Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna
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jueves, 4 de junio de 2026

Mortal Kombat (2021). Tomándose la broma en serio.

 


Un año después de que se estrenara aquel pequeño desastre, hoy recordado con ironía y ternura, que fue la adaptación cinematográfica de Street Fighter,  se llevaba a cabo la adaptación de otro juego de lucha. Paul Anderson, antes de  encasillarse con su reimaginación de Resident Evil protagonizada por su señora,  dirigía  la versión de un videojuego relativamente reciente entonces,  pero ya infame  por  el uso de su violencia entonces exagerada, y hoy un tanto de serie Z por el uso de aquella técnica que consistía en la captura de movimientos de actores reales. Mortal Kombat, con K para ser más radical, además de comenzar una franquicia de juegos duradera, se convirtió también en  una película resultona,  que  pillaba realmente el punto del material original y conseguía funcionar  lo bastante como para tener una secuela.  Esta, mucho más floja, sería uno de los motivos por los que no llegó a rodarse un Mortal Kombat 3,  aunque  el juego y su trasfondo continuarían su desarrollo  a lo largo d ellos años, incluso contando  con apariciones en otros medios como una webserie.  Y mucho tiempo después,  cuando  quedaban lejos esos dos primeros juegos, el motion capture, y la música bakala que lo acompañaba,  se estrenaba una nueva entrega,   con una plantilla de actores  casi desconocida y un tono muy distinto a la producción de 1995.


Cole Young es un luchador cuyo momento de gloria ha quedado atrás.  Ahora sobrevive  participando en combates  mediocres,  ajeno a lo que sucede en los confines del mundo:  cada  varios años, se celebra un combate entre los  campeones del Mundo Exterior y los de  la tierra,  disputándose  la posesión de este plano.  El décimo combate decidirá  el destino de esta,  por lo que  Shan Tsung, el gobernante de esa otra realidad, no dudará en  retorcer las reglas p para eliminar a todos sus oponentes y evitar  que la confrontación tenga lugar.  Cole, junto a  Sonya  y Jax,  dos militares y  Kano, un mercenario,  es uno de esos elegido, pero el tiempo del que disponen para prepararse  para el combate final e s muy escaso. Aunque durante el entrenamiento  Cole, además de su poder, descubrirá que su legado  va mucho  más allá que el de  un luchador caído en desgracia, y que le destino de la tierra está ligado a su estirpe desde hace mucho.



La película se estrenó en 2021,  un año muy  raro para  el ocio fuera de casa por motivos que todavía me provocan ganas de ponerme una mascarilla y lavarme las manos con gel hidroalcohólico  cada  diez minutos.  Esto supuso que  se lanzara  mediante un modelo híbrido, en salas de cine y en la plataforma de HBOmax, un sistema de supervivencia que no impidió que la película funcionara bastante bien, aún sin contar con nombres famosos entre sus protagonistas y sobre todo, que el argumento fuera  más simple que el mecanismo de un chupete.  No es que un juego de lucha  necesite justificar mucho su trasfondo,  pero es difícil mantener una premisa como “un  reino de brujos y monstruos se pelea en un torneo milenario para ver quien se queda con nuestro planeta”.  Premisa en la que inicialmente, además de la casquería espantaviejas había  ninjas fantasma, ninjas con hielo, monjes shaolin y todo tipo de monstruitos.  No en vano  Contacto sangriento, aun de forma muy libre, había sido una de las principales  inspiraciones  de los creadores del videojuego para su proyecto.


Trabajar con este material  de forma serie a es muy difícil, y no solo porque el público  puede pensar que a estas alturas,  el planeta  tierra es el premio más  cutre que se podría ofrecer en ningún combate  interdimensional. Y sin embargo, l a película  consigue funcionar  tomándose en serio ese punto de partida,  y manteniendo un equilibrio muy difícil entre  un argumento tan poco manejable, y el uso de las referencias a las frases y momentos del juego original.  

Desde el primer momento (y quizá  también  porque han tenido más de treinta años  ara  pulir un poco  el trasfondo desde ese primer Mortal Kombat),  establecer un tono serio, en el que  el prólogo, ambientado en el periodo Edo,  con la lucha entre  los dos personajes más conocidos de la franquicia, consigue marcar el  primer paso  de suspensión de credibilidad necesaria para entrar en la historia. En este caso, aprovechando ya la mitología desarrollada durante esos años y empleando  las historias y nombres desarrollados para Scorpio y Sub Zero, dos de los personajes más icónicos de la saga. Y sobre todo, mediante un primer combate, donde  se adivina que las coreografías y el montaje van a ser el punto fuerte de  la película. Un primer momento  decisivo para que el público esté dispuesto a creerse la historia, y de paso, aunque sea en un papel muy secundario,  poder  ver a  Hirayuki Sanada  como Hanzo Hasashi, Scorpio para los veteranos.


La cinta  recurre a  una herramienta que no suele ser muy bien recibida entre los fans de los videojuegos: el personaje nuevo, creado para el guion,  al que le aportan información  que  sirve de información para el público ajeno al medio original. De nuevo,  es difícil  que esta decisión guste porque todos recordamos a Alice  de Paul Anderson reconvertida  en protagonista absoluta d su Resident Evil. Pero en este caso, el Cole  Young  interpretado por  Lewis Tan cumple este papel y da espacio suficiente p ara los  personajes que si provienen de la franquicia.  Que no son todos, pero si suficientes, y los más clásicos,  del primer y segundo juego.  El peso de estos en la trama está también  equilibrado, siendo el caso de los otros dos personajes más antiguos, Liu Kang y Kung Lao, más secundarios, llevando el peso   de  aportar más información a la trama.  Al haberme quedado en los años de las primeras entregas, no sé hasta qué punto la versión cinematográfica  de estos es file al original,  pero   han sido lo bastante bien perfilados  como para  que cada uno  cuente con su momento de atención y función dentro del guion.


Al optar por  una aproximación más seria,  el problema de incluir las referencias a los momentos representativos del videojuego y a las características de este  se hace mediante  guiños y el uso del humor.  El protagonista comenta lo difícil de creer  la historia sobre el combate (algo que  comparte con el público.  Pero un sábado por la noche no estoy yo para replantearme la vida y la existencia),  lo chocante del nombre de la contienda, refiriéndose incluso a que “el nombre está mal escrito”. Las frases  que anuncian  la victoria, o a los inolvidables fatalities las hacen a través del personaje  de Kano, quien  para su papel de antagonista lo caracterizan como una suerte de bufón,  de un personaje escudado en un humor fuera de lugar como parte de una personalidad histriónica,  que a veces  resulta un poco irritante  pero que en conjunto es útil para  que referencias como “Kano Wins”  o “flawless victory!” no queden fuera de lugar.

Pero si hay algo que la película consigue hacer bien es precisamente, el objetivo del videojuego que adapta. Es un juego de lucha, y nos vamos a hartar de ver peleas, bien coreografiadas y  que consiguen justificar  la premisa tan bien como lo había hecho Mortal Kombat en 1992.  No  falta la casquería de los fatalities, donde  se arrancan brazos, se decapitan adversarios o se los parten por la mitad,  que precisamente, era la idea original y que no decepciona.  Como tampoco lo hacen los efectos especiales, que salvo algún momento  en que la infografía no es todo lo buena que debería  (cuando aprenderemos que es mil veces mejor un bicho de plástico que uno infográfico),  defiende bastante bien a la hora de presentar  alguna de las criaturas que lucha en el bando de los villanos. Y por supuesto, aunque  la banda sonora opta por una aproximación más seria  como el tono de la película, no puede faltar, en algunos momentos, la melodía reconocible, ese chunda chunda de sintetizador noventero, se había convertido en la música oficial del juego.

Mortal Kombat  no es una gran producción. Tampoco lo era la del 95, y funcionaba.  Con esta pasa lo mismo, ha sido rodada para hacer una cosa, y la hace bien: ser una película de artes marciales, exagerada, y que consigue hacer algo serio un punto de partida tan poco trabajado como el que maneja.  Un pequeño éxito para una cinta que  consiguió funcionar bien en unos años muy difíciles para el cine,  e incluso asegurarse una secuela en la que podremos ver a Karl Urban como  uno de los personajes más conocidos de la franquicia.

jueves, 23 de abril de 2026

La centinela (1977). Abandonad toda esperanza

 


Early this morning
When you knocked upon my door
And I said Hello, Satan,
I believe it´s time to go
Me & the Devil – Skin and Soap

Los setenta pueden considerarse una de las mejores décadas en cuanto a cine de terror. El final del sueño americano, la ´perdida del temor a  mostrar escenas más viscerales, de violencia directa, pero no tan gráficas  como las que podrían verse años después pero sí mucho más desasosegantes por su  intensidad y ese aspecto sucio provocado por el grano del metraje. Una forma de reflejarlo  no solo en cuanto al mar como algo propio de la naturaleza humana sino espiritual: es imposible  repasar los setenta sin contar con el diablo, y por extensión, la religión,  como trasfondo de varias películas. El exorcista y La profecía  siempre serán los primeros títulos que vienen a la cabeza, junto a otros, derivados del éxito de los anteriores. Pero una producción de Michael Winner, ya  a finales de los setenta,  trataba, quizá de forma no tan brillante como las anteriores, pero con un carácter muy propio, la presencia del diablo.


La centinela comienza con Alison, una  joven modelo, que busca apartamento. A pesar de una vida exitosa tanto en lo laboral como en lo personal,  esta manifiesta en varias ocasiones la necesidad de un espacio propio. Su carrera y futuro  prometedor son en realidad un momento de paz  en una vida marcada por dos intentos de suicidio  y el escándalo de su relación con un hombre casado cuya mujer fallecería en extrañas circunstancias.  En uno d ellos barrios de Nueva York, encuentra un apartamento en un edificio antiguo, donde pronto conocerá a un vecindario un tanto extraño. Desde su llegada, esta empezará a notar  que algo sucede, su salud se deteriora e incluso  empieza a dudar de su cordura: los hechos de su pasado vuelven a manifestarse en forma de flashbacks vívidos. Y el edificio, antes lleno de gente, aparece ahora vacío.


Michael Winner, responsable de Scorpio, y sobre todo, de El justiciero de la ciudad con Charles Bronson, filma una película de terror en la que su intención era, según él, conseguir  que los espectadores se revolvieran en sus asientos. No se si lo lograría  pero su Centinela, aún siendo  una  producción mucho más torpe  que  no puede compararse a nivel formal con La profecía, consiguió  revalorizarse con el tiempo y que  muchos des sus defectos se convirtieran en algo que la vuelve en una  producción tan visceral como única.


Oportunidad: precioso ático con vistas a la ría de Bilbao

Partiendo de una novel a de Jeffrey Konvitz, la trama acerca de una puerta al infierno, el  pecado capital, especialmente el suicidio y la redención, mostrada como algo  retorcido y manejado por la iglesia  a su favor. La película  busca reflejar estos elementos de una manera muy directa,  pero se lleva a cabo de forma bastante torpe.  Las primeras secuencias, con el flashback de la protagonista, muestran ya  una grotesca escena de desnudo y comida (es curioso que   para reflejar ese infierno recurran ante todo a la gula y la lujuria) que  servirán para caracterizar   de esa forma demasiado  obvia,  el carácter de la protagonista y como marca su vida posterior. Del resto  de personajes se recurre a soltar de forma brusca este pasado, como añadido rápido al trasfondo necesario para  perfilar la historia. Así, la policía parece aparecer únicamente para mencionar la acusación de  asesinato que recae sobre el novio de la protagonista y para revelar en un momento  determinado, el secreto de los inquilinos del edificio. Una trama que se desarrolla así, a golpes de revelación rápida donde se   coordinan rápidamente el trasfondo de trauma, lo sobrenatural e incluso la actuación de una rama secreta de la iglesia, un elemento  al que años después se recurriría muchas veces cuando  los guiones buscaban ese punto entre la conspiración y la idea de elegir el menor entre dos males.


Esta trama, por lo simple, lo rápido de su ejecución y por ir al grano, especialmente en cuanto a escenas de impacto, es lo que hace que sorprendentemente  funcione. Una simpleza y determinación unidas a un tono atmosférico, una fotografía típica de los setenta y el contraste entre  las secuencias de glamour neoyorkino un tanto vacío, con las más grotescas,  de terror físico en ese lugar entre ambos mundos que es el edificio donde se desarrolla la historia. Donde no solo recurren a planos contrapicados, expresiones deformadas y el uso del desnudo como elemento repulsivo, sino también a algo tan drástico como  la contratación de figurantes con deformidades reales, muy similar  al Freaks de Browning y que hace que la secuencia final, con los condenados acosando a la protagonista, resulte e una representación del más allá más mundana, real y  aterradora que  cualquier evocación del infierno realizada con medios digitales.

Hay colas para alquilar este piso, es un chollo 

Es este tono de la película, entre lo directo, lo torpe y lo onírico, lo que hace que  lo que  solo pretendía ser shock, tenga  un mayor  valor  narrativo. Pero también, el reparto de secundarios.  Si  Christina Raines cumple con una interpretación neutra y correcta, sin estridencias (además de a portar un aspecto físico donde su papel de modelo resulta creíble, y lejos de la artificiosidad  de los cánones de belleza actuales), en la película, como sucedía en otras producciones de los setenta, aparecen actores clásicos ya semirretirados en papeles menores donde aportan  cierto atractivo crepuscular. En este caso,  desde  Ava Gardner como agente inmobiliaria, John Carradine hasta caras recientes como Chris Sarandon y primeros papeles muy breves, de quienes serían famosos más tarde: Jeff Goldblum o Christopher Walken aparecen junto a  Burgess Meredith, nuestro Pingüino  del primer Batman, uno de los propietarios de la mansión de Burnt Offerings y ahora, como  uno de los inquilinos, ese anciano estrafalario, adorable e inquietante a partes iguales capaz de ofrecer una enloquecida fiesta de cumpleaños a su gata  o una posibilidad  de liberación a la protagonista, frente a la redención instrumentalizada  a su favor, que los representantes de la iglesia, esa fuerza contraria, pero ausente durante toda la trama, le ofrecen como último recurso.

La centinela es en comparación a  las dos grandes apariciones del Mal  en los setenta, una película menor, quizá más torpe, pero brillante  en su atmósfera y  en la ejecución de la sencillez de su trama. De esas películas que ganan con el tiempo tanto  por como este suaviza sus defectos formales  como por mostrar una realidad que no ha cambiado tanto: y es que la secuencia de la agente inmobiliaria justificando  precios abusivos con la coletilla de “hay cola para alquilar este piso”  resulta hoy entre familiar y deprimente. ..

Bueno, y que  por mucho que nos adviertan citando  a la Divina Comedia y lo de Abandonad toda esperanza, si en el Infierno me dejan estar con mis gatas, que me guarde un sitio Pedro Botero.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Junji Ito: Las caprichosas maldiciones de Soichi. Que alguien llame a Supernanny. O a un exorcista

 



Dicen que el humor es hermano del horror, una frase  que Junji Ito ha debido  conocer y tenido en cuenta en más de una ocasión. Y es que el autor de viñetas plagada de horror corporal, absurdo y e incluso terror cósmico tiene su punto irónico, y por cada manga en la que sus protagonistas encuentran un destino terrible, o en el que Tomie, uno de sus personajes recurrentes, destruye la vida de sus víctimas, hay un villano al que  las cosas no les salen bien. Quizá porque  cuando tienes 11 años y vives con tu familia en una apacible aldea japonesa, ser una figura amenazadora es muy difícil.


Este es el caso de Soichi, el más pequeño de la familia Tsuji. Un niño extraño y enfermizo, que siempre lleva clavos en la boca asegurando que le sirven para suplir el herro que falta en su sangre, y cuya aspiración es ser un vampiro como el de las películas occidentales. O un hechicero. O dominar Japón con sus poderes. O que alguien le haga un poco de caso, como comprueba michina y su hermano cuando van a pasar unas vacaciones de verano a casa de sus primos. Como esta comprueba, Soichi no es solo un niño un poco retorcido sino que algo extraño parece suceder cuando está cerca. Personajes inquietantes que aparecen de la nada, profesores que cambian su comportamiento y apariencia, rumores que se propagan por el patio del colegio o una monstruosa figura, surgida de las páginas de una revista, merodea por los callejones de la ciudad.

Este niño es más malo que Falconetti

La  historia de Soichi se  compone de algo más de diez historias cortas, que pueden ser leídas de forma independiente, aunque tienen como hilo conductor al menor de los Tsuji y a sus primos, en especial a Michina, desde cuyo punto de vista s3e narra la llegada de ambos a la casa de la familia y  que actúa a modo de antagonista en el desenlace de la serie. Estos  son casi unos personajes tópicos de anime costumbrista  (dos chicos de Tokio pasando las vacaciones en un pueblecito) que sirven de contrapunto para la figura principal, con el que  Ito realiza una mezcla entre la cultura popular occidental y la japonesa. Este no solo recurre a maleficios tradicionales, sino que  admira a los vampiros, habla de vudú y aspira a tener un ataúd como el de Drácula. Pero  no se queda solo en su personalidad sino que el tema de cada capítulo son los maleficios que este puede lanzar: por cada situación  en la que  parece haber una explicación razonable, hay otra en la que lo sucedido es directamente anómalo, como los accidentes que sufren  aquellos a quienes el protagonista tiene ojeriza o casos, directamente sobrenaturales como las marionetas de trapo que deambulan en uno de los cómicos.


Estas cuentan con una estructura similar a la que se añaden variaciones: bien la llegada de sus primos durante alguno de los periodos estivales o algún personaje, familiar o compañero de clase, víctima de del protagonista. Aunque en la mayoría de los casos, el desenlace suele ser relativamente inofensivo salvo para el personaje titular: este acaba lesionado, vapuleado, humillado, o en el último capitulo, victima de los seres sobrenaturales a los que ha recurrido. Un desenlace adecuado al tratarse de una serie de humor negro, donde parte de esa comicidad viene provocado por lo ridículo de un personaje  condenado a fracasar por sus malos actos. Pero que también acaba contando con la simpatía del lector, del mismo modo que lo conseguirían figuras como Miércoles Adams: Soichi no es enteramente malo. Es siniestro, egoísta y su moralidad es cuestionable, pero parece querer llamar la atención 7sin tener claro como) como cualquier chico de su edad, quiere a sus abuelos, , que fallecen antes y durante la historia narrada en el tomo, e incluso es capaz de aprecia ra su manera 8como por ejemplo, deteniendo una maldición) los gestos de amabilidad de su prima. Un personaje que nunca llega a resultar un villano absoluto como sería Tomie, tanto  por su incapacidad de triunfar como por el tono menos amenazador de los comics en los  que aparece. Incluso en la última, más siniestra, es resuelta como una pesadilla del protagonista. 

Al tratarse de historias independientes entre sí, estas pueden leerse en cualquier orden. Incluso  las dos últimas, La casa del terror y El frente Soichi, que había encontrado hace años desconociendo al personaje original, son buenos mangas, muy típicos de Ito y donde la calidad del dibujo es de los más logrados. Em cambio, este carácter anecdótico hace que a veces el humor negro se exceda y  de paso a la incoherencia, donde alguna historia termina de  froma brusca y sin más  interés que el desconcierto que pudiera provocar. Un poco una sensación de "qué más  da, si es todo de broma". 

Las caprichosas maldiciones de Soichi es, en comparación a Uzumaki o Gyo, una obra menor. Una recopilación de historietas bastante extensa, dos tomos comprimidos en uno solo en la última edición de ECC, con un tono más ligero que muchos de sus  relatos más conocidos pero con un enfoque muy divertido, en el que gran parte de los elementos empleados por Ito sirven para su vertiente menos aterradora. Y es que, no todo va a ser horror y desolación. 


jueves, 9 de junio de 2022

Terrifier (2016). El asesino cansino

 


De como la figura del payaso se ha convertido  de algo cómico y cercano a  os niños a uno de los monstruos recurrentes, hay tantas teorías como versiones de esta. Desde su reconocimiento como fobia, pasando a su aparición más conocida como Pennywise, otras aproximaciones más centradas en el humor, como Payasos asesinos del espacio, i incluso la figura real de John Wayne Gacy o la mutación memética cuando, en 2016, hubo una ola de avistamientos de payasos siniestros (podemos decir lo que queramos de 2020, pero la década anterior también fue muy loca). Su rostro pintado con una sonrisa, sus bromas simples, pueden darse la vuelta y convertirse en algo perturbador. Tanto, que lo más sencillo a la hora de empezar una historia de terror sería situar un payaso en un entorno que no le corresponde, y el resto, prácticamente se hace solo. Ocurrencia que tuvo Damien Leone cuando, a partir de un corto, decidió recurrir a  esta figura como eje central de dos largometrajes, y probablemente, de más de tres.


Terrifier comienza con una entrevista a una joven terriblemente desfigurada, superviviente de na serie de violentos asesinatos que tuvieron lugar el pasado Halloween. Su testimonio da paso  a lo sucedido hace meses, cuando dos chicas volviendo de una fiesta se encuentran con un hombre vestido de payaso que comienza a seguirlas hasta una pizzería, donde una de ellas no duda en encararlo, y al que pierden la pista cuando este es expulsado del local. Entre una considerable borrachera, y tras descubrir que las ruedas de su coche han sido pinchadas, no tienen más remedio que esperar a que la hermana de una de ellas acuda a recogerlas. Unas pocas horas que supondrán quedar atrapadas en un edificio ruinoso donde el payaso que habían encontrado previamente las ha elegido, a ellas y a todos los que se cruzan en su camino, como víctimas a las que no dudará en torturar antes de dar muerte.


Pese a tratarse de una secuela de All Hallow´s Eve, el film antológico donde el personaje, bautizado como Art el payaso, aparecía por primera vez,  la película es independiente de esta, sin que haya un hilo conductor sobre la presencia y motivos de este. Y que supone un paso más respecto de figuras clásicas como Michael Myers, Jason o incluso Jigsaw, ya que parece convertirse en la encarnación definitiva del monstruo, el asesino enmascarado que acecha a la víctima. Sin un atisbo de moral, pero tampoco sin n trasfondo más allá de ser el villano, y en este caso, de serlo de manera absoluta: capaz de recurrir a armas tan grotescas como un látigo hecho con escalpelos y jeringuillas, de mutilar a sus víctimas  de forma que roza el torture porn, pero también de sacar un arma de fuego y recurrir a un disparo cuando el juego está a punto de terminar en su contra. Un personaje que oscila entre lo grotesco, con números propios de un payaso, y lo sobrenatural, opción un tanto arbitraria por la que su creador decide optar  con tan pocas explicaciones como la aparición del monstruo.

Como decía Lars Von Trier: si todo se va a ir a la mierda, es mejor empezar las cosas bien

A este hay que reconocerle el convertirse en  el principal pilar de una película que no deja de ser un slasher, y que es lo que pretendía desde un principio. Los personajes están ahí  para ser masacrados uno tras otro, si bien niega el aspecto más lúdico de este género: tras los primeros minutos, el público sabe que estos están condenados a  una situación  de la que será imposible salir, y lo único que  se puede hacer es ver como, por un momento, creen que pueden escapar.


El tratamiento se vuelve de este modo muy oscuro y muy inspirado en el grindhouse de los setenta, al que no dudan en referenciar usando en muchas ocasiones una textura de grano en el metraje…que, aunque quieren emular a esas películas gastadas, el presupuesto juega en su contra y acaba pareciendo un filtro de Instagram puesto a posteriori. Con una estética, intenciones, y sobre todo, un personaje antagonista tan pensado para ser los principal, a la película le sucede lo que podría esperarse: este acaba cayendo en la segunda mitad en lo repetitivo, consistiendo  en un payaso siniestro desapareciendo, unos personajes que “parece” que van a escapar, con la aparición súbita de este (con el carácter sobrenatural sacado de la manga, justificamos hasta el teletransporte) y la posterior escabechina. Poco importa que  lo aturdan, lo pateen o le sacudan  con una bombona, como hace en un momento dado, uno de los secundarios (un exterminador de plagas, víctima involuntaria, del que no habría estado mal verlo ofreciendo más guerra), porque el monstruo va a volver, y de los muertos si hace falta…hasta el punto en que la hora y 26 minutos de metraje llega a convertirse en algo bastante largo.

Terrifier puede resumirse en la frase hecha de “es lo que hay”. Un slasher donde hay bastantes referencias al grindhouse, y donde deciden llevar al límite las convenciones del género, y del que, o te gusta, o no. Aunque parece que Leone ha triunfado con su personaje y se estrenará un Terrifier 2 donde Art, si sigue en su línea, no va a dejar a nadie vivo.

jueves, 31 de agosto de 2017

La Torre Oscura (2017). No han olvidado el rostro de su padre



Stephen King ha sido uno que ha aparecido muy poco por aquí. Algo bastante raro cuando su saga La Torre Oscura fue una de mis series favoritas. Si bien es una que decidí cortar por lo sano porque su autor estaba tomando una dirección que no me gustaba nada. Una situación muy distinta a cuando la empecé: poco después de terminar todo lo escrito y por escribir de H. P. L, decidí volver a lo conocido, con una saga que, como se estilaba entonces, ponía el nombre de su autor en la portada más grande que el propio título. Todavía acostumbrada a una narrativa más lineal, y más abundante en escenarios tópicos, encontré la historia de un pistolero, tal cual, que se desplazaba por un mundo del que solo sabíamos que “se había movido”. Que perseguía al Hombre de negro por algo que había sucedido en el pasado, de lo que solo teníamos breves retazos, y que había más mundos que el suyo. Uno de ellos, donde encontraría a los compañeros que lo acompañarían en busca de una Torre que servía de hilo conductor a la historia más ambiciosa que había ideado King. Al menos, en sus comienzos. El primer libro descubría un mundo extraño y fascinante. El segundo, presentaba a los siguientes personajes. El tercero, los puso en marcha y me hizo pensar que, si no podía saber qué sucedía después, me daría algo (era una lectora muy apasionada). El cuarto tardó una década en llegar y me hizo pensar que La Torre Oscura, tal y como yo la conocía, había terminado. Y que el que la escribía ahora era el King que no me gustaba. El que se explayaba hasta la extenuación, el del desbarre y el de un estilo quizá demasiado pagado de sí mismo. Y ahí se quedó la cosa, dándole tiempo desde entonces a terminar la saga (y a que me sirviera lo mismo conocer el final mediante resúmenes y spoilers), a que se publicara la precuela en formato cómic, y finalmente, lo que había parecido imposible: que La torre oscura se adaptara al cine.



Esta versión cinematográfica no venía libre de críticas: comenzaba como parte de un proyecto en el que la historia se iría cubriendo mediante películas y series. Pero los cambios en el equipo creativo, la manera de enfocar el guión, y sobre todo, que un material tan extenso se redujera a una producción de noventa y cinco minutos, hizo que llovieran las críticas y esta entrega lo tuviera muy difícil. Factores que en realidad, no eran tan malos, y desde luego King ha visto versiones de sus libros infinitamente peores. Para empezar, La Torre Oscura del cine no es una adaptación, sino una secuela de los libros. Y si esto parece una decisión extraña, también es la más adecuada para este formato: el material original terminaba de forma que esta continuación, o nuevo comienzo, sea de lo más viable. En ella vuelve a aparecer el Pistolero, los distintos mundos, El hombre de negro, quien pretende destruir la Torre Oscura, que ahora es claramente una barrera entre el universo y las criaturas que lo amenazan, y Jake, un niño que, al igual que unos pocos, posee ciertos dones que, empleados de la forma adecuada, pueden servir para destruir la Torre por completo. Algo que el Hombre de negro ha estado llevando a cabo buscando gente como él en los distintos mundos, a lo que quizá Roland, el pistolero, pueda ponerle fin. Salvo que este está demasiado cegado por la idea de venganza como para darse cuenta.


Si uno de los grandes temores era que un metraje tan breve no le haría justicia a la historia, este finalmente ha sido lo de menos. La historia transcurre en el tiempo necesario. Unos noventa minutos que a veces parecen un tanto atropellados, y donde en una producción donde los efectos especiales son algo, más que prioritario, necesario, puede dar una sensación un tanto apresurada, de estar saltando de una cosa para acabar en otra sin terminar de procesar la anterior. En algunos momentos, los cambios de escenario son tan bruscos que parecen haber recortado metraje con un hacha, sin preocuparse por aportar una transición adecuada. Por otro lado, le da mucho dinamismo, no hay ni un momento de aburrimiento, pero sí de reflexión, y, sobre todo, esta falta de minutos adicionales hace que la historia adolezca de momentos donde se aportan explicaciones o información al espectador. Lo que supone que esta produzca una impresión similar a la que se tiene cuando se lee el primer libro: el público comprende el mundo del pistolero mediante imágenes, intuye lo que puede y tampoco le dan tiempo para que pare a preguntarse quienes son tal o cual criatura o de donde vienen. Si durante mucho tiempo nos sirvió una explicación tan simple como “el mundo se ha movido”, ahora también.



Al tono adoptado para el guion se le adecúa muy bien la atmósfera de la película: llena de tonos grises, el contraste entre escenarios se presenta mediante las escenas entre un mundo muy basto, lleno de desiertos y ruinas, y un Nueva York un tanto desvencijado, pero abarrotado de gente de modo que incluso su protagonista manifiesta, con incomodidad, lo opuesto de ambas situaciones. Es precisamente este aspecto desgastado, o directamente, ruinoso, el que contrasta con los elementos más nuevos o más cuidados, que en realidad son reliquias y que sirven de escenario para el antagonista. Entre ambos, choca un poco el incluir un atrezzo que quizá sea el más discutible, donde en una historia más centrada en la fantasía oscura acaban apareciendo, para justificar los cambios de escenario, unos cuantos cacharros propios de la ciencia ficción apocalíptica, y que, en cierto modo, son los que más desentonan con el resto.

El reparto, y especialmente sus interpretaciones, ha sido uno de los pocos aspectos en los que no han sido tan críticos: Idris Elba es El pistolero, sin más, que consigue muy bien una mezcla de indiferencia total y de evolución hacia un personaje más humano y con mayor empatía. Y si a Matthew MacConaughey se le apareció la virgen con True Detective, aquí aprovecha su estela para ofrecer un antagonista más que sobresaliente. De hecho, el aspecto palillesco de Rust Cohle todavía está bastante presente en su caracterización.



En general, la idea de comenzar la historia por su secuela funciona bastante bien con un metraje limitado: el mundo de la torre oscura es demasiado amplio para pretender abarcarlo tal y como aparece, y esta es una forma igualmente válida de acercarse a él. Presentada, también, de forma muy segura: en el fondo, esta versión cinematográfica es una historia independiente, que queda perfectamente cerrada y que puede continuar o no. Pero en la que no faltan muchas referencias que, sin ser algo determinante para comprenderla, los lectores las reconocerán al momento: el objeto que Roland lleva consigo a todas partes, la aparición de la estación Terminus en uno de los pueblos, los servidores del hombre de negro (con un breve papel de Jackie Earle Haley. Que para este tipo de personajes es fantástico pero el pobre hombre se está poniendo cada día más feito), las esferas que este usa en algún momento, y sobre todo, las palabras que se repiten en varios momentos y que sirvieron de comienzo en el primer tomo escrito por King: El Hombre de Negro huía a través del desierto y el Pistolero iba tras él. Guiños reconocibles, o no, que sirven para dar a intuir una visión más amplia de una narración que, en realidad no ha sido tan mala como aseguraban, más bien al contrario. Y que con un poco de suerte, podría continuar en un futuro. Por una vez, espero que esta Torre Oscura cuente con la confianza necesaria como para poder ver algo más.

lunes, 4 de enero de 2016

Ash vs Evil Dead (2015). Hail to the King, Baby!


 

Después de ver el primer capítulo de la saga Evil Dead, me faltó muy poco para salir a la calle dando voces de alegría y ponerme a escribir sobre el regreso de Ash Williams y el Necronomicon. Preferí esperar a terminar la serie, en el último caso, y en el primero, por suerte, me contuve. Habría sido muy desconcertante para todo el vecindario…pero tres películas y un piloto de cuarenta minutos que superaba mis expectativas lo hubieran justificado.

 


Han pasado 23 años desde el estreno de El ejército de las tinieblas, donde el personaje de Ash se convertía en el héroe bocazas y muy de dibujo animado que sería popular y donde aparentemente, no había ningún motivo de guión para no continuar la serie. Hubo rumores y un montón de ficción derivada de esta saga en forma de videojuegos y comics, pero esa cuarta película no llegó a tener lugar. Lo que llegó en realidad fue una serie que, pese a continuar la línea argumental, se saltaba por motivos de derechos todo lo relativo a la narración para conservar únicamente a su protagonista como se caracterizó entonces. Ash, el empleado de S- Mart (ahora Value Shop) conserva de entonces su motosierra, una escopeta y un ejemplar del Necronomicon que guarda en una caravana. Porque durante las últimas dos décadas y pico se ha dedicado a mantener un puesto de trabajo que no va a ninguna parte, ligar con todo lo que tenga faldas ya demostrar que el haber sido un héroe no implica que sea inteligente, tras liberar de nuevo a los demonios al recitar unos cuantos pasajes del libro intentando impresionar a una chica. No tan en forma como en sus buenos tiempos, tendrá que abrirse paso disparando y troceando a todos los cadáveres que intentan arrebatarle el Libro de los Muertos. Pero esta vez no está solo: Pablo y Kelly, sus compañeros de trabajo, lo ayudan por distintos motivos. Y una mujer, que asegura ser la hija del arqueólogo que descubrió el libro, está convencida de que Ash es el causante de la vuelta de los demonios.

 



Cuando pasan muchos años desde la aparición de cualquier ficción, sea película, libro o cómic, una secuela tardía no suele dar buen resultado. O el original está demasiado idealizado por la nostalgia y parece inigualable, o realmente estas continuaciones no están a la altura. Y, en algunos casos, los propios autores evolucionan de forma distinta desde sus primeras obras, de modo que su forma e intereses a la hora de contar una historia va a ser muy distinta que hace treinta años. Por eso un trailer bastante prometedor no era suficiente como para que confiara en una secuela que había sido reconvertida a serie, hasta que el primer capítulo confirmó que, en muy contadas ocasiones, estas secuelas funcionan. El guión ha sabido adaptarse muy bien al hueco temporal, especialmente, en cuanto a su protagonista. El Ash que aparece aquí es realmente el personaje original, que ha seguido una evolución lógica, para la idea de la serie, durante este lapso de tiempo. El personaje como tal fue desarrollándose mucho más en otros formatos, con lo que el público tenía ya una idea de este a la que se ha respondido perfectamente: es vago y desastroso desde un punto de vista cómico, sigue conservando sus frases ingeniosas en todo momento y una actitud entre chuleta y rancia que a ratos parece un poco de héroe de los cincuenta, y a otros, se hace evidente lo absurdo de esta gracias a sus coprotagonistas. Es imposible imaginarse a otro Ash que no sea el interpretado por Bruce Campbell, quien además de seguir en forma para las secuencias más exageradas y de caricatura, demuestra sacarle mucho partido a otros aspectos cómicos del personaje, como los años que le han pasado por encima y la falta de luces que lo caracteriza.

 


La principal diferencia respecto a las anteriores secuelas es el contar con más de un personaje principal. Si en las anteriores cualquier otro parecía destinado a ser una víctima, esta es una entrega algo más coral, donde además de cotar con dos coprotagonistas, hay otros personajes regulares que aportan nuevos elementos a la trama. Resulta un poco difícil el que alguien le de pie a un personaje como es Ash, sin caer en el papel de secundario gracioso (porque en realidad, toda la serie es una comedia. Con muchas tripas y sangre, pero comedia), o en comparsa para que el público más joven siga a un héroe que pasa la cincuentena. Pero consiguen que tanto Pablo como Kelly tengan caracteres dispares, útiles para la trama, y que se ganen la simpatía por méritos propios. No pasa lo mismo con Fisher, la policía que parecía querer servir un poco de nexo entre el mundo enloquecido de Evil Dead y el real, y que al final se queda en un amago de interés romántico que no aporta mucho. El papel de Lucy Lawless, exceptuando la diversión potencial que implica tener a dos actores como ella y Bruce Campbell en una comedia gamberra, no es un aporte contínuo: sus apariciones son más esporádicas, que bien sirven de enlace también con las películas anteriores, y como posible giro de final de temporada o enigma para la siguiente.

 


En cambio, hay algo que sí han mantenido y que ha sido el mayor factor de éxito de la serie: es muy cercana al espíritu de las películas. Estas empezaron como cine de terror al uso, y muy sangriento, y fueron avanzando hacia el terreno de la comedia. El exceso de destripes, disparos y el montaje acelerado sigue ahí, igual que el estilo mucho más artesanal de los efectos especiales, que en ningún momento tienen un aspecto cutre pero sí resultan mucho más tangibles y en consonancia con la saga. Y que hacen parecer a los digitales, a los que recurren en algún momento, tremendamente anacrónicos. Algo extraño, porque no es una producción que estuviera falta de presupuesto.

 


Ha sido toda una sorpresa que la cuarta entrega de Evil Dead no fuera una película, sino una serie. También con una distribución de la duración un poco extraña pero acertada: el primer episodio de 40 minutos sirve para interesar al público que, o bien estaba esperando esta secuela, o bien tenía curiosidad por saber qué era. Y el resto, son episodios de media hora escasa más propios de las sitcoms. Que, en algunos casos, saben a muy poco, en la mayoría tienen la duración y dinamismo justo, y en algún momento aislado, parecen un poco de relleno. Algo habitual en el formato de series, porque aún contando con pocos episodios, es muy difícil que todos resulten brillantes. Pero que no decepciona tras una espera muy larga, sino al contrario: el saber que habrá una segunda temporada ha sido una gran noticia.

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