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jueves, 28 de febrero de 2013

Black Mirror Temporada 2. A Charlie Brooker no le convencen mucho los smartphones.



Hace un par de años se estrenaba Black Mirror, una miniserie británica de ciencia ficción que se caracterizaba por dos cosas: sus capítulos de historias separadas e independientes entre sí, y sus guiones que explotaban elementos de las tendencias y tecnología actuales en su forma más pesimista.



Si la clave de la primera temporada fueron la potencia de las redes sociales y la telerrealidad, en la segunda, y queda bien claro con su trailer, es el intercambio de información y la conexión con la red que, gracias a los smartphones, es practicamente permanente y puede compartirse de todo, en cualquier soporte, y en cualquier momento. Si mandar twitters continuamente o grabar con el teléfono todo lo que se mueve puede parecer una costumbre irritante, en manos de Charlie Brooker se vuelve mucho más angustiosa, y en tres episodios ha sido capaz de hacer resucitar a una persona gracias a su información volcada en facebook y sus correos, hacer que una mujer amnésica sea perseguida mientras la gente graba obsesivamente su situación sin intentar ayudarla, y hasta convertir en candidato a las elecciones a un dibujo animado de bastante mal gusto. Esto último no es que sea lo más grave, visto las joyas de políticos que hay últimamente, pero el mensaje sobre lo que es un voto y la libertad de acción que proporciona el anonimato queda bastante claro.



La serie también sigue caracterizándose por la importancia de las situaciones y las relaciones personales en relación a la tecnología, y este es el punto de partida del primer episodio de la temporada: una empresa ofrece la opción de recrear, en forma de programa de conversación, a personas fallecidas, a partir de la información y opiniones que estos publicaban en redes sociales, e incluso volcar este programa en un soporte físico de aspecto perfectamente humano. Para la protagonista, que acaba perder a su marido, parece la opción perfecta en lugar de afrontar la muerte de un ser querido, hasta que se da cuenta que esta no ha sido una forma de recuperar a su marido, sino una copia que actúa siguiendo una programación. Si la primera temporada terminaba planteando una historia sobre la posibilidad de grabar las vivencias de las personas, y el efecto que tenía esta tecnología en situaciones desagradables, es interesante que la segunda comience con el tema de aceptar la muerte como algo inevitable, o en este caso, de poder tratarlo como un bache solucionable mediante una copia de seguridad.


Sí, la chica de atrás es Annie, la fantasma de Being Human


Los futuros pesimistas aparecen en el segundo episodio. La protagonista se despierta, sin recordar nada, y es perseguida por un grupo de asesinos de aspecto extraño, mientras la gente que la rodea se limita a ignorarla y grabarla con el teléfono como si fuera lo más interesante del mundo. Según otros personajes que encuentra, algo ha sucedido que ha cambiado a la humanidad, haciéndolos depender de todo lo que estos pueden grabar o fotografiar. Pero nada es lo que parece, y aunque toda esa gente esté, o bien grabándola o bien intentando asesinar a la protagonista, es por un motivo distinto. Este ha debido ser el capítulo menos típico dentro de la serie, y está mucho más cercano a otros escenarios de ciencia ficción como la amnesia, las distopías y en cierto modo, los finales inesperados.



Black Mirror empezó pisando fuerte gracias a Nacional Anthem y los sacrificios que el primer ministro debe hacer para evitar el asesinato de un miembro de la familia real, y en esta temporada la política tampoco se salva. En el último episodio, se plantea el efecto de los votos protesta a candidatos que se presentan medio en broma, medio en serio, y sus resultados. El protagonista, que pone voz a Waldo, un oso creado por infografía que se dedica a burlarse de forma agresiva de todos los políticos durante las elecciones, se da cuenta de los efectos que puede tener el convertir la política en otra aplicación para teléfonos, aunque también es cierto que los otros candidatos que aparecen solo podrían calificarse, siendo generosos, como el mal menor.

Aún tratándose de capítulos independientes entre sí, cada temporada de Black Mirror parece mantener tres temas que toca de un modo u otro: las relaciones humanas, la telerrealidad y la política. Y también puede que por conocer ya la serie, esta última entrega me haya parecido menos pesimista que la anterior…O eso, o es que las cosas están peor de lo que plantea Charlie Brooker.

jueves, 7 de junio de 2012

Black Mirror (2011). La ciencia ficción británica, siempre alegrándonos el día


Como diría Philip K. Dick ¿Especulan los gatos con la escasez de juguetes que pitan?

Aunque el género de ciencia ficción ha sido bastante habitual en la tele, y más desde que los efectos especiales van algo más baratos, el estilo de esta suele ir más por la rama del entretenimiento o historias menos posibles. Que, ojo, tampoco quiere decir nada malo porque Battlestar Galactica y sus cylons estuvieron comiéndole la cabeza al público durante cuatro temporadas, y bastante dio que pensar. En cambio, no ha habido muchas muestras de ciencia ficción más especulativa, o incluso crítica, que siempre se quedó más para la novela y en menor medida, para el cine.

 

En Black Mirror no se cortan, y esta miniserie cuenta con tres episodios, independientes entre sí, mucho más cercanos a las intenciones de Orwell o incluso, a las historietas que aparecían en 2000 AD. Cada uno de ellos presenta una situación un poco inverosímil, que puede ir desde el presente, hasta un futuro cercano, imaginado o no, o tirar por la rama de la tecnología. Pero los tres están muy relacionados con problemas y situaciones reconocibles, y sobre todo, por cómo estos han afectado a
la forma de pensar en los últimos años.


 


Si yo hubiera sido terrorista, pediría cosas lógicas. Como un cargamento de por vida de Cadbury´s con caramelo.

Probablemente el plato fuerte sea el primero, Nacional Anthem, en el que no duda en meterse de lleno en el tema de las redes de información, la opinión pública y lo que esto supone para las figuras políticas o mismamente, a la forma de protestar y las nuevas ramas del terrorismo. El punto de partida lo dice todo: la princesa de Inglaterra es secuestrada y el responsable exige como rescate que el primer ministro cometa un acto de zoofilia que deberá retransmitirse a nivel nacional. Con una propuesta tan exagerada, el episodio describe bastante bien la imposibilidad de parar cualquier tipo de información una vez se filtre a la red, cómo un supuesto problema de estado puede afectar personalmente a una figura pública, y, teniendo en cuenta la situación que plantea, critica el morbo de los propios espectadores y cómo el público deja de percibir a los políticos como figuras con una vida privada, para verlos como algo de lo que hacer mofa. Me imaginaba un desenlace pesimista, pero los guionistas lo superan con creces, y no queda en muy buen lugar ni la familia real, ni el público, ni siquiera el propio gobierno. Y por no dar mas pistas, ni hasta el terrorista en cuestión quedó allá muy contento.

 

Hoy, el mundo es un lugar un poco menos halagüeño gracias a Black Mirror

Los otros dos episodios van un poco más por la ciencia ficción clásica: el segundo describe un futuro no muy agradable, en el que se mezcla el tema del consumo de energía con, una vez más, los medios de comunicación, que son un poco el blanco de los guionistas de Black Mirror. Tampoco es especialmente alegre, pero sí tiene un pelín más de humor negro, con sus ciudadanos teniendo que pedalear para producir energía y ganarse el sustento, y su planteamiento me pareció bastante más reconocible, recordándome un poco a escenarios bastante conocidos, e incluso, a series como El fugitivo (tanto la versión antigua como la nueva de Ian Mckellen).

El último es un episodio más centrado en los dramas de los personajes, y sobre todo, cómo una tecnología un poco extraña, que serían unos chips que graban todo lo que estos ven y oyen, puede afectar a sus vidas. Este, sin tener el atractivo de lo rompedor que fue el primer capítulo, o el escenario más de ciencia ficción del segundo, consigue crear bastante angustia con una idea muy simple: ¿y si la gente pudiera repetir con toda fidelidad sus recuerdos, una y otra vez? Eso sí que es una vuelta de tuerca al concepto de “rayarse”. De la realización, como puede esperarse en una serie tan cortita, no hay queja: no es que haya gran cantidad de efectos especiales, pero mantiene un aspecto formal, más de película, que me recordó un poco al Sherlock de Steve Moffat.

En conjunto, Black Mirror ha hecho honor a su nombre: todos los escenarios que aparecen en esta serie pueden reconocerse, pero desde una forma de ver el mundo mucho más pesimista y oscura con todo, desde la evolución de la tecnología hasta el desarrollo de las personas, y aunque sea su primer episodio el que se lleva la palma en cuanto a propuesta chocante, el resto también mantienen un interés bastante alto.

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