Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 5 de noviembre de 2026

Backrooms (2026). El terror en lo familiar. Y en el mobiliario hortera

 


Si no eres cuidadoso y te sales de la realidad en los lugares equivocados, acabarás en los Cuartos de Atrás, donde no hay nada más que el  olor a moqueta húmeda, la locura  de un mismo tono amarillo,  el interminable  ruido de fondo de las luces fluorescentes zumbando al máximo y a aproximadamente seiscientos millones de metros cuadrados de habitaciones   tabicadas de forma aleatoria  en las que quedar atrapado.
Que dios te ampare si oyes algo deambulando alrededor, porque seguramente,  eso te haya escuchado a ti

Dos  enigmáticos párrafos,  acompañados  de una foto de aspecto anodina, por no decir fea,  pero que despertaba a una a familiaridad y una vaga sensación de desasosiego. Estos fueron los elementos necesarios para que  naciera una de las narraciones de la cultura online, la más popular como ya lo había sido Slenderman hace algo más de una década. Ampliada, desarrollada, pero también hiperexplicada,  gamificada y convertida en una sucesión de niveles, personajes e ítems  similares a un videojuego que haría que las backrooms pasaran a ser  obra de cada uno de sus participantes,  pero a perder parte de su esencia inicial, ese microrrelato que aprovechaba  de forma ingeniosa algo tan vulgar como la falto de referencia de una planta de oficinas antes de su remodelación. Fue uno de sus seguidores, un chaval de 16 años,  quien expandiría el trasfondo a su manera a través de su canal de YouTube, quizá el más popular, y también el más coherente de todas las aportaciones  que realizarían. Y  con la  edad en la que muchos estábamos sudando en frío esperando las notas de Selectividad, Kane Parsons recibía  la oferta de A24  de llevar  su idea a la pantalla grande. El proyecto supondría  un éxito  en un género a menudo marcado por lo repetitivo de los grandes estudios, y que estos se fijaran en las narraciones colectivas  de internet  como en una nueva fuente de ideas a la que dejar seca.



Esta adaptación de las Backrooms del entonces Kane Pixels muestra precisamente, lo que narraban esos dos párrafos que dieron origen al lugar: un hombre en la zona equivocada, se sale de la realidad acabando en un espacio interminable de pasillos de color ocre que  dan a otros lugares, réplicas fragmentadas de  sitios que conocía  o pudo haber conocido. Un entorno vasto, casi imposible de calcular en su extensión, y   carente de todo signo de vida salvo objetos  fusionados con paredes y suelo,  aparatos de medición de origen y fines desconocidos y unos series silenciosos, caricaturas  vagamente humanas cuya existencia parece tan  anómala y falida  como el lugar en el que se encuentra.  Este, el otro lado de la pared de una tienda de muebles en horas bajas, parece el lugar perfecto al que huir  dejando todo a tras como ha hecho Clark, quien ha visto como en los últimos años  su vida y su negocio se venían abajo.  Renate, su terapeuta, descarta  sus testimonio como una reacción al estrés y al alcohol, pero tras su desaparición, recuerda las palabras de su paciente como si estas le describieran un lugar  que  ella hubiera conocido también.



Además de un éxito  de crítica y taquilla, la película de Parsons  trajo controversia entre unos fans de las backroms como  espacio liminal puro  donde el terror venía provocado por un lugar físico y la imposibilidad de  abarcarlo, y las backrooms gamificadas, quienes  protestaban porque no aparecían las criaturas del nivel Fiesta, Piscina, Kitty ni  muchos otros seres,  la mar de desconcertantes,  nacidos al amparo de  esa foto amarilla. Lo cierto es que  Parsons trabaja con su versión, entre el horror liminal y la ciencia ficción extraña (no diré cual por si alguien quiere brujulear el tema) donde este punto de partida aparece como  trama secundaria a la de sus dos protagonistas.  En este caso, el enfoque ha sido  puramente psicológico, con  ambos rotos de una u otra forma, buscando una solución, o más bien, una vía de escape, y con un lugar que es a la vez reflejo de este deseo pero también un posible resultado de la sobrecarga mental de quienes consiguen encontrarlo. Que la existencia y el estudio de este  sea algo conocido por otros agentes es un elemento que se va  poniendo de manifiesto, y seguramente, se desarrolle en alguna secuela (con lo bien que ha ido esta, como para no seguir comprando moqueta amarilla).  Pero este ha servido para presentar la idea al público y adaptar de forma muy ingeniosa la premisa original.  

Para entender el enfoque habría que tener en cuenta   la situación  de parálisis nostálgica  que  vivimos los últimos años:  anhelamos ese pasado  seguro al que  no se puede volver y que probablemente no haya existido,  pero que  puede evocarse  a través de fotografías, sonidos o determinadas estéticas. Una versión moderna y colectiva de la Magdalena de Proust  que la película convierte en principios de los noventa, escenarios familiares como casas, decoración de  la época y  una estética muy de diario, muy neutra, que resulta que podemos, no más real que  cualquier “estética de los noventa” que podemos, o nos hacen, recordar. El trabajo hecho a la hora de traer de vuelta mobiliarios con un diseño muy característico que resulta familiar y  hacer  pensar en lugares u objetos que tuvimos (como tengo que estar hasta los mismísimos del minimalismo Ikea y su papel prensado para acabar echando de menos esos muebles que parecían muebles), que se verá reflejado primero en el mundo real, y después en su versión  distorsionada.


La realización resulta también muy familiar  para los que conozcan Channel Zero: Parsons lleva al cine una película  donde apenas hay gente.  Los escenarios parecen, y lo son, del pasado,  resultan estáticos, apenas hay figurantes  y todo tiene una atmósfera vacía,  como si  faltara algo de realidad.  Incluso el punto de partida de una ficción colectiva, los creepypasta en el caso de la serie de Nick Antosca, y la foto de 4chan en este caso, no son el elemento principal sino el trasfondo para contar una historia sobre unos personajes a quienes algo los ha dañado irreparablemente: el alcohol, el fracaso, la presencia de una enfermedad mental  para la que  el escenario actúa como un modo de enfrentar eses pasado. En ese sentido, la película de  Parsons es novedosa para el cine de terror mayoritario, pero no llega a inventar nada nuevo. Aunque siga siendo una buena película de terror y espero que un inicio prometedor en su carrera, también un poco marcada por  un enfoque psicológico y el debate entre el terror elevado, donde todo tiene que ser una metáfora de algo , y el de pasar el rato, o que simplemente lo que da miedo, es lo que es. Parsons, quizá por moverse en terrenos similares a Channel Zero,  consigue mantener cierto equilibrio ente ambos. Aunque también podría  haber algún personaje que no tuviera que ir hasta arriba de lexatin para variar..



Cuatro tabiques, un foco,  una moqueta horrible y dos actores  han servido para dar forma a una de las películas más interesantes y comentadas  de este año.  Con un poco de suerte,  también  servirá para el inicio de una franquicia que no acabe perdiéndose en un laberinto de pasillos y derivados. 








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