Si a Disney se le achaca entre otras cosas, la producción continuada de live actions con la excusa de no perder los derechos de sus obras, es curioso que en una de sus épocas más extrañas (pero de las mejores para los que nos gustaba ese tono oscuro), aprovechaba una obra ya libre de derechos para saltar por encima de una película tan conocida como El mago de Oz de 1939. Con la intención, en principio, de ser la continuación de las aventuras de Dorothy Gale una vez derrotada la malvada Bruja del Este, el resultado quedaba muy lejos de aquel musical que aparentemente continuaba y del favor del público, pero se convertiría en una de esas rarezas que la compañía estrenó durante una década que podría considerarse la menos "disney".
Han pasado meses desde que un tornado destruyera la granja en la que Dorothy y Totó vivía con sus tíos Em y Henry. La construcción de la nueva casa apenas avanza, Dorothy casi no duerme y tía Em, preocupada por la salud de una niña que continua hablando de un lugar imaginario llamado Oz, decide llevarla a un centro médico conocido por e uso de una moderna terapia basada en la electricidad. Una tormenta interrumpe el tratamiento y aprovechando el desconcierto de los empleados del hospital, es salvada por una niña que deambula por los pasillos del centro. Su fuga la llevará una vez más a acabar en medio de las fuerzas de la naturaleza: esta vez, arrastrada por una riada que la devuelve a Oz, donde apenas queda nada del país que recorrió junto a sus amigos. El camino de baldosas amarillas ha sido destruido, los habitantes del palacio esmeralda convertidos en piedra, el espantapájaros ha desaparecido y unos extraños seres montados en ruedas se mueven entre las ruinas cumpliendo las ordenes de la princesa Mombi, ahora al mando del palacio desde que el rey Nome atacara la ciudad, Sin sus amigos para ayudarla, Dorothy tampoco estará sola esta vez: Tik Tok, el guardia mecánico, Jack la calabaza parlante, un Gump, o al menos, la cabeza disecada de este, reanimada magicamente y Billina, una de las gallinas de la granja, dotada de la capacidad de hablar, la acompañarán en búsqueda del espantapájaros y de una forma de salvar Oz.
La película adapta libremente las siguientes libros de la serie de L. Frank Baum, de los que toma varios elementos (no se hasta que punto de literal, solo leí el primer libro íntegro, y las continuaciones en la versión adaptada de Cuenta Cuentos de Salvat), destaca especialmente por un tono bastante más siniestro que su predecesora o oficial y en el que el mundo real resulta desolador: en este, la actitud de Dorothy, ojerosa y recordando Oz, es más parecido a alguien con estrés post traumático tras perder su casa que el de la aventura que vivió la encarnación de Judy Garland. Sin recurrir al juego entre blanco y negro y color, los paisajes de Kansas resultan mucho más apagados, ayudados por las secuencias de páramos abiertos, de lo que serán los escenarios de Oz, aún que estos queden lejos de su brillo anterior. Y sobre todo, los pasillos de un hospital de principios de siglo, donde si bien la orientación para todos los públicos hace que Dorothy se salve por muy poco de una sesión de Electroshock, pero del que el público puede imaginarse la peor situación posible que una niña podría sufrir a manos de aquella medicina moderna. Esta primera parte, que muestra esa realidad tan poco acogedora de la que su protagonista desea escapar, utiliza como recurso la dualidad en el reparto: el doctor y la siniestra enfermera que aseguran poder curarla no son otros que los antagonista de Oz, una princesa con una colección de cabezas que intercambia a su antojo, y dispuesta a añadir la de la protagonista en el futuro, y un rey despiadado hecho de piedra que ansía convertirse en humano.
El regreso a Oz tampoco va a ser una visión más acogedora. Este está más cerca de los escenarios de Dentro del laberinto que de la película de 1939. Aún salvando las distancias con los decorados y marionetas de Henson, y que pese al presupuesto que contaba la película, esta última es superior, los personajes que acompañan a Dorothy oscilan entre lo entrañable y lo siniestro, y si bien un guardia de latón a cuerda, o un espantapájaros con una calabaza por cabeza resultan curiosos, lo es todavía más que uno de sus acompañantes sea la cabeza disecada de un animal al que han animado mediante una fórmula mágica. Unos personajes y decorados que se mueven en esa línea tan fina entre lo amable y lo siniestro, o que conducen directamente a secuencias que pondrían los pelos de punta a muchos niños, como una mujer sin cabeza eligiendo una de una vitrina, los rostros de los espías del rey Nome que se deslizan en las paredes de las montañas, o unas criatura cuyas extremidades son ruedas... y desde luego, han sido una adición mucho más inquietante que los monos alados.
Esta cinta fue una de los desastres de la compañía, y para Fairuza Balk, en su primer papel, sin duda una lacra al ser la protagonista de esa película que "no se parecía al Mago de Oz". Esta, a quien se recordaría durante mucho tiempo por su papel en Jóvenes y brujas, desempeña una labor adecuada junto al resto de un reparto en el que hay caras reconocibles como Piper Laurie, pero en el que la ambientación y las criaturas diseñadas para la historia acaban siendo más recordados que sus protagonistas.
Este regreso a Oz fue una de esas ocasiones en las que se cumple lo de que el tiempo pone a todos en su sitio. Considerada un fracaso, hoy se la recuerda con el mismo cariño que a Taran y el Caldero mágico o El dragón del lago de fuego. Y empiezo a pensar que la época oscura de Disney fue la de Hannah Montana y High School Musical, y no los ochenta.
Cuando en 2020 Disney lanzó su plataforma de streaming, tenía a su favor el contar con los derechos de dos de las licencias de entretenimiento más populares (bueno, y el que todos estuvieran metidos en casa sin más que hacer que hornear bizcochos y ver la tele). Tres años más tarde, mientras continúan sacando rentabilidad a Marvel y Star Wars, amplían la oferta, quizá tirando de la nostalgia, y estrenan una serie que continuaba lo narrado en una película de Ron Howard, no tan exitosa e en su momento pero que con el tiempo se convertiría en parte de la memoria colectiva de los niños de los ochenta. La historia de cómo Willow, el aprendiz de hechicero que, junto a un ladrón ambicioso, pero de buen corazón, conseguían salvar el reino y al bebé que, según la profecía, provocaría la caída de la reina bruja Bavmorda, volvía, treinta y cuatro años después, para contar qué había sido de Willow Ufgood, de Madmartigan y Sorsha, quienes habían asumido el papel de reyes de Tir Asleen y padres adoptivos de Elora Danan. Y, sobre todo, cuál sería el futuro de una niña cuyo destino estaba marcado por la magia.
Han pasado más de 15 años desde entonces. Tir Asleen vive en un periodo de paz, si bien aislado de otros reinos, pero el tiempo ha cambiado muchas cosas: Sorsha, la que fuera hija de la reina Bavmorda, gobierna sola en ausencia de su esposo, desaparecido hace años. Sus hijos, los mellizos Kit y Airk, son unos jóvenes cuyo comportamiento le provoca más de un quebradero de cabeza. Y Elora Danan, la niña de la profecía, ha desaparecido sin que nadie sepa nada más allá de su posible regreso. Pero la paz se ve alterado cuando, la noche en la que debe acordarse el matrimonio entre Kit y el príncipe Graydon, unas criaturas monstruosas irrumpen en el castillo secuestrando al príncipe Airk. Sorsha decide enviar en su búsqueda a un grupo formado por su hija, Jade, una joven espadachina, Graydon, el cazador de tesoros Boorman, que asegura haber conocido a Madmartigan y, sin que estos lo sepan al comienzo de su viaje, junto a Broomhilda, una moza de cocinas que se ha propuesto rescatar al príncipe. Aunque, como les descubre Willow, poco después de pedir su ayuda, esta joven puede no ser quien ellos creen.
Teniendo el soporte de una plataforma como Disney, no es ninguna sorpresa que el apartado técnico cumpla de sobra. Tampoco es difícil reproducir o superar los efectos que Willow, mezclando los tradicionales con los inicios de la infografía, había logrado en el ochenta y ocho. Además supone la vuelta de los protagonistas originales, por lo que el público se encontrará de nuevo con el personaje de Warwick Davis, ahora convertido en Hechicero, y Joanne Whelley, quien había interpretado a Sorsha, descubriendo qué ha sido de ellos tras su primera aventura…aunque por motivos obvios, no ha habido en esta temporada rastro de Madmartigan sino es como referencia a su desaparición hace años. El cambio de década que trae consigo la historia supone también la a parición de personajes nuevos que serán los protagonistas junto a un Elora Danan ya convertida en adolescente. Pero también su pone que la serie no haya resultado lo que se esperaba de ella.
En este caso, el mayor cambio, más que los personajes principales y el hacer pasar a Willow a un papel secundario, es el tono de la serie. Esta es un producto abiertamente juvenil, que incorpora una gran cantidad de clichés del género Young adult y que lo convierte en un producto muy de nicho, orientado en su totalidad a un público menor de veinticinco y apelando a este con un lenguaje audiovisual y recursos propios de su generación , pero que lo aísla de otros espectadores potenciales. Sobre todo, los que fueran su público en el momento del estreno. No se trata en este caso de haberles arrebatado su película sino que la serie parece excluirlos: el Willow original era una producción para todos los públicos, y como tal, su historia podía ser disfrutada tanto por niños como por jóvenes o adultos. La serie opta por utilizar un estilo tan específico que lo aleja de cualquier otro grupo, pero que poco o nada tiene que ver con el material que continúa.
Este ha sido quizá el principal error: Willow era una cinta de fantasía, que se valía de las convenciones de este género para funcionar. La serie del mismo nombre parece querer reírse de estas normas, ser más autoconsciente y moderna, haciendo que todo el rato, incluso en los momentos menos adecuados, los personajes se comporten como si se dieran cuenta de estar en un escenario fantástico que no se toman en serio. La aparición de cualquier monstruo se trata como broma, las batallas se vuelven situaciones secundarias durante las discusiones de unos personajes que en todo momento representan el cliché de adolescentes egocéntricos, e incluso la banda sonora convive con piezas de pop que, además de no tener nada que ver con el estilo del escenario, recuerdan más a una de esas listas de reproducción tituladas “canciones para sentirse como un villano poderoso” que a una melodía que reflejara el dramatismo o lo épico de una situación.
General Kael, baja y llévatelo
El tono juvenil, un tanto forzado, y esa tendencia a desdramatizar cualquier situación, viene acompañado por unos diálogos que, en la versión original, no desentonarían en una cafetería pero sí lo hacen en un reino imaginario: el abuso de las coletilla “like”, “guys”, “whatever” en cada conversación (si me hubiera tomado un chupito por cada vez que alguien dice “uhm..like..”, habría escrito esto con una resaca monumental) solo parecen adecuados para el tipo de protagonistas que han utilizado: adolescentes que se consideran incomprendidos, más listos que nadie, y que ven a los adultos como poco más que idiotas o vejestorios gruñones, como es el papel de los que secundarios que los acompañan. Boorman, el guerrero que por cuya caracterización parece ser el sustituto de Madmartigan, es poco más que un chiste con patas, una especie de alivio cómico llevado al extremo incapaz de transmitir algo más que vergüenza ajena por cada bravata que el actor que lo interpreta se ve obligado a declamar. Willow, lejos de ser el hechicero en que se había convertido hace años, se dedica a mangonear a una Elora Danan que poco tiene que ver con la heroína en que debería haberse convertido (y cuyo trasfondo, donde sus padres adoptivos la ocultan como cocinera del castillo para protegerla, resulta bastante incoherente respecto del desenlace de la película). Un supuesto viaje de la heroína que tiene tan poco desarrollo como sus acompañantes, que no hacen más que enfurruñarse y creerse más listos que el resto. Es una suerte que la trama opte por desarrollar una historia y un enemigo nuevo, porque si la reina Bavmorda viera a los nietos que le han salido, se estaría revolviendo en su tumba.
Aunque el episodio final se asegura una posible continuación, Willow ha resultado una serie decepcionante y confusa. La historia, una trama de fantasía que en el mejor de los casos podría considerarse correcta, no tiene nada que ver en cuanto atmósfera y diálogos con la original. La decisión de utilizar clichés actuales es cuando menos, extraña: a los que conocieron la película siendo niños, los confundirá y les producirá rechazo. Los jóvenes que se acerquen a la serie, de poco les sonarán esos personajes que usan tangencialmente. Lo que pretendían con estos ocho episodios queda tan poco claro como las leñadoras que, sin saber como, aparecen en el capítulo tres, o como esas referencias los Mitos de Cthulhu que de cuando en cuando, van remezclando la mitología que intentan desarrollar.
Es difícil de hablar de etapas bajas en una productora como Disney, que se han mantenido presente desde hace 100 años (y desde hace algún tiempo, es posible vivir dentro de la compañía), pero esta tuvo sus altos y bajos, cuando los estrenos de Aladdin y El rey León quedaban un poco lejos y Dreamworks despuntaba. Pero, igual que en los ochenta, cuando sus cintas menos conocidas resultaban las más rescatables, en verano del 2000 lanzaron una alocada producción cuyo estilo y animación se alejaba bastante del dramatismo, e incluso de la comicidad más blanca a la que el público se había acostumbrado.
Ese año, El emperador y sus locuras narraba la historia de Cuzco, el joven gobernante de un país dispuesto a cubrir todos sus caprichos. El ultimo supone destruir un pequeño pueblo de montaña donde instalaría su residencia de verano, sin importar lo que suceda con sus habitantes, pese a las quejas del representante de estos. Pero ubicar su palacio con piscina se convierte en la menor de sus preocupaciones cuando Yzma, su consejera, decide avanzar en la jerarquía deshaciéndose del emperador y ocupando su lugar. Aunque su plan para sacarlo de en medio sea objeto de un error y Cuzco sea eliminado no por un veneno, sino por una poción que lo convierte en llama. Perdió en la selva, y sin tener muy claro lo que ha sucedido, no tendrá más remedio que pedir ayuda a Pacha, a quien esa misma mañana no había dudado en echarlo de su hogar. Y con bastante esfuerzo, quizá consiga adquirir un poco de empatía por los demás.
Frente a otras producciones anteriores, la película opta por un enfoque cómico, y uno muy alocado. Su juego con los anacronismos y los diálogos rápidos. Recuerda mucho a las apariciones del genio en Aladdin, quien sigue siendo el más recordado de todos los personajes de la fábula, y que en este caso esta actitud se ve reflejada en todo el metraje. Los protagonistas, con su diseño y caracterización, son más cercanos a los secundarios cómicos previos que a los personajes principales que el público había conocido anteriormente. Y el tono de esta hace que el problema de su protagonista parezca algo muy poco grave, o más bien, una situación que él mismo ha provocado. Cuzco es un soberano egocéntrico, sin compasión y preocupado por si mismo, hasta el punto de no dudar en castigar a quien “le ha cortado el rollo” tropezándose con él o despachar sin miramientos a todas las candidatas a princesa. Si es traicionado por su consejera, se debe a que esta es despedida sin miramientos. Una actitud que aunque reprobable y pensada para sentar las bases de la fábula moral de la trama, se plantea de forma tan exagerada, y al ritmo de una canción de Ton Jones, que es imposible verlo como algo serio y no hacer otra cosa que disfrutar de cada situación. Incluso los antagonistas han sido caracterizados con una actitud más caricaturesca que amenazadora, donde los venenos se cambian por pociones para transformar en animales, y las trampas del castillo, en un viaje digno de un parque de atracciones donde no falta una iluminación que roza lo psicodélico.
El tono, pese a lo ligero y abiertamente cómico, también es muy distinto a lo que Disney había acostumbrado. El humor es muy alocado, y desde el estilo de Aladdin va acercándose más a los cortos de Tex Avery y la Warner: hay caídas kilométricas, transformaciones, disfraces y porrazos, pero también una gran cantidad de sketchs anacrónicos (del que el mejor, sin duda, sería el restaurante de carretera en el medio de la selva) y de rupturas de la cuarta pared, que el protagonista emplea insistentemente para recordar que esa es su historia, y no la del resto. .
A este humor más alocado y libre se le une también un rasgo de comicidad adulta que, sin ser demasiado evidente, sí sorprende por el enfoque: en la primera aparición de la protagonista se plantea, sin otra lectura posible, acerca de la preferencia por la edad de sus ayudantes, y en concreto de su nuevo asistente Kronk, junto al resto de gags que no dudan en explotar el aspecto huesudo de esta, su carrera laboral y su particular dinámica con su asistente. Que, pese a su papel como secundario del malvado, su desarrollo y momentos en la trama hacen que se haya convertido en uno de los más queridos de la película, incluso por encima del que sería la conciencia y amigo del protagonista.
El emperador y sus locuras es una de las comedias más centradas en su género y con más libertad que Disney había producido en los últimos años. Sin el bombo de los estrenos más conocidos, sin números musicales cantados por sus protagonista y con u aspecto más anárquico que otras cintas de animación, y aún teniendo el inevitable consejo moral sobre la amistad y mejorar como persona, es imposible no divertirse con ella.
De todas las películas que Disney estrenó durante los noventa, sin duda El rey León ha sido el éxito más recordado, hasta el punto de contar con algún reestreno en salas de la animación original y un musical que, además de un éxito, es una de las actividades principales para todos los que pasan un par de días en una ciudad grande. El paso más evidente es que esta también tuviera su versión en imagen real. Aunque esto último, al tratarse de animación por ordenador, no estaría muy claro.
Esta también sigue paso por paso el guión original: la historia de Simba, el león que huye siendo un cachorro tras la muerte de su padre y que debe enfrentarse a la responsabilidad de recuperar el trono de Scar, su tío, el responsable de la muerte de su hermano y de haber desterrado a su sobrino. Una historia que podría resumirse como Shakespeare en África protagonizados por leones, hienas…junto a un jabalí y un suricato que se toman la vida con mucha calma.
La mayoría de estas adaptaciones pasan por ciertos cambios, muchas derivadas del cambio de mentalidad y actitud como pudo ser el caso de Dumbo, y especialmente, de las variaciones en los personajes femeninos que tienen lugar en cualquier película que incluya “princesas Disney”. Este, quizá por no tratarse de un guión adaptado de un cuento clásico, o por la intemporalidad de sus temas, ha resultado el más parecido, por no decir igual, a la película original. La principal diferencia sería la media hora extra de metraje añadido, repartido entre secuencias de acción y de atmósfera, además de añadir algunos escenarios o dar una mayor profundidad a determinadas situaciones. La segunda, sería un tono mucho más adulto en comparación con los dibujos estrenados en 1.994 (y eso que, la muerte de Mufasa, junto a la madre de Bambi, es uno de los mayores logros de Disney en cuanto a acercar el concepto a los niños). Algo muy estudiado en relación a su público: los niños que fueron a ver los dibujos las navidades de ese año, son los adultos que este verano acuden al cine a encontrarse con la misma historia. Y a esta es a la que hay que agradecer el que pueda adaptarse con la misma facilidad a un musical para niños, que el completar el Hakuna Matata de Timon y Pumba con una particular filosofía nihilista. O, especialmente, el dotar a las hienas, antes poco menos que secundarios grotescos, de una jerarquía convirtiéndose en unos rivales a la altura y no en los secuaces del antagonista.
En este caso, esta versión no se trataría tanto de imagen real, imposible habiendo conservado a los protagonistas y el entorno, sino de una de las infografías más perfeccionadas que han podido verse. Tanto, que han sido capaces de recrear la selva, el desierto, los barrancos y el agua con un nivel de detalle que hace que ya no parezca un alarde de medios técnicos para asombrar al público, sino un reflejo de la realidad. Sin duda, el mayor logro han sido los personajes: lejos de conservar el diseño un tanto irreal de los dibujos animados, optan por seguir la idea de realidad y reproducir, punto por punto, un animal vivo, que se mueve como tal…pero que vocaliza para pronunciar sus frases. Y que, pese a recurrir a un estilo hiperrealista, han conseguido evitar el efecto “uncanny valley” que se da incluso en producciones grandes como pudo ser el caso de los personajes humanos de Shrek o incluso algunas secuencias de Will Smith caracterizado como Genio de la lámpara.
Pese a llevar los últimos años estrenando dos y hasta tres remakes, porque lo de live action no deja de ser una forma de llamarle a lo mismo, esta vez Disney lo ha conseguido: El rey León se ha vuelto a convertir en uno de los mayores éxitos de la productora. Sigue permaneciendo la misma sensación, propia de todas estas versiones realizadas en los últimos años, de si realmente era necesario, y más en este caso, cuando un guión tan redondo y unos números musicales hacen que los dibujos originales sigan siendo igual de válidos. Aunque esta vez, el resultado ha sido suficiente como para, durante dos horas, olvidar esa parte del sentido común y disfrutar de la película.
Hace más de veinte años, los niños hacían cola cada Navidad para ver la última película de dibujos de Disney. Dos décadas después, los mismos niños, ya crecidos, hacen lo mismo. Para ver las mismas películas, en imagen real y sin tener que esperar a las vacaciones. Porque este año se han estrenado nada menos que tres remakes de algunos de los clásicos animados de la productora.
Aladdin es el segundo de estos estrenos, del que no hace falta decir mucho porque es también uno de los cuentos más conocidos de las mil y una noches: en un reino imaginario del lejano oriente, existe un joven ladrón, enamorado de una princesa, que encuentra una vieja lámpara de aceite, y con ella, un genio que le concederá tres deseos. Hasta ahí, todo es bastante parecido al cuento que hemos leído mil y una veces. Disney aportaría después a un genio más moderno y divertido del que podría esperarse encontrar en una lámpara, a Jafar, el malvado visir que quiere ser sultán en lugar del sultán, y, en esta nueva versión de imagen real, e infografía, unas cuantas novedades respecto de la animación de los noventa.
Todos los remakes de Disney cuentan con los mismos problemas: el trasladar unos guiones claramente destinados al público infantil, y sobre todo, el intentar que los personajes creados con infografía resulten igual de expresivos que sus contrapartidas animadas. Pasó en La bella y la bestia con los objetos del castillo, demasiado extraños frente a sus contrapartidas anteriores, y pasó cuando aparecieron las primeras imágenes de "ill Smith convertido en genio. El actor, renderizado e infográfico, seguía sin hacer justicia a lo que debería ser su personaje, salvo por la decisión tomada posteriormente: hacer que tome aspecto humano para moverse entre el resto de actores, evitando el exceso de efectos digitales que todavía quedan muy lejos de reflejar la textura y expresión real.
Al igual que en La bella y la bestia, la historia, más que un reboot es un remake de la original, o más bien, el mismo guión rodado de nuevo: la trama principal es la misma, del mismo modo que unas canciones que el público todavía recuerda y que suenan en los mismos momentos d ela historia. Hay algunas variaciones, algunas propias del cambio de década y mentalidad, como el de dar un papel más importante y mayor independencia a la princesa Yasmin, ahora con una función más amplia que la de casarse con un príncipe (aunque al final el fondo sea el mismo), o el tener un sultán de mayor peso que un vejete un tanto bufón. Otra, propia del cambio de formato y registro, como el reducir el papel de los animales inteligentes. Entre otras cosas, porque el Abú digital todavía chirría un poco, y porque el villano Jafar es adecuado en su papel amenazador sin la necesidad de un loro parlanchín como alivio cómico.
El Aladdin original también está muy presente en cuanto a comparaciones. Especialmente con el genio, doblado entonces por Robin Williams a quien parecía difícil de superar. Y, en este caso, por Will Smith, que consigue estar a la altura con su propio estilo, sin tener que imitar otros registros. No importan mucho los papeles de Aladdin y Yasmin, que acaban siendo casi secundarios frente a los números del genio y la presencia del antagonista.
Pese a que es una producción de alto presupuesto, los escenarios interiores producen una impresión muy curiosa: las calles y los colores abigarrados de los figurantes parecen decorados y atrezzo, muy poco reales y menos grandiosos frente a los efectos digitales, y en lugar de resultar llamativos, dan más la sensación de ser un espectáculo de Disneylandia. Uno bueno y cuidado, pero poco integrado en el resto de escenarios y demasiado chillón en comparación con la versión animada, que aportó secuencias realmente bonitas jugando únicamente con tonos dorados y azul marino.
Aladdin, al igual que el resto, se queda en un remake más de los clásicos Disney: no es otra cosa que la misma historia con otro formato. En este caso, con algunos aciertos nuevos, como el interés romántico del genio que, sorprendentemente, no molesta. Otros, algo más chocantes, como el seguir manteniendo aspectos de cuento en una historia que han modernizado (¿a estas alturas aún se sigue usando el matrimonio obligado del malo como giro argumental?). Tenemos también los originales muy cerca en el tiempo, estos son lo bastante memorables como para recordarlas todavía…aunque resulta un poco inevitable que nos acerquemos a ver, una vez más, el mismo cuento con distinto entorno.
A principios de los noventa, Disney
tuvo algo parecido a una segunda edad de oro: en realidad muchas
productoras querrían estar en sus mejores tiempos como lo estaba
esta en los peores, pero durante varias Navidades el estreno de La
Sirenita, Aladdin o El rey león eran todo un evento para los más
pequeños. Las producciones de esa década son sin duda las más
recordadas, y también las más rentables, recurriendo a reestrenos
conmemorativos o incluso versiones musicales. Y, con unos medios que
hoy consiguen lo que antes era impensable (y para qué negarlo, los
que ayer fuimos al estreno andamos hoy con la morriña subida. Cosas
de vivir en la Gran Depresión), las versiones en imagen real de los
guiones animados también es una fuente de ingresos.
La Bella y la Bestia ha sido una
apuesta segura en este caso: se trata de una traslación punto por
punto del original en dibujos, al que además de alguna canción a
mayores, se le añaden un par de tramas extra que en principio,
darían algo más de trasfondo al cuento en que se basó. Bella sigue
siendo una joven aldeada amante de los libros, algo muy raro en un
pueblo donde toda chica aspira a casarse y donde alguien como Gastón,
el cazador más fanfarrón y descerebrado, les parece el mejor
partido. Salvo a Bella, que para disgusto de este último, ni el
matrimonio ni sus fanfarronadas le atraen lo más mínimo. Su vida
cambia cuando, para salvar a su padre, se ofrece como prisionera en
el castillo habitado por una horrenda bestia que...y ahora es cuando
me pregunto por qué estoy malgastando un párrafo en resumir una
historia, que, bien por la propia Disney, bien por el propio cuento,
todos conocemos. Y si no, la versión de Cocteau (que también sirvió
de inspiración para los dibujos) es una buena forma de descubrirla.
Nunca terminaron de convencerme estos
intentos de convertir clásicos de animación en imagen real,
principalmente, porque el original funcionaba, lo conocía de sobra,
y estas no aportaban más que contar lo mismo en otro formato. Pero
al menos para la productora es una apuesta más segura que la de
contar la historia desde otra perspectiva, como hacían con
Maleficent. Y, si el 101 dálmatas de los noventa acabé viéndolo en
casa, lo mismo ha pasado con La Bella y la Bestia. Es un trasvase
punto por punto de lo que vimos en los cines en el 91. Uno muy
correcto, bien ejecutado y que entretiene tanto como lo hizo la
anterior. Pero que no tiene más novedad, salvo el contar con
personajes que antes solo habrían sido posibles mediante la
animación, como Lumière, Dindon, Chip, que hoy aparecen como un
candelabro, un reloj y una taza digitales, entre otros, que conviven
con los actores reales en el mismo escenario. Cosa que pueden llevar
a cabo sin problemas a nivel infográfico, pero en los que parece que
se ha perdido algo: la expresividad de algunos de estos objetos queda
muy lejos de la que podía dar, por ejemplo, la animación
tradicional a una familia formada por una tetera y una tacita, que
aquí resultan algo más planos.
El cambio de formato, y también de la
forma de producir blockbusters, se nota aquí en un aumento en el
metraje: los noventa minutos que entonces eran habituales se estiran
ahora a una media hora más, que se cubre con algunos números
musicales nuevos (de los que no hay queja, porque actores como Ewan
McGregor han demostrado ya defenderse muy bien en este género) o
algunas tramas que se incluyen para darle un toque más oscuro en
algunos casos, o más cercano a un público adulto que conoce la
historia, en algunos momentos. El primer caso no funciona demasiado
bien: el trasfondo sobre la infancia de la protagonista no aporta
nada novedoso al guión, salvo alargarlo un poco y añadir efectos
especiales. El segundo, en cambio, aporta un poco de chispa
ofreciendo unos diálogos entre una Bella y Bestia menos ñoños, con
más puntos en común con el desarrollo de una pareja en una comedia
romántica que la que sería en un cuento de hadas.
Aunque la estética ofrece todo lo que
se esperaba, y la mezcla entre los colores más luminososo propios de
la animación, y las secuencias más oscuras es efectiva, el reparto
se queda como mucho, en cumplidor: aquellos que interpretan a los
sirvientes del castillo se limitan a poner su voz como podrían
haberlo hecho en la versión de dibujos, y la pareja principal acaba
resultando un tanto sosa: es un poco difícil transmitir algo cuando
la bestia se pasa toda la película bajo una capa de infografía, y
hace añorar aquella peculiar versión en la que Ron Perlman se las
apañaba más que bien con un montón de prótesis y maquillaje
encima. A Emma Watson, como Bella, no consigo terminar de verla: sus
gestos, su actitud y la forma en que lleva al personaje parecen más
adecuados para una comedia romántica moderna que para una fábula de
fantasía. Sus levantamientos de ceja quedarían bien en la adapción
cinematográfica de una novela de Rainbow Rowell, pero el intento de
alejarse de la ñoñería de la Bella de los noventa no funciona
bien. Se salva en cambio Luke Evans como Gastón el cazador, que sin
sobreactuar ni aportar nada especial, sí que hace un personaje más
creibe y con más presencia física que el resto.
Para bien o para mal, La bella y la
bestia funciona. Algo que se esperaba cuando se cuenta con un guión
de eficacia probada, las adapciones necesarias para atraer al público
moderno y un reparto que va a gustarle. Se ve, entretiene, pero
permanece esa sensación de que esta versión no era necesaria.
Disney empieza a recordarme al chiste de “Google y Hacendado
dominarán el mundo”. Con los derechos de Marvel, de Star Wars, y tras el éxito
de Frozen, se han vuelto a poner a la cabeza en el ámbito del entretenimiento. Aunque
es curioso que en cuanto a estrenos en cine, acaben apostando más por la
animación digital que por los dibujos tradicionales a los que siempre
estuvieron asociados. Y, si hace dos años el estreno navideño fue una versión
libre de La reina de las nieves, ahora le toca el turno a una historia propia.
Big Hero 6 resulta en principio un título un poco ajeno al
punto de partida de la historia (al menos para mí, que apenas leí nada sobre la
película y la conocía por un par de trailers). Hiro es un chico huerfano que
vive con suhermano y tía en San
Fransokio, una ciudad donde conviven la estética oriental y la tecnología imposible.
Este prefiere dedicar su inteligencia y habilidad con la robótica a ganar
peleas callejeras de robots. Una visita a la facultad de su hermano, donde los
estudiantes son capaces de fabricar todo tipo de inventos, le hace cambiar de
opinión y a su vez le sirve para conocer la última creación de este: Baymax, un
asistente médico personalizado. Gracias a su diseño de unos microrrobots
guiados por ondas cerebrales, consigue entrar en la facultad. Pero ese mismo día,
esta se incendia y Hiro pierde a su hermano. Unos días después descubre que no
fue solo Baymax y uno de sus microrrobots los que se salvaron del incendio,
sino que todo su proyecto fue sacado de allí, y que un personaje oculto tras
una máscara los está utilizando en su propio beneficio.
Lo que más llama la atención en las primeras secuencias es
la estética de la película. Esta es deudora de la cultura japonesa, al menos de
la cultura popular: la ciudad del protagonista es un lugar imaginario, pero con
un nombre en el que se reconocen perfectamente los escenarios. Hay peleas
callejeras como podría haberlas en una “de chinos”, pero reconvertidas a algo
tan cómico como apuestas en peleas de robots. Pero el guiño más evidente es la
actitud de los personajes una vez se plantea la trama. Esta recuerda
directamente a las series “Sentai”. O lo que es lo mismo, a los grupos de héroes
uniformados y robots gigantes que conocimos gracias a la adapción que se hizo
con Power Rangers…o a Bioman, si se es un poco más mayor y más purista. No es
que aquí haya muchos robots gigantes, y el diseño de los personajes es más
variado y original que los uniformes de colorines que se veían en la tele. Pero
los otros elementos, como las armas específicas, y especialmente, algunos
detalles cómicos, como el ponerse a anunciar a gritos los ataques que lanza un
personaje, son tal cual. De hecho, es uno de ellos el que se encarga en todo
momento de incluir algún gag respecto a estos clichés, llegando a incluso a
contar con un disfraz muy similar a los monstruos de goma que aparecían en
estas series.
Junto a estos guiños a lo que muchos recordamos como “cosas
japonesas”, hay también otros dos muy presentes: la ciencia ficción, tomada de
una forma muy libre, e incluso los superhéroes. La primera se toma de una forma
también bastante ligera, al presentar una universidad de genios donde todos y
cada uno de los inventos están al servicio de lo que el guión necesita. Y donde
llega a aparecer también un aparato que es verlo y acordarse un montón de
Stargate. La referencia a los superhéroes va haciéndose más presente a medida
que avanza la trama: si lo del grupo formado por los protagonistas empezaba
como algo más cercano a la televisión, va haciéndose más cercana a otro tipo de
héroe, hasta el punto de que el propio guión llega a bromear con la posibilidad
de que esta se trate de una “historia sobre los orígenes de un superhéroe”. Lo cierto
es que esta última parte, aunque está bien integrada en el guión, y hace que
todo resulte una mezcla bastante divertida, es la que menos cómica me pareció. Parece
que están demasiado empeñados en exprimir el tema de los superhéroes, hasta el
punto de que aquí también acaba apareciendo un cameo de Stan Lee, un guiño a
los uniformes de Marvel y un personaje destinado unicamente a incluir todos los
chistes referenciales posibles y de paso, incidir algo más en estos últimos. No
es raro que una película de entretenimiento incluya a alguien que sirva de
alivio cómico, pero, ¿Realmente hace falta en una de animación que siempre va a
tener una mayor carga humorística?
Estoy a favor de toda película que incluya un gato tricolor (por cierto, se llama Mochi)
Aunque el comienzo me hacía pensar que me encontraba ante
una más de animación, el guión juega bastante bien con los giros (aunque se
ponga un poco pesado con los chistes referenciales), lo que pensaba que se
trataría de una historia sobre un chico, su robot abrazable y un malo que
estaba cantado desde el principio, toma un camino muy distinto. Parece que
desde Frozen o incluso Brave descubrieron que esto de jugar con el guión ofrece
más posibilidades, y esta no es una excepción. Hiro y Baymax son los
protagonista, y de hecho, la película destina mucho tiempo a caracterizarlos y
construir la relación entre ambos. También es el personaje de Baymax el más
llamativo desde un principio, y al que le han dedicado un mayor esfuerzo para
que fuera la cara visible de la promoción. Lo cierto es que ambas cosas
funcionan, consiguiendo que los momentos dramáticos sean bastante emotivos y
que el personaje de Baymax sea cómico y entrañable: entre su voz robótica, sus
pasitos un tanto torpes, y que incluso el que su inventor lo describa como “una
apariencia poco amenazadora y abrazable” hace que se convierta en uno de los
chistes más divertidos de la película.
Pero en realidad no es solo una película sobre un chico y su
robot, porque a medida que esta avanza, se hace más coral, incluyendo al resto
de personajes que, sin llegar a ser protagonistas, cuentan con la caracterización
y la utilidad suficiente como para que cada uno cuente con su parte en el guión.
Bueno, menos al que pusieron ahí para ser alivio cómico, que parece que solo
sirve para hacer chistes de Godzillas y supervillanos. Y es también gracias a
estos por los que el guión acaba contando con una sorpresa final bastante
curiosa, aunque también recuerda bastante a la división que ahora le está dando
a Disney más beneficios, y que acaba enlazando con la mención a las historias
de orígenes de superhéroes que hacían mención en un momento.
No sé si esto último les servirá para hacer secuela, algo
que a Disney, en cuanto a animación se refiere, no les suele salir nada bien. Pero
sí he comprobado que Big Hero 6 es una película muy distinta a lo que esperaba.
En algunos momentos esos giros me han gustado, en otros no..pero en tondo
momento me han pillado por sorpresa y me han mantenido pendiente de lo que
pasaba.