Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las increibles aventuras de H. P. Lovecraft I. Richard A. Lupoff y El Libro de Lovecraft


 
Uno de sus ensayos fue un texto alabando la elegancia de los gatos.

Algo pasa con Howard Phillips Lovecraft. Un escritor de relatos y novelas cortas para revistas de a duro, en plenos años veinte, se convierte en un referente de la literatura de terror posterior. Sus criaturas, ciudades y libros de magia, en un universo propio a la altura de la propia Tierra Media de Tolkien o del Sherlock Holmes de Conan Doyle (además, en más de un pastiche a este también lo han mezclado con el mundo de Lovecraft). Es cierto que no fue solo obra suya, que sus colegas escritores aportaron nuevos elementos, y que fue August Derleth quien puso más empeño en sacar adelante su producción tras su muerte. Pero de poco valdría este esfuerzo si no fuera por el talento, o la fascinación que este acabaría despertando en sus lectores. Fascinación bastante contagiosa, porque no puedo evitar emocionarme cuando veo a algún chaval de 15 años interesándose por el autor o preguntándome por cual debería empezar. Sí, queda un poco rancio, pero si no me siguiera gustando, ni me habría leído toda su bibliografía, unos cuantos pastiches, ni estaría escribiendo esto.

 


Hoy, lo que más me sorprende, incluso más que los Mitos de Cthulhu o cómo el Necronomicon, ese libro de hechizos inventado, llegó a figurar como ficha en alguna biblioteca, es la figura del propio Lovecraft. Y cómo un tipo, al que describen como recluso, asocial, racista hasta el extremo, amante de los gatos (solo por eso me cae el doble de bien), pero también con un gran sentido del humor y buen amigo de escritores como Robert E. Howard llegó a convertirse en parte de los propios Mitos de Ctulhu. Muchos autores se animaron a incluir no solo a los monstruos creados por él, sino al propio escritor como parte de este universo. Esto es algo que se ha dado con otros escritores: Edgar Allan Poe resolvía crímenes en The Raven, del 2011 y Franz Kafka se enfrentaba a sus pesadillas burocráticas en La verdad oculta (película que recomiendo, y mucho). Pero estos son casos muy puntuales y no han llegado a tener el carácter tan habitual como el de H. P. Lovecraft, que ha debido aparecer como protagonista o personaje, en más de una docena de libros, comics y películas, que recuerde. Algunas, por desgracia, malas con avaricia, y eso que en Necronomicon, era Jeffrey Combs el que se encargaba de interpretarlo….disfrazado de Indiana Jones y leyendo historietas del propio libro de los muertos como si de un tebeo de Cuentos de la Cripta se tratase.

 


Al empezar a leer Los nombres muertos, de Jesús Cañadas, me acordé de todas estas apariciones anteriores del autor, y en concreto, de un libro en el que H. P. L. también aparecía como protagonista en una historia un tanto improbable.  El libro de Lovecraft, de Richard A. Lupoff, opta por un argumento realista, olvidándose de los Mitos y de cualquier elemento fantástico…aunque ahí se queda el realismo. En realidad se trata de una novela de aventuras y un poco de ciencia ficción. En ella, Lovecraft recibe la oferta de publicar sus cuentos en volúmenes, con el reconocimiento y los ingresos extra que esto implica. A cambio, tendría que escribir un manifiesto de carácter fascista que debería convertirse en el Mein Kampf estadounidense. Sabiendo las tendencias xenófobas del escritor, un poco idealizadas por él, no le parece una mala idea. Pero sus compañeros conocen un poco más estas corrientes que se desarrollan durante los años treinta, y no dudarán en advertirle contra su benefactor. El cambio de opinión a este último no va a sentarle muy bien.

 


Después de haber visto y leído bastante material de carácter fantástico, la novela de Lupoff resulta bastante más original: no recurre a mezclar realidad y ficción sino que crea una aventura protagonizada por un escritor de novelas pulp, que resulta ser el autor al que todos conocemos. Y, al menos hasta la parte final, esta resulta bastante adecuada a cómo podría comportarse un tipo normal (tirando a raro) ante una situación que pasa de convertirse en algo corriente, relacionado con temas políticas, a un escenario pulp con espías, persecuciones e incluso secuestros que, tomando como base la historia oficial, nadie acaba conociendo excepto los propios personajes. Pero estos tienen un defecto: la aparición excesiva de gentes  relacionadas con el protagonista: escritores pulp, su exmujer e incluso el propio Houdini (para quien H. P. L trabajó como negro y describe como un tipo insufrible). Era de esperar que en una historia ambientada en esta época concreta, aparecieran sus allegados, pero lo de recurrir también a famosos, u otros que poco tuvieron que ver, es un truco que no funciona muy bien. El propio Lovecraft, aunque tiene una caracterización bastante correcta, resulta bastante neutro a la hora de actuar y hablar, por lo que se hubiera agradecido algo más de esfuerzo a la hora de darle vida a su protagonista.

Aún con sus defectos, cuenta con detalles que me parecieron tremendamente divertidos, tiene muy buen ritmo y el hecho de que todavía la recuerde pese a haberla leído hace unos nueve años habla a favor de ella. Y si me he enrollado tanto hablando de Lovecraft, es porque en un principio pretendía hablar al menos de dos de los libros protagonizados por el escritor, pero con todo esto, la entrada se me ha alargado un poco.

 

 

 

 

lunes, 25 de noviembre de 2013

El día en que el Doctor cumplió 50 años. Cuidado que me enrollo.



Desde ayer por la tarde, el Doctor Who se ha convertido en una de las series más longevas de la televisión. También es una de las que más fandom ha ido moviendo, cuando términos como geek o friki no se habían generalizado o eran despectivos. Y también se trata de una de las producciones que mejor mezcla la ciencia ficción sin complejos con el género de aventuras, de fantasía, e incluso el terror para sus espectadores más pequeños. Pero si me pidieran una sola razón por la que me parece tan especial, es por tratarse de la primera serie de tv que recuerdo. Igual exagero y solo es una de las primeras, pero la imagen de un tipo de bufanda kilométrica entrando acelerado en una cabina de color azul fue suficiente : estuve pendiente todo lo que me fue posible de aquella serie desconocida que emitía una televisión autonómica. Entonces tenía todo lo necesario para que no perdiera detalle: cosas que aparecían, desaparecían, argumentos imposibles (y que entonces no entendía muy bien. Pero tenía monstruos a mogollón. Y a mí me gustaban los monstruos) y un montón de efectos que entonces me parecían el colmo del despliegue de medios.



Desde entonces, al Doctor Who le ha pasado de todo: unas cuantas regeneraciones más, una cancelación, su vuelta en 2005 gracias a Russell T. Davies y su siguiente etapa con Steve Moffat. Es a Moffat y a Matt Smith como Undécimo Doctor a los que les ha correspondido el especial del cincuenta aniversario. Un aniversario que se celebra por todo lo alto, con la serie de la BBC siendo más popular que nunca y con los fans esperando que este sea el mayor acontecimiento en la historia de la serie. A nivel técnico lo ha sido: no solo han recurrido a las 3D, sino que dispuso de un despliegue de medios que no habría podido imaginar con el doctor que conocí. Y lo mejor de todo es que a nivel argumental, también.

 


Es difícil contentar a los fans con un acontecimiento tan específico, y más tras poner los dientes largos todo lo posible con los webisodes y los trailers. Pero los episodios especiales anteriores habían sido bastante normales. Recurrían bastante al truco de juntar a un par de doctores en un guión que, a grandes rasgos (y por los que recuerdo de haber visto), no tenía nada en especial, siendo más un episodio alargado que otra cosa. Desde un principio prometieron que no sería el caso: el aniversario resolvería por fin la trama de las Guerras del Tiempo, y de cómo el Doctor llegó a eliminar su planeta. Aunque también prometían que contarían con Tennant, Smith y Billie Piper, la primera acompañante. Con Eccleston, por desgracia, no, porque a estas alturas ya sabemos como es este hombre.

 

En cambio, el especial mantuvo durante una buena parte esa sensación de ser episodio largo: el 11º Doctor es reclamado por UNIT, dando lugar a las dos tramas principales: el enfrentamiento con unos enemigos de toda la vida como son los Zygons, y su reunión con el 10º Doctor y aquel que participó en las Guerras del tiempo.  La primera resulta bastante chocante, después de esperar algo a la altura de los 50 años, y encontrarse con unos alienígenas a los que no se les había visto en tres décadas, que conservaban un aspecto plasticoso típico de la serie clásica. Esto se mezclaba con un exceso de chistes a costa de Isabel I bastante cansina, y que hace bajar la guardia hasta una segunda parte en la que sí cumplen con las expectativas. No sé si ha sido un fallo del guión o lo plantearon de esa forma, ha sido una decisión bastante astuta, aunque la estiraron demasiado.

 
Donde unos ven un alienígena con ventosas, otros lo ven en con aceite y pimentón rojo por encima

Esta segunda parte se centra exclusivamente en los conflictos de los tres Doctores y en el tema de los puntos fijos en el tiempo, planteados por la serie. Durante siete temporadas el Doctor estuvo marcado, en menor o menor medida, por los acontecimientos de la Guerra y la desaparición de su planeta. Cada uno de ellos lo afronta según su personalidad, dando lugar a ciertos conflictos entre estos y de bastante desesperación por parte del doctor encarnado por John Hurt: desconocido para los espectadores, tiene un carácter mucho más serio y adulto que sus regeneraciones posteriores, tema que tampoco dudan en explotar durante el especial. En muchos diálogos hay bastantes referencias sobre la madurez, crecer, y especialmente, a la actitud infantil de unos doctores que afrontan a su manera el haber eliminado a una especie.

 Aunque hace un par de temporadas se mencionaba la intención del Doctor de empezar desde cero, es en el especial cuando se lleva a cabo: si las guerras del tiempo aparecían como un hecho cerrado, aquí se demuestra que no tiene por qué ser de esa manera, dándole un nuevo giro y un final mucho más esperanzador. El nuevo Doctor, aunque no haya habido regeneración todavía, puede volver a su hogar, ahora que se le ha ofrecido la posibilidad de salvar a su planeta. No es un mal comienzo para despedir a Matt Smith, que ha cumplido muy bien su papel, y cederle el turno a Peter Capaldi.

 

En cuanto al tema de las apariciones y la forma de incluirlas, también ha sido de lo más acertado. Recuperan la cabecera del principio e incluso la primera secuencia de la serie, fusionándola con la aparición de Clara Oswald y su reunión con el Doctor. Además, consiguieron escapar de la trampa de juntar actores, que aquellos con los que contaron fueran necesarios e incluso con hacer aparecer también a todas las encarnaciones del Doctor. No se echa de menos a Eccleston, porque con la interpretación de John Hurt fue suficiente, y en cuanto a Rose, la aparición de Billie Piper es bastante breve. Probablemente esta es la que sale peor parada, casi como un cameo interpretando a la interfaz de un arma. Pero, teniendo en cuenta cómo resolvieron la historia de este personaje, tampoco podía exigírsele que volviera aparecer como tal, y la opción del cameo fue lo más acertado. Aunque para apariciones más breves, la de Tom Baker, tanto la del final como el guiño que hacen a su famosa bufanda. Un detalle bastante simpático, teniendo en cuenta que no había quedado en muy buenos términos con la serie.

 Con sus fallos del principio, no podría haber quedado más satisfecha con El día del Doctor. Esperaba un final deprimente, la despedida de Matt Smith quizá descubrir que la encarnación desconocida del Doctor era más desagradable que los anteriores. En cambio, cierran el ciclo que sirvió de comienzo a la nueva etapa de la serie y supone el mejor aniversario y despedida que podría haber tenido un Doctor.

 

jueves, 21 de noviembre de 2013

La morada del miedo (2005). Una casa embrujada muy tópica



Antes de que James Wan trajera de vuelta a los Warren, otro de sus casos había saltado al cine hace unos cuantos años. A ellos no se los menciona, por ciertas cuestiones entre estos y la familia Lutz, presuntas víctimas de los fenómenos paranormales. La casa embrujada de Amityville había dado a sus dueños bastante dinero con un caso plagado de demonios, apariciones, y hasta una tormenta, propia de cualquier cuento de terror y un sospechoso tufillo a invención, muy pensada para sacar dinero con un libro y los derechos derivados de estos. Aunque, solo con lo que había detrás de todo el fraude, hubiera dado para una novela policíaca bastante entretenida.

 


El negocio funcionó, y lo que empezó con un libro y unas cuantas apariciones en documentales sobre misterios sin resolver, continuó con una versión cinematográfica en 1979 más unas cuantas decenas de secuelas sobre la casa malvada y su mobiliario. Hasta que en 2005, y relativamente olvidado el tema, la casa de Amityville volvió al cine de terror en una época en la que en este género había tirado de remakes a más no poder. Esta versión retomaba el caso inicial: la familia Lutz se muda a una casa en Connecticut, cuyos anteriores dueños habían sido asesinados por el hijo mayor de este. Las esperanzas de la familia en el nuevo hogar no duran mucho, y la relación entre sus miembros empieza a empeorar a la vez que algunas presencias se manifiestan por la casa: la hija pequeña habla con una amiga imaginaria, quien la empuja a comportamientos tan peligrosos como subirse al tejado o pasearse por un embarcadero. Y el comportamiento del cabeza de familia es cada vez más parecido al del asesino que había vivido en la casa. Pero la historia de la casa parece remontarse siglos atrás, con su propietario original, y la tortura y asesinato de varios indios.

 

La única forma de ver esta película es tomándosela como un telefilme de los que ponen los domingos por la tarde: te sientas en el sofá, la ves, y pones el piloto automático hasta que salgan los títulos de crédito. El planteamiento es el típico en el género de casas encantadas, pero su desarrollo es predecible y poco original a más no poder: la presentación de la familia es bastante plana, los críos no despiertan mucha simpatía y Ryan Reynolds parece salir en el papel para cumplir con el público femenino como marido macizo. Practicamente no hay secundarios y la aparición de estos es bastante vergonzosa por lo tópico de sus situaciones. Especialmente en el caso de la canguro, un personaje bastante innecesario, que acumula casi todos los tópicos de la primera mitad de la película y parece salir unicamente para cumplir el papel de primera víctima de los fantasmas.

 
 


Como decían en Muchachada Nui: "¡Raaah! ¡Sustaco!
 
El desarrollo tampoco se salva: practicamente es una recopilación de secuencia vistas anteriormente y cuya estética parece saqueada de todo tipo de películas clásicas, desde El resplandor hasta Hellraiser, y esto último es bastante complicado. Tampoco hay mucho suspense, sino que las apariciones de los fantasmas parecen más un screamer que algo planeado: se sube el volumen y aparece una figura pálida que desconcierta bastante a los protagonistas, y solo un poco al público. A la tercera vez, la idea de tener que reformar y limpar semejante caserón me parecía mucho más inquietante que todo el asunto de los asesinatos, las almas en pena y el tremendo pasado que los guionistas se empeñaban en contar.  

 
 
Lo típico de cualquier mañana: ponerse a cortar leña en pijama enseñando abdominales
 
El tiempo no ha tratado bien a esta última versión de Amityville. Se han estrenado muchas otras películas, incluso de serie B, mucho más variadas e interesantes como para tener esta en cuenta. Claro que las hay peores, pero esta se queda en una bastante normalucha.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Lecturas de la semana. Por entregas (I)


 
Esta semana, cambiamos de género. Después de una media docena de libros de terror había que variar, y si hay otro género que me divierte, pero que hasta ahora no había podido acceder mucho a él por lo viejuno de las ediciones, es el folletín. Vamos, las novelas por entregas o los libros populares de finales del siglo XIX y un poco más adelante. Hoy las que más se recuerdan son las de personajes populares como Fantômas o Rocambole (este último, queda para la siguiente entrada), aunque tampoco faltaba el correspondiente sector de romances trágicos y secretos familiares. También es cierto que incluir estos dos libros en esta categoría no sería correcto, pero la temática es relativamente parecida, y por algo se empieza.

 


Emilio Carrere. La copa de Verlaine. Si La Torre de los Siete Jorobados sí se acercaba más al folletín, esta recopilación de textos es una visión de la escena bohemia que se paseaba por Madrid a principios de siglo. En realidad esta era de todo menos glamorosa y creativa, porque el retrato que hace, con humor y picaresca en unos casos, y con drama y tristeza en gran parte de ellos, refleja lo que podía verse en las zonas menos respetables de la ciudad: desde poetas principiantes, mendigos, y oficinistas sin recursos. Aún con ciertos homenajes, porque La Copa de Verlaine se abre con un texto dedicado al poeta, y un capítulo dedicado a Edgar Allan Poe, la mayor parte de este se lo dedica al mundo de las tertulias nocturnas que el escritor conoció en su momento.

Tampoco falta la crítica, especialmente al referirse a los grupos de malvividores que se mezclan entre los escritores, viviendo a base de préstamos y de bastante cara, y especialmente, de los libreros y los editores, e incluso de algunos traductores sin mucha idea.

El libro es disfrutable tanto por su escenario como por su estilo literario. Con el tiempo me acostumbré (y disfruté) a narrativas bastante directas, sin florituras y sin más interés que contar la historia, para bien o para mal. Carrere es el primer escritor modernista que he vuelto a leer sin la sombra de la profesora de literatura amenazándome tras un examen: no falta un lenguaje mucho más elevado que el habitual, unas cuantas palabras que hace mucho que no encuentro en el diccionario, y un lirismo que acompaña a todo el escrito, sin resultar recargado en ningún momento. Además, es divertido encontrar a personajes literariamente respetables como Valle Inclán o Antonio Machado entre las tertulias que describe..Especialmente cuando cuenta que este último vendía sus libros para pagarse los cafés. Esto en clase no me lo habían contado…

 

No encontré la portada del otro pero esta es bastante significativa
 
Eugene Joliclerc. Le Sang. Este debe ser el primer autor del que no he encontrado nada en Internet…al menos, que se refiera a su biografía, porque algunos de sus libros todavía pueden encontrarse en google books. Por eso no sabía muy bien qué iba a encontrarme cuando empecé a leerlo, y más teniendo en cuenta que el resto de sus novelas tenían nombres como “Fausse Volupté”, “Au Harem” o “Une Femme du Monde”. No tenía muy claro si había dado con los equivalentes de 1900 a 50 sombras de Grey, pero Le Sang es más bien un novelón trágico y romántico para las señoras de la época. Y eso implica que su argumento y muchas de sus situaciones y diálogos son cliché, en el mejor de los casos, y anacrónicas en el peor.

La historia empieza con la baronesa de Gainville, en Normandía, adoptando a una pequeña huérfana, e hija ilegítima, con la que colma su deseo de ser madre. Esta, al crecer, se promete con el sobrino español de su madre adoptiva, Gervasio de Cienfuentes (igual para los lectores francófonos el nombre es el colmo de lo exótico), pero esta se encuentra dividida por sus orígenes humildes, que la alta sociedad le recuerda continuamente, y la aparición de su amigo de la infancia, a quien todavía no ha olvidado.

 Para ser una de esas novelas que ocupan una década, es bastante breve. Debe ser porque el autor recurre al truco de matar personajes al final de cada capítulo y hacer que pasen veranos, o quinquenios, como le vaya mejor para poder terminar el argumento. De este, y las situaciones que desarrolla, son tópicos puros hasta el punto de ser pura comedia involuntaria: los nobles van por ahí adoptando alegremente, las mujeres estériles lloran y se emocionan mucho con cualquier cosilla. Y los médicos…esos son harina de otro costal. Porque en todo buen drama no puede faltar uno que suelte perlas como confundir una insolación con una angina de pecho, o diagnosticar las fiebres que sufre la protagonista como una depresión causada por el calor de Biarritz (como vecina habitual del Termómetro de los 50 Grados,  he encontrado esto particularmente cómico).

Desde luego, si me hubiera aburrido, no lo habría terminado, ni tan rápido. Pero el estilo estaba muy pensado para abarcar a un público muy amplio, y es asombrosamente simple, tanto en narración y gramática como en vocabulario, como para ser uno de los textos más sencillos que he leído en mucho tiempo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

GI Joe: La Venganza (2013). Cosas que explotan. Y poco más



A la hora de hacer caja en los cines, el factor nostalgia es uno de los sistemas más fáciles. Los ochenta van quedando lo suficientemente lejos como para que todo lo que ofreció esta década empiece a ser atractivo. Y como para que los miembros de esta generación puedan gastarse el dinero en lo que ofrezcan los estudios. Esto no se queda en remakes de series de tv o películas como fueron El equipo A o Karate Kid, sino a los juguetes y su merchandising. Y los GI Joe, junto con los Masters del Universo, debieron ser de los más populares entonces. Tanto, que los primeros tuvieron su película en el 2009, una historieta muy poco complicada, llena de vehículos imposibles, peleas, ninjas y un par de trasfondos actualizados para los personajes principales. El resultado fue un episodio de los dibujos, en imagen real, pero igual de entretenido y poco complicado que la serie que lo inspiraba. Vamos, que no era una película muy buena...no, era tirando a floja. Pero entretenida. Y desde luego a algo basado en unos muñecos no se le puede pedir que sea un clásico del cine.

 


Como en toda franquicia, si una idea funciona, toca explotarla. Y en GI Joe Retaliation los protagonistas continúan con sus misiones mientras los principales miembros de COBRA han sido encarcelados. Bueno, y mientras Snake Eyes, el ninja del equipo, anda por ahí supervisando las pruebas de acceso de su prima a los GI (tal cual. Pero ahí en vez de superar pruebas físicas tienes que enfrentarte en duelo con katanas). Pero hay algo que ellos no sospechan: el presidente ha sido suplantado por un integrante del grupo terrorista, experto en el disfraz, que pretende deshacerse de ellos para poder amenazar al mundo con una peligrosa arma.



Sin ser fan de los dibujos, sí vi unas cuantas repeticiones como para que me hiciera gracia la idea de una película sobre ellos, de ahí que la primera respondiera a las expectativas. Pero esta segunda parte, no han terminado de acertar. Por un lado, cuentan con un argumento más simple que el mecanismo de un chupete, del que cae simpático solo por recordar las películas de acción de entonces. Esta no tiene más que unos personajes bastante planos, una trama imposible, y unos cuantos cientos de explosiones entre naves y armamentos complicados. A ratos se hace excesiva, dependiendo de lo que guste la pirotecnia, y a ratos, se disfruta a base de tomársela a broma. Porque, ¿de qué  otra forma se pueden ver a un grupo de tíos con una caracterización digna de los carnavales, peleándose y soltando frases chorras? Secuencias como las del malvado comandante Cobra amenazando a los líderes mundiales con su Satélite de Destrucción Masiva hacen pensar que esto no se trata sino de otro episodio de la serie, alargado y agrandado de acuerdo a lo que se estila hoy. Por otro lado, la trama de los ninjas, que básicamente consiste en estos yendo de un lado a otro, peleándose y arreglando esos temas suyos de venganzas y maestros asesinados, hasta que parecen acordarse de encontrar al resto de personajes y terminar la película. con un guión tan pobre, este no fue el recurso más adecuado: no funciona, y más bien da la impresión de estar viendo dos películas en una.

 

 
A quien se le ocurre ir de blanco a la guerra, con lo manchadizo que es...

Aunque pueda funcionar por su falta de prejuicios y parecido con la serie original, le falta parte de la diversión de la primera. Tiene sus puntos buenos, precisamente en el parecido, pero la mala pata a la hora de juntar las dos tramas hace que resulte bastante desordenada, y la presencia de Don the Rock Johnson se hace excesiva, eclipsando bastante al resto de personajes (en concreto Duke y Lady Jaye). No es que resulte muy difícil, porque son bastante planos, pero parece que decidieron aumentar el numero de minutos en pantalla de The Rock para asegurarse más público. Y aunque no pudiera hacerse nada al respecto, falta la presencia de Christopher Eccleston, quien interpretó a Dextro en la primera parte y que, pese a ser uno de esos papeles que aceptó por el cheque, era uno de los mejores personajes. En esta segunda parte, no solo no se cuenta con el actor, sino que optan por despachar al personaje dejándolo colgado en la carcel sin motivo aparente. Una cosa es no exigirle mucho al argumento, y otra, no esforzarse lo más mínimo. Y esto es lo que hace que esta secuela se quede en una de esas películas que se ven por ser domingo, y no tener otra cosa más a mano.

 

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