Los setenta supusieron el fin del sueño americano que el cine se había esmerado en reflejar. El intento, salvo ciertas producciones, de mostrar una realidad más amable, obviando los conflictos que luchaban por salir a la superficie, daba paso a un público consciente de la violencia, tanto en el exterior, con la carnicería emitida en diferido desde Vietnam, como interior, donde el mundo alejado de los núcleos urbanos era mostrado como un entorno desconocido y peligroso. Una sensación de desengaño, desamparo, en la que ningún lugar era seguro y muchos cineastas reflejaban entonces. los perros de Paja de Peckimpah, los excursionistas en Deliverance de Boorman, pero también el cine de terror se adentraría en esa realidad, ya alejada de los monstruos clásicos, donde el horror estaba en una carretera desolada y hacía que el castillo de un vampiro europeo fuera un lugar re conocible y amable. La violencia, menos explícita de lo que se recuerda en La matanza de Texas, pero también La última casa a la izquierda de Wes Craven. También este último, mucho antes de volver al terror sobrenatural, ese escenario en el que la violencia se convierte en algo inherente al ser humano, tras la cual, la civilización es solo una capa muy fina.
Las colinas tienen ojos comienza con la llegada de una autocaravana a un paraje, camino de California, que solo puede definirse como en medio de la nada. En una ruinosa gasolinera el cabeza de una familia compuesta por un policía retirado, su mujer, sus tres hijos, su nieta y su yerno, preguntan como llegar a una antigua mina. Las recomendaciones del empleado acerca de los peligroso de atravesar una carretera en el desierto, cerca de un campo de pruebas del ejército aéreo, es ignorada y poco después, un accidente los saca de la carretera y les obliga a pasar la noche en el desierto mientras los hombres de la familia buscan ayuda. Pero durante la noche, estos son atacados por los habitantes del desierto: un clan de caníbales, que tras matar a los más ancianos, no dudan en saquear la caravana y llevarse al recién nacido. Destrozados, los supervivientes intentarán defenderse, con la misma brutalidad, , de los asesinos que han prometido regresar.
La historia está inspirada directamente en la leyenda de Sawney Bean, el patriarca de un linaje de caníbales que instalados en una cueva en una región de Escocia, mataron y devoraron a más de mil personas. Un relato de carácter mítico, que si bien parece alejarse del enfoque más crudo del terror, es abrazado directamente desde en el momento en que uno de los personajes explica el origen de los asesino que los persiguen. Cambiando la Europa del Siglo XVI por Estados Unidos en 1929, se acercan también al final de los locos 20 (y que parte de los nacidos en esa década andaban por la cincuentena en los setenta), acercan la sensación de abandono a u n escenario mucho más familiar, como esa carretera que conecta núcleos urbanos pero que parece ajena al territorio desconocido para los protagonistas, urbanitas e incapaces de defenderse fuera de la seguridad de las ciudades. Es precisamente la figura de autoridad más antigua, ex policía, el primero en ser asesinado por esa tribu de caníbales concebida como un reflejo oscuro de los personajes principales, mostrados como civilizados que, hasta el desenlace, parecen indefensos en un lugar donde todo es una amenaza, desde las temperaturas del desiertos, hasta las distancias, pasando por los animales que lo habitan.
Es precisamente el desierto uno de los mejores recursos disponibles. Un espacio abierto en el que alternan secuencias nocturnas y diurnas pudiéndose ver en estas últimas la extensión del terreno y la sensación de encontrarse ante un paisaje lunar, donde los únicos núcleos humanos son una ruinosa gasolinera y una cueva habitada por salvajes. Y en la que la única muestra de civilización, casi artificial, será esa caravana, el reflejo de un hogar tradicional que será pronto invadido y destrozado. Escenario donde la posibilidad de estar habitado parece tan improbable como amenazador, y que seguiría utilizando se años después en propuestas como Horror in the HIgh Desert.
La realización en algunos momento resulta un tanto torpe. ES una producción hija de su tiempo, donde se mantiene cierto tono de cine de guerrilla, ese metraje con grano tan reconocible de la década, y se aprecia atropellado de algunas situaciones, donde rozan un poco lo absurdo, y unos actores a veces un tanto limitados cuando se les pide un registro más allá de la violencia o el miedo (al parecer alguno venía del cine para adultos. Y no precisamente de las películas subtituladas del cineclub). Esto hace que la película tenga más valor en su conjunto de una forma similar a La matanza de Texas, e incluso a La noche de los muertos vivientes: por el uso, casi pionero, de la lejanía de la ciudad como algo hostil, y sobre todo, por esa parte crítica que se ve reflejada en el metraje. La oposición entre ambas familias (con un mismo numero de miembros y una misma figura de autoridad) casi como un doble, teniendo la violencia como nexo de unión, y el progresivo deterioro de su visión tradicional. En los primeros minutos, se suceden las pequeñas discusiones, desde el uso del lenguaje malsonante hasta una disputa sobre quien ha sido el culpable de haberse perdido. Y finalmente, el regreso a una reacción instintiva de defensa y ataque, muy similar a la de los antagonistas, que se plasma de forma descarnada en la pelea del desenlace. Este se convierte en un final abrupto, carente de cualquier epílogo y centrado únicamente en lo principal: la supervivencia.
Las colinas tienen ojos, además de una de las películas principales de Wes Craven ,es una de las más importantes dentro del terror de los setenta, además de uno de los primeros papeles de Michael Berryman, un actor, que al igual que Javier Botet años después, destaca por su particular apariencia y desarrollaría una carrera de lo más variada, no sola en el fantástico.
Los setenta fueron una década prolífica para el cine de terror. Junto a os títulos considerados como clásicos, también hay unas cuantas, menos conocidas, pero muy marcadas por el pesimismo que impregnaba la década. El agotamiento social de la convivencia continua con la guerra fría, el deterioro de las estructuras familiares tradicionales, del estado de bienestar, la decadencia de los entornos urbanos había derivado en una actitud desengañada que no tenía reparo en mostrar abiertamente el lado oscuro que podría encontrarse en los lugares más apartados. Una forma de pensar, entre lo pesimista y lo innovador, que traería consigo producciones marcadas por esta filosofía y por una estética caracterizada, involuntariamente, por el aspecto granuloso del metraje y que se haría mucho más evidente e n las producciones más modestas. Alguna de las cuales pueden considerarse películas de culto... o incluso, olvidadas si se las compara con aquellas que han gozado reconocimiento, por minoritario que sea, durante las décadas posteriores.
Messiah of Evil es uno de esos casos. Una película que no solo se atrevía a desarrollar una historia de terror con tintes tradicionales, con un misterio en una localidad aislada a la que la protagonista acude sino a sugerir cientos tintes apocalípticos e incluso una crítica velada, casi surrealista, a la sociedad de consumo. Arletty, la joven protagonista encerrada en un manicomio, rememora los hechos que la han llevado a permanecer encerrada. Una carta de su padre, artista aquejado por una extraña enfermedad, y su posterior desaparición, la conducen a Point Dune, un pueblo costero donde todos niegan haber conocido a este. Su búsqueda de respuestas, casi a ciegas, la lleva a encontrarse con Thom, un bohemio cazador de leyendas y mitos populares, quien asegura tener sangre de aristócrata mediterráneo, y sus acompañantes, Laura y Toni. Pero también con uno d los residentes del pueblo, un vagabundo alcohólico que narra una y otra vez lo sucedido en Point Dune hace cien años: una noche de luna de sangre, cuando esta parecía teñida de color rojo, un extraño llegó al pueblo. Las palabras y promesas que este susurraría a sus habitantes los cambiaría para siempre y haría que un siglo después, estos aguarden su regreso. Ahora, estos parecen ocultar el conocimiento de algo que está vetado a todos los extraños, alterados de algún modo por lo que sucedió a sus antepasados y que esperan que, un siglo después, se repita y que su visitante regrese de nuevo.
La película tiene una realización, más que amateur, casi de guerrilla: el presupuesto parece inexistente, los actores p parecen llevar a cabo su papel con cierta rigidez, bien derivado de su falta de capacidad o por un intento de ofrecer con su interpretación la sensación de extrañeza que impregna la película (y del que la cara más conocida sería Michael Greer como Thom, sobre todo en cuanto a cine minoritario). Los escenarios están completamente vacíos salvo por los figurantes que son necesarios en determinadas secuencias y todo ello hace pensar que era comprensible que la producción tuviera una distribución pobre, y una recepción tirando a negativa. También es la que hace que resulte igualmente extraña y marcada por una atmósfera de pesadilla donde cada una de las ideas planteadas consiguen funcionar y mantener esa lógica que parece darse en algunos sueños: las cartas, referencias muy vagas a una enfermedad familiar, unos personajes cuyo comportamiento parece extraño en todo momento, incluso ese trio de cazadores de leyendas que no dudan en apalancarse en casa de la protagonista sin motivo aparente. Pero también esa historia apenas sugerida sobre un heraldo de apocalipsis y un pueblo descrito como muerto hace mucho, cuyos habitantes parecen haber quedado aislados del exterior sin más objetivo que devorar, en sentido literal, a los intrusos y aguardar la llegada de un mesías oscuro, cuyo rostro no llega a verse, y sus intenciones, salvo su vaga relación con un posible fin del mundo, no están claras.
Horror en el hipermercado
Es este último el que marca uno de los aspectos más interesantes de un guion, que, a veces, parece determinado por lo errático en las ideas de sus autores (o por algún que otro porro) pero que lo convierte en una de las mejores películas de temática lovecraftiana. Sin ninguna referencia a los mitos de Cthulhu, aparecen gran parte de los arquetipos de los relatos de H. P. L. : un pueblo asilado, la presencia de un mal antiguo que ha contaminado aun lugar y sus habitantes, corrompidos de algún modo…incluso el personaje de Thom, ese diletante interesado en las leyendas parece un guiño a esos caballeros aficionados a lo oculto que no salían muy bien parados en los relatos de Lovecraft. Aunque el cambio de década se nota, y a este aristócrata le va mucho más la marcha que a cualquier erudito de Nueva Inglaterra.
Este último también es un aspecto más de la amoralidad, o más bien, de como muestran el entorno y lo que va sucediendo de forma muy relativa, y como la película opta por sugerir, ante todo. La relación abierta que mantienen esos buscadores de leyendas es algo que se plantea en los primeros momentos, alejándose de las estructuras románticas tradicionales, y el secreto que existe en el pueblo nunca queda claro. Se habla de un lugar muerto, de una enfermedad que afecta a sus habitantes y al padre de la protagonista, sin quedar claro, más allá del comportamiento anómalo al principio, abiertamente hostil después, llegando a convertirse estos en una masca caníbal, anónima, que devora todo lo que es ajeno a ellos e intenta apresar a unos pocos a fin de perpetuar la condiciona que parece afectarles, de una forma muy similar a los primeros zombies de Romero.
El desarrollo de esta trama viene a acompañado de la voz en off de la protagonista, pero también la de la de su padre, que suenan independientemente y sin que quede claro quien la escucha (sin son los pensamientos de esta, o un reflejo de su progresivo deterioro mental) pero que, más que aportar una revelación o aclaración, son divagaciones, temores o una narración resumida de un desenlace que al público en los últimos minutos, se le niega ver en tiempo real. La alternancia entre ambas voces, grabado con reverberación y empleada indistintamente, hace que este, más que un hilo conductor sea esa sucesión de ideas relacionadas con el escenario, tan poco fiables como lo que percibe la protagonista.
Messiah of Evil se ha ganado por derecho propio ese título tan dudoso de tesoro oculto del cine de terror. Lastrada por sus medios, sus interpretaciones un tanto acartonadas y por un estilo bastante lisérgico donde ese metraje plagado de grano setentero hace que tenga una estética alucinatoria, cuenta también con una extraña coherencia interna, donde lo sucedido tiene su propia lógica y ese pueblo, así como sus habitantes, esté tan maldito como la ciudad en la que transcurre Muertos y enterrados o el doblemente ficticio Hobb´s End de en la boca del miedo. En ningún momento lo mencionan abiertamente, pero estoy convencida que ese extraño que apareció en Point Dune hace un siglo no era otro que un Nyarlathotep ataviado con patilla y pantalón de campana, llevando una vez más la locura a la tierra.