El cine infantil con el tiempo, ha quedado reescrito por la presencia ubicua de Disney. Es difícil pensar en cualquier producción de los años treinta sin que vengan a la cabeza sus adaptaciones animadas. Un curioso borrado de memoria que hoy, establecida ya como una de las corporaciones con máscara falsamente amable por excelencia, da un poco que pensar…aunque esto, al menos esta vez, solo tenga que ver con la permanencia de las obras más populares en la memoria colectiva. Del mismo modo, una pareja de cómicos especializados en la comedia gestual, serían conocidos años después en nuestro país por unos apodos que ni siquiera se adaptaban tan bien a la fisionomía de estos: Stan Laurel y Oliver Hardy, el Gordo y el Flaco, recordados más por este apodo que por su nombre oficial. Y en mi caso, más por su carrera cinematográfica, por la serie de dibujos. Fue en 1934 cuando el dúo, con la producción de un estudio distintito al del ratón con calzones rojos (aunque tan poderoso como la Metro), participó en una muestra de ese cine que, pese a su popularidad entonces, se convirtió en uno de esos clásicos menos rescatados en comparación al resto, pero que conseguiría permanecer por su carácter pionero y por la presencia de los remakes posteriores.
El país de los juguetes es un lugar donde viven los personajes de los cuentos. Los tres cerditos, la Madre Ganso y la viuda Peep con sus hijos en una enorme bota y la pastora Bo Peep. Incluso Stannie Dum y Ollie Dee, quienes trabajan en el taller donde se fabrican los juguetes que cada año repartirá Papá Noel. Pero también Silas Barnaby, el hombre más malvado del Reino y que pretende casarse con Bo Pee por todos los medios, incluso amenazando con ejecutar la hipoteca que recae sobre la casa de la viuda Peep. Pero Stannie y Ollie, quienes se alojan en el hogar d esta, no están dispuestos a permitir que esto pase.
La película está basada en una opereta de Victor Herbert. Esta, conocida como Babes in Toyland o Había una vez dos héroes, cuenta también con un par de versiones coloreadas, que aunque no suponen fidelidad al metraje sepia original, si que la convierten en una cinta con una textura muy peculiar, de colores muy saturados e irreales que complementan muy bien una historia llena de simpleza donde lo importante es el entorno: el País de los juguetes habitado por algunos personajes reconocibles por todos, además de otros, como la Madre Ganso o la viuda de familia números a y su bota reconvertida a vivienda, que resultan familiares por conocimiento de la cultura popular anglosajona que por tradición local. Pero también, un escenario hostil, el lugar de pesadillas que rodea al país de los juguetes al que los criminales son exiliados y habitado por seres monstruosos. Monstruos, por su puesto, más propios de las pesadillas infantiles de una época más inocente, donde unos colmillos falsos y un traje de peluche, junto a unos figurantes moviéndose como espantajos en un decorado sombrío eran suficientes para romper la sensación de inocencia que se mantiene en la trama ¡Como si no lo hiciera ya el hecho que los adorables residentes del país de los cuentos no dudaran en exiliar a sus criminales para ser devorados!
La contrapartida a los héroes es representada por el personaje de Silas Barnaby, el villano que Henry Brandon (quien desarrollaría después una carrera como actor de carácter) interpreta como arquetipo de prestamista de levita maltrecha, movimientos propios de un buitre y gestos llevados hasta la exageración que son el opuesto perfecto para una película caracterizada por su simpleza e intención de acercarse a los cuentos populares. Los héroes serán precisamente, una pareja de trabajadores, no especialmente brillantes pero de buen corazón y a los que, incluso esos planes que fracasan se convierten de forma inesperada en una solución. Como precisamente, el ejército de soldados de madera que construidos por error a tamaño real, se convierten en la salvación de los habitantes del reino frente a los monstruos. La pareja de Oliver y Hardy en uno de sus primeros largometrajes son héroes secundarios, combinando ideas de ultimo momento con su dinámica de simplón e inteligente en sketches tan simples como un plan arruinado por le despiste y la falta de malicia del personaje de Stan Laurel. Estos se convierten en no en protagonistas, pero si en la cara más reconocible de una película cuyos personajes principales se mantienen el equilibrio con su soporte cómico y donde conviven el tono infantil con los números musicales y sobre todo, con un sorprendente giro macabro hacia el tramo final. Es este donde la drama deriva hacia una batalla entre seres similares a goblins (en el original, boogeymen) contra unos soldados de madrera que continúan luchando incluso tras perder la cabeza…De nuevo, el país de los juguetes no es un lugar tan inofensivo como parece. Y los más inesperado, la aparición autorizada, no solo de los tres cerditos y la melodía de estos concebida para el corto de Disney, sino del propio Raton Mickey, que en su imagen real es nada menos que un mono convenientemente disfrazado. Una aparición no solo desconcertante, sino que se convierte involuntariamente en una secuencia un tanto perturbadora. Además de, para los aficionados al creepypasta, ser reconocible por uno de esos gifs sacados de contexto que no hace sino acentuar esta cualidad extraña.
Hoy convertida en una de esas películas difíciles de recordar por el paso de los años, algo inevitable por la mera acción del tiempo y el cambio de gustos, esta serviría también para dos remakes de 1961 y 1986. Este último, con nada menos que nuestro mesías cyberpunk y mercenario defensor de los perritos preferido, Keanu Reeves. Vista hoy, funciona perfectamente como lo hizo en 1934: una comedia musical infantil que produce una nostalgia extraña, de esa que no recordamos pero en la que nos parece estar viviendo algo muy lejano y perdido hace mucho. Y en la que, queda demostrado que sea una opereta de los años 30 o el 2026 viviendo al mundo del colapso: u n especulador inmobiliario siempre será el peor enemigo posible.
“ no olvidéis que no hay nada como la libertad (excepto una buena caña de cerveza un día de calor) sed libres, amigos míos, una para todos y todo para mí, yo para vosotros y tres para cinco y seis para veinte”.
Groucho Marx
Una mirada estrábica, un bigote pintado y un cigarro, una peluca de rizos y un sombrero son las señas de identidad inconfundibles de unos personajes cuya carrera formaría parte de la cultura popular del siglo XX. En concreto, de ese concepto donde prácticamente cabe cualquier idea como es el humor absurdo. Juegos de palabras in sentido que se convierten en diálogos enrevesados, junto a la comedia gestual más pura y números musicales heredados del teatro de variedades caracterizarían la carrera cinematográfica de cuatro hermanos, curtidos en el mundo de espectáculo. Una filmografía que antes de la libertad, el amor a un precio razonable y dos huevos duros, comenzaría casi al mismo tiempo que el cine sonoro, con una comedia musical adaptada del teatro en vivo.
Los cuatro cocos presenta a Hammer, el director del hotel Los cocoteros, en Florida, que intenta obtener algo de liquidez mediante al subasta de sus terrenos, a Chico y Harpo, dos buscavidas que tras llegar al hotel ayudan, sin mucho éxito, a llevar a cabo la subasta. Pero también la de una pareja de enamorados, un emprendedor sin mucha suerte, su rival a la hora de conseguir la mano de una heredera, y los planes para robar un valioso collar sin esto falla. Y algo sobre un viaducto. O un pato. Pero todavía no tenemos claro por qué tiene que ser un pato.
Al igual que pasaría con Amor en conserva, la película que veinte años después finalizaría la andadura cinematográfica de los Marx como grupo cómico, esta no es una de las mejores, pero sí destaca como el comienzo oficial (a falta de un corto mudo hoy perdido) y con la curiosidad añadida de ser una deseas producciones donde el contar con sonido era una novedad…y algo necesario teniendo en cuenta la verborrea que caracteriza al personaje de Groucho. La primera aparición de este, tras el consabido número musical en un hotel más parecido a un escenario de Broadway que a la reproducción realista de uno, viene acompañado de un diálogo acelerado y lleno de la palabrería absurda que caracterizaría a sus personajes. Este sería solo un gag menor al lado del más recordado de Los cuatro cocos, compartido con Chico, donde mediante un juego de palabras pasan a transformar un viaducto en un pato de una manera completamente caótica, confusa y que se convertiría en una referencia en producciones posteriores. Harpo se encarga de aportar la comedia gestual, propia de un mimo, y muy basada en la expresividad y los juegos de manos, pero también los números musicales: sus piezas al arpa, junto a las melodías al piano de Chico, son también un número donde la ejecución musical de estas es casi una interpretación teatral. Y sin duda, mucho más recordados que el resto de bailes de la película.
Estos últimos son los esperable en una comedia musical donde el principal atractivo es el sonido: coreografías y melodías que acompañan a la trama principal, casi parece una historia tangencial a las locuras de los Marx, y cuya mayor curiosidad actualmente ees poder ver de primera mano la estética y gustos de los felices veinte.
La trama romántica, con una pareja de enamorados, sus obstáculos y antagonistas, es muy sencilla, ñoña en comparación al humor absurdo de los Marx, y al menos el añadido del collar robado sirve de marco para una divertida secuencia de entradas y salidas entre habitaciones de hotel contiguas que sirve de precedente a ese camarote atestado de gente que se convertiría en una referencia incluso para quien no hubiera visto la película.
Los cuatro cocos es todavía un ensayo, ese primer salto al cine con una obra todavía pensada para el formato musical, pero que se ve hoy con esa frescura de las primeras piezas, sabiendo ya que solo son la antesala de algo mejor.