When I look out my window
What do you think you see
And when I look in my window
So many different people to be
It´s strange
Sure it´s strange
Donovan- Season of the Witch
La figura de la bruja, desde la anciana con sombrero puntiagudo, escoba y gato de la tradición, hasta la tía Gladys de Weapons, ha tenido presencia en el audiovisual de muchas formas. Siniestra, amable, cómica o abiertamente positiva, también refleja esa dualidad, quizá más evidente en el pasado , de cierto temor a lo que podría esconder la devota esposa y cuidadora del hogar. Si Esposa Hechicera de Fritz Leiber, además de representar esta dualidad, inspiraba varios guiones con esta idea, también muchos se enfocarían desde una perspectiva más amable, dentro de la comedia romántica, y en muchos casos, centrándose en el amor y la renuncia a la naturaleza no humana propia de estos personajes.
En 1942, Me casé con una bruja, no engañaba con su título. Durante la época de los puritanos, una hechicera y su padre son quemados en la hoguera por el juez Wooley, quien es maldecido por ella y condenado a que este y su descendencia, vivan matrimonios desgraciados. Ya en el siglo XX, cuando una tormenta libera a los espíritus de ambos brujos, deciden seguir atormentando a Wallace, el último de su linaje, un político en ascenso que todavía sufre la maldición en forma de una futura esposa insufrible. Cuando Jennifer, la bruja que condenó a su antepasado, decide divertirse atormentándolo un poco más, una serie de equivocaciones la llevan a la situación contraria: perdidamente enamorada de Wallace, no dudará en ayudarlo en su carrera y a renunciar a su condición de hechicera.
La película del francés René Clair es una comedia romántica muy sencilla, propia de una época donde el entretenimiento ligero era muy bien recibido y necesario (más o menos como ahora, pero con más clase y menos Tiktoks), pero también ingeniosa y con cierta elegancia a la hora de presentar determinados momentos cómicos. Situaciones como los espíritus de los protagonistas, dos columnas de humo parlanchinas, y que el padre de esta, se pase la mitad del tiempo dentro de una botella de espirituoso, muestra ese ingenio que convive con chistes más simples, y alguno ya olvidados, como el arquetipo de novia mandona y los matrimonios vistos como cárcel.
Esta, basada su vez en una novela de Thorne Smith, es una comedia de enredos donde la presenta mujer fatal acaba cayendo, por suerte para ella, en sus propias tramas, y donde todo se desarrolla con una completa falta de prejuicios: poco importan sus malas artes cuando estas llevan a la felicidad de ambos, poco importan unas elecciones amañadas mágicamente y tampoco importa el personaje de Susa Wayward, encarnando la maldición lanzada por la bruja Jennifer tres siglos atrás, sino lo que va a suceder con esa pareja unida por accidente como son Verónica Lake y Fredric March, unos personajes imperfectos, lejos de ser intachables, pero con los que el espectador simpatiza.
De esta producción destaca también el equilibro ente esa comedia ligera y el fantástico. Con la primera aparición de esta familia de brujos cuyo comportamiento es demasiado burlón como para resultar digno de ser temido, todo un contrapunto al entorno puritano, y a la vez, el político, en el que se mueve el linaje de los Wooley. Un tono que cambia, en el desenlace, con la participación del brujo de aspecto borrachín interpretado por Cecil Kellawey, convertido en alguien más amenazador, en una secuencia con vehículos voladores carcajadas siniestras y un final feliz donde el sentido del humor y de la fantasía aportada por esos dos protagonistas brujos, irrumpe en la escena hogareña que da cierre a la película.
Si Me casé con una bruja hacía honor al título, me enamoré de una bruja también, aunque esta sea en realidad, Bell, Book and Candle, adaptación en esta caos, de una obra de Broadway. Vuelven a aparecer aquí una bruja feliz de serlo, un caballero que cae involuntariamente rendido a sus pies, y el romance entre ambos, además de ese componente de sacrificio y renuncia voluntaria en favor de algo más grande. Esta vez, quince años después, es Nueva York donde Kim Novak y James Stewart asumen los papeles principales y donde Jack Lemon y Elsa Lanchester acompañan al elenco protagonista. Gillian, la dueña de una galería de arte tribal y practicante de la hechicería, se encapricha de su vecino, un editor y prometido de una antigua compañera de estudios. Gillian, ante la posibilidad d e conseguir lo que quiere y de paso, chinchar todavía más a su antigua rival, no duda en recurrir a la magia y hacer que Shep olvide su compromiso, iniciando un romance con ella. Pero este, como le advierten su tía y su hermano, no durará: una bruja, por su condición, no se enamora, ni tampoco puede derramar lágrimas. Aunque quizá en el caso de Gillian y Shep sea distinto.
Ambientada en su comienzo durante la época navideña, esta se convierte de forma indirecta en una película muy adecuada para ver en esa época, además de muy poco trillada entre estos clásicos. Esta combina una estética luminosa, un tanto teatral, de ese Nueva York lleno de vida y de estilo encarnado en la comunidad de hechiceros que se reúne en uno de los clubes de la ciudad (la sorpresa fue mayor tras descubrir que entonces sí que existió una comunidad de presuntos brujos en Grenwich Village). La secuencia de ese local frecuentado por bohemios, el despreocupado personaje de Jack Lemmon tocando los bongos con los músicos del club, además del número de Phillippe Clay, frente a la presencia más mundana de Shep y su encorsetada novia, establece el tono de una historia donde la trama de brujería se desarrolla de forma muy similar a la de la humanización de esa mujer independiente, pero fría y despegada, caracterizada p orlos juegos de miradas de Kim Novak. Esta, con su condición de comedia, cuenta con una trama secundaria con la investigación de esa sociedad aparte, donde tendrán más presencia Lemon y Elsa Lanchester.
Esta seguirá la estructura de encuentros y desencuentros de toda trama romántica, con la redención final de su protagonista pero también con el descubrimiento de su compañero de que en la historia de ambos, la magia ha tenido que ver muy poco. Un desenlace presentado a través de un curioso simbolismo: Novak, en su primera aparición, descalza por su tienda de objetos tribales. Meses después, en su reencuentro, esta, consciente de lo que ha perdido, aparece ante Shep en una tienda de flores de mar, con un sencillo vestido blanco muy alejada de su primera caracterización. Un cambio que se produce en ambos, pero que será en esta femme fatale mucho más visible.
En ambas películas, prese a la diferencia de enfoque, existen elementos muy similares: la hechicera seductora que cae enamorada, el sacrificio de ese mundo sobrenatural en favor de la felicidad de algo más sencillo y la existencia de la magia y una sociedad aparte como algo que convive con lo mundano. Ideas que también influirían en obras posteriores muy populares, como Bewitched, o para la generación de los noventa, Embrujadas, Sabrina la bruja adolescente, o el reboot siniestro y tremendamente enrevesado que sacaría Netflix ya hacia 2020.







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