Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna
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jueves, 6 de marzo de 2025

Contra el imperio de la droga (1971). La policía no es tonta

 


Los setenta se consideran en l fin del sueño americano. La imagen  idílica  de abundancia y seguridad ficticia, daba paso a una realidad más sucia, donde los veteranos de Vietnam deambulaban abandonados por el estado, la droga era una realidad en unas calles  i llenas de inseguridad, reflejo de un sueño que nunca había existido, y  la supuesta bonanza económica seguía el mismo camino. El cine reflejaría esta situación así como el cambio de mentalidad que supuso. Pero  esto también vendría acompañado   por un lenguaje audiovisual nuevo,  con el uso de planos  más expresivos y a menudo tomando prestados tomas propias de la televisión. En este entorno, un director todavía no consagrado, cuyos primeros  trabajos venían precisamente de la pequeña pantalla, dirigía un thriller policiaco  donde la línea entre la ley y la delincuencia estaba  claramente  marcada pero no  lo métodos empleados por ambos.


En las calles de Nueva York, los detectives de la brigada de narcóticos  Jimmy Doyle y  Buddy Russo, Popeye y Cloudy para sus compañeros, descubren durante un trabajo rutinario  las pruebas de uan operación de tráfico de  heroína que  comienza a planearse entre la red de narcotraficantes de al ciudad y Alain Charnier,  quien dirige desde Marsella una de las mayores organizaciones de tráfico de drogas. Los informadores que  Popeye y Cloudy  mantienen en las calles confirman la realidad de  un plan que tendrá lugar en  unas pocas semanas, suficientes para organizar  los efectivos necesarios para detener el intercambio. Durante los siguientes días, ambos  mantendrán un esa estrecha vigilancia sobre  los sospechosos, aunque esta supondrá arriesgar sus vidas e incluso enfrentarse a con los miembros de su departamento,  a quienes los métodos del detective Doyle han supuesto la pérdida de varios compañeros.



Contra el imperio de la droga es el título en castellano de The French Connection, que adapta el texto de Robin Moore del mismo nombre. Siguiendo también la investigación real de dos agentes sobre una operación de tráfico de  heroína en Nueva York  (como  Fariña de Nacho Carretero. Pero sin Morris y sin ser denunciados por un narco de poca monta).  Una narración de no ficción dela que la película toma también una realización casi de documental, con secuencias rodadas cámara  en mano, siguiendo a sus protagonistas  como si esta fuera un personaje más y mostrando de forma muy realista los escenarios en los que se mueven. Sin exagerar el tono sucio, este muestra, con luz natural, a veces tan luminoso que  resalta  todavía más ese escenario, los edificios desvencijados y transportes públicos que funcionan por inercia, donde las zonas más lujosas quedan separados de ese entorno mísero  apenas por una pared o una ventana desde  la que la vista de un restaurante ostentoso  es la de un exterior de humo, frío y suciedad. Una técnica donde la realidad se refleja en todo momento, pese a los arreglos narrativos  que suponen una banda sonora o las secuencias de acción propias del cine policiaco.


Esta realidad es la que acompaña a los protagonistas, para los que la violencia es un recurso más en su trabajo diario: detener y patear a un traficante, hacer una redada con violencia en un bar donde se trafica…son simplemente cuestiones de su  oficio, mostradas también de una forma imparcial. La violencia en las calles solo se combate con violencia. Algo que sus protagonistas han asumido. Estos, caracterizados únicamente a través de su trabajo y su condición de detectives,  carecen en la historia de  ningún trasfondo personal. Su vida  se reduce a su trabajo, al que se entregan en todo momento, incluso durante el ocio. Pero que les da la personalidad necesaria para poder comprenderlo, incluso cierta profundidad (como el saber qué tipo de chicas le gustan a  Doyle o su tendencia a actuar por intuición). Un trabajo llevado a cabo por  Gene  Hackman en el papel principal, como ese policía encallecido, sin un atisbo de vida personal pero dotado de la astucia y recursos necesarios para llevar a cabo su trabajo, así como leal a sus compañero. El papel de Roy Scheider es mucho más discreto, su personaje parece más  sereno al lado de la expresividad y violencia del interpretado por Hackman, pero ambos se complementan como  esa pareja de policías en las que no hay ninguno bueno, sino como mucho, uno de los dos será el menos malo.


Al tratarse de una película donde la importancia recae sobre los hechos que narra y no tanto sobre los personajes, estos apenan comparten tiempo  en pantalla con sus antagonistas. El personaje de Alain Charnier, interpretado por Fernando rey,  aparece n escena tras uno primeros minutos de una secuencia en Marsella, propia de un polar francés, y cuyo entorno y modales supondrá  la otra cara de la moneda de un policía brusco en las calles de una ciudad al otro lado del Atlántico. Charnier es caracterizado como un personaje calmado, cómo en ese escenario mediterráneo lleno de luz y evocador de esa “vieja  Europa” tan distinta al lugar donde se desarrolla la trama. Este  responde más a la idea de caballero ladrón que a la de narcotraficante violento que sería habitual en los años posteriores. La secuencia de persecución en el metro, donde este da el esquinazo  tranquilamente  a su perseguidor para saludarlo   irónicamente antes de irse, su velada en un restaurante de lujo mientras Doyle se congela en el exterior  durante su turno de vigilancia, supone el retrato más profundo  de dos personajes opuestos, de los que el espectador no sabe nada más allá de su vida profesional. Pero cuyo entorno y gestos son suficientes  para comprender que ambos vienen de mundos muy distintos.


Ni la fuente realista ni su rodaje, directo y sin artificios, impiden que  la cinta cuente consecuencias de acción memorables. Esta se convertiría en una influencia para producciones posteriores, y se nota en la ejecución de estas: desde la sencillez de una persecución a la carrera de sus protagonistas, sin más añadido que lo que aguanten los  pulmones de estos, hasta  la  aparición de un francotirador, su huida a través de un tren elevado y la persecución por carretera en un vehículo donde vertiginoso de un trayecto en un coche cada vez más  destrozado por los choques se le suma el secuestro, e  inminente choque  de una línea de tren llena de pasajeros. Situaciones aparatosas, cargadas de tensión y violencia, pero sorprendentemente minimalistas en un medio donde las explosiones y las lluvias de tiros se convertirían en la norma. Una espectacularidad que aquí  es sustituida por la posible realidad de estas escenas donde no se esconden las consecuencias: la mujer asesinada por el francotirador que busca a Doyle, las víctimas de este en el vagón de tren, suponen  consecuencias tan poco espectaculares  como reales inquietantes por su posibilidad de ser una noticia más en la prensa.

El desenlace, donde de una forma brusca, se niega al espectador un cierre cinematográfico, sustituye  el final de al persecución que se ha ido desarrollando por uno casi documental, donde se limita a informar del paradero posterior de sus protagonistas, tan simple como una ficha policial y en el que con esa misma frialdad, se da cierre a esa conexión francesa reconociendo que en realidad, los malos no siempre pierden.

jueves, 23 de abril de 2020

Obituario: el biógrafo de Mastropiero


El miércoles por la tarde la noticia de un fallecimiento aparecía, oculta entre otras similares en unos días en los que estas se han convertido en algo similar y en un entorno en el que tomarse cualquier cosa con humor es cada vez un poco más difícil. Sentido del humor que ha sufrido una vez más un golpe con la partida de Marcos Mundstock. 



Mundstock era la cara más reconocible, o más bien, la voz cantante de Les Luthiers, un quinteto dedicado a la música humorística y hasta la fecha, únicos biógrafos y defensores de la obra de Johann Sebastian Mastropiero. Ese compositor nunca bien ponderado que desarrolló todas las corrientes musicales habidas en la historia (es probable que también haya vivido en todas ellas, su biografía no es clara al respecto), plagió descaradamente alguna de sus obras más famosas e incluso recicló la melodía de estas para distintas piezas. Fue gracias a grave voz de Mundstock, y su capacidad de presentar e interpretar varias de las piezas del compositor de referencia de Les Luthiers, la estrafalaria vida de un músico inventado por ellos y que no era si no una parodia de esa faceta más culta y estirada dentro del múndo de la música donde demostraron que era posible no solo inventar los instrumentos musicales más estrafalarios, sino que nada era intocable, que en un recital era posible pasar de la cantata al blues y que la epistemología no estaba reñida con la cumbia ¿No habíamos dicho que Mastropiero era un compositor (y plagiador) de múltiples talentos?



La pérdida de Daniel Rabinovich, en 2.015 supuso ya un golpe para la formación de músicos, del que todavía se repuso y fue capaz de continuar con su carrera y espectáculos. Pero, si Rabinovich era la parte más cómica, la pícara y a veces la más atontada, Mundstock era, además del presentador y actor principal en muchos casos, su contrapartida severa, formando en más de una ocasión una versión muy particular del dúo cómico de listo serio y tonto gracioso, aunque como podía verse, el primer adjetivo no era siempre cierto.

Con la partida de Marcos Mundstock puede darse por terminada ya la aportación de Les Luthiers tal y como se la conocía. Esta, durante su carrera, había sufrido alguna que otra variación, pero siempre había mantenido sus cinco caras y personajes principales que sus integrantes llevaron a cabo durante más de cuatro décadas. Ahora es al público, a los que pasamos horas con los recitales de Mastropiero, con las canciones traducidas de forma anárquica del inglés, del francés e incluso del alemán, y también con la crítica a los trucos políticos más populistas: muchas gracias de nada.



jueves, 1 de agosto de 2019

Obituario: Rutger Hauer

 
 
El 24 de julio de 2019 se retiró (al procedimiento nunca se le llamó ejecución) el último de los replicantes de la serie Nexus. Rutger Hauer tuvo una vida más longeva que la que les fue otorgada a los androides de la corporación Tyrell, y también una carrera más allá de su papel como replicante prófugo en unas calles de Los Ángeles distintas, pero por muy poco, al de nuestro 2019.
 
 
 
Hauer fue uno de esos actores todoterreno, como puede serlo Udo Kier y donde era capaz de alternar clásicos de las últimas décadas con producciones realmente atroces. Pero vamos a quedarnos con lo bueno, lo memorable, y hacer como que filmes como la versión de Drácula de Darío Argento (¡otro que se debió llevar un golpe en la cabeza!) no tuvieron lugar. Para muchos espectadores que descubrieron el cine fue Navarre, el héroe condenado a convertirse en lobo durante la noche mientras que su amada permanecía siendo Lady Halcón durante el día, el prófugo de Peligrosamente juntos, el veterano de Vietnam, en una época en la que era habitual encontrarlos en las estanterías de los videoclubs, de Furia ciega, e incluso, aunque llegáramos a apreciarlo a posteriori como un guiño a la serie que vendría, el vampiro de amenazaba a la cazavampiros más sosa de la historia en la primera versión cinematográfica de Buffy. Hasta su presencia, ya hace un par de años, como antagonista principal en una de las temporadas de Channel Zero. Un papel breve, pero digno y efectivo, y cuya interpretación, sumada a la edad del actor nos sorprendió a muchos, que a veces olvidamos que el tiempo pasa igual para los que están al otro lado de la pantalla, y nos hizo pensar “¿¡Como!? ¿¡Tan mayor está!?”.
 
 
Quedarían, para un público más adulto, su aparición en El autoestopista, el mercenario de Los señores del acero, donde su paisano Verhoeven no se cortaba un pelo a la hora de mostrar una edad media brutal y despiadada, más de la que esperábamos ver en las tiras de un vhs…y Roy Batty. Y es que el rostro de Hauer parecía marcado por una intemporalidad que le permitía moverse con la misma facilidad por un sangriento campo de batalla en la europa medieval que por un futuro que en 1982 todavía parecía muy lejano. Ni el test Voight Kampf llevado a cabo por Rick Deckard, ni la inexpresividad de Rachael ni el desconcertante traje de Pris en un 2019 donde convivían el noir y la moda de los ochenta, el Blade Runner que recordamos es la silueta del último replicante rememorando las puertas de Tanhäuser.
 


Dicen que el monólogo final tuvo una cierta reescritura propuesta por el propio Hauer, pero hoy no podemos decir que este haya sido perfecto: se equivocaba. Todo esto, en realidad, es muy diferente a las lágrimas bajo la lluvia de Roy Batty.

jueves, 13 de junio de 2019

Obituario: Chicho Ibáñez Serrador


El pasado viernes se anunciaba el fallecimiento de Narciso Ibañez Serrador. Aunque retirado desde hacía varios años del mundo de la televisión y de las apariciones públicas por motivos de salud, fue uno de los nombres más memorables dentro de la televisión en España. El interminable Un, dos, tres, las tardes con Waku Waku, la severidad de Hablemos de sexo y la más olvidada El semáforo, salvo por el descubrimiento de Cañíta Brava. Pero, sobre todo, y para los aficionados al fantástico, Historias para no dormir.






Para alguien posterior a los setenta, conocer a Chicho Ibañez era hacerlo a través de referencias. Es imposible no haber visto, en algún momento, una de las distintas temporadas de Un, dos, tres. Pero en alguna conversación, cuando todavía era imposible hablar de manera informal e incluso con pasión sobre series de televisión, era probable que alguien dijera "hace mucho había un programa de terror…se llamaba Historias para no dormir. Te hubiera gustado…"era probable que sí, en las escasas ocasiones en que esta, o Mis terrores favoritos tenían un segundo pase en la televisión o en algún canal secundario de TVE (todavía echo en falta el canal Nostalgia en su época de emisión por satélite). A menudo, más que las historias que se retransmitían en el programa, era más recordada la introducción de Chicho, dotada siempre con un gran sentido del humor negro. y de nuevo, gracias a los paseos por librerías de segunda mano, era posible encontrar la revista editada con la misma cabecera, y que contenía relatos cortos de terror, desde clásicos anglosajones hasta algún guión adaptado, y tiras cómicas protagonizadas por enterradores o vampiros. Junto a una curiosa decisión de incluir únicamente publicidad de medicamentos, por lo que entre relato de Clark Ashton Smith e ilustración, era posible encontrar anuncios de vasodilatadores, ansiolíticos y antieméticos.










Hablar de Narciso Ibañez es hablar de una parte de la televisión española, e incluso del cine fantástico nacional, habiendo dirigido La residencia o Quien puede matar a un niño. Pero sobre todo, por su afición al terror, al fantástico, su imaginación y esa capacidad de reírse un poco de lo que al principio nos asustaba.




jueves, 28 de diciembre de 2017

El día de los muertos (1985). El cierre de la trilogía…al menos, lo fue entonces


Vamos a terminar el año con zombies. Pero no con Walking Dead, ni con Z Nation, ni con esas cosas modernas, sino con los de toda la vida, los de Romero y su trilogía (o cuadrilogía, o variología de cuyas dos últimas no quiero acordarme) de los muertos vivientes, quien por desgracia le tocó ser uno de los obituarios de este año. Porque aunque hace años hubiera visto sus películas más veces de las que recuerdo, con el tiempo y la ficción que fue apareciendo posteriormente, fueron quedando en el olvido…Al menos, hasta que se anunció un remake de El día de los muertos con una pinta más que aceptable, y que seguramente acabaré viendo en cuanto esté disponible.


Pero El día de los muertos original, al menos en el 85, fue la última entrega, hasta casi dos décadas después, de los zombies concebidos por George Romero. Al igual que las dos anteriores, no había nexo de unión con la historia que se narraba, sino era por el escenario: los muertos han resucitado y un grupo de supervivientes, en este caso, militares, científicos y un escaso personal civil, intenta cumplir con su deber en lo que parecen ser varios meses después de lo sucedido en La noche de los muertos vivientes: las comunicaciones con los centros urbanos se han perdido, no parecen quedar supervivientes en el exterior y una cuadrilla de soldados bastante triste se desespera mientras los científicos, con unos métodos irrisorios, intentan conseguir algo. Que lo mismo es una cura para el virus, o lo que sea que anima a los zombies, o un sistema para domesticar a los cadáveres ambulantes. Medidas tan irrisorias que solo consiguen desesperar todavía más a los distintos grupos que conviven rodeados de muertos vivientes y por los que se teme desde el primer momento que no van a terminar bien.




En conjunto, la película parece tener todavía menos medios que las anteriores, o quizá, no saberlos explotar bien: si previamente se las arreglaban bastante bien con entornos cerrados como una casa, o un centro comercial, aquí la base militar (pese a usar localizaciones reales) tiene, al igual que los personajes que la habitan, un aire muy de atrezzo, donde entre los pasillos interminables, y las habitaciones llenas hasta arriba de cajas dan la impresión de haberse encerrado a rodar en unos almacenes. Los exteriores aparecen en muy contadas ocasiones, aunque al menos esto sirve para aprovechar el escenario cerrado a la hora de mostrar un número de zombies que para un público acostumbrado a Walking Dead resulte escaso e incluso un tanto cutre, pero detrás de los maquillajes se encuentra Tom Savini, todo un artesano en los efectos especiales y que, cuando salía su nombre en los créditos de una película fantástica, se sabía que estos iban a ser buenos. No de los más caros y vistosos, pero auténticos. Algo que también sucede aquí: los zombies que salen pueden resultar un tanto de serie B, limitándose en su mayoría a una buena capa de pintura azul, a que los extras trajeran lo que tenían por casa, y que echaran los brazos hacia delante haciendo un poco de ruido, pero no se corta ni un pelo a la hora de ofrecer tripas y casquería.

 
 
Pasen, vean y conozcan a Joe Pilato, el Bruce Campbell low cost


El término “Serie B”, también es adecuado para el reparto: ninguna cara conocida, en la mayor parte del metraje cumple, y en una parte importante, grita mucho. Salvo los principales, el resto se limita a cumplir unos estándares de malvado consistentes en frases ofensivas, amenazar a los civiles con las armas e irse poniendo en fila para ser aniquilados por los zombies. Algo similar con los científicos, que ni ellos mismos tienen muy claro que hacen ahí: no hay precisamente una trama sobre el origen de los muertos vivientes o una cura para la situación, más allá de una explicación muy similar, pero también inferior, a la que se da en Zombie. En cierto modo, la idea de poder mostrar un zombie con ciertas habilidades conscientes era algo que le hacía bastante gracia a Romero, que desarrolló lo que pudo en esta entrega y que expandió después en La tierra de los muertos.

 


Por comparación con las anteriores, y viéndola de forma estricta, El día de los muertos sería en cuanto a medios una entrega un tanto floja. No tanto, si se tiene en cuenta el estilo de toda la serie y tanto las limitaciones presupuestarias, resueltas con mucho ingenio, como las ideas sobre crítica social a las que Romero le fue dando más peso en cada secuela, pero que en ningún caso supusieron un lastre para una saga que ante todo, es un básico tanto en el género de terror como en el de los zombies.

 

 

lunes, 17 de julio de 2017

Obituario: George A. Romero


La misma tarde en la que nos estábamos reponiendo de la noticia sobre el próximo doctor Who (o no. Con tantas pistas sobre una Doctora tampoco era para sorprenderse), se anunciaba, en este caso, un fallecimiento. Que en realidad no tiene nada que ver con televisión, británica o no, sino con el mundo del cine, de la serie b y del terror gracias al cual muchos descubrimos a los zombies modernos.

George A. Romero, según las noticias, fallecía a los 77 años. Una edad no demasiado avanzada según qué estándares (idea que me vino a la cabeza al descubrir que tenía parientes gallegos), pero que a su público nos hace pensar cómo y a qué velocidad han volado los últimos treinta años.  Y que quizá explicara por qué su última película fechara ya de 2009, disfrutando de un merecido retiro.

Sería imposible pensar en el cine de los setenta y los ochenta sin George Romero, del mismo modo que también lo sería sin Wes Craven o John Carpenter. Y aunque su carrera contó con películas memorables, desde adaptar a King con La mitad oscura, adelantarse un poco al cine “de infectados” con The Crazies u homenajear a los comics de la EC con Creepshow, esta estará ligada a la figura del zombie. Fue a partir de La noche de los muertos vivientes cuando este término se separó de su origen mitológico y configuró al que después sería un habitual en el cine posterior, pero también en la cultura popular. Porque, aunque él echara pestes de Guerra Mundial Z y Walking Dead, él era un poco culpable de que hoy pudiéramos disfrutar con ellas. Como también lo era de haber desarrollado, a lo largo de cuatro películas (sé que son seis, pero las dos últimas son tan flojas que vamos a hacernos el avión a su favor), una saga donde se mezclaba esta figura con la de cierta crítica, muy de serie B, a la sociedad y al consumismo. Aunque esto comenzara de forma casi accidental: el protagonista de La noche de los muertos vivientes original, fue elegido simplemente por superar un cásting, sin pretender que hubiera segundas lecturas. Era, como serían después Rick Grimes y compañía, un superviviente. También fue el responsable de darle a sus zombies, porque en el fondo, no podemos pensar en ellos de otra forma, una característica que los definiría posteriormente: lo ambiguo de su origen. Si bien es en esa primera entrega donde jugaba un poco con una explicación de ciencia ficción, posteriormente la descartaría para hacer que estos fueran la amenaza en sí, sin que el motivo de su aparición importara. Algo que resumió perfectamente cuando, en El amanecer de los muertos, un personaje dice “Cuando no quede más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”.
 


Solo por eso, bueno, y por las noches de sus películas emitidas a horas intempestivas en la televisión todavía analógica, por la expectación de poder ver, veinte años después, el estreno en cine de La tierra de los muertos, porque me encantan los zombies, y por haber hecho feliz a sus espectadores, muchas gracias. A él y a Martin Landau, un actor bastante menor (y quizá para los que veíamos la tele en el 2000, conocido por sus doblajes en el Informal), de quien mientras escribía esto, me enteré también de su fallecimiento.

lunes, 9 de enero de 2017

Aniversarios, gaticos y cambios varios


Como cada 9 de enero, celebramos el aniversario del Barrilete. Con ocho años que, aparentemente, no sería un número muy allá: es largo, pero no tiene la gracia y la ilusión del primer aniversario, ni el cruzar la frontera ficticia del quinto, la consolidación de un séptimo o los dos dígitos y la definitiva constancia de un décimo. Pero estos ocho años también vienen con su truco.

Con el 2016 terminado, puede decirse con toda seguridad que la nostalgia ha tocado techo este año: Stranger Things condensó todos los ochenta en una sola serie, llegando a ser toda una bomba durante el verano. Las entregas periódicas de Star Wars se convirtieron en una realidad…tanto, que hasta los de South Park, que no se pierden una, le dedicaron versión bastante hiriente en su última temporada, con unas simpáticas uvas pasas que nos recordaban lo divertido y lo mejor que era todo antes. También fue el estreno de Westworld, con bastantes buenos resultados y una sorpresa viniendo de una película que muchos recordábamos por Yul Brynner haciendo de robot vaquero…y que por cuestiones de tiempo, acabé por perderme, al igual que el estreno de Star Wars o de Doctor Extraño.


También ha sido un año al que bien podía decírsele tanta paz lleves como gloria dejas. Pocas veces hemos visto tal cantidad de obituarios inesperados, hasta el punto de que muchos han empezado a plantearse si David Bowie ha decidido repoblar selectivamente el más allá. Nos quedamos sin él, sin Alan Rickman, sin Leonard Cohen y sin Gene Wilder. Pero también sin Angus Scrimm, el Hombre Alto de Phantasma, o sin Andrew Sachs, el entrañable Manuel de Falwty Towers. Espero que el año que viene la Parca diversifique un poco más. Nos queda una amplia selección de banqueros y políticos. 



Desde hace unos tres meses, el número de entradas se redujo. O bueno, no tanto: solo supuso pasar de dos entradas semanales a una. Nada que implique el haberse aburrido o el ir perdiendo las ganas de seguir escribiendo, sino por razones puramente prácticas. Un traslado derivado de haber entrado en la función pública, que, al margen de todas las frases motivadoras que se oyen a menudo y el manido "el que la sigue la consigue", era lo que me había propuesto. Sí, a pesar de tener que convivir con comentarios malintencionados sobre las dos horas de café o lo bien que se vive, es simplemente poder trabajar en lo que me gusta, servir a una comunidad y no al político de turno (aunque estos vean el sector público como su cajón de las calderillas particular), y sobre todo, vivir tranquila.

...¿Cuándo dices que te marchas de nuevo?

Esto también implicó muchos cambios: pasar de una ciudad donde si caminabas recto un poco de tiempo, llegabas a la carretera general, a una donde coger dos metros se considera un trayecto medio. Desconcertarme mucho, sorprenderme más y aprender el doble, y especialmente, de echar en falta día sí y día también a Sabela y Narnia, quienes temporalmente se quedaron con la familia  y que por lo que pude comprobar, mucho ronroneo y mucho frotarme la nariz con el hocico al verme, pero viven como rajás...como le corresponde a una felina, vaya. Y también a seguir leyendo, viendo cine, series, aprovechando los viajes en tren para terminar libros e incluso para ir pensando qué gatico le iría bien a su correspondiente entrada.


Casa nueva o casa vieja, sigue sin ser la más brillante.

Hoy cumplimos ocho años que con los cambios de los últimos meses, perfectamente podría ser el primero. Seguimos un año más y lo que nos quede..

lunes, 11 de enero de 2016

Obituario; Angus Scrimm


Angus Scrimm es otro de esos nombres que no suenan demasiado ante el público en general. Pero, que al igual que Wes Craven, cuenta un gran aprecio entre los aficionados al cine de terror. Y que, en este caso, interpretó a uno de los monstruos emblemáticos de la década de los ochenta.




Hablar de Scrimm hace pensar inmediatamente en El Hombre Alto, el misterioso guardián del cementerio que persiguió a Reggie Bannister durante las cuatro entregas de Phantasma. Un personaje que, comparado con el resto de la década, podía ser menos popular que Freddie Krueger, menos llamativo que los cenobitas de Hellraiser, pero que contaba con su propio carisma y estilo. Sus inexistentes líneas de diálogo, su ausencia de trasfondo y el aspecto amenazador que aportaban los 1.93 cm del actor, enfundado en un traje de director de funeraria, lo convertían en un hombre del saco moderno, pero muy deudor del pulp, de las imágenes de la cultura popular, y en cierto modo, una posible fuente de inspiración para el Slenderman que aparecería unos años después.




Al contar con un papel reconocible, su carrera como actor parece no contar con otros papeles igual de famosos. Lo cierto es que para su edad, sus apariciones en el cine son bastante tardías, a partir de los 70, y una parte de ellas, en producciones B y Z…aunque eso no implica que fueran películas horriblemente malas. Bueno, sí, lo eran, Pero dentro de la categoría de lo disfrutable y la comedia involuntaria. Algunas de estas podían resultar casi un cameo y ser de lo más variadas: desde una aparición muy breve como Rey de los vampiros en Subespecies, hasta una parodia de El hombre alto en Transylvania Twist, una comedia de terror llena de guiños a películas que, además de funcionar perfectamente como comedia, dentro de este estilo, los hermanos Wayans deberían verla varias veces, a ver si aprenden que entre “comedia terrorífica” y “Scary Movie”, hay una diferencia abismal.

 

 

El cambio de siglo aportó papeles con un carácter más regular, y quizá alejados de la serie B por la que lo conocimos entonces: un personaje recurrente en Alias, la serie de Abrahams y Jennifer Gardner. O, para los que seguíamos prefiriendo el terror, una actuación breve, pero memorable, como médico en I sell the Dead, una película sobre la época de los ladrones de tumbas, con mucho humor negro y que en algún momento debería ver de nuevo, porque se merece una entrada por sí sola.

 
 
Después de algo más de tres décadas siendo toda una cara recnocible, en múltiples películas, series y sobre todo, como personaje emblemático de una saga, Angus Scrimm fallece el pasado domingo a los 89 años. Y del que nos queda, al menos, una de sus pocas, pero memorables, frases como El hombre alto: “ Booooy…!”

Mientras terminaba de escribir, veía la noticia de David Bowie. No es habitual que le dedique a la entrada a los músicos, pero hoy es una excepción. Para mi Bowie fue desde siempre, el rey Jareth.

 

lunes, 31 de agosto de 2015

Obituario: Wes Craven


Si escribo Wes Craven, a muchos el nombre no les sonará de nada. Si escribo Pesadilla en Elm Street, o siendo más recientes, Scream, la cosa cambia. Lo que también cambia es que una de las primeras noticias de esta semana ha sido su fallecimiento hace unas horas.

 

Junto a John Carpenter y George A. Romero, fue uno de los directores que entre finales de los setenta y casi todos los ochenta, se encargó de diseñar gran parte del cine comercial de la década, para bien y para mal. Porque si bien es responsable de producciones tan duras como La última casa a la izquierda, o clásicos como La serpiente y el arcoiris, que hoy es un referente en cuanto al cine sobre los zombies haitianos, su personaje más emblemático Fred Krueger el asesino de los sueños, Freddy Krueger después, se convirtió a lo largo de los ochenta en casi una estrella de la comedia a ratos negra, a ratos absurda, que era en lo que con el tiempo, se convirtió su saga más famosa.


Por mucho que me cueste, también debería mencionar Scream. Y me cuesta porque el slasher o películas de asesinos es uno de los géneros que más aburrido me resulta. Pero esta, con sus cuatro entregas y una miniserie en camino, hizo que en los noventa se viviera un nuevo interés por el cine de terror dentro de esa vertiente. Una vertiente que aportaba un elemento nuevo: los guiños referenciales, la consciencia de los clichés del cine de terror y las secuelas y en cierto modo, el no tomarse aún menos en serio las películas de adolescentes asesinables. Unos años después este estilo se perfeccionaría mucho más de lo que él planteó, y películas como Cabin in The Woods le dan mil vueltas en ese tema, pero al menos hay que reconocerle el ser en cierto modo, el primero, y que consiguiera que durante un par de años, películas con premisas tan simples como el recuento de asesinatos volvieran a ser productos de interés para el público.

 
 


 
Eran otros tiempos, y perfectamente normal que los monstruos rapearan
 
Pero es imposible hablar de Craven sin dedicarle más tiempo a Pesadilla en Elm Street. Y más ahora que se habla, otra vez, de un nuevo remake, después del poco interés que despertó el del 2010. Él fue el creador de Freddy Krueger, primero un nuevo hombre del saco, y después, una especie de showman especializado en muertes todo lo creativas que le permitían los sueños, campo en el que este asesino de niños que buscaba venganza (al menos en la primera película. El resto debía ser ya por afición), asesinaba a los protagonistas, para los que la posibilidad de dormirse se convertía entonces en una muerte segura. Aunque hoy no me parezcan especialmente buenas sus secuelas, por ceder demasiado al humor un tanto payaso y precisamente, potenciar esta característica en su personaje principal, a su personaje sí le reconozco el haber sido todo un icono por meritos propios. Uno con mucha más astucia de la que podía tener, por ejemplo, el soso de Jason Vorhees, y más ingenio que El hombre alto de Phantasma (aunque este útlimo, por el contrario, tenga una naturaleza mucho más pesadillesca que este asesino de los sueños).

No fue una carrera redonda: tuvo películas buenas, algunas que se consideran clásicas, una temporada de menor actividad, otras producciones malas con avaricia, como La maldición, y otras en las que optaba por separarse del terror y acercarse al suspense, como en la curiosa Vuelo nocturno. Pero con todo ello, y aún siendo muy crítica con su carrera, solo puedo darle las gracias. Por el miedo, por el vudú, y sobre todo, por habernos tenido en vilo durante una década con las garras de cuchilla de Freddy Krueger.

 

lunes, 24 de agosto de 2015

Obituario: Daniel Rabinovich

 


La semana pasada el mundo del humor recibió malas noticias: un día después al fallecimiento de Lina Morgan en España, Les Luthiers perdían a uno de sus miembros: Daniel Rabinovich, quien formó parte desde su fundación hace más de cuarenta años.

 


El funcionamiento de sus números cómicos podría ser similar al de otras formaciones que cuentan con canciones humorísticas en su repertorio, había algo en Les Luthiers que los hacía únicos en cierto modo: su nombre se refiere a quienes fabrican instrumentos musicales, algo que ellos llevaban a cabo. En sus espectáculos podían verse aparatos hechos con tubos y piezas que tenían cualquier otro uso menos el artístico y que sin embargo, eran capaces de tocar melodías completas que no envidiarían a un concierto clásico.

 


Unido a la música también estaba una concepción del humor muy propia: recurriendo principalmente a los juegos de palabras, la fonética, y en alguna ocasión, pero muy poca, al absurdo, su principal fuente de inspiración era lo que hoy se considera la cultura clásica, especialmente la ópera. Ellos crearon a Johann Sebastian Mastropiero, compositor que, en realidad, nunca fue interpretado por ningún miembro del grupo, sino que se limitaban a narrar su vida e interpretar alguna de las piezas. Autor que, según explicaban ellos mismos, ha vivido en todas las épocas, cultivado todos los estilos, y del que contaban su biografía, llena de descalabros, desfalcos, infidelidades y todo tipo de plagios a cada cual más descacharrante. Todo ello con una gravedad que no desentonaría en cualquier emisión de Radio Nacional Clásica.

 

No puedo hablar de Les Luthiers sin añadir algo propio: ¡una de vampiros!

El mundo de la música no fue el único objeto de sus sketches. Desde la filosofía hasta el canto religioso, acabaron por hacer referencias a casi toda la cultura general. Incluso la menos estirada, por así decirlo, porque llegaron a atreverse, con éxito, a hacer toda una parodia de determinados formatos televisivos, de la música popular, e incluso en los últimos años, de la política, donde sin mencionar a nadie, reflejaban de una forma muy irónica todos y cada uno de los defectos y tópicos de los políticos populistas.

 


Aunque Mastropiero nunca apareciera como tal, ni tuvieran personajes fijos, cada integrante solía interpretar papeles con rasgos específicos. Si unos, como Marcos Mundstock era la voz y biógrafo del compositor imaginario, o Jorge Maronna, solía dar bien a la hora de papeles eclesiásticos, Daniel Rabinovich se encargaba, en general, de los momentos en los que un diálogo rompía la aparente seriedad del sketch. Era el personaje algo despistado, en alguna ocasión, el simple, y en más de una, el más pícaro. Características que era capaz de mantener magistralmente, para, en cualquier otro momento, saltar a un registro distinto e interpretar, dentro de su personaje, a otro nuevo: un tenor, otro músico, un profesor, o de nuevo, un miembro de Les Luthier.

 

Como a tantos otros, hoy quedan, por suerte, muchas de sus actuaciones grabadas y remasterizadas. De las cuales, la que mejor podría despedirlo, y resumir su vis cómica, sería papel como Daniel el Seductor en la ópera La hija de Escipión. De Johann Sebastian Mastropiero, claro ¿ha habido alguna vez algún otro compositor?
 

lunes, 29 de junio de 2015

Obituario: Patrick Macnee



Hoy el nombre de Los Vengadores hace pensar en Thor, Hawkeye Iron Man y en una de las películas más taquilleras de Disney y Marvel. Pero antes de que el grupo de superhéroes fuera conocido para el gran público, este título también hacía pensar, y a veces en primer lugar, en la serie protagonizada por un dúo de agentes británicos: John Steed y Emma Peel, y concretamente, en los actores Patrick Macnee y Diana Rigg.

 


Rigg continúa su carrera, siendo reconocible por el público más joven gracias a su papel como Olena Tyrell. Pero su contrapartida en Los vengadores, Patrick Macnee, falleció este pasado jueves. En ambos casos, fue en esta serie su papel más conocido. Aunque esta había empezado más de cinco años antes, con un carácter detectivesco, y varios cambios en los actores principales y en el estilo, fue la etapa comenzada con John Steed, el personaje de Macnee, y especialmente, la temporada junto a Emma Peel, la más popular.
 


Con ellos quedó perfilado el estilo de la serie y la época más recordada por todos. En la que una pareja de agentes secretos se enfrentaban a todo tipo de asesinos, delincuentes y espías de otros países con un estilo muy particular: durante esa etapa la serie estuvo dotada de un humor muy particular, un tanto marciano y muy imaginativo. Gran parte de sus argumentos, por lo extravagante del punto de partida me recordaba muchísimo a los relatos de Gilbert K. Chesterton: El señor Steed y la Señora Peel se enfrentaban a espías que nunca mencionaban su país de procedencia, bandas capaces de enviar a delincuentes al pasado e incluso científicos capaces de manipular a los gatos. Aunque siempre acababa existiendo una explicación lógica y realista, al igual que en los textos de Chesterton, lo fantástico, el absurdo y el humor siempre estuvieron muy presentes.

 


En realidad calificarla como realista es algo muy poco acertado: el propio estilo de Los vengadores se alejaba de cualquier estética que pudiera ser reconocible: en parte por presupuesto, en parte por las restricciones a lo que podría aparecer en tv, en sus escenarios casi nunca aparecían figurantes: esto hacía que los personajes se movieran en un mundo muy irreal, donde las calles estaban desiertas y a estas se le notaba su condición de decorado. Un decorado tan alejado del mundo real, con unas situaciones tan particulares y un par de protagonistas cuya actitud, caracterización y vestuario era también tan especial que la serie acabó desarrollando un mundo propio, con su sentido del humor y un tanto onírica, alejada de cualquier elemento que pudiera parecer realista.

 


¡Gaticos! ¡Un episodio sobre gaticos!

A finales de los noventa esta tuvo su versión cinematográfica, durante una época en la que, además de parecer de estar de moda los sesenta, muchos estudios se dedicaban a rehacer series de la década con estética de blockbuster…bueno, un poco como lo que pasa ahora con la nostalgia ochentera, pero durante esa temporada hubo versiones de Wild Wild West, El santo, y unos Vengadores, protagonizados por Ralph Fiennes y Uma Thurman, que al igual que las anteriores, apenas si alcanzaba el nivel del material en el que se basaban.

 


Este año la entrada de obituarios está creciendo más de lo que debería. Se han despedido actores y escritores que de un modo u otro, me han gustado, entretenido o emocionado. Y Patrick Macnee fue uno de esos casos: conocí su serie gracias a alguna reposición muy temprana en tv2, de forma casi anecdótica, y después, gracias a uno de esos canales, hoy transformados, renombrados y probablemente desaparecidos, de la televisión por satélite. Creo que había sido el Canal Palomitas, que solucionaba su programación de tarde gracias a la serie de Patrick Macnee, la primera temporada de Star Trek y La nueva generación, y que, al igual que hoy el canal Boing, solía tener de fondo cuando tenía la tv encendida. Y donde, además de descubrir con algunas de sus películas personajes tan específicos como Diabolik, el ladrón de guante blanco, pude descubrir una serie de la que solo llegué a ver una temporada, quizá la más emblemática, pero gracias a la cual hoy puedo reconocerle a su protagonista la diversión que me proporcionó durante esas tardes. Y donde, un tiempo después, pude reconocerlo en un cameo en Waxworks, una película de serie B que, exceptuando su aparición, no tiene nada en común con Los vengadores, pero que es igual de entrañable y entretenida.


lunes, 15 de junio de 2015

Obituario: Christopher Lee


El pasado jueves nos despedimos de una época. En concreto, de un actor que fue capaz de encarnar a todos los personajes de esas décadas.

 


A sus 93 años, Christopher Lee tiene el honor de haber sido el Conde Drácula durante una decena de veces. Pero también ha sido Frankenstein e incluso la Momia, gracias a su 1.96 m y a las producciones Hammer que recuperaron a los monstruos de la universal. Y que para muchos espectadores fueron un referente más cercano y creativo que las versiones más clásicas de Chaney o Lugosi. E incluso Fu Manchú, en las películas más recientes en las que, todo sea dicho, Karloff le ganaba por goleada.

 


Lee no se quedó solo como el mayor villano del cine. Fue un ocultista capaz de acabar con una secta en La novia del diablo, Sherlock en una de sus muchas encarnaciones, e incluso su hermano Mycroft. Y probablemente, las mayúsculas en las que habla la Personificación antropomórfica de la Muerte suenan con su voz, algo que los encargados de la adapción  de El color de la Magia también tuvieron muy en cuenta.

 


Si  estos personajes pueden parecer hoy muy lejanos, el siglo XXI fue para Lee el Saruman de El señor de los anillos, a quien, por suerte, pudimos ver en la trilogía, no todo lo que deberíamos. Regresó en El Hobbit, por suerte, aunque esta trilogía estará muy lejos de lo que se consiguió cuando por fin se pudo ver en el cine la obra de Tolkien. De su papel como Conde Dooku se habla menos, quizá por no ser tan notoria en comparación con las películas de Peter Jackson y..bueno, yo todavía prefiero imaginarme que Lucas solo hizo tres películas.

 


Este cambio no solo supuso que otras muchas de sus actuaciones menores, de esas que parecían un poco para pagarse las facturas, quedaran olvidadas a favor de las más memorables, y sobre todo, su pasado durante la Segunda Guerra Mundial. Lee entonces llegaba a convertirse casi en un personaje, alguien que no solo había encarnado a los elementos más conocidos de la cultura popular si no que él mismo podía haber sido uno de esos personajes imposibles.

 

Es un poco difícil elegir entre tantos un papel, entre muchos. Me quedo con uno muy menor: Lee encarnó a Flay en la miniserie que se rodó de Gormenghast. Por si su carrera en el cine fuera poco, además conoció a uno de mis autores favoritos.

 

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