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jueves, 9 de mayo de 2024

Mark Samuels. La era del futuro degradado. El porvenir es color estática

 


Se va notando que han pasado casi cien años desde el fallecimiento de Lovecraft: este ha dejado de ser “la” influencia  del terror posterior a 1940 para convertirse en una de las influencias. El terror cósmico fue dando paso a su versión menor pero igual de inquietante, el weird. Y Thomas Ligotti empieza a sonar no solo como escritor sino como referencia  para las siguientes generaciones: El secreto de la ventriloquía de Jon Padgett, es casi un homenaje al este. Laird Barron lo menciona de forma indirecta e incluso le proporciona una aparición en su relato More Dark..y, conociendo a Ligotti, ha sido lo más lejos que ha debido salir de su casa en 30 años. Aunque en algún momento, el Rarito de Detroit sale de su mutismo y es capaz de pronunciarse sobre algún escritor reciente. Y para que este señor salga a decir algo, el libro ya puede ser bueno. O por lo menos, despertar mucha curiosidad.


Este ha sido el caso de Mark Samuels, escritor británico fallecido unos meses antes de que Valdemar publicara una antología suya en castellano. Esta, con el título de uno de sus relatos, recoge unos quince relatos aparecidos previamente en  recopilaciones que abarcan unas dos décadas de producción literaria.


Este lo convierte en uno de los escritores más recientes en aparecer en la colección Gótica, junto a Thomas Ligotti con quien guarda alguna similitud derivada de esa influencia reconocida por  Samuels. Influencia que es mucho más marcada en el cuento  que abre el libro: Maniquíes en los aspectos del terror. Casi un homenaje  en el que  no faltan los tópicos característicos de la narrativa de Ligotti: ciudades deterioradas, edificios vacíos, un narrador que actúa más como testigo que como protagonista y  adelanta el título, maniquíes utilizados como atrezzo macabro y un intento de reflejar esa sensación de extrañeza y pesadilla del terror weird.


Cada escritor tiene sus temas recurrentes, algunas veces, reconozcámoslo también, rozando el tópico o el chiste. Ligotti no sería Ligotti sin las ciudades desvencijadas, Padgett utiliza la ventriloquía como hilo conductor de su libro de relatos y como una suerte de magia negra, y en Samuels, conceptos tan distintos entre sí como el moho, las formas de vida fúngica, y el ruido de estática de las emisiones analógicas. Conceptos que, aunque sacados de su contexto parecen un poco “cada escritor weird con su neura”, Samuels utiliza como un continuo, algo para describir una fuerza animada capaz de acabar con otras formas de vida, carente de consciencia pero con voluntad de supervivencia propia. Y que  aparecen en distintas situaciones como las criaturas  parasitarias de Vrolyck, una fuente de contagio que afecta por igual a cuerpo y psique en Cesare Thodol o el horror cósmico en su   versión más tradicional, descrita en El moho negro.


De forma similar utiliza algo tan aparentemente anodino como la estática, esa niebla gris acompañada de un ruido blanco bastante estridente propio de la tecnología analógica y difícil de evocar para los nacidos después de los noventa, que emplea  como medio de comunicación o de contagio entre mundos, o como una forma simbólica de un vacío (bien como un posible infierno, o un futuro muerto). Recursos  que quedan reflejados en Interferencia externa y La era del futuro degradado.

Aunque estos elementos aparezcan en la mayoría de los cuentos de la colección, Samuels no se ha quedado limitado al weird y al horror cósmico. Se nota que había tenido tiempo de desarrollar una carrera y pulir un estilo, en el que más que el propio Ligotti,  cuenta con muchas más referentes, que sorprenden encontrar en una corriente literaria tan centrada en si misma como suele ser el fantástico anglosajón.  No duda en mencionar abiertamente a Grabinski, Ewers y  autores europeos de entreguerras. Kafka se asoma a menudo en sus relatos, mediante protagonistas que  sin ser únicamente una voz en la narración, asisten desvalidos a situaciones donde el horror y el absurdo conviven. El abogado de Regina contra Zoskia,  heredero de un pleito entre loa responsable de un manicomio y el resto de mundo, no desentonaría en las oficinas donde se desarrolla El proceso. Las referencia a lugares indeterminados de Europa, y a la atmósfera entre el sueño y lo real, están también presentes en la plaza de media noche o Dentro del complejo.

Igual que, sorprendentemente, la revisión de temas clásicos. La posesión, la comunicación con los muertos, pasados por la visión de Samuel, la suplantación de identidades o el terror tradicional aparece también en Las manos blancas, Apartamento 205 o Centinelas. Y uno de los aspectos más destacables de Samuels, al menos en esta selección, es que este consigue demostrar que no es un escritor limitado a determinados temas y lugares fijos. Este es capaz de probar con planteamientos distintos de los habituales, algunos propios de la ciencia ficción, como el virus que se transmite a través del lenguaje en Tyxxloqu (nota: revisar este fin de semana la película Pontypool) e incluso desarrollar en un cuento, con una estructura mucho más lineal que las anteriores, una mezcla de horror cósmico con giros más propios de la serie B. Porque la sensación que deja La niebla carmesí es que ese escenario no desentonaría en una entrega final de la Trilogía del apocalipsis de John Carpenter.

Posibles ideas para próximas portadas


Es una lástima que a Mark Samules se le haya tenido que conocer a título póstumo, y que su carrera  haya quedado sin algún texto un poco más largo que sus colecciones de relatos. Queda, al menos una interesante antología, más variada que lo que su recomendación por parte de Thomas Ligotti podría haber hecho esperar. Y aunque la portada de la edición española no haya sido tan desafortunada como la elegida para Canciones de un soñador muerto, la que han decidido en Valdemar demuestra que en la editorial tienen un sentido del humor muy raro: he pasado todo el libro meditando acerca del parecido entre el personaje de la ilustración y Mariví Bilbao en La que se avecina.

jueves, 15 de junio de 2023

Messiah of Evil (1973). La sombra (setentera) sobre Point Dune

 


Los setenta fueron una década prolífica para el cine de terror. Junto a os títulos considerados como clásicos, también hay unas cuantas, menos conocidas, pero muy marcadas por el pesimismo que impregnaba la década. El agotamiento social de la convivencia continua con la guerra fría, el deterioro de las estructuras familiares tradicionales, del estado de bienestar, la decadencia de los entornos urbanos había derivado en una actitud desengañada que no tenía reparo en mostrar abiertamente el lado oscuro que podría encontrarse en los lugares más apartados.  Una forma de pensar, entre lo pesimista y lo innovador, que traería consigo producciones marcadas por esta filosofía y por una estética caracterizada, involuntariamente, por el aspecto granuloso del metraje y que se haría mucho más evidente e n las producciones más modestas. Alguna de las cuales pueden considerarse películas de culto... o incluso, olvidadas si se las compara con aquellas que han gozado reconocimiento, por minoritario que sea, durante las décadas posteriores.


Messiah of Evil es uno de esos casos. Una película que no solo se atrevía a desarrollar una historia de terror con tintes tradicionales, con un misterio en una localidad aislada a la que la protagonista acude sino a sugerir cientos tintes apocalípticos e incluso una crítica velada, casi surrealista, a la sociedad de consumo. Arletty, la joven protagonista encerrada en un manicomio, rememora los hechos que la han llevado a permanecer encerrada. Una carta de su padre, artista aquejado por una extraña enfermedad, y su posterior desaparición, la conducen a Point Dune, un pueblo costero donde todos niegan haber conocido a este. Su búsqueda de respuestas, casi a ciegas, la lleva a encontrarse con Thom, un bohemio cazador de leyendas y mitos populares, quien asegura tener sangre de aristócrata mediterráneo, y sus acompañantes, Laura y Toni. Pero también con uno d los residentes del pueblo, un vagabundo alcohólico que narra una y otra vez  lo sucedido en Point Dune hace cien años: una noche de luna de sangre, cuando esta parecía teñida de color rojo, un extraño llegó al pueblo. Las palabras y promesas que este susurraría a sus habitantes los cambiaría para siempre y haría que un siglo después, estos aguarden su regreso. Ahora, estos parecen ocultar el conocimiento de algo que está vetado a todos los extraños, alterados de algún modo por lo que sucedió a sus antepasados y que esperan que, un siglo después, se repita y que su visitante regrese de nuevo.



La película tiene una realización, más que amateur, casi de guerrilla: el presupuesto parece inexistente, los actores p parecen llevar a cabo su papel con cierta rigidez, bien derivado de su falta de capacidad o por un intento de ofrecer con su interpretación la sensación de extrañeza que impregna la película (y del que la cara más conocida sería Michael Greer como Thom, sobre todo en cuanto a cine minoritario). Los escenarios están completamente vacíos salvo por los figurantes que son necesarios en determinadas secuencias y todo ello hace pensar que era comprensible que la producción tuviera una distribución pobre, y una recepción tirando a negativa. También es la que hace que resulte igualmente extraña y marcada por una atmósfera de pesadilla donde cada una de las ideas planteadas consiguen funcionar y mantener esa lógica que parece darse en algunos sueños: las cartas, referencias muy vagas a una enfermedad familiar, unos personajes cuyo comportamiento parece extraño en todo momento, incluso ese trio de cazadores de leyendas que no dudan en apalancarse en casa de la protagonista sin motivo aparente. Pero también esa historia apenas sugerida sobre un heraldo de apocalipsis y un pueblo descrito como muerto hace mucho, cuyos habitantes parecen haber quedado aislados del exterior sin más objetivo que devorar, en sentido literal, a los intrusos y aguardar la llegada de un mesías oscuro, cuyo  rostro no llega a verse, y sus intenciones, salvo su vaga relación con un posible fin del mundo, no están claras.

Horror en el hipermercado



Es este último el que marca uno de los aspectos más interesantes de un guion, que, a veces, parece determinado por lo errático en las ideas de sus autores (o por algún que otro porro) pero que lo convierte en una de las  mejores películas de temática lovecraftiana.  Sin ninguna referencia a los mitos de Cthulhu, aparecen gran parte de los arquetipos de los relatos de H. P. L. : un pueblo asilado, la presencia de un mal antiguo que ha contaminado aun lugar y  sus habitantes, corrompidos de algún modo…incluso el personaje de Thom, ese diletante interesado en las leyendas parece un guiño a esos caballeros aficionados a lo oculto que   no salían muy bien parados en los relatos de Lovecraft. Aunque el cambio de década se nota, y a este aristócrata le va mucho más la marcha que a cualquier erudito de Nueva Inglaterra.




Este último también es un aspecto más de la amoralidad, o más bien, de como muestran el entorno y lo que va sucediendo de forma muy relativa, y como la película opta por sugerir, ante todo. La relación abierta que mantienen esos buscadores de leyendas es algo que se plantea en los primeros momentos, alejándose de las estructuras románticas tradicionales, y el secreto que existe en el pueblo nunca queda claro. Se habla de un lugar muerto, de una enfermedad que afecta a sus habitantes y al padre de la protagonista, sin quedar claro, más allá del comportamiento anómalo al principio, abiertamente hostil después, llegando a convertirse estos en una masca caníbal, anónima, que devora todo lo que es ajeno a ellos e intenta apresar a unos pocos a fin de perpetuar la condiciona que parece afectarles, de una forma muy similar a los primeros zombies de Romero.

El desarrollo de esta trama viene a acompañado de la voz en off de la protagonista, pero también la de la de su padre, que suenan independientemente y sin que quede claro quien la escucha (sin son los pensamientos de esta, o un reflejo de su progresivo deterioro mental) pero que, más que aportar una revelación o aclaración, son divagaciones, temores o una narración resumida de un desenlace que  al público en los últimos minutos, se le niega ver en tiempo real.  La alternancia entre ambas voces, grabado con reverberación y empleada indistintamente, hace que este, más que un hilo conductor sea esa sucesión de ideas relacionadas con el escenario, tan poco fiables como lo que percibe la protagonista.




Messiah of Evil se ha ganado por derecho propio ese título tan dudoso de tesoro oculto del cine de terror. Lastrada por sus  medios, sus interpretaciones un tanto acartonadas y por un estilo bastante lisérgico donde  ese metraje plagado de grano setentero hace que tenga una estética alucinatoria, cuenta también con una extraña coherencia interna, donde lo sucedido tiene su propia lógica y  ese pueblo, así como sus habitantes, esté tan maldito como la ciudad en la que transcurre Muertos y  enterrados o el doblemente ficticio Hobb´s End de en la boca del miedo. En ningún momento lo mencionan abiertamente, pero estoy convencida que ese extraño que apareció en Point Dune hace un siglo no era otro que un Nyarlathotep ataviado con patilla y pantalón de campana, llevando una vez más la locura a la tierra.

viernes, 9 de junio de 2023

Exegesis: Lovecraft (2022). Desmontando un mito. Una vez más

 


H. P. Lovecraft es ese escritor del que, además de sus libros, sus lectores hemos llegado a conocer su vida y empatizado con él más que con muchos familiares cercanos.  Su concepción del terror como un universo indiferente a algo tan pequeño como el ser humano, y sobre todo su capacidad para transmitir la sensación de reclusión, de estar fuera de lugar en un mundo  difícil de comprender, es algo  con lo que muchos  en su adolescencia encontrarían en un punto de conexión y que seguramente haría que la enésima  lectura de La sombra sobre Innsmouth diera paso a  a las biografías de su autor. Unos textos que también van del invento escrito por Sprague de Camp o la mitificación de Derleth, a estudios más serios como los llevados  acabo por S. T Joshi o el llevado a cabo por Roberto Garcia Alvarez en El caminante de Providence.  Bien por haber sido responsable de una rama del terror moderno, bien por la influencia que tuvo en muchos lectores y escritores a muy temprana edad, varios de estos han quedado fascinados  por su figura, llegando a establecer algo similar a un vínculo  con los Mitos de Cthulhu, pero también, posteriormente, teniendo que afrontar  una de las facetas más controvertidas del autor.


En Exegesis: Lovecraft, Qais Pasha analiza, a través de un documental, su relación con este a lo largo de los años, recorriendo sus primeras lecturas, pero también la vida de Lovecraft y como este  ha influido en muchos escritores que comenzarían su carrera en el siglo XXI. Pasha,  de origen paquistaní pero afincado en Quebec,  desarrolla junto a Joshi y con  la participación de Paul Tremblay y Silvia Garcia Moreno, entre otros, un análisis de la influencia de H. P. L. en su formación como lectores y escritores, y sobre todo,  cómo cambiaría esta  por uno de los aspectos más difíciles: su posicionamiento en cuanto al racismo y lo  que supondría para una generación de creadores que, pese a sentirse identificados con el desarraigo y la atmósfera de otredad reflejada en los Mitos de Cthulhu, están más cerca de  los recién llegados que aterrorizaban a H. P. L. que del ideal  de erudito de Nueva Inglaterra.



El documental de Pasha es muy personal. No solo  por enfocarlo  en como ha influido  a lo largo de su vida sino por el nivel de realización. Este no se limita a ser una recopilación  de entrevistas y tomas de localizaciones, sino que mezcla distintas piezas de aanimación recreando momentos biográficos de la vida  de Pasha o de H. P. L, representado este último mediante una máscara que evoca los in evitables tentáculos asociados con su creación más famosa.



El aspecto personal es uno de los más importantes. Pasha , así como Joshi, mencionan su desarraigo cultural (hindú y paquistaní que se sienten mucho más cómodos en un país de adopción en el que también son foráneos), como nexo de unión  con los protagonistas lofecraftianas, por también analizan,  hacia la mitad del metraje, las consecuencias de sus opiniones xenófobas: estas, previamente  expurgadas de las ediciones que Derleth llevó a cabo de sus cartas (una cosa es unánime, a nadie le cae bien August Derleth), han sido  actualmente expuestas y condenadas, y, en el caso del director, matizadas. Primero, mediante una confrontación que podría resumirse en “se le ha caído un mito”, que  avanza a un análisis mucho más imparcial y alejado de la cancelación, en la que se contextualiza su forma de pensar según  su época y circunstancias, así como la evolución que en sus últimos años, antes de su fallecimiento, empezaba a entreverse.


Igual un poco intensito sí que es

La influencia de H. P. L. también es uno de los temas planteados: tanto en los autores que participan (en el caso de Silvia Garcia, describe la redacción final de su tesis como una ruptura), como en la cultura popular. Vencidos los derechos de la obra desde 2007, esta circunstancia, así como la generalización de internet, ha facilitado su expansión, siendo una fuente de inspiración  para múltiples juegos y referencias con un impacto mucho mayor que el que pudiera haberse alcanzado  entre el primer fandom o las primeras ediciones del juego de La llamada de Cthulhu. Teniendo en cuenta que también  se recogen testimonios de esos primeros aficionados que  desarrollaban trabajos amateur sobre los Mitos, y como se popularizaban sus relatos a partir de círculos muy aislados entre sí, se hace mucho más patente esa diferencia generacional entre los lectores de los sesenta, quienes lo descubrieron hacia los 80 y 90, y la expansión que tendría posteriormente, con la generalización de la cultura friki.

En Exegesis: Lovecraft, no va a encontrarse una biografía pormenorizada de este, pero si una aproximación muy interesante a la influencia de un escritor  en el mundo del ocio y de la ficción moderna, y sobre todo, en la formación de un relevo generacional de escritores que se han inspirado, analizado y asimilado su narrativa. Así como una prueba más  que, independiente de su calidad estilística, popularidad o falta de esta durante de su vida, su legado abarcaría  no solo el siglo XX sino el siguiente. No está mal para alguien que consideraba a la humanidad poco más que una mota de polvo en un universo inabarcable.


jueves, 9 de febrero de 2023

Venus (2022). Aquí no hay quien viva

 


Aunque ya no sea algo moderno, el terror como escenario no se ha quedado limitado a los caserones vacíos y los lugares aislados. Un bloque de edificios, un piso de alquiler o un hotel pueden ser un lugar igual de amenazador, bien por lo que puede encontrarse entre sus cuatro paredes, por la dificultad que supone salir de allí, o porque no sabe quien puede ser el vecino de al lado. La presencia que amenazaba a Verónica en el  piso de su familia, los  infectados que arrasaban el edificio de extrarradio en la horda o  como mencionan siempre los testigos en las crónicas de sucesos: el asesino  era ese señor tan amable que siempre saludaba en la escalera. Este escenario, cercano pero anónimo,  más habitual en el entorno  que una mansión histórica, es el elegido en la  nueva película de Jaume Balaguero que, de entrada, podría definirse como horror cósmico de extrarradio.




Venus es el nombre de un maltrecho edificio de viviendas en Villaverde Sur, en el que Rocío y su hija alba viven, aterrorizadas, los fenómenos que cada noche tienen lugar en su piso. Cuando los crujidos, susurros y pesadillas que la atormentan llegan al punto en que la única opción para  ambas  es marcharse en plena noche, su intento de fuga  es interrumpido por la aparición a la puerta de su hermana Lucía. Esta ,herida mientras intentaba escapar de la discoteca en el que trabaja como bailarina con un alijo de anfetaminas robadas, busca en casa de su herma aun refugio mientras  piensa sus próximos pasos. Pero la desaparición  de Rocío, dejándola sola con una sobrina a la que acaba de conocer, una vecinas que parecen vigilarlas en todo momento, y el dueño del club y sus matones en su búsqueda, hace que su situación se complique. Pronto, comenzará a tener  pesadillas y recibir los regalos que La Sirvienta, la criatura de la que habla su sobrina, trae con cada mal sueño. Mientras, los medios de comunicación informan, desconcertados, del eclipse que un cuerpo celeste surgido de la nada provocará en pocos días.


Esta sería la segunda película de Fear Collection, que había empezado su  producción  con Veneciafrenia, que tuvo críticas bastante dispares. Con Venus plantea una historia que, aunque reconoce haberse inspirado en Los sueños de la casa de la bruja de H. P. Lovecraft, esta  es una aproximación muy libre al relato de H. P. L (sigue gustándome más que  esa reimaginación  cuqui que hicieron para  el Gabinete de Curiosidades de Netflix). Esta es una mezcla entre terror ocultista, paisajes urbanos, violencia y la importancia de la presencia femenina en todo el guion. No solo la protagonista, interpretada por Esther Expósito, que encarna una final girl a distintos niveles, tanto enfrenándose a una banda de matones como a un cónclave de hechiceras, sino en un entorno  en que la presencia masculina es casi inexistente. No hay rastro de la pareja de Rocío o del padre de Alba, ni se mencionan. Los sicarios  al servicio del dueño de la discoteca son un grupo anónimo, empleado únicamente como fuerza bruta, aquellos personajes que tienen alguna relevancia lo son por su carácter violento o traidor…e incluso entres  los residentes en el edificio aparecen únicamente mujeres. Del mismo modo, se refieren a la criatura que habita en el ático como  un ente femenino, y los primigenios de nombre impronunciable son sustituidos por un demonio de similar naturaleza. Los personajes masculinos se ven relegados a lo secundario, como el propietario de la discoteca  y sus empleados o esas enigmáticas figuras  que aparecen como sacerdotes en un ritual.


Se alquila amplio apartamento con vistas al horror cósmico. Se requiere seguro de impago y la presencia de un exorcista


La trama, que comienza con una estruendosa secuencia en una discoteca, desarrolla de forma  paralela una historia de terror en la que  el apartado lovecraftiano viene sugerido por las  menciones al eclipse o el uso de los sueños como vía de comunicación con otros mundos. Por comparación, el “horror cósmico” tiene mucha menos presencia a favor de lo físico: la protagonista comienza sufriendo una herida de arma blanca que se ocupará de limpiar a duras penas, y que sirve como indicio de lo que supondrá su evolución posteriormente las pesadillas, pobladas por insectos y cortes, tienen una cualidad muy vívida, y el desenlace, por un momento, olvida todo componente terrorífico para volverse en una serie de secuencias donde prima el exceso. La  protagonista, renacida y empastillada, dispuesta a hacer lo que sea para salvar a su sobrina de lo que puede hacerle daño. Sea de este mundo o de otro.


Madurar es preferir tener como vecinos a unos nigromantes antes de a unos chavales que hagan botellon por las noches

El entorno en que se mueven los personaje está marcado por una atmósfera anodina, desvencijada, donde  las vecinas de un solitario edificio derivan de lo irritante a lo siniestro y que mantienen la sensación de que el horror puede ser algo que esté al lado. Un horror que convive con momentos esperpénticos que recuerdan a las comunidades de vecinos caricaturizadas en La que se avecina. Pero que también adelanta uno de los problemas de la película: esta, durante la mayor parte del tiempo,  da la impresión de ser  una “mezcla de”, y no una narración con su propia identidad. Una mezcla de La centinela, de La semilla del diablo, de la Suspiria de Luca Guadagnino, de Hereditary. De Aquí no hay quien viva y de Rec Genesis. De todo un poco. Que sorprende, a ratos divierte, tiene interés a nivel visual pero que no se espera de un director  con una carrera a su s espaldas como Balagueró. Podría ser una buena primera película  pero no una buen atrás haber dirigido Rec o Los sin nombre, con la que comparte cierta estética y elementos narrativos, pero  que en todo momento produce la impresión de  haber visto antes  lo que ahora se muestra.




El resultado final de Venus ha sido irregular:   pesa mucho más esa sensación de que todo resulta  familiar, el desenlace cae en un exceso de  explosiones y disparos que distraen mucho de la trama sobrenatural que se está desarrollando al mismo tiempo y que debería ser lo importante en ese momento.. y parece que su andadura por los cines no ha ido todo lo bien que se esperaba. Al menos, lo bastante como para plantearse el futuro o de la Fear Collection. Del que espero que al menos, puedan ofrecer alguna producción más. Estas pueden gustar o no,  ser lo que se esperaba o no, pero de momento, sus dos primeras cintas han dado de que hablar.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Lecturas de la semana. Vampiros, aniversarios y portadas horribles

 


Desde que hice como en aquella película, dejé de preocuparme y aprendí a amar la bomb…digo.., a volver a visitar librerías de segunda mano sin miedo a llevarme de allí lo que me gustara o lo que me llamara la atención. Olvidándose de cuestiones de espacio y otras preocupaciones, me ha servido para encontrar algunas cosas que, o bien en su momento se me escaparon, o que entonces estaban muy lejos de lo que me interesaba.



John Steakley. Vampiros. Más conocido por la versión al cine que llevó a cabo Carpenter en 1999, esta novela de 1990 tiene poco que ver con el guion que se desarrollaría, salvo su punto de partida: un grupo de seguridad privado, avalados por la iglesia católica, realiza tareas de eliminación de los distintos grupos de vampiros que se extienden por los lugares recónditos del interior de Estados Unidos. El rupo, liderado por Jack Crow y dirigido por Annabele, a la que sus trabajadores dedican una devoción casi filial, es consdiente de los peligros de su trabajo y que muchos de ellos no saldrán de la próxima misión. Pero esta se complica cuando, tras perder a varios de sus mejores hombres, descubren que uno de los vampiros conoce el nombre e identidad de Crow, convirtiéndolo en un blanco para el resto de no muertos y sus siervos. 

El estilo del libro es más cercano al de una novela de cazarrecompensas que a una de terror, dedicando mucho tiempo, más que a caracterizar, a describir la  vida de unos personajes de los que en todo momento  se habla de la necesidad de ser duros y encallecidos. Tanto, que a veces parece que va a salir la testosterona de entre las páginas. Estos, con su sentido del deber y su insólita caballerosidad con los personajes femeninos (dos, en realidad), recuerda mucho a los héroes del western clásico. Que, el autor parece haber tenido en cuenta a la hora de narra, porque la parte sobrenatural, además de en comparación, más escasa, es lo más rutinario y los vampiros que describe no parece tenerlos muy claros: a ratos son criaturas hambrientas e irracionales que se ocultan en edificios vacíos, y a otros, genios del mal y el hipnotismo. 

En este caso, la versión cinematográfica sí que se aproxima más al terror, aunque no se esté completamente de acuerdo con los cambios realizados y la mitología de aportación propia llevados a cabo. En cambio, estos Vampiros de John Steakley son una lectura entretenida, al menos alejada de la tendencia romántica que imperaba  cuando se editó (en España andábamos por el quinto o sexto libro de Lestat) pero que se queda en algo anecdótico y que pudo ser editado gracias a contar con un poster cinematográfico que poner en la portada. O peor, uno de los fotogramas más feos que se utilizaron como cubierta en una de las ediciones.



Robert E. Weinberg y Martin H. Greenberg. El legado de Lovecraft. Aunque la presencia de los mitos de Cthulhu y las antologías de esta temática no fueran algo raro (ahí están los primeros cuentos de Campbell y la antología Horror 6 de Bruguera), el libro publicado en la colección Gran Super Terror de Martínez Roca tenía algo especial. No solo ser de los pocos de esta línea que no llevara a Stephen King en mayúsculas, ni el haberle tocado una de las portadas menos horribles, sino el tratarse de una recopilación editada en 1990, en el centenario del nacimiento de H. P. L. la idea consistía en pedir a los autores que aportaran un relato en el que se pusiera de manifiesto su influencia, o si se pudiera hablar de deuda, que estos pudieran tener con Lovecraft, bien como su primera lectura fantástica, o bien como referente.

El resultado, pese a lo señalado de la fecha, es bastante desigual: hay relatos buenos, pero que tienen más cercano el pulp que el horror cósmico, otros son un pastiche de Poe y Loveraft, otros hacen su interpretación de los mitos con su particular estilo, como hace Brian Lumley (aunque después de la locura de Titus Crow o Necroscope, su cuento El gran C es hasta discreto), y otros, como Ray Garton, poco pintan  sino es por el cheque que les psieron, a partir del cual seguramente decidió meterle un par de tentáculos a algún relato que tenía en el cajón.

Aunque las aportaciones de Gene Wolfe o Gahan Wilson sean las mejores, por su calidad, atmósfera, o en el último caso, por hacer un homenaje más sentido a la figura del autor, el conjunto se queda en una antología correcta, pero que no parece estar a la altura de la fecha que intentaban conmemorara. Hay colecciones posteriores con propuestas más acertadas, y…bueno, cuando años después es posible leer algunos cuentos cortos de Laird Barron, o El Tsalal de Thomas Ligotti, hace pensar que no hace falta ninguna fecha para celebrar el legado de Lovecraft.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Dagon: la secta del mar (2001). Algo huele a (pescado) podrido en Imboca

 


De H. P. Lovecraft en el cine puede decirse dos cosas: que las mejores adaptaciones son las que se han hecho de manera tangencial, tomando como referencia su concepto del horror cósmico, y que las más literales acaban resultando un poco irregulares, aunque no les falten ganas y vocación. Bueno, y que los escenarios de H. P. L. no están reñidos con una buena cantidad de casquería. Sucedió con Herbert West, reanimador, que lo reflejaba de una manera bestia, enloquecida y tremendamente divertida, de la mano de Stuart Gordon en 1985, y en 2001 volvió, pero esta vez a las costas del Norte de España, como parte  de las películas que se produjeron por la Fantastic Factory. 


Dagon es la versión cinematográfica de La sombra sobre Innsmouth, donde cambian al primigenio original por la criatura menor del mismo autor (hay que tener en cuenta que si en 2021 tenemos problemas para pronunciar Cthulhu, hace 20 años ni lo imagino). Salvo que el siniestro pueblo costero de Nueva Inglaterra ha sido trasladado a Galicia, siendo el puerto de Imboca donde Paul, su prometida y una pareja de amigos pasan sus vacaciones. Una violenta tormenta daña al barco donde se encontraban, obligando a Paul y Barbara a buscar ayuda en el pueblo. Aunque lo que encuentran es un lugar hostil, encharcado en una persistente lluvia, y donde los lugareños parecen esconder algo. Cuando Barbara desaparece misteriosamente, Paul acaba a merced de unos seres cuyo aspecto vagamente humano es solo una fachada, donde cualquier ser humano desaparece para no volver a ser visto y donde Paul teme seguir el mismo destino. Aunque Uxia, una joven del pueblo que intenta protegerlo del resto, está seguro que su llegada responde a un motivo distinto. 




La película tiene un profundo tono de serie B, en la que conviven los efectos especiales artesanos, caracterizando a las criaturas híbridas  de forma grotesca y con una textura orgánica, con varios CGI que han envejecido rematadamente mal. Al igual que su tono, donde prima el horror más directo frente a la atmósfera velada del relato: al protagonista, al contrario que su contrapartida literaria, empiezan a perseguirlo nada mas bajarse de un bote y no paran hasta los créditos, mostrando Imboca de una forma más gráfica  que lo que sugería Innsmouth.  


Los escenarios de Combarro, el pueblo de Pontevedra donde se rodó, muestra un aspecto más antiguo, anclado en el pasado, que las referencias al esplendor pesquero e industrial y a la refinería de los Marsh que se describió hace cien años. Una elección geográfica que también sirve para ofrecer particularidades en su versión original, donde los protagonistas hablan inglés, chapurrean castellano, y los habitantes de Imboca se comunican (y juran como carreteros) en gallego. 





Aunque el entorno y  la mayoría de los efectos especiales ofrecieran una atmósfera inquietante y opresiva, que fue sin duda lo más acertado, y el optar por la aproximación más dinámica de la historia, el desarrollo hacia el final acaba resultando torpe y parece separarse demasiado del entorno construido hasta el momento: simplemente, no hay medios ni quizá una idea clara para representar la ceremonia final con la que culminaría la narración, y la caracterización de las criaturas, utilizando pieles humanas a modo de traje ritual ,parece fuera de lugar, más cerca de La matanza de Texas que de una raza de seres marinos (de la peineta y la mantilla morada que porta Macarena Gomez en el papel de Uxia no voy a decir nada dado mi desconocimiento de los trajes regionales de los Profundos). Junto a una interpretación de Raquel Meroño tirando a floja, y la presencia de un Paco rabal un tanto despistado, que recuerda al truco de contratar un actor  a punto de retirarse para dar empaque a una producción menor, hace que lo que podía resultar una producción eficiente dentro de sus limitaciones, ponga de manifiesto sus defectos. 

Dagon es una película que no engaña: no es la mejor serie B que podría haberse conseguido pero si una producción modesta y a la que tengo especial cariño, por la ilusión que me hizo en su día poder ver, en el cine, nada menos que un relato de Lovecraft adaptado directamente, y ambientado en Galicia, nada menos. Lástima que  la carrera de la Fantastic Factory no siguiera mucho más, porque me hubiera gustado ver otra adaptación de los Mitos de Cthulhu por qué no, por tierras orensanas. Incluso no hubiera estado mal ver algún cartel anunciando El horror de Punxin. 





miércoles, 8 de septiembre de 2021

Meddling Kids (Edgar Cantero). Y hubiera podido desatar el horror primigenio de no ser por esos chicos entrometidos y su perro


 

La nostalgia ha acabado por convertirse en un género de pleno derecho, en el que recrear los 80 y los 90 no es un recurso sino un escenario al que volver una y ora vez. aunque en lo audiovisual se a habitual encontrarse  niños en bici, tecnología analógica, camisas de cuadros y música de los 90, en la literatura no constituía un recurso tan vistoso...al menos, hasta que un escritor barcelonés y afincando en EEUU se le ocurrió preguntarse: ¿qué hubiera pasado si Los Cinco, los Tres Investigadores o a la pandilla de Scooby Doo, se hubieran encontrado con un monstruo real? Uno que hubiera podido salir de las páginas de H. P. Lovecraft...


Han pasado 13 años desde que el Club de Detectives de Verano de Blyton Hills  resolviera con éxito su último caso. El monstruo del lago Sleepy no era otro que un delincuente disfrazado que se hubiera hecho con todo el oro de la antigua mina, de no ser por esos chicos entrometidos y su perro. Pero algo más sucedió aquella noche durante la que estos investigaban lo que sucedía en la mansión De Boer, que afectaría al resto de sus vidas. Kerry, que ha adoptado al descendiente del perro que los acompañaba, ha desperdiciado su carrera como bióloga para trabajar de camarera el tiempo que se mantiene sobria. Nate está encerrado voluntariamente en el manicomio Arkham y se mantiene en contacto con Peter, que triunfó como actor y el haber fallecido no impide que se aparezca a su amigo en los momentos más inoportunos. Andy, tras ser expulsada del ejército y buscada en varios estados, está decidida a reunir al club, regresar al lado y terminar lo que empezó aquella noche...aunque ninguno recuerde qué es lo que sucedió exactamente. 


A menudo se resume la novela de Cantero como Scooby Doo se encuentra con los Mitos de Cthulhu. Que no resulta negativa dado que su intención parece ser la de homenajear a ambos, aunque sí escasa, porque en realidad está llena de referencias a la literatura juvenil, siendo los Cinco la más cercana hasta al punto que la localidad de sus aventuras se llama, adecuadamente, Blyton Hills. Al igual que el componente terrorífico de la trama, donde las referencias lovecraftianas se usan con habilidad integrando la mitología de El ser en el umbral y El caso de Charles Dexter Ward en un marco temporal que resulta ya tan lejano como los ochenta: un 1990 tirando a desencantado, donde el regreso a Blyton hills de la infancia devuelve un pueblo vaciado por la crisis y el fracaso de los negocios locales, donde la referencia de pasada a la Generación X y sus problemas recuerda mucho a las críticas que se escuchan hoy a la de los millenials, y donde cuestiones como el género y la identidad se reflejan de la forma adecuada:  la percepción de estos no es la existente en 2020, sino la que los personajes tendrían a principios de los 90. 


La novela  podría considerarse corta para las longitudes que se manejan habitualmente. adecuada para una historia tan deudora d ela nostalgia, lo referencial, y un ritmo de road movie donde los viajes y el reencuentro tienen un papel muy importante. Esta alterna la narración  entre los puntos de vista de los protagonistas (incluso de Tim el perro, y su pingüino de plástico), y que en determinados momentos varía de forma un tanto extraña al formato de guion, donde los diálogos son sustituidos por bloques con el nombre de cada personaje que habla. Y que, además de resultar chocante, no tengo claro que es lo que aporta el cambio de formato frente a la narración en tercera persona. El conjunto, sin florituras y con un ritmo  rápido para una trama sobre viajes, encuentros y vuelta a lugares de la infancia, se vuelve vertiginoso en sus últimos capítulos, donde las persecuciones monstruosas no desentonarían en una serie B de Carpenter, o incluso, en una partida del Mansiones de la Locura, y donde reproduce una vez más la figura del villano desenmascarado, con un antagonista desquiciado e inesperadamente divertido al que lo mueve el aburrimiento centenario y ganas de fastidiar al personal...hasta el punto que a veces hubiera gustado que su presencia durara un poco más en lugar de algunos momentos de angustia juvenil. 

efectivamente, Meddling Kids responde a a esa extraña pregunta de qué hubiera pasado si Los Cinco se enfrentaran a un horror lovecraftiano, pero también construye toda una aventura deudora de los mitos de Cthulhu, más alejada del horror cósmico y cercana a su vertiente lúdica, la de matar oleadas de monstruos con una escopeta y la de huidas apresuradas, pero donde también hay espacio para hacer una versión muy curiosa del paso de la infancia a la madurez, de un arquetipo que ha acompañado a los lectores durante años. 

jueves, 6 de mayo de 2021

El Rey Amarillo (Robert W. Chambers) París - Carcosa


 La narrativa de H. P. Lovecraft, además de influir durante todo un siglo una parte importante del género fantástico, dio lugar a un fenómeno muy curioso: de forma involuntaria, casi por acuerdo entre sus colaboradores y lectores, los Mitos de Cthulhu canibalizaron sus influencias previas convirtiéndolas en parte de la mitología. El país de los sueños de Dunsany, el Wendigo de Algernon Blacwood y el horror que ocultan los bosques de Arthur Machen acabaron integrados con posterioridad en la visión de H. P. L. De los cuales, una de las más conocidas, y que constituye por si sola un universo propio, es la desarrollada por Robert W. Chambers alrededor de un lugar tan imaginario como Arkham, un  libro tan peligroso e irreal como el Necronomicon y la misteriosa figura que los acompaña.

El rey amarillo es la colección de relatos de Robert W. Chambers que giran entorno a una obra de teatro, cuya lectura del segundo acto provoca la locura a todos los que se acercan a sus páginas, y de la figura que da título al libro, que de forma indirecta, aparecen en unas historias marcadas  por lo irreal, lo terrorífico, y lo narrado por una serie de personajes cuya percepción de la realidad es más que dudosa. Una pieza teatral que influirá al protagonista de El reparador de reputaciones, un extraño personaje que pretende restaurar la dinastía de Emperadores de unos Estados Unidos no muy distintos a los que conocemos, al atormentado artista de El signo amarillo, acosado por pesadillas recurrentes, y a otros personajes de temperamento artístico que en algún momento, se han atrevido a acercarse a esa obra teatral de autor desconocido.
La colección de relatos, tal y como la conocemos, ha sido expurgada en sus ediciones posteriores para conservar los cuentos más conocidos, y sobre todo, quedarse con los de corte terrorífico, ya que en realidad, de la obra original  actualmente suelen editarse solo una parte. Quien esté esperando una inquietante historia sobre cuentos perdidos, la transcripción original de la obra de teatro o textos demasiado perturbadores para ser leidos se verá decepcionado, ya que en realidad el resto son piezas poéticas y estampas del París de la época, donde el autor pasó una parte de sus años formativos y que, si bien el entorno decadente y bohemio serían una influencia para la redacción de El rey amarillo, el resto de su producción sería muy variada, desde el policiaco a la novela de aventuras, pero sobre todo la romántica, en una evolución que hoy puede resultar chocante (algo así como si Lovecraft decidiera emular a Carlos de Santander después de escribir La llamada de Cthulhu o si Thomas Ligotti recondujera su carrera con una saga similar a El diario de Bridget Jones). Esta decisión supone que la colección se quedara en unas cinco historias cortas, que en la edición de Valdemar fue completada con relatos incluidos en El creador de lunas y colecciones posteriores, que, si bien no guardan ya relación con las historias previas, todavía son narraciones fantásticas o macabras.




Los cuentos considerados dentro de la mitología del Rey Amarillo destacan por su modernidad: la mayoría de los escenarios, influidos por el entorno bohemio del París en el que su autor vivió como estudiante, mantiene esa tendencia hacia lo artístico y lo decadente de la vida parisina. Pero también hacia lo pesadillesco: sus protagonistas se cruzan, aunque sea de forma anecdótica, con la obra de teatro del mismo nombre, de la que solo se conocen unas pocas líneas y cuyo segundo acto desata la locura, o la calamidad en la vida de sus personajes: bien la locura de Hildred Castaigne, del artista que pasea por las calles de París, seguido por una presencia misteriosa, o el pintor acechado por las pesadillas y la presencia de un repulsivo vigilante del cementerio. Unos pocos cuentos que configuran una mitología propia, que no solo sería una de las influencias de H. P. Lovecraft sino de autores posteriores y que hoy , por no haber sido objeto de la sobreexplotación que han sufrido los mitos de Cthulhu, cuenta con cierto matiz novedoso y aparece reivindicada en las páginas del Providence de Alan Moore o en el guión de la primera temporada de True Detective.

La idea de completar una colección que por si sola resulta muy breve con cuentos de otras antologías resulta acertada: para el lector actual saltar de El reparador de reputaciones a una estampa modernista resultaría un tanto chocante, mientras que poder leer una aproximación a la novela pulp y a la figura del Peligro Amarillo de El creador de Lunas, o las referencias a la mitología bretona que aparece en El emperador púrpura o El mensajero aporta una visión más variada de la producción fantástica de Chambers, antes de su deriva a otros géneros. Y que, aunque el resto de su obra, mucho más extensa de lo que Lovecraft pudo alcanzar, se centrara en narraciones que tuvieran más interés para el gran público, solo por sus relatos macabros y haber creado una figura que estaría presente en la mitología literaria, de uno u otro modo, merece ser tenido en cuenta.
 




jueves, 26 de marzo de 2020

T.E.D. Klein. Ceremonias macabras (1.985). Pues se ha quedado buena tarde (para celebrar un ritual)



De la colección Gran Super Terror de Martinez Roca queda, además de un montón de portadas tirando a feillas, un catálogo que, más que bueno, podía considerarse como variado. Compuesta en su mayoría por antologías, contaba también con una serie de autores con los que probaban suerte y que, en el mejor de los casos, continuaban con dos o tres obras más, o se quedaban en un único intento en el peor. Klein ha sido uno de esos casos, pero no por mala suerte, sino porque el hombre tiene una producción tan escasa, que se limita a un par de novelas y a escribir relatos.



Ceremonias macabras comienza con un párrafo de Arthur Machen, advirtiendo de alguna manera lo que el lector va a encontrar: un profesor un tanto neurótico decide pasar sus vacaciones alojado en una comunidad mennonita y con un poco de suerte, iniciar tras el verano una relación con la bibliotecaria que conoce poco antes de irse. Una joven bibliotecaria ve como su vida cambia tras una serie de coincidencias que le llevan a encontrar a una posible pareja, y un nuevo trabajo a manos de un amable anciano que parece demasiado interesado en ser su benefactor. En una comunidad agrícola de Jersey, un matrimonio de granjeros espera que el dinero obtenido con el alquiler de un cuarto sea una ayuda para sacar adelante una granja llena de deudas. Una anciana sabe que hay algo en la tierra, que se aproxima, y en ella recae la responsabilidad de detenerlo. Y en la tierra, una criatura más antigua que los primeros humanos, espera pacientemente que su siervo ponga en marcha las ceremonias necesarias para desencadenar su regreso al mundo. También hay gatos. Pero para varios de ellos la cosa no va muy bien. Y es lo que peor he llevado.



Desarrollada a partir de un relato (Los hechos acaecidos en la Granja Poroth), su primera novela resulta bastante distinta de lo que uno podía esperar en las tendencias del terror popular en la década: lejos de posesiones, satanismo, o clichés sobrenaturales como los que enumeraba Grady Hendrix en Paperbacks from Hell, decide recurrir hacia una temática más primigenia, incluso más que la que estaba presente en H. P. Lovecraft: Machen, quizá Algernon Blackwood también, pero sobre todo el primero, cuyo relato El pueblo blanco sirve como hilo conductor al desarrollar una historia sobre criaturas prehumanas, la importancia de los ritos para poder comunicarse con ellas, y la permanencia de ciertos conocimientos en comunidades aisladas. No es extraño que la mayoría de sus relatos posteriores aparecieran en antologías de tema lovecraftiano.

El estilo tampoco es el que podría esperarse en una novela de la época, o en una producción más de bolsillo: muy lento, donde gran parte del texto va destinado a describir una atmósfera que va volviéndose más agobiante según avanza cada parte del libro y el verano en el el que transcurre: la progresiva aparición de insectos, de la pérdida de la visión bucólica de una granja que en ningún momento fue confortable, y la transformación física y mental de unos personajes donde hacia el final, abundan adjetivos como “blanquecino”, “hinchado”, y a modo de guiño, alguna que otra aparición súbita de gusanos y una transformación donde el entorno rural acaba convirtiéndose en uno igual de podrido que el urbano con el que lo comparaban al principio.



Klein también se toma también ese tiempo para caracterizar a unos personajes que, en la mayor parte de los casos, resultan sólidos. Especialmente en lo que se refiere a la comunidad mennonita y a la pareja de granjeros principales, que lejos de describirlos como fanáticos religiosos, presenta un grupo con sus creencias y estilo de vida separado, ni mejor ni peor que el mundo urbano, y dotados de un inesperado sentido del humor que los aleja mucho de cualquier estereotipo en el que podía caerse. Algo menos cuando se trata de la pareja protagonista, que, quizá por ser un poco las victimas propiciatorias de la trama, su actitud resulta a veces un poco perdida (especialmente en el caso del protagonista involuntario, que se pasa todo el verano comiendo, leyendo clásicos del terror para una presunta tesis y quejándose que no le gusta ninguno), y a veces, un exceso de inocencia que parece forzada: la presencia de una docella, según lo establecido en la trama, es comprensible. Pero no muy creible la panfilez que alcanza en algunos momentos. Claro que si no, sería dificil el justificar que cualquier personaje femenino no saliera huyendo despavorido ante el primer comentario jovial del antagonista. Un antagonista que desde el primer momento aparece como tal ante el lector, asistiendo a los cambios de percepción que los personajes van teniendo sobre él y que, salvo una gran capacidad para ocultar su verdadera naturaleza, va progresivamente desvelándose como una figura siniestra. Y que, de no estar en una novela de terror sobrenatural, su caracterización sería la más cercana a previa actitud jovial de un depredador infantil.

Aunque caracterizada por un ritmo muy lento, y en el que lo monstruoso va haciéndose camino de forma gradual, no deja de tratarse de una primera novela en la que los fallos de una narración narra, o quizá la mano de algún editor dirigiéndola hacia lo comercial, se hacen presente. La atmósfera establecida en los primeros cientos de páginas se despachan de forma apresurada cuando, en las últimas, acaban apareciendo un ritual macabro, una posesión, un engendro prehumano y una turba de campesinos enfurecidos ¿Pero el villano no se había pasado varios capítulos meditando sobre la necesidad de preparar todo con calma, y ahora le entra la prisa? Por no rematar, siendo lo más chocante en comparación con el tono previo de la novela, con un desenlace romántico de lo más forzado en el que, si al principio los protagonistas eran dos marionetas interpretando un enamoramiento a manos de un villano, ahora lo son a manos de un escritor en el que, no termina de quedar claro si esta habría sido su decisión, o si los hechos acaecidos en la granja Poroth hubieran sido distintos.

Ceremonias macabras no es un clásico indiscutible del terror, pero si una buena novela. Una que destaca muy por encima en una década en la que, en cuanto a volumen de oferta no era posible quejarse, pero sí, algunas veces, en cuanto a calidad y variedad.


jueves, 10 de octubre de 2019

Agentes de Dreamland y Black Helicopters. Los mitos de Kiernan


Cuando alguien decide escribir una historia sobre los Mitos de Cthulhu, puede haber dos resultados: el pastiche, que se limita a transitar por lugares conocidos (cuando deciden recurrir a Arkham o a Dunwich, literalmente) y a enumerar la serie de consonantes impronunciables que componen los nombres de los primigenios. O bien, conservar únicamente la idea y crear algo nuevo, que le haga justicia al adjetivo lovecraftiano. No voy a quejarme del primer caso, porque cada lectura tiene su momento y reconozco que las novelitas sacadas a raíz de los juegos de Arkham Horror me han entretenido e incluso recordado a mis tiempos de lectora despreocupada, donde lo mismo era feliz con los cuentos de Edgar Allan Poe que con los de Brian Lumley. El segundo suele ser un campo en el que la creatividad de sus autores, las influencias literarias posteriores y el cambio de sensibilidad e intereses de las últimas décadas ofrece piezas realmente interesantes.



Caitlín R. Kiernan estaría en el segundo grupo. Una autora que cuenta con una carrera bastante amplia, pero para la que Lovecraft es una influencia muy patente y no desdeña acercarse de cuando en cuando al mundo de los Mitos. A veces, de una forma más directa y cercana al pastiche, como pudo ser El otro modelo de Pickman. Otras, mediante una historia mucho menos lineal, y por qué no, donde la irrealidad está presente en todo momento.

Los casos en los que se ha visto envuelto el Guardavías podrían perfectamente responder la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si David Lynch dirigiera un capítulo de expediente X cuyo guión estuviera basado en una historia de Lovecraft? Este agente ha presenciado, que no protagonizado ni resuelto, situaciones en las que las paredes de la realidad se han agrietado, dejando entrever lo que hay al otro lado: la transformación sufrida por los miembros de una secta instalada en Salton Sea, el papel que dos hermanas, sometidas a extraños experimentos, pueden jugar en el fin del mundo o lo que ha sido de un pueblo costero en el que esa barrera se ha roto y ha tenido lugar aquello que en La llamada de Cthulhu solo fue sugerido. La organización para la que trabaja el Guardavías parece ser un grupo anónimo, apátrida, que a veces es testigo, otras evita, y a veces corrige, de manera poco ética, lo que podría haber sucedido o sucedió.



 A favor de ambas novelas cortas hay que decir que precisamente, son breves: sería muy difícil poder mantener el interés de una historia cuya clave es la atmósfera y la falta de linealidad en algo más de las cien páginas que ocupan. Seguramente, la historia no sería la misma si el lector no pudiera visualizar los lugares anónimos de cualquier ciudad, los paisajes que pueden verse en las áreas del Lago Salton e imaginar el tipo de gente que puede atraer un lugar así.  Por esas páginas deambulan personajes un tanto fantasmagóricos, que apenas tienen caracterización y parecen contar con ciertas habilidades inexplicables, a menudo relacionadas con prever un futuro que se adelanta en las líneas de la novela y que puede no corresponderse con el hilo principal. Estos cuentan con diálogos escasos, donde cada frase deja entrever un universo vacío, y un mundo donde los humanos carecen de empatía.

El juego que se propone Kiernan es peligroso: un experimento que funciona en Agentes de Dreamland, pero que se pasa  de ambicioso en Black Helicopters donde a las distintas líneas temporales se les juntan una serie de personajes un tanto extremos, a un nivel que roza la gratuidad, y excesos como incluir capítulos escritos en francés (por suerte, la edición incluye un apéndice donde traduce la broma).

Los casos del Guardavías, por llamarlos de algún modo, quedan muy lejos de la ficción lovecraftiana o de acción que podría encontrarse en otras series. Breve, sin apenas personajes, irreal, a veces fallida pero fascinante, dudo mucho que la idea de Kiernan fuera la de establecer una continuidad o una nueva saga. Aunque a veces me imagino lo que podría ser una tercera novela corta. Otras, no.

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