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jueves, 10 de abril de 2025

Laird Barron. The Beautiful Thing that Await us All. Puños y Primigenios



La sombra de Lovecraft sigue estando presente en el terror. Afortunadamente,  sin la necesidad de caer en el pastiche,  muchos autores conservan algo de este como primera influencia, quizá  transformado, diluido y reinterpretado por su propio estilo narrativo, y para qué negarlo, también por los cien años  de diferencia que  han pasado desde que Cthulhu  se asomara a la las páginas de Weird tales por primera vez. El horror cósmico, en nuestro siglo, varía mucho entre la visión pesimista de un Thoomas Ligotti, y la más humana, desesperadamente optimista, de John Langan. A veces, su influencia se  mezcla, de forma inesperada, con referencias tan lejanas como la novela de aventuras  o el noir.  Este sería el caso de Laird Barron,  quien aunque ha aparecido en alguna antología sobre los Mitos de Cthulhu (al menos, antes de enfadarse con S. T. Joshi), y en el que  el horror es una constante  presente en  toda su narrativa, esta ser caracteriza  por un enfoque más directo:  Lovecraft hablaba  de lo innombrable e inevitable. Barron, lo afronta de forma directa, describiendo esa situación hasta el final para unos personajes que no podían  ser más distintos a  los eruditos de Nueva Inglaterra: protagonistas que usan la violencia como recurso ante lo sobrenatural,  para los que el mundo ya era un lugar lo bastante hostil ante de  que apareciera lo extraño, y  para los que la supervivencia es algo innato.

Su primera novela, The Light is the Darkness, era una auténtica locura de Primigenios, memoria genética, experimentos científicos y espías que  se suavizaría un poco en the  Croning, mucho más centrada en el terror y donde   aparecían  La Vieja Sanguijuela y las criaturas que la sirven,  quienes serían  entidades recurrentes e en sus narraciones posteriores.  Varios relatos suyos aparecerían también en distintas antologías,  antes de ser recopilados en tomos de los que  The  Beautiful Thing that Await us All sería  una de las últimas, publicada en 2013.




Esta, compuesta por nueve relatos donde Barron  recrea distintas  épocas en las que los personajes se encuentran con todo tipo de situaciones anómalas. Un guía de caza presencia  aquello que se esconde en los  bosques de Blackwoods. Un matón de la mafia se infiltra en una ceremonia ocultista  buscando al asesino de su padre, para descubrir que solo es un peón en un juego mucho mayor. Un agente de la NSA guía involuntariamente  a un grupo de especializas al nido de unas criaturas más antiguas y más peligrosas que cualquier deidad conocida. Incluso una mujer, huyendo de su maltratador, encuentra en los bosques la manera de librarse de este, pero también de su humanidad.
A Barron no lo han publicado mucho en castellano. Salvo por El rito, allá por 2016 en Valdemar, y El hombre sin nombre, en La biblioteca de Carfax, sus antologías y novelas (aunque últimamente tiende más al thriller con la saga de Isaiah Coleridge. Eso sí, muy  pasado por su filtro de lo extraño) se han quedado en el idioma original. En sus relatos se aprecia tanto la influencia de Lovecraft como la de Jack London, de Chandler y de las lecturas que lo acompañaron durante sus primeros años...una época, sobreviviendo con su familia en algún lugar perdido de Alaska, participando en varias ocasiones en una carrera de trineos, casi tan extraordinaria para los lectores como lo que pudiera contar en sus libros.




Su estilo, más cercano  al hard boiled, desarrolla a menudo esa aproximación  para acabar derivando en el terror cósmico. En ellos, sus personajes son en su mayoría  gentes que viven en el límite,  tanto  de la legalidad, siendo  matones o delincuentes, como en lo personal:  gran parte de estos  llevan o han llevado a acabo trabajo s en terrenos hostiles, desde el mundo de la caza mayor hasta el de la seguridad nacional. Unos caracteres que a menudo rozan la sociopatía pero a los que, en muchos casos, es precisamente este rasgo el que les permite asomarse al otro lado, ver lo que hay  y regresar para contarlo. En ese sentido, el cosmos descrito por Barron es   solo una forma de reinterpretar esa parte oscura del ser humano. Y aunque este tenga  cierta preferencia por esos personajes límite no impide que  a lo largo de la antología, son más variados que este arquetipo:  entre mafiosos y agentes del gobierno a parecen también  profesoras retiradas o amas de casa, como en The  Redfield Girls o  The  Carrion  Gods in their Heavens. Estas,  aunque  provengan de un entorno más familiar que el resto de personajes, tienen en común con ellos un inesperado instinto de supervivencia, que les permite salvarse, al menos temporalmente. Y que en ambos casos, recuerda un poco  a la biografía de Barron, transitando siempre entre esos entornos familiares y aquellos más hostiles.

En este sentido, sus relatos, ese a la variación de escenarios, en los que recurre a entornos   como esos años  veinte más violentos que los descritos por Lovecraft, o una época actual que parece hostil incluso en los entornos más normales, se caracterizan por esa percepción muy personal.  Barron escribe un poco sobre el mundo que el conoce, sobre  escenarios que  parecen  siempre estar  al margen de lo normal o en el límite entre ambos mundos, reales pero muy distintos, y donde la respuesta primaria de luchar o huir puede ser la única oportunidad para  sobrevivir.

Este enfoque también se aprecia en los cuentos más distintos al resto de los incluidos en la colección: Vastarien es una narración en clave de humor negro de lo que se le podría pasar por la cabeza a alguien con el poder de un dios, además de una aproximación muy caótica a  un  posible  fin del mundo propio  de los Mitos de Cthulhu.  En More  Dark no solo aparecen varios escritores conocidos de este, sino que  también le lanza un dardo a  S. T. Joshi, además de  convertir a  Thomas Ligotti en un profeta del Apocalipsis. Un relato que se mueve entre el guiño, el humor negro, y que cierra la antología con algo todavía más difícil de creer que sus historias sobre criaturas del bosque:  la posibilidad de que Thomas Ligotti salga de su casa. no es  por nada pero me parece más probable la existencia de una entidad tan tremebunda como la Vieja Sanguijuela y su prole de cambiaformas, que esto último.

jueves, 3 de abril de 2025

Zothique (Clark Ashton Smith). Civilizaciones perdidas, decadencia y papel de pulpa

 


 El pulp es un género capaz de  provocar una sensación  bastante extraña de falsa nostalgia:   de la del tiempo que no se ha vivido, pero que por algún motivo, añoramos. Esa sensación   de que todavía  quedaban lugares d por descubrir, tanto en la geografía del planeta como en el espacio, la falta de prejuicios y de  cierta libertad creativa dentro de  las normas  pautadas para que un relato fuera adquirido y publicado por la revista correspondiente.  Pero estas historias, además de mirar en su mayoría, hacia adelante (y  de las que  nos ha llegado afortunadamente, solo lo bueno. Solo hace falta leer Los hombres topo  quieren  tus ojos de Valdemar  para comprender que no todo el campo de Weird Tales era orégano), eran capaces también, de recrear  un pasado mítico, tan improbable como cualquiera de los relatos ambientado en el siglo  XX y siguientes. .  La edad media, tan fantástica como poblada de  monstruos en la que la castellana  Jiriel de Joiry  vivía  sus aventuras surgidas de la imaginación de Catherine L. Moore.  El pasado, tan brutal  como admirable,  en el que  Robert E. Howard  escribió  sobre las hazañas de Solomon Kane, de Bran Mak Morn... Pero yendo, todavía más lejos, la Era Hiboria en la  que Conan  llegó a ser rey.  

Imposible hablar de l aliteratura pul y de Howard, sin  mencionar a H. P. Lovecraft, quien  vivió prácticamente sumergido en esa nostalgia por el mundo clásico, por la antigua Inglaterra... y  con ellos, el que sería uno de los escritores  cercanos a H. P. L.  cuya carrera literaria terminaría relativamente pronto, no por los motivos que cortarían en seco la de los dos primeros, sino por una deriva de sus intereses hacia las artes plásticas,  pero que durante esa década sería el autor de varios ciclos de relatos. Desde su aportación a los que posteriormente  se convertirían en los Mitos de Cthulhu, las historias ambientadas en el reino de Averoigne, hogar de druidas, vampiros y hechiceros...y el continente más antiguo,  uno ya olvidado hace milenios y del que  solo conoceremos lo que Smith escribió, formando   una serie de histerias oscuras, cuya atmósfera  fatalista sería muy distinta, y más retorcida, que  los héroes hiborios de Howard. 


Zothique, el continente perdido, un mundo muerto y enterrado hace milenios, es el hogar de nigromantes, reyes decadentes y princesas ambiciosas. Pero también de quienes olvidaron sus vidas pasadas como monarcas, de amantes condenados a la tragedia y de héroes. Cada uno, protagonista o villano de su propia historia, separado del resto por la distancia y o los siglos. Porque el eje central no son los héroes, cuya presencia solo es un instante en una historia olvidada, sino ese continente que 


Este es uno de los ciclos de relatos de Clark Ashton Smith. Conocido por formar parte del círculo de Lovecraft, el autor nacido en California desarrollaría un estilo con un mayor sentido de la estética, más descriptivo (en sus últimos años se centró más en la pintura y escultura), y más cuidado que Robert E. Howard, aunque compartiera con este y con H. P. L. el interés por ese mundo pretérito imaginario. El de Smith, en cambio, bien fuera el reino medieval de Averoigne o este Zothique, se centra en narraciones ambientadas en un lugar común y no en personajes recurrentes. En este caso, un continente desaparecido, donde la magia, especialmente la nigromancia, era algo real.

Los relatos de este ciclo se caracterizan por su estilo decadente, donde las atmósferas, detalladas y sobrecargadas son lo más importante. Todo tiene un aspecto lujoso, pero a menudo excesivo, y en muchos casos, decrépito. Desde una isla donde la tortura es una diversión, un reino gobernado por nigromantes y formado por súbditos muertos y reanimados, magos y adivinos cuyos descubrimientos, por error o codicia, son conducidos a un destino terrible. Muchos de estos relatos cuentan con cierta justicia poética donde sus personajes, villanos o carentes de moral, son castigados por un destino que ellos mismos han buscado. Una fatalidad que no siempre proporciona esta sensación de justicia: varios de sus cuentos se caracterizan por el tono trágico, el del inocente cuyo descubrimiento lo lleva a la infelicidad. Como es el caso de Xeethra, la historia que abre la antología y cuya naturaleza será muy distinta a el imperio de los nigromantes, la isla de los cangrejos o El jardín de Adompha.

Los relatos, aunque cuentan con un escenario común y un estilo similar, muestran una mayor variedad y en ocasiones, concesión al pulp, medio para el que fueron escritos. El abad negro de Rothuum e su una aventura clásica, de espada y brujería, con dos héroes cuestionables y una doncella a la que salvar. El dios de los muertos, además de aparecer una deidad que se utilizaría posteriormente para juegos y pastiches relacionados con los mitos de Cthulhu, supone un desenlace feliz para unos protagonistas que son poco más que testigo de la narración.

Pero todas, en su conjunto, tienen ese tono pausado, un estilo más interesado en la atmósfera que en la acción, y esa decadencia a la que Smith era aficionado, en el que sugiere más que muestra pero que es suficiente para que el lector pueda imaginar el mundo de Zothique. Toda una rareza para el pulp, mucho más caracterizado por el dinamismo y la simpleza, donde la acción era lo primero a la hora de atraer al público. Pero al cual, es gracias entender por qué Smith sería uno de los escritores lo bastante afortunados y dotados de talento, como para ser recordado.

jueves, 23 de enero de 2025

John Langan. El pescador. Cuidado con lo que deseas

 


La antología de relatos  Bocadaver y otras  biografías  fue  como lectora, uno de los mayores descubrimientos  de 2024 (con permiso de Mark  Samuels quien  desafortunadamente no llegó a  estar en este  mundo  para ver traducido La era del futuro degradado). Unos  cuentos con una gran  carga autobiográfica, pero también n donde estaba  presente el terror  cósmico y  paradójicamente, un enfoque muy  humano  donde la construcción de personajes y las relaciones entre estos  ofrecía una vía de escape  del pesimismo propio de este tema. Una forma  de conocer a un autor  que sirvió para que su primera novela, publicada anteriormente a la antología, se convirtiera en la siguiente lectura.

El pescador narra la historia de dos amigos, cuya relación se establece a partir  de haber sufrido ambos la pérdida de sus familias y el haber encontrado en la pesca una suerte de afición terapéutica, que no solo los mantiene en contacto con su entorno sino unidos pese a su diferencia de edad e intereses. Cuando una de sus jornadas, planificada por Dan, el más joven y cuyo duelo es más reciente, los conduce a un lugar conocido como El arroyo del Holandés, su excursión rutinaria lo llevará a  descubrir una historia  cuyo origen se remonta  varios siglos atrás, y en la que  otros, al igual que ellos, estuvieron dispuestos a pagar un precio muy alto para recuperar aquello que habían perdido. Algo que podría tratarse  solo de una leyenda. O quizá, la posibilidad  para ambos de volver a  tener con ellos a quienes la enfermedad o un accidente los había arrebatado. Si están dispuestos a pagar el precio.



La carrera de Langan se centra más en el relato corto que la novela. El pescador es su segundo texto  largo, publicado  originalmente en 2016. Una extensión que aprovecha para establecer un ritmo muy pausado, dedicado en gran parte a desarrollar a los personajes.  Este, narrado en primera persona  por el protagonista, establece un paralelismo entre la situación de ambos compañeros: la esposa de Abraham, el personaje principal, victima de un cáncer, con la que nunca llegó a poder formar una familia, y el accidente de tráfico que supuso la muerte de la mujer  y los hijos de Dan, su amigo. A este último, debido a la narración subjetiva,  le dedicará menos tiempo siendo una aparición posterior en la vida del protagonista, quien utiliza su experiencia para detallar de una forma muy fiel el proceso de un duelo  previamente asumido como  puede ser el de una enfermedad frente a lo súbito del sucedido en la vida de su  contrapartida.

Lo peté en julio de 2024

Esta narrativa  metódica sirve para establecer no solo la empatía con los personajes y  comprender  los lazos que se desarrollan entre ellos, sino para plantear uno de los temas principales: la importancia de las historias. Los pescadores, son en cierto modo, narradores (quienes tengan uno en su entorno y hayan escuchado un buen rato como acechaban a un pescadillo en el río cual gran cazador blanco en la selva, lo comprenderá bien), y la narrativa es uno de los hilos conductores.  La novela está, precisamente, formada por historias que llevan a otras historias. Lo que cuenta su protagonista llevará a conocer la historia de su amigo. La decisión de este, llevará a conocer de mano de otro personaje, lo que sucedió hace décadas en el Arroyo del Holandés (constituyendo este  una novela corta que podría leerse de forma independiente), existiendo, dentro de esta, una nueva narración que sirve de origen a lo anterior. Esta estructura se establece por capas, donde una parte de la trama conduce a una nueva historia, necesaria para poder llegar al desenlace.

En la trama también está presente uno de los temas que habían  demostrado ser habituales en Langan: la importancia de la familia, cono como institución sino como un conjunto de lazos emocionales fuertes, pudiendo ser estos de sangre, o los que se forjan entre amigos y personas afines. Si bien esta estará presente  en la forma de ser de su protagonista, quien encontrará una via de escape en un rasgo tan humano  como es la capacidad de lealtad y afecto, esta tendrá una gran importancia en la tercera parte de la narración, donde uno de los elementos más importantes no es la criatura inhumana que amenaza a una comunidad sino en los esfuerzos de esta  para mantenerse unida frente a ella. Y sobre todo, en los de uno de los personajes principales de este capítulo para poder  salvar a su hija. Un enfoque  que no deja de sorprender en un género donde  es mucho más habitual  reflejar el deterioro de los lazos familiares  y de la familia como  origen del horror, y no al contrario.

Es también la importancia de este enfoque  humano el que sirve como principal contraste  en una historia  cuyo trasfondo es el terror cósmico. Os personajes saben que sus posibilidades son escasos pero en lugar de enloquecer, hacen frente con lo que tienen la influencia de Lovecraft, aunque muy lejana, también puede verse. Y Langan, al igual que  Laird Barron y sus Hijos de la Vieja Sanguijuela (de quien, por cierto, es amigo y  el relato Ancla es una  versión sobre los meses que este pasó hospedado con su familia), va desarrollando una mitología a la  que se hacen varias referencias tanto en la novela como en  relatos de su antologías posterior.  Es el caso  de  esa ciudad inventada por el,  sumida en una noche perpetua, donde  pueden encontrarse   conocimientos prohibidos, y especialmente,   el escenario del desenlace, un paisaje  más  de  ese lugar imaginado  por  Langan donde, además  de las referencia lovecraftianas, a parece también  una interpretación de determinadas criaturas comunes a distintas  mitologías.

El pescador es una novela que necesita su tiempo. Muy pausada,  donde los sobrenatural tarda en aparecer  pero  esta llegada es abrumadora, y en la que   una tragedia personal puede servir para que sus personajes  no teman condenarse, pero también, para que esto   sean igualmente capaces de enfrentarse a lo desconocido. Y que pese a su desenlace, en cierto modo esperanzador, este es más  una luz temporal en la oscuridad que una victoria para su  protagonista.

jueves, 19 de septiembre de 2024

Gueules noires (2023). Horror cósmico y grisú

 


Una vez superados los intentos por adaptar los relatos de Lovecraft  de forma literal,  fue viéndose de forma cada vez más clara la viabilidad de hacer una película basada en los Mitos de Cthulhu que trasladar a imágenes el material original. En la boca del miedo resumía perfectamente esta mitología y la ficción a través de los libros de Sutter Cane. Muertos y enterrados, sin mencionar directamente a H. P. L, se considera una película lovecraftiana, e incluso rarezas como Messiah of Evil hacían del pueblecito de Point Dune y sus extraños habitantes un lugar que podría rivalizar con el propio Innsmouth.  Conociendo los mecanismos, una historia original podría, en pantalla, ser tan fiel a Lovecraft como cualquiera de sus relatos, e incluso, separarse de los escenarios de Nueva Inglaterra donde había arraigado. Después de todo, el Viejo Continente tiene un trasfondo mucho más antiguos, tanto como para haber quedado restos de esas criaturas anteriores  a la humanidad…idea que el director Mathieu Thuri tomaría en 2023 para una película claustrofóbica, oscura, pero también muy clásica y que traslada referencias ya conocidas por el público a un escenario menos habitual.



Las caras negras del título es el apodo con el que se conoce a los mineros en el norte de Francia: independientemente de su origen, francés, italiano, español o marroquí, como el  recién llegado Amir,  sus rostros adquieren la misma tonalidad  negra por el carbón de las minas. Durante los años cincuenta, todavía lejos de la reconversión industrial   pero también lejos de las medidas de seguridad más básicas, los trabajadores descienden cada turno sabiendo que este puede ser el último. Es al comenzar una de estas jornadas cuando al  equipo de Roland, el más veterano, se unen no solo sus compañeros habituales y el novato Amir, sino un visitante fuera de lugar en el  gigante complejo extractor de carbón: el profesor Berthier,  quien ha pagado lo suficiente como para asegurarse que  este pueda bajar a una profundidad más allá de los mil metros, saltándose incluso los ya de por si escasos sistemas de seguridad a la hora de abrir nuevos caminos subterráneos. Allí, sin más luz que la proyectada por las linternas de sus casos, encuentran restos de una tragedia  minera sucedida ya hace un siglo, pero cuya fama todavía  es recordada entre los trabajadores. Y también inscripciones, en un idioma desconocido, con el  que le profesor parece estar familiarizado, y que  le conduce a una cámara,  repleta de restos humanos, mucho más antiguos que  parecen guardar un gigante sarcófago. El profesor se niega a  explicar cualquier cosa al equipo que lo acompaña, pero parece conocer bien a quien, o a quien, pertenecía ese santuario.



La película es una cinta de terror, muy claustrofóbica, donde el escenario, con referencias tan pulp como el material en el que se inspira, rodada  de forma muy efectiva y concisa. Esta,  con un escenario muy limitado por el espacio y la luz, funciona también como lo hizo The Descent en 2004…e incluso mejor,  dado que las efectos especiales y la presencia inevitable de la criatura son reducidos al mínimo. El protagonismo se cede a ese escenario tan  específico pero a la vez reconocible, y a esos protagonistas en los que la lógica no  falla: son mineros, su trabajo   es estar a kilómetros de la  superficie, donde  nadie con otra opción querría estar, si no se marchan, es porque un accidente ha taponado las vías de salida. De este modo, el grupo de protagonistas, de los que pocos se sabe salvo su trabajo, sirven para desarrollar un trasfondo que en un momento del pasado, pero que en ningún caso podría  verse con nostalgia o como una idealización para una historia de terror. Lejos de recurrir a esos años veinte, ya centenarios, la mitad de siglo en la que transcurre el guion hace mención a las dos guerras anteriores, a los cambios que experimenta el país pero también a los que sufrirá.  Pese a su carácter anecdótico (en este caso “algo oculto bajo la tierra”)  tiene espacio para cierta crítica social. La selección, casi brutal, de los trabajadores marroquíes que s e lleva a cabo en los primeros minutos, ese equipo de mineros formado por las primeras oleadas  de inmigración, en su mayoría, intraeuropea, tras la guerra, o  el temor a la que mina cierre, bien por peligro, o bien por un descubrimiento que les haría perder el sustento. Un elemento de crítica que parece estar muy presente en el cine francés fantástico reciente,  donde incluso escenarios tan de serie B como  el edificio infestado de arañas de Vermines sirve para reflejar ese deterioro del París  metropolitano, o en este caso, una historia de terror tradicional hace una referencia muy poco velada a lo poco que ha cambiado Europa en setenta años.


El guion, y su desarrollo, sigue un esquema muy clásico. El público sabe lo que va a su ceder desde el momento en que  conoce el argumento, y este e s un poco como leer un relato de casas encantadas o de fantasmas: no inventa nada, pero seguramente funcionará y resulta en cierto modo reconfortante. Este, salvo los escasos exteriores en los que se aprovecha muy bien el contraste entre los espacios abiertos (el desierto en Marruecos y la monstruosa infraestructura exterior de la mina) y los túneles en los que se desarrolla gran parte de la trama. En muchos casos, no son más que una sucesión de pasillos y recodos, iluminados en tonos cálidos por linternas antiguas, y que incluso la cripta donde se oculta la criatura responde también ea ese diseño básico de espacio cavado entierra. No se cuenta, en todo caso, con mas ayuda que los planos muy  cerrados de los actores, la labor de estos, especialmente  Samuel le Bihan como minero veterano,  Jean  Huges-Anglade poniendo cara a ese profesor que parece haber perdido todos sus puntos de cordura (un símil inevitable porque  el guion  también guarda un gran parecido con cualquier aventura corta de La llamada de Cthulhu) y l a sorpresa de encontrar a Diego Martin como el barrenero español Miguel. Reparto, y escenarios tan precisos,  que hacen pensar que el  presupuesto podría haber sido un tanto exiguo  o que este se destinó a lo que preocupaba verdaderamente a los realizadores.


Porque,  en cuanto a los efectos especiales, estos se han mantenido a un nivel muy básico, incluso escaso: hay un plano completo de esa criatura prehumana, a la que  no solo se le da un nombre y también se la acompaña a de una cantidad de  referencia a los mitos de Cthulhu  que hacen que ya no quede duda de cual era la intención. Pero  esta es tan plásticos, o más bien, tan artesana y estática que se limita a ser una figura, muy deudora de los esqueletos multiarticulados de Besksinski, pero con una movilidad  inexistente que se limita a  menear un par de brazos y agarrar a alguna víctima…vamos, que el nuncio motivo por el que no  se la evita corriendo es porque en una mina medio derrumbada, poco sitio hay para escapar.

Gueules noires es  una producción muy sencilla, de corte muy clásico y muy lovecraftiano, donde no va a haber nada que sorprenda al público. Pero  el uso de estos elementos,  de un periodo histórico reciente y poco explotado, así como  su punto, gracias a este último, de crítica social, hace que funcione y supla esa aparente falta de novedad  con la capacidad de crear  una historia claustrofóbica. 
 


jueves, 29 de febrero de 2024

Lecturas de la semana. Selecciones pasadas

 


Una de las cosas que más suelo encontrar en las librerías de segunda mano son las colecciones de relatos un poco antiguas. Arece que terminó la época de vacas flacas en los que solo era posible encontrar los libros de Dean Koontz, J. J. Benitez, y más adelante,  Crepúsculo y derivados, para volver a aparecer ejemplares de bruguera y algunas editoriales pequeñas.
Después de haber leído colecciones más actuales, lo que más sorprende es cierto descuido a la hora de publicar sus fuentes: no parecía importar demasiado cual era la temática original, o quien la llevaba a cabo, quedando reducida a una mención a vuelta de página junto al título original, que poco tenía que ver con la selección de Horror, Las mejores historias de terror o cualquier otra alternativa genérica donde el motivo de la antología no era tan importante entonces.


Karl Edward Wagner. Las mejores historias de terror I. El título no engaña: es la selección de Karl Edward Wagner de las mejores historias, pero del año 1983. Además de tener como editor al autor de Kane, el Conan chungo, y narrador de terror muy solvente, al que por desgracia no se ha traducido mucho, la recopilación publicada por Martinez Roca Super Terror, algo más pequeña que las posteriores, es una recopilación que combina al que entonces era el autor por excelencia, Stephen King, con un relato en el que conserva todavía su pasado tocado por el alcohol, las drogas y el miedo a no poder proteger a su familia, junto a otros autores que combinan desde el terror psicológico a escenarios clásicos como las catacumbas y cementerios europeos, monstruos tradicionales  o aproximaciones muy libres a los Mitos de Cthulhu como la referencia a la meseta de Leng y los Tcho Tcho que narra TED Klein.
Quizá de estos, en una década donde lo que más se recuerda es el terror más explícito, o el más vistoso, los más interesantes son los más sutiles, como la aportación de Dennis Etchinson con una angustiosa visita a un hospital, o el relato de Peter Valentine que cierra la colección y hace una combinación muy interesante entre referencias a los escenarios góticos, como las mansiones  apartadas y las damas misteriosas, junto al enfoque racional que convierte el desenlace en un hecho mucho más inquietantes como pasa a la mayoría de estas colecciones, salvo un par de nombres, y el resto que resultan un poco conocidos por encontrar  cuentos suyos en otras antologías, en muchos casos, la mayoría son completos desconocidos, pero que gracias a estas selecciones, y a su vocación de ser “lo mejor de”, pueden descubrir algo sorprendente.


Sigue siendo mejor que las portadas de la primera época de Alianza

August Derleth. Relatos de los Mitos de Cthulhu III. Esta es la última entrega de una selección de temática lovecraftiana (esta vez sí que va con nombre y apellidos) en la que August Derleth recoge varias narraciones aparecidas con posterioridad al fallecimiento de Lovecraft y  ya cuando este había llevado a cabo su labor de dar a conocer los Mitos de Cthulhu. Estos, ya escritos por autores que no formaron parte del Círculo de Lovecraft pero para los que supuso una de sus primeras influencias. Ramsey Campbell, que abre la colección con Edición fría y la presentación del primigenio Ygolognac (que resulta repulsivo por su cercanía y similitud con los humanos), desarrollaría toda una mitología ambientada en el valle del Severn, muy original y con estilo propio, ante de  comenzar una carrera  como novelista alejado del terror cósmico ( y acabar siendo culpable junto a Clive Barker  de que haya decidido no acercarme a Inglaterra aunque me fuera la vida). De la colección la aportación más derivativa serían los dos relatos de Lumley, que se limitan a imitar la fórmula establecida y crear una nueva criatura, como son los cthonians, y del que resulta curioso verlo tan comedido en comparación a Titus Crow y la saga Necroscope.
Los dos últimos, los profundos y El regreso de los lloigor, son sin duda los más extensos e interesantes. Estos, en parte  explotan  una parte de la mitología, como los profundos, extendiendo su actuación a la costa del Pacífico, y creando unos nuevos, que se trasladan, una vez más, a Inglaterra, suponen una pequeña renovación, reflejando un  poco como se percibían  Los  Mitos en una década llena de cambios y de narrativa experimental como los 60, convirtiéndose también en una parte de la mitología, en incluso en una influencia posterior. No solo estos relatos suponen una visión distinta de interpretaciones posteriores (la forma de ver el horror cósmico varía mucho desde la década de los 60 hasta la percepción actual), sino  que servirían de referencia, como lo hizo en su momento La llamada de Cthulhu, para juegos como La caída de Delta Green. Bueno, además de ser uno de ellos, seguramente, el primer relato de la historia en el que los delfines son unos malos bichos.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Los perros de Tindalos. Frank Belknap Long. Si sale en el Necronomicon, dispárale

 


Que Lovecraft es uno de los responsables de la cultura popular actual, es indiscutible. Aunque, vista en perspectiva, su aportación a los Mitos de Cthulhu estuviera  muy moldeada por el trabajo posterior de August Derleth, y complementado por  muchos compañeros de pulp que se presentaron al juego inventando sus propias deidades y libros arcanos. Esto último supuso que el trabajo que vendría después de varios de ellos quedara relativamente ensombrecido en comparación a esos primeros cuentos donde, poco a poco, desarrollaban una mitología que continuaría evolucionando las décadas siguientes. Este último ha sido el caso de Frank Belknap Long, que pese a contar con una carrera posterior como escritor en revistas de ciencia ficción bastante amplio lo recordarían en su mayor parte como colaborador de H. P. L., y sobre todo, creador de una de las criaturas más conocidas de la primera época: los perros de Tindalos. Pero también de un  ser que  sería después conocido, no tanto en el mundo de la ficción como en el de los juegos de rol y mesa inspirados en los Mitos.




 Los perros de Tindalos es una colección de cuatro relatos, representativos de su aportación a esta Mitología e inéditos en castellano, salvo el que da título al libro. A los sabuesos metafóricos que acechan  a quienes se atreven a desafiar los límites del tiempo, se le suman las criaturas que se ocultan en un bosque, a la espera de devorar los cerebros de sus víctimas, los  descubridores involuntarios de un extraño ídolo utilizado para la invocación de una criatura prehumana en un pueblo costero, y el despertar de una deidad, descubierta en el interior de Asia, despiadada y  dispuesta a alimentarse de la sangre de sus víctimas.




Los cuentos incluidos en la colección se caracterizan por un estilo muy rápido, y muy propio del pulp: en cada página hay referencias a amenazas, horror es indescriptibles (aunque para no ser descriptibles, asesinan cosa mala), y sobre todo, un tipo de narración basado en el dialogo entre personajes.  Estos hablan y describen lo que está sucediendo en cada momento. De lo que acecha en un bosque, de una dedicad primigenia, o de un viaje astral, el lector lo sabrá a partir de unos protagonistas que no dudan en seguir hablando aunque lo que deberían hacer  es salir corriendo.

Pero uno de los aspectos más importantes de estos relatos es que estos podrían considerarse “más Lovecraft que Lovecraft”. Al menos, según la imagen un poco distorsionada que se dio de su estilo durante los años venideros: lo que se describe en las páginas de Long no se trata tanto de horror cósmico sino de algo ajeno a la humanidad que se puede matar o exorcizar a otro plano, bien por un símbolo  arcano o con un aparato, de esos en los que su descripción científica roza la fantasía. Un tratamiento que acabaría sirviendo de base para el sector del entretenimiento, siendo Arkham Horror su mejor ejemplo práctico, y del que el capítulo final de El horror en las montañas, con Chaugnar Faugn despertando mientras los protagonistas comienzan una persecución en automóvil cargados con un artefacto para eliminarlo, sería el  resumen más acertado del aspecto lúdico de los Mitos de Cthulhu…o algo que podría estar representado mediante miniaturas y fichas en un tablero.


Un elefante se balanceaba...


Los perros de Tindalos, así como Los devoradores del espacio, Oscuro despertar y El horror en las montañas, están muy lejos del terror a un universo incomprensible para el ser humano, del que este es solo una parte anecdótica, que H. P. Lovecraft concibió y desarrolló durante su carrera. También está lejos de las aportaciones que un primerizo Ramsey Campbell escribiría, y muchísimo más de la visión más oscura y digna de un Thomas Ligotti o Caitlin R. Kiernan. Pero es una parte por derecho propio de Los mitos de Cthulhu, una de las originales, y su estilo dinámico y  completamente  pulp hace que sea una lectura divertida, nostálgica /al menos para todos los que nos pasamos más tiempo leyendo cosas de entreguerras del siglo XX, en vez de las entreguerras del siglo XXI), casi un adelanto a las novelas por  encargo escritas como complementos de los juegos de Arkham Files. Como decía Robert E. Howard por esos mismo años:  si sangra, se le puede matar. O en este caso, enviarlo a otra dimensión hasta la próxima partida.

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