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jueves, 21 de mayo de 2026

Lecturas de la semana. Pierre Véry y nada es lo que parece

 


El policiaco, crímenes y thriller en general no me ha atraído demasiado. Ni el sueco (Lisbeth Salander, me aburres tú, tu autismo hacker y tus malos rollos familiares) ni el polar, ni el procedimental.  Puede caer de vez en cuando algo de Agatha Christie o de Simenon,  pero en cuanto a asesinatos, la realidad ofrece bastantes y con el true crime  voy servida .salvo una excepción, un señor francés  que   a lo largo de más de treinta años escribió novelas policiacas, además de incursiones en otros géneros. Un autor de novelas de misterio  mezcladas con  lo costumbrista, lo extraño, el absurdo, cierta ensoñación y  una resolución del caso de habitación cerrada completamente  rebuscado, donde lo importante no era el qué, sino las vueltas que hemos dado llegando hasta aquí. Desde que hace años encontrara  en cas un ejemplar de Goupi Manos rojas en París,  aquel charentino aparentemente siniestro escrito por Pierre Véry mostraba un mundo donde lo anodino y lo extraño convivían. Desde entonces, volver a casa con toda novela de este señor  que me encontrara se convirtió en la norma. Y como bruguera  ser encargó de incluirlo en el catálogo de su colección de policiaco, no me han faltado.


Mambrú ha muerto.  Durante un paseo, un hombre  e como un repartidor extravía un paquete. Sin más señas que  las de una casa cercana, y movido por la curiosidad, este decide hacer la entrega  para descubrir que su contenido, una prenda femenina, poco tiene que ver con  el carácter de los habitantes de la casa, a quienes el remitente desconocido parece inquietarles ¿es una broma,  una advertencia, un chantaje? Durante los días siguientes, este extraño se instalará   como profesor del hijo menor de la familia de  una forma tan inesperada  como  el camino que lo llevó a traspasar las puertas de ese hogar y convivir con los habitantes de este.  Una solterona que dirige el clan familiar,  un hermano con pocas luces, una viuda carcomida por el remordimiento, el primogénito mujeriego  y una hija menor, silenciosa e introvertida. En medio de este ambiente enrarecido, y  con las sospechas  de aquel misterioso envío,  que condujo al protagonista a ese lugar, cayendo en el olvido,  cada noche, unas luces se desplazan por el jardín. Un ritual nocturno interrumpido   por un disparo de fusil que al amanecer, descubre como resultado el cadáver de un joven cuya identidad todos aseguran desconocer.


Las novelas de Véry se caracterizan  por  transcurrir  en entornos acotados y marcados por lo extraño.  Bien  un pueblo, en la mayoría de casos, que puede caracterizarse  por lo excéntrico y pintoresco, como en sus novelas ambientadas en Inglaterra,  o bien más cerrado y claustrofóbico, donde el  estado de ánimo de sus personajes juega  un papel  principal como en El traje de los domingos o este Mambrú ha muerto ( como curiosidad, ha sido gracias a él por lo que descubrí que el Mambrú que se fue a la guerra era la transcripción fonética de Malbrough). Un factor que está  presente en  mayor o menor medida   en todos los personajes, incluso e n ese protagonista melancólico,  acompañado en su cabeza por los diálogo imaginarios que mantienen con la mujer que ama, y cuyo estado mental  aún pareciendo el más cuerdo de su entorno, es el que lo lleva a introducirse sin plantearse nada más a ese lugar: simplemente, es algo que puede hacer, y no tiene ningún motivo par ano llevarlo a cabo.

Es también  este aspecto  del romance en su versión más pesimista, lo que tiene un  peso importante en la trama. La  “mujer ideal” con la que dialoga el protagonista, las relaciones puramente físicas, el amor platónico  desde una percepción de la realidad errónea y el  remordimiento acompaña a todos los personajes y se entrelazan  en el punto de partida que plantea enigmáticamente cómo puede cometerse un crimen  en el que no se participa. Y  que   más que desarrollarse, aparecerá de forma súbita, rompiendo la rutina y la  atmósfera enrarecida que  Véry ha construido, para ser resuelto como suele hacer él,  de la forma más sencilla, casi propia de un deus ex machina y que se convierte en el punto final  de un drama familiar marcado por ese ambiente fantasmal.

Este, comparte con El traje  de los domingos  algunas características-. La visión  del romance y de desamor como algo no trágico, pero que no aporta nada positivo, su acercamiento al fantastique  mediante la irrupción de lo absurdo y el comportamiento de los personajes,  el uso exagerado de un mcguffin  y las referencias al momento histórico.  Ambas están separaos entre sí unos veinte años,  pero  parte de la acción se determina, respectivamente, por la Guerra Civil española y el final de la Segunda Guerra Mundial. El resultado lo convierte en una de sus novelas más oscuras,  donde algo global afecta, de forma tangencial e inesperada,  a los sucesos de la historia.


Las cuatro víboras. A veces,  de camino a su trabajo en la compañía de seguros, un oficinista  fantasea con otras vidas.  Sus ensoñaciones se convierten en realidad cuando  una misteriosa mujer a bordo de un vehículo, confundiéndolo con un miembro de su banda, le obliga a subir al coche. Su destino, una casa donde hay una anciana secuestrada y una botellita de vidrio, con forma de serpiente, que contiene un potente veneno.  Este se convertirá en testigo y narrador, a su regreso de la aventura, de una oleada  de  robos, incluso  de un asesinato,  marcados por la aparición de esos frascos de aspecto exótico.  Mientras, dos jóvenes, intentando hacerse un chueco en el mundo de los detectives, comienza un a investigación por su cuenta que los llevará a descubrir que el caso, relatado por la prensa, no es lo que parece.

Esta es una de las novelas más cercanas al fantástico de Véry. Anterior a Mambrú a ha muerto,  y ambas escritas a mediados de los treinta, esta  es anterior a los conflictos que llegarían. Mucho más  juguetona,  recreándose con los tópicos del folletín, y se adelanta  por varios años a Walter Mitty (ese mal llamado síndrome, cuando todos sabemos que es una herramienta para mantenernos cuerdos), con un protagonista   perdido entre la fantasía y la realidad ,  situación que arrastra al lector durante  toda la narración mediante una trama muy engañosa,  que funciona porque el autor miente deliberadamente y  la convierte en una historia que no podría  tomarse como policiaca de ningún modo. No queda otra que dejarse llevar por ese juego de crímenes  novelescos, de periódicos sensacionalista y de pistas falsas en un Paris que parece tan lejano e irreal  como el  ilustrado por Tardi en las aventuras de Adèle Blanc-Sec.

La trama  policial es lo menos importante y quizá una de las más flojas, a diferencia del desfile de personajes que se mueven entre oficinas,  redacciones y buhardillas subarrendadas (porque otra cosa no,  pero en Europa  se nos da muy bien  amargar a la gente con la vivienda desde hace siglos) y que homenajea al folletín más exagerado, el de  crímenes imposibles de resolver, bandas criminales y  pasadizos subterráneos transitados por todo tipo de sociedades secretas.  El desenlace, precisamente por  esta decisión, desluce el recorrido  con un deus ex máchina  que hace un borrón y cuenta nueva, pero consigue mantener una  sensación  final de desconcierto: Véry, después de todo, nos ha engañado tanto  como la banda criminal que dejaba, como firma de sus crímenes, una decorada botellita de veneno.  

jueves, 12 de marzo de 2026

Lecturas de la semana. Pulp fiction

 


Aunque una parte de los libros que acabo leyendo durante el año son señores d entreguerras y señoras victorianas, más de una vez, y cuando el componente aleatorio de la librería de segunda mano  lo permite, me paso por la época intermedia entre ambas. Porque  a los señoras y señores  pulp también se les hace un  hueco  y más en estos Años 20 mal, donde  se acaba echando en falta la inventiva,  ausencia de prejuicios y  cierto optimismo, casi inocencia, con el que reflejaban un mundo en el que todavía había lugares ignotos.


Catherine L. Moore.  Shambleau.  Una extraña criatura,  de aspecto humano  y comportamiento cercano al de un felino dotado de inteligencia, es salvada por  Northwest Smith  durante uno de sus viajes. El ser, a quien los locales llaman Shambleau, esconde un secreto que lo acerca a los seres mitológicos de los que  las leyendas de la tierra advirtieron a los primeros humanos. Esta es solo una de  las aventuras del contrabandista y su socio, el venusiano  Yarol. Un tapiz que traslada a su poseedor a otro mundo donde este queda atrapado, civilizaciones olvidadas en planetas remotos e incluso  misterios ocultos en el planeta tierra son una parte de la vida de este forajido, contrabandista y mercenario que  Catherine L. Moore dio a conocer en las páginas de Weird Tales durante los años 30.


Moore comenzó su carrera como autora en revistas pulp, y si Jirel de Joiry, la castellana  era un personaje propio de la espada y brujería (además de  ser una de las mejores heroínas que he podido leer), Northwest Smith lo es de la ciencia ficción,  pero tal y como se concebía e los relatos de este género: muy cercana  a la fantasía,  donde  el hombre había conquistado el espacio  sin que  fuera necesario que se explicara  el como, y donde convive con  razas alienígenas muy parecidas   a los humanos.  Pero donde se mantiene  cierto trasfondo histórico, presentando lugares remotos en los  que es posible descubrir civilizaciones  desaparecidas hace mucho en forma de ruinas y reliquias.  La imaginación de la época está muy presente,  representando a Venus como  un planeta gemelo cuyos habitantes,  como  Yarol, el socio y amigo de Northwesth,  tienen rasgos similares a los que tomarían  por norma los elfos de la ficción posterior. Marte, escenario recurrente de las aventuras del protagonista,  se convierte, con los distintos lugares que menciona Moore, e desde desiertos a canales, en una suerte de tierra de contrabandistas, mezcla del salvaje oeste y  de un puerto de piratas donde es posible adquirir cualquier objeto y también los  servicios de un mercenario como  West.


Northwest Smith   es en este caso un antihéroe, descrito por Moore con unos penetrantes ojos grises  y el cuerpo surcado de cicatrices de  una vida al margen de la ley. Un buscavidas que en ningún caso es un héroe pero que mantiene cierto código de honor, que lo lleva  a encontrarse  con la criatura de Shambleau,  pero a mantener compañeros y aliados en el  mundo de forajidos en el que se mueve. Sus  aventuras no comienzan movidas  por la  heroicidad sino por el interés,  en su mayoría siendo resultado del  encargo de un tercero o  un encuentro fortuito derivado de  una aventura in media res.  A lo largo de los cuentos protagonizados por Smith, es fácil encontrarlo  siendo contratado por  alguien con bastante dinero (y que acaba cayendo por su codicia) o en medio de algún lugar de Marte, huyendo o en un descanso muy breve. La caracterización de este, un personaje un tanto amoral  pero con ese fondo de nobleza, hace pensar que  puede ser uno de los referente a la hora de crear  héroes posteriores  como  serían Han Solo, quien  guarda muchas similitudes con el.


El ciclo de cuentos de Northwest Smith,  entre planetas muy similares a la tierra  ciudades sin ley,  civilizaciones perdidas y criaturas desconocidas,  constituyen algunos de los mejores relatos escritos por Moore en su etapa  pulp,  ya un poco lejos de esos felices veinte pero todavía durante  los años dorados de la narrativa fantástica popular. Sigo siendo mucho más devota de la espadachina con carácter y dueña del castillo de Joiry, pero los viajes de Northest en el espacio  se han  hecho también un hueco entre  mis pulps favoritos.


Fritz Leiber. Espectros de la noche.  Una colección de relatos de terror donde lo extraño y  los temores antiguos no han desaparecido sino que se han adaptado al cambio de la civilización humana. Un fantasma creado por el humo de las fábricas, un revolver embrujado por l deseo de venganza de su propietario, un juego de ajedrez a distancia  contra   seres más allá del espacio o el fin del universo narrado por su último testigo…Los relatos de la colección, titulada originalmente  Agentes de la noche, en referencia al diálogo de Macbeth,  fueron en su mayoría publicados  durante los años cuarenta,  un detalle que se filtra en algunos de ellos cuando se mencionan las noticias de la entrada en la guerra o el comienzo de esta, como parte de la cotidianeidad que se ve rota por lo sobrenatural. Estos se desarrollan  en entornos urbanos, siendo sus protagonista en su mayoría oficinistas,  ociosos  o incluso trabajadores   al aire libre que bien perciben algo anómalo  en lo         que los rodea, o se encuentran con esto de manera fortuita.  

La forma de  introducir  estas criaturas e  a través de la adaptación al entorno  que refleja  cada  cuento: monstruos tradicionales, como los fantasmas o los licántropos,  se mueven ahora por las ciudades habiendo modificado sus características para poder sobrevivir como mitos, pero  son reconocidos por los personajes. En algunos lugares apartados quedan restos de  seres que son descubiertos de forma accidental, como sucede en  La colina y el agujero, donde  un túmulo viene a comparado por la descripción de esa América aislada de  personajes desconfiados… pero sin duda, mucho menos siniestros  que los vecinos de Dunwich. Lo sobrenatural no está solo en la tierra sino en los cuentos donde  los alienígenas se comunican con los personajes de algún modo, que acaban haciendo  pensar al lector en las teorías sobre el éter y las ondas mentales que servían  para justificar muchos relatos de ficción con un poco de ciencia.

En la colección, estas ocho narraciones se caracterizan por  su  intención:  ir directos al grano, sin necesidad de giro final y  dedicando el tiempo necesario para crear una ambientación que se perciba  como  distinta a los escenarios clásicos. Algo que  Leiber en sus textos pulp  sabe hacer bien: aunque sea  más conocido por el  ciclo de Fafhrd y el Ratonero Gris, el responsable de  Nuestra señora de las Tinieblas e s igual de capaz de defenderse en el género de terror.

jueves, 12 de febrero de 2026

Groucho y yo. La autobiografía poco ejemplar

 


                                                                                                        “Ningún gran  hombre vive en vano.                                                                                                          La historia no es más que la                                                                                                                     biografía de los grandes hombres”.
                                                                                                        Thomas Carlyle

                                                                                                    “Dinero y santidad, la mitad de la mitad”

                                                                                                       La abuela

No suelo prestar mucha atención a las biografías, en parte, por aquello de  nunca conozcas a tus héroes. Se salvan, en esta caso, la de H. P Lovecraft porque  queremos saber con pelos y señales cualquier cosa de la vida del señor más aburrido del planeta, y todo lo que puedan contarme  de ese tendero con  increíble capacidad fabulatoria que fue  Jean Ray.  El resto, o bien pueden resultar  un tanto sesgadas (ahí, la biografía de Lovecraft de Sprague de Camp y responsable de haberlo convertido en poco menos que un friki asocial) o textos  redactados por un negro literario y aprobados por el biografiado.  Si es una autobiografía, el tema es todavía más difícil: nosotros somos nuestros  críticos menos imparciales y la propia memoria es algo muy poco fiable. Sin embargo, después de una sesión intensiva de cine de los hermanos Marx, más las referencias de que esta no se trataba de la típica autobiografía, decidí comprobar qué era lo que tenía que contar el propio Groucho sobre su vida.


El mismo año de esa última aparición de los hermanos Marx, ya en televisión,  casi una anécdota o una despedida que pasa desapercibida, Groucho, quien ya  llevaba unos años como presentador de radio y televisión, publicaba su autobiografía.  Esta, lejos de ser una narración de su vida y obra ordenada y pulida por un negro literario,  venía de la mano de Groucho, con la advertencia que esta no se ceñiría al formato tradicional.

Una advertencia expuesta con mucha sorna, que servía de prologo para la historia de los primeros años de Julius Henry, antes de ganarse su apodo artístico, pero también de sus padres y hermanos en un apartamento de Nueva York. Un hogar lleno de bullicio, familiares, pero también de música la venir estos de un entorno  de artistas alemanes  emigrados  a Estados Unidos años atrás.  Durante esta época comenzará su interés por el mundo de las variedades, así como la formación audiovisual de sus hermanos y sus primeros pasos en  circuitos artísticos  poco relevantes hasta que estos formarían  los Hermanos  Marx tal y como los conocería el público. A partir de entonces, referirá de forma muy rápida, saltando  entre situaciones y contexto,  su carrera cinematográfica, anécdotas del mundo del espectáculo, su participación  en el programa I bet your life en el tramo final de su andadura. Y paradójicamente, muy poco de la vida de Julius Henry Marx.


Como autobiografía, esta resulta bastante particular: no es una andadura vital llena de  momentos personales y reflexiones, sino más  bien una colección de anécdotas de  distintas épocas de su vida, donde s i bien  no esconde los aspectos poco agradables pero que eran conocidos de sobra, como los problemas de Chico con el juego, su vida  personal ese limita mucho a su época de infancia y como máximo (y seguramente,  el propio Groucho se quejaría de que su editor habría insistido) alguna anécdota sobre su hija menor, nacida en su matrimonio con Eden. El resto  de aspectos oficiales , o más propio s de prensa rosa  quedan fuera, e incluso las referencia a su vida privada  son mostradas mediante un par de primeras citas desastrosas,  pero cómicas, durante su adolescencia.

El humor, propio de su personaje, está presente  en los primeros capítulos donde incluso la historia de su familia  casi puede leerse como si fuera el guion de una de sus películas. En las escenas sobre su padre, el peor sastre de la ciudad y sus traslados en busca de clientes que no conocieran sus trajes mal cortados, o su vida con sus dos hermanos y compañeros de comedia, casi es posible imaginarse al  Harpo niño  sin hablar,  haciendo sonar  los primeros acordes de  arpa, y a Chico con su falso acento intentando estafar a todo lo que se mueva.  Queda la duda de si muchas de estas  vivencia narradas son una invención, por lo cercano muchas veces a la comedia gestual (incluido un coche que despide a una de sus  citas oro los aires a causa de un muelle defectuoso) pero  estas  son tan absurdas que conservan ese aire de veracidad.

Groucho, en todos caso, nos cuenta de su vida lo que quiere. Y esto incluye también momentos tan interesantes como el crack del 29, donde  describe con mucha precisión los momentos de locura previos  en los que todo el mundo podía hacerse rico en un mercado  que parecía no tener techo. Como curiosidad,  el pasaje  donde su asesor  resume la caída de bolsa con “Marx, el baile se ha acabado” aparecía incluido en uno  de los textos de literatura  histórica en uno de mis libros de texto.

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