Muchas veces nos encontramos con una
buena historia, perfectamente cerrada y cuyo autor ha contado en ella
todo lo que quería. Algo que, como lectores o espectadores,
aceptamos aunque más de una vez tengamos la tentación de querer
saber qué pasa después. Con los protagonistas, con lo que les ha
pasado, o con el mundo en el que viven. A veces esa secuela llega,
para bien o para mal, y no siempre es lo que se esperaba. El autor ha
evolucionado y no ve las cosas de la misma forma que entonces. O
peor: este ha fallecido y de la tarea se encarga un equipo distinto,
cuyas ideas poco o nada tienen que ver con la original o que vienen
pautadas por los actuales propietarios de los derechos. Algo que
desgraciadamente sucedió con los dos largometrajes de Jim Henson,
que vieron una continuación en cómic que por suerte no tuvo
demasiada repercusión fuera del formato gráfico.

Regreso al laberinto continúa una
década después de que Sarah salvase a su hermano pequeño del
laberinto creado por Jareth, el rey de los goblins. Esta ha cambiado
mucho desde entonces, siendo una adulta que ha olvidado sus fantasías
infantiles mientras que Toby, ahora un adolescente, es vigilado de
cerca por Jareth, quien tiene a Toby como su protegido vigilándolo
muy de cerca en el mundo de los humanos. Pero ahora el rey de los
goblins ha desaparecido, y Toby es reclamado para tomar el lugar del
anterior soberano en un momento muy complicado: tras años de ser
protegido por los goblins, este se ha vuelto un adolescente egoísta.
Y en el mundo de los goblins hay otros personajes, como la reina
Mizumi, que pretende hacerse con el trono vacante. Además de una
joven goblin que oculta su rostro tras una máscara y que parece
esconder un importante secreto sobre el laberinto.
El planteamiento de la película de
Henson no daba mucha cancha a ninguna continuación. Al menos, en lo
que era su principal trama, el paso de su protagonista hacia la
madurez y la responsabilidad. Pero, al igual que en el final de esta,
los goblins, el laberinto y los amigos de Sarah, permanecen. Podría
haber ahí una posible continuación, al menos quedándose solo con
la parte fantástica, las aventuras, y no la metafórica. Algo que
decidieron explotar para un guión y un comic que en conjunto, da la
impresión de ser un sacacuartos repartido en tres tomos.

La elección del dibujo resulta muy
arbitraria: los diseños de Henson, y los dibujos de Brian Froud,
nada tienen que ver con la estética manga que se ha elegido como
soporte gráfico. El haber escogido un estilo tan concreto y a la
vez, tan alejado del material original, huele un poco a chamusquina.
Parece que la idea proviene del estudio de mercado previo, donde la
estadística demostró que un porcentaje de los fans de la película
que comprarían una continuación son también aficionados al anime
(algo así como la versión manga de Pesadilla antes de Navidad).
Pero también esa elección resulta un tanto engañosa: si bien el
primer tomo se anuncia con una cuidada ilustración donde aparecen
Toby y Jareth con un aspecto bastante lánguido y melancólico, el
resto nada tiene que ver con la portada: las cubiertas y el comic se
encargaron a personas distintas, y en el caso del último, a un tipo
cuyas habilidades artísticas son bastante flojas. Si ya es un estilo
donde a los personajes se les reconoce a veces por cuestión de fe y
por mencionar mucho sus nombres, el dibujo de Chris Lie no alcanza
los estándares profesionales minimos ofreciendo unas lineas muy
simples, a veces patosas, unos rasgos que no pasan de ser lo que
podría dibujar cualquier aficionado al manga en sus primeros pasos,
y emborronando el resto con tramas grises para aparentar algo de
profundidad. Hay dibujantes aficionados con bastante más talento y
recursos que el que pueden verse en estas páginas.

La impresión de ser un trabajo de
aficionados también se hace muy evidente en el guión: los
personajes principales están ahí, o al menos, en su mayoría.
Porque a las pocas páginas el guionista decide sacar de escena a los
creados por Henson, apenas viendo nada de Ludo, Sir Didymus, Ludo o
Hoggle, para darle protagonismo a los creados por el: un hada
minúscula con un traje de dominatrix, y un bichejo peludo que en
realidad es una copia de Ludo en miniatura. Aunque tal y como avanza
la narración, casi se agradece que los originales se quedaran fuera
de este. Porque el resto, al igual que el dibujo, no pasa de ser un
poco un fanfic. Uno con muchos capítulos y una trama enrevesada,
pero que se separa completamente de las normas y el universo que
había sido el Laberinto que conocieron sus espectadores. Donde cada
vez aparecen más elementos fuera de lugar, como esa antagonista
llamada Mizumi o sus hijas, disfrazadas un poco de lolitas góticas.
O, donde se intenta dar coherencia y expandir el mundo de Henson,
algo que este no necesitaba...Aunque esto último no es culpa del
guión, sino que es un mal típico de las secuelas prefabricadas. Por
lo que no es muy adecuado ponerlo como una queja, porque el lector
sabe que se arriesga a algo así.

Regreso al Laberinto parece el
resultado de un estudio de mercado hecho a medias y donde el
presupuesto disponible se fue en los responsables de llevarlo a cabo
en lugar de a los artistas encargados de hacer el comic. Con un
estilo de dibujo cuya única excusa parece ser que “a los jóvenes
de hoy les gusta el manga” y una historia enrevesada para
justificar cuatro tomos, no llega ni a ser algo anecdótico o una
lectura entrañable, sino una sin la cual podría haberse pasado
perfectamente. Y tras la que dan ganas de revisar el final de la
película para quedarse con mejor sabor de boca.