Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna
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jueves, 9 de noviembre de 2023

Lecturas de la semana. Entre dos décadas estás

 


Desde que dejé de preocuparme por cuestiones de espacio y logística de mudanzas, he retomado definitivamente las librerías de segunda mano y es inevitable que salga de allí con alguna compra. Esta es aleatoria y depende de lo que haya disponible, aunque si que últimamente es relativamente más fácil encontrar ejemplares que antes  era imposible de localizar, como las colecciones de fantasía de Martínez Roca o alguna edición de Círculo de Lectores. Quien también va apareciendo en más de una ocasión  es la extinta Factoría de Ideas, que salvo excepciones, su catálogo no se puede comparar con las anteriores, peor no decir  la mala fama de sus traducciones y edición, pero al menos supone  contar con alguna que otra lectura y pensar con muy poca nostalgia “madre mía las que nos colaban en los dosmiles”.



Barbara Hambly. Cazadores nocturnos. Cuando James Asher, profesor universitario y espía retirado regresa a su casa, encontrando a sus ocupantes sumidos en un profundo sueño, no imaginaba  que la existencia de  los vampiros en la Inglaterra del rey Jorge fuera algo real, y mucho menos, que  estos necesitaran su ayuda para encontrar ala asesino que  ha comenzado a destruir a todos los no muertos de Londres. Acompañado por Ysidro, un vampiro centenario, quizá el más antiguo de la ciudad, y con la promesa de que su ayuda supondrá  la salvaguarda de su esposa, recurre a sus conocimientos de antropología, así como los de espía, descubriendo la existencia de una pequeña  sociedad vampírica que vive oculta en Europa, siguiendo sus propias normas de caza y creación de nuevos pupilos, pero también que ese misterioso asesino puede ser algo similar a ellos, y más poderoso.

La novela es parte de una serie de historias autoconclusivas  donde repetiría como protagonista el trío formado por el profesor Asher, su esposa y el Vampiro Ysidro, de la que Timun Más  únicamente  publicaría  el primer tomo (corrió mejor suerte su primera trilogía del reino de Darwath, que sí fue publicada entera). Esta desarrolla una trama detectivesca  con el punto de partida de “algo está matando a los vampiros” y que si bien no es lo más rutinario del libro, con su recopilación de pistas e información, a provecha bien el salirse de la época victoriana y ofreciendo un  giro con científicos locos y alguna referencia l ambiente  prebélico que se gestaba.

Sin embargo, el libro es un tanto lento para su brevedad, dedicando más tiempo a desarrollar las características de los vampiros que, aquí se alejan mucho del estilo romántico que se estaba convirtiendo en la norma y deriva hacia unas criaturas que niegan cualquier similitud con la especie humana y se definen como cazadores, siendo su capacidad de seducción únicamente una herramienta para atraer a sus presas. La investigación de Asher lleva también a describir la organización de estos en pequeños grupos, los lazos existentes que no son amistades o el amor humano, y también algo de su biología, dejando de ser estos inmortales para estar sujetos a cierto deterioro provocado por el paso de los siglos.

Una mitología  que acaba convirtiéndose en lo verdaderamente atractivo de la historia y que, sin llegar al nivel de influencia de las crónicas vampíricas de Rice, se convertiría en un referente  posterior para el universo de vampiro la Mascarada, que no duda en incluirla como referencia bibliográfica directa…y a su vez, el juego se convertiría  también  en una referencia para gran parte de la narrativa de vampiros y la fantasía urbana de los siguientes años.


David Morrell. Allanadores. Aunque el término más habitual para los personajes de este libro sea el de explorador  urbano, el grupo que un periodista de investigación contacta para llevar a cabo un reportaje sobre esta actividad se denomina a si mismo  allanadores (creepers en el original, aunque tampoco está demasiado bien traido): personas  lo bastante audaces como para saltarse la prohibición y las normas de seguridad de lugares ruinosos,  pero con valor histórico, y que exploran su interior  con una norma clara: no puede alterarse nada, ni llevarse nada. Estos, un profesor de universidad a punto de retirarse y tres antiguos alumnos acompañan al periodista al hotel Paragon, construido por un millonario recluso en la época  dorada de Jersey  y actualmente abandonado sin más medidas de seguridad que una exigua vigilancia. La historia de su fundador, su particular miedo a salir al exterior y su obsesión por observar las vidas de sus huéspedes, así como su pasado como uno de los escondites de un gangster de los años veinte, hace sospechar que este oculta mucho más que antigüedades  y pertenencias de sus clientes. Pero, al igual que el hotel, los allanadores que atraviesan los túneles de entrada del hotel, no son lo que parece.

De nuevo, el libro es en realidad  el primero de una serie, cuyo protagonista, antiguo detective y ex marine, está más cercano al thriller que se estilaba en la década del dos mil que al terror. Y aunque la portada anuncia que ganó el premio Stoker en 2006, su lectura hace pensar que como debía estar entonces la cosa  para que le dieran un premio a esto: lo mejor que se puede decir  es su similaridad con una película d sus pensé de la época, donde es muy fácil imaginarla como un largometraje de no más de noventa minutos, actores más o menos populares y algo de infografía (no sé si Morrell tendría lo mismo en la cabeza, porque se nota a la legua), y  quien espere una resolución sobrenatural se va a ir decepcionado. Esta, después de ir descartando varias posibilidades a base de giros sorpresa,  en el que el siniestro propietario hace  suponer una presencia espectral, los gatos mutantes albinos  sugieren la existencia de criaturas monstruosas viviendo en un ecosistema cerrado, y la revelación de que ese reportero no  es otro que un ex marine  contratado para recuperar los lingotes de  oro ocultos en el hotel, todo acaba con un asesino en serie  con una motivación  cuyo origen se encuentra en el pasado del edificio. Parece que el truco de Morrell consistía en ir incluyendo giros inesperados que descartaban de un modo a otro lo narrado previamente, hasta el desenlace donde decide prescindir del elemento sorpresa y recurrir al otro tópico de la literatura de kiosco: las explosiones. Porque no vas a tener a un protagonistas con experiencia militar si no haces que escape con la chica en el último momento de un edificio que va explotando e inundándose por partes.

Todo ello, con un estilo muy de novela de bolsillo, recurriendo a escenarios que se han visto previamente, desde Relic a el coleccionista, y donde, la posible diversión que podría ofrecer se desvanece al recurrir a un desenlace típico del thriller. Y  en el que cualquier fantasma, habitante del subsuelo, o posible tópico de la serie B resultaría mucho más creíble que un desfile de mercenarios y asesinos en serie por la costa de Jersey.

jueves, 2 de marzo de 2023

La pasajera (2021). El color que cayó sobre el Blablacar

 


Cuando se piensa en un medio de transporte como escenario para una película de terror, o de ciencia ficción, uno de los referentes, acaba siendo, sorprendentemente, el w3estern. La diligencia, con su disparidad de personajes y el equilibrio entre el estudio de estos y la tensión de un viaje por un entorno hostil, supone un punto de partida extrapolable a situaciones tan lejanas en el tiempo como una n nave espacial…o un servicio de vehículos compartidos. Junto a los alquileres por estancias o las reuniones por zoom, los viajes a pachas suponen posibilidades nuevas, pero con suficiente credibilidad como para plantear una historia en la que personajes uy distintos acaben compartiendo desventuras juntos. Una situación que Raúl Cerezo y Fernando González emplean para hacer su propia versión de un encuentro con un alienígena hostil. En la estepa castellana. Y en el peor momento posible para evitar la ruta con peaje.




La pasajera no comienza con una, sino con tres: las tres mujeres que comparten un viaje en  Charlacar (esa app de transporte que seguramente exista en el miso universo de las tiendas de muebles Orsk) con el que podría ser el peor conductor posible. Blasco, el propietario de la vieja furgoneta Ebro en la que se trasladan, es un tipo aficionado a los toros, al pasodoble, de los que no cree en el machismo ni en el feminismo…un señoro de manual para desgracia de Mariela, la enfermera mexicana que sufre el viaje junto a Lidia y su hija Marta, cuya mala relación es más que evidente y hará que esta, pese a ser una adolescente deslenguada trame una amistad un tanto irónica con Blasco para disgusto de su madre. El viaje, bastante incómodo para todos, es interrumpido cuando atropellan accidentalmente a una mujer que deambula por la carretera. Mientras intentan llevarla al hospital más cercano, descubren que algo anda algo mal con la mujer herida: horriblemente desfigurada, esta ataca a una de las pasajeras, transmitiendo algo similar a un parásito que la transforma en un ser monstruoso, y obligando al retro a huir en el medio de la anoche de una criatura que no parece ser de este mundo.


La película es una aproximación al género de los alienígenas hostiles con los que se las tendrán que ver los protagonistas: no es tanto una invasión sino que todo comienza con un misterioso objeto que cae del cielo, como sería en Night of the Creeps, conociéndose muy poco de lo que sucede más alá de esa carretera vacía por la que conducen, y centrándose específicamente en este grupo. En concreto, de sus intentos por escapar y encontrar ayuda. Lejos de buscar referencias en el cine anglosajon (aunque su punto de serie B de los ochenta lo tiene), opta por abrazar los elementos de la cultura popular patria, con mucho humor, y convertir   en antihéroe a ese  conductor que podría definirse como la pesadilla de cualquier usuario de Blablacar: Blasco es descortés, machista y un tanto grimoso en sus primeros y breves tonteos con el personaje de Marta, pero se acaba convirtiendo en héroe a su pesar, preocupándose por p poner a  salvo a la única superviviente del viaje. Y además, le gustan los gatos. Una versión quizá muy pasada de vueltas y más reconocible que los protagonistas imaginados por John Carpenter, y Ramiro  Blas caracteriza perfectamente a este  personaje, incluso luchando con un acento que podría tomarse como de cualquier lugar de la meseta.



Junto a Blas, hay caras conocidas en el reparto, pero no demasiado famosas. A paula Gallego  se la recuerda todavía de Cuentamente, aunque se  papel es muy distinto al de la serie interminable  y se defiende bien como final girl. Un grupo de actores competentes que   se mueven por una película muy consciente de sus limitaciones, especialmente las técnicas:  en más de una toma se nota la superposición de lo as actores delante del chroma, los maquillajes son normales (teniendo que recurrir a la infografía en muchos casos) y  a planos cortos con efectos tradicionales…que  se resumen en un tentáculo de goma g cubierto de babas moviéndose por ahí. Pero es precisamente esta consciencia de lo que hay  lo que la hace funcionar: no pretenden e excederse ni con el aspecto más estereotipado de los personajes, al menos hasta el final, donde   desembocan en un enfrentamiento final  con una tauromaquia  que parece un poco fuera del lugar. En cambio, el guiño a  uno de los diálogos previos sobre la anterior profesión de su protagonista, resulta mucho más ingenioso.



Pese a esta tendencia a aprovechar alguno de los tópicos, la presentación de los personajes es efectiva:  no tanto  por los diálogos sino porque todos ellos, a partir de sus primeras apariciones, se consideran marcados por algo que los hace sentir aislados. Bien por su actitud y convicciones reaccionarias, por la enfermedad terminal de una, la culpabilidad de sentir que abandona un hijo  o las cicatrices que marcan el rostro del personaje más joven, todos  parecen creer que algo está mal con ellos, aunque sea precisamente  una situación anómalo que lo que haga que saquen lo mejor de ellos mismos.

La pasajera es una película  que, sin ofrecer nada nuevo, y llegando a tirar un poco la toalla hacia el desenlace,  con  un cierre en el que parece que ya no saben que hacer con los protagonistas supervivientes, consigue funcionar gracias a conocer su s limitaciones, moverse bien con estas y aprovechar a unos personajes que consiguen  tener sus correspondientes momentos de gloria y a hacerse mucho más memorables  que esa naves espacial que provoca el peor viaje en blablacar que se ha visto en el cine.

lunes, 9 de enero de 2023

14º Aniversario de Barrilete. Qué pasara, qué misterio habrá, puede ser otro año

 

La sobrepoblación, explicada con gaticos

Hoy cumplimos catorce años. Una entrada que desde hace un par de temporadas ya, escribo pensando “ay dios, a ver con que nos encontramos esta vez”. Una pandemia, una crisis de suministros, escasez de papel, un conato de guerra nuclear y una recesión económica. La maldición dice “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Yo me limito a decir que estos locos años veinte están siendo conflictivos a la par que cutres.


Soy el de delante, pero sin bigote

No han habido demasiados cambios. Lo que , a la vista de lo anterior, es una suerte. La mía es, como decía Brindavoine, la apasionante vida del chupatintas, y lo mas llamativo ha sido que a la afición de Narnia por tirar libros se le une la de su hermana A´Tuin a subirse encima de mis hombros como si fuera un loro pirata.

He leído mucho, visto mucho cine y algo más que el anterior, en pantalla grande, alguna serie y aunque pocos comics, cosa que, gracias a los últimos Reyes Magos, seguramente se solucione dentro de poco.




Los libros de 2022 han sido los de la casa interminable de Piranesi, habitada por el y esa familia de albatros que planea sobre un mar lleno de estatuas destruida. Del Ikea (perdón, Orsk) embrujado descrito por Grady Hendrix, del mundo de entreguerra que, entre lo terrorífico y el humor negro narra Ewers en La araña y otros cuentos (también conocidos como “los años veinte menos malos”). Pero también los de la saga de Le Commandeur y el final de los doce libros de Nightside, que había empezado ya hacía seis años, a ratos muertos. A ver si hago alguna reseña si consigo dejar la vergüenza ajena que provocan esos libritos de lado.



Madurar es pa la fruta

Empecé 2022 con Day of the Dead, otro intento de Syfy de hacer una serie de zombies, actualmente sin noticias de renovación y aunque aunque no llega a al nivel de locura de Z Nation, el punto humorístico y de serie B se le acerca mucho. No le ha ido tan bien a Residen Evil, otra de las cancelaciones de Netflix pero que, en este caso, esta versión del videojuego mitad young adult, mitad futurista, nadie echará de menos. Los fines de semana han sido para ir viendo en algún momento Seinfield, Las chicas de oro ( después de verla de niña hace muchos años junto a la abuela, hoy al menos pillo los chistes) e incluso Gárgolas. Estas han envejecido más que bien, aunque Betty White fuera, junto con Angela Lansbury, uno de los obituarios del año que termina.




No se si se podría considerar comic, o más bien, libro ilustrado, a las reediciones de la Biblioteca de lo desconocido que Diabolo ha sacado, en concreto, los dos primeros números. Pero si puedo decir que fue una sorpresa el reencontrarme con mi época de cazadora de fantasmas preescolar.




Y el cine. Porque ha habido cine a montones y muy variado. Bueno, variado en años, porque si no hay algo dando sustos, es difícil que lo viera salvo que tuviera su punto extraño (el dia que suba una entrada sobre una comedia romántica, llamad a la guardia civil, he sido secuestrada). Ha habido clásicos de los cuarenta, spaguetti western con Franco Nero arrastrando un ataud por el desierto, algún blockbuster, algo de marvel, ya muy poco, los ochenta no han faltado y el grano setentero va abriéndose camino en la tele. También el fantástico español. Desde la torpeza de los profundos gallegos de la Fantastic Factory hasta éxitos exportables como Rec, las ancianas malvadas de La abuela, los trece exorcismos o los venecianos cabreados de Alex de la Iglesia. Porque aunque no lo reconozcamos, todos hemos sido turistas.


Ha sido un año más, por suerte, ni mejor ni peor que los anteriores. Los virus evolucionan más que un pokemon, la inflación sube, nos amenazan con una guerra nuclear que se eterniza y el cambio climático es una realidad. Nos hemos acostumbrado a una permanente sensación de que todo va mal. Pero, una vez más, Billy Joel ya lo dijo: We didn´t start the fire.  

jueves, 1 de diciembre de 2022

Cat People (1942). Domando gatos

 


La pelea entre lo sutil y lo espectacular en el cine de terror viene de mucho antes de las discusiones sobre este, como mero entretenimiento, y el “elevated horror” que defienden muchos (las malas lenguas dirán que es porque les da vergüenza reconocer que se lo pasaron pipa con Insidious). Mucho antes, cuando Bela Lugosi ataviado con una capa de ópera declaraba que nunca bebía...vino, cuando la criatura de Frankenstein asesinaba, sin ser consciente, a una niña, el públio se asustaba y algún censor se ponía alerta. También entonces, otros directores apuntaba a un enfoque más sutil, casi minimista, en el que todo estaba sugerido pero también presente una importante carga psicológico. Fue ea principios de los cuarenta, con esos monstruos que hicieron famosos a la Universal en pleno declive, y en el tercer año de guerra, cuando la RKO produciría una pequeña película, casi parca en comparación a la sombra de esos monstruos pero que cuya trama y y contendido perduraría durante décadas, dando lugar a una secuela e incluso un remake cuarenta años después. 


La mujer pantera del tirulo, Cat People en el original, es Irina Dubrovna, una joven diseñadora de origen servio que vive en Nueva York y comienza un rápido idilio y matrimonio con Oliver. Su nueva vida se ve afectada por la idea que atormenta a Irina cada vez más: la leyenda de su pueblo natal en el que ciertas personas pueden convertirse en seres felinos. Atormentada por la posibilidad de que cualquier acto que le haga perder el control de sus emociones pueda llevarla a convertirse en uno de esos seres y destrozar a aquellos que ama, busca ayuda en un psiquiatra aconsejada por su marido. Mientras, Oliver comparte sus preocupaciones con Alice, su amiga y confidente en lo que respecta a la relación con su esposa y preocupaciones sobre esta. Pero Irina, consciente de la complicidad entre ambos, comenzará a ser presa de los celos y no dudará en ceder a ese lado oscuro que la aterrorizaba para defender a quien considera suyo.  



Con una duración que hoy se consideraría un final de temporada en cualesquier serie (unos 70 minutos) la película de Jacques Tourneur carece de espectacularidad, centrándose en entornos reales y familiares, y jugando con la iluminación, de forma que recuerda a los escenarios expresionistas de veinte años atrás. Dota de una mayor importancia a la psicología de los personajes, y en cierto modo, al simbolismo: la ilustración que Irina dibuja al comienzo del metraje anuncia el desenlace de esta. Y tanto su profesión, diseñadora, como la de Oliver, ingeniero naval, coinciden en en componente creativo y de intuición, quedando opuestos entre lo artístico de uno,y lo preciso y racional de otro.




Del mismo modo, los miedo sy la irracionalidad de Irina se enfrentan con la explicación lógica y las propuestas de tratamiento por parte de su esposo. Y la leyenda que da trasfondo a la trama, además de utilizar de forma inteligente aspectos de la narrativa tradicional, como la figura de la criatura cuya herida delata la naturaleza de cambiaformas del humano que muestra la misma lesión, refleja la diversidad de procedencias en la ciudad escenario de la historia. Pero también, de nuevo, la oposición entre las creencias antiguas de la vieja Europa con el utilitarismo del Nuevo Mundo.  



Todo esto sirve de contexto a un desarrollo que perfectamente podría encuadrarse en el suspense: la protagonista reprime su relación a causa de su miedo, pasando a abrazar esa parte animal de la que intenta huir al sentir una emoción tan potente como son los celos. Y la fascinación que comienza a sentir hacia ese lado oscuro aparece simbolizada por la pantera encerrada en el zoo que ella misma se encarga de liberar. Su transformación se desarrolla paralelamente al deterioro de su relación de pareja, mientra que la complicidad entre Oliver y su amiga se vuelve más fuerte hasta convertirse en el interés romántico y detonante de la transformación de Irina. Aparece el contraste de nuevo, esta vez entre una relación breve e impulsiva, frente a otra que ha venido desarollándose y se consolida con el paso del tiempo.  



Sigo sin ver una sola cosa mala en eso de convertirse en gato

El desenlace, que no podíaa ser de otro modo, sino es con el final de su protagonista, se inspira directamente en la tradición oral sobre aquellos que pueden transformarse en animales, y donde el lado oscuro de Irina solo puede llevarla a aceptar su propia naturaleza. Y con ella dándole paso a la nueva pareja que se establece en los últimos minutos, estableciendo con esta el triunfo de lo pragmático frente a la intuición y la impulsividad.

Sin una sola transformación, ni una muestra de violencia explicita, La mujer pantera transmite a la perfección la idea de lo cercano como fuente de lo inquietante, y la línea que separa lo racional del instinto.


jueves, 27 de octubre de 2022

Terrifier 2 (2022). Estirando el chicle

 


La noche de Haloween de 2016, la figura de un payaso silencioso vestido de Pierrot y portando una abultada bolsa de basura que solo dios sabe que podría contener, suponía el primer largometraje del personaje que Damien Leone había ido perfilando desde su primera aparición en el filme antológico All Hallows Eve. Art el Payaso, ataviado con todo lo que uno podría imaginarse al pensar en la idea de “payaso asesino” desarrolló en poco tiempo una base de fans que no tendría que envidiar a  la de los asesinos cinematográficos anteriores.  Aunque su  carrera queda todavía lejos de esta, porque  no ha sido hasta este año en que se estrena su segunda película.


Ha pasado un año desde la Masacre de Miles County, donde ocho personas fueron brutalmente asesinadas por un desconocido  vestido con un traje de payaso y que, pese  a haber sido abatido por la policía, desapareció misteriosamente del depósito de cadáveres. Es Halloween de nuevo y Sienna y Jonathan, se preparan para la noche como otros tantos jóvenes. Salvo que ambos todavía están lidiando con la pérdida de su padre: Sienna trabaja obsesivamente en el disfraz de guerrera  inspirado en el personaje  que su padre inventó para ella cuando era niña, y su hermano parece fascinado con el asesino de Miles County hasta el punto de  querer disfrazarse como este. Cuando ambos comienza a ver como la criatura conocida como Art, ahora acompañado por una niña de aspecto demoniaco aparece en los lugares que frecuentan y que parece tener un malsano interés en ellos, empieza n a darse cuenta que Art ha regresado, y que quizá los dibujos que su padre dejó ante de morir, donde parecía haber predicho las apariciones del asesino y sus víctimas, fueran una viso de lo que iba a sucederles.



Cuando el punto de partida de un guion es “un payaso asesino mata a gente de formas horribles”, lo más prudente es centrarse en el carisma que pueda tener este personaje, que vas a ser el principal por delante de sus víctimas, en que el ritmo y la filmación mantengan el interés y que la duración de la película sea la justita para no aburrir. Algo que había conseguido en el primer Terrifier gracias a recurrir a la estética sucia y de grano de las películas de bajo presupuesto de los primeros 80, así como  unos efectos especiales que abrazaban el aspecto cutre y falso de aquellas producciones, un personaje lo bastante  vistoso como para captar la atención, y que todo esto se hubiera concentrado en una hora y veinte que, hay que reconocerlo, a aratos se había muy larga. En esta entrega, quizá conscientes del éxito y la expectación que había despertado, se atreven a filmar  durante una hora más, y donde parte de este tiempo extra parecen querer dedicarlo a desarrollar un trasfondo  para el personaje, y como no, anunciando que este será mucho más sangriento que su predecesor.




El resultado, aunque ayudado por esa expectación previa y una campaña publicitaria bastante ingeniosa para los que no recuerden trucos similares de hace 50 años, es el que podía esperarse: dos horas veinte son excesivas para lo que había, por lo que intentan rellenar con secuencias que llaman la atención. Una escena onírica  llena de momentos grimosos que  pretende servir de premonición a los protagonistas,  una  especie de purgatorio muy vinculado a la naturaleza ya abiertamente demoniaca de Art, y la trama familiar de los personajes principales, entre el trasfondo y lo profético con ese padre  que deja los indicios necesarios para su supervivencia pero no termina de quedar claro  que los relaciona con el antagonista. Lo interesante de este, al igual que los asesinos que lo preceden, es u aleatoriedad: le puede tocar a cualquiera y sobrevivir es solo cuestión de suerte.




Algo parecido pasa con el personaje de Art, de quien ahora se explora más su naturaleza fantástica añadiéndole incluso una acompañante o deus ex machina que justifica su próxima aparición,  blindándolo de  forma excesiva: mata como le da la gana a quien le  da la gana, da igual lo que se le haga porque va a volver…porque es un demonio, y por el momento no podemos pedir más aclaración.


Ya no se si es una peli o el anuncio del regreso de Horrorland


El metraje, además de intentar dar más contenido que  la anterior, hay que rellenarla, y en este caso, justificando que esta secuela es mucho “peor”: salen tripas, bichos muertos, sangre, cabezas que explotan, vuelan, se disuelven pero todo de esa forma artificial de su predecesora, sin que en ningún momento pretendan que estos efectos parezcan realistas sino para emular las cintas de vhs que quedaron olvidadas con la serie Z. y que no dudan en explotar con esa campaña publicitaria  donde  reparten bolsas para el vómito, donde un grupo de madres ha sacado una petición en change.org pidiendo la retirada de la cinta y que recuerda mucho a lo que William Castle hacía en los cincuenta, pero que en realidad no es para tanto.  Después de Holocausto  caníbal, de los zombies italianos, y de la moda del torture porn en el 2000, el componente truculento se queda en algo anecdótico, y solo resulta realmente perturbador cuando la violencia de Art se vuelve más cercana_: el personaje cebándose con una victima caída en el suelo, a la que golpea con brutalidad, es mucho más aterrador que las tripas de goma.

Pese a haberse pasado de ambicioso, Leone sabe lo que hace: la película llega a cansar, pero cuenta con unos personajes bien manejado, donde abiertamente evitan que estos sean víctimas disfrutables y se nota que  le puso ganas a ese proyecto que había empezado con su idea de una chica con disfraz de guerrero combatiendo a un payaso demoniaco. Esta, y de nuevo, la presencia de David Howard Thornthon, como Art, a quien le toca llevar el peso de un personaje que solo cuenta con su expresión corporal y lo que transmite con esta,  dota de  carisma a un arquetipo bastante limitado. Ambos juega a favor en una película en la que se han  pasado en cuanto a lo que podía dar de sí, y en la que el desenlace   no es solo una puerta abierta a una tercera parte sino una muestra de que han decidido pasar de toda coherencia y filmar la primera burrada que  les pase por la cabeza. Al menos, lo han conseguido: la película es salvaje y sin complejos, algo que hubiera funcionado mejor con media hora menos. Y  que confirma que  Havelock Vetinari tenía razón al odiar a los mimos.

jueves, 7 de julio de 2022

La hora fría (2006). Fall Out Gran Canaria


Aunque ahora quede más lejos, finales de la década del 2000 fue el comienzo del boom de los  zombies. O los infectados, y todos aquellos que por cualquier virus o agente externo se convirtieran en una masa anónima capaz de acabar y asimilar a los seres vivos que encontraran. En 2006 la tendencia empezaba a asomarse, pero ya empezaban a aparecer en las pantallas de menos presupuesto grupos de supervivientes que caían uno tras otro tras ver como su refugio desaparecía. Elio Quiroga, con algunos cortometrajes dirigidos hasta la fecha,  decidía aportar su visión en una película donde se planteaba un escenario un poco peor si cabe: guerra, infectados y encima criaturas monstruosas.




En un momento indeterminado del futuro, o del presente, el pequeño Jesús graba durante la noche a sus compañeros de refugio: Pedro, Pablo, Lucas, María, Judas y Magdalena conviven y sobreviven en un complejo aislado del exterior gracias a los víveres y medicinas almacenados antes de que estallara una guerra que acabó con el mundo que conocían y de loa que solo parecen quedar ellos, y los Extraños: las víctimas de un arma bacteriológica cuyo contacto provoca el contagio inmediato y que también deambulan por los pasillos más alejados. Pero también deben preocuparse de lo que ellos llaman  “La hora fría”, un momento de la noche en la que las temperaturas disminuyen drásticamente y unas criaturas, apodadas los Invisibles, se desplazan entre el frío acabando con la vida de todo lo que s e encuentra a su paso. El transcurso del tiempo hace   que  el grupo, quizá el último vivo en el planeta, deba organizar una expedición a los lugares más alejados y hacerse con los suministros  que puedan encontrar, aunque esto suponga poner en peligro la seguridad de todos.


Filmada en las Canarias, poco se ve de las islas en una producción  que transcurre íntegramente in interiores, y sí mucho de un presupuesto muy  escaso. Los escenarios se componen exclusivamente de pasillos, celdas y sótanos que podrían ser cualquier parking o centro comercial en vía s de construcción, y donde los zombies (perdón, infectados), aparecen convenientemente ocultos en sombras, cuando no se ve que son señores embarrados, y donde los efectos digitales  se destinan a crear mucha niebla y unos monstruos fosforescentes cuya presencia está tan poco clara como la de los infectados y el trasfondo al que van haciendo  referencia a través de emisiones de televisión antiguas, donde hablan de una guerra atómica, química y un bando enemigo.



Aunque el presupuesto, y una fotografía que parece a veces de producción televisiva, podría haberse llevado con un poco de inventiva como en muchas series B, el mayor fallo de la película es su falta de originalidad y no arriesgarse a la hora de ofrecer una explicación viable en lugar de generalidades. Lo que esta cuenta, simplemente, se ha visto una y mil veces en el cine, en los videojuegos, en la ficción en general y no hay ni un solo elemento que  pueda considerar suyo o convertirse al menos, pese al guion poco original,  en algo que el público pudiera recordar con simpatía. La guerra contada  a retazos, los mutantes contagiosos, los monstruitos más difíciles de eliminar y el grupo familiar compuesto por supervivientes que va desmoronándose. Todos resultan familiares pero a la vez, poco destacables: la líder, su pareja, la madre adoptiva, el anciano, el traidor/secundario que enloquece son estereotipos conocidos y que no dicen mucho debido a una caracterización que no se ha esforzado a y a unos actores que se limitan a cumplir su trabajo con más desgana que interés, y de la que una de las caras más conocidas es Silke, la musa de finales de los noventa y de la que esta fue su última película antes de retirarse.


Estos se mueve entre tópicos, en una trama que prácticamente no existe: no sucede nada durante la primera mitad, salvo en el momento en el que dicen que hay que buscar suministros porque...bueno, han pasado cuarenta y cinco minutos y algo tendrán que hacer. A partir de ahí, empieza un desfile de mutantes a media luz, de monstruos sacados de la manga, y en un intento de sorprender al público, cierran una historia carente de interés con una revelación que ni va ni viene: y es que esa terrible guerra nuclear no había tenido lugar en la tierra. Una sorpresa que poco importa ante una desenlace previo que más que desesperanzador, solo demuestra que no sabían que hacer con el final del guion.

Aunque en su momento se anunciara como un estreno con distribución internacional, no hay nada en La hora fría que la distinga de cualquier generalidad ni haga que pudiera recordarse años después de su estreno (no sabía ni de su existencia hasta verla en una plataforma). Lo mejor que puede decirse de ella es que la corrección en su rodaje y el intentar ofrecer una historia coherente, o tomándose en serio lo que hacen, supone que esta sea mucho mejor que algunas de las entregas de la Fantastic Factory, con la que comparte fecha en algunos estrenos.

jueves, 23 de junio de 2022

Bajo aguas tranquilas (2006). Nacional pantanismo y satanismo subacuático



Entre 2001 y 2005, Fantastic Factory se lanzó a la producción de cine fantástico y de terror, muy pensado para su distribución internacional. Con una industria todavía lejos de la que se conseguiría más adelante, la idea prometía mucho, participando nombres como Stuart Gordon o Brian Yuzna, y anunciando, entre otros proyectos, nada menos que una adaptación  de La sombra sobre Innsmouth ambientada en Galicia. La idea quedó en algo cuando menos simpático, entre series B como la propia Dagon, alguna destacable como Darkness de Balagueró (si solo hubiera parado un poco con los meneos de cámara) y otros más flojos como Faust, la última entrega de Re-animator  y sobre todo, la película previa al cierre de la productora, que no fue precisamente una despedida memorable.
 


Las aguas tranquilas del título son  el pantano que hace décadas  cubrió Marinbad. Lo que parecía la maniobra habitual en una época en la que el desarrollo de esas infraestructuras iba de la mano de la corrupción y el soborno, esconde algo muy distinto: el pantano fue la única salida que el alcalde encontró con el mal que progresivamente se había adueñado del pueblo. Un grupo de satanistas habían traído la prosperidad, pero también la depravación. Ahora, a punto de celebrar el 40 aniversario de la construcción de la presa, y poco después de la muerte del antiguo alcalde, Clara, su nieta, se ve atormentada por pesadillas donde  este intenta prevenirla del mal que está a punto de desencadenarse, del que las muertes que han tenido lugar en las aguas del embalse, son solo el principio.


Basada en una novela de Matthew Castello 8que no he leído, por lo que no se como de fiel es la película, pero tiene bastante pinta de Paperback de los de Grady Hendrix), se ambienta en un lugar indeterminado del Norte donde los nombres son lo bastante ambiguos  para que no quede claro en qué lugar están, además de contar con un reparto internacional donde nombres como Michael McKall o Patricia Gordon comparten pantalla con Raquel Meroño o por un momento, con Manuel Manquiña, lo que sumado al material original, parece querer ser de las producciones más orientadas al exterior de la compañía. Una decisión  un poco arbitraria  al haber rodado en un país con un pasado bastante extenso en cuanto infraestructuras hidroeléctricas y pueblos sumergidos por estas. Pero n es este el mayor  problema de una cinta que fue de las más flojas de la Fanstastic Factory, y cas una sucesión de todos los defectos posibles en el bajo presupuestos de la época.


Los medios, en este caso, son muy limitados y esto se nota en muchas de las secuencias acuáticas que filman, con una animación infográfica muy pobre donde unos submarinistas superpuestos hacen que bucean. Unos efectos que chocan con las contadas ocasiones en los que recurren a los tradicionales, y muestran criaturas monstruosas hechas de latex que recuerdan , pero muy lejos por desgracia, al Brian Yuzna que no se cortan en Society o La novia de Reanimator. Estos se quedan en apariciones muy breves y hacen pensar en lo que podría haber sido la película de haberse filmado en el 89 y siendo conscientes de lo que tenían a mano.


Los actores están entre cumplir lo mínimo con el guion que se les ha dado, y lo que se podía esperar de caras de esos años como Raquel Meroño, a la que se le da muy bien taparse la mitad de la cara con el flequillo o poner la boca entreabierto, en lo que lo mismo es una expresión de sorpresa que de pena. La aparición de Manquiña es muy corta y enloquecida y el resto responde a lo que se podía esperar con un guion donde abundan las incoherencias: adolescentes (incluida una Pilar Soto puesta para enseñar cacha) que se ponen a hablar del más allá en el momento  más fuera de lugar, jóvenes atormentados por cosas que no parecen muy graves, satanistas de ultratumba que aparecen por ahí y una orgía de vecinos poseídos que oscila entre el vídeo amateur y la vergüenza ajena. Y un golpe de efecto final que salvo para poder cortar el metraje de forma abrupta, tiene tan poco sentido como gran parte de las situaciones de la trama.


Además de ser un cierre bastante olvidable para la productora, Bajo aguas tranquilas es un buen ejemplo de película amala con avaricia. Realización pobre, guion cogido con pinzas y actuaciones erráticas, se salvan por momentos alguna  de las apariciones de los monstruos y el tomársela  como una cinta de la de ver en el sofá mientras se suceden una tras otra situaciones tirando a desastrosas.  Aunque, teniendo en cuenta que el catálogo había incluido cosas como Faust  o La monja, tampoco es que esta despedida fuera una catástrofe insalvable.

jueves, 9 de junio de 2022

Terrifier (2016). El asesino cansino

 


De como la figura del payaso se ha convertido  de algo cómico y cercano a  os niños a uno de los monstruos recurrentes, hay tantas teorías como versiones de esta. Desde su reconocimiento como fobia, pasando a su aparición más conocida como Pennywise, otras aproximaciones más centradas en el humor, como Payasos asesinos del espacio, i incluso la figura real de John Wayne Gacy o la mutación memética cuando, en 2016, hubo una ola de avistamientos de payasos siniestros (podemos decir lo que queramos de 2020, pero la década anterior también fue muy loca). Su rostro pintado con una sonrisa, sus bromas simples, pueden darse la vuelta y convertirse en algo perturbador. Tanto, que lo más sencillo a la hora de empezar una historia de terror sería situar un payaso en un entorno que no le corresponde, y el resto, prácticamente se hace solo. Ocurrencia que tuvo Damien Leone cuando, a partir de un corto, decidió recurrir a  esta figura como eje central de dos largometrajes, y probablemente, de más de tres.


Terrifier comienza con una entrevista a una joven terriblemente desfigurada, superviviente de na serie de violentos asesinatos que tuvieron lugar el pasado Halloween. Su testimonio da paso  a lo sucedido hace meses, cuando dos chicas volviendo de una fiesta se encuentran con un hombre vestido de payaso que comienza a seguirlas hasta una pizzería, donde una de ellas no duda en encararlo, y al que pierden la pista cuando este es expulsado del local. Entre una considerable borrachera, y tras descubrir que las ruedas de su coche han sido pinchadas, no tienen más remedio que esperar a que la hermana de una de ellas acuda a recogerlas. Unas pocas horas que supondrán quedar atrapadas en un edificio ruinoso donde el payaso que habían encontrado previamente las ha elegido, a ellas y a todos los que se cruzan en su camino, como víctimas a las que no dudará en torturar antes de dar muerte.


Pese a tratarse de una secuela de All Hallow´s Eve, el film antológico donde el personaje, bautizado como Art el payaso, aparecía por primera vez,  la película es independiente de esta, sin que haya un hilo conductor sobre la presencia y motivos de este. Y que supone un paso más respecto de figuras clásicas como Michael Myers, Jason o incluso Jigsaw, ya que parece convertirse en la encarnación definitiva del monstruo, el asesino enmascarado que acecha a la víctima. Sin un atisbo de moral, pero tampoco sin n trasfondo más allá de ser el villano, y en este caso, de serlo de manera absoluta: capaz de recurrir a armas tan grotescas como un látigo hecho con escalpelos y jeringuillas, de mutilar a sus víctimas  de forma que roza el torture porn, pero también de sacar un arma de fuego y recurrir a un disparo cuando el juego está a punto de terminar en su contra. Un personaje que oscila entre lo grotesco, con números propios de un payaso, y lo sobrenatural, opción un tanto arbitraria por la que su creador decide optar  con tan pocas explicaciones como la aparición del monstruo.

Como decía Lars Von Trier: si todo se va a ir a la mierda, es mejor empezar las cosas bien

A este hay que reconocerle el convertirse en  el principal pilar de una película que no deja de ser un slasher, y que es lo que pretendía desde un principio. Los personajes están ahí  para ser masacrados uno tras otro, si bien niega el aspecto más lúdico de este género: tras los primeros minutos, el público sabe que estos están condenados a  una situación  de la que será imposible salir, y lo único que  se puede hacer es ver como, por un momento, creen que pueden escapar.


El tratamiento se vuelve de este modo muy oscuro y muy inspirado en el grindhouse de los setenta, al que no dudan en referenciar usando en muchas ocasiones una textura de grano en el metraje…que, aunque quieren emular a esas películas gastadas, el presupuesto juega en su contra y acaba pareciendo un filtro de Instagram puesto a posteriori. Con una estética, intenciones, y sobre todo, un personaje antagonista tan pensado para ser los principal, a la película le sucede lo que podría esperarse: este acaba cayendo en la segunda mitad en lo repetitivo, consistiendo  en un payaso siniestro desapareciendo, unos personajes que “parece” que van a escapar, con la aparición súbita de este (con el carácter sobrenatural sacado de la manga, justificamos hasta el teletransporte) y la posterior escabechina. Poco importa que  lo aturdan, lo pateen o le sacudan  con una bombona, como hace en un momento dado, uno de los secundarios (un exterminador de plagas, víctima involuntaria, del que no habría estado mal verlo ofreciendo más guerra), porque el monstruo va a volver, y de los muertos si hace falta…hasta el punto en que la hora y 26 minutos de metraje llega a convertirse en algo bastante largo.

Terrifier puede resumirse en la frase hecha de “es lo que hay”. Un slasher donde hay bastantes referencias al grindhouse, y donde deciden llevar al límite las convenciones del género, y del que, o te gusta, o no. Aunque parece que Leone ha triunfado con su personaje y se estrenará un Terrifier 2 donde Art, si sigue en su línea, no va a dejar a nadie vivo.

jueves, 7 de abril de 2022

The Child (1977). Tenebrismo low cost



De los setenta podrían sacarse una lista  muy amplia de películas de terror influyentes.  Si irse a El exorcista o La matanza de Texas, el final de esa década legó obras no tan conocidas, como Pesadilla diabólica o La centinela pero igual de fascinantes, el giallo, las producciones británicas y muchas otras que hacen sencillo lo de “quedarse con lo bueno” de la época. Hasta que aparece por ahí alguna donde lo difícil es  decidir qué hacer con ella. Lo bastante mediocre como para no poder ser recordada, pero lo bastante extraña como para no poder descartarla por  nefasta, , esta se queda perdida en la memoria entre algún fotograma visto en televisión o la carátula de un videoclub. En este caso, el de la silueta de una niña ante la verja de un cementerio.




 Esta niña, Rosalie, es una huérfana de la que una joven debe encargarse como parte del trabajo de niñera que ha aceptado. Aislada en una granja  maltrecha en algún lugar de California, la familia Norden y sus vecinos parecen sospechar  de esa chiquilla que vagabundea por el cementerio  durante la noche y acusa a su padre de haber causado el asesinato de su madre. Alicianne, huérfana también, solo puede compadecerse de ella, al encontrarse aislada de su entorno. Aunque como la pequeña Rosalie asegura, tiene amigos, a los que visita regularmente en el cementerio y no dudarán en hacer cualquier cosa por ella.

 

Única película de Robert Voskanian, a nivel de realización parece desastrosa:  el guion es muy básico, el vestuario no coincide con los años veinte en que pretenden ambientarlo, la banda sonora consiste en un cincuenta por ciento de aporrear la tecla de electrónica de un casiotone, y el otro cincuenta, de aporrear un piado. Los actores, más que interpretar, recitan diálogos de forma maquinal (con excepción de la protagonista, que en los últimos diez minutos demuestra una capacidad pulmonar envidiable). Los efectos especiales consisten en tirar de filtro azul, haciendo que no quede claro si son las dos de la mañana o de la tarde, y la sangre tiene ese color rojo vivo artificial con el que es imposible creérsela.


California 1920 o el interior de Galicia 1985


El guion sería un ejemplo de oportunidad perdida: aunque simple, es prometedor, y lo cierto es que esta historia de granjas aisladas, niñas siniestras y criaturas que rondan los cementerios no hubiera desentonado en las páginas de una revista pulp. Tanto, que  pese al intento de maquillaje utilizado, hoy es más fácil creer que esos monstruos no son otra cosa que ghouls, y que seguramente la niña debe tener a algún Pickman de familiar cercano. Las pocas pinceladas que se dan sobre ella, y sobre la madre de esta antes de morir, la convierten en un buen relato de terror. Lo bastante como para que este pueda ir funcionando y sus defectos de realización, sean una de esas escasas ocasiones en que se ponen a favor del resultado.




Porque esta se trata también de una de esas producciones, que, con muy poco, acaba funcionando, de la misma manera torpe que lo conseguiría Lucio Fulci. Aquí gran parte de sus defectos (salvo la banda sonora compuesta a teclazos) parecen estar en el lugar correcto:  esa mezcla entre vehículos de la Gran Depresión junto a los vestidos y patillas de los setenta hacen un escenario intemporal y difícil de ubicar, el cementerio se encuentra permanentemente envuelto en una niebla irreal y el que la película cuente con un total de ocho actores hace que una fiesta de Halloween  para los niños de los alrededores, algo en lo que la protagonista insiste varias veces…se convierte en dos personas hablando sobre ello, algo que el público tiene que creer, al igual que el que haya algo más ahí fuera que los escasos habitantes de la zona y unos escenarios vacíos. Una serie de factores a los que ayuda también los escasos 80 minutos del metraje, con los que acaba siendo posible llevar mucho mejor este ritmo, bastante extraño y principalmente torpe de la historia.




La niña, definitivamente, no es una de esas joyas ocultas de los setenta. Durante los primeros minutos, lo irritante de la banda sonora y esos actores inexpresivos parecen confirmarlo. Pero no del todo: esta está en el mismo lugar de El más allá o Aquella casa al lado del cementerio. En el momento y lugar adecuado para que todo funcione.

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