Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 30 de julio de 2026

Celsius 232 2026. El año de las sillas plegables

 


Aparte de leer,  ver cine y desear que no haya un nuevo apocalipsis a la vuelta de la esquina, una parte de mis vacaciones están reservadas para irme durante cinco días a Avilés, a un festival que lleva  ya en activo unos quince años.  El  Celsius 232 se ha convertido en un evento cada veza  más concurrido, y desde que llevo asistiendo allá por el 2018,  con dos momentos decisivos. Uno fue en 2020,  cuando consiguieron sacar adelante contra viento y marea el festival, con rutas prefijadas para los asistentes, distancias de seguridad y  cienes y cienes de  sobrecitos de gel hidroalcohólico…además de conseguir   celebrar  una actividad  con  gran número de asistentes y cero contagiados en esos años  tan raros, lo que fue una forma de mantenerlo con vida y buena salud de cara al futuro.

El segundo, el año pasado, determinaría a la nueva, nueva normalidad que pasaría a formar parte de una festival que, por mucho que me desconcierte a mi parte  más rancia  y quejosa, está  ya  lejos de aquellos días en los que había sitio incluso en las charlas de autores más conocidos y tiempo suficiente para comprarse un libro más. La última visita de Sanderson supuso colas multitudinarias, esperas interminables y una afluencia de gente imposible de manejar. Además de muchos disfrazados con unas capas de flecos que no terminaba de entender. Tendría que esperar a leer Nacidos de la bruma esas navidades para pillar la referencia. Y  no, no he caído en la secta.


La horterada de Proust

Este 2026 ha mantenido  ya  ese ambiente  multitudinario, de colas esperas, madrugones y  perderse  charlas por exceso de foro, aunque en una medida más manejable que el año anterior.  Esta vez el responsable era en parte  Matt Dinniman, por lo que las capas de flecos del Cosmere (que alguna había) fueron sustituidas  por cosplays de gatos de peluches y calzoncillos estampados.  Un autor al que no fui a ver por sentido común y  pesimismo razonable, pero que  deja, además de los gatos de peluche,  unas colas con unas cotas de organización  a niveles dignos de cualquier festival de música. Toallas, sillas plegables,  asistentes acampados  con barajas de carta y tuppers de comida.

Hubo cancelaciones,  la peor, la caída  en último momento de  Christopher Lambert así como la ausencia de los autores de Kult por motivos de salud.  Me quedé fuera de  la charla de Abercrombie, siendo desde Los Diablos  imposible  entrar en el auditorio, y como diría  Balthazar, “¡me cago en la leche!”.


Testosterona en una foto

Mismo motivo por el que me quedé fuera de las participaciones de Paul Urkijo,  Paco Plaza (perdiéndome una ingente cantidad de chistes de portugueses) y gran parte de la conferencia final con Dinniman, Gynne, Buehlman y Abercrombie,  de la que solo puede ver un poquito gracias al gradual abandono de la sala la última media hora.
 Un mejor cálculo de la afluencia  supuso poder ver a Grady  Hendrix  en su segunda visita, y ya con unos cuantos libros más publicados. Este, haciendo sus pinitos ya con el castellano y lanzándose a decir alguna frase, aunque de momento le gana Christopher Buehlman, quien  se maneja perfectamente  y si llega a durar el festival un par de días más, sale con acento.  Si  su novela  Entre dos fuegos   es una visión de terror medieval, con referencia al Bosco, a la fantasía oscura y algo así como El séptimo sello con  esteroides, el autor es todo un personaje cuya conversación deja con ganas de leer algo más.  Y  a ver si Abercrombie toma nota  y  aprende algo más de castellano, que está ya medio adoptado en Asturias…

Qué bonito es Grady Hendrix
Las charlas más pequeñas, pero igual de abarrotadas, sirvieron  para poder  escuchar a Álvaro Aparicio hablar de Nuestra señora de los Caidos, una nueva visión del infierno (este año está pegando fuerte el tema, quizá porque ya nos parece un lugar no tan malo en comparación) y  a Luis Corte Real  sobre  Benjamin Tormenta y  bromeando sobre hacer la entrevista  en portuñol…¡menos mal  que  nos quedan los primigenios de Portugal!

Las actividades no relacionadas con la literatura  trajeron a Hector Cantolla, doblador de Eastwood, Brando y Schwarzenegger e incluso de personajes de Pokemon. Un veterano de la profesión,  lleno de aplomo, anécdotas y que se presentó  como  cántabro de Laredo, lo que hizo que se ganara por mi parte un aplauso especialmente fuerte  al  encontrar aun paisano de mi patria adoptiva. Otro de los puntos fuertes son las charlas sobre música de Luis  Antonio Muñoz,  con dos presentaciones sobre los Illumínati en la música clásica y popular, toda una curiosidad en estos tiempos de paranoias y gorritos de papel albal.


La mitología se ha ido convirtiendo  en una parte importante con las colaboraciones de Clara Dies y Javier  Prado,  junto con la presencia de Tomás  Hijo  como ilustrador del cartel del festival.  Tolkien  fue el tema en exposiciones sobre su relación  con la mitología celta y  su participación  en el conflicto e influencia de la Gran Guerra  por parte esta última de una profesora de la universidad de Santiago, desconcertada por la afluencia…supongo que  cuando no puede suspender al publico ya no es tan divertido exponer ¡ja!.


¡942!

Iván Ledesma sigue a la cabeza de las actividades sobre  televisión, en te caso,  recordando Hércules y  Xena, series interminables, mamarrachas y un poco Magdalena de Proust al recordar  los veranos siguiendo las andanzas de Xena y Gabrielle. Y  de paso,  una época  en la que la continuidad y seriedad nos importaba un pepino.

Un año más, Celsius confirma que su condición de frikada  minoritaria queda muy lejos,  que las legiones de chavales nuevos,  con disfraces de personajes que ni nos suenan, libros de romantasy y sagas  con cantos pintados  nos hacen ver que las cosas han cambiado. Que  la afición ha crecido,  hay tendencias y series que  nos resultan ajenos a los veteranos, que el concepto de “raro” y diferente ha cambiado mucho…Ya no serán nuestros tiempos, pero eso no quiere decir que sean peores.

jueves, 9 de julio de 2026

Rocky IV (1985). A hostia limpia contra el comunismo

 


Si los ochenta fueron la década de los héroes de acción,  Stallone fue por derecho propio uno de ellos, aunque no directamente. Desde la adaptación de  Primera Sangre, ,  convertida después en una franquicia donde el veterano con neurosis de guerra defendía  todo aquello que lo había destrozado. Y también aquel boxeador en horas bajas, cuya  andadura comenzaba a mediados d ellos setenta pero se convertirá en un  héroe más de la siguiente década en sus entregas. Bueno, y responsable   de que ahora suene  en nuestras cabezas  Eye of the Tiger  cada vez que emprendemos cualquier proyecto que implique un poco de esfuerzo, desde  ponernos en forma en el gimnasio hasta preparar oposiciones.



Rocky Balboa, aquella historia de superación (y hoy,  en la era denla que  solo nos queda sobrevivir, cada vez más interpretable como un cuento de hadas moderno se convertiría en una saga donde  este superaría cada nuevo desafío y que como muchas otras, sería recuperada durante los dos mil en esa época en la que empezaban a mirar hacia atrás  con insistencia. Pero en los ochenta, esta todavía  estaba en buena forma con tres entregas  continuando la carrera de The Italian Stallion…y una cuarta,  donde la trama sufría todos los excesos de los ochenta.


Rocky Balboa disfruta ahora de sus últimos años como boxeador, su vida en familia y  su  amistad con Apollo Creed, el anterior  campeón  ahora retirado.  Una oportunidad para este,  como último gran  combate, aparece con la llegada  del boxeador soviético Ivan Drago, en su primera confrontación profesional al otro lado del telón de acero.  Tras ceder el desafío propuesto a Balboa, ante la insistencia de su amigo,  el combate se salda   no solo con una brutal derrota, sino con la muerte de Apollo a causa de los golpes recibidos. Rocky, como algo personal, pide una revancha, aunque esta será  en los términos de los representantes de Drago: en la Unión Soviética, en un territorio desconocido y donde será recibido con la misma hostilidad que  estos sufrieron en territorio americano.


Considerada una de las más flojas, por el cambio de tono, la película, dirigida y escrita por el propio  Stallone como varias de la serie, es la más alejada a las anteriores y  quizá  la que adolece de más excesos. El montaje es más propio de un videoclip, es vistosa y contiene muchas secuencias que reflejan ese nuevo sueño americano de modernidad y consumo.  Una especie de optimismo,  manifestado a través de la estética  vistosa, en la que eligen no solo a un contrincante sino a un antagonista. Nada menos que el enemigo de los treinta años anteriores, esa amenaza comunista que entonces empezaba a flaquear y de  la que el público solo sabía lo que le habían contado.  Representada aquí  por Ivan Drago, el oponente más recordado gracias a Dolph Lundgren en uno de sus primeros papeles,  como el gigantesco y taciturno boxeador que   provocará el deseo de venganza en su protagonista.  Un rival  complementado por Brigitte Nielsen en un papel apenas testimonial y  Michael Pataki como parte del sobrio (y malvado. ¡no olvidemos que son comunistas!) comité que lo acompaña.


Esta es solo una parte de los excesos de una película que a ratos parece una comedia familiar, a ratos una de Rocky y a ratos,  quiere  sumarse a las tramas de exaltación patriótica y de buscar un enemigo que represente  todo lo contrario al héroe y su entorno. Las secuencias en familia, en entornos que parecen   alardear de los lujos de la clase media,  la aparición del hijo de Rocky, un poco niño repipi en toda regla, y sobre todo,  los momentos, no se si cómicos, pero decididamente surrealista protagonizados por Paulie, el secundario  recurrente de la saga encarnado  por Burt Young y  un robot  de servicio  que habla y realiza tareas domésticas…y fue convenientemente eliminado en el montaje del director.

Excesos que convierten esta cuarta entrega en una de las más extrañas,  por no decir floja, pero que cuenta son sus aciertos. Son esos mismo los que  se aprovechan de forma efectiva en al secuencia del primer combate,  contraponiendo un espectáculo exagerado y triunfalista frente a lo contenido de la comitiva soviética, y que se muestra  con un tono paródico  ese despliegue de confianza que  llevará al momento más dramático de la trama. Y que, también gracias a que Lundgren dotara de cierto carácter amenazador a  su personaje,  contara con uno de los adversarios más reconocibles. Pero que en su desenlace  acaba cediendo a los niveles de locura previos con, tras la esperada victoria de Rocky, un discurso sobre la paz mundial bastante simple, que viniendo de un púgil  al que les han dejado la cara como un pan, resulta un poco anticlimático, por no decir cómico.

Crossfit antes de que fuera mainstream

Rocky IV queda un poco lejos de ese héroe de clase obrera que demuestra que siempre había una oportunidad mientras  siguiéramos en pie.  Es también la que peor ha envejecido, al depender tanto de una situación política muy específica como fueron esos felices ochenta y los últimos año de la guerra fría. Aunque paradójicamente, algunas secuencias hoy resultan actuales: el entrenamiento funcional de Rocky en la estepa, frente a la disciplina científica (y con anabolizantes. Toda ocasión es buena para recordar que los comunista son malos) no desentonaría hoy en cualquier  box de crossfit. Y los momentos  cómicos, por llamarlos de algún  modo, entre Paulie y el Robot,  por mucho que intentaran hacerlo desaparecer en el montaje posterior…bueno,  las conversaciones que Siri,  Alexa y Chat gpt  tienen que aguantar con sus usuarios, por ahí andan.

jueves, 2 de julio de 2026

Deathstalker (2025). No se puede volver atrás

 


En ese bucle infinito de películas buenas, memorables, confusas, enigmáticas e incluso cutres que fueron los ochenta, las fantasía épica se hizo un hueco entre ellas. No deja de resultar chocante que un género tan visual y hoy asociado a los despliegues de efectos especiales pudiera funcionar con medios más artesanales, por no decir, modestos, en muchos casos. Porque junto a la grandeza de Willow,  la atención puesto a los detalles de Dentro del laberinto o los excesos de Krull estaba también la brutalidad simple y efectiva de  Conan,  o aportaciones que  permanecen más en nuestra memoria  por  haberlas visto con ojos de niño y no por su calidad.  El señor de las bestias,  Cromwell, rey de los bárbaros o Ator el poderoso convertían  un descampado en un país de leyenda  por el que un descamisado con más brazacos que habilidades interpretativas se enfrentaba a  varios  monstruos de plástico mientras un actor en horas bajas recitaba sus líneas de villano o hechicero.  

Es esta épica un tanto y torpe, definitivamente  cutre, pero un a parte de la infancia de muchas, la que pasaría a formar parte de ese fenómeno que empieza a oler ya a cadáver   como es la nostalgia de los ochenta, y que inevitablemente acabaría viéndose homenajeada y parodiada. En este caso, retomando una franquicia de lo más profundo de la  serie B y  transitando por la Z como eran las películas de Deathstalker.


En un reino  asolado por las huestes de un nigromante, dado por muerto hace  mucho, un hombre recorre el campo de  batalla saqueando los cadáveres de los caídos. Es Deathstalker, un soldado de la reina caido en desgracia, y que   sobrevive como ladrón y carroñero.  Un talismán, recuperado de uno de los soldados,  provoca que caiga sobre él una maldición:  este quedará unido   su destino hasta que  pueda romperla, o cumplir la profecía que lo acompaña, vencer   a un dios oscuro y librar del mal al reino de Abraxeon. Pero el hechicero  Nekronenmon quiere hacerse con el tesoro y  que nadie pueda impedir que traiga de vuelta al señor oscuro.

La película retoma al personaje que había  aparecido en 1984 en una producción  de presupuesto  ínfimo y cuyo éxito daría lugar a tres secuelas.  Sin ser una continuación, reboot ni pretender  seguir la línea argumental, utiliza a este héroe  como protagonista  con un objetivo muy claro: homenajear a las películas de espada y brujería  dirigidas a videoclub, tremendamente cutres y con carátulas  que suplían la falta de medios con la fascinación que despertaban estos Conan de poca monta. D e ahí que  la mejor opción fuera precisamente recurrir a este  héroe convertido en  arquetipo de  la fantasía  en vhs.


 Steven Kostanski, además de trabajar  en efectos especiales, ha desarrollado una carrera especializada en  homenajear el cine de los ochenta. Demostró que hacía bien su trabajo (y cuando quiere, muy bien),  con  su homenaje al cine de  Carpenter y al terror cósmico  con The Void, versioneado los excesos de la imaginería sentai y el cine infantil con Psycho Goreman y  la serie  más Z con Frankie Freako, siendo  Deathstalker su aproximación a la fantasía  menos épica y más de andar por casa. Algo que también le ha salido muy bien pero cuyo éxito  a la hora de evocar esta serie  B se convierte también en su mayor defecto.

La película  es en su conjunto, muy similar al cine que emula.  Con actores casi desconocidos  salvo  Patton Oswalt poniendo voz al hechicero  Doodad,  interpretaciones muy limitadas y duelos con espada  entre enemigos genéricos que recuerdan a los combates contra los masillas de los Power Rangers. Y sobre todo, con muñecos de plásticos. Bichos de goma a mansalva,  a cada cual más grotesco y sin ninguna in tención de parecer verídicos porque la idea es  recordar esa cutrez que no impedia que se intentara ser imaginativo en todo momento. Monstruos  de dos cabeza con mecanismos cantosos,  bichos que vuelan, señores disfrazados de monstruos  incluso una secuencia de criaturas animadas  pro stop motion porque no  podía quedar  fuera esta técnica si se quería hacer homenaje en condiciones. Todo ello en un paisaje sin figurantes,  con cuatro árboles mal contados  donde tampoco faltan los escenarios completados  con la técnica de fondo ilustrado,  reconocible claramente en varias secuencias mientras que los otros exteriores parecen sacados  de un capítulo de Xena.

Por menos de esto, Disney te denuncia

Unos actores y efectos  integrados en un guion  deliberadamente simple, casi el esqueleto de una historia de fantasía y donde se pretende que los personaje solo tengan que ir de un lado a otro, participar en combates  y pronunciar algún chiste un tanto chusco.  Hablando como lo haría cualquier a pie de calle y entre atrezzo y personajes cuyos nombres, como Nekronemnon o  los Dreadites hacen recordar que la película  no es más que un guiño, muy paródico,  a la fantasía de los ochenta con menos medios.

Y como homenaje, lo hace perfectamente.  Todo es tan mimético que  de haber incluido una calidad de imagen menor,  daría la sensación de haber alquilado la cinta en algún videoclub del barrio, donde la cutrez está deliberadamente presente tanto en los monstruos de goma como en la boca del actor enano caracterizado de mago,  que apenas se mueve con el maquillaje. Pero que acaba  haciendo pensar que no se sabe cual era el objetivo: solo es una referencia, sin más. Kostanksi demuestra que es capaz de rodar una película de serie  B casi Z en 2026, y que funciona  por esos recursos prestados  conocidos por todos.  


Pero no hay nada más allá de  confirmar que puede.  The Void era una película de terror cósmico con elementos reconocibles de décadas anteriores, muy bien integrados, un buen uso de efectos especiales artesanos e incluso de la falta de coherencia y lo pesadillesco como recurso.  Psycho Gormenan era una parodia llevada al extremo, que aún sin conseguir pillarle el punto, hacía una burla muy bien traída del cine para todos los públicos.  Deathstalker es…una película de fantasía cutre, hecha a propósito. Y más allá de la gracia de poder ver una producción con los defectos de aquellas cintas, y recordar  lo que nos divertimos  con ellas siendo niños, no hay nada más allá. Y si quisiera recuperar esa situación de torpeza, de ternura,  de volver a disfrutar de lo que veía en pantalla sin preocuparme por la ejecución técnica, simplemente, vería de nuevo Masters del Universo, El señor de las bestias incluso,  si quiero pasar un poco de vergüenza ajena, Los bárbaros.

Sin poder decir que Deathstalker sea una mala película,  porque  no pretende ser una cinta al uso, es solo una que divierte, hace un poco de gracia, pero  que  con todo el material  previo  en el que se inspira y que podríamos ver, no es necesaria.  Y que muchas veces,  hacer las  cosas mal por los jajás, no funciona todo lo bien que se esperaba. 

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