkien son poco más que cameos y están mucho mejor localizadas. De los personajes anteriores no puedo decir lo mismo, porque la mención de estos casi parece obligatorio en este tipo de libros. Puestos a pedir, hubiera preferido que en lugar de Crowley en Londres hubieran tenido un encuentro con Jean Ray en alguna taberna de Gante…con lo peculiar y fantasioso que era este escritor, habría dado bastante juego.

 
Los nombres muertos es uno de esos libros que no me hubiera gustado a los 16 años, sino que lo hubiera adorado: nada me habría hecho más feliz que ver a mi escritor favorito convertido en un protagonista más de sus relatos, tan vivo como puede serlo un personaje literario. Hoy, me ha gustado mucho. Y el que mis niveles de fangirlismo se hayan rebajado un poco, es lo que ha impedido que diera gritos de alegría con las frases lapidarias de H. P. L y las chulerías de Robert E. Howard. Eso sí, 560 páginas y ni un solo gato ¡Con lo que Lovecraft le gustaban los gatos!

 

3 comentarios:

José Miguel García de Fórmica-Corsi dijo...

Coincidimos en que lo mejor es el dibujo de Lovecraft... es justo el retrato que esperábamos, y resulta de lo más entrañable, además sin intentar convertirlo nunca en un héroe incongruente. También me cae muy bien el personaje de Belknapius (en cambio, me convence mucho menos Robert E. Howard, no sé qué pinta en esa trama). Lo peor, la sensación de mecanicismo en que acaba cayendo la trama, la inevitable presencia de los nazis... ¡y las escenas a los Spielberg en el Museo Británico y otros lugares!

La Minomalice dijo...

Después de leerme la biografía de H. P. Lovecraft me apetece mucho leerme este libro, aunque sea por tener la sensación de que sigo conociendo a este extraño ser. Aparte de sus relatos, lo mejor de este escritor era él mismo tan rematadamente friki. Adoro a todo ser diferente que se sale del borreguismo de la media y él lo era elevado a la enésima potencia. Me echa un poco para atrás una segunda parte tan cargada de acción. Y no le perdono el que no aparezcan gatos. Esto, estás de acuerdo conmigo en que es imperdonable. No obstante la leeré por curiosidad.

He estado leyendo otras entradas que no he podido leer antes. Me ha gustado mucho la de Emilio Carrere. No sé si te he comentado alguna vez una curiosidad que me encantó cuando leí LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS. El negro de Emilio Carrere que ayudó a concluir con éxito esta novela, Jesús de Aragón murió el 19 de abril de 1973. Justito justito el día, mes y año que yo nací. Recuerdo también que me grabaron la película de Edgar Neville basada en dicha novela y que se veía cuando le daba la gana. Imagínate, en plena adolescencia, estas curiosidades convirtieron la novela de LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS en una obra llena de significados ocultos y misterios por resolver. Ay, bendita adolescencia que todo lo magnifica y que ve mensajes ocultos por doquier. No he leído LA COPA DE VERLAINE y es el tipo de libro que me vuelve loca. Me ha gustado mucho lo que dice de Antonio Machado. Cuando leí su biografía descubrí que también era un ser bastante peculiar. Y lo mismo digo, a mí tampoco me lo contaron así en clase de literatura.

Perdona que vuelva atrás en tus entradas, pero es que me ha gustado mucho. Un besazo

Renaissance dijo...

José Miguel García de Fórmica-Corsi: si Lovecraft es el mejor de todos, Belknapius es uno de los más divertidos (aunque no tengo muy claro por qué decidió bajarle la edad a Sonia Greene. Voy a considerarlo lógica porque quizá una mujer de 50 años en 1930 no estuviera para dar puñetazos). Robert E. Howard también tiene su gracia al principio, por aquello de incluir al músculo del equipo y sus pistolas con nombre de chica, pero es bastante prescindible. Otra vez la costumbre de sacar a todo quisque.
Los nazis, ahora, perfectamente podrían haberse quedado a su aire en lugar de meter baza en el libro.

La Minomalice: algo tiene H. P. L para que a todos nos fascine de esa forma. En mi adolescencia lo admiraba con una veneración que rozaba lo fangirl, y en la forma que teníamos de magnificar el mundo en esos años estás en lo cierto: quizá por eso me gustaban esas historias en las que H. P. L. parecía tener más secretos que los que debería un escritor de pulps ¡no me resignaba a una realidad prosaica y aburrida!
De La torre de los siete jorobados, además de su creatividad, y la prosa, me sorprendió un montón lo de haber contado con un negro en su redacción. Solo por ese libro, a de Aragón hay que reconocerle el mérito de esa novela.
La copa de Verlaine también da una buena visión del Madrid de los escritores, muy alejada de lo que nos contaban en clase. Hace años me imaginaba a Antonio Machado pensando en qué metáforas podía utilizar para fastidiar a los estudiantes del futuro. Ahora me doy cuenta que ni ellos mismos se tomaban demasiado en serio sus papeles.

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