Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna
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jueves, 10 de noviembre de 2022

13 exorcismos (2022).. Simpatía por el diablo

 


El diablo, o más concretamente, la idea de una posesión, es uno de esos temas a los que no he puesto demasiada atención dentro del fantástico. El exorcista, por su condición de clásico, o alguna aproximación en formatos como el metraje encontrado en The taking of Deborah Logan, o por mencionar algo más reciente, la versión cinematográfica de la novela de Grady Hendrix El exorcismo de mi mejor amiga, , son algunas de las pocas que podría incluir en esta lista de un género donde es habitual desde hace tiempo plantearse cierta ambigüedad en cuanto a la idea de una entidad demoniaca controlando un cuerpo ajeno: después de todo, incluso la iglesia reconoce que gran parte de estos casos tienen un a explicación racional. Esta situación se plantea también en la cinta de Jacobo Martinez, donde partiendo de un caso donde lo religioso parecía superar a la lógica por un momento, realiza su aportación al tema.  



13 exorcismos es, según explicará más adelante el sacerdote responsable, el número máximo de rituales que puede soportar un cuerpo poseído por el demonio antes de desfallecer y perder su alma. También serán a los que se verá sometida Laura, una joven que tras celebrar con sus amigos un absurdo ritual espiritista en un caserón abandonado de la ciudad, comienza a sufrir visiones y ataques físicos. Una sombra parece perseguirla en todo momento acusándola de impura, agrediéndola hasta que acaba hospitalizada y ante lo que sus padres desesperados, acceden a que el sacerdote de la parroquia lleve a cabo el exorcismo que, según este, es lo único que puede salvar el alma de su hija. O al menos, esta es solo na de las versiones: la psicóloga del colegio de Laura conoce su historial psiquiátrico, así como el fanatismo religioso que impregna su entorno familiar y teme que si esa chica necesita ayuda, la que le proporcionará su familia solo servirá para dañarla.

  



Basada en el último exorcismo documentado en España, esta se inspira de forma muy libre en lo sucedido, de forma similar a a como el caso Vallecas sirvió de origen a Verónica. Hay varias similitudes con la película de Paco Plaza, algo inevitable teniendo en cuenta el estilo, muy marcado y también exitoso, de esta, y que también es el adecuado para el guión de 13 exorcismos: un entorno en el que la protagonista se encuentra aislada de la gente de su edad, un importante alejamiento de las figuras paternas, escenarios claustrofóbicos en los que la vivienda se convierte en un escenario de pasillos interminables, la aparición de lo sobrenatural irrumpiendo de forma inesperada ,pero por acción de su protagonista, y la tendencia a describir un entorno un tanto intemporal, casi buscando que ese 2014 donde transcurre la película parezca al menos de la década anterior, traicionado esto unicamente por la necesaria presencia de los smartphones.  







Con semejante familia y viviendo en Orense estar poseída por el demonio es la opción menos mala


El guion  cuenta con dos partes diferenciadas, donde la primera recuerda a ese estilo y va estableciendo la presencia de lo sobrenatural, y una segunda, que se inspira directamente en el cine de exorcismos más clásico  pero también quiere plantear la duda acerca del origen de lo que  se muestra. Es a partir de  entonces donde  se combinan situaciones muy reconocibles del género, como la lucha de voluntades entre el sacerdote interpretado por José Sacristán y la joven, a la que Maria Romanilos dota de una actitud entre perdida y aterrorizada muy acertada y también los lugares comunes más vistosos:  una vez  iniciado el ritual, la protagonista victima de la posesión descoyunta sus miembros, trepa por una pared,  pone voces y lleva a cabo situaciones que si bien podrían esperarse en una  película de esta temática, chocan con la trama  que  quieren desarrollar en esta:  jugar con la posibilidad que esto no sea un caso de posesión sino uno de histeria colectiva que la psicóloga del centro educativo intenta detener a toda cosa.  Esto, a raiz de lo excesivamente espectacular  que se vuelve el exorcismo, se descarta rapidamente. Pero también aporta  un matiz más interesante:  la ambigüedad moral  que supone que los personajes que están haciendo “lo correcto” sean los más negativos. Una madre  marcada por la religión y la muerte de uno de sus hijos, un padre superado por la situación que solo  puede dejarse llevar y la profesora interpretada por Cristina Castaño, que, aunque más conocida por sus papeles cómicos, la actitud de su personaje resulta bastante perturbador. 



Este planteamiento final es la mejor aportación de una película efectiva,  pero que se mueve mucho por lugares conocidos  del cine de terror español reciente, y  al que se le escapan ciertos detalles del guión (como la brutal agresión a un compañero que la protagonista, ya poseida, lleva a cabo sin que nadie  hable del tema posteriormente), dando la impresión de querer apresurarse  para  llegar cuanto antes al tema central. 

Una producción que no supone una novedad, pero sí una buena cinta de terror sin depender del factor susto, donde el suspense va ganando terreno al fantástico y juega   con la dicotomía entre los actos de sus personajes y su ética (ademas de tener su gracia el que la mitad de los exteriores se grabaran en el barrio donde crecí..aunque eso le quite factor siniestro). 

jueves, 28 de mayo de 2020

Mortal Engines (2.018). Las ciudades a medio gas




Durante varios años fue habitual tener algún estreno basada en una saga de literatura young adult (término que siempre me ha hecho mucha gracia para algo que no tenemos claro si es juvenil, post juvenil, o para los mayorcitos las tardes que nos aburrimos un poco). En concreto, en su vertiente de cienca ficción apocalíptica. A los juegos del hambre le siguió, con peor fortuna, la saga Divergente, El corredor del Laberinto y una entrega de El dador de recuerdos. Intentos que, con unos resultados más flojos de los esperado, demostraban que la fórmula de escenario distópico tirando a imposible, triángulos amorosos y un mínimo de tres entregas, se había agotado muy rápido. Sin embargo, hubo un último intento, aprovechando una serie poco conocida y de hacía casi veinte años, pero que reunía varias características para poder ser un posible éxito: una estética potencialmente vistosa, y una trama de ciencia ficción distópica que explotar en varias entregas. El resultado en realidad fue distinto al que esperaban...



Siglos después de un cataclismo de origen desconocido, la humanidad se ha adaptado a un entorno hostil mediante la construcción de gigantescas ciudades motorizadas que recorren los páramos, recogiendo y clasificando los restos de la civilización anterior y fagocitando a la población y materia prima de aquellas ciudades más pequeñas que encuentran a su paso. Londres, una de las urbes más potentes, declara la busca y captura de Hester Shaw, una peligrosa terrorista. En las fronteras de Asia, un grupo que se hace llamar la Liga Anti Tracción sobrevive, gracias a las murallas que protegen su emplazamiento, a una sociedad en constante movimiento. Y Tom, un joven historiador procedente de las clases populares de Londres, está a punto de descubrir que las noticias que circulan en la ciudad acerca de la naturaleza de la terrorista, y de las intenciones de Valentine, jefe del gremio de Historiadores y una de las personalidades más influyentes de Londres, no son del todo ciertas.



Con un nombre que resonaba tanto, aunque fuera productor, como Peter Jackson, y Hugo Weaving como uno de los personajes principales, este parecía el estreno de una franquicia prometedora, con un gran potencial estético muy deudor del steampunk y mezclado con varios lugares comunes de las distopías apocalípticas. En su premisa había distintas facciones, máquinas impresionantes recreadas con todo lujo de detalle, el atisbo de otras sociedades que seguramente se desarrollarían en las secuelas y unos cuantos guiños a lo que pudo suceder como trasfondo al punto de partida de la historia. Y por tener, hasta tenía zombies. Bueno, o al menos, uno, como ultimo miembro de una particular brigada de soldados muertos y resucitados hace muchos siglos. Y que, como muchas otras cosas, se queda a medio contar.



Sin conocer el material original, es difícil saber la calidad o fidelidad que ha tenido como adaptación. Pero sí resultó sonado el rediseño que sufre su protagonista, Hester, marcada originalmente con una cicatriz que deforma su rostro por completo y que en pantalla sufre un lifting para reconvertirla en una marca muy leve que hace que todos los comentarios acerca de su horribilidad queden un poco fuera de lugar, y que esta se convierta en uno de esos personajes “feos porque no se arreglan” del cine más comercial.

El resto, como guión, produce una sensación un tanto atropellada: entre el escenario, los distintos clanes y sociedades, y los personajes que tienen que aparecer, solo da tiempo de establecer a los tres principales, a un secundario de refilón, más por lo vistoso de su caracterización, y cuya trama podría obviarse y a unos cuantos que podrían tener su papel en las secuelas. Lo que llegan a contar de sus protagonistas, resulta trillado, después de haber visto ya varias series de este género: relaciones conflictivas que se convertirán en un romance, un posible triángulo amoroso que tampoco sale porque una vez más, no había tiempo de desarrollar más a esos personajes, y una revelación del final que no podía ser más tópica: después de 1981debería ser delito que ningún personaje de ficción le confesara su paternidad a otro de forma dramática, y a punto de matar o lanzar por un precipicio a su presunto filiado.



El resultado, a nivel técnico, es fascinante, cuidado y lo que más se disfruta de la película. Las secuencias de las ciudades gigantescas moviéndose por un páramo, los escenarios fijos, y sobre todo, el diseño de vehículos, maquinaria y vestuario hace que sea una producción visualmente bonita, que puede disfrutarse en esos términos pero no hay mucho en cuanto a trama, creatividad o personajes. Se queda en una sucesión de protagonistas estándares, con alguna que otra tara muy difícil de creer, unos orígenes enigmáticos que tienen de todo menos intriga y un desarrollo que resulta fácil predecir si se piensa en cualquier otra saga juvenil de temática parecida. El argumento de Mortal Engines prometía, así como su estética entre steampunk y postnuclear. Pero me temo que la primera aparición de Hester Shaw en una pantalla no ha dado ni para despertar el interés de cómo puede continuar en los libros, que probablemente continúen como papel impreso y no como franquicia.



jueves, 30 de enero de 2020

Malasaña 32 (2.020). Magnífico piso situado en el centro de Madrid, ideal para familias (disfuncionales)


Después de los casos de los Warren, y en más en este caso, de Verónica, se confirmaba que la cercanía puede ser algo aterrador. Especialmente en el de la película basada en el expediente Vallecas, donde las calles de un barrio, un colegio, un piso cualquiera, pasaban de ser un lugar seguro y familiar a un entorno amenazador. No había que irse a una casa con ventanas un poco extrañas en Connecticut, ni a la de un barrio de Londres amenazada por un poltergeist, cuando una céntrica calle española escondía historias que poco tenían que envidiar a esos guiones. Sobre todo, si se añadían miedos e inquietudes más reales y presentes todavía en la memoria del público. Y no, no me refiero a la hipoteca que, al principio de la película, mencionan los protagonistas, sino al éxodo de las zonas rurales y el entorno hostil que sirve de punto de partida para estos.



Así es como comienza Malasaña 32, cuando la familia Olmedo se traslada, a finales del caluroso verano de Madrid, al piso que han adquirido a costa de vender todo y contraer una hipoteca que los ata de por vida a una ciudad donde, en apariencia, las cosas serán mejor que en el pueblo que abandonan: con un puesto de trabajo en Galerías Preciados y en la Pegaso, los cabezas de familia disponen de muy poco tiempo en la casa como para saber que algo sucede allí. Algo que Amparo, la hija mayor, comienza a presenciar de primera mano: una sombra que se mueve a través de los pasillos y parece perseguir incansablemente a su hermano menor, la fotografía de una joven que podría haber vivido en la casa, un número de teléfono y un terminal, desconectado, que suena incesantemente. Así como la sensación de que no están solos, no son bienvenidos y que la anterior propietaria de la vivienda desea algo que ellos tienen.







La película cuenta con un estilo que últimamente está funcionando muy bien, y que consiguen emplear de forma hábil: un pasado cercano, lo bastante remoto para una parte importante del público pero no demasiado como para que este pueda reconocerlo por referencias familiares y todavía bastantes puedan sentirse identificados con él (en este caso, los traslados hacia centros urbanos que muchas familias llevaron a cabo durante finales de los setenta). Y una estética donde no se hace concesión a la nostalgia ni a la visión idealizada de la década: el Madrid representado no es un entorno especialmente hostil, pero sí uno desconocido para los protagonistas, donde carecen de lugares de referencia y de entornos seguros. El escenario parece congelado en el color sepia de los últimos días del verano madrileño y el pasado más oscuro de la casa, congelada en algún momento entre los 40 y los 50. Una atmósfera que solo puede describirse como agobiante y que sirve para reflejar también la situación de la familia protagonista: esta habla continuamente de la vida mejor que los espera, pero también, mediante referencias veladas, a algo sucedido en su antigua residencia, que supuso un estigma, que todavía arrastran con ellos, y que se convierte en una marca de no pertenencia al entorno que también estará muy relacionado con el secreto que esconde la casa y su anterior propietaria.


Esta atmósfera, un tanto claustrofóbica sin ser sórdida, es quizá lo que mejor funciona en un guión que acaba resultando excesivo en otros aspectos. El primero sería el factor terrorífico: la película se esfuerza demasiado en más que dar miedo, provocar sustos que mantengan al espectador al borde de la butaca y que le garanticen la etiqueta de "película española más aterradora". Y que se acaba traduciendo en una sucesión brusca de golpes de sonido, timbrazos de teléfono que…chan chan chan.. ¡¡está desconectado!! Y portazos, una interminable sucesión de portazos acompañados por la presencia súbita del espectro (no sorprende que este sea Javier Botet. Aunque por suerte también tiene un cameo como agente inmobiliario y sinceramente, no sé cual de los dos papeles debería dar más miedo), donde no hay tensión, solo una incomodidad esperando a que haya algún otro ruido o que el espectro aparezca de una vez entre aspavientos.

El segundo sería el aspecto social que empieza a asomar de forma cada vez más insistente: lo que sucedió en el pueblo, lo que no es socialmente aceptado, lo que entonces se consideraba salirse de unas estrictas normas establecidas, se manifiesta de una forma un tanto machacona dando la impresión de que el guion habría funcionado igual sin que todo tuviera que venir de la mano de un drama social en potencia: la sensación de los protagonistas de estar fuera de lugar, de intentar pertenecer a un entorno nuevo, podría haber sido suficiente sin tener que recurrir a una serie de catastróficas desdichas.



Malasaña 32 es una película de terror efectiva: el escenario es interesante, los momentos de suspense pueden gustar más o menos (en mi caso, los portazos y manotazos espectrales, muy poco) y sobre todo, los protagonistas están bien caracterizados, de manera que es fácil sentir simpatía por ellos y meterse de lleno en la historia que los rodea. Pero se esfuerza demasiado en imitar modelos y en aportar demasiado trasfondo social: los motivos dramáticos detrás de cada personaje, el estilo demasiado vistoso queriendo emular el éxito de James Wan, que hacen que, aunque quiera serlo, no estemos ante esa "película de terror memorable" que intentan.



jueves, 21 de noviembre de 2019

Zombieland 2: mata y remata (2019). Hogar es donde están tus amigos. Y donde haya un arsenal

Si películas de zombies clásicas, o buenas, pero con mayúsculas, hay relativamente muy pocas (aunque para qué engañarnos, ¡las flojitas también me gustan!), comedias hay todavía menos. En un género donde es muy fácil derivar al humor grueso, Shaun of the Dead sigue siendo la primera comedia romántica, con zombies, y en el caso de una producción de 2.009, una road movie donde aportan una serie de normas con las que sobrevivir a un apocalipsis zombie.


Tendrían que pasar diez años para volver a ver a Tallahashee, Columbus, Wichita y Little Rock, el mismo tiempo que ha pasado para los protagonistas: asentados en la Casa Blanca como residencia permanente, llevan una vida tranquila sin más problemas que los derivados de la convivencia: Columbus quiere formalizar su relación con Wichita y Little Rock ya no es una niña, sino que ha alcanzado la mayoría de edad y empieza a preocuparle el no haber encontrado más gente que la de su entorno. Bueno, y en el exterior los zombies han evolucionado en distintas clases, siendo algunos de ellos más astutos o tremendamente difíciles de matar. Pero eso es algo de lo que tendrán que preocuparse cuando Wichita decida fugarse aterrorizada ante una inesperada pedida de mano y Little Rock se marche junto a un hípster hacia una comuna pacifista, teniendo que volver a la carretera una vez más. 


Zombieland es una de esas películas  de las que transcurren varios años, muchos para la tendencia actual, antes de poder ver una secuela. En su caso, fue una década, muchos rumores y un piloto de tv para Amazon que no terminó de cuajar. Quizá en parte por la ausencia de sus personajes principales, o en su caso, por los interpretados por Woody Harrelson y Jeese Eisenberg, que siguen formando equipo principal y en el caso de este último, su voz en off resumen lo sucedido en los últimos años, recuerda las reglas, marca de la casa, para sobrevivir y los cambios que también han sufrido los zombies. Al menos, los que él conoce, porque los muertos vivientes también cuentan con alguna sorpresa.
Antes de Z Nation, la primera entrega presentó una versión de las epidemias zombie muy poco serias: las normas, los personajes propios de una road movie y algunos secundarios a los que esto del fin de la civilización les importa tan poco como a los protagonistas, sino que es una parte más de un entorno que ha cambiado. Y sobre todo, un humor bastante negro (normal, habiendo cadáveres descompuestos por ahí), donde no se duda en romper la cuarta pared haciendo referencia al cameo de Bill Murray de 2.009, convertido para los personajes en un incidente y en una leyenda popular para el resto.

Aunque al pasar tanto tiempo entre ambas películas se corría el riesgo de perder mucho por el camino, ya fuera el enfoque de la original, el tono, o la frescura, aquí han sabido mantenerlo, y sobre todo, integrar los años que han transcurrido como parte del trasfondo y como varios guiños al espectador: los personajes pueden mencionar que tal comentario o actitud es “muy del 2.009”, y en la última parte hacen toda una parodia a base de los tópicos ligados a los millenials.




El tono sigue siendo similar a la anterior: para ser una historia de zombies, no se muere nadie. Y si se muere, se trata de cameos donde no da el tiempo suficiente como para que estos resulten dramáticos. Durante la mayor parte del tiempo, se mantiene la impresión de seguridad y que todos los protagonistas van a llegar al desenlace ilesos, habiendo, únicamente, unos pocos momentos de tensión hacia el final y que también resulta menos dramático que las secuencias similares en la primera parte. En el fondo, los personajes han desarrollado ya tanta simpatía que se esperaba algo así.

Zombieland 2 es de esas secuelas que se ha hecho esperar, pero que ha conseguido que el tiempo transcurrido juegue en su favor e incluso tener la ventaja de poder contar con todo su reparto, especialmente de la pareja protagonista. Y, viendo los resultados, sería interesante que esta llegara a ser una trilogía…incluso con otra década en medio. 

jueves, 22 de agosto de 2019

Historias de miedo para contar en la oscuridad (2019). Susto o desaparición del mapa


Sigue resultando un poco extraño que la fecha elegida para una película de terror sea durante el mes de agosto. O más bien lo es si el guion está destinado a un público más joven y cuando se estrenan todo tipo de películas para todos los públicos aprovechando la época estival. En todo caso, además de ser una forma de asegurarse más público que durante el año lectivo, también sirve para que a muchos adultos les tire un poco la nostalgia y se animen a ver una película que también puedan disfrutar como niños. Y más si el material que adaptan es una serie de libros de terror muy populares en los ochenta y noventa, y quien está detrás de la producción no es otro que Guillermo del Toro. 



Historias de miedo para contar en la oscuridad es el título de una serie de libros que recogían historias cortas, basadas en relatos populares algunas, en leyendas urbanas otras, y unas pocas inventadas para la ocasión y que, en este caso, son el entorno que rodea a una premisa escrita especialmente para la película: todas ellas fueron escritas Sarah Bellows, una especie de hombre del saco local en la pequeña ciudad de Mill Valley. Cuando, una noche de Halloween un grupo de chicos encuentran en cuaderno que usó para escribirlas, descubren que la leyenda acerca de los relatos contados por ella puede ser cierta: las páginas en blanco se llenan de nuevas historias, donde se relata cómo diversas criaturas vienen a llevarse a cada uno de ellos. La única forma de detener un libro indestructible animado por una imaginación sobrenatural y morbosa, es descubrir cuál es la historia que dio origen a todas ellas: lo que ocultaba en realidad la mansión Bellows y quien fue Sarah. 




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.




Los libros de Alvin Schwarz fueron muy populares en las bibliotecas de los niños, y sus ilustraciones, responsables de que estos permanecieran en la memoria una vez adultos (además, seguramente, de unos cuantos terrores nocturnos). Hasta el punto en que los dibujos de Stephen Gammell son más recordados que unos relatos que en realidad, son bastante simples. A estos seguramente se les deba la existencia de la película porque varios de ellos han sido recreados uno por uno como parte de las criaturas que toman vida: el espantapájaros de aspecto siniestro, el cadáver al que le faltan alguno de sus miembros, la mujer pálida de cabellos negros y alguno que otro diseñado ex profeso para su versión en cine pero cuya estética es muy similar a las ilustraciones en gris, y muchas veces construidas a partir de manchas de tinta, de los libros.

El resultado, a veces, depende demasiado de la estética de las ilustraciones y de no saber cómo enfocar algunas escenas terroríficas, que se saldan de la forma más simple mediante apariciones súbitas acompañadas de un grito. No queda muy claro si es una solución de lo más cutre, o si en realidad es adecuada al tratarse de una producción de terror enfocada al público más joven, y en ese sentido, bastante fiel a los libros, cuyos relatos también dependían mucho de una revelación final.

Historias de miedo para contar en la oscuridad es una producción muy curiosa ¿Es una película juvenil o infantil? En ese caso, es una decisión inesperada, al centrarse más en contar una historia en un escenario que a muchos niños les parecerá muy lejano ¿Es una película para adultos nostálgicos? En ese caso, el conjunto se quedaría un poco escaso para lo que podría esperarse, pero resulta mucho más disfrutable que muchas producciones juveniles recientes.



jueves, 16 de mayo de 2019

La Llorona (2019). Mitología popular y un fantasma escandaloso

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Lo reconozco: la primera vez que oí hablar de La llorona fue en un capítulo del Chavo del Ocho. Lo que mencionaban sobre ella era suficiente para hacerse una idea, más o menos aproximada, de una figura cuyas versiones y orígenes eran tan variables como la historia de la chica de la curva. Después llegó internet y fue posible conocer, de forma más concreta, esa figura que sorprendentemente no había tenido presencia en el cine mayoritario. Al menos, hasta que se decidió que su primera aparición en este campo tuviera lugar como parte del universo de Expediente Warren. No era una mala idea, en principio, el recurrir a una leyenda en lugar de dedicarle un largometraje a cada bicho que se cruzara tangencialmente  con Ed y Lorraine.

Estos no tienen ninguna aparición junto a La Llorona, una criatura sobrenatural que amenaza la vida de los niños en la comunidad latina de Los Ángeles durante los setenta. Una asistente social observa como una pareja de hermanos a su cargo aparecen ahogados. Pese a que las sospechas recaen sobre la madre de estos y sobre su historial de alcoholismo, la verdad es muy distinta: ella no intentaba sino protegerlos, y ahora que La Llorona se los ha llevado, la maldición se transmite hacia los hijos de la asistente.



En principio, poca relación tiene el guion con el resto de elementos y lugares comunes a los Warren: la referencia más cercana es la aparición del sacerdote al que se pudo ver en la primera entrega de Annabelle, y que en este caso, también sirve como enlace para presentar a un investigadora paranormal muy distinto: un santero, con un carácter bastante parsimonioso y un punto un tanto ácido que lo convierte en uno de los elementos más aprovechados de la película. Y, según vaya la cosa, quizá en un personaje recurrente para entregas posteriores.

El segundo es el marco temporal de la historia: la década de los setenta parece haber sido elegida únicamente por la cercanía con la de los protagonistas de la saga principal. Pero de ser así, este lo ha sido muy bien empleado: la estética resulta intemporal, el único indicio de que la historia tienen lugar en el pasado es la ausencia de tecnología como algo habitual (bueno, además de la ingente cantidad de pantalones de campana y el mobiliario hortera) y que sea más sencilla la transmisión oral de la leyenda que sirve de trasfondo. El escenario, de esta forma, produce la impresión que la historia podría tener lugar en cualquier momento. El tono gris en la mayor parte del metraje, amenazando lluvia o tormentas, también es muy distinto al que se esperaba de la localización.

Pese a contar con un escenario y una premisa interesante, como película de terror entra dentro de lo fallido. Se queda en un desarrollo rutinario, amparándose únicamente en los sustos a base de apariciones inesperadas y los bocinazos que profiere la Llorona una vez que atrapa a sus víctimas. Una vez presentada, su modus operandi suele ser aparecer quieta en una esquina, subir el volumen de la banda sonora y acompañar un movimiento repentino con un grito digno de una banshee. El sistema, más propio de un screamer de los que se enviaban como broma, pilla por sorpresa a la primera, levanta inquietud a la segunda y deja indiferente a la tercera, cuando el público sospecha que en un momento aparecerá un fantasmón con intención  de dejarlo sordo. Solo la última media hora resulta un poco más interesante, cuando la llorona toma un carácter más corpóreo y persistente, aunque el desenlace y puntos débiles de este consisten en el uso de una parafernalia muy de serie B y que recuerda un poco al ocultismo setentero.
La Llorona, en conjunto se queda en una entrega más de los spin offs de los Warren: mucho susto, un guión en función de un monstruo y  no al contrario. Al menos, este resulta más interesante (y con más movilidad) que los de ese muñeco que va ya por su cuarta entrega.

jueves, 9 de mayo de 2019

La espía roja (2019). La espía que me robó el abrigo


Esta es la historia de cómo quise ir al cine y acabé viendo una película distinta, no una, sino dos veces en el mismo día. Shazam llevaba ya demasiado tiempo en la cartelera y en la última semana fue relegada al pase nocturno. La siguiente opción era, como era de esperar, las tres horas de Los Vengadores, esperando que la sesión de cuatro garantizara el tener plaza, pero muchas personas habían tenido la misma idea y las entradas se agotaron pronto. Plantada delante de la taquilla, y sin intención de esperar al siguiente pase, decidí tirarme a la piscina y meterme al cartel que aparecía al lado, y que no podía ser más distinto del que anunciaba el enfrentamiento de Thanos contra el grupo de superhéroes: Judy Dench, sobre fondo negro, haciendo adivinar que lo que esperaba al otro lado tenía que ser una película muy seria, o por lo menos, un drama.




Ahora sí, esta es la historia de cómo una ancianita de ochenta años fue detenida e interrogada por los servicios de inteligencia británicos como una de las últimas espías para los soviéticos durante la guerra fría. Joan Stanley, una prometedora física, filtró secretos que permitieron al bando soviético ponerse casi a la par en la carrera nuclear. Cincuenta años después, confiesa, ante los agentes del MI5 y ante la atónita mirada de su hijo, como fue contactada en los círculos socialistas de la universidad y su posterior conversión en espía. Pero sus motivos, como esta revela, eran muy distintos a un mero interés monetario o simpatías políticas.






La premisa está basada en el caso real de Melita Norwood, quedándose únicamente con ese punto de partida a favor de articular una obra de ficción. También opta por la brevedad, porque aunque esta podría alargase para dar un drama más sólido y más propio de los que participan en distintos premios, se queda en una hora y cuarenta donde abarca las dos líneas temporales de una forma muy rápida y muy concisa. Casi aséptica: no hay demasiada emotividad, ni desarrollo, ni siquiera acción como se esperaría en un argumento de espías al uso, sino mucha discreción y rapidez, como la que necesitan los personajes para poder sacar la documentación, moverse y compartir información.



Quizá lo más curioso ha sido el tratamiento de la protagonista, en concreto, su actitud y motivos. Si bien esta se presenta en un principio como un personaje tirando a inocente, no llegan a plantear en la trama la pérdida de esa inocencia sino la evolución de su protagonista, siendo muy consciente esta de las decisiones que toma y por qué, aunque es interesante como en todo momento parece quedar la sensación de haber sido manejada por aquellos para los que trabajaba. A veces, de una forma muy sutil y con bastante humor: Sonia, uno de los primeros integrantes de esta red, se comporta como ella desde el principio como una amiga, quizá demasiado cercana y manipuladora…aunque Joan acabe preguntándole, tiempo después, donde está el abrigo que le prestó. Se ve que espiar para los rusos no da para ropa cara ni exime de ser un poco jetas.




Al quedarse únicamente con el caso real como inspiración, la trama se separa de este, aportando un enfoque distinto, pero también adecuado para un público al que la guerra le queda lejos, y el concepto de traidores a la nación solo provoca un levantamiento de cejas: su protagonista no manifiesta afinidad política, sino que su labor como espía viene determinada por lo que ella cree que será una forma de igualar fuerzas entre ambos bloques y evitar una nueva guerra. La interpretación resulta difícil de creer si no es a partir de una protagonista caracterizada como alguien más idealista de su entorno, y con una trama secundaria centrada en torno a la fidelidad entre los personajes. Uno, presentado como alguien que antepone su ideología a sus seres queridos, y otro, a quien como contrapunto se le atribuye una mayor integridad y será el elemento decisivo para el desenlace.

La impresión general de La espía roja es la de eficiencia y discreción. La aparición de Judy Dench, breve en el papel de narradora, es la más emotiva frente a la historia que se va presenciando con ella, y la mezcla acaba siendo un cruce muy curioso entre el género de espías, despojados de todo encanto, y el drama con tintes románticos.



jueves, 2 de mayo de 2019

Pet Sematary (2019). Se vende finca con pantano y cementerio indio


Los dos últimos años hemos pdido ver unas cuantas adaptaciones al cine o a Netflix, de las novelas más clásicas de Stephen King. Si bien generalmente sus piezas menos terroríficas eran las que daban mejores películas, las más famosas se quedaban un poco en el terreno de la serie B. el cambio más conado fue con el estreno en dos partes de It, donde aún evitando os temas más controvertidos, resultaba una película de terror adulta e inquietante.


Cementerio de animales sigue ese camin. A partir de una de las novelas que consideran la más terrorífica, y un clásico de King, cuenta la mudanza de una familia a una casa, aportada de un pequeño pueblo, donde se proponen llevar una vida tranquila y lejos de los peligros de la ciudad. Pero un lugar tan tranquilo como ese no está exento de riesgos: los terrenos lindan con un bosque y con una parcela de tierra que la gente del lugar ha utilizado como cementerio de mascotas. Y la carretera que los comunica con el pueblo es una zona de paso de camiones que circulan de forma bastante imprudente. Cuando el gato de la familia es atropellado, y Louis, el padre, se ve obligado a enterrarlo antes de que su  hija pequeña lo descubra, le es ofrecida una posibilidad que se encuentra oculta en los terrenos que ha adquirido: ¿y si aquello que ha muerto no tuviera por qué estarlo? Pero quizás quien regresa de esa manera sea alguien muy distinto.



Tengo que reconocer que no he leído Cementerio de animales por lo que no puedo hablar de su fidelidad como adaptación cinematográfica. Poro es curioso que, más que el material original, se hable de los parecidos y diferencias con la película que se hizo en los ochenta, de modo que podría considerarse más un remake que una nueva versión de un libro. La mascota resucitada, qué miembro de la familia sería el primero en volver, y sobre todo, la presencia de Zelda, la hermana deforme de la protagonista cuya muerta la atormenta en su vida adulta (y cuya caracterización provocó más pesadillas entre los jóvenes que cualquier zombie), eran algunas hipótesis que se barajaban.

Tanto las diferencias como las similitud3es y aportaciones nuevas resultan satisfactorias. Salvo la trama sobrenatural, el horror planteado en la historia se presenta como algo real y cercano al mundo adulto: la muerte como algo próximo, la exposición a la enfermedad a una  edad demasiado temprana como para comprenderla o la imposibilidad de superar la pérdida de un ser querido son los aspectos más inquietantes. La bocina de un camión, escuchada de improviso y anunciando lo que podría haber pasado, asusta en este caso más que un cementerio envuelto en niebla o una leyenda sobre el wendigo.


Uno de los cambios más interesantes ha sido el de la variación de personajes. No tanto por el factor sorpresa sino por los matices que esta supone. En su versión anterior, aún recordada, quien regresaba no dejaba de ser otra cosa que un bebé zombie. La nueva elección, con un personaje que puede comunicarse verbalmente, supone ofrecer un matiz mucho más interesante al poder ofrecer un atisbo de lo que supone el volver de un lugar que no deberían: la consciencia de estar muerto, ciertas referencias al deseo de volver a ese lugar y el odio hacia lo que lo rodea suponen una aproximación desoladora e inquietante.
Cementerio de animales era una película prometedora, y que cumplió las expectativas. Lo que hace años aterró al público lo sigue haciendo. Las diferencias suponen mejoras y quizá los aspectos ampliados acaban quedando sin explotar (¿qué pasa con los niños que celebran el entierro de su mascota? ¿qué hace el wendigo y por qué se lo oye en el bosque?) pero, igual que la original, asusta a su manera. Bueno, y el gato. Llevé fatal el destino de Church, y su versión rediviva, despeluchada y mal encarada me sigue pareciendo tan adorable y digna como cualquier felino.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Malos tiempos en el Royale (2018). Todo el mundo esconde algo


Una de las cosas que más echo de menos con el cine es ver trailers. A veces es lo más divertido de entrar a ver una película, y antes de las campañas masivas donde todos habíamos visto ya el avance de los Vengadores o la  nueva de Star Wars, era un acontecimiento y al público le iba poniendo los dientes largos. Hoy quedan muy poquitos y lo normal es que antes de la película acabe viendo anuncios sobre varios negocios locales en el Vallés o como mucho, algún avance. Pero, pese a todo, un tráiler funciona. Como puede funcionar un poster sugerente o el boca a boca. Y el que me haya enrollado como una persiana contando que añoro los tiempos de la musiquita de Movierecords y los anuncios acartonados viene a decir que Malos tiempos en el Royale es una película que acabé conociendo, ni más ni menos, por un anuncio en el cine.
 
El Royale es un hotel que ha vivido mejores épocas. Situado en la frontera entre California y Nevada, capital del juego, perdió su licencia de casino y con ella, su atractivo, quedando convertido en un apeadero donde los viajeros van cuando no quieren ser encontrados. Es allí donde se encuentran cuatro personajes: una joven que se niega a hablar de su profesión, un sacerdote anciano, una hippie malencarada y un vendedor de aspiradoras deslenguado. Pero en la época de Nixon, del espionaje y de los veteranos destrozados por Vietnam, nada es lo que parece. Ni siquiera en un hotel, en un lugar perdido de la frontera, donde incluso el recepcionista puede ser alguien diferente a quien asegura.
 
 


El anuncio, en un primer momento, recuerda al cine de Tarantino. O al menos, lo hace un primer montaje donde se anuncia una colección de personajes improbables y escenas de violencia inesperadas. Lo cierto es que se nota cierta influencia en la forma de narrar, donde no se escatiman el poner en situación la historia mediante diálogos y recurrir a saltos temporales de forma inesperada. En realidad la película se separa en muy poco tiempo de la idea de Tarantino y este se queda no en una imitación, sino en algo que ha influido a la hora de rodar. Y que, seguramente, se ha utilizado bastante a la hora de promocionar una película casi desconocida.
La historia encuentra enseguida su propio tono, o más bien, lo hacen las cuatro tramas que coinciden en esa misma noche, y que cada una produce un efecto un tanto extraño: en una sola película, aunque bastante larga, acaban coincidiendo tramas de espionaje, de golpes que salen mal, de asesinatos en serie y de las consecuencias de la guerra. Cada una, con un género distinto, convirtiéndose en una mezcla de comedia negra, suspense e incluso, con sitio para el terror. El resultado en un principio sorprende, pero después, no tanto, al notar que quien está detrás del guión es el mismo que Cabin in the Woods, donde fue capaz de resumir las películas de terror de los últimos cincuenta años en una sola. Y que aquí, en cierto modo, también acaba siendo capaz de reunir los giros de varios géneros en un solo largometraje y que la jugada salga más o menos bien.
 
 
La mezcla de situaciones funciona también gracias a la construcción de los personajes. Una vez eliminado aquel que solo sirve para poner en marcha la trama común, estos, dentro del tiempo que disponen para presentarse, funcionan. O especialmente, los hacen los dos primeros, un supuesto sacerdote y una mujer que, en realidad, no esconde otra cosa que la profesión de cantante fracasada y una profunda desconfianza hacia su alrededor. Unos protagonistas que no podían ser más opuestos, caracterizados como un culpable redimido por el tiempo, y alguien a quien podría considerársele el más inocente de la historia. El resto, ha llegado ahí como víctima de las consecuencias o como antagonista.
 
Los abdominales de Chris Hemsworth también son un personaje relevante
 
Si bien la historia en conjunto resulta siempre un poco improbable, con un grupo de personajes que arrastra una historia extraña, coincidiendo en el mismo lugar, al mismo tiempo, y que todo explote en un momento dado, la atmósfera hace que si resulte creíble. El hotel se convierte en un entorno irreal, en medio de la nada, donde solo aparecen los  cinco personajes principales y donde cualquier atisbo de normalidad, bien mediante figurantes, o bien mediante otros escenarios, brilla por su ausencia. Este, decorado en tonos pardos, se presenta como un lugar un tanto chabacano, hortera, y en cierto modo, siniestro. Casi atemporal, porque si bien es posible hacerse una idea de la época en la que transcurre la historia, nunca dan fechas directas sino indicios: las imágenes de Nixon, la moda, las referencias a la guerra y una bastante ingeniosa a los asesinatos de Manson se limitan a dar una idea, sin que en ningún momento den fechas concretas o le pongan fácil a los espectadores más jóvenes saber cuando está pasando.
Malos tiempos en el Royale resulta una películas inesperada. Como lo fue Cabin in The Woods en su momento: apareció en los cines sin avisar, con caras conocidas en su cartel pero sin un nombre famoso que pudiera avalar la dirección o el guión de una historia que no sería para todos los gustos.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Overlord (2018). El día Z (de zombies)

 
Uno de los villanos infalibles durante muchos años han sido los nazis, y no solo en el género bélico: añadimos unos cuantos experimentos macabros, zombies e incluso Mitos de Cthulhu y tenemos una historia. Pensándolo bien, estos son como las patatas fritas de la ficción: pegan con todo y arreglan un plato, si bien en exceso pueden ser poco sanas. Aunque el plato en cuestión siempre acaba limitado un poco a situaciones muy concretas: el pulp y sus herederos, los comics, los videojuegos, y el cine, de serie B o Z en el peor de los casos. Salvo alguna excepción, ver este tipo de trama en una pantalla de grande y con medios propios de un estreno de cine en condiciones es algo que no había tenido lugar, que recuerde, desde Hellboy. Y mucho menos, que esta idea viniera de alguien especializado en adaptar y actualizar franquicias e ideas como J. J. Abrams.

 

Overlord es la operación que dio comienzo al desenlace de la segunda guerra mundial y de la que los protagonistas son una pequeña parte: un pequeño equipo de soldados americanos, diezmados nada más iniciar el aterrizaje, que deben volar el puesto de comunicaciones situado en la iglesia de un pueblo francés, con el fin de facilitar el desembarco. Pero el encuentro con una joven de la aldea ocupada les descubre que el puesto alemán oculta algo muy distinto: los habitantes han ido desapareciendo en el interior de la iglesia, secuestrados por los soldados alemanes, para escapar, en algunos casos, convertidos en criaturas monstruosas. Y, aunque esta no sea parte de la misión encomendada, no queda más remedio que adentrarse en su interior y acabar con lo que sucede allí para poder cumplirla.


El guión acabó cogiendo un poco por sorpresa por tomarlo, en un principio, como una entrega de la saga Cloverfield (de las que por cierto, no he llegado a ver ninguna), algo que podría haber sido posible teniendo en cuenta que estas películas no compartían argumento sino universo. Y también por tratarse un punto de partida que no solía ser habitual en una película de presupuesto. En realidad, hay series B que desarrollan el tema de forma muy competente a lo largo de los años, como demostraron El bunker, Blood Creek o la saga de Outpost (los videojuegos de Wolfestein quizá no entrarían en esta categoría, pero al paso que van, casi parecen películas hechas por ordenador), pero compitiendo siempre en el mercado del video y quizá ahora, de Netflix. Un tipo de películas que en realidad solo quedan como referencia tangencial, y de paso, de testigo de que este punto de partida está más que explotado y que no es nuevo. Porque en realidad, las influencias más visibles de Overlord vendrían a ser más bien Wolfestein y el Malditos Bastardos de Tarantino.
 
 

Del primer formato, toma el componente más gráfico de la historia: siendo en el fondo un guión bélico, las escenas de guerra son muy dinámicas y aceleradas, produciendo una sensación de desconcierto y de no saber de dónde vienen los disparos. Algo que también se nota en el desarrollo de la trama fantástica, que casi aparece de sopetón: un laboratorio improvisado, donde no se escatiman los escenarios más escabrosos y la sangre, además de unas cuantas víctimas que bien sirven como presencia atmosférica, o como amenaza inesperada…Un poco, como podría pasar en cualquier videojuego de disparos.

Aunque antes de entrar de lleno en esta parte, la secuencia inicial del avión y aterrizaje han sido rodadas de forma muy creativa, quizá más cercana al cine bélico más artístico y cuidado. Y que resulta una mezcla curiosa con la tendencia a parecerse a la película bélica de Tarantino, donde, se opta finalmente por una visión del cine bélico un tanto más sucia y violenta, y sobre todo, el utilizar la lengua materna de los personajes como la opción más lógica a la hora de ofrecer un entorno un tanto más creíble. Aunque después, en función de ofrecer algo más asequible, acaba recurriéndose al truco de que todos ellos sepan el idioma común.
 
La idea aunque bien ejecutada, acaba quedándose a medio camino. Es divertida, no da descanso y se sigue con atención, pero no hay nada que resulte memorable ni termine  de hacerla distinta:  no se molestan en buscar una explicación, por pulp que esta pudiera ser, más que quedarse en un neutro “hay algo en el suelo y ponemos a un científico a hacer experimentos poco rentables porque para eso somos los malos”, una excusa para poder mostrar unos escenarios, muy cuidados, eso sí, y justificar la presencia de diversos seres que en un momento dado, servirán de enemigos a batir. Tampoco, dentro de lo correcto de sus personajes y secundarios, hay nada novedoso: los protagonistas son héroes un tanto desengañados, con defectos muy pequeños pero sin el menor atisbo de cobardía o de defectos que los haga menos unidimensionales. Y los nazis son la cosa más mala y genérica que se ha filmado en mucho tiempo: un pelotón de secundarios malencarados que se limitan a hacer todo lo posible por convertirse en un enemigo disparable sin más trasfondo. Se salva únicamente el principal antagonista, que, si bien es igual de plano, Pilou Asbaek le aporta bastante más carisma y lo convierte al menos, en un rostro identificable y amenazador.

Overlord es casi una serie B con presupuesto: el argumento podría funcionar perfectamente con un presupuesto limitado, debido a su simpleza y su falta de complicaciones. Es divertida, aunque se olvida con facilidad. Pero en este caso, nos quedamos con lo primero.

jueves, 4 de octubre de 2018

Predator (2018). No sabemos quien caza a quien


Con la saga Depredaor, he acabado por hacerme un lío (bueno, con Alien, desde lo que hicieron con Prometheus, también): me quedé con la primera entrega, sé que existe una segunda, y toda una serie de historietas y crossovers con los xenomorfos en formato comic que han acabado por saltar a la pantalla. A ninguna de las cuales les hice caso más allá de encontrarlas en televisión algún domingo por la tarde, aunque la idea de una raza de alienígenas que se deciden a cazar por deportes tiene bastante gracia y da, como ha demostrado, para unas cuantas series B. O lo que es lo mismo, una buena idea para hacer tiempo una tarde mientras no se estrenaba la siguiente película de extraterrestres.
 

Esta entrega de Depredadores (vamos, que estos se complican menos la vida con los títulos que los de Resident Evil) comienza, una vez más, en una selva, donde un grupo de operaciones especiales presencia el aterrizaje de una nave alienígena y es víctima de la criatura que viaja en ella. El único superviviente de este encuentro, tras ocultar los objetos que portaba el ser al que se enfrentó, es enviado junto con otros soldados no aptos para el servicio, a un psiquiátrico militar del que acabarán huyendo cuando un nuevo visitante llega a la tierra con intenciones no muy claras, aunque algo parece seguro: su hijo, quien encontró por error las armas que su padre ocultó tras su enfrentamiento con el alienígena, corre peligro.
 
 








Para tratarse de una película sobre un grupo de humanos perseguidos por un alienígena mortífero, el tono resulta bastante ligero, e incluso familiar, si se la compara con las anteriores. Esta tiene mucho más humor, proporcionado por el grupo de secundarios que acompañan al protagonista, y que además de ser los soldados con las neurosis de guerra más inofensivas de la historia, parecen pensados para ser el soporte cómico del guión.

Además de este aspecto cómico, pilla un poco por sorpresa el tono familiar del que han dotado al guión, incluyendo el personaje de un niño que acompaña a los personajes principales el resto de la película. Y que, junto al humor, hace que el resultado sea mucho menos amenazador, menos de acción y más festivo de lo que pudo ser aquella vez en la que Schwarzenegger se enfrentó a la raza de cazadores en una selva asiática.


 

En principio, no era lo que se esperaba con indicios como el cartel promocional o, bueno, una entrega sobre esta saga, aunque la parte de acción está bastante correcta y es la que ayuda a que el resultado sea entretenido. Porque en realidad, el mayor fallo es la cantidad de tópicos y momentos absurdos que llega a acumular. Las intenciones de los depredadores varían mucho de una entrega a otra, y lo mismo se dedican unicamente a disparar a los personajes, que a cazar aliens, que en este caso, a buscar adn o algún macguffin. El niño protagonista, como era de esperar, es un asperger. Pero de los del cine de acción de siempre, que resuelve códigos, comprende comportamientos extraterrestres, y sobre el que recae un giro hacia el final que empezaba a verse venir con diez minutos de antelación. Además de recurrir a unas situaciones para hacer avanzar la trama que se saltan toda credibilidad. Y es que, hay que poner muchas ganas para pasar por alto que alguien pueda enviar por correo internacional un paquete con un arma alienígena, que llegue perfectamente a su destino, y que no salte ni un escáner, o que a los personajes los acabe acompañando un perro. Un perro gigante alienígena que se ha vuelto dócil de un disparo no letal. Y que aparece para pegar mordiscos cuando estos están en un apuro. Y cuando este acaba saliendo en el momento oportuno por enésima vez, se acaba pensando, “bueno, ¿por qué no?”.


 
A los xenomorfos, en cambio, les gustan más los gatetes


Aunque se pueda decir que a una saga como Depredador no se le pueda exigir demasiado, esta entrega ha acabado por ser más alocada de lo que debería. Con un tono ligero que no termina de pegarle y un final abierto donde literalmente caen del cielo unas armas que parecen prometer que la próxima película va a contar con unas armaduras que ni los Power Ranger. Salvo que el siguiente guionista cambie de opinión y decida otra cosa.



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