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jueves, 26 de marzo de 2026

Noche de brujas. Me casé con una bruja (1942) y Me enamoré de una bruja (1958)

 


                                                                                                                When  I look out my window
                                                                                                                What do you think  you see
                                                                                                                And when I look in my window
                                                                                                                So many different people  to be
                                                                                                                It´s strange
                                                                                                                Sure it´s strange
                                                                                                                   Donovan- Season of the Witch


La figura de la bruja, desde la anciana con sombrero puntiagudo,  escoba y gato de la tradición, hasta la tía Gladys de Weapons, ha tenido presencia  en el audiovisual de muchas formas. Siniestra, amable, cómica o abiertamente positiva,  también refleja esa dualidad,  quizá más evidente en el pasado , de cierto temor  a lo que podría esconder la devota esposa y cuidadora del hogar.  Si  Esposa Hechicera de Fritz Leiber, además de  representar esta dualidad, inspiraba  varios guiones con esta idea,  también  muchos se enfocarían desde una perspectiva más amable, dentro de la comedia romántica, y en muchos casos,  centrándose  en el amor y la renuncia a la naturaleza  no humana  propia de estos personajes.

En 1942, Me casé con una bruja, no engañaba con su título. Durante la época de los puritanos,  una hechicera y su padre son  quemados en la hoguera por el  juez Wooley, quien es maldecido por ella y condenado a que este y su descendencia, vivan matrimonios desgraciados.  Ya en el siglo XX, cuando  una tormenta libera a los espíritus de ambos brujos,  deciden seguir atormentando a Wallace, el último de su linaje, un político en ascenso  que todavía sufre   la maldición en forma de una futura esposa insufrible. Cuando  Jennifer, la bruja que condenó a su antepasado, decide divertirse atormentándolo un poco más,  una serie de equivocaciones  la llevan a la situación contraria: perdidamente enamorada de Wallace, no dudará en ayudarlo en su carrera y a renunciar a su condición de hechicera.


La película del francés  René Clair es una comedia romántica muy sencilla, propia de una época donde el entretenimiento ligero era muy bien recibido y necesario (más o menos como ahora, pero con más clase y menos Tiktoks), pero también ingeniosa y con cierta elegancia a la hora de presentar  determinados momentos cómicos. Situaciones  como los espíritus de los protagonistas, dos columnas de humo parlanchinas, y que el padre de esta, se pase la mitad del tiempo dentro de una  botella de espirituoso,  muestra ese ingenio que convive con chistes más simples, y alguno ya olvidados, como  el arquetipo de novia mandona y  los matrimonios vistos como cárcel.

Esta, basada  su vez en una novela de  Thorne Smith,  es una comedia de enredos donde la presenta mujer fatal acaba cayendo, por suerte para ella, en sus  propias tramas, y donde todo se desarrolla  con una completa falta de prejuicios: poco importan sus  malas artes cuando estas llevan a la felicidad de ambos,  poco importan  unas elecciones amañadas mágicamente   y tampoco importa  el personaje de Susa Wayward, encarnando  la maldición  lanzada por la bruja Jennifer tres siglos atrás, sino  lo que va a suceder con esa pareja  unida por accidente como son  Verónica Lake y Fredric March, unos personajes imperfectos, lejos de ser intachables, pero con los que el espectador simpatiza.


De esta producción destaca también el equilibro ente esa comedia ligera y el fantástico.  Con la primera aparición de esta familia de brujos  cuyo comportamiento es  demasiado  burlón como para resultar digno de ser temido, todo un contrapunto al entorno  puritano, y a la vez, el político, en el que  se mueve  el linaje de los Wooley.  Un tono que cambia, en el desenlace,  con la participación del brujo de aspecto borrachín interpretado por  Cecil Kellawey, convertido en alguien más amenazador, en una secuencia con vehículos  voladores carcajadas siniestras y un final  feliz  donde el sentido del humor y de la fantasía aportada por  esos dos protagonistas brujos,  irrumpe en la escena hogareña que da cierre a la película.


Si  Me casé con una bruja  hacía  honor al título, me enamoré de una bruja también, aunque esta sea en realidad,  Bell, Book and Candle,  adaptación  en esta caos, de una obra de Broadway.  Vuelven a aparecer aquí una bruja feliz de serlo, un caballero que cae  involuntariamente rendido a sus pies, y el romance entre ambos, además de ese componente de sacrificio y renuncia voluntaria en favor de algo  más grande.  Esta vez,  quince años después,  es Nueva York donde  Kim Novak y James Stewart asumen los papeles principales y donde Jack  Lemon y Elsa Lanchester acompañan al elenco protagonista.  Gillian, la dueña de una galería de arte tribal y practicante de la hechicería, se encapricha de su vecino, un editor  y prometido de una antigua compañera de estudios.  Gillian, ante la posibilidad d e conseguir lo que quiere y de paso, chinchar todavía más a su antigua rival, no duda en recurrir a la magia y hacer que Shep  olvide su compromiso,  iniciando un romance con ella.  Pero este, como le advierten su tía y su hermano,  no durará: una bruja, por su condición, no se enamora, ni tampoco puede derramar lágrimas. Aunque quizá en el caso de Gillian y Shep sea distinto.


Ambientada en su comienzo durante la época navideña,   esta se convierte de forma indirecta  en una película muy adecuada para ver en esa época,  además de muy poco trillada entre  estos clásicos. Esta combina una estética luminosa, un tanto teatral, de ese Nueva York lleno de vida y  de estilo encarnado en la comunidad de hechiceros  que se reúne en uno de los clubes de la ciudad (la sorpresa fue mayor tras descubrir  que entonces sí que existió una comunidad de presuntos brujos en Grenwich Village). La secuencia de ese local frecuentado por bohemios, el despreocupado personaje de Jack Lemmon tocando los bongos con los músicos del club, además del número de Phillippe Clay, frente a la presencia más mundana de  Shep y su encorsetada novia, establece el tono de una historia donde la trama de brujería se desarrolla de forma muy similar a la de  la humanización de esa mujer independiente, pero fría y despegada, caracterizada p orlos juegos de miradas de Kim Novak. Esta,  con su condición de comedia,  cuenta con una trama secundaria con la investigación de esa sociedad aparte, donde tendrán más presencia Lemon y Elsa Lanchester.

Esta seguirá la estructura de encuentros y desencuentros de toda trama romántica, con la redención final de su protagonista  pero también con el descubrimiento de su compañero   de que  en la historia de ambos,  la magia  ha tenido que ver muy poco. Un desenlace presentado a través de un curioso simbolismo: Novak,  en su primera aparición,  descalza por su tienda de objetos tribales.  Meses después,  en su reencuentro, esta, consciente de lo que ha perdido, aparece ante  Shep  en una tienda de flores de mar,  con un sencillo vestido blanco  muy alejada de su primera caracterización. Un cambio que se produce en ambos, pero que será  en esta  femme fatale mucho más visible.

En ambas películas, prese a la diferencia de enfoque, existen elementos muy similares: la hechicera seductora que cae enamorada, el sacrificio de ese mundo sobrenatural  en favor de la felicidad  de algo más sencillo y la existencia de la magia y una sociedad aparte como algo que convive con lo mundano. Ideas que también influirían en  obras posteriores muy populares, como Bewitched, o  para la generación de los noventa,  Embrujadas,  Sabrina la bruja adolescente, o el  reboot siniestro  y tremendamente  enrevesado que sacaría Netflix  ya hacia 2020.




lunes, 1 de agosto de 2016

La bruja (2016). Haberlas, haylas


Aunque las brujas hayan sido uno de los monstruos más tradicionales, a la altura de los vampiros o los fantasmas, han sido también las más complejas en los últimos años. Quizá debido a contar con un trasfondo real que podría resumirse en una pandilla de fanáticos acusando de brujería a todo lo que fuera diferente..¡Por no hablar de su inquina con los gatos! Muchas películas han tenido este enfoque muy presente, donde ya no eran un personaje negativo si no algo distinto, no necesariamente positivo, pero tampoco diabólico. En cambio, sigue siendo interesante recuperar la idea de la bruja como algo amenazador, tal y como se la retrataba en la tradición popular. Y el combinar este enfoque con una aproximación más realista, y muy ligada a lo psicológico, una idea muy ambiciosa, pero también con mucho potencial si se desarrolla bien.

 


Al optar por esto último, La bruja se convierte en una producción de terror muy distinta a las estrenadas recientemente (de las que tampoco me quejo: en los últimos años he visto cosas realmente buenas). Mitad terror, mitad narración de carácter histórico, presenta a una familia de puritanos, exiliados de su comunidad, que establecen su hogar cerca de un bosque. Muy pronto el entorno y el aislamiento empezará a hacer mella en sus miembros: los cultivos mueren, el padre, quien decidió llevar a su familia con él por orgullo, se ve abrumado por su incapacidad de sacarla adelante. Y tanto él como su mujer están desolados por la desaparición de su hijo más pequeño, apenas un bebé, cuando Thomasin, la mayor, estaba a cargo de este. Además de la culpabilidad que pesa sobre ella, sus hermanos menores se comportan de forma extraña: aseguran que su cabra, a quien llaman Black Philip, habla con ellos, y no paran de contar historias sobre brujas que viven en el bosque. Todos han asumido que fue un lobo el que se llevó al más pequeño, pero sus miedos no tardan en encontrar una explicación más irracional para lo que sucede.

 



Concebida como una producción de terror, o al menos, de corte fantástico, esta no presenta ninguna ambigüedad a la hora de mostrar lo sobrenatural: las brujas existen, al igual que las maldiciones y el diablo, y a estas se las muestra desde el primer momento, al igual que el destino del más pequeño de la familia. Pese a tratarse en este caso de criaturas negativas, su planteamiento se realiza de una forma menos personal: son una amenaza más del bosque, como podrían serlo el entorno o los animales salvajes, y al igual que estos, es raro que se aventuren lejos de su espacio, aunque se da la posibilidad. Son, simplemente, una amenaza más de un entorno hostil, donde sus pobladores aceptan lo sobrenatural, sea la brujería, o sea la magia india, como comentan en un momento dado, un problema más del que deben protegerse. La impresión de aislamiento, y en parte, de la idea que se tiene de los puritanos, se transmite a través de los colores de la película: el gris predomina ante todo, sea la ropa de estos, las cosechas enfermas, el agua del río o el propio bosque en penumbra. Donde solo, en un momento dado, se rompe esa uniformidad con la aparición, en un momento clave, de una prenda de color rojo que destaca en el escenario.

 


Este planteamiento de lo fantástico se debe a que el componente psicológico tiene un peso mucho mayor: el mayor enemigo de los personajes son ellos mismos y la paranoia que se va desarrollando a su alrededor. En este caso, el trabajo que han hecho a la hora de caracterizarlos es inmejorable, siendo el más destacable el del padre: un hombre al que su papel de cabeza de familia le viene demasiado grande, pero al que le puede el orgullo y el miedo. A lo largo de la película puede vérsele mintiendo por miedo a su mujer, abrumado ante la situación o sin más lecciones que trasmitir a su familia que pedazos de la Biblia aprendidos de memoria. La madre, aparentemente más fuerte, está devastada por la pérdida de su hijo y termina creyendo las acusaciones de brujería. Thomasin y su hermano menor parecen los más equilibrados, una, marcada por la culpa, el otro, tomando el papel de responsabilidad necesario frente a un padre desbordado. Los gemelos, los más pequeños, sirven de enlace entre el ambiente enrarecido de la familia y el sobrenatural, donde el llamar bruja a su hermana se convierte en un argumento válido para sus familiares pero también donde sus juegos y su amigo imaginario parecen mostrar que ellos saben más de lo que parece.

 


La caracterización de los personajes y su actitud está muy apoyada por el trasfondo de la película, al que se le dedicó una importante cantidad de trabajo debido a la intención de la historia: reflejar de una forma fiel no ya la brujería, sino la actitud y la visión popular que tenía sobre esta y hacia esta. Las escasas apariciones que las brujas tienen vienen apoyadas por textos donde se recoge la tradición oral, o los medios para reconocer a una de ellas. Incluso el inglés que se emplea en los diálogos es arcaico (es muy interesante verla en versión original por esto) e incluso llegan a rescatar tradiciones o frases que hoy resultarían chocantes: el ofrecer mantequilla o un vestido nuevo como algo tentador puede parecerlo, pero el ritmo de la película y la información que aportan sobre las condiciones de vida de sus protagonistas, hace que se acepte con mucha más facilidad y sea una parte igual de coherente de la historia que narran.

La bruja no es una película de terror enfocada a divertirse pasando miedo como puede serlo un Expediente Warren, sino una pensada para captar la atención del público de una manera distinta, en este caso, recurriendo al horror más realista. Quizá la mezcla entre fantástico y drama psicológico no sea todo lo complementario que debería, quedando a veces la impresión de que la historia podría haberse contado unicamente desde la perspectiva real, pero su conjunto de personajes, ambiente enrarecido y el rigor que intentan trasmitir en la narración, lo compensa.

 

 

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