Si no eres cuidadoso y te sales de la realidad en los lugares equivocados, acabarás en los Cuartos de Atrás, donde no hay nada más que el olor a moqueta húmeda, la locura de un mismo tono amarillo, el interminable ruido de fondo de las luces fluorescentes zumbando al máximo y a aproximadamente seiscientos millones de metros cuadrados de habitaciones tabicadas de forma aleatoria en las que quedar atrapado.
Que dios te ampare si oyes algo deambulando alrededor, porque seguramente, eso te haya escuchado a ti
Dos enigmáticos párrafos, acompañados de una foto de aspecto anodina, por no decir fea, pero que despertaba a una a familiaridad y una vaga sensación de desasosiego. Estos fueron los elementos necesarios para que naciera una de las narraciones de la cultura online, la más popular como ya lo había sido Slenderman hace algo más de una década. Ampliada, desarrollada, pero también hiperexplicada, gamificada y convertida en una sucesión de niveles, personajes e ítems similares a un videojuego que haría que las backrooms pasaran a ser obra de cada uno de sus participantes, pero a perder parte de su esencia inicial, ese microrrelato que aprovechaba de forma ingeniosa algo tan vulgar como la falto de referencia de una planta de oficinas antes de su remodelación. Fue uno de sus seguidores, un chaval de 16 años, quien expandiría el trasfondo a su manera a través de su canal de YouTube, quizá el más popular, y también el más coherente de todas las aportaciones que realizarían. Y con la edad en la que muchos estábamos sudando en frío esperando las notas de Selectividad, Kane Parsons recibía la oferta de A24 de llevar su idea a la pantalla grande. El proyecto supondría un éxito en un género a menudo marcado por lo repetitivo de los grandes estudios, y que estos se fijaran en las narraciones colectivas de internet como en una nueva fuente de ideas a la que dejar seca.
Esta adaptación de las Backrooms del entonces Kane Pixels muestra precisamente, lo que narraban esos dos párrafos que dieron origen al lugar: un hombre en la zona equivocada, se sale de la realidad acabando en un espacio interminable de pasillos de color ocre que dan a otros lugares, réplicas fragmentadas de sitios que conocía o pudo haber conocido. Un entorno vasto, casi imposible de calcular en su extensión, y carente de todo signo de vida salvo objetos fusionados con paredes y suelo, aparatos de medición de origen y fines desconocidos y unos series silenciosos, caricaturas vagamente humanas cuya existencia parece tan anómala y falida como el lugar en el que se encuentra. Este, el otro lado de la pared de una tienda de muebles en horas bajas, parece el lugar perfecto al que huir dejando todo a tras como ha hecho Clark, quien ha visto como en los últimos años su vida y su negocio se venían abajo. Renate, su terapeuta, descarta sus testimonio como una reacción al estrés y al alcohol, pero tras su desaparición, recuerda las palabras de su paciente como si estas le describieran un lugar que ella hubiera conocido también.
Además de un éxito de crítica y taquilla, la película de Parsons trajo controversia entre unos fans de las backroms como espacio liminal puro donde el terror venía provocado por un lugar físico y la imposibilidad de abarcarlo, y las backrooms gamificadas, quienes protestaban porque no aparecían las criaturas del nivel Fiesta, Piscina, Kitty ni muchos otros seres, la mar de desconcertantes, nacidos al amparo de esa foto amarilla. Lo cierto es que Parsons trabaja con su versión, entre el horror liminal y la ciencia ficción extraña (no diré cual por si alguien quiere brujulear el tema) donde este punto de partida aparece como trama secundaria a la de sus dos protagonistas. En este caso, el enfoque ha sido puramente psicológico, con ambos rotos de una u otra forma, buscando una solución, o más bien, una vía de escape, y con un lugar que es a la vez reflejo de este deseo pero también un posible resultado de la sobrecarga mental de quienes consiguen encontrarlo. Que la existencia y el estudio de este sea algo conocido por otros agentes es un elemento que se va poniendo de manifiesto, y seguramente, se desarrolle en alguna secuela (con lo bien que ha ido esta, como para no seguir comprando moqueta amarilla). Pero este ha servido para presentar la idea al público y adaptar de forma muy ingeniosa la premisa original.
Para entender el enfoque habría que tener en cuenta la situación de parálisis nostálgica que vivimos los últimos años: anhelamos ese pasado seguro al que no se puede volver y que probablemente no haya existido, pero que puede evocarse a través de fotografías, sonidos o determinadas estéticas. Una versión moderna y colectiva de la Magdalena de Proust que la película convierte en principios de los noventa, escenarios familiares como casas, decoración de la época y una estética muy de diario, muy neutra, que resulta que podemos, no más real que cualquier “estética de los noventa” que podemos, o nos hacen, recordar. El trabajo hecho a la hora de traer de vuelta mobiliarios con un diseño muy característico que resulta familiar y hacer pensar en lugares u objetos que tuvimos (como tengo que estar hasta los mismísimos del minimalismo Ikea y su papel prensado para acabar echando de menos esos muebles que parecían muebles), que se verá reflejado primero en el mundo real, y después en su versión distorsionada.
La realización resulta también muy familiar para los que conozcan Channel Zero: Parsons lleva al cine una película donde apenas hay gente. Los escenarios parecen, y lo son, del pasado, resultan estáticos, apenas hay figurantes y todo tiene una atmósfera vacía, como si faltara algo de realidad. Incluso el punto de partida de una ficción colectiva, los creepypasta en el caso de la serie de Nick Antosca, y la foto de 4chan en este caso, no son el elemento principal sino el trasfondo para contar una historia sobre unos personajes a quienes algo los ha dañado irreparablemente: el alcohol, el fracaso, la presencia de una enfermedad mental para la que el escenario actúa como un modo de enfrentar eses pasado. En ese sentido, la película de Parsons es novedosa para el cine de terror mayoritario, pero no llega a inventar nada nuevo. Aunque siga siendo una buena película de terror y espero que un inicio prometedor en su carrera, también un poco marcada por un enfoque psicológico y el debate entre el terror elevado, donde todo tiene que ser una metáfora de algo , y el de pasar el rato, o que simplemente lo que da miedo, es lo que es. Parsons, quizá por moverse en terrenos similares a Channel Zero, consigue mantener cierto equilibrio ente ambos. Aunque también podría haber algún personaje que no tuviera que ir hasta arriba de lexatin para variar..
Cuatro tabiques, un foco, una moqueta horrible y dos actores han servido para dar forma a una de las películas más interesantes y comentadas de este año. Con un poco de suerte, también servirá para el inicio de una franquicia que no acabe perdiéndose en un laberinto de pasillos y derivados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario